martes, 12 de abril de 2011

NOCHES DE PALMATORIA


 

 

Permítaseme que, a modo de prólogo, precise algunos conceptos cuyo entendimiento pudiera resultar dudoso, bien por desuso bien por oponer un matiz resbaladizo. Palmatoria es un candelero bajo, en forma de platillo con mango y pie. Usufructuario y usuario tienen una frontera asentada sobre derivaciones ociosas. Disfrute y placer dirigen su actividad, también su esencia, al primero.

Ubicado en ese balcón espectacular (con sabor a sal y horizonte de velas) que se abre al mar, conformando una arquitectura característica bajo la indicación Distrito Marítimo de Valencia, vago cada día por el Paseo donde, individuos diferentes en edad y desocupación, solazamos fatigas, interrogantes e impotencias. Los mayores caminamos; mientras otros, más jóvenes, se apresuran convencidos quizás de alcanzar el futuro, ese que se les escabulle a la misma velocidad, como si encarnase una pesadilla.

En pasados tiempos de fortuna hasta escasas fechas, farolas y focos rendían la noche, rasgaban la oscuridad, vistiendo de luz cerámica y arena (en ocasiones). Con frecuencia, incluso, bien entrada la mañana se batían, en desigual duelo de honor, con el astro rey. Hoy, bañados de  crepúsculo, próximas las sombras, a las nueve en punto, todo queda a oscuras excepto el carril bus y la carretera. A partir de esa hora los usuarios vislumbran, "cegatean". Se ha pasado del derroche estéril a la indigencia vergonzante sin solución de continuidad. ¡Qué difícil es usufructuar el Paseo! Bicicletas, perros, patines, etc. turban la solana; una procesión de obstáculos abruma el relajo, el deleite. Más tarde la penumbra abre su caja de misterio que, a estas alturas, sólo trae zozobra. ¿Alguien puede obtener así placer?

El apagón se limita al recorrido, desde la acequia de Vera a la entrada litoral del complejo portuario. No se aprecia en el área, casi desierta a semejante hora, comprendida entre el canal interior y la escollera. Deduzco que la norma tiene por objeto ahorrar unos euros al Ayuntamiento. Exaspera, no obstante, que se haga a costa del ciudadano, de su renuncia. Si excluimos el dato -no sé si completo- de la mengua salarial, las disposiciones propuestas para sanear el tesoro público las sufre únicamente el alegórico ciudadano de a pie (nunca mejor dicho). Evito resumir una alternativa adversa ya que, aun conociéndose, resultaría inútil. ¿Supondría grave quebranto al político compensar el gasto afrontando dispendios, por ejemplo?

El hombre público, sin importar adscripción, exhibe altas dosis de codicia; no en balde debe creerse erróneamente el ombligo de la sociedad, fundamento de la convivencia democrática. Me afligiría que esta estimación fuera injusta. Se me escapa la posibilidad de que el concurrido Paseo Marítimo, en estas condiciones, sea escenario ideal, meditado; perseguido por próceres y asesores para rescatar una atmósfera romántica (cada vez más escasa) las próximas veladas de canícula.

Todos los años, los valencianos (en general) y los naturales del distrito (en particular) serpenteamos el Paseo hasta altas horas de las bochornosas madrugadas. Este verano, si doña Rita no lo remedia, cada familia, pareja o grupo (aceptando un mal menor) deberá llevar su vela en la palmatoria correspondiente. Espero de los distintos chiringuitos que jalonan el trayecto, abandonen cualquier tentación eléctrica, hagan causa común y adornen sendas áreas de dominio con estéticos candelabros, en perfecta sintonía.

No persigo alumbrar sutilezas en época electoral, pero evitaríamos la hipérbole, asimismo, si con humildad en el cardinal propusiéramos, ante el hecho consumado, un documento gráfico anexo al siguiente titular: Valencia a dos velas.

viernes, 8 de abril de 2011

IL TROVATORE... MATUTINO


Yo, un tipo de pueblo por nacimiento y crianza, prefiero llamar las cosas por su nombre, evitando atemperar el mensaje o atributo con expresiones que, tras rechazar la falsedad hipócrita, ahondan el ancestral sentimiento trágico de la vida. Para catalogar a alguien poco dado al escrúpulo, a la servidumbre, siempre utilicé un vocablo popular, castizo: cantamañanas. Hoy, atenuado por los años o el entorno -quizás inducido por la frescura jovial, socarrona, de mis hijos- utilizo con moderación la estructura italianizante que abre estos renglones.

Mi paisano de autonomía José Bono, en ese -ya inevitable, congénito- tono distintivo, mitad monacal, mitad aguerrido, se dejó oír semejante frase que no tiene despojo: "A Zapatero le interesa más España que el PSOE". Sospecho la vena ladina del político en cuestión (asimismo cuestionado); no excluyo camuflara el aguijón cáustico bajo su gesto enigmático, amistoso. La herida letal proviene de quien levanta el brazo ofreciendo ese ramo que oculta la daga. Bono aporta escaso crédito entre sus pares; no en balde es un superviviente. Por oposición debe ser sólido, fidedigno, allende la lucha partidaria.

 
Ignoro qué soporte induce al presidente del Parlamento a tan arriesgado y tajante aserto. Pudiera ser materia de fe la razón (irracional) que le impulsa a proclamar con entusiasmo, sin cotejar, apreciación tan encontrada. No consigo avistar al escurridizo prócer nadando contracorriente. Constituye, por tanto, un misterio este afán generoso de loar a un cadáver, salvo que mi paisano -incauto y chamuscado en anterior ocasión- recele que el difunto es un vivo. En política me sorprendería encontrar "un monje del tiempo" que pronosticara la meteorología de modo tan fiable, tan certero. Blanco (nuevamente cada vez más Pepiño) le acompaña, por diferentes cuestiones, en el dúo que se aleja -lo aparenta al menos- de incipientes grupos muñidores. ¿Será Zapatero, al ocaso, un pirómano bombero? ¿Un patriota en segunda instancia?

Reconozco que al señor Rodríguez le puede interesar más España que el PSOE. Sin embargo, hasta ahora, ha demostrado con persistencia no convenirle, por encima de él, ni la una ni el otro. Al momento -perdida toda esperanza de seguir rigiendo los destinos del país- es posible, aunque extravagante, un cambio de rumbo sustancial. Antes, su impulso se orientaba a satisfacer la ambición desmedida de que hacía gala. Perdido el horizonte personal, don José Luis -libre de apremios perniciosos- podría recuperar (a imagen del famoso Caballero Andante) la razón, el equilibrio, la sensatez. Imagino, si así ocurriera, una metamorfosis inesperada, errática.

Sé que la Ciencia Ficción concentra en el adjetivo su carga real; es decir, tiene como único alegato la imaginación pródiga de los autores. Quisiera evitar cualquier paralelismo con esta variante literaria al articular mi tesis. Si tenemos en cuenta a San Mateo y a su recomendación, "por sus obras los conoceréis", queda poco margen para la esperanza. Uno y otro, Zapatero y Bono, tienen un pasado gubernativo lamentable, desastroso. No obstante -hecha tal salvedad- vemos al mayor vicioso protagonizar proezas insólitas. Zapatero sabe que Bono es un populista ineficaz, pero posee excelentes cualidades para el acuerdo. España necesita urgentemente no un gobierno (el que sea); precisa un pacto de Estado entre PP y PSOE. Ningún Ejecutivo, ni con mayoría absoluta, tendría capacidad para elaborar leyes tan complejas como vitales. Por ello, tanto en el gobierno cuanto en la oposición, el país requiere un Secretario General del PSOE alejado de sectarismos, capaz de integrar diferentes alientos sociales. Lo contrario significaría el golpe definitivo para España y para los políticos que gestionan su viabilidad. La Segunda República ofrece una lección magistral, que nadie debe olvidar.

