viernes, 26 de agosto de 2016

SOLILOQUIOS, DESCONFIANZA Y CANCIONES INFANTILES


Tras ocho meses de gobierno interino, de arraigado cerrilismo alimentado por intereses bastardos, se otean hoy parecidos talantes y sinrazones. Cualquier sigla, todo líder que se precie, nutre los noticieros con un latiguillo tópico, falaz, irritante: “estamos trabajando para los ciudadanos”. Mientras, alargan sine die el pleito que debe desembocar en un gobierno real, permanente, operativo. Dicen, y no les falta razón, que la interinidad actual daña la débil economía que sobrellevamos. Sin embargo, no se advierte ningún esfuerzo para sacarnos de esta situación putrefacta. Quieren lavar la cara al personal sin mancharse las manos, al modo de quien pretende hacer una tortilla sin romper huevos. Si no fuera inquietante, tal momento debiera venir orlado por cierto tipismo hispano no exento de ribetes esperpénticos. Algo así como el espectáculo del bombero torero político.

Abundan por estos parajes, y con tal ocasión, los soliloquios. Cuando negamos algo de forma obcecada, insistente, genuina, hilvanamos un discurso interno, inválido, sin fuerza. Se convierte en repique interior, eco enjaulado; constituye, en definitiva, un soliloquio, un mensaje nonato, oculto, del que solo conocemos sus efectos perversos. Ignoramos qué tesis quiere airear ni cuáles son sus argumentos raquídeos. Queda un susurro retórico tan hueco como inocuo e ineficaz. Ahora nos encontramos inmersos en tal escenario. A veces, no hay nada más allá de un silencio culpable o penitente. Esto, al menos, caracteriza a Rajoy, Sánchez y Rivera. Lo de Iglesias puede confundirse con un ascetismo aparentemente transformador, catártico. Pura apariencia como se desprende del pulso con las Mareas gallegas que, a la postre, le partieron el brazo.

Conocemos los encuentros -más bien desencuentros- entre PP y Ciudadanos para firmar unos acuerdos que permita a estos últimos un voto afirmativo en la investidura de Rajoy. Notamos desgana, aplicable al grupo pepero, y desconfianza lógica, que anotan los de Rivera. Cuatro años de rodillo malcrían a cualquiera y lo convierten en persona insoportable, engreída, prepotente. El PP olvida cerrado, poseído de no se sabe qué derechos o legitimidad, que necesita aliados, compañeros de camino. Sospecha, eso conjeturo, que Ciudadanos persigue conseguir determinado capital político a costa de embestirlo. Razón suficiente para interpretar los graves altibajos en las negociaciones. Poco les importa descubrir, al menos aparentemente, que ninguno desea sanear la vida pública, quizás menos el PP por los innumerables procesos que otea cercanos. A última hora, in extremis, se ha cerrado un acuerdo sietemesino. La urgencia del parto necesitó medios extraordinarios cuyas secuelas anatomo-fisiológicas no son apreciables, de momento. Ha concluido la primera etapa con resultado satisfactorio, si nos atenemos a revelaciones bastante optimistas. Veremos.

Sí, el PP es la Penélope que a ratos deshace lo que en otros, llevada por esa virtud llamada necesidad, construye o propone con total desencanto. Quiere que Ciudadanos y PSOE apoyen, de forma afirmativa o absteniéndose, una investidura poco trabajada y menos atractiva. Amenaza con celebrar la jornada electoral -tercera farsa- el mismísimo día de Navidad. Le falta tramitar propuestas serias, con enjundia, rigurosas, y le sobran artimañas. Resulta comprensible que anhele colaboraciones poco exigentes, pues sus rivales quedaron empequeñecidos por el 26J. No obstante, tensar la cuerda demasiado suele originar el efecto contrario, siempre perverso. Parece lógico que cada sigla pretenda un espacio notable, firme, consolidado, dentro del nuevo marco político. Este fondo obliga a rehusar cualquier acercamiento a un PP sucio, corrompido. Quizás menos que otras siglas merecedoras de un rechazo social más evidente pero salvas por la opinión pública. Este es el crisol de la desconfianza, venero de indecisiones, cebo del momento ambiguo, padre putativo de toda contestación. Prevalece, pese a su fama, un PP sin rival manifiesto hoy por hoy. Ciudadanos exige sin ambages el papel de bisagra. Por su parte, el PSOE ansía formar parte esencial del bipartidismo pero teme dar un paso en falso y ser engullido por Podemos. De ahí su ceguera cicatera, su ausencia, ya que Podemos le causa demasiado terror y por ello, dada la indigencia estratégica que revela, ofrece tan menesterosa capacidad de reacción. 

La actual tesitura lleva a algunos a entonar repudiadas canciones, no sé si infantiles o infantiloides. Ciudadanos abrió el melón al proponer un personaje independiente, de consenso, para investirlo jefe del gobierno. La idea les pareció al resto absurda, poco democrática, un calentón primaveral debido a aquel bloqueo empecinado a que llegaron los partidos. Ahora, ahogados de nuevo por análogo inmovilismo, sin salida visible, el secretario general de los socialistas catalanes -reacio en ocasión anterior- lo propone no sabemos si como salida exótica o como ocurrencia ingeniosa, mordaz, algo extemporánea. Sea cual fuere su intención, enseguida consiguió un abigarrado coro de seguidores incondicionales. Así lo manifestaron al unísono PSOE y Unidos-Podemos; una identificación más que resulta inadmisible, acongojonadora, para socialistas juiciosos.

Vamos abocados a unas terceras elecciones porque nadie quiere mancharse sosteniendo a un PP corrompido sin límites y sin exclusión, por activa o por pasiva. Resulta ilusorio que se apoye la investidura de Rajoy sin pringarse. Uno puede ser patriota, responsable, pero no suicida. Cierto que las siglas tradicionales, todas, cuentan con episodios de dispendios calculados; es decir, sujetos a diferentes comisiones. Pese a tal sospecha, solo al PP le imputan profundas y extensas raíces delictivas. Sin ser falso el dato, no debe despreciarse el acorralamiento visceral, impúdico, a que son sometidos el señor Rajoy y su partido. Vale más caer en gracia que ser gracioso, dice cargado de razón un proverbio popular.

Quiero resaltar, en última instancia, con qué fuerza un joven periodista -tocayo mío- definió a Podemos partido democrático. Nulo de argumentos que le llevaran a lucubrar semejante conclusión, estoy convencido de que con la misma trabazón lógica (insisto, desconocida), precisaría, verbigracia, que el partido Nazi era fascista, antidemocrático y totalitario. Que yo sepa, a Corea del Norte se le denomina República Popular Democrática y ya ven. ¿Sería ese país su paradigma democrático?

 

 

viernes, 19 de agosto de 2016

LA CHISTERA DE RAJOY O EL EPÍLOGO DEL CÉSAR


Rememoro con socarronería una anécdota tan disparatada que invita a encontrarla falsa. Se refiere al opositor cuya estrategia consiste en prepararse parte del temario y dejar al azar aquel que su indigencia intelectual o volitiva le impide vencer. La bola, adversa, traicionera, obliga a escribir sobre los Reyes Católicos. Con poca información sobre ellos, le sobran conocimientos relativos a Colón. Por este motivo, ni corto ni perezoso, realiza un breve prólogo: “durante el reinado de los Reyes Católicos, Cristóbal Colón descubrió América”. Después, y abierto el camino, dedicó páginas enteras al navegante. Constituye la salida estéril, rocambolesca, pero estética de quien rebosa mala suerte, indolencia, quizás abatimiento. “Dios aprieta pero no ahoga”, debe considerarse base raquídea, ley absoluta, que surge providencial de veneros metafísicos. Cualquier debate cuyo punto de encuentro o desencuentro esté relacionado con el suceso expuesto, ofrece una justificación torpe pero recurrente.

Rajoy lleva tiempo actuando como el opositor de referencia, superado, perplejo, errante. Sin ir más lejos, el miércoles diecisiete -tras una vana semana de largas- anuncia que el Comité Federal, órgano talismán de cualquier césar, solo le “había autorizado” a iniciar conversaciones con Ciudadanos. Consciente de su desprestigio, reaccionó de forma parecida al opositor ingenioso. Impelido por la necesidad, siempre virtuosa, cambió a la corre prisa una respuesta que estimaba táctica. En el acto, tuvo que recomponer el mensaje. Contra toda advertencia, sin ganas, opuesto a cualquier afecto mariano, tuvo que aceptar las condiciones impuestas por Rivera. Desconcertado, indocto, sin alegato a lo que la bola le solicitaba, ofreció una salida estética pero nada asimilada. Calculó al centímetro su evidente salida de tono según íntimos presupuestos. Se sabe objetado, suspenso, pero le mantiene el efecto milagrero del placebo. Acertó en la corrección aliviando todo despecho displicente y culpable.

El salto retórico que brindó inesperadamente al país el jueves, cuando esperábamos una espantada memorable e incomprensiva, dejó descolocados a muchos, yo entre ellos. Tenía previsto un titular muy plástico: “Rajoy o el lastre evitable del PP”. Sin alterar la idea central, esa decisión postrera -de última hora- quebró el encanto y los estros, inquietos, sorprendidos no menos que yo, decidieron tomarse un corto jubileo. Me quedé en blanco cuando el presidente en funciones decidió actuar con sensatez, invalidando mi artículo ya pergeñado. Tuve que preparar, con la cocina todavía caliente, un nuevo menú argumental, una tesis matizada, sin inutilizar el anterior esqueleto. Rajoy ya no protagonizaba el mayor yerro de un prócer en la actual coyuntura política. Antepuso acuerdos inciertos, aparentes, para ofrecer el menú aderezado una semana antes. Su fuego de artificio tenía la pólvora mojada y estuvo tentado de prender la mecha de manera irreversible, necia.

Pese a todo, a cálculos infinitesimales, a presiones diversas, aun a amenazas caóticas, Rajoy es un político amortizado. Conmilitones muy cercanos, adosados, adheridos a las regalías, defienden la inobjetable presencia de don Mariano al frente del próximo gobierno. Aducen que el votante ha puesto su confianza en él. Falso. Este país vota a la contra o con los ojos cerrados. Zapatero encarna un paradigma certero, sustantivo, desgraciado. Declinar sobre el líder todo crédito electoral, no solo es aventurado sino inconsistente. Rajoy resplandece, destaca, porque alguien lo ha izado a la peana, no necesariamente porque sea el candidato propuesto e ideal. He escrito en numerosas ocasiones que los partidos presidencialistas, cuando se apaga la luz, tienen difícil hallar el recambio cabal, un saneamiento imposible, en beneficio de la sigla y del ciudadano, priorizando aquella sobre este. Tal detalle ilumina su interés de servicio al pueblo.

