viernes, 11 de septiembre de 2015

CATALUÑA EMPRENDE SU CAMINO AL ABISMO


Sí, Cataluña oficializa estos días el camino inexorable hacia el abismo. Da igual el resultado porque la fractura social no tiene marcha atrás, es insoluble. Desvertebrar, destruir, es mucho más fácil que vertebrar, construir. Por este motivo, los políticos (modelo de torpeza e indecencia), se han empleado en demoler para tapar su indigencia y bellaquería, cuando no un ilícito plan de enriquecimiento personal. Indigna que una autonomía, privilegiada por el Consejo de Política Fiscal y Financiera, haga recortes insólitos para potenciar el hecho soberanista. Parece que la sanidad catalana, según diferentes informaciones, roza el caos por claras deficiencias financieras. Sin embargo, televisión pública, embajadas, subvenciones asombrosas, que tengan el objeto de airear o mostrar las virtudes de un independentismo benefactor, abruman con su solvencia económica.

Mis compatriotas catalanes son tan responsables, en su escenario de zozobra, como el resto de españoles respecto a la situación general de España. Unos y otros hemos sido manipulados, escarnecidos, por gobernantes felones e indignos. La animadversión actual -que existe aunque se quiera negar-  es fruto, sin duda, de un adoctrinamiento más o menos soterrado. Saben con qué facilidad se genera una determinada conciencia pulsando sentimientos pedestres, rastreros. No obstante, debemos analizar la realidad sin apasionamiento, con justeza y justicia, repartiendo reproches. Este caso está huérfano de estrellas protagonistas ya que, desde mi punto de vista, hay una corresponsabilidad bastante equitativa entre los diferentes actores.

Los nacionalismos en España no son independentistas por dos razones: porque representan a la burguesía rancia y porque serlo significa certificar su acta de defunción doctrinal; es decir, el suicidio político. Si nos centramos en el nacionalismo catalán, representado por la antigua CiU (ERC y otros tienen ADN soberanista), estaremos de acuerdo que jamás mostraron propensión a asumir ningún reto separatista. Verdad es que enarbolaron esa bandera, siempre lamiendo el límite, para conseguir algún rédito pecuniario o político. Tensaron la cuerda, como he dicho, hasta límites insospechados aprovechando una ley electoral hecha a su medida. También la conducta de líderes menguados de dotes y personalidad de estadistas, a la par que bien pertrechados de miseria moral. Por ello, una vez conseguidas las competencias educativas, dedicaron tres décadas a adoctrinar alumnos inoculándoles el odio a España con excusas más que groseras. Sin reservas ni obstáculos. Se aseguraban nuevas generaciones de radicalidad y, por tanto, un indudable granero de votos.

Mas, de apellido pero menos de talento, se ha visto superado por una sociedad enardecida, dogmatizada. Cualquier error estratégico trae momentos extremos; uno puede consumirse en su propio caldo de cultivo. La Diada de hace dos años le llevó a experimentar una realidad incómoda. Le quedaba poco margen de maniobra. Recular, perder el paso, el gobierno, o ponerse al frente de la manifestación, huir hacia adelante. La primera opción debió rechazarla al momento por sus implicaciones políticas, aun jurídicas, y tuvo que someterse a la segunda. Estoy convencido de que, ahora mismo, su mente, su voluntad, se mueven en un encrespado mar de dudas y de sentimientos contrapuestos. Me recuerda, lejana, aquella ley física de Fuerzas Concurrentes cuya resultante es cero. Mas, ahora, es un individuo cero; constituye el punto final, el cierre definitivo, del pujolismo con alguna luz y tantísimas sombras.

El PSOE, cómplice necesario, aduce un iluso e ilusorio Estado Federal asimétrico como única respuesta. Esta inexplicada e infundada iniciativa es el reconocimiento tácito del fracaso total en su resolución. Saben perfectamente que la fase a la que se ha llegado presenta un inmovilismo firme. La sociedad catalana ha sido convencida de un Jauja inexistente, onírico. Falta ver quien la convence de que todo se reduce a una maniobra política para seguir detentando el poder, adquirido con malas artes, sus privilegios e impunidad. Los partidos han acabado a la zaga de las quiméricas aspiraciones populares. Recuerdo cuando González repartía competencias por aquiescencias o Zapatero, ebrio de republicanismo corrosivo, reputaba cuánto viniera del Parlamento catalán. Asimismo, ambos hicieron la vista gorda ante los continuos incumplimientos de la Ley.

Al PP no lo hace inocente su menor tiempo de gobernanza. Aznar fue también un mantenedor de la discrecionalidad, abuso y exigencia de los políticos catalanes. Incluso se dejó decir, para congratularse con quien -presuntamente- delinquía cubriéndose con una bandera escamoteada, que hablaba catalán en la intimidad. Además, consintió la depuración de Vidal Cuadras aunque no fuera político de mi agrado. Rajoy mantiene una ubicuidad característica. Por cierto, es la mejor manera de encontrarse siempre perdido.

Me aburre el tema catalán por reincidente y por su cantinela monótona. Verdaderamente hemos llegado a un marco de difícil conversión. Creo que se ha franqueado el límite de lo razonable, de lo posible; han empezado a jugar con fuego. Como ciudadano español, me preocupa poco que Cataluña se independice o no. Primero porque, objetivamente, ha perdido potencial económico autóctono y porque las empresas hoy se reubican con facilidad. Segundo porque resulta más oneroso convivir con alguien que no quiere hacerlo, que darle plena libertad de acción. Como persona, lo sentiría por quienes dejarían de ser españoles a la fuerza, violando derechos individuales. Mi voto soberano sería un sí a la independencia, no por mi voluntad sino por la suya. Que lo piensen bien, sobre todo las consecuencias. Quiero vivir tranquilo, sin demandas extravagantes, por esto deben saber que gozan con mi aquiescencia.  

 

viernes, 4 de septiembre de 2015

ÁNGELES, ARCÁNGELES, SERAFINES Y QUERUBINES


Según la angelología, los ángeles son criaturas de gran pureza que protegen a los seres humanos. Aquellos que ostentan mando, jerarquía, se les llama arcángeles. Quienes conforman el coro celestial, en segundo plano, se denominan querubines, tras los serafines que llevan la voz cantante. No pretendo, ni mucho menos, plasmar hondas o superficiales lucubraciones sobre el conjunto de espíritus que acompañan a los dioses de las tres religiones monoteístas: cristianismo, judaísmo y mahometismo. Por el contrario, quiero realizar una analogía entre el ámbito celestial, que trasciende la razón, y el poder terrenal, que es esquivo ante la piedad, la justicia, el sentido común.

El artículo surge de la crisis migratoria generada, principalmente, por la guerra de Siria. Llevamos días en que las cámaras reflejan miseria y muerte. Millares de refugiados caminan exhaustos por tierras húngaras sin que nada ni nadie pueda detener su huida de esa violencia que insiste en atraparlos. Aylan, el pequeño sirio a quien la muerte dejó mecer por las suaves olas de una playa turca, sacudió la entumecida conciencia europea. El eco de los bombardeos repletos de cadáveres no fue suficiente para franquear el umbral de las emociones, de los sentimientos. Lo que no percibimos carece de vida; no existe. Ahora, un poco tarde, los gerifaltes de Europa comprenden por fin el horrible infierno por el que pasan niños, jóvenes y adultos. Debido a esto piensan aumentar la cantidad de refugiados en sus planes de acogida.

Sin embargo, hemos visto como los ángeles: voluntarios, Cruz Roja, personas anónimas, organismos diversos y fuerzas del orden, han coadyuvado sin desmayo a hacer algo más llevadero el suplicio originado por la guerra, el egoísmo y la ofuscación. Son auténticos ángeles de carne y hueso dispuestos al mayor sacrificio para auxiliar a un semejante. Ejemplar, loable, su esfuerzo gratuito; alejado de reconocimientos o distinciones. Se mueven por humanidad, esa pulsión exclusiva de individuos nobles, generosos, indispensables en este mundo cruel donde pueda encontrarse todavía algún hálito de esperanza, donde reine la solidaridad. Soberbia su labor y entrega.

Con mayor potestad, menos eficacia y conciencia social, los arcángeles quedan paralizados por un poder complejo, mezquino, sumergido en la parsimonia e injusticia. Falta de acuerdo, insensibilidad ante el drama, pereza, impiden a la UE adoptar medidas urgentes. Países irresolutos, insolidarios, se oponen frontalmente a acoger un número definitivo de gentes que viven perseguidas por el infortunio. Gobiernos premiosos dilapidan tiempo, no en compromisos sino en acordar fechas de las próximas reuniones al efecto de reseñar cuotas de reparto. Mientras, alcaldes de Podemos (sus marcas blancas), se reúnen en Barcelona -sin contar con la FEMP- bajo el espectro de un aquelarre sectario; selecto pero impreciso. Reclamo y brindis al sol, junto a bancarrotas tácitas o expresas, conforman el análisis de cien días reducidos a muecas y a la nada pomposa. Ellos sí van a acoger a refugiados. Falta saber, fuera de ofrecimientos particulares, el cómo y el cuándo. Un mohín más. Los arcángeles terrenales dejan mucho que desear.

Medios audiovisuales, prensa, tertulias, debates, periodistas célebres -acreditados- forman el primer coro celestial, la primera orquesta del poder, la mejor afinada. Son los serafines. Desempeñan una tarea atractiva, confortable, bien remunerada. Sus lisonjas al poder calan lentamente en el individuo formando una conciencia social aparente, inasequible, dogmática. Establecen una simbiosis perfecta con el dios dominio; ya sea político, social, financiero o religioso. Ambos se necesitan y son tan similares que pueden llegar a confundirse. Uno se nutre de otro y viceversa. Ignoro quien hace de hábitat natural y quien de camaleón, aunque me temo que pueden alternarse indistintamente sin realizar un esfuerzo extra. Viven de la argucia, del enredo y de la mentira. Decía Kapuscinski: “Cuando se descubrió que la información era un negocio, la verdad dejó de ser importante”. Amén.

