jueves, 2 de agosto de 2012

ABSURDILANDIA


Un amigo, filólogo y poeta, es el agudo padre del epíteto que da título al presente comentario. En su lucubración, pudo referirse a la actitud irracional e ilógica de la élite gobernante pero también a la indiferencia ciudadana, renta existencial ante el cúmulo de acontecimientos sinsentido. Kierkegaard y Sartre analizaron tal comportamiento en su teoría de lo absurdo. Sospecho que la intención de mi amigo se aproximaba al primer concepto pues, humanista declarado, suele conceder poca entidad a lo que resulta extraño al individuo en su parcela más íntima. Sea como fuere, comparto plenamente la ingeniosidad.

Que en pequeños Estados del llamado Tercer Mundo, se imponga una deplorable ley de la selva parece razonable. Sin embargo, que esa actitud arbitraria ocurra con demasiada frecuencia en países civilizados, termina por reprobar el propio sistema democrático donde la Ley debe orientar toda ocupación gubernamental. Son muchos los casos que, ora lucro ya prepotencia, anulan el buen juicio llevando al absurdo (además de al ridículo) y deslegitimación a un dominio para el que, claramente, carecen de cobertura legal. ¿Necesito poner ejemplos?

Empezaré por la alta dirección de Entidades Financieras Públicas o empresas de semejante titular. Ambos escenarios son pródigos en especímenes cuya incapacidad de gestión, error o -peor si cabe- de extravagancia han supuesto pérdidas milmillonarias. En este campo, Cajas de Ahorros se han endeudado seis veces, al menos, la cantidad de fondos efectuados por sus impositores. Todo ello con el visto bueno del Banco de España, entidad encargada de controlar los movimientos financieros. Ahora el Estado (es decir nosotros) debe realizar un rescate indefinido, superior a los cuarenta mil millones de euros ¿Por qué no doscientos mil millones?  ¿Acaso sabe alguien la cantidad real?

Seguiré relatando esta competición del disparate con los sindicatos. Originariamente estaban constituidos por trabajadores que pagaban sus cuotas. Ello les otorgaba autonomía financiera y, por ende, libertad de acción. Hoy conforman entes burocratizados, jerárquicamente rígidos, sin representación efectiva y sometidos a la estructura gubernativa de quien se financian. Constituyen la espita, favorable al gobierno de turno, que regula y encauza la presión del mundo laboral en situaciones explosivas. Los millones de parados (según se cuenta) junto a múltiples subsidios, les permite tener saneadas sus arcas.

Nuestros representantes (gobierno u oposición, ¡qué más da!) destapan el tarro de las esencias en cualquier empleo o iniciativa. El ejecutivo actual, excelente oposición ayer, ha perdido el timón y la brújula; aunque parece cautivarles a más no poder el astrolabio. De la oposición, días atrás máximos responsables, nada podemos añadir. Son viejos conocidos pertrechados de ineptitud y otros vicios, presuntos, que la prudencia mía y el ingenio del amable lector me permiten obviar. Sobre esa minoría excluyente, victimista, provocativa, retadora, mejor correr un silencio flemático.

España, los españoles, ha sufrido a lo largo de cinco años un saqueo que supera récords. Se ha derrochado la Hacienda Pública sin orden ni concierto. El caos e imprevisión fueron los únicos argumentos esgrimidos por quien debiera planificar un dispendio. Además, nadie se atrevió a poner coto al endeudamiento privado. Así, abonaban cierta avidez de probidad económica. Todos fuimos un poco culpables. Unos buscando un prestigio personal sin exhibir mérito alguno para poseerlo; otros cerrando ojos a su torpeza infinita e indigencia moral.

Quebrada la nación, misérrima la sociedad, instalados en una dinámica peligrosa y lamentable, los responsables máximos (tal vez trincones) se ven amparados por la más injusta de las impunidades. Los postreros pasos de este gobierno bienamado: Elección del presidente del CGPJ, autorización para fusionarse Antena Tres y la Sexta, amén de olvidos insultantes, aquiescencias, silencios cobardes y otras medidas asombrosas, nos llenan de desconcierto y alarma. La parroquia, el individuo, sigue pasiva, insensible. Sí, España (este país sin justicia, donde prebostes fatuos e incoherentes abjuran de la Ley, donde al ciudadano se le considera cada cuatro años y lo acepta) ahora puede denominarse ABSURDILANDIA.

sábado, 30 de junio de 2012

NATURAL, RARO Y FRUSTRANTE


Aquellos episodios que, a lo largo de nuestra existencia, quedan grabados en retinas físicas y anímicas, marcan la conducta del individuo (su actitud) a golpes de fortuna e incluso con toques de desencanto. No limito este aserto a tal o cual marco concreto; rebasa por el contrario la estrechez, aun el tope, de cualquier disciplina. Se aproxima a todas sin eludir tabúes ni cebarse en gremios cuyo crédito hoy disminuye de manera directamente proporcional a su prosperidad. Sin embargo, el calvario a que nos llevaron aconseja descubrir públicamente los enredos de este clan, cuadrilla, casta (elijan ustedes), cuyos “esfuerzos” han traído desgarro nacional, déficit democrático (¿es necesario seleccionar alguno de los cuantiosos casos que lo atestiguan?) y quiebra económica.

Consideramos natural el hecho conforme a la propiedad de las cosas. Juzgamos raro aquello  que resulta poco común. Sucumbimos a la frustración cuando se nos sustrae algo esperado según una idea preconcebida e ilusa tras el examen subsiguiente. Que una persona religiosa, verbigracia, sea honorable se tacharía de acción natural. Una aureola de impúdica quedaría rara; constatar este último supuesto comporta el paso previo  a la frustración, un pesar propio por el error acaparado. Jamás subyace en este sentir un poso de entrega por quien no supo ajustar sus bondades a nuestra exigencia.

Este PSOE constituye un partido sin cotejo en Europa ni en el llamado primer mundo. Su nacimiento vino aquejado de identidad sorprendente, atípica, extraña al dominio socialdemócrata. Dogmático y sectario, siempre ha alimentado una estrategia de discordia, de ruptura, contra ese aforismo que propugna la unión como patente para alcanzar dividendos. Gestó un caldo de cultivo eficaz para pervivir, pero nefasto a la hora de conquistar el bien común. Nacionalista a ratos, amparaba la universalidad obrera. Ayuno de porte demócrata, junto a su apéndice sindical (la UGT) se cobijó a la sombra primorriverista encasillando en las barricadas al sindicato CNT. Parece innegable su concurso en el golpe militar, alboreando los ochenta del pasado siglo, que proyectara conformar  un Gobierno de Concentración. Republicano de cuna, se percibe ahora como el mejor apoyo, quizás único, de la monarquía. Presenta, en fin, retos extravagantes, extemporáneos o superados. Quede claro para los fanáticos que bondades y sevicias sólo pueden verificarse cuando hubiere posibilidades de comparación, empresa histórica imposible. Peca, pues, de inútil toda loa o menosprecio más allá de la propia experiencia objetiva.

Durante las “jefaturas” de Felipe González y Zapatero (dos tercios del postrero periodo democrático o pariente), España terminó anémica -perdida la color que diría el clásico- en el primer caso, para rematar con ZP habitando la UCI, desahuciada. Todavía recuerdo al rechazado sindicato del crimen, vigoroso enemigo mediático de González porque se atrevió a airear sus desmanes. Zapatero, inepto gobernante pero ladino estratega, desacreditó y desarticuló con habilidad su resurgimiento después de Aznar. Aprovechó, para ello, las concesiones del espacio radioeléctrico. Superaba su penuria para el bien, con esa maestría que exhibiera en  la farsa y recreación del mal. El PSOE, sin parangón y anclado en el siglo XIX, lleva la tragedia en su adeene. Proclamo, por tanto, natural el resultado de sus dos ciclos gubernativos.

El advenimiento del PP, con el raro, vacilante y silente Rajoy, ha abierto muchos ojos (espero que asimismo mentes) a la realidad. Hasta los más escépticos, aquellos que desertan de estos políticos prestos al engaño, al abuso, quienes optaron por la abstención en legítima defensa (mi caso), esperaban un cambio sustancioso en el uso del poder. Rudo fiasco a estas alturas y aunque el presidente dice saber cómo actuar, sus palabras a tenor del empeño producen pasmo en lugar de sosiego. El presente ejecutivo desarrolla los vicios de antaño. Suple deficiencias operativas con pomposas declaraciones donde el humo impide apreciar la auténtica realidad. Seguimos recorriendo un camino, ya conocido, que termina indefectiblemente, a pesar de Europa, en el abismo. Al español, incrédulo, desorientado, no le queda hueco para asentar una pizca de esperanza; es cautivo de enorme frustración.

Precisamos salir del embrollo. El PSOE (tal cual se muestra ahora, sin obviar su historia) es una circunstancia; una pandilla alejada de cualquier referente anejo al mundo civilizado. El PP adopta naturaleza o servidumbre socialdemócrata desplazando a su opositor. ¿Quién abona, pues, las apetencias morales y doctrinales de una derecha social? ¿Qué exótico escenario nos embarga? Acaso don Mariano persiga desquitarse de aquel antidemocrático Pacto del Tinell ocupando el espacio de un socialismo moderado, europeo. En ese supuesto, nos falta un partido que concilie democracia, valores individuales, unidad nacional y bienestar. Hasta ese momento, incluyendo los defectos de origen, estamos sumergidos en las turbulentas aguas de la rareza y la frustración.

