domingo, 15 de abril de 2012

TENER LAS IDEAS CLARAS


No ha mucho, en un arranque de torpeza más que de vano e inconstante dominio, Rajoy afirmaba tener las ideas claras; él y su gobierno “saben cómo gestionar la crisis, qué hacer en cada dificultad”. Sin embargo, dados los criterios, réplicas y correcciones con que profusamente nos obsequian cada día, parece haber una distancia astronómica, insalvable, entre lo referido y la realidad que se impone adversa. Siento cierta repulsa a la inclemencia, pero siempre tras el panegírico gratuito o  la fuga espuria. Platón certificó la siguiente máxima: “Un hombre que no arriesga nada por sus ideas, o no valen sus ideas, o no vale nada el hombre”. Temo estar de acuerdo con Platón.

El acontecer diario en los variados aspectos gubernativos: económicos, estructurales, ideológicos, etc., indica lo aventurado y jactancioso del aserto presidencial a pesar de “llevar una orientación correcta” según indica esa cantinela monótona e insidiosa. El Ibex bate índices remotos, más allá del recuerdo. La prima de riesgo presenta su cara menos familiar y afectiva. Cada jornada hunde un poco nuestra economía sin que se otee cercano el fondo. Porcentualmente, tenemos un paro rayano al veinticinco. Del déficit prefiero hacer un silencio relajante; sólo así puedo escapar a la inercia fatal de martirizarme con la escalada impositiva. Encima, este escenario se presenta recurrente, pelma, indefinido.

Esperanza Aguirre, en pasadas fechas, dejó caer la eventualidad de que algunas competencias (sanidad, educación y justicia) volvieran a la Administración Central con el fin de ahorrar, a su entender, cuarenta y ocho mil millones de euros. La cantidad puede cuestionarse; lo que escapa a cualquier controversia objetiva son los recursos considerables, vitales, que tal ordenanza aportaría. Nada contrario a lo que pondera la mente colectiva, incluyendo el aumento significativo de las medidas. Un histórico personaje de igual apellido ya despertó la cólera de Dios. Ella, humilde, ha avivado la saña de los políticos, que no de los ciudadanos. Hasta su propio partido manifestó reparos a tal opción: “eso, ni se discute ni se plantea”. Algunos, incluso, desbarraron en opiniones y calificativos.

Sé que debe haber prioridades a la hora de ajustar los objetivos. No obstante, nadie prohíbe la simultaneidad sobre todo cuando los tiempos de ejecución son diversos. Ante ese curso lento para conseguir frutos económicos y laborales, un ejecutivo inteligente (asimismo comprometido) se decantaría por otros débitos menos penosos. Rescindir la Ley Antitabaco de dos mil once y la Ley del Aborto de dos mil diez, son servidumbres incumplidas por el PP. El PSOE, haciendo una oposición anticipada (dando cuerpo a una quimera), ha anunciado que derogará La ley del Aborto, ¿cuál?, así que gobiernen de nuevo. Sintetiza de manera palmaria el programa que asume la oposición; una disección profusa de sus ideas para garantizar el tan socorrido Estado de Bienestar. ¡Pues no aseguran ahora conocer la salida a la crisis! Aparte lenguaraces, son demasiado prematuros.

Hay hechos que, como la manzana de Newton, caen por su propio peso; avalando a través de la ley su veracidad. Uno de ellos abate al individuo cuando descubre el grado de interés que despierta en el político, sin excepción. Para el prócer existe únicamente su codicia; al ciudadano lo considera un obstáculo que le exige la democracia. Una molestia, un engorro. En su defecto pasa a ser un apunte estadístico. A poco que se reflexione, evaluando nuestra experiencia, es difícil encontrar mejor disensión para discriminar al régimen menos malo de otro peor. El relato histórico de la Primera y Segunda Repúblicas contribuye a reforzar la certidumbre.

Otro que admite escasa polémica se refiere al papel actual de los sindicatos; esos órganos burocráticos de poder, subvencionados al igual que los partidos, cuya función básica es velar por la propia pervivencia sin importarles nada más allá de su perímetro vital. Junto a ellos -y formando ese bloque, ayuno de representación, denominado fuerzas sociales- se encuentra la patronal que arrastra parecidas anomalías. Constituyen, así, un lastre (uno más)  para la viabilidad económica del Estado.

Termino el sucinto examen evocando a comunicadores que sustituyen ideas por ideales. Argumentan con mayor habilidad que juicio. Cínicos y sofistas, cuando acometen esa ridícula defensa del desastre  provocado por Zapatero o las comunidades socialistas, se agarran siempre al mismo “clavo ardiendo”: la Comunidad Valenciana. Curiosamente es el paradigma que utilizan sin alternativa, como si hubiera un arbitraje previo. Acreditan tener clara la apelación, no tanto las razones. Lo dijo el conde de Rivarol: “Las ideas son capitales que sólo ganan intereses entre las manos del talento”.

 

 

domingo, 8 de abril de 2012

MENTIRAS GORDAS O EL MURO DE LAS LAMENTACIONES


Le sugiero no establezca, amable lector, relación alguna entre el primer fragmento de la cabecera y esa película cuya trama fue creada por Ángeles González-Sinde, objetada ministra del gobierno Zapatero. Pudieran avenirse (a lo sumo) en el trasfondo vicioso común al filme y al afán fulero de nuestros políticos, cotejado largamente. Tampoco quiera apreciarse en su segunda mitad un relato histórico-profeso que justifique cualquier reseña lesiva o victimista del pueblo judío; antes bien, debiera interpretarse como un símbolo del lamento general a que nos reduce esta situación institucional y financiera.

Los últimos tiempos vienen pletóricos, fecundos, de testimonios que se reparten equitativamente entre el estupor y la irritabilidad. El ciudadano, por desgracia (o suerte), ha elevado hasta extremos inverosímiles su umbral perceptivo. Ya no le asombra el cinismo ni la impostura; se muestra inmune a sus alcances y aguanta impávido toda licencia. Lo que, desde un punto de vista social, se glosa como malévolo, resulta indulgente para una casta política opulenta y elitista. Su carácter artero y endogámico obstaculiza influencias ajenas a ella; disuadiendo, al tiempo, cualquier intromisión u ofensiva al statu quo.

Si dejamos aparte la falacia inmanente del gobierno anterior (el peor valorado de los contiguos y aun alejados), los responsables de la trasferencia gubernamental, allá por diciembre, abrieron la colección de burdas invenciones al ponderarla de “ejemplar”. A renglón seguido, próceres del PP anunciaban una desviación en el déficit de, al menos, dos puntos. Esta circunstancia “motivaba” aquel severo, rectificado y urgente aumento del IRPF. La diferencia de veinticinco mil millones de euros, entre el debe presentado y el real, ofrece balance indiscutible de la “virtuosa pulcritud” pregonada. ¿Escarnio o error? Impugno, asimismo, el aire de asombro perpetrado por un PP histriónico, cuando gobernaba alguna de las autonomías deficitarias por excelencia y desde el verano casi todas. ¿A qué viene tanto pretexto?

El gobierno enhebra reformas por doquier. Sin embargo, sólo contiene sustancia una especie de híbrido, entre Decreto y Proyecto, cuya conformación concluyente ha de esperar. Me refiero a la Reforma Laboral, de incierto tratamiento legislativo. Los Presupuestos Generales y el Informe Económico Financiero se encuentran en fase informativa. Hasta aquí. El presidente (ufano, empero) viene anunciando que él, en tres meses, ha hecho más reformas que los socialistas en siete años. Demasiado genial para sus costumbres. Mariano Rajoy arrastra una política continuista como lo avalan cuatrocientos mil andaluces que el 15 M se abstuvieron. Luis de Guindos ha difundido que las próximas reformas se harán en Sanidad y Educación. Se percibe mucho anuncio y poca presteza. Es verdad que las prisas no son buenas compañeras, pero tampoco las pausas resultan paradigmáticas; al menos en aquellas materias sin obstáculos financieros.

Los socialistas, adalides del camelo, tiemplan gaitas como si llevaran dos legislaturas en la oposición. Se llaman a andana con su jeta habitual y característica. Vean si no unas cuantas declaraciones. “Tras mes y medio, la Reforma Laboral bate un nuevo récord de paro por ineficaz”. Identificar paro y Reforma, en tan breve espacio de tiempo y dicho por ellos, no puede considerarse únicamente arriesgado; es provocativo. Otra perla, ahora de Elena Valenciano: “Las movilizaciones en la calle no ayudan a generar un clima de confianza; tampoco se puede utilizar la crisis como coartada y la mayoría como un cheque en blanco”. A esta señora se le olvidan un par de cuestiones capitales. Quién maneja mi barca, título de aquella canción eurovisiva, y el Pacto del Tinell. Podríamos continuar con sindicalistas, cómicos, comunicadores y una extensa pléyade de fauna silvestre o asilvestrada (nacionalista o no).

Entre tanto, el Ibex da pena, la prima de riesgo pavor y algunos bancos internacionales echan cuentas ya, sin tapujos, del rescate a España. Bruselas corrobora que contener el gasto autonómico es clave y los ciudadanos (en las mismas, a gritos) manifiestan la inviabilidad del Estado Autonómico. Todos parecen estar al cabo de la calle, menos los políticos. Disminuir el Estado, en absoluto; atajar el gasto estéril, ni hablar. Gobiernan ellos y el pueblo, además de ignorante, carece de preparación. Debe asumir, en exclusiva, el costo de sus desvelos, de su sacrificio.

