viernes, 25 de noviembre de 2022

CURRÍCULOS YERMOS O ESTÉRILES

 

Rechazo pensar que la desdicha se haya cebado con este pueblo desde hace siglos porque no creo en espíritus vengadores ni tampoco antojadizos para penalizar salvaje y asiduamente a sociedades apáticas. Deduzco que la conjunción caprichosa, caótica, anárquica, de la idiosincrasia española y la corrupción instintiva que manifiesta el poder en nuestro país, al menos, ha permitido abusos en toda clase de regímenes hasta el presente. No es que hayamos tenido infortunio al contar con gobernantes lerdos, necios o tontos en diferentes grados, que también; asombra (incluso estremece), no obstante, que cuando la providencia ha colocado para regir los destinos patrios a un grupo instruido, culto, competente, el fracaso ha sido similar tal vez porque los intereses se hayan desvirtuado debido a su envilecimiento personal, ingénito.

Un aforismo popular, sabio como todos, constata: “lo que la naturaleza no da, Salamanca no lo presta”. Los hechos históricos no desmienten tal afirmación; por el contrario, siglos de experiencia la hacen indiscutible. Quienes tenemos unos cuantos años, si el dogma deja limpios entendimiento y voluntad, podríamos rubricar algunas décadas de modelos presuntamente dictatoriales y democráticos. Charles Bukowski, al respecto, mantenía: “la diferencia entre democracia y dictadura consiste en que en la democracia puedes votar antes de obedecer las órdenes, en la dictadura no tienes que gastar tiempo votando”. Personalmente, comparto sin acotar una coma el mensaje de Bukowski. Preciso alegar que jamás estuve afiliado a ningún partido político ni sindicato; sí realicé los esfuerzos precisos para ser funcionario docente durante mi vida laboral.

Cuando murió Franco yo tenía treinta y dos años. Antes, mis prioridades eran estudios, futuro e hijos. Tampoco el carácter me infundía interés alguno por conocer currículos de diferentes gobiernos franquistas, aunque traslucían cierto carisma en su constitución. La lejana década de los sesenta fue famosa, reputada, debido a ejecutivos tecnócratas. Luego, durante un corto periodo, se hizo de la necesidad virtud llegándose a los Pactos de la Moncloa, en mil novecientos setenta y siete, donde los partidos legalizados acordaron acuerdos económicos, jurídicos y políticos. Más tarde, aparecieron desavenencias entre Suárez y el rey. Este —con fundadas o infundadas desazones— habilitó la alternancia socialista iniciando así un cambio de estilo que nos ha llevado hasta aquí. Reconozco, pese a errores gigantescos, condicionantes a futuro, que González modernizó el país.

Felipe González mostró un currículo denominado ilusión del que apena había participado en su hechura. Cierto que sus libranzas e integridad personales daban un plus de confianza suficiente para superar el exiguo currículo intelectual y profesional que puede atesorar un abogado laboralista. Luego tuvo una vida política llena de luces y sombras. Aznar, su sucesor, era Inspector de Hacienda, por tanto, mejor pertrechado a priori de títulos y experiencias laborales. Curiosamente, le sentó fatal la mayoría absoluta que no supo digerir con la moderación que las circunstancias requerían. Y eso que en la primera legislatura tuvo el desdén de hablar catalán íntimamente. Dejó una economía próspera (era lo suyo) porque supo domeñar la burbuja inmobiliaria. Luego los estros, quizás los siniestros, quebraron el encantamiento y vino lo que vino: Zapatero.

Es difícil olvidar qué circunstancia concurrieron en las Elecciones Generales de dos mil cuatro. Supusieron el premio a todas las infidelidades cometidas por Zapatero en León a su amigo y mentor Secretario General del PSOE leonés. Recuerdo cómo el día de reflexión (sagrado hasta entonces) Rubalcaba, presuntamente, ordenó cercar las sedes del PP al grito de ¡asesinos! El socialismo, acostumbrado, no inició injuria alguna a la Historia, pero alcanzó el poder sin limpieza democrática. En la praxis, fue peor conocer a Zapatero: un político, junto a su tercera vía, anodino, poco formado, infantiloide, cuyo currículo laboral detallaba tres años como profesor asociado en la Universidad leonesa. Su idea de Estado propendió a “la alianza de civilizaciones”. Ni economía, política institucional, separación de poderes, nada que “escamoteara” aquella esencia.

Me detengo porque aquel gobierno vino tras un acto terrorista, el mayor en Europa, que costó la vida a casi doscientas personas junto a miles de heridos. Jurídicamente se consideró concluido tras una resolución con bastantes incógnitas por resolver. Complejidades y terrenos pantanosos pudieron ser razones de peso para probablemente cerrar en falso aquel hecho terrible. A caballo, henchido y gozoso, vino el primer presidente con hechuras de dejar el país en la miseria. Qué podíamos esperar de quien dijo en el prólogo al libro de Jordi Sevilla, Nuevo Socialismo: “En política no hay ideas lógicas… Todo es posible cuando carecemos de valores y de argumentos racionales”. Como algo esperado, consiguiente, razonable, el absurdo ocupó el poder y nos llevó a la “champions league”. ¿Recuerdan?

Rajoy —quedamente tranquilo, exánime— cosechó por acción de Zapatero la segunda mayoría absoluta más abultada de la Transición. Socarrón, pero sin apresto ganador, pasó penando legislatura y media hasta que las cañas peneuvistas se transformaron en lanzas perjuras y letales. Político intelectual y culturalmente notable, tuvo una actividad estéril cuanto a los frutos recogidos; pues la desidia acabó ocultando su entendimiento. Resulta inolvidable la ignominiosa huida a un bar mientras se celebraba una moción de censura que él cría ganar por tener al PNV “atado y bien atado”. Las inestables quiebras nacionalistas (independentismo de ocasión) se han descubierto demasiado exigentes. Jamás podrá consolidarse España como nación única, indivisa, mientras otros intereses con inmenso poder posean una llave totalmente antinatural, falsaria e impropia.

Termina el artículo, quizás no (o si) con el peor currículum de los presidentes. Sin duda, de forma incontrovertible, es el más estéril incluso desde los gerifaltes de Atapuerca. Nunca este país había conocido un político deslegitimador del Estado de Derecho, impostor, falso e impresentable. De traicionero, ni hablamos; aunque su defección no espante a la bajeza moral y patriótica que destila. El mandarín y su vanidad necesita derrochar sin tiento para asentar una egolatría enfermiza, psicótica, dejando al personal extenuado a impuestos confiscatorios. Mis palabras parecen exageradas, pero si analizamos detenidamente, en limpio, sin hojarasca (quitando propagandas, escaparates, imagen, palabrería vacía), lo hecho por tan siniestro personaje, llegaremos a la conclusión de que hasta he podido quedarme corto. El gobierno está a la altura, abarrotado de mindundis. La arrogancia mostrada por Irene Montero indica solo el atrevimiento propio de una ignorante. Félix Bolaños, desconoce la Historia o miente cuando afirma que el “PP no le va a dar lecciones al PSOE de lucha contra el totalitarismo fascista o contra Eta”. En mil novecientos treinta y seis el totalitarismo marxista era el PSOE, no la CEDA antecedente real de esta derecha social.

viernes, 18 de noviembre de 2022

TONTO ÚTIL Y DESUBICADO

 

Estamos —más que cautivos, ensartados— en este debate tedioso y superfluo, a la postre, del final legislativo de sedición. Se argumenta como fundamento de peso el que ningún país europeo contemple dicha figura penal en los textos legales. Completa la falacia una “exigencia” comunitaria para acoplarnos con Europa. Al igual que la falta de literatura picaresca no sostiene un mundo ingenuo, probo, la ausencia del vocablo sedición no da pátina de quietismo vehemente. Sedición por sí misma ni es acicate ni hipnótico; al presente, constituye un falso enfoque discursivo. Hermana menor, inocente, casi cándida, de sublevación (hoy desaparecida del tronco familiar) hasta ahora pasaba desapercibida, pero esta coyuntura extraña le ha hecho presidir brevemente el candelero informativo. A poco, finará físicamente y su hermana mayor seguirá en paradero desconocido.

Cierto que ambas figuras penales de anatomía semejante, pero distinta condena, siempre fueron bendecidas por una izquierda desaprensiva y democráticamente peregrina. En el pasado, tales apuntes legislativos significaron un freno para el convulso siglo XIX lleno de asonadas y golpes provenientes principalmente de la derecha social y castrense. Luego, todos asaltaron aquellas leyes por procedimientos contrarios no solo a la norma sino a la justicia y al pueblo que veía impotente, incluso cohibido, las desvergüenzas del poder. Pasó con el golpe de Jaca, en mil novecientos treinta, donde (salvo los capitanes Galán y García Hernández) a todos se les conmutó la pena y luego, meses después, amnistiados. Igual ocurrió con el golpe de Sanjurjo en mil novecientos treinta y dos, amnistiado en el treinta y cuatro. Indalecio Prieto y Companys, responsables del alzamiento en Asturias y del Estado Catalán, fueron amnistiados dos años más tarde de protagonizar tales sucesos.

Las derechas, en sus diferentes formulaciones y complejos, jamás han iniciado textos legales con referencia a delitos de sublevación y sedición. La primera vez que aparecieron en el código penal fue en mil ochocientos veintidós, durante el trienio liberal. Con posterioridad, se revisa en mil ochocientos cuarenta y ocho, mil novecientos treinta y dos y mil novecientos noventa y cinco, todos gobiernos liberales o de izquierdas. La derecha ha sido incapaz de proponer restricciones a la transgresión porque durante mucho tiempo fue su personaje principal. No es que la izquierda, desde su nacimiento, le hiciera ascos a agitar al pueblo, ni mucho menos; pero el sino tiránico característico exime de cualquier remilgo legal: simplemente circunvala o elude la Ley. Acaso sea plagio, anhelo o desenfreno; no obstante —dentro de la moderación diestra, incluso acatando la Ley— apenas existe al respecto distancia sustantiva entre izquierda y derecha.

Esta derecha patria, estéril, incapaz de gestar o derogar sedición dentro del código penal, nunca revertirá su caída, pese al compromiso de Feijóo. Estoy convencido de que cuando el PP tenga mayoría parlamentaria no tocará la Ley que “descubra” este desalmado y ambicioso personaje. Lo que en adelante se denominará Desorden Público Agravado va a beneficiar casi en exclusiva al independentismo catalán y vasco. El resto de la ciudadanía puede sufrir incómodas repercusiones por un “quítame allá estas pajas” a consecuencia de esa ambigüedad contenida en el título del texto legal. PSOE, PP y ahora sanchismo, han vendido su alma al diablo nacionalista (hoy independentismo acérrimo e inacabable) a cambio de una gobernanza tranquila. Todo ello se ha ido gestando en cuatro décadas de nefasto bipartidismo sin cambiar la Ley Electoral. Cosa distinta son las excusas dadas para seguir alimentando el monstruo que nos devora. 

