viernes, 28 de junio de 2019

BASTA YA DE TEJEMANEJES


Cierto es que obscena propaganda y manipulación de la realidad han sido mecanismos congénitos del empleo político desde tiempos inmemoriales. Sin embargo, el último siglo ha sido pródigo sobre todo cuando surgían conflictos bélicos. Alejados hoy de semejante coyuntura, nuestro país practica con sobrada eficacia dicho marco infamante. Pecaría de maniqueo si deslindara siglas de forma aviesa e injusta, pero tengo que observar -sin ánimo censor sino como alegato irrefutable- una querencia a ellas casi obligada, excepcional, de la izquierda más o menos marxista. Quizás aquella famosa exhortación de Gramsci por conquistar la hegemonía (básicamente cultural) le haya movido a hacerse con el control educativo, complementado con esa patrimonización exclusiva e injustificada de valores éticos y sociales


Uno de los mayores infundios que se están cometiendo ahora mismo recae sobre Vox. Incluso el PP, partido necesitado de sus votos, le cuelga la etiqueta de “extrema derecha” movido por sus complejos. El resto, de forma inquisitorial, realiza una verdadera caza de brujas. La Historia indica tozuda que los únicos extremismos en Europa se dieron en el siglo XX: Leninismo y Estalinismo (exaltación dictatorial de Marx); Fascismo (evolución imperialista del marxismo); Nazismo (aberración política levantada sobre tres pilares: Presunta superioridad de la raza aria, contestación al Tratado de Versalles y crisis económica mundial de mil novecientos veintinueve). Hoy, en Europa y estrictamente hablando, no existen partidos de extrema derecha. A lo sumo, han surgido ideologías -un punto radicales- por dejación de partidos conservadores, liberales y socialdemócratas, respecto a ciertas controversias, desequilibrios y atentados al statu quo de cada nación, que obsesionan a las respectivas sociedades.


En adelante haré mención de esa inclinación goebbeliana que empuja al uso y abuso del tejemaneje con el objetivo de arrinconar adversarios o ganar simpatías, posiciones, para conseguir metas poco legítimas. Irene Montero, sosias de Iglesias, ayer insistía reiterativa, cargante, soporífera, que Sánchez debía configurar con Unidas Podemos un gobierno de coalición, “democrático y progresista”, según el mandato del pueblo español. Dos cosas, señora Montero, hablar de “democracia y progresismo” cuando está por medio un partido comunista (así se declara su mentor, Pablo Iglesias) es una contradicción en los términos. Por otro lado, si el pueblo español hubiera querido un gobierno PSOE-Unidas Podemos, le hubiera dado más votos a uno u otro. Ustedes no suman. Aglutinando todos los grupos que conforman su partido, muchos, necesitan algunos más para conseguir la investidura. Dejen de marear, por favor.


El PSOE, otro que tal baila, por boca del secretario de organización -con un Sánchez medio desaparecido- llega a tal grado de cinismo que su papel en la política actual puede calificarse de lamentable. Ignoro cuál es la táctica que le lleva, día tras día, a pedir la abstención de PP y/o Ciudadanos (gratuitamente) para investir a quien fue el promotor de “no es no”. Ni un mal ofrecimiento a Ciudadanos, única sigla con posibilidades de apuntalar un hipotético gobierno a estas alturas muy débil. Debería saber que ni uno ni otro pueden investir a Sánchez so pena de dejarse todo el pelaje en la gatera. España, en resumidas cuentas, importa lo mismo para los tres. Primero valoran intereses partidarios, luego el resto de rentas. Acabará pactando con Unidas Podemos, PNV y Bildu, o elecciones anticipadas. Al final, Pedro tragará sapos y culebras. Después de tanto atraso, de tanto maquiavelismo, cualquier decisión que tome será letal.


Conocido el pacto municipal en Madrid entre PP y Vox, se descubre la estafa que aquel perpetró a Ciudadanos y al propio Vox. Era evidente que los escollos de Ciudadanos y las exigencias de Vox generaban incompatibilidad; por tanto, el engaño resultaba manifiesto. En política, la falta de seriedad, de compromiso, conforma un escenario preocupante cuyas consecuencias son difícilmente cuantificables. Ni obtener una alcaldía (aunque sea la de Madrid), ni una Comunidad, compensa arrojar el escaso crédito que pudiera persistir en algún partido. Mal, muy mal. Le queda mucho trecho a Pablo Casado para conquistar el fervor de los suyos y de sus votantes. Quizás una rigurosa catarsis del partido, tajando lo viejo e inservible, favorezca la urgente reestructuración y reforma.


Ciudadanos no tiene un pase. Esa urticaria que muestra con Vox implica asumir plenamente, al igual que el PP, las etiquetas que la izquierda les endosa conociendo sus complejos y miserias. Obsérvense interpretaciones y realidades. De Vox se dice que quiere restar derechos de la mujer. Mentira, pretende eliminar chiringuitos que viven a costa de ellos. Se cree también que estigmatiza a los inmigrantes. Incierto, desea controlar -e incluso expatriar- a los ilegales que causan inestabilidad del sistema e intranquilidad social. Demandan, y yo del mismo modo, un Estado Autonómico más barato, que corrija los excesos del actual. Descentralización, sí; desquicio, no. ¿Hay algún partido que se atreva a realizar el referéndum sobre las autonomías? Seguro que se llevarían una sorpresa desagradable. Vox solo pretende un Estado sobrio y respetable.


 Miren, señores, mientras Gabriel Rufián gana más de ocho mil quinientos euros mensuales, viniendo del paro, cualquier español paga un tercio de su salario en alquileres y el cuarenta por ciento en impuestos. Sumando ambas cantidades, le queda para comer ocho treintavos de su sueldo. Por tanto, quien gane mil doscientos euros le restan trescientos veinte mensuales para comer y ocio. Así sucesivamente. ¿Puede el proletario, ese que defienden de boquilla, pagar autonomías, chiringuitos y otras mamandurrias que costarán varias decenas de miles de millones de euros anuales? Vox, probablemente con algo de populismo y demagogia, pone el dedo en la llaga y ustedes, todos, se defienden con el argumento inválido, tonto, de ser la extrema derecha. A la postre, lo único que impera es una extrema devoción por el tejemaneje con la ayuda inestimable de los medios. Como ha ocurrido siempre en la Historia, luego vendrá el llanto y crujir de dientes.


Finalizo con una perla. La ministra Valerio expresó la siguiente reflexión sobre Vox: “Sus caras de odio me recuerdan a los guerrilleros de Cristo Rey”. ¿Es, o no, una barbaridad? Piensen, intenten digerirlo. Así funcionan nuestros políticos, hacen verdaderos esfuerzos por radicalizar la sociedad y al paso que llevan lo van a conseguir.

viernes, 21 de junio de 2019

DE PROFESIÓN, CHARLATANES


Hay mucha gente, demasiada, que percibe a España hoy como un enorme prostíbulo. Sí, el DRAE, en su acepción dos, conceptúa prostitución: “Deshonrar o degradar algo o a alguien abusando con bajeza de ellos para obtener un beneficio”. Incluso a mí se me había ocurrido un título fronterizo que deseché rápidamente no por ampuloso o infundado sino porque repruebo los vocablos estridentes, rotundos. Nadie puede dudar de que la situación política, social, institucional y económica se muestra preocupante, casi irreversible en el corto plazo. Inquirir causas y proveer soluciones es complejo pues estamos sumidos en una mediocridad de carácter general. Decía Ortega que, para vertebrar la sociedad, para conducirla hacia un objetivo eminente, era imprescindible una élite aristocrática (entiendo dotada de atributos extraordinarios), inconcebible actualmente en el panorama inmediato.
   

Ignoro qué dinámica (en qué sentido) ha generado el marco actual de convivencia. Todavía no está claro si la colectividad fue el caldo de cultivo nutriente para esta hornada de políticos o si estos han conformado a su antojo sociedad tan peculiar. Véase en el último adjetivo la síntesis de los muchos epítetos que pudieran aplicarse, con justeza y justicia, a nuestra ciudadanía. Sobran ejemplos que describen con nitidez los vicios, tácitos y expresos, que protagonizamos a la hora de examinar créditos y menguas de quienes nos representan. No se precisa extraer ninguno para sondear la crisis general que domina el escenario patrio. Cualquier factor que la conforma tiene peso específico propio, sustantivo, dramático. Sin embargo, tras profundo estudio, podríamos estimar el menos alarmante aquel cuya enmienda pasa por apuntalar la holgura económica.


Ahora mismo estamos contemplando un PSOE oscuro, gestor desde Zapatero de bloques idóneos para la competición electoral, pero indigentes y nefastos para convivir y satisfacer las viejas reivindicaciones del ciudadano. Sánchez forzó la quiebra de un partido que, con luces y sombras, ha ido forjando su historia; es decir, la de los españoles. Es imprescindible recordar aquel “no es no” cuando el PP, España, -en otra minoría desesperanzadora, crucial- urgía el concurso generoso, institucional, del contrincante para obtener un gobierno estable. No era Pedro, ni Rajoy, protagonistas efímeros, pasajeros; el reto afectaba también (y sobre todo) a un pueblo ansioso, olvidado de siglos. Luego viene esa desfachatez hiriente, infame, al afirmar que su vocación tiene por objeto el bienestar ciudadano. A lo que se ve, no es vocación; es profesión. Semejante yerro, consecuencia de una espuria creencia, engendra el desapego que tanto les preocupa, al parecer, en épocas electorales.


Sánchez, o sus consejeros áulicos, claramente olvida en su estrategia a la sociedad cuando quiere gobernar al precio que sea. El propio sistema democrático sufre trastornos bipolares según se satisfagan o no avideces y lucimientos personales. Ha acontecido, y ocurre, velados por el envilecimiento semántico, día a día menos efectivo. Esta labor indigna puede llevarse a cabo con la complicidad irresponsable de los medios, básicamente audiovisuales, que se venden por un plato de lentejas o impulsados por pruritos progres, tan jactanciosos como ineficaces. Da gozo verlos prominentes (casi mórbidos), fatuos, estúpidos, impartiendo carnés de corrección, sensatez, liberalidad, (incluso de demócrata), a quienes comparten ideario mientras arrastran por el lodo al resto. Son charlatanes iniciáticos y ponzoñosos cuyos efectos soporíferos influyen de forma sustantiva en la calidad democrática del sistema.