Aunque la genuina oposición (PSOE) y medios afines responsabilizan al PP de todos los desarreglos, exageración y quimera revolotean inquebrantables sobre tanta animosidad o desconocimiento. Cierto es que nadie hace todo acertado o calamitoso. Sin embargo, poco puede oponerse a realidades tozudas. Cuando Rajoy tomó el gobierno, a finales de dos mil once, la deuda pública ascendía a setecientos treinta y cuatro mil novecientos sesenta y un millones de euros. Suponía el sesenta y nueve por ciento del PIB. Hoy, la deuda supera el billón cien mil millones (ciento uno por ciento del PIB) después de subir impuestos y recortar servicios básicos. Si a estos números sumamos la situación infausta de la justicia, el desastre autonómico y territorial, amén de incumplimientos referidos al terrorismo y al marco católico, junto a otros pormenores acabados en el olvido, hemos de convenir la dudosa gestión de Rajoy en cuatro años. Para más inri, los españoles le concedieron una insólita mayoría absoluta. ¡Cuántas razones asisten a quienes critican al gobierno!

He hablado (escrito en este caso) de las numerosas lagunas y deficiencias que exhibe Pedro Sánchez. Con toda seguridad volveré a hacerlo. De momento, un sectarismo insensato, oportunista, postizo, se deja sentir sobre todo en el partido. Distan mucho de ser modernos, razonables, aquellos que enmarañan intereses propios y pureza doctrinal. El señor Sánchez viste chistera arcaica, tosca, inoperante. La del señor Rajoy, confeccionada con medias verdades y mentiras meridianas, se ha quedado sin conejos, sin atractivo, átona, superflua. Vendrá, por su natural, un recambio huérfano de crédito. ¿Qué solvencia ofrece a la ineludible catarsis quien se ha mantenido mudo por tiempo indefinido? Los césares implantan desconfianza en sus delfines una vez desaparecidos. Es su herencia formal, rigurosa, imperativa. Abrumador epílogo.

 

 

viernes, 12 de agosto de 2016

SOMOS UN PAÍS DE IMBÉCILES


 

Acierta quien vea cierto paralelismo entre el epígrafe y aquella reputada película de los hermanos Coen “No es país para viejos”. El filme presentaba una temática psicológica centrada en la circunstancia del  hombre; culpable, a su vez, de toda actuación posterior. Con afanes más humildes, solo deseo expresar una idiosincrasia específica del individuo español, general, quizás provocada, que guía la conducta política y ciudadana. No creo que suframos el efecto perverso de un atributo reciente, concebido por la sociedad actual. Hemos de aceptar los múltiples errores, aun vicios, que ha ido formando, a través de los siglos, nuestro currículo. Digo. Algunos, inducidos; la mayoría, por propia iniciativa. Un carácter indolente, acomodaticio, tribal, permite al poder crear individuos heterogéneos, insolidarios, bastante brutos. Consecuente con ello, se conforma una sociedad atomizada, rota; ideal para su manejo gratuito, sin ningún peaje.

Permítanme, antes de entrar en materia, que narre un caso paradigmático de entre los muchos que cualquiera atesora en su rutina diaria y vital. Ubicado en mi pueblo de la Manchuela conquense a fin de mitigar la canícula veraniega, jornadas atrás fuimos a Motilla del Palancar al objeto de aprovisionarnos de viandas. Cargado el coche sin dejar resquicio alguno (deben nutrirse cuatro hijos y seis nietos pantagruélicos), me dispuse a una vuelta rápida para evitar el deterioro de productos congelados. A medio salir del aparcamiento, aparece un tío -pido perdón- conduciendo un enorme todoterreno con demasiada premura. No puede aparcar y queda en medio impidiendo el paso, a la vez que cualquier maniobra. Retrocedo para paliar el embrollo, cuando otro tío  -suplico de nuevo excusas- aparcado enfrente da marcha atrás sin mirar y, tras pitidos y voces clamorosas, frena a escasos dos centímetros justo donde mi aterrada esposa se palpa incrédula de estar ilesa. ¿Creen que fue la conjunción fortuita de dos imbéciles? No, solo un incidente inevitable, repetido -dada la fauna hispana- que, en esta oportunidad, me sucedió a mí.

Concluido el relato, ejemplo y prólogo, sacuden mi mente varias reflexiones que alimento de forma incesante. Cada vez me asombra más constatar la respuesta invariable de mis conciudadanos y compatriotas. Es corriente escuchar diatribas contra toda sigla, incluso políticos, sin concretar ideología. Es sentir colectivo el hecho incuestionable de que nuestros prohombres -sin exclusión señalada, aparte vicios y excesos abundantes- ansían bienes espurios. Sin embargo, pese a tal certidumbre, cuando retorna el rito electoral siguen votando anhelantes. No subrayan programas  -qué disparate- importa únicamente que el rival ideológico pierda el poder sometiéndolo a las tinieblas del olvido. Resulta curioso cómo en esos momentos resucitan su maniqueísmo, arrinconado días antes. Semejante desvarío solo tiene encaje en países indigentes, abarrotados de imbéciles. ¿Exageración? ¿Derrotismo? Simple y llanamente apostura contrastada, inconcusa.

Me sorprende que Rajoy obtuviera ciento veintitrés diputados al primer intento. Vista la eficiencia de su legislatura, tal número -aun considerando importante, sintomática, la reducción de sesenta y tres- implica claro desfase entre la idoneidad de un político y la sentencia ciudadana. Pareciera que el votante introduce su voluntad en la urna de forma atrabiliaria, mecánica, casi simplona. Ignoro qué umbral perceptivo puede atribuirse al individuo español, pero considerando sus actuaciones deduzco que bastante escaso, proporcional a la semblanza que revela el segundo párrafo. Las elecciones del 26J, el saldo, añade un plus argumental. Hoy, consentimos silenciosos que las urgencias sugeridas caigan en saco roto. ¿Cuántas veces hemos oído, por boca del señor Rajoy, la exigencia imperiosa, urgente, de investir al nuevo gobierno? ¿Tantas como para posponer una semana la respuesta a Albert Rivera? Indignante. 

El señor Sánchez -negación hecha conflicto que abre varios frentes- pospone sine die la diligencia preceptiva, vital, pese a los buenos oficios de socialistas prototípicos cuyas sugerencias parecen acabar en los desagües de Ferraz. Temo que aquí la imbecilidad sea compartida aunque los padres integren portavocías o responsabilidades organizativas. Don Pedro, sus tres noes parecidos a los tópicos tres etcéteras de don Simón, conquista el sobresaliente cum laude de la  incoherencia. ¿Cómo maridar sus negativas a la investidura con el hecho divulgado de rechazar terceras elecciones? A mayor gloria, él y su terca contradicción metafísica se permiten andanzas de chiringuito soslayando la complejidad del patio. Genio y figura.

Sé que mi tesis es políticamente incorrecta, pero en absoluto postiza. Por este motivo, termino con  una breve referencia. Imbécil significa falto de inteligencia, torpe, molesto, inoportuno. Es vocablo que no mora en el campo del insulto; su hábitat natural se encuentra en el área del concepto, de la definición. Leales a la sinceridad, el acontecer diario e histórico nos lleva de manera definitiva al lance inevitable de que somos un país de imbéciles. Queda, como antídoto y aliento, el esfuerzo animoso, inquebrantable, de trastocar la situación.

viernes, 5 de agosto de 2016

NUESTROS POLÍTICOS VIVEN UN SINVIVIR EN SÍ


Decía Viktor Frankel, eminente psiquiatra austriaco: “Cuando ya no somos capaces de cambiar una situación nos encontramos ante el desafío de cambiarnos a nosotros  mismos”. Esta advertencia, que cualquier individuo sensato asumiría sin dudarlo, se muestra velada para nuestra ilustre clase política. Es cierto que penamos los hombres públicos más grises (para ser generoso) del último periodo democrático. Hemos topado con una caterva de aventureros ahítos de ruindad que merecen el mayor rechazo social. Su sentido de Estado puede considerarse irrisorio cuando no inexistente. Con todos los errores y lagunas, Suárez, González, e incluso Aznar, nos parecen de otra galaxia comparados con estos vacuos que vienen engatusándonos desde hace quince años. Somos capaces de repudiar la pericia mientras caemos rendidos, ciegos, por retóricas inconsistentes. Temo la planificación de una compleja ingeniería social desde el poder. Ni nueva, ni espontánea. Solo así se explica el grado de estolidez que adorna al ciudadano español pese a su proverbial suspicacia.

Espacios informativos, y de debate mediático, iluminan cada jornada con noticias que deben surgir de cerebros turbadores, quizás grotescos. Estamos llegando a extremos aledaños a mentes raptadas por la quimera; esa rueda o tiovivo del sinsentido. Resulta imposible conjugar lo uno y su opuesto con tanto esmero, con devoción tan perversa. No obstante, estos prohombres que nos desalientan son capaces de todo excepto de conseguir un gobierno estable. Los tres líderes nucleares (Iglesias se disgrega a poco, si no lo está ya, cual materia de heterogénea conformación) dicen huir de nuevas elecciones faltos de confianza. Observamos, pese a manifestaciones convencionales, notables discordancias entre obra y pensamiento. Los acontecimientos desmienten esa dialéctica falsamente esperanzadora, sin muchas expectativas, ya que Cronos destapa la invalidez de tan tenues mensajes.

Ramiro de Maeztu sentenciaba: “Las autoridades son legítimas cuando sirven al bien, cesan de serlo al cesar de servirlo”. Políticos y comunicadores afines, calculadores, siembran semillas contaminadas en el barbecho social. La legitimidad democrática, proclaman, se determina por el voto ciudadano. Cierto, pero el gobernante no queda investido por él sin acotaciones ni matices. Maeztu, acertadamente, deja al descubierto una verdad a medias, bastarda, que es mentira afrentosa. El elector constituye parte alícuota del sistema, por tanto de su legitimación. Quien lo vertebra, lo afianza o constriñe, es el político con su actividad diaria. El ciudadano de a pie carece de armas para enfrentarse a los desenfrenos o excesos del poder. Todo atributo pierde su temple al cometer un atropello, ora a conciencia ya por error. De igual modo, quien abandona su vigilia bienhechora adultera toda legitimidad adosada a una servidumbre, jamás don privativo. Estamos viviendo la fase en que las siglas, sus líderes notorios, atesoran excesivos abandonos a la hora de afanarse por el bien común.

