viernes, 25 de mayo de 2018

EL PISITO


Aquel lejano eslogan “España es diferente” pudiera entenderse, como argumento a pari, “el español es diferente”. Tengo plena certidumbre del insondable mensaje que encierra semejante expresión atemporal, pese a que tuvo épocas de mayor esplendor. Diseña básicamente al individuo patrio y los contrastes con aquellos otros del hábitat europeo. Si bien el perspectivismo orteguiano tuvo antecedentes en Leibniz y Nietzsche, el filósofo español lo moldeó con cincel particular. La dualidad apariencia-profundidad, símil del bosque (lo que no se ve es profundidad, lo visto perspectiva), fue desarrollada en su obra Meditaciones del Quijote. Revela completa identificación entre su filosofía y el carácter netamente español.

El año mil novecientos cincuenta y nueve, aún fresca la miseria de postguerra, se estrenó “El Pisito”. Rafael Azcona y Marco Ferreri elaboraron un guion horrendo. Una pareja lleva doce años de relaciones. El chico vive realquilado casa de una señora a punto de morir, circunstancia que el casero espera ansioso a fin de desalojar la vivienda y derribar el edificio. Algunos amigos le aconsejan que se case con la anciana para heredar el alquiler. Advierto en este negro relato cierto maridaje con el perspectivismo de Ortega. Un escenario que hace de la vivienda foco existencial del individuo español, de su realidad intrínseca.

Más allá de cualquier teoría sobre verdad y realidad, se impone la razón vital inherente a la propia vida. Queda en entredicho el principio cartesiano: “Pienso, luego existo”. El hombre, primero vive y acomoda después sus circunstancias. Según parece, el español encierra una estrecha concomitancia entre vivienda propia y razón vital. Eso se desprende, al menos, del filme “El Pisito” y la pulsión inexorable, desleal, de Pablo Iglesias. Aquel estoico enamorado, menesteroso, con dramática escapatoria, tuvo que luchar entre dos alternativas: abandonar a su amada o perder la vivienda. Terrible aprieto, difícil perspectiva.

Iglesias (refractario y desubicado demócrata), en un acceso de patriotismo insólito, se ha comprado el complejo residencial que le exige tal marchamo. Ocurre, no obstante, que la inversión supera lo permitido a un español medio. Este, compra una casa -doscientos mil euros máximo- con enorme esfuerzo. Don Pablo, el líder que agrede a la casta, compra dicha mansión como parte de un “proyecto familiar”. Semejante aseveración es un insulto mordaz, vil diría yo, sobre quienes viven a caballo entre padres y suegros. Casi setecientos mil euros, junto a otros desembolsos nada despreciables, dejan al descubierto obscenas diferencias en dichos y hechos.

Quitarse la máscara constituye el peaje costoso, inmoral, a que le apremia su ego inconmensurable. Pese a la claridad irradiada, a que ahora se ofrece ligero de aderezos, sigue mostrándose presuntuoso, bravucón, ridículo. Ayer, temerario, aseguró: “Hay que echar al PP porque es un peligro para la democracia”. ¿Cínico? ¿Soñador? Mucho más vulgar, padece cierta psicopatía que le lleva a confundir deseo y realidad.

¿Creen mis amigos lectores que la incoherencia manifiesta hace mella en los acólitos cercanos? Error. Por convicción o para evitar purgas tangibles, la mayor parte aplaude, peor todavía, excusa, la ostentación. Veamos algunos testimonios bochornosos. Monedero afirma sin rubor: “Iglesias se compra un chalet de seiscientos mil euros porque Inda publicó una ecografía”. Qué no dirá un iletrado. Echenique, miembro del CSIC, sentenció: “Las críticas son reaccionarias, caricaturas que intentan frenar el cambio político”. Sor Sonrisa hubiera tarareado: “Echenique, nique nique/ pobremente por ahí/ va él cantando amor”. Lo que nos queda por ver y oír.

Hubo críticas también al gesto de nuevo rico, de casta, que pretendía superar con la anterior y fachendosa humildad vallecana. Víctima de retórica, quiere acallar las voces levantiscas con otro señuelo. “Lo que tiene que hacer un político decente cuando se cuestiona su credibilidad es someterse al criterio de las bases. Espero que si alguna vez su credibilidad es puesta en cuestión tengan la misma actitud que nosotros”. Esta consulta plebiscitaria lleva aparejada un pucherazo indudable. No lo digo yo (son las palabras eximentes, crediticias, preferidas de Iglesias), lo dice Openkratio -auditora de Podemos- que dejó de supervisar las elecciones internas del partido tras Vistalegre II por el descontrol del escrutinio. Lo confirma un arrobado Mayoral cuando asegura: “Iglesias y Montero son de las mentes más brillantes de este país”. Amén.

El señor Iglesias padece, fuera de otras enfermedades, egolatría. Tal veneración al yo, le exige que “la participación baja en la consulta sería un fracaso y me obligaría a dimitir”. Sin embargo, todas las tretas que va desgranando no le impiden comportarse como líder incontestado de Podemos. No le pasa por la mente la más mínima probabilidad de dimitir en ningún cargo ni función, está todo atado y bien atado. Seguro de ello, manifiesta el apoyo incondicional al PSOE en la ya presentada moción de censura (pobre PSOE). Sospecho que, antes o después, pondrá alguna reserva. Asimismo, le cuesta comprender la negativa de Ciudadanos a apoyar cualquier propuesta de gobierno si entra Podemos. Menos, incluso, con los ataques a Rivera al que denomina joseantoniano. Supone la salida airada de quien considera el mayor hándicap para tocar verdadero poder.

Por cierto, si tuviera que elegir entre Podemos y Vox, optaría por Vox. Ellos, al menos, aceptan el contraste de ideas sin agravios ni insultos. Necesitaríamos un democratómetro para comprobar quien amenaza más a la democracia. Podemos alega que Vox es el peligro evidente en la nuestra, pero… quítate allá que me tiznas.




jueves, 17 de mayo de 2018

RAJOY Y EL NUDO GORDIANO


 

El marido de una popular presentadora de televisión, notorio independentista, dejó escrita la siguiente perla: “Un pueblo que pisa a otros pueblos para seguir sintiéndose vivo está en la antesala de su defunción. Eso lo sabemos los pueblos que luchamos por algo más que por una bandera, un himno, un rey, un ejército o una unidad ficticia forjada a cañonazos o encarcelando a buenas personas”. ¿Perdone? Semejante cinismo le lleva, presuntamente, a exaltar la estelada; cantará, sospecho, els segadors; se sentirá, conjeturo, adscrito al afecto de un presidente pseudorepublicano; aprobaría, creo, la creación de un ejército para garantizar la seguridad patria y se sentirá, por último, ciudadano de una nación ilusoria, disgregada por los subversivos araneses y tabarnios. Por otro lado, personas antidemócratas -buenas, menos y diabólicas- se jactan de desobedecer las leyes. Señor, cuánta chorrada hija del dogmatismo irracional. 

Nuestro país está socavado por las raíces de tres nacionalismos cuyo vínculo común es el vocablo que los define. El nacionalismo catalán cultiva como única fuerza de cohesión la pasta, no precisamente de limpieza bucal. “España nos roba” fue durante cuarenta años concentrado identitario, grosero pero eficaz. Este tipo de aglutinante actúa con rapidez, de forma persuasiva, porque estimula los instintos primarios, viscerales. No inspira emociones de exquisita sensibilidad ni atrae lucubraciones sesudas, irritantes, sin rédito aparente. Ganó terreno un pragmatismo corruptor, disolvente a medio plazo. Si Cataluña lograra la independencia su economía, de forma inmediata, entraría en recesión con grave riesgo de levantamiento o enfrentamiento civil. Es la consecuencia de convertir los sentimientos en mero instrumento pecuniario.

El nacionalismo vasco porta vena romántica, sensual, casi libidinosa. Tarda más en cuajar, en tomar encarnadura visible; pero al final consigue robustecer, confluir, pulsiones diversas. Como consecuencia del concierto y de una ley electoral nociva para los intereses del común, las autonomías vasca y navarra viven tiempos de prosperidad, de vino y rosas. Pese a ello, en circunstancias específicas, enarbolan sin demasiado ardor la bandera del independentismo. Pretenden una soberanía sin desgarros, armonizadora, disfrutando el mismo ecosistema político con matices diferenciadores. Es decir, aplacando odios para avenir diferencias aunque haya sectores propicios a desplegar métodos belicosos. Quieren resucitar tácticas del pasado ante la mayoría que anhela paz y conciliación.

Vemos al nacionalismo gallego, en ciernes, nutrirse indisimuladamente de una izquierda que pugna contra el sempiterno caciquismo regional. Parece la materialización de un enfrentamiento clasista, pues es difícil visibilizar los elementos genuinos del nacionalismo puro. Creo que denominar comunidad histórica a Galicia, supone un exceso semántico, cuanto ni más político o social. Otra cosa es comprobar cómo ciertas élites aprovechan malos entendidos, tal vez apetencias minoritarias, para obtener dividendos valiosos. Sabemos que el egoísmo carece de razones. Tampoco exhibe principios morales porque la ética es un freno indeseado. Al igual que el vasco, el nacionalismo gallego carece de entidad porque descarta entelequias seductoras.

Rajoy, un presidente indeciso y a veces contradictorio, aborrece atajar el peligro que implica cualquier independentismo, máxime si se cimienta en bajas pasiones. Quiérase o no, PSOE y PP son gestores -si no cómplices- de la situación actual. Durante demasiados años cerraron ojos y oídos al escenario que se divisaba tras cada campaña electoral. Consintieron infinitos excesos, asimismo menoscabos al marco legislativo, traicionando compromisos y juramentos. Tanto fraude permitió políticas que fundamentaron adoctrinamientos y abusos. Hoy, tras meses aplicando el artículo ciento cincuenta y cinco, tenemos la sensación de que unos y otros nos han tomado el pelo más o menos conscientemente. Es de dominio público la nula eficacia del controvertido artículo. Un proverbio castellano enseña que: “Vale más vergüenza en cara que dolor de corazón”. Parece evidente que don Mariano presta escasa atención al refranero. Puede que haga algo parecido con distintos menesteres.

