sábado, 30 de marzo de 2013

¿DEMOCRACIA O ESTAFA?


Desconozco, aunque los intuyo, qué motivos llevan a la muchedumbre a preguntarse si vivimos o no en democracia. Ciertos comunicadores, asimismo tertulianos de diferente catadura y engreimiento, responden con firmeza que sí para enseguida añadir “pero mejorable”, claro matiz contradictorio. Tal menoscabo implica, de hecho, un escenario muy diferente a lo afirmado, ora por prejuicios ora por avenimiento a la corrección política. Los objetos (entes incluidos) son o no son. Resulta imposible -sin producir algo diferente- enmendar la realidad, su inmanencia; sí pueden alterarse sus formas y comportamientos. Corregir algo significa carecer de la sustancia que lo define, por tanto evidenciar su entelequia. Cualquier piedra a la que pongamos unas patas para aumentar su comodidad, verbigracia, al no modificar la esencia seguirá, en el fondo, siendo piedra; nunca silla. Cuando vislumbramos nuestra democracia como ente perfectible, estamos constatando su mentira.

 
La democracia no es un concepto, ni convicción. Tampoco la ausencia, efectiva o aparente, de un poder omnímodo; menos su existencia formal más allá de la soberanía popular. Dos principios caracterizan el sistema democrático: Una Constitución, aprobada por el pueblo en referéndum (esencia soberana), capaz de ordenar la convivencia colectiva y separación rotunda de los tres poderes constitutivos del Estado.  

 
Esta democracia nació impura, contaminada, pues al texto constitucional se le agregó, de rondón, la forma de Estado (Monarquía o República) identificando democracia, anhelada mayoritariamente, con monarquía, factor impuesto y de inequívoco rechazo. El referéndum, así, quedó sujeto a una burda manipulación y la soberanía popular escarnecida. Una Ley Electoral ad hoc redujo a cenizas la independencia del poder legislativo y, años más tarde, Alfonso Guerra (aguerrido defensor de los descamisados y probo demócrata) enterró la independencia del poder judicial. Tras estas reflexiones, puedo declarar que jamás advertí democracia alguna y tengo casi setenta años. Aznar, pasados tres lustros de gobiernos socialistas, prometió regenerar la vida pública; palabra que quedó, como tantas otras, en agua de borrajas. 

 
Voceros diversos pretenden vivificar lo inexistente exaltando las formas a modo de columna vertebral democrática. Es decir, confunden a conciencia, pompa y sustancia. Votar cada cierto tiempo (entre múltiple hojarasca) no constituye, ni mucho menos, la médula entre las democracias de nuestro entorno. A cambio, imponen a  los ciudadanos leyes restrictivas que ellos incumplen arbitrariamente, arrasando incluso derechos individuales, a la vez que disfrutan de toda impunidad. Las formas, a cuya sombra se quebrantan cada día igualdades y justicias, sólo son importantes, imprescindibles, en Geometría.

 
El colmo de la desfachatez lo protagonizó Rubalcaba un trece de marzo trágico cuando previno: “España no se merece un gobierno que mienta” e inauguró la engañifa como método de jurisdicción. Acababan de matar a ciento noventa y dos españoles y Rubalcaba, segundón, daba la puntilla a España. Propició el gobierno de Zapatero donde la mentira, la doblez y la incompetencia alcanzaron grado de categoría. Con todo “talante” se empezó a reeditar el enfrentamiento cainita, la división entre las dos Españas, ya casi olvidada setenta años después de haber terminado una guerra fratricida y cruel. Se cometieron demasiados excesos, aun el intento antidemocrático, incalificable, de gobernar frente a la mitad de los españoles con la valiosa colaboración de partidos nacionalistas, cuyo odio a España manifiestan con frecuencia. A aquel antecedente se le denominó Pacto del Tinell. 

 
Un presidente abarrotado de complejos, inhábil para ocupar el cargo, procuró borrar siete décadas de Historia y lo consiguió, salvo ganar una guerra que alguno de sus predecesores había perdido. Resucitó las dos Españas (que “le helarían el corazón”, en boca del poeta) con la Ley de Memoria Histórica, más que otra cosa revancha jurídica inútil e inconveniente. Potenció y polarizó el nacionalismo catalán al que dotó de un Estatuto cuyas secuelas, de alcance infravalorado, están por ver. Veo en el horizonte, según conjeturan los hechos, una vuelta a las andadas, a aquella declaración del Estado Catalán por Companys en octubre de mil novecientos treinta y cuatro. Destrozó un partido que, cargado de luces y sombras, es necesario para la gobernabilidad y la paz. Por último, condujo a la miseria más absoluta a una nación desequilibrada en su ordenación económica a la que, además de postergar toda solución, hundió irremisiblemente efectuando un derroche sin freno.

 
Hoy, seguimos igual. Padecemos un presidente huido, presuntamente acobardado por las dificultades, y un gobierno sosias del anterior. Hemos traspasado todas las líneas rojas institucionales, judiciales, financieras, éticas e incluso legales. El humo, la patraña y la corrupción imperan por doquier, campan a sus anchas, ante la mirada impotente de un ciudadano pusilánime pero harto. Seis millones de parados, junto a la vileza, desesperanza e inquietud colectiva, se dejan sentir sin otear ninguna alternativa. ¿Vivimos en democracia? No, empezaron dándonos gato por liebre y al final se ha materializado una gran estafa. España, desde hace tiempo, es la fabulosa cueva de Alí Babá donde muchos, invocando aquella palabra mágica (democracia), han amasado enormes, misteriosas y espurias fortunas.

sábado, 23 de marzo de 2013

MIEDO Y PÁNICO


Cualquier persona, con carencias semánticas o insensible al estudio filológico, diría que ambos vocablos despliegan vínculos similares. A lo sumo, tasará diferencias en la cantidad de adrenalina gastada. Reconozco una dificultad intrínseca para apreciar los matices; verdadero, casi imposible, objetivo que obsesiona a quien el oficio de lucubrar empapa su andadura vital. Estos términos sugieren entes cuya naturaleza carece de toda magnitud empírica, medible, porque al tratarse de sensaciones intestinas únicamente admiten medición subjetiva. Semejante rasgo íntimo determina el genuino significado de cada uno. 

No son pocos quienes aventuran los efectos como signos inequívocos de su distinción. Suele identificarse miedo con una sensación de alerta; entraña réplica rápida, perentoria, salvadora. Constituye una emoción convulsa, vibrante, dinámica. En contraste, pánico implica un estadio irradiado, inapelable, inútil. El miedo se enseñorea de la gente humilde, del sujeto anónimo, menesteroso. Atañe al individuo. El pánico ataca a la élite, a la casta política y financiera. Siente predilección por determinados colectivos. Sus consecuencias operan en consonancia. Desde este punto de vista, se advierte que el miedo podemos considerarlo valioso porque obliga a desechar indolencias (quizás mansedumbres) y abona una actividad que ahuyenta, aun expía, su incómoda presencia. Caer en el pánico significa disipar toda esperanza, dejarse arrastrar por el acaso o, peor aún, por el desánimo. Su efecto inmediato es la desgracia inducida que se ceba básicamente con la masa social.

Sostengo la tesis, dicho lo anterior, de que el sujeto viene condicionado en sus sentimientos por bienes o status cuya pérdida, verosímil, espanta. Así al humilde le acongoja sin aspavientos malograr su miseria amasada, con esfuerzo, durante toda una vida de sombras. El orondo, ante esta tesitura, es víctima del horror. Por ello, queda agarrotado o intenta sacudírselo diluyendo sus efectos de forma aviesa y siniestra. Mueve los peones de que dispone, siempre con resultados escalofriantes para la comunidad si esta, como es corriente, se deja arrastrar. A poco, asume el final del chollo y empieza a posicionarse sacando a relucir la estrategia inmoral de tierra quemada.

Los críticos momentos actuales conforman multitud de ejemplos que constatan mi hipótesis. Cualquier leve dificultad económica ocasiona verdaderos tsunamis incomprensibles para el común, víctimas propiciatorias de la catástrofe provocada. El revés financiero en algún país minúsculo (verbigracia Chipre) provoca un delirio inversor que afecta a todas las bolsas y acaba cebándose con los pequeños accionistas. Nunca un estado de alarma, infundada a veces, suscitó tantas vicisitudes onerosas para la  colectividad. Nuestra experiencia confirma que la inseguridad del preboste se ensaña con el ciudadano.

El temor guarda la viña, alecciona con solvencia un refrán manchego. Mensaje tan inobjetable debe amplificarse a todos los órdenes de la vida. Así, Rajoy, con mayoría absoluta, siente pánico a la soledad. Por este motivo, pactará con CiU y desembolsará los millones que esta exija para deleitarse con su cálida compañía. Lo dicho: cuando la casta es presa del pánico, el vulgo lo costea con su bolsa y, a veces, con su vida. Parecida desazón le provoca Bárcenas, quien finge dominar tamaña situación cada día más compleja y peligrosa. ¿Para quién?

Don José Blanco (campeón en diversas facetas) cuando vestía el ropaje honesto que le adjudicó don Alfredo, pontificaba pundonoroso y acerbo en cualquier púlpito que la ocasión le ofreciera. ¡Qué de epítetos, exigencias y consejos desparramaba frente al micrófono amigo! Hoy -pillado en falta, presuntamente- solicita que se invaliden las investigaciones de la UDEF (Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal), calificada por él de “chocarrera”. Al tiempo anuncia su intención de no dimitir salvo juicio oral, en contraste a sus propios apremios para los demás. Es la abatida imagen del espanto.