Considero a Rajoy principal responsable del bloqueo institucional. Pasado un mes de las elecciones, no antes para saciar la urgencia que dice haber de constituir gobierno, inicia los contactos con Sánchez y Rivera. Les proporciona un programa ambiguo, pobre, para su examen con el objetivo de llegar a acuerdos que le permitan la investidura y posterior gobierno. Según parece, el ofrecimiento carece de entidad; por consiguiente, de auténtico  interés para llegar a pactos sustanciales, desbloqueantes. Sospecha, con firme cimiento, que el PSOE quedaría muy mermado en una nueva cita a las urnas. Por el contrario, el PP rozaría la mayoría absoluta y aupado por Ciudadanos, si fuese preciso, le permitiría un gobierno estable y duradero. Lo sabe. Supone el argumento para exprimir al PSOE inicuamente hasta la saciedad. Maldad y  triquiñuela que perjudican la economía nacional. De ahí, esa demanda obcecada, renuente, al compás, de su jubilación. Estoy de acuerdo, Rajoy debe dejar paso a alguien menos nocivo, más evidente, sin aristas.

Sánchez, lo he sugerido en varias ocasiones, desde aquel “pactaré con todos a excepción de PP y Bildu” debería haber dejado paso a otro secretario general sin lastres sectarios. Hoy, tan arraigado NO -amén de recurrente, incisivo, inmovilista- debiera tornarse parlamento, arreglo necesario, patriótico; en definitiva, abstención que desbloqueara esta actitud absurda, límite. Desde hace tiempo disfrutaríamos, es un decir insensible, de otra legislatura algo renqueante, en este caso, pero efectista. Sánchez y equipo cercano han dado motivos sobrados para tornar a sus antiguas ocupaciones. Don Pedro viste traje ampuloso, enorme, tanto que le proyecta una figura cómica; en ocasiones, trágica. Ruego que haga una introspección rigurosa, exigente; dé una oportunidad a su patriotismo y abandone en aras al bienestar ciudadano.

Albert Rivera, dentro de ese dar palos de ciego mejor o peor fundamentados, quizás sea el único que escapa al juego de las medias verdades para justificar arrogancias cuando no cegueras dañinas. Al parecer no le afecta ningún desasosiego ni inquietud cercana al paroxismo, al suplicio emocional, a ese sinvivir casi místico. Contradice, o le rebasan, las palabras de Tácito: “Para quienes ambicionan el poder, no existe una vía media entre la cumbre y el precipicio”.

 

viernes, 29 de julio de 2016

ÉTICA DE BOLSILLO


Las llamadas ediciones de bolsillo se caracterizan por una manufactura ramplona, precaria, insustancial. La baja calidad remata todo el bloque haciéndolo casi exclusivo para economías disminuidas, carentes; asimismo individuos vulgares. Constituyen ese grupo de objetos cuya característica específica viene determinada por el atributo poco decoroso de “usar y tirar”. Papel reciclado, amarillo, impuro, franquea la puerta del libro -compendio de caracteres inelegantes, restrictivos, astrosos- siempre colocado en paneles semiocultos, vergonzantes. Llevan el demérito dibujado ya en una cubierta antiestética, pobre, repleta de incuria. Conforma la avidez lectora de quien anda escaso de recursos o exhibe miseria abundante, y no solo financiera.

Llevados por modernas interacciones típicas de las sociedades actuales, utilizamos sustantivos a los que podríamos añadirles un apéndice común: de bolsillo. Así, políticos, “intelectuales”, artistas (quizás titiriteros), comunicadores, carecen de grandeza, de crédito, aun de dignidad; son individuos de bolsillo en su comparecencia dentro del panorama nacional. Casi amorfos, exhiben materiales ajados, sin brillo, nada originarios ni particulares. Me recuerdan buñuelos insípidos, asemejados a esa inutilidad que la gente de mi pueblo, metido de lleno ahora en fiestas patronales, denomina con cierta repulsa agua de borrajas. No es lo peor que sectores comúnmente bien valorados atesoren un notable grado de descrédito; no, es mucho más punzante que ciertos comportamientos fundamentales en sociedades sanas, adquieran últimamente textura de bolsillo. Enfatizo el ético.  

Sí, los tiempos que corren son ricos en incautos, en retóricos de provisiones éticas que jamás superan los límites que marca una palabrería tan hueca como propagandista. A lo sumo, desmenuzan iniciativas unidireccionales, maniqueas, que guardan el equilibrio procedente de leyes ad hoc. En este laboratorio caótico, lucrativo, cada cual padece los inconvenientes o ventajas a que lleva la incongruencia doctrinal. Esta izquierda, mal llamada progre, acapara -en su mayor parte- loas, impudicia e impunidad. Parecieran acreedores de una sociedad que malvive gracias a sus desvelos. Ignoro si tan asombroso agasajo, la falsa honradez que se atribuye de forma expresa, puede ser causa o consecuencia de tan absurda reputación. Colabora el dogmatismo de muchos y la estulticia de  una mayoría.

Podemos -ese partido con vocación populista, totalitaria, tal vez debilitada por paradójicos o estudiados fantasmas disgregadores- ha contaminado la vida política española marcando líneas de exquisitez ética que luego traspasa sin “perder” un ápice de pulcritud. Encima trastocan el protagonismo de episodios vergonzantes. Proclamaron que caminar bordeando la ilegalidad debiera suponer una dimisión inmediata como peaje político. Luego, Errejón, Monedero, Rita, Zapata y un largo etcétera hicieron sayos de aquellas capas dimisionarias. El mismo Iglesias, con sus intenciones sobre la señora Montero, y Echenique, burlando a la Seguridad Social, se han ciscado en sus propias exigencias moralizantes. Si presumiblemente feos, livianos, fueron algunos procederes, su justificación excede la esfera del esperpento. Vean si no. Bescansa, refiriéndose al caso Echenique, dijo: “Es vergonzante que se utilice la precariedad de los trabajadores domésticos como argumento contra Echenique”. Señora socióloga, ¿somos de verdad tan imbéciles? Sin comentarios.

Medio año después, los modos políticos tras dos elecciones abonan la ética de bolsillo. Aparentemente nadie quiere terceros comicios pero tampoco ninguno persigue evitarlos. Sumergidos en un sangrante problema territorial, ahogados por el tsunami económico europeo, unos y otros aparecen inmóviles ante lo que apunta un horizonte próximo. Rajoy, el roqueño, sigue esperando a la puerta el cadáver de Sánchez. Este quiere retrasar su sepelio e incordiar al presidente en funciones aparentando que estudia las probabilidades de  un gobierno imposible. Rivera, estratega autolesivo, anda acariciando no se sabe qué. Otra hipotética confrontación electoral le dejaría patitieso. Podemos, pese a la extraordinaria puesta en escena permanente, ni pincha ni corta. Es un brindis al sol, favorecido por la coyuntura, el dogmatismo, la mediocridad y el despropósito.

Decía Aristóteles: “Nuestra actuación no es correcta porque tengamos virtud o excelencia, sino que las tenemos porque hemos actuado correctamente”. Significa que la ética no es apriorista como proyectan imponer prohombres de izquierdas. Basados en esa falacia autocomplaciente, El País ha publicado un manifiesto firmado por cuatrocientos cincuenta “políticos, hombres de la cultura, intelectuales y activistas” cuyo contenido dice así: “Necesitamos otro gobierno que revierta los recortes, defienda la sanidad y la educación pública, los derechos laborales, la cultura, la ciencia y el medioambiente. Necesitamos otras políticas que acaben con la desigualdad, castiguen ejemplarmente la corrupción y pongan fin al deterioro democrático”. Fantástico, fantasioso, falso. En Unidos-Podemos es axiomático, el PSOE demostró su ineficacia hace algunos años. El tal mensaje irradia infantilismo, incoherencia, sombrío reclamo. Delata también un brote relevante de ética de bolsillo. 

 

viernes, 22 de julio de 2016

SABLAZOS Y CONFUSIONES


 

Hace años leí una información curiosa, chocante. Aseguraba que en cinco generaciones la propiedad familiar pasaba al Estado. Tal aserto implica sometimiento a un Estado mezquino, confiscatorio; es decir, a la requisa arbitraria del patrimonio privativo. Mi experiencia, más allá del imposible cotejo personal, confirma la certidumbre total de dicho presupuesto. Verán. Tres años atrás realicé la reforma de un almacén heredado para evitar el desplome de su techumbre. Ayer recibí escrito del catastro advirtiendo un nuevo apunte basado en suelo y construcción. Vaticinaba aumento impositivo con el agravante de que dicha diligencia costaba sesenta euros, cuyo pago debía hacer efectivo en agosto.   

Acepto que el local haya aumentado su valor y pueda usarse con seguridad. Tenía dos opciones: dejar que la cubierta cayera al suelo o sanearla para evitar peligros potenciales a cualquiera. Hice lo segundo. Si se hubiera producido un derrumbe, el valor del edificio -o sea, el bien patrimonial- sería menor. ¿Vendría recogida tal alteración en este trámite? Creo que no; al menos no conozco ningún caso. Prácticas paralelas constituyen un soterrado aumento de impuestos sin variar el tipo de gravamen. Así pueden propagar, con medias verdades, que no sube (e incluso baja) la fiscalidad. Imagino a muchos de mis amables lectores víctimas de parecidos arbitrajes.

Cuando hacemos la declaración del IRPF, se computan los rendimientos del trabajo, capital inmobiliario y capital mobiliario. ¿Por qué, entonces, sufragamos cargas de bienes adquiridos con dinero libre de impuestos si no se obtiene rentabilidad alguna? Parece, pues, evidente que la ley es injusta, ladronzuela; de difícil ensamblaje en un país democrático. En definitiva, como tantos otros preceptos y normas, son recaudatorios, caprichosos, amén de  bordear el sablazo o asalto trabuco en mano. Quien sea responsable de este escenario, llámese como quiera, asimismo adscrito a cualquier sigla política, podríamos denominarlo -sin un ápice de exageración ni pecado- José María El Tempranillo.