Los nacionalismos —independentistas o no, al fin un matiz acomodaticio— por muchos afijos con que se acompañen, son partidos ultras, nazis en su pragmatismo solar o hábitat diferenciado. Quien crea ver algún principio marxista en la CUP, Bildu, o doctrinas similares, se equivoca de pleno. Con mayor motivo, si considerase izquierda a ERC donde se cobija y ubica la burguesía liberal catalana. Para qué hablar de Junts o PNV portadores del estigma altoburgués catalán y vasco. Al compás, hay partidos camaleónicos, camuflados. Son el PSC y PSE, nacionalistas y constitucionalistas a ratos, según convenga dentro de su atavismo republicano. Aconsejaría al lector curioso, interesado, que analizara la historia del PSOE desde el segundo decenio del siglo XX, al menos.

La derecha nacionalista catalana y vasca (en su amplia mutabilidad, sin complejos al contrario de su sosia nacional) ha sido padre putativo y benefactor único del prometido destierro del término sedición y probable cambio de fisionomía textual en “malversación”. Ello, a la sombra antojadiza de un individuo insaciable, sin escrúpulos, desprestigiado y nocivo. Sánchez y su codicia están resultando el tonto útil de una derecha atormentada, medrosa, incapaz de imponer sus criterios e intereses sin el plácet siniestro. Esta derecha social —salvo algunos, mejor algunas, ejemplares rebeldes, con personalidad arrolladora— al contrario de la nacionalista se muestra pusilánime, de respuesta nula ante una oposición disipada y fulera. Ignoro por qué acepta una falsa supremacía ética de la izquierda, así como “cargar” con la ficción de heredera franquista.

El último escollo, por ahora, que le queda a Sánchez para disfrutar un año más de cuatro palacios, Falcon y Puma, es “velar” el concepto malversación. Gabriel Rufián —célebre y prestigioso jurista, dueño además de un loado sentido común— dijo, desconozco si como velada amenaza o “pertinente” sugerencia, que la malversación debería cumplir una labor quirúrgica. Se ignora también si el “tajo” quirúrgico se refería solo a condenados por el “procés” o incluía corruptos socialistas andaluces. Malversar es apropiarse o destinar los caudales públicos a un uso ajeno a su función. Sin embargo, se empiezan a oír voces que discriminan entre si lo apropiado queda a disposición del malversador o lo reparte a otras personas. Según se de una circunstancia u otra, la pena será mayor o menor cuando se juzga únicamente el hecho, su cuantificación, no los arrabales posteriores. La apropiación, por lógica, sería delito distinto y su pena unitaria, firme, inmutable.

Parece haber pocas dudas de que, en adelante, los independentistas podrán elegir entrambos caminos con total impunidad: volver otra vez a la DUI (Declaración Unilateral de Independencia) o exigir financiación y competencias abusivas, en detrimento del resto de Comunidades, rompiendo la solidaridad y conciliación nacional. Como lo he expresado anteriormente, pese a tanta vestidura rasgada por diversas cuestiones, solo hay dos culpables. No importa ya la autoría sino esa obcecación sempiterna. Tal contingencia permite que catalanes y vascos, de facto, tengan un peso esencial en la gobernanza de España. Conforma una inexplicable paradoja que quienes renuncian a ser españoles conlleven, si no conducen, los destinos del país. Veremos en breve si la sociedad permite tanto cesarismo antidemocrático puesto en práctica por un Sánchez necio y desubicado.

            

viernes, 11 de noviembre de 2022

ADOCTRINAR LOS INSTINTOS

 

Vimos sorprendidos, porque no implicaba ninguna necesidad social ineludible, el inicio de la Ley 52/2007 de veintiséis de diciembre, llamada Memoria Histórica, ratificada por Zapatero y su mayoría parlamentaria. Hoy, nos sobrepasa la Ley 20/2022 de diecinueve de octubre, denominada Memoria Democrática, proyectada por Sánchez en una maraña terminológica pues la Guerra Civil se libró entre fascistas, al decir de unos, y marxistas totalitarios, según otros. Nadie menciona que hubiera demócratas en ninguno de los dos bandos, seguramente por no tener constancia de tal coyuntura. El objetivo, doble, es calificar de demócrata al bando perdedor (al final, como siempre, perdió la sociedad española fuera de toda adscripción política) y nacionalizar con interés electoral a nietos de exiliados. Este proyecto último sería justo si no naciera de una Ley disgregadora y fraudulenta.

La Ley de Memoria Democrática —además de postiza, falsa, tergiversadora— es maniquea. Divide a los contendientes en malos, malísimos, y buenos, bonísimos, cuando la realidad dista mucho de sendos epítetos. A lo sumo, se dieron alternativamente en ambas facciones sin que supusiera característica permanente, ni tan siquiera usual. Las consecuencias visibles, innecesarias, tópicas, se centran en la exhumación de restos que llevan más de ochenta años descansando en sus tumbas, fosas comunes o cunetas para reavivar un odio miserable, útil para todos. La izquierda más o menos extrema supone que esos rituales crean una atmósfera emocional diferenciada en determinadas personas, presuntamente frías a la hora de depositar su voto. Es decir, la Ley está urdida como estímulo, no para reparar supuestas impunidades históricas.

Pese a lo dicho, Susana Díaz promulgó la Ley 2/2017 de dieciocho de marzo, apodada Ley de Memoria Histórica y Democrática de Andalucía. Era todo un referente, una mezcolanza de lo antiguo y lo moderno, un cachivache dinámico con raíces antañonas, pero envoltorio innovador. Su ampulosidad, no obstante, le sirvió de poco pues perdió las elecciones autonómicas, tras más de tres décadas atesorando el famoso clientelismo, en enero de dos mil diecinueve a favor de Juan Manuel Moreno Bonilla. Lo predijo James Carville, director de campaña de Bill Clinton, cuando dijo: ¡”es la economía, estúpidos”! EEUU estaba en recesión y Carville entendió que ningún tema, fuera de la economía, interesaría a los electores. Constituyó el error de Susana Díaz y probablemente el de Sánchez al hacer hincapié en algo sin incentivo para la gran masa social. 

Veo similitud entre la epistemología (teoría del conocimiento) que transfiere criterios para justificar o eliminar conceptos, como verdad y otros, con el deseo de adoctrinar los instintos en sus variantes y calidades. El conocimiento se vertebra en el intelecto mientras los instintos son receptados por vísceras nauseabundas cercanas a una vida inferior, animal. Considero que el gobierno, con ayuda inestimable de los medios, está empeñado en el guerracivilismo y el deterioro de Ayuso. Está todo planificado según puede advertirse viendo los medios audiovisuales. La sexta intercambia la “terrible” situación hospitalaria madrileña, con la guerra de Ucrania. Llevan días centrados en esas dos informaciones: Una para reconquistar Madrid —imposible según encuestas de última hora— y otra para descargar sobre ella la, no por falseada, terrible, angustiosa, situación económica patria. Peor aún, se otean cercanas perspectivas de agotamiento generalizado.

Instinto, en forma singular, es un conjunto complejo de reacciones exteriores determinadas y adaptadas a una finalidad de las que el sujeto no tiene conciencia. El psiquismo humano incorpora un determinismo ajeno a lo biológico. La vida social, desde este enfoque, se encuentra entramada con la cultura, las formas de producción y dependencia mutua. Sigmund Freud considera que no existe el instinto; en su lugar actúan pulsiones. Konrad Lorenz conforma un modelo denominado “puntos fijos de acción (comportamiento) que responden a estímulos llamados “llave” y operan sobre “mecanismos desencadenantes innatos”. Pávlov y el “condicionamiento clásico” consolida también la tesis sobre el adoctrinamiento de los instintos. “Instintos” adquiere cierto grado de maldad, incluso perversión, respecto a su singular.

Desde mi punto de vista, el gobierno está adoctrinando “los instintos”, las entrañas, los aspectos irracionales del hombre, que conforman la “llave” para desencadenar reacciones determinadas. Al mismo tiempo, realizan experimentos condicionados para lograr (intentar, al menos) fines concretos. Solo así puede entenderse la exhumación de los restos de Queipo de Llano, verbigracia, a quien apenas conocen en Sevilla y que no forman parte de ninguna preocupación social, salvo fantasmagoría de retrotraer el enfrentamiento cainita con remates electorales. Quisiera hacer un alto, asimismo, entre Memoria Histórica y Memoria Democrática, ambas pura invención y recreación pues no se corresponden con ningún modelo estudiado por la psicología experimental. La primera integra todos los hechos mencionados por la Historia; la segunda, únicamente la correspondiente al gobierno del frente popular, con presunta legitimidad democrática, y los alzados contra él; un revisionismo putrefacto y repugnante.

Resulta intolerable que al Frente Popular se le considere gobierno legítimo, democrático, de la Segunda República Española y sin embargo Hitler, surgido democráticamente de la República de Weimar, sea tratado de ilegítimo y nazi. Una muestra más del diferente rasero utilizado por la izquierda marxista y totalitaria. ¿No es respuesta internacional suficiente el hecho de que los primeros países en reconocer a Franco fueran Gran Bretaña y Francia? Siguen sin enyugar el apelativo “fascistas”, otorgado por los partidarios de la Tercera Internacional comunista, y la venia democrática de Gran Bretaña y Francia concedida a Franco. Ocho decenios después, seguimos en trincheras similares de forma artificiosa, exacerbada y cruel. Cierto que la ONU, donde la URSS tenía derecho de veto (que ya era el colmo), pidió la retirada de embajadores en la calificada España dictatorial.