EREs, celos en la judicatura, comisiones, enriquecimientos anómalos, etc. desencadenan ostensibles signos de pánico. Los implicados avivan, o lo procuran, bajos instintos ante el pavor que les atenaza. Proyectan salvar sus privilegios y regalías caiga quien caiga; son peligrosos animales acorralados. Rubalcaba, ante tan severo escenario, parece llenar la calle de ruido e iniquidad para salvaguardar un liderazgo que se le escabulle sin remisión.

Llegados a este punto, el pueblo exterioriza cierto recelo al futuro. Lógico, aunque suavizado por vivencias ancestrales que encarnan un afán de culminarlo; pues, como ratifica el proverbio clásico, “quien vive temeroso, nunca será libre”. Peor lo tiene el prócer ya que su pánico le lleva irremediablemente a un devenir definitivo, traumático e irreversible que, en primera instancia, sufre siempre el ciudadano de forma intensa pero perecedera. PP y PSOE, se hunden presos de espanto. Ahora toca franquear una desdicha angustiosa: la corrupción generalizada. Superemos el miedo (nuestro) y el pánico (suyo).

 

sábado, 16 de marzo de 2013

EL AMARGO SABOR DE LA DEMOCRACIA


Desconozco si alguien sugirió que el primer sabor de las cosas se percibe con la vista. He escuchado, sin embargo, una frase que guarda cierto maridaje y además matiza su anterior contenido: “todo lo que no se cata es dulce”. Ambas descubren la gran divergencia, incluso discordia, entre percepción y realidad. Ocurre cuando nos desorientamos a la hora de advertir los atributos por el uso inadecuado del sentido receptor o por avidez irrefrenable. Cualquier motivo de ellos dificulta, obstaculiza, el camino de la mesura, asimismo del entendimiento.

La sociedad española, jóvenes y longevos, vive una época delicada. Desempleo y penuria se ensañan con el individuo sin entender de edades ni circunstancias personales o familiares. Acumula tanta inquietud, tantos sinsabores, que se ha convertido en la primera preocupación ciudadana, si atendemos las postreras encuestas del CIS. Este marco viene determinado, no obstante, por el vértigo que produce una situación de extrema necesidad. Al hombre, equivocadamente, le mortifica sólo el alimento material. Entiendo la prelación que procede del instinto vital, pero este someterse a lo crematístico adormece el juicio y suele acarrear nefastas consecuencias.

Incomoda oír que padecemos una crisis total y que el aspecto económico no debiera infravalorar otros con enorme trascendencia en la siniestra progresión ¿irremediable? a tremendas etapas históricas. Ahogados por una pavorosa necesidad vital, se nos olvida a menudo aquel aforismo escueto, igualmente esclarecedor:”no sólo de pan vive el hombre”. La frase, cargada de lógica, pierde su eficacia (sentido) al instante mismo en que se la transmitimos a quien busca comida dentro de un contenedor; hoy multitudinaria procesión.

A poco, va disminuyendo el número de españoles que “sufrimos la maldad” del franquismo y “gozamos las virtudes” de la democracia. Aunque se empeñen en resucitar muertos -errónea estrategia para cosechar votos- un alto porcentaje de conciudadanos, lozanos ellos (reconvertidos, como todos, en meros contribuyentes), se muestran saciados ante tanta estulticia, ante tanto fraude. Van identificando mensaje e inanidad, mesianismo e hipocresía, furibundas diatribas al rival e irrelevancia. He aquí las razones del desapego juvenil, pues aquellas tácticas se dan de bruces con una personalidad en ciernes, sin viciar. ¡Qué no juzgaremos quienes ya estamos de vuelta!

Vemos, vivimos, una corrupción generalizada a pesar de las voces que se desgañitan en airear lo contrario, ora por servilismo bien por suculenta subvención. Rascando aun superficialmente, toda institución -sin excepciones- ofrece claros síntomas de envilecimiento directo o cómplice. Esta circunstancia conlleva un deterioro casi irreversible del Estado de Derecho y, por tanto, del sistema democrático. Tal degeneración, atribuible en exclusiva a los recintos de poder, es maligna siempre, con especial gravedad cuando la miseria atenaza a un individuo desdeñado, salvo pugna electoral.

El discurso pretencioso, arrogante, impoluto, de los políticos que han parido la actual democracia de bolsillo (herrumbrosa y al tiempo rentable), con inusual beneplácito o impotencia de una sociedad indolente e inculta, va careciendo por suerte del crédito rutinario. Poco importa si la muchedumbre deploró o no el franquismo; la respuesta conjunta es idéntica. El personal está harto de triquiñuelas, de promesas huecas que esconden una ambición infinita. Quien afronte la vida con sentido común, quien arroje dogmas y verdades fabricadas, puede descubrir un entramado venal que se asienta sobre infundios ignominiosos, ajenos al interés general.

Mención aparte merecen los nacionalistas radicales, escoltados por grupúsculos heterogéneos -pero con idéntico objetivo-que les sirven de eco virulento. Su mayor mérito radica en cortocircuitar el debate político y económico amaestrando, al tiempo, a una sociedad ansiosa por mejorar su situación particular. De ahí, junto al adoctrinamiento identitario a lo largo de treinta años, que incomprensiblemente vayan ganado terreno a posiciones opuestas y ponderadas.

Ahora, los jóvenes saben a ciencia cierta que con esta fórmula los únicos que viven bien son políticos, financieros, sindicalistas y afines. Nosotros, sobrados de años e injusticias, con intensas vivencias, podemos decirles que, comparando, no era el león de antaño tan fiero como lo pintan, ni tan bueno este de hogaño. Añadiremos también que el número de ladrones, aventureros y sinvergüenzas ha crecido exponencialmente. Nuestra menguada democracia (componenda en realidad) tiene sustento caro y sabor amargo.

 

 

 

 

sábado, 9 de marzo de 2013

LAS PEQUEÑAS COSAS


Uno, a lo largo de su vida, se da perfecta cuenta del relieve que despiertan las cosas insignificantes. Cual amuleto o talismán, marcan principios de vida: “La felicidad se encuentra en las pequeñas cosas” o corolarios filosóficos: “Conocemos la verdad a través de las pequeñas cosas”. Sentencia tan deseable como aquella implica un sentimiento humilde, cristiano, casi fatalista. Este parecer agudo muestra el itinerario claro entre lo inteligible que nos lleva a la verdad subjetiva y lo ininteligible que desemboca en la fe como refugio, incluso emancipación. Tal corolario no determina una paradoja sino que distancia el absurdo.

Este artículo, incluyendo epígrafe, me surgió el domingo -día tres- cuando volvía de Madrid a Valencia. Justo a la altura del Castillo de Garcimuñoz, atrincherado en el pretil del puente que enlaza el pueblo con la autovía (a las cinco y media de la tarde), un radar móvil de Tráfico, “dejándose ver”, velaba por la “integridad” del viajero enfilando toda una recta sin peligro potencial alguno. Luego hablan de Seguridad Vial, Ley que sirve de excusa para sangrar (ocultos e indecorosos) el exangüe bolsillo ciudadano. Es una rastrera providencia recaudatoria, sin más; los hechos así lo avalan. Al tiempo,  contribuye en su nimiedad a descubrir -por enésima vez- la desfachatez política y la falta de crédito gubernamental del PP, ahora.

Rizar el rizo siempre es contingencia factible y donde cree el individuo haber conocido lo sumo, amanece otra jornada protagonista de algún caso grotesco, quizás irritante. Hoy ha sido una de ellas. A primera hora saltó la noticia: Bárcenas pone una querella al PP por “maltrato laboral”. Poco después, y con sordina, el PP demanda a El País (y al autor de los documentos publicados) por vulneración del derecho al honor; concepto tan patente como el mismísimo sexo de los ángeles. Los medios, sin embargo, saturan informativos y debates con estas chorradas, erigiéndose en cómplices necesarios de la nadería. Como estamos prestos a mirar el dedo que señala la luna, nos toman por imbéciles (probablemente lo seamos) al tiempo que asientan una realidad folletinesca y cochambrosa. Permutan esencia y accidente.

Ruiz-Gallardón (desde el comienzo de su andadura ministerial, al parecer) tenía previstas dos aspiraciones. La de menor calado surgió hace unos meses. Quiso subir las tasas judiciales para agilizar una justicia lenta; coyuntura debida, en sus palabras, a un exceso de sumarios. Esta medida atrajo trámites onerosos, vedados al común, recreando -por consiguiente- una justicia inicua, elitista, discriminatoria. Injusticia por injusticia, para acelerar los litigios es preferible abreviar aquella porción que viene vertebrándose en frivolidades o pruritos quebradizos; inmensidad cuyo acucioso fallo excluiría desequilibrios y afrentas notables. Los jueces no están para satisfacer ridiculeces nacientes o fatuas disputas. Una vez más, el ejecutivo, don Alberto, tuvo que retornar un viaje iniciado.  

Rajoy, cual moderna Penélope, desteje un día lo tejido el anterior. Su propósito difiere bastante de aquel empeño que ingenió su modelo para mantener intacta la fidelidad prometida. Nuestro presidente, desleal contumaz, brinda hoy, entre varias sugerencias, facilitar la manida lista de defraudadores para negarla mañana. Juega con las reacciones porque sólo le interesa el envase. Importan poco los contenidos. Distinto es que la propaganda airee ciertas imposiciones foráneas como atributos innatos en beneficio de España, amigando virtud y necesidad. Vistos los actuales acontecimientos, semejantes patrañas convencen solamente a bobos solemnes; especie autóctona abundante en esta piel de toro que tanto nos ocupa e inquieta.

