viernes, 30 de junio de 2017

PEDIR. ROGAR Y EXIGIR


Días atrás cumplimos con ostentación el cuadragésimo aniversario de las primeras elecciones democráticas. Nuestro Parlamento vistió de gala, también de estrecheces, para la ocasión. Faltaron dos personajes nucleares: Adolfo Suárez y Santiago Carrillo (cara y cruz) ambos desaparecidos. Protagonizaron -probablemente sin quererlo- la paz, el punto final de una Guerra Civil implacable. Tampoco estaba el rey Juan Carlos, guía de la Transición, por cuestiones prosaicas; tal vez debido a sus frecuentes veleidades. Inauguramos, hace poco, otra etapa y alguien dedujo que su presencia pudiera evaluarse de inoportuna. Pero, ¿quién no practicó coqueteos en aquellos tiempos tan vertiginosos? Felipe González -alejado de un Guerra átono, romo- cobijaba, bajo su palio social indiscutido, al resto de actores que conformaron una reforma ejemplar, insólita, casi milagrosa. Luego, el acontecer dibujó bastantes sombras en su cometido donde dominaron las luces. Puede que aquel marco generara el vocablo mentira cuyo concepto y peso específico le haga ser prioritario a los tres del epígrafe. Asimismo, alimente una ejecutoria malsana en la conciencia social, en manifestaciones posteriores.

Cuarenta años han servido -entre avatares buenos, regulares y peores- para abusar de ciertos vocablos. Procuran que el común tarde en digerirlos, cuando no los hagan indigestos por adobo o condimentación a medio camino entre hechizo y horneo atrabiliario. Tal vez mentira, como indiqué, sea el vocablo que despliega mayor vileza social. Sin embargo, a él se adosan permanentemente otros que, huérfanos de hipoteca lesiva a priori, desorientan al individuo. Su fondo destructor pasa desapercibido porque se ubica allende el signo o fonema; es decir, incorpora una apreciación metafísica. Como casi todo lo relacionado con el ámbito político, ha de mirarse (más bien escrutarse) de forma profunda, reflexiva, sin prejuicios ni ataduras. Conviene situarnos a la altura de los prebostes, en idéntico otero para equilibrar recinto y perspectiva del juego.

Según el diccionario de la Real Academia, mentira es una afirmación que se hace consciente de que no es verdad; o sea, prevalecen divergencias insuperables entre lo dicho y lo pensado. Imagino que todos ustedes, mis amables lectores, podrían ofrecer cientos de diversos ejemplos vivientes referidos a políticos patrios adscritos a la “casta”. De los “virtuosos” los hay a miles; el disimulo constituye su esencia e impulso. Pedir consiste en expresar a alguien la necesidad o deseo de algo para que lo satisfaga. Rogar tiene visos de pedir algo como gracia o favor. Exigir implica pedir de forma imperiosa algo a lo que se tiene derecho. Observamos que los tres últimos son sinónimos pues guardan en común su espina dorsal: pedir. Todos presentan un uso extendido y se neutralizan con el mismo adagio: “Contra el vicio de pedir, la virtud de no dar”. Parece bastante insolidario, inhumano. Quizás surgiera en momentos poco propicios o la gente (evocación totémica de cualquier populismo), por aquellos tiempos, dejara de comulgar con ruedas de molino. Hoy, martirizados con impuestos confiscatorios, ansiamos someternos al viejo tópico castellano: ”Perdone usted por Dios hermano”, dicho que sanciona, y cristianamente oficializa, la denegación de auxilio.  

Sin duda, pedir es propio de personas humildes, afables. Puede considerarse el vocablo que usa el ciudadano y el político aseado, modoso. Quien se nutre de fe, quien vive la ortodoxia, está acostumbrado a rogar con gesto sumiso. Aquellos que se sienten superiores, sin tacha ni ganga, exigen atiborrados de inclemencia. Exhiben un DNI orlado de probidades, de santidad, de moralidad cívica. Asemejan espejos donde se reflejan las caricaturas deformes del resto carcomido por defectos humanos. Porque ellos levitan al tiempo que anhelan destruir a quien pregone sus pies de barro. ¡Fantasmas! Se muestran belicosos, sectarios, hostiles, con quienes osan interponerse y dejar al descubierto su miserable encarnadura.

Todos pecan de cinismo salvo aquellos que habitan el Olimpo. Empecemos por el PP con responsabilidades de gobierno. Ofrece duras quejas, probablemente con razón, por lo que llama Causa General contra el partido. Entre otras, ha pedido (digo pedido) la dimisión de Cantó, del alcalde de Cartagena y del consejero valenciano de educación por su discriminación positiva del idioma. Esta última tiene enjundia, para ser suave y educado. Si no recuerdo mal, fue el PP valenciano quien exigió el requisito lingüístico previo al examen para acceder -vislumbro que no solo- a funcionario docente. ¿Cinismo o memoria huidiza? A lo peor, cobardía. Se emperifolla de sayal y luego rasga las vestiduras.

PSOE, Ciudadanos, PNV y PDeCat piden (insisto en la voz) la dimisión de Montoro, de Rajoy y de otros personajes inmersos en diferentes procesos por corrupción. Ninguno atesora fuerza moral para hacerlo, menos PSOE y PDeCat. Los asiste el derecho, mas no la oportunidad. En el colmo del desbarajuste hay que mencionar a Adriana Lastra por pedir la dimisión de su compañero Miguel Ángel Heredia como secretario general del grupo parlamentario. Aunque lo hiciera antes de las primarias, utiliza curiosos potingues para cerrar heridas.

Termino (es un decir) con Podemos. Estos no se andan por las ramas. Exigen cargados de razones, de divinidad. Lo hacen en todos los frentes; con políticos en activo y retirados, con altos cargos de la judicatura y con medios o periodistas -Victoria Prego, un símbolo- que rechazan veneraciones y sometimientos. Al borde de la patología psicótica, exigieron la dimisión de Imbroda, presidente-alcalde de Melilla por permitir que se enterrara allí al general Sanjurjo, muerto en accidente de aviación el veinte de julio de mil novecientos treinta y seis. Lo peor, con todo, no viene a través de las formas sino de las gibas históricas que presenta el comunismo totalitario, valga la redundancia. Constituye una ideología antidemocrática, falaz, corrupta, liberticida, sangrienta. Ningún comunismo respeta los derechos humanos como atestiguan de forma fiel, inmutable, veraz, la Historia y los acontecimientos actuales en los países donde ejerce su dominio tiránico.

 

 

viernes, 23 de junio de 2017

EL SEÑUELO DE LA NUEVA POLÍTICA


Pedro Sánchez, el renovado secretario general del PSOE, se destapó como gran maquinador a la hora de conseguir sus objetivos. No es nada fácil superar, vencer, los esfuerzos realizados por el aparato de unos partidos monolíticos, roqueños. Él fue capaz de embaucar a militantes, previamente adiestrados (o por mejor decir “siniestrados”), oponiendo la mentira al establishment, el órdago a la fortaleza. Supo pulsar dormidas pasiones, fortalecer de justicia popular una víctima inventada, irreal. Comprobamos con estupor cómo puede reemplazarse fe y confianza por piedad incitante que cierra el círculo sin apenas lucubración. Aquellas dejan de ser causa, venero, para convertirse en mero abalorio. Estoy convencido de que un alto porcentaje de participantes votaron sin cotejo, sin perseguir sus intereses mediatos, menos los del PSOE y los de España. Pudo más esa pulsión -gestada durante ocho meses- que inició su andadura tras la memorable Comisión Federal cubierta, ella sí, de obscurantismo y posterior lucro sin réplica clarificadora.

El señor Sánchez (ebrio de éxito, cegado por una aureola exigua, fortuita, inoportuna) airea como algo insólito un nuevo proyecto político, el abandono de hábitos cortesanos porque ahora el “PSOE es la izquierda”. Apaga y vámonos; tardíos pero hábiles en llegar a tal conclusión. Empieza difuminando algunos vocablos sempiternos: humildad, conciliación, esfuerzo, prudencia, generosidad… Pregona, por el contrario, cesarismo, engreimiento, venganza… aderezados con elevadas dosis de mesianismo desdeñoso cuando no totalmente sectario u ofensivo. El protagonismo que dice conceder por derecho a la militancia lo refuta cuando elige portavoz del grupo parlamentario a una diputada no socialista. Cronos, ese Titán de razón imperecedera, inexorable, mostrará que el novel secretario general sembró cizaña y mentira en campos fértiles gracias al sustrato necio, simple, tal vez dogmático. A su vez, dicho mito le descubrirá la propia resta de libertad que ha levantado con semejantes argucias. 

Decía que esas innovadoras llamadas al concierto, ese accionar con sobreactuado ardor juvenil un renacido aldabón político, esas alusiones a la avenencia, se han visto rotos en los primeros compases. Ni siquiera el Comité Federal recoge la proporción obtenida en las primarias. Aquí anidó la primera mentira de Sánchez respecto al cometido que deben desempeñar los afiliados. Al igual que todo farsante, aprovecha sus apoyos -de forma selectiva- cuando le producen algún rédito, arrojándolos a la papelera una vez usados. Asoman asimismo dos evidencias: un revanchismo que le atraerá sinsabores y una preocupante falta de agudeza en quien pudiera ser alternativa de gobierno. No creo que este señor escriba recto si inicia el texto con renglones torcidos. Porque él no es Dios, ¿verdad? O sí. Probablemente se sienta a ratos.

En cualquier caso, la quiebra que trasluce el nuevo PSOE pasará factura. Olvidada ya toda referencia a tomar dedal, aguja e hilo, ha devenido una purga oculta bajo retóricas poco convincentes, casi caricaturescas, mordaces. La conjetura lógica dictamina que si hubiera ocurrido lo contrario se habría llegado a similar desenlace. Constituye el débil baluarte de todo poder por mucho que se diluya en esa “soberanía popular”. Semejante divergencia sobrepasa la simple coyuntura para convertirse en sustancia política tanto en distintivo cuanto en procedimiento. Quien pretenda ver o entender escenarios diferentes se equivoca de principio a fin; desgracia de la que debemos asumir una alícuota parte de responsabilidad.