Cambiando de tema porque el guión lo exige, la investidura de Rajoy -unida a la formación de gobierno- parece ir para largo. Unos y otros actúan cual ritual carente de entidad, un abalorio democrático. Decía el clásico: “Debemos establecer nuestras metas, luego aprender a controlar nuestros apetitos. De lo contrario, nos perderemos en la confusión del mundo”. Tras cuatro años sin clarividencia ni criterio, faltos de toda creatividad, llevamos siete meses inmóviles, paralizados por tactismo espurio, perverso. Precisamos un formidable impulso para evitar agarrotamiento o, peor todavía, caer de forma irreflexiva en nefasto y dispendioso acomodo. Los ciudadanos vemos incrédulos las barreras que levantan por detalles grotescos, tal vez grandes dosis de personalismo ruin, indigno. ¡Cuánta paciencia, señor!

El PP -es decir, don Mariano- como siempre especulando, ralentizando el metrónomo, deja que los demás disparaten y luego él recoja frutos ilegítimos. Le salió bien la jugada con Zapatero. Caso contrario, hubiese constituido una burla inmisericorde del fatídico presidente o extravagancia juguetona de un azar absurdo. Desde entonces, anda errante, no da una. Ocurre, sin  embargo, que suma votos, conexiones, por aquello de vale más malo conocido que bueno por conocer. Tan vaga estrategia presenta un inconveniente espinoso: puede tener un final fulminante, definitivo. Rajoy está ya en puertas porque le supera la intransigencia acumulada durante su mayoría absoluta. Necesita elasticidad, indispensable para aglutinar programas y suscribir pactos.

Pedro Sánchez juega aventuradamente al enfrentamiento doctrinal que existe solo en su mente fanática. Asesorado por indigentes, se juega más que el futuro personal -bastante agitado- el del PSOE y, sobre todo, el de España. Aun considerando su responsabilidad en una alícuota parte, la obcecación puede llevarle al lance de otras elecciones con un resultado previsible. Actitudes displicentes, además de estériles, suelen cosechar efectos letales para quien las exhibe con excesiva asiduidad. Ignoro qué motivo le ha llevado a preferir un camino que le lleva a ninguna parte. Acaso Podemos sea su fantasma, el ara onírica. La realidad podemita, empero, dibuja un gigante sin vértebras, una sombra chinesca y sobrecogedora.

Pese a todo, quien suscita más confusión entre el personal es Albert Rivera. Ciudadanos, partido que a futuro debiera ser la llave de cualquier gobierno, se obstina en renegar de su acervo político mostrando una inacción incomprensible. Falta de flexibilidad, junto a vetos preventivos, seguramente le suponga un peaje cuantioso, mal cuantificado. Mostrarse harto exquisito ahora resulta paradójico respecto a otras razones y ámbitos. Rivera avienta una incoherencia verbal decepcionante, fomentando la duda de esa moderación que implica ocupar el centro. Ve hábitos corruptos, lastres legendarios, antañones, cuando su única vigilia debiera ocuparla hogaño esta sociedad. Ahí, no repartiendo donosuras retóricas, encontrará el auténtico espaldarazo político.

Decía Anne Austin que la confusión es un signo muy sutil de paranoia. En efecto, nos envuelve una bruma palpable de osadía -quizás aturdimiento intelectual y movilidad vacilante- aledaña al estadio catatónico. Nadie puede llamarse a escándalo o extrañeza. Tanta confusión, si no se corrige la trayectoria, confirmará el dicho popular: “Entre todos la mataron y ella sola se murió”. Sirve de poco protagonizar un papel de ingenuo lanzando a medio mundo culpas y al resto amenazas. Pagarán esa prepotencia estúpida de que hacen gala anteponiendo pruritos pueriles al bienestar nacional. Más que augurio, la última afirmación es una sospecha, un aviso a navegantes.

 

 

viernes, 15 de julio de 2016

MISERABLES, HISTRIONES Y MOSTRENCOS


Alejado de dogmas, escaso de fe, racionalista y agnóstico, debo confirmarme en el sentir católico para -piadoso a fuer de humano- marcar la frontera de toda conducta civilizada que impida caer en los excesos reclamados por la parte más primitiva de mi ser. Se me ocurren bastantes epítetos gruesos que definirían mínimamente a quienes mancillaron rabiosos el twitter, ese moderno impulso de socialización y convivencia puesto por la técnica. Freno arrebato tan inclemente porque quiero conservar como valor insuperable la compasión al vil. Víctor Barrio, su muerte, alumbró ese recelo temible y sobrecogedor: la creciente podredumbre del individuo. Cada cual puede tener los gustos e ideas que apetezca, siempre supeditados a los de quienes se agrupan bajo el término prójimo. Mal podemos exigir respeto y derechos cuando carecemos de recíproca respuesta. A mayor vergüenza, dice ser gente defensora de la dignidad del individuo, del ser vivo; gente rodeada por una aureola de superioridad moral tan falsa como su propia naturaleza. Pregonan un mundo mejor, fraterno, pero enseñan una patita sectaria. Me pasma, finalmente, el umbral perceptivo de quien asegura ser profesor. Pavoneado y diabólico sujeto. Miserables.

Tras siete meses sin gobierno real, dos exposiciones de mascarada política y años de miseria material y moral, seguimos esperando alguna iniciativa sensata, esperanzadora. Desde el primero al último advierten la urgencia de modelar un gobierno estable que dé respuesta a las perceptibles incertidumbres existentes en el suelo patrio. También a aquellas que se otean en el horizonte europeo por un optimismo alocado junto a falacias endémicas en tiempos de ceguera electoral. Los expertos gestores de cuentas públicas saben lo difícil que resulta maridar entusiasmos monetarios con déficit. Sin embargo, víctima de las apariencias, del escaparate, de la dialéctica fraudulenta, Rajoy se vio obligado a bajar los impuestos mientras aumentaba el gasto. Como consecuencia, ha disparado el déficit comprometido y ahora Europa pretende transferirnos al camino correcto previo pago de dos mil millones de euros. El refranero, obligatoria enciclopedia popular, recoge tan lamentable escenario: “A perro flaco, todo son pulgas”.

Pese al peaje, imputable al PP (el PSOE hubiera obrado igual en parecidas circunstancias), don Mariano ralentiza al máximo -sin que se oigan voces discrepantes- la constitución del nuevo gobierno. Pareciera confirmar el tópico: “vísteme despacio que tengo prisa” pero sin aparentes prioridades cualitativas; así, pura languidez. Ayer, día trece, pasadas dos semanas del escrutinio, quien debe propiciar los contactos esbozó modestas ideas generales que examinarán partidos constitucionalistas al objeto de pactar aquellas medidas que conviniera lograrse en la legislatura. Es decir, llevamos quince jornadas perdidas y lo que te rondaré morena. Es la prueba palpable del interés que les despierta el ciudadano, aunque se desgañitan en afirmar lo contrario. A mí solo me sirven y convencen hechos. Las palabras suelo relegarlas mientras archivo, metafóricamente hablando, ciertos eslóganes como arquetipos de cinismo e indignidad.

Hoy, cualquier cadena de televisión recupera aquel viejo programa Estudio 1 (espléndido nutriente cultural) centrado en la difusión del teatro. Noticieros, debates e informes ponen de manifiesto, ahora, las increíbles dotes histriónicas de los principales líderes políticos. Nadie como ellos interpreta, con excelentes facultades pero resultado incierto, el papel encomendado por esta democracia representativa. En ocasiones, dudo si dicho adjetivo implica delegación del ciudadano o comporta simple vocación dramática, tal vez bufa. Me lleva a ello mi escepticismo y el carácter polisémico de nuestro rico idioma. Todos saben qué ocurrirá si fracasa la conformación del gobierno pero prefieren a toda costa salvaguardar un futuro electoral, más o menos cercano. ¿Por qué afecta tan poco a Rajoy que el nuevo ejecutivo empiece cuanto antes a reparar parte del desaguisado atribuido a él mismo? Se regodean en un importuno diálogo de besugos al tiempo que retardan hincar el diente a esta situación infecta. Huele y ellos lo notan. Dan muestras claras de querer construir una absurda voluntad popular. Viejos recuerdos me arrastran al periodo militar -medio siglo largo-donde abundaban órdenes sin sentido para someternos a irracional disciplina. ¿Hemos cambiado? Si acaso, poco.

Sánchez presiente que él no conseguirá gobernar y juzga que Rajoy no puede obtener mayoría absoluta porque le es imposible apoyarse en los partidos nacionalistas. Asimismo, dice no querer otras elecciones. ¿Entonces? Sigue, testarudo, erre que erre en su negativa; contrahecho, perplejo. Mostrenco indica indefinición, imprecisión. PSOE y Ciudadanos presienten que un gobierno débil, en minoría, acapara un lastre definitivo para sacar a España del marasmo económico, laboral y territorial que le amenaza. Cierto que los socialistas han de nadar y guardar la ropa, más si no descabalgan a Podemos del poder, y Ciudadanos tiene que andar con pies de plomo. Pese a lo dicho, Ciudadanos debe entrar en el gobierno poniendo al PP duras y publicadas condiciones. El PSOE, a su vez, se ve obligado a vender cara su abstención para pasar a una oposición exigente y constructiva. De esta forma, tales partidos se fortalecerán compartiendo el éxito que deseamos para España y los españoles. Cualquiera comprende estos argumentos y la urgencia de tomar decisiones ¿verdad?, pues ellos siguen sumergidos en la mostrenca vaguedad. Benditos estrategas.

A veces, los tratamientos tienen un carácter simple, no simplista. Para ello, es preciso abandonar conductas exclusivas de histriones y mostrencos.

 

 

viernes, 8 de julio de 2016

UN PAÍS DE CANTAMAÑANAS


Se denomina coloquialmente cantamañanas a quienes se comprometen a hacer cosas que son incapaces de realizar. Revelan ciertos atributos específicos como mostrarse fantasiosos, informales e indignos de crédito. En mi pueblo, además, les adosan un carácter de artificial osadía, farruco, matón. Nuestras villas e Instituciones rebosan de esta fauna humana tan infravalorada respecto a su contaminación social. Sí, son individuos poco productivos, malsanos, a la hora de confluir esfuerzos. Su informalidad rompe cualquier atisbo unificador, potencialmente meritorio. Es probable que alguien, cercano o comprensivo, vea en mis reflexiones una intención vejatoria o un insulto incómodo, nada cercanos a mi proceder. Me viene a la memoria, en parecidos términos, la anécdota que le ocurrió a Valle Inclán con una autoridad pública. Cuando el autor visitaba una comisaría (lugar de cita frecuente), definió al comisario asignándole un epíteto que afirmaba la duda sobre su capacidad intelectual. El funcionario le espetó: “oiga, sin insultar”, a lo que el libertino escritor respondió: “no es un insulto, es una definición”. Pues eso.