Los políticos cargan tintas cuando ejercen de locuaces necios, aunque sus bravatas carecen del efecto divulgador ocasionado por los medios, salvo que estos mismos sean eco fértil y misionero. Fernández Vara, líder socialista extremeño, hace escasas horas realizó un relato en el que, de modo expreso, pedía a PP y Ciudadanos que exhibieran su patriotismo permitiendo un gobierno estable a Sánchez. Impediría así su sostén en partidos independentistas, recortándoles de paso un inoportuno poder político. Acicalaba tal referencia con exuberante panegírico asentado sobre los ciento cuarenta años del PSOE. El señor Vara obvia, al menos, tres detalles básicos: Sánchez recibe parecida medicina a la que utilizó él contra Rajoy; para limitar el poder independentista hubiera bastado, hace años, con cambiar la Ley Electoral al objeto de considerar una única circunscripción; desconozco, cuando magnifica al PSOE, si se refiere al de Largo Caballero (el Lenin español) o al de Besteiro (docto presidente del Parlamento).


Al parecer, no queda ninguna sigla libre de excesos, de evacuar insensateces como si fueran sesudos hallazgos. Rajoy, un político desastroso para el país, ha dicho: “España necesita un gobierno estable” y propone que Ciudadanos se abstenga para facilitar la investidura de Sánchez. Curioso. ¿Por qué no pide lo mismo al PP? Fácil, manifiesta en realidad quién desea que monopolice la oposición. Aparte añagazas, Sánchez permite a Bildu ocupar una secretaría en la mesa del Parlamento navarro, y la presidencia a Geroa Bai, a cambio de que Chivite (PSN) se haga con la presidencia de la Comunidad. Asimismo, pactará -veremos, si lo aclaran, a cambio de qué- con Podemos y ERC para conseguir la presidencia del gobierno. Por mucho que se silencie, Podemos constituye la extrema, extremísima, izquierda de este país. Ni la confabulación de los medios, ni los más exaltados analistas, ni los partidos supuestamente con mayor pedigrí democrático, pueden hacer nada por remediarlo. Es imposible blanquear ni lo negro ni la Historia.


Errejón, otro charlatán, manifestó no ha mucho que Ciudadanos dejaba su reformismo en un brindis al sol tras permitir que el PP siga ocupando el gobierno corrupto de Madrid después de veinticuatro años. Nada dijo cuando favoreció al gobierno socialista de Andalucía, todavía más corrupto, después de permanecer en el poder cuarenta años. Hay, no obstante, dos pronunciamientos cuya naturaleza supera los límites del titular. Uno se refiere al sueño expreso de Iglesias para que su pareja sea ministra de sanidad. Otro, aventurado, inmodesto, absurdo, anunciaba que el gobierno y Carmena permitirían una consulta popular en Madrid sobre monarquía o república. Menos mal que Cronos ha inhabilitado el trámite y este último -con algo más de miga, de sustancia, que el primero- no conseguirá, pese a sus esfuerzos, tener encarnadura de esperpento.

viernes, 14 de junio de 2019

PROGRESO, PROGRESISMO Y PROGRESISTA


No sé ustedes, mis amables lectores, pero yo estoy harto de esos vocablos farsa, coletilla o fetiche, que sirven igual para un roto que para un descosido. Ahora todo termina siendo de progreso e incluso progresista: “gobierno de progreso, pactos de progreso, partido progresista, comensalismo progresista”, etc. Esto último, desde mi punto de vista, es un decir que se ajusta perfectamente a la realidad empírica. La carga emotiva, impía, que llevan dichas expresiones, supera con creces el simple concepto. Es como si añadidos a un sustantivo concreto, le dieran un vigor que resaltara sobremanera -y de forma artificiosa- las bondades propias, tal vez impropias. Encierran además cierto atropello arrogante sobre aquellas siglas que el común considera huérfanas de tales características. Hasta es posible cometer no ya la injusta displicencia sino el asedio enconado, fanático, casi épico, por individuos exaltados, obtusos. Realizan un progreso sacrificial.


Conviene echar un vistazo al DRAE. Progreso es un concepto que implica mejora general en el individuo. Gracias a su iniciativa pudo superarse el teocentrismo cristiano (y musulmán) expresado en la escolástica. Sus épocas claves fueron el Renacimiento y la Ilustración. Progreso no puede adscribirse, aplicarse, a ningún movimiento o ideología concreto. La frase “orden y progreso” comúnmente aplicada a las dictaduras de América Latina, indican el ocasional vaciamiento semántico del concepto.  El Progresismo debiera perseguir la libertad personal, mientras el conservadurismo la económica. Aquel confluye en el liberalismo y socialismo democráticos. Nolan expresa con un gráfico eficaz los deslindes (sesgo positivo: liberalismo; sesgo negativo: totalitarismo). Progresista es la credencial de quien actúa y lucha por el progresismo.


Ahora comienzan a procesarse los apoyos para conseguir la investidura de Sánchez. Constituye un toma y daca cuasi financiero, inversor, unas exigencias contrapuestas que terminarán por conceder la mayoría suficiente al candidato más inepto de los últimos decenios. Encima, alguna de sus estrechas colaboradoras (Carmen Calvo), manifiesta sin tapujos ni asomo estético que -al contrario de otras fuerzas que promueven gobiernos retrógrados con la extrema derecha- el PSOE conformará un “gobierno de progreso” con la izquierda, refiriéndose a Podemos. Cercanos, buscando la tibia complacencia del poder, encontraremos también a ERC, PNV, Compromís y otras siglas minúsculas cuyo pedigrí democrático resulta, como mínimo, tornadizo, precario. Eso sí, son células que forman el cuerpo orgánico y progresista del gobierno, porque todas se alimentan raudas, famélicas, de democracia y progresismo. ¡Qué bien alardea la progresía!


Casado, plasmó su complejo (quizás ruindad) cuando calificó a Vox de extrema derecha. Calvo -blandiendo el error necio pero devoto, asida a un absurdo prurito de postiza lealtad- ha blanqueado a Podemos tildándolo con cinismo de izquierda. Probablemente realizara un acto de suprema inteligencia, sin que ello sugiera precedente alguno, y pretenda limpiar el cristal donde mirarse tras el acuerdo futuro. Un gobierno vale cualquier pacto de investidura, como ya se demostró en la moción gestora. Quien no pase el tamiz de las buenas formas ni exhiba arrojo, empuje, debiera ser excluido para presidir el partido con opciones de gobernar España. Tan negativo es pasarse como no llegar. Aparte etiquetas varias y variopintas que la izquierda deja desgranar sobre partidos que le hacen sombra, al PP no le puede dar lecciones de nada (en ningún terreno) un PSOE que carga sobre sus espaldas páginas sombrías. Casado debe regenerar el partido, arrogarse principios éticos y sociales que otros le niegan, amén de expulsar complejos pretéritos, ajenos aun propios, si quiere llegar a La Moncloa. Así, con tal proceder, se le complica su futuro. 


Ciudadanos ha dañado su liberalismo a cambio de actitudes que implican una rigidez maniquea impropia de aquellas raíces primigenias. Importa poco autodefinirse liberal si luego despliega tics rancios, vejatorios, avivados -consciente o inconscientemente- por individuos de escasa contribución a la tolerancia social. Valls, seguido de partidos con intereses precisos, carece de autoridad moral para marcar trayectorias políticas y éticas. Rivera comete un yerro incalificable si deja solo al PP en la oposición. Ha empezado ya a transitar el camino correcto para despeñarse. Pactar con un sanchismo amarxistado, lejos de la socialdemocracia, proclive al desastre económico e institucional de este país, significa quedar enclenque tras semejante episodio. El partido, decadente, depreciado, quedará entonces en manos de Arrimadas y se convertirá en bisagra para formaciones alternantes de gobierno. Uno debe convencer cuando la coyuntura lo exige; después, perdido el crédito, evacuada la confianza, corresponde ser peón de brega.


Podemos, partido que oculta su radicalismo extremo en engañosos escrúpulos sociales, carece de distintivos progres mientras sea propiedad de Iglesias; sin que me atreva a asegurar ningún cambio posterior. Pablo, auténtico césar, se desgañita en afirmarse demócrata y progresista. Les recuerdo a la sazón el refrán: “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”. Con más justificación y destreza, pero con menos diputados, sigue exigiendo ministerios. Sabe que Sánchez no desea darle poder, porque le resulta peligrosísimo, mientras sospecha que no tiene otra solución salvo elecciones anticipadas. Conoce, con certidumbre, que Pedro no se expondrá a perder o a quedar como ahora: minoritario e inestable. Podemos da de comer en su mano al sanchismo. Falta por averiguar si no le endosará alguna pócima dañina que lo lleve a un estado catatónico. De momento se encuentra vigilante, alerta, saboreando la presa. 