El césar Pedro Sánchez, cada vez más próximo al mesianismo herético, da pasos de ciego o, peor aún, de beodo. Ayer aprueba el Tratado de Libre Comercio entre la Unión Europea y Canadá (CETA). Hoy, con los primeros rayos de sol, deserta y desayuna arrebatado por su adverbio preferido: no. Al atardecer masculla un laberíntico “ni sí ni no sino todo lo contrario” y se decide -poco satisfecho- por la abstención. Su idoneidad está inadvertida; aunque, utilizando el lejano e irritante paralelismo castrense referente al valor, se le supone. Reciedumbre y coherencia, las justas; por mejor decir, inicuas. Su proceder queda supeditado a ser más papista que el Papa. Este PSOE nuevo, renovado (sinónimo de amorfo), se nutre solo de ideología vetusta, radical, surgida al ocaso del siglo XIX. La “España plurinacional” o “Nación de naciones” -primicias de atajo- asientan las bases de un rancio esoterismo muy en boga dentro de la moderna praxis política que no hace ascos a oscurecer con humo el escenario. 

Hay prisas por arrebatar el gobierno al PP. Prejuzgan, sometidos a distintas veleidades fatuas, la necesidad imperiosa e hipotética de resolver el desaguisado atribuido a un gobierno nefando. Sin estar en desacuerdo con ellos, dudo que la alternativa no produjera más miseria y división entre los españoles. Objetivamente estimo que Sánchez no tiene ninguna oportunidad de ser presidente salvo ganando unas elecciones generales, marco poco probable a medio plazo. De ahí sus prisas por articular una moción triunfadora e imposible en el actual marco parlamentario. Mal si se estabiliza, peor si emprende un camino maquiavélico. Los indicios llevan a esta segunda opción. Están en juego el futuro político de Sánchez y la propia subsistencia del partido.

Parece arrojarse, y a las pruebas me remito, en manos de Podemos; ese partido que aclama a Mayer y Sánchez Mato por someter la ley a un infundado bien superior. El precedente es muy peligroso porque la esencia de una democracia consiste en acatar la ley. Tal argumentación daría pie a comportamientos discrecionales bajo el pretexto, inventado por el partido o gerifalte de turno, de salvaguardar un bien social. Constituye la excusa, el discurso lapidario de todo populismo; laboratorio de dictadores potenciales o reales. Malas compañías retratan nuestros compromisos mejor que las palabras: “Dime con quién andas y te diré quién eres”. Acepto cualquier controversia, pero como diría Toffler: “Los analfabetos del siglo XXI no serán aquellos que no sepan leer y escribir, sino aquellos que no sepan aprender, desaprender y reaprender”. No existen nuevas políticas; solo políticas teñidas, farsantes, adscritas a un diseño seductor pero que al final causan mayor desesperanza y frustración. Lo sensato es hacerles un vacío digno, deliberado, definitivo. Viene de lejos: “vale más malo conocido que bueno por conocer”. ¿Somos lerdos? ¿Sí? No hay nada que hacer. ¿No? Cavilemos.

 

viernes, 16 de junio de 2017

ACEPTAMOS MONARQUÍA O REPÚBLICA


Seguramente al lector le extrañe que no enfoque este artículo con la premisa del momento: moción de censura. Desde mi punto de vista, salvo anécdotas donosas, ofrece poca (más bien ninguna) sustancia digna de análisis. Convendrán conmigo si califico estas sesiones vividas como el mejor número circense jamás realizado bajo esa carpa nacional denominada parlamento. Hemos sido testigos, y se ha repetido hasta aburrir, de una tercera moción desde que se restableciera la democracia. Todas tuvieron raíces espurias, muy alejadas del objetivo propio; es decir, derribar, deponer, un gobierno incompetente por otro -mediante la suma matemática- que ofrezca a priori buenas vibraciones. Semejante oportunidad constituye la esencia en las democracias parlamentarias. Nada que alegar si de verdad prevalecieran los intereses del ciudadano sobre el partido, incluso sobre sus líderes. Pura quimera.

Asombrará también que evite repudios, litigios, así como opiniones propias sobre dardos, gestos antiestéticos y falacias vertidos por los principales protagonistas. Mis ocasionales lectores conocen esa querencia inevitable (porque no quiero evitarla) a examinar al gerifalte que acopia réditos, casi siempre injustificados, o exterioriza una apariencia seductora pretendiendo ocultar delirios siniestros. Nuestros políticos forman un linaje digno de estudio. No los actuales individuos, que también, sino desde su aparición allá por el paleolítico. Sometido a intereses pedagógicos, hablaría del candidato señor Iglesias. Callo, no obstante, después de intervenir la diputada canaria, señora Oramas, tanto en el turno cuanto en la réplica. Solo me queda acuñar tan acertada actuación con un sentido y aprobatorio amén. 

Me resulta muy complicado, imposible, comprender algunas identificaciones, todas ellas artificiales, que se hacen en esta piel de toro tórrida los últimos días. ¿Por qué bandera e himno se atribuyen al franquismo? ¿Por qué se identifica a la derecha actual con el alzamiento, presente todavía por oscuros intereses electorales? ¿Por qué la derecha ha de ser monárquica y la izquierda republicana? ¿Por qué se confunde tan fácil monarquía con monarquía parlamentaria? ¿Se es más español o más progre si prendes en tu balcón una enseña republicana? Conozco a un vecino desde hace tres décadas y nunca, excepto hoy, había visto una bandera republicana colgada de su balcón. Admito solo dos posibilidades: le van patinando las neuronas (el tiempo no perdona) o su fe republicana tiene menos consistencia que la flecha de una veleta.

Que se saque a relucir ahora la disyuntiva monarquía-república con la anuencia y silencio del resto, indica a las claras el grado de desorientación e ineptitud que muestran los partidos en este país. Según el barómetro del CIS correspondiente al mes de mayo, los principales asuntos que (pre)ocupan a los españoles son: el paro, la corrupción, los problemas económicos y ustedes, los políticos. Es decir, aunque sea de forma tangencial, los políticos aparecen como integrante común. Sin embargo, ellos hacen florecer un conflicto inexistente: monarquía o república. Reciben, como siempre, la asistencia cómplice, felona, de medios concretos que rematan operaciones medulares en este contubernio estafador.

Si el personal espera argumentos indiscutibles para cobijar o acogerse a una u otra forma de Estado, lamento no poder ofrecerle más que una opinión personal basada en la Historia y el sentido común. Carezco de filias o fobias a cualquiera de ellas porque, desde mi punto de vista, solo concurren matices aunque haya quien vea espacios insalvables. La Historia nos enseña que la Primera República (febrero de 1873 a diciembre de 1874) tuvo cuatro presidentes antes de la restauración monárquica con el pronunciamiento del general Martínez Campos. La Segunda República (abril de 1931 a abril de 1939) concluyó con la vida de quinientos mil compatriotas. En medio, octubre de mil novecientos treinta y cuatro, Companys -presidente de la Generalitat, perteneciente a ERC- proclamó El Estado Catalán. Corroboraba, ni más ni menos, que la independencia de Cataluña. Espero que signifique algo para quienes niegan (Iglesias) el independentismo de ERC antes de Rajoy.

El sentido común, por otro lado, me indica que monarquía y república adolecen de parecidas virtudes e idénticos defectos. Proudhon afirmaba: “Si monarquía es el martillo que aplasta al pueblo, la democracia es el hacha que lo divide; ambas matan igualmente la libertad”. Una monarquía parlamentaria soporta cualquier soberano porque carece de poder real. Un presidente de república debe tener alguna capacidad, competencia, de gobierno pues, en caso contrario, ¿qué sentido tendría? Igual que un rey elegido. República implica desequilibrios y campañas electorales con todos sus inconvenientes. Hay ejemplos de monarquías y de repúblicas en nuestro entorno que funcionan bien, o no tanto. Vistos pros y contras, estimando la información histórica, asimismo valorando la especial idiosincrasia del español, yo me decanto -sin tener ningún arraigo- por la monarquía. Solo progres de salón, de boquilla, junto a comunicadores circunscritos a torrentes de incompetencia, debilidad o crédito escaso cuando no nulo, se sienten aparejados con ese yugo tricolor efímero y trágico. 

Permítaseme un inciso a modo de epílogo. Estoy absolutamente de acuerdo y reafirmo la predicción de Rafael Hernando cuando manifiesta rotundo que Iglesias nunca será presidente del gobierno. También (méritos aparte) de que doña Irene debe la portavocía a su coyuntura sentimental. Quien piense lo contrario que observe, analice, el espejo Errejón, desechando gestos, tics y máscaras. Es penoso, injusto, inmundo, condenar a quien manifiesta una opinión, no a quien la genera. ¿Sumisión, cobardía? Rémora de aquella España medieval.

 