Quedan, para el final, los querubines. Constituyen el segundo coro celestial, la plebe. Son la verdadera base del poder, su sustento firme, genuino, cautivo. Pese a la carga afectiva del vocablo, a la belleza estética y a la melodiosa fonética, querubín entraña una muchedumbre variopinta, con preocupantes trazas de indigencia cívica e intelectual. Sí, el pueblo somos los querubines del poder; su bien amado y al tiempo maldito. Cedemos nuestra fuerza, que es ordinaria, para fines que debieran ser dignos, extraordinarios. Esta eventualidad, que es un error clamoroso, la pagamos a un precio excesivo. Como suele decirse, nuestra necedad nos hace perder el pan y el perro. Gregorio Marañón aseveraba: “La multitud ha sido en todas las épocas de su historia arrastrada por gestos más que por ideas. La muchedumbre no razona jamás”. Y él sabía mucho del comportamiento humano a nivel individual, pero también colectivo. Intentemos, tras un extraordinario acto de inteligencia, probar cuán equivocado estaba. Demostrémoslo en unos meses. A lo peor, resulta imposible porque sus razones eran incuestionables.

 

viernes, 28 de agosto de 2015

DEL DERECHO Y DE LA JUSTICIA


Quienes nos ubicamos lejos de los laberintos jurídicos, advertimos a veces extrañas pasiones. Cuán difícil es apartar de nosotros la sensación de que Ley constituye el sinónimo perfecto de abuso, discrecionalidad o desamparo. Probablemente seamos arrastrados por ese ardor humano que nos incita a proteger al débil, al desvalido. Nuestra reacción resulta ser el efecto lógico de una rebeldía pueril alimentada por la ignorancia más que por la justeza. No sé, ni me preocupa demasiado, la génesis de este sentimiento tan generoso y a la vez tan agrio. Las personas normales, el ciudadano de a pie, realizaron una conexión plena con la abuela canaria. ¡Todos somos Josefa! fue ocupando espacios y silencios. Un grito sordo cubrió el absurdo legal; al menos, su incomprensible laguna. Porque la cárcel de Josefa rompe toda lógica, todo sentido común. Conforma, a partes iguales, ligereza e inmoralidad, dos vicios atroces.  

Fue y es noticia sugestiva, no importante. Josefa Hernández, a cuyo cargo se encuentra una chica y tres menores, construyó parte de su vivienda en suelo protegido. Por negarse a abandonarla, fue condenada a seis meses de prisión. Al final, tuvo que entrar en ella. Sin conocer circunstancias agravantes, se vislumbra un trato discriminatorio respecto de otros casos, sin duda, de inmenso más calado. Una infinidad de hoteles, junto a edificios sociales o particulares,  se levantan -sin orden ni concierto- en zonas protegidas por diversas leyes. Una gran mayoría sigue en pie contraviniendo la Ley de Costas u otras que protegen el Medio Natural. Además de semejante trato discriminatorio, nadie suele entrar en la cárcel, en primera instancia, con sentencias inferiores a dos años.

Tras lo dicho, apreciamos una diferencia notable según quien sea sujeto de derecho. Podríamos referirnos a varios delincuentes de guante blanco que no pisaron celda alguna. De origen anterior a la  norma, el derecho emerge cuando nace el individuo. Se denomina derecho natural y no puede ser restrictivo ni sometido a consideración popular. A poco, y dado el carácter social del individuo, aparece una convivencia espinosa, conflictiva. Así nace la primera norma, mínima pero rigurosa, con el objetivo de corregir, aun orientar, cuantas discrepancias puedan aparecer en un horizonte inexplorado. Es el embrión del legislador que debe dar respuesta a cualquier lance. Van apareciendo normas (tácitas o expresas), estatutos, declaraciones, que regulan la vida comunal. Todo este ordenamiento legal se recopila en Códigos cuya influencia ha llegado hasta nuestros días.

Hay dos tipos de derecho: subjetivo y objetivo. El primero corresponde a la persona como  tal y termina en ella. Es racional, primigenio e intocable. El segundo es irracional porque se supedita a intereses políticos, sociales o de otro tipo. Se ajusta a las circunstancias y exige textos más o  menos hermenéuticos que el legislador elabora a plena conciencia. Uno y otro no son dispares pero la práctica habitual los hace demasiado adyacentes. Incluso, algunos con etiqueta progresista, creen que el  bien común condiciona, cundo no quebranta, el derecho subjetivo. El bien común es la suma de derechos subjetivos, jamás un derecho objetivo del conjunto. Los sistemas democráticos lo tienen muy claro. Totalitarismos y fascismos -sirva la redundancia- también.

Los últimos tiempos vienen cargados, verbigracia, de intolerancia religiosa. Yo, que soy agnóstico, sostengo que declararse católico, musulmán, judío o ateo, es un derecho subjetivo que nadie, en justicia, puede conculcar. Distinto sería, cuanto a consideración, el alarde público porque entonces el derecho trascendería al propio sujeto y pudiera invadir ciertos derechos subjetivos ajenos. El ejemplo puede entenderse algo sutil, pero no por ello pierde contundencia ni valor. Quien atente contra la libertad religiosa está violando un derecho personal y atacando la esencia de la democracia.

Aunque la justicia, los jueces, dejen por el camino altas dosis de crédito, me parece un cuerpo sacrificado, cuya actividad puede calificarse de áspera. Quizás la élite sea cargo de defectos indignos. Ignoro si fue antes el huevo o la gallina. La evidencia confirma que los textos legales son tan difusos que con el mismo contenido alguien puede ir a la cárcel o quedar absuelto. Tal discrecionalidad hace de la Ley un vehículo inseguro, sujeto a vaivenes personales o ideológicos. Creo que las leyes, sin aditamentos resbaladizos, introducen por sí solas inseguridad jurídica tal como están redactadas. El juez debe aplicar la Ley, no interpretarla. Ahora aplica su interpretación. Demasiada carga y exiguo resultado.

Cicerón, obviando enrevesadas hipótesis teoréticas y reglamentarias, en su tiempo ya dijo: “Summum ius summa injuria”. Es decir, aplicar la Ley al pie de la letra a veces puede convertirse en la mayor forma de injusticia. Las leyes tienen, al menos, dos defectos: su circunstancia y la ambigüedad. Recordemos el proceso de Nuremberg así como la ingente cantidad de recursos que le sustraen vivacidad. Si hubiera una única lectura, el recurso quedaría convertido en algo vano, insensato. Aquellos jueces a los que se refiere Cicerón, suelen dictar sentencias injustas y la justicia, por encima de cualquier consideración, debe ser justa. Cualquier Ley que lleve a la injusticia debe revisarse porque se convertiría en semilla de maldad, enemiga de la concordia y de la convivencia. El pueblo, con Platón, “no sabe qué es la justicia, pero sí que es la injusticia”.

 

 

 

viernes, 21 de agosto de 2015

LOS PARTIDOS ESPAÑOLES PRACTICAN UNA POLÍTICA INDECENTE


Entre diversas acepciones, el vocablo decente significa honesto, justo, debido. Otra habla de digno, que obra dignamente. Una última indica de buena calidad o en cantidad suficiente. Por tanto, indecente significaría todo lo contrario al anterior. El epígrafe no tiende, pues, a lo hiperbólico o inapropiado. Se ajusta a la realidad cotidiana de manera irrefutable. ¡Ya me gustaría oponer algún pero esperanzador! La experiencia, el acontecer diario, niega toda posibilidad de resquicio que infundiera un escenario distinto. Ignoro qué hemos hecho los españoles para merecer tanto necio, pese a bastantes informaciones que niegan la exclusividad a nuestra nación. Aunque seamos un poco torpes, no creo que tal cotejo deba servirnos de consuelo. Estamos abatidos, desorientados, irascibles, hartos. El futuro, asimismo, no parece acompañarse de cambios ilusionantes.

Un tópico reiterado concluye que las formas son importantes en democracia. Si, como da a entender, las actitudes proveen carácter, debemos reafirmar la falta de decoro e indecencia política en nuestros gobernantes. El preboste sustituye un ánimo reflexivo, crítico, por la víscera. Obtiene más rédito si potencia los instintos antes que el juicio, las fobias sobre empresas comunes. Estimula la divergencia beligerante, siembra el encono de la dos Españas. Cualquier sigla apela al frentismo como estrategia pingüe. Ninguna ofrece proyectos, iniciativas, que minimicen -e incluso aniquilen- esta crisis. Su meta consiste en infravalorar, cuando no ridiculizar, al rival. Es la prueba evidente de que al ciudadano lo ubican en segundo plano, muy lejos de cualquier vela o inquietud.

Hemos de estar muy ciegos, físicos y aun morales, para no apreciar que al político le interesa solo el poder; siendo caritativos, fundamentalmente el poder. Nada les preocupa más aunque quieran ocultarlo tras el seductor biombo de palabras o hechos pomposos, vanos. Existe una prueba taxativa. Tres años de legislatura bastaron para que un gobierno irresponsable e inepto facilitara la extenuación de las clases medias; por cierto, sostén del Estado. Ahora, a meses de las elecciones generales, aparecen unas vacas gordas con el insólito argumento de que la economía ha entrado en un círculo virtuoso. Bajan los impuestos, ¿aumentan las pensiones?, los funcionarios recuperan -en parte- derechos y poder adquisitivo, aflora otro semestre de ayuda familiar para parados sin prestación; en fin, Jauja. Rizando el rizo -es decir, rozando el ridículo- ha aparecido una recomendación para que los altos cargos de las empresas oficiales utilicen el transporte público y vuelen en clase turista. A buenas horas mangas verdes. ¿Es posible mayor choteo?