De pronto aparece lo que puede ser el estertor de esta fisura social que malinventó Zapatero administrándole un apellido inconveniente, delator, y que Sánchez —mucho más inepto, pero experto publicitario y agitador— pulió sutilmente mediante apéndice abracadabrante: democrática. El plus de eficacia aparente lleva implícito su propio sepelio. Aquel vocablo complejo, casi inexistente en la práctica, falsea (sobre lo ya cuestionable) hechos y vicisitudes; más cuando hace distinciones oníricas si no psicóticas. El presidente y, bajo su batuta, gobierno, medios, comunicadores, sindicatos, conmilitones, proyectan el adoctrinamiento de los instintos inferiores, siguiendo probablemente las tesis de Konrad Lorenz y su “llave”. Sospecha que tal vez tenga perdidas las elecciones, pero no concibe siquiera que enterrará para siempre una memoria apócrifa, malintencionada, imposible. Como dijo Galileo, “eppur si muove”.

viernes, 4 de noviembre de 2022

CONSENSO ROTO

 

Este título, que parece la analogía de una película legendaria —lanza rota— no es ni más ni menos que el disgusto enrabietado, algo infantiloide, de Podemos (ver las declaraciones venenosas de Monedero) por no haber podido colocar a la jueza Rosell en el CGPJ. Todo procede del erróneo análisis-predicción que algunos líderes realizaron. Iglesias, allá en el lejano octubre de dos mil catorce, se dejó decir arrogante, endiosado ante triunfos anormalmente brillantes: “El cielo no se toma por consenso, se toma por asalto”. Un año después, en las elecciones generales de noviembre de dos mil quince, Podemos obtuvo sesenta y nueve diputados. Aquel éxito debió producir un efecto entre iluso e ilusorio a todo el conjunto de coautores. Surgieron demasiado pronto afectos contradictorios, envidias y ambiciones personales, incompatibles con el conjunto armónico.

Iglesias, un estalinista metódico, purgó enseguida a Errejón y Bescansa fragmentando el partido en banderías que ya existían dormidas. Monedero, hábil, prefirió acumular un poder periférico que lo ponía a cubierto de cualquier eventualidad. Casi de inmediato fue abanderado político de la facción mayoritaria comandada por Iglesias. Vocero tendencioso algunos años en medios concretos, ahora intenta defenderse de varios procesos abiertos por presuntos delitos fiscales y —de uvas a peras— a desbarrar contra el PP. Le falta casi todo para ser buen profesor, en sentido clásico del término; como con el vino excelente, no basta con tener color Burdeos ni tampoco cierta entidad o presencia. Para ser un buen vino, primero hay que serlo porque si no hay materia hablar de cualidades es pura inconsciencia. Un bulto con conocimientos no puede ser buen profesor.  

Sánchez —sin poder “torear” al PP, único que quedaba por tomarle el pelo— está tan encolerizado como Podemos, por torpedear ese prurito pundonoroso que tiene a gala e impedir el presunto “arreglo” de un futuro incierto. Ultrajado su egocentrismo, ha ordenado un ataque frontal contra quien no tiene especial culpa: Feijóo. Ministros y tertulianos braman al compás del mismo eslogan, propaganda o epíteto. El presidente del PP, dicen, es un irresponsable, antipatriota que burla la Constitución y antisistema convencido. Tanta infamia, tan grueso aparejo de epítetos, tampoco justificaría la falsa realidad que le quieren colgar. En última instancia fueron los votantes y barones quienes evitaron la desaparición política del presidente recién llegado, preso de cobarde fogosidad. Socialmente desgastado, le quedan pocas opciones para rectificar el yerro.

Dos son los argumentos que utiliza el sanchismo contra Feijóo. Ambos, igualmente perniciosos para sus intereses electorales, suelen salir de bocas diferentes. Con la pequeña, afirman que Ayuso le ha doblado el brazo. Con la grande, aseguran que el presidente del PP es un político anticonstitucional e irresponsable.  A Ayuso no quieren ni nombrarla porque cada vez que lo hacen “sube el pan”; es una pieza intratable. La caza se ha centrado en el “poco respeto constitucional” que muestra Feijóo. Sin embargo, la realidad (siempre machacona) revela que fue el PSOE quien traicionó espíritu y letra de la Constitución. Ocurrió el año mil novecientos ochenta y cinco sin que por aquella fecha la oposición, revestida de incógnito, latente, oculta, expresara ninguna impugnación. Antes bien, se adscribió a aquella frase de Alfonso Guerra y que suponía el final de la independencia judicial: “Montesquieu ha muerto”. ¡Larga vida a la arbitrariedad partidaria!, pudo pensar.

El artículo ciento veintidós, referente a la ley orgánica del poder judicial, en su punto tres dice: “El Consejo General del Poder Judicial estará integrado por el Presidente del Tribunal Supremo, que lo presidirá, y por veinte miembros nombrados por el Rey por un periodo de cinco años. De estos, doce entre Jueces y Magistrados de todas las categorías judiciales en los términos que establezca la ley orgánica, cuatro a propuesta del Congreso de los Diputados y cuatro a propuesta del Senado, elegidos en ambos casos por mayoría de tres quintos de sus miembros, entre abogados y otros juristas, todos ellos de reconocida competencia y con más de quince años en el ejercicio de su profesión”. En mil novecientos ochenta y cinco, Alfonso Guerra —haciendo una interpretación libre del texto legal, según el cual las Cámaras elegirían ocho vocales— cambió la encarnadura constitucional, por su cuenta y riesgo, haciendo que todos los vocales fueran elegidos por diputados y senadores respetando procedencias y cualidades de los representantes; es decir, doce entre Jueces y Magistrados y ocho entre juristas de “prestigio”.

Cierto que, a lo largo de años, el PP ha sido cómplice de este cambio a espaldas del pueblo. Cierto que se ha beneficiado del control judicial. Cierto que ha puesto dificultades solo cuando pretenden desalojarlos del banquete haciéndolos vanos e inservibles. Se han quedado sin fortaleza moral, pero constitucionalmente piden lo justo: que los jueces se elijan a sí mismos, no los Parlamentos. Esto dice espíritu y letra del texto original. Pese a todo, si volvieran a tener posibilidad de repartirse PSOE (no sanchismo) y PP el gobierno de los jueces en condiciones de igualdad, volverían a aceptar el trapicheo constitucional. Todo sea por la continuidad, sin sombras, de un bipartidismo que los acontecimientos han confirmado nefasto. ¿Quién de ambos escamotea nuestra soberanía? Pregunta clave.

Se afirma con frecuencia (ignoro si con certidumbre) que desde el primer momento los jueces clamaron por su autonomía. Considero que los dos partidos principales han intentado quebrar esa independencia judicial a través de sus órganos de poder. No obstante, quienes se rinden son los jueces sometidos a estímulos mundanos, alejados del juramento que les exige impartir justicia sin desviaciones intencionadas. Dicho de otra forma, la politización de la justicia constituye el escenario favorito de los jueces. Nadie se dobla si uno no quiere, pero hay excusas con intenciones convincentes, en ocasiones paradójicas; tal vez, la mayor parte de las veces ininteligibles.

El PP proyecta quitarse cualquier responsabilidad que Sánchez y su tropa le imputan, día sí y otro también, al fracasar la compleja y reñida renovación del CGPJ. Niego que la inocencia anide o arraigue de forma espectacular, ni tan siquiera estándar, en ninguno de los belicosos contendientes. Objetivamente, a través de la Historia, los partidos siniestros y nazis son quienes han cimentado su doctrina usando la propaganda como principal, si no único, motor de adoctrinamiento social. Cuando se han destruido los engranajes nacionales, morales e institucionales y las crisis económicas aparecen por el horizonte, surgen intentos desesperados de dominio pleno. Llega el momento exacto de romper los consensos igualitarios para conseguir presuntos equilibrios o, desde otra orilla, ventajas espurias. Llegamos así al enfrentamiento social, pretensión de los que huyen hacia adelante porque tienen todo perdido.

viernes, 28 de octubre de 2022

DOPAJE ANTIDEMOCRÁTICO

 

Hace años se puso de moda política la expresión “dopaje” para indicar que cierto partido o partidos concurrían a las elecciones con medios económicos fuera del concierto oficial. Recuerdo a cabecillas de Podemos, luego ministros y ministras (en curso todavía), echando pestes de Rajoy por presuntas irregularidades o ilegalidades que conformaron el caso Púnica. En el fondo suponían doscientos cincuenta mil euros declarados, presuntamente, en facturas falsas. Ahora llevamos meses de precampaña en donde el ejecutivo social-comunista, sin excepción, gasta millones bajo el biombo sospechoso de realizar dispendios huérfanos de justificación sin otra finalidad, dicen, que satisfacer el bienestar social y dar cumplimiento a su facultad gubernativa. Además de raseros diferentes, según la ocasión y relevancia, exhiben un cinismo notorio, histórico, terco.

Si bien ahora sorprende el silencio estruendoso de aquella todavía élite universitaria, no se queda atrás la magnitud de las cifras barajadas, y eso que solo estamos en los inicios. Confrontar un cuarto contra varias decenas de millones —ya dilapidados y a la vista del año electoral que nos espera—  parecería maniobra insólita, absurda, propia de una casta inmunda. Lo más grave, sin embargo, y de ahí su vileza antidemocrática, constituye el origen del dinero que permite obtener ventajas inequívocas. En el caso de Rajoy, de forma más o menos irregular (incluso ilegal, a las malas), procedía de donaciones particulares. Este del progresismo social-comunista procede de la caja común, de todos los españoles, y que alguna ministra, “experta” en derecho constitucional, aseguraba que no era de nadie. Con semejante análisis, hablar de malversación sería un disparate.

Además del sigilo oficial —que atenta contra cualquier portal de transparencia harto publicitado— el mutismo transgresor (ese que descubre los auténticos intereses u objetivos de quienes suelen proclamarse garantes de las gentes) es la respuesta acostumbrada ante tanta indignidad. Cambian el discurso, pero no la vehemencia porque su impronta parece estar siempre saciada de sugestivas razones. Ellos, mayoritariamente, se han recubierto de una pátina intelectual, erudita, que la sociedad permite adoctrinada por unos medios vendidos, altivos, ultramontanos. Este permanente proceso de idiocia pública, iniciado en los primeros compases de la transición, ha constituido la auténtica involución del desarrollo democrático al socializar una semántica nueva que ha ennegrecido valores sempiternos mientras blanqueaba conceptos abominables, infames.

Dopar, en expresión del Diccionario de la Real Academia, significa administrar fármacos o concentrados estimulantes para potenciar artificialmente el rendimiento del organismo, a veces con peligro para la salud. Antaño, se recortaba el ámbito de su acción a personas que vivían en permanente estado de excitación, asimismo de ausencia y derrota, gracias a sustancias estupefacientes. Luego las chicas de Podemos —cual paisajes paradójicos, sin ocultar hechizos ni afanes— enmadejaron estímulo y política atrayendo una metáfora viscosa que ampliaba peligrosamente la lingüística social. Ahora, en palabras de Ramón Espinar, se han conjugado de forma arbitraria e incontestable (al parecer) ambos estímulos, uno de ellos con retórica caduca. Según Espinar, los lavabos de cualquier parlamento son lugares donde se consume más droga que en garitos específicos de grandes centros urbanos. Aquella metáfora nefasta, maldita, ha cambiado usos y costumbres, aunque algunos no necesitaran sardinas para beber vino.