viernes, 9 de junio de 2017

LA ESPAÑA DEL PRECIPICIO

Desconozco qué agüero o portento maligno guía este país para que hayamos llegado a horizonte tan terrible. Están ocurriendo sucesos inverosímiles, sombríos, horrendos. La gota que colma el vaso, desparramando parte de su contenido, es el anuncio de que trescientos mil pequeños accionistas del Banco Popular se quedan sin un céntimo. En román paladino, sus acciones valen lo mismo que un duro de Negrín tras la Guerra Civil, pero sin guerra. Yo, un afectado, me pregunto: ¿Se puede afanar con más descaro? Porque vamos a ver, ¿qué cometido se reserva a la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV)? ¿Cuál es el papel del Banco de España? Supongo que ambos, de forma complementaria o alterna, deben inspeccionar el arqueo contable de las entidades financieras y, en su caso, la certidumbre de los informes ofrecidos a la CNMV por las corporaciones empresariales para corregir -tal vez regular, aun repeler si fuese necesario- irrupciones y maniobras bursátiles turbias.
Cierto es que, desde hace tiempo, se venía escuchando un runrún nada tranquilizador sobre la viabilidad del Banco, antaño modélico. Ningún responsable financiero, ni institucional, advirtió de forma rotunda alguna alarma. Popular y fraude parecen ahora imbricados sin que hasta el miércoles “nadie” fuera consciente. Noticia y estupor ingrato, estafador, surgieron a la par; sin dar tiempo a digerirlos con calma, con resignación, sin hostilidad. Por este motivo, porque además llueve sobre mojado, pido comprensión para las formas, que en absoluto reitero para el contenido fruto de una reflexión tranquila, fría, e incluso gestada antes de tan intolerable noticia. Si la información es correcta, durante la última década se produjeron más de cuarenta ampliaciones de capital por valor de varios miles de millones de euros, pongamos no menos de diez. Si los activos suman tres mil y la deuda ocho mil millones, ¿dónde se encuentra esa calderilla de los cinco mil restantes? ¿Magia? No, torpeza, mala gestión (ahora se denomina así el presunto “descuido”). Acogiéndonos al aforismo infausto: “Entre todos la mataron y ella sola se murió”.
Es innecesario ser economista para argumentar con solidez el robo implícito en esa venta. Curiosamente, todas las partes han aireado que la operación no costará un euro a los contribuyentes como si accionistas, poseedores de bonos convertibles y de deuda subordinada (tres mil millones de euros junto a trescientos mil codueños desahuciados por una autoridad bursátil incompetente e inmoral) fuéramos fiscalmente dispensados. Al decir de algún medio, empobrecer a los aludidos podría considerarse expropiación. Nada más lejos. Tal proceso corresponde realizarlo -sometido al bien común- a entes públicos compensándola con un justiprecio, circunstancia que no se ha dado. Yo, sin más, reitero mi calificativo de robo manifiesto. Se ha cometido (presuntamente) un delito porque han desparecido muchos miles de millones con el beneplácito de instituciones, abandonados por un Estado cuyo germen, o principio generatriz, ordena salvaguardar los derechos individuales y colectivos. De momento, y hasta nuevas informaciones, ninguna sigla ha levantado la voz denunciando maniobra tan abusiva e inicua. En adelante ampliaré el mensaje, dentro de mis posibilidades, a la hora de desenmascarar tanta podredumbre.
España se ha convertido en el paraíso de la delincuencia patria y foránea. Existen leyes, las precisas, pero solo significan un freno para el ciudadano de a pie. Los demás, políticos, financieros, comunicadores, instituciones, quedan libres de cumplirlas. Tenemos un país de largos tentáculos e inseguridad jurídica. Semejante escenario nos lleva a dos salidas tan iguales que podrían confundirse. Quienes nacimos en los cuarenta y cincuenta del siglo pasado, muchos, añoramos el franquismo; una dictadura menos liberticida, corrupta y arbitraria de lo que algunos pregonan sin haberla vivido. Cierto, cada cual cuenta la feria según le va en ella pero yo empecé mi magisterio con veinte años y lo dejé con sesenta. Franco no me regaló nada ni viví a la sopa boba. Otros que ahora lo mortifican (prole inclusive) vegetaron a su sombra. Son aquellos que, ayunos de ortodoxia, saben nadar y guardar la ropa. Constituyen legión. Mientras una gran mayoría está pasando tribulaciones, los de siempre siguen vegetando al cobijo de parejo poder pero con diferente glosario. ¡Cuánta mentira! 
Pese a mi actual vehemencia, rebeldía, indignación, jamás votaría a Podemos. Es verdad, asimismo, que ninguna otra sigla conseguiría convencerme de nada salvo vuelco total. Creeré únicamente en el próximo (prójimo), en quien navega al lado, en quienes sufren los vicios inmundos de aquellos que se dicen servidores. Y a fe que lo son: se sirven para ellos; a lo más, también para sus adláteres. Ya lo dije, soporto muchos años, demasiada experiencia y suficiente sentido común, para caer en las garras de cuatro aventureros totalitarios. La gente joven sí, ellos beben los vientos por lo nuevo, por esa seducción irreflexiva que produce cualquier repique revolucionario. Así acabará esta sociedad, dividida entre franquismo (sus secuelas) y populismo (sus brotes). Menudo consuelo tras cuatro décadas de democracia insustancial, mancillada.
Unos y otros, confabulados -ignoro si con plena consciencia- han robado (no encuentro epíteto más suave) tres mil millones de euros quebrando toda probabilidad de reparación. No importa, que sí, las pérdidas individuales sino el descrédito, que irá haciendo mella dentro y fuera, cuyo valor intrínseco ha merecido desprecio, olvido. Si los pequeños accionistas (nutriente consuetudinario y paganos en alto porcentaje) huyen despavoridos ¿qué ocurrirá en el futuro con el mercado de valores? Rememoro una falacia insistente: la progresión del sistema impositivo, esa propaganda estéril de que con ellos pagarán los ricos. Luego callan que la renta sale de los bolsillos de trabajadores y pensionistas. Es lógico que se atisbe a Podemos -o al franquismo- cuando somos arrebatados por deseos destructivos, igualitarios, aberrantes: “o jugamos todos o rompemos la baraja”. Anhelos que afloran del hartazgo y alimentan neciamente políticos incapaces, iletrados, estúpidos.
Pese a mi carácter, no puedo dejarme llevar por el optimismo insensato. Precisamos en este momento de un realismo pragmático, constructivo: El sistema con semejante ensamblaje no aguanta, vamos abocados al abismo. Reaccionemos.
 
 

viernes, 2 de junio de 2017

CONFESO Y MÁRTIR

Traidor, inconfeso y mártir es una obra teatral (escrita por José Zorrilla) donde trata la vida de un dignatario que protagonizaba -de una forma u otra- estas reseñas tan poco edificantes. Nadie pretenda ver tras los párrafos venideros identidad maledicente entre el personaje dramático y el real. Constituye un epígrafe que enlaza a la perfección con algún sentimiento o culpabilidad expedida por él no hace tanto; ignoro si como penitente, a resultas de profunda reflexión, quizás amargo empirismo. Pudiera suceder, tal vez, que le acongoje cierta soledad, una reminiscencia molesta (casi urticante) al perder apoyo visual, contable. Bajar desde el cielo hasta rozar los abismos infernales, cual ángel caído, debe causar pavorosas sensaciones. Eso, al menos, pronostican todas las encuestas.
No es mi estilo, ni actitud sobrevenida, centrar ningún artículo en un ser concreto y menos si me resulta repelente. Entiéndaseme, hablo del personaje nunca del individuo que lo apuntala, probablemente con mala gana. No me siento legitimado a aventurar semejanzas, tampoco divergencias, entre ambos. Allá cada cual. Sin embargo, dentro de aquella censura explícita hacia el político, intentaré que pensamientos, exploraciones y palabras superen con exquisitez un supremo esfuerzo de imparcialidad. Uno no puede librarse del subjetivismo porque el prejuicio, como su nombre indica, forma parte intrínseca de cualquier lucubración. Hecha la salvedad, prometo desmenuzar únicamente testimonios publicados por los medios sin añadir un gramo de ingredientes ni un minuto de horneo. ¿Para qué? Esfuerzo vano. Manifestaciones, réplicas, tertulias, ofensas, excesos retóricos, asimismo ninguna propuesta, atestiguan el carácter, la filosofía y los objetivos de tan insólito personaje. Como dicen en mi pueblo, este ejemplar “no necesita sardinas para beber vino”.
Sí, claro, me estoy refiriendo a Pablo Manuel Iglesias; ese pobre chico que confiesa compungido echar en falta el amor de la gente. Se pregunta ansioso los motivos y de ahí la demanda a sus fieles para que le consigan un informe riguroso, clarificador. Le intranquiliza, debe obsesionarle, el estipendio desleal, innoble, abonado por la misma gente a la que dedica gran parte de sus desvelos. -No me quieren, soy un incomprendido- rumiará en silencio, finados ya los cuidos de su portavoz parlamentaria. Entre tanto, cabizbajo, mantiene temores e hipótesis varios. Seguro que en algún arranque proverbial, preso de impotente rabia, masculla entre dientes evocándose a sí mismo: “perdónalos porque no saben lo que hacen”. Esa súplica generosa, caritativa, atruena muda el espacio ideológico ya que siempre se sugiere revestido de mesías salvador. El resto, pese a los azotes proporcionados a los gentiles en el templo político, disfrutará la bonanza que derrama su figura bienaventurada, traspuesta.
Eludo y renuncio a ser portavoz de toda la sociedad. No obstante, intuyo que gran parte de ella comulgará con lo siguiente. Pablo (permíteme el tuteo) no esperes ningún informe. Sin tardanza, sin pausas, sin estruendo, te descubro el enigma. No te queremos (observa que yo también me incluyo, por tanto estas consideraciones tienen un valor vivencial, sustantivo) por tus antiestéticos defectos: voluble, ególatra, pedante, bravucón, rencoroso, machista, mesiánico, impertinente. Añade los que faltan. Además -en términos populares- se te ve el plumero. Empezaste recriminando a una casta elitista, cuando tú procedías de una élite universitaria gracias a la cual pudiste adoctrinar (vocablo sinónimo de corromper) a gentes poco comprometidas con la lógica y el reproche. Apelas al poder popular solo cuando tú lo representas, lo englobas. Exiges dimisiones sin sentencia previa mientras te desgañitas en defender prosélitos juzgados y condenados, rechazando instituciones y ley. Sí, esa misma que sustentas, utilizas, cuando ampara tus devaneos. Personificas lo desigual, el encanto burgués. Por esto, amén de otras buenas razones, la gente no te queremos.  Repara que ofrezco al lector tus entrañas notorias, incontestables; callo prudentemente las presuntas, todavía más perniciosas.
Te vamos conociendo, de vuelta yo te voy olvidando. ¿Comprendes ahora por qué cuando sales a hacerte una fotografía con los taxistas en huelga te restrieguen un huevo? Llevas camino de convertirte en cupletista, aquellos que cuando hacían gorgoritos les arrojaban huevos no precisamente para aclarar su maquinaria vocal. Hoy te he oído decir que la corrupción prolifera al otro lado, que todas las demandas judiciales que te han puesto recibieron sobreseimiento o absolución del Tribunal Supremo. ¿Por qué callas, entonces, una sentencia desfavorable del Tribunal Superior de Justicia de Madrid a tus intentos de reconocimiento de excedencia forzosa en tu puesto de trabajo cuando eras personal interino? ¿De verdad no sabes que la excedencia solo puede darse en el funcionariado? Malo, malo; intentaste hacer prevaricar a un juez. No eres trigo limpio o resultas algo lerdo. Elige.
Expresé en el párrafo anterior, con escasa precisión, que te voy olvidando. Incierto. Te tengo visto y olvidado desde el segundo cero (célebre proposición política de última hora). Fíjate hasta qué punto. Rivera me parece un político moderado, con los pies en el suelo y con una idea de España, y de los españoles, acertada; un estadista, en potencia. Pues bien, desde mi escepticismo, no lo voto por si acaso. Tú eres el polo opuesto. Sueles hablar de democracia y de ética, pero un comunista demócrata se parece a un ateo arzobispo. Respecto a la ética, no me negarás que es una pulsión universal; imposible sustentar una ética nacional, restringida. Con este argumento, demostrarás que eres un individuo ético cuando te manifiestes contra cualquier régimen que explote a sus ciudadanos, asesine o atropelle los derechos humanos. Hasta entonces no eres más que un ciudadano con una ética buñuelo, muy particular; confeso (has reconocido tu falta de amor) y mártir de tus propias mentiras, purgas (¿quién lo iba a decir?) y contradicciones.
  