La corrupción (esa minucia, a juzgar por la presurosa disposición en combatirla mostrada a lo largo de treinta años) inquieta ¡por fin! a PP y PSOE. De momento muestran cierta afección para desarrollar, sin prisas, leyes que agraven las penas a los culpables. Nuestro CIS descubre que, tras el desempleo, viene la corrupción como segundo escenario de zozobra ciudadana. Tal puesto en el ranking sociológico obliga a ambos a abandonar esa distracción pueril de lanzarse dardos, con mayor o menor calibre pero incruentos.

Estas pequeñas cosas, y otros pormenores que dejo a cargo del amable lector, acarrean una impresión: mantenemos entre todos un gobierno inepto. Si analizamos la eventualidad económica que debe dilucidar; el contexto institucional que ha de corregir; la separación de poderes a la que se ha de enfrentar para garantizar el Estado de Derecho y regenerar la Democracia (con mayúscula), usamos la fe porque su viabilidad no encaja en la razón, es una hipótesis ininteligible. Con estos partidos mayoritarios, alternantes y acodados a nacionalismos excluyentes, no tenemos arreglo. ¿Qué quién lo afirma? La rutina de las pequeñas cosas.

 

 

sábado, 2 de marzo de 2013

LA OTRA GALA


Se dice, por alguien que muestra un elevado grado de lucidez, que los actores actúan como políticos y que los políticos son intérpretes magistrales. Es dificultoso definir con más tino este intrusismo histórico y perverso. El clásico asemeja el universo humano a un gran teatro donde cada cual representa un papel preciso. Nadie, sin embargo, mencionó la permuta histriónica entre comediantes y políticos, quizás por identificación plena de ambas ocupaciones. Hasta es probable que estos últimos aparejen mejor la máscara. Reconozco escasa objetividad en el análisis porque mi juicio (nunca prejuicio) tiende al examen severo, justo empero. Tal opinión personal, suave, se mezcla entre una multitud de epítetos ciudadanos menos templados, asimismo también exquisitos para detallar tanto abuso.

El domingo diecisiete de febrero se celebraron los premios Goya. El miércoles siguiente, veinte, arrancó esa gala política que llaman Debate del Estado de la Nación. El plato fuerte lo conforman sólo dos contendientes, hipotéticos expertos en esa componenda ornamental con anodino florete dialéctico que desgarra el aire dibujando golpes mortales. Es costumbre dejar la sesión matinal para que el presidente del ejecutivo luzca verbo. Este año, nos castigó con aburrido y ficticio discurso de hora y media. Diez minutos, no obstante, tardó en despachar temas nucleares como corrupción y deslealtad constitucional de Cataluña. El resto lo consumió hablando de Europa, de la crisis y de sucesivos planes para superarla. ETA mereció un silencio despreciativo o pactado. Al estilo Zapatero, Rajoy puso el foco sobre espejismos, datos cocinados entre realidades y quimeras. Sufrió el éxtasis de una balanza comercial rentable; sometida, eso sí, a magras importaciones por la práctica ausencia de consumo interno y a una alta competitividad lastrada por los bajos salarios que sufre el mundo laboral. Desgranó, en fin, un generoso cántico espiritual. 

La sesión vespertina descubrió un Rubalcaba laxo, desfondado, irresuelto, casi beatífico. Poseía, es verdad, poco margen de maniobra. No puede ser uno pieza esencial de un gobierno ruinoso y venir meses más tarde con el crédito intacto para hacer oposición razonada, meritoria, digna. Hubo, pese a todo, esfuerzos por realizar (en términos taurinos) una faena de aliño. Comenzó reseñando la desconfianza que despiertan los políticos en la sociedad; inteligente e incontestable afirmación de modestia. Después, como no podía ser menos, hizo un repaso completo sobre la situación del país. Destacó los recortes abusivos, los desahucios y el transformismo de Rajoy. Aseguró, con razón, que era el presidente que más pronto ha perdido apoyos de toda la democracia. Desmenuzó, glacial, una larga propuesta de soluciones; bien es verdad que utilizó para ello la boca pequeña. Era lo presumido

Rajoy utilizó el turno de réplica para someter a su rival a un castigo retórico, incruento pero sin contemplaciones. Rubalcaba se lo puso, en frase popular, a huevo. ¿Añadió, cuando consumó el vapuleo, algo novedoso, interesante y útil para España? No. Fueron gastando turnos de contrarréplica ribeteados por un marco gris, exangüe, semejante al que deja percibir una vela en sus últimos instantes. Debemos destacar sólo el anuncio insólito, relevante de ser cierto: la bajada del déficit, inferior al siete por ciento (precisamente hoy lo ha concretado en el seis coma siete. No se lo cree ni él). Lo niega el sentido común si, como ocurre, la deuda supera los cien mil millones de euros, si la recaudación fiscal disminuye y la administración -toda ella- prepara la cocina; pues tarda meses en pagar su deuda varias decenas milmillonaria. El dato es, por tanto, engañoso.

El señor Lara, don Cayo, y la señora Díez (Díaz para un Rajoy inútilmente socarrón),   doña Rosa, concibieron sendos discursos correctos, afilados, coherentes. Representaron la auténtica oposición, libres de cargas y de pasado. Eran creíbles; a ratos, ilusos. Me gustaron los dos. Supusieron una bocanada de aire fresco entre tanta vetustez casposa. Nacen, a su pesar, débiles, anímicos, porque -aunque bien construidos- vienen ligeros de equipaje. Les auguro, sobre todo a UPyD, un futuro consistente que les facilitará auditorio y respeto. Pospongo, a pesar de ser tercero por el número de diputados, a CiU porque su discurso -a cargo del señor Durán- fue lineal, monótono, torcido, pesado, inaguantable. Respeto cualquier opinión contraria, e incluso podría entenderla. Hice novillos el segundo día.

He seguido bastantes debates nacionales. Sirven para muy poco porque allí, en el Parlamento, estas controversias carecen de aliento para resolver los problemas de España. Unos y otros se limitan a una puesta en escena con resonancia especial. Los intervinientes muestran sus mejores galas retóricas, lucen su mejor interpretación. Constituye una fiesta elitista cuyo efecto lo buscan allende el recinto leonado. Calcan las galas cinematográficas; pero aquí nadie, pese a sus atrevimientos, se hace acreedor al Goya.

 

 

sábado, 23 de febrero de 2013

NI FU NI FA


Esta locución coloquial suele emplearse a menudo en mi pueblo para indicar indiferencia, aunque casi siempre arrastra cierta decepción que desequilibra peyorativamente la imparcialidad del vocablo. Los mensajes, cuando usamos giros concretos, parecen acompañarse (en su carácter acústico) de inflexiones cuya percepción, sólo auditiva, se traduce por verdaderas imágenes visuales. La expresión, por tanto, se transfigura en medio audiovisual que atesora, a pesar de su singularidad, gran riqueza sensitiva y la respuesta concentra multitud de emociones frescas.

Con frecuencia, la intriga se impone al dividendo. Es probable que una sea germen del otro, o viceversa, sin que podamos -yo al menos no- señalar ninguna prelación genética al igual que el célebre dilema del huevo y la gallina. Hasta hace unos días, mi interés por los premios Goya se limitaba a unos minutos de zapping. Este año (caldeado previamente el acontecimiento con supuestas salidas de tono ante los recortes gubernamentales) una curiosidad morbosa,  junto al apetito que confiere la crónica, me mantuvo enganchado al televisor sin perder detalle. Desconozco el desarrollo de anteriores ediciones pero esta me supuso ímprobos esfuerzos para aguantarla. El rigor que procuro plasmar en mis artículos,  jalonado por un proceder estoico, quizás fuera la razón definitiva de mi vela.

El apellido artístico de la presentadora, remachado más que encogido, Hache (letra muda) no se corresponde con la charlatanería específica de quien practica el monólogo; asimismo tampoco del “exceso” que lució en sucesivos y aclamados sarcasmos. Fue innecesario, por ejemplo, restregarle al temerario ministro su escaso prestigio. Otras desafortunadas menciones personales a diversas celebridades, dejaron traslucir el trueque de lo ácido por lo chabacano; algo rutinario en humoristas indigentes. Sus alusiones a la política de recortes emprendida por el PP, sin que fuera artera, desprendía un claro tufo maniqueo y por ende manipulador. Resultó curioso, sin embargo, que la película ganadora fuera muda. Todo un vaticinio o loable colofón para Eva Hache, letra muda pero no ayuna de valor (aclaración para suspicaces).

Enrique González Macho, presidente de la Academia, articuló un discurso correcto, impoluto. Alejado por igual de reseñas extemporáneas y loas serviles, supo darle el anhelado contenido apolítico, libre de provocación o banderías. La amable invitación a visitar las salas, “para ver un cine de todos”, no supuso obstáculo cuando quiso resaltar dos dificultades notables: la piratería y una insoportable alza del IVA cultural.

Mención especial merecen Concha Velasco y José Sacristán, Goya de Honor y Goya al Actor Protagonista respectivamente. Ambos galardonados, premiados por vez primera, partían a priori con cierta fama de progres ejercientes. No obstante, la señora Velasco se mostró exquisita. Satisfecha, de su figura se desprendieron palabras de agradecimiento y arte a raudales. Su rostro mostraba emoción y entrega; por ello recibió interminables ovaciones. El señor Sacristán, no menos aclamado, realizó un discurso irónico, inteligente, comedido. Sin alharacas, profundo, se manifestó gozoso por el reconocimiento tras más de cien títulos en su haber. Concluyó ofreciendo el Goya a la memoria de Pedro Masó por inaugurar su carrera de actor.