De vuelta al énfasis político, no solo se dopa uno en periodo (pre) o electoral sino, cogido el gusto al reconstituyente, lo hace siempre tanto en el poder cuanto en la oposición. Desde luego, con mayor ahínco en el poder porque al protagonista le resulta gratis. La oposición tiene también unas finanzas adscritas a intereses livianos, cuando no totalmente perdonables. Las comparaciones son odiosas, suele asegurarse sin distingos, pero su ausencia supone una injusticia imperdonable. Unificar selectos niveles de maldad o bondad según la sigla me parece, más que retrógrado, infantil, ingenuo. Desde mi punto de vista, el poder tiene ventajas económicas evidentes, incontestables. Basta con sumar las cantidades atribuidas a la oposición y las desconocidas (aunque ingentes) que se malician a los diferentes miembros de un gobierno por austeros que sean. No es el caso.

Ignoro qué realidad presenta la izquierda democrática europea, pero el hecho de que Sánchez (político falaz, tiranuelo y miserable, donde los haya) pueda presidirla por falta de rival muestra su debilidad orgánica. Imagino que conseguir una candidatura exclusiva e informe, aparte hipotética seducción, ha necesitado ratificar cesiones por doquier. Es decir, nuestro presidente llega a la Internacional Socialista dopado al máximo. Hay coyunturas, particularidades, que escapan a mi capacidad de discernimiento aun considerando la enorme voluntad que sacrifico para descifrar tamañas aberraciones. Pese a que Europa, el Mercado Común, tenga descosidas las costuras igual que nosotros perdonamos, existe sutil invitación al poder vano.  Está claro que la experiencia nacional no nos facilita, al menos para mí no, comprender lo que ocurre allende nuestras fronteras.

Los medios saltan de nuevo a la palestra como primeras y genuinas herramientas de dopaje. Pudiera pensarse que el crédito o descrédito del individuo conforma determinado criterio social. Craso error. Hoy, quienes determinan las corrientes de opinión son ciertas superestructuras mediáticas. Por este motivo, el poder —sobre todo totalitario— exige controlar los Mass Media para evitar voces refractarias a la oficial. Considero peligroso dicho proceder porque, debido a su manipulación y adoctrinamiento, la libertad individual queda en entredicho y, de rebote, su eficiencia democrática. Este uso es, en lectura libre, técnica excusada de dopaje, al igual que recelar del opositor para eliminarlo de la contienda política. Que “Sánchez sea el jefe de una banda criminal”, pronunciado por García Gallardo no tiene más, tampoco menos, carga punible que “el PSOE es el partido de la cal viva” dicho por Pablo Iglesias. Ambos acechan el mismo objetivo.

Ir dopados a unas elecciones significa llevar ventaja sobre el resto de contendientes. Deduzco que cualquier líder busca curiosos entresijos para lograrlo aun bordeando la ilegalidad. No obstante, lo que está ocurriendo ahora mismo en España es algo inédito: el gobierno, a pleno pulmón, lleva tiempo ocultando información sobre aspectos sanitarios, económicos, sociales e institucionales. Tal marco favorece un prestigio inexistente, adormecedor, opiáceo. Pero el lema u obligación estentórea, que diría aquel, queda corto (tanto como algunos personajes conocidos) si lo comparamos con los fondos públicos, léase Estado, presuntamente puestos a disposición y gloria de Sánchez para ir superdopado, que no superdotado, a elecciones internas e hipotéticamente a presidir el socialismo internacional. ¿Gesto democrático? ¿Polémica? La misma que en una jugada del dominó cuando se presenta un cierre y quien lo tiene pregunta ¿fichas? El compañero, que esconde numerosos tantos, responde tramposo: ¡uy fichas, fichas! Voz de mandarín.

viernes, 21 de octubre de 2022

TENER LOS OJOS LLENOS DE PAN

 

Recuerdo, iniciados los años cincuenta del pasado siglo, que los escolares éramos clasificados con los siguientes apelativos: listos, zoquetes, humildes, díscolos y huraños. A excepción de listos y humildes, el resto “tenían los ojos llenos de pan”. Con ello se daba a entender que los estómagos vacíos se prestaban a recibir toda clase de alabanzas, incluso halagos, en aras de compensar (indemnizar) las penurias económicas. Por el contrario, malos estudiantes, niños díscolos o huraños tenían comportamientos de estómagos llenos, de ahí el remoquete formativo. Este comentario estaba lejos de profetizar cualquier realidad que supusiera hartura personal u opulencia familiar. Antes bien, suponía una metáfora paradójica que se aplicaba sin ninguna autenticidad, salvo el hecho probable de identificar —con inventiva y cierto resentimiento— solvencia económica y estolidez intelectual y moral.

Ignoro si la frase tendría valor probatorio porque en mi infancia no conocí ningún niño rico. A decir verdad, personalmente no acostumbro a recorrer espacios comunes con nadie que pueda vivir de las rentas; es decir, aproximarme a ningún rico “de cuna” o de “otros orígenes”. Puedo atestiguar, sin embargo, que hoy (pese a haber perdido actualidad la susodicha locución) han aumentado sobremanera quienes muestran los ojos empanados, cegatones. Si no se debe a fortuna, diluida entre crisis, IPCs enloquecidos e impuestos confiscatorios, hemos de admitir que aquel dardo compensatorio y consolador, se ha convertido —aun ilusorio, teatral— en actual y justificada arma arrojadiza sin conexión semántica ni metafórica. La pregunta resulta inapelable, no pintoresca: ¿Todavía hay gentes que tienen los ojos llenos de pan? Respondan ustedes.

Creo haber encontrado, entre la élite, individuos que remontan aparentemente a los necios, antiguos sujetos con ojos henchidos de pan. Aunque lo provocaran, porque son casos señalados, insólitos, demasiado patentes, habría que juzgarlos más allá de la primera impresión. Por encima de si son galgos o podencos, tienen un detalle sospechoso, casi clarificador: consideran al resto personas de plastilina con las que experimentar a placer. Esos son los peligrosos. En España tenemos un caso paradigmático: José Félix Tezanos y sus encuestas “bárbaras”. Cuando todos los sondeos de la última semana dan ganador al PP, aparece el señor Tezanos abarrotado de pan, digo…de medios a plena disposición y desbarra. Su encuesta iza al PSOE (inexistente) a lo más alto con una ventaja de cuatro puntos sobre el PP de Feijóo, ambos (PP y Feijóo) trinando, desmadejados, a decir verdad.

Nuestro hombre orquesta, animador del cotarro electoral con dinero público, resulta arbitrario, esperpéntico, empalagoso. Desconozco si es más inteligente que hábil, aunque me quedo con el viceversa. Pudiera ser que —suponiendo el dúo efectivo, pero algo burlón— yo también cometiera error por exceso de tiento. A la postre, la barba del señor Tezanos oculta, y no veladamente como en la Gioconda, no solo la cara sino su espejo. Si ese forro capilar se aleja de prenda de vestir para cubrirse el rostro, podría advertirse en ella, tanteando al máximo los recursos estilísticos, un recato artificioso. ¿Por qué no un asalta sondeos con embozo natural? ¿Y por qué no, si altera (en un proceso de alevosía si no nocturnidad) la tranquilidad ciudadana cada vez que ofrece a Sánchez un chute psicodélico, alucinógeno, que le permita alguna alegría bulliciosa?

Sánchez —acostumbrado a pitadas, definiciones (no insultos, al decir de Valle Inclán) y notables gestos de desprecio personal— cada vez que recibe alguna loa agradecida, expande su egocentrismo hasta convertirlo en individuo contradictorio, deforme, irascible. Es una reacción lógica ya que deja al descubierto su poca talla personal. Hablar de ojos llenos de pan en él parece menudencia, migaja; levitar sobre una realidad paralela, psicótica, constituye opción firme, no desechable. Ofrecer cuatrocientos euros “culturales” a una juventud analfabeta y amante de la litrona es, cuanto menos, un despropósito, abrir el bazar de las vanidades para malbaratar votos jóvenes. Imaginar la reedición del gobierno Frankenstein dando un paso al frente los dieciochoañeros (bono joven) y jubilados (Pacto de Toledo) superaría lo inimaginable respecto a ojos amorfos.

El gobierno se nutre, y pretende alimentar a la sociedad nacional e internacional, de eslóganes. Sorprende que ahora mismo el vocablo con mayor carga política sea “bulo”. Tiene gracia que el ejecutivo más embaucador e hipócrita desde Atapuerca, haya creado una Comisión para determinar qué es bulo y quién los propaga. Consiste en poner la zorra a guardar gallinas. Queda un año, si antes no quiebra el tenderete, en donde el gobierno va a utilizar dinero público, superchería y tretas para revertir las encuestas. Espero una rotunda respuesta ciudadana si se quiere evitar el irrecuperable caos económico a que nos lleva este presidente achulado e inútil. Se jacta, cuando somos el cuarto país más pobre de Europa, de que lideraremos la recuperación en el ámbito comunitario. Resulta improbable imaginar que los políticos españoles, todos, puedan tener los ojos llenos de pan. O no, vete a saber.

Sánchez confunde a los políticos comunitarios con la sociedad española. Nosotros, tras elegir presidente del gobierno a este mendaz y retorcido individuo, reconocemos hasta qué punto tenemos los ojos llenos de pan. Aunque no sea consuelo, nos superan los catalanes al elegir alcaldesa a Ada Colau tan estrambótica como inservible. Hay más casos, pero interesa destacar aquellos que han conformado ellos mismos un sello llamativo a la vez que una jerarquía política extrema cuando han alcanzado el poder por chiripa; es decir, azar grupal o utilizando el viejo recurso del lurillo, lurate, arcaica y vilipendiada elección al albur. Hoy, a bombo y platillo, los presidentes francés, español y portugués, han liquidado definitivamente el Midcat, gaseoducto para enviar a través de Francia gas argelino a Alemania, aprovechando las “buenas relaciones” hispano-argelinas. Lo han sustituido por ese sueño-pesadilla del hidrógeno verde y la excepción ibérica para calmar a Francia. ¡No hay nadie como Sánchez para vender delirios, sin rival!