El primer, rumboso y multitudinario cantamañanas es el ciudadano. Tenemos sobrados motivos para aflorar sentimientos de aversión a cualquier sigla sin salvedad. ¿Debemos reconocer elementos positivos, no obstante, en algunos momentos de su oficio político? Sin duda, pese a que los últimos años se ven muy ensombrecidos debido a ineptitudes, falta de visión nacional y corrupción generalizada. Es, pues, justo que haya un desapego total. Las quejas se multiplican por doquier, siendo corriente oír conversaciones poco misericordes para el conjunto de políticos sin excepción. Escuchar estrictos propósitos de abstenerse viene a ser el pan nuestro de cada día. Luego, se vota con la nariz tapada. ¿Hay mayor prueba de informalidad? Calla o cumple. Queda así constatado que somos una nación de cantamañanas. A tenor de las barbaridades que se airean sobre esa casta privilegiada (para a renglón seguido constreñir la ira), lo somos en sus más amplias acepciones, incluyendo ese tinte tabernario de mis paisanos.

Advierto, asimismo, que mis críticas siempre apuntan al político, jamás a la dualidad sustantiva objeto de su fundamento y que -pese a la vulgar amalgama- son diferentes cuando se someten a sentencia moral. Rajoy, contra lo dicho por diferentes voceros, mengua respecto a los compromisos adquiridos, bien debido a previas limitaciones bien debido a onerosas coyunturas externas. Enumerar incumplimientos de todo tipo (no solo económicos) sería largo. Menos tiempo nos llevaría citar lo concluido. Desde mi punto de vista, y en verdad, ninguna propuesta ni compromiso puede registrar su haber. Atesora una estrategia de inacción, de desgaste. Cuando es urgente formar gobierno, promueve las reuniones demasiado tarde. Parece vislumbrar otras prioridades previas, excusando la claque su inercia estática con esa salida talismán de jugar acertadamente los tiempos. Muestra incapacidad e inconsistencia políticas. Rajoy es un cantamañanas.

Mientras España está cansada, exhausta, Pedro Sánchez -irresponsable- rebaña una semana de vacaciones. Dicha actitud se ha de valorar más como síntoma que como necesidad. Al socialista parece importarle un bledo este escenario caótico, lamentable, donde demasiada gente malvive rodeada de privilegiados con excesivos fueros, deudores, inmunes e impunes. El PSOE se desgañita venteando un siglo de existencia, una labor impecable en pro del individuo huérfano de fortuna, un partido con pedigrí social, luchador y solidario. Obras son amores y, desde Zapatero aquí, han sustituido la acción por fraudulentos eslóganes tan vacíos como muchos de sus líderes. Ambiciones personales, a lo sumo partidarias (que termino por descartar), con la colaboración inestimable de otras siglas, están pergeñando una parálisis gubernativa de consecuencias graves, incalculables. Es la segunda vez que destapan una indigencia política aterradora. Siguen empeñados en despeñar su partido por el precipicio de la incomprensión. Saben, peor si lo ignoran, que Sánchez no puede presidir el ejecutivo sin consecuencias letales. Rozando el suicidio colectivo, siguen empeñados en ello. Sánchez y su legión adyacente conforman un grupo especial de cantamañanas.

Albert Rivera, antes, en y después de la campaña electoral, dio señales claras de soberbia innecesaria ni como táctica. Su talante, al menos, parecía el de un cantamañanas más. Ha manifestado errores tangibles, no sabemos si debidos a alegrías inoportunas o ligerezas de ardor juvenil. Me ha sorprendido negativamente mi político de cabecera, el mejor valorado, mi favorito. Si me defrauda a mí, qué no ocurrirá con sus votantes. Mal, muy mal. De él se esperaba algo importante, decente. Cuidado con el fiasco. No se debe ser más papista que el papa. Verdad que hay mucho por retocar, pero con sensatez y humildad; sin enmiendas inflexibles.

Pablo Iglesias instaura la personificación del cantamañanas conceptual. Quimérico, novelero, farsante, farruco, junto a otros atributos perniciosos, conforman un personaje que malcubre su entraña doctrinal emanada inconscientemente. Autócrata de vocación, compensa todos los vicios antidemocráticos, totalitarios, con una capacidad histriónica sin igual y con un excelente don comunicador. Tanto que es capaz de seducir con buñuelos de viento a cinco millones de españoles, no todos necios. ¿Para qué extenderme más?  Él es Podemos y viceversa. A ver quién le contraviene.

Los poderes legislativo, ejecutivo y judicial son incapaces, pese a sustanciosas sentencias, de poner coto al antojo absurdo e ilegal de los políticos (digo bien, políticos) catalanes. El Estado español, vertebrado democráticamente en sus tres poderes, hasta ahora también es un cantamañanas.  

 

viernes, 1 de julio de 2016

GILIPOLLECES Y EMBUSTES QUE SE REVELAN EVIDENTES


Pido disculpas por el primer vocablo del epígrafe. Sé que la incorrección, malquerida del análisis, difumina las razones aportadas al debate. Pensé cambiarlo por sandeces pero entonces su autor sería un sandio, voz demasiado cálida, cursi e imprecisa para los merecimientos atesorados por el tuitero cuyo nombre prefiero callar. Cuestión de higiene. El desatinado de marras dejó escrita esta excrecencia: “La esperanza de la izquierda española es que mueran todos los viejos de mierda que todavía votan”. Sin comentarios. Lo malo del mensaje no viene dado por la sutileza y originalidad de semejante genio sino porque parece confirmar la existencia de una instruida línea de choque. Presuntamente ubicados bajo el ala protectora del politburó podemita, otros oscuros personajes achacaron el desastre de Podemos a los medios franquistas (¿todavía existen?), a los viejos y a los paletos. ¡Qué exquisitos! Cercanos al colmo del desbarre, algunos “intelectuales”, afines a la histeria, agitan el rancio espectro del pucherazo. Como puede comprobarse, además de firmes convicciones democráticas, tales individuos -anclados en el siglo XIX, vetustos y anacrónicos enemigos del bienestar y las libertades- tienen arrestos, amén de jeta, a la hora de poner etiquetas e inventar culpables de sus delirios o afanes para conseguir un placentero y lucrativo empleo. Estos aventureros, buscavidas, son carcas extemporáneos antes del éxito y después del fracaso.

Nuestros políticos, que soportamos y sufrimos con excesiva delicadeza, andan escasos de probidad. Renuncio a sintetizar los vicios porque son numerosos e innegables; quizás tantos como aquellos del pueblo que los distingue y abastece en el más amplio sentido. Previo al 26 J, todos anteponían intereses partidarios, asimismo personales, a los del conjunto. Bien por discreción bien por inoperancia (tal vez por cálculos rastreros), pasados varios días del recuento -de regocijo vencedor o tribulación que produce toda derrota- aparecemos encallados entre el estatismo táctico de unos y la testarudez inercial, maléfica, de otros. Como dirían en mi tierra: “pasan días y la casa sin barrer”. Opino que, desperdiciados seis meses, España no está para iniciar tartamudeos cuando urge estudiar salidas sensatas para este país medio desahuciado. Sin embargo, ellos tensan la cuerda. Rajoy, exigiendo su derecho a gobernar; Sánchez, negando el pan oculto él tras un biombo que asegura ideológico; Rivera, empeñado en despreciar la argamasa que le ha unido a un electorado afecto a Rajoy pero alejado de él por cobijar corruptos. Iglesias, estrellado, roto, ya no cuenta.

Rajoy, digo, tiene en el apartado del débito una cuenta pendiente con los españoles, sobre todo, con la clase media por él proletarizada y que, paradojas de la vida, le ha servido para dar una patada al PSOE utilizando la bota de Podemos. Avizora, pese a todo, un camino difícil. España necesita gobiernos vigorosos, consistentes, estables, que completen las legislaturas sin contratiempos ni estridencias. Demanda amplios consensos para regenerar la democracia, cambiar la ley electoral y apuntalar otros conciertos de índole nacional. Sé que tales deseos entran en conflicto con partidos nacionalistas e independentistas, por eso es imprescindible el apoyo de un PSOE capaz de volver al rumbo que le hizo grande. Puestos a priorizar, sería preferible sentar las bases programáticas de un nuevo Estado, aunque en dos años hubiera que repetir elecciones pero ya bajo una única circunscripción electoral al Congreso (cámara de representación nacional). Se recuperaría de nuevo el bipartidismo junto a una sigla mediadora, elementos básicos de un país moderno que mira al futuro con esperanza e ilusión. Veremos si PP, PSOE y Ciudadanos son capaces de protagonizar los cambios esenciales para recuperar la verdadera democracia sin movimientos espurios ni pretensiones insolidarias. Al mismo tiempo, cimentarían la tumba de Podemos y sus renovados sueños ochocentistas. Yo, volvería a creer en los políticos y abandonaría de mil amores mi abstencionismo recalcitrante.

El PSOE, insisto, se jacta de airear que el español ocupa un lugar de privilegio en sus desvelos políticos. Ahora mismo demandamos la convergencia apremiante de las siglas constitucionalistas. Los numerosos problemas económicos, territoriales e institucionales, precisan la confluencia de todos sin matices ni condiciones bloqueantes. A pesar de ello, el secretario general, su ejecutiva, siguen empeñados en el no. Les puede ese sedimento frentista que daña a ellos y a la sociedad. Se empeñan en levantar barreras inexistentes fuera de nuestro país. Es prueba indiscutible de desahogado aldeanismo junto a un grave error estratégico. Al PSOE, frente a voces contrarias e interesadas, solo le queda una solución: romper los pactos con Podemos, diferenciarse de ellos y exigir al PP compensaciones partidarias y compromisos que redunden en el bienestar ciudadano. Mientras, operar un saneamiento ineludible, ofrecer al pueblo las bondades del nuevo partido y esperar tiempos mejores. Lo contrario significaría provocar su desaparición del mapa político español.