Pero la desfachatez visita todos los partidos. El PSOE, por boca de varios responsables, asegura estar preparado para conducir el cambio que exigen los nuevos tiempos. Ayer, hace cuatro años, dejaron el país precipitándose al abismo y ya dicen estar preparados para remediar las dificultades presentes. Dos objeciones. De un lado, su líder actual me recuerda al Zapatero incapaz de perfilar proyectos realistas. Su propuesta económico-social se limitaba a la Alianza de las Civilizaciones y el Cambio Climático como concepción vertebral. De otro, tras repasar opiniones y mensajes, no recuerdo ningún plan para generar riqueza más allá de la típica fraseología hueca y reiterativa de lugares comunes. Quiero recordar, de pasada, los tics que muestran bastante indigencia democrática.

Izquierda Unida, su portavoz y candidato a la presidencia Alberto Garzón, airea extraños -y presuntos- tejemanejes de la UE para humillar a Grecia. Con ocasión del debate parlamentario para aprobar la parte que debe abonar España al tercer rescate griego, Garzón anunció la negativa de su grupo. Adujo la inutilidad del mismo para sacar a Grecia de la miseria (aspecto con el que estoy de acuerdo) pero terminó diciendo que la culpa era del capitalismo. Aquí difiero totalmente. Ningún experto de prestigio se atreve a formular una economía comunista -planificada, desastrosa y liberticida- como alternativa real al capitalismo liberal. Keynes, su economista de referencia, tuvo como guía a Hayek, gurú del liberalismo, pese a tempranas y sustanciales diferencias. Desde mi punto de vista, Garzón es un líder muy válido pero debe atemperar su visión y análisis económicos.

Sobre Podemos me abstengo de comentarios. Mis lectores saben de sobra que este partido, para mí, encarna la plena indecencia política. Ciudadanos, de momento, da bandazos extravagantes o tactistas. Sorprende que en Andalucía tenga exigencias distintas a las que aplica en Madrid, aparte explicaciones nada convincentes. Puedo entender que la matemática electoral en ambas comunidades es diferente y por tanto los apremios se ajusten a cada circunstancia. Pero todo tiene un límite porque generar confianza es dificultoso pero perderla supone un instante, un fallo, una debilidad. Ciudadanos tiene por delante un lento caminar. Sin embargo, le auguro un futuro esplendido si mantiene equilibrio y coherencia. Ojalá recorran erguidos, seguros, el camino emprendido.

UPyD, ahora patito feo, posee la inocencia de quien no ha tenido tiempo de pecar. Como el valor en aquel ejército de quintas, a UPyD se le supone decente. No existe relato o acción para imputarle lo contrario. Como he dicho en ocasiones anteriores, visto el proceder de PP y PSOE, Ciudadanos y UPyD están llamados a alimentar el liberalismo y la socialdemocracia sobre las cenizas de aquellas siglas en proceso irreversible de putrefacción. Harán un flaco papel a España, y al pueblo español, si las vanguardias empresariales y financieras desasistieran a este partido llamado a completar los postreros intentos de regeneración política. Al pueblo corresponde también poner su grano de arena para que no se malogre la probable semilla que nos ha de traer bienestar, hoy por hoy de lejana adquisición.  

 

viernes, 14 de agosto de 2015

PALABRA Y SIGNIFICADO


Nos encontramos insertos -entre otros igualmente infaustos- en los aberrantes dominios de la palabra. Por doquier abundan coloquios, debates y tertulias, donde quien triunfa es el tertuliano de verbo fácil, discursivo. Poco importa, a veces nada, ni el magisterio, ni el rigor. Triunfa la verborrea enfatizada, con empaque de ex cátedra, aunque truequen retórica y semántica. Suele existir un abismo insondable entre conocimiento y facultad oratoria. Grandes genios fueron parcos en la expresión. A la contra, indocumentados notables sedujeron con su palabra a masas ingentes. Hoy, nos topamos con parecido escenario porque la crisis y la corrupción hacen enmudecer la sinceridad mientras hace su agosto una insidia tan indigna como hipócrita.

Los avances audiovisuales, de telefonía móvil e informáticos, condicionan las relaciones comunicativas. Recuerdo mis lejanos ocho años en que existía, a lo sumo, un receptor de radio. Comidas y reuniones familiares a lo largo del crudo invierno, eran un continuo ejercicio de conversación. Destacaban temas domésticos, religiosos, algún chisme local, amén de retrospecciones bélicas. De vez en cuando, los niños participábamos de manera selectiva. Eran fechas de relación humana, pues había tiempo para hablar y escuchar. Me pregunto por qué motivos sucumbieron tantas horas de animada charla en la calle, bajo el tórrido sol o en los atardeceres gratificantes. Dialogar, cuando las privaciones y el trabajo lo permitían, era vida para aquellas gentes de la postguerra. Hoy, ordenadores, tabletas y móviles han reducido la comunicación a elipsis y pseudoencriptamientos permanentes. Whatsapps, correos, junto a notas elaboradas bajo la ley del mínimo esfuerzo, hacen del lenguaje “ese gran desconocido”.

Observo un contraste de políticos y profesionales de la comunicación respecto a la sociedad. Entre el periodista, inclusive el no avezado, y el ciudadano normal existe un abismo de competencia lingüística. Ese abismo se cubre de hipocresía, de farsa, de estafa medio encubierta, cuando se relaciona el individuo con el político. Por este motivo se hace necesario aclarar la diferencia entre palabra y significado. Sabemos que el español es un idioma rico, polisémico. Esta circunstancia positiva es aprovechada por desalmados, bien comunicadores bien políticos, para salirse por la tangente de forma impune. Palabra es el sonido articulado que representa una idea. También significa promesa de que una cosa es verdad o se piensa hacer lo que se dice. Significado es el sentido o concepto que representa esa palabra. El significado legitima la palabra y no al revés.

Los políticos siempre han utilizado las palabras de forma ilegítima, artera, porque la Historia nos muestra que nunca intentaron ajustarlas al significado. Pareciera su vicio más preciado hacer divergir una y otro. Solo unos pocos intelectuales -que por supuesto cayeron en el mismo y común defecto- hicieron de la palabra, en edictos o intervenciones parlamentarias, una verdadera exaltación de lo estético. El resto, y fueron (son) incontables, parecen charlatanes de feria, medio autómatas medio farsantes. En definitiva, indignos representantes del ciudadano; oportunistas de buen vivir y mejor yantar. No es descabellado mantener la tesis de que Parlamento es una palabra ilegitimada por lo que significa, un charco de ranas (cuando las hay), en lugar de lo que debiera, un recinto donde se da culto al discurso sereno, juicioso.

Algunos carecen de límite  o medida. El señor Iglesias, don Pablo, después de clamar que ellos no son izquierda ni derecha -una forma de quitarse con el juego retórico la raíz corruptora- aprovechaba para llamar al resto casta; rasgo que, evidentemente, centraba en ambas doctrinas. Ahora, chistera en mano, se propone ocupar el espacio propio de la socialdemocracia escandinava. Solo un milagrero -más que mago- podría maravillar al personal para hacerle ver que un partido totalitario constituye en el fondo una socialdemocracia septentrional. Como no creo en milagros, tampoco creo que un autócrata llegue de ningún modo a ser demócrata. No me sirven pronunciamientos personales ni mascaradas ad hoc. Es una prueba palpable de la diferencia astronómica que hay entre palabra (política) y significado. Se parecen como un huevo a una castaña.

El señor Sánchez, don Pedro, afirma rotundo que quiere protagonizar los nuevos tiempos políticos, nuevos aires, nuevas necesidades y urgentes cambios de rumbo. Quien pretenda liderar esta quintaesencia, debiera ser un político de consenso, sin exclusiones previas, ajeno a sectarismos disgregadores. ¿Cómo se las va a arreglar quien basa su tentativa en no pactar con el PP; es decir, gobernar sin media España? Su otra medida extra es el Estado Federal o sea, la nada asimétrica por exigencia de Cataluña. Propuestas propias del político palabra, sosias del hombre orquesta, Zapatero redivivo.

El señor Rajoy, don Mariano, afirma sin sonrojo que hemos entrado en un círculo virtuoso. Aparte la corrupción generalizada que existe en el PP -y que no la minimiza la que existe en el PSOE- los datos económicos no se ajustan a lo tangible. Todos los apuntes supuestamente positivos tienen una explicación muy lejana al hecho bullicioso de que todo va bien, es decir el virtuosismo loado. ¿Qué dicen del déficit y la deuda? Tema tabú. Vayámonos preparando para un aumento de impuestos notable el próximo año. Dejemos pasar el Rubicón electoral.

¿Entonces? pensarán ustedes. ¿Dónde ponemos el voto si todo está como está? Déjenlo en su casa, para mejor ocasión. Por dos razones. Yo solo expongo la diferencia abismal que estos políticos nuestros se empeñan en plasmar entre palabra y significado. Por otro lado, y siguiendo un dicho bastante arraigado, es necesario que todo se ponga muy mal para que se pueda arreglar. Lo peor es “marear la perdiz” y ya llevamos perdidas demasiadas esperanzas en ello.

 

 

viernes, 7 de agosto de 2015

QUIEN MAL ANDA, MAL ACABA


Los refranes, esa cultura empírica del pueblo, son inapelables. Vienen avalados por años, cuando no siglos, de verificación permanente. Alejados del método científico, presentan cotejo similar a las leyes físicas. Difieren también en los espacios de experimentación, ocupando mayor área el laboratorio popular. Pudiera entenderse que, desde un punto de vista moral, estas sentencias tienen una enjundia mayor que las jurídicas. El cuerpo legal se adecua frecuentemente a entornos que divergen con los principios más elementales de la justicia social. Semejante marco es imposible si se establecen las advertencias que apunta cualquier dicho popular.