Nuestro presidente se protege, y en eso es experto, tras las espaldas de Sánchez, un político sin sentido de Estado. A nadie se le oculta que dejar mossos y radio-televisión catalana intactos ha favorecido una situación peor que la precedente. Personajes y discursos radicalizan el marco actual, ya perturbador. Sin embargo, don Mariano goza de mayoría absoluta en el Senado, institución capacitada para marcar con qué firmeza puede aplicarse dicho artículo. Cuando él habla de prudencia, los políticos catalanes -junto a la gran mayoría de la sociedad española- intuyen cobardía. Tal marco empuja a aquellos a mostrarse irracionalmente inflexibles mientras estos lo sustituyen por Ciudadanos. Me recuerda el marasmo electoral tras la última legislatura de Zapatero. Luego vendrá el llanto y crujir de dientes.

Cataluña configura el nudo gordiano, rompecabezas mitológico, que Alejandro Magno supo resolver tajándolo con su espada. El inconveniente surge cuando se constata que Rajoy no es personaje mítico ni sabe blandir ninguna espada metafórica. En consecuencia, seguiremos padeciendo las incertidumbres que genera el “nudo”, junto a tan indecoroso proceder. Ahora me encuentro en Roquetas, con ciudadanos de diferentes Comunidades, disfrutando un viaje del Imserso. Intercambiando impresiones, casi todos acusan al gobierno de pacato. Al mismo tiempo, distinguen una oposición desorientada, ramplona y en permanente titubeo. Menos mal que, de suyo, Cataluña nunca será independiente. No debido a acciones contundentes, firmes, de un ejecutivo romo sino por imposibilidad metafísica. Su añorada república pasaría a ser un sistema ad hoc, aparte de ruinoso. Los penosos gruñidos supremacistas son estúpidos biombos de última hora debidos a quimeras o, peor aún, a trastornos paranoicos de mentes calenturientas, quizás enfermas, a lo peor absurdas.

 

viernes, 11 de mayo de 2018

PONGAMOS QUE HABLO DE MADRID


Nada más lejos de mi intención que plagiar, no ya una letra amuleto -fatua superstición- sino título tan sutil, equiparable a cualquier encarnadura melódica. Madrid, desde hace siglos, simboliza el corazón vivificante, eje neurálgico del paisaje nacional. Niego toda suposición ofensiva contra la dispensa autonómica, aunque considere oneroso, desde un punto de vista económico, el Estado de las Autonomías. Reconozco el prestigio de Barcelona, Valencia u otras ciudades que salpican solemnes los rincones patrios. Ciudades llenas de espíritu, de hervor, de sentimiento; pero, como en las percepciones, cada cual adiestra su umbral para priorizar estímulos y pasiones. La Historia ha decidido que su umbral se optimice cuando afloran sentimientos auténticos, entrañables, reales, hacia una ciudad presidida por el oso y el madroño. 

No todo fueron lisonjas entusiastas. Hubo tiempos infortunados a fuer de violentos. Federico Bravo Morata, historiador marxista, hace una semblanza completa, cabal, sobre Madrid a lo largo del siglo XX. Se detiene ampliamente en la Segunda República y elige paciente una atalaya específica para abarcar la Guerra Civil. Un volumen que conforma esta Historia, lo titula “La batalla de Madrid”. Repasa, con todo detalle, desde el otoño del treinta y seis hasta el enfrentamiento entre casadistas y comunistas -en marzo del treinta y nueve- a cuyo fin contribuyó Cipriano Mera y su cuerpo de ejército. Existía la creencia arraigada de que quien dominara Madrid ganaría España. Creo innecesario mencionar diferentes papeles protagonizados por los madrileños en la Guerra de la Independencia, así como otros en conflictos, más o menos medulares, mientras ocurrían asiduas alternancias políticas durante el reinado de Alfonso XIII.

Hoy, al igual que antaño, Madrid se pliega a ser sede de experimentación, tal vez preocupación, política. Cataluña, ahora mismo, opone un marco infecto, sin apenas colofón inmediato. Diría más, cualquier salida parece venir acompañada de negros nubarrones que nadie desea evitar. Eso se otea, al menos. El desastre catalán, generado por una evidente indigencia de los políticos independentistas con la anuencia cómplice del resto (básicamente PSOE y PP), se diluye entre lo muy difícil y lo imposible. Por esta razón, el campo de batalla -la actual- se ha consolidado de nuevo en la capital del reino. Ignoro qué argumentos acumulan las siglas preeminentes para asirse al dogma de afianzar la gloria quien venza en Madrid. Muchas veces, probablemente demasiadas, la estrategia o el empirismo no son los garantes definitivos de una realidad azarosa, extravagante. Es innegable la terrible lucha -incluso entre amigos- para rendir tan codiciada plaza. Luego pudieran aparecer emboscadas funestas para los vencedores. Realidad e impresión encadenada a la espuela del individuo constituyen una paradoja ontológica.

Madrid se ha convertido en talismán con la pasión de quien quema afectos sin madurar consecuencias. Las víctimas ya se alinean en campos opuestos. Un máster postizo y una arrogancia zaherida por un video ¿inoportuno? hicieron que Cristina Cifuentes entrara en espiral luctuosa. Considero que su desaparición política fue pertinente, pero no justa. En este juego letal, un bolo importante, notable, ha sido derribado de forma inmisericorde. Pero como no hay cara sin cruz, tampoco hay mal sin bien. Desaparecida doña Cristina, aparece en el horizonte, se especula, Pablo Casado que recogería un testigo, veremos si envenenado. Se convierte, de golpe y porrazo, en la esperanza del PP. Tocado con hálito triunfador, y por ello mismo, algunas incógnitas pudieran pasarle factura ingrata, penosa, fatal.

Podemos tiene su propio victimario. La difunta -o difuntos, quién sabe- a priori es Carolina Bescansa, cofundadora del partido; es decir pieza importante. Aquí se dio un fusilamiento al amanecer; político, evidentemente. Existe tal razón, que es imposible enviciar la purga a la que le sometió el gran jefe. Primero fue Tania, luego Errejón y ahora esta gallega, cuyo nutrimento doctrinal difiere del que dicta el déspota. Un partido con ínfulas democráticas apela raudo, felón, al ordeno y mando. Se hace necesario conocer en su verdadera salsa a siglas e ideólogos (menuda tontada acabo de afirmar, ¡ideólogos!). Pese a la bilis que le debe amargar a algún -quizás alguna- “camarada”, Errejón irá de número uno y Tania de dos. No hay mejor candidato. Todo sea por una derrota pírrica.

El PSOE dispone de un buen cabeza de lista, pero le falta pegada. Para el ayuntamiento surgen dudas mínimas porque lo tiene perdido. Su plan, a dúo con Podemos, lo arroja Ciudadanos a la papelera. Menudo rebote entonado a dos voces y llorado a coro. ¿Pero qué esperaban? Pedir el suicidio de Ciudadanos a estas alturas, además de propósito nada fraterno, constituye petición indigesta. ¡Pobres míos! Cuánta inocencia, mezclada con mala uva. Como decía aquel: “Y el tonto soy yo”.

Ciudadanos tiene el combate casi ganado de forma mecánica. Cuantos flecos le resulten inquietantes, quedarán resueltos en el año que falta. Lo demás conforma el rival más débil. Estoy convencido de que gana sin bajarse del autobús, al decir popular. Si encima lograra el plácet de Vargas Llosa -bulo tan fabuloso como seductor- sería la bomba. Villacís y él se llevarían ayuntamiento y autonomía de calle; no tengo ninguna duda. Incluso Ignacio Aguado, falto de gancho, podría ser buen candidato para llevarse la victoria al parlamento regional. Compete, no obstante, al partido apostar por el mejor situado en el puesto de salida. Equivocarse es casi imposible porque los demás ya lo han hecho en grado superlativo. La sociedad española no perdona traiciones, purgas ni tejemanejes.

Verdad es. Madrid será el escenario de la primera batalla importante, siempre lo fue. Sin embargo, un año después vendrá la madre de todas las guerras electorales y el escenario puede cambiar. Pese a todo, Madrid es un baluarte atractivo para cualquier estratega, aunque fuera considerada plaza virtual. Con acierto o no, los partidos sin excepción creen que vencer (locales y autonómicas) allí supone recibir la llave maestra que les permitirá entrar a saco en las generales. Advertimos crueles prolegómenos y, a año vista, reviviremos una “batalla de Madrid” previsiblemente pacífica.

 

 

viernes, 4 de mayo de 2018

DEMOCRACIA, PARTIDOS POLÍTICOS Y SOCIEDAD


Democracia es el menos malo de los sistemas políticos, al decir de Winston Churchill. Pudiera ser que, aparte renunciar a la búsqueda -como método inapelable- implicara cierta heterodoxia intelectual. Churchill no supo ver a qué meta puede llevarnos la estulticia o el caos por ella generado. Cierto que una democracia, más o menos tangible, puede conllevarse porque el poder, cualquiera que sea su fuente, tiende a la tiranía, a oponerse al reparto equitativo o generoso de mercedes. No sé los demás, pero yo tengo el convencimiento absoluto de que difícilmente podemos encontrarla en estado puro, con entraña etimológica. Suele mostrarse disfrazada de atributos embaucadores que envilecen su esencia. Nosotros la conocemos “representativa”, justificando necesariamente los partidos como elementos básicos, imprescindibles. Surge la partidocracia, un apéndice maligno a lo que se ve y aprecia.

Inmersos en esta democracia con divergencias sustanciales del carácter original, vemos incrédulos como nos sisan poco a poco un supuesto ya bastante viciado. Pasamos casi inadvertidamente de un sistema de reparto a otro donde una élite acapara cuanto puede hasta el abuso. Eso sí, inundando el sistema, ofrecen, regalan, fórmulas ilusionantes que acaban causando frustraciones. Sin embargo, como el ave fénix cada tiempo, el señuelo renace de sus cenizas y el individuo retoña a la farsa en un rito cíclico e ininterrumpido. El poder, según Robert Michells, lo monopolizan élites concretas que quieren perpetuarlo retroalimentándolo a costa de sociedades apáticas o impotentes. Conforman un régimen de hegemonía e iniquidad admitida.

