viernes, 30 de octubre de 2015

HONRADEZ, MADRUGONES Y OTRAS SIMPLEZAS


El vocablo revolución tiene dos acepciones muy definidas. De un lado, significa cambio violento y radical en las instituciones políticas de una sociedad. De otro, cambio brusco en el ámbito social, económico o moral de una sociedad. Debemos convenir que brusco implica cierto grado de furor por lo que la violencia aparece en ambos de forma más o menos expresa. Días atrás, José María González -conocido popularmente por Kichi- alcalde de Cádiz, dijo convencido tras observar algunas corrupciones de la “casta” que la honradez era instrumento revolucionario. A la chita callando, se autocalificaba de honrado, así mismo revolucionario, haciendo extensivas tan supuestas y rentables probidades a Podemos, ese partido que parece haber cerrado el círculo de los círculos. Este virtuoso personaje, sin duda, desconoce que la honradez casa con la revolución como un beodo con el agua bendita. Eso, o bien ignora conscientemente qué sustancia siniestra ocultan los afanes revolucionarios dentro del devenir histórico.

Nuestro jaranero regidor complementó su reflexión filosófico-moral añadiendo otra perla bañada ahora con una fina película de frivolidad. Vino a decir que el pueblo debe levantarse pronto porque las revoluciones se dan al alba; parafraseando a Aute, momento en que sangra la luna al filo de la guadaña. Olvida precisar si se refiere al abandono tierno del lecho o al trasnoche mundano, gozoso y algo transgresor. Sea como fuere, el señor González -Kichi- presuntamente hincha de tan arraigada costumbre, solo es observador somnoliento de esa revolución cromática que se atisba cuando las sombras nocturnas dejan paso al destello crepuscular. Acaso, y a falta de distintos éxitos municipales, su excelencia quiera poner en el platillo de los logros ese adagio, revolucionario sin duda, que aconseja: “poca cama, poco plato y mucha suela de zapato”. No contemplo -a fuer de dadivoso- otro esfuerzo, ni vela, para conseguir el bienestar ciudadano. Lo terrible vendría si tal método se generalizara en España de manera abusiva e indeseada.

Se comenta que el ayuntamiento de Madrid tiene quinientos veinticinco vocales ciudadanos con bonificación media de setecientos euros mensuales. Este escenario donde el presunto amiguismo brilla con luz propia, lo cubren todos los partidos municipales sin excepción. Se habla también de que las multas impuestas por la policía local madrileña concernientes a la nueva Ley de Seguridad Ciudadana (conocida por Ley Mordaza) se han transferido a la Delegación de Gobierno para su tramitación y cobro, dicen, por no ser dominio del cabildo. Aquella, ha devuelto expedientes, percepción y trabajo al Palacio de Cibeles para su debida diligencia. Al mismo tiempo, Rita -la bien plantá- ha elevado quejas y lágrimas a la señora Cifuentes por dejar casi huera toda aportación económica a la EMT. Su respuesta fue fulminante: “Aquí se viene llorada a trabajar”. Quizás en otro siglo le hubiera dado una respuesta igual de rotunda pero menos rigurosa: “Pídeselo a tu tocaya, Rita la Cantaora”. No se armó el belén aunque Carmena, poseída por Santa Claus, lo hubiera suprimido de inmediato. En fin, corramos un tupido velo a tan romos lances versallescos.

Barcelona cae bastante lejos -cada vez más- y su alcaldesa dista demasiado, no de mí sino del sentido común. Siempre que un responsable político gobierna a golpes de efecto, toda iniciativa contraviene cualquier sensibilidad social. Detener sine die proyectos que potenciaban el turismo, principal motor económico, no consigue paliarse con la retirada u ocultación de símbolos constitucionales. Entre tanto desempolva un carácter altivo, prepotente, de quien levita sobre la masa algo remisa a concederle el aplauso que se atribuye. Olvida que su vara procede de la componenda posterior, de venganzas estériles pero lesivas para una ciudad medio culpable. Un peaje cuatrienal que han de sufragar los barceloneses y una ilusión particular, íntima, hecha realidad por mor de leyes cuyo venero luego se odia. No obstante, ella sí respeta, o lo parece, el belén vinculado al ayuntamiento. Tamaña audacia probablemente sea debida a esa figura entrañable, profana: el “caganer”; día a día más presente en Cataluña y Valencia donde sobrepasa la tradición para mostrarse reflejo fiel del ejercicio político.

Rajoy, invadido por un extraño y peculiar baile de San Vito, reacciona tibiamente ante hechos que presentan una gravedad incuestionable. Sin que sirva de precedente, debido acaso a la deferencia, acaso al mandato institucional, ha visto unos cuantos líderes políticos sacados, algunos, de efluvios sociales rayanos con el absurdo. Les solicitó un pacto constitucionalista. Al sí pero no del señor Sánchez, se une el no avieso -fácil de prever- del salvador podemita. De los próximos, no me extrañaría que uno, al menos, pateara el mismo camino. Resulta penoso comprobar como jóvenes promesas del futuro político exhiben gran indigencia raptados por dogmas selváticos. Espero y deseo que Garzón, para mí con cualidades notables, no incurra en los defectos timoratos, viejos, estúpidos, de la izquierda evasiva y gestual derivados de un dogma necio. Todos deben arrimar el hombro para bien de España y de los españoles, dejando atrás proyectos o subterfugios espurios, fantásticos y volátiles.

Hoy, cual ejercicio de higiene mental, he decidido entregarme al sarcasmo aunque la situación apremie a dejarnos de burlas o liviandades incompatibles con esta coyuntura. Deduzco que guiado por nuestra idiosincrasia entre el drama y la sátira -a buen seguro el esperpento- acometa un empeño apurado: poner buena cara al mal tiempo. Desconozco si mis ocasionales y amables lectores comulgarán con estos jocosos enfoques, o desenfoques, para hacer digeribles tan inquietantes momentos. Ciertamente, algunas gotas de frescura, de acompañar los tragos con éxtasis, no puede llevarnos a cambios coyunturales. Es recomendable, sin embargo, cambiar a menudo los cristales. Escudriñar con visión nueva, colorista, no altera la realidad pero aviva cierta ilusión caleidoscópica.

 

viernes, 23 de octubre de 2015

LOS POLÍTICOS Y EL COLOR


Hasta hace poco, nuestra política venía exclusivamente coloreada por el azul y el rojo, tonalidades enfrentadas, amén de adversarias, que surgieron en la Revolución Francesa para cotejar derecha e izquierda. Sin embargo, España también es diferente a la hora de interaccionar color con vísceras, sentimientos o emociones. Lejos del sosiego, sometidos al reto sempiterno y vivificante, ambos colores dividen el país irremisiblemente. No solo lo helaron produciendo medio millón de muertos sino que, tras ocho décadas, todavía rojos y fachas-azules son insultos expectorados, arrojadizos, furibundos. Resulta curioso que no se hagan distingos entre sangre regia y proletaria (azul y roja), pues toda se unifica dando lugar a curiosas aproximaciones beligerantes. Machado supo ver como nadie la terrible divergencia que marcó, marca y probablemente marcará esta idiosincrasia tan particular que nos distingue, asimismo atormenta.

Sin diluir el odio, ni mucho menos, estas tonalidades emblemáticas, luctuosas, se vieron acompañadas por una nueva de naturaleza afable, aglutinadora: el magenta de UPyD. Junto al PP, PSOE e IU, se acostaba otro partido ínfimo, humilde, sin pretensiones. Pese a que fue llave en ayuntamientos y alguna autonomía, nunca pasó de impulso ilusionante. Siempre lo juzgué un color libre de ansias dentro de su firmeza que, en ocasiones, radiaba insolencia. Ha sido pasto del cesarismo incomprensible e incomprendido. No llegó a la escala base -aunque le faltó poco- y alimentó una lucha intestina que acabó por vencerlo. Necesario, casi imprescindible, la indigencia mediática y financiera terminarán llevándolo al rincón del olvido. Niegan la posibilidad de que alguien recoja el testigo socialdemócrata a la europea cuando el PSOE, cada vez más desorientado, se ladee hacia un radicalismo suicida.

Algunos, con intereses bastardos, defienden que hay un cambio acelerado en los modos políticos. Semejante análisis, desde mi punto de vista, es erróneo. Lo que curre es mucho más simple: la depauperación de las  clases medias (convertidas en decadentes menestrales sine die) y la inadmisible corrupción de las élites político-financieras, son razones definitivas. El nacimiento de Ciudadanos y de Podemos es, pues, la resultante obligada, fatal, de una cogestión desastrosa imputable a dos partidos que han traído este escenario mísero, al tiempo que delictuoso. Ellos y solo ellos son los padres putativos del arco iris que oteamos en el horizonte electoral. Mención extraordinaria merecen aquellas agrupaciones, heterogéneas cuando no divergentes, que hacen gestos -dada su incuria- en las principales ciudades del país o que utilizan los sentimientos identitarios como tapadera de hediondos brebajes.

Ciudadanos eligió el naranja; color levantino, alegre; con fundamento, con sustancia, para provocar la atención del individuo. Fueron inteligentes, prácticos, seductores, hasta en ese pequeño detalle casi doctrinal que muestra a las claras su afán de “pegada”. La nitidez cromática contrasta con abundante y ajena confusión ideológica. Se considera un partido que va desde la extrema derecha (según los independentistas catalanes) hasta la izquierda neta, en opinión del PP. Es evidente que estos extremos le vienen sugeridos por siglas lesas o damnificadas. Rajoy, junto a sus voceros, lo ubica a la izquierda porque sus votantes de antaño, hogaño porfían atropelladamente por confiar en Albert Rivera. Puede, al final, convertirse -para bien o para mal- en partido de gobierno dejando atrás esa función de bisagra que ahora mismo se le adjudica. La frescura y pureza que desprenden le hacen asombrosamente rentable. Ser centro indiscutible del foco mediático y social puede suponerle un marco de inestabilidad si no administran adecuadamente tiempos y compañeros de viaje

Podemos eligió un morado precursor. Si bien es el color que transforma espíritu y mente (propio de nazarenos y penitentes), para el esoterismo potencia la trasmutación, la transgresión y el cambio. Ignoro si sus fundadores, élite universitaria, casta selecta, rumiaron una u otra cualidad. El resultado final, a que tienden todas las prospecciones sociales, le acerca a las últimas. A poco, Cronos les asignará retales en vez de expectativas brillantes. Quizás a sus líderes destacados les parezca bien que quede algo, sea o no transgresor, ante el cariz de ruina que predicen las encuestas. Los objetivos, en ocasiones, acostumbra a cargarlos el diablo. De conquistar aquel cielo pretérito por asalto han pasado a procurar que no les caiga este encima. Sospecho, con argumentos consolidados, que pese al viaje atroz, morado, de última hora, nada puede imputársele al color; sí a la egolatría, prepotencia e impiedad, de un líder cuya estrategia se ha revelado desastrosa.