 

 

domingo, 24 de junio de 2012

EL TRIBUNAL CONSTITUCIONAL DE LAS ISLAS SALOMÓN


El error, ese traspié fraterno y democrático, puede clasificarse bajo dos perspectivas: de Concepto, cuando concurre la inexactitud al producir en la mente una idea sobre algo y de Apreciación, cuando el desacierto afecta a la reseña sensorial ante un determinado horizonte o problema. Sin embargo, en ocasiones, la línea divisoria se vuelve confusa, ambigua, porque el accidente, núcleo del error sensible, traspasa la mencionada línea que le diferencia y se introduce en el campo de la esencia dando lugar a una curiosa paradoja. Así, sin perder su naturaleza distintiva, adquiere eventualmente innegable alcance curioso a fuer de impropio. A veces, un análisis agudo, cauteloso, debilita el perfil obtenido tras sucinto peritaje.

Ayer, en la Conferencia Río+20, un resuelto miembro de la ONU (accidental presidente de Asamblea) presentó a Rajoy como Primer Ministro de las Islas Salomón. Impertérrito, don Mariano desgranó su discurso y, al término del mismo, el sujeto errado corrigió el yerro y pidió disculpas. Desconozco si el tal presidente, autor de la ligereza, lo hizo -quizás conociendo el descubrimiento español de aquellas tierras- por un complejo proceso especulativo. Tal vez fuera la infamante fórmula para desprestigiar a España, país sin activos que le permitan acariciar una posición relevante en el concierto internacional. Un enclave que no necesita sardinas para beber vino, dirían los maliciosos de mi pueblo. Hasta pudiera resultar razonable matizar el apriorístico desliz. Como dice Amiel:”Un error es tanto más peligroso cuanto más cantidad de verdad contenga”.

Paralelamente, el Tribunal Constitucional resolvió a favor de SORTU, contra la sentencia del Tribunal Supremo, las víctimas del terrorismo y un alto porcentaje de españoles. Cuando el veredicto llena de oprobio a otro Tribunal y al ciudadano, hemos de poner en reserva la equidad del mismo. Una justicia arbitraria es el mejor paradigma de atropello y vileza, aun considerando loas y altura institucional con que otros quieran agraciarla. Partidos políticos y grupos interesados tasan al Constitucional garante de los derechos individuales, menospreciando de paso otros foros judiciales. Por fas o por nefas, hoy se rumia una soterrada  rivalidad entre el celo jurídico y la maniobra calculadora, calculada.

Empiezan a surgir frecuentes mociones que exigen  la supresión del Tribunal Constitucional por la parcialidad y menoscabo a que se ha hecho acreedor. Se sugiere, a modo de reparación, ocupe ese cometido una sala especial del Supremo para aliviar arbitrariedades debidas al nefasto sistema de cuotas. Recobraría, asimismo, crédito y solvencia. El retoque de la Carta Magna, al parecer necesario, no debiera suponer obstáculo dilatador o definitivo. Otra cosa diferente es la voluntad política de llevarlo a cabo. La experiencia demuestra que ninguna sigla mueve un dedo si ello conlleva perder alguna merced. ¿Qué lugar ocupan los efectos ciudadanos? Sin dudarlo, el último.

Desde aquel célebre dictamen que acomodaba a Ley la expropiación de Rumasa, el Tribunal Constitucional se trocó en zombi; una rémora envuelta bajo el ropaje de institución vertebral en nuestra democracia. Todos los políticos de forma ladina, han hecho virtud de sus manejos. Resultaría pueril relatar las resoluciones eternas, curiosas, descabelladas, temerarias, que ha ofrecido tal Institución; contaminadas y aromatizadas por los afanes del momento. Ya veremos cómo corregimos los excesos autonómicos y éticos a que nos ha llevado tan ominosa, cara y abusiva ligereza.

Sospecho que el antedicho presidente, autor del hipotético disparate en Río+20, conocía perfectamente los derroteros de un Tribunal Constitucional clónico (desde su punto de vista) al de las Islas Salomón. Por esto, atando cabos, presenta a Rajoy como jefe del gobierno de tan paradisiaco (pero tercermundista) lugar. No me extraña el trance, me fascina que individuos foráneos conozcan los entresijos patrios mejor que los propios aborígenes, siempre dispuestos a comulgar con ruedas de molino. Las comparaciones son odiosas, enseña el proverbio. Si obviamos el sentido, el axioma queda empapado de aborrecimiento.

El amable lector pensará, con razón, que los renglones anteriores vulneran cualquier límite de sensatez; que el párrafo postrero acaricia la bufonada e incluso roza el sarcasmo; pero ¿puede garantizarse que el fondo sea inadmisible? ¿Están seguros?

 

domingo, 17 de junio de 2012

NOMINALISMOS Y RESCATE


El momento (calamitoso, objetivamente convulso, casi trágico) se vive diferente según el grupo de que se trate. Teóricos en economía, arriman el ascua a su sardina liberal o socialdemócrata. Ahora mismo la crisis capitalista parece conceder un plus a las hipótesis intervencionistas. Arrinconan, sin embargo con descaro u horror, esa miseria pertinaz  -asimismo sumisión laboral- privativa de estados totalitarios. Suelen utilizar, sofistas, los países escandinavos como ejemplo incuestionable. Olvidan a propósito el carácter especial, único, exclusivo, de estas naciones ricas, despobladas y estables. Cada dogmático a su soflama.

Arteros políticos (valga la redundancia) con diferente pelaje, junto a esa repugnante cooperación de medios e informadores afines, serviles o mercenarios, arriman también el ascua a su sardina electoral. Apetecen quedar limpios, inmaculados, sin tara, tras una gestión infausta. Ninguno admite responsabilidad ni culpa por nimia que se tase. Sirve cualquier excusa para asear su currículum. Ora imputan a la globalización, ora emergen desavenencias reales o postizas en el tratamiento conjunto. Todo poder aparta de sí la crisis; sus orígenes, alcance y proceso. Condensa su torpeza, quizás un talante antiestético, la evanescencia e impunidad más absolutas. El individuo absorbe estoico, circunspecto, cualquier afrenta. ¿Hasta cuándo?

Es el pueblo, el contribuyente (nunca ciudadano desde hace un tiempo), quien sufre las consecuencias de elucubradores y mandatarios. Absortos en pequeños lances de honor, unos y otros -economistas y políticos- olvidan su quehacer con preocupante menudeo. Algunos, es verosímil, confunden los verbos con sus formas pronominales. El amable lector intuirá la tremenda  divergencia que existe entre servir y servirse. En definitiva, crisis y confort político no se rigen por ninguna ley de proporcionalidad; más bien son términos sin conexión.

Un periodista directo, minucioso (tal vez provocador), preguntó no ha mucho a Rajoy qué opinión le merecía el rescate de la banca española. El presidente esquivo, algo mosca, contestó con una larga cambiada: “No me venga usted con nominalismos” para asegurar, a renglón seguido bajo rutinario disfraz, que el BCE había adjudicado un crédito a las entidades financieras patrias, en excelentes condiciones. Aseguraban así su liquidez y podrían asignar diferentes préstamos a empresas y particulares. Pretendió quitar hierro al marco que contenía la operación. Después, entre barruntos y certezas, supimos (vislumbramos de paso) un cúmulo de compromisos y condiciones impuestos. El laberinto tiene su origen en esta peculiar manera que exhibe don Mariano de cumplir con la verdad pregonada. Los eufemismos, esa corrección retórica superflua, nunca alteran la realidad; sólo la suavizan.

Nominalismo, según el DRAE, significa tendencia a negar la existencia objetiva de los universales, considerándolos como nuevas convenciones o nombres, en oposición a realismo e idealismo. Rescate, apunta el mismo diccionario, tiene dos acepciones fundamentales: Recobrar por precio o fuerza lo que el enemigo ha cogido, y, por extensión, cualquier cosa que pasó a mano ajena. Más restringido: Recuperar para su uso algún objeto que se tenía olvidado, estropeado o perdido. La primera acepción me trae a la memoria el rescate de Cervantes en mil quinientos ochenta por los frailes Trinitarios. La segunda se acopla a la perfección con la España actual; negada, maltrecha y errante.

El gobierno, además de regatear el vocablo rescate (antes lo hizo, terco, con la voz crisis Zapatero -todavía inquiero cómo pudo llegar a presidente-), ha sostenido que la ayuda europea saneará la banca, fortalecerá su liquidez y podrá conceder los préstamos que han de revitalizar nuestra exigua economía. Expongo unas cuestiones para la reflexión. España tiene una deuda pública que alcanza los setecientos setenta mil millones de euros. A su vez, la deuda privada supera los dos billones. Hemos pasado en breve tiempo de las magnitudes macroeconómicas a las astronómicas. ¿Puede alguien explicarme cuánto hemos de desembolsar al año para pagar intereses y amortización de ambas? ¿Serán suficientes cien mil millones? ¿De qué liquidez hablan? ¿Nos siguen tomando por idiotas? ¿Lo seremos?

Para colmo, los pesos pesados del PP acreditan tener la orden de anunciar al orbe, para el cuarto trimestre, una lenta recuperación que se hará notable a lo largo del dos mil trece. Venga, don Mariano, déjese de nominalismos e intente rescatar la confianza del español (bajo mínimos) divulgando la verdad. Ya soportamos antaño suficientes embelecos con ZP. Las quimeras no engendran optimismo sino desvarío.