Se afirma, con mayor o menor acierto, que cada país tiene los políticos que merece. Una vez más, el ciudadano es reo de culpa mientras quien debiera cargar con la indignidad queda exonerado. Padecemos una servidumbre heredada de siglos sin que las últimas teorías sobre el poder, y sus relaciones con los individuos, hayan acotado abusos y miserias morales, aun materiales. Tal vez sean precisas revoluciones cuya metodología haya que ajustar para obtener objetivos ventajosos. Quizás fuera conveniente inhibir nuestro papel de coartada, de justificación, porque -en demasiadas democracias- las sociedades dejan de ser fundamento para convertirse en reliquia de usar y tirar. Probablemente rompiendo el nexo soberanía social-democracia, tuviéramos una acción efectiva mucho más fructífera. Para ello sería preciso usar la estrategia de tierra quemada. Es decir, rechazar toda concurrencia a esos paripés vivificadores denominados elecciones.

El miércoles amaneció un día de profundas sensaciones, duras realidades y experiencias provechosas. Sobre las nueve, empezando la jornada, recibí una llamada aflictiva, plena de dudas e inquietudes. Era mi hijo pequeño (cuarenta y cinco años) que había tenido un accidente de coche en Alacuás, un pueblo cercano a Valencia. Las primeras impresiones fueron duras; otro vehículo invadió su carril y el choque fronto-lateral fue inevitable. Intervino policía local, guardia civil y, al menos, una ambulancia que llevó a mi hijo a la Nueva Fe, un hospital inmenso. Por la cantidad de gente que observé durante las muchas horas que estuve en urgencias, me pareció poco operativo -en consultas externas- dentro de su grandiosidad.

Nos pusimos en marcha otro de mis hijos, mi señora y yo. Desde el primer momento, di con personas extraordinarias, atentas y muy amables. Contacte primero con el ciento doce. De forma rápida y cortés, no exenta de afabilidad, me dieron el teléfono de la policía local de Alacuás cuya atención, a lo largo de dos o tres llamadas que hice, resultó exquisita con las diferentes personas que comuniqué. Terminó el apartado policial con la patrulla que estaba señalando el accidente y cuyo cometido, previo atestado, concluyó cuando la grúa se llevó el coche. Me dio tiempo a darle las gracias personalmente, con el ruego de que las hiciese extensivas a toda la plantilla. En una palabra, insuperables.

Entretanto, una persona instalada en recepción de urgencias de la Fe había comunicado con mi nuera para indicarle el lugar donde estaba mi hijo. Pusimos dirección al hospital y al llegar tuvimos las primeras noticias tranquilizadoras. Poco después fueron llegando el resto de la familia, incluida nieta. El trato amable se convirtió en tónica general dentro del personal adscrito inequívocamente a la sanidad: médicos, enfermeras, celadores. Hago especial reconocimiento de una señora, siento desconocer su nombre, que se tomó como asunto personal mantener a mi esposa, su interlocutora, al tanto de las informaciones que ella conseguía. Así desde la diez de la mañana hasta las seis de la tarde. Extraordinario proceder.

El jueves nos acercamos a Silla, lugar donde la grúa dejó el vehículo. Recogimos la silla de mi nieta y resto de objetos personales. Observamos el deplorable estado en que quedó el coche, un todoterreno que minimizó los posibles daños físicos. Las personas de las grúas, una chica de la oficina y tres señores del taller, entre ellos Carlos, tuvieron un comportamiento ejemplar.

En definitiva, desde el miércoles vengo advirtiendo -por propia experiencia- que el pueblo español, mayoritariamente, tiene políticos más execrables de lo que nos merecemos. Yo no encontré, estos días, ningún ciudadano que fundamente proposición tan impropia e insultante. Ellos sabrán qué les ha hecho convertirse en seres extraños, sin cuna, asociales. Como dijo Goethe: “Los pecados escriben la Historia, el bien es silencioso”.


viernes, 27 de abril de 2018

VERDAD JURÍDICA Y CERTIDUMBRE SOCIAL



Presunción de inocencia es un formulismo jurídico que termina cuando los hechos muestran culpabilidad sin ningún resquicio de duda. El término no disuelve culpa alguna, simplemente le falta cotejo oficial, garantía. Por este motivo, el presunto -visto de forma estricta, rigurosa- recibe a menudo resolución condenatoria por parte de una sociedad que impide escapismos groseros. Hay momentos, circunstancias, en los que la suma de detalles indiciarios justifica ciertos criterios allende el protocolo. Tal vez aniden aquí las reflexiones para una sociedad dispuesta a alejarse de principios jurídicos que ofrecen seguridad, pero también posibilidades de transgresión gratuita. Pecando de ingenuidad solemne, querría ver a nuestros políticos juzgados con normativa similar a aquella que sirve de base a la Ley contra la Violencia de Género. De esta guisa, el ciudadano (como justiciable débil) quedaría asistido incluso restituyéndole codicias delictivas. 

Como digo, la presunción no es -por necesidad- fuente objetiva de inocencia. Significa solo un paréntesis ritual. El individuo, bien a título personal bien miembro pleno de una sociedad vertebrada y democrática, tiene el derecho a expresar su parecer. En suma, más allá de cualquier proceso judicial, debe usar su soberanía irrecurrible. Estoy convencido de que semejante planteamiento intimida a cualquier sigla sin excepción. Es prueba redundante de que temen menos a las resoluciones judiciales que a los modos sociales. Quizás a los dos por igual: nada. ¿Tiene este escenario ocultas especulaciones? ¿Demuestra o previene parcialidad, amiguismo, trato exquisito, entre jueces y políticos? Ni afirmo ni niego, pero no se me ocurrirá poner la mano en el fuego.

Decía Theodor Heuss: “Quien siempre dice la verdad, puede permitirse tener mala memoria”. Ignoro si la frase es un digno elogio al virtuoso o una caricatura fiel de los políticos patrios, extraños a retentivas y evangelios, pero hartos de patriotismo putativo. Me inclino por el segundo supuesto. Tenemos motivos de sobra para juzgar a nuestros prohombres no solo de farsantes, sino (encima) cortos de memoria. Y eso que hubo uno con ínfulas suficientes, suicidas, para recrear la memoria histórica; olvidada, arisca y algo sinuosa. Los actuales tiempos son exuberantes en sandios de tomo y lomo. Es necesario ceñirse a los “actuales” porque de los “primeros” no somos testigos presenciales y hay mentes que únicamente disciernen la Historia al amparo de vivencias personales. “Creo aquello que veo” es vicio bíblico y alegato laico, arrogante, al crédito de quienes se han molestado -con esfuerzo- transmitir lo que escapa a la divulgación oral.

Axioma es proposición que no necesita trámite ni apoyatura para su veracidad; es la verdad en esencia. Equivale a confirmar que cualquier político, ante supuestos ilícitos, se rearma invocando sentencia firme. No le sirve la ortodoxia pública o publicada, se deja llevar únicamente por fallo oficial. El juez para ellos, más allá de garantizar justeza y justicia, es su tabla de salvación, su último refugio. Primero porque, a veces, los veredictos son tan lentos que cuando se realizan han prescrito incluso para una sociedad olvidadiza, tal vez melindre. Pudiera ocurrir, en segundo lugar, que la certidumbre social ocupara el extremo opuesto de una lógica jurídica garantista, a lo peor amaestrada. Los políticos, con grave error crediticio, abrazan casi siempre la bondad de las sentencias judiciales. Advierten el callado rigor del examen popular. Rebasado este, aquel constituye pellizco de monja por oneroso que resulte.

Disponemos de ejemplos para todos los gustos. Si salvamos el delirio catalán, melodramático, desgarrador (al carecer de asiento y leyes normales), los demás casos fijan el enfrentamiento, al menos cronológico, entre juicio público y respuesta jurídica. Lo habitual es que la sociedad, además de responder rápido, acopie recelos viscerales a poco que tenga vestigios. La justicia, con el aura de serenidad que representa esa balanza equilibrada y equilibradora, se gana al político temeroso. Quizás la venda, en estos tiempos turbios, resulte una prenda inútil, incómoda, casi insultante. Podemos es la sigla tratada con mayor benevolencia o menor rigor por jueces y medios. Como reparación, recibe un rechazo social insuperable. La gente tiene plena certidumbre de lo que sería España, sus gentes, con ellos en el poder.

Ayer, escuché a un representante socialista que Ciudadanos debiera apoyar una hipotética investidura de Ángel Gabilondo para restaurar un gobierno “decente” en la Comunidad madrileña. Aparte un desenfreno ético, ofrece, en toda su desnudez, la tesis que vengo abonando desde el epígrafe. La verdad jurídica, apriorísticamente, notifica la corrupción sistémica del PP y el aliño del PSOE. Sin que la certidumbre social, en este trámite, difiera demasiado de aquella verdad jurídica, no parece que el PSOE salga ileso. Lo predicen las encuestas con intención de voto, pese al deterioro infligido al PP por la señora Cifuentes y que le sigue infligiendo el señor Rajoy.

Porque, vamos a ver, ¿aplica don Mariano de manera correcta el artículo ciento cincuenta y cinco? ¿Quién organiza el caos que exhibe un ejecutivo sin control? ¿Por qué se acepta el voto delegado de diputados huidos? ¿Qué hay tras los pactos con el PNV para aprobar los presupuestos, además de la subida impuesta de las pensiones? ¿El PNV peleando por los españoles? Estos interrogantes, y otros al alcance de cualquier ciudadano observador, escapan a la verdad jurídica pero no a la certeza general. Sospecho que los expertos en dinámicas sociales tengan las respuestas que esta caterva de timadores no saben, o no quieren, apreciar. Más aún; y entresaco uno entre mil. Sobre el latrocinio del Banco Popular, no hay verdad jurídica; no obstante, es unánime la certidumbre social.


viernes, 20 de abril de 2018

CÓMPLICES O CRETINOS TEMERARIOS


Tenía ya colocada en la rampa de salida “Verdad jurídica y certidumbre social” para diseccionar másteres, licenciaturas, doctorados y otros honores logrados con deshonor. Pero, hete aquí que llega Montoro y la lía parda. Sin ton ni son, suelta una bomba cuyos efectos es pronto todavía para cuantificar. Va el buen señor y dice: “El 1-O no se gastaron fondos públicos”. Tal mensaje lleva aparejada una gravedad especial porque surge enmascaramiento oficial de la verdad. Si semejante imprudencia tuviera como vocero otro ministro, quedaría margen para el retoque, tal vez apostilla más o menos admisible, quizás desautorización firme. Sin embargo, don Cristóbal se cargó maniobra y crédito de un ejecutivo bastante objetado. Asimismo, dificulta la extradición ridiculizada del reo Puigdemont

Antes de entrar en materia, me gustaría lucubrar sobre ciertas cuestiones veladas u oscuras absolutamente. El 1-O es la fecha clave, pero antes y después se exigen infraestructuras, colectivos con necesidades, procedimientos, herramientas e intendencia compleja. Aun suponiendo ayudas personales impregnadas de altruismo solidario, servicial, patriótico, se necesita dinero. Este pequeño obstáculo diluye todo romanticismo dadivoso al fluir, contaminante, el prosaico y áspero horizonte terrenal. Llegados a este punto negro, irrenunciable, el referéndum delictivo supuso un dispendio de millón novecientos mil euros, según la policía judicial. ¿Salió de algún bolsillo benefactor? Parece poco probable. ¿Entonces? Que cada cual responda a su gusto.