Las alternativas a tanta necedad, capricho o golfería, pasan por pedir dinero (si nos lo dieran) y endeudarnos hasta la extenuación o recortar gasto público y quedarnos esqueléticos. Ambos escenarios tienen un epílogo común: el hundimiento económico y la indigencia social. Estamos en ello por irresponsabilidad, desvergüenza y cobardía.

Queda, al margen, ese muro de las lamentaciones donde algunos millones de compatriotas están ubicados desde hace tiempo y que, a poco, se irá llenando de una gigantesca masa informe, desvertebrada, impotente, acérrima. En las afueras, lejos, se encontrarán (cómodos) financieros y políticos incapaces de entonar el mea culpa penitencial.

domingo, 1 de abril de 2012

HACER UN PAN COMO UNAS TORTAS


Mis paisanos de la Manchuela conquense, poco dados a escrúpulos de monja, hubiesen utilizado otro término para cerrar la comparación. Parece, no obstante, que ambos incorporan un significado semejante. El epígrafe que abre estos renglones suele emplearse siempre que los resultados previstos, en un proyecto u operación, divergen con exceso de lo concebido. “Llevarse un chasco”, dibujaría el mismo escenario de forma más sintética pero escasamente castiza.

Dos son los episodios (próximos, adyacentes) que han turbado la quietud casi exánime con que nos enfrentamos a esta crisis horrible: las elecciones en Andalucía y Asturias y la Huelga General. Uno y otro pusieron de relieve la falta de sintonía entre las mentes, afectas a prebostes políticos y sindicales, que pretenden encauzar una determinada iniciativa y la voluntad caótica de los ciudadanos libres del repugnante lastre impuesto por el dogmatismo acrítico.

El veinticinco de marzo, cerrados los colegios electorales y a pie de urna, hasta las encuestas adversas daban, en Andalucía, ganador al PP con mayoría absoluta. Después, al correr del escrutinio, se imponía una realidad muy diferente. El PP lograba una victoria pírrica, derrota sin paliativos en el trasfondo. La cuarta de un Arenas cuyo rostro dejaba traslucir cierto asomo de estupor e incredulidad. ¿Merecía él tanta reticencia en consumar la codiciada (quizás dispuesta) celebración? Asturias, dando ganador al PSOE, ofrecía un laberinto confuso y complejo; tanto que las últimas noticias vaticinan una probable nueva convocatoria electoral si UPyD se abstuviera de apoyar a bloque alguno. Salvo un gobierno de concentración, punto casi imposible, podrá gestarse uno aquejado de congénito equilibrio inestable.

La Huelga General del veintinueve, junto al fracaso mitigado por los piquetes informativos (paradigma definitivo de eufemismo),  constituyó el exabrupto político de unos sindicatos extemporáneos, indigentes y garantes acaso de su propia lozanía; objetivo único cuya consecución  acaba  dificultada, día a día, por la inercia perniciosa de morder la mano derecha que también le procura alimento vital. Persiguen una estrategia errónea cuando gran parte de la ciudadanía reclama que se acabe con las subvenciones a patronal y sindicatos. Les salva el hecho medular de que esa demanda venga acompañada al tiempo (cual condición sine qua non, con forzosa imbricación) por eliminar asimismo la que afecta a partidos políticos; verdadero brindis al sol.

Los resultados electorales en Andalucía muestran dos evidencias. Por un lado, la izquierda sociológica digiere dogmas y demagogias sin límite. Rechaza, repudia, aquel escenario que ponga en juego su hacienda. Al PSOE andaluz le llevó a perder ochocientos mil votos un treinta por ciento de paro y el presunto saqueo, a pesar del PER; esa tela de araña en cuyas redes se encuentra cautiva la democracia. Sin embargo, la derecha se mueve por principios y coherencia; no transige, en general, frivolidades ni argucias. Tampoco suscribe hipotecas. El incumplimiento hipotético e inmediato de Rajoy respecto a compromisos fiscales, morales e institucionales, alimentaron una abstención que privó al partido de la mayoría absoluta.

En Asturias, el electorado castigó a Álvarez Cascos por prepotente, o poco pedagogo, y al PP por retorcido. Conjeturo un gobierno tripartito con estos dos “clarividentes” y el diputado de UPyD que, a la sazón, debería convertirse en presidente del Principado por ética política. Un error podría pasarle a Rosa Díez una factura demasiado cara en próximas confrontaciones. Le interesa huir del PSOE para recoger sus frutos cuando este se pudra, pronto antes que tarde, en Andalucía; ralentizando su estertor con la agonizante compañía de IU, ambos económicamente anoréxicos a falta de más “deudas históricas”,  bocado recurrente en pasadas épocas de esplendor y gobiernos nacionales socialistas.

De los sindicatos, con poco está dicho todo. La huelga general, aparte una legitimidad en cuarentena, fue una acción preventiva (puesto que no hay aprobada ninguna reforma laboral), política, excesiva, que terminó en Barcelona de manera inicua. Aquí sí que se “hizo un pan como unas hostias”, con perdón.

domingo, 25 de marzo de 2012

INCREÍBLE


Que los políticos (sin excepción) nos tomen por cretinos, ha pasado de ser tímido alarde, incluso abuso grosero, a fervor inmoderado y vejatorio. Cambian, prepotentes, a nutrimento democrático lo que debiera tasarse vulgar licencia. Lo peor no es su instinto sino nuestra permisividad; ese zamparse sapos y culebras bajo los efectos digestivos del dogmatismo, un álcali que evita ardores y otros trastornos de carácter ácido.

Después (a toro pasado, casi sin rescoldo en el recuerdo), coléricos de impotencia, un torrente de ultrajes dialécticos y malevolencias justicieras electrizan sentimientos heridos. Constituye la respuesta airada que el temor, quizás la indolencia (o viceversa), ahoga e impide traspasar los límites de una intimidad ahormada por siglos de vasallaje, asimismo de mística autorrepresión. Sin embargo, ya hace tiempo deberíamos habernos sacudido el yugo para abrazar el estadio de ciudadanos y actuar como tales, con todas las consecuencias.

Aseguro (y los acontecimientos así lo corroboran) que el poder, en sus diferentes manifestaciones, tiende al enroque; a atrincherarse tras un bastión legal abarrotado de privilegios y regalías autoconcedidos, interactivos, para defender su opulencia elitista e inaccesible. ¿Qué hacer ante el búnker que se adivina inexpugnable? La réplica, si bien fácil, se antoja compleja e inviable por mor de esa dispersión que toda masa amorfa exhibe en su seno. Tácticamente, una sociedad lógica huiría de exhortaciones cuyo rumbo y propósitos terminara consolidando el status que les favorece y al que sacrifican sus mayores energías.

Personalmente, apuesto por la abstención e incluso (a título de tanteo) favorecer el ascenso de aquellas minorías que se nos aparezcan más éticas o propugnen principios próximos a nuestro ideario. Reconozco la dificultad que entraña desintoxicar mentes cegadas por impulsos que los eclécticos jamás entenderemos, tanto en su atributo cuanto en sus torpes secuelas. Espero sin demasiada confianza que la muchedumbre despierte cuando, al mezclar empeño y disposición, sepa sacudirse el efecto hipnótico, opiáceo, de retóricas seductoras pero falsas y carentes de sustancia.

Querer es poder, recomienda una sentencia con relevante carga didáctica. Por esto, cualquier ciudadano -usted amable lector-, alcanza a señalar múltiples expresiones dichas (en realidad, para ser exactos, paridas, vomitadas o escupidas) por prebostes de todo pelaje. Podemos adivinar en ellas un extraordinario afán de batir “récords” relativos a su extravagancia. Se observa una competencia atroz por conseguir la majadería más pegadiza, penetrante, que acompaña, bajo el recóndito prurito de atesorar una singularidad imposible (debido al elevado nivel), la aspiración máxima de asentar magistral cátedra al dirigirse a un auditorio cuajado de idiotas. O es así o la idiocia se ubica en su campo. Niego otra alternativa.

Presentemos, a modo de arquetipo, las siguientes genialidades. Rubalcaba, uno de los más insignes, mitineando por Asturias: “Con austeridad y ahorro también se puede gobernar”. Tras ocho años de patrono en un gobierno que ha dejado a España sin aliento, aparte los epítetos que atrae tal bufonada (por utilizar algo fino), la frase conforma un estoconazo a la inteligencia colectiva, junto al cinismo e indignidad que aporta el mensaje. “Las mujeres van a sufrir en España y Andalucía si gana el PP” es la contribución docta de Elena Valenciano. Termino, cómo no, con el futuro profesor Chaves: “La democracia perderá calidad si gana el PP”. ¡Ah!, ¿pero aún le queda algo que perder a la pobrecilla? Tocayo, ¿perder o… “descuidar”?

En todos los sitios cuecen habas, abre un adagio popular. No debemos olvidar, pues, las perlas del PP. Ayer, precisamente, aprobó el gobierno el anteproyecto de una cacareada Ley de Transparencia. Pretende modificar el Código Penal para que los casos graves de “desidia” gubernativa conlleven penas de inhabilitación, sin anunciar reintegro alguno. ¿Puede creerse la intención de moralizar la gestión administrativa cuando hace unos días el gobierno indultó a dos condenados por malversación de caudales públicos? ¿Realidad o cachondeo?