 

 

 

viernes, 8 de junio de 2012

QUE CIEN AÑOS NO ES NADA


El refranero popular avala, fecundo, con qué escepticismo tomamos cuanto tiene su límite u ocaso cronológico cercano al siglo. Así, aparecen sentencias, casi siempre oportunas, que nos liberan de preocupaciones dispuestas a constreñir cierta paz, por otro lado, huidiza y ardua. “Dentro de cien años todos calvos” y “no hay mal que cien años dure” vienen a compendiar un destello de esperanza (quimera asimismo) cuando el azar se ceba agrio u oneroso. No constituye, ni puede, un asidero a última hora, un tótem primario en quien confiar, impotentes, frente al destino postizo, en apariencia inexorable. Antes bien, debe considerarse la muralla donde topa obtusa esa angustia vital que produce cualquier interrogante o incógnita.

Querer es poder, afirma rotunda una máxima valiente. Exige  coraje, ímpetu, e invita a defenderse en la lucha contra el infortunio, por renuente que se revele. Asumir a priori una derrota implicaría reconocer la justeza de nuestra ubicación en el concierto social. Por tanto serían inexactas e injustas aquellas imputaciones que responsabilizan sólo a la casta política (cada vez más desaforada) de la terrible situación actual. El dogmatismo, negligencia y torpeza de un pueblo, lleva a la clase dirigente al enroque, a gestar un bastión pleno de franquicias y fueros que afianzan tal atmósfera espuria.

En mil novecientos setenta y cinco, con el advenimiento del rey Juan Carlos, se cumplían ciento un años de la Restauración Monárquica en la persona de Alfonso XII. Cuarenta después, ya con Alfonso XIII, la situación de España se asemejaba (aparte matices) a la que sufrimos hoy. Políticamente, aquella época se basaba en la alternancia pacífica de dos partidos, conservador y liberal, bajo los augurios del caciquismo e incultura vigentes y la severa centinela de una milicia expectante, inquieta. Actualmente PP y PSOE se intercambian el poder que los ciudadanos, manipulados como antes, otorgan en Sufragio Universal heredero del antiguo Censitario; eso no obstante, sin ningún celo castrense. Antaño, la pérdida definitiva de las últimas colonias trajo una desmoralización social extrema, avivada por escritores e intelectuales. Ahora, el profundo desastre económico (agravado por la  carencia de intelectuales que proyecten soluciones alejadas del arbitrismo pueril) resucita sentimientos y emociones seculares.

En mil novecientos doce, la corrupción política, el solaz de los prebostes, la arbitrariedad gubernamental, el amaño y la mentira originaron graves movimientos sociales seguidos por episodios de terrorismo y desórdenes sin fin. Dos mil doce enseña parecida catadura. Seguimos inmersos, ahogados, en una corrupción desbordada y desbordante. Los “prohombres” se blindan una vida áurea. El ejecutivo rehace el discurso cada veinticuatro horas exhibiendo una imprevisión recurrente. Artimaña y fraude campan sin rasero. El terrorismo se agosta al acecho y la ciudadanía duerme esa larga canícula ideológica. 

Los tiempos nuevos, huérfanos de sindicatos emancipados (íntegros) y con evidente indigencia intelectual en las minorías cultas, traen desorientación, apatía, querencia. Terror orquestado desde diferentes facciones; una Semana Trágica; una Guerra Civil; dos Dictaduras; una segunda Restauración y un siglo de recorrido sirvieron para verificar que, contra todo pronóstico, cien años no es nada. 

Al igual que hace un siglo, políticos, terratenientes y esa nueva giba atiborrada de empresarios, financieros y sindicalistas de fajín, dan la espalda a un pueblo que sufraga su “gloria y excelencia” mientras soporta, aguanta (hasta atesorar pena, hoy) desplantes e injurias cuando no saqueos legales. En este sentido, cien años entrañaron algo: provocan una impronta de cordura en los movimientos sociales, advertidos quizás por la inutilidad de cuatrocientas mil muertes.

Aunque no es nada, cien años debieran levantar costra y acrecentar experiencias. Si los políticos quiebran el pacto democrático (el ciudadano ostenta la soberanía) y olvidan al individuo, nosotros hemos de ignorarlos a ellos, en equitativa correspondencia, propiciando la abstención. Es la única medicina efectiva. De otra manera, cualquier tiempo es nada.

 

 

martes, 22 de mayo de 2012

EL SUICIDIO DE UPyD


Hasta hace bien poco, el español votaba a la contra por exigencia de ese chip maligno, habitual, que prioriza descalabros del rival a triunfos privativos. El escenario que vivimos (cargado de déficits económicos, políticos, institucionales y sociales) exige renovar estilos,  consentir caprichosos enigmas en los procesos de ajuste a respuestas concretas. Ya no valen filias o fobias para suscitar entusiasmos ciudadanos. Sugestiona sustituir la inoperancia por el anhelo que despierta el contrario, real o postizo. Doctrinas, estrategias, argucias, se convierten en reclamos rancios, infantiles, inútiles. El individuo, poco a poco, arroja de sí viejos fantasmas que sibilinamente han ido mermando su capacidad crítica. Al fin empieza a exigir concomitancia entre pronunciamientos y hechos. 

La mayoría absoluta del PP (incluido aquel inesperado, asimismo necesario, concurso de escépticos y ex votantes socialistas) constata lo dicho anteriormente. Este PSOE, cuya entraña se vigoriza de dogmáticos e ignaros, acerca (iguala) suelo y techo electoral. Durante muchos años, dicho partido atraerá sólo al veinte o veinticinco por ciento del electorado debido a su afán de encuadrarse en conductas y sutilezas superadas. PP y nacionalismos, moderados estos cuando renuncian a caretas subversivas (antiburguesas), muestran una porosidad preocupante y desmotivadora. En venideras confrontaciones (PP, PSOE, CiU y PNV), lograrán a lo sumo la mitad de votos en juego, arrancados por inercia que no por convicción. Otra mitad abastecerá una abstención lógica o, peor, viciará alguna sigla impoluta.

Perdido todo crédito por un PSOE sometido a la onerosa ineptitud de gobiernos aciagos, Rajoy cosechó el engañoso triunfo sobrevenido a lomos de una tabla salvadora, de una oportunidad irrepetible. Sin embargo, inseguridades, complejos y actitudes osmóticas -junto a cierta sorprendente (quizás no tanto) desorientación, minimizada con imposturas y efluvios nada novedosos- originan graves sentimientos de frustración y desapego. El contribuyente, confundido, amedrentado, queda inerme; al socaire de una providencia, en ocasiones, algo tacaña. Se dan las condiciones precisas, asimismo preciosas, para asentar nuevas iniciativas, incipientes siglas capaces de cohesionar (aparte propuestas aglutinantes, soluciones diferentes) el propio sistema democrático. Los desengaños precisan recuperar otras ilusiones que posibiliten al hombre seguir luchando en pos de la quimera, inagotable savia vital.

La izquierda (y su infundada superioridad moral) es dogmática, recurrente, por tanto inmovilista, pertinaz. La derecha (concepto peyorativo con que pretende estigmatizarla el rival) viene conformada por una masa heterogénea, dispar; veleta a la hora de precisar su voto. Esta circunstancia permitiría trasvases importantes (cuatro millones sin adscripción clara y dos millones ladeados a la diestra) hacia siglas que se alejaran del radicalismo y la incoherencia. UPyD oteaba un horizonte inmediato cuajado de gloria al distanciarse del erial político que domina el suelo patrio y apiñar todas las decepciones.

El 20N afloró una explosión de hastío; fue la muestra palmaria de abatimiento, un rebato agónico. Se votó sin fe; era el auxilio exánime, la última oportunidad. Valía cualquier firma alejada del PSOE calamitoso. El PP recolectó una esplendorosa cosecha injustificada, sin merecimiento. Rosa Díez acopió fundamentos que le permitirían advertir esa ley general de prueba y ensayo. Ayer (al decantarse entre un PP voraz con el débil, un PSOE aciago, ávido de poder y un FAC firme) quebró su pureza, sembró la abstención. Parafraseando a Teilhard de Chardin, el pasado revela la estructura de futuro. Adiós perspectivas fascinantes. Sigue cumpliéndose el maleficio de políticos indigentes; un lastre, al parecer, insuperable.

Asturias, otra vez, pudo significar el origen de una nación reconquistada al absurdo político e institucional, a la ruptura gradual de España con quinientos años de goce y miseria en lapidaria alternancia histórica. La cortedad de miras lo ha impedido. Ahora sólo nos toca esperar a que emerja un elenco estricto, cabal, que no exhiba el suicidio como táctica social.

 

 

domingo, 13 de mayo de 2012

FRAUDE O INFAMIA


 

La crisis generalizada que pena España tiene su entronque en factores dispares, tanto cronológicos cuanto humanos. Los primeros presentan una naturaleza azarosa e invariable, por tanto de imposible previsión o regule. Tiene ventaja sobre los desastres naturales en que aquellos, a veces, se muestran benignos. El hombre, al igual que los cataclismos, cuando actúa socialmente atrae el caos. Es un designio maldito difícil de conjugar, menos cerrando sentidos y emociones al esfuerzo común. Diluir ánimos, asimismo contraponer energías, permite a las sombras adueñarse del entorno, acarrear el infortunio.