Ignoro cuáles son los derroteros de este gobierno, qué política de altos vuelos o proyectos rompedores auspician mentes preclaras, amén de cuántos objetivos rigen sus pasos y velas nocturnas. Más allá, encontramos la ocurrencia; esa estrategia incomprendida del señor Rajoy que, con toda seguridad, ni siquiera su almohada conoce a ciencia cierta. Pero no maneja los tiempos, como se dice; apuesta, confiado, por la eventualidad irracional del azar. Luego viene el acierto acompañado de alborozos masivos, agasajadores, o el error envuelto en silencios inquietantes, desestabilizadores, vergonzosos. Es el hombre de la callada por respuesta, adalid de la evasión. Domina como nadie el engaño, ese trasteo artístico que le permite transferir -o eso cree- la inmundicia a chiquero ajeno. Lleva tres años, quizás cuatro, embaucándonos con la conducción de la crisis catalana. Solo él ha sido capaz de subsumir el poder ejecutivo en una judicatura (Constitucional, sobre todo, y ordinaria) a la que inopinadamente revistió de ineficaces competencias ejecutorias.

Es indiscutible que el problema catalán tiene veneros lejanos, consentidos. Ahora PP y PSOE, con mayor o menor vehemencia, parecen celosos constitucionalistas. En el fondo, jamás lo fueron. Toda terapia exige celeridad para abordar cualquier lesión detectada. Es curiosos que el ejecutivo, a cuyas órdenes existe incluso un CNI, no supiera ver ciertas anomalías de dominio público. Adoctrinamiento beligerante, ignominioso; exigencias descabelladas, atentatorias a la soberanía nacional; desafueros económicos admitidos; arrogantes aspiraciones de bilateralidad, etc. etc. no merecieron ninguna censura firme, aclaratoria. Incluso se permitieron el lujo de organizar una consejería de exteriores. Entre tanto, don Mariano y el FLA (Fondo de Liquidez Autonómica) permitiendo gestos y gastos.

Llevamos años comprobando cómo el Tribunal Constitucional dicta sentencias contra las ilegalidades catalanas que el “govern” desoye, incumple, y el ejecutivo -entusiasta- hace la ola. Sobre educación y derechos paternos lleva decenios haciéndose el antojo de la respectiva consejería sin que nadie, verbigracia el ministro de Hacienda, haga nada. Victimismo intrigante y complejos gubernamentales han alimentado el engendro que hoy es imposible domeñar. Fuera de aspavientos artificiosos, histriónicos, solo caben dos salidas: independencia o enfrentamiento civil. Se ha llegado a un extremo sin retorno. Probablemente veamos el choque que significaría la peor opción. Cualquier salida juiciosa es imposible porque su plazo ya ha pasado.

Estas reflexiones no las hago al albur. Analizo la aplicación del artículo ciento cincuenta y cinco y el escenario no puede ser más desazonador. Se permite todo: emolumentos a los diputados fugitivos; un parlamento rebelde, patético; unas consejerías sin alterar sus respectivas gestiones; una TV visceralmente independentista, manipuladora, etc. Solo han cambiado los prebostes, encarcelados o prófugos, por obra y gracia de los jueces bajo cuyas riendas, solo las suyas, se intenta mantener una España unida. Vista la farfolla, el gobierno ni está ni se le espera. ¿Del PSOE qué? Como dijera la canción, del PSOE na.

Deberíamos rechazar aquella respuesta tan vejatoria que dio el tribunal de Schleswig-Holstein a la euroorden del juez Llarena. Con todo, tras esa negativa insólita, don Mariano alabó el comportamiento “virtuoso” del gobierno alemán (hasta Felipe González expreso la “impertinencia arrogante” de la ministra Katarina Barley). Encima piden información complementaria, en extraña providencia, para estudiar la extradición solo por malversación. En esta coyuntura apareció el lenguaraz Montoro corrigiendo las tesis del juez. ¿Cómo puede ser tan inoportuno? Por su lado, Zoido coloca a dos independentistas para dirigir la escuela de Mossos. Estúpido es quien comete estupideces.

Por fas o por nefas, el gobierno central se empeña en exteriorizar cierta seducción, complacencia, tal vez complicidad, con el tema catalán. Parecerá increíble, pero los ciudadanos lo advierten y los hechos constatan los peores presagios. ¿Implicará alta escuela política? ¿Será, como en otras ocasiones, empezar un fuego para apagar otros? Quizás constituyan estrategias de largo alcance y difícil visionado. Vete a saber. De momento, me mantengo en mis trece: son cómplices del independentismo o cretinos temerarios.


viernes, 13 de abril de 2018

LOS BUENOS MOMENTOS


Hace años que vengo tomando nota, mental o física, de lo acontecido durante la semana. Constituye mi germen para el análisis. Son escasas las veces en que aparece alguna noticia capaz de despertar esperanza, ilusión. Generosidad, paz, sensatez, decoro -entre otros- son vocablos en desuso, casi desaparecidos. Hoy, la vida acuña diariamente deslealtad, egoísmo, capricho, injusticia, sinrazón. No movemos en bucle infernal, vicioso, tal vez miserable. Luego, a nivel más o menos íntimo, nadie estamos satisfechos, querríamos que todo diera un giro radical, compensatorio. Aparece entonces esa impotencia desapercibida por esquivar lo obvio. He aquí la razón que exhiben quienes abandonan toda inquietud político-social. Cierran los ojos ante lo que les disgusta y apelan a la huida como solución más ventajosa o menos nociva.

Es fácil encontrar familiares o amigos que confiesan sin reparo el tedio que les produce ahora la política, ora hecho cotidiano, ora debate mediático. Este, solo cuando las emisoras respectivas pudieran considerarse refractarias, ya que el espectro se encuentra nítidamente perfilado. Incluso se niegan a ver determinadas cadenas; es decir, les incomoda determinadas defensas o críticas. Nos topamos, encima, con el dogmatismo que brota bravío en cualquier espacio doctrinal. Dicho entorno no resta, suma argumentos a las actitudes perversas, irracionales. Si escondemos la cabeza, es imposible responder a cualquier agresión porque desconoceremos su procedencia. Yo continúo justificando la abstención como exclusivo medio para exteriorizar nuestra soberanía y su legitimación representativa, nada convincente.

Es verdad que ni nosotros, quienes estamos a pie de obra, ofrecemos solución a conflictos analizados y expuestos en todo su rigor. Personalmente, imagino el grado de frustración a que pueda llegar cualquier ciudadano lego en la complejidad política y precedentes históricos. Conocer una anatomía, aun en grado superficial, evita sorpresas cuando vemos desarrollo y pautas futuras. Incluso asumiendo la realidad, creo que a todos nos queda cierto resabio de ultraje, de asco. En ocasiones, el conocimiento empírico, las mochilas vitales, deben servir para erosionar los ejércitos de terracota. Asimismo, aunque la sangre por estos lares hierve a temperatura ambiente, curémonos de insensibilidad, pero no de espanto.

Cada semana me obligo a pormenorizar, a entresacar, las noticias que llaman mi atención para luego basar en ellas el análisis pertinente. Sobresalen -si no son únicas- las que causan inquietudes o sobresaltos con difícil, cuando no nula, salida. Este trasiego indefinido, menesteroso, genera elevadas dosis de desesperanza, hartazgo e inseguridad sociales. Si al profano le aburre tanta indigencia política, es imaginable qué sentimientos aflorarán en quienes llevamos tiempo divulgando semejantes coyunturas. Sin embargo, nosotros desconocemos el verbo desfallecer; una fuerza oculta -prurito o servidumbre, entre otras veladas- exige airear permanentemente las impresiones de nuestro examen.

El pasado lunes, Pedro Sánchez a propósito del enredo Cifuentes dijo. “El señor Rivera tendrá que demostrar si su partido nació para regenerar la democracia o para encubrir las mentiras del PP”. Cualquier analista sabe que ese estallido verbal tiene la misma energía que una bombita de bebé en fallas. No obstante, al inexperto le retuercen los intestinos (para ser correcto) si fuere simpatizante de Ciudadanos. Estos ataques -provenientes de todas las siglas y divulgados por medios audiovisuales afines- crean un clima de rechazo total en los ubicados al otro extremo. La gente no distingue los brindis al sol ni el tono, más bien desentono, electoral cargado de propaganda con elevadas dosis de agitación.

De parecido jaez son las infinitas maniobras que hacen muchos políticos para crearse un currículum falso. Aquí se toleran salidas de bombero, con perdón, pero las mentiras pueden enterrar carreras políticas notables. Son conocidas “realizó estudios de” que, sin mentir, excitan la imaginación dispensando licenciaturas o doctorados postizos. Sabemos el caso de doña Cristina que le costará la presidencia madrileña. Pero… ¿y el caso de José Manuel Franco? Permitió durante ocho años que apareciera en su CV una licenciatura ficticia. La explicación posterior le dio la puntilla: “Donde no había ninguna irregularidad es que yo he sido profesor de matemáticas”. Si, hijo, sí. Una cosa es dar clases de matemáticas a amigos, vecinos, conocidos y otra, muy distinta, “ser profesor” que implica estar en posesión del título preceptivo. Cifuentes, desde un ámbito político, ha mentido con orgullo mal entendido y usted con jeta. Objetivamente, deben irse los dos a casa, pero usted aguantará porque se nutre con ética de quincalla.