Hay que ser hechicero para convencer a Macron (o tener este los ojos llenos de pan) del hidrógeno verde —cuando lleva experimentándose desde el siglo XIX— a la vez que de la excepcionalidad ibérica que lo único bueno dicho por una economista de la “cuerda” ha sido “es mejor que no hacer nada”. Conozco frases explícitas que ocultan peor la coyuntura energética. Por cierto, el tótem de Tezanos y otros fracasados, llevó una comitiva de veintiún vehículos en el aeropuerto de la Coruña para coger el Falcon de regreso a Madrid. ¿Es así como gestiona este aprovechado nuestros impuestos? ¿Y aún le dan ciertas encuestas (las sensatas) sobre noventa diputados? ¿Quiere conseguir con dinero de todos ubicarse de nuevo en La Moncloa? Si eso ocurriera no habría duda, nosotros sí tendríamos todavía hoy los ojos llenos de pan.

viernes, 14 de octubre de 2022

COBARDÍA

 

Probablemente cualquier lector sagaz vea en el titular cierta brusquedad o desacierto dada, como paradoja grotesca, la apacible coyuntura actual. Quizás hoy fuera más certero hablar de ánimo escaso, incluso de abandono total del mismo. Cobardía precisa en su significado “mantener falta de valor”, aunque llevemos más de ocho décadas que valor aquí, desde el punto de vista castrense, lleva el remoquete “se le supone”. La ausencia de conflictos bélicos (por fortuna) determina esa presunción ante la incapacidad para constatar el arrojo personal. Cierto que —al ser magnitud inmaterial, imaginaria— su cuantificación sería subjetiva, desplegando además un soporte con cimientos pasionales. El marco expuesto, no obstante, ratifica auténticas heroicidades que se alternan, sin solución de continuidad, con actos bochornosos, indignos, rastreros.

Al igual que mencionar cobardía implica un exceso retórico, hacerlo con el vocablo valentía supone cometer la misma extralimitación. Corresponde en estos tiempos de tregua, pacíficos, manifestar coraje inviolable, aunque pretendan someterlo a las normas semánticas suscritas por políticos indocumentados. Quien es valiente hoy —al menos en nuestro escenario— está exento de realizar actos temerarios o heroicos que pongan en peligro su vida, ventaja que debiera potenciar alguna proeza gallarda. Antes bien, se crea un torrente de acomodo o pereza que ahoga todo germen rebelde, insurgente. El pueblo culpabiliza al político y este, tácitamente, recrimina a la sociedad cualquier flaqueza. Nada nuevo bajo el sol pues llevamos siglos en que unos y otros, de mejor o peor grado, venimos asumiendo el papel que (con retazos fatalistas, irracionales) toca representar.

¿Por qué ha de imponer la izquierda principios morales no solo maniqueos sino maquiavélicos? ¿Dónde ha adquirido el carácter casi sagrado para establecer una bondad o maldad ad hoc como fuente de comportamiento social? ¿Quién le otorga excelsitud para “parir” una nueva semántica legitimadora de “su democracia” cuando esconde, en forma y fondo, la mayor tiranía a que son sometidos pueblos incautos? Se habla postizamente, ocultando un interés secreto y espurio, del PSOE como ejemplo socialdemócrata homologado con partidos europeos. Falso. El PSOE, ahora mismo, no existe; ha sido absorbido por un sanchismo nihilista, utilitario, desideologizado. Si existiera, apenas podría percibirse como una sigla verdaderamente socialdemócrata, pues durante su pervivencia solo se ha asemejado a esa doctrina mientras fue secretario general González.

Los tópicos —pese a excusas o argumentos esgrimidos por cierta izquierda patria, cuanto menos— no anulan ni restan gravedad a hechos consumados que despliegan razones equívocas cuando no absolutamente extravagantes. Así, para exponer ejemplos demoledores sobre atentados contra derechos y libertades ciudadanos, en aras a la convivencia suelen ponerse ejemplos de países como Irán, Cuba o Venezuela. El adversario dialéctico, afiliado o simpatizante de nuestra izquierda dogmática, sectaria, responderá campanudo que esa referencia proviene del tópico (a veces añade fascista) y, por tanto, su solidez resulta sospechosa. Esta salida, nada cabal, da por terminado cualquier debate que pudiera seguirse para deslindar el verdadero rostro de aquellos gobiernos de los que ellos se consideran seguidores inspirados.

La cobardía viene siendo hija putativa del cinismo. Si bien su filiación es patente en partidos izquierdistas —más o menos extremos, al fin atributo rehusado— cabe suponerlo, aun impenetrable, en siglas con presunto decoro. “Quien da primero da dos veces” significa un logro espectacular por debilitamiento del contrincante o sorpresa provechosa. Para tapar la gigantesca indecencia andaluza se anuncia la trama Gürtel como el mayor episodio de corrupción en Europa. Tal humareda precedente persuade a la sociedad ebria de culpables encumbrados con superchería y aviesa maledicencia. Nadie debiera patrimonializar virtudes o defectos porque ambos (a la par, sin exclusividades) tienen encarnadura humana. Seguramente fue el motivo que llevo a Bernard Shaw a proclamar: “el odio es la venganza del cobarde” o del agitador, añado yo.

El histrionismo se ha convertido en fundamento doctrinal ante la orfandad de principios e ideas básicamente de partidos marxistas una vez constatado su fiasco partidario. Ahora, feminismo y cambio climático son los pilares del ideario comunista. Hay que advertir su validez siempre que afecte a extraños, nunca a fanáticos seguidores que usan bula especial. Actos u opiniones de machismo recalcitrante, incluso violentos, si proceden de conmilitones se silencian y diluyen como fantasías, exageraciones, que surgen de mezquinas mentes rivales. “Azotaría a Mariló Montero hasta que sangrase” fue el cruel paradigma de machismo silenciado por la izquierda política, social y mediática con “digna” vileza y servilismo. Jamás nadie ha dejado traslucir tanto odio sin expiar penitencia alguna. Constituye el tributo vasallo debido a una “clase selecta”.

“¿Cómo meterías a cinco millones de judíos en un seiscientos? En el cenicero”. Esta reflexión amnistiada es de Guillermo Zapata, concejal de Ahora Madrid con Carmena, que escribió: “Vivo en un país con larga tradición en la censura de la libertad de expresión desde los lejanos autos de fe de la Inquisición hasta la omnipresente exigencia de corrección política de la actualidad. Me pertenece esa tradición y me legitima para exponer mi pensamiento en contra de la misma y a favor de la libertad de expresión y la tolerancia al pensamiento y el discurso ajeno”. Permítanme que dude de la sinceridad del señor Zapata referido “a la tolerancia al pensamiento y el discurso ajeno”. Es un hecho incontrovertible que cuando se habla de tolerancia, con la postiza fe del converso, aparecen por el horizonte negros nubarrones de dogmática contradicción.

Excuso el análisis de las expresiones vertidas por algunos alumnos del Colegio Mayor Elías Ahúja sobre las alumnas del cercano Santa Mónica. Lo hago porque, a cambio, ya se ha realizado un espectáculo mediático mucho más desconsiderado. Dulcificando las formas —pese a que pueda tratarse de costumbre ancestral— claramente inmoderadas para ser caritativo, lo ocurrido no tiene punto de comparación con los sucesos “tópicos” ocurridos allende nuestras fronteras. Tampoco con los azotes a Mariló Montero ni con el “cenicero” de Zapata. Ninguno de estos mereció la crítica adecuada de grupos sociales, colectivos específicos ni medios audiovisuales. Por el contrario, el affaire de los colegios mayores (aun con la penitencia salvadora de las chicas del Santa Mónica) han ocupado, durante una semana, sañudas cabeceras escritas, feroces, e informaciones audiovisuales con objetivos más que evidentes, mostrando furtiva e indigna cobardía moral.

viernes, 7 de octubre de 2022

MALDAD, DESTRUCCIÓN Y ESTRAGO

 

Descarto una actitud ingenua o seráfica al enjuiciar los conceptos del epígrafe. Asimismo, puedo admitir cierta indulgencia hacia las anotaciones chirriantes que a priori desprenden cada uno de ellos. Aunque maldad signifique cualidad de malo o acción mala e injusta, creo más en una reserva de principios erróneos (no necesariamente puestos en práctica) que en un catálogo de pasiones desbocadas. Con toda justeza, podría considerarse fruto perverso de patologías impuestas al instinto humano. Es decir, de forma natural maldad constituye el efecto tiránico de vehemencias incontroladas, envilecidas. Rousseau expresaba la bondad ingénita del hombre, luego pervertida por esta sociedad corrupta, perjudicial. Desde mi punto de vista, es probable alguna influencia social, pero al verdadero responsable hay que buscarlo en el individuo y su libre albedrío.

Si corroboramos la opinión pública, incluso publicada, obtendremos un porcentaje de maldad excesivo, extraño, tal vez pesimista. Sin embargo, la realidad se impone dejando en exigua minoría los individuos manifiestamente perversos. Sabemos que la virtud es discreta, sigilosa, al tiempo que el descarrío viene acompañado de una atmósfera atronadora, estridente; es su hábitat favorito. Pese a tal aserto, cuando la maldad proviene de alguien con poder los efectos suelen tener consecuencias dramáticas. Advertir algunos hechos históricos nos llevaría a la conclusión irrebatible de que hubo épocas mediatas en las que sociedades concretas vivieron horrorizadas. Todavía hoy renacen tímidamente episodios colindantes a nosotros capaces de crear desasosiego generalizado. Pareciera que las crisis económicas vienen imbricadas con agresiones gratuitas (excusa perfecta para gobernantes narcisistas, estúpidos) dentro del concierto internacional.

¿Pecaríamos de exagerados si aventurásemos que tenemos un gobierno maligno? A estas alturas, y visto lo visto, diría que no. Además, en doble sentido. Por un lado, exhibe una inutilidad e ineptitud impropias, inaceptables. Por otro, muestra detalles de auténtica vileza. Ambos casos se sostienen bajo la impunidad más absoluta con la anuencia de siglas copartícipes y de una justicia ambivalente si no sumisa a ciertas órdenes de la fiscalía. Son muchas las ocasiones en que el gobierno ha mostrado triquiñuelas, incompatibles con las formas democráticas, desde que se conformó tras aquella moción de censura basada en intereses espurios. Enyugar una izquierda tradicionalmente nacional con otra totalitaria —simuladamente independentista— y partidos separatistas burgueses (adscritos a gestos y actitudes nazis) nos lleva al caos económico, institucional y social.

El común encauzaría su crítica sobre aspectos económicos o institucionales. Centralizar la maldad del gobierno en especulaciones concretas, además de error gigantesco constituiría una diligencia generosa. Este ejecutivo —también otros con idénticos instintos, pero siglas diferentes— ha hecho de la propaganda y embuste su modus operandi. Es protagonista irredento en todo lo que se propone (movido por su notable torpeza) coleccionando fracasos estrepitosos, aunque los exhiban como éxitos rotundos. Ocurrió cuando la pandemia del Covid donde la imprevisión, junto a un trámite catastrófico, ocasionó miles de muertos superfluos y ocultos. Luego, cuando proliferaron los procedimientos judiciales iniciados por familiares indignados, la fiscalía (de quién depende, se atrevió a señalar Sánchez en un rapto de sinceridad) retiró todos los cargos.