Soy consciente de lo injusto que supondría condensar toda responsabilidad en un grupo o colectivo. El éxito, quizás la ruina, es tan complejo que exige la contribución de múltiples asientos. Parece absurdo, por tanto, vertebrar la crisis (ese déficit multifacético) en los políticos, financieros, sindicatos, medios, etc. Estos deben asumir un alto porcentaje de culpa porque en las democracias representativas, curioso eufemismo paradójico, las instituciones mencionadas ostentan un papel especial, alejado del que le permiten al pueblo llano. No por ello, sin embargo, a este se le exonera de culpa en mayor o menor grado, sobre todo por negligencia. Desdeñemos descargar reproches exclusivos a ningún combinado aunque se constate la torpeza, codicia o entrega que manifiestan algunos.

George Mason, en el siglo XVIII, planteó: “La libertad de prensa es uno de los grandes baluartes de la libertad y no puede ser restringida nada más que por gobiernos despóticos”. A la vez, Edmund Burke puso los cimientos al llamado cuarto poder referido a los medios de comunicación. El auxilio al triunfo del Nuevo Régimen resulta indiscutible por su papel fundamental a la hora de divulgar doctrinas capitales para el desarrollo de la Revolución Francesa. Con el tiempo, este poder equilibrador se ha ido consolidando en las democracias asentadas. EEUU es, sin duda, el paradigma del contrapeso que los medios ejercen en cualquier ámbito de la vida pública. Consiguen instituir o derribar gobiernos sin que nadie obstaculice su desempeño. Configura la prueba que certifica crédito y autoridad.

Aquí hay una clara diferencia entre la prensa de los años setenta -incluso ochenta- y el momento actual. Antaño, surgió un grupo de comunicadores íntegros, idealistas, incorruptibles, que caminaban en línea recta sin que permitieran la señalización del camino con migas de pan u objetos más atractivos. Hoy, salvando honrosas excepciones, han trocado ideales y laureles éticos por agasajos materiales, por ubicarse cercanos a la tarima que instala el poder al que sirven sumisos; a veces para recibir una palmada en la espalda.

Enterrado Montesquieu por obra y gracia de un “demócrata paradigmático”, sin que otros (con diferente estilo) habilitaran su retorno, a los españoles nos quedaba, como postrera alternativa, unos medios linderos a aquellos de la transición. Serían nuestra voz; más aún, nuestra conciencia. Exigirían al poder, a sus vertientes, limpieza, transparencia y ejemplo. Pusimos empeño en vez de fe, adivinando quizás, lo que se avecinaba. Resulta casi inhumano, a fuer de humano, comprobar la indigencia en que nos encontramos, a expensas de qué réditos ocultos y del juicio acrítico que domina la escena (confusa a su vez) por el nocivo efecto de quien reniega a cumplir lo ofrendado.

Vemos con qué desparpajo -no excluyo ideologías- se empecinan en la salvaguarda de sus ídolos contra toda lógica, justicia e interés común. No importa bordear sinrazones, falacias (incluso adentrarse en la calumnia si fuere necesario), para argüir argumentos impensables, de difícil digestión con otros aderezos. A resultas de tales martingalas el individuo está perdido, errante; confunde hasta su existencia.

Los demonios nacionales, la fatalidad de la crisis, forman una compleja mezcolanza. En ella, agazapados, desapercibidos, pululan inquietos comentaristas que recorren medios audiovisuales maleando la conciencia social a lomos del fraude o la infamia.

 

 

 

martes, 8 de mayo de 2012

PEAJES


Tras importuna apatía, retomo el sendero que me lleva a escudriñar la horripilante actualidad española. Desconozco si el fundamento se debe al rebelde proceder de los “estros”, abordando un mayo lluvioso, o al aluvión de comunicados y pormenores (a caballo entre lo apocalíptico y lo mordaz) que impiden focalizar la atención, asimismo el interés. Durante un tiempo (a semejanza de ese proverbio turco que afirma sin reparo “quien para ir a rezar duda entre dos mezquitas, termina por quedar sin rezar”) elegir título y materia anuló mi capacidad creativa llevándome a una suerte de aturdimiento paralizante.

Roto el hechizo maligno, he decidido hablar de los peajes (en su más amplia acepción) padecidos y de aquellos que penden amenazadores, cual espada de Damocles, a días o rachas. Sólo el acaso y la reserva permiten acertar cuál encandila al ciudadano; cuál protagoniza su afecto, quizás su desvelo. Creo firmemente que los costeados o aquellos que no se acompañan por un reintegro colectivo, parecen inocuos; al menos cuajan livianos. Salvo excepciones muy concretas, la gravedad suele calibrarse con unidades monetarias. Los valores morales cada vez revisten mejor la cicatería humana. Hoy pecamos con los frutos perversos del relativismo que no sustenta con rigor el árbol de la ciencia social.

Meditar a estas alturas sobre debilidades manifiestas de ejecutivos pretéritos, sobre los peajes que suponen las expropiaciones de REPSOL y REE por la señora Kirchner y Evo Morales, respectivamente, así como el “envite” de Serrat y Sabina, aporta a la gente parecido galardón al que percibiría un astronauta subido a una nave de cartón. Irrepeefes, copagos, ivas que se vislumbran cercanos y otros “atracos” especiales (alcohol y tabaco), los vamos digiriendo a dosis progresivas para minimizar los efectos y evitar así su letalidad. Paso de puntillas, a propósito, sobre las conversaciones con ETA, la Ley del Aborto y demás aspectos éticos, prometidos e incumplidos, para no hurgar en sentimientos y conciencias sobradamente contrariados.

Sí, este es el gobierno de “lo verás pero no lo catarás”; aquella monserga con que avasallábamos a nuestros feudos. Siempre, a mayor proximidad más saña. Concurría una constante digna de psiquiatra. ¿Preconizábamos usos políticos o seguíamos el dictado de nuestra propia crueldad? Llevo cuatro meses furibundo. La única primicia firme (aparte promesas, previsiones y propagandas) se sintetiza en los esfuerzos por esquilmar el depauperado bolsillo de trabajadores y pensionistas sin que se note; con propuestas, desmentidos, medias verdades, al estilo de quienes cavaron esa fosa fatal de la desafección con herramientas capciosas y humillantes. Recomiendo a aquel que atesore un dedo de frente (aludo a políticos, claro) la sentencia de Panchatantra: “Quien dejando lo seguro se va en pos de lo dudoso, pierde lo seguro y no alcanza lo dudoso”.

Insisto, estoy harto y presiento no ser la única voz que clama en el desierto. Pero donde mi capacidad de aguante se quiebra sin duda, donde se dibuja el límite de cualquier paciencia (la mía por supuesto), lo encontramos en esa amenaza -desmentida y afirmada alternativamente- de cobrar peaje en la autovías con la extraña excepción a camiones. El PP (ventajoso alumno del PSOE en “enderezar” entuertos, supuestamente) comete en las evasivas -hechas a estajo- que justifican la onerosa medida una contradicción evidente. Aclara que lo recaudado servirá para mejorar el servicio y exime de ello a grandes vehículos, especiales potenciadores de su deterioro. ¿Se atreverán? No, si son inteligentes. Sin embargo, casi con total seguridad tendremos peaje y ellos se despedirán con una legislatura conflictiva. Una sola, ¡eh!

En medio del desastre, una noticia vino a compensar este sentimiento trágico de la vida, que diría el clásico. Zapatero desdeñó al personal con el anuncio de sacar enseguida un libro sobre economía escrito por él mismo. Esto sí es una charlotada; un peaje burlón, aciago, esperpéntico. No es para tomarlo a broma. Después de hundir a España, merece un desprecio hilarante, una carcajada universal. Pobre… (añada, amable lector, el epíteto de su complacencia; será, sin duda, más tibio que el que yo aplicaría)

Para contraer la deuda no es preceptivo acrecentar impuestos, ni recurrir a peajes insólitos. Puede conseguirse también disminuyendo gastos improductivos a la sociedad, aunque aprovechen a próceres en particular.

 

 

domingo, 29 de abril de 2012

NO ME GUSTA EL GOBIERNO


Este epígrafe empuja, equivocadamente, a la sospecha de fascinación por el anterior. Nada más lejos de la realidad. Quien siga mis lucubraciones político-sociales, sabe qué concepto me merecía el anterior ejecutivo y, sobre todo, su presidente. Expuse sin ambages, sin paliativos, pero también sin acritud, una notoria incapacidad para tan altos designios (acreditada en mil ocasiones) así como el envoltorio artero con que disimulaba su talante fanático, amén de ambicioso y calculador. Calificar su presidencia, así como los diferentes gobiernos remodelados, de la peor a lo largo del último periodo democrático es quedarse muy corto. Siglos ha que no hubo un prócer tan siniestro para España.

Lo cortés no quita lo valiente, afirma un proverbio algo vago. Mi interpretación se aproxima al hecho de que la censura a alguien desautoriza esa traducción pueril de ensalzar al contrario. En este contexto no sirven las proposiciones “a contrario”; menos si el hipotético antagónico no pasa de vestir un vulgar, fraudulento, disfraz. Pareciera que, desde diciembre, estemos recorriendo vericuetos conocidos antes. El cuento se imponía a la reseña; los relatos mostraban una querencia al delirio y las entelequias tomaban cuerpo en el populacho. Ahora, con diferentes autores, con retóricas nuevas, volvemos a reencontrarnos donde habitan los fraudulentos, en el octavo círculo de Dante. Sí, aunque es inútil apetecer el epíteto “divina”, esto es una comedia.