Increíble; sí, me parece increíble que, encima, santones de la comunicación aireen, sin hacer salvedades, la concepción de que partidos y sindicatos son instituciones fundamentales en una democracia. Al tiempo, tácitamente, cuelgan etiqueta de facha, fascista, etc. a quien muestre reticencias a tal verdad revelada. Yo digo que estos partidos herméticos y estos sindicatos burocratizados (sujetos ambos a los presupuestos generales), atentan contra la verdadera democracia. Sin embargo, me preocupa (porque juzgo más increíble) que la ciudadanía no mande a unos, otros y los demás (y que tan encendido clamaba Fernán Gómez) donde los límites escatológicos me impiden precisar.

 

domingo, 18 de marzo de 2012

EL TÍO DEL SACO


Todos, en mayor o menor medida, sentimos el efecto efímero pero vivo de reminiscencias a caballo entre la pesadilla y el recuerdo amable. Allá por los tiernos años de infancia era frecuente sufrir (incluso dando oídos) esa amenazante advertencia: “que viene el tío del saco”.

El protagonismo en aquellos tiempos de oprobio y penuria tenía una generalizada, prosaica, etiqueta de vulgaridad A veces, raramente, condicionados por la cultura (quizás por la exquisitez), se sustituía “tío” por “hombre” a fin de mitigar la inquietud que aparejaba tal expresión.

Pretendían amainar caprichos inmoderados o rebeldías lógicas que nuestros mayores ahogaban, inmisericordes, metiéndonos el miedo en el cuerpo. Era un miedo sin rostro, difuso, inconcreto, huérfano; propio y adecuado sólo para infantes. Se potenciaba con malicia dando aclaraciones complementarias sobre ese saco cuyo portador conjeturábamos gigantón barbudo y malcarado. A poco, la frase turbadora produciría únicamente hilaridad.

Hoy, bajo ternos diferentes, abunda el personaje. Exhibe una gran diversidad de máscaras, siempre con voluntad intimidatoria. Persiguen (al igual que nuestros mayores) frenar a quien -esgrimiendo una inusual ética política- sirven al ciudadano, rechazan el status perfilado y osan poner en peligro espurias ventajas, ambiciones e intereses. Adoptan formas bienhechoras pero no pueden evitar ese tufo añejo, sensible, delator. Son auténticos tíos del saco; es decir, la nada anhelante, unos asusta niños ridículos. Como se descuiden, esos impúberes (el PP y en su nombre los ciudadanos), aparte de tomarlos a chirigota, van a devastarlos. La ocasión aparece inadecuada para tragarse fabulaciones o ensayos. Ciertas tácticas, antaño fructíferas, pueden convertirse ahora en demenciales. ¡Cuidado!

Las dos postreras confrontaciones electorales llevaron al paro a un PSOE malacostumbrado a otras sensaciones. Pasar de la moqueta a la zapatilla enturbia mentes, modos y prácticas. Más cuando la política llega a ser, por inepcia, el señero, pingüe y mezquino medio de vida. Esta situación indigente les lleva (junto a socios, cómplices y otros parásitos) a recrear el actual e hilarante, aun irrisorio, tío del saco.

Cualquier ocasión atrae su venteo. Ocurrió en las manifestaciones “estudiantiles” de Valencia donde un holgado, a la par que desagradable, representante (megáfono en mano) fanfarroneó con llevarlas a sangre y fuego, electrizando a una masa variopinta; asimismo pintoresca. Fue el pistoletazo de salida.

El pasado día once, enlutado por la monstruosa saña terrorista, los sindicatos (sosias del partido o viceversa) sacaron quinientos mil manifestantes a la calle. El País, diario nada sospechoso de subversivo, calculó exactamente cincuenta y un mil. La guardia urbana, treinta mil. Las cifras ajenas permiten garantizar que asistiera algún trabajador, así como la “fuchina” de incontables liberados. Tal apunte descubre una situación sindical calamitosa.

A pesar de ello, en un estertor agónico, Ignacio Fernández Toxo resucitó, paradójicamente, al tío del saco retador, con infinitas ínfulas, y no menos ansias de amilanar al presidente. “Si Rajoy no rectifica el conflicto seguirá”, dijo cual apocalíptico Thor fragoso y vengativo.

Más calmo (y más falaz), menos bravucón, ajustándose a un papel huérfano de estímulos pueriles, Méndez, en sus trece, anunció: “Esta es la primera huelga general hasta que cambien, hasta que nos devuelvan los derechos”. Remachó con: “Los sindicatos son el dedo democrático y constitucional que señala los gravísimos problemas que suponen estas medidas”. Desde mi punto de vista, aparecen dos lagunas en los respectivos mensajes.

La primera deja fluir una ambigüedad, probablemente calculada, al no afinar con exactitud a qué derechos se refiere; pues puede hacerlo al de los trabajadores, y entonces sobra el determinante “nuestros”, o a los del staff sindical, hipótesis razonable a tenor de la redacción. Agrede mi ánimo, por otro lado, que se autoproclamen adalides de la democracia y de la Carta Magna, situándose en un plano de superioridad respecto a la soberanía popular.

Como vemos, amable lector, algunos siguen ofuscándose en tiempos remotos, prefieren el enfrentamiento antes que tramitar soluciones (probablemente no las tengan), anclados sin duda en sus propios fantasmas que se mueven entre lo tiránico y lo grotesco. Tan particular aspecto mereciera encarnar con fidelidad al tío del saco.

 

sábado, 10 de marzo de 2012

TRES ERRORES Y MEDIO


 

“Errar es humano, pero exclusivamente los idiotas perseveran en el error” es una expresión ancestral referida por un sabio romano alejado, según parece, de la realidad cotidiana. O mucho me equivoco o el autor cuantifica minoritario ese grupo donde la imbecilidad deja de ser sólo concepto. En aquellos tiempos (un siglo antes de la Era Cristiana) probablemente la sociedad libre, patricios y plebeyos, fuera erudita o el mentado sabio tuviera un carácter visceral, enemigo del equilibrio, de la seducción. Hoy, aquí, la frase se constreñiría en: “errar es de idiotas”, equiparando humano e idiota. ¿No es excesivo, arriesgado e injusto tal alegato? Sí, pero únicamente en parte. Veamos.

Acepto que mi tesis pueda calificarse de sorprendente e incluso estrambótica o grotesca. En esta tierra del ¡ay! permanente, existen hombres y una especie monstruosa, incalificable, de filos animal, netamente metahumana: los políticos. Aquellos (entre los que me encuentro) no consuman ligerezas; mantienen el yerro como médula sutil de su sombría existencia. Una vez y otra. Las encuestas sobre intención de voto en las próximas elecciones andaluzas, constituyen un argumento inapelable.

¿Y los políticos? Ellos apenas perpetran algún error. La esencia del gazapo es sufrir las propias consecuencias; si no hay lamento no se cae en dislate. Las acciones políticas traen aparejadas, con frecuencia, lamentables repercusiones que casi siempre afronta el individuo (mal llamado ciudadano). Esta circunstancia, en puridad, hace al prohombre por tanto inmune a la pifia. Queda, pues, claro su perfil protohumano, excepcionalmente humanoide.

El primer gran error, dentro de una selecta colección, fue compartido por Cascos y el PP, al tomar uno la decisión (y otro a forzarla) de adelantar las elecciones en el Principado asturiano tras breve gobernanza del FAC. Cuando la crisis agota al pueblo de forma angustiosa, cuando los partidos se enzarzan en pequeñas disputas donde tantos juramentos de servicio se dejan vencer por una estrategia ciega, el contribuyente constata que es, a buen seguro, factor olvidado en la confrontación.

Tales observaciones, le empujan a reaccionar a la desesperada ocasionando sorpresas que escapan al más fino analista. La ceguera del PP, quizás obstruccionismo temeroso, y el irrefrenable imperio de Cascos ha hecho engordar las perspectivas de un PSOE inmóvil, a la espera paciente y silenciosa. Muy probablemente don Francisco pierda toda esperanza de repetir presidencia que no iría, asimismo, a colocarse en manos del PP. Aquí acción y trascendencia afectan a sus protagonistas en ese acontecer del auténtico yerro, como advierte la máxima de Concepción Arenal: “El error es un arma que acaba siempre por dispararse contra quien la emplea”.

Estimamos segundo traspié, en orden cronológico, la insólita sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña. Enmendar la plana al Supremo (incluso al Constitucional), respecto a la Ley de Inmersión Lingüística aprobada ilegítimamente por el Parlamento catalán, va a traer secuelas más que inquietantes. Este dictamen quiebra la jerarquía jurídica y enfanga el Estado de Derecho al coger un atajo para adulterar el curso de la Ley, amén de la justicia; verdadera y malsana perversidad jurisdiccional.

A veces, empero, tan nefasto como la arbitrariedad es sentar un precedente disgregador. El nacionalismo separatista aporta pocos argumentos en que asentar sus disparatadas reivindicaciones. ¿Qué pretende el Tribunal con tan temeraria inferencia? Alguien aseguró: “La verdad es el alma de los honestos; la mentira, la de los cobardes; la traición, la de los miserables”.

El tercer y definitivo desliz se encuentra en el campo político-sindical, valga la redundancia. Sí, los sindicatos (estos sindicatos) son meros apéndices políticos, tanto en su estructura burocratizada cuanto en su gerencia equívoca. La huelga general convocada para el próximo día veintinueve, tiene de reivindicación laboral lo que un batracio de hermosura. La Reforma les afecta únicamente en una notoria pérdida de influencia al liquidar su omnímoda presencia de los conciertos laborales.