Quien mal anda, mal acaba, ofrece pautas de comportamiento personal para evitar quebrantos futuros. Avizora nuestro carácter, enseña estratagemas, deja entrever qué consecuencias deberemos sufrir si nuestra vida discurriera por caminos inciertos, atiborrados de vicios o ruindades. Envidias, ambiciones desmedidas, deslealtad o felonía, constituyen lacras que incitan de manera innoble, indigna, a recorrer un camino inoportuno, atrabiliario. Quienes se decantan por transitar tales senderos, atajos en ocasiones, suelen tropezar -e incluso caer- con resultados desastrosos. Se observa cierto desprecio a la hora de dar pasos firmes. Uno piensa a menudo que los políticos, la sociedad en general, ansían acercarse al precipicio bien por renuncia bien por adicción a la adrenalina.

Partidos e instituciones comparten pugna, sin extremo ni cláusula, para ver quien logra auparse al puesto de honor. Ayuno de filias o fobias, no pondero a ninguno. Todos -sin excepción, en mayor o menor grado- merecen coronarse de laurel. Llegados a este punto, cabe un recuerdo afectuoso, especial, hacia una sociedad con evidente falta de juicio crítico. Sí, nuestros conciudadanos son los primeros que inician una andadura harto repleta de carencias y errores. El país, España, anda mal bajo la mirada complaciente de aquellos que pretenden su disgregación. Otros, no menos felices ante lo que el paisaje difuminado deja entrever, anhelan romper la Constitución para desarrollar otra compatible con lo que denominan democracia popular y que esconde, ni más ni menos, un renacimiento del marxismo decimonónico, superado hasta en China. Por cierto, nación donde se explota miserablemente al proletariado.

Aunque sea de pasada, esta alusión tácita a independentistas y Podemos pone al descubierto la iniquidad de ambos grupos. Si los primeros pueden reportar secuelas atroces, los segundos aumentan exponencialmente el grado de inquietud que supondría su victoria en las urnas. Por ellos o a través de pactos. Andamos mal, cierto, pero un gobierno con Podemos al frente nos depararía momentos novedosos en la Historia de España. Las prospecciones demoscópicas, modernos Oráculos, indican (menos mal) que ambos van a terminar como Cagancho en Almagro. El señor Mas, junto a diversos grupos heterogéneos, quiere ocultar una gestión fraudulenta y ruinosa emprendiendo el fatuo fuego soberanista, que ya no cree ni él. Pablo Iglesias -jaleado por los suyos, sobreexpuesto al foco mediático- aprovecha las debilidades de unos y otros para llevar a cabo su sucia guerra particular. Embiste contra “la casta” como si fuera un extraterrestre inmaculado, como si hubiese salido neto de esa estirpe universitaria (nada tolerante, antidemocrática e impermeable a cualquier candidato foráneo) que fue su venero político. Ahora persigue ocultar ese  perfil de “casta elitista” que incrimina la peor encarnadura pública. Además de jeta, hay que tenerla como el pedernal. ¡Menudo salvapatrias! Tan vividor como aquellos a los que denigra.

Rajoy empezó legislatura mintiendo de forma grosera. Tras ratificar un relevo político ejemplar, empezó a olvidarse de principios y estrategias que sacarían al país del caos. Asimismo, su buen hacer conseguiría la felicidad ciudadana. Aún recuerdo aquel insistente mensaje, cuando estaba en la oposición, de que era preciso bajar impuestos para generar riqueza. Luego hizo lo que hizo. Las razones que se inventó fueron orladas con un argumento baladí: el déficit real era muy superior al reconocido por el gobierno saliente. El PP gobernaba casi todas las autonomías y el desequilibrio contable provenía precisamente de ellas. Por lo tanto, o no se enteraba de la contabilidad general o mentía con un cinismo inigualable. Ahora, al final de legislatura, estamos en un círculo virtuoso. Tanta alharaca y quimera le ha hecho perder credibilidad, desde hace tiempo, y -en meses- tiene muchas probabilidades de perder el gobierno. Se lo ha ganado a pulso.

Pedro Sánchez, empezó su ascenso político frío, dando tiritones; esquivo, temeroso, a la larga sombra de Susana. Una socialista con buenos padrinos pero que, como él, venía de la nada. Tuvo un gesto fiero, enardecido, al desplazar a Tomás Gómez como Secretario General de la FSM. Semejante aliento dictatorial le viene pasando peaje. Es una fractura latente porque el esqueleto monolítico difumina el conflicto. La depuración de Carmona acelerará su caída inminente. Definitiva si no gana el gobierno y a medio plazo si pacta con Podemos. Sánchez, poco táctico y menos inteligente, ha seguido los sueños de Zapatero; también su vacuidad. Este con la Alianza de Civilizaciones, aquel con la España Federal. ¿Y qué hacemos con Cataluña, economía, sanidad, educación, pensiones, política exterior, inmigración, equilibrio presupuestario, impuestos, gasto público, etc., etc.? Como siempre, habrá respuesta después de la publicidad.

Alberto Garzón tiene un gran futuro si se deja de aventuras populares con más folklorismo gestual que inquietudes serias. Empieza un camino turbio, poco racional y totalmente ilusorio, aun delirante. Si sigue en él será absorbido por la vorágine. Debe liderar una izquierda sin dogmas ni sectarismos, con vocación de partido bisagra. Moderada, realista, democrática, con peso específico y protagonismo en la vida política española. Esta necesita un impulso de adecentamiento, uno de cuyos papeles bien podría desempeñar. Por otro lado, le restaría brindar sus inquietudes sociales al ciudadano, harto de tanto granuja.

Jesús facilitó a sus apóstoles un consejo para discriminar a los profetas verdaderos de los falsos: “por sus obras los conoceréis”. Existe, además, la presunción de que todos los políticos tienen mala reputación. Yo, estoy plenamente de acuerdo pero añado el matiz “desde un cierto nivel de responsabilidad hacia arriba”. Teniendo en cuenta a Rousseau sobre la bondad natural del hombre, hemos de concluir que la mala reputación es un atributo que el político eleva a categoría. Mientras, en el resto de humanos -según el perspectivismo orteguiano- no pasa de circunstancia.

 

 

viernes, 31 de julio de 2015

UN CAMBIO DE DIÁCONO NO ENTRAÑA AUMENTAR EL CRÉDITO


Julio, canicular y porfiado, acaba con una noticia sorprendente: la asignación de García Albiol como candidato a la Generalidad catalana en los próximos comicios. Rajoy fulmina, de hecho, a Alicia Sánchez Camacho. Aunque, desde mi punto de vista, esta señora finiquita todo optimismo, me disgusta su cese in péctore. Aseguro que, desde cualquier otero, la situación del PP catalán -e incluso nacional- supera el hecho artificioso de exhibir rostros nuevos o viejos con suficiente juego. Las caras, con el tiempo, se desfiguran en caricaturas, cierto. Sin embargo, estas no añaden, de forma necesaria, lastres ni defectos al original. A los sumo deforman el trazo consiguiendo resultados casi metafóricos.

Los partidos, cuando ven mermar sus expectativas electorales, jamás modifican argumentos ni conductas; renuevan diáconos y, en contadas ocasiones, sacerdotes. Retocan el perfil, la pauta, para que (siguiendo criterios lampedusianos) nada cambie. Podrían atender reivindicaciones y deseos similares a aquellos que cualquier prócer alienta. Pese a todo, el ciudadano siempre recibe un portazo como respuesta a sus demandas sin que el individuo ose tomar medidas drásticas para responder a tanto desprecio. Joaquín Leguina -intelectual estoico, espíritu libre y sin complejos- se dejó decir jornadas atrás: “Va siendo hora que alguien significado diga algo políticamente incorrecto. El ciudadano se equivoca en numerosas ocasiones”. Considerar intocables a quienes administran la cosa pública es el mayor error de todos, agrego yo.

Zapatero dejó al país hundido en la miseria material y moral. Rajoy, sorprendentemente, sigue el guión sin desviarse un milímetro. Tras Zapatero vino Rubalcaba, un aderezo oneroso e inconsistente. Permitió que el PSOE transitara por el período más anodino de toda la Transición. Le sustituyó Pedro Sánchez, un joven inédito que arrancó alguna esperanza. A las primeras de cambio pudo constatarse cuánto podría dar de sí. Aquella palmaria frase: “Pactaré con todos a excepción del PP y Bildu”, tan miserable e injusta, puso de manifiesto su dimensión de estadista, al tiempo que le inhabilita para ocupar la Moncloa. Tan exclusivo sectarismo le confiere un elevado grado de incapacidad para ocupar cualquier compromiso gestor. Ningún Presidente riguroso excluiría a sigla democrática de cualquier pacto que pudiera beneficiar al contribuyente. El votante debiera pedir a gritos un repuesto urgente bajo la advertencia de abstención total. Esta amenaza es hoy la espada de Damocles con que conviven nuestros políticos de baratija. Conforma su tendón de Aquiles.

Rajoy representa la gota que colma el vaso. Tras una legislatura de arrumacos con el nacionalismo burgués llega al epílogo de que tal escenario le deja sin apenas representación. Saca de la chistera, entonces, a Xavier García Albiol para corregir el declive. Se trata de un diácono con altura, pero necesita a alguien milagrero. El PP catalán, tiempo ha, perdió toda credibilidad junto al PSC. Uno y otro fueron generosos en concesiones a cambio de apoyos puntuales. Una política de Estado hubiera permitido gobernar al mayoritario con respaldo exigente del opositor. Tan confortable remanso ha costado demasiados platos de lentejas. La crisis -junto a políticos truhanes, prepotentes, aventureros, sin cota moral- trajo esta inmoderación reciente que deja a Cataluña al borde de la ruptura social. UPyD, con gran sentido, propone una plataforma constitucional que contrarrestase el efecto de la independentista. Estoy convencido de una respuesta muda por parte de PP, PSOE, Ciudadanos e Izquierda Unida. Entonces, ¿a qué piar? PP y PSOE, al menos, han cosechado méritos para convertirse en siglas testimoniales. Merecen la abstención masiva.