Aprensivo irredento, practico la abstención en defensa propia. Ni tan siquiera me motiva ir al colegio electoral porque (aun teniendo todo el tiempo del mundo, contra algunas tesis sobre deberes y gestos democráticos) rechazo -casi con repugnancia- rituales y discursos de ordenanza. Tales arranques, empero, permiten (pese a quien pese) adentrarme en genuinos espacios de diatriba cáustica, asimismo liberadora. Hay quienes utilizan el vocablo democracia (distinto a la actitud) como asidero o excusa para cometer excesos antisociales e incluso blandirlo, cual martillo de herejes, sobre ciudadanos que perpetran el sacrilegio de refutar al ídolo o se evaden del proselitismo satélite. Son sectarios más allá de la perversión.

Me disgusta, digo, un gobierno hipócrita o, en su defecto, desinformado. Me desagrada un ejecutivo clónico, sosias, calcomanía, burlador. ¿Para qué precisaba mayoría absoluta si se oferta al nacionalismo (traba clave) a precio de saldo? Supongo que la situación económica es objeto inquietante, pero me perturban más los sujetos que la tratan. La gobernación es demasiado importante para dejarla en manos de políticos, reza una sentencia popular. Sin desmerecer título ni profesión, debería hacerse un paralelismo fértil entre crisis y economistas (tres de mis hijos lo son). Líderes del PP, profanos en demasiadas disputas, pronostican para fechas inminentes optimistas niveles financieros con una alegría que atemoriza. Deben esperar un milagro, pues ningún dato ni prospectiva mediata permiten alimentar tales comidillas.

No me gusta el gobierno porque, en síntesis, utiliza una estrategia maldita. Parafraseando la conocida regla del juego familiar, mata uno y cuenta veinte, anuncia haber hecho en tres meses tropecientas reformas, cuando ninguna ha superado el estadio de gusano en esa metamorfosis que dibujan espléndida para el dos mil veinte. Cuán largo lo fiais a pesar de la modestia con el cronos (la alianza de civilizaciones o el calentamiento global superaba, al menos, varias generaciones). Pasan sobre ascuas al tratar otras materias, antaño vertebrales. Sistema educativo, justicia, ETA, organización del Estado, garantías constitucionales, moralidad pública, etc., quedan vinculadas a un falso orden de prioridades; centran sus esfuerzos en la crisis y el problema laboral, ambos de tardíos frutos. No hay argumento mejor para no hacer nada. Siembran, eso sí, frustración y desengaño. ¿Aguantarán una legislatura?

¿Y la oposición? Como dicen en mi pueblo: “aquí la romana entra por arrobas”. No conozco detalles ni referencias similares, por defecto, al cinismo y deslealtad que muestran estos insólitos ejemplares de un PSOE en el que (además de permanente conflicto cuando les alejan del poder) confunden el destinatario de los derechos que emergen en una democracia. Lo de estos señores no tiene parangón, habría que inventar un epíteto que reflejara su naturaleza y comportamiento. Atinar con los actuales supone un imposible metafísico. Los usos en la confrontación política tienen límites estéticos. Puede decirse que, estratégicamente, el PSOE acude a una legitimidad deplorable.

Debo terminar mencionando los medios de comunicación. Otro gremio que, aparte dignas excepciones, se está cubriendo de gloria. Cuando más necesita el pueblo contar con la integridad del mensaje, se atrincheran pertinaces en púlpitos baratos para conformar autos de fe llenos de fariseísmo y patraña; carecen de agarre, no resisten el menor examen deontológico.

Quizás hubiera sido lógico titular estos párrafos de manera diferente. Lo hice tal cual porque a quien ostenta un poder con mayoría absoluta, debe exigírsele responsabilidad total.

 

domingo, 22 de abril de 2012

DE GARCÍA LORCA A LEÓN Y QUIROGA


No se vea en el epígrafe un intento torpe pero deseable de abandonar por algún tiempo (la apetencia aconsejaría perpetuo) ese quehacer, casi adictivo, que me impulsa a examinar la política contemporánea, cotidiana. Tampoco un desgaste moral que pudiera traducirse en hastío o frustración; impulsos ambos capaces de alterar compromisos personales. Es cierto que, inmersos en una masa acrítica, el futuro se conjetura arduo, con tintes poco tranquilizadores, amargo. Soy consciente del sinuoso camino que nos aguarda, asimismo a nuestros descendientes, para llegar a un sistema compensado, justo. Hasta es probable que no lo saboreemos jamás. La Historia, en este sentido, se muestra remisa, casi inmóvil. Esto, no obstante, me anima a pregonar la plaga de políticos, parásitos voraces, que nos sojuzga y despoja. Debemos despertar, a la contra, el respeto como ciudadanos.

A finales del siglo XIX, perdidas Cuba y Filipinas (restos del glorioso imperio español), el caos generado por tan infaustos sucesos -causa, a la vez, de abatimiento colectivo, destemplanza aviesa, recesión y desgobierno-  hizo que la intelectualidad se apiñara en torno a Baroja, Azorín y Maeztu para auspiciar la censura contra el canovismo malévolo y exigir un regeneracionismo quizás ilusorio. Se les denominó Generación del 98. Pusieron al descubierto la diferencia entre la España real, miserable, y la España oficial, enmascarada. Cien años más tarde, ayunos de posesiones y con grave mengua de cohesión nacional, percibimos similar tesitura salvo el hecho ominoso de un vacío intelectual y de una divergencia suicida.

Tras el 20N, con la mayoría absoluta que le fue otorgada al PP, España recuperó por un momento la esperanza de escapar a la catalepsia que le había llevado Zapatero en su segunda legislatura. La sociedad se encontraba mustia, pusilánime, sin salida. Los nuevos aires, aquellas renovadas promesas hechas meses atrás, acabaron por remozar anhelos vitales, devolvieron afanes e ilusiones. Protagonizamos, aun los escépticos o prevenidos, una suerte de  metamorfosis colectiva, un júbilo instigador, una templanza virtuosa al olvidar hambres ancestrales. Era el último refugio. A poco abriese paso una entelequia vejatoria. Al romanticismo quejumbroso del ocaso imperial, le sustituye ahora esa quietud arrebatada, pródiga, casi eremítica, de quien se abandona a la suerte del fatalismo inevitable. Nos cubre un sudario común a base de ignominia e insensatez. Deberíamos buscar la identidad del hombre, del ciudadano y en ella de lo español; de aquella rebeldía privativa que generó héroes singulares.

El gobierno, desde el primer instante, se mostró reacio a interpretar su mayoría absoluta. Abrasivo en la oposición, deja al descubierto debilidades o desganas. Seguir un camino marchito les lleva a confundirse con el paisaje; un marco que ya ocasionó hastío y vergüenza ajena. En conjunto, parece ofrecer mayor consistencia que cualquier antecesor. Sin embargo, las apariencias empiezan a engañar; vamos descubriendo, día a día, que el hábito definitivamente no hace al monje. Algún miembro, y su femenino a lo Bibiana (concepción de alta cocina gramatical), exhibe más contras que pros al finalizar el periodo de gracia; factible de confundir con un escaparate de vanidades.

Aparte ese jurar y perjurar que, al menos, no subirían los impuestos (junto a la pobre excusa de su incumplimiento) y otras veleidades, Gallardón anunció modificar el Código Penal y recoger en él la cadena perpetua revisable, para (a renglón seguido) desdecirse bajo el tinte de que afectará sólo a los delitos de terrorismo. El señor Fernández Díaz afirma tajante que ETA tendrá que disolverse “por las buenas o por las malas”. Nadie aportó mejor testimonio de negociación con la banda. El “copago” en medicinas lleva meses deshojando el sí y el no para llegar a donde sabemos. Al presente, la indecisión blande impuestos indirectos y copago sanitario. Temamos lo peor. Me desconcierta tanta elasticidad cuando ayer se jactaban de rotunda firmeza.

Ahorrar diez mil millones de euros adicionales (a tres días de presentar los presupuestos generales) en Sanidad y Educación pone el broche de oro al capítulo de improvisaciones. Si bien constatamos el acierto y justicia que impregnan algunas medidas aprobadas, no puede decirse lo mismo de las declaraciones, sin tajar exclusión o morralla, efectuadas por Cospedal relativas a la necesidad perentoria de tales disposiciones para asegurar el Estado de Bienestar. ¿Acaso si se disminuye el derroche y la reserva costeara estas urgencias, no se conseguiría lo mismo? ¿Cuántas fábulas nos quedan por oír?

Este ir, venir y volver, me recuerda la Tarara, aquella canción infantil del inmortal granadino. En mis años mozos, las evocaciones resuenan a  copla, en particular a la Parrala de celebérrimos autores. Así, ellos y nosotros (al compás, en periplo pendular) vamos de García Lorca a León y Quiroga.

 

 

domingo, 15 de abril de 2012

TENER LAS IDEAS CLARAS


No ha mucho, en un arranque de torpeza más que de vano e inconstante dominio, Rajoy afirmaba tener las ideas claras; él y su gobierno “saben cómo gestionar la crisis, qué hacer en cada dificultad”. Sin embargo, dados los criterios, réplicas y correcciones con que profusamente nos obsequian cada día, parece haber una distancia astronómica, insalvable, entre lo referido y la realidad que se impone adversa. Siento cierta repulsa a la inclemencia, pero siempre tras el panegírico gratuito o  la fuga espuria. Platón certificó la siguiente máxima: “Un hombre que no arriesga nada por sus ideas, o no valen sus ideas, o no vale nada el hombre”. Temo estar de acuerdo con Platón.