A costa del precioso jornal de quien la secunde (sin ser liberado), los sindicatos defienden un imperio financiero-coercitivo que empieza y acaba en ellos. ¿Por qué opusieron una tímida huelga de plazos a un gobierno experto en paro? ¿Qué empeños dicen proteger? “Quien no quiere pensar es un fanático; quien no puede pensar es un imbécil; quien no ose pensar es un cobarde”, sentenciaba el clásico. Aplique cada cual esa lección.

Termino con ese medio error de Rajoy cuando, a pesar de dimes y diretes antaño, apoyó los presupuestos de CiU en el Parlamento catalán. Además de “valen más pocas acciones que muchas razones”, podemos añadir sin temor “dime con quién andas y te diré quién eres”. Es la prueba concluyente de que una mayoría con un encargo tácito se tira por la borda a las primeras de cambio. Espero que  el pueblo español tome nota de tanta licencia.

 

                  

 

domingo, 4 de marzo de 2012

CADA OVEJA CON SU PAREJA Y EL MAESTRO CIRUELA


Hace unos días (a propósito de las manifestaciones en Valencia, la respuesta gubernamental y sus secuelas) Alfredo Pe Punto, como a él le gustaba sintetizarse en experimental estrategia de campaña, alegó el derecho que tiene cada cual a manifestar su opinión e incluso a hacerlo acompañado de quien le viniera en gana. Esta segunda propuesta tuvo como objetivo establecer un soporte necesario, preciso, para meter al PP el dedo en el ojo. Así, terminó diciendo: “el PP lo hace con la Conferencia Episcopal y nosotros con los Sindicatos. Cada oveja con su pareja”. Rubalcaba (perdón, el señor Rubalcaba para sortear la corrección que arguyó molesto al confiado e inocente redactor), no creo quisiera realizar un recuerdo laudatorio a Ventura de la Vega, autor de una comedia, con ese sugerente título, en que emparejaba personas de la misma extracción social, cual si fuesen reses. Una visión exacta y habitual respecto al comportamiento colectivo hoy, dos siglos más tarde de su estreno.

Imagino, por otro lado, lejos de su intención evocar inocentemente el aforismo. Aprecio cierta voluntad retórica de resolver una frase engañosa y conseguir así ese obsesivo empeño de deslindarse del PP por la única vía posible: el dogma administrado en fullería sutil. La praxis es demasiado parecida para utilizar su naturaleza como argumento evidente  de antagonismo ideológico. De ahí surge esa nula y permanente intención de exponer aquello que Anguita reclamaba sin éxito: programas. Sustituir proyectos, propuestas de actuación, por la continua invectiva al contrario, cuando la sociedad conoce la verdadera cara de la moneda, resulta cuanto menos ineficaz, si no contraproducente. El individuo (aun el zoquete e incauto) paulatinamente se va hartando de que le hagan comulgar con ruedas de molino, le mesen la barba o le tomen por imbécil recalcitrante. Don Alfredo, con fama de inteligente (a mayor virtud, de maniobrero), no aprende. Acaso esa fama se aleje de la realidad y necesite otra lección contundente para sacar consecuencias lógicas, fruto del análisis sensato, reparador. Sin embargo, ni la edad ni el frío que se siente al no pisar moqueta pueden permitirle un segundo yerro. Dispone de muy poco tiempo.

Sigue, no obstante, desviviéndose por la propaganda y la falacia en postrero esfuerzo de atenazar algún voto que les permita mantener otra legislatura el festín andaluz. ¿A qué viene identificar PP y Conferencia Episcopal en oposición a PSOE y Sindicatos? Nuestro político debe desconocer que en España hay un atavismo religioso que incita al respeto, incluso temor, por la Iglesia. Un porcentaje marginal protagonizó excesos en el pasado histórico y pretende un laicismo solemne, ritual, ahora. Los sindicatos, asimismo, tampoco son buenos compañeros de viaje porque su crédito es parejo al del partido que, no ha mucho, exhibía un siglo de honradez “y ni un minuto más” en castizo y socarrón epílogo. Demasiadas familias abandonadas por esos sindicatos de clase, que dicen afanarse por el bienestar del trabajador (actualmente parado), encuentran en Cáritas el plato caliente que otros le niegan. Sin mencionar aquel escandaloso silencio cómplice mientras iban al paro cinco millones de asalariados.

Es evidente, pues, el error táctico del secretario general. El PSOE (él mismo) no podía tener peor acompañante en su ambiguo periplo. A “perro flaco todo son pulgas”, proclama un dicho conocido. Es un reconocimiento de que lo nefasto, con todo, se encuentra en el espacio exterior. El líder, como la vaca exhausta, ya no da leche (triunfos); da lástima. Para más escarnio, se convierte en séquito irreflexivo de unos sindicatos que causan risa. Nunca pude imaginar ver a alguien suicidarse con tanta alegría. Pareciera pura desesperación. Ya lo dijo aquel, pervirtiendo el mensaje original: “a mal juez, peor testigo”.

El viernes apareció un pródigo Zapatero (sempiterno inepto integral) en la Fundación IDEAS; un grupo de líderes iberoamericanos calenturientos, casi tórridos, que vertebra y da pobre consistencia -a cambio de qué sé yo- al decimonónico socialismo patrio; quizás no muy lejano, cronológicamente, de los fines que aquellos proponen para sus respectivos países. El señor Rodríguez oficiaba de conferenciante estadista y Rubalcaba concluía el congreso en su condición de secretario general del partido anfitrión. Vamos, un costosísimo laudatorio. Zapatero dejó caer perlas del siguiente tenor: “Que nadie nos saque del centro de juego, que eso le interesa a la derecha”. Imposible perfilar mejor el peso de estadista que encierra tal reflexión. Si no fuese suficiente para establecer su excelencia, ahí va otra: “En la sociedad se ha creado desafección por la política porque se ha cerrado el ciclo, que no volverá, creado después de la Segunda Guerra Mundial”. El influjo de su pensamiento (la profundidad que expele), al descubierto en los ejemplos anteriores y otros de parecido jaez, lo aprovechará la comunidad para abatir la crisis y sentar las bases de un nuevo orden mundial.

Me recordó de inmediato al famoso maestro Ciruela; aquel que, según la tradición, no sabía leer y ponía escuela. ¡Qué pesadilla entre un perspicaz prócer y el ovejero listillo!     

 

domingo, 26 de febrero de 2012

ALREDEDORES Y ARRABALES


Mantengo desde siempre que la esencia constitutiva del hombre, y su don más preciado, no se encuentran en ser racional sino en sentirse conscientemente libre. El derecho natural jamás hizo distingos entre los diversos coeficientes intelectuales. Dicha realidad supone concebir otra magnitud como fundamento humano, otra categoría que trunque la excepción. La libertad carece por sí misma de recovecos o laberintos que le insten a mostrarse de forma particular o exclusiva a determinados individuos. Es un atributo sin escalas, por tanto manantial de equivalencia plena. Los sistemas totalitarios, las dictaduras, son nefastos para el individuo pues persiguen toda manifestación de libertad, de controversia, que cuestione su  poder. La esclavitud, ningún otro impulso, marcó el apogeo histórico de deshumanización. Benjamín Franklin dijo y yo lo suscribo: “Donde mora la libertad, allí está mi patria”.

El vocablo alrededor se aplica para indicar la situación de personas o cosas que circundan a otras. Su sinónimo más afín sería contorno. Arrabal impulsa la ubicación fuera del recinto urbano. Entraña cierto matiz peyorativo y desdeñoso. Así, adjetivamos de arrabalero a quien muestra formas refractarias a la estética y aun la ética. Andar por arrabales lícitos significa, contrariamente a lo que pareciera, caminar por resbaladizos senderos jurídicos. El amable lector habrá adivinado una dimensión simbólica en los renglones anteriores. Obviamente me refiero a aquello que se encuentra próximo o reñido con lo considerado juicioso, cabal. Es conveniente, sin embargo, concretar estos vocablos para evitar posibles equívocos en aras a un análisis riguroso, justo y breve de las instituciones que vamos a examinar, incluyendo mejoras o restricciones sobre las libertades ciudadanas. 

Corresponde al gobierno abrir las respectivas columnas del haber y del debe a semejanza de una contabilidad novelesca que computara virtudes o vicios en curioso (hasta atrevido) paralelismo pecuniario-espiritual. Debido a la bisoñez, tasar su ejecutoria con firmeza, sin margen indulgente, sería bastante arbitrario. Los primeros pasos exteriorizan desorientación, inseguridad e incoherencia. Si no ellos, su crédito al menos camina hacia un espacio adyacente a los alrededores. Los propios votantes, alarmados, incrédulos, observan el trayecto que existe entre dicho y hecho. Se agitan con la insólita reticencia de Rajoy y los despropósitos de algunos ministros, consecuencia directa de un proyecto amorfo, versátil, donde la circunstancia es el elemento dinamizador de su ejecutoria.   Todavía severo, el estado de shock le dificulta asimilar su mayoría absoluta, el mandato del pueblo español y la frustración que empieza a generar por complejo o pavor. La libertad individual, exenta de enjuagues respecto a su guarda o restricción (encomiada más bien en los patrones doctrinales), queda a expensas del tino judicial.