Podría relatar cientos de mentecateces como la querella presentada por el Parlament contra el juez Llanera por “golpismo togado”, las “lagunas” de Griñán, las inacabables fechorías de unos y otros, las virtuosas lecciones éticas de presuntos -y no tanto- delincuentes. Quiero centrarme en algo realmente grave que viene ocurriendo con demasiada frecuencia sin que por ello nadie ilumine la escena. Me refiero a diferentes manifestaciones sin calibrar el alcance real. “Presos políticos”, “Estado totalitario”, etc. Hoy, las palabras del diputado Campuzano: “El Gobierno solo contribuye a crear un peor clima social en Cataluña”, sugiriendo la falta de independencia judicial. Quiérase o no, además de nutrir más allá de nuestras fronteras ciertas opiniones extrañas, oscurantistas, esta afirmación incita (una vez más) a la revuelta social. El aforamiento no puede constituir impunidad total.  

Tengo siete nietos, desde una chica (María), con casi diecinueve años, a otra (Daniela) que cumplió hace cuatro días los dieciséis meses. Por circunstancias, no gocé plenamente como padre y no quiero que me pase igual como abuelo. Ahora bebo los vientos por la pequeñaja hasta el punto de abandonar el miércoles pasado la partida de dominó -sagrada- por verla. No menciono lo dicho a humo de pajas. Yo también me cabreo con estos estafadores, pero menos porque conozco el paño. Lo verdaderamente útil, con palabras populares de mi tierra conquense, es mandarlos a hacer “chorras”, olvidarse de ellos y dedicar a familia y amigos los buenos momentos. Que estos sinvergüenzas no nos roben, al menos, ni alegrías ni tiempo. Hoy por hoy, no se lo merecen.

viernes, 6 de abril de 2018

PAÍS ASISTIDO Y GOBIERNO DESCABEZADO


Rechazo cualquier afirmación rotunda, pues frecuenta poca verdad e inflado populismo. Dado su histórico arranque debería negarme a concretar quien adujo, ahora, tan insensato venteo. Empezaré por decir que los protagonistas de tan sorprendentes conclusiones son políticos o cercanos en ejercicio. Ignoro si sus capacidades intelectivas superan la media o nos hemos topado con un gremio turbulento, atiborrado de lastre. Yo, pobre consignatario de palabras y hechos, entresaco, expongo, tal vez enfoque, los que llaman mi atención; tanto por interesantes cuanto por absurdos. El aprendizaje necesita razones, rudimentos, que sean paradójicos, divergentes, incluso algo desatinados. Solo así aprestaremos las herramientas idóneas para llegar al fondo de las cosas.

Vicent Sanchís, director de TV3, se dejó decir: “Cataluña continúa manteniendo a España fiscalmente. La única alternativa es la independencia”. Semejante verdad a medias y arbitrario colofón, implica que dicha Comunidad, previo al sueño, mantiene con vida económica al resto del país, cual gotero oportuno y vivificador. Olvida que su mayor contribución corresponde al IVA que recaudan empresas con domicilio fiscal en esa Comunidad y que abonan todos los españoles. La experiencia muestra que solo un planteamiento, más o menos quimérico, ha forzado la huida de miles de compañías a otras Comunidades. Este hecho inequívoco disminuirá notablemente su participación fiscal. Si la independencia fuera una realidad, Cataluña -perdón, la república catalana- terminaría siendo un espacio económicamente exiguo y un país rechazado. ¿Atomizar la UE? El endeble globo del aturdimiento explota antes o después.

Un gobierno superado por los acontecimientos, y por una oposición antipatriota e insensata, siente la necesidad imperiosa de oponer mensajes o eslóganes repletos de similar desatino. Así, algún representante oficioso insiste en afirmar que el “procés” está descabezado. Otra media verdad con parecida sustancia a la del párrafo anterior. Hay, sin embargo, una gran diferencia. El señor Sanchís puede expresar lo que le venga en gana expuesto solo a la mofa colectiva. Nuestro gobierno no puede caer en aserciones inconsistentes, falsas, porque daña el crédito español. Semejante detalle constata que los políticos ejercen su personal y mísera representación. Ninguno merece un mínimo de reconocimiento ni lealtad, aunque todavía no se haya envilecido al saborear las mieles del poder. 

Si el director de la, siempre polémica, TV3 cree que Cataluña es el tónico de España, especula que estamos sufriendo una septicemia mortal. Pese a la poca solvencia, no tengo reparos en aceptar cuánta razón lleva al suponerlo indirecta y lamentablemente. Lo que calla de forma ladina es la notable infección aflorada por bacterias catalanas. Podríamos citar otros miles de casos extremos, pero voy a detenerme en alguno significativo, amén de irrelevante. Como ejemplo nada extraño, Pedro Sánchez. Piloto audaz, látigo incansable, de las pensiones públicas, parece tener un plan privado que supera los ochenta y cinco mil euros. Predicar con el ejemplo constituye una merma impresa a fuego en el político de turno.

A estas alturas, la gente, el populacho, se pregunta quién sufraga los costosos dispendios originados por los “exiliados” del “procés”. Hacienda tiene respuesta a la madre del cordero. Asegura que el “govern” controló cuatro mil millones de euros públicos en pleno golpe. Se debieron a la emisión de deuda autonómica comprada por bancos concretos. Tal noticia explica de dónde sacan para tanto como destacan. Aunque pase desapercibida, esta nocturnidad y alevosía, además de los matices probatorios, sugiere una circunstancia agravante que el juez instructor deberá contemplar.

Luego surgen veleidades procedentes de personas frívolas, huecas, necias. Forman la élite que entretiene, divierte y redime a quien brega con denuedo para mantener a aprovechados y sinvergüenzas. Los últimos días son ricos en anécdotas. Una, propia del bombero torero, tiene pinta de convertirse en trascendente. Empezó chorrada y va a terminar como Cagancho en Almagro, según las crónicas taurinas. Se trata del máster de Cifuentes. El Diario punto es publicó las divergencias entre presunta realidad y lo revelado a propósito del máster de la presidenta, años atrás. Prurito y porfía va a terminar con dimisión o cese forzado de doña Cristina porque una pequeñez la han convertido en alimaña sanguinaria. 

Existen también esperpentos, impropiedades, celos, quisicosas. Ocurrió la misa de Pascua entre una princesa, una reina y otra reina abuela que sufrió los insolentes modales de las anteriores. Nadie duda no ya del hecho sino de su alcance. Es un síntoma irrefutable de cierto olor a podrido, de ultraje consuetudinario. España lleva mal camino, al menos una trayectoria incierta. Y no se ven visos de reflexión ni cambio en el horizonte inmediato. Antes bien, vamos lentos pero derechos a parajes ya conocidos y de atroz localización.

El gobierno, a mayor gloria, acrecienta la gravedad actuando de forma irresponsable y siniestra. Tras adosar la crisis a las espaldas de la clase media sigue un maltrato inexplicable y letal. Depauperada, mísera, recibe golpes e injusticias de un gobierno que parece la madrastra de Cenicienta. Mientras nos ahoga con impuestos para mimar a golfos, permite -verbigracia- la preinscripción solo en catalán desoyendo a quien quiere la enseñanza en castellano. ¿Pues no rige el artículo ciento cincuenta y cinco? Permite, sin objeciones, que el señor Torrent acepte el voto delegado de Puigdemont (medio perdonado por un tribunal alemán, que tiene guasa) en el Parlament. Todo ello al inicio de un nuevo periodo fiscal, banderillas de fuego para una sociedad al límite de la paciencia. Encima, surge la noticia de que el gobierno ha de perdonar ciento noventa mil millones de deuda autonómica y municipal. ¿Saben quién la pagará al final? ¿Dónde se encuentra la justicia y sensatez de este gobierno? No me extraña que un abogado catalán termine por sugerir, justo al contrario de EEUU, que Cataluña es una nación sin Estado. Qué pena de gobierno y oposición.

Permítaseme el inciso. Acabo de escuchar un dislate infinito. Monedero, suelta: “La facultad de políticas de la Complutense ha venido a actualizar la política española”. Se necesita un par para semejante osadía, juzgando frescas -con inconmensurable cinismo- ciertas tesis político-sociales y económicas del siglo XIX.




viernes, 30 de marzo de 2018

POLÍTICA, ENIGMA Y PARIPÉ


Permítaseme, aunque sean tiempos de fe y espiritualidad, que -yo, nada religioso- analice el prosaico fluir de una vida material cuajada de penas y glorias. Definir política plantea tantas dificultades como presenta su compleja actividad. Concepto y práctica revelan cierta vehemencia (no siempre obvia) pero ocultan con cinismo una tosca falta de ética. Suele decirse que política es el arte o acción por el que una sociedad libre resuelve los problemas que plantea la convivencia colectiva. Seguramente ese sea el objeto, pero ambos vocablos, política y práctica, quedan cortos, confusos, a lo peor yermos, porque nadie quiere atribuirse apéndices o atributos que pudieran entenderse reseñas rentables e interesadas. Esto les conduce a arrostrar el rigor hipócrita de lo políticamente correcto, quizás incorrecto por aflicción, acomodo o incertidumbre.

Decía Tagore: “No es tarea fácil dirigir a hombres; empujarlos, en cambio, es muy sencillo. Si ya es humillante someter la palabra a los dictados de quien quiere viciarla, asearla para legitimar oscuras maniobras resulta amoral e indecoroso. Los partidos que ostentan el poder desde mil novecientos ochenta y dos, lo vienen haciendo. Son los únicos culpables del atropello iniciado por aquellas fechas. Se sabe que las dinámicas sociales raramente se mueven a la velocidad de estímulos más o menos seductores. Poner la masa en marcha, emplea parecida energía que para luego frenarla. He aquí la razón de un adoctrinamiento sólido, consistente, sin sacrificar tiempos ni tácticas oscurantistas.