Ciudadanos, ahora sosias del PSOE, lleva tiempo cometiendo yerros de bulto que le pueden llevar inexorablemente a frustrar el papel que los nacionalismos excluyentes han dejado sin suplencia. Rivera debe pactar y exigirle a Rajoy cambios sustanciales. Tras esta medida prioritaria, entrar o no en el futuro gobierno es secundario. Yo, entraría. Haya o no acuerdo, Ciudadanos tiene que dejar clara su determinación para que se sepa con certeza quien debe cargar los costos de unas terceras elecciones, incluyendo al PSOE. Queda airoso sostener que se pugna por los intereses del contribuyente y luego no arrimar el hombro en situación tan preocupante. Cuando la sociedad se ve amenazada por este escenario tan insólito, nadie debiera invocar discursos insustanciales, evasivos. Excusas, las justas

Por justicia compensatoria (PP ha gobernado doce años y PSOE veintidós) el socialismo precisa transformar su arrebato de echar a Rajoy del poder e iniciar una contribución incondicional al Estado de bienestar social. Todavía no se encuentra con el crédito necesario para enmendar la plana a la labor del actual ejecutivo. Los resultados electorales así parecen indicarlo, aunque la pléyade de exégetas socialistas haga una lectura a propia conveniencia. Hay gente que enloquece haciéndose trampas en el solitario.

viernes, 24 de junio de 2016

LAS DINÁMICAS SOCIALES Y LOS TIEMPOS


Quien siga mis lucubraciones políticas materializadas en sendos artículos semanales, sabe que la libertad -desde mi punto de vista- conforma el distintivo fundamental del ser humano. Por esta razón me enfrento al poder, cualquiera que sea su naturaleza. Reconozco solo la soberanía popular (lo que surja de ella, con los matices precisos) en relación al individuo, jamás al grupo. PP, PSOE y Podemos, siglas claves en los gobiernos patrios, me parecen acreedores de análisis severos, inmisericordes. Encajo a Ciudadanos al margen, de momento. Sin embargo, pese a esta salvedad, no me merece suficiente confianza para quebrantar el abstencionismo recalcitrante y bien argumentado que ejercito. Tampoco votaré a Ciudadanos. Semejante actitud constituye el peaje único para estos políticos ineficaces, farsantes y corruptos, cuando no totalitarios.

No hace tanto, en un auditorio de jóvenes comunistas, le preguntaron a Pablo Iglesias qué le importaba más la propaganda o la educación. Su respuesta fue: “Primero la propaganda, luego controlaremos el Ministerio de Educación”. Realzo el vocablo “controlaremos” porque tiene evidentes visos totalitarios, según nuevo estilo, si no tiránicos. Tal respuesta, mitad goebbelsiana mitad gramsciana, debería causar más espanto que hecho y contenido de las grabaciones a Fernández Díaz, ministro del interior. No obstante, aquella ha sido silenciada mediáticamente mientras esta servirá de “comidilla” hasta el domingo. Semejante marco conduce al convencimiento de que existe una caterva de periodistas dogmáticos, sectarios o, en expresión de Cadalso, eruditos a la violeta; es decir, proclives a la incompetencia.

Gramsci, de quien la élite podemita es convencida gregaria ideológica, mantenía que el poder se consigue a través de una hegemonía intelectual y moral dentro de un plano universal. Afirmaba, en los albores del siglo XX, que el grupo hegemónico debe “liquidar” o someter -incluso con la fuerza armada- a los grupos adversarios y dirigir a los afines. Añadía que este grupo debe ampliar su base aglutinando todas las energías nacionales mediante compromisos equilibradores. Por último, juzgaba la escuela y los tribunales como principales órganos de producción hegemónica. Cualquier lector reflexivo se dará cuenta enseguida de que Iglesias y su guardia pretoriana siguen al pie de la letra tan antañona estrategia. Podemos, sigla capital, anexiona multitud de grupúsculos radicales que se someten a un líder salvador, mesiánico.

Concedo una mínima posibilidad, en la práctica ninguna, de que estas doctrinas nazi-totalitarias puedan conseguir el poder en nuestro país por dos razones. A principios del pasado siglo había una Europa occidental, asimismo noroccidental, democrática. Existían también dos imperios medio feudales (Prusia y Autro-Hungría) y otro feudal (Rusia). Poseían una nobleza real o terrateniente junto a un proletario-campesinado menesteroso. Constituía el escenario ideal para experimentar soluciones supuestamente democráticas y que sirvieron para extinguir gobiernos tiránicos y gestar otros de mayor crueldad. Ahora, toda Europa está formada por una clase burguesa, más o menos pauperizada, que ha sustituido al viejo proletariado. La otra razón incuestionable es el fracaso económico (muy influyente en los Estados de bienestar), social e institucional de tales ideologías. Tenemos a Portugal y, sobre todo, a Grecia como ejemplos destructivos, inocultables, incómodos, de gobiernos progresistas a los que tanto ensalza Sánchez. Callo los países hispanoamericanos y asiáticos. No obstante, y a fuer de sincero, reconozco que nos estamos volviendo insensatos, locos.

Pese a lo dicho, todavía existen políticos seducidos por quimeras o, peor aún, anhelos psicóticos. Pedro Sánchez, entre achispado y cadáver, continúa con peligrosas alucinaciones. Insiste en no facilitar la presidencia a Rajoy ni a Iglesias. Acaso piense renovar el pacto PSOE-Ciudadanos para conseguir a posteriori la abstención de uno u otro. Temo que Mariano no esté por la labor y Pablo, olvidada aquella oferta de echarse a un lado si fuese preciso, menos. ¿Quiere terceras elecciones? Asegura que no, pero sus palabras difieren de sus intenciones. Suponiendo que al terminar el escrutinio no dimita, voluntaria o involuntariamente, tiene dos opciones: apoyar a Podemos y acarrear la desaparición del PSOE o abstenerse, imponiendo duras condiciones, para que gobierne el PP, solo o en coalición con Ciudadanos. Esto o nuevas elecciones.

A falta de un día para que termine esta tediosa pesadilla, PSOE y Ciudadanos avientan culpas al PP de realizar una campaña polarizada. Culpable de ella, y de su nula credibilidad cuando hostiga a Podemos, la tiene Sánchez por legitimar a esta izquierda radical, populista, como una izquierda fiable. Mientras no rompa los pactos municipales y autonómicos, Podemos tendrá un poder legítimo, legitimado, que castigará al PSOE una vez perdida su pátina socialdemócrata. Ignoro qué ocurrirá el 26 J porque los movimientos sociales, aunque los tiempos son muy distintos a aquellos que perfilaban a Gramsci sus lucubraciones doctrinales, son impredecibles. En cualquier caso, lo realmente esclarecedor comenzará al día siguiente.

Si un ateo sustentara su filosofía de vida en la moral católica, me produciría sorpresa e hilaridad. Si un populista, más o menos embozado, disfruta propagando democracia y transparencia, a mí -defensor de la libertad individual- me causa pavor porque avisto un lobo con piel de cordero. Huyan de comunistas que se dicen demócratas y patriotas.

Elaborado el artículo, me levanto con los resultados del referéndum inglés. Observo una huida hacia adelante del ciudadano europeo, incluyendo los presuntamente más cultos y juiciosos. Nacionalismos insolidarios, ultraderecha, populismos y otros movimientos radicales, intentan cambiar el statu quo, al menos en toda Europa. Tanta frivolidad debería preocupar, aunque sea natural esta respuesta a políticas tan nefastas que han traído el aturdimiento de las clases medias aburguesadas, amén de una depauperación de difícil vuelta. Vislumbro un periodo de desequilibrios generalizados y un futuro en verdad alarmante.

 

 

viernes, 17 de junio de 2016

BREVE ANTOLOGÍA DEL CUENTO PATRIO


Acostumbramos a pensar que entre singular y plural media solo un número, una medida. Sin rechazar semejante razonamiento, existen además diferencias notables de concepto. El epígrafe incluye un vocablo que recoge ese rasgo: cuento. Si el titular fuera, en tal apartado, “de cuentos”, todo el mundo traduciría por conjunto de narraciones cortas. La manera que adopto, por el contrario, permite interpretar -incluso al menos diestro- que me refiero a la acepción coloquial de embuste, engaño u otras de parecido jaez. Dejo clara, pues, cual es mi intención a la hora de analizar acontecimientos que perturban la vida española durante los últimos tiempos. El devenir impide mostrarnos optimistas pero, según Murphy y su famosa ley, cuando algo puede empeorarse debemos estar listos para enfrentarnos a mayores dificultades. Siempre, o casi, ocurre así. Nadie vea el activo impotente del pesimista; constituye, más bien, una realidad empírica. Ignoro si es azar siniestro o ley existencial. Queda como último recurso nuestro empeño humano para vencerla.

Estrenamos semana con aquella larga tortura del debate. Aparte el marco técnico-estético (del que soy lego y siento poco interés), su contenido fue lamentable desde mi punto de vista. Encorsetado, frío, irreal, mecánico, asistimos a un toma y daca alternativo con sequía de propuestas innovadoras o datos fidedignos. Quien más quien menos -usando aderezos iracundos- inundó el plató de falacias, o truncadas verdades, a fin de convencer al suspicaz auditorio. Aunque se apreciaba un territorio embarrado, las formas -salvo momentos concretos- fueron suaves; quizás porque a ninguno le interesara sacar el puñal traidor ante tanta encuesta confusa. ¿Quién les será al final útil? Albert Rivera acometió con aparente inquina contra Pablo Iglesias porque el pacto posterior es imposible y aquel nada tenía que perder. Tal vez hubiera cierta esperanza de pescar algún voto socialista diciendo cosas que pocos medios se han atrevido a airear; ninguno, de gran audiencia. Sánchez, tampoco.