Jordi Ébole puso sobre la mesa, con ligereza o mala leche, el color negro. Preguntados Pablo y Albert si habían cobrado o pagado en dinero  negro, durante segundos se adueñó del coloquio un silencio cortante, acusador, para luego silabeando, arrastrando vergüenza ambos, reconocer que sí en algún momento de sus vidas. Desgraciado y desgracia se conjugaron una noche fantasmal, ardua. Trajo cola el valiente, sincero e inoportuno reconocimiento de su salto torero a la obligación fiscal. Pedro Sánchez, a preguntas de María Casado, respondió entre malhumorado y seguro que él jamás había pagado con dinero negro. Sí reconoció haber cobrado tiempo atrás -al principio laboral en que ética y seguridad están reñidas- cierto dinerillo oscuro. Le faltó aseverar que  lo hizo como prueba material, ejemplarizante, de rechazo al racismo. Pero hombre, Pedro, que este país tiene socialmente implantado un precepto justo: evitar, cuando se puede, el IVA y otros impuestos abusivos, confiscatorios, no ya por sus motivaciones sino por el uso arbitrario, corruptor y ratero a que suelen ordenarse.

Dejémonos de colores, aquí solo predomina el color del dinero. Eso, al menos, parece indicar el nacionalismo catalán que, imitando el agua, es incoloro, inodoro e insípido.

 

 

viernes, 16 de octubre de 2015

¿ESTÁ ESPAÑA AL BORDE DE LA DESCOMPOSICIÓN?


Cuando un país democrático adolece de instituciones gravemente deterioradas, se encuentra en claro proceso de descomposición. España, ahora mismo y desde hace tiempo, viene manteniendo unas instituciones perversas, romas, negligentes. Pareciera que potencian el folklorismo como licencia de su función sustantiva, de la que han hecho auténtica dejadez o, peor aún, apostasía. Si analizamos cualquiera de ellas, nos interrogaremos, con cierto sobresalto, en qué han sido convertidas, a qué amalgama de despropósitos les ha abocado la torpeza -e incluso el ensañamiento- de estos sujetos ignominiosos, antisociales. No va más, aparentan decir, porque el juego está terminado. Quizás esté empezando, guiado o sometido al azar caprichoso de esa ruleta rusa a la que nos arrastra semejante cuadrilla de rufianes.

El nuevo código penal presenta artículos, disposiciones, que fueron elaborados con indigencia intelectual, a lo peor con vesania antidemocrática. Me inquieta la redacción del artículo cuatrocientos noventa y siete, cuyo texto pone en evidencia el perfil sumiso del poder legislativo. Proclama determinadas penas para quienes, sin ser miembros del Congreso o del Senado perturben gravemente el orden de las sesiones. Sin embargo, parlamentarios y senadores sí pueden perturbarlo. ¿Son, acaso, especiales o están revestidos de una impunidad a todas luces privilegiada? Me parece el escandaloso paradigma de un poder democrático incompatible con sus principios generadores. Mejor correr un piadoso silencio sobre la nueva Ley de Seguridad Ciudadana, denominación falaz, desafortunada, opuesta a cualquier contexto que debiera guardar las formas liberales.

Sin restar culpas a mis conciudadanos -amén de algunas propias- ni caer en argucias o excesos, podríamos examinar muchas instituciones sin alentar impiedades pueriles porque ellas mismas se mancillan y cubren de inmundicia. Reseñaré aquellas que estos últimos días abrieron sorprendentemente noticieros u ocuparon páginas de rotativa. El acompañamiento esperpéntico y sedicioso que abrió las declaraciones de las señoras Rigau y Ortega, junto a la exaltación de varas regidoras que hicieron el paseíllo, más que pasillo, al muy honorable, debieron constituir un cuadro insólito para el resto del orbe y una intimidación inadmisible a la independencia judicial. Las sutilezas que adujeron los imputados ante el juez, verdaderos argumentos a la impunidad, fueron empequeñecidas  por el ruidoso silencio que evacuó un gobierno preso de extraños temores. Mas pedía, de manera inútil, años de inhabilitación y cárcel a los que era merecedor con sobrados motivos. De momento, hasta la justicia calla. Sin Ley no hay democracia. Por esto, salvo contradicción, quien se salta la norma no puede justificar su delito alegando un encargo democrático.

Dicen que los partidos políticos y su actividad conforman los pilares vertebrales de todo sistema democrático, se consideran instituciones sustantivas. Hoy, vemos casi todas en una dramática coyuntura plena de achaques. Reparemos. Aznar, Montoro, Quiroga y Álvarez de Toledo, han puesto al PP a punto de resquebrajarse, avivando enconos simulados o bien dormidos. Cuando sobrevuela una probable pérdida de poder sobre el horizonte inmediato, los silencios cómplices restituyen atronadoras culpas. Algunos creen que deben exponer dudas, requerir urgentes cambios, para cosechar insustanciales dividendos rehabilitadores. 

El PSOE exhibe idéntico dilema, pero al contrario. La señora Díaz, víctima de cálculos erróneos, confió que el señor Sánchez quemara sus naves en esta primera disputa electoral para, enseguida, presentar presumibles éxitos andaluces a fin de conseguir protagonismo nacional. Si Sánchez ganara, surgirían sigilosos movimientos tácticos que ocasionarían alarmantes quebrantos para la difícil gobernanza. Díaz no iba a conformarse con estar una década -pues el PSOE siempre repite legislatura- sin probar fortuna. Rotos, casi desaparecidos, Vox, UPyD e IU, quedan Podemos, grogui, y Ciudadanos, como único verso suelto. Con estos mimbres mal puede construirse el cesto democrático.

Los poderes ejecutivo y judicial -sirva la redundancia- llevan tiempo obviando sus funciones. Uno por desasosiego y otro asumiendo influencias malignas, piden a gritos autoestima, fuerza interna; tal vez sustitución liberadora. Ignoro si por complejo, o por cobardía, se judicializa el marco político y se politiza el que compete al ámbito judicial. Esta situación da pie, a quienes actúan hollando leyes divinas y humanas, a encontrar una salida política, asimismo judicial cuando burlan sus compromisos políticos o se ven deshonrados por lastres viciosos. Ambas instituciones presentan un perfil putrefacto, hediondo, que contamina una democracia débil, insegura.

Ha poco conocimos el postrer síntoma de descomposición institucional. La jueza Alaya, instructora de los EREs, ha sido separada definitivamente de esa larga y oscura trama para que la sustituya otra “menos aguerrida”. Al parecer, la Junta Andaluza, por fin, se ha salido con las suyas. La responsabilidad inmediata debe consignarse al TSJA aunque su aprobación incumbe al CGPJ. Creo que este refrendará la decisión de aquel ya que la sospecha de “arreglo” entre PP y PSOE no es nada descartable. Sería un signo más de esta carrera hacia la descomposición institucional que sacude con preocupación los cimientos democráticos. Preparémonos para digerir lo que deja entrever el panorama económico-político-social de España. Hasta ahora vivíamos algo esperanzados porque solo hemos visto la punta del gigantesco iceberg que nos acecha y mortifica.

 

viernes, 9 de octubre de 2015

LA PRIORIDAD DE NUESTRA DEMOCRACIA ES CONFISCAR


Sabemos que los sistemas democráticos aparecen por la necesidad de amparar intereses y derechos individuales. El Estado nace como respuesta a la debilidad e inconsistencia humanas. Nadie puede defender aquellos en solitario. Por esta razón es imprescindible crear un cuerpo imbricado, robusto, seguro. La Revolución Francesa, matriz del Estado Moderno, conformó su proceso con la Declaración de los derechos del Hombre y del Ciudadano. Ella, amén de estos principios constituyentes, hizo desvanecerse el absolutismo monárquico equivalente a cuantas dictaduras aparecieron después. Sin embargo, su pureza no impide que ciertos prohombres, bajo una apariencia democrática, se burlen de aquellas esencias. Tal vez el tiempo, la desmemoria o ambiciones ilegítimas, la vayan desnaturalizando en perjuicio de un ciudadano desclasificado, apático, harto dentro de su resignación.

Confiscar significa atribuir al fisco unos bienes que eran propiedad de una persona en virtud de disposiciones legales. En otras palabras, sustraer legalmente o no tanto. Refiero mi caso particular para que el lector consiga situarse en la siguiente exposición. El pasado mes de julio fui sancionado por exceso de velocidad con cien euros. Cuando se me comunicó tal incidencia estaba en mi pueblo natal conquense mitigando los calores valencianos. El cartero, al no localizarme, devolvió la notificación. De inmediato, se recurrió al BOE -que nadie lee- para darme por enterado. Aparte de no percatarme (como es lógico), semejante eventualidad impedía rebajar el cincuenta por ciento. Hace unos días recibí la llamada de una empresa dedicada a gestionar multas de tráfico. A través de ella conocí la existencia de la infracción  y me comunicaron que tenía quince días para reclamar o pagar cien euros, salvo su anulación. El precio, cuarenta euros. Acepté, lo que puede suponer un monto total de ciento cuarenta euros en vez de cincuenta. Como puede imaginarse, inicié un cabreo de bastantes decibelios.