Destrucción significa “acción y efecto de destruir o destruirse”, concepción que incumple ese principio cuya enseñanza confirma que lo definido no puede entrar en la definición. Alarma, tal vez, el hecho habitual de lucubrar, con pesimismo extremo, sobre el efecto connatural que se asigna al vocablo siempre con sesgo peyorativo. Tal escenario implica un especial mensaje en ocasiones tan injusto como postizo. El aparejo es luctuoso, turbio, mientras arrastra una losa dañina, sin posibilidad de enfoque indulgente. Tiene desarrollo directo, incapaz de apreciar en vocablo tan hermético alguna holganza que le cambie esa naturaleza hostil con que se le reconoce, de manera generalizada, presentando escasas opciones de aposento contrario. Destrucción es el exterminio completo del ciclo vital del ser, pero no por necesidad biológica sino alterando, violentando, los plazos naturales.

Ignoro qué nos impulsa a interpretar irremediablemente la destrucción como algo nocivo, adverso. Si utilizamos el análisis lógico llegaremos a la conclusión que destruir tiene tanto porcentaje de bondad cuanto de ensañamiento. La hoguera de la vida consume por igual realidades satisfactorias que otras fatídicas. El hecho, poco accesible a veleidades necias o candorosas, refleja una realidad insobornable:  depura la vida prescindiendo efectos, asimismo sentimientos, diabólicos o la emponzoña cuando decide extinguir los opuestos. A veces podemos elegir la disyuntiva favorable, pero debido a apatía, pasotismo o —en menor medida— ignorancia, perdemos una oportunidad sin par. ¡Cuántas imprecaciones dejamos al aire tras perder, necios de nosotros, trances sin segunda oportunidad! Lo inquietante es que somos animales con tropiezos permanentes en similar piedra.

Estrago presenta una componente belicosa cuando afirma, en su acepción primera: “Daño hecho en guerra, como una matanza de gente, del país o del ejército”. La acepción dos, más edulcorada aunque probablemente menos verdadera, se refiere a ruina, asolamiento. Es evidente que la segunda tiene mayor difusión al perder carga beligerante pese a la devastación que desprende el vocablo asolamiento. No obstante, pudiéramos entender estrago como resultado cronológico de errores o fatigas acumuladas y no un hecho automático, espontáneo, sin fundamento. Aplicado al individuo, decía Cicerón: “La pérdida de nuestras fuerzas es debido más bien a los vicios de la juventud que a los estragos de los años”. Deduzco que haya escasez de opiniones contrarias a la frase anterior porque está llena de empirismo y sentido común.

Si bien es verdad que estrago quiebra la sinonimia entre los tres vocablos, el matiz político suaviza las distancias disipando cualquier divergencia plenaria. El político es un timador nato; antes, durante y después de tomar el poder. Su método invariable es mentir al ciudadano del que recibe una potestad fructífera. Tanto es así que Santiago Rusiñol llegó a manifestar: “De todas las formas de engañar a los demás, la pose de seriedad es la que hace más estragos”. Debía conocer el paño porque un hermano suyo era político de extenso recorrido. Al presente, desde hace cuatro decenios, los políticos han llegado a estragar el país cuyo cénit lo alcanza, sin oposición posible, Sánchez. Lograr revertir el marco mísero en que nos encontramos, con opciones a un empeoramiento desconocido, parece misión inverosímil. Vislumbrar el límite es aventurado y suicida.

viernes, 30 de septiembre de 2022

POLÉMICAS POLÍTICAS, NO FISCALES

 

Tiempo atrás, como siempre de forma artificial, las disputas políticas y sociales se centraban en los aspectos educativos y sanitarios. Eran años del “bipartidismo épico” donde la izquierda, en tiempos y pelaje, llevó la voz cantante. De aquellos polvos que condicionaron creencias inciertas, estúpidas, vienen lodos dañinos con esas ideas (comúnmente aceptadas) de que lo pernicioso proviene de la derecha. Por si fuera escaso el grotesco criterio, convertido en praxis propagandística, los medios de comunicación se venden a esa izquierda “picuda”, aparente, cuyo progresismo está hecho solamente de retórica hueca. Creo a pie juntillas que por medio hay dinero contante y sonante —según constatan los cientos de millones en propaganda institucional— pero además debe ser molón. Así lo ha de considerar quien alimente ese prurito progre de “innovación ética”.

Expertos en comunicación han ido considerando que los factores educativos y sanitarios preocupan poco a la muchedumbre porque suelen verlos lejanos o no se comprende el coste social que ocasionan, sobre todo los educativos. Sociedades cultas generan países prósperos, triunfadores, libres. Pese a creencias extendidas, hoy el grado de analfabetismo funcional referido a España es elevado en razón de medios humanos y materiales proporcionados. Tal situación, incontestable por otro lado, pone de manifiesto que inversiones y resultados no se ajustan necesariamente a proporción directa. Desde un punto de vista práctico, es razonable que dicho escenario influya en la productividad empresarial y, por tanto, afecte también al engranaje competitivo con otras naciones de nuestro entorno. Fíjense el daño económico producido por la politización educativa.

Lo que más desazona al ciudadano es cumplir con sus obligaciones tributarias, en mayor medida si advierte carencia compensatoria o mala gestión. Esta puede ser razón, o excusa, por la que últimamente haya sido elemento de confrontación electoral. Deslindar quién empezó primero a bajar impuestos, incluso como propuestas de futuro, resulta aventurado y complejo. No importa qué sigla se adelantó a sus rivales porque rápidamente tuvo que sortear gruesas andanadas descalificatorias por quien, a lo peor, antaño hizo parecidas sugerencias. Es razón inacabable del político utilizar diferentes varas de medir según autor y contenido. Asimismo, ante la falsedad evidente de uno u otro aserto, el ciudadano sigue con elogios o censuras a los diferentes culpables cuyos mensajes constituyen una anomalía estética por su nulo decoro y justificación.  

Las bajadas del impuesto autonómico referidas al Patrimonio, Transmisiones y Donaciones (en Madrid y Andalucía), han causado un tsunami de proporciones gigantescas. Tan desaforada respuesta indica que el PP ha acertado con su estrategia convirtiendo este asunto, de escaso alcance económico y embaucador calado social, en porfía política inquietante. Terminales mediáticas y tertulianos concretos utilizan estudiados argumentos para contrarrestar el efecto demoledor de aquella maniobra exitosa. Sin embargo, al llover sobre mojado, hacen el ridículo. Se fían de la menguada memoria colectiva sin reparar que los excesos verbales, de egocentrismo político asiduo y generalizado, quedan reflejados negro sobre blanco. Hace un lustro, cuando gobernaba Rajoy, líderes encarecidos del sanchismo estratega e inicial, exigían la bajada del impuesto patrimonial. Hoy, sin vergüenza ni rubor, piden su subida donde se ha reducido.

No es que le importe a Sánchez ninguna disputa fiscal —o de otro jaez— fuera del deterioro electoral, significativo por sí mismo, que pudieran acarrearle escaramuzas entroncadas con los asuntos del yantar. Las propias medidas de Ayuso o Moreno Bonilla, inclusive aquellas Autonomías que están esperando el disparo pepero de salida, arrastran cierta servidumbre política. Nuestros prebostes tienen una única idea que se convierte en objetivo esencial, irrenunciable: perpetuarse en el poder o conseguirlo si todavía no lo disfrutan. Lo demás son entretenimientos necesarios, imprescindibles cual siembra otoñal, para ir amasando los lujosos frutos circunscritos al poder. Resulta curiosa la propaganda gubernamental cuando afirma que el PP baja impuestos a los ricos mientras ellos quieren que paguen más las grandes fortunas. Una falsedad como otras muchas.

Esta tesitura donde el ciudadano se encuentra sometido a tributación confiscatoria, donde no se aprecia aumento y mejora de los servicios públicos en razón de las cantidades aportadas, genera frustración y desafecto. Encima, los voceros jamás mencionan el derroche sin sentido. Para ellos existe solo la disminución de lo obtenido, pero nunca el exceso de lo gastado. Esto constituye un elemento complementario de censura al gobierno porque el pueblo, la gente, distingue cada día con mayor conciencia el contraste entre lo que pregonan y lo que hacen. Cuando dice el PP que bajar impuestos redunda en mayor recaudación, las consignas que se repiten cual loros aleccionados expresan que esas tesis no se sostienen, constatando a la vez, y por idénticos motivos, la ilusoria consistencia de las opuestas. Se advierte pues una lógica revestida, ajena a toda lucubración rigurosa.

Al parecer, toda Europa ha bajado los impuestos de forma general a excepción de Sánchez y Orbán porque los extremos se tocan. Uno, tiene tics totalitarios buscando aliados cuyo rechazo a la democracia es incuestionable además de dedicarse a ocupar poderes e instituciones del Estado. El otro, radical, ultra, no es peor que el primero. Desconozco los pormenores del líder húngaro, pero entreveo los más recónditos defectos (¿tendrá algún mérito?) de nuestro oneroso presidente. En un silente rizar el rizo, se dice que el gobierno prepara nuevas subidas de impuestos más allá del gravamen a los ricos. Dicha evocación es el palo con la zanahoria porque todo el mundo debiera saber que esos que llaman “ricos” disfrutan de cien puertas y asesores fiscales para poder escabullirse. Precisamente los únicos ricos que yo conozco, porque es notorio, son políticos de antaño y de hogaño. Rectifico; hoy —día siguiente a ayer— dicen que van abajar impuestos a la clase media y trabajadores. Veremos, si ganan, cuando pase el año dos mil veintitrés.