 

viernes, 26 de mayo de 2017

SÁNCHEZ, CIUDADANOS Y UPyD

Los primeros pasos del novel secretario general y de su cohorte, más o menos notoria, confirma la tesis expuesta en mi artículo “Rivera gana las primarias del PSOE”. El informe de Vicenç Navarro, aparecido en el diario Público en marzo, desmenuzando “el porqué del declive electoral del PSOE” y el libro de Josep Borrell “Los idus de octubre”, publicado a primeros de mayo, donde -en clásico paralelismo- comenta la muerte política a traición de Pedro Sánchez, anuncian las presuntas razones de lo que puede esperarse. El señor Navarro imputa a las políticas neoliberales la crisis económica y los recortes sociales, al tiempo que justifica el hundimiento socialdemócrata por la merma de base al transformarse el proletariado en clase media.
En esa dinámica, desdeña de golpe que ha ocurrido justo lo contrario: las clases medias se han proletarizado debido a las políticas socialdemócratas impuestas por PSOE y PP. El empobrecimiento y la deuda generada por los sucesivos déficits consiguieron depauperar el mundo laboral y clases pasivas, genuinos representantes de la llamada clase media. Hoy, esta ha desparecido y sin ella se ha configurado un Estado indigente, ruin. En toda Europa, con mayor firmeza en los países mediterráneos, ha aparecido una decimonónica clase proletaria. De ahí el triunfo efímero, maquinal, de los populismos comunistas. La cordura lleva a las naciones avanzadas culturalmente, como Francia y Holanda, al triunfo inobjetable de partidos liberales; único medio de recuperar el patrimonio perdido.
Decía que el señor Borrell, a su vez, exoneraba a Pedro Sánchez de toda responsabilidad en los sucesos ocurridos el uno de octubre de dos mil dieciséis y que terminaron con su renuncia a la secretaría general del PSOE. Pareciera generación espontánea, tal vez azar, el hecho deplorable del bloqueo parlamentario para nombrar nuevo gobierno en dos ocasiones. Don Josep mantiene la falsedad de la operación Frankenstein, montada -según él- por partidarios de Susana. Opina, a su vez, que la pérdida de apoyo electoral venía de Zapatero. No obstante, los datos son impúdicamente tozudos. Zapatero acarició dos legislaturas con once millones de votos cada una, algo más la segunda. Rubalcaba obtuvo siete millones y Sánchez cinco y medio y cinco cuatrocientos mil votos respectivamente. Desde mi punto de vista, el señor Borrell hace un análisis bastante sui géneris. Sería injusto echarle toda la culpa al recién llegado, pero no menos que absolverlo totalmente. Recordemos la hondura de aquel proyecto político sintetizado en el “no es no”. Sobran reparos y falta autocrítica.
Con estos antecedentes, triunfante su ego, mecido por aclamaciones y vistos los primeros gestos, el señor Sánchez va a instaurar un cesarismo vengativo que desnaturalizará el partido precipitándolo al abismo antes que después. Empieza el juego del ratón y el gato con Podemos al que se acercará tanto, en el aspecto político-económico, que parecerán uno solo. Probablemente los votantes no le den tiempo a ello si hubiera adelanto electoral, punto poco probable. Si fuera inteligente cambiaría de asesores y dejaba capear el temporal. Debe reconocer que la Moncloa se le muestra lejana, casi inaccesible. Mojado va a sacar cuatro votos y si se presenta enjuto cinco; al rectificar, perdería confianza en los suyos y no conseguiría atraer aquella anterior malograda por abandono de credo. Al carácter veleta le acompaña esa mortificación.
Aclarados estos puntos sustantivos: el afán de revancha, la lateralización siniestra y las políticas fiscales (anti proletarias de rebote), le llevan a dejar libre un espacio importante. Imaginemos, y no sería descabellado, que la abstención hoy procede básicamente de la izquierda tibia, al menos cinco millones podrían acabar en un partido de nuevo cuño. Tendría que presentar un currículum inmaculado y priorizar la creación de riqueza como única forma de poder redistribuirla. Reconozco su complejidad entre tantos tiburones pero no hay otra manera de rearmar una democracia que se nos escapa poco a poco, sin darnos cuenta. Porque esta coyuntura penosa no procede de cuestiones ideológicas sino de inexistente decencia pública. El resto se resuelve aplicando leyes físicas: queda un hueco, pues lo rellenamos enseguida.
Cierto que se han conjurado los poderes políticos, financieros y empresariales. Ellos son los mayores culpables, pero nuestra negligencia ha sido cómplice necesaria. Hemos pecado por inacción. El marco que nos rodea, además de inmoral, podrido, es intolerable. Solo levantando la voz podemos extinguir tanto desbarajuste.  Saquear lo público, un grado insultante de incivismo y saltarse la ley a la torera, conforman las maldades que ahogan una convivencia en paz. Estamos locos o a punto de conseguirlo. Por otro lado, investigadores de laboratorio proclaman la llegada de tiempos nuevos que requieren respuestas lozanas. Derrumban las viejas políticas, caducas, y ponen el acento en los populismos cuya metodología arranca, paradójicamente, del siglo XIX.
Espero, sin embargo, que Ciudadanos -verbigracia- sepa proyectar ideas rigurosas, pragmáticas, que (tomando la educación como columna vertebral) puedan sacarnos de esta crisis pertinaz. Ojalá sus hombres y mujeres sean capaces de actuar con integridad. Han de tener claro que, más allá de eslóganes y autocomplacencias, la pobreza es madre de la lucha de clases. Ahora mismo es el partido que se encuentra en condiciones ideales para ocupar el espacio que tan neciamente dejara huérfano un PSOE inane, estéril.
Si de mí dependiera, UPyD sería un partido con futuro espléndido. Desaparecido el PSOE ebrio de insipidez, España debe consolidarse a través de tres partidos con diferencias mínimas. Una derecha liberal con querencias sociales. Un centro equilibrador capaz de ladearse a un lado u otro, según ordenen los electores, participando con exigencia en la gobernabilidad. Por último un partido de izquierda moderada, sin complejos ni deudas, que aplique políticas sociales en una economía liberal. Ni han cambiado los tiempos ni las ideas. La juventud, como dijo Bernard Shaw, es una enfermedad que se cura con los años. Cualquier salvapatrias que cultive el extremo ideológico, incluso lo aparente, resucita un adefesio del pasado. Países de nuestro entorno, poco a poco, van encontrando satisfacción a sus anhelos. Caminemos nosotros también por la ruta marcada.
 

martes, 23 de mayo de 2017

RIVERA GANA LAS PRIMARIAS DEL PSOE

El epígrafe no puede considerarse escarnio ni conflicto psicótico; deseo enfocarlo como tesis verosímil. Noches atrás, Pedro Sánchez pudo sentir el dulce placer de la venganza; en su caso, pronostico un placer diminuto, pasajero. Aun notable, obtuvo una victoria pírrica antes de la derrota final. Para ganar la guerra precisa un giro copernicano que ni los talantes, ni los talentos, parecen facilitarlo. Los suyos, sobre todo, y los de aquellos que se concentraron a las puertas de Ferraz. El patito feo, lerdo, tuvo que hacer dos pactos con el diablo de la militancia, al igual que Fausto, para en una fuga demagógica, falsa, prometer -cual protagonista de cuento infantil- mercedes ilusorias, oníricas; un futuro resuelto en ese diseño depurado, cabal, exhaustivo, de “sí es sí”. De una pieza dejó a barones y secretarios autonómicos cuando un afiliado murciano acusó a la gestora de prácticas mafiosas, entre otras lindezas, taponando el sendero que debería cerrar fracturas tras el proceso electoral. Esa campaña hosca, infame, inconcebible, tiene un peaje que antes o después deberá abonar. Susana, sigue sin descubrirme sus méritos, ya lo dio a entender cuando dijo que se ponía al servicio del partido. ¿Renunció a admitir las órdenes del secretario general? Así que lleguen las primeras elecciones (dentro de dos años) y recoja una derrota insólita, saldrán a relucir las dagas hoy envainadas. Sánchez, hará sangre pero, a poco, su ambición desmedida, e innoble sectarismo, le pasará factura. Conjeturo que jamás será presidente del gobierno. Vivir para ver.
Sánchez dedujo que para ganar al aparato del PSOE debía sembrar una polarización absoluta entre militantes buenos y malos, guardianes de las esencias socialistas y traidores a ellas, reabriendo viejos enfrentamientos tribales. Empezó a hacerlo el mismo día uno de octubre de dos mil dieciséis. Es decir, su campaña duró ocho meses largos. Ha superado todas las líneas rojas sin mover una pestaña. Lo exigía su codicia y a ello se dedicó por entero con malas artes. Tan amoral empresa le sirve para hacerse con la secretaría general pero tal perversión, salvo amaño del azar díscolo, impide cerrar heridas, que sangrarán durante mucho tiempo, y rubricar acuerdos de interés general. Sin duda es buen táctico pero pésimo estadista. Ha cometido el pecado de la soberbia que le condujo a seducir  afiliados y repeler votantes. De ahí mi augurio. Por este y otros motivos que vislumbro en el acontecer político, cuando se interpretaba -desafinado por cierto- el himno de la Internacional me parecía escuchar el canto del cisne premonitorio de su propia muerte. 
El secretario electo, tras prometer un partido reformado capaz de echar a Rajoy del gobierno (me parto), debe deslizarse hacia la izquierda radical, única forma de conseguirlo. Desguarnece, abre, dos frentes. Por un lado deja libre el espacio de izquierda moderada que le mantuvo catorce años sujetos al poder. Por otro, el ciudadano español está harto de experimentos con gaseosa. Ambos guardan aconteceres difíciles de explicar. Si un partido permite que alguien ocupe el espacio abandonado, que vaya pensando lo inútil que sería reconquistarlo. El dominio que, presuntamente, dejaría un PSOE ladeado a su izquierda más extrema, lo ocuparían sin duda ninguna Ciudadanos y UPyD. El primero se encuentra en mejor disposición de salida porque cuenta con estructura amplia, capaz de restañar orfandades doctrinales. Estoy convencido de que UPyD sería la sigla ideal para ocupar el espacio, libre de servidumbre, que deja a su suerte la necedad de algunos políticos y analistas.
Podemos -exhibiendo una alegría falsa, forzada- analiza el triunfo de Sánchez mostrando cara de circunstancias. Les hubiera venido mejor que ganara Susana porque patrimonializarían la “esencia” ética y democrática de los ámbitos dirigente y popular. Pedro, escorado a la izquierda, les quitará algún voto -pocos- pero los perderá del espacio moderado. Ahí estará aguardando Ciudadanos, a la espera, sin concretar proyectos específicos. Hemos visto a un Rivera contenido, pensando cómo hincar el diente para llevarse la mayor porción sin que se note demasiado. Es la postura del lince previa a dar el zarpazo definitivo. Ya lo dice el refrán: “unos tienen la fama y otros cardan la lana”. Podemos, pobres, se asemejan demasiado a Sánchez. Él e Iglesias están hechos por parecido patrón. Al terminar siendo vasos comunicantes, han de configurar un nivel de diez millones de votos, aproximadamente un treinta y ocho por ciento del voto válido. Al final, ha surgido un socialista que respira populismo e intriga por los cuatro costados.
Mientras el común curioseaba las últimas informaciones sobre el curso de las primarias socialistas, Rajoy se interesaba por el fútbol y felicitaba al Real Madrid por su trigésima tercera liga. Los socialistas le traían al fresco. Si ganaba Susana, seguiría al frente del gobierno y si perdía probablemente lo hiciera dos o tres legislaturas más. Tiene por delante dos prioridades urgentes, inaplazables. Ha de limpiar con todo rigor, si puede, la corrupción que arrasa al PP y, al mismo tiempo, debe aplicar el artículo ciento cincuenta y cinco a la Generalidad de Cataluña. Resueltos estos dilemas, Rajoy puede aguantar -al menos- tres legislaturas más. Hay demasiada engañifa en el hábitat político inmediato. El PP no se libra de ella pero si comparamos no hay color, pese a la opinión publicada y a la aspiración de Podemos por tomar la calle y vaciar de contenido las Instituciones, básicamente el propio Parlamento.
Resumiendo, hemos asistido a los preámbulos de la muerte definitiva del PSOE. Una sigla que, con ciento treinta y ocho años, no ha resistido los embates de una grave crisis ni el cerrilismo de uno o dos secretarios generales. Estoy convencido de que Sánchez ahondará la división del partido, que potenciará emociones en vez de llamar a la serena reflexión porque, a la postre, no existe nada por encima de él, de su ligereza, de su ambición. Deja huérfanos a muchos millones de españoles que le darán la espalda en cuanto tengan oportunidad, aunque sea demasiado tarde. España no es tan diferente.
 