Bono no es santo de mi fervor, pero -en la oposición- puede encarnar la postrera oportunidad antes de sobrevenir el caos. Inverosímil otra alternativa. ¿Se le habrá encendido por fin la bombilla a Zapatero y, en las últimas, fenece patriota? ¿Acaso será Bono un trovatore matutino? Dejemos que Cronos responda.

 

domingo, 3 de abril de 2011

UN PRESIDENTE NEFASTO


Ayer, en el Comité Federal del PSOE, Zapatero anunció que no sería candidato en las Generales de dos mil doce. Por vez primera expresó la convicción personal para sintetizar tal decisión. Demasiado tarde. La realidad, empero, es muy diferente. Un escenario económico delirante y sin visos de arreglo mediato, asimismo desacreditado nacional e internacionalmente (lastre fatal, contaminador), predispuso a los barones regionales a la exigencia del pronunciamiento definitivo; es decir, lo echaron. Constituye un motín en toda regla. Entraña el último esfuerzo para salvar algún enclave municipal o autonómico. Menos tranquilizador resulta su denuedo por aguantar -al frente del gobierno- hasta agotar la legislatura y, según palabras textuales, completar las decisiones que acaben con la crisis (cínico compulsivo o bromista genial). Le exhorto a convocar elecciones anticipadas o, a lo sumo, proceda como un presidente prejubilado y no haga nada. Sería el primer servicio al país y justificante precioso de su indemnización futura.

Se va Zapatero, sí. Queda, sin embargo, la ristra de indocumentados (o menos) corresponsables, cómplices, del desbarajuste. Durante siete largos años, nadie se atrevió a cuestionarlo, a la crítica discordante, disidente. Nadie, salvo algunos de la vieja guardia arrinconados indignamente, queda impoluto -sin contaminar por el siniestro virus del zapaterismo- para conducir al partido por otros derroteros; aquellos que, superando demagogias y falsos eslóganes, puedan contribuir a realizar una política en beneficio de todos los ciudadanos. Se deben desterrar tics decimonónicos, usos republicanos, tácticas totalitarias. Urge interpretar el momento.  PP y PSOE precisan una dirección de consenso para (como mínimo) cambiar la Ley Electoral, acordar una Ley de Educación racional, organizar la Universidad, prestigiar y liberalizar la Justicia y reconducir el Estado de las Autonomías.

El presidente más autócrata de la transición abandona (forzado) el poder, derrochando ínfulas democráticas al anunciar primarias para elegir sucesor en lugar del "dedazo como otros". Los medios empiezan a hacer cábalas e incluso a arrimar el ascua a su sardina (en adelante, el señor Rodríguez va a comprobar el frío que se siente cuando sea -de hecho ya lo es- un cadáver al sol). Barajan, olvidadizos, los nombres de Rubalcaba, Chacón, Bono o, en el colmo del desvarío, Blanco. Pero, señores, a qué jugamos. Cualquiera de ellos haría bueno al mismísimo Zapatero. No podemos olvidarnos de Maquiavelo, resucitado en el siglo XXI, junto al GAL, el 13 M o el Faisán. Qué ilustres meninges pretenden encaramar a la presidencia del Gabinete a una antiespañola confesa. Recuerden la operación Roca, prócer no nacionalista, en épocas donde aún no se había enconado (por políticos irresponsables) el enfrentamiento entre catalanes y resto de españoles. Podemos sufrir un presidente inútil (a las pruebas me remito), pero no cabe en la jobniana idiosincrasia hispana una presidenta antiespañola; nos pasaríamos de la raya. Yo soy de Cuenca; por tanto, a Bono quien no lo conozca, lo compre. Al señor Blanco (antes Pepiño) pobrecillo, sus paisanos no lo quieren ni de alcalde y los gallegos "tienen mucho mundo".

¿Entonces? Utilizando una expresión rompedora: no me "mola" ninguno del abanico conocido. Desde mi punto de vista, el sucesor ha de presentar, como credenciales idóneas, una buena formación académica; pero prioritariamente espíritu conciliador, alejado de dogmatismos y nada sectario. Desde luego ninguno que haya abrevado el elixir prodigioso, planetario, ni se hubiera ubicado próximo al pesebre contiguo. Desconozco la fauna política en sus diversas especies; espero, no obstante, se encuentre algún individuo capaz de concentrar cualidades apropiadas en una y otra reserva.

El acontecer histórico no admite optimismos. España viene sufriendo el azote injustificado de gobernantes tan pésimos que rebasan con creces la marca lógica, en razón de los merecimientos atribuidos al pueblo que los sustenta. La encuesta del CIS revela que el tercer problema con que se enfrenta la sociedad son los políticos. Para mi es el primero y casi único.

Zapatero va a ser -sin duda y con diferencia- el peor gobernante de España, en siglos; asistido por el mutismo encubridor, cobarde y necesario de oportunistas, cuando no el aplauso descarado de medios agradecidos. Ha hecho de la necesidad virtud; deja un país devastado, no sólo económicamente, y en la UCI a su propio partido. Resultaba impensable pudiera realizarse labor destructora tan perfecta. Lo peor es que dice adiós impunemente. ¡Maldito!

 

 

martes, 29 de marzo de 2011

EL TSUNAMI SE LLEVÓ A ZAPATERO


Los pueblos mediterráneos, a caballo entre el fatalismo y la renuncia, acuñan pensamientos en los que este impulso -labrado a golpe de siglos- deja su impronta provechosa. "No hay mal que por bien no venga" es un proverbio paradigmático cuya traducción expresa la dicotomía contradictoria que aflige al individuo en su afán de pervivencia. Lares y penates, espíritus ancestrales, impiden al mal (a menudo materializado en cuerpo humano) hollar nuestros hogares, preservando así estancias y haciendas. Bien por esta intersección, bien a expensas del escarmiento popular que engrana infortunios y venturas bajo la supervisión de ininteligibles leyes físicas e incluso psíquicas, el terrible seísmo -sus imponentes consecuencias- sufrido por Japón ha salvado a España.

Imagino al amable lector perplejo, confuso; adornado simbólicamente con ese bocadillo inquisidor que el dibujante desorbita en el tebeo. Desmenuzaré despacio mis conclusiones recopiladas tras intensas horas de reflexión y análisis. Zapatero presenta una biografía pública muy clarificadora. Maximino Barte, su mentor político al que arrebató la secretaría general del PSOE leonés en mil novecientos ochenta y nueve  (con traición incluida), debe conservar frescas las "bondades" de tan ilustre y probo discípulo ideológico. De lealtad laxa, sin tribulaciones que le aten a personas o cosas, roído por una ambición desbordante, el silente diputado va escalando posiciones al tiempo que esgrime proyectos pomposos (puras fabulaciones oníricas) y un "talante" antagónico; así definido por la metafísica moderna para quien se deja llevar por la ilusión.