La clave central, mediática, es Madrid y el ayuntamiento de Barcelona. Ambas parece que abandonan un ambiguo proceso de conformación. Madrid (autonomía y ayuntamiento) objeto de codicia y avideces artificiosas ha tenido en vilo a la nación. Esos pactos tan venteados en precampaña no terminaban de cuajar por las exigencias inmoderadas, aunque legítimas, de Ciudadanos. Al final se perfila un acuerdo que llevará al PP a encabezar los dos objetos del deseo. A cambio habrá compensaciones, trueques, en zonas y villas menos trascendentes. El consistorio barcelonés, fuera de ese paripé teatral protagonizado insistentemente por Colau, no ofrecía ninguna duda sobre su titular definitivo. Al menos para mí que lo pronostiqué, fechas después de las elecciones, en el artículo “Todos vienen con la cabra”. Aquí, el más tonto hace relojes de madera. ¡Como para perder o compartir la alcaldía de Barcelona!

viernes, 7 de junio de 2019

EPIDERMIS Y VISCERALIDAD POLÍTICAS


Nos desalienta una coyuntura turbadora, temores justificados por la enorme estupidez con que los partidos asumen un protagonismo jactancioso, fraudulento. Ahora, a estas alturas, resultan importantes, básicos, ciertos mohines que antaño carecían de entidad (quizás se encontraran fuera del debate) llenos de prejuicios vitales en el pedigrí, particularmente sustantivo, de siglas heterodoxas. Jamás entenderé que partidos como Bildu o Podemos causen menos rechazo que Vox; todo ello fruto de auténtica corrupción lingüística, ideológica, intelectual y social. La moda, los nuevos fetiches, causan verdadera adicción entre jóvenes y adultos sometidos al relativismo y a la frivolidad tediosos, nocivos. ¡Cuánta culpa acumulan esos medios desleales, falaces, sacrílegos, que se siguen ciscando en su ministerio deontológico! 


He oído decir a un personaje de esta auténtica caterva de aventureros incompetentes e indocumentados, que la ultraderecha (Vox) constituye el mayor peligro para la democracia. El ineficaz calumniador abriga esperanzas evidentes en quebrar pactos de la diestra para que Ayuntamiento y Comunidad de Madrid caigan en manos de Carmena y PSOE. Otro, adscrito a similar calaña, aseguraba taxativamente que Madrid era el centro de la corrupción del PP exclusivizándola, casi, en dicha sigla cuando es clamor en todas las demás. Cualquier persona conocedora de estas y otras revelaciones podría defender su veracidad con mayor o menor anuencia. Sin embargo, a poco sensata que fuera, debiera sospechar del proceso reincidente, terco, unidireccional, sobre determinados partidos. Supone una consecuencia tóxica de la tesis sobre hegemonía cultural y ética que Gramsci apuntaba, como sugerencia pragmática, a la izquierda.


Dos periodos liberales (republicanos, cortos, horrendos) tuvieron claros responsables: políticos desleales, codiciosos y de cortas miras. Ahora, pese a disponer de la experiencia democrática más larga, tenemos los mismos mimbres sumados al contagio lingüístico que manipula y degrada la percepción social. Verdad que el PP -algunos de sus miembros, demasiados- puede considerarse partido corrupto, pero también PSOE y todo aquel que administre fondos públicos. No hay en España partidos de extrema derecha, bajo estricto diagnóstico; sí existen de extrema izquierda porque el marxismo-leninismo utiliza vías radicales, concluyentes, para conseguir sus objetivos. Incluso recomienda la violencia, el atentado, como norma revolucionaria. Loar una superioridad moral de la izquierda por los propios adeptos tiene parecido valor y certidumbre a que lo hiciese la derecha. Visto el escenario que nos envuelve, nadie tiene argumentos sólidos, cabales, justos, para dar lecciones a sus contrincantes. Los medios, en este aspecto, desempeñan un papel insidioso, determinante. 


Hitler y Stalin, enemigos declarados, firmaron el pacto Ribbentrop-Mólotov. Churchill declaró: “Para ganar la guerra me aliaría incluso con el mismo diablo” y lo hizo con Stalin a quien después quiso derrocar por ser un peligro para Europa. Ciudadanos -con menos envergadura que los nombrados y, desde luego carentes de la calidad que atesoraba Churchill- teme “mancharse” al sentarse con Vox en una mesa de negociación. Ignoro si es consecuencia de afanes distintivos (innecesarios porque tal vez haya bastantes puntos coincidentes, aunque sean muy estimables las diferencias ideológicas) o tienen otro origen menos autónomo. En cualquier caso, esa piel demasiado sensible, selectiva, puede dar al traste con objetivos largamente pregonados, tal vez añagaza especulativa, fecunda, y la culpa sería única y exclusivamente del partido naranja.


Hagamos un ejercicio de política ficción. El Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid, al final, quedan en manos de la izquierda a consecuencia del desencuentro entre Ciudadanos y Vox. Si así ocurriera, desde mi punto de vista, toda la culpa sería de Rivera por hacerle ascos a un partido perfectamente legal, constitucionalista y alejado del averno. Estoy seguro de que sus votantes le pasarían factura en los próximos comicios. Quizás le interesara a Ciudadanos hacer una profunda reflexión sobre lo expuesto por Daniel Eskibel: “De la capacidad de hacer acuerdos y alianzas depende el destino político de candidatos y partidos”. Considero una barbaridad antidemocrática prejuzgar, que se aísle sin fundamento, a cualquier sigla que propicie el bien de los españoles. Menos, cuando sus votos son absolutamente imprescindibles para conseguir el objetivo que otros dicen desear: desplazar a la izquierda en instituciones medulares. Vete a saber.


Ábalos, ese elefante al que embriaga hocicar cacharrerías, afirmó que los socialistas no pactarían con los abertzales. A buenas horas mangas verdes. En un dislate muy de su cosecha, aseveró también: “Vox no es ni más ni menos constitucional que Bildu”. Sin tanto engaño ni maldad, se ajustaría mejor a la realidad: “PSOE no es ni más ni menos constitucional que Podemos”. ¿Verdad que tal conjetura pone irritable a cualquier socialista juicioso? ¿Qué sacralidad medieval u hodierna concede al prócer valenciano el derecho de zaherir sin ton ni son a los votantes de Vox? Siguen obrando tal que si fuéramos memos; o peor, idiotas.


Podemos derrocha tenacidad e ilusión mezclada con algo de abatimiento por la actitud desdeñosa de Sánchez. Hace tiempo que advierto un embeleco más para añadir a la cuantiosa colección de Pedro el engatusador. Espero que, a poco, quien no disfrute del pesebre vea cuantas argucias conforman su currículum y terminen por mandarlo al lugar de donde nunca debió salir. Cierto que, concluido este extremo, quedará un itinerario abarrotado de cadáveres mutilados en el yermo marco funerario. Iglesias ocupará, entre ellos, un lugar preferente como corresponde a su alcurnia. Llega el final de una muerte lenta, incansablemente peleada. Villa Tinaja constituye cual semilla pecaminosa, letal, un panteón necesario, solemne, tortuoso.


Calvo, ministra visceral para quien el dinero público no es de nadie, hizo ayer un panegírico excesivo, sin bordes, del PSOE y sus ciento cuarenta años de existencia. Llegó a evacuar la boutade de que es el único partido que lleva en su acrónimo España. Vino a decir que fuera de él ninguno es capaz de dar respuesta social a las demandas ciudadanas con su actitud ética y progre. Olvidó mencionar el pacto con Primo de Rivera, por cierto, general poco democrático o aquella huelga revolucionaria (golpe de Estado) contra la República en octubre de mil novecientos treinta y cuatro con miles de muertos.

viernes, 31 de mayo de 2019

TODOS VIENEN CON LA CABRA


Soy consciente de que mis lectores jóvenes -si cuento con alguno- se extrañarán de tan rocambolesco epígrafe. Dichosos ellos que su juventud les impide comprender cuánta verdad encierra la cabecera. Solo aquellos entrados en años saben qué enmascara este insólito titular. Aclaro. Durante mis años infantes, allá por el terruño conquense que me vio nacer, solía aparecer ocasionalmente una compañía de comediantes aprovisionada de curiosos carromatos. Algunos portaban incluso chimenea. Les llamábamos los húngaros. Conformaban un grupo familiar, con muchos niños, y la indefectible, y no menos relevante, compañía de una cabra amaestrada. Recuerdo que el espectáculo se celebraba al aire libre o en algún cobertizo incómodo, según la estación. Era corriente ver un adulto, generalmente hombre, tocando una trompeta mientras varias mujeres, con largas vestimentas, simulaban bailes inconcebibles. 


El auditorio -atosigado por la ausencia de repertorio, aburrido, roto cualquier signo de moderación- demandaba a voz en grito escudándose en la masa: ¡“que salga la cabra”! Aquel clamor vibrante formaba parte sustantiva del propio espectáculo, era el clímax, la conmoción suprema. A poco, ante tamaña exigencia, salía una cabra magra que (bastante cansina) subía algunos peldaños de la escalera adosada a un taburete minúsculo donde se aposentaba, sobre sus cuatro patas, improvisando el número esencial. Poco más “y esto es todo, amigos”, anunciaba el trompetista ahuecando la voz o labrándola atrevidamente con aquel deje extranjero. Anunciaba el final de tan menesterosa distracción, paradójicamente bastante apreciada.


 Concluidas las Elecciones Generales, traspasado el ciclo de la segunda hornada, viene el circo que ilustra este laberinto de acuerdos, asimismo pactos, provenientes de actores con falsa palabra y esquema sibilino. Tan atrabiliario panorama me retrotrae a aquellos años en que los “húngaros” ocupaban el tiempo de asueto, de ocio indigente -casi bastardo- satisfecho principalmente por la cabra; animal decisivo en cada casa cuyo afecto desafiaba su generosidad láctea. Hoy, los políticos sin excepción pretenden trepar al sustentáculo de la abundancia, del buen vivir, colocando parecido taburete, similar cabra con diferente encarnadura. Ahora, el rumiante se reviste de frases estúpidas, embaucadoras, incoherentes. Ansían compensar el hastió de sus duelos a florete (quizás daga traicionera) con frases desconcertantes, capciosas, tontas. Entre tanto, mientras acuerdan el reparto, el escenario político se abarrota de próceres que dicen perseguir, henchidos de ignominioso cinismo, el bien de España.