 
 

viernes, 19 de mayo de 2017

ESPAÑA Y EL PSOE SE HACEN EL HARAKIRI


Pudiera opinarse que mis siguientes lucubraciones son propias de alguien pesimista. Sin embargo, evoquemos a quien aseveraba: “un pesimista es un optimista bien informado”. El amable lector recordará, a la sazón, una frase pareja y extraordinariamente popular: “la ignorancia es muy atrevida”. Por desgracia, nos movemos a caballo entre barbarie y sectarismo. Los tiempos nos vienen adversos, inquietantes. Política y drama se dan la mano con impudicia sin que en el horizonte aparezcan impulsos nuevos ni viejas soluciones. El conflicto toma mayor fuerza cuando contemplamos que traspasa fronteras para internacionalizarse. Así, de forma definitiva, perdemos referentes que nos sirvan de guía empírica. Las soluciones aisladas rubrican un carácter cargado de fracasos que se alternan con avances mínimos. Ver la luz en estas condiciones requiere armarse de paciencia y valor, hasta de cierta desesperanza. 

Se insiste -con obstinación por parte de un gobierno incompetente que se regodea en una propaganda optimista, trivial- en que estamos saliendo de la crisis. Cierto si precisamos algunos matices. Desde el punto de vista macroeconómico, los datos parecen confirmarlo con reservas pero el ciudadano de a pie aprecia una economía tan gélida que lo deja tiritando. Trabajo temporal (quien lo tiene) y sueldos míseros proporcionan pocos gozos. A aquel mensaje gubernamental, asaz desmedido, se opone el de la corrupción, asimismo hiperbólico, que blande una oposición desorientada, sumida en completa oscuridad. De momento, y por diversas motivaciones, PSOE, Podemos y Ciudadanos, muestran un único programa: aventar la corrupción del PP como si aquellos, incluyendo a los que ladinamente hace ejemplares la nueva ola, atesoraran una ética incuestionable. Bien al considerar hechos, bien por gestos o actitudes, ninguno de ellos puede presentar el DNI inmaculado.

Ciudadanos, disminuido en su papel de partido bisagra, tiene improbable hacerse con el gobierno del país los próximos años, tal vez quinquenios. Podemos -partido antitético con la democracia como lo evidencia, pese a sus manifestaciones, su actitud comprensiva ante gobiernos tiránicos- rumia un poder escaso, de carambola, fiado. Incluso aquí, donde existe un pueblo necio pero harto de sinvergüenzas. Qué habrá hecho para que fiados a este marco inmejorable, ideal para populismos transgresores, su mensaje no impregne. Existen todavía del comunismo demasiadas reminiscencias propias e informaciones foráneas. Si añadimos un cinismo irreverente y purgas sin par, dejan al aire (más allá de palabrería hueca) un estilo inmundo, opresor. A Pablo Iglesias le quedan ocho años para hacerse con el poder pues, según constatan las encuestas, les votan menores de cuarenta y cinco. Pasado ese tiempo, ni él se votaría. Allende la bicoca, pueril representación y vano esfuerzo.

Queda en la canana un último cartucho; bien es verdad que decepcionante, defectuoso. Como alternativa eficaz al PP solo queda un PSOE doliente, desahuciado, moribundo. Comunicadores y prohombres del partido ansían identificarlo con la socialdemocracia europea. Falacia o error condimentan este plato. Nuestros socialistas, salvo González, jamás se acercaron a la socialdemocracia, ni antes ni después. Zapatero le insufló un marxismo estúpido que está a punto de hacerlo desaparecer. Cierto es que la izquierda está de capa caída en Europa. También la derecha. Hay dos culpables: crisis y corrupción. La sociedad europea sigue siendo cuerda; concluye que el Estado de Bienestar jamás puede provenir de una izquierda radical. Por tanto, ese ladeo hacia la izquierda intolerante la ha hecho casi desaparecer en Grecia, Italia, Francia, Alemania e Inglaterra. Los socialistas patrios han tomado el mismo derrotero. Dejan el camino libre a una derecha degradada, indigente, que gana elecciones porque carece de antagonista. Macron inicia nueva pauta política.

¿Qué futuro le espera al PSOE? Desastroso. Las aguas se han desbordado y con ellas cualquier posibilidad. Si Susana gana la secretaría general, es muy probable una escisión suicida (a la vez que sana, quirúrgica) provocada por la egolatría de Sánchez. Si se impone este, asistiremos irremisiblemente a un entierro sin cadáver. Si lo hiciera Patxi, el presunto enfermo recibiría un impulso vital dejando la enfermedad activa. El PSOE tiene un cuerpo militante divergente, infectado con el virus del encono, de la saña. ¿Hay solución? Fatalmente, con esta terna no. Agrava la escena el hecho, no menor, de esa beligerancia cainita secuela de haber polarizado a los militantes, ignoro si motu proprio o arrastrados por quien extiende una necia sacralización del ídolo.

Al país le quedan instantes oscuros, laberínticos. Si el PSOE consuma la inanición electoral, debería aparecer un partido de izquierda liberal (aunque parezca paradójico) con elevadas dosis de efusiones sociales y honradez manifiesta, dentro de lo que cabe. De esta guisa tendríamos una derecha moderada (PP), un centro bisagra (Ciudadanos) y este partido nuevo o reformado (bien pudiera ser el PSOE, tras profunda catarsis, o UPyD rediviva). Todos ellos con el firme propósito de calmar y colmar las ansiedades que durante cuatro décadas han ofrecido al ciudadano corrupciones, tropelías, embelecos y arbitrariedades múltiples. En el disparadero, y bajo ese lema de “mal de muchos, consuelo de tontos”, pudiéramos caer en las redes del populismo totalitario, tiránico; siempre a la caza del distraído. Creo, honradamente, que jamás llegaremos a esos extremos, pero… En plena conjunción, políticos demócratas de verdad -con pedigrí, no farsantes de medio pelo- y nosotros hemos de preservar un auténtico sistema democrático, participativo.

 

 

viernes, 12 de mayo de 2017

MANIPULACIÓN Y PARTIDISMO


Inquieta, a bote pronto, tan enjuto e impreciso titular. No creo, sin embargo, que pueda tildarse de melindre; en todo caso le falta hondura. Me provoca cierta desazón, por otro lado, su enorme desarrollo si agrego sendos apéndices a cada sustantivo. Quería significar la manipulación del lenguaje político y el partidismo teledirigido, irritante, de los medios. Este añadido dulcificaría el mensaje, ciertamente severo, casi detestable. Desde luego mis intenciones carecen de cualquier objetivo injurioso. Quiero sembrar dosis de escepticismo, de meditación, que ayuden a clarificar vocablos y mensajes sacados de contexto con fines oscuros, cuando no delictivos. Hoy triunfa una realidad virtual, ficticia, que adiestra (mejor adoctrina) la mente social y la lleva a comportamientos desmedidos, radicales, suicidas. Resulta insólito que haya personajes, orlados a veces de un crédito infundado, afanándose de forma grosera por realizar acciones disolventes. Parecen víctimas del sino maligno; ese que de forma irremisible les aboca a morir matando.