El señor Rodríguez inicia su periplo político joven, insípido, sin apenas experiencia laboral. Escaso de bagaje, exprime al máximo el indudable hechizo personal y la habilidad camaleónica que le caracteriza. Consumado táctico, espera el momento preciso para ir eliminando antagonistas. Despótico con modales tibios, pactistas, considera lastre a quien no le sirve, sembrando el camino de cadáveres al sol. Aguerrido pacifista, vehemente vendedor de quimeras, diestro (siniestro) retórico sin mensaje, seduce al más suspicaz y prevenido. Es el Louis de Rougemont (gran farsante) español. Yo, escéptico impenitente, me confieso engañado, asimismo, por quien la doblez forma parte medular de su código existencial.

Con estos mimbres, nuestro presidente lleva siete años desmantelando el PSOE, arrastrándolo a la hecatombe. Todavía peor, se empeña en fracturar a España y arruinar a los españoles. Una sociedad enfrentada, un país andrajoso, cinco millones de parados, financieramente faltos y sin protagonismo internacional, sería un escenario suficiente (necesario) para mandar a las tinieblas al inútil que nos gobierna; un mago infausto, un mercader del humo. Así sucedería en cualquier Estado democrático; pero España sigue siendo diferente.

 
Zapatero sólo muestra adhesión a las encuestas. Son, en términos musicales, su metrónomo; quien marca los ritmos, el que ajusta los tiempos. Conoce como nadie apetitos y flaquezas, sabe qué y cuándo hablar u orquestar un mutis sigiloso. Exhibe una estrategia diabólica, pues se deja enterrar antes que correligionarios y rivales certifiquen su obituario. Ladino, contribuye a levantar falsas expectativas para descubrir las cartas desleales. Tres factores oportunamente manipulados le harían conseguir una tercera legislatura: un amago de crecimiento económico, el abandono de la violencia por parte de ETA y -para terminar- una oposición roma; acaso la clave decisiva.

Efectivamente, el recambio era él mismo. Ni Rubalcaba (¿dónde llegaríamos?) ni Chacón (conversa sin fianza). Los otros, el banquillo, se encuentran a buen recaudo, en dique seco. Para su desgracia, ese imponderable trágico del terremoto arrebató toda posibilidad de ejecutar la maniobra que, con gran estrategia, tenía meditada. El tsunami posterior, entre millares de víctimas, ahogaba los planes de Zapatero. Ya no puede ofrecer, tras asolar la economía globalizada y abrir el debate nuclear, ningún brote para el citerior año electoral y su derrota se otea segura. La sociedad, hambrienta, esquilmada, harta, no suscribe más patrañas. Una carnicería humana le dio el poder y un cataclismo natural se lo va a arrebatar.

Érebo, dios mediterráneo de la oscuridad y la sombra, parece ser (según todos los efluvios) norte y guía de su calamitosa actividad pública.

 

 

miércoles, 23 de marzo de 2011

IRAK VERSUS LIBIA


Teóricamente la ONU está integrada por ciento noventa y dos países. Se define como un gobierno global que facilita la cooperación internacional. En periodos de calma, esta Institución acomete sin ataduras los propósitos previstos a la usanza democrática. El inconveniente surge cuando dos territorios se enfrentan o son violados, por algún sátrapa sanguinario, derechos humanos básicos. Entonces interviene un órgano especial: el Consejo de Seguridad. Constituye la columna vertebral de la paz y la seguridad entre los países porque capacita para utilizar medios militares; es decir, concede licencia para iniciar una guerra "legal". Adolece, sin embargo, de un defecto congénito: sus resoluciones no son democráticas y, por tanto, lucen una inconsistencia tácita. Lo forman quince miembros, de los cuales China, EEUU, Francia, Gran Bretaña y Rusia son permanentes y poseen derecho a veto; o sea, ostentan la facultad de invalidar cualquier resolución, fundiendo interés nacional y refrendo con idéntico ropaje.

Los derechos humanos encubren la excusa idónea para que las grandes potencias actúen si lo exigieran indiscutibles réditos económicos. Caso contrario, a nadie afligen; terminan por ser noticia incómoda de telediario, papel mojado. El control y usufructo del petróleo supone la única motivación de peso para amparar las libertades ciudadanas en los países del Próximo Oriente. La industria occidental se asienta en los hidrocarburos (ídolos con pie de barro). Cuando aquellos lugares, encharcados de oro negro, navegan por aguas procelosas; cuando la zona siente el estallido social, político y militar; Europa, sobremanera, trastabilla penosa; abre sus fauces ardientes y cobija (entre graves desavenencias) ansias de ocupación o dominio.

¿Por qué no intervenir hace años, al coronar el crudo los ciento cincuenta dólares barril? Presumo dos razones a bote pronto. Nadie, entonces, espoleaba las exigencias de libertad y democracia; ningún régimen dictador, oneroso, veía en peligro su supervivencia y no se vislumbraba un escenario represivo que alumbrara dudas sobre la implicación occidental en salvaguardar los derechos del hombre, auspiciados por la revolución burguesa. Cometiera yo un yerro terrible si no identificara segunda razón y crisis financiera. Justamente, EEUU y Europa (aliados inseparables) sufren un trance inusual, incluso explosivo. Parece que algunos Estados empiezan a superarse, a dar muestras incipientes de lenta recuperación, pagando un tributo agudo las respectivas comunidades. El alza continua del crudo ponía en evidente riesgo la posibilidad de mejora, con peligro eventual de retroceso. Los líderes previnieron, suponiéndoles alguna inquietud por el bienestar ciudadano, además (o en primera instancia) su reelección.

Una serie de planteamientos y cuitas llevó a las grandes potencias a forzar la resolución 1973, promovida por Francia, Gran Bretaña y Líbano (de comparsa). Fue aprobada por diez votos a favor y cinco abstenciones. Muestra el título jurídico de legal porque ningún miembro con derecho a veto se opuso a ella, contrariamente a lo ocurrido en mil novecientos noventa y uno y dos mil tres. Oculta intenciones oscuras salvando ese propósito plausible de "proteger a los civiles y a las áreas pobladas bajo amenazas de ataques". Quedó excluida la intervención terrestre. Desde una conciencia limpia, resulta patético solapar legalidad e interés.

España, amante de la paz, se transforma misteriosamente en belicista inducido con ejecutivos socialistas, que no de izquierdas. Alcanzó el récord de manifestantes contra la guerra de Irak. Propaganda, incultura e irreflexión se conjugaron (quizás conjuraron) para descabalgar a un gobierno esperanzador, como constata la mayoría absoluta otorgada por los ciudadanos, con el concurso ¿fortuito? del atentado más sangriento vivido en Europa. Una hábil táctica, plena de vicios éticos y estéticos, consiguió generar una mente social ajena a la guerra que nunca emprendimos. Hoy, desoyendo otra vez a la mayoría, el Parlamento aprueba -casi por unanimidad- nuestra participación en la guerra, tal cual. ¡Vaya fruto obtenido con ese abono sin sustancia, hecho de la nada!

El gobierno, desarbolado por IU (la izquierda exacta), al abrigo de medios cómplices e "intelectuales del mal menor" pone un énfasis burdo en propagar las diferencias abismales entre la guerra de Irak –ilícita- y la "intervención humanitaria" -asimismo bendita- en Libia. La legitimidad de una, y no de otras, es arbitraria; viene impuesta por los intereses de esos países con derecho a veto.    

Hablar ahora de interposición legal con aviones y barcos de guerra, aparte traslucir cierta actitud mordaz, es una falacia vil que ofende a cualquier pueblo crítico.