El pasado domingo, apenas a medio recuento de las autonómicas y municipales, aparece Sánchez -bajo el palio de su guardia de corps- para afirmar: “El PSOE ha ganado las elecciones… de largo”. Tan de largo que solo tiene seguras las Comunidades, ya antañonas, de Extremadura, Castilla la Mancha, Comunidad Valenciana y Asturias. Ninguna nueva salvo, tal vez, La Rioja que le serviría de consuelo por la pérdida de Andalucía. ¡Menuda cabra exhibió don Pedro! No fue animal de compasión, ni de entusiasmo; fue un bicho de carcajeo. La señora Lastra presentaba también la suya: “El PSOE rechaza un intercambio de cromos con Ciudadanos, no apoyará a Villacís a cambio de Gabilondo”. ¿Acaso el PSOE tiene suficientes concejales en Madrid para darle la mayoría a Villacís? Ignoro si Lastra o su cabra necesitan fósforo. A nivel nacional, aunque atesore un rebaño, lo tiene pésimo y encima divulga que quiere gobernar solo. Ya lo dije, imposible solo y lo siguiente coaligándose con el “moderado y democrático” Podemos. Ve tal estrago que alienta a Macron para presionar a Rivera contra Vox.


Casado adelantó el equilibrismo caprino cuando afirmaba rotundo que Vox era la “extrema derecha” al objeto de convencer al personal, pese al pacto andaluz, de estar equidistante, de patrimonializar el centro. Ahora mismo, Vox -una vez centrado el PP- “se convierte en su derecha”. Constata ese perspectivismo convenenciero que lucubrara Ortega en el primer cuarto del siglo pasado. Fiar todo a la cabra, rendirse al relato extravagante, perfilar atributos de quita y pon, acostumbra a pasar factura onerosa. Incluso en política, donde el fraude, la estafa, puede llegar a ser esencia. Casado, por suerte, ha dejado de ser el prestatario de Rajoy. Hay fracasos gestados por individuos irresponsables que abandonan dejando a su sucesor en difícil tesitura, abocado a los propios tiburones. Abascal, si Ciudadanos abandona el foráneo e injertado prurito de pactar con Vox, se ha convertido en muleta imprescindible para que Madrid (Ayuntamiento y Comunidad) no caiga en manos de la extrema izquierda.


Ciudadanos, inseguro, víctima de un complejo letal, asoma una cabra sin pedigrí, misteriosa, prestada. Valls, de tacada, se convierte en árbitro sin apenas pito. Con seis concejales al alimón, se permite el lujo de trazar líneas rojas a un Rivera que lo acogió en su seno con generoso y burdo error. El ex primer ministro francés se atreve al reto suicida: “Un pacto con la ultraderecha implicaría la ruptura total y definitiva con Ciudadanos”. Yo, ya lo hubiera puesto en la vereda camino a Francia donde fue desahuciado por Macron. Aparte este marco perverso, algo impostado, necio, Rivera peca de soberbio cuando, por el contrario, debiera mostrarse más humilde con quien puede concederle cuantiosas alegrías no exentas de excepcionales réditos. Se precisa un alto grado de cretinismo para morder la mano que te da de comer. Cuidado con las cabriolas realizadas sin red y en Madrid está tentado de realizar un triple mortal. Venderse al PSOE implicaría asentar al PP como única oposición. Menudo chollo.


Podemos, pobre, está agonizante por obra y gracia de arrogancias sin límite. Fuera de una excelente imagen mediática, Iglesias no da más de sí. Engreído, desdeñoso, acaparador, Pablo es el sepulturero del propio partido dado su carácter tiránico, totalitario. Al final, Errejón liderará la izquierda extrema surgida tras el esperpéntico sepelio de Izquierda Unida. Sabe, pese a su desahucio municipal y autonómico, que son necesarios si Ciudadanos mantiene su negativa a Sánchez. De ahí ese ruido insistente en convenir un gobierno “de progreso” con el plácet de las hordas fáctico-mediáticas que, por oposición a Vox, no lo advierten extremo. Cosas veredes, amigo Sancho.


Para terminar, dos cabras montesas. La del sindicalismo español (tan financiado) que exige un “gobierno estable y de progreso” y la de Ada Colau que días atrás ignoraba una contribución desinteresada de la derecha, JxCAT y Ciudadanos, para conseguir el cabildo. No obstante, ella será alcaldesa recogiendo velas, ¿principios? e inocencia.

viernes, 24 de mayo de 2019

ARRIBA EL TELÓN


Concluida esa parte ritual (donde el ciudadano parece concurrir como protagonista cuando, en el fondo, solo es un aparejo formal), viene ahora la conformación del Parlamento y Senado. Ambas Cámaras deberían respirar por ese pulmón que el pueblo trasplanta, tal vez solo lo aparente y se deje embaucar, a políticos -ellas y ellos- para asegurarse los objetivos que exige el principio que fundamenta el Estado de Derecho. Inexiste el Estado Democrático, “cuando no hay una unidad política que organice jurídicamente la sociedad y que, en cuanto expresión de la voluntad popular, genere derechos y garantice los que le son propios al ciudadano”. Bien es verdad que tal rito electoral pudiera considerarse un lance figurativo, menor; pero ustedes, amables lectores, razonando el curso de los acontecimientos vertebrales, esos que prefija la Carta Magna, deben encontrar o no motivos para el desencanto, más allá de los cánticos de sirena que saturan el espacio nacional. 


Convendría, antes de proseguir, conceptuar lo legal y lo legítimo. Legal significa que está establecido por ley o conforme con ella. Lo legítimo presenta una consideración compleja y con aspectos cambiantes. Quizás su mejor expresión sea: “Capacidad de un poder para obtener obediencia sin necesidad de recurrir a la coacción”. Es básico en las relaciones de poder e implica consenso con la mayoría. En una democracia, lo legal es esencia, substancia; lo legítimo, aviene cuando se consensua el poder. La primera es fácil de advertir o ignorar; el segundo -casi imbricado en la primera- precisa algún asiento aclaratorio. Por ejemplo, el Estatuto de Autonomía de Cataluña, aprobado en dos mil seis, es legal, pero (objetivamente y desde mi punto de vista) ilegítimo pues el Referéndum para su aquiescencia tuvo una abstención superior al cincuenta por ciento y su asentimiento neto próximo al treinta y seis coma cinco por ciento; es decir, fue invalidado por mayoría. Su legalidad proviene de una acción ilegítima, fraudulenta.


Sí, el día veintiuno empezó a levantarse el telón de ese teatro (con alarmantes perfiles de pertinaz inclinación) en que se ha convertido el Parlamento español. Necio sería ocultar programa parecido para el Senado. Ambas Cámaras tienen a su frente políticos del PSC, circunstancia que por sí misma no debiera levantar ninguna sospecha, ni reproche. No obstante, méritos anteriores hacen precipitarse algún recelo disuelto entre vapores de escepticismo, de desconfianzas. Acaso sean los mejores para conducir el curso parlamentario de una legislatura que presiento movida, si no fugaz. Los primeros movimientos ¿inerciales? de la señora Batet sobre la suspensión de los diputados presos, ha calentado -casi fundido- la Mesa del Congreso. Va a remolque porque quiere cocinar una tortilla sin romper huevos, olvidando la servidumbre de su cargo motu proprio o por imposición. Desde casi las dos, sé que ha imperado la ley frente al dividendo o acaso hayan pesado tenebrosas conjeturas.


Tal vez fuera una premonición, pero la Mesa de Edad estaba formada por un señor del PSOE barbadohiperbólico -sosias de Valle-Inclán- y dos “jóvenas” de ERC y Podemos, respectivamente. El escenario, hueco de contenido, de mensaje, lo ocupaban diversos actores huidos, medrosos, porque ahora tocaba representar la obra por provincias. El vigorizado elenco socialista se encuentra aquietado por el césar Sánchez. Una ola de servilismo, impregnada de tensa espera, bate las huestes perplejas del sanchismo. ¿Acabarán sentados con Podemos, perceptible extrema izquierda, inaugurando una aventura temeraria? En un marco capitalista, la extrema izquierda conforma el peor acompañamiento posible. Esa gran victoria que cantaban con exceso de jactancia, les obliga a “bañarse”, no sé si con regocijo, entre pirañas. Se acabó la “ayuda desinteresada”; llega el momento del aro. No perdamos de vista alguna otra colaboración lúgubre. Estamos, como siempre, en manos de minorías disgregadoras y nadie quiere poner remedio.


Casado está recogiendo la semilla infértil que sembró denodadamente un Rajoy lánguido, enroscado en su apocamiento. Sesenta y seis diputados, supone el récord, un desastre sin paliativos. Casi con total seguridad, las próximas elecciones no mejorarán los resultados y hay quien apuesta por verlo cadáver político. Me gustaría saber qué recambio ocupa esas mentes adivinas. ¿Juan Manuel Moreno? ¿Núñez Feijoo? ¿Alguien de incógnito? Moreno no tiene entidad y a Núñez Feijoo lo inhabilita su edad, cincuenta y ocho años, cuando todo el banquillo exuda juventud (Entre los treinta y ocho de Casado y los cuarenta y siete de Sánchez). Además, ninguno despliega maneras de líder, de haber logrado nada por sí mismo. Aquel, sin ganar, consiguió la presidencia de Andalucía por hastío. Este, aprovecha el terreno que le dejó Fraga, salvando el paréntesis de Pérez Touriño. Casado, lejos de ser un portento, hoy no tiene rival, pero debiera contenerse, en ocasiones, mientras ha de tajar sin remilgos, en otras. El PP necesita ideas nuevas, claras y limpieza, mucha limpieza.


Ciudadanos, hoy por hoy, confunde su papel. Es evidente que el pueblo español quiere gobiernos de centro izquierda o derecha con el apoyo exigente de un tercero, cuyo protagonismo le toca hoy al partido naranja. Alejados nacionalismos y extremismos del poder por voluntad popular, que no por acuerdo para cambiar la nefasta ley electoral, solo cabe, invocando patriotismo y responsabilidad política, que Albert Rivera (insisto, hoy) sea la llave del equilibrio, de la gobernabilidad. Si actúa de forma distinta y deja a Sánchez en manos de Podemos y nacionalistas regresaremos a épocas terribles. Eso sí, ha de dejar claro a Sánchez y al PSOE posterior que ya está bien de jueguecitos guerracivilistas. Son necesarios pactos sobre educación, economía, pensiones, política exterior, etc. etc. Ahí es donde se necesitan acuerdos y dejar de una vez para siempre politiquillas de partido, de usar y tirar. Caso contrario, más pronto que tarde, estaremos abocados a los extremismos. PSOE, PP y Ciudadanos disponen de ocasión ideal para demostrar que son los partidos que demanda el Estado, su filosofía, su génesis. 