Husserl con su fenomenología encauzó las ciencias, en especial lingüística y sociales, que desembocaron en multitud de principios o pautas muchas veces contrapuestos. Una suerte de bula especial llevó a romper con la rigidez del método cartesiano, al tiempo que apostaba por su enfoque. Dejar todo al empirismo y a la intuición atrae notables apuros para establecer definiciones y conceptos que fijen definitivamente una relación clara, precisa, entre ellos y el ente o valor ético respectivo. Desde mi punto de vista, hay bastante divergencia entre concepto y conceptualización, términos que se utilizan a la par para crear confusiones interesadas. Tal uso indiscriminado fomenta la arbitrariedad en los significados creando mensajes tupidos, carentes, temerarios. Se conforma así una sociedad débil, mansa. 

Los partidos políticos, sin exclusión, manipulan el lenguaje para animar a la grey. Esperan, con tal estratagema, atraer algún desorientado intentando salir del laberinto que ellos mismos han perfilado con tanto eslogan, epítetos y etiquetas falsarios, postizos. Reconocen tácitamente, a la chita callando, no disponer de otras viabilidades más orondas. Participan de un juego necio, mugriento, obsceno, pero eficaz. Sobre todo, porque emiten titulares para unos medios, por lo general indigentes, necesitados de respiración asistida. Tal vez procuren, de buena gana, un mutualismo reparador. Resulta curioso, pero los espacios televisivos con mayor audiencia son aquellos que ensalzan informaciones frívolas o debates políticos. Inferimos, pues, que la política interesa, pero bajo esa capa loable aparece una realidad menos grata: el individuo se deja extasiar a la contra; es decir, solo le apasionan las tertulias que airean los vicios rivales. Cada canal televisivo tiene sus partidarios fieles, incluso arrebatados. Sucumbir en sus brazos significa regar, nutrir, la manipulación; primer eslabón del envilecimiento social y base de la corrupción político-económica.

Gloria y éxito se muestran volátiles, fugaces. He aquí el origen de esa permanente y ansiada utilización del lenguaje para asirse al poder un rato más. El PP, al ocaso de su primera legislatura y viéndose abandonado por la frustración de sus votantes, empezó cobijando descoque y tablas de un experto comunicador, amén de populista intrigante, persuasivo. Pablo Iglesias perfiló debates -con gran audición- donde exponía, sin trabas ni barrera retórica, la lamentable situación económico-social a que nos había llevado la “casta” bipartidista, de valioso hallazgo. Rajoy, hábilmente asesorado, sabía que a él este discurso le era beneficioso porque, rota la izquierda, comportaba solo dos salidas: mesura o radicalismo revolucionario. El ciudadano se decantaría por la moderación; hipótesis muy lógica, aplastante. El PP, por otra parte, blandió -para contener- un mensaje turbulento, caótico, tremebundo. A Pablo Manuel le dejaron “largar” sin límite ni antagonista. Ha resultado una liebre ideal.

El PSOE, víctima de sus complejos y de un secretario general veleta, se vio envuelto en una vorágine inesperada. Perdió el poco crédito que le restaba, tras el paso de Zapatero por el gobierno, y no le quedó más remedio que manipular con la boca pequeña. Sus rivales doctrinales les ganaban en recursos tácticos; también en orfandad de escrúpulos. La ocurrente escapatoria, un pacto con Podemos en las elecciones autonómicas y municipales, fue la puntilla definitiva. Esa necia decisión les impidió marcar distancias con los radicales amén de dar cobertura a un populismo reprobado. Ahora no saben si cortar o pinchar. Francia pesa demasiado porque ya nada es imposible. La difícil circunstancia ha superado todo intento de manipulación. Necesita, por el contrario, ideas claras, pedagogía y autenticidad.

Podemos no amaña; es el manejo vivo, permanente. En ellos, propaganda, agitación y esencia son sinónimos. Ladinos, precoces, hablan de ética y democracia cuando abjuran ideológicamente de ambas. A la primera, asimismo, los demás partidos exhiben también bastantes titubeos. Se arropan, con gran falta de decoro, en la totalidad de la gente, de las instituciones sociales, de los jueces, etc. Una muestra: “El PP es descrito como una organización criminal. No lo digo yo, lo dicen los jueces”; Pablo Echenique dixit. ¿Todos los jueces o es opinión de un solo juez? Encubrirse constituye una táctica manipuladora perfecta (utilizada por demasiados líderes del partido para convencer a ingenuos) si no fuera estafadora, pérfida, inmoral. Mucho antes, Pablo Iglesias dijo mayor majadería (¿queda bien?): “Democracia es expropiar”. Alarmante.

Dejo, como epílogo, un pequeño apunte que no necesita contrafuertes. Los medios de comunicación, cuya actividad es esencial en la vida democrática, presentan -salvo honrosas excepciones- cierta querencia a mostrarse beligerantes con algunas siglas de forma privilegiada; es decir, arrimando cada cual el ascua a su sardina. Deben anunciar, denunciar si quieren, los fallos y corrupciones del sistema y de las personas clave. Sin sectarismos ni conductas maniqueas, priorizando ese protagonismo equilibrador que le otorga su deontología sobre cualquier consideración. Caso contrario constituiría no solo periodismo partidario, indigno, felón, sino la prostitución definitiva ante caciques más o menos impostados. Desgraciadamente nos encontramos inmersos en esta coyuntura. Luego, a poco, cualquiera de ellos (periodistas y políticos o viceversa) se considera legitimado para dar lecciones de ética, de servicio al ciudadano. Vamos listos.

 

 

 

viernes, 5 de mayo de 2017

PEQUEÑAS MENTIRAS Y GRANDES VERDADES



 

Hoy, desconozco si ayer el individuo soportaba parecidos embates, navegamos en aguas revueltas, convulsas. La tradición alega verdades, tal vez tretas, cuando plantea causas y secuelas de coyunturas que marcaron un punto de inflexión en el devenir social. Todos los incidentes históricos principian o terminan admitiendo la existencia de pruebas objetivas, amén de otras ilusorias para conquistar ciertos escenarios adversos. Las sociedades nunca se alarman ante hipocresías y cinismos ya que este es un caldo de cultivo propio, consabido. Admiten, cercanas al ridículo, que la enjundia política reside en el tejemaneje, la farsa, el acopio personal, negando al mismo tiempo su ingrediente delictivo. Este marco ha ido forjando una colectividad servil, permisiva, que cohabita felizmente con políticos de bajísima extracción y peor ministerio. 

Las investigaciones realizadas por la sociología en el ámbito del comportamiento grupal, adosadas a otras que se refieren al lenguaje como vehículo sustantivo en la interacción con el entorno, apuntan cambios vertebrales. Aquella complicidad extraña, algo atrevida, se ha quebrado por el efecto demoledor de cálculos dolosos y análisis torpes. Entre teorías de laboratorio, principios inmaculados y práctica cotidiana pueden existir divergencias, distorsiones notables, que invaden paz, equilibrio y proyectos individuales aun colectivos. El menoscabo del lenguaje, algunos llegan a denominarlo prostitución, acarrea aturdimiento porque aquella entente -injusta pero acomodaticia, eficaz- ha dado paso a este laberinto lingüístico donde todo cabalga a lomos del antojo, de la impostura dañina. Es un peaje impulsado por estas ciencias embaucadoras, maléficas, que derriban concepciones ancestrales, entrañables, y no menos válidas que las vigentes.

Años atrás, Europa vivía una posguerra tranquila. Liberalismo y socialdemocracia -dos mentirijillas bienhechoras- permitieron progreso, desahogo, en una alternancia casi simétrica, o con pactos productivos, obviando contrapuestos intereses partidarios que sometían al interés nacional. Semejante amalgama permitió superar una contienda psicótica, sangrienta, estimulando la reconstrucción de países en ruinas, devastados. Ninguno realizó políticas puras, ni liberales ni socialdemócratas, por conveniencia y porque jamás han existido ninguna de ellas impolutas. Siempre, y en buena hora, expiaron impurezas acomodadas a los diversos inconvenientes. Hubo mezcla de ambas adaptando doctrina y coyuntura. Fueron ficciones mimadas, piadosas, que trajeron progreso a una Europa en coma.

España atravesaba una situación especial. La dictadura autárquica (impropiamente tasada por el subjetivismo del hecho cercano) y su inclinación al Eje perdedor afianzaron el aislamiento oneroso. Desde mil novecientos cincuenta y tres, el pacto bilateral entre España y EEUU, nos permitió salir de la exclusión a la que fuimos sometidos terminada la Segunda Guerra Mundial. Tras la muerte de Franco, UCD, PSOE, PCE y AP (célula del PP), reflejaron con bastante impostura las doctrinas imperantes en una Europa que se mostraba esquiva hacia nuestra integración en el concierto europeo, al menos. La segunda mitad de los setenta -del pasado siglo- marca el camino que nos ha traído hasta aquí. Los Pactos de la Moncloa, siendo Suárez presidente del gobierno, marcan el inicio de una larga y difícil trayectoria que supuso un bienestar impensable aunque algo irreal, fingido. Hubo grandes escollos; el Estado Autonómico ha rentado más quebrantos que beneficios; vivimos de pequeñas mentiras, aquellas que calificábamos antes de piadosas, pero es imposible culpar a nadie de dar la espalda en momentos clave. Las divergencias se dejaban al margen cuando lo exigía el momento. Todos, ellos y nosotros, conquistamos cuarenta años de paz y progreso que pretenden destruir los que saquean y quienes levantan barreras de odio e incomprensión. Es hora de expulsiones, de cortar tejidos infectos, repulsivos. Defendamos el futuro con rebeldía, voto sereno o abstención justa, legítima.

Pero, como de costumbre, el hombre se deja llevar por su natural perverso. Como diría Sófocles: “Una mentira nunca vive hasta hacerse vieja” y aquellas mentirijillas que trajeron bienestar a los españoles -eso sí, empeñados- evolucionaron a otras cada vez más terribles, amargas. No afectan a una institución al albur, un poder, un partido, qué va; quien desprende esa fetidez característica es todo el conjunto sin excepción. Mientras el ciudadano se encuentra al borde del precipicio, los poderes del Estado reflejan una época dulce que se hace extensiva a siameses y adláteres. Aunque mentirijillas inocuas, de poco calado (pero que hay que acabar con ellas), son agigantadas por prebostes sin honra, sin talla y por medios de comunicación conocidos. Así, poco a poco, como quien no quiere la cosa, convinieron un sistema corrupto, podrido, tóxico; tan aventado que hemos conseguido el récord, el clímax. Somos el ejemplo miserable del orbe o eso se pretende caricaturizar.