 

 

martes, 15 de marzo de 2011

TIEMPOS MILAGROSOS


Convencido escéptico, la duda preside cualquier enfoque, propuesta y análisis realizados a lo largo de mi vida. Me encuentro inmerso en ese estadio que la  norma, para soslayar susceptibilidades, denomina tercera edad; como si el adjetivo mayor -incluso viejo- supusiese descubrir un repelente tapujo, quizás confesión forzosamente inevitable. No descarto que una minoría frívola establezca, a la sombra de tan falaz e inexacta frase (eufemismo superfluo), algún plan donde el optimismo alimenta sueños que terminan abriendo paso a las pesadillas y con ellas a la frustración. Este doble atributo, escéptico y vivido, me brinda una prerrogativa muy útil cuando disecciono la realidad sin coraza.

El carácter receloso (insisto) que identifica mi estilo, logra separar filfa -escandalosamente abundante- y sustancia (escasa, casi imperceptible). No piense el atento lector que dicho quehacer resulta fácil. Ni mucho menos. En ocasiones, el manipulador ofrece una verdadera filigrana. Solapa realidad e invención con pericia tan sublime que sólo un examen prolijo, riguroso, faculta -no sin riesgos- discriminar ambas. Desde hace años sufrimos asiduas embestidas procedentes de acreditados diestros en el arte del birlibirloque, aunque ignaros e iletrados. Es innegable que el resurgimiento de esta exótica fauna se debe exclusivamente a un entorno oportuno. La especie humana con quien cohabita manifiesta espléndidas dotes de indulgencia, candor y desidia.

Nadie negará que vivimos de milagro; es decir, de prestado. Llamamos milagro, además del hecho enigmático, a aquel suceso raro, extraordinario y pasmoso. Cuando le damos un tono exclamativo, señalamos la maravilla que suscita algo. Llegados a estos tiempos de disloque, nos han impuesto (hemos aceptado impotentes) como patrón el frenesí, la reserva, el esperpento. Nada causa estupor, no existe ningún acontecimiento inaudito; la mayor depravación salva el límite -bastante laxo- que exige el relativismo reinante. Espanto, fantasía y escrúpulo pierden a poco la riqueza semántica de antaño. Constituyen, junto a otros vocablos en desuso, un grupo con valor simbólico, una antigualla obsoleta. Pocas noticias nos alertan aunque el estímulo aparezca extraordinario. El umbral perceptivo alcanza cotas de nulidad monumentales.

Algunos, sin embargo, intentamos mantener intactos principios y sensibilidades. Los cánticos de sirena no nos atraen, tampoco aquellas doctrinas que favorecen lo uniforme. Un espíritu rebelde, quizás ansias de libertad, impide el sometimiento a la corrección social; ese objetivo opiáceo que el gobierno (los gobiernos) persiguen con saña saltándose leyes y derechos, burlando impulsos democráticos; estos que, curiosamente, ellos aseguran amparar. Sin duda consiguieron pervertir la mente colectiva.

Durante años encaucé mis lucubraciones al intento (fallido, lo reconozco) de razonar los lances ocurridos en España durante la Transición. Escapa a mi capacidad comprensiva que Andalucía, Extremadura y Castilla la Mancha, verbigracia, no hayan desarrollado su naturaleza democrática al truncar una alternancia política. Me descoloca el caso repetido de priorizar las palabras a los hechos. Excluyo argumentos concluyentes que corroboren, sin asomo de dudas, la independencia judicial. Alcanzo un alto grado de perplejidad con las respuestas que dan políticos, judicatura y colectividad a la rapiña -un caso de tantos- efectuada (al parecer) por altos responsables de la Junta Andaluza.

Lo expuesto, a fuer de sincero, ocupa una insignificancia en la cuota de incredulidad. Los esfuerzos para encontrar el acople entre lógica y acontecimiento alcanzan el clímax crítico al analizar qué razones poderosas proporcionaron a Zapatero la presidencia del gobierno. Al igual que los antiguos hebreos, mi mente infecunda encuentra una sola exclamación: milagro, milagro.

 

 

miércoles, 9 de marzo de 2011

ALCALDE DEFINITORIO O CRIATURAS DE DIOS


El personaje público, máxime quien acusa ciertos niveles de barbarie, suple determinadas carencias explotando aquellas facultades en que demuestra una destreza óptima. Pretende, de este modo, conseguir nota -no siempre meritoria- ante cualquier valoración o examen. Surgen así, en la pradera política, ejemplares orlados siempre con opaca venda; mientras otros, de catadura similar, les hacen cucamonas. Goya, sin proyectarlo, se adelantó al presagiar la ejecutoria de nuestro país cuando dibujó con insólito acierto "La gallina ciega"; lienzo premonitorio del extraño juego que (prebostes, apátridas y voraces por intereses particulares) ejecutarían celosos dos siglos más tarde.

 La escena costumbrista se limita a un corro, probablemente gente noble ataviada al estilo popular. Sabedor, quizás, el genial pintor aragonés oculta a los espectadores, que a ciencia cierta habría. Pareciera el tributo de su mente, conmovida por un impulso lacayo, quien restara protagonismo a la masa; esa clase necesaria, vertebral, pero asidua expulsada de todo papel estrella. Hoy, seguimos igual. Los protagonistas (políticos, sindicatos, financieros, medios, etc.) no dejan al albur ningún rol del juego, nada escapa a su control. Los espectadores (simples ciudadanos o viceversa) son excluidos de la escena. Sus dimensiones divergen indefinidamente, sin posibilidad de incidir -incluso coincidir- en el mismo plano. Goya no pinta, vierte sobre la tela el ánimo que embarga al hombre de la calle, una nulidad sometida al poder; una comparsa deslucida, ubicada fuera del foco.

 Pedro Crespo (alcalde de Getafe y homónimo curiosamente del de Zalamea que personificara el honor y la dignidad) me asombra. Dudo si su personaje, en esa pradera jugosa de la política nacional, lleva venda o hace cucamonas. Personalmente, lo veo preparado para encarnar cualquier papel con soltura, con eficiencia. Me inclino, sin embargo, por asignarle el segundo, que borda desde mi humilde opinión. Es una actuación compleja. Pasar del carácter sobrio, riguroso, discreto (sin hipérbole), integrado -cual chip androide- en la mente del regidor a ese otro fresco, directo, pelín chabacano (casi barriobajero), sólo podemos admitirlo en auténticos prodigios naturales; en monstruos de Talía. Pulsado por su halo espirituoso, centrado y concentrado en la representación, evacuó aquella frase para los anales: "quien vota al PP es un tonto de los cojones". He aquí, aparte el exabrupto, su primera contribución importante a la lengua. Conjuga, al tiempo, definición y atributo identificando PP y tonto; descubre un código empírico a dicho epíteto, de sustancia inconmensurable. De los cojones, no pasa de complemento preposicional con  ribetes toscos: un simple apéndice rústico.

No ha mucho, el anómalo actor -pedante- quiso sentar sus reales en los mullidos asientos de un Audi ocho. Para acallar críticas incipientes, que no su mala conciencia (me temo), el señor alcalde de Geta (recorte futbolero) declaró, blandiendo simbólico justificante, un costo de cuarenta y dos mil euros. Tácitamente puso en circulación otra vez el aparte genital. Ahora ajustaba con exactitud la gente a quien dirigía tan pertinaz invectiva. Ya no se refería al PP como sujeto paciente; sus convecinos totalizaban el grupo receptor y adjetivado, sin consideración a siglas. Los electores del PSOE portaban la mayor carga por su responsabilidad gestora. El Audi ocho más barato cuesta setenta y ocho mil euros. Por tanto, caben tres soluciones: se compró de segunda mano; un admirador donó medio desinteresadamente o calificó, pródigo, a sus administrados al enarbolar tan ridículo importe. Sospecho que esta última probabilidad presenta la máxima avenencia.