Por los medios audiovisuales aparecen un tropel de mercenarios; en ocasiones, casi exigiendo el pago de impuestos como “solución patriótica” para evitar recortes al bajar los ingresos. Luego, ellos hacen de su capa un sayo. Los conozco bien. Se han agitado a mi alrededor. Eran y son partidarios de la sanidad y educación pública, pero ellos estaban en la sanidad privada y a sus hijos los mandaban a colegios concertados, e incluso privados. Se llaman a sí mismos progres, pero pecan de incoherentes. No eran mala gente, al menos los que yo he conocido, pero carecían de principios sólidos o se engañaban. Deduzco, por las encuestas, que hay multitud de personas digiriendo el mismo conflicto. Tengo esperanza de que todo se solucione satisfactoriamente fuera de cualquier polémica política, farragosa. La inmediatez es clarificadora: Sánchez y Podemos rechazan reducir ministerios y acabar con duplicidades que cuestan treinta mil millones de euros. ¿Patriotismo pagar impuestos? No, robo a mano armada.

viernes, 23 de septiembre de 2022

NI PACTO NI ALIANZA, COMPLOT OBSCENO

 

El gobierno social-comunista (Sánchez-comunista), que nos gobierna de aquella manera, viene mostrando discrepancias importantes que no ponen en cuestión la solidez del compromiso. Digo compromiso cuando se impone una avenencia; es decir, un cúmulo de intereses comunes sin desligue posible. ¿Va a dejar este necio inútil, cuya vida laboral cabe en un papel de fumar, el inexplicable chollo alcanzado inesperadamente? ¿Acaso será Unidas Podemos, políticamente sigla desierta ubicada —de forma natural— en el páramo social? Fuera del gobierno, ¿dónde estarían miles de adalides sanchistas y podemitas? Probablemente en el paro. Solo el ministerio de igualdad (a su frente Irene Montero, que ya es decir), tiene trescientos veintisiete enchufados. Con una media de trescientos enchufes por cinco ministerios que corresponden a Unidas Podemos habría un total de mil quinientos.

El frente sanchista, con diecisiete ministerios más la presidencia del gobierno (donde los asesores se cuentan casi por millares), tiene cinco mil cuatrocientas personas, al menos, colocadas con sueldos que jamás pensaron alcanzar. Este es el objetivo fundamental, intrínseco, de aquella coalición gestada pese al insomnio que Iglesias producía a Sánchez. No busquen otra cosa porque no hay nada tras aquellas frases del tipo “gobierno social-progresista” pronunciadas al día siguiente de las elecciones. Sin duda, el mayor postor por este gobierno es quien lo preside. ¿Quién le iba a decir a Antonio que tendría cuatro palacios, un Falcon y un Puma a su entera disposición, además de centenares de sirvientes domésticos y fuerzas de orden para su personal satisfacción? El coche oficial supone una minucia de casi un millón de euros. Se atreve a decir, encima, que los del PP cortejan al Ibex. Prueba amplia, inequívoca y recíproca, del disparate nacional.

Falta, para completar el triángulo, referirnos al sujeto paciente porque los anteriores eran receptores de holganzas no solo injustificadas sino provocadoras. Que cualquier trabajador-pensionista deje la mitad de su nómina para saciar la voracidad política me parece propio de democracias enfermas y sociedades (si no serviles) amaestradas, medievales. Los impuestos hay que pagarlos por dos razones de peso: recibir una contraprestación material para el bienestar público o ser motivo de redistribución de riqueza y auxilio a los más necesitados. Yo no tengo claro que ninguna se cumpla escrupulosamente. Sí, que el derroche se haya abierto paso de forma indiscriminada, incognoscible y sucia. Palabras, demasiadas; obras, escasas.

Pacto quiere decir concierto o tratado entre dos o más partes que declaran cumplir lo estipulado. Cualquier gobierno de coalición se cimienta en un pacto expreso donde se especifican todos los pormenores que conlleva de forma seria y rigurosa. Así debiera ser; luego se impone una realidad diferente porque no hay principios, solo fines. Vemos cómo el tiempo disuelve los deseos originales para convertirse en acciones litigantes que no llegan a romper lazos porque su objeto verdadero es conseguir dividendos fraudulentos. La escisión, nunca más allá de un ¡ay!, se agudiza al final de legislatura porque cada sigla quiere deslindar personalidad y propuestas cara a sus respectivas clientelas. Conviene, así se hace en el orbe entero, ir conquistando votos con independencia de los desatinos mostrados a lo largo de cuatro años. La memoria colectiva ofrece escasa repercusión y admite frecuentes contradicciones que normalmente no tendrían cabida en ninguna sociedad viva, pero es compatible con una democracia degradada.

Aliarse consiste en la unión para un mismo fin de personas o entidades. El concepto admite cierta ambigüedad respecto a la bondad o maldad del fin, objetivo central de tal alianza. El pensamiento humanista se inclina por la probidad moral, pero en absoluto puede inferirse considerando evidencia alguna ni cualidades previas. Desde un punto de vista humano —es decir, intoxicado por limitaciones y estigmas propias de dicha naturaleza— tenderíamos a vislumbrar perversiones anejas a su concepción. Como el ejemplo (según dicen) vale por mil palabras, basta con analizar esa falsa alianza entre un Sánchez voraz y Unidas Podemos que vio la oportunidad de su vida para operar algo en el concierto nacional. Uno y otro se mantienen unidos no por convicción de ser útiles al país, sino por temor a perder el negocio inesperado, caído del cielo.

Complot es un vocablo que no ofrece dudas. El primer concepto indica: “Conjuración o conspiración de carácter político o social”. Dos: “Confabulación entre dos o más personas contra otra u otras”. Tres: “Trama, intriga”. Parece que Sánchez, en su quehacer gubernamental, sea modelo exclusivo (a la vez sibilino) de cualquier significado expuesto. Ignoro si a estas alturas alguien puede negar, con argumentos juiciosos, que el gobierno se gestó originariamente mediante una conspiración política. Asimismo, se confabularon unos cuantos líderes contra Rajoy para arrebatarle el poder. Omito si esa intriga fue merecida o inmerecida, aunque sí bastarda y traicionera. Tras las elecciones de noviembre, se produjo un complot contra la mayoría de españoles cuyo voto, de acuerdo con declaraciones anteriores, estaba en las antípodas de lo que luego se realizó.

Sufrimos, por desgracia, gravosas situaciones provenientes de infortunios cuyo arranque coincide con aquella moción de censura que logró alterar una situación democrática previa. Las mociones requieren, como parece legítimo, propuestas responsables que adelanten planteamientos beneficiosos para el ciudadano. En aquella ocasión se conjuraron el sanchismo real (no nonato), Podemos, independentistas y Bildu. Es decir, una banda o caterva nada interesada en el bienestar del pueblo español. Nadie podrá ocultar el auténtico objetivo: hacerse con el poder para utilizarlo en beneficio propio cual tiranuelos de épocas pasadas siempre dispuestos a resurgir con mayor hegemonía, si cabe. Ahora nos encontramos con una realidad de dudosa legitimidad democrática pese a argumentaciones que sostienen tesis sui géneris, poco clarificadoras, inclasificables.

Con todo, si es obsceno el complot, no lo es menos la transfiguración (que no transformación) de ciertos líderes que se creen dioses, superiores al resto de mortales. Aunque no me extrañe, dada la capacidad intelectual de los mismos, ¡qué gran error! El individuo, desde que abandona al simio, proclama dioses allende su yo intelectivo. Luna, sol, becerro de oro, ídolos diversos, dioses varios y el Dios cristiano. Cuando el sujeto se adscribe al ego dios, surge el imposible, lo quimérico. Una vez deshumanizado, y no sacralizado, es pura materia que solo ocupa un lugar en el espacio. Se convierte en cosa, aunque su soberbia lo aviste revestido de grandeza. He aquí el pequeño amparo: no son conscientes del vacío individual. ¿Ejemplos?, pongan ustedes los que deseen de la amplia gama posible.

viernes, 16 de septiembre de 2022

LOS MÓVILES DE SUS SEÑORÍAS

 

“España es diferente” fundamenta el país reconocido incluso más allá del entorno europeo que nos define arbitrariamente, según Unamuno. La furiosa maldad que encierra ese eslogan indigno —gestado probablemente por envidias ancestrales— no se redime con la pasión (llamemos patriotismo pretencioso) de pensar o interpretar que el hecho diferencial nos hace mejores pasando por alto una autocrítica necesaria. Aquel argumento insólito de nuestro sabio: “en vez de europeizar España habría que españolizar Europa” tiene la misma carga arbitraria que él acuñó a “España es diferente”. Tal vez la excusara con el apelativo de pasional. Desde luego hubiera quedado más frío y desdeñoso, también ecuánime, liberal, especulativo: “en todos lados cuecen habas” y ya, directo al corazón: “primero arregla tu casa y luego lo haces con las demás”.

Cegados por la incultura, quizás laxitud moral, vivimos en la inconsciencia de nuestra propia idiosincrasia. Sin duda debemos tener muchas más tachas que los colindantes septentrionales, pero ellos experimentan serias dificultades para mejorar a tenor de sus “pocos defectos”. Nosotros, entintados de negro ético y estético, tenemos todas las probabilidades objetivamente intactas. Otra cosa es, visto lo visto, que seamos capaces de adoptar líneas o actitudes de mejora. Personalmente, carezco de convicciones que permitan conceder un lugar a la esperanza de acuerdo con la realidad empírica que nos envuelve y atenaza. Me sirve de poco aquella sentencia popular: “No hay mal que cien años dure” ni que “cara y cruz sean partes integrantes de la misma moneda”. Ambas frases, aun encerrando verdades como puños, no me permiten apreciar perspectiva de mejora inmediata. Vean con rigor y honradez lo que nos rodea a todos los efectos.

Tal coyuntura, una vez leído o escuchado el epígrafe, me lleva a rechazar cualquier sinónimo arquetípico del vocablo móvil; por ejemplo, idea, favor, proyecto, interés, etc. Desprecio la gama tentadora, imprescindible en un político escrupuloso, y me acerco (entre espantado y beligerante) al concepto de herramienta telemática. Ignoro si otros países cercanos, cuyos gobiernos distan mucho de poseer la verdad revelada, cometen parecidos abusos o su empleo es lo “limpio” que parece.  Incidiendo en algunas noticias que llegan al individuo con curiosidad e interés político, el ejecutivo patrio lidera los asesores y coches oficiales, al menos. Sería injusto identificar estos datos como causa de enfermedad pública, pero los síntomas son demasiado evidentes. Considero adecuado, con estas referencias, concluir que nos rodea una caterva de sinvergüenzas.

La información apareció días atrás: “el Parlamento se gasta un millón dieciocho mil setecientos ochenta y nueve euros” en la compra de terminales de última generación, iPhone13 de 512 GB y Samsung de parecidas características. La aprobación de la compra se ha realizado por unanimidad de la Mesa, compuesta por PSOE, PP, Vox y Unidas Podemos. Luego, algún miembro destacado de UP (Echenique) ha evidenciado su pesadumbre por el derroche en estos tiempos de crisis. ¿Cinismo, paripé o ambos dos? Desconozco el tiempo que han durado las anteriores terminales, pero conociendo el paño no creo que pasen los dos años. Sin embargo, me llamó la atención de forma particular que se compraran ochocientas unidades cuando solo hay trescientos cincuenta diputados.