La oposición, aparte el segmento a que nos refiramos, antepone estrategias a colaboraciones. Su ceguera les lleva a una actuación ramplona; nimia, cuando no obstaculizadora, en tan penoso marco de emergencia nacional. El imperio democrático demanda reglas de procedimiento flexibles para adecuarlas al escenario que prescriba el momento. Hoy, el pueblo apremia al PP con voz clara a que gestione la crisis. Tácitamente obliga al resto, cuanto menos, a no poner trabas. La realidad, testaruda, descubre una oposición (en esencia el PSOE) que le hace una pedorreta a la soberanía popular. Trasluce una frenética predilección por la calle de quien parece procurarse cierta licencia antidemocrática. Supedita la libertad individual a la colectiva, ese difuso incentivo de alcance ininteligible. Se ha colocado placenteramente (¡allá él!) en los arrabales de la política y, sospecho, el futuro le seguirá pasando cara factura. Necesita con urgencia una regeneración que reemplace a la reforma anunciada o su naturaleza testimonial se impondrá veloz.

Los sindicatos conforman un ente abstracto cuya corporeidad le viene dada únicamente por la subvención gubernamental. Si el ejecutivo descuidara su apuntalamiento, se derrumbarían cual castillo de naipes. Ante el constante ir y venir por los alrededores de un mundo laboral encendido, convulso, al que no encarnan; tras suponer un quebradero de cabeza que atenaza al gabinete, ¿por qué no se hace? ¿por qué se les mantiene orondos y ofensivos? Porque ellos también son pieza inapreciable en este montaje donde el latrocinio esquilmador campa a sus anchas. Del expolio causado a la clase media (ya casi exhausta) viven multitud de parásitos en un ecosistema artificial, postizo. La libertad, aquí, atañe sólo al ámbito laboral y se rige por convenios y leyes en permanente equilibrio inestable.  

Permítanme que mencione al final esta misteriosa y atronadora toma de la vía pública por presuntos estudiantes a cuyo frente alardean líderes, arrabaleros y agresivos, que cosechan una representatividad nula. También el recuerdo a una gestión política inicial notoriamente mejorable. Para concluir, creo oportuna esta cita de Simón Bolívar: “Compatriotas, las armas os darán la independencia, las leyes os darán la libertad”.

jueves, 23 de febrero de 2012

CARNE DE ANTIDISTURBIOS


Alguien lúcido señaló, poco más o menos, “somos una nación de borregos sometidos al yugo de cuatro lobos que conforman un clan endógeno”. Esta perfecta síntesis que retrata nuestra sociedad viene a cuento por los incidentes ocurridos en Valencia, donde la intervención policial fue claramente desproporcionada. Abundan empero acotaciones de dudosa objetividad que focalizan y desvían el debate a la necesidad de la misma y que nadie, yo al menos no, niega. Personalmente contemplé estupefacto (entonces desconocía cualquier pormenor) cómo unos policías, en medio de un despliegue imponente, sacaban esposados del Corte Inglés a chico y chica quinceañeros como si fueran peligrosos delincuentes.

Los lamentables sucesos se iniciaron en el IES Luis Vives, un instituto histórico ubicado en el centro de la capital. Manipulación sobre los recortes y su influencia en la calidad educativa, así como el efecto multiplicador debido a la carencia de calefacción, dispararon la protesta callejera. Una gestión policial discutible en sus albores y la posterior espiral de torpezas terminaron por ser tediosa noticia diaria. Cuando un país tiene el veinticinco por ciento de paro (cercano al cincuenta en el sector juvenil), un déficit del ocho porcentual, una deuda soberana de setecientos mil millones de euros, una economía paralizada y una clase media -único sostén del Estado- empobrecida, además de un horizonte negro, jugar con fuego es un suicidio más que una irresponsabilidad. Las imágenes de la carga policial encienden los ánimos y el PP puede verse envuelto en llamas.  Creo que la señora Sánchez de León se ha ganado a pulso su cese por “pirómana”.

No existe ciudadano que someta a juicio la extracción ideológica de quienes, justamente ahora, emparejen correcciones presupuestarias con calidad educativa y fracaso escolar. Mis lectores saben la labor docente que materialicé a lo largo de cuarenta años. Tal circunstancia me permite exponer con conocimiento de causa, una vez más, dos asertos. Para empezar, lo básico en la calidad no son los recursos económicos (sin obviar su relieve); es el método y los valores que le asisten. Jamás se consiguieron mejores logros escolares que desde los años setenta a finales de los ochenta; es decir, con la Ley General de Villar Palasí, periodo en que no hubo correspondencia con un abultado presupuesto que facilitara tales prestaciones. Por otro lado, el caos educativo, el hundimiento de la enseñanza pública y el mayor recorte lo generó la LOGSE. El constructivismo como criterio de aprendizaje, la comprensividad como máxima rectora y la falta de acompañamiento de una Ley de Financiación (recorte definitivo) han traído estos lodos que padecemos. Curiosamente son sus panegiristas quienes exigen, cínicos, una escuela pública de calidad. Estafadores.

Marx, Popper, Adorno, Friedman, Keynes y otros pensadores preocupados por el devenir social en sus aspectos antropológico y económico se concretan a una operación de laboratorio, ineficaz en la masa social para protagonizar cambios trascendentales. Revolución implica un cambio profundo en la organización social. Involución sólo es el regreso a una fase anterior. Una burguesía económica protagonizó la Revolución Francesa que aniquiló el Antiguo Régimen e inauguró las democracias liberales en Europa Occidental. Alboreando el  siglo XX, una élite económico-intelectual derrocó el absolutismo zarista ruso, sustituido al principio por un sistema totalitario que, tras diversas vicisitudes, terminó sojuzgando a Europa Oriental hasta la última década del aludido siglo. Ambos conjuntos, divergentes, opuestos, enfrentados ideológica y económicamente contuvieron extraños afanes en sus respectivas áreas de influencia. Así por ejemplo, Francia e Inglaterra apoyaron el alzamiento militar en la España Republicana que adoptaba un preocupante sesgo comunista. Franco probablemente fuera un paréntesis personalista que garantizaba la retaguardia francesa e inglesa.

El statu quo europeo auspicia que los partidos españoles, burgueses en sus diferentes manifestaciones liberales o ¿socialdemócratas? (valga la redundancia), teman por igual cualquier sacudida auténticamente revolucionaria que pueda “engullir” sus privilegios espurios. Permiten, a lo sumo, algún que otro desplante -con el objeto de  calmar tensiones impulsivas- siempre inducido y controlado por “santones” a sueldo. Conforman un jugoso caldo de cultivo para la revuelta minoritaria pero atronadora. Siempre aparecen al rescoldo, difícil encontrarlos en frío porque su tarea es encauzar el descontento hacia la involución (cambio de gobierno menospreciando la voluntad popular). Formalizan una plaga antidemocrática que perturba a países sin cultura política. La Historia reciente enseña la peligrosidad de ciertas siglas, escasamente reformadas, muy incómodas en la oposición.

Al pueblo, tonto útil en una revuelta custodiada, anodina, le interesa la revolución, el cambio rotundo. Cuando un sistema no nos entusiasma, debemos darle la espalda, no participar de él. Ciñéndonos a nuestro caso, lo aconsejable es abstenernos o votar en blanco. Constituye la única manera de dar un escarmiento  corrector a esta panda de vividores. Debemos utilizar armas legales, aquellas que, por ser mayoría, aporten clara ventaja sobre quien ostenta la fuerza legal. El enfrentamiento directo con la policía dejémoslo para feligreses y dogmáticos. Sospecho que nosotros, la gran mayoría, nos negamos a ser carne de antidisturbios estúpidamente.

 

domingo, 19 de febrero de 2012

SINDICATOS, ADLÁTERES Y GOBIERNO


Por puro azar, en consonancia con la ley que rige el mundo y al hombre, he hallado una frase dicha por un piquetero en la última huelga general de dos mil diez. Tras “convencer” al dueño que debía cerrar su local, espetó a los compañeros de piquete: “¿Alguien quiere café o tabaco antes de que cerremos el bar?” Tal actitud muestra rotundo el grado de coherencia que animó a este esforzado menestral,  liberado paradigmático (puede) o aledaño al staff. No estamos ante un caso aislado, insólito; la anécdota franquea el ámbito particular, accidental, para convertirse en sustancia inseparable. Se ha pasado del ardor entusiasta, de la bizarra resistencia gestada en el tajo, al acomodo actual donde el compañero es ahora objeto burocrático distante, sin conexión con el entorno fabril. Los sindicatos españoles han vendido caro su afecto. Ese aroma burgués que despiden (nunca mejor dicho) amortigua la intensidad auditiva, modelan un mensaje extraño -ininteligible- y pierden por ende capacidad de convocatoria.