 Espero y deseo que -en adelante- los políticos locales, autonómicos o nacionales abandonen el perverso entusiasmo de emitir definiciones refiriéndose, por lo común, a rivales. Reclamo realicen esfuerzos con el fin de encauzar voluntad e imaginación en aquello que debiera ser objetivo primordial, único: hacer política. Nadie está legitimado para enmascarar ineptitudes y pruritos usurpando competencias lingüísticas que les son ajenas. Evitemos ese interrogante a caballo entre lo grotesco y lo mágico, ¿pero usted de dónde desciende, criatura de dios?

 

lunes, 7 de marzo de 2011

CUANDO EL DESPOTISMO ENTRA EN POLÍTICA


Las ciencias han jugado un papel decisivo a la hora de consumar esa aspiración colectiva reputada como estado del bienestar; propósito común, máxime en países adscritos al mundo occidental. Sin embargo, presentan asimismo un rostro que envilece a unos y asombra a muchos. Psicología y psiquiatría protagonizaron, siglos atrás, importantes progresos. Su semilla se esparció en campos complementarios. La educación, no siempre orientada al mejor fin, ocupa una dimensión significativa. Corregir delirios, concebir estructuras grupales, proyectar técnicas y dinámicas de masas, terminan por completar su práctica.

 Insisto, todo objeto presenta dos caras. El estudio de la mente se aplica en resolver (minimizar al menos) los problemas del conocimiento, pero también puede consagrarse al manejo e instauración de una determinada mente colectiva o, todavía peor, a anular la personalidad individual. Con instigaciones que afectan a esquemas y afectos vitales, naciones belicistas, estados totalitarios y clanes mafiosos convertían al individuo en juguetes rotos a disposición incondicional de sus hacedores. Una forma típica de doblar voluntades -otro paso estimable para conseguir ese propósito buscado- consistía en impartir órdenes ilógicas, sin ningún sentido; aparentemente caprichosas.

 Mediados los años sesenta, en plena dictadura franquista (si bien algo mitigada), tuve que saldar mis obligaciones militares. Colmenar Viejo -y su canícula ardiente- fue testigo mudo de un adiestramiento previo para terminar, en Alcalá de Henares, los catorce meses preceptivos. Pese al estadio jaranero y fausto de la juventud, apenas conservo un recuerdo grato. Se acumulan, por contra, aquellos desagradables, hirientes, ignominiosos. Tropelías, ordenes absurdas (remota toda conclusión racional), quebraban voluntades y principios bajo el discurso recurrente de forjar una disciplina castrense. Supuso un periodo duro para quienes respirábamos escepticismo. Aún sigo inquiriendo si aquel atropello a la dignidad humana obedecía únicamente a intereses del propio sistema o si, en verdad, era un proceso corriente de saneamiento marcial. "Antes de entrar aquí hay que dejar los huevos colgados en la puerta". Tal lema -socorrido hasta la saciedad- resumía con esplendor el método usado en la despersonalización. Así fraguaban, de paso o de esencia, una sociedad entregada al poder.

 Ahora vivimos en democracia o eso parece. No es óbice este escenario para que el país se haya convertido en extenso campamento donde prohibiciones u órdenes, adosadas al cuerpo legal, chocan frontalmente con la mínima exigencia lógica; ninguna aporta un ápice de cordura. Los jóvenes, sin mayoría de edad, son irresponsables política y jurídicamente hablando; no obstante pueden abortar con plena autonomía. Ayer se impidió fumar aduciendo pretextos muy precarios. Hoy constriñen la velocidad en autovías y autopistas. Cada día aparece un nuevo capricho u ocurrencia, ocultos siempre en el estúpido biombo del bien ciudadano cuando somos conscientes de que el gobernado -individual o colectivamente- les importa un bledo. Quieren una sociedad desvertebrada.

 Desde mis vivencias militares pasaron casi cincuenta años. Reniego de esa concepción que mantiene una falacia evidente: "el tiempo cambia todo". A lo sumo, digo yo, suaviza el matiz. Me ahoga un poder semejante al tanta veces recriminado; palpo una misma intención manipuladora e intervencionista; confirmo similar afán  por forjar una sociedad a la que someter con sigilo aunque se evalúe lo contrario; equívoco que origina al ciudadano una turbadora conciencia ética, fuente de débito a sufragar mediante el agradecimiento eterno. Las últimas ocurrencias, sospecho, pretenden un empeño fiscalizador. Ni más ni menos. Sería el colmo, y es una posibilidad que no excluyo, se aspirara a mediatizar, hasta el paroxismo, esta masa heterogénea puesta a punto desde los años noventa del pasado siglo. ¿Han oído hablar de la LOGSE? Constituyó una siembra inteligente cuyos réditos vienen recogiéndose hace años.

 La España que me honra, sea cual fuere su formato, sigue siendo un pueblo sojuzgado; carne oportuna de ingeniería social; colectividad de continuo extraviada; políticos desaprensivos, ayunos de coherencia, corruptos y corruptores. Ladinos. Impresentables. Representan la cuota monstruosa del despotismo iletrado.

 

 

domingo, 27 de febrero de 2011

LIBIA Y LA ECONOMÍA DE ESPAÑA

Hasta ahora esa sentencia popular que pretende enjugar lágrimas con un hipotético bien futuro, y cuyo mensaje literal recoge la frase "no hay mal que por bien no venga", cubría sólo expectativas personales, a lo sumo del entorno familiar. Me temo un pequeño cambio, respecto al alcance, desde este momento. Continuamente podemos encontrar advenedizos con pocos escrúpulos que pescan en río revuelto apropiándose de motivaciones ajenas. El tiempo confirmará o refutará mis sospechas apoyadas en la observación y experiencia. Llevo muchos años analizando el devenir humano, tanto en su dimensión histórica cuanto en los condicionamientos inmediatos. El personaje, sorprendente y escabroso,  viene hace fechas definiéndose. El yerro, si lo hubiese, proviene del sujeto observador, nunca del objeto observado.

El presidente que soportamos, un desastre aupado al poder por la ley de Murphy hecha hombre, muestra sin rubor alguno una capacidad excepcional para trastocar el lenguaje. Algunos teóricos sostienen que la realidad existe cuando se comunica a otro, identificando ontología y vínculo. Desde esta perspectiva, el señor Rodríguez nos ofrece un mundo de "mentirijillas"; donde caos, fraude, necedad y efluvio se dan la mano en incesante espiral apocalíptica.

Esta habilidad tremenda para la creación (recreación) de un mundo sui géneris, específico, le permite -ayudado por medios sumisos, cómplices- mostrarse impoluto, disimular su torpeza con el ropaje reversible de la circunstancia. En ocasiones vela praxis y compromisos fiándolos a largo plazo, tanto que deberán transcurrir varias generaciones para cotejar éxitos o fracasos. Surgen a dicho efecto la Alianza de Civilizaciones y el Cambio Climático; vagas propuestas de sencillo consumo; dirigidas (sobremanera) a una progresía gesticular, interesada básicamente en acallar su conciencia con el ornato. Expían sin sacrificio semejante peaje y a cambio viven como reyes. Exacción mínima por disfrutar del marco capitalista y aristócrata que dicen odiar.