El pueblo español transmite una candidez sin límites fruto, espero, de hidalguía y honradez acendradas cuya servidumbre nociva la asume el poder aprovechando su debilidad. ¿Puede justificarse gastar dinero público innecesario e improductivo mientras haya compatriotas que sufren dificultades para llegar a finales de mes? ¿Acaso, por otro lado, nuestros “padres de la patria” necesitan terminales de última generación para velar por los intereses ciudadanos? ¿Es ese su destino y finalidad o se comprometen en papeles prosaicos, concomitantes con el apego humano cargado de ausencias? Temo que ningún parlamentario haya rechazado “el presente” con elegancia, menos con digna aspereza. Tal actitud lleva a constatar que la diferencia entre unos y otros —en su amplia disposición ideológica— si la hubiere, es de matiz. Pese a todo, todavía queda gente (abarrotada de tópicos y ligereza) que prefiere comulgar con ruedas de molino. Luego, rabian.

El fraude de ética individual dejado al descubierto, ha hecho del Parlamento una especie de Cámara inmunda, donde la indecencia parece tener su cobijo natural. Es significativo que nadie desdeñara dicha oferta, aunque fuera un hecho postizo, sin convicción. Mejor. Solo faltara que también hubiera lugar, y no lo descarto, para cínicos, fariseos. Es probable que la maldad tenga propiedades mágicas o ejerza un atractivo magnético capaz de concitar alianzas inexplicables. El mundo da muchas vueltas, pero fuera de toda apariencia se rige por una ley caótica. A nosotros —diputados o no, mejores o peores— nos guía el mismo caos, estamos unidos por análogo cordón umbilical. “Conócete a ti mismo”, aforismo inscrito en el templo de Apolo, parce tener sentido solo para el vulgo; los próceres disfrutan indulgencias privativas, al alcance de los que antaño eran llamados “casta”; hoy ya, acusadores y acusados, promiscuos, bien cubiertos, uniformes.

No me pregunten la razón, pero estoy convencido de que los líderes de ambos partidos mayoritarios —tan distintos y a la vez tan desorientados: necio uno, cauteloso y fingido resabio, el otro, aunque los dos incompetentes— tienen entre manos móviles comunes. Sánchez quiere reconstruir el bipartidismo o sea una quimera a tenor de las últimas encuestas. Con noventa diputados, al sanchismo no lo libra ni la fórmula Frankenstein. Opta únicamente por el altar de los sacrificios. Se ha dado cuenta (quizás demasiado tarde, o no) que la compañía que le permite gozar de La Moncloa no está bien vista por el ciudadano español (que vota) ni por Europa (que concede la “pasta”). ¿Qué futuro le espera a la izquierda moderada, sin líder ni sigla? ¿Recrear el partido? ¿Quién tiene exención y prestigio para ello? Vayan pensando en construir uno sin franquicia.

Feijóo, otro embozado en el centro-derecha, desea utilizando distinto camino llegar a un bipartidismo alternante al objeto de afianzar ese nacionalismo conciliador (empeño imposible por definición) y eliminar a Vox, sigla demonizada porque viola el espíritu y la estructura bipartidista. Como suele afirmarse, tres son demasiadas personas en un matrimonio que pretenda perpetuarse. Tanta política espuria y de bajos vuelos terminará por hartar definitivamente al sufrido elector y, pese a mostrarse obcecado o paciente, acabará abrazando concepciones deformadas de forma artera. Cuando este escenario se instale en la conciencia social, no habrá futuro para un PP fulero ni para una izquierda totalitaria, inmóvil —tal vez con inseguridades y desastrosas caídas— desde el siglo XIX.

 

viernes, 9 de septiembre de 2022

TOMAR LA CALLE, SALIDA O ILUSIÓN

 

Sucesivas encuestas electorales, incluida la de Tezanos, llevan tiempo anunciando, no solo la derrota sino el hundimiento del “sanchismo”. PSOE, hoy, es solo un documento tácito, a la vista, de defunción pese a que todavía muchos no quieran ver su rigidez cadavérica. Creo que lo invocan inútilmente esperando un prodigio para ver si ocurriera como aquel: “Lázaro, levántate y anda”. Tiempo perdido, el largamente centenario cuerpo orgánico del PSOE, ahora mismo es un osario ideológico por exigencias de Sánchez en una desenfrenada ambición personal. A lo largo de su historia el partido ha cometido errores y aciertos, pero nunca tuvo un líder que antepusiera sus intereses personales a los de la sigla. El caso más paradigmático fue el de Largo Caballero, de dudosa reputación, que formó parte del Consejo de Estado con el dictador Primo de Rivera para conseguir la supremacía de UGT sobre CNT, mayoritaria en la turbulenta década de los años veinte.

Ante tal coyuntura, el aventurero que ocupa La Moncloa y que ha armado todo su empirismo desde un otero delirante, remoto, hostil, ordena al rebaño tomar la calle si no quieren perder privilegios ni oportunidades. Ha conseguido transmitir la misma audacia y potestad con que, presuntamente, Fraga aseguró “la calle es mía” en conversación telefónica con su amigo sindicalista Ramón Tamames. Salvando las distancias intelectuales entre uno y otro, Fraga utilizó una metáfora con lectura explosiva, estúpida; Sánchez ha ordenado una estupidez aderezada de fantasiosas pretensiones, como lo demuestra la mayoritaria respuesta ciudadana. Si la sigla histórica se ha convertido en polvo ideológico, cobijo de la nada material, su efímera alternativa denominada sanchismo ya no constituye ni presente; ahora, es espejismo de un pasado inmediato.

La Historia socialista, con nombre y apellidos o apodada, está llena de individuos carismáticos, nefastos dirigentes y pobres ruiseñores. Entre los primeros cabe destacar Julián Besteiro, Salvador de Madariaga, Niceto Alcalá Zamora y, tal vez, Felipe González. Dirigentes nefastos fueron Indalecia Prieto y Francisco Largo Caballero. Pobres ruiseñores, Rodríguez Zapatero (el señor Rodríguez) y Pedro Sánchez (señor Antonio). Ellos trajeron ventura y gratitud, momentos trágicos y espectáculo grotesco no exento de miseria pertinaz frente al diseño propagandístico. Ciñéndonos a los tres momentos claves: Dictadura primorriverista, Segunda República y Transición una vez desaparecido Franco, nunca hubo una autocracia tan visible y peligrosa como la actual; tanto que la sigla colectiva ha sido absorbida, con jeta y sin retorno, de manera ilegítima.

Sí, todos los líderes socialistas (desde el sombrío al benefactor) han sido leales a un proyecto colectivo, pretendidamente pródigo, que no siempre quiso aunar e impulsar a una sociedad ávida por lograr metas dignas. Hasta un corto Zapatero supo acatar la centenaria existencia del programa socialista. Tenía que llegar un soberbio, ególatra, voraz, para demoler la obra que había costado levantar casi ciento cincuenta años y dejar sin señas de identidad a militantes y sin entraña electoral a millones de ciudadanos. No obstante, el quebranto debe achacarse a aquellos que empalidecen y caen de bruces ante el oro degradante o torpe prurito. Quizás hayamos consentido, a lo peor instaurado, un extenso patio de Monipodio donde campan a sus anchas los pícaros —encorbatados o no, según sigan los pasos del nuevo dogma sobre el cambio climático— cual plaga bíblica.

 Es lógico que Sánchez se aferre al Falcon con uñas y dientes. Sin embargo, cualquier táctica efervescente —propaganda o imagen— tipo “nosotros elegimos a la gente” o “tengo una pregunta para usted”, reconvirtiéndose en presidente cercano, no le evitará ser apeado del poder para llegar a su estado original: una pomposa nada. ¿Acaso cree que convertir el Estado de Derecho en una charlotada carece de duro peaje? El amparo dado al gobierno catalán en su desacato al Tribunal Supremo respecto a la obligatoriedad de transmitir en castellano el veinticinco por ciento del horario lectivo, le inhabilita irremediable y definitivamente para toda función política. ¿Qué anclaje tiene o debiera tener dicha actitud en la Constitución? ¿Cuál sería la respuesta justa para restablecer la Ley ante el vacío de poder ejercido por el gobierno? Negarle toda legitimidad, al menos.

Si lo antedicho fuera insuficiente para mandarlo a su casa, de donde no debiera haber salido nunca, las evidencias retributivas a prisioneros de ETA por los servicios prestados de Herri Batasuna son incontestables. Al mismo tiempo se presuponen estrechos lazos entrambas. La parte siniestra del escenario vasco, tal vez acompañada del PNV, debe estar muy satisfecha por el acercamiento de presos a las cárceles propias como paso previo a su puesta en libertad. Mal negocio, incluyendo otra prueba de torpeza, al alargar unos meses la amarga pasión de España —sabemos que eso supone para él una insignificancia— y la suya, aunque soportable desde La Moncloa. A la par, se conforma con cinco votos en el País Vasco mientras pierde centenares de miles allende sus fronteras. Domina propaganda, imagen y facundia, pero como estratega da pena.

Los medios constituyen la herramienta principal para dar eco a la cantidad de contrastes (criterios diferentes u opuestos) percibidos y que se transcriben como únicos fundamentos verosímiles. Sánchez alimenta como nunca su “agradecimiento” regándolos con subvenciones plurimillonarias. La oposición sigue en babia y si llegara al poder seguiría en actitud parecida aguachando a los mismos medios que hoy los vituperan; es decir, en sentido estricto apenas hay prensa, ni antes ni después, con “seducciones” específicamente diestras. Es un hándicap que el PP, castigado por ancestrales complejos, no sabe resolver. Hoy, cualquier grupo político —o asimilado— que desee competir en el amplio espectro del consumo, necesita el impulso mediático o su negocio fracasará estrepitosamente. Asegurar este punto supone sostener que la política no es un acto de servicio; constituye un suculento negocio. Sin ninguna animadversión, yo lo sostengo.

Al final, como necesario epílogo —quizás curiosidad malsana, o no tanto— queda conocer si mezclarse con la muchedumbre constituye una salida rentable, quimera o vana ilusión, de quien ve una realidad deformada por causa natural o elaborada con notorios efectos psicotrópicos. Llegados a este punto, conviene recordar la frase atribuida al Guerra torero (no a aquel político deslenguado y faltón) que dice: “lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible”. Previo al nacimiento peculiar, narcisista, de convivir con la gente, abandonar La Moncloa para recomponer una carente encarnadura humana y un crédito inédito, oía el rechazo vergonzoso, insultante, que causaba su persona ante cualquier colectivo oprimido, tal vez a las puertas de la miseria. Sánchez solo da la cara cuando selecciona el auditorio; por eso abandona este espectáculo vil, contraproducente para sus intereses electorales.