Siendo irritante el escenario expuesto, mi disgusto aumenta con la novedad. El Tribunal Constitucional hace tiempo resolvió, a favor de los Automovilistas Europeos Asociados (AEA), lo siguiente: La comunicación de actos judiciales mediante edictos solo es ajustable a las exigencias del artículo veinticuatro de la Constitución (derechos de los ciudadanos) cuando es absolutamente imposible la comunicación personal al interesado. Su finalidad consiste en rehuir limitaciones del derecho a la legítima defensa y a la prohibición de indefensión. Es de suponer que su alcance concierna también a los actos administrativos para salvar rechazos indeseados a aquellas judiciales. Hoy, esa imposibilidad de la que habla el Tribunal Constitucional como marco de acceso al BOE es quimérica más que difícil. Con estos antecedentes, podemos extraer la percepción de que todas las instituciones se saltan las leyes a la torera; es decir, hay una burla evidente a los derechos ciudadanos. Mientras, al individuo se le exprime hasta el agotamiento en una codicia insana.

Estaremos de acuerdo en que la robustez democrática es directamente proporcional al Estado de Derecho que la sustenta. No sirven enunciados ni soflamas. El movimiento se demuestra andando. El aprendizaje diario confirma a las claras la indigencia legal con que tropezamos en tantos y tantos episodios. Cuánta envidia suscitan las referencias a países como Dinamarca, Finlandia, Suecia o Noruega. Cuánto malestar, hastío y vergüenza, anidan  en nuestras vivencias democráticas. De aquí procede el desapego a políticos e instituciones. Nadie quiere herramientas caras, ineficaces u obsoletas.

Quienes por cuestiones de edad no conocieron otro régimen, andan perplejos, perdidos, dubitativos cuanto menos. Uno de mis hijos -ingeniero, funcionario, ideológicamente moderado, con dos hijos pequeños y esposa en paro- estaba tan pesimista que su única salida era votar a Podemos. Me costó convencerlo de que esa opción suponía el totalitarismo disfrazado de sirena. No me extrañó porque los que vivimos el franquismo, en alto porcentaje, evocan con deleite aquella época. Resulta curiosa la confluencia dictatorial entre jóvenes y mayores. Parece ser el designio de España. Tras una vivencia democrática viene un periodo absolutista o dictatorial. Ocurrió en la Primera República, en la Segunda y no descarto que termine igual esta monarquía parlamentaria.

¿Por qué los políticos siguen luciendo incapacidad democrática? ¿Por qué jóvenes y mayores, por distintos impulsos, detestan al final democracias que ansiaban, o eran ansiados, vivir? ¿Qué ocurre? Tengo mil respuestas juiciosas. Desconozco, asimismo, el afán de esta caterva por matar la gallina de los huevos de oro. Tanto desaprensivo como anda suelto crea una atmósfera contaminada, irrespirable. Traspasan todas las líneas rojas y el pueblo termina por repugnarlos. A ellos y al sistema que representan.

El gobernante que incumple la Ley queda inhabilitado para hacerla cumplir. Se inicia así un veloz tránsito hacia la ley de la selva exterminando, a poco, cualquier respeto por los derechos individuales. Se rompe, pues, el puente que une al ciudadano con la democracia y aparece, por reacción, un sistema opresor pero intransigente con todos. Esta ulterior característica lo hace duradero, convirtiendo en probidad lo que a todas luces es lacra. Para concluir, pido perdón por el exabrupto con carga tremendista, poco piadosa, pero presuntamente bíblico, que dice: “O follamos todos o la puta al río”.

 

viernes, 25 de septiembre de 2015

DE LOS FALSOS DESLEALES Y RENEGADOS


España es un país histriónico, en permanente camuflaje, hiperbólico. No hay pensador ni literato que haya olvidado dibujar, bien a retrato bien a caricatura, ese temperamento que nos caracteriza.  Aun rozando aquellos límites tácitos impuestos por el celo, la moral y las leyes, el español tiene mucho de ratero. Es un pícaro digno, capaz de ofenderse si se le achaca cierta aversión a la solidaridad. Caritativo selecto, lo envuelve una costra de largueza notable. Eso sí, procura pasar desapercibido no vaya a ser que alguien le zahiera por altruismo excesivo, por traidor al proceder nacional. Prevalece el prurito picaresco a la razón serena. Amamos el cobertizo y tememos la aldaba que abriría paso a una realidad inquietante por si ella objetara nuestra mala reputación. Odiamos cualquier apariencia de mansedumbre.

Ahora hacen furor epítetos que sirven igual para un roto que para un descosido. Se lleva la palma, con toda probabilidad, el vocablo desleal. Puede que esta situación política compleja, confusa, retadora, potencie su uso a niveles desorbitados e injustos. Llevamos meses en que los políticos se cubren con una máscara cuya función es desnaturalizar personas, siglas e ideas. Soy enemigo de la hipocresía y de cualquier estrategia que lleve a la manipulación en lugar de al convencimiento. Desapruebo, repudio, que los políticos -sin excepción- muestren un talante alejado de su propio yo. A veces, opuesto. Este escenario lleva a generar desconcierto (incluso a analistas y comunicadores) o a otear tácticas que cada cual articula según aconsejen las prospecciones sociales. El individuo constituye la materia prima del negocio político.

Se oye por parte de un gobierno inerme, amén de una oposición indigente, que el señor Mas es desleal a España y a la Constitución. Desde mi punto de vista, esta afirmación es aventurada si no falsa. Para que alguien sea desleal se precisa primero que sea leal, premisa muy dudosa en este caso. Sin embargo, y a mayor abundamiento, creo que el muy honorable derrocha intriga de boquilla; como suele decirse (y es un horror) optimiza el “postureo”. Convergencia Democrática -es decir, la burguesía catalana- jamás hizo fe de independentismo. Ahora tampoco. Es un paripé, arriesgado por cierto, para acarrear algún beneficio monetario o competencial. Digo arriesgado porque una parte considerable de la población no ve el señuelo, se ha fijado al capote, y su frustración puede originar un conflicto social inquietante. Engañan a la sociedad, espolean a un ejecutivo que está de vuelta, y esa circunstancia genera furia al ver burladas sus expectativas. Vano esfuerzo sembrar quimeras para luego cosechar sinsabores.

Estoy convencido de que Mas pretende únicamente el Concierto Fiscal y la Autonomía Judicial. De esta forma, Cataluña se convertirá, presuntamente, en la tierra de promisión para transgresores impunes. Probablemente ERC y el resto de formaciones que componen la candidatura “Junts pel sí” tengan objetivos diferentes, incluso ese delirio denominado independencia. Los últimos días traen un eco aciago para Mas. Se comenta que Junqueras y Romeva, si ganan las elecciones, quieren una presidencia rotativa para ellos dos. Esta coyuntura sí implica una deslealtad potencial a Mas que parece actuar como el tonto útil del independentismo. Significaría su segundo y definitivo fracaso. De rebote, también el de Pujol; aquel señor extraño, indescifrable, que pretendía hacer patria. Después se ha ido averiguando su íntima concepción de patria.

Próximos a los falsos desleales encontramos a los pérfidos leales: González, Aznar, Zapatero y Rajoy. Ellos debieron ser fieles a los españoles, incluyendo a catalanes, y por sendos platos de lentejas fueron excitando un engendro dormido que ahora preocupa a todos. Cataluña, ocurra lo que ocurra,  no tiene salida -carece de solución- porque la fractura social es irreversible. Si bien se piensa, los mencionados fueron padres putativos del desasosiego que se cierne sobre todos los españoles. Porque, al final, solo puede haber trato desigual e insolidaridad. Tiempo al tiempo.

No ha mucho, siguiendo la inercia del momento, Fernando Trueba dejó oír que él “no se había sentido español ni cinco minutos en toda su vida”. Interpretaciones o lecturas aparte, su aserto no era el de un renegado; sí de un falso renegado. Cuando uno se siente económicamente solvente (gracias, en cierto modo, a las continuas subvenciones que da el país negado) y goza del respaldo de una tribu de progres -altamente dogmáticos, a la vez que seducidos por la moda y otras pasiones frívolas- puede permitirse aparecer necio en lugar de afirmarse renegado. Pese a lo dicho, casi con seguridad, él prefiera pasar por perjuro entre los de su calaña porque mola más. Yo lo veo como un pobre oportunista.

Mis ocasionales lectores estarán de acuerdo en que pocas cosas son lo que aparentan. Nuestro sistema es formalmente democrático, pero ¿disfrutamos en realidad de una democracia? Se evocan con frecuencia, asimismo con cierto dividendo, las palabras de Churchill: “La democracia es el sistema menos malo de todos los conocidos”. No intuía la democracia pintoresca, cleptocrática, rastrera y onerosa que vivimos en España. Mientras que transijamos, nos vienen aplicando un sucedáneo; preferible, por supuesto, al populismo totalitario.

 

 

viernes, 18 de septiembre de 2015

DANDO LA NOTA


Dar la nota es una expresión popular utilizada a menudo. Significa tener un comportamiento extemporáneo o no acorde con lo esperado. El tópico indica que España es diferente. Ignoro si esta insinuación se refiere al hecho indicado o, aun siendo así, se complementa además con otros aspectos de mayor o menor encomio. La diversidad no tiene porqué centrarse solo en perspectivas censurables. Somos un país capaz de acciones rastreras, pero también de conseguir logros, proezas, insólitos. Tenemos gran capacidad para levantar pasiones variadas y variopintas. Al final, nos odian y envidian a partes iguales. Esta circunstancia, tan paradójica como real, permite que nuestro entorno haya comprendido -quizás empiece a hacerlo- tan especial idiosincrasia.

Pese a lo dicho, la sociedad española basa su diferencia, respecto a aquella que conforma la media europea, en su naturaleza indolente, casi fatalista. Llegamos tarde al humanismo. Como consecuencia padecimos orfandad de clases burguesas y de democracias liberales. Semejante marco, origen de todos los males posteriores, ocasionó un retraso social de dos siglos en relación a los países más avanzados de Europa. Su consecuencia lógica fue el surgimiento de un pueblo sumiso y con abundantes déficits democráticos. Es verdad que nuestros políticos dan la nota a diario. También, y es mucho más grave, que esquilman al individuo aprovechando la falta de juicio crítico. Cualquier sociedad inculta es caldo de cultivo para sembrar una conciencia dogmática y sectaria. A lo largo de los siglos, nuestros gobernantes han potenciado la desunión, el enfrentamiento, como medio para conservar inalterable su status quo.