Haciendo una analogía entre vida y política, finalizo con un pensamiento recogido en el film Amelie: “La vida no es más que un interminable ensayo de una obra que jamás se va a estrenar”.

viernes, 17 de mayo de 2019

CAMINO AL PRECIPICIO


El principio de causalidad confirma que todo efecto tiene una o varias causas. Confucio, a este fin, afirmó: “un pueblo que no conoce su Historia está condenado a repetirla”. Ahora mismo, la coyuntura en que nos encontramos -nada novedosa, por cierto, y de ahí su particular gravedad- se ha repetido dos veces en este país. Si el alcance no ofrece duda alguna, señalar las causas se presenta enmarañado. Cualquier realidad es multifacética y, por ende, compleja. Ahondar en “la razón suficiente” para describir un evento, los pormenores, su comprensibilidad, implicaría abrir paso a un laberinto insondable. Allá por el año mil ochocientos setenta y tres se instauró la Primera República que (en nueve meses) aparte de cuatro presidentes, parió el cantonalismo en varias ciudades y que ha tenido continuidad durante la Segunda República. Hoy queda un poso romántico, testimonial, con Tabarnia, Valle de Arán o el Bierzo.


No admite discusión que cualquier periodo democrático anterior al actual terminara en breve tiempo. La primigenia oportunidad concluyó por falta de acuerdo, por desmayo, entre un federalismo pactista y otro intransigente. Aun suponiendo responsables a varios actores, es inobjetable el infausto papel de aquellos políticos que encabezaron la Primera República. Al menos, y ese fue su éxito, apenas hubo derramamiento de sangre para sofocar las distintas rebeliones. Quiebra devastadora trajo, a poco, la Segunda República. Tras Primo de Rivera, una dictadura de la que nadie habla (probablemente porque UGT fuera fiel colaboradora), y unas elecciones municipales, cuanto menos atípicas, fue proclamada en mil novecientos treinta y uno la Segunda República.


Cinco años después de aquel entusiasmo general, explosivo, el sistema se fue deteriorando dando lugar a episodios terribles como Casas Viejas o la sublevación de Cataluña y Asturias. Estos y otros hechos luctuosos, provocaron el enfrentamiento paulatino entre derechas e izquierdas sin aclarar convenientemente qué fue primero, el huevo o la gallina; es decir, quién empezó. Sea como fuere, la Guerra Civil desencadenada provocó un número indeterminado de muertos; contándose, eso sí, varios centenares de miles. ¿Quién fue responsable? Por mucha imparcialidad con que se fragüe el análisis, es imposible adoptar una conclusión válida para todos los contendientes. Es indiscutible, sin embargo, el ahogamiento apresurado del intento democrático y la larga dictadura de Franco, al que no se le pueden imputar todos los estragos. Cada vez estoy más convencido de que España fue una pieza fundamental, un instrumento, en el tablero geoestratégico europeo y mundial.


Se dice que ahora mismo resurge un nuevo episodio de guerra fría, entre Rusia y Estados Unidos, cuyo marco de pugna es el mar Caribe. Este desplazamiento del conflicto no significa, en modo alguno, que otras áreas hayan perdido su influencia geoestratégica. Nuestro país sigue teniendo un papel sustantivo, de primer orden. Resulta extraño, por decir algo tranquilizador, que sean Venezuela e Irán -países amigos de Rusia- quienes presuntamente hayan financiado a cierto partido español con oscuros objetivos. Asuntos tan turbios e importantes no pasan porque sí; al fondo, siempre emerge una mano que mece la cuna. Mi escasa fe en los políticos se desmorona al aproximarme a los dogmáticos, a quienes desean conseguir el cielo sin asentar bases sólidas en la tierra. Alarmante.


Concluidas las elecciones, uno queda aturdido cuando profundiza en la máxima escolástica: “Nada hay en el intelecto que no haya estado antes en los sentidos”. Si después de diez meses de percepciones continuas, aún se ignora el valor real de “progre”, “gobierno progresista” y la gente vota a este mentiroso patológico, un inepto en toda regla, solo caben dos respuestas. O no se aplica la máxima escolástica o apabulla esa otra: “El pueblo es la bestia aparejada sobre la cual cabalga el más audaz”, dicha por alguien libre, sin ataduras. Un sanchismo desatado, disoluto, parece haber obtenido la gloria definitiva. No obstante, su pírrico resultado, su absoluta necesidad de pactar con partidos extremos, le augura una legislatura inestable que pronostico corta, bien por soledad ya por seguir iniciativas económicas inviables. Preveo un gobierno inane, propagandístico.


Este ejecutivo -sin abandonar la mediocridad- realiza manifestaciones que causan vergüenza ajena. Borrell, presuntamente el único cerebro, lleva una racha insólita. Cuando nuestra embajada en Venezuela se vio rodeada por la policía de Maduro, un notorio intento coactivo, dijo: “Veo lógico que haya policía del régimen fuera, sería raro que no la hubiera”. ¿Qué, señor Borrell, que desde su otero nos ve al resto idiotas perdidos? La señora Calvo es un caso especial, imposible examinarlo en el corto espacio del artículo. Sánchez, vocacionalmente falaz, viene anunciando (por boca de sus ministros) subida de impuestos solo a los ricos. Expongo a continuación datos que demuestran lo contrario. En mayo de dos mil doce, el barril de petróleo alcanzó su mayor precio, ciento ocho dólares, mientras el litro de gasoil costaba uno treinta y nueve euros. Hoy el barril cuesta setenta y tres dólares y el litro de gasoil uno veintinueve euros. Es decir, mientras el precio del crudo ha bajado un treintaidós coma cuatro por ciento, el precio del gasoil lo ha hecho en un siete coma catorce por ciento. Estos datos implican una subida bestial al impuesto de los carburantes. Prueba palmaria de la farsa, salvo que la clase proletaria/media sea potentada.


El inquilino de Villatinaja pide lastimosamente entrar en el gobierno a fin de ocultar su desbarajuste electoral. Pedro, lo engañará una vez más y le permitirá gozar de puestos ínfimos -sin sustancia ni poder para transformar nada- a cambio de su lealtad. Hasta pudiera ser que, dada la egolatría de que ambos hacen gala, no lleguen a ningún acuerdo. Sería la única opción de que los españoles pudiéramos respirar con cierta tranquilidad. El sanchismo, reducto actual del PSOE, no es socialdemócrata, ni moderado; carece de parangón en Europa. Tampoco es marxista, acaso algo populista; conforma una caterva de individuos sin más objetivos que detentar el poder. Espero su desaparición rápida y definitiva. Nosotros, estúpidos, hemos empezado un camino hacia el precipicio.

viernes, 10 de mayo de 2019

DE LO UNIVERSAL A LO FRAGMENTARIO


Lejos de vericuetos filosóficos entre universalismo abstracto y concreto, entre aspecto declarativo y redención personal, el papa Francisco ha resquebrajado la sustancia eclesial. En efecto, un indicador fundamental de la eclesiología es precisamente su carácter universal. Joan Planellas, párroco independentista de Jafre, ha sido nombrado arzobispo de Tarragona. Parece deducirse de este singular nombramiento el celo papal por legitimar (blanquear en el léxico posmoderno) las ansias independentistas de una parte del catolicismo español. No obstante, tal sanción implica una profunda raja, un abismo, abierto en la universalidad ancestral de la Iglesia. Estoy convencido, o casi, de que -por desconocimiento- el papa ha suscitado un resquicio cuyas consecuencias están todavía por dilucidar. No cabe duda, eso sí, de su adverso proceder.

Por adherencia consuetudinaria, el universalismo es la vocación de cualquier ideología dogmática. Digo vocación y no característica porque esta sería realidad inexistente, ya que su objetivo tiende a conseguir idénticos “talentos” para todos los individuos y eso es ontológicamente imposible más allá de su formulación. Principios o estereotipos dogmáticos solo conseguiremos distinguirlos en doctrinas religiosas, como hemos expuesto, y en idearios políticos, más o menos juiciosos. Pese al universalismo proclamado por Marx (proletarios del mundo, uníos), hoy el ámbito del trabajo -clase media- vive con extrañeza, con decepción, el soporte que el independentismo excluyente, insolidario, antiuniversalista, recibe del comunismo “activo, ejemplar, progresista”. Ningún partido que, de forma tácita o expresa, quiebre las entelequias marxistas (según Aristóteles la entelequia completa y perfecciona toda actividad) puede considerar su ejecutoria afín a la esencia del sistema.

La izquierda extrema española también, y por ello, ha perdido el referente. Esa transversalidad que tanto ensalza para difuminar (en ocasiones) un pasado más que nebuloso, le obliga a dar bandazos y a transgredir fundamentos que debieran ser inamovibles. El mayor problema es que ha vivido siempre de espaldas a la realidad. Por este motivo, ahora pretende descubrir caminos menos ortodoxos, pero que conduzcan a otro lugar común: recuperar una superioridad moral tan pomposa como cínica. No necesitábamos ninguna constatación porque la Historia se muestra terca en destapar esa superchería. Sin embargo, tenemos diferentes escenarios donde es imposible disimular cuanta miseria, tiranía y corrupción, encierran las diferentes siglas que sintetizan el neocomunismo. Etiquetaje político, tal vez recurso vejatorio, ignominioso, constituye la huella que arrastra toda divergencia. Universalismo ambiguo, volátil y tribalismo competitivo conforman el eje político subsiguiente a la Revolución Francesa.