Salvo el gesto de Bayona y las palabras del grupo que recogió el premio al mejor guión adaptado, poco podemos añadir. Unos por acaparar Goyas sin entidad suficiente para despertar afecto y la mayoría por intromisión vergonzosa. Sorprende -en algún caso irrita- que progres incoherentes, contradictorios, santones, confundan el escenario y detenten el púlpito que les confiere una añeja impostura ética. Estos señores (genuinos representantes de la pose, ahítos de sectarismo, maximalistas del disparate, auténticos cavernícolas) se revisten con prendas talares, cuando les dicta su ocasión, e imparten moralina cual indulgencia precisa para ganar el cielo social. ¡Pobres salvadores!

Oscar López, Secretario de Organización del PSOE en Castilla y León, a propósito del comportamiento mostrado por determinados artistas en la gala de los Goya, se dejó oír: “Es normal que el mundo de la cultura analice y verbalice lo que están comentando los españoles todos los días en sus centros de trabajo o en sus propios domicilios”. El señor López desbarra, a resultas de lo que transmiten las sucesivas encuestas del CIS. El problema no es el PP (muñeco del pin pan pum, sin nombrarlo), que lo es; el hartazgo no se debe al caso Gürtel o a los recortes, que también; el conflicto capital, la madre del cordero, se llama políticos, corrupción y sordidez.

Nunca me interesó este escaparate de fachada, hipocresía e “intelectualidad”, como se denominan ellos mismos. Muestran, reiteran, una mediocridad que deja al descubierto magros atractivos, con honrosas exclusiones. Desaproveché un tiempo, que debió ser ameno, y una hora de descanso. Por lo demás, ni fu ni fa. 

 

 

sábado, 16 de febrero de 2013

TODOS LOS POLÍTICOS SON IGUALES


Nadie cauto plantea tal aseveración en su plena literalidad, así como una lectura equilibrada tampoco permite divagaciones semánticas. Sin embargo, a poco, surge la polémica ácida, virulenta. Alguno (poco entusiasmado por el adiestramiento dialéctico, esclavo del dogma) se acoge a una inmoderación inexistente y simplifica la controversia invocando esa acotación cliché: “no se puede generalizar”. ¿Quién nos lo impide? La generalización, como la estadística, debe someterse a requerimiento racional; en ningún caso hay que tomarlas con excesivo formalismo. Por ello, es más fácil desacreditar al emisor a cuenta de su “ligereza” que admitir nuestra propia indigencia lógica.

Si fuera factible establecer una medida capaz de apreciar proximidades o lejanías, sospecho que quienes generalizan, atesorando hábitos, se acercan a la realidad con mayor fortuna que sus oponentes; diestros en una defensa asimismo incorrecta por su disgregación. El detalle nos sustrae campo visual y posibilita la inadvertencia del conjunto. Al “todos son” suele oponerse el “hay mas… que…”. Ambos ofrecen parecidos yerros y su certidumbre se adueña de uno u otro, con alternancia asimétrica proclive al primero aunque la reputación favorezca al segundo. Desde mi punto de vista, es más acertado el calificativo global (yo lo prefiero) y no el contrario que conjetura la existencia de un mayor número de políticos honrados. Me induce a este epílogo el empirismo, jamás la animadversión.

Resulta complejo, como digo, establecer cuál de las dos proposiciones acarrea mayor grado de justeza, aun de justicia, en el debate. A mí, usuario inconsciente del “todos son”, me parece válido cualquiera si adoptamos la cautela de matizar su alcance. Suelo sostener, en este tema, que todos los políticos son iguales pero condiciono el aserto (sin propósitos caritativos) limitando su extensión al añadir “desde un determinado nivel de autoridad hacia arriba”. Quien opine lo contrario o, recreándose, me conceda epítetos u objetivos ayunos de mesura, quizás tolerancia, le invito a que demuestre mi errata. A su vez, yo he de llamar la atención en dos aspectos esenciales. Por un lado, el DRAE aclara que igualdad significa “correspondencia y proporción que resulta de muchas partes que uniformemente componen un todo”. Por otro, son verbos atributivos ser, estar y parecer.

Ateniéndonos a los hechos, la situación política general se adecua al enunciado del  DRAE y al sentido común. Los partidos políticos punteros, sin excepción, conforman bloques homogéneos donde la discrepancia brilla por su ausencia: componen un todo continuo, nivelado. Para que haya desigualdades ha de haber contraste y ninguno de ellos lo permite. Se evidencia, pues, un marco consonante, ligado al mismo rasero en todas las siglas mayoritarias. Además, siguiendo el itinerario filológico, por encima de equivalencias, parecen solaparse ser, estar y parecer. ¿Tengo o no cimientos para sostener que todos los políticos son iguales? ¿Sólo lo parece? Cuando el ciudadano tenga capacidad de elección real, probablemente entonces los políticos dejen de ser iguales. Hasta entonces, seguiré en mis trece. Dejémonos de auspicios y otorguemos a cada cual según sus merecimientos.

Empecemos por el PP que para eso gobierna. Desde el primer instante realiza un papel similar a las alfombras bajo cuya protección se esconden arreglos, chivatazos y corrupciones varias. Ni una censura, ni un proceso; qué decir de reintegros o penas carcelarias. Callemos y en esa atmósfera forzada (ya de imposible pureza) gocemos del BOE, parece ser la consigna. Las explicaciones insólitas de Ana Mato referentes a turbios orígenes del patrimonio matrimonial, abren paso a la pequeñez humana. Alicia Sánchez Camacho estudia querellarse contra Método 3 para, presuntamente, desviar el foco informativo por callar, durante dos años, información de naturaleza delictiva. Apuntar al mensajero siempre promete buenos resultados. A Floriano, respecto al caso Bárcenas en todos sus pormenores, únicamente le resta declarar que la indulgencia del PP sobre el color del dinero se debe a su falta de racismo. ¡Linces, que sois unos linces!

El PSOE, ahora, exige claridad, transparencia y hasta semblante democrático, al tiempo que olvida postreros protagonismos. Exhibe jeta insoportable cuando identifica desastre con PP, sin perjuicio de que este se haya hecho merecedor de críticas fundadas. Cosa distinta es que la oposición mayoritaria muestre fuerza moral para legitimar sus reproches. IU debería también analizar los esfuerzos que realiza en Andalucía para prestigiar sus instituciones, potenciando a tal objetivo su caudal ético. De CiU es mejor correr un tupido velo capaz de tapar abusos, devaneos y latrocinio, enfundados en una atmósfera prepotente e impune.

Sí, todos los políticos son iguales a partir de una determinada cota y yo, nosotros, no tengo, tenemos, toda la culpa. Callando no se elimina la naturaleza privativa de esta casta que, junto a otras de pelaje diverso, ha traído la penuria material, social e institucional a este país donde abundan héroes y villanos. En esta hora de charlotada, de hazmerreir, de vergüenza ajena, que cada palo aguante su vela.

 

sábado, 9 de febrero de 2013

URGE PONERLE EL CASCABEL AL GATO


Decía Robert Fulgham: “Si te rompes el cuello, si no tienes nada que comer, si tu casa está en llamas, entonces tienes un problema. Todo lo demás son inconvenientes”. Nadie negará que España, ahora mismo, tiene un problema; que padecemos serios apuros económicos, éticos e institucionales. En realidad, los venimos arrastrando hace años pero es hoy cuando constatamos su alcance y la maraña crítica que refleja el marco presente. Noticieros, debates y diagnósticos, descubren parcialmente el grado real de deterioro pero percibimos la sensación de que esto no da para más sin poner en grave riesgo la paz social.

Llevamos un siglo anclados en un bipartidismo -actualmente fraudulento- nocivo; no por el hecho en sí, sino debido a esa incuria original que ha sido característica común, aun despreciable,  de los partidos que lo componen. Iniciado el siglo XX, conservadores y liberales prosiguieron con la alternancia pacífica del poder; un pacto que habían alcanzado Cánovas y Sagasta en las postrimerías del siglo XIX. El bipartidismo alternante y democrático (aunque sólo formalmente), al momento, viene representado por el PP, partido de corte conservador, y por el PSOE, sigla de nuevo cuño cuya referencia histórica procede de la Segunda República. Ambos, adosados al gravoso respaldo nacionalista, han venido protagonizando -con incontables penas y escasos goces- los postreros gobiernos.

Siete años habían pasado desde la muerte de Franco cuando el PSOE de Felipe González obtuvo mayoría absoluta en mil novecientos ochenta y dos. Un escenario golpista, el miedo a la involución y algunas promesas seductoras, posteriormente incumplidas, le llevó al triunfo imprevisto, sin paralelismo. Él, su parejo Alfonso Guerra (diluido en los cafelitos del “henmano” Juan), Chaves y otros próceres andaluces, constituyeron el famoso “clan de la tortilla”, menosprecio cargado de título para desprestigiar sus méritos o merecimientos (por favor, lean esto con ironía). Terminó, casi tres lustros después, como Cagancho en Almagro. Vino Zapatero, estrenado el nuevo siglo, a terminar su labor. Por piedad, no añadiré una letra más.

Aznar se aprovechó de toda la corrupción, acumulada en una legislatura incompleta, allá por mil novecientos noventa y seis (el PP gana siempre por deméritos del rival más que por propias virtudes). Un engañoso prestigio económico le permitió repetir legislatura con mayoría absoluta y engreimiento total. Transcurrida una década, informaciones de última hora, ponen en entredicho aquella gobernanza esplendorosa. Cumplido su  compromiso de abandonar el poder, un trágico golpe terrorista -hábilmente aprovechado por el PSOE- dio al traste con las aspiraciones de Rajoy que debió esperar ocho años para certificar embustes e incompetencias.