Como mandan los cánones, inicio la rigurosa andadura con Mariano Rajoy. El presidente en funciones, cual asno en desusadas norias, daba vueltas y vueltas al plan económico, único manantial de su imprecisa labor al frente de un ejecutivo que todavía vive a la sombra de Zapatero. Los datos que brinda siempre me han parecido demasiado endebles, efervescentes. No se sostiene, para subir impuestos, esa reiterada excusa del embrollo atribuido al PSOE, cuando dijo el seis y luego era el nueve de déficit inicial, días después de anunciar a bombo y platillo el ejemplar traspaso de poderes. Hay que sumar también los seis meses de gobierno del PP en casi todas las Comunidades, deudas causantes al decir del responsable económico. Como juzgan mis amables lectores, estas son disculpas increíbles. Por cierto, los impuestos no han bajado, bajaron su subida y porque era año electoral. Ojo a la exigencia europea de recortar nueve mil millones más. Inquieta el aumento del empleo, según se dice, mientras disminuye la caja de la Seguridad Social. No se comprende, al menos yo no, que disminuya el déficit mientras aumenta la deuda pública. Renuncio a hablar, para qué, de la democratización del Estado, del abuso territorial, de hacer cien leyes y mil trampas, por aquello de hecha le ley… Etcétera, etcétera, etcétera.

El señor Sánchez, envuelto en el sudario, saca fuerzas -quién sabe de dónde- para decirle no a Rajoy y a Iglesias. ¿Acaso piensa ganar las elecciones y alcanzar con Ciudadanos un gobierno ni nuevo, ni de izquierdas? Lo de progresista, otro tic, es tan indefinible como su Estado Federal. Si quiere tener opción de presidir un ejecutivo a medio plazo, ha de cumplir cinco cosas. Dejarse de tópicos absurdos, cambiar de asesores, homologarse con la socialdemocracia europea, abstenerse el 27 J y pasar a la oposición con condiciones que impliquen un freno definitivo a la corrupción y a los intereses partidarios, amén de personales. En el ínterin, romper los pactos con Podemos y divergir de ellos fijando las incompatibilidades netas entre socialdemocracia e izquierda radical, populista, totalitaria, ruinosa y liberticida. No hay otra salida propia, ni ideológica, tras la estrategia y trampas dispuestas por Iglesias.

A Albert Rivera lo exceptúo de esta breve antología. Me parece un político que aún debe modelarse, vigorizarse. Estoy de acuerdo con el apoyo que presta al PSOE en Andalucía, pero debería estabilizar algunos desequilibrios tácticos en ciertos ayuntamientos y diputaciones. También, asimismo, guardar simetría respecto a apremios e indulgencias. Quebrar, aunque sea aparentemente, equidistancias centristas, dar pie a que fructifique una opinión de ladeo, le hará perder votos de ambos caladeros. No basta con ser; hay que aparentarlo. Creo que, limando estas pequeñas deficiencias, tiene un futuro esplendoroso.

Pablo Iglesias, pese a su cuento reiterado, a su audacia, a su manejo de los medios, jamás será presidente del gobierno. Lo intuye. Sabe que España es un país moderado pero no puede cambiar de campo, incluso siendo un perfecto camaleón. Si esto escapara a su percepción dejaría de ser lo inteligente que se especula, más después de proclamar a Zapatero el mejor presidente de la democracia. Su enorme ego queda satisfecho con liderar un grupo de entusiastas discípulos que adoran, mayoritariamente, al tótem providencial. Iglesias queda absorto con la escena, camuflándose con variados disfraces cual Menandro y su nueva comedia de caracteres. La máscara es la clave en el ritual pues convierte al actor en personaje, en mito. Los corifeos reciben a cambio el peculio estipulado; transmutan del paro a la canonjía, de la nada al todo cómplice. ¡Casta!

Nadie sufre apreturas explotando el cuento.

viernes, 10 de junio de 2016

TEÓRICOS, POLÍTICOS, NECIOS Y POPULISTAS


Curiosamente, hoy recurro a Martín Heidegger -un filósofo que reniega de la metafísica y con adhesiones nazis, al parecer- para relegar lo ontológico a través de la semiótica. Quienes hacen del concepto (políticos y comunicadores) un confuso entramado, buscan la manera de cultivar espacios cerrados al común. Solo así, los primeros se permiten revestir ad hoc cualquier realidad y los segundos administrar en exclusiva la exégesis posterior. Ambos se constituyen en piezas necesarias a esta sociedad modelada arteramente para tan suculento fin. Intervienen también a la hora de configurar este proceso individuos que, sin ningún crédito moral ni intelectual, progre o solidario, son ídolos fabricados preservando la equidistancia entre supersticiones y complejos. Aquí ha encontrado el terreno idóneo Podemos, grupo de arquitectura nazi-totalitaria, para cimentar su caladero de votos. Me gustaría conocer qué genios contribuyeron a sustituir la honda reflexión por la caricatura sensible. Parecida comparsa debe asumir el ascenso de estas doctrinas nada tranquilizadoras en los países mediterráneos, al menos.  ¡Ay! la educación, el sistema.

Vivimos en la cuerda floja. Urge recurrir al sentido común, calibrar con rigor el riesgo que nos acecha, destilar adrenalina para estar alerta. Asimismo, nuestro instinto -limpio de dogmas y pautas maniqueas- debiera sugerir que solo podremos encontrar la victoria uniendo esfuerzos. Evitaríamos, como mínimo, una derrota definitiva e inexplicable. Sé que cuatro siglas, cuatro jinetes del apocalipsis, sueltan las bridas de sendos corceles que hollarán la reseca piel de toro si lo permitimos. Siendo todos terroríficos, uno conlleva el hambre y la esclavitud, auténticas alimañas de cuerpo y alma. Excuso, pues pecaría de altanero, orientar el voto de mis amables lectores. Además, ignoro la certidumbre y no me arrastra prurito alguno. Me sentiré satisfecho si acierto a crear cierto entusiasmo por realizar un ejercicio sosegado de lucubración electoral ante el impacto causado por la devoción a la reseña, al márquetin, a lo cómodo aunque sea indigesto.

Decía que, aprovechando cualquier estrado, los líderes intentar cambiar el sentido de las encuestas. Algunos comunicadores, objetivos o genuflexos, dan cumplida cuenta de manera diligente (quizás entonando panegíricos) que a veces vician con malévolas comparaciones. Jornadas atrás, casi a la misma hora, Pablo Iglesias intervino en el hotel Ritz y Albert Rivera en “El ágora de El Economista.es”. Diferentes informaciones indicaban que el primero había confeccionado un discurso estructurado y de gran contenido político, dejando caer su condición de politólogo. Entre tanto, el segundo había urdido un parlamento pragmático, fresco y racional. Quedaba difuminada una preferencia sutil hacia el primero. Puede que, sin proponérselo, el susodicho comunicador le adosara un pesado lastre, de acuerdo con el tópico, aunque ligero de materia.

Hasta donde yo sé, todas las ideologías -desde un punto de vista teórico- son excelentes, beneficiosas para el individuo. Se desnaturalizan, e incluso prostituyen, cuando el político hace de ellas su instrumento preferido para alcanzar el poder. A bote pronto, no recuerdo ningún sociólogo o politólogo eximio que utilice sus conocimientos para posibilitar cualquier dominio sobre los demás. Marxismo, socialdemocracia y liberalismo son doctrinas cuyo fin último es conseguir el bienestar, la igualdad y la libertad del hombre; sobre todo la libertad. Considero inverosímil que quien coloca alas a la mente propusiera encadenar formas. Procedería contra la esencia del pensador; un vicio censurado, rechazable. Ni Marx aprobaría coartar el fundamento del racionalismo. Dejaría de ser Marx para convertirse en tirano infame. Por este motivo, el dogmático es cautivo de su propia irracionalidad. Obtusos, los españoles premian al político preso de sus palabras, jamás de su creencia ni de sus acciones.

Los cuatro vocablos del epígrafe son signos de un mismo concepto -farsa- cuando el teórico baja a la arena y compite con los demás para alcanzar un poder que le niega la naturaleza. Ese escenario es, por tanto, consecuencia infortunada del engaño y la vileza. Semejante actitud lleva a los mayores tics de corrupción personal e intelectiva. Empecemos por Pablo Iglesias cuando afirmaba rotundo que Marx y Engels eran socialdemócratas. No niego especulaciones viables de tal hipótesis en su base doctrinal, pero la praxis histórica del comunismo y la sentimental de Podemos hace inútil identificar, aun conciliar, ambos (comunismo y Podemos) con la socialdemocracia. Iglesias lanza el anzuelo, hipócrita, para ver si pesca en río revuelto; única forma de lograrlo los partidos que se extreman hacia un lado u otro.

De PP y PSOE poco puedo añadir que suponga alguna novedad, salvo ese merengue que modula la campaña en el primero y la afirmación gratuita de que no habrá nuevas elecciones en el segundo. Escasos, pueriles, estímulos para el votante potencial. Con su pobre horizonte han potenciado un futuro sombrío, alarmante. Gestaron una sociedad dividida que remató forjando este país heterogéneo, divergente, belicoso. Desidia e incompetencia consiguieron, para bien o para mal, la actual Cataluña, perdida irremisiblemente. Tal ceguera política y ética produjo unos partidos que, dependiendo de su proceder, pueden traernos claridad o tinieblas. No se vislumbra un paisaje impoluto ni esperanzador. Ciudadanos presenta, pese a injustas invectivas, el mayor atractivo de salida. Veremos si se conforma como partido bisagra para no caer en nacionalismos o partidos de “progreso y cambio”. Yo, fiel a mis principios, sometido a lo inteligible y desdeñando otras conjeturas palpables, hago mío el pensamiento de Erich Fromm. 

 

 

viernes, 3 de junio de 2016

LO METAFÍSICO, LO EVIDENTE Y LO JURÍDICO


Utilizamos la metafísica para definir los entes desde el punto de vista analógico. Weber define poder como dominación; es decir, ejercer autoridad sobre los individuos encontrando en ellos, a su vez, un grado de obediencia. Otros sociólogos, como Michels, proclaman que ciertas élites, nacidas de procedimientos legítimos, entran en procesos mediante los cuales el poder se perpetúa a sí mismo retroalimentándose y produciendo más poder, a veces tiránico. Para Gramsci y Foucault proviene de la hegemonía de un sistema de creencias. Observamos que el ente poder tiene en la dominación su esencia común. Conviene recordar tales conceptos y observaciones para percibir qué discursos llenan hoy el espacio radioeléctrico y las falacias con que suelen revestirlos.

Llamamos evidencia a aquel indicador por el que una contingencia se nos aparece intuitivamente; de tal manera que la consideramos cierta, sin sombra de duda. En este marco, afirmamos con certidumbre; caso contrario, como alternativa desplegamos el ámbito de las opiniones. Sin embargo, engranar ente/realidad resulta complejo. Los racionalistas consideran la evidencia un principio innato de entendimiento. El empirismo niega que se llegue al conocimiento solo a través del axioma, pues estiman las vivencias requisito necesario, inexcusable. Para la fenomenología supone el cotejo de la verdad; o sea, su prueba patente. Kant realiza una síntesis de ambas propuestas. Las evidencias en su doble vertiente, racional o empírica, suelen llevarnos irremisiblemente al conocimiento de la realidad o de sus proximidades.