Libia, esa tragedia hecha revolución, le viene a Zapatero cual anillo al dedo. Esquilmada sin reserva la crisis internacional, ayuno de víctimas a quien colgar sambenitos, Gadafi se convierte en señuelo ideal; el tonto útil que facultará salir airosos a la propaganda, manipulación y falacia. El jefe del ejecutivo, al igual que su vicepresidenta económica, ha consumido los vicios expuestos de forma frecuente, con cínica desfachatez. Ambos, junto al eco mediático, coincidieron al enunciar por enésima vez el final de la crisis con antelación; concretamente en el segundo semestre, a cuyo término se generaría trabajo neto.

El análisis, quimérico como los anteriores, encontrará razones aceptables para su incumplimiento. Por vez primera Zapatero administra una coartada lógica que explotará hábilmente en campaña electoral. Mostrará, como tantas veces, encontrarse a la cabeza, muy alejado de los rivales, en ese arte bastardo de convertir la mentira en duda y la duda en verdad incontestable. Veremos fluir el petróleo, su escasez, conformando evanescentes argumentos que expliquen las (sin)razones para el incumplimiento de tan rigurosos pronósticos económicos. Utilizará también cortinas de humo cuyo objetivo único es desviar el foco de atención ciudadana. Con este fin, sumado al sempiterno afán recaudatorio, se dicta ese capricho legal que obliga disminuir la velocidad en diez kilómetros. Ocultan los verdaderos anhelos bajo esa píldora indigesta del ahorro energético, dudoso según técnicos ilustres. ¿Qué opinión le merece al atento lector el hecho curioso de no ajustar los radares a la nueva velocidad? Entre tanto, ellos despilfarran sin tino cuanto administran, excepto ejemplo.

La economía española es la que es, incluyendo una dinámica alarmante, lindera ya al despeñadero. Como confirma el adagio castellano "no necesita sardinas para beber vino"; no precisa Libia alguna en su caminar inexorable hacia el desbarajuste, al menos mientras sea dirigida por esta ralea de insensatos indoctos.


domingo, 20 de febrero de 2011

EPISODIOS NACIONALES


A modo de introducción, confieso el esfuerzo que realicé días atrás para no cambiar de estilo. Los lectores ocasionales deben adivinar mi actitud irónica -llegando al punto donde inciden socarronería e inclemencia- incluso en aquellas materias cuya trascendencia desaconseja iniciar ese camino desahogado. Invitaría a suponer (erradamente) un carácter indolente, evasivo, inmaduro o atrevido. Me contuvo, asimismo, la dificultad que entraña descifrar, comprender, el texto cáustico. Constato este hecho por propia experiencia cuando leí un artículo que rezumaba sarcasmo, sin percatarme al momento cuál disyuntiva enfocaba el autor. Así, la génesis también fue ocaso de mi duda; debía seguir dando un fondo sobrio a lo embarazoso para eludir conclusiones alejadas de mis mensajes con objetivo pedagógico.

 
El epígrafe que introduce hoy el comentario, a fuer de sincero, no contiene semejanza alguna con aquella historia ejemplar, fascinante, urdida por la mente del inolvidable novelista canario Benito Pérez Galdós. En esta ocasión se trata de reseñas vulgares, pormenores que protagonizan personajillos, pícaros, aventureros, sinvergüenzas; una especie abundante en el solar hispano y cuya supresión, aun medra, estimo difícil si no imposible.

 
Nadie puede negar la expansión generalizada de sucesos en que corrupción, afane o acopio son protagonistas característicos. Algunos comunicadores sumisos, quizás bien "pagaos" (como canta la copla), quitan hierro al momento -crítico en todos sus signos- cuando niegan cualquier viso de excepcionalidad. Imputan, contra viento y marea, toda culpa al atavismo secular. Constituye un argumento recurrente. España, con su piel reseca, viene alimentando indiscutiblemente gran cantidad de parásitos desde tiempo inmemorial. Parece también real, sin embargo, que la última década ha venido pródiga. Unos consideramos cierta implicación entre democracia, mal entendida, y despojo. Otros estiman quizás con acierto que, en democracia, no aumenta el trinque sino las posibilidades de denuncia.

 
Sea como fuere, y sin datos precisos que permitan el cotejo ponderado (al menos) entre regímenes, un inventario exhaustivo llevaría a la conclusión contundente de encontrarnos en un momento álgido; vivimos, por desgracia, bajo el imperio de la golfería e insolencia más ominosas. Conocemos ejemplos folklóricos, inocentes, tan impropios que deberían concluir con su defenestración política, cuanto menos por candidez, como el asunto Camps. Imaginamos otras andanzas, proceso Malaya, donde número y calidad envuelven a los chorizos en difuminadora bruma que lo rehace impune. El mentís opaco identifica alguno (deuda atesorada por el anterior ejecutivo catalán), cuyos gestores -aparte el tributo político, ya expiado- deberían ser juzgados por irregularidades contables con la pertinente invitación carcelaria. Interrumpo tan sobrecogedor informe para que el ciudadano avisado entresaque mentalmente cuantos asuntos le dicten fobias, filias e ingenio de una larga lista a su disposición.

 
San Valentín inauguró una semana copiosa en sorprendentes novedades cuajadas de amor, pasión  y atrevimiento. Setecientos millones de euros alimentaron un fondo rastrero, ya popular, que sirvió -entre otros pecados veniales- para prejubilar, retribuir y pensionar trabajadores (mal adscritos, incluso sin adscribir a empresa alguna) cuyo mérito común pasaba por pertenecer al entorno familiar, aun devoto, de próceres socialistas y ugetistas andaluces; autonomía en que ocurrieron estos prodigiosos acontecimientos.

 
A grandes rasgos, ambicionando una síntesis imposible, presentamos un apunte de los nuevos y lacerantes Episodios Nacionales.

 

 

 

domingo, 13 de febrero de 2011

HEDOR


Utilizamos el vocablo que abre estos renglones, acaso sus múltiples derivaciones, cuando apetecemos referirnos a algo o alguien que exhala un olor penetrante y desagradable; en ocasiones, de forma figurada, para señalar sutilmente algún asunto -por lo general referido al escenario político - que apesta (de ahí el paralelismo) a escándalo, e incluso corrupción. Los últimos tiempos se han caracterizado por un tufo permanente, tanto que puede considerarse su característica principal. El tándem Zapatero-Rubalcaba inició la segunda era socialista, tras el horrendo atentado, practicando un extenso rosario de indignidades; escarneciendo las formas democráticas con el empleo de embustes, artificios, maniobras antiestéticas e incumplimientos, para dar respuesta  a ambiciones personales y conseguir dividendos espurios. Surge así un código legal, pero apestoso, de hacer política.

 
No suelo ver televisión y cuando lo hago sintonizo la Cinco, para ver el telediario, e Intereconomía, en los debates político-económicos nocturnos: Previa a su desaparición, me resultaban originales aquellos que, al mediodía, conducía García Campoy en  Cuatro. Aplico mi libertad ciudadana, cada vez más encorsetada, para elegir programa dentro de una amplia oferta televisiva. Aprovecho la ocasión ya que el poder aún permite, realmente, satisfacer este derecho privativo de regímenes democráticos y que a este paso, en España, termina por representar una gozosa licencia otorgada de forma arbitraria. Televisión Española, esa que sufragamos con largueza, nos vende objetividad e independencia cuando, contrariamente al reclamo, es el medio propagandístico por excelencia; a imagen y semejanza de los ruinosos canales autonómicos, o viceversa.