El acontecer diario en los variados aspectos gubernativos: económicos, estructurales, ideológicos, etc., indica lo aventurado y jactancioso del aserto presidencial a pesar de “llevar una orientación correcta” según indica esa cantinela monótona e insidiosa. El Ibex bate índices remotos, más allá del recuerdo. La prima de riesgo presenta su cara menos familiar y afectiva. Cada jornada hunde un poco nuestra economía sin que se otee cercano el fondo. Porcentualmente, tenemos un paro rayano al veinticinco. Del déficit prefiero hacer un silencio relajante; sólo así puedo escapar a la inercia fatal de martirizarme con la escalada impositiva. Encima, este escenario se presenta recurrente, pelma, indefinido.

Esperanza Aguirre, en pasadas fechas, dejó caer la eventualidad de que algunas competencias (sanidad, educación y justicia) volvieran a la Administración Central con el fin de ahorrar, a su entender, cuarenta y ocho mil millones de euros. La cantidad puede cuestionarse; lo que escapa a cualquier controversia objetiva son los recursos considerables, vitales, que tal ordenanza aportaría. Nada contrario a lo que pondera la mente colectiva, incluyendo el aumento significativo de las medidas. Un histórico personaje de igual apellido ya despertó la cólera de Dios. Ella, humilde, ha avivado la saña de los políticos, que no de los ciudadanos. Hasta su propio partido manifestó reparos a tal opción: “eso, ni se discute ni se plantea”. Algunos, incluso, desbarraron en opiniones y calificativos.

Sé que debe haber prioridades a la hora de ajustar los objetivos. No obstante, nadie prohíbe la simultaneidad sobre todo cuando los tiempos de ejecución son diversos. Ante ese curso lento para conseguir frutos económicos y laborales, un ejecutivo inteligente (asimismo comprometido) se decantaría por otros débitos menos penosos. Rescindir la Ley Antitabaco de dos mil once y la Ley del Aborto de dos mil diez, son servidumbres incumplidas por el PP. El PSOE, haciendo una oposición anticipada (dando cuerpo a una quimera), ha anunciado que derogará La ley del Aborto, ¿cuál?, así que gobiernen de nuevo. Sintetiza de manera palmaria el programa que asume la oposición; una disección profusa de sus ideas para garantizar el tan socorrido Estado de Bienestar. ¡Pues no aseguran ahora conocer la salida a la crisis! Aparte lenguaraces, son demasiado prematuros.

Hay hechos que, como la manzana de Newton, caen por su propio peso; avalando a través de la ley su veracidad. Uno de ellos abate al individuo cuando descubre el grado de interés que despierta en el político, sin excepción. Para el prócer existe únicamente su codicia; al ciudadano lo considera un obstáculo que le exige la democracia. Una molestia, un engorro. En su defecto pasa a ser un apunte estadístico. A poco que se reflexione, evaluando nuestra experiencia, es difícil encontrar mejor disensión para discriminar al régimen menos malo de otro peor. El relato histórico de la Primera y Segunda Repúblicas contribuye a reforzar la certidumbre.

Otro que admite escasa polémica se refiere al papel actual de los sindicatos; esos órganos burocráticos de poder, subvencionados al igual que los partidos, cuya función básica es velar por la propia pervivencia sin importarles nada más allá de su perímetro vital. Junto a ellos -y formando ese bloque, ayuno de representación, denominado fuerzas sociales- se encuentra la patronal que arrastra parecidas anomalías. Constituyen, así, un lastre (uno más)  para la viabilidad económica del Estado.

Termino el sucinto examen evocando a comunicadores que sustituyen ideas por ideales. Argumentan con mayor habilidad que juicio. Cínicos y sofistas, cuando acometen esa ridícula defensa del desastre  provocado por Zapatero o las comunidades socialistas, se agarran siempre al mismo “clavo ardiendo”: la Comunidad Valenciana. Curiosamente es el paradigma que utilizan sin alternativa, como si hubiera un arbitraje previo. Acreditan tener clara la apelación, no tanto las razones. Lo dijo el conde de Rivarol: “Las ideas son capitales que sólo ganan intereses entre las manos del talento”.

 

 

domingo, 8 de abril de 2012

MENTIRAS GORDAS O EL MURO DE LAS LAMENTACIONES


Le sugiero no establezca, amable lector, relación alguna entre el primer fragmento de la cabecera y esa película cuya trama fue creada por Ángeles González-Sinde, objetada ministra del gobierno Zapatero. Pudieran avenirse (a lo sumo) en el trasfondo vicioso común al filme y al afán fulero de nuestros políticos, cotejado largamente. Tampoco quiera apreciarse en su segunda mitad un relato histórico-profeso que justifique cualquier reseña lesiva o victimista del pueblo judío; antes bien, debiera interpretarse como un símbolo del lamento general a que nos reduce esta situación institucional y financiera.

Los últimos tiempos vienen pletóricos, fecundos, de testimonios que se reparten equitativamente entre el estupor y la irritabilidad. El ciudadano, por desgracia (o suerte), ha elevado hasta extremos inverosímiles su umbral perceptivo. Ya no le asombra el cinismo ni la impostura; se muestra inmune a sus alcances y aguanta impávido toda licencia. Lo que, desde un punto de vista social, se glosa como malévolo, resulta indulgente para una casta política opulenta y elitista. Su carácter artero y endogámico obstaculiza influencias ajenas a ella; disuadiendo, al tiempo, cualquier intromisión u ofensiva al statu quo.

Si dejamos aparte la falacia inmanente del gobierno anterior (el peor valorado de los contiguos y aun alejados), los responsables de la trasferencia gubernamental, allá por diciembre, abrieron la colección de burdas invenciones al ponderarla de “ejemplar”. A renglón seguido, próceres del PP anunciaban una desviación en el déficit de, al menos, dos puntos. Esta circunstancia “motivaba” aquel severo, rectificado y urgente aumento del IRPF. La diferencia de veinticinco mil millones de euros, entre el debe presentado y el real, ofrece balance indiscutible de la “virtuosa pulcritud” pregonada. ¿Escarnio o error? Impugno, asimismo, el aire de asombro perpetrado por un PP histriónico, cuando gobernaba alguna de las autonomías deficitarias por excelencia y desde el verano casi todas. ¿A qué viene tanto pretexto?

El gobierno enhebra reformas por doquier. Sin embargo, sólo contiene sustancia una especie de híbrido, entre Decreto y Proyecto, cuya conformación concluyente ha de esperar. Me refiero a la Reforma Laboral, de incierto tratamiento legislativo. Los Presupuestos Generales y el Informe Económico Financiero se encuentran en fase informativa. Hasta aquí. El presidente (ufano, empero) viene anunciando que él, en tres meses, ha hecho más reformas que los socialistas en siete años. Demasiado genial para sus costumbres. Mariano Rajoy arrastra una política continuista como lo avalan cuatrocientos mil andaluces que el 15 M se abstuvieron. Luis de Guindos ha difundido que las próximas reformas se harán en Sanidad y Educación. Se percibe mucho anuncio y poca presteza. Es verdad que las prisas no son buenas compañeras, pero tampoco las pausas resultan paradigmáticas; al menos en aquellas materias sin obstáculos financieros.

Los socialistas, adalides del camelo, tiemplan gaitas como si llevaran dos legislaturas en la oposición. Se llaman a andana con su jeta habitual y característica. Vean si no unas cuantas declaraciones. “Tras mes y medio, la Reforma Laboral bate un nuevo récord de paro por ineficaz”. Identificar paro y Reforma, en tan breve espacio de tiempo y dicho por ellos, no puede considerarse únicamente arriesgado; es provocativo. Otra perla, ahora de Elena Valenciano: “Las movilizaciones en la calle no ayudan a generar un clima de confianza; tampoco se puede utilizar la crisis como coartada y la mayoría como un cheque en blanco”. A esta señora se le olvidan un par de cuestiones capitales. Quién maneja mi barca, título de aquella canción eurovisiva, y el Pacto del Tinell. Podríamos continuar con sindicalistas, cómicos, comunicadores y una extensa pléyade de fauna silvestre o asilvestrada (nacionalista o no).

Entre tanto, el Ibex da pena, la prima de riesgo pavor y algunos bancos internacionales echan cuentas ya, sin tapujos, del rescate a España. Bruselas corrobora que contener el gasto autonómico es clave y los ciudadanos (en las mismas, a gritos) manifiestan la inviabilidad del Estado Autonómico. Todos parecen estar al cabo de la calle, menos los políticos. Disminuir el Estado, en absoluto; atajar el gasto estéril, ni hablar. Gobiernan ellos y el pueblo, además de ignorante, carece de preparación. Debe asumir, en exclusiva, el costo de sus desvelos, de su sacrificio.

Las alternativas a tanta necedad, capricho o golfería, pasan por pedir dinero (si nos lo dieran) y endeudarnos hasta la extenuación o recortar gasto público y quedarnos esqueléticos. Ambos escenarios tienen un epílogo común: el hundimiento económico y la indigencia social. Estamos en ello por irresponsabilidad, desvergüenza y cobardía.

Queda, al margen, ese muro de las lamentaciones donde algunos millones de compatriotas están ubicados desde hace tiempo y que, a poco, se irá llenando de una gigantesca masa informe, desvertebrada, impotente, acérrima. En las afueras, lejos, se encontrarán (cómodos) financieros y políticos incapaces de entonar el mea culpa penitencial.

domingo, 1 de abril de 2012

HACER UN PAN COMO UNAS TORTAS


Mis paisanos de la Manchuela conquense, poco dados a escrúpulos de monja, hubiesen utilizado otro término para cerrar la comparación. Parece, no obstante, que ambos incorporan un significado semejante. El epígrafe que abre estos renglones suele emplearse siempre que los resultados previstos, en un proyecto u operación, divergen con exceso de lo concebido. “Llevarse un chasco”, dibujaría el mismo escenario de forma más sintética pero escasamente castiza.