Hoy, seguimos de forma similar a tiempos pretéritos. En ocasiones he recordado que si Ortega viviera no cambiaría una coma a sus lamentos de hace un siglo. Larra escribiría los mismos artículos que realizó doscientos años atrás. España cambia algo, poco, pero sus prebostes nada. Se consideran dueños de esta bendita tierra convertida en aprisco con nocturnidad y alevosía. La masa, desvertebrada, rota, ha servido y sirve de carnaza cuando se quiere solventar las diferentes contiendas propiciadas por un poder insaciable. El horizonte próximo no ofrece ninguna salida. Sentir cierta esperanza de rectificación constituye un anhelo sin fundamento. Menos ver enseguida la luz al final del túnel. Hemos llegado al punto de no retorno. Lo que pueda ocurrir en adelante escapa a cualquier predicción hecha con el mayor sentido común. Ahora manda el azar, la ruleta rusa.

Veamos algunos casos donde líderes, o actores secundarios, llevan tiempo dando la nota. Empiezo por Podemos, partido que ajusta un discurso deshilachado, inconcreto, visceral, al capricho del voto. Puede ser de izquierdas, socialdemócrata, de centro, independentista, nacional, según venga el aire. Importa el poder, nada más. Definiéndose continuamente de democrático, suele inhibirse cada vez que surge un rechazo público e institucional a ciertas dictaduras. Miembros vip de esta formación, dan el cante -fiscal y dialéctico- con frecuencia a mayor gloria. Estos buscadores de oro serían comidilla en mi pueblo a través de la siguiente referencia: “Hay que ver lo que hay que trabajar para vivir sin trabajar”.

Perdónenme, pero Ciudadanos no da la nota. Si acaso, desafina medio tono; nada importante si escrutamos el conjunto. Soy abstencionista confeso, por tanto no interpreten intención ni subjetivismo. Por la misma razón, tampoco deben hacerlo de las palabras que expongo a continuación sobre el PSOE. Este partido, desde Zapatero, protagoniza la exclusiva. Nadie como él ejecuta las salidas de tono con tanta intensidad. Puede que sus perspectivas de gobierno le hagan perder el oremus. Desde esa boutade de Pedro Sánchez anunciando, urbi et orbi, la negativa a pactar con el PP, dar la nota para aquel partido no es una casualidad, es una vocación. ¿Cómo va a liderar el cambio quien desconoce qué se debe cambiar? ¿Qué significa instaurar una España Federal para que Cataluña se sienta gustosa en su seno? ¿Simétrica o asimétrica? Otro mago embaucador no, por favor.

El PP le va a la zaga y acortando distancias. Los ministros, salvo honrosas excepciones, aman el cante por encima de cualquier otra consideración. Ahora que Rajoy ha dispuesto que pisen el albero, esto se ha convertido en un jolgorio, el club de la comedia. Nadie puede decir, igualando los tiempos, tantas sandeces. Es imposible. Lo malo es que ellos piensan que son sandeces y las sueltan creyendo bobo de precisión al contribuyente español. Pronto sabremos si aciertan. El broche de oro lo pone una salida de tono que da el cante: quieren que el Tribunal Constitucional acometa la dualidad de ser, asimismo, un órgano ejecutivo.

Donde la romana se ajusta por arrobas (locución de la manchuela castellano- manchega) es en los independentistas y en estos municipios de cien días. Los independentistas que son fluidos -pero no miscibles- no dan el tono, lo bordan. Madrid, Barcelona y otros ayuntamientos, quebrados o no, destacaron estas fechas de análisis y satisfacciones en dar el cante colectivo, de grupo selecto. Calientes aún los comunes afanes nepotistas, cada cual dio su nota particular. Carmena, verbigracia, apuntó la frialdad mediática como excusa a la nada municipal. Pero para nota, nota, la de verdad, la literal, aquel ocho notabilísimo que se autoadjudicó la señorita Maestre, hija de su padre. Es el talante falaz e hipócrita de “Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como”. 

 

viernes, 11 de septiembre de 2015

CATALUÑA EMPRENDE SU CAMINO AL ABISMO


Sí, Cataluña oficializa estos días el camino inexorable hacia el abismo. Da igual el resultado porque la fractura social no tiene marcha atrás, es insoluble. Desvertebrar, destruir, es mucho más fácil que vertebrar, construir. Por este motivo, los políticos (modelo de torpeza e indecencia), se han empleado en demoler para tapar su indigencia y bellaquería, cuando no un ilícito plan de enriquecimiento personal. Indigna que una autonomía, privilegiada por el Consejo de Política Fiscal y Financiera, haga recortes insólitos para potenciar el hecho soberanista. Parece que la sanidad catalana, según diferentes informaciones, roza el caos por claras deficiencias financieras. Sin embargo, televisión pública, embajadas, subvenciones asombrosas, que tengan el objeto de airear o mostrar las virtudes de un independentismo benefactor, abruman con su solvencia económica.

Mis compatriotas catalanes son tan responsables, en su escenario de zozobra, como el resto de españoles respecto a la situación general de España. Unos y otros hemos sido manipulados, escarnecidos, por gobernantes felones e indignos. La animadversión actual -que existe aunque se quiera negar-  es fruto, sin duda, de un adoctrinamiento más o menos soterrado. Saben con qué facilidad se genera una determinada conciencia pulsando sentimientos pedestres, rastreros. No obstante, debemos analizar la realidad sin apasionamiento, con justeza y justicia, repartiendo reproches. Este caso está huérfano de estrellas protagonistas ya que, desde mi punto de vista, hay una corresponsabilidad bastante equitativa entre los diferentes actores.

Los nacionalismos en España no son independentistas por dos razones: porque representan a la burguesía rancia y porque serlo significa certificar su acta de defunción doctrinal; es decir, el suicidio político. Si nos centramos en el nacionalismo catalán, representado por la antigua CiU (ERC y otros tienen ADN soberanista), estaremos de acuerdo que jamás mostraron propensión a asumir ningún reto separatista. Verdad es que enarbolaron esa bandera, siempre lamiendo el límite, para conseguir algún rédito pecuniario o político. Tensaron la cuerda, como he dicho, hasta límites insospechados aprovechando una ley electoral hecha a su medida. También la conducta de líderes menguados de dotes y personalidad de estadistas, a la par que bien pertrechados de miseria moral. Por ello, una vez conseguidas las competencias educativas, dedicaron tres décadas a adoctrinar alumnos inoculándoles el odio a España con excusas más que groseras. Sin reservas ni obstáculos. Se aseguraban nuevas generaciones de radicalidad y, por tanto, un indudable granero de votos.

Mas, de apellido pero menos de talento, se ha visto superado por una sociedad enardecida, dogmatizada. Cualquier error estratégico trae momentos extremos; uno puede consumirse en su propio caldo de cultivo. La Diada de hace dos años le llevó a experimentar una realidad incómoda. Le quedaba poco margen de maniobra. Recular, perder el paso, el gobierno, o ponerse al frente de la manifestación, huir hacia adelante. La primera opción debió rechazarla al momento por sus implicaciones políticas, aun jurídicas, y tuvo que someterse a la segunda. Estoy convencido de que, ahora mismo, su mente, su voluntad, se mueven en un encrespado mar de dudas y de sentimientos contrapuestos. Me recuerda, lejana, aquella ley física de Fuerzas Concurrentes cuya resultante es cero. Mas, ahora, es un individuo cero; constituye el punto final, el cierre definitivo, del pujolismo con alguna luz y tantísimas sombras.

El PSOE, cómplice necesario, aduce un iluso e ilusorio Estado Federal asimétrico como única respuesta. Esta inexplicada e infundada iniciativa es el reconocimiento tácito del fracaso total en su resolución. Saben perfectamente que la fase a la que se ha llegado presenta un inmovilismo firme. La sociedad catalana ha sido convencida de un Jauja inexistente, onírico. Falta ver quien la convence de que todo se reduce a una maniobra política para seguir detentando el poder, adquirido con malas artes, sus privilegios e impunidad. Los partidos han acabado a la zaga de las quiméricas aspiraciones populares. Recuerdo cuando González repartía competencias por aquiescencias o Zapatero, ebrio de republicanismo corrosivo, reputaba cuánto viniera del Parlamento catalán. Asimismo, ambos hicieron la vista gorda ante los continuos incumplimientos de la Ley.

Al PP no lo hace inocente su menor tiempo de gobernanza. Aznar fue también un mantenedor de la discrecionalidad, abuso y exigencia de los políticos catalanes. Incluso se dejó decir, para congratularse con quien -presuntamente- delinquía cubriéndose con una bandera escamoteada, que hablaba catalán en la intimidad. Además, consintió la depuración de Vidal Cuadras aunque no fuera político de mi agrado. Rajoy mantiene una ubicuidad característica. Por cierto, es la mejor manera de encontrarse siempre perdido.

Me aburre el tema catalán por reincidente y por su cantinela monótona. Verdaderamente hemos llegado a un marco de difícil conversión. Creo que se ha franqueado el límite de lo razonable, de lo posible; han empezado a jugar con fuego. Como ciudadano español, me preocupa poco que Cataluña se independice o no. Primero porque, objetivamente, ha perdido potencial económico autóctono y porque las empresas hoy se reubican con facilidad. Segundo porque resulta más oneroso convivir con alguien que no quiere hacerlo, que darle plena libertad de acción. Como persona, lo sentiría por quienes dejarían de ser españoles a la fuerza, violando derechos individuales. Mi voto soberano sería un sí a la independencia, no por mi voluntad sino por la suya. Que lo piensen bien, sobre todo las consecuencias. Quiero vivir tranquilo, sin demandas extravagantes, por esto deben saber que gozan con mi aquiescencia.  

 

viernes, 4 de septiembre de 2015

ÁNGELES, ARCÁNGELES, SERAFINES Y QUERUBINES


Según la angelología, los ángeles son criaturas de gran pureza que protegen a los seres humanos. Aquellos que ostentan mando, jerarquía, se les llama arcángeles. Quienes conforman el coro celestial, en segundo plano, se denominan querubines, tras los serafines que llevan la voz cantante. No pretendo, ni mucho menos, plasmar hondas o superficiales lucubraciones sobre el conjunto de espíritus que acompañan a los dioses de las tres religiones monoteístas: cristianismo, judaísmo y mahometismo. Por el contrario, quiero realizar una analogía entre el ámbito celestial, que trasciende la razón, y el poder terrenal, que es esquivo ante la piedad, la justicia, el sentido común.