Si concedemos al llamado siglo de las luces la gestación, el trazo inequívoco, de cualquier doctrina política, convendremos sin factible discrepancia que hoy es el siglo de las sombras y, por tanto, de una insolvencia política desgarradora. Desconozco si sería absurdo, o simple pérdida de tiempo, analizar la evolución doctrinal desde las dos últimas centurias derrochando, quizás pareciéndolo, arrebatadas querencias. Temo que esa relatividad ocupa, sorpresiva, ha invadido y mancillado el mundo inmaterial legando una sociedad en crisis permanente. Esta mañana, escuchando la radio, he oído una frase certera, sumaria, referida al ascenso de determinados políticos. Decía: “Que Colau sea alcaldesa de Barcelona, y pueda repetir en el cargo, muestra lo reñido de la sociedad con la excelencia”.

Pese a lo escrito sobre Iglesia e izquierda, en su amplio contenido, la derecha -mucho menos dogmática- observa parecidos indicadores potenciando una fragmentación usurera, onerosa. Vemos, con alarmante inquietud, cómo los partidos adscritos a la derecha mantienen no solo una escisión perdedora, sino la particular rivalidad entre ellos para ver quien protagoniza el papel opositor. Semejante marco agrega, confirma, legítimas apreciaciones de que espurios pruritos personales venden el bienestar colectivo por un plato de lentejas. Los experimentos sociales, esa tentación de controlar dinámicas grupales con objetivos políticos, unas veces dan alegrías y otras, sinsabores cuando no respuestas catastróficas. Rajoy, un registrador metido a científico, enraizó a Podemos para debilitar al PSOE. Al tiempo, este permitió el alumbramiento de Ciudadanos y Vox. No hay mayor necio que quien tira cantos a su tejado.

La derecha, aun fragmentada, es menos estúpida que la izquierda en términos generales, pero el hándicap lo supera ganándole en maldad. Medios y prohombres del PSOE repiten con tono sombrío la deriva derechista de PP y Ciudadanos cuando pretenden pactar con Vox. Ignoro qué razón lleva a Casado a no explicitar él y todos sus conmilitones, de forma reiterativa, por qué el PSOE puede pactar con Podemos, partido de extrema izquierda, sin que aquel resulte afectado por dicho extremismo y PP y Ciudadanos, si pactan con Vox, constituyan partidos afines a la extrema derecha cuando solo serían socios de un partido alejado de cualquier connotación extremista o terrible para la sociedad. Vox, ni es nazismo ni fascismo agresor, conforma una ultraderecha constitucional -por muchos voceros que afirmen lo contrario- a la vez que exponen tesis que algunos “espabilados” se han encargado de distorsionar, aunque haya muchos ciudadanos que las aprueben.

Repito, el tactismo de aumentar la oferta ideológica para desgastar al rival -junto al latrocinio inmoderado- ha permitido el total desmantelamiento del bipartidismo. Ciudadanos, Podemos y Vox, son su consecuencia y ahora, rota la universalidad y mecidos por la fragmentación, pechan apesadumbrados, indecisos, hasta incrédulos, con una situación novedosa, sin asistencias empíricas. Cualquier yerro significaría no ya la perdida privativa del poder sino un finiquito concursal para todo el partido. Indaguen, si no, los problemas que empiezan a surgir en Andalucía por un quítame allá esas etiquetas. De igual manera, el esforzado presidente en funciones no sabe si fenecer por inanición o indispuesto a causa del brebaje adobado en el laboratorio podemita.

Apresurarse, cantar victoria antes de dominar orquesta y coro, trae consecuencias inesperadas, desesperantes. Mitad fanático, mitad receloso por engaños pretéritos, Iglesias puede desequilibrar un statu quo determinado si no obtiene lo que quiere, porque a él, igual que a Sánchez, España y los españoles le importan medio comino. Malo si lo acompaña, tal vez peor si no lo hace. El dogma (religioso y político) ha desgarrado el universalismo y su fragmentación conlleva un peaje todavía sin calcular. Veremos.

               

                                  

viernes, 3 de mayo de 2019

DE PERDIDOS AL RÍO






Concluidas las elecciones, sus protagonistas me refrescan una conocida anécdota que le ocurrió a un señor testarudo. Algunos personajes de aquellas y los de la anécdota tienen estilos diferentes, si no opuestos. Dicho señor rural, terco, quiso realizar un viaje. Cuando el conductor del autobús -billete en mano y conocido su destino- le advirtió con suma delicadeza que el vehículo llevaba ruta contraria a la elegida por él y que debía bajar para coger otro, le respondió digno y cargado de razón: “Yo pago, tú tira”. Guardando distancias, y esfuerzos éticos, entre conductor y prohombres públicos, entre el cerril mencionado y el pueblo español, este (caso improbable de que cualquier candidato le observase el yerro de su elección), diría: “Yo voto, tú calla”. El paralelismo entre aldeano y gente es innegable: ninguno otea el sentido común, ambos se nutren de absurdo e irracionalidad.


Lo expuesto se ciñe al carácter providencial, fatalista, propio de sociedades emotivas, ayunas o escasas de entendimiento. Si cunde la desorientación o el trastorno, si se transita por un laberinto de enmarañada salida, hay dos únicas respuestas: hacerles frente con espíritu firme, analítico, o tirarse al río, a la aventura, con la esperanza de lograr una desembocadura feliz, fecunda. El español, en su gran mayoría, siempre considera salida idónea lanzarse al río. Las pasadas elecciones han mostrado, una vez más, la divergencia abismal que existe entre lógica y objeto. Enfatizar ahora mismo esta anómala situación, es redundante, innecesario. Exponer dudas sobre el cortejo de mentiras que acompaña a Sánchez e ineptitud mostrada en diez meses, es un insulto a la inteligencia. Sin embargo, ha ganado las elecciones. Constituye la evidencia reconocida de esa temeridad confortable: de perdidos al río.


Como dije en algún artículo anterior, Sánchez engatusó a los militantes socialistas en primera instancia. A cargo de la moción, ha engañado a nacionalistas y a Podemos. Ahora estafa a España, mientras persigue enredar otra vez a los anteriores. Sabe que no cuenta con Ciudadanos y esta coyuntura le dificulta enormemente su legislatura. Si se coaliga con Podemos y PNV la economía se resentirá tanto que no aguantará media legislatura. Si intenta gobernar en minoría, presionando a diestra y siniestra, lo normal es que no le aprueben los presupuestos y deba lidiar con un anticipo electoral. En el fondo, Sánchez ha conseguido una amplia victoria/derrota electoral que le pasará factura pese al BOE y a RTVE. Asociarse jubilosamente, sin mesura ni barreras, significa decantarse por compañías poco recomendables -desde el punto de vista social- que conllevan un peaje desventurado y gravoso. Lo inteligente (atisbo similar a pedir peras al olmo) precisaría aprender de Rajoy, de sus garrafales errores.


Reitero mi extrañeza ante el resultado electoral del PP. Analistas “ortodoxos, duchos y prominentes” ya han decidido que la culpa es de Casado. Se olvidan de Rajoy (cuando interesa), llenan las ondas con la corrupción miserable del PP mientras silencian aquella gigantesca y perversa del PSOE, le endosan una derechización ultra al tiempo que omiten las simpatías de un PSOE -de por sí izquierdoso, marxista- hacia Podemos, partido de extracción exaltada, fanática, con tufos totalitarios. Rajoy, medios audiovisuales, cinismo y estrategia desafortunada al final, amén de una sociedad mostrenca, se han conjurado contra el PP. A España se le presenta un problema grave y acuciante: la derecha presenta un exceso de oferta y la izquierda (radicalizada, sin nutrimento socialdemócrata) solo puede traer miseria, quiebra de las clases medias. Se impone el reforzamiento ético del PP y la revitalización de UPyD como partido eminentemente socialdemócrata, sin tintes comunistas, para dar salida electoral a la izquierda moderada.


Cierto, conviene una política económica keynesiana (pero efectiva) o liberal (pero más social). Desde luego, se hace necesario -en cualquier caso- terminar con los “chiringuitos” que pululan en autonomías, empresas públicas e instituciones sociales, sin el exigible control público. No puede ser que los gobiernos, todos, se sometan por completo a grupos inversores, entidades financieras y grandes empresas, obviando las deficiencias económicas que se generan en la masa social. Es indigno que hoy demasiados trabajadores reciban sueldos de miseria. Tal escenario lleva a pedir un pacto nacional para exigir el cambio electoral (algunos partidos tienen diputados con sesenta y cinco mil setecientos setenta votos y, en la misma Comunidad, otros con noventa y cuatro mil quinientos no tienen ninguno), sistema nacional verdadero de enseñanza, una sanidad única y unas leyes laborales que eviten la penuria.


Observo con extrañeza que el independentismo catalán y vasco, ambos, han priorizado sus votos en ERC (15) y PNV (6) en primer lugar para, a continuación, ofrecer el segundo puesto al partido socialista (PSC-12, Y PSE-4). Luego aparecen, ECP (En Común Podem-7), JxCAT-7, Ciudadanos-5, PP-1 y Vox-1; Podemos-IU-Equo-Berdeak-4 y Bildu-4. El País Vasco no tiene representantes de PP, Ciudadanos o Vox. Constatado el hecho, se deducen las consiguientes resultantes. PSC y PSE nadan con el constitucionalismo, pero guardan la ropa al amparo del nacionalismo más o menos independentista. ERC, PNV, etc. practican, además de un soberanismo excluyente, apego al óbolo estatal mostrando afrentosa insolidaridad. Estas Comunidades plantean serios indicadores de quiebra nacional con subsiguiente desequilibrio patrio y europeo.