Algunos vislumbran supuestos, calificados por el común de oníricas lucubraciones, que los hace víctimas del presente y del futuro. Mantengo la tesis de que el escenario actual se debe al proceder del nacionalismo catalán, permitido desde el gobierno central. Sostenemos una Ley Electoral a medida que permitió, años atrás, cebar poco a poco el engendro que nos desafía hoy. PSOE y PP impulsaban una política ajustada a intereses partidarios -aun personales- para lograr un poder de cuotas, de reparto. Quizás hubiera bastado con modificar la Ley, pero rechazaron tal recurso para no ver mermadas sus expectativas electorales. Ninguno estaba dispuesto a sustituir el modelo favorable. Se conformaron con lo “malo conocido” evitando lo “bueno por conocer”.

Enigma, en su acepción segunda, significa realidad, suceso o comportamiento que no se alcanza a comprender, o que difícilmente puede entenderse o interpretarse. Cataluña ahora se ha convertido en un enigma de consecuencias impredecibles. Conjeturo que el statu quo internacional desaprobará cualquier iniciativa secesionista porque las consecuencias pueden traer desequilibrios indeseados, alarmantes. No obstante, y considerando que “nunca falta un roto para un descosido”, jamás saboreemos un manjar antes de catarlo. Existen pocas dudas respecto al pronunciamiento de la UE, pero otros países, sin adscripción, e instituciones con afectos cruzados, tal vez indefinidos -quién sabe si promiscuos- son capaces de introducir quimeras donde, objetivamente, la realidad es incontrovertible.

El independentismo queda hipnotizado, levita, mientras la ONU acepta a trámite una denuncia que interpone Puigdemont “por vulnerar sus derechos”. Dos cuestiones. No seré yo quien cierre los ojos ante determinadas resoluciones efectuadas por dicha institución internacional, así como el papel desempeñado en diferentes conflictos. Pero, ¿puede considerarse democrática, justa, impoluta, cualquier organización donde cinco países tengan derecho a veto? Asimismo, admitir a trámite una querella no entraña sin remedio fallo favorable; simplemente hay indicios a considerar. En el fondo, solo es un protocolo mecánico.

Menos de veinticuatro horas después de ser detenido Puigdemont, Cataluña se convirtió en territorio rebelde, entregado a desórdenes e ilegalidades. La televisión plasmó los enfrentamientos entre manifestantes y policía autónoma próximos a la Delegación de Gobierno en Barcelona. Era notable, proverbial, la “inofensiva”, “pacífica”, agresividad de supuestos CDR (Comités de Defensa de la República). También cortaron carreteras y vías de especial tránsito. Dichos cortes se sucedieron a lo largo de varias jornadas con enfrentamientos varios y variopintos. El espectáculo era deplorable, clarificador y pernicioso para la imagen de Cataluña. Pregunto qué prioridades defienden estos aguerridos ciudadanos.

Desearía saber el brebaje dado por Puigdemont a los independentistas para absorberles el seso. ¿Cómo un personajillo tan incoloro, inodoro e insípido, puede arrebatar mentes y voluntades del gentío? Son legión quienes tras estos y otros sucesos le siguen aclamando presidente legítimo. ¿Es posible tanta necedad? Ya lo vemos. Hasta el presidente del Parlament asegura: “Ningún juez puede perseguir al presidente de todos los catalanes”. Semejantes manifestaciones tienen porte de morbosa anormalidad. Sin ton ni son, Sair Domínguez (TV3) dijo: “La república no se construye con lacitos y manifiestos sino con sangre y fuego” ¿Acaso estas palabras esquivan el ilícito penal? Mutismo.

Paripé significa fingimiento, simulación o acto hipócrita. Tal definición casa perfectamente con la aplicación del artículo ciento cincuenta y cinco; mejor dicho, con la no aplicación. ¿Qué eficacia se consigue si cesan al presidente, consejeros y a alguno más apartado por el sistema de pinto, pinto, gorgorito? Han dejado intacta la infraestructura gubernamental, los mossos y la televisión catalana. Es decir, un perfecto paripé. Cierto que Rajoy apechuga con una oposición que defiende a capa y espada las tesis contrarias, incluso contra intereses nacionales. Pobre Sánchez y pobre PSOE inmersos siempre en el paripé. ¿No haría mejor dejar que Rajoy se ahogara en su propia salsa? Esta táctica aneja al “no es no”, hará que el PP (Partido Picaresco) aliente una nueva legislatura. 


viernes, 23 de marzo de 2018

DEMOCRACIA AD HOC Y DEMOCRACIA SUI GÉNERIS


A propósito del confuso master de Cristina Cifuentes, he oído a Rafael Mayoral decir algo así: Espero la respuesta de los naranjas de Aznar. El acento era insolente, tramposo. Huérfano de proyectos netos, propuestas, planes de actuación para conseguir el bienestar ciudadano, dicho individuo (a la postre aforado y favorecido con sabrosas subvenciones) pretende desprestigiar al rival. Cierto que los políticos parecen sacados de aquella cosecha clónica imaginada por Huxley en “Un mundo feliz”. Sin embargo, hay cumplidas diferencias; sobre todo de estilo. Jamás escuché a nadie -probablemente pudiera hacerlo con sobrada motivación- mencionar a “los discípulos bermellones de Maduro” o, el apurado, “los epígonos de Stalin”, verbigracia. Menciono tales alusiones porque serían el prólogo ideal, inesperado, del epígrafe. 

Asimismo, el periódico de Ignacio Escolar publica pantallazos que abordan un trato de favor hacia la presidenta de Madrid. Visto lo visto, arrojan pocas dudas sobre extraños manejos, al menos. Actuar así confirma la existencia, incluso esencia, de una prensa libre pese a apreciaciones ruines, sectarias, antipatriotas. Además, debe ser objetiva, ajena a cualquier límite o nutriente maniqueo. Caso contrario, se convierte en medio inmundo, éticamente pobre, manipulador. Estoy convencido de que esta señora no es la única isla en el inmenso océano que constituye tan insólita tropa, según clamó con añadido grosero el conde de Romanones. Don Ignacio -a lo que se ve- opina que dicha turba o revoltijo se agita solo en determinadas aguas ideológicas. Salva, a contrario, otras que merecen su bendición, no sé si urbi et orbe.

“Ad hoc” es una proposición latina, de uso frecuente, que significa estar especialmente diseñado para un fin concreto. “Sui géneris”, también de origen latino, en su primera acepción significa peculiar, que no coincide con lo que designa. A la segunda acepción le acompañan original, estrafalario.

Democracia ad hoc implicaría, por tanto, una consideración positiva, digna, hacia el ciudadano. Sin duda, se refiere a ese sistema genuino dentro de las múltiples formas en que puede revestirse. Tanto que, desde un punto de vista estricto, no hay ni hubo un español capaz de garantizar haber vivido democracia de tales características. España vivió cortos periodos, salvando el actual, en los que el ciudadano tuviera siquiera el protagonismo protocolario. El primer periodo plenamente democrático llegó con el advenimiento de la Segunda República donde se aprobó el voto femenino pese a la negativa del PSOE. Estos cuarenta y tantos años desde la muerte de Franco, conforman el mayor periodo de liturgia democrática, no de democracia porque ella encarna derechos no gestos artificiosos, fraudulentos.

Analizando los siglos XIX y XX, resulta quimérico encontrar un decenio seguido de plenitud liberal. En el XIX acontecieron al menos ocho pronunciamientos, pasados los veinte primeros años. Si excluimos los cinco del reinado de Amadeo de Saboya y los veintiséis borbónicos, calculen cuánto duraron los sistemas democráticos más o menos reales. El siglo XX trajo cinco años, correspondientes a la Segunda República, y cuarenta actuales de los que solo cuatro (Suárez) se asemejaron a una democracia verdadera, aunque vigilada.

Felipe González, supo aprovechar rencillas políticas a la vez que atormentadas avideces sociales y se hizo con el poder absoluto. Creo que este fue el inicio de la “democracia ad hoc”, pero adulterando peyorativamente sus fines. Mataron a Montesquieu, maniataron los medios e impusieron el inmovilismo: “Quien se mueva no sale en la foto”. Del Digo pasaron al Diego y promovieron empresas públicas cuyo objetivo silenciado era intensificar un nepotismo en ciernes. Por necesidades del guion, empezaron a conceder réditos demasiado onerosos a los nacionalistas, enmascarado por entonces su ancestral independentismo. Al fondo, podía apreciarse en ciertas autonomías un afán de consolidar riquezas y transferencias que, al final, facilitarían -así lo percibe su insano juicio-la segregación definitiva. El resto del país asumió el papel de hetaira abonando cama y oficio. He aquí el venero supremacista o preeminente del soberanismo catalán.

En silencio, de forma sigilosa, vino lo que conocemos. Inadvertidamente se consolidó la “democracia sui géneris”, esa que es cualquier cosa menos democracia. El ciudadano pasa a ser contribuyente, siervo fiscal, con apenas derechos (porque son muy caros) más allá del pataleo. Entre tanto, políticos y afines campan casi impunes henchidos de privilegios y adscritos a abusos múltiples. Nada nuevo bajo el sol debido a la pobreza moral e intelectual que despliega tradicionalmente el individuo patrio. Sometidos a un estilo grotesco, resulta inevitable aquel estigma ambiguo considerado tópico tiempo atrás: “España es diferente”. Pudiera apreciarse frase panegírica, pero no; llevaba una carga despectiva con justeza y justicia.

Sin necesidad de escarbar mucho, nos topamos con miles de muestras que plasman lo dicho. En la cocina inmediata encontramos sobrados ingredientes tópicos, privativos. El tema catalán, que antes provocaría vergüenza, se ha convertido en esperpéntico, irrisorio. Pecan políticos descerebrados, necios, paranoicos. Peca un gobierno impertérrito, estéril, cobarde, acompañado de una oposición con escasa legitimidad para albergar tal término. Un país se gestiona por la acción vertebradora, conjunta, de gobierno y oposición. Aquí no, aquí la oposición ejerce de Penélope deshaciendo lo tejido con anterioridad. Damos pasos, gastamos energías, pero no nos movemos.