Cataluña importa a Rajoy igual que a Pedro Sánchez: un bledo. Aquel siente un horror tremendo en tomar medidas quirúrgicas. Este solo encuentra un camino tan extravagante y misterioso como incierto: el federalismo. Si les importara, ambos crearían un gabinete de crisis para analizar el problema jurídico-social que se avecina. No se puede incumplir la Ley gratis, sin consecuencias. Terco y errado (aun herrado), el PP acomete a Ciudadanos, su puntal. Allende la vituperación rutinaria, escasean argumentos sólidos para convencer al votante ahíto de verborrea fatua. ¿Qué estratega, para recuperar la credibilidad, sustituye un programa reformador por la invectiva al rival próximo? Quizás sea peor enarbolar bandera de incapacidad suprema. Hay que ajustar aptitudes y trayectorias.

El PSOE, extraño hombre de paja, centra su contra argumentación en una España federal confusa, hipotética, que lleva impreso un lema: “es peor el remedio que la enfermedad”. Izquierda Unida se desgañita ansiando consolidar unas siglas mortecinas debidas al ciclón Podemos, espontáneo y destructor. A su vez, en justa correspondencia, da una dentellada a Pablo Iglesias -líder ególatra del nuevo aunque periclitado partido- con el advenimiento de Ahora en Común. Alberto Garzón, político (no hay más de dos) al que le compraría un coche de segunda mano, manifiesta un discurso económico inviable en el actual statu quo. Sin embargo, me parece un joven honrado, juicioso, que trae aire fresco, descontaminado, a este chiringuito maloliente y perverso.

Que no espere el PP ganar las próximas generales con mayoría suficiente para encabezar un gobierno estable. Ningún partido, salvo Ciudadanos, UPyD (en bancarrota) e Izquierda Unida constituye alternativa intachable. Podemos significa confusión económica y tinieblas en libertades individuales. Se impone la abstención para ilegitimar este sistema corrupto, cleptómano, que castiga salvajemente a las clases medias.  No nos sirven lucubraciones sobre socialdemocracia, liberalismo o comunismo planificado. Se requieren menos teorías y más voluntad de servicio al ciudadano. Lo demás, debemos considerarlo principios teoréticos seductores, no siempre, pero vanos. Veremos qué nos depara el futuro al día siguiente de las elecciones catalanas o nacionales. Yo, personalmente, preveo reducidas novedades gane quien gane.

Los españoles tenemos que diseccionar adecuadamente la terminología política y su entronque con la realidad.

 

viernes, 24 de julio de 2015

CARMENA Y CARMONA VERSUS RITA LA BIEN PLANTÁ


Mi pueblo, como cualquier otro del solar patrio, adolece de usos inveterados incluso frases que conforman la columna vertebral de su idiosincrasia. Desde los primeros recuerdos que asaltan mi niñez, la gente utilizaba una frase muy precisa con dos vertientes diferenciadas. Se refería a señoras o jóvenes (jóvenas según la lingüista Carmen Romero) de cuerpo escultural -casi siempre supuesto por el decoro, quizás pudor, imperantes- o a aquellas que ponían sus gónadas a escrutinio colectivo, es decir, de armas tomar. Ambas, portadoras de unas u otras “razones”, recibían un título que arrastraban más allá del espacio y del tiempo: “la bien plantá”. El metaplasmo prosódico, frecuente en Andalucía y Castilla la Mancha, acompasa la indigencia fonética al infortunio material. Constituyen zonas humildes donde el boato y la ostentación se dan solo en determinadas élites económicas o individuos pretenciosos -probablemente acomplejados- que ansían arrojar un lastre enjuiciado desde sus cortas y erróneas miras.

Rita Maestre -motu proprio, sin necesidad de impulso definido- decidió sacralizar su torso. Fue un acto exhibicionista (en su más amplia acepción), un argumento netamente femenino a la vez que reivindicativo, para procurarse un lugar al sol. Dejó al descubierto una anatomía cercana al famoso canon de las ocho cabezas, si bien media armadura hubo que suponerla acorde a la norma. Sin duda, Rita era bien plantá aun tasando la divergencia armónica entre su físico y algunas concepciones que merecen el respeto democrático. Quedan exonerados de tal acato talantes totalitarios o dogmáticos, sirva la redundancia. Destaca el hecho impío -al declarar ante el juez- de negarse en carne y hueso alimentando la frustrante noticia de ser exclusiva figura adscrita al Museo de Cera.

El devenir -digo sugerido, desprovisto de azar- la hizo munícipe de Madrid. Figura relevante en el equipo gubernativo, se le asigna ser portavoz del mismo. Sin llegar a los cien días (tópico infantil) ni mucho menos, Rita ha dado muestras de temperamento indómito, proverbial en damas guerreras. Cumple a rajatabla el otro punto para significarse como bien plantá. Tal escenario la hace merecedora de acecho, de observación rigurosa, por parte de compadres e intrusos. La singularidad del personaje y el proceso que tiene abierto a consecuencia del despelote generoso, sacrílego para cristianos tersos, tiene en ascuas al PSOE. Agarrada al asiento municipal, no parece dispuesta a dimitir, a abandonar armas y bagajes, pese al anuncio de limpieza anticasta que voceaba Podemos; su mentor, patrocinio y respaldo.

La señora Carmena y el señor Carmona, su apoyo imprescindible, advierten un vaho antiético que expelen algunos concejales de ese colectivo heterogéneo, desmadejado, que conforma Ahora Madrid. Tanto ella (atada a su antigua profesión), como él (preso de exuberancias verbales), se inquietan ante imputaciones e insolencias fronterizas con el delito. Ni en política puede hacerse una tortilla sin romper huevos y esta comparsa los casca por docenas. La novedad estriba en que son “ecológicos”, diferentes a los que quiebra cualquier otra sigla. Quiero decir que, debido a su procedencia, se les exime de juicio y deben quedar impunes. Por supuesto, Rita (la bien plantá) destaca como estrella principal, fuera del apartado tuitero.

MadridVO, esa web que pone en cuarentena a medios y periodistas, ha levantado ampollas en el sector. Se ha extendido además a gran parte de la sociedad cuya respuesta acoge cierta carga de espanto ante lo que intuye. Hay sospechas de vedar la libertad de expresión. Podemos aparenta congeniar, al menos, con dicha web. El PSOE, bien por convicción bien por el qué dirán en esta larga precampaña electoral, ahoga su desacuerdo con la boca pequeña de Carmona. Exige delicadamente que desaparezca MadridVO. Carmena le dice no. Matizará sus formas, ajustará cualquier acritud a la inconcreción de medios y periodistas. Nada más. Rita (la bien plantá), se planta de nuevo y dice que nones, que ni matiz ni gaitas. Es una portavoz autoritaria, con suficiente autoridad para desautorizar a Carmena, truncando -al tiempo- el optimismo de Carmona. La polémica, además de cambiar el tono castaño a oscuro,  roza lo inaudito. Produce, no obstante, un exiguo rasgado de vestiduras. El sonrojo está prohibido

Antonio Miguel Carmona, ese candidato endeble, es un político sin papel o, por mejor decir, comparsa. Como dicen por estos lares, manda menos que un perro en misa. Enemigo de la invectiva y del insulto, encarna al preboste inusual, extemporáneo. Se desmarca de los modos agresivos, sectarios. Aquí, en esta jaula de grillos, donde los anhelos son curvos como puñales morunos, campa cual esquimal en desierto. A mayor gloria, Pedro Sánchez -que prejuzgo un Zapatero, o Mariano, bis- lo tiene preñado de querencias electoralistas. Manuela Carmena, alcaldesa oficial (ignoro si real) se bandea mal entre jóvenes antisistema porque su anterior actividad consistió  en garantizar a ultranza el régimen de la Transición y sus leyes.

Rita (la bien plantá) al contrario, es un verso suelto que rima a la perfección con Podemos y la marabunta que ha asentado sus reales en el Palacio de Cibeles. Como el lector ha comprobado ya, o está en ello, los “descastados” abandonan a poco sus trincheras atesorando nepotismos y sinecuras, amén de todos los vicios y excesos de aquella casta tan vilipendiada cuando eran mileuristas o parados. Pecan de palabra y obra. ¡Cuántas historias, qué jetas! Es la política, idiotas.

 

 

viernes, 17 de julio de 2015

LOS OTROS OPOSITORES


En mi vida laboral fui funcionario de carrera. Ser funcionario, estar al servicio del Estado y por tanto del ciudadano, implicaba aprobar una oposición más o menos dura y competitiva. Sin embargo, opositar es un vocablo que produce -siempre fue así- inquietud, temor y ansiedad. Cuando yo empezaba, mediados los sesenta del siglo pasado, aún era considerado poco temible pues la proporción entre plazas y candidatos era liviana. Pese a tal ventaja había que estar un año o dos “pelando codos” en el argot habitual. Hablamos de una oposición convencional, la que servía para acceder a los grupos A y B a través de una licenciatura o diplomatura respectivamente. Juez, abogado del Estado, notario, registrador, etc. atemorizaban por su complejidad y carácter endógeno. Individuos inteligentes y vigorosos tardaban sobre cuatro años en aprobarlas. Algunos, muchos, fueron incapaces por el esfuerzo extraordinario que entrañaba obtener plaza. Una vez aprobados, el futuro era prometedor, envidiable, propio de la burguesía intelectual.

Hoy ha cambiado la entraña y, sobre todo, el cupo. Paradójicamente, el sistema está más politizado y el nepotismo se adueña del entorno. Quizás el escaso interés que había años atrás por la función estatal -mal retribuida- potenciaba una evidente falta de atractivo. Demasiados sacrificios para tan escasa compensación. Ahora continúa el chorreo de quienes prefieren optar por aquellas plazas exclusivas, cuya dificultad no ha ido en aumento. No obstante los aspirantes a una plaza ordinaria se han acrecentado de forma exponencial. Este marco lleva a normalizar las primeras pero a hacer arduas las segundas a consecuencia de la relación plaza-aspirante. No extraña a nadie que para cubrir alguna decena de puestos se presenten varios millares. Hay quienes perseveran tanto que el apartado profesión puede cumplirse con un solo vocablo: opositor.