Esta resumida historia evoca pugnas y torpezas cuyo nexo común, apestado, es el derroche y la corrupción. Seis millones de parados, una clase media insolvente, incluso el aumento progresivo de compatriotas atenazados por la pobreza, es el marco que encuadra la España contemporánea. Sin embargo, a esa élite conocida (a cuyo frente se colocan políticos aventureros, indignos y ladrones) parece interesarle poco si observamos su permanente desenfreno. No temen -pues vaguean para remediarlo- el descrédito, asimismo desapego, que confirman sucesivas encuestas del CIS. Ignoro si esta huida hacia adelante, semejante prueba de insensibilidad (de sinsentido), cabalga a lomos del error en el examen o está impulsada, quizás, por la extraña, inconsciente e inútil acción de quien se siente impelido al vacío.

A los españoles nos queda un pequeño margen de maniobra. Si aceptamos la imposibilidad de que PP y PSOE, inmersos en corrupciones sin fin, desnaturalizadas sus esencias doctrinales (si alguna vez las tuvieron), nosotros tenemos el remedio a mano. Basta con, siguiendo una opción pragmática, arrojar aquello que no sirve. Propongo dos acciones: una abstención colectiva, un dar la espalda a estos políticos de pacotilla, o gestar a través del voto nuevas siglas que puedan homologarse con las de nuestro entorno. Necesitamos un partido socialdemócrata moderno, que cultive el juego limpio; nacional y dispuesto a pactos de Estado por encima de otras consideraciones. UPyD podría ser un buen germen. Su complemento debiera ser un partido liberal nuevo, moderno, coherente, sin complejos ni ataduras. Ciudadanos, por qué no, y su joven líder constituyen una probabilidad esperanzadora.

Pongamos sin demora el cascabel al gato. Salgamos del laberinto malhadado. Animemos a Ciudadanos para que amplíe su presencia a todo el territorio español. Empujemos a UPyD para que abandone todo personalismo retrógrado y antidemocrático. Oigamos a Trotsky y obremos en consecuencia: “Quien se arrodilla ante el hecho consumado es incapaz de enfrentarse al porvenir”. Amén.

domingo, 3 de febrero de 2013

AUTOCRACIA, DEMOCRACIA Y PARTIDOCRACIA


Sé que salirse del cauce implantado artificialmente por el poder, negarse a comulgar con ruedas de molino, acarrea un rechazo general porque se descubren manejos, afanes, de la élite y desidias, cuando no sometimientos, de una masa social sensible sólo a que se descubran sus carencias. Sin embargo, preciso exponer mis lucubraciones; me siento en la obligación moral. Ignoro si el germen propulsor viene determinado por una añeja vocación didáctica -deformación profesional- o acaso fruto de un desahogo vehemente. 

Me parece incalificable (cualquier intento quedaría cicatero) la actitud, entusiasta u holgazana, de los políticos casi sin excepción. Mientras seis millones de compatriotas, entre ellos uno de mis hijos, se topan con tanta miseria generada, estos truhanes continúan enzarzados en eternos desafíos partidarios y, desde luego, escamoteando cuanto pueden. Hoy, intereses comunes han propiciado conductas similares. Financieros que aprovechan sus medios de comunicación, empresarios, políticos, sindicalistas y jueces emiten un discurso virtuoso, eximente, glorificador. Con esta entraña, conforman una casta parásita y privilegiada. Mantienen, sin retraimiento, la existencia vital de los partidos en democracia porque, dicen, ellos son un mal necesario; pero, añado, ni tan malos ni tan necesarios. A veces, para cubrir el expediente, indican con la boca pequeña ciertas deficiencias, asimismo convulsiones, del sistema. Estas denuncias, cara a la galería, se acompañan enseguida por improperios insidiosos a quien –ajeno al dominio- ose poner en tela de juicio las esencias democráticas; señuelo que blanden con exceso para ¿legitimar? abusos y latrocinios.

Personajillos y periodistas -amantes de loas, aun genuflexiones- utilizan sutiles estrategias de alienación ciudadana para dar cabida a conceptos desvirtuados en aras al mensaje sugerente. Suelen centrar el foco manipulador sobre términos relativos a sistemas políticos. Con frecuencia oponen fascismo a democracia, olvidando conscientemente su gemelo totalitarismo, parigual opresor y sanguinario. No obstante, ambos (fascismo y totalitarismo) son fósiles históricos, fenecidos, en países desarrollados. Los vestigios, acumulados en China, Cuba u otras naciones del tercer mundo, van limitando excesos; presentan cierto rostro humanoide. Eran, en definitiva, regímenes surgidos al amparo de situaciones sociales límite en la Rusia zarista, el Imperio Chino, o azares políticos y económicos en Europa a lo largo de la primera mitad del siglo veinte.

Salvo estos sistemas antedichos que imponen la humillación social -por tanto individual- como principio eficiente, el mundo industrializado se organiza en democracias. Ello no asegura la verdadera participación ciudadana, ni mucho menos. Depende de los pueblos, de su cultura política, de sus prohombres, pero sobre todo de su sociedad. España arrastra una historia terrible. Los dos últimos siglos y el inicio del presente, ha padecido la concurrencia de reyes ruines, políticos codiciosos, desaforados, junto a una sociedad sin cabeza, dogmática, que ha permitido (con la labor subterránea de “intelectuales” e informadores que renuncian a su ministerio) el trueque de la razón pura por una instrumental capaz de confundir fines y medios. Así, la democracia no es un colofón; es la herramienta idónea para alcanzar aquel objetivo revolucionario de: “libertad, igualdad, fraternidad”.

Los setenta y cinco años postreros nos han dejado una muestra viva de casi todos los sistemas cuyo lexema es “cracia”. Empezamos con la autocracia franquista, alimentada por políticos ciegos que desoyeron los consejos juiciosos del socialista Julián Besteiro. Fue un gobierno, desde mi punto de vista, con muchísimas sombras al principio para ir suavizando su carácter, mediados los cincuenta del pasado siglo, una vez firmados los pactos bilaterales con EEUU y consumado posteriormente el Contubernio de Múnich. Aquella época fue testigo de la mitad de mi vida y, en verdad, no guardo malos recuerdos. Quizás se deba este hecho a que era un régimen con enorme apoyo social a consecuencia del desengaño republicano, régimen infausto que forzó la Guerra Civil.

Cuando murió Franco, prebostes del franquismo, un rey que había aprendido la lección histórica, Adolfo Suárez y el aval generoso, asimismo calculado, de Felipe González y Santiago Carrillo, trajeron una democracia difícil, vigilada. A poco, los socialistas empezaron a mostrar tics sospechosos, preocupantes, cuando aprobaron la Ley Orgánica del Poder Judicial que sometió a los jueces, de hecho, al poder legislativo. Consecuencia inmediata fue la célebre frase: “Montesquieu ha muerto” atribuida a Alfonso Guerra. Por unas u otras razones, el sistema configuró una democracia débil, virtual, postiza; impostura aceptada por la colectividad, parecía, de buen grado. No obstante, la desvergüenza, el derroche, la impunidad, el saqueo, la crisis, etc., traslucen un futuro alarmante.

Enseguida, PP y PSOE sentaron las bases político-jurídico-sociales para convertir el remedo en una partidocracia (deformación sistemática de las oligarquías partidistas) asfixiante en donde los respectivos aparatos acumulan un poder absoluto, casi tiránico con matices. Tal circunstancia y la organización territorial del Estado van conformando una corrupción institucionalizada. Como consecuencia, esta democracia formal (partidocracia real), aquí y ahora, ha impulsado la cleptocracia (gobierno de ladrones) que, a quien tenemos ya determinada edad, faculta mirar sin rencor épocas pasadas. Semejantes políticos, demasiado trincones, van a dejar por bueno el franquismo; igual que los excesos de una república desenfrenada lo hizo casi necesario para poner algo de orden. Necesitamos la regeneración política y democrática de manera inminente. Es un camino imprescindible para superar la miseria económica, institucional y ética. El trayecto está lleno de obstáculos pero, según Mao Tsé-Tung “la marcha más larga comienza con el primer paso”.

 

domingo, 27 de enero de 2013

POLÍTICA INCONSECUENTE


No ha mucho, sindicalistas y políticos de diferente pelaje dejaban perlas verbales que saturan, por méritos propios, los anales de la estupidez más conspicua; lacra sabida de quien utiliza el parloteo como “modus vivendi” casi exclusivo. Se esfuerzan en batir récords históricos, ya bastante eximios. Toxo, consumiendo quizás arrebatos que la cercana primavera trasmite al hombre, se dejó decir: “Los sindicatos son el dedo democrático y constitucional que señala los gravísimos problemas que supone la reforma laboral”. Semejante alegato, entre presuntuoso e incierto, surgió a raíz de la primera huelga que hicieron los sindicatos a Rajoy, todavía barbilampiño presidente. Era una frase hueca, artera; un adorno cínico al objeto de justificar la movilización pregonada y que ofrecía no pocas contradicciones. 