Ciudadanos y Podemos, esas siglas que -en propia confesión de Podemos- vienen a limpiar la vida pública, empiezan a pringar antes de asar. El patio presenta irregularidades continuadas, extremas. Lo verdaderamente triste, sin restar gravedad a lo expresado, son los atributos del individuo español: inculto, cándido, necio, irreflexivo…. Esperando el autobús, un señor mayor (tras echar pestes contra Rajoy, la derecha y -matizando- la izquierda) defendía aguerrido a aquellos dos partidos inmaculados. Algo ya visto y oído; pasamos de uno a otro extremo sin solución de continuidad. Aprecié, no obstante, cierta querencia por Podemos. Sirva el ejemplo como prueba indiscutible, empírica. Este episodio evidencia que nos hemos ganado con honores esta maldita democracia sui géneris.


viernes, 16 de marzo de 2018

PRECISAMOS ÁRBITROS QUE ORDENEN ESTE CAOS


El hombre, desde que tiene uso de razón, se hace una pregunta de forma consciente o inconsciente. ¿Qué es la vida? Tras milenios de honda reflexión sigue sin encontrar respuestas satisfactorias. Filosofía y literatura intentan acercarse al enigma, pero solo consiguen circundar el interrogante. Abrigan pocas probabilidades de vencerlo dejando su entraña al descubierto. Semejante coyuntura impulsa al individuo a describir diferentes manifestaciones que, siguiendo a Husserl y su fenomenología, es lo único que consigue apreciar. Surgió así el teatro y, más tarde, el cine; veneros de una realidad difuminada. 

Con buena lógica, todo ciudadano ansía resolver como sea aquellos aspectos que le producen sorpresa, inquietud o indignación. Los últimos tiempos vienen repletos de visiones tremendistas, de intenso desasosiego social, aunque (pese a hechos recientes) sean casos que proliferan en América. Me refiero a los secuestros donde -en sus diferentes versiones- surge soberbia la figura del negociador, aliento policial para familiares. Tanto es así, que de mil novecientos noventa y siete a dos mil catorce se han realizado cuatro filmes con dicho título: el negociador. Al crimen, al desorden, se opone el rigor del experto que procura zanjar situaciones anómalas y delicadas. Constituye la gestión definitiva antes de llegar a un lamentable final.

De parecido modo, nuestro país vive hoy cautivo por constantes extravíos políticos, económicos, mediáticos e institucionales, cuanto menos. No obstante, por estos lares de histeria político-social, todavía vemos distantes estos personajes interpuestos pese a cabalistas de chistera o apocalipsis. Necesitamos -diría sin prisas, pero sin pausas- alguien (individual o colectivo) capaz de equilibrar, armonizar, tanto guirigay. Me pregunto cómo hemos llegado hasta aquí y obtengo la misma incertidumbre que introdujo la pregunta del primer párrafo. Conocemos las consecuencias y tememos los motivos porque se vienen percibiendo desde siglos atrás. Se dice que hemos cultivado pocos hábitos democráticos. Sin embargo, en esta ocasión cabe preguntarse si es primero el huevo o la gallina. Puede que huevo y gallina, sin que sirva de precedente, vayan a la par. Véase, si no, las sediciones habidas a partir del siglo XIX sin cuajar sistema democrático alguno.

Cierto: realidad y percepción difieren, cuando no divergen. Pese a todo, este país ha llegado a límites inasumibles. Precisa necesariamente, y cuanto antes, algún árbitro (mediador) que armonice no ya ideas, sino tácticas diferentes. Existe una patraña general: todos dicen servir al ciudadano, aunque la experiencia constata lo contrario. Unos más otros menos, cada cual pretende arramblar votos, incluso de manera nada ortodoxa. Populismo, exceso y quimera, son vocablos sinónimos sin matiz diferenciador. Siempre es la oposición quien representa el perverso papel de denuncia, tal vez envolviéndose en hipocresías e impudores indignos. Me parece un juego demasiado sucio que debiera concluir con una mayoritaria deserción popular.

El PP –embriagado, ególatra, tal vez sumiso a un cesarismo inoportuno e indignante- descubre deficiencias notables. Corrupción y deslealtad al ciudadano (también a otras siglas y a distinguidos cuadros) hacen de él un partido bajo sospecha. Se enorgullece de resultados macroeconómicos indiscutibles, pero le falta cintura social. Miente, por el contrario, quien mantenga que favorece a empresas o a la gran banca mientras abandona al ciudadano corriente. Necesita un árbitro, apeado Rajoy, que equilibre los intereses de una élite, hasta ahora favorecida, con aquellos de una clase media depauperada y que ha sufrido como nadie los embates de la crisis. Herido de muerte en su credibilidad, no es fidedigno ni concluyente cualquier escamoteo, aun embestida, de PSOE o Podemos. Menuda alternativa.

Parece claro que, en Europa, los partidos liberales y socialdemócratas se diferencian solo por sus respectivos acrónimos. PP y PSOE sienten en sus carnes tan arraigada conclusión. Ello crea molestos, amén de desproporcionados, trastornos. El PP vive rumiando el complejo de ideología fascista, ladinamente atribuida por la izquierda más o menos ultra. Mientras, el PSOE lo hace con el sacrilegio de ser considerado neocapitalista, cuya caricatura debe a la extrema izquierda. Ambos atributos son tan incisivos como falsos. Peca el PSOE que no asume con naturalidad su ADN capitalista. Me refiero, claro está, al partido actual ganado insensatamente por el extravío. Sin citar novedades concretas, ni este PSOE, ni sus líderes sirven a España. Tampoco en la oposición.

Podemos podría ser el mayor enemigo de los españoles por su vocación camaleónica. Causa agrado que la sociedad vaya descubriendo su verdadero rostro pese a ser un pueblo sin criterio ni sentido crítico. Cualquier populismo, incluso invocando honradez, democracia, ética, feminismo, etc. acaba en el más tiránico totalitarismo, según Korstanje. Y conocía bien el fenómeno. Esta máxima pone al descubierto sus falsedades: “Por sus obras los conoceréis”. Si solo vemos la Sexta o la Cuatro y leemos Público o El Periódico, daremos -presuntamente- un largo paseo por los Cerros de Úbeda. Descubramos la diferencia entre dichos y hechos; nada más, ni nada menos.

Ciudadanos, de momento, exterioriza menos desequilibrios que los otros llamados a gobernar: PP y PSOE. Cierto que muestra elasticidad en determinados temas. ¿Acaso no lo hacen los mencionados en momentos clave? Desde mi punto de vista, presenta una hoja de servicios menos extensa, pero de una pulcritud estimable. Ahora mismo, ese valor cotiza al alza. Esperemos a ver qué nos depara el futuro. Sea como fuere, vislumbro que se lo están poniendo en bandeja. Igual que se lo puso Zapatero a Rajoy en dos mil once y que ha dilapidado neciamente.

Sí, España está desequilibrada pese a tener una economía que va saliendo del túnel. Verdad es que la clase media necesita un rescate urgente, aunque el horizonte micro se muestre remiso. Ahora mismo no se aprecia árbitro que pueda imponer un equilibrio serio, que satisfaga esa miseria injusta acumulada durante siglos. El error surgió con liberales y absolutistas para continuarlo después conservadores y liberales. Con la Segunda República se alcanzó el paroxismo. Quinientos mil muertos supusieron una terrible penitencia. Ignoro el final a que nos vemos abocados por falta de sensibilidad con aquel gran colectivo social. Necesitamos un buen arbitraje, sincero, apacible y eficaz para ganar paz y tranquilidad.


viernes, 9 de marzo de 2018

DIRIGIR Y DOMINAR


Las últimas informaciones y comentarios políticos ofrecen dos hechos contrapuestos cara al ciudadano. Uno trascendente, cual es el abandono de PSOE y Podemos de la Comisión Educativa. Otro, subrogado, hiperbólico y teñido de folklorismo, pese a justas, lícitas (pero desdibujadas), demandas feministas. No seré yo quien mengüe o conmute la miseria económica ni el carácter frustrante de los contratos laborales, de la terrible coyuntura, conociendo el paño en un familiar muy cercano. Tampoco soslayar la deuda escalofriante contraída por esta sociedad con las mujeres en múltiples facetas de la vida. Deuda adquirida desde hace tiempo y jamás reclamada. Es hora, pues, del reconocimiento pleno, junto al propósito de enmienda, puesto que este conflicto supera de largo la reparación institucional.

Sospecho que Antonio Gramsci era más clarividente, tal vez realista, que los líderes del PSOE y Podemos. Prejuzgo, sin temor a equivocarme, que mucho más de lo demostrado por Ana García, veterana secretaria general de los estudiantes. Acaso, fuera un poco más que el colectivo de periodistas indivisas, uniformes, arrastradas probablemente por un prurito de progresía irreflexiva, torpe, contagiosa e impersonal. La muchedumbre acude con la mente lavada; vicio higiénico general cuando se adoptan actitudes maximalistas, beligerantes.

Ambas decisiones -abandono e impostura espectacular- tan legítimas como de ardua justificación, chocan con las tesis de Gramsci sobre el bloque hegemónico. Sus reflexiones referentes a infraestructura/superestructura, como fundamento del poder, merecen considerarse el ABC metodológico de cualquier adiestramiento revolucionario. Sin embargo, él concebía una distinción sustantiva, vertebral, entre poder dirigente y poder dominante. Concluía que este último, a secas, llevaba a un estado dictatorial. Aquí pudiéramos encontrar la raíz del eslogan: “venceréis, pero no convenceréis”, curiosamente patrimonializado por la izquierda más o menos ultra.

Ignoro si ese principio hegemónico ha empujado a PSOE y Podemos a abandonar la mesa del Pacto por la Educación. Aunque divulguen que el móvil se encuentra en la negativa gubernamental de aumentar el presupuesto al cinco por ciento del PIB, la verdadera causa, sin duda alguna, es otra. Creo que la izquierda, siguiendo las tesis de Gramsci, pretende la total hegemonía cultural, amén del sentimiento religioso y de los medios. Podemos, una nota al margen, no cuenta. El PSOE, partido imprescindible ahora y siempre, jamás estará de acuerdo en elaborar un pacto educativo porque no quiere ceder la praxis que le dificulte alcanzar sus objetivos. Nuestra experiencia nos enseña que los sistemas educativos en España, desde la Transición, se aderezaron a voluntad del PSOE. LOCE y LOMCE han sido leyes perfiladas a la sombra del PP. Aquella, murió antes de nacer; esta, es un simple apéndice de la LOGSE. El colectivo “cultural” y los púlpitos audiovisuales se nutren de su mano. Ya conocimos la repercusión que tuvieron tanto “artista” e “intelectual” de la ceja.