Semejante realidad anómala, injusta, inhumana, permitió la implantación de un partido populista, totalitario, tiránico, que ha hecho de la mentirijilla erizada, recóndita, inane, una gran verdad: su modus vivendi. Pudiera parecer que los calificativos desgranados son paradójicos, excesivos. En absoluto. Basta con observar el proceder -dichos y hechos- de sus líderes, el abuso de epítetos contra quienes no se ajustan a su visión política, las acusaciones hacia la “casta” sin ninguna fuerza moral que les permita hacerlo, pues jamás demostraron virtud social alguna salvo palabrería tan seductora como hueca. Sumemos el devenir de estas ideologías en el terreno económico, democrático y respeto a las libertades, en los países donde se han impuesto. ”Democracia” y “gente” son simpes señuelos que utilizan con acierto en momentos de crisis y corrupción.

Cualquier ciudadano, el amable lector, sabe que no todo el monte es orégano. Hay pequeñas mentiras, que riegan sus inmediaciones con abundancia, y grandes verdades (laberínticas, laboriosas de apreciar) que encierran opresión y miseria porque suelen ocultar lacras que las pequeñas mentiras exhiben sin temor. La tragedia no viene envuelta en disfraces monstruosos y detestables, no; viene empaquetada con grandes verdades. Tanto, que Adlai Stevenson, preboste demócrata estadounidense, decía: “A nuestros políticos les ofrezco un trato: si ellos dejan de mentir, yo dejaré de decir la verdad sobre ellos”. No hay mejor argumento, ni prueba, de que la verdad auténtica (esa que yo llamo grande) daña a los políticos encubiertos, furtivos. En vez de cebarnos con pequeñas mentiras, que parecen grandes verdades, es momento de aislar y percibir las grandes verdades, que parecen pequeñas mentiras.  

 

viernes, 28 de abril de 2017

ES EL PODER, ESTÚPIDO

Llevamos meses, años, en los que se respira una nauseabunda atmósfera de podredumbre. No obstante, los últimos días son generosos cuando no explosivos. Pareciera que Hades (dios griego de las sombras y las tinieblas) hubiera engullido el país. A todas horas, en cualquier informativo, aparece como asunto estrella la corrupción, ahora del PP. Siendo rigurosos, de miembros destacados para satisfacer bien necesidades partidarias bien miserias personales. Ayer, siempre de forma presunta, había fundadas dudas sobre la honradez del, ya expresidente murciano, señor Sánchez. Hoy, salen a relucir incontables recelos de gestión delictiva en el canal Isabel II que distribuye agua a nueve millones de madrileños. La operación Lezo, recién aparecida, encarcela a Ignacio González -supuesto villano- expresidente de Madrid, junto a diferentes personajes pertenecientes a su entorno cercano y familiar. Pese a quien pese, todos los partidos que han disfrutado de poder protagonizaron episodios de corrupción; los venideros, sin duda. Además existen otros formatos. Tutelar sistemas antidemocráticos es una forma de corrupción política.
Como consecuencia del torbellino originado, Esperanza Aguirre (sola, engañada por unos y otros) tuvo que dimitir como concejala/portavoz del PP en el ayuntamiento. Si alguien creía que su cadáver político cerraba toda responsabilidad dirigente, levita oníricamente por los mundos de Yupi o vive desconociendo la sagacidad que esconde el pelaje parlamentario. Nuestros prohombres, sin importar sigla, aprovechan cualquier coyuntura para obtener réditos electorales. No importa quebrar el statu quo; la imagen de España y el bienestar de los españoles les importa un bledo. Distinto es lo que digan o aparenten. PSOE, Ciudadanos y Podemos (estos de forma especial, bochornosa, desternillante), se lanzaron sin reflexión -laxa su conciencia, amén de su memoria- al cuello mediático de un PP que no está para muchos escarceos, pillado a contrapié o así lo indica. Vaya atajo de golfos, dicho con todo respeto para carteristas, pillos y fauna de similar aparte.
Me molesta que Ciudadanos y Podemos se desgañiten al objeto de velar sus propias maldades pasando de puntillas, al mismo tiempo, por proyectos, planes, que ayuden a extirpar esta lacra. ¿A qué esperan? ¿Acaso prefieren mantener viva, aunque denigrada, la gallina de los huevos de oro a la espera de su turno? Podemos es punto y aparte. Me repele, no solo debido a tener una vena falaz, cínica, maligna, sino porque los líderes más representativos muestran tics alarmantes. Yo, pese a mi predisposición anarcoide, sorteo cualquier servidumbre pretendidamente revolucionaria, he pasado la juventud -etapa vehemente no exenta de inocencia- y el romanticismo republicano, o marxista puro, se me adelantó unos años al nacimiento. Por estos motivos, a Podemos lo veo nítido, explícito, real.
Ahí va un botón de muestra. Hoy, de rebote, sin encomienda alguna, se le ha ocurrido anunciar una próxima moción de censura huérfana de contenido expreso. Algo parecido a difundir el descubrimiento de un laxante eficaz para deponer o exonerar vientres recalcitrantes. En grupo, como gustan, argumentan que lo proponen dando respuesta al clamor popular y en consonancia con su ética política que les exige dar el paso. Curiosa ética la de estos chicos que les impulsa a apuntalar -reticencias implican aserciones- la dictadura bolivariana contra otro clamor democrático que pone muertos y produce vergüenza ajena. ¿De qué o a quién queréis salvar? Abandonad todo señuelo, contentaos con esos cientos o miles de enchufes concedidos, quizás detentados, por obra y gracia de incultos, dogmáticos e irreflexivos.
Decía Ignacio Camuñas, ministro de Suárez, que corrupción y Estado Autonómico van íntimamente ligados. El noventa por ciento de los casos se dan en las comunidades autónomas. Tal aserto anula los afanes de inferir especulaciones distintas. Concluimos de esta guisa que, salvo Ciudadanos todavía limpio de poder, el resto se ha visto envuelto en casos de corrupción. Cierto que, por decisiones mediáticas, unos han aparecido con mayor estruendo y profusión, sin que ello signifique grado parecido a la hora de cuantificar sus efectos. Nadie crea este delito antisocial característico de aquel atributo “casta”, urdido con inquina para despistar. Casta, en puridad, no puede aplicarse a individuos o grupos aislados, casta sabe a poder. Políticos todos, sindicalistas, comunicadores de prestigio, financieros, empresarios, instituciones judiciales, son casta. Casta potencialmente corrupta y corruptora.
“El derecho viene a perecer menos veces por la violencia que por la corrupción” divulgaba Lecordaire, político y religioso francés. Seguramente tal anuncio era conocido por Alfonso Guerra cuando pronunció aquel “Montesquieu ha muerto”. Resulta curioso que, a la postre, en vez de restringir la dependencia de las instituciones judiciales al poder político, se haya aumentado sin escuchar ninguna nota discordante. ¿Error o síntoma de beneplácito general? Luego se oye un solemne, cínico, rasgar de vestiduras mientras responsabilizan al adversario de tanta carencia democrática. Mientras, salvaguardan dinero y honor con máscara virtuosa. No importa qué pócimas, adicciones, trastornos, circulan por venas políticas y sociales sin respuesta a cualquier tratamiento. Hemos de conllevar esta sobrecarga limitando extremos abusivos como los que nos atenazan. Nadie crea en soluciones prodigiosas, inexistentes porque el poder nutre la corrupción y aquel, según Ortega, es imprescindible para conformar una sociedad y convivir: “A partir de hoy un imperativo debiera gobernar los espíritus y orientar las voluntades: el imperativo de selección” (La España invertebrada).
Ojo, amigos lectores, el poder es único en sus diversas manifestaciones. No puede compartirse porque entonces queda debilitado y cambia de manos, pero nunca de sustancia. Constituye un juego de azar, en ocasiones una ruleta rusa que se conquista matando o muriendo, real o metafóricamente. Atesora peculiaridades, peligros y goces. El ciudadano de a pie espera poco más allá de recrear sus libertades individuales siempre que no entren en demasiada colisión con el mismo. Los regímenes tiránicos -nazismo y marxismo- aunque se disfracen de hada madrina, ni esto. Es decir, no conozco ningún sistema que pueda asegurarme ausencia de corrupción, amén de un Estado de Bienestar. Es el poder, estúpido.
 

viernes, 21 de abril de 2017

DE TRAMABUSES Y APOCALIPSIS ZOMBI


Desde “panem et circenses”, la ejecutoria político-mediática ha ido transmutando a lo largo de los siglos pero siempre con un objetivo único: aquel al que, con tino sutil, alguien calificó de agitprop. Parece evidente que cuando un gobernante carece de talento para solventar coyunturas enrevesadas acuda a subterfugios insólitos a fin de difuminar tal inepcia. Es la constante que alberga tiempos e ideologías. Intuyo que los pormenores de cada país conforman el epílogo. No concibo a Reino Unido, Alemania y España, verbigracia, atesorando respuestas similares ante debates separados por matices nimios, inapreciables. Los grupos sociales se dotan de conductas muy particulares y vigorosas, en mayor o menor grado, según la esencia de cada lugar. Así viene ocurriendo desde la irrupción del hombre en este mundo, bastante psicótico, que hemos preferido sin evaluar a fondo sus alcances.

Mencionaba países de nuestro entorno para diferir estilos de concepción. Ortega teorizó sobre el peso del hecho accidental. Unamuno lo enfatizó en el proceder español. Aquel “en lugar de europeizar España, habría que españolizar Europa” es la respuesta pragmática de nuestra idiosincrasia forjada con jirones de pueblos, culturas y milenios. Es verdad que España es diferente, lo cual no mejora ni empeora nada; al menos, no lo mejora. Ignoro si hemos llegado con excesivo optimismo o si se ha cruzado por el camino cierta dosis de melancolía intimista, quizás desbordamiento antisocial. Lo que admite reserva es nuestro talante específico, escaso de patrimonio moral pero sin peajes intemperantes. Somos un pueblo de tropel, diverso, tal vez fraguado por el fatalismo trascendente que nos agrupa o disuelve en momentos cruciales. 