El PSOE lanza una ofensiva multitudinaria y ciega. Pretende dañar el crédito del rival (raído de por sí) sin observar que la incoherencia actúa cual boomerang arrojadizo. Rubalcaba en Asturias indicaba: “Con austeridad y ahorro también se puede gobernar”. ¿Qué…? Elena Valenciano, empapada de paroxismo: “Las mujeres van a sufrir en España y Andalucía si gana el PP”. La coletilla, dicha en el fragor de la campaña andaluza, refleja al menos dos yerros o vicios. Por un lado, exhala un tufo feminista innecesario y nocivo desde el punto de vista electoral. Por otro, impulsa una divergencia inexistente al diferenciar España y Andalucía. Cierra Chaves esta burda colección de gansadas: “La democracia perderá calidad si gana el PP”. Salvo rostro pétreo, es inconcebible que miembros destacados de un gobierno nefasto divulguen estos mensajes. Parecen inocentes vestales del templo democrático. Obscena mezcla de abuso y desvergüenza.

Nacionalistas vascos y catalanes, sobre todo los últimos, restringen sus declaraciones al hecho soberanista. Casi toda su artillería dialéctica converge y se sintetiza en la frase: “España nos roba”. Consideran que tiene más fuerza argumental lo crematístico y abandonan por estrategia, asimismo indigencia, lo doctrinal. Arrinconan afectos y emociones cuando sólo la codicia desencadena pulsiones nacionales. En el mapa político mundial, no tiene cabida ninguna nación cuyo principio vertebrador tenga carácter contingente. Sin embargo, yo aconsejaría a los catalanes que indagasen con cuidado quién les roba ahora y las expectativas de futuro, hoscas e inciertas.  

Menciono, finalmente, la aviesa incoherencia del PP. Tiempo atrás, un opositor Rajoy  aseveraba: “La subida del IVA es el sablazo que el mal gobernante  le pega a todos sus compatriotas que ya están muy castigados por la crisis”. Cospedal, Esperanza Aguirre y un sinfín de voceros, actuaban de eco perfecto. Luego, en el gobierno, sabemos qué hizo nuestro presidente. Aquella explicación del déficit oculto, teniendo en cuenta el traspaso ejemplar de poderes (según responsables peperos intervinientes) y que gran parte de las autonomías estaban controladas por el partido, supone una excusa torpe o, peor aún, que don Mariano, en aquel momento cuanto menos, no se enteraba de nada.

Preguntará el amable lector por qué evoco frases antiguas si hoy disponemos de un selecto ramillete. La razón es sencilla. El periodo electoral enmascara una orgía retórica y, por ello, se constituye en cénit del disparate. Tal escenario nos permite comprobar la flaqueza, inclusive hipocresía, del conjunto. Sin duda, aquí muestran obscenos numerosos vicios, su rapacidad y el desdén por el ciudadano; ahora mero contribuyente.

Políticamente IU, UPyD o partidos de menor poderío, carecen de posibilidades para fiscalizar al gobierno central. De cara a futuras confrontaciones electorales lucen notables perspectivas, pero mientras desarrollan un ínfimo papel en este pintoresco arreglo patrio. Día a día, medios afines y adversos expresan noticias cada vez más chocantes e increíbles. El señor Lara, don Cayo, y la señora Díaz procuran a menudo acaparar un protagonismo que les viene holgado desde un punto de vista democrático. Si bien es cierto que doña Rosa mantiene la fuerza moral incólume, le falta peso específico dentro del arco parlamentario. Don Cayo, aunque parezca chocante, se encamina hacia la virtud al abarcar tales magnitudes en un término medio.

Firme en estas lucubraciones partidarias, cotejando la mediocridad de cualquier sigla gobernante, me pilla tranquilo (no exento de preocupación) la noticia de que el Parlamento Catalán ha aprobado su soberanía nacional frente a la de toda España. Menos sosiego me produjo la reacción del Rey y de un ejecutivo timorato. Veinticuatro horas después, el gobierno no sabe qué hacer. Fuera, de viaje, el presidente encarga a la abogacía del Estado un informe jurídico sobre el pulso de Mas. Rajoy no quiere reconocer los incumplimientos asiduos de la Constitución; le aterra tomar medidas definitivas que el pueblo pide expresamente. ¿Para esto quería gobernar? Cuando la gangrena se extiende, exige tratamiento drástico sobre el miembro enfermo. Nos estamos metiendo de lleno en un avispero. Suspender dádivas y peculios ajenos a los acuerdos del Consejo de Política Fiscal y Financiera podría ser una solución sabia, ponderada.

Gobierno y oposición hacen imposible el pacto por estrategia electoral. Recrean, como consecuencia, un tancredismo arriesgado, desesperante; son campeones de una política nefasta, tornadiza, penosa. Así, España y los españoles acabaremos sumergidos en la desdicha.

 

sábado, 19 de enero de 2013

SEXO, PASTILLAS E IDIOMAS


Creía conocer, junto a millones de compatriotas, la situación económica (asimismo moral) en que nos encontramos. Sin duda consumaba un error notable. Al parecer, la zozobra, probablemente desesperanza, lleva al hombre a cometer o propiciar acciones inéditas, malsanas, casi pecaminosas. Cuando se pierde de vista el horizonte aledaño, cuando buscamos respuestas ajenas a un acontecer ordinario, próximas a esa fe que nos mueve al sosiego incluso a la redención, el individuo -acéfalo, desarbolado el aparejo- naufraga, hace estupideces. Viene siendo norma rancia en el espécimen humano.

Madrugadora, esta noticia constata mi tesis de que la esencia del individuo se llama libertad, no razón. Sólo así puede entenderse que tenga relevancia y preocupe al análisis social hasta el punto de ser materia estadística. Según un estudio de Cambridge University Press, el veinticinco por ciento de españoles estarían dispuestos a no realizar sexo durante un año (verdadero periplo eremítico) a cambio de aprender inglés. El sesenta y cuatro, prefieren pagar diez mil euros por una pastilla que les produjera el mismo efecto. Suponen, unos y otros, que tal idioma (cual bálsamo de Fierabrás) es remedio estándar, que sirve igual para un roto que para un descosido. La lengua, amigos míos, ayuda pero no debemos tasar su eficacia más allá de lo razonable. Ojalá fuera llave maestra que abriera cualquier acceso al mundo laboral.

El estupor inicial (la reseña supone un órdago a la lucidez) fue dando paso, abiertos los sentidos tras la catatonia primigenia, al acreditado alcance de la crisis en que estamos inmersos. Jamás pude imaginar que un marco material, penoso donde los haya, llevara al desbarre emitido. Seguramente mi examen fuera anodino e insolente. Deben concurrir estos factores para explicar un comportamiento, a tenor del estudio, que perturba mi capacidad comprensiva y me lleva a conclusiones ayunas de reserva. Acepto la existencia de posibles lastres conceptuales que puedan desvirtuar considerandos y calificativos.

Hasta el momento, la interacción que se ofrecía entre idioma y sexo -siempre contraria a actitudes abstencionistas- procedía de un común léxico grecorromano. Francés y griego constituían el soporte lingüístico de la práctica erótica o deleitable (escapan a mi instrucción, con escaso bagaje, otras erudiciones de procedencia indefinida y  excluidas del didáctico kamasutra). Tanto en épocas de bonanza cuanto en sus opuestas plenas de rigor, acudir a la vorágine léxico-libidinosa pertenece a ese encuadre que todo adulto procura a lo largo de una vida que algunos, ayunos de optimismo y ecuanimidad, califican de perra. Desconozco si tal esfuerzo taxonómico se hace por alcance simbólico o arrebatados por un laberinto epicúreo.

Al parecer está en desuso, quizás no lo compense, compaginar aprendizaje y denuedo por tierras de la pérfida Albión, Irlanda u otro dominio anglófono. Es probable que continencias o alternativas sean caminos idóneos para trasegar esa adversidad incómoda de aprender un idioma como apuesta laboral. Si no satisficiésemos plenamente nuestro objetivo, el ensayo habría mostrado -en términos más o menos exactos- qué recursos totaliza un año de abstinencia carnal.

Los resultados estadísticos no aclaran si los encuestados son célibes. Tampoco si su fortaleza financiera sobrepasa la media. Las cifras, en principio, manifiestan cierta inclinación por la entrega al placer a costa del patrimonio. Pareciera, pues, que el orden clásico debiera establecerse así: salud, amor y dinero; suponiendo que amor, como alguien advierte, quiera decir sexo. Es evidente recelar la juventud de la muestra. Ningún jubilado, inclusive muchedumbre entrada en años, debe encontrarse en esa terrible tesitura de acoquinar diez mil del ala, salvo dieta genital, a fin de conseguir una herramienta imprescindible, conjeturan, para encontrar trabajo.

Corrupción, desafueros independentistas, justicia cara y feudataria, desvertebración social, crisis degradante, etc. van perdiendo entidad, a poco, si se comparan con el esfuerzo titánico que deben realizar nuestros jóvenes, vacíos de bolsillo y en permanente hervor unos instintos que permitan la pervivencia de la especie humana.

Nosotros, cuando fuimos mozalbetes, nos alimentamos de carencias, represiones morales, tabúes. “Peccata minuta” con la sombría carga actual. Nosotros, ya mayores, perdidas lozanías y pasiones, si fuera preciso nos situaríamos en el sesenta y cuatro por ciento; es decir, en el grupo de los diez mil. ¿A que sí? No nos va a arrugar una pastilla de más.

sábado, 12 de enero de 2013

REGLAS, NORMAS Y REGLAMENTOS


Es costumbre arraigada, en este país volcánico, empezar cada año deseando buenos augurios a familiares, amigos y conocidos. Si bien las predicciones se adivinen pésimas, aunque el común sienta un horizonte sombrío, todo individuo consume animosas dosis de superación. Pareciera un ritual necesario en lugar de una simple pauta gentil. Hay lenitivos menos eficaces que también curan, pues cualquier enfermedad humana (incluyendo la desesperanza) tiene un componente psíquico. No obstante, prensa escrita, digital y telediarios, continúan ofreciendo reseñas en las que reina una gran corrupción que agrava la quiebra económica. Apenas queda impoluta alguna institución del Estado.