Dos son los episodios (próximos, adyacentes) que han turbado la quietud casi exánime con que nos enfrentamos a esta crisis horrible: las elecciones en Andalucía y Asturias y la Huelga General. Uno y otro pusieron de relieve la falta de sintonía entre las mentes, afectas a prebostes políticos y sindicales, que pretenden encauzar una determinada iniciativa y la voluntad caótica de los ciudadanos libres del repugnante lastre impuesto por el dogmatismo acrítico.

El veinticinco de marzo, cerrados los colegios electorales y a pie de urna, hasta las encuestas adversas daban, en Andalucía, ganador al PP con mayoría absoluta. Después, al correr del escrutinio, se imponía una realidad muy diferente. El PP lograba una victoria pírrica, derrota sin paliativos en el trasfondo. La cuarta de un Arenas cuyo rostro dejaba traslucir cierto asomo de estupor e incredulidad. ¿Merecía él tanta reticencia en consumar la codiciada (quizás dispuesta) celebración? Asturias, dando ganador al PSOE, ofrecía un laberinto confuso y complejo; tanto que las últimas noticias vaticinan una probable nueva convocatoria electoral si UPyD se abstuviera de apoyar a bloque alguno. Salvo un gobierno de concentración, punto casi imposible, podrá gestarse uno aquejado de congénito equilibrio inestable.

La Huelga General del veintinueve, junto al fracaso mitigado por los piquetes informativos (paradigma definitivo de eufemismo),  constituyó el exabrupto político de unos sindicatos extemporáneos, indigentes y garantes acaso de su propia lozanía; objetivo único cuya consecución  acaba  dificultada, día a día, por la inercia perniciosa de morder la mano derecha que también le procura alimento vital. Persiguen una estrategia errónea cuando gran parte de la ciudadanía reclama que se acabe con las subvenciones a patronal y sindicatos. Les salva el hecho medular de que esa demanda venga acompañada al tiempo (cual condición sine qua non, con forzosa imbricación) por eliminar asimismo la que afecta a partidos políticos; verdadero brindis al sol.

Los resultados electorales en Andalucía muestran dos evidencias. Por un lado, la izquierda sociológica digiere dogmas y demagogias sin límite. Rechaza, repudia, aquel escenario que ponga en juego su hacienda. Al PSOE andaluz le llevó a perder ochocientos mil votos un treinta por ciento de paro y el presunto saqueo, a pesar del PER; esa tela de araña en cuyas redes se encuentra cautiva la democracia. Sin embargo, la derecha se mueve por principios y coherencia; no transige, en general, frivolidades ni argucias. Tampoco suscribe hipotecas. El incumplimiento hipotético e inmediato de Rajoy respecto a compromisos fiscales, morales e institucionales, alimentaron una abstención que privó al partido de la mayoría absoluta.

En Asturias, el electorado castigó a Álvarez Cascos por prepotente, o poco pedagogo, y al PP por retorcido. Conjeturo un gobierno tripartito con estos dos “clarividentes” y el diputado de UPyD que, a la sazón, debería convertirse en presidente del Principado por ética política. Un error podría pasarle a Rosa Díez una factura demasiado cara en próximas confrontaciones. Le interesa huir del PSOE para recoger sus frutos cuando este se pudra, pronto antes que tarde, en Andalucía; ralentizando su estertor con la agonizante compañía de IU, ambos económicamente anoréxicos a falta de más “deudas históricas”,  bocado recurrente en pasadas épocas de esplendor y gobiernos nacionales socialistas.

De los sindicatos, con poco está dicho todo. La huelga general, aparte una legitimidad en cuarentena, fue una acción preventiva (puesto que no hay aprobada ninguna reforma laboral), política, excesiva, que terminó en Barcelona de manera inicua. Aquí sí que se “hizo un pan como unas hostias”, con perdón.

domingo, 25 de marzo de 2012

INCREÍBLE


Que los políticos (sin excepción) nos tomen por cretinos, ha pasado de ser tímido alarde, incluso abuso grosero, a fervor inmoderado y vejatorio. Cambian, prepotentes, a nutrimento democrático lo que debiera tasarse vulgar licencia. Lo peor no es su instinto sino nuestra permisividad; ese zamparse sapos y culebras bajo los efectos digestivos del dogmatismo, un álcali que evita ardores y otros trastornos de carácter ácido.

Después (a toro pasado, casi sin rescoldo en el recuerdo), coléricos de impotencia, un torrente de ultrajes dialécticos y malevolencias justicieras electrizan sentimientos heridos. Constituye la respuesta airada que el temor, quizás la indolencia (o viceversa), ahoga e impide traspasar los límites de una intimidad ahormada por siglos de vasallaje, asimismo de mística autorrepresión. Sin embargo, ya hace tiempo deberíamos habernos sacudido el yugo para abrazar el estadio de ciudadanos y actuar como tales, con todas las consecuencias.

Aseguro (y los acontecimientos así lo corroboran) que el poder, en sus diferentes manifestaciones, tiende al enroque; a atrincherarse tras un bastión legal abarrotado de privilegios y regalías autoconcedidos, interactivos, para defender su opulencia elitista e inaccesible. ¿Qué hacer ante el búnker que se adivina inexpugnable? La réplica, si bien fácil, se antoja compleja e inviable por mor de esa dispersión que toda masa amorfa exhibe en su seno. Tácticamente, una sociedad lógica huiría de exhortaciones cuyo rumbo y propósitos terminara consolidando el status que les favorece y al que sacrifican sus mayores energías.

Personalmente, apuesto por la abstención e incluso (a título de tanteo) favorecer el ascenso de aquellas minorías que se nos aparezcan más éticas o propugnen principios próximos a nuestro ideario. Reconozco la dificultad que entraña desintoxicar mentes cegadas por impulsos que los eclécticos jamás entenderemos, tanto en su atributo cuanto en sus torpes secuelas. Espero sin demasiada confianza que la muchedumbre despierte cuando, al mezclar empeño y disposición, sepa sacudirse el efecto hipnótico, opiáceo, de retóricas seductoras pero falsas y carentes de sustancia.

Querer es poder, recomienda una sentencia con relevante carga didáctica. Por esto, cualquier ciudadano -usted amable lector-, alcanza a señalar múltiples expresiones dichas (en realidad, para ser exactos, paridas, vomitadas o escupidas) por prebostes de todo pelaje. Podemos adivinar en ellas un extraordinario afán de batir “récords” relativos a su extravagancia. Se observa una competencia atroz por conseguir la majadería más pegadiza, penetrante, que acompaña, bajo el recóndito prurito de atesorar una singularidad imposible (debido al elevado nivel), la aspiración máxima de asentar magistral cátedra al dirigirse a un auditorio cuajado de idiotas. O es así o la idiocia se ubica en su campo. Niego otra alternativa.

Presentemos, a modo de arquetipo, las siguientes genialidades. Rubalcaba, uno de los más insignes, mitineando por Asturias: “Con austeridad y ahorro también se puede gobernar”. Tras ocho años de patrono en un gobierno que ha dejado a España sin aliento, aparte los epítetos que atrae tal bufonada (por utilizar algo fino), la frase conforma un estoconazo a la inteligencia colectiva, junto al cinismo e indignidad que aporta el mensaje. “Las mujeres van a sufrir en España y Andalucía si gana el PP” es la contribución docta de Elena Valenciano. Termino, cómo no, con el futuro profesor Chaves: “La democracia perderá calidad si gana el PP”. ¡Ah!, ¿pero aún le queda algo que perder a la pobrecilla? Tocayo, ¿perder o… “descuidar”?

En todos los sitios cuecen habas, abre un adagio popular. No debemos olvidar, pues, las perlas del PP. Ayer, precisamente, aprobó el gobierno el anteproyecto de una cacareada Ley de Transparencia. Pretende modificar el Código Penal para que los casos graves de “desidia” gubernativa conlleven penas de inhabilitación, sin anunciar reintegro alguno. ¿Puede creerse la intención de moralizar la gestión administrativa cuando hace unos días el gobierno indultó a dos condenados por malversación de caudales públicos? ¿Realidad o cachondeo?

Increíble; sí, me parece increíble que, encima, santones de la comunicación aireen, sin hacer salvedades, la concepción de que partidos y sindicatos son instituciones fundamentales en una democracia. Al tiempo, tácitamente, cuelgan etiqueta de facha, fascista, etc. a quien muestre reticencias a tal verdad revelada. Yo digo que estos partidos herméticos y estos sindicatos burocratizados (sujetos ambos a los presupuestos generales), atentan contra la verdadera democracia. Sin embargo, me preocupa (porque juzgo más increíble) que la ciudadanía no mande a unos, otros y los demás (y que tan encendido clamaba Fernán Gómez) donde los límites escatológicos me impiden precisar.

 

domingo, 18 de marzo de 2012

EL TÍO DEL SACO


Todos, en mayor o menor medida, sentimos el efecto efímero pero vivo de reminiscencias a caballo entre la pesadilla y el recuerdo amable. Allá por los tiernos años de infancia era frecuente sufrir (incluso dando oídos) esa amenazante advertencia: “que viene el tío del saco”.