Cuarenta años y una transición plagada de dificultades e intereses mezquinos, han convergido en el marco nacional que ahora mismo nos atenaza. Sometidos a lesivos caprichos de los llamados “padres de la patria”, tuvimos que soportar no solo el Estado Autonómico sino Plurinacional. Presuntamente menesterosos de Historia, de psicología, desconocían -así lo parece- que Roma tardó dos siglos en unificar Hispania y que nuestro individualismo constituye la cruz del lastre destructor. Ahora nos encontramos en un oscuro callejón sin salida. Encima, de forma miserable, codiciosa, se azota sin misericordia a quien ose señalar tan probadas adversidades. He aquí las causas de tanto desapego, de tanto hartazgo, de tanto desaliento.  Sería lógico desafiar al infortunio, pero conociendo el percal únicamente cabe “de perdidos al río”.

                    

viernes, 26 de abril de 2019

SOCIOLOGÍA ORIUNDA: DEL SOBRESALIENTE AL JUDAS


Hace cien años, Unamuno comentaba con Ortega que era preciso españolizar Europa. Sí, siempre hemos sido diferentes sin que tal circunstancia implique ser mejores o peores. Probablemente ellos reivindiquen, arrebatados por el espíritu quijotesco, nuestra idiosincrasia y nosotros ansiemos, presos de fingida fascinación, ser algo más europeos. Sea como fuere, España siempre ha sido la prostituta virginal, ingenua, paradójica, inalcanzable; esa que provocaba rechazo y onírico placer a partes iguales. Europa dormía, apoyada su cabeza en los Pirineos, mientras los españoles velábamos la calle excitados por aventuras de paladines y picarescas mezquindades. Porque somos eso, un contrasentido, un disparate hecho cordialidad e ingenio.


Días atrás, en ese albero televisivo que preparó con remilgos TVE, reviví El Ruedo, semanario taurino que leía por los años cincuenta un familiar muy aficionado a los toros. He de confesar que mi temprano contacto con la tauromaquia no ha dejado huella alguna en mi empeño; por mejor decir, ha desembocado en despego si no repulsión. Decía, que -en gala nocturna- cuatro espadas experimentados, de tronío, trastearon una faena de aliño, con altibajos, sin que pueda destacarse ninguno. No miento si aprecié deficiencias generales al usar la muleta, básicamente en Sánchez (Niño de la Moncloa) y Casado (Morenito de Palencia). Por su parte, Iglesias (Pelambres de Villatinaja) se permitió un Tancredo armado de guía lidiadora, constitucional. Albert Rivera (Riverita) estuvo bien, suelto en todo momento.


Tres de la cuaterna estoquearon y apuntillaron sus respectivos morlacos siguiendo el programa previsto, comprometido; pero el cuarto, niño de la Moncloa, ora por cobardía ya por significarse, se negó a estoquear al suyo en el último momento. Saltó a la arena su sobresaliente -José Luis Ábalos- que aprovechó esa plaza amiga para endosarnos un toreo intempestivo, plúmbeo, interminable, postizo. Al final, el sobresaliente gustándose, saboreando una faena insolente, protagonizó sin quererlo (evitar) un festejo que había generado excesivas expectativas. Resultó extraño al gentío que todavía se pregunta el porqué de tan átona sustitución. En este país, y en el ruedo nacional, nada puede resultar sorprendente, prodigioso; menos, cuando transigimos o nos hacen transigir con un esperpento de los principios patrios. 


El día después, La Sexta escenificó otro episodio con envoltura menos encorsetada. Si los prolegómenos invitaban a presenciar un espectáculo atractivo, complemento nítido del anterior, surgió a poco una bruma misteriosa que se adueñó del entorno. Hasta Iglesias, sinuoso tras la máscara adoptada, se permitió exhibir una moderación engañosa, novelesca. Inmerso en modo penitente, quizás buscara el perdón de abatidos adeptos que lo abandonaron por sus muchos pecados cometidos. ¡Qué poco conoce la estrella a sus fans! Estos, no obstante, van conociendo poco a poco a la estrella estrellada; lo juzgué ridículo y sin perdón. Sánchez, inquieto, perplejo, empequeñecido, sufría incontables latigazos dialécticos provenientes de Rivera y Casado. Sin duda, vimos un Ecce Homo bíblico incruento física y moralmente. Temía, y con razón, dejar al descubierto sobradas lagunas, demasiada indigencia. Sus falsas alusiones a la mentira de los rivales, que tanto éxito dieron antaño a otros conmilitones, le hundieron todavía más en el fango. Dejó traslucir sus ardides e inepcia para gobernar.


Casado y Rivera compitieron al pim, pam, pum, con los anteriores de forma inmisericorde, básicamente el segundo. La infrecuente ofensiva vino por la contenida y falsaria táctica que adoptaron Iglesias y Sánchez. Todos, consecuencia del trauma electoral, esgrimieron un papel contrario al uso. Ignoro qué beneficio o perjuicio puede acarrear transfiguración tan desconcertante. Si nos atenemos a los presagios que despertaron en diferentes analistas -huérfanos unos y otros de ecuanimidad- nos quedaremos como al principio. Creo, pese a los augurios, que podrán formar gobierno PP, Ciudadanos y Vox con sobrada mayoría absoluta. El sentido común indica que la mayor parte del voto oculto e indeciso irá a Vox en perjuicio de PSOE y Podemos.


Cuando llegan las crisis y los partidos clásicos muestran con creces lacras y errores sin fin, el ciudadano se deja seducir por los populismos como única alternativa. Ocurrió con Podemos y -ante lo fallido de sus propuestas, amén de su talante- ocurrirá con Vox. Aquellos, aireando las vergüenzas de la casta, se han subsumido con ella sin mejorar un ápice el Estado de Bienestar. Queda Vox como ilusión, como aliento esperanzador, porque todavía mantiene esa pureza a la que puede agarrarse el individuo maltrecho, frustrado, harto. No me satisface ningún populismo, pero ante los extremos de una izquierda decimonónica, neocomunista, prefiero el punto de radicalismo que pueda desplegar la derecha ultra. Al menos no lleva aparejada necesariamente ni la miseria ni la esclavitud. 


Pudiera gobernar Sánchez con el apoyo de Podemos, que exigiría (adiós cordera) entrar en el ejecutivo, ERC, PNV e incluso JxCat y Bildu. Dicho gobierno, incalificable, duraría mucho menos de lo previsto. Bien porque alguien accione la espoleta de retardo, bien porque Europa cierre la caja del BCE, le auguro -si nace- corta vida. Ni Europa, ni España, ni el PSOE, pueden conjugarse para cometer tan colosal error. La extrema izquierda española no tiene cabida en la Europa del siglo XXI. PP, PSOE y Ciudadanos han de dar un giro copernicano a sus políticas y, sobre todo, a sus principios éticos y estéticos. Si no lo hacen ellos motu proprio, tendrá que implicarse el ciudadano en esa responsabilidad.


Termino evocando nuestra idiosincrasia hecha de fuego y sangre, elementos que excitan un primitivismo fiero, umbilical, superviviente. Pese a todo, somos pueblo pacífico, amable, acogedor. La paradoja aniquila el buen nombre que, en justicia, merecemos. Gustamos gestos agresivos, violentos, como respuesta psicológica, compensadora, a ese complejo que nos perfila excesivamente indolentes, pusilánimes. Coripe, pueblo sevillano, ha fusilado y quemado -como viene haciendo desde siglos atrás- al judas el Domingo de Resurrección. Este año el representado ha sido Puigdemont, político cuyos deméritos son infinitos comparados con los del rey Felipe VI.  Véase el abismo entre la probable llaneza con que queman uno y el sesgo de odio que conlleva el otro fuego. Ya ven, a tres días de las elecciones nos agitamos entre sobresalientes y judas.

viernes, 19 de abril de 2019

REFUGIO DEL DOGMÁTICO IMPLACABLE


Aparte de fruto -cuya noción hoy no me resulta útil- “pero” contrapone, como conjunción adversativa, un concepto a otro diverso o ampliativo del anterior. Eso, al menos, esgrime el DRAE. La acepción cuatro, y de forma coloquial, indica defecto u objeción. Esta, sin ninguna duda, persiste todavía en ciertas áreas rurales donde se oye con frecuencia que una determinada persona tiene “muchos peros”. Políticos y medios, más bien tertulianos o comentaristas, prefieren el primer significado como refugio eficaz para restaurar la coherencia perdida ante argumentos irrebatibles. Su tenacidad dialéctica jamás deja torcer el brazo, incluso armado de vacuidad cuando no de absurdo. Demasiadas veces, en el transcurso del debate (y antes de pronunciarse un determinado interviniente) podemos advertir, sin desplegar apenas agudeza, qué trayectoria va a tomar mientras pervierte el análisis con verdadera habilidad. Son los bufos del litigio.  


Aunque nuestros políticos (por sus obras los conoceréis) me resultan una élite nada recomendable, he de admitir -en este caso- que quienes se llevan la palma al respecto son los tertulianos. Hay unos cuantos sectarios, aferrados al tren progre, cuya impronta deja momentos de estupor pese a que uno, gastados muchos años, está acostumbrado a vivir rodeado de incontinencias estúpidas. Con harta frecuencia elijo debates, más o menos equilibrados, para interiorizar sobre todo qué contertulios merecen crédito y cuáles se adosan al poder o a doctrinas estereotipadas. Ahora mismo, aunque en continuo descenso popular, Podemos seduce a rostros relativamente notorios de los medios audiovisuales. Son consumidores asiduos del “pero” adversativo, axiomático, intransigente. Otros, los comunicadores gurús, la excelencia, sobrevuelan la conjunción y se adueñan del alegato rotundo, inapelable, ex cátedra.