Los tres vocablos que constituyen el epígrafe son sinónimos de ley; cada uno con su matiz diferenciador. Función de la regla es dirigir y ejecutar una cosa. Se aplica la norma cuando nos dan pautas de conducta con el objetivo de mantener un orden. El reglamento conforma principios jurídicos de carácter general dictados por la Administración Pública u otros órganos del Estado. Según el lexicógrafo José March, las reglas se refieren a las cosas que se deben hacer y los reglamentos al modo como deben hacerse. Guardan rigurosa relación con el derecho natural y primitivo, respectivamente. Aquellas son más indispensables pero más frecuentemente violadas porque estimulan los pormenores de los reglamentos sobre las ventajas de las reglas. Parsons mantiene que un sistema social debe alcanzar estabilidad a través de la disciplina. Con este anhelo aparece la norma que implica prohibición y, en puridad,  afecta sólo al ciudadano.

Regla, norma y reglamento presentan, asimismo, diferencias meticulosas cuyo conocimiento (quizás desnaturalización) permite una salida tangencial al poder de turno en sus diversas manifestaciones o afanes. Esta circunstancia posibilita explicarnos qué sutilezas arguyen quienes se saltan a la torera una legalidad que, ilegítimamente, suele segregar a dignatarios y ciudadanos de a pie. Disculpa, por el mismo criterio, todo trinque, traspaso o sinecura.

La sociedad española está anegada de sentimientos contradictorios. Percibe, con claridad histórica, el latrocinio consuetudinario del poder durante siglos. Lo curioso, aun admirable, se da cuando el individuo acepta, consiente, tal escenario como mal menor; un peaje que ha de abonar por la “tutela” obtenida. Censura, reprueba a la menor ocasión, todo aprovechamiento personal o partidario. A poco, la ira cede paso al extravío que lo convierte en corderillo débil y tímido; presto a participar en el cuatrienal protocolo democrático. Alimenta, inconsciente, una dispendiosa farsa de decenios. Imitando la célebre sentencia: “el rito no hace al monje”.

Me exaspera que nos esquilmen con impuestos, apesta que se evaporen -para “compensar” sus esfuerzos- en manos de casi todos los políticos, por no decir todos y ubicarme junto a las antípodas de quien se escandaliza por una generalización evidente, que responde a la realidad. Sin embargo, supera mi disposición de aguante el hecho frecuente de que un responsable gubernativo, sindical, judicial o universitario (es el caso), invoque cualquier elemento de los que intitulan estos renglones como fuente del dictamen. Acudir además al cinismo oportuno, invitarnos a comulgar con ruedas de molino, representa desde mi punto de vista una indignidad extraordinaria. Apoyar decisiones trascendentes en el exquisito cumplimiento de códigos éticos, cuando se transgreden según los casos, llega a ser un trámite deshonesto.

Políticos y prohombres diversos, atesoran bienes crematísticos o morales ilícitos burlando todo límite que les imponen leyes, reglas, normas y reglamentos. Desconocen cualquier barrera que a los demás se les exige. Acaparan y mantienen privilegios que se consienten únicamente a élites privativas. Para ellos no cuentan restricciones; sus caprichos generan legitimidades, también soportes éticos y estéticos. Mientras el común de los mortales debe constreñirse a la regla,  ellos utilizan válvulas de escape toleradas por la conciencia ciudadana.

Alabo la sabiduría popular que se ha cimentado, desde tiempos remotos, por tradición oral. Si alguien proyecta saltarse la ley e intenta exonerar este marco de ruptura, en mi pueblo acostumbran a contestarle con retintín: “Vale, no me vengas encima con reglamentos”. Puya sana lo de mi pueblo.

 

                 

sábado, 5 de enero de 2013

EL VALOR DE LA INMUNDICIA


Vivimos un momento excepcional, atípico, sorprendente. El pasado siglo, minorías intelectuales escrutaban respuestas, quizás temibles, a ciertos interrogantes. Su anhelo era encontrar la sustancia de una vida que, en principio, se mostraba absurda, sin objetivos diáfanos. Chocaban reiteradamente con un infranqueable muro que les impedía comprender detalles y matices. Hoy, la masa social al completo palpa parecida angustia cuando inquiere qué sutilezas (quizás consentidas tosquedades) llevan a instituir una casta inicua, parasitaria, cuya pretensión se centra en saquear al pueblo a quien dice servir. Aquella élite, que lucubraba su origen y destino, alumbró una corriente filosófica entusiasta; el existencialismo. Esta muchedumbre sustraída, mansa, tibia, conforma -en esta piel de toro- un fraude caricaturesco al que llaman democracia.

Inmundicia significa, según el diccionario, suciedad, porquería; dicho o hecho sucio donde hay una cualidad de repulsión que levanta y despierta disgusto entre las personas decentes. Así, al menos, debiera ocurrir. Sin embargo, actitudes y sucesos se empecinan en mostrar comportamientos contrarios. El ciudadano, en ese doble papel de individuo o de grupo, sufre con asiduidad por parte del poder manejos repugnantes. Curiosamente no prevalece réplica adecuada porque la bajeza ha sufrido antes el efecto malsano de una manipulación sistemática que conlleva cualquier plan diseñado con fines concretos; en este caso la entrega y negligencia.

La Banca (en particular las politizadas Cajas, asimismo el no menos politizado Banco de España)  en un ambicioso apalancamiento orientado por humanos desenfrenos, produjo deudas privadas de imposible reintegro. Se prestaron descomunales cantidades de euros, sin advertir ninguna dificultad postrera, en un horizonte que la lógica  (ignota herramienta obligatoria para componer un discurso correcto) dibujaba complejo si no angustioso. Aunque las entidades privadas cometieron errores de cálculo, las públicas perpetraron irregularidades vinculadas al delito penal. FROB y rescate europeo han consignado cien mil millones a fin de “tapar pequeños agujeros” en frase usual del ciudadano común. Lamento desconocer quién ha de sufragar semejantes y delictivos derroches, aunque lo intuyo. No hallo adjetivo que califique la empresa casi consumada de que sus culpables se despidan con la más absoluta impunidad económica y penal.

Los sindicatos, contención retribuida del mundo laboral, acuerdan inoportunos desahogos recurriendo a sus liberados (sustancia y accidente al tiempo) en las huelgas generales. A veces, manejan sectores específicos con empeños turbios. Incordian, sojuzgan, a una ciudanía inocente, harta de aguantar maneras y fórmulas que sobrepasan lo admisible; más teniendo en cuenta la conflictiva situación que nos aflige. Los codazos, el pulso que templan sin descanso para mantenerse asidos a la teta ubérrima, les impele a un difícil equilibrio entre una comunidad que abandona, a poco, tiempos mediatos y unos planteamientos doctrinales obsoletos que, así y todo, ellos mismos se encargan de reafirmar.

CiU (aparte el nacionalismo vasco), junto a ERC que lo vigila estricto, un PSC inestable y un PP cabalístico, conduce a Cataluña al abismo económico y a la fractura social. Un grupúsculo exaltado, sumido en la estrategia intemperante, airea ese eslogan paradójico de “España nos roba”. Tal falacia interesada va calando poco a poco en el subconsciente colectivo que gana adeptos. A su pesar, los ladrones -como en aquella serie- van a la oficina. Debieran agachar la vista para prevenir un tropiezo con quien los esquilma, empobrece y hasta arroja al despeñadero. El soberanismo petulante, postizo, apetece soterrar tras sus bambalinas una corrupción, de la que no se libra sigla alguna, cuyo protagonismo es proporcional al periodo de mandato. Agigantan sugerencias con el vano intento de tapar unas garras también luengas.

Dejamos para el final aquellos que junto a la Banca son los principales autores del desenfreno: PSOE, PP y españoles. Un partido socialista desarbolado, hundido, preconiza ahora el federalismo con el mismo lucimiento que si planteara adivinar el sexo de los ángeles. Consciente del nulo éxito, del saco roto en que ha caído la idea decimonónica, termina por exigir a Rajoy cuatrocientos euros (el famoso quita y pon) para los parados sin subsidio. Con un brindis al sol, matizado por el rescoldo laboral al que ellos se encargaron de echar un jarro de agua fría, aguarda Rubalcaba recuperar el crédito dilapidado. Pues que se siente y espere. El PP, falto de logros veraces, se atrinchera en la cocina y sigue obstinadamente los pasos perdidos del gobierno lamentable de Zapatero. Los españoles acaparan el papel del consentidor corneado;  es decir, del que regala al verdugo un zurriago.

Tras lo dicho, además de aquello que callo por prudencia y espacio, constato que la inmundicia tiene alto valor porque nadie se ocupa de limpiarla u ordenar que lo hagan. Entre tanto, seis millones de conciudadanos son engullidos por el paro. El resto, en la práctica,  sobrevivimos asfixiados.

 

 

domingo, 30 de diciembre de 2012

EL ANIVERSARIO


Cuando las sombras físicas (que no otras) empiezan a disiparse impulsadas por los primeros rayos solares, inicio estos renglones con la sana intención de un análisis objetivo, sin penas ni alegrías. Enseguida, Rajoy expondrá en rueda de prensa los cimientos que ha ido asentando para salir de la crisis, dice a finales del año venidero. Ejemplarizará el éxito de tales medidas en un equilibrio cierto que apunta la balanza comercial, solitario dato positivo. Sin embargo, tal circunstancia acomoda su lectura a diversos razonamientos, incluso antagónicos. Al estilo Zapatero, nuestro actual presidente fía soluciones a largo plazo. Recrea una nueva manera de mentir sin que haya prueba. Pronto, la justificación y el crédito desaparecen. La mentira fehaciente, en cambio, tiene poco recorrido, no pretende engañar -a lo sumo  se viste de soflama-  y suele mantener firme el prestigio de su autor.