Desde mi modesto punto de vista, la Reforma Laboral, a semejanza del parto de los montes, ha alumbrado algo insignificante, poco provechoso. Nace ineficaz porque no resuelve la falta de liquidez empresarial  (verdadero escollo). Liquida, menos mal, competencias inoportunas, restringe suavemente -en un sí pero no- el poder sindical cuando se priorizan acuerdos de empresa sobre convenios sectoriales y se reducen trabas administrativas en la tramitación de los EREs. Salvo estos aspectos, la Reforma Laboral se parece como dos gotas de agua a la de Zapatero  y que propició una huelga estratégica, de mentirijillas, benigna, a tres meses vista. Hoy los líderes obreros (es un decir) bregan por sus privilegios, se desgañitan, lanzan soflamas cuando no verdaderos escarnios, amenazan aún sabiéndose frágiles. El personal, pese a que Rubalcaba perciba una campaña “repugnante del PP contra los sindicatos”, deserta; ante su evidente titubeo resolutivo, los problemas sindicales internos le traen al fresco. Se lo han ganado a pulso. Sólo computan para los medios y porque hay que llenar huecos. Ahora mismo, soportan una lamentable situación de excelente bonanza.

Recurrentes, algunos políticos (que constituyen la anacrónica y única reserva europea del más puro marxismo) la calificaron con destemplanza -arrastrados quizás por una inercia inevitable- como “golpe de Estado contra los trabajadores”. Compitiendo en extravagancia, Llamazares calificó la Reforma de “estado de excepción laboral” e hizo un llamamiento a la rebelión callejera. Demuestran una mayor querencia genética a la subversión que al parlamento, signo inequívoco de sólidas convicciones democráticas. Mantienen con laudable disciplina la divergencia entre dialéctica teórica y praxis revolucionaria. Sujetos al marco capitalista y anclados con efusión en lugar y tiempo impropios, se les ofrece dos salidas: adaptarse a los nuevos retos (dificultoso) o preservar su praderas agitando señuelos mohosos, quiméricos, con escaso (por no decir nulo) recorrido. Les motiva, les pone, esta postrera. La juventud asigna a estos partidos obsoletos fecha de caducidad; conformarán, al igual que sus antípodas, reliquias adecuadas para cuatro nostálgicos.

¿Y el gobierno? Extraordinaria pregunta si tuviera una respuesta argumentada y sin sombras. Todavía en la oposición Rajoy, a propósito de perversa inquisición, dijo: “¿Medidas para crear empleo? Bueno, me ha pasado una cosa verdaderamente notable, que la he escrito aquí y no entiendo mi letra”. Esta salida, que el común señalaría de pata de banco, pudiera ser un recurso de chanza a la gallega pero también un reclamo sincero, un reconocimiento sigiloso a su extravío, a su qué sé yo. En el terreno económico, el ejecutivo va cumpliendo su programa electoral sin demasiada convicción, al ralentí, a la espera de algún milagro que le permita conjugar augurios en la oposición y aquiescencias en el poder. La actualidad nos ofrece un panorama peliagudo, siniestro, con unos datos que escapan a cualquier control elemental. Asimismo Europa exige disminuir déficit y paro, originando finalmente un desasosiego semejante al del matemático que se hubiera propuesto la cuadratura del círculo. Algunos aun se atreven a echar leña al fuego. Acongojante. Y dicen, como antes otros, trabajar por el bienestar de los españoles. Si digo ¡qué mentecatos!, elijan ustedes la referencia.

Dentro del contexto económico el presidente posee un margen razonable de pretexto; con todo, no ocurre lo mismo en las demás materias que fueron caballo de batalla meses atrás, ajeno al sillón azul. Leyes opuestas a principios morales y familiares (impresos en la idiosincrasia española), nacionalismos, problemas lingüísticos, Ley de Partidos (ilegalización, si procede, de Bildu, Amaiur…), etc. padecen sospechosos cambios conceptuales, por tanto de enfoque y tratamiento, eclipsando incluso servidumbres electorales. No es de fiar quien mantiene doble discurso porque siempre traiciona. El PP se equivoca. Se les concedió una mayoría absoluta (libre de ataduras) para algo diferente, opuesto. Una mala copia y peores evasivas no convencen. El dogmatismo es leve enfermedad entre la derecha liberal, epidemia en la izquierda progre. ¡Cuidado!

¿Complejo, prudencia o cobardía, como dijo Rosa Díez? Abandono la idea de considerar al PP un estratega tan fino que le impulse a asediar, con su actuación, el espacio de la socialdemocracia europea y favorecer el ocaso definitivo del PSOE; perfectamente canjeable, por otro lado, en su actual pelaje. Una variedad doctrinal y malévola al famoso “Cordón Sanitario”. Demasiado conejo para tan exigua chistera.

 

 

domingo, 12 de febrero de 2012

UNA VERGÜENZA, DESVERGONZADOS


La existencia de una ley cíclica que dirige dinámicas y aconteceres parece encontrarse fuera de toda duda. El siglo XVI, triple actor de bancarrotas nacionales, se convirtió en el máximo exponente cultural de aquella España menesterosa. Todavía hoy nos referimos a él con énfasis como Siglo de Oro. Ahora, quinientos años después, abatidos por una crisis aguda, inmersos en la penuria, otra vez arruinados, aflora lozano un extraordinario estado cultural; eso sí, antitético al recordado. Dentro de esta mengua psíquica que nos ahoga, hay sectores cuya relevancia política e institucional la hace aun más alarmante y amarga. Acomodados en distintos departamentos, su labor (evito evaluarla rendido a un residuo piadoso) acentúa el achaque de la débil, insolvente y grotesca, democracia  que encubrimos. 

 

Nos encaminamos a una década extraordinariamente feraz en sandeces, falacias y arrebatos contra la Ley. No podemos (ni debemos) destacar parcela o profesión alguna; tampoco hacer exclusiones ajustadas a comportamientos prudentes, circunspectos. Desde atávicas falsedades y enredos -que inculpan sin excepción al amplio abanico de siglas- hasta insólitas sugerencias vertidas por columnistas cebados con fondos opacos, hemos consumido paciencia, apatía e indignidad. En los últimos meses, el proceso muestra un cromatismo que inquieta: pasó de castaño a oscuro; cunde el desastre, se han rebasado todas las barreras. Una competición de desafueros surge en quien tiene algo que decir e incluso en quien carece de tal capacidad.

 

Partiendo del insondable y meticuloso hábito de calificar caverna, ultraderecha, fascista o similar, a gente discrepante con las propias ideas, los autodenominados izquierda progresista realizan así un ejercicio de afirmación que colme su vacío doctrinal prendido a ruin soporte dogmático. Pretenden, incluso, el beneficio político que resulta de asociar a estos epítetos la perversidad sembrada previamente en la conciencia social y que (a juzgar) conviene exhibir a los afectados una táctica tibia, salvo raras excepciones. Deben especular, unos y otros paradójicamente, provechosas ventajas electorales.  

 

Producto de la estolidez recalcitrante, es fácil coleccionar expresiones burdas, chocantes, irrisorias, patéticas. Sin embargo, las más recientes bordean el delito -al cuestionar el prestigio institucional- cuando no trasgreden abiertamente la Ley. Gaspar Zarrías afirmaba días atrás: “Es un hecho objetivo que en ocasiones se da una sintonía pintoresca entre la juez Olaya y el PP en relación con los EREs”. La frase entraña una grave y gratuita calumnia; asimismo, dicha por aquel que presuntamente se encuentra en el epicentro del terremoto, rechina a cualquier oído decente. En mi pueblo dicen: “quien se pica, ajos come”. Los sucesivos juicios contra Baltasar Garzón (curiosamente otro nombre mago) por supuesta prevaricación, ya confirmada en un caso, trajeron una tediosa letanía de despropósitos. Próceres concretos (típicos), individuos extravagantes (faranduleros) y algún ex fiscal, superaron con creces aquellos extremos que recomiendan la razón, el proceder y la norma. El señor Mas se convierte en protagonista absoluto con exigencias imposibles, contrarias a la Ley y al sano juicio. Vierte, además, tenues amenazas a quien ose pisar unas hipotéticas líneas rojas que él mismo ha diseñado.

 
Un columnista polémico proclamaba el otro día la falta de seriedad en nuestro país. Resumiendo, mantenía que el PSOE era un partido sin parangón en Europa, que la socialdemocracia la encarnaba el PP de Rajoy y el liberalismo oponente residía en el PP de Esperanza Aguirre. A juzgar por hechos, actitudes y declaraciones recientes de los líderes socialistas más representativos, merece la pena considerar la tesis del mencionado columnista. Con estilos e ideas decimonónicos no podemos enfrentarnos a los retos del presente y a los que, en el futuro, nos depare el siglo XXI. UPyD, abandonando cierto lastre -algunos excesos- lograría desempeñar un papel esencial. Los adversarios lo saben, de ahí su crispación. Izquierda Unida, como suele decirse, es el verso suelto de la futura política española. Apremia cambiar la Ley Electoral para que cada uno tenga el mandato que le corresponda.

 

Deseo reseñar la responsabilidad que toca asumir a los medios de comunicación respecto a escenarios pretéritos, presentes y, me temo, venideros. Es más, diría que son  los gestores exclusivos del conducirse social en sus diversas manifestaciones, pues generan opinión y praxis. Si son incapaces de reconocer su propia vergüenza, nunca saldremos del laberinto. Antes o después la sociedad se lo reclamará, una vez  harapienta la clase política hoy por hoy tremenda desvergonzada.