El actual sistema trae consigo nuevas ideas, estrategias y artes. Últimamente malas artes. Ha surgido una clase vieja, nada bisoña, con los mismos tics de aquella que generó miseria y odio pero travestida de juventud a la par que seducción. Ayer, unos partidos genuinos, demócratas, garantes -mal que bien- de las libertades individuales, nos dieron cuarenta años de paz. A trancas y barrancas, cierto, trampeando, con juego poco limpio en ocasiones, pero acatando tácitamente la norma que configura a los países democráticos. Hubo algún abuso, apropiaciones indebidas, incluso atropellos, aunque jamás se sobrepasó la frontera que abre la puerta al totalitarismo. Afirmar que el concierto fue ejemplar implicaría un exceso. Hemos disfrutado de concordia y de paz, algo que poco a poco se va diluyendo, nos lo están secuestrando.

Desde hace algunos años alimentamos una crisis social ¿inesperada? y otra económica que, al parecer, cumple su ritual cíclico. Como consecuencia irrefrenable, surge el populismo demagógico y tiránico. Siempre ocurre así y la Historia lo coteja. El cisma social ruso trajo el leninismo-estalinismo depredador. La crisis económica motivó el fascismo italiano y el nazismo alemán, tan terribles como los anteriores. Ahora, en España, surge una izquierda radical, totalitaria, liberticida, que ahondará ambas crisis y nos hará esclavos de su mesianismo. ¿Cómo hemos llegado a este escenario? ¿A dónde nos encaminamos de forma tan irreflexiva? ¿Creen ustedes que esta caterva fanática, soñadora y chulesca nos va a llevar al Edén? Craso error, vamos derechos al matadero.

Tiempo atrás empezó un paralelismo entre decoro e indecencia al ofrecer semejantes alternativas. Ciudadanos juiciosos entraban en la función pública diseccionando el temario propuesto, con sacrificio personal y financiero. Individuos atípicos, para lograr parecidos empeños, maduraban diferentes méritos. Aquellos dependían de su esfuerzo, estos de su cínico descaro. Aquellos dejaban intactos sus principios morales y éticos. Estos los sojuzgaban bien con la provocación desairada -cuando no violenta- bien con agasajos, fidelidades y servilismo de felpudo. Así se ha constituido un Estado a cuyo frente hay dos millones de funcionarios y millón y medio de enchufados; políticos institucionales u orgánicos aparte. Desconozco qué pasos exactos hemos dado hasta llegar a esta coyuntura inasumible.

Nuevos disfraces, moderno discurso y tácticas agresoras, dejan fuera de juego -sin defensa ni respuesta- a un ciudadano falto, apático, abatido. Quien aspire a gerifalte del nuevo embeleco debe presentar un pedigrí forjado en años de revuelta, de disturbio, de atropello. Exhibe, así, méritos para formar parte del entramado político que nos acecha, para vivir a la sombra de un aparente sacrificio personal en beneficio del actual ciudadano surgido por la acción perversa e inmoral de una inmunda ingeniería social. Suele iniciarse temprano en plataformas, ONGs, colectivos; en definitiva, se foguea dentro del activismo acreedor. Desde luego financiado con fondos públicos dando lugar a un arribismo jugoso. Al fin y a la postre, pretenden vivir (sin excesivos disimulos) de la ubre del Estado. Concienzudos e histriónicos.

Los tenemos ahí, al frente de municipios, diputaciones, parlamentos autonómicos y, pronto, en el Congreso. Carentes, o cicateros, de currículum laboral. En ocasiones, ni siquiera académico. Son  doctores de la agitación como estrategia revolucionaria. Aman el enfrentamiento, un medio para conseguir parcelas de dominio, de status. Constituye una especie tan numerosa que no precisa concreciones. Basta con mirar ayuntamientos o autonomías para advertir su infecta actividad. Qué discordia, cuánta incoherencia, se observa en su trayectoria pública. Al final, los responsables somos nosotros por haberlos aupado a un trono inmerecido. Aceptemos nuestra deuda con los funcionarios, nunca con los bribones.

 

 

viernes, 10 de julio de 2015

JACTANCIA, OSADÍA Y DESACIERTO


Quienes sigan mis artículos saben que los políticos, sin ninguna salvedad, me causan desazón para ser suave y, sobre todo, caritativo. Teniendo en cuenta mi escasa fe, el racionalismo que me caracteriza, así como la actividad empírica acumulada desde el régimen franquista a la democracia, no me siento nada proclive a comulgar con ruedas de molino. Desdeño cualquier argumento que pretenda persuadirme de las supuestas bondades sembradas por gerifaltes a la hora de gestionar el bienestar ciudadano. Da igual momento y país. Importa poco qué sello moral impregne la envoltura del mensaje. Incluso, en ocasiones, pretenden el adoctrinamiento perverso. El individuo solo les atrae cuando no constituye una rémora para conseguir o consolidar poder. Los autócratas, especie solapada pero abundante, persiguen encarnizadamente al ciudadano antagonista. Sin embargo, “sarna con gusto no pica”. Niego que el pueblo sea tonto pero sí algo necio e inocente. El jeta habilidoso -denominado casi siempre político- es un lince, nos abruma y juega con las cartas marcadas.    

Europa se encuentra hoy desorientada. Pese a que también la Comisión está constituida por políticos, estos parecen provenir de un extraño planeta. Se dejan querer estúpidamente o la nueva élite griega pretende incluso el tálamo carnal gratuito. Tsipras no necesitaba ganar ningún referéndum; era ya la jactancia convertida en dios mitológico. Tal divinización es el apeadero extremo del demagogo. Los demócratas no necesitan consagrar sus actos, los populistas demagogos sí. Lances y actores conforman una cohorte que los aúpa al poder y, a la vez, conforman un filtro o lastre, según los casos. El presidente griego falto, al parecer, de caterva celeste ha optado por ungir al pueblo (hundido en la miseria) para aunar orgullo con divinidad de segunda, esa que protege el último aposento sacro.

Los próximos meses vienen generosos en eslóganes, dichos y refranes. Percibo uno que ha de liderar todos los mensajes previos al día D. “Cuando las barbas de tu vecino veas pelar, echa las tuyas a remojar”, se repetirá de forma tan cansina como fructífera. Grecia pagará un alto precio por la arrogancia y verborrea de Syriza izadas al Olimpo. Sea cual fuere el acuerdo a que finalmente se llegue, los griegos se han sumergido en las procelosas turbulencias de una indigencia tercermundista. Cuando despierten del estado catatónico actual, propiciado por el elixir demagógico, deberán digerir durante algunos años su insensatez. Otros demagogos, afines o rivales, intentarán sacar partido de tan onerosa experiencia recomendando al ciudadano europeo escarmentar en cabeza ajena.

Podemos exhibe, además, una osadía hiriente, de sarpullido. Mis raíces manchegas me hicieron especialmente sensible a la bravuconería del ególatra, a responder con firmeza al reto. Espero que este carácter bravo, aguerrido, sea común en la extensa piel de toro. Podremos soportar mentiras, fraudes, desdenes, pero zaherir la humildad es intolerable. Nuestro pundonor individual no se negocia, ni puede medirse ni compararse. Quien despliegue un talante prepotente comete la mayor ofensa que pueda erosionar la cautela ciudadana. Las últimas noticias muestran una vez más el fondo totalitario de un Pablo Iglesias de postín, huero, con lógica contrahecha; divergente sumo entre lo dicho y lo cumplido. Gracias al plan de primarias propuesto, pasa a ser gestor torpe, pero indiscutible, de Ahora en Común. Podemos es tan socialdemócrata como casta la Trotaconventos. Aparte hábiles técnicas de púlpito, dista mucho de ser un partido renovador, demócrata, ético. Es una tramoya para conseguir un poder absoluto que no piensa ceder ni compartir; una nueva casta más casposa que la anterior porque tiene antecedentes ideológicos del siglo XIX. El desvelo por los ciudadanos oscila entre arriesgados experimentos y notables desamparos aplicables a Syriza y Tsipras, sus correligionarios griegos.

El primer error lo ha cometido el PSOE. Esa estrategia de unir su destino al de Podemos crea incertidumbre y rechazo. ¿Hay alguien capaz de definir cuál es la política real de Pedro Sánchez? ¿Qué proyecto tiene de España, si esconde alguno? De momento solo le interesa sustituir al PP en el gobierno. Sospecho que semejante proyecto es insuficiente para ganar unas elecciones. Carece de referentes actuales y los pasados constituyen un auténtico lastre. Veremos al final, pero no deben hacerse demasiadas ilusiones. Jugar con fuego siempre implica riesgo; y no pequeño, incalculable. 

Rajoy y PP personifican el desacierto pues desconocen a sus votantes. La derecha no es dogmática, sino racional. Convencer con miedos o mentiras a dos millones de ciudadanos críticos, con sentido común, aparenta misión imposible. Rajoy perderá las elecciones por derrochar inútilmente aquel capital político que hace cuatro años puso en sus manos el pueblo español. Vio en él una última oportunidad para que diera la vuelta al roto calcetín. No pudo o no quiso y será el primer presidente que cumpla una sola legislatura. A mayor inri, proviniendo de una mayoría absoluta. ¿Cómo se puede desperdiciar tanto crédito? Vanidad de vanidades; es decir, vacuidad.

Nos queda como repuesto exclusivo, para continuar con esperanza, Ciudadanos y UPyD. Albert Rivera tiene que andar con pies de plomo porque es rival serio y lo observarán a fondo, tanto en su comportamiento cuanto en sus disposiciones. Dicen los mentideros que algún colaborador, quizás barón, actúa con escaso tino. Cuidado con los espontáneos. Asimismo, espero del partido magenta una renovación seria para colocarse a la cabeza en las elecciones generales y tener un protagonismo del que ahora mismo carece. Sería bueno para España y para los españoles que recogiera el espacio de la izquierda moderada, socialdemócrata, abandonado por un PSOE echado al monte. Así sea.