El artículo surge de la crisis migratoria generada, principalmente, por la guerra de Siria. Llevamos días en que las cámaras reflejan miseria y muerte. Millares de refugiados caminan exhaustos por tierras húngaras sin que nada ni nadie pueda detener su huida de esa violencia que insiste en atraparlos. Aylan, el pequeño sirio a quien la muerte dejó mecer por las suaves olas de una playa turca, sacudió la entumecida conciencia europea. El eco de los bombardeos repletos de cadáveres no fue suficiente para franquear el umbral de las emociones, de los sentimientos. Lo que no percibimos carece de vida; no existe. Ahora, un poco tarde, los gerifaltes de Europa comprenden por fin el horrible infierno por el que pasan niños, jóvenes y adultos. Debido a esto piensan aumentar la cantidad de refugiados en sus planes de acogida.

Sin embargo, hemos visto como los ángeles: voluntarios, Cruz Roja, personas anónimas, organismos diversos y fuerzas del orden, han coadyuvado sin desmayo a hacer algo más llevadero el suplicio originado por la guerra, el egoísmo y la ofuscación. Son auténticos ángeles de carne y hueso dispuestos al mayor sacrificio para auxiliar a un semejante. Ejemplar, loable, su esfuerzo gratuito; alejado de reconocimientos o distinciones. Se mueven por humanidad, esa pulsión exclusiva de individuos nobles, generosos, indispensables en este mundo cruel donde pueda encontrarse todavía algún hálito de esperanza, donde reine la solidaridad. Soberbia su labor y entrega.

Con mayor potestad, menos eficacia y conciencia social, los arcángeles quedan paralizados por un poder complejo, mezquino, sumergido en la parsimonia e injusticia. Falta de acuerdo, insensibilidad ante el drama, pereza, impiden a la UE adoptar medidas urgentes. Países irresolutos, insolidarios, se oponen frontalmente a acoger un número definitivo de gentes que viven perseguidas por el infortunio. Gobiernos premiosos dilapidan tiempo, no en compromisos sino en acordar fechas de las próximas reuniones al efecto de reseñar cuotas de reparto. Mientras, alcaldes de Podemos (sus marcas blancas), se reúnen en Barcelona -sin contar con la FEMP- bajo el espectro de un aquelarre sectario; selecto pero impreciso. Reclamo y brindis al sol, junto a bancarrotas tácitas o expresas, conforman el análisis de cien días reducidos a muecas y a la nada pomposa. Ellos sí van a acoger a refugiados. Falta saber, fuera de ofrecimientos particulares, el cómo y el cuándo. Un mohín más. Los arcángeles terrenales dejan mucho que desear.

Medios audiovisuales, prensa, tertulias, debates, periodistas célebres -acreditados- forman el primer coro celestial, la primera orquesta del poder, la mejor afinada. Son los serafines. Desempeñan una tarea atractiva, confortable, bien remunerada. Sus lisonjas al poder calan lentamente en el individuo formando una conciencia social aparente, inasequible, dogmática. Establecen una simbiosis perfecta con el dios dominio; ya sea político, social, financiero o religioso. Ambos se necesitan y son tan similares que pueden llegar a confundirse. Uno se nutre de otro y viceversa. Ignoro quien hace de hábitat natural y quien de camaleón, aunque me temo que pueden alternarse indistintamente sin realizar un esfuerzo extra. Viven de la argucia, del enredo y de la mentira. Decía Kapuscinski: “Cuando se descubrió que la información era un negocio, la verdad dejó de ser importante”. Amén.

Quedan, para el final, los querubines. Constituyen el segundo coro celestial, la plebe. Son la verdadera base del poder, su sustento firme, genuino, cautivo. Pese a la carga afectiva del vocablo, a la belleza estética y a la melodiosa fonética, querubín entraña una muchedumbre variopinta, con preocupantes trazas de indigencia cívica e intelectual. Sí, el pueblo somos los querubines del poder; su bien amado y al tiempo maldito. Cedemos nuestra fuerza, que es ordinaria, para fines que debieran ser dignos, extraordinarios. Esta eventualidad, que es un error clamoroso, la pagamos a un precio excesivo. Como suele decirse, nuestra necedad nos hace perder el pan y el perro. Gregorio Marañón aseveraba: “La multitud ha sido en todas las épocas de su historia arrastrada por gestos más que por ideas. La muchedumbre no razona jamás”. Y él sabía mucho del comportamiento humano a nivel individual, pero también colectivo. Intentemos, tras un extraordinario acto de inteligencia, probar cuán equivocado estaba. Demostrémoslo en unos meses. A lo peor, resulta imposible porque sus razones eran incuestionables.

 

viernes, 28 de agosto de 2015

DEL DERECHO Y DE LA JUSTICIA


Quienes nos ubicamos lejos de los laberintos jurídicos, advertimos a veces extrañas pasiones. Cuán difícil es apartar de nosotros la sensación de que Ley constituye el sinónimo perfecto de abuso, discrecionalidad o desamparo. Probablemente seamos arrastrados por ese ardor humano que nos incita a proteger al débil, al desvalido. Nuestra reacción resulta ser el efecto lógico de una rebeldía pueril alimentada por la ignorancia más que por la justeza. No sé, ni me preocupa demasiado, la génesis de este sentimiento tan generoso y a la vez tan agrio. Las personas normales, el ciudadano de a pie, realizaron una conexión plena con la abuela canaria. ¡Todos somos Josefa! fue ocupando espacios y silencios. Un grito sordo cubrió el absurdo legal; al menos, su incomprensible laguna. Porque la cárcel de Josefa rompe toda lógica, todo sentido común. Conforma, a partes iguales, ligereza e inmoralidad, dos vicios atroces.  

Fue y es noticia sugestiva, no importante. Josefa Hernández, a cuyo cargo se encuentra una chica y tres menores, construyó parte de su vivienda en suelo protegido. Por negarse a abandonarla, fue condenada a seis meses de prisión. Al final, tuvo que entrar en ella. Sin conocer circunstancias agravantes, se vislumbra un trato discriminatorio respecto de otros casos, sin duda, de inmenso más calado. Una infinidad de hoteles, junto a edificios sociales o particulares,  se levantan -sin orden ni concierto- en zonas protegidas por diversas leyes. Una gran mayoría sigue en pie contraviniendo la Ley de Costas u otras que protegen el Medio Natural. Además de semejante trato discriminatorio, nadie suele entrar en la cárcel, en primera instancia, con sentencias inferiores a dos años.

Tras lo dicho, apreciamos una diferencia notable según quien sea sujeto de derecho. Podríamos referirnos a varios delincuentes de guante blanco que no pisaron celda alguna. De origen anterior a la  norma, el derecho emerge cuando nace el individuo. Se denomina derecho natural y no puede ser restrictivo ni sometido a consideración popular. A poco, y dado el carácter social del individuo, aparece una convivencia espinosa, conflictiva. Así nace la primera norma, mínima pero rigurosa, con el objetivo de corregir, aun orientar, cuantas discrepancias puedan aparecer en un horizonte inexplorado. Es el embrión del legislador que debe dar respuesta a cualquier lance. Van apareciendo normas (tácitas o expresas), estatutos, declaraciones, que regulan la vida comunal. Todo este ordenamiento legal se recopila en Códigos cuya influencia ha llegado hasta nuestros días.

Hay dos tipos de derecho: subjetivo y objetivo. El primero corresponde a la persona como  tal y termina en ella. Es racional, primigenio e intocable. El segundo es irracional porque se supedita a intereses políticos, sociales o de otro tipo. Se ajusta a las circunstancias y exige textos más o  menos hermenéuticos que el legislador elabora a plena conciencia. Uno y otro no son dispares pero la práctica habitual los hace demasiado adyacentes. Incluso, algunos con etiqueta progresista, creen que el  bien común condiciona, cundo no quebranta, el derecho subjetivo. El bien común es la suma de derechos subjetivos, jamás un derecho objetivo del conjunto. Los sistemas democráticos lo tienen muy claro. Totalitarismos y fascismos -sirva la redundancia- también.

Los últimos tiempos vienen cargados, verbigracia, de intolerancia religiosa. Yo, que soy agnóstico, sostengo que declararse católico, musulmán, judío o ateo, es un derecho subjetivo que nadie, en justicia, puede conculcar. Distinto sería, cuanto a consideración, el alarde público porque entonces el derecho trascendería al propio sujeto y pudiera invadir ciertos derechos subjetivos ajenos. El ejemplo puede entenderse algo sutil, pero no por ello pierde contundencia ni valor. Quien atente contra la libertad religiosa está violando un derecho personal y atacando la esencia de la democracia.

Aunque la justicia, los jueces, dejen por el camino altas dosis de crédito, me parece un cuerpo sacrificado, cuya actividad puede calificarse de áspera. Quizás la élite sea cargo de defectos indignos. Ignoro si fue antes el huevo o la gallina. La evidencia confirma que los textos legales son tan difusos que con el mismo contenido alguien puede ir a la cárcel o quedar absuelto. Tal discrecionalidad hace de la Ley un vehículo inseguro, sujeto a vaivenes personales o ideológicos. Creo que las leyes, sin aditamentos resbaladizos, introducen por sí solas inseguridad jurídica tal como están redactadas. El juez debe aplicar la Ley, no interpretarla. Ahora aplica su interpretación. Demasiada carga y exiguo resultado.

Cicerón, obviando enrevesadas hipótesis teoréticas y reglamentarias, en su tiempo ya dijo: “Summum ius summa injuria”. Es decir, aplicar la Ley al pie de la letra a veces puede convertirse en la mayor forma de injusticia. Las leyes tienen, al menos, dos defectos: su circunstancia y la ambigüedad. Recordemos el proceso de Nuremberg así como la ingente cantidad de recursos que le sustraen vivacidad. Si hubiera una única lectura, el recurso quedaría convertido en algo vano, insensato. Aquellos jueces a los que se refiere Cicerón, suelen dictar sentencias injustas y la justicia, por encima de cualquier consideración, debe ser justa. Cualquier Ley que lleve a la injusticia debe revisarse porque se convertiría en semilla de maldad, enemiga de la concordia y de la convivencia. El pueblo, con Platón, “no sabe qué es la justicia, pero sí que es la injusticia”.