  El acto jurídico constituye un hecho humano, voluntario o consciente, que establece entre las personas relaciones jurídicas capaces de crear, modificar o extinguir derechos y obligaciones sancionados por las leyes. Los procesos judiciales debieran mantener estrecha consonancia con lo metafísico que lleva al conocimiento y con lo evidente que implica el primer indicio de realidad. No obstante, tales sumarios jurídicos al ser garantistas deben asegurarse de la ejecución del acto punible, junto a la rúbrica voluntaria, y circunstancias eximentes, atenuantes o agravantes. Pese a lo dicho, es primordial qué inferencias efectúan tribunales o jueces respecto a ciertas consideraciones cardinales en una determinada resolución o sentencia. Verbigracia, voluntariedad en supuestos de prevaricación o fraude a la Hacienda Pública, conditio sine que non.

Mis amables lectores se preguntarán a qué vienen estas disquisiciones tan áridas e intrincadas. La razón encamina al auto de procedimiento abreviado contra los expresidentes de la Junta Andaluza, Chavés y Griñán, junto a otros seis altos cargos. Están insertos en un asunto de prevaricación y Griñán, además, de malversación de caudales públicos. Peccata minuta para tanta ligereza conocida. El tema colea y entra de lleno en los párrafos anteriores. Resulta extraño, casi inadmisible, que a estas alturas y dada la cantidad de dinero dispensado, presuntamente, obviando leyes, diligencias y operaciones contables (amén de auditorías reglamentarias), todavía estemos huérfanos de juicio concluyente. Ochocientos millones de euros merecen un esclarecimiento exhaustivo que debiera completarse con casi los cinco mil millones derrochados al arbitrio en cursos de formación. Una desvergüenza que, al final, será calificada acorde a ley. Me admira e indigna, a partes iguales, que prebostes socialistas -arropados por comunicadores sectarios- se hastíen de atribuir a otros fechorías que niegan a propios con parecida insustancialidad. Cuando el sentido cambia, me asaltan parejos humores.

Desde un razonamiento metafísico, ambos expresidentes -ostentadores de un poder omnímodo- chasquean al tribunal (y al pueblo) cuando afirman tener nulo conocimiento de los hechos. Con menor recato en este sistema cuya base es el monolitismo partidario. De aquí la cínica declaración al afirmar que desconocían todo, para aseverar a renglón seguido, desnudando una incoherencia notoria, que pudo haber errores mas no irregularidades. Comparten consignas con aquellos indeseables del PP. Desconcierta que Felipe González, asimismo otros cargos orgánicos y políticos, afirmen -sin domeñar cautela alguna- la honradez de los citados. Creo que no hay forma mejor de hacer el ridículo ante la sociedad española resuelta a aportar su propio veredicto fundamentado sobre unas evidencias incontestables. A mí, parte mínima de este pueblo español, me llevan los demonios (es un decir) cuando veo en televisión los esfuerzos de determinados socialistas en hacernos comulgar con ruedas de molino (es otro decir), tanto si se refieren a rivales cuanto a conmilitones. Si no fuera ya abstencionista campante, lo sería a partir de ese minuto. 

Ayer estaban citados Messi y su padre a declarar por un presunto fraude de cuatro millones de euros. Sus razones/excusas, una holganza de lo metafísico, servirán para despertar una generosidad adscrita a los ininteligibles senderos de lo jurídico. Contentará, además, a esa pléyade de vacuidad capaz de aceptar los mayores vicios si son realizados por los nuestros, ídolos o no tanto. El desconocimiento de la Ley no exime de culpabilidad, más si admitimos presunta aquiescencia en la formación del entramado financiero al objeto de ocultar bienes. Hace cuatro años, a mi esposa por poner a su madre como sujeto deducible (así lo hacía todos las declaraciones), cuando pasaba ochenta euros del mínimo legal por subirle la pensión, le incoaron un expediente sancionador. La cantidad errada no llegaba a trescientos euros. Tuvo que abonarla incluyendo multa y descuento que hubo de sufragar por presentar recurso administrativo (rechazado) referido a la falta de voluntariedad que Hacienda dio por supuesta. Ordinaria y metafísicamente, sin calificativos. Hacienda no somos todos; tengo pruebas palpables y muchos de ustedes evidencias sobradas. Nos pasa por no ser políticos, financieros, deportistas o estrellas variadas y variopintas, a excepción de quienes sufren el celo ejemplarizante.

 

 

 

viernes, 27 de mayo de 2016

JUEGAN A LA RULETA RUSA EN LA CABEZA DE LOS ESPAÑOLES


La oscarizada película “El Cazador” muestra, con toda su crudeza, a qué miseria moral podemos llegar las personas bajo extremas situaciones. Despiadada, terrorífica, calca la locura del hombre cuando -por unas u otras razones- deja su vida en manos del azar, casi siempre presente sin necesidad de convocarlo. Pese a su naturaleza fílmica, virtual, impresionan aquellas espeluznantes escenas donde vida y muerte penden del percutor de un revólver adosado a la cabeza. Si vencidos por la amenaza, por darle a la vida una posibilidad, nos sometemos al juego, no puede entenderse que finalmente  (motu proprio) caigamos en tan turbulento laberinto pasional. La edad pone ante nuestros ojos un amplio panorama en el que destacan comportamientos, emociones y peripecias humanas. Aparecen, desnudos, contradicciones, absurdos, locuras. Conforma la síntesis necesaria, irremisible, del individuo sin excepción.

Ayer leí en un medio digital que el PP busca fortalecer a Podemos y se niega, por tanto, a debatir con el PSOE a dos. A primera vista, nada que objetar a su estrategia. Aquellos consideran a Sánchez el rival a batir y piensan, razonablemente, que ambas formaciones -estos y Podemos- son vasos comunicantes: si una sube la otra baja y viceversa. Creen, además, en el alineamiento centrista del votante español. Tales supuestos, uno constatado y otro con evidencias incontestables, pueden resultar aventurados, si no peligrosos. Estoy convencido de que los gurús estrategas del partido azulón (hoy prima el color sobre la ideología, es el postrer y mejor rasgo identificativo) dan por seguro que la izquierda, irrelevante o radical y por distintos motivos, jamás alcanzará el poder en esta España. Lo indica la lógica y el sentido común. Sin embargo, debieran advertir que las dinámicas sociales las carga el diablo, que no se ajustan a la ciencia matemática ni a ningún proceso intelectivo. Cuadra, pues, no descartar en absoluto alguna sorpresa repentina.

El devenir histórico viene demostrando qué papel desempeña el poder financiero, social o político, a la hora de conformar gobiernos. Estamos insertos, para bien, en un marco de economía capitalista y, pese a las crisis cíclicas, el bienestar social solo se encuentra en este marco aunque duela a inconsistentes reclamos miserables, interesados, falsos. Cual Ulises, debemos cerrar oídos a los cánticos de sirena si queremos llegar a buen puerto. Proclamo el esfuerzo que realizan PP y PSOE para saturarnos de frustración, de hartazgo, al amparar en sus filas a tanto incompetente y sinvergüenza. Con todo, me costaría trabajo entregar algún crédito a cualquier sigla novicia hasta el extremo de conceder un voto a la hipótesis. No me sirve sustituir, sin más, maldad e ineptitud por qué se yo, en un rapto de rencor o ira. Existe la abstención (o el voto en blanco) como alternativa sana, quirúrgica, democrática y revolucionaria.

Parece que el PP, decía, pretende enterrar a un PSOE desnortado, iluso, pródigo. ¿Será venganza por aquellos pactos ignominiosos? ¿Tal vez desmesurado afán protagonista, con la consiguiente exclusiva de poder que acarrea tal escenario? ¿Ambos? Si reivindica un desquite parece humano, aun justo, pero sin tensar demasiado la cuerda. Si ansía destruir rivales, debería empezar por sí mismo pues el primer contrincante del PP es el PP. Políticamente, la estrategia parece perfilada por un antipatriota o beodo incorregible. Quizás por los dos en una conjunción histórica, planetaria, como pregonó aquella ministra de sólida huella, portentosa. España necesita tres partidos moderados: dos que sancionen la gobernabilidad (PP y PSOE) y otro alternativo que apoye si fuera preciso (Ciudadanos). La izquierda -más o menos ultra- y los nacionalismos siempre aparejados al dispendio, nos llevarían a la hecatombe financiera e institucional. ¿Alguien vislumbra un gobierno de izquierda casquivana, liberticida, en este país sometido demasiado tiempo al absolutismo real? ¿Quién combate la epidemia tomando cianuro? ¿No sirven para nada siglos de Historia espeluznante? ¿En qué nos hemos convertido? Confío, bien es verdad que me cuesta hacerlo, en que dentro de un mes se imponga la cordura. Los experimentos, al decir del especialista, con gaseosa.

Pese a lo dicho, exijo al PP que no siga por el atajo proyectado. Demuestra una bajeza sin límite, un desinterés pleno hacia el ciudadano. No se puede ser más ruin con quien sigue confiando en el proceder ecuánime de los prohombres patrios. Vosotros todos, políticos, terminaréis, como decenios atrás, cargándoos la paciencia del individuo y el sistema. Tras semejante desbarajuste, ambos (PP y PSOE) continuáis desluciendo esta democracia cada vez más cochambrosa. El ascenso fulgurante de Podemos y Ciudadanos no solo se debe a la crisis, es la reacción lógica a tanta insidia, a tanto duelo de florete retórico. Si las previsiones salieran mal, las planas mayores perderían un prurito con fecha de caducidad. Los españoles, muy probablemente, iniciáramos un lamentable proceso de recesión económica y pérdida de libertades individuales.

Lo dijo el esteta, son palabras que alguien dibuja en un libro viejo. Palabras tenebrosas, cargadas de ecos mortuorios, afiladas como solo pueden estarlo las mentiras. Al igual que Nerón, el PP toca la lira mientras truculentas llamas acechan al pueblo. Entre tanto, rozando el clímax del trastorno, carga el revólver para jugar a la ruleta rusa en la torturada cabeza de los españoles.