 

viernes, 3 de julio de 2015

GRECIA, CARICATURA Y ENCRUCIJADA


Llevamos unos días convulsos. Que yo sepa, Grecia es el primer país europeo en sufrir un “corralito” revelador e ignominioso. Inquieta que el crisol de la cultura greco-romana se zambulla en concurso de acreedores. Esta dentellada moral importa poco al individuo griego que sufre la mancilla del materialismo exigente. Acostumbrada a un statu quo engañoso e irreverente, Grecia exige trato hospitalario, casi asistencial. Europa teme que pueda extenderse esta llamada a la providencia y quiere cortar por lo sano, sin contemplaciones. Podemos, que todavía no es España, mira espantado el derrotero (claramente siniestro) que toma el marco de los debates entre un David intrigante y el Goliat arisco. Además, y aquí viene la inquietud de nuestro Syriza patrio, tal litigio tiene final anticipado.

Se dice, ignoro si como excusa o cargo, que Grecia entró en el euro adulterando datos precisos. Sospecho que hubo otros falsarios documentales, amén de reglamentarios. Sin embargo, hay sobrada certidumbre de que estos ardides tuvieron escasa influencia en la estabilidad o inestabilidad de la moneda porque la falacia fue recíproca, consentida, y sus secuelas anticipadas. Hacerse ahora de nuevas forma parte del histrionismo, asimismo enmascaramiento, con que se bautizó al retoño europeo. Ciertos países, entre ellos España, no entraron en la Comunidad; fueron magnetizados por su halo o por gobernantes ahítos de ofrecer algún rédito político. Alemania, Francia, Países Bajos o Italia -esta en menor medida- acumulaban grandes excesos de producción que ponían en riesgo un notable equilibrio económico. Debido a ello, unos y otros cerraron los ojos contaminando también el euro. Ahora preocupan estos lodos.

Que Grecia no puede pagar la enorme deuda es archiconocido desde hace decenios. Años atrás ya se efectuaron quitas importantes, jugosas. Creo que todo el mundo (deudores y acreedores) era consciente de tan anómala situación. No obstante, nadie daba un paso para alterar ese acuerdo tácito que tutelaba una relación enfermiza. Tuvo que ganar Syriza con quimeras y desplantes para que la entente quedara rota. Algunas afirmaciones arrogantes, pruritos -suicidas más que decorosos- y desplantes innecesarios, de consumo interno, forzaron el pulso económico-político. Al fondo, se observa una ciudadanía que paga el triste peaje de su ligereza. Los errores se pagan. Ya casi nada es gratis en este mundo tan competitivo y globalizado. Además de penoso, es totalmente injusto que los éxitos sean disfrutados solo por gerifaltes mientras cualquier fracaso lo expíe, cruzando un inhóspito desierto, el pueblo llano.

El Estado griego lleva tiempo siendo paternalista, una ONG de amplio porte social que financia la Troika. Probablemente en su inicio -como a otras naciones, entre ellas España- se les prestara sin límite para elevar de manera artificial su poder adquisitivo. A la vez, los países prestamistas veían contraerse sus stocks. A poco, estos fueron menguando en proporción inversa al saldo impagable de los deudores. Casi todos, ebrios de consumismo, acumularon pasivos imposibles. Pero el problema económico se vuelve político a causa de dos aspectos fundamentales: quitas aparatosas y talante altivo. El primero sienta un precedente resbaladizo, tozudo. El segundo alumbra una respuesta fría, cortante, inmisericorde. Se pasa así de la restitución al reto, del concierto a la discrepancia, de las tributaciones a los atributos; es decir, se imponen órganos extraños al intelecto. Téngase presente que nadie está libre de enrocarse en vericuetos insólitos.

Alguien expresó sin contribuir al eufemismo: “Si Grecia sale del euro es una mala noticia pero si se queda es peor”. Al momento, existen parejas probabilidades de lo uno y de lo contrario. Creo que se quedará por esa transmutación del apremio económico a extravío alarmante del status político, si al final se abrazara a Rusia. Estados Unidos presiona (¿involuntariamente?) para que el gobierno heleno, bajo una cutícula victimista, se aproxime a la esfera rusa. Si ya es preocupante el conflicto ruso-ucraniano, con Grecia potencial aliado volverían a enfriarse las relaciones ruso-americanas provocando, quizás, una inminente “guerra fría”. El FMI, puede que paradójicamente dirigido, tiene especial interés -casi por generación espontánea- de mitigar las exigencias rigurosas de hace días. Incluso aventó la absoluta necesidad de una nueva quita para hacer viable cualquier trámite respecto a la deuda. ¿Hay gato encerrado? Es posible. 

El calor infernal de este julio madrileño, en donde me encuentro por un tema familiar, posibilita el ardor de mi mente que deviene delirante. Sin embargo, la realidad supera en demasiadas ocasiones las fantasías más pasmosas. Syriza abre el Mediterráneo que puede cerrar Podemos. ¿Pura casualidad o proyecto político-militar para forzar posturas? No conozco los entresijos de la política griega pero me parece sospechosa la facilidad mediática, asimismo económica, para que -dentro del ámbito capitalista- un movimiento revolucionario radical consiga tantas facilidades. La débil economía japonesa, la enorme burbuja financiera americana, el absorbente capitalismo chino, la expansión del fundamentalismo árabe, junto al problema ruso-OTAN en Ucrania, ponen al mundo en estado crítico. La Alta Política es tan misteriosa, tan compleja de razonar, como el dogma de la Santísima Trinidad.

Dudo de la efectividad que dejará el referéndum mañana. Consecuente con mi tesis, pienso que tendrá nulo alcance porque todo está previsto sea cual sea la respuesta ciudadana. Grecia se convierte en caricatura para cambiar de ubicación y de biombo. Es el catalizador idóneo, la excusa decisiva. El pasado siglo, dos imperios cercanos -Austria y Prusia- junto a otros dos lejanos -China y Japón- constituyeron sendos veneros de enfrentamiento bélico que causaron millones de muertes en todo el orbe. Fue una horrible manera de resolver sucesivas crisis sociales y económicas. Por desgracia, quizás la única. Cuando el hombre pierde su oriente, la tragedia le vuelve al camino correcto. Eso indica reiteradamente el devenir histórico.

Entre tanto, Tsipras solo es un  personaje de la farsa. A lo peor, un aventurero más de los que abundan por nuestros lares. Respeto, aun admiro, a quienes pretenden escalar puestos altos de la pirámide por méritos propios -no necesariamente intelectivos- o por necedad social. Me repelen, a la vez, aquellos que esconden su natural tras disfraces y máscaras haciendo de la estafa su ambigua tarjeta de presentación.

De momento Grecia, en principio sola, se encuentra en una difícil encrucijada. Puede que mañana nos toque a nosotros. Por esto, debemos sumarnos a su expectación por encima de síes o noes tan impostores como inútiles. Algunos afirman que votar no, es afirmar la democracia. Me aburre tanta indecencia política.  

viernes, 26 de junio de 2015

DEBEMOS REVITALIZAR LA TRANSICIÓN


No me gusta nada el arrebato vehemente que viene tomando la sociedad española. Jetas en vez de genios; aventureros, sustitutos de fieles gentilhombres e ineptos sectarios, nos llevan al infortunio. El pueblo coopera agregando indolencia y absurdo. Ayuno de crítica, irresoluto, pone el dogma al servicio de cuanto encantador desaprensivo merodea por los arrabales del poder. La Transición -dicen que paradigmática- pactada con sacrificios y renuncias produjo un halo de esperanza. Hoy, apenas queda espíritu de ella. Incluso algunos quieren aniquilarla junto a la Carta Magna. Todo es mejorable, sin duda, pero creo imprudente e inoportuno la estrategia de tierra quemada. Semejante práctica conduce a la voladura, al dominio; nunca al convencimiento. Desconfío de quienes propician premisas afines porque se alejan de objetivos bienintencionados. Tales salvapatrias enmascaran con bellas promesas intenciones poco fiables.

Pese a mis esfuerzos, me es imposible encontrar qué causa última nos ha puesto en la situación actual. Un pueblo sumiso, gobernantes -a lo que se aprecia posteriormente- carismáticos y una democracia consolidada, nos sumergen en la miseria económica, ética, social e institucional. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Qué hicimos o qué sortilegio nos ha marcado? Probablemente haya alguna anormalidad genética. Puede que el Estado Autonómico portara un gen recesivo discordante, manirroto. Asimismo, es posible que nuestros gobernantes, humamos al fin y al cabo, adolezcan de muchos defectos amén de alguna virtud rebelde. No sé. Cuenta el resultado y ahora hay una desintegración total. Mentiría si, dejándome llevar por un maniqueísmo injusto siempre, responsabilizara a uno u otro. En absoluto. PP, PSOE, IU, sindicatos, patronal, pueblo, todos somos culpables en mayor o menor grado. 

Lo expuesto lleva a la conclusión de que es necesaria, urgente, una catarsis renovadora. Son inútiles los recambios mínimos planteados por quienes demuestran una desgana plena, pero bien disfrazada. Esta nimiedad no potencia reformas sustanciales. Otros, cuya deplorable gestión todavía sufrimos, dicen protagonizar el cambio. ¿Qué cambio? ¿Con qué ingredientes? Sobre todo, ¿en qué basan su crédito, en los acuerdos con otras fuerzas tras el 24 M? Izquierda Unida, ahora mismo, es mero enunciado; un laberinto ontológico entre potencia dispersa y acto desnaturalizado, vacío. Tengo fe. Necesitamos recuperar sin demora UPyD. Espero mucho de Ciudadanos pero aprecio en Podemos, y sus apéndices, bastantes aspectos que chocan seriamente con los modos democráticos. No me inquieta porque España y Europa, al igual que gato escaldado, del agua fría huyen. Hemos de observar ciertos aspectos comunes a cualquier grupo revolucionario del pasado. Suele decirse que los extremos se tocan y, en parecidas circunstancias sociales, el movimiento fascista ordine nuovo -escindido del Movimiento Social Italiano (MSI)- apenas duró dos décadas.  