El protagonismo en aquellos tiempos de oprobio y penuria tenía una generalizada, prosaica, etiqueta de vulgaridad A veces, raramente, condicionados por la cultura (quizás por la exquisitez), se sustituía “tío” por “hombre” a fin de mitigar la inquietud que aparejaba tal expresión.

Pretendían amainar caprichos inmoderados o rebeldías lógicas que nuestros mayores ahogaban, inmisericordes, metiéndonos el miedo en el cuerpo. Era un miedo sin rostro, difuso, inconcreto, huérfano; propio y adecuado sólo para infantes. Se potenciaba con malicia dando aclaraciones complementarias sobre ese saco cuyo portador conjeturábamos gigantón barbudo y malcarado. A poco, la frase turbadora produciría únicamente hilaridad.

Hoy, bajo ternos diferentes, abunda el personaje. Exhibe una gran diversidad de máscaras, siempre con voluntad intimidatoria. Persiguen (al igual que nuestros mayores) frenar a quien -esgrimiendo una inusual ética política- sirven al ciudadano, rechazan el status perfilado y osan poner en peligro espurias ventajas, ambiciones e intereses. Adoptan formas bienhechoras pero no pueden evitar ese tufo añejo, sensible, delator. Son auténticos tíos del saco; es decir, la nada anhelante, unos asusta niños ridículos. Como se descuiden, esos impúberes (el PP y en su nombre los ciudadanos), aparte de tomarlos a chirigota, van a devastarlos. La ocasión aparece inadecuada para tragarse fabulaciones o ensayos. Ciertas tácticas, antaño fructíferas, pueden convertirse ahora en demenciales. ¡Cuidado!

Las dos postreras confrontaciones electorales llevaron al paro a un PSOE malacostumbrado a otras sensaciones. Pasar de la moqueta a la zapatilla enturbia mentes, modos y prácticas. Más cuando la política llega a ser, por inepcia, el señero, pingüe y mezquino medio de vida. Esta situación indigente les lleva (junto a socios, cómplices y otros parásitos) a recrear el actual e hilarante, aun irrisorio, tío del saco.

Cualquier ocasión atrae su venteo. Ocurrió en las manifestaciones “estudiantiles” de Valencia donde un holgado, a la par que desagradable, representante (megáfono en mano) fanfarroneó con llevarlas a sangre y fuego, electrizando a una masa variopinta; asimismo pintoresca. Fue el pistoletazo de salida.

El pasado día once, enlutado por la monstruosa saña terrorista, los sindicatos (sosias del partido o viceversa) sacaron quinientos mil manifestantes a la calle. El País, diario nada sospechoso de subversivo, calculó exactamente cincuenta y un mil. La guardia urbana, treinta mil. Las cifras ajenas permiten garantizar que asistiera algún trabajador, así como la “fuchina” de incontables liberados. Tal apunte descubre una situación sindical calamitosa.

A pesar de ello, en un estertor agónico, Ignacio Fernández Toxo resucitó, paradójicamente, al tío del saco retador, con infinitas ínfulas, y no menos ansias de amilanar al presidente. “Si Rajoy no rectifica el conflicto seguirá”, dijo cual apocalíptico Thor fragoso y vengativo.

Más calmo (y más falaz), menos bravucón, ajustándose a un papel huérfano de estímulos pueriles, Méndez, en sus trece, anunció: “Esta es la primera huelga general hasta que cambien, hasta que nos devuelvan los derechos”. Remachó con: “Los sindicatos son el dedo democrático y constitucional que señala los gravísimos problemas que suponen estas medidas”. Desde mi punto de vista, aparecen dos lagunas en los respectivos mensajes.

La primera deja fluir una ambigüedad, probablemente calculada, al no afinar con exactitud a qué derechos se refiere; pues puede hacerlo al de los trabajadores, y entonces sobra el determinante “nuestros”, o a los del staff sindical, hipótesis razonable a tenor de la redacción. Agrede mi ánimo, por otro lado, que se autoproclamen adalides de la democracia y de la Carta Magna, situándose en un plano de superioridad respecto a la soberanía popular.

Como vemos, amable lector, algunos siguen ofuscándose en tiempos remotos, prefieren el enfrentamiento antes que tramitar soluciones (probablemente no las tengan), anclados sin duda en sus propios fantasmas que se mueven entre lo tiránico y lo grotesco. Tan particular aspecto mereciera encarnar con fidelidad al tío del saco.

 

sábado, 10 de marzo de 2012

TRES ERRORES Y MEDIO


 

“Errar es humano, pero exclusivamente los idiotas perseveran en el error” es una expresión ancestral referida por un sabio romano alejado, según parece, de la realidad cotidiana. O mucho me equivoco o el autor cuantifica minoritario ese grupo donde la imbecilidad deja de ser sólo concepto. En aquellos tiempos (un siglo antes de la Era Cristiana) probablemente la sociedad libre, patricios y plebeyos, fuera erudita o el mentado sabio tuviera un carácter visceral, enemigo del equilibrio, de la seducción. Hoy, aquí, la frase se constreñiría en: “errar es de idiotas”, equiparando humano e idiota. ¿No es excesivo, arriesgado e injusto tal alegato? Sí, pero únicamente en parte. Veamos.

Acepto que mi tesis pueda calificarse de sorprendente e incluso estrambótica o grotesca. En esta tierra del ¡ay! permanente, existen hombres y una especie monstruosa, incalificable, de filos animal, netamente metahumana: los políticos. Aquellos (entre los que me encuentro) no consuman ligerezas; mantienen el yerro como médula sutil de su sombría existencia. Una vez y otra. Las encuestas sobre intención de voto en las próximas elecciones andaluzas, constituyen un argumento inapelable.

¿Y los políticos? Ellos apenas perpetran algún error. La esencia del gazapo es sufrir las propias consecuencias; si no hay lamento no se cae en dislate. Las acciones políticas traen aparejadas, con frecuencia, lamentables repercusiones que casi siempre afronta el individuo (mal llamado ciudadano). Esta circunstancia, en puridad, hace al prohombre por tanto inmune a la pifia. Queda, pues, claro su perfil protohumano, excepcionalmente humanoide.

El primer gran error, dentro de una selecta colección, fue compartido por Cascos y el PP, al tomar uno la decisión (y otro a forzarla) de adelantar las elecciones en el Principado asturiano tras breve gobernanza del FAC. Cuando la crisis agota al pueblo de forma angustiosa, cuando los partidos se enzarzan en pequeñas disputas donde tantos juramentos de servicio se dejan vencer por una estrategia ciega, el contribuyente constata que es, a buen seguro, factor olvidado en la confrontación.

Tales observaciones, le empujan a reaccionar a la desesperada ocasionando sorpresas que escapan al más fino analista. La ceguera del PP, quizás obstruccionismo temeroso, y el irrefrenable imperio de Cascos ha hecho engordar las perspectivas de un PSOE inmóvil, a la espera paciente y silenciosa. Muy probablemente don Francisco pierda toda esperanza de repetir presidencia que no iría, asimismo, a colocarse en manos del PP. Aquí acción y trascendencia afectan a sus protagonistas en ese acontecer del auténtico yerro, como advierte la máxima de Concepción Arenal: “El error es un arma que acaba siempre por dispararse contra quien la emplea”.

Estimamos segundo traspié, en orden cronológico, la insólita sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña. Enmendar la plana al Supremo (incluso al Constitucional), respecto a la Ley de Inmersión Lingüística aprobada ilegítimamente por el Parlamento catalán, va a traer secuelas más que inquietantes. Este dictamen quiebra la jerarquía jurídica y enfanga el Estado de Derecho al coger un atajo para adulterar el curso de la Ley, amén de la justicia; verdadera y malsana perversidad jurisdiccional.

A veces, empero, tan nefasto como la arbitrariedad es sentar un precedente disgregador. El nacionalismo separatista aporta pocos argumentos en que asentar sus disparatadas reivindicaciones. ¿Qué pretende el Tribunal con tan temeraria inferencia? Alguien aseguró: “La verdad es el alma de los honestos; la mentira, la de los cobardes; la traición, la de los miserables”.

El tercer y definitivo desliz se encuentra en el campo político-sindical, valga la redundancia. Sí, los sindicatos (estos sindicatos) son meros apéndices políticos, tanto en su estructura burocratizada cuanto en su gerencia equívoca. La huelga general convocada para el próximo día veintinueve, tiene de reivindicación laboral lo que un batracio de hermosura. La Reforma les afecta únicamente en una notoria pérdida de influencia al liquidar su omnímoda presencia de los conciertos laborales.

A costa del precioso jornal de quien la secunde (sin ser liberado), los sindicatos defienden un imperio financiero-coercitivo que empieza y acaba en ellos. ¿Por qué opusieron una tímida huelga de plazos a un gobierno experto en paro? ¿Qué empeños dicen proteger? “Quien no quiere pensar es un fanático; quien no puede pensar es un imbécil; quien no ose pensar es un cobarde”, sentenciaba el clásico. Aplique cada cual esa lección.

Termino con ese medio error de Rajoy cuando, a pesar de dimes y diretes antaño, apoyó los presupuestos de CiU en el Parlamento catalán. Además de “valen más pocas acciones que muchas razones”, podemos añadir sin temor “dime con quién andas y te diré quién eres”. Es la prueba concluyente de que una mayoría con un encargo tácito se tira por la borda a las primeras de cambio. Espero que  el pueblo español tome nota de tanta licencia.