 
Días atrás, al alba madrugadora, iniciaba jornada sorbiendo las primeras noticias junto al sobrio desayuno. Extrañamente era la cadena pública (TVE) quien colmaba mi curiosidad. El presentador de turno desgranaba los titulares, reiterativos con matices, formulados por toda la prensa escrita nacional, excepto un diario: La Gaceta. Ni puedo ni quiero asumir ningún papel defensor. Mi vocación de abogar causas perdidas (lucha desigual contra los elementos, a veces no meteorológicos), si ocasionalmente la tuve, hace lustros abandoné. Sí quiero, porque es mi estilo y además me lo pide el cuerpo, hacer una reflexión en voz alta. El inicuo silencio que propició televisión española, supuestamente gestada para cubrir un servicio público, puede interpretarse como una manera incruenta de desaparición física; una alternativa "humanizada" de acallar a quien nos disgusta o estorba. Se mire por donde quiera, muestra demasiadas afinidades con el método utilizado indistintamente por Hitler y Stalin.

 
Sé que el último punto se tasará exagerado, improcedente, incluso fruto de desvarío mental. Sospecho que algunos, presos del dogma, me tildarán de facha, fascista, etc., etc., epítetos que se han acostumbrado a lanzar (más bien arrojar) a los disidentes para, a contrari, adquirir ellos carta democrática, por otra parte tan precisados de tal etiqueta. Sólo necesita acreditar determinada identidad quien carece de ella. Sin embargo, pese a sus invectivas (supuestas o reales), vivir en democracia, más si es únicamente formal como la nuestra, no erradica ningún presupuesto totalitario. Basta con analizar el "chiringuito" montado por esta casta que padecemos (y costeamos), así como los interminables casos de corrupción y ocultamiento -sin contar prepotencias e incumplimientos- protagonizados a nivel individual por próceres no importa sigla o responsabilidad.

 
Lo expuesto, amigo lector, pasa por un exiguo botón de muestra. Hay, bien lo saben, completo muestrario donde elegir; por autonomías, por partidos y por magnitud. España hiede, se ha convertido en un auténtico estercolero.

 

 

 

 

sábado, 5 de febrero de 2011

LÓGICA Y RETÓRICA


Lógica es la ciencia formal que estudia los rudimentos de la demostración e inferencia válida (principio de la recta deducción). Examina el rigor argumental en términos de estructura, sin apreciar el contenido específico del discurso. Busca la verdad. Se relaciona con la dialéctica moderna; aquella que, huyendo de argucias, pretende conjugar los contrarios. En palabras de Sidney Hook "la antigua dialéctica, la erística de los sofistas, era un método que no probaba nada o, mejor aún, que refutaba todo". Retórica, por contra, se ocupa de sistematizar procedimientos y técnicas puestas al servicio de una finalidad persuasiva. La lógica exige un principio de rectitud, en sus aspectos moral y discursivo, para llegar a lo sustantivo del objeto, mientras que la retórica se somete a reglas sólo con el propósito de persuadir al sujeto. La primera requiere una dialéctica concisa, irrefutable; la otra se inserta en razonamientos infectados por procesos tortuosos. Decía Malebranche: "Sí, el mejor precepto de lógica que puedo darte es que vivas como hombre honrado".

 
Estos políticos que nos gobiernan, por llamarlo de alguna manera, deben andar desorientados por los caminos de la sapiencia; más concretamente del conocimiento filosófico. Sucede así o creen que ética es un error morfológico de ático; que ofrecerse al servicio de la sociedad implica -en el fondo-  ponérsela por montera y servirse de ella hasta adentrarse en terrenos propios de la delincuencia. Se arguye con reiteración que cada comunidad soporta los políticos que se merece. Esta frase, su mensaje, suscita la coartada perfecta para argumentar cierta impunidad legal, ya histórica. Se fomenta, además, por esa majadería, tan falaz y socorrida, del castigo en las urnas. Sí, a veces se les apea de la prebenda -casi siempre temporalmente- y sucumben por el lastre, no adiposo, atesorado.

 
Túnez, Marruecos y algún otro país contagiado, son ejemplos incontestables del poder social cuando no se le deja ningún resquicio para la supervivencia. Si bien es cierto, como señala Raymond Aron, que combinar la doctrina de la inevitabilidad histórica con el mito de la revolución es una receta para la tiranía totalitaria; si no ofrece duda que estos pueblos pueden caer en el ámbito del fundamentalismo islámico, tienen en su mano la probabilidad de conseguir retos hasta ayer  impensables. Nosotros, aquí, estamos lejos (o no tanto, guardando las distancias) de una situación semejante. Aparece, sin embargo, en el horizonte una inequívoca e imparable sensación de hartazgo. No sólo del inepto que preside el gabinete, ni tan siquiera de la oposición variada e inoperante; es un hastío del sistema, de ese crisol sabiamente conformado en que se funden políticos, banqueros, grandes empresarios, sindicatos, medios y artistas, chupando (valga la expresión) la sangre del resto cual sanguijuelas voraces.

 
El ciudadano, mientras, sometido desde los años noventa del siglo pasado a un sistema educativo (LOGSE) contrario al propósito de formar las artes de la inteligencia e imaginación, esenciales "para alimentar la pasión por la libertad" (Hook), se encuentra errático, incapaz de enfrentarse al momento, afligido por esos complejos que Noëlle Neumann explica en su teoría sobre la espiral del silencio. Los medios -cómplices necesarios- participan asimismo creando estereotipos en la opinión pública que, según Lippman, al servir de base a los juicios individuales, convierten en ilusoria la democracia.

 
Semejante escenario de idiotismo generalizado, permite a los gobernantes -asesorados por acreditados expertos en dinámica de masas- afirmar auténticas aberraciones lógicas (gilipolleces, para aclararnos), cocinar y presentar notorias golfadas con exquisitez estética, dentro de los límites estrictos que impone el cumplimiento de una ley burlada periódicamente, con el plácet de algunos jueces y fiscales poco escrupulosos. Saben que su palabrería atiborrada de mentiras, alimento para bobos, cala profundamente en un alto porcentaje de votantes. Temen  la variable incontrolada del paro, casi seis millones; factor difícil de corregir u ocultar. Su instinto fullero les permitirá exhibir a tiempo uno de tantos ases retóricos que guardan en la manga. Si fuera imperativo, no repararían en explotar cualquier recurso.

 
Nuestros políticos no buscan la verdad; la instrumentalizan -engatusando al individuo- para deleitarse pegados al poder. Personifican el paradigma ideal de la colisión entre lógica y retórica.

 

 

sábado, 29 de enero de 2011

UNA DEMOCRACIA DESDEÑADA


Las recientes elecciones a la presidencia portuguesa se saldaron con la victoria de Cavaco Silva y una abstención del cincuenta y tres por ciento. Esta incidencia revela que, desde un punto de vista estrictamente democrático, el pueblo portugués suspende a todos los candidatos o, algo parecido, está desencantado de ellos. En cualquier país estrictamente democrático, el elegido debería acabar desprestigiado por ostentar una jerarquía ilegítima; los políticos ejercientes (incluso potenciales) estarían obligados a la autocrítica, a la reflexión profunda y a encontrar respuestas adecuadas. Sin embargo, amparándose en argumentos que chocan con los más nimios principios estrictamente democráticos, ocupan el poder burlando la soberanía popular. El juego y sus preceptos quedan, de este modo, en entredicho, corrompidos. Por su parte, los ciudadanos se sienten estafados, paneles del biombo tras el que auténticos vividores justifican, si no bendicen, mezquinos arrebatos.