 

 

domingo, 5 de febrero de 2012

REFORMA EDUCATIVA SIN CALADO


A estas alturas no descubrimos ningún misterio o factor esotérico si estimamos el dualismo norma que mueve al mundo y al hombre.  Alma/cuerpo, luz/sombras, bien/mal, yin/yang en la filosofía oriental (curiosamente el yin se concibe principio femenino, la tierra, la pasividad; al yang pertenece el principio masculino, el cielo, la actividad). Estos impulsos complementarios, irreductibles y antagónicos, presentes en todas las cosas, permiten la trascendencia de lo humano salvando una realidad cerrada, inmanente. Cualquier fuerza/idea puede ser percibida como su contraria si se mira desde un punto de vista antitético, en una dicotomía armonizadora. La categorización se realizaría intencionadamente, por conveniencia. En tal caso nos rendiríamos a una de las dos posibilidades y quedarían sentadas las bases del dogmatismo más abyecto.

 

Reforma es todo cambio gradual con el propósito de mejorar un sistema, proyecto o sociedad. Afecta a aspectos fundamentales, no al conjunto. Su espíritu le hace cuestionar por igual posiciones revolucionarias cuanto reaccionarias. En teoría se diferencia del centrismo, ya que este busca consensos equidistantes de los extremos y resulta un fin en sí mismo. Muchos consideran la voluntad reformadora una capitulación a la política del sector antagonista. El PP, de momento, anuncia reformas sin fin aunque muestra poco interés en practicarlas. Comprendo lo incongruente de una urgencia tiránica e innecesaria, pero los plazos salieron de su boca. No creo hubiera presión externa (sí menester) que llevara a Rajoy a fijar la Reforma Laboral el siete de enero. Un equipo de gobierno, previendo su próxima servidumbre, debiera tener propuestas nítidas, eficaces, ante la situación de emergencia económica y financiera.

 

Se ha desatado, digo, una fiebre reformista y no hay cartera que silencie inmediatas novedades en sus respectivos ministerios. El responsable de Educación, Cultura y Deporte, señor Wert, ya desmenuzó algún giro (superficial por lo publicado) en la prevista ley educativa. Salvo cortina de humo para verificar oposiciones y anuencias, se habla de acortar un año la secundaria, para añadírselo al bachiller, y extender la escolarización obligatoria hasta los dieciocho años. Si la columna vertebral innovadora se resume en lo expuesto, aparte otros argumentos de más enjundia que iré desgranando después, me parece una tomadura de pelo; no sólo por su indigencia (que se limita a un quita y pon) sino, junto al costo que conlleva, por aumentar dos años la tortura en un alto porcentaje de alumnos.  ¿Acaso desconoce el señor ministro la cuantía de contratos en formación, prueba evidente del hartazgo y abandono escolar? ¿Cree que se puede educar por decreto ley? No concuerdan los mismos preceptos con realidades diferentes.

Mis cuarenta años de enseñante, la mayoría en Segunda Etapa con la Ley General de Educación y estrenada la LOGSE, me aportan (considero) cierta potestad para opinar del tema. Previo, voy a hacer un juicio de intenciones aventurado pero no exento de signos o evidencias: la LOGSE implanta un sistema educativo que buscó el acriticismo operante y la mediocridad generalizada, sin embargo (o a propósito de) su apariencia progresista, igualitaria e integradora. Persigue, desde mi punto de vista, una sociedad amorfa en la que diversas minorías detenten un poder consentido e inalcanzable para quien no pertenezca a idéntica élite. Extraigo a modo de prueba el hecho cierto de que toda esa casta privilegiada preconiza el final de las desigualdades, a través de la escuela pública,  mientras educa a su prole en colegios muy privados para eternizarlas. ¡Cuánto rendimiento y lucro le sacan a la palabra!

 

Principios excelsos y palabrería grandilocuente no reparan desequilibrios e injusticias. Darwin enunció la selección natural o la preservación de las razas en la lucha por la vida. Rechazo, pues, toda previsión o gracia que proceda del poder. Escalar posiciones sociales se consigue únicamente a través del esfuerzo, la constancia, el sacrificio; en definitiva, pugnar por la eminencia. Se debe exigir, sí, igualdad de oportunidades. Más allá, abominando esa famosa e insolidaria ley selvática que nos abate, cada uno enfoca su camino según actitudes, no aptitudes.

 

Señor Wert, la reforma educativa excede retoques de estructura o tiempo. Una enmienda auténtica exige el relevo epistemológico. El constructivismo (empírico, materialista, alejado de cualquier aliento ontológico) y la escuela comprensiva (desmotivadora, inactiva) son la génesis de un sistema público pauperizado y por consiguiente del tremendo fracaso escolar. Nuestros centros se han convertido en paradigmas de anarquía, barbarie e incivismo. Ignorancia y mezquindad son el fruto característico de estos mimbres inadecuados para conseguir una sociedad democrática y equitativa. No opino de política, discurro sobre educación y por ende de economía.

 

Escrúpulos, cuando no cobardía a secas, provocan acciones cuyos efectos se oponen al objetivo previsto (íntegro, dándoles un inusual margen de confianza) al tiempo que despiertan frustración y desengaño, incluso en fervientes admiradores. ¿Han colegido, usted y el resto del gabinete, por qué tienen mayoría absoluta? ¿Para hacer una política similar a aquella de los desahuciados? Vana y efímera victoria.

 

domingo, 29 de enero de 2012

REFORMAS INSÍPIDAS


Llamamos insípido a algo falto de sabor. También a lo escaso de espíritu, viveza, gracia, sal. El vocablo, por tanto, puede referirse a cualidad intrínseca o a envoltorio formal. La reseña genérica afecta al PP, pero se adscribe al Ministerio de Justicia; por ende, coloco el foco de interés en la primera acepción. A don Alberto puede reprochársele bastantes virtudes y defectos; jamás ausencia de viveza, gracia o sal. Por el contrario acostumbra a efectuar declaraciones en tono eufórico e incluso con chispa.

 

Afirmo mi total convicción de haber padecido, durante casi ocho años,  el peor gobierno de España en siglos. Sin embargo me surgen ciertos recelos sobre el ejecutivo presente cuando lleva ya un mes y no ha mostrado la celeridad que reclamaba tiempo atrás. El mayor problema que percibimos ahora apunta al desempleo (cinco millones trescientas mil personas). Otros, desde mi punto de vista, son más espinosos pero se otean menos perentorios. Rajoy debió pensar lo mismo. Incitó a los agentes sociales a que pactaran una reforma laboral antes del siete de enero. Superada con creces la fecha tope, su contenido -que en teoría debiera estar ya aprobado y creando empleo- pende de la indolencia gobernante, retoño asimismo del desapego. El acuerdo que han alcanzado sindicatos y patronal abona sus intereses, pero parece distanciarse de las aspiraciones nacionales. Presidente y ministra del ramo, incluidas felicitaciones pueriles, practican una gobernanza extraña, sometida a rentabilidad electoral.

 

Tenemos un Consejo de Ministros, según dicen, con un crédito excepcional que se hace extensivo a subsecretarios y directores generales. ¿Es suficiente? Veamos. Salvo error u omisión, sólo el ministro del Interior realizó diligentemente los cambios conforme al mandato de las urnas. Montoro, pese a empeños presidenciales, sube los impuestos directos, de momento, y anuncia restricciones a ministerios y autonomías (déficit cero), pero denotando escasa seguridad. Al dispar Luis de Guindos se le conoce por la polémica generada con el nombramiento de Carmen Vela, una admiradora de Zapatero, como secretaria de Estado. El resto, excluyendo al ministro de Justicia, son convidados de piedra; miembros aparentes, fantasmales, de un ejecutivo a la deriva, abatido por un peso torpemente estimado.

 

El señor Gallardón rompiendo la armonía, excusando la ley pendular que orienta al gobierno, en un acceso súbito, prometió cinco medidas necesarias: Nueva Ley Orgánica del Poder Judicial; penas permanentes y revisables para delitos de especial gravedad o multirreincidencias; permiso paterno cuando aborten las menores de edad; cambios sustanciales en la ley del menor y Nuevo Estatuto de Víctimas. Las reformas expuestas pueden responder a un compromiso solemne, ser un anuncio calculado o entonar el famoso estribillo de “renovar todo para que nada cambie”. El tiempo, ese testigo incorruptible, determinará la sinceridad o jactancia de don Alberto. La coyuntura diaria se nutre de noticias altamente explosivas procedentes del País Vasco y Cataluña (Amaiur y Mas), donde los desprecios a la Ley encuentran el silencio cómplice de quien asumió la exigencia de hacerla cumplir. Esta actitud, incompatible con principios programáticos expuestos en defensa de la democracia y de las libertades ciudadanas, me lleva a recordar a los próceres patrios esa máxima popular, tajante y definitiva, cuya propuesta indica que “el movimiento se demuestra andando”. Sería tremendo despedir al gobierno de los falsos reclamos para instalar al de las vanas reformas, en una antojadiza pirueta de la Ley de Murphy. 

 

Reconozco cierta intemporalidad en cualquier análisis efectuado al novel gabinete por el apuro e incumplimiento de fórmulas que la costumbre reconoce casi norma a proteger. No obstante observo -y no es una estimación privativa- que los primeros pasos (incluyendo la acefalia en trances onerosos), las trazas -pues no podemos basarnos en hechos concretos- atesoran altas dosis de zozobra. Resurge potente, indómita, la sensación de torpeza, ceguera e impotencia en este gobierno; estricto, apremiante y muy eficaz (así se vendía) en la oposición. Su incertidumbre empeora tres sectores básicos para superar la crisis: Recesión económica, estancamiento de la deuda soberana y aumento del paro. Complementan, por otra parte, el hundimiento progresivo de la clase media sobre la que recae todo el peso de la horrible situación.