 

 

 

viernes, 21 de agosto de 2015

LOS PARTIDOS ESPAÑOLES PRACTICAN UNA POLÍTICA INDECENTE


Entre diversas acepciones, el vocablo decente significa honesto, justo, debido. Otra habla de digno, que obra dignamente. Una última indica de buena calidad o en cantidad suficiente. Por tanto, indecente significaría todo lo contrario al anterior. El epígrafe no tiende, pues, a lo hiperbólico o inapropiado. Se ajusta a la realidad cotidiana de manera irrefutable. ¡Ya me gustaría oponer algún pero esperanzador! La experiencia, el acontecer diario, niega toda posibilidad de resquicio que infundiera un escenario distinto. Ignoro qué hemos hecho los españoles para merecer tanto necio, pese a bastantes informaciones que niegan la exclusividad a nuestra nación. Aunque seamos un poco torpes, no creo que tal cotejo deba servirnos de consuelo. Estamos abatidos, desorientados, irascibles, hartos. El futuro, asimismo, no parece acompañarse de cambios ilusionantes.

Un tópico reiterado concluye que las formas son importantes en democracia. Si, como da a entender, las actitudes proveen carácter, debemos reafirmar la falta de decoro e indecencia política en nuestros gobernantes. El preboste sustituye un ánimo reflexivo, crítico, por la víscera. Obtiene más rédito si potencia los instintos antes que el juicio, las fobias sobre empresas comunes. Estimula la divergencia beligerante, siembra el encono de la dos Españas. Cualquier sigla apela al frentismo como estrategia pingüe. Ninguna ofrece proyectos, iniciativas, que minimicen -e incluso aniquilen- esta crisis. Su meta consiste en infravalorar, cuando no ridiculizar, al rival. Es la prueba evidente de que al ciudadano lo ubican en segundo plano, muy lejos de cualquier vela o inquietud.

Hemos de estar muy ciegos, físicos y aun morales, para no apreciar que al político le interesa solo el poder; siendo caritativos, fundamentalmente el poder. Nada les preocupa más aunque quieran ocultarlo tras el seductor biombo de palabras o hechos pomposos, vanos. Existe una prueba taxativa. Tres años de legislatura bastaron para que un gobierno irresponsable e inepto facilitara la extenuación de las clases medias; por cierto, sostén del Estado. Ahora, a meses de las elecciones generales, aparecen unas vacas gordas con el insólito argumento de que la economía ha entrado en un círculo virtuoso. Bajan los impuestos, ¿aumentan las pensiones?, los funcionarios recuperan -en parte- derechos y poder adquisitivo, aflora otro semestre de ayuda familiar para parados sin prestación; en fin, Jauja. Rizando el rizo -es decir, rozando el ridículo- ha aparecido una recomendación para que los altos cargos de las empresas oficiales utilicen el transporte público y vuelen en clase turista. A buenas horas mangas verdes. ¿Es posible mayor choteo?

Pero la desfachatez visita todos los partidos. El PSOE, por boca de varios responsables, asegura estar preparado para conducir el cambio que exigen los nuevos tiempos. Ayer, hace cuatro años, dejaron el país precipitándose al abismo y ya dicen estar preparados para remediar las dificultades presentes. Dos objeciones. De un lado, su líder actual me recuerda al Zapatero incapaz de perfilar proyectos realistas. Su propuesta económico-social se limitaba a la Alianza de las Civilizaciones y el Cambio Climático como concepción vertebral. De otro, tras repasar opiniones y mensajes, no recuerdo ningún plan para generar riqueza más allá de la típica fraseología hueca y reiterativa de lugares comunes. Quiero recordar, de pasada, los tics que muestran bastante indigencia democrática.

Izquierda Unida, su portavoz y candidato a la presidencia Alberto Garzón, airea extraños -y presuntos- tejemanejes de la UE para humillar a Grecia. Con ocasión del debate parlamentario para aprobar la parte que debe abonar España al tercer rescate griego, Garzón anunció la negativa de su grupo. Adujo la inutilidad del mismo para sacar a Grecia de la miseria (aspecto con el que estoy de acuerdo) pero terminó diciendo que la culpa era del capitalismo. Aquí difiero totalmente. Ningún experto de prestigio se atreve a formular una economía comunista -planificada, desastrosa y liberticida- como alternativa real al capitalismo liberal. Keynes, su economista de referencia, tuvo como guía a Hayek, gurú del liberalismo, pese a tempranas y sustanciales diferencias. Desde mi punto de vista, Garzón es un líder muy válido pero debe atemperar su visión y análisis económicos.

Sobre Podemos me abstengo de comentarios. Mis lectores saben de sobra que este partido, para mí, encarna la plena indecencia política. Ciudadanos, de momento, da bandazos extravagantes o tactistas. Sorprende que en Andalucía tenga exigencias distintas a las que aplica en Madrid, aparte explicaciones nada convincentes. Puedo entender que la matemática electoral en ambas comunidades es diferente y por tanto los apremios se ajusten a cada circunstancia. Pero todo tiene un límite porque generar confianza es dificultoso pero perderla supone un instante, un fallo, una debilidad. Ciudadanos tiene por delante un lento caminar. Sin embargo, le auguro un futuro esplendido si mantiene equilibrio y coherencia. Ojalá recorran erguidos, seguros, el camino emprendido.

UPyD, ahora patito feo, posee la inocencia de quien no ha tenido tiempo de pecar. Como el valor en aquel ejército de quintas, a UPyD se le supone decente. No existe relato o acción para imputarle lo contrario. Como he dicho en ocasiones anteriores, visto el proceder de PP y PSOE, Ciudadanos y UPyD están llamados a alimentar el liberalismo y la socialdemocracia sobre las cenizas de aquellas siglas en proceso irreversible de putrefacción. Harán un flaco papel a España, y al pueblo español, si las vanguardias empresariales y financieras desasistieran a este partido llamado a completar los postreros intentos de regeneración política. Al pueblo corresponde también poner su grano de arena para que no se malogre la probable semilla que nos ha de traer bienestar, hoy por hoy de lejana adquisición.  

 

viernes, 14 de agosto de 2015

PALABRA Y SIGNIFICADO


Nos encontramos insertos -entre otros igualmente infaustos- en los aberrantes dominios de la palabra. Por doquier abundan coloquios, debates y tertulias, donde quien triunfa es el tertuliano de verbo fácil, discursivo. Poco importa, a veces nada, ni el magisterio, ni el rigor. Triunfa la verborrea enfatizada, con empaque de ex cátedra, aunque truequen retórica y semántica. Suele existir un abismo insondable entre conocimiento y facultad oratoria. Grandes genios fueron parcos en la expresión. A la contra, indocumentados notables sedujeron con su palabra a masas ingentes. Hoy, nos topamos con parecido escenario porque la crisis y la corrupción hacen enmudecer la sinceridad mientras hace su agosto una insidia tan indigna como hipócrita.

Los avances audiovisuales, de telefonía móvil e informáticos, condicionan las relaciones comunicativas. Recuerdo mis lejanos ocho años en que existía, a lo sumo, un receptor de radio. Comidas y reuniones familiares a lo largo del crudo invierno, eran un continuo ejercicio de conversación. Destacaban temas domésticos, religiosos, algún chisme local, amén de retrospecciones bélicas. De vez en cuando, los niños participábamos de manera selectiva. Eran fechas de relación humana, pues había tiempo para hablar y escuchar. Me pregunto por qué motivos sucumbieron tantas horas de animada charla en la calle, bajo el tórrido sol o en los atardeceres gratificantes. Dialogar, cuando las privaciones y el trabajo lo permitían, era vida para aquellas gentes de la postguerra. Hoy, ordenadores, tabletas y móviles han reducido la comunicación a elipsis y pseudoencriptamientos permanentes. Whatsapps, correos, junto a notas elaboradas bajo la ley del mínimo esfuerzo, hacen del lenguaje “ese gran desconocido”.

Observo un contraste de políticos y profesionales de la comunicación respecto a la sociedad. Entre el periodista, inclusive el no avezado, y el ciudadano normal existe un abismo de competencia lingüística. Ese abismo se cubre de hipocresía, de farsa, de estafa medio encubierta, cuando se relaciona el individuo con el político. Por este motivo se hace necesario aclarar la diferencia entre palabra y significado. Sabemos que el español es un idioma rico, polisémico. Esta circunstancia positiva es aprovechada por desalmados, bien comunicadores bien políticos, para salirse por la tangente de forma impune. Palabra es el sonido articulado que representa una idea. También significa promesa de que una cosa es verdad o se piensa hacer lo que se dice. Significado es el sentido o concepto que representa esa palabra. El significado legitima la palabra y no al revés.

Los políticos siempre han utilizado las palabras de forma ilegítima, artera, porque la Historia nos muestra que nunca intentaron ajustarlas al significado. Pareciera su vicio más preciado hacer divergir una y otro. Solo unos pocos intelectuales -que por supuesto cayeron en el mismo y común defecto- hicieron de la palabra, en edictos o intervenciones parlamentarias, una verdadera exaltación de lo estético. El resto, y fueron (son) incontables, parecen charlatanes de feria, medio autómatas medio farsantes. En definitiva, indignos representantes del ciudadano; oportunistas de buen vivir y mejor yantar. No es descabellado mantener la tesis de que Parlamento es una palabra ilegitimada por lo que significa, un charco de ranas (cuando las hay), en lugar de lo que debiera, un recinto donde se da culto al discurso sereno, juicioso.

Algunos carecen de límite  o medida. El señor Iglesias, don Pablo, después de clamar que ellos no son izquierda ni derecha -una forma de quitarse con el juego retórico la raíz corruptora- aprovechaba para llamar al resto casta; rasgo que, evidentemente, centraba en ambas doctrinas. Ahora, chistera en mano, se propone ocupar el espacio propio de la socialdemocracia escandinava. Solo un milagrero -más que mago- podría maravillar al personal para hacerle ver que un partido totalitario constituye en el fondo una socialdemocracia septentrional. Como no creo en milagros, tampoco creo que un autócrata llegue de ningún modo a ser demócrata. No me sirven pronunciamientos personales ni mascaradas ad hoc. Es una prueba palpable de la diferencia astronómica que hay entre palabra (política) y significado. Se parecen como un huevo a una castaña.