Rajoy está encantado consigo mismo. Las pasadas elecciones europeas, aun estas municipales y autonómicas, ni le inmutaron. Constreñido, sin respuesta, va de derrota en derrota hasta la aniquilación definitiva. Lavar la cara, a estas alturas, es -además de insuficiente- una tomadura de pelo. Los partidos, a consecuencia de su estructura, no pueden reformarse porque el monolitismo sistémico malogra líderes impolutos. Como ciudadano preocupado por el futuro de hijos y nietos, quiero que esta encrucijada vertebral evolucione positivamente; que los aspectos económico, social, institucional y de libertades individuales, se canalicen con toda normalidad. El PP, por razones obvias, es incapaz de sacarnos del atolladero actual. Es justo y necesario que quede convertido en un partido secundario, bisagra, para conformar gobiernos estables.

Pedro Sánchez pasa a ser un fiasco absoluto. Zapatero dejó el PSOE anémico, lastrado, de imposible enmienda si no lo apuntalan principios claros, de Estado. El señor Sánchez parece revivir enfrentamientos en lugar de bregar, ajustando disensiones, para beneficiar al ciudadano. Ahonda divergencias imponiendo siglas y mezcolanzas radicales por una táctica incierta de rédito personal. Redobla la desideologización del partido; opone a sus intereses cualquier probabilidad de templanza y arriesga el fortalecimiento económico. Torpemente prefiere demagogia a escrúpulo, folklore a exigencia. Al igual que PP, PSOE merece el bochorno de convertirse en vana sigla democrática de izquierdas; una comparsa desubicada al nivel de IU. 

Ciudadanos está llamado a ocupar el espacio liberal-social de la derecha. No veo fuera de esta perspectiva, ninguna mejora inmediata para los españoles. Habría, no obstante, que pulir el freno cesarista que dibuja en el espacio político. Es partido nuevo, sin tachas ni aparejos turbios. Deseo suponerle un claro afán depurador y de honrado transitar. Por su parte, UPyD tendría que conformar los principios social-demócratas que nunca existieron en nuestro país. Instituciones económicas nacionales e internacionales deben coaligarse para que el espacio de izquierda moderada lo llene un partido (UPyD) capaz de conjugar diferencias buscando el bien común. Podemos no tiene cabida en nuestra casa ni en nuestro entorno. Por cierto, ¿qué les parece la ruta iniciada por el líder visitando, cual monarca absolutista, los feudos de sus patricios? Y luego habla de la casta. Como decía el poeta: “cumple tener buen tino para andar esta jornada sin errar”.

El elector ha de decidir las próximas elecciones generales. Sin dogmatismos, con rigor, analizando solo los hechos, tiene que designar aquellos partidos cuyos acuerdos nos van a sacar de la vorágine que padecemos. El extravío puede llevarnos a un escenario inquietante. Sé que mis razonamientos, desvirtuados quizás por estos deseos entusiastas, son el fruto de la voluntad, de la ilusión, más que de la cautela. Sin embargo, tengo la certeza plena que es una escapatoria magnífica pese a su escasa probabilidad. Paz y bienestar pasan necesariamente por este ámbito. Más allá vislumbro un futuro incierto, oscuro. Las leyes físicas y humanas son cíclicas. También lo es el devenir si nosotros no alteramos, al menos, su inercia. Desterremos a partidos inmóviles u obcecados con el  choque doctrinal. 

viernes, 19 de junio de 2015

INSTANTÁNEAS SOMBRÍAS DEL RUEDO IBÉRICO


Con harta frecuencia reputamos optimista solo a quien se ubica en los mundos de Yupi. Si el momento resulta adverso, ponemos coto -quizás nos satisfaga la simple pretensión- a que alguien asiente los pies al suelo para no desmoronar atributo tan apetecible. Yo, jovial por naturaleza, pienso que encubrir la realidad bajo un cristal optimista nos acerca al avestruz. Pese a ciertas conclusiones infundadas, aquella no depende de color o ánimo; carece de adornos, de vestimentas cautivadoras o repulsivas. Por muchos abalorios que le colguemos, lo que es, es. Así de simple y de evidente. Para cambiarla, si nos disgusta, primero debemos conocerla. Cometemos un error imperdonable cuando centramos los denuedos en disimularla. Trabajo inútil además de oneroso.  Ni el Mito de la Caverna ni Husserl merecen urdir controversia; menos desconcierto. Andaríamos por un sendero abarrotado de escollos. 

Hoy, cuantiosos medios audiovisuales divulgan la situación alarmante que vivimos. Con ser cierto, enseñan -a quien quiera verlo- un talante subjetivo y maniqueo. Achacan al gobierno responsabilidades, asimismo culpas, exclusivas. Nadie niega, al menos yo no, que la corrupción moral y material campan a sus anchas. Nadie niega incumplimientos de programas, incluso excusas infamantes para justificar promesas rotas. Nadie duda que la crisis haya caído sobre espaldas débiles, depauperadas en estos momentos de suma y sigue. Pocos conservan la esperanza de que los delincuentes devuelvan lo sustraído y penen cárcel. Pero tanta maldad y rapiña tienen varios autores. Para ser justos, cada cual: gobiernos, oposición, partidos emergentes, sindicatos, y sociedad, deben asumir su alícuota parte. Así ha de ser, sin olvidar al mundo empresarial amén de amplias vetas sectarias. No podemos desnudar a un santo para vestir otro de igual santoral.

Desde mi punto de vista, la primera instantánea le cabe al PP. Concederle a Rajoy todo el protagonismo es engañoso. Él desarrolla un papel destacado, vertebral. Reconozco mi dificultad para clasificarlo. A veces parece la encarnación de Zapatero, con cabeza mejor amueblada pero de análogo proceder. Ambos tienen en común un daño irreparable a sus respectivas siglas y a España. Los hados conjuntaron su malevolencia para destruir aceleradamente renuncias y tribulaciones. A mayor escarnio, el cesarismo antidemocrático impuesto por la partidocracia, junto al desasosiego del postergado defendiendo el privilegio,  ahoga cualquier intento de regeneración. Son faraones del siglo XXI. A su ocaso, han de purificarse las mentes que constituían la “inteligencia”, sometida al azar cuando no a la discrecionalidad. Por ello, los sustitutos -aparte de empeorar la especie con frecuencia- carecen de asensos legítimos para constituir el recambio verdadero. Continúa la misma farsa con distinto farsante. Hacer mutis llega a ser un ejercicio saludable, seguro, pero improductivo. 

Otra instantánea de parejo tenor y calidad -algo más ajada, macilenta, color sepia- representa al PSOE. Un partido anciano, con luces y sombras, que ha modernizado el país. Zapatero marcó un punto de inflexión, tanto que desde entonces no da ningún paso a derechas (sirva la expresión espontánea que alguien entenderá maliciosa). Le auguro, remitiéndonos al camino iniciado, un futuro incierto, adverso. Las expectativas puestas sobre Pedro Sánchez, se desvanecen clamorosamente. ¡Vaya fiasco!  ¿Por qué hemos de glosar o identificar juventud e impoluto? Casi siempre el ardor abraza al dogma que acompaña a la parca. Seguramente tal verificación llevó a Oscar Wilde a exclamar: “La estupidez es el principio de la seriedad”. Parece un proceso necesario a cada estadio vital. Solo alguien impulsivo, febril, alejado del estadista, puede aseverar: “Jamás haré pactos con el PP y Bildu”. Esa inspiración programática, reforzada por su praxis posterior, le inhabilita para liderar un partido que sea alternativa de gobierno. Partido y líder van rectos al despeñadero.

Una tercera describe los medios audiovisuales. Cierto es que la corrupción abarca todos los rincones. Verdad es que, en época de crisis, produce hartazgo e inquina notables. Pese a esto, existe una podredumbre aún más mísera e impúdica: pervertir la conciencia social. Pocos se ajustan al cumplimiento deontológico procurando manifestaciones objetivas y huérfanas de sectarismo. Quien más, quien menos, antepone pecunia a ética, lentejas a dignidad. Conocemos a tertulianos pegados (quizás pagados) a sus anteojeras, sin excluir adscripción ni circunstancia. Para ellos, repletos de carencia, existe únicamente blanco o negro. Me asombra que a más marxismo menos dialéctica. Siguen la corriente desconociendo el lecho. Abundan quienes ponen alfombras rojas a expertos manipuladores capaces de, con los mismos argumentos, defender algo y lo contrario. Incluso algún “demócrata” preconiza el incumplimiento o quiebra de la ley como medio para fortalecer la propia democracia. Promueven la cuadratura del círculo. Sofismo, demagogia y tergiversación hacen carantoñas al individuo para atraparlo en una tupida red opresiva.

La última instantánea -a la vez que preocupante- representa una sociedad desvertebrada, ignorante y ofensiva; adscrita al dogma por indolencia. Aquí surge el verdadero dilema de España. Corrupciones, abusos, manipulaciones, ineptitudes y deméritos constituirían una menudencia si tuviéramos un pueblo que guardara en el juicio su rumbo de vida. Debemos evitar las garras de esta chusma que ha ocupado el poder e incluso de quien lo pretende entonando seductores cánticos de sirena. El futuro se vislumbra inquietante. Empieza a observarse movimientos y hechos poco tranquilizadores porque los envuelve una atmósfera de odio irracional.

Lo que ayer se prodigaba para moralizar la vida pública, ahora se excusa con los argumentos más peregrinos. Quieren instalarnos una democracia muy particular. Un alto porcentaje defiende la nuestra que se construyó imperfecta; una minoría ambiciona modificarla. Nos convertimos en sus enemigos e intentarán acabar con nosotros. La Historia alecciona cómo reconocer a estos salvapatrias. No pretenden redistribuir riqueza, sino socializar la miseria. Son dictadores disfrazados. Según el sabio, “Si alguna vez votar sirviera para algo, no nos dejarían votar”.