Nadie duda, yo no, de las justas reivindicaciones de la mujer en diferentes espacios. Es preciso que la sociedad sea vanguardia para resolver jurídica e institucionalmente ese clamor de siglos. Pero, sin discusión, una cosa es una cosa y otra es otra. Hemos sido testigos de declaraciones y actitudes inmoderadas contra quienes -también mujeres- deseando lo mismo, glosaban formas diferentes. Ansiar un poder dominante, excluyente, quiebra cualquier argumento o espíritu de concordia. No persiguen conseguir metas universales, solo escasos réditos políticos; confunden derechos democráticos con imperio colectivo, cuando no colectivizado. Huelgas y manifestaciones, de esta guisa, se han convertido en un proceso histórico porque casi todo el mundo ha engullido la fullería. Seguir la corriente para no quedarse varadas, les empujó a correr alocadamente tras el señuelo. Cobardía y recelo incluidos, la esencia del triunfo ha sido una excelente estética, pasajera a fuer de impostada.

Llevamos demasiado tiempo consintiendo las inclemencias de una sociedad inculta e incívica junto a una clase política trincona y abusiva. No obstante, el mayor deterioro viene de unos medios livianos que únicamente buscan la cuenta de resultados. Dije antes que ellos conforman la conciencia social y es verdad. Casi todo conocimiento, prácticamente toda información, entra por los oídos. Sin juicio crítico, cualquier sociedad se cimienta con los medios. Así, crean un estado de opinión sujeto a vaivenes políticos o financieros. En definitiva, hoy son el opio del pueblo, el mayor factor de alienación. Constituyen los púlpitos del siglo XXI, mucho más nefastos que aquellos de antaño. Quien maneje radiotelevisión tiene en su mano la mejor herramienta para conseguir el botín hegemónico. Lo vivido el día ocho abona la prueba irrefutable.

Dirigir es valerse de la superestructura -inteligencia e ideario- para converger diferentes actitudes orientadas a alcanzar el poder abstracto. Ese ente colectivo arrastra directo al estado de bienestar, quizás a la paz que es su feudo querido. Dominar, por el contrario, es utilizar la infraestructura -fuerza de producción- para someter al individuo cuando se alcanza un poder total.

Educación y presupuesto no son, sin remedio, magnitudes directamente proporcionales. Por tanto, el abandono del pacto educativo excusándolo con una falta de presupuesto, indica un desinterés absoluto hacia la enseñanza porque priman otros intereses. Del mismo modo, el éxito numérico de las manifestaciones es el triunfo estéril y olvidadizo de lo estético. Antes, había divergencias irreconciliables entre mujer y feminismo radical. Ahora, el frentismo es evidente. Politizar es antónimo de seducir, al igual que dirigir sitúa en el lado opuesto a dominar. La izquierda, sumergida en el error totalitario, ansía solo dominar.




viernes, 2 de marzo de 2018

PRIETAS LAS FILAS, RECIAS, MARCIALES


Arrancaban los años cincuenta del pasado siglo –cumplidos yo los siete años, o a punto de hacerlo- cuando ocurría el siguiente relato. En mi pueblo conquense, de unos novecientos habitantes, se conformaba (como en otros muchos del territorio nacional) una falange local. Niños y jóvenes, algo más de un centenar, formábamos los domingos en la plaza, columna de tres, para ir a misa. Con las banderas desplegadas, y cantando canciones al uso, ocupábamos el espacio central de la iglesia. Después, volvíamos a la plaza en castrense formación. A poco, mientras el resto bajaba luciendo sus mejores galas, terminadas las arengas, de forma marcial y con tajantes órdenes, rompíamos filas bajo un cariñoso mohín de nuestros familiares. No todos compartían ese espíritu, pero yo entonces no veía miradas esquivas, incluso de ira reprimida, a las diversas autoridades llenas de orgullo un tanto bastardo.

Cantábamos especialmente “Prietas las filas”. Nos dijeron que era el himno del frente de juventudes. Pero había otras en las que, de forma usual, se encomiaba la camaradería y la afinidad de objetivos irrenunciables; también incomprensibles para nuestra tierna edad. Imperio, unidad, fortaleza, destino universal… configuraban la esencia semántica de semejantes proclamas épicas. Al principio de los sesenta, cumplidos los dieciocho años, terminó mi trayectoria en la OJE (Organización Juvenil Española). Asimismo, jamás me afilié a ningún movimiento, sindicato o partido; fue suficiente con aquella participación involuntaria. Tampoco nunca he evocado tan remotos avatares ni los sucesivos. Excuso su naturaleza; simplemente -como consecuencia de mi temperamento parco, reacio y escéptico- no me han atraído las organizaciones de índole laboral, social o política.

Ahora, con la distancia, frialdad y sensatez que dan los años, veo o vislumbro las razones ocultas de aquellas celebraciones cuasi militares. Acababa de surgir un nuevo gobierno personalista, sin base ni estructura doctrinal. Franco, basada su legitimidad en la victoria, creó un sistema cuartelero donde la obediencia jerárquica era el elemento aglutinador. Si acaso potenciado con la anuencia de pequeños sectores dispares pero amalgamados por extraños intereses: terratenientes, burgueses, falangistas, requetés y profesionales liberales. El régimen no gozó del apoyo de ningún partido prebélico: nacionalismos, CEDA, u otros de orientación social-cristiana. Franco necesitaba generar esperanza y aspiraciones a los españoles que, en su conjunto, solo querían paz y seguridad. Huérfanos de ideología, aquellas canciones que no aportaban nada en su mensaje solemne, servían de nutrimento cara a un futuro demasiado diluido. El “generalísimo” sembraba canciones patrióticas e ilusionaba -tal vez no lo lograra totalmente- con aquellas filas, recias, marciales. Había intentos claros de ensalzar la nada al futuro ilusionante sin que nadie osara proferir una palabra más alta que otra. Era un relleno oportuno, inevitable.

Casi ochenta años después, nos encontramos en parecida situación. Seguimos teniendo un régimen sin engarce doctrinal. Presuntamente democrático, gobierna una oligarquía partidaria; en el fondo, un cesarismo recalcitrante. Los cánticos pretéritos, caducos, se han transformado en actitud vehemente, pragmática. Un modo de vida que seduce al silencio vergonzoso, al mimo miserable. Hoy el mensaje sordo, sin notas musicales, se ha convertido en sustancia presente para asegurarse el futuro. Vemos esas filas -apestadas de dogma y mutismo espurio- prietas, recias, marciales. Siguen mostrando la misma, a la vez que distinta, necesidad. Aquella, para nutrir un embrión malformado; esta, para disfrazar de virtud una realidad viciosa, prostituida, viciada.

El partido que gobierna marcha al compás de su jefe, con escasa reciedumbre y menos marcialidad. Eso sí, tan hermanado -al menos tan calmo- como una procesión de viernes santo. Nadie rompe la disciplina, cada cual se ajusta al papel asignado, porque quien se mueve no sale en la foto. Al PP le perjudican los errores de Rajoy y la permisividad, cuando no complacencia, con la corrupción. Cualquier prospección social, cada vez más negativas electoralmente para el partido, deja inalterable su trayectoria amén de descartar cambio alguno. Los prohombres del partido ya ni se alarman. Creen que tiene cintura; asimismo, dominio de tiempos y estrategia cuando yo sospecho que le falta elasticidad. Sin embargo, esperan, armados de un fatalismo estático, su caída política inhibidos y paralizados. Como mucho se apresuran a suavizar los diferentes escenarios, con tan poco tino que empeoran su maltrecho crédito. Vean, si no, las declaraciones de Rafael Hernando en relación a las manifestaciones de jubilados: “La pérdida del poder adquisitivo en este sexenio ha sido una décima”. Las necedades ya no calan, aburren e incomodan.

Este PSOE de Pedro Sánchez un tanto destartalado, mustio, urgió apretar filas. Tal necesidad permite el bloqueo del secretario general frente a los barones que habían propiciado su caída. Seguramente tan supuesta conjunción, ese marchar al compás de los militantes, no ha conseguido el carácter marcial deseable. Las grietas evidentes lo hacen un partido invertebrado, con exiguo futuro. Carecen de música y de letra; a lo peor, también de sintonía. Siguen, no obstante, ansiando presidir un régimen roto por ellos al cincuenta por ciento. Con Franco había, al menos, esperanza; con PP y PSOE solo vemos oscuridad sin penumbra posibilista. Sus líderes, impidiendo savias nuevas, renuevan un futuro átono, inaudito, postrado.

¿Qué decir de Podemos? A priori se trata de la cara infausta (como mínimo) del franquismo, porque este tuvo que arrimarse al fascismo, pero el frente popular -sosias de la izquierda extrema y cuajado de asesores comunistas (estalinistas)- llevaba en sus entrañas el totalitarismo. Esa circunstancia influyó en el curso de la contienda. Cuando el PSOE huyó definitivamente de la Tercera Internacional, los comunistas perdieron la guerra. Francia e Inglaterra reconocieron rápido la España de Franco. Su fracaso vino del hecho inmutable de que España fuera la llave occidental del Mediterráneo.

En esta coyuntura, quieren adueñarse de la calle porque los usos democráticos les niega el poder. Cocinan una propaganda con diversos ingredientes: “poder popular”, “retroceso de la libertad de expresión”, “referéndum sobre la monarquía”, “homenaje a chequistas fusilados”. Perfilan los problemas con extraordinaria destreza, pero jamás proponen soluciones viables. Estos no cantan, piden unas filas prietas, recias, marciales, Ochenta años después, han llegado tarde.
Espero que PP, PSOE y Ciudadanos aprendan la lección y -por fin, tras un pacto de Estado- los españoles podamos vivir en una democracia real, limpia y soberana. Entonemos, como entonces, un prietas las filas, recias, marciales. No con ansias épicas, ni de revancha, sino como ilusionante camino hacia un régimen justo y solidario