Mis observaciones se ajustan al sentido común y a la experiencia. Los datos entrañan esa argamasa que permite dar firmeza al análisis. Errores puede haber pero no merecen encajarlos sólo legos o inexpertos. Quien juega con fuego suele quemarse. Asimismo el que realiza ejercicios y predicciones se somete al yerro necesariamente. Con esta contingencia voy a desmenuzar por sectores mi apreciación personal sobre el primer año de legislatura. Afirmo que no me lastran filias ni fobias al personaje o partido que lo sustenta. Cualquier pugna observada, en estos extremos, por el benévolo lector escapa a toda lucidez; menos a un frenesí confortable.

Si bien la famosa herencia recibida no pudo ser más calamitosa en sí y en su rutina, crea intenso aturdimiento utilizar con redundancia esta reseña infractora para el alegato del devenir económico. Un año se estima tiempo suficiente para asentar políticas que minimicen los efectos devastadores de una postrera gestión lamentable. El gobierno con disposiciones cuanto menos paradójicas en relación a propuestas anteriores, ha agravado la realidad ora por cobardía, bien por apremios foráneos o por ambos. Los datos constatan tan tremendo efecto.  El déficit alcanzará (quizás supere) el nueve por ciento, los ingresos disminuyen a pesar del incremento arancelario, la deuda pública se aproxima al billón de euros, el paro se disparata, la prima de riesgo ha subido cien puntos y se adueña del panorama una sensación de quiebra absoluta. El equilibrio de la balanza comercial, neto apunte positivo, configura un sueño pasajero que proviene de un descenso salarial, cuyas secuelas se sienten ya letales para el consumo y el rearme económico.

El aspecto político-institucional tiene abiertos dos frentes imprevisibles. El primero se refiere a los pactos con ETA, originarios del antiguo ejecutivo y que Rajoy -desleal- ha contraído. Los acuerdos para que sus rastros externos no exaltaran impaciencias en unos u otros, se estiman vulnerados. Es imposible, suele sentenciarse, hacer una tortilla sin romper huevos. A la izquierda, autodenominada abertzale, lo obtenido le parece poco y el gobierno considera excesivo lo dispensado (reflexionen qué juicio merece a las víctimas semejante escenario). El segundo, no menos peliagudo, versa del camino soberanista -con difícil retorno- emprendido por CiU. Rajoy acaricia una ocasión única para demostrar al pueblo español empeño y  firmeza.

Desde la óptica doctrinal tampoco supera un examen mínimo de compromiso. Aquellas lejanas servidumbres de reconducir algunos asuntos que años atrás abandonaron la moderación, siguen impertérritos los pasos marcados sin variar un ápice. Me refiero a la Ley Orgánica 2/2010 de la interrupción voluntaria del embarazo, así como la derogación del Real Decreto 1631/2006 sobre Educación para la Ciudadanía, con augurio de cambio por Educación Cívica Constitucional desde el treinta y uno de enero de dos mil doce, entre otras también incumplidas.

Del optimismo quimérico, lasitud e incoherencia de Rajoy, da muestras su pasaje relativo a la Constitución en el trigésimo cuarto aniversario: “más de tres décadas después, podemos afirmar que la voluntad que entre todos consagramos en nuestro texto constitucional nos ha permitido gozar de la mayor etapa de paz y bienestar que se recuerda en nuestros cinco siglos de Historia”. Si contamos seis millones de parados, el ocaso de la clase media, el hartazgo social, la corrupción desplegada y el flamante anteproyecto de la Ley Orgánica del CGPJ que atribuye al Parlamento la elección de veinte vocales, ¿se puede leer mayor sarcasmo?

A pesar del latoso anuncio de que el PP practicaría una política veraz, cristalina (hasta hacer daño al ciudadano), la falacia y ocultamiento se han practicado a lo largo del año. En resumen, el actual ejecutivo festeja su aniversario no sólo suspendido sino con el personal asqueado. Lo único hecho, la extraordinaria realidad, se limita al aumento grosero y negativo de impuestos. El resto han sido doce meses de buenas palabras, propósitos de enmienda… papel mojado. Como dijo Diógenes de Sinope “el movimiento se demuestra andando”.

¡Ojalá los hados nos sean clementes en dos mil trece! Este es mi deseo para el año que viene.

 

 

sábado, 22 de diciembre de 2012

SUPEREMOS LA HORA DE LOS FANTASMAS


El aquelarre soberanista (real o aparente) de Mas, cuenta con la aquiescencia -e incluso silencio cómplice- del partido y el abrazo letal de ERC. Cualquier análisis riguroso debe perfilar una Cataluña  día a día con menor margen de maniobra. Desconozco si esta situación se genera por frenesí político, parálisis social (básicamente de la élite financiera y fabril) o un intento dramático e irresponsable de escapar a la justicia. Sea como fuere, el escenario vigente se presenta complejo, árido, aterrador. Jamás hasta ahora CiU “había sacado los pies del tiesto”. Su lamento se saldaba con la subvención lenitiva bajo el añadido, poco convincente, de coadyuvar a la gobernanza. Se cercenaban, al tiempo, envidias e hipotéticos desencuentros hostiles que pudieran sentir otras Comunidades privadas del manjar común.

De rebote, esta sinrazón ha venido bien a los medios, pues disponen de miga abundante, y a un gobierno perplejo si no andrajoso. El pueblo sigue aseverando que el Sistema Autonómico es económicamente inviable. Voces periodísticas, incluso de próceres con parecidas u opuestas afinidades, insisten en su oportunidad y validez para el ciudadano. Falta, dicen, sólo una gestión correcta, transparente, rentable; es decir, falta todo. Sin embargo parece que su fracaso traspasa el mero trámite para centrarse en los principios constitucionales. Cuando el poder se disgrega, cuando se acerca al individuo, entra en escena la corrupción integral. Aproximar la administración, para atenuar trabas seculares en el ámbito burocrático, no precisa acometer duplicidades ni sobrecargar el costo de los servicios. Que el Estado Autonómico nos arruina por sí mismo, sin explorar otras consideraciones, es una realidad cuya certidumbre debiera ser admitida.

Se reputa con porfía que el Título Octavo de la Carta Magna fue redactado para integrar hipotéticas Comunidades Históricas, asimismo de flamante acotación y nula  exigencia social. Opino, por el contrario, que estas pobres razones enmascaran la excusa perfecta para burlar la Historia y borrarle un periodo de cuarenta años. Los españoles, ansiosos por vivir en un sistema formal de libertades, no advertimos el virus siniestro que se introducía con aparente inocuidad en un texto confuso, elástico y de exiguo porte conciliador. Ahora, el gobierno catalán extrema el pulso que viene echando al Estado desde casi el inicio. La lógica exigiría una respuesta contundente pero el ejecutivo nacional, además de timorato, lucubra qué vía debe utilizar, si lo hace. Es, por desgracia, la tónica rutinaria de ambos partidos nacionales y supuestos garantes de la Constitución y su acatamiento.

El problema se viene gestando al día siguiente en que los españoles aprobamos la Ley Suprema. Ni su generación fue espontánea ni ha adolecido de varios padres putativos que actuaran con diferente ardor y afecto que el biológico. ¿Era preciso dejarse en la gatera pelos soberanos o pecuniarios? No; cambiar la Ley Electoral para impedir cualquier presión o incomodo hubiera sido suficiente. La ceguera, el beneficio y la falta de acuerdo entre PP y PSOE han traído la situación límite en que nos hallamos.

Causa bochorno recordar cómo los sucesivos presidentes, sin excepción, requerían apoyo periódico a nacionalistas vascos y catalanes a cambio de suculentas cesiones. Se olvidaban, raptados por insaciables impulsos, de una solidaridad tan proclamada como quimérica. El resto de españoles era moneda de cambio. Suponía la inercia endémica de todo régimen, cuyas opulentas bondades se derramaban exquisitas sólo en la periferia nororiental. Así surgió la España rural sojuzgada frente a la industriosa insumisa. Este proceso de siglos no mengua; por el contrario se agiganta. Aparte de aprecios, desapegos e incomprensiones, parece tener importancia suma un lacrimal presto a la maniobra. Deben tener bien aprendida esa sentencia pícara: “Quien no llora, no mama”.

Felipe González y Aznar cayeron, sin rechazo ni pesar, en los brazos ávidos de unos nacionalismos siempre sediciosos e insatisfechos que, con paciencia no exenta de ciertos apremios, fueron conquistando etapas previas al asalto final. Contaron con la insólita colaboración de un personaje sacado de la cámara, tanto de unos errores colectivos cuanto de los horrores por él acumulados. Rajoy, inconsciente sosias, infravalora su mayoría absoluta y -cual amante despechado- solicita, exhibiendo una debilidad lesiva, los afectos desairados de una vanidosa veleta.

Ochenta años, junto a políticos de baratija, son suficientes para olvidar las lecciones que la Historia se encarga de ofrecer a los pueblos en su intento de evitarles revivir amargas experiencias. El extravío y la necedad nos retrotraen a momentos dramáticos. No obstante es tiempo de superar la hora de los fantasmas para comparecer ante la hora de la verdad.