El señor Sánchez, don Pedro, afirma rotundo que quiere protagonizar los nuevos tiempos políticos, nuevos aires, nuevas necesidades y urgentes cambios de rumbo. Quien pretenda liderar esta quintaesencia, debiera ser un político de consenso, sin exclusiones previas, ajeno a sectarismos disgregadores. ¿Cómo se las va a arreglar quien basa su tentativa en no pactar con el PP; es decir, gobernar sin media España? Su otra medida extra es el Estado Federal o sea, la nada asimétrica por exigencia de Cataluña. Propuestas propias del político palabra, sosias del hombre orquesta, Zapatero redivivo.

El señor Rajoy, don Mariano, afirma sin sonrojo que hemos entrado en un círculo virtuoso. Aparte la corrupción generalizada que existe en el PP -y que no la minimiza la que existe en el PSOE- los datos económicos no se ajustan a lo tangible. Todos los apuntes supuestamente positivos tienen una explicación muy lejana al hecho bullicioso de que todo va bien, es decir el virtuosismo loado. ¿Qué dicen del déficit y la deuda? Tema tabú. Vayámonos preparando para un aumento de impuestos notable el próximo año. Dejemos pasar el Rubicón electoral.

¿Entonces? pensarán ustedes. ¿Dónde ponemos el voto si todo está como está? Déjenlo en su casa, para mejor ocasión. Por dos razones. Yo solo expongo la diferencia abismal que estos políticos nuestros se empeñan en plasmar entre palabra y significado. Por otro lado, y siguiendo un dicho bastante arraigado, es necesario que todo se ponga muy mal para que se pueda arreglar. Lo peor es “marear la perdiz” y ya llevamos perdidas demasiadas esperanzas en ello.

 

 

viernes, 7 de agosto de 2015

QUIEN MAL ANDA, MAL ACABA


Los refranes, esa cultura empírica del pueblo, son inapelables. Vienen avalados por años, cuando no siglos, de verificación permanente. Alejados del método científico, presentan cotejo similar a las leyes físicas. Difieren también en los espacios de experimentación, ocupando mayor área el laboratorio popular. Pudiera entenderse que, desde un punto de vista moral, estas sentencias tienen una enjundia mayor que las jurídicas. El cuerpo legal se adecua frecuentemente a entornos que divergen con los principios más elementales de la justicia social. Semejante marco es imposible si se establecen las advertencias que apunta cualquier dicho popular.

Quien mal anda, mal acaba, ofrece pautas de comportamiento personal para evitar quebrantos futuros. Avizora nuestro carácter, enseña estratagemas, deja entrever qué consecuencias deberemos sufrir si nuestra vida discurriera por caminos inciertos, atiborrados de vicios o ruindades. Envidias, ambiciones desmedidas, deslealtad o felonía, constituyen lacras que incitan de manera innoble, indigna, a recorrer un camino inoportuno, atrabiliario. Quienes se decantan por transitar tales senderos, atajos en ocasiones, suelen tropezar -e incluso caer- con resultados desastrosos. Se observa cierto desprecio a la hora de dar pasos firmes. Uno piensa a menudo que los políticos, la sociedad en general, ansían acercarse al precipicio bien por renuncia bien por adicción a la adrenalina.

Partidos e instituciones comparten pugna, sin extremo ni cláusula, para ver quien logra auparse al puesto de honor. Ayuno de filias o fobias, no pondero a ninguno. Todos -sin excepción, en mayor o menor grado- merecen coronarse de laurel. Llegados a este punto, cabe un recuerdo afectuoso, especial, hacia una sociedad con evidente falta de juicio crítico. Sí, nuestros conciudadanos son los primeros que inician una andadura harto repleta de carencias y errores. El país, España, anda mal bajo la mirada complaciente de aquellos que pretenden su disgregación. Otros, no menos felices ante lo que el paisaje difuminado deja entrever, anhelan romper la Constitución para desarrollar otra compatible con lo que denominan democracia popular y que esconde, ni más ni menos, un renacimiento del marxismo decimonónico, superado hasta en China. Por cierto, nación donde se explota miserablemente al proletariado.

Aunque sea de pasada, esta alusión tácita a independentistas y Podemos pone al descubierto la iniquidad de ambos grupos. Si los primeros pueden reportar secuelas atroces, los segundos aumentan exponencialmente el grado de inquietud que supondría su victoria en las urnas. Por ellos o a través de pactos. Andamos mal, cierto, pero un gobierno con Podemos al frente nos depararía momentos novedosos en la Historia de España. Las prospecciones demoscópicas, modernos Oráculos, indican (menos mal) que ambos van a terminar como Cagancho en Almagro. El señor Mas, junto a diversos grupos heterogéneos, quiere ocultar una gestión fraudulenta y ruinosa emprendiendo el fatuo fuego soberanista, que ya no cree ni él. Pablo Iglesias -jaleado por los suyos, sobreexpuesto al foco mediático- aprovecha las debilidades de unos y otros para llevar a cabo su sucia guerra particular. Embiste contra “la casta” como si fuera un extraterrestre inmaculado, como si hubiese salido neto de esa estirpe universitaria (nada tolerante, antidemocrática e impermeable a cualquier candidato foráneo) que fue su venero político. Ahora persigue ocultar ese  perfil de “casta elitista” que incrimina la peor encarnadura pública. Además de jeta, hay que tenerla como el pedernal. ¡Menudo salvapatrias! Tan vividor como aquellos a los que denigra.

Rajoy empezó legislatura mintiendo de forma grosera. Tras ratificar un relevo político ejemplar, empezó a olvidarse de principios y estrategias que sacarían al país del caos. Asimismo, su buen hacer conseguiría la felicidad ciudadana. Aún recuerdo aquel insistente mensaje, cuando estaba en la oposición, de que era preciso bajar impuestos para generar riqueza. Luego hizo lo que hizo. Las razones que se inventó fueron orladas con un argumento baladí: el déficit real era muy superior al reconocido por el gobierno saliente. El PP gobernaba casi todas las autonomías y el desequilibrio contable provenía precisamente de ellas. Por lo tanto, o no se enteraba de la contabilidad general o mentía con un cinismo inigualable. Ahora, al final de legislatura, estamos en un círculo virtuoso. Tanta alharaca y quimera le ha hecho perder credibilidad, desde hace tiempo, y -en meses- tiene muchas probabilidades de perder el gobierno. Se lo ha ganado a pulso.

Pedro Sánchez, empezó su ascenso político frío, dando tiritones; esquivo, temeroso, a la larga sombra de Susana. Una socialista con buenos padrinos pero que, como él, venía de la nada. Tuvo un gesto fiero, enardecido, al desplazar a Tomás Gómez como Secretario General de la FSM. Semejante aliento dictatorial le viene pasando peaje. Es una fractura latente porque el esqueleto monolítico difumina el conflicto. La depuración de Carmona acelerará su caída inminente. Definitiva si no gana el gobierno y a medio plazo si pacta con Podemos. Sánchez, poco táctico y menos inteligente, ha seguido los sueños de Zapatero; también su vacuidad. Este con la Alianza de Civilizaciones, aquel con la España Federal. ¿Y qué hacemos con Cataluña, economía, sanidad, educación, pensiones, política exterior, inmigración, equilibrio presupuestario, impuestos, gasto público, etc., etc.? Como siempre, habrá respuesta después de la publicidad.

Alberto Garzón tiene un gran futuro si se deja de aventuras populares con más folklorismo gestual que inquietudes serias. Empieza un camino turbio, poco racional y totalmente ilusorio, aun delirante. Si sigue en él será absorbido por la vorágine. Debe liderar una izquierda sin dogmas ni sectarismos, con vocación de partido bisagra. Moderada, realista, democrática, con peso específico y protagonismo en la vida política española. Esta necesita un impulso de adecentamiento, uno de cuyos papeles bien podría desempeñar. Por otro lado, le restaría brindar sus inquietudes sociales al ciudadano, harto de tanto granuja.

Jesús facilitó a sus apóstoles un consejo para discriminar a los profetas verdaderos de los falsos: “por sus obras los conoceréis”. Existe, además, la presunción de que todos los políticos tienen mala reputación. Yo, estoy plenamente de acuerdo pero añado el matiz “desde un cierto nivel de responsabilidad hacia arriba”. Teniendo en cuenta a Rousseau sobre la bondad natural del hombre, hemos de concluir que la mala reputación es un atributo que el político eleva a categoría. Mientras, en el resto de humanos -según el perspectivismo orteguiano- no pasa de circunstancia.

 

 

viernes, 31 de julio de 2015

UN CAMBIO DE DIÁCONO NO ENTRAÑA AUMENTAR EL CRÉDITO


Julio, canicular y porfiado, acaba con una noticia sorprendente: la asignación de García Albiol como candidato a la Generalidad catalana en los próximos comicios. Rajoy fulmina, de hecho, a Alicia Sánchez Camacho. Aunque, desde mi punto de vista, esta señora finiquita todo optimismo, me disgusta su cese in péctore. Aseguro que, desde cualquier otero, la situación del PP catalán -e incluso nacional- supera el hecho artificioso de exhibir rostros nuevos o viejos con suficiente juego. Las caras, con el tiempo, se desfiguran en caricaturas, cierto. Sin embargo, estas no añaden, de forma necesaria, lastres ni defectos al original. A los sumo deforman el trazo consiguiendo resultados casi metafóricos.

Los partidos, cuando ven mermar sus expectativas electorales, jamás modifican argumentos ni conductas; renuevan diáconos y, en contadas ocasiones, sacerdotes. Retocan el perfil, la pauta, para que (siguiendo criterios lampedusianos) nada cambie. Podrían atender reivindicaciones y deseos similares a aquellos que cualquier prócer alienta. Pese a todo, el ciudadano siempre recibe un portazo como respuesta a sus demandas sin que el individuo ose tomar medidas drásticas para responder a tanto desprecio. Joaquín Leguina -intelectual estoico, espíritu libre y sin complejos- se dejó decir jornadas atrás: “Va siendo hora que alguien significado diga algo políticamente incorrecto. El ciudadano se equivoca en numerosas ocasiones”. Considerar intocables a quienes administran la cosa pública es el mayor error de todos, agrego yo.