 

Si el ejecutivo socialista era prototipo de la aridez, amén del reclamo delictivo y caos absoluto, este se está mostrando como el gobierno de las reformas exiguas e insípidas. El sabor intenso proviene del guiso compuesto por el laberinto financiero, el Estado Autonómico, las subvenciones inmorales y las empresas públicas, deficitarias e incluso granero de nepotismo. Quien tiene atribuciones sabe cuál es el arranque de nuestra penuria, pero nadie se atreve a emprender la terapia correctora.

 

   

domingo, 22 de enero de 2012

IMPERICIA, INDECENCIA E INCONSISTENCIA


Constituyen los tres pilares que hoy sustentan la configuración política de esta tierra, cuya mayor virtud -a la vez defecto inveterado- es la paciencia o sumisión, que manifiesta de manera ciega; mostrándose peligrosa cuando explota por inusual arrebato. Este soporte inmundo, podrido, vertebra a su vez el débil régimen que se nos aparece poco atractivo, desilusionante y, sobre todo, carísimo. Creo a fondo que manifestaciones, aun hechos turbadores, protagonizados por prohombres (también promujeres, que diría una ministra de cuota) producen rechazo y hastío general. Me temo de su inconsciencia, pero uno (ya entrado en años) compara aquella dictadura atípica con esta democracia lacia y no encuentra argumentos sólidos, rigurosos, para ensalzar una sobre otra. Cuando un sistema, se llame como se llame, privilegia realmente a un grupo, clase o casta, lo hace conculcando libertades y derechos de los demás. No es democrático pese a apariencias, empeños o parabienes. 

 

Sé que la última especulación es políticamente incorrecta. Sospecho el cúmulo de calificativos expuestos, más bien arrojados, por mentes incapaces de contrastar opiniones sin adueñarse de un espacio (teóricamente honorable) que no les corresponde a priori, incluso ni a posteriori. Poco importan las etiquetas imputadas porque nada debo a nadie ni tuve jamás, ni tengo, cargo, regalía u óbolo alguno. Al igual que muchos españoles veteranos, hube de sufrir la dictadura (insisto atípica) y ahora tengo que sufragar la democracia (reitero lacia). Otros -atraídos por el incensario o el improperio dogmáticos- no pueden decir lo mismo, en ningún caso.

 

Podría haberme decantado por diferentes rasgos, entre los múltiples que pueden aplicarse a la casta gobernante que se enseñorea en el solar patrio, sin temor a la hipérbole o la calumnia. Elegí las del encabezamiento porque ajustan perfectamente con la realidad, más allá del soporte semántico. Si sustentamos una generación perdida, la tópica ni, ni, ¿por qué el azar o los hados no pueden agravar tal escenario sobrellevando políticos in, in? Dicen que cada sociedad tiene los gestores de acuerdo a sus merecimientos. La reflexión tiene miga, me ofrece honda inquietud, pues se aproxima sin remedio al punto  obvio de que nuestra comunidad luce una vileza suprema, salvo especial maridaje asimétrico.  

 

 Contadas siglas (ninguna para ser exactos) alejan actitudes y modos de los vocablos que abren estos renglones. Al menos son cautivas de uno; múltiples sin embargo, con cierta insistencia, afrontan todos. Treinta años de experiencia son suficientes, deberían serlo, para tasar sin riesgos capacidades y talantes del amplio abanico ideológico español (utilizo “ideológico” por inercia, mas sin ninguna convicción). Los partidos nacionales pierden vigor a la par que los nacionalistas exacerbados no encuentran el juicio. Estos, con urgencia, contra todo precepto fisiológico, consumen, agotan, aborrecen, su propio caldo de cultivo. Desconozco qué impulso suicida les lleva a pretender la independencia, a sacrificar la gallina de los huevos de oro, a ese afán dañino -desde el punto de vista económico- de una segregación ruinosa para ellos. España, el resto, perdería sólo parte de su identidad pero lograría, a cambio, sosiego. ¿No vale la pena el canje? Destruiríamos una tradición de quinientos años, sí; ¿y qué? Al pan, pan y al vino, vino. Con China de por medio, los nacionalismos excluyentes e insaciables son ahora, sin exigir análisis profundo,  una rémora.

 

Repasemos someramente sustancias o accidentes. Desde mi punto de vista, hoy no hay ningún partido que se afane en conseguir el bien ciudadano. Todos acarician tocar mando como sea. El PSOE de Zapatero se ha suicidado en una inútil orgía de omnipotencia que nos llevó a la bancarrota. Los pretendientes que han de protagonizar la reforma, al paso que llevan conseguirán su ocaso definitivo. El PP es víctima de complejos e incoherencias. Consumido el último cartucho, sin reservas en la canana, agotado el postrer recambio, tras él viene, zaguera, la desesperanza.  Le auguro un porvenir escaso y difícil. IU desaparecerá por extemporánea, quimérica y errante. UPyD presenta buena perspectiva pero debe deshacerse de lastres originarios. Los nacionalismos se ahogarán en su propia salsa si antes no han asfixiado a España.

 

Sí, amigo lector, tenemos complicado salir de la crisis, abandonar el marasmo. Con semejantes partidos, con este armazón creado, impuesto, somos contribuyentes a lomos de la impericia, la indecencia y la inconsistencia.

 

 

domingo, 15 de enero de 2012

TRÁFICO VA DE CAZA


Estado es un concepto que se fija por el subjetivismo de quien lo enuncia en cada coyuntura. No obstante aparecen vocablos o frases comunes a todos ellos. Violencia legal y conquista de fines indeterminados formalizan un armazón frecuente. Entre los grandes pensadores dedicados al análisis del comportamiento y organización humanos, yo destacaría a Agustín de Hipona cuando afirmaba rotundo: "Desterrada la justicia, ¿qué son los reinos sino grandes latrocinios?" Max Weber y Hans Kelsen aseguran abiertamente que el Estado conforma un medio para la realización de cualquier fin social. Hay, pues, entre estos tres pensadores (salvando las distancias históricas) aproximaciones notables en los rudimentos de justicia, derecho y fin social que debe garantizar la fuerza legítima.

 

Años atrás, al tiempo que se alumbraba la nueva Ley sobre Tráfico, ya urdí un artículo indicando la irracionalidad plasmada en algunos puntos del texto; asimismo el objetivo básicamente recaudatorio a pesar del epígrafe solemne y falso de "Seguridad Vial". Hoy constato la naturaleza monetaria de tal norma. En un reciente viaje a Vinaroz por la autovía CV-10, que une Almenara con el aeropuerto de Castellón (a la postre inviolado por aeronave alguna), al término de la misma, aproximadamente quinientos o mil metros antes, una fantasmagórica señal limita la velocidad a 80 Km/h para que a su conclusión, ya en los diez kilómetros de carretera con doble sentido que nos lleva a la AP-7 o a la N-340, la velocidad en todo el tramo se limite a 100. Apostado convenientemente, el radar móvil cazaba hambriento a los confiados conductores, mi caso (uno va a ciento veinte, velocidad de autovía), para arañarles dos puntos y trescientos euros, ciento cincuenta tras el descuento coactivo.

 

Quien conozca la zona, observará que se trata de un trecho recto; sin peligro ni riesgo potencial ordinario, cuanto menos extraordinario. Si Tráfico dijera verdad, bastaba la colocación de señales informativas, progresivamente escalonadas, para advertir el escenario retratado, considerando, además, el escaso nivel circulatorio. Pero no, "para salvar vidas" era imprescindible la vigilancia extrema del lugar. En el tiempo que estuve retenido por cuestiones técnicas, no menos de otros diez incautos cayeron con alevosía y mala fe en las garras de esa rapaz llamada Dirección General de Tráfico, orlada por su pretenciosa "Seguridad Vial".  Ja.

 

Ni el gobierno es Gobierno de España, ni los partidos son democráticos, ni el pueblo es soberano, ni tan siquiera nadie trabaja para el contribuyente (antes ciudadano), por mucha cohorte de medios, voceros y afines que se desgañiten en atestiguarlo. Desconozco la forma, el método empleado, para que ese afán originario de servicio, esa lucha sin cuartel para conquistar la libertad, para superar las secuelas del "fascismo", se haya convertido en la cueva de Alí Babá. Qué fatídico halo orienta nuestra existencia que nos impele a tropezar más de dos veces en la misma piedra; magnitud que determina el límite del extravío humano. Un elevado grado de indolencia, menos aún de idiocia, no puede acreditar en modo alguno actitudes que denigran la dignidad personal.

 

Impotencia y reflexión son pésimas compañeras. Refuto talmente una para quedarme con aquella que puede aportar un destello de luz sobre la alarmante situación nacional; sin ser, a fuer de precisos, el paro y la crisis lo más terrible a medio plazo. El sistema ha creado un Caballo de Troya que está socavando indefectiblemente derecho natural y  principios constitucionales. Al contrario de Saturno, no hay esperanza que tal engendro sea devorado por su padre.

 

El Estado, Social y de Derecho según la Carta Magna, se parece como dos gotas de agua a ese otro que San Agustín calificaba de latrocinio. Así se presume una vez cotejadas las estrategias de caza, aunque quieran camuflarse tras un engañoso, maquiavélico, biombo. Desvergüenza y saqueo campan a sus anchas sin que, aparentemente, nadie quiera poner freno. Llevamos demasiado tiempo sin veda y, en puridad, sin justicia.