 
Portugal  no es la excepción que confirma toda regla. El vicio parece extenderse al orbe, demostrando la maquinación de quien esgrime la soberanía popular para hacer el agosto a su sombra generosa. Tal verificación lleva necesariamente a la advertencia, progresiva, del sablazo al gobernado en cualquier sistema; salvo muy particulares épocas históricas y países concretos en que tuvieron (tienen) además acogida toda suerte de crímenes contra la humanidad. El ciudadano se considera impotente para enfrentarse a un contexto que supera sus debilitadas posibilidades de censura ante una vertebración social precaria, rota, destruida a través de gradual y planificada maniobra desde el poder. Por este motivo, la comunidad luce con espléndida magnificencia el extraño conformismo que se aprecia; una calma que no oculta altas dosis de rabia contenida.

 
España, al igual que otras muchas naciones del llamado primer mundo, pisa un polvo similar al portugués; por tanto camina por idéntico lodazal. La afirmación escapa al preliminar de una hipótesis aventurada cuya base implanta un ejercicio de suspicacia, quizás sospecha, visto el proceder frecuente de esa casta parásita. Atesoramos -que recuerde- un apunte, una prueba inequívoca: la participación del electorado catalán en el último referéndum celebrado para aprobar su Estatuto. El porcentaje de abstención superó la mitad del censo electoral y el mencionado Estatuto tuvo un respaldo del treinta y seis por ciento de catalanes con derecho a voto. A pesar del resultado (y de que un análisis objetivo de la dinámica mostrada en las tres consultas -época republicana, mil novecientos setenta y nueve y la actual- indica el creciente desinterés que la materia despierta en el individuo) los políticos de la Comunidad celebran la "sintonía" del pueblo con el Estatuto. Es la muestra palmaria de un exquisito "talante liberal"; tanto que la sentencia del Tribunal Constitucional, contraria a sus obcecados dogmas, les lleva a concitar el enfrentamiento entre Instituciones vertebrales del Estado. Superan al ciudadano y a la Ley. Sin complejos. Con un par.

 
Cada día se observa mayor desapego, más desilusión, por la Democracia. Nos la vendieron como el sistema de las libertades, de la justicia, de la igualdad ante la ley. Desde su nacimiento, a la muerte de Franco, los que podemos comparar una y otra etapa histórica venimos soportando (de hecho) parecida discrecionalidad, mayor nepotismo por la atomización del poder, corrupción generalizada y, desde luego, los mismos tics dictatoriales, incluso aumentados. Hoy sólo viven mejor, abanderan la ganga, los hijos de los franquistas (nuevamente en el machito) y escasos opositores supervivientes. Los demás, la gran masa, permanecemos de derecho en democracia, pero estos políticos -exhibiendo actitudes ajenas al sistema- la pervierten y aparece como única diferencia notable, aparte los ritos electorales, que es mucho más cara. Están haciendo bueno el régimen anterior. Lamentable y peligrosa sensación que gana adeptos de forma imparable.

 
Mientras, el español se harta de mentiras, de tanto iletrado insolente, de tanta desvergüenza, de tanto expolio. El político habla de legitimidad, estafando a sus electores, con un descaro inaudito. Previamente ha desvertebrado la sociedad, manejándola a su servicio. En el fondo desdeña la democracia.

 

 

jueves, 20 de enero de 2011

UN PAÍS DE MONSTRUOS


El vocablo monstruo, precisa el diccionario, describe una criatura que exagera la realidad, causando pánico a la persona que lo observa o piensa o sueña con el mismo. La cotidianidad constata, extinguidos los dinosaurios, una existencia circunscrita a la mitología o al mundo mágico de los sueños. En ambos universos se les dota de un carácter maligno y de un proceder terrorífico: devoran al humano.

 No sé si la España actual está poseída por una especie de impulso fabuloso, metafísico, o sus gobernantes integran el anacrónico espacio (absurdo más que difuso) de contenido onírico. Lo que parece indiscutible es que vivimos sumisos, subyugados, al eje maléfico cuyos tentáculos aniquilan a poco los mecanismos que constituyen la médula del Estado de Derecho y bienestar social: solvencia económica, estructura territorial, acción laboral e independencia judicial. Este país soporta desde tiempos pretéritos, insólitamente colosales a última hora, las dentelladas certeras de seres pavorosos que constituyen un grupo terrible bajo la denominación común de engendros. Hagamos su disección.

 Corresponde a Alfonso Guerra el dudoso honor de generar el primer monstruo: el sometimiento del poder judicial al ejecutivo en aquel parto espurio y que tan bien sintetizó la frase famosa "Montesquieu ha muerto". Desde entonces unos y otros han alimentado la fiera con tal eficacia que ya adulta ha engullido sin remisión, asimismo sin impedimento, el Estado de Derecho. Voces, proclamas, aseveraciones tajantes, vendidas en sentido contrario sólo intentan esconder una falacia rastrera. Observemos ciertos hechos y su recorrido jurídico para constatar la precisión de este criterio, incómodo para el poder autocalificado "democrático". ¿Somos todos iguales ante la ley? ¿Acaso esta es ciega? ¿Necesita el amable lector más argumentos tras contestar los interrogantes precedentes? La inseguridad jurídica prevalece como una perversión predilecta.

 El monstruo sindical es un ejemplo patente de evolución degenerativa por contaminación genética inspirada en meticuloso y fructífero proceso adaptativo; achacable -por cierto- al PSOE con la colaboración necesaria del PP. Salvado el impedimento que encarnaban Marcelino Camacho (CCOO) y Nicolás Redondo (UGT), el sindicalismo inició un movimiento de desafección obrera en la misma cadencia que el giro burocrático, convenido por líderes emergentes, en perfecta sintonía con el ejecutivo. Hoy es un monstruo que se alimenta de la subvención. Apenas le queda cimiento obrero y ha perdido el poco crédito que le restaba. Actualmente es un estorbo para el trabajador, más para el cesante. Cuando lo sea para el gobierno, perecerá.

 La Segunda República gestó (in vitro) un pequeño adefesio al transigir sendos reconocimientos autonómicos en Cataluña y País Vasco. Tras cuarenta años de letargo, la democracia, a su calor, ha despertado una fiera deforme, con diecisiete cabezas. El mayor riesgo, no obstante, se advierte en su voracidad sin límites, hasta el punto que puede engullir incluso su propia fuente de vida; no le importa auto extinguirse. Se precisa con urgencia cortar esa inclinación ilimitada hacia la gula.

 En época reciente ha aparecido una extraña criatura carroñera, pues se nutre de despojos económicos. No es la primera vez que enseña el rostro horripilante. Aparece y desaparece de vez en cuando, pero sus visitas son siempre terribles. Ahora presenta una viva inclinación en prolongar su estancia odiosa. Respeta a los poderosos y se ceba en los débiles por los que siente un hechizo especial. Es tremendamente injusta. Se llama crisis y, desde luego, no conoce ni se somete a generación espontánea.

 El sistema no permite la defensa ciudadana y los prohombres, cómplices necesarios, aquí y ahora, apuntan una inhibición total, cuando no querencia en alumbrar ciertos engendros. El instinto vital exige una lucha sin cuartel contra ellos, no únicamente del pueblo llano. ¿Podemos esperar algún apoyo con estos antecedentes? Estamos solos entre tanto monstruo.