Zapatero dejó al país hundido en la miseria material y moral. Rajoy, sorprendentemente, sigue el guión sin desviarse un milímetro. Tras Zapatero vino Rubalcaba, un aderezo oneroso e inconsistente. Permitió que el PSOE transitara por el período más anodino de toda la Transición. Le sustituyó Pedro Sánchez, un joven inédito que arrancó alguna esperanza. A las primeras de cambio pudo constatarse cuánto podría dar de sí. Aquella palmaria frase: “Pactaré con todos a excepción del PP y Bildu”, tan miserable e injusta, puso de manifiesto su dimensión de estadista, al tiempo que le inhabilita para ocupar la Moncloa. Tan exclusivo sectarismo le confiere un elevado grado de incapacidad para ocupar cualquier compromiso gestor. Ningún Presidente riguroso excluiría a sigla democrática de cualquier pacto que pudiera beneficiar al contribuyente. El votante debiera pedir a gritos un repuesto urgente bajo la advertencia de abstención total. Esta amenaza es hoy la espada de Damocles con que conviven nuestros políticos de baratija. Conforma su tendón de Aquiles.

Rajoy representa la gota que colma el vaso. Tras una legislatura de arrumacos con el nacionalismo burgués llega al epílogo de que tal escenario le deja sin apenas representación. Saca de la chistera, entonces, a Xavier García Albiol para corregir el declive. Se trata de un diácono con altura, pero necesita a alguien milagrero. El PP catalán, tiempo ha, perdió toda credibilidad junto al PSC. Uno y otro fueron generosos en concesiones a cambio de apoyos puntuales. Una política de Estado hubiera permitido gobernar al mayoritario con respaldo exigente del opositor. Tan confortable remanso ha costado demasiados platos de lentejas. La crisis -junto a políticos truhanes, prepotentes, aventureros, sin cota moral- trajo esta inmoderación reciente que deja a Cataluña al borde de la ruptura social. UPyD, con gran sentido, propone una plataforma constitucional que contrarrestase el efecto de la independentista. Estoy convencido de una respuesta muda por parte de PP, PSOE, Ciudadanos e Izquierda Unida. Entonces, ¿a qué piar? PP y PSOE, al menos, han cosechado méritos para convertirse en siglas testimoniales. Merecen la abstención masiva.

Cataluña importa a Rajoy igual que a Pedro Sánchez: un bledo. Aquel siente un horror tremendo en tomar medidas quirúrgicas. Este solo encuentra un camino tan extravagante y misterioso como incierto: el federalismo. Si les importara, ambos crearían un gabinete de crisis para analizar el problema jurídico-social que se avecina. No se puede incumplir la Ley gratis, sin consecuencias. Terco y errado (aun herrado), el PP acomete a Ciudadanos, su puntal. Allende la vituperación rutinaria, escasean argumentos sólidos para convencer al votante ahíto de verborrea fatua. ¿Qué estratega, para recuperar la credibilidad, sustituye un programa reformador por la invectiva al rival próximo? Quizás sea peor enarbolar bandera de incapacidad suprema. Hay que ajustar aptitudes y trayectorias.

El PSOE, extraño hombre de paja, centra su contra argumentación en una España federal confusa, hipotética, que lleva impreso un lema: “es peor el remedio que la enfermedad”. Izquierda Unida se desgañita ansiando consolidar unas siglas mortecinas debidas al ciclón Podemos, espontáneo y destructor. A su vez, en justa correspondencia, da una dentellada a Pablo Iglesias -líder ególatra del nuevo aunque periclitado partido- con el advenimiento de Ahora en Común. Alberto Garzón, político (no hay más de dos) al que le compraría un coche de segunda mano, manifiesta un discurso económico inviable en el actual statu quo. Sin embargo, me parece un joven honrado, juicioso, que trae aire fresco, descontaminado, a este chiringuito maloliente y perverso.

Que no espere el PP ganar las próximas generales con mayoría suficiente para encabezar un gobierno estable. Ningún partido, salvo Ciudadanos, UPyD (en bancarrota) e Izquierda Unida constituye alternativa intachable. Podemos significa confusión económica y tinieblas en libertades individuales. Se impone la abstención para ilegitimar este sistema corrupto, cleptómano, que castiga salvajemente a las clases medias.  No nos sirven lucubraciones sobre socialdemocracia, liberalismo o comunismo planificado. Se requieren menos teorías y más voluntad de servicio al ciudadano. Lo demás, debemos considerarlo principios teoréticos seductores, no siempre, pero vanos. Veremos qué nos depara el futuro al día siguiente de las elecciones catalanas o nacionales. Yo, personalmente, preveo reducidas novedades gane quien gane.

Los españoles tenemos que diseccionar adecuadamente la terminología política y su entronque con la realidad.

 

viernes, 24 de julio de 2015

CARMENA Y CARMONA VERSUS RITA LA BIEN PLANTÁ


Mi pueblo, como cualquier otro del solar patrio, adolece de usos inveterados incluso frases que conforman la columna vertebral de su idiosincrasia. Desde los primeros recuerdos que asaltan mi niñez, la gente utilizaba una frase muy precisa con dos vertientes diferenciadas. Se refería a señoras o jóvenes (jóvenas según la lingüista Carmen Romero) de cuerpo escultural -casi siempre supuesto por el decoro, quizás pudor, imperantes- o a aquellas que ponían sus gónadas a escrutinio colectivo, es decir, de armas tomar. Ambas, portadoras de unas u otras “razones”, recibían un título que arrastraban más allá del espacio y del tiempo: “la bien plantá”. El metaplasmo prosódico, frecuente en Andalucía y Castilla la Mancha, acompasa la indigencia fonética al infortunio material. Constituyen zonas humildes donde el boato y la ostentación se dan solo en determinadas élites económicas o individuos pretenciosos -probablemente acomplejados- que ansían arrojar un lastre enjuiciado desde sus cortas y erróneas miras.

Rita Maestre -motu proprio, sin necesidad de impulso definido- decidió sacralizar su torso. Fue un acto exhibicionista (en su más amplia acepción), un argumento netamente femenino a la vez que reivindicativo, para procurarse un lugar al sol. Dejó al descubierto una anatomía cercana al famoso canon de las ocho cabezas, si bien media armadura hubo que suponerla acorde a la norma. Sin duda, Rita era bien plantá aun tasando la divergencia armónica entre su físico y algunas concepciones que merecen el respeto democrático. Quedan exonerados de tal acato talantes totalitarios o dogmáticos, sirva la redundancia. Destaca el hecho impío -al declarar ante el juez- de negarse en carne y hueso alimentando la frustrante noticia de ser exclusiva figura adscrita al Museo de Cera.

El devenir -digo sugerido, desprovisto de azar- la hizo munícipe de Madrid. Figura relevante en el equipo gubernativo, se le asigna ser portavoz del mismo. Sin llegar a los cien días (tópico infantil) ni mucho menos, Rita ha dado muestras de temperamento indómito, proverbial en damas guerreras. Cumple a rajatabla el otro punto para significarse como bien plantá. Tal escenario la hace merecedora de acecho, de observación rigurosa, por parte de compadres e intrusos. La singularidad del personaje y el proceso que tiene abierto a consecuencia del despelote generoso, sacrílego para cristianos tersos, tiene en ascuas al PSOE. Agarrada al asiento municipal, no parece dispuesta a dimitir, a abandonar armas y bagajes, pese al anuncio de limpieza anticasta que voceaba Podemos; su mentor, patrocinio y respaldo.

La señora Carmena y el señor Carmona, su apoyo imprescindible, advierten un vaho antiético que expelen algunos concejales de ese colectivo heterogéneo, desmadejado, que conforma Ahora Madrid. Tanto ella (atada a su antigua profesión), como él (preso de exuberancias verbales), se inquietan ante imputaciones e insolencias fronterizas con el delito. Ni en política puede hacerse una tortilla sin romper huevos y esta comparsa los casca por docenas. La novedad estriba en que son “ecológicos”, diferentes a los que quiebra cualquier otra sigla. Quiero decir que, debido a su procedencia, se les exime de juicio y deben quedar impunes. Por supuesto, Rita (la bien plantá) destaca como estrella principal, fuera del apartado tuitero.

MadridVO, esa web que pone en cuarentena a medios y periodistas, ha levantado ampollas en el sector. Se ha extendido además a gran parte de la sociedad cuya respuesta acoge cierta carga de espanto ante lo que intuye. Hay sospechas de vedar la libertad de expresión. Podemos aparenta congeniar, al menos, con dicha web. El PSOE, bien por convicción bien por el qué dirán en esta larga precampaña electoral, ahoga su desacuerdo con la boca pequeña de Carmona. Exige delicadamente que desaparezca MadridVO. Carmena le dice no. Matizará sus formas, ajustará cualquier acritud a la inconcreción de medios y periodistas. Nada más. Rita (la bien plantá), se planta de nuevo y dice que nones, que ni matiz ni gaitas. Es una portavoz autoritaria, con suficiente autoridad para desautorizar a Carmena, truncando -al tiempo- el optimismo de Carmona. La polémica, además de cambiar el tono castaño a oscuro,  roza lo inaudito. Produce, no obstante, un exiguo rasgado de vestiduras. El sonrojo está prohibido

Antonio Miguel Carmona, ese candidato endeble, es un político sin papel o, por mejor decir, comparsa. Como dicen por estos lares, manda menos que un perro en misa. Enemigo de la invectiva y del insulto, encarna al preboste inusual, extemporáneo. Se desmarca de los modos agresivos, sectarios. Aquí, en esta jaula de grillos, donde los anhelos son curvos como puñales morunos, campa cual esquimal en desierto. A mayor gloria, Pedro Sánchez -que prejuzgo un Zapatero, o Mariano, bis- lo tiene preñado de querencias electoralistas. Manuela Carmena, alcaldesa oficial (ignoro si real) se bandea mal entre jóvenes antisistema porque su anterior actividad consistió  en garantizar a ultranza el régimen de la Transición y sus leyes.

Rita (la bien plantá) al contrario, es un verso suelto que rima a la perfección con Podemos y la marabunta que ha asentado sus reales en el Palacio de Cibeles. Como el lector ha comprobado ya, o está en ello, los “descastados” abandonan a poco sus trincheras atesorando nepotismos y sinecuras, amén de todos los vicios y excesos de aquella casta tan vilipendiada cuando eran mileuristas o parados. Pecan de palabra y obra. ¡Cuántas historias, qué jetas! Es la política, idiotas.