España es raza de exequias, de pasión, de Semana santa. Asimismo, de vida, de caos, de libertinaje; en suma, de contrastes. Días atrás, vivimos un sentimiento festivo-religioso multitudinario, masivo, demoledor y, al mismo tiempo, confortante. Más allá de la presencia física, nos aglutinaba una fuerza emocional, incontrolada, casi tiránica. Porque a nosotros nos impulsa el sometimiento, la servidumbre, sin importar a qué o a quién. Constituye el rescoldo vivencial de ese fatalismo que rige inexorable nuestros actos. Sin embargo, tal escenario no debe permitir indolencias, irreflexiones u otros ademanes poco ejemplares y nada aconsejables. Raptados por tales emociones, por veleidades frívolas e imperativas, caemos en ataduras gravosas, arduas. “Sarna con gusto no pica” recuerda inoportuno un refrán molesto porque mantiene remolones, diligentes, anacronismos que hemos colocado ya en la papelera de reciclaje.

Semejante actitud colectiva se da, por desgracia, a nivel individual sin perder cualidad ni potencial penetrante. Cada individuo somos un elemento de la tramoya social, pero acrecentamos los defectos porque, en esta piel de toro, resuenan con mayor eco. La miseria moral e intelectiva, nutrida en general, desde el punto de vista particular bate (en los últimos tiempos) no solo récords conocidos sino que su magnitud supera el guarismo concreto para conquistar el espacio inconmensurable del absurdo. Eso parece cuando observamos dichos y comportamientos de egregios personajes, a priori adornados con una cultura digna de mejor causa. Nos van destapando poco a poco el desvarío a que lleva la síntesis fraudulenta gestada por dogmas y prejuicios maniqueos.

Podemos, ejemplo insuperable de peligroso reclamo, malgasta tiempo y quehacer parlamentario en mostrar excesos pretenciosos, aun méritos estériles, por mor de un infantilismo chapucero. El numerito del “trole” metafórico -revestido de ética falaz, variopinta y cadenciosa- conducido por una catenaria iconoclasta que le lleva a un itinerario rastreramente planificado, sui generis, configura el formato idóneo para exhibir pública y notoriamente la necedad política con efecto bumerán. Las prédicas regadas con agua putrefacta, aunque se intente depurar, dejan un aroma repelente que castiga a sus intereses. Poco importa que el lobo se disfrace pues su instinto le llevará a enseñar la patita, afirma el cuento infantil. Este requerir la atención a toda costa, deja al descubierto aciagas grietas en el edificio doctrinal así como vacíos funcionales. Defender a ultranza la inocencia de individuos juzgados y suponer culpables a personas no juzgadas, advierte a ciudadanos sensatos qué puede esperarse de quienes se decantan por tanto esperpento estrambótico. El que se abastece de maniqueísmo bebe, se emborracha, de tiranía. No hay retorno ni salidas diferentes.

Si el tramabús ha causado estupor, la pregunta del senador Mulet (absténganse de prever cualquier elipsis jocosa) sobre qué protocolos ha dispuesto el gobierno en caso de “apocalipsis zombi”, pasará a los anales de esta Cámara Territorial. Dudo que exista en ningún registro parlamentario una pregunta con tanta enjundia e interés para el común. Dicho senador, adscrito al grupo valenciano Compromís, ha materializado su adeudo maridando sigla y vela política. ¿Alguien puede perfilar preguntas con más sustancia? ¿Puede demostrarse mayor preocupación e inquietud por el ciudadano? ¿Existe algún político en el orbe parlamentario tan precavido y preciso? Si, como se dice, era una forma de llamar la atención, hubiera debido hacerlo sin confundir Senado y rincón de la comedia. Yo lo nombraría “protector universal del género humano”. Me parece ilícito que solo nosotros gocemos de prócer tan despierto. Los talentos no debieran tener patria ni usufructuarios concretos. Alterando lo justo el mensaje de otro erudito ilustre: “El genio no pertenece a nadie, salvo al viento”. Así sea.

 

viernes, 14 de abril de 2017

GOLFADAS Y MENOSPRECIOS DEL LENGUAJE


Nadie, a estas alturas, nos descubre que estemos rodeados de bellacos y sinvergüenzas. Falta el tómbolo por donde pudiera escapar alguna sigla que alimenta su falta de ética social ubicándose en el polo opuesto de aquellas a las que despedaza sin piedad. Intentan con celo -tal vez saña- desequilibrar no solo el statu quo, sino el sistema democrático iniciado al ocaso de los setenta del siglo XX. Acentuar golfadas de otro, obviando lacras propias, además de perjudicial a medio plazo, hace estéril cualquier probabilidad de remedio eficaz y consecuente enmienda. Dentro de las múltiples facetas en que se fragmentan, estas golfadas políticas van desde el tres por ciento al trueque (tú me das algo a cambio de obra pública, verbigracia); desde el aforamiento al nepotismo; desde el enjuague a la impunidad. Cierto, pero incriminar no constata ni mucho menos virtudes del difamador. Casi siempre se pretende desviar la atención, desvanecer sospechas, enmascarar una personalidad aterradora. En definitiva, menospreciar el lenguaje que debe ser herramienta de comunicación, de concierto, y no de escaramuza o pugna.

 Itero que las golfadas presentan diferentes caras. Prensa y sociedad, aquí me incluyo, completan el conjunto golfo. “Quien esté libre de culpa, tire la primera piedra” expone la sentencia cristiana. Yo me atrevo porque -aun preso de reproche- más allá del plano o compromiso moral, tengo el derecho cívico, democrático, de juzgar a quien constituye la médula, según aquel viejo dicho de que sin partidos no hay democracia. Por mi parte, ya me demando (probablemente debiera hacerlo con mayor convicción) cumplir mis obligaciones ciudadanas para revestirme de exigencia al político y, cómo no, al cuarto poder. La prensa, con su maniqueísmo indómito, protagoniza una golfada lacerante si bien el fruto parece dulce, inofensivo, sabroso. Como ciertos explosivos, lleva espoleta de retardo y sus efectos tardíos se pierden entre conciencias relajadas.  

Los partidos de advenimiento rezagado (Ciudadanos y Podemos), aquellos que están al abrigo porque extrañan el poder, condenan sin medida la corrupción de PP y PSOE, del liberalismo presunto y de la socialdemocracia esquiva. No entierran -o lo pretenden- dos siglas, qué va, incineran las doctrinas que han llevado al mundo el estado de bienestar. Estos, no obstante, deben corregir a fondo esa trayectoria lamentable que les lleva al alejamiento ciudadano, cuando no a una meritoria desaparición por sus hechos falsos, disolutos, fétidos. Aquellos, sobre todo Podemos, anuncian -cual profetas sin causa-la llegada redentora del nuevo salvador. Adivinan (proclaman) problemas y vicios reales, auténticos, pero fantasean, engañan, cuando se postulan como solución. Ni la Historia ni el momento actual contemplan un país marxista donde se haya conseguido bienestar amén de libertades individuales. Me asombra hasta qué punto llega o alcanza la necedad personal y colectiva.

Curiosamente, el único país comunista que ha logrado una economía digna, por tanto cierto grado de bienestar (pese a la falta de libertades), es China. También allí -no menos cierto- se da una explotación laboral sin precedentes. Pagan el incómodo, terrible, peaje del menoscabo semántico; quiérase o no, aquello es una dictadura. Con excesiva frecuencia, utilizamos un lenguaje impropio, desnaturalizado, para que pueda servir “tanto a un roto como a un descosido”. Son vocablos cambiables cuyo objetivo es acomodarlos al interés del momento. En ocasiones, su uso reiterado genera una realidad virtual, opuesta a la auténtica. Suelen utilizarlos quienes pordiosean categoría, pelaje, exhibiendo insolvencia ideológica, penuria doctrinal cuando no orfandad plena. Confirmo que quien reniega del sistema democrático se empecina en manosearlo utilizando dicho vocablo atributo rutinario. Así, existen formas, gestos, argumentos, motivos, doctrinas, desvelos, actitudes, y un sinfín más, “democráticos”. Tanta porfía constituye el perfil probado de cualquier dictadorzuelo de tres al cuarto. ¿Nombres? Reflexionen y aparecerán legión sin apenas esfuerzo. Residuos tiránicos tienen muchos, prácticamente todos, pero solo unos cuantos muestran entraña innegable.

El lenguaje es carne de manipulación también entre periodistas y tertulianos. Pruritos, mercedes, dogmas, constituyen biombos que camuflan oscuras razones. He visto comunicadores de diferentes orientaciones defender lo uno y los contrario con pasmoso cinismo. La lógica se enfrenta maniatada al pelotón de fusilamiento formado por el dogma irracional. Esta izquierda -desnortada dentro del marco capitalista- huye de la dialéctica y por tanto de su columna vertebral, hace tiempo loada y hoy remisa. Todo político falso, liberticida, esconde una máscara totalitaria bajo el vocablo “gente”: democrático, engañoso, sugestivo.

La palma, emblemática en Semana Santa, se la lleva Isaura Navarro. Esta señora, diputada de las cortes valencianas, aglutina una golfada y un menoscabo lingüístico. Denuncia al arzobispo de Valencia por un presunto delito de malversación de caudales públicos, otro de falsedad y cesión de trabajadores porque veintidós profesores, contratados para dar clase, realizaron labores no docentes dentro del arzobispado. Menudo melón ha abierto la señora Navarro. ¿Qué ocurriría si la sociedad emprendiese parecido proceder con las decenas de miles de enchufados asesores, gerentes, directivos (o meros trabajadores, es un decir) de instituciones y empresas públicas -claramente deficitarias- cuya práctica resiste a la perfección el calificativo de ruinosa? ¿Qué decir del sistema autonómico que no es precisamente la racionalidad administrativa de un Estado elefanciaco? ¿A quién responsabilizamos? Sin duda, a ese colectivo al que pertenece doña Rosaura y que tan alegremente ha puesto en el disparadero de las iras públicas. Mientras no se contrapongan argumentos convincentes, le sobran razones pero le falta calma, humildad, autocrítica. Las golfadas económicas son graves, delictivas, sin duda. Pero, ¿qué opinan ustedes del marxista -sea político o comunicador- que llama facha o fascista a quien no piensa como él? ¿Eso de: “Le dice la sartén al cazo…? Analicen el alcance de su malignidad democrática, del odio que encierra y el desgarro que lleva implícito en la convivencia. Sin menospreciar el lenguaje, cara y cruz forman parte de la misma realidad; fascismo y antifascismo también.