Los reconozco a la legua. Cuando un tertuliano -hipotéticamente liberal, objetivo, huérfano de doctrina concreta- expone un hecho o aseveración inapelables, su/s interlocutor/es adictos a la izquierda, extrema o no tanto, se ven incapaces de oponer argumentos lógicos. Contiguo al asentimiento, a esa adhesión constreñida, aparece bravucón, reiterativo, oportuno, el “pero” de rigor. Es un pero que inhabilita, rompe el hilo, mientras deja aparecer un mensaje distinto, casi siempre opuesto. Verbigracia. Si se comentan los “escraches” sufridos por PP o Ciudadanos, aquellos tertulianos “progres” de linaje o baratillo, no tienen más remedio que claudicar; sería necio negarlo. Sin embargo, a poco, surge el “pero” de la provocación, u otro pretexto endeble, y al final los “escracheados” son culpables de su propio sacrificio en el ara afrentosa, radical. Se necesita una encarnadura única, detestable, para sobrellevar esa carga injusta, insolidaria, disparatada, sobre un dorso presuntamente ético y estético.


Sorprendida, expuesta, la caterva cavernaria, contradictoria, fanática, hemos conocido la farsa comunicadora en estado puro. No pretendo, ni mucho menos, argüir verdad absoluta si manifiesto que el dogma católico se vence a la derecha y el doctrinal encaja con la izquierda. El primero, pese a aquella famosa frase de Marx: “La religión es el opio del pueblo”, puede considerarse nocivo -si acaso- para los católicos, vinculados a cualquier camarilla del amplio abanico ideológico. Asimismo, el segundo constituye un hándicap nefasto, espeluznante, para el conjunto. La gnosis popular se conforma, de manera parasitaria, manipulando cuanta información le llega al individuo, básicamente a través de los medios audiovisuales. El acto electoral, única participación democrática, queda así muy viciado. Cuando no sirve al ciudadano, el papel de la prensa acaba maltrecho, mustio. Muestra ostensible, TVE.


Los españoles transitamos por caminamos abarrotados de señales informativas. “La izquierda se nutre de ética”. “El bienestar social solo acaece cuando gobierna la izquierda”. “No hay progreso fuera del PSOE”. “El PP es el partido más corrupto de Europa”. “Si gobierna la derecha, España retrocederá al siglo XIX”. “PP y Ciudadanos se asimilan a Vox conformando una derecha extrema”. Todas malinforman, son mentira; algunas, exhalan certidumbre con matices. Quizás leídas en sentido opuesto evocaran más la realidad. Izquierda y ética no siempre se ubican en el mismo plano. Las pautas económicas marxistas traen miseria, según constatan los hechos históricos. El marxismo es la única doctrina nacida a finales del siglo XIX. Extrema, totalitaria, tiránica, siempre la izquierda jamás el liberalismo; al menos, no existen reseñas históricas que indiquen lo contrario.


Cualquier sigla suele huir del “pero” adversativo porque ellas son el pero objeción, defecto. Se dice, con sentido común, que los partidos son la espina dorsal del sistema democrático. Pero si son defectuosos, originan democracias defectuosas al estilo de la nuestra. Podría pensarse que envueltos en plena campaña electoral, quien más quien menos comete excesos de todo tipo. Semejante razón sería insuficiente para justificar añejos vicios porque los políticos siempre se encuentran practicando análogos esfuerzos; las campañas hoy son tan intensas, tan ignominiosas, que omiten momentos de calma. Actúan como son y tenemos la democracia cuya esencia dista mucho del imaginario exigible. Nos han tomado la medida, estamos a su merced, y seguimos respondiendo gozosos a cualquier requerimiento, aunque sugiera capricho o trivialidad. Falta cultura a la vez que sobra indolencia, desatino. 


Expongo, a renglón seguido, algunos juicios sembrados por próceres, representativos o no, pero que sintetizan a un mínimo porcentaje en el número de lenguaraces. Miriam Nogueras, diputada del PDeCAT en el Congreso, manifiesta: “Nosotros queremos la independencia de Cataluña”. Bien, pero me temo que el resto de españoles no. Este es un pero que se le viene indigestando a Sánchez desde que se animara a adelantar las elecciones. Es que no le apetece ni mencionarla, lo mismo que tampoco apetece nombrar la soga casa del ahorcado. Iglesias, al respecto y a pregunta sobre las afirmaciones de Miriam, expresó: “Me parece previsible; si un independentista pide la independencia es lo normal, igual que el PP diga que va a bajar los impuestos a los ricos”. Esto, Pablo, es mentira manipuladora, antidemocrática. Tú sí has dicho con frecuencia y reiteración: “los que somos demócratas…”. ¿Demócrata un comunista que vive además como un potentado? A lo que se aprecia, ¡menudo rédito material e ideológico debe producirle el populismo totalitario (valga la redundancia) que forma parte de su esencia política

viernes, 12 de abril de 2019

SUPERVIVIENTES VERSUS ZORROS


Si consultamos el DRAE, práctica que en buena medida deberíamos realizar con mayor frecuencia, consignaremos que superviviente significa ser que sobrevive. Sin embargo, tan lacónico concepto tiene, para una mayoría de la población, sobrecarga sentimental o emocional. El individuo, siempre presto a hurgar en los estímulos, sabe que al vocablo superviviente le acompaña como siamés un matiz dinámico, vital, aguerrido. Cualquiera de ellos es un luchador al más puro estilo darwiniano. Zorro, ciñéndonos a su segunda acepción y de forma coloquial, significa persona muy taimada, astuta y solapada. Observamos, pues, que en términos morales pudieran ser sinónimos; pero, aunque los zorros sean supervivientes, no todos los supervivientes son necesariamente zorros.


Reconozco con cierta frivolidad que epígrafe y lucubraciones tienen un origen esotérico, pintoresco. Isabel Pantoja, divulgan los medios, se convierte en concursante para la decimoctava edición de “Supervivientes”; un reality poco apropiado para quien goza de largo y extenso crédito artístico. No obstante, su audacia -quizás irreflexión- ha dado al traste con la campaña electoral. Estoy convencido de que al ciudadano (casi en la misma proporción que a la ciudadana) le preocupan los avatares que pueda protagonizar esta sevillana de pro y no cualquier falsa promesa anunciada por quienes se sabe, con total seguridad, que no la van a cumplir. Tal escenario es el mejor test para evaluar los errores de una sociedad insensata y el aprovechamiento malicioso, espurio, de unos políticos amorales.


Supervivientes, además de incrementar la cuenta corriente, justifica el triunfo del protagonista que despierta menos rechazo. Masa y mediocridad comparten parecidos hábitats. He aquí por qué la excelencia está reñida con el vulgo, más si este -motu proprio o con estimulación exterior- se nutre de incultura e incluso detesta analizar palabras y hechos. Entre ciertas cadenas y el público ha surgido una simbiosis pedestre, de nula calidad, pero buscando lucros comunes con sólidas convicciones. Políticos de una y otra sigla se someten continuamente a torpezas, aderezadas con nauseabundas maneras, sin buscarles enmienda. Percibimos exceso de palabrería junto a orfandad en programas y planificación.  Hemos llegado al punto en que resulta mucho más atractivo un reality que cualquier declaración, debate u oferta electoral.


Nuestros políticos, estos que llevan meses tocando a rebato, pueden considerarse también supervivientes, pero con menos riesgos y mucho más boato. Conforman una clase especial, única, incompatible. Se distinguen, y también se diferencian, porque en ellos concurren un exceso de aquellos atributos que les acercan a los zorros en su acepción coloquial. Piensen. ¿Acaso entrevén a Zapatero, Rajoy, Sánchez, o cualquier líder actual que pudiera ocupar la presidencia del gobierno, dando conferencias a trescientos sesenta mil euros la hora? ¿Saben por qué no? Porque son una especie detestable, sedentaria, huera, sin sustancia más allá de su ecosistema, inútil. Solo la tribu, el estilo gregario, basamento de la idiosincrasia española, es terreno abonado para acoger tan ruinosa hechura.


Sí, los políticos que sufrimos son unos zorros: taimados, astutos, solapados. Logran, además, ser supervivientes natos, aunque nada carismáticos y, desde luego, afrontan sus impudores embriagados, casi con frenesí. Les acompañan, cual proyección palpable, reverente, vital, un cortejo variopinto de periodistas, tertulianos y otros ejemplares, que loan desvergonzados, sin freno, al hombre público (cuidado con el apelativo) bajo el vértigo de una progresía ruin, fanática, selectiva. Siembran y cultivan el ritual dogmático que aconseja cada momento o situación. He visto a lo largo de cuantiosas intervenciones cómo un mismo hecho ha suscitado opuestos comentarios dependiendo de qué sigla lo hubiera realizado. Sofistas empedernidos, retuercen la argumentación hasta límites insospechados buscando, ahítos de cinismo, darles la forma conveniente.


El interés mediático ahora mismo ha cambiado de bando. Pese a que ambos escenarios son realitys, siempre se prefiere el original. Isabel Pantoja domina este espectáculo y la campaña oficial queda en segundo plano, tal vez relegada al poético ángulo oscuro cubierta del polvo acumulado en meses. El personal está ahíto de chorradas y exabruptos. Si nadie queda al margen, Sánchez monopoliza la farsa y los medios públicos de forma infecta, corrompida, dudosamente democrática. Aprovecha incluso aspectos negativos de su gobierno convirtiendo siempre la necesidad en virtud. El pacto con el independentismo confirmó un postulado político, no ya para expulsar a Rajoy sino para ocupar La Moncloa. Aquel “relator” cogido a traición, le hizo cambiar de táctica. Impulsó la desaprobación de los presupuestos generales y confecciona premisas postizas manifestando que él es diálogo concluyente, único, para resolver el tema catalán.


Cubiertas sus ilimitadas ansias, el prurito -probablemente compartido- de saborear la gloria, Pedro sabe que es muy aventurado, expuesto, gobernar con la extrema izquierda y el independentismo. Albert Rivera ha roto una esperanza loable, virtuosa, al afirmar que no puede gobernar con Sánchez porque es el problema de España. Contra afirmaciones progres, curiosas, interesadas, en esta ocasión Ciudadanos cumplirá la palabra, no tiene otra salida, porque su estimación sobre Sánchez es incontrovertible. Pese a todo, como le embriaga la ostentación, está sometido a fuerzas opuestas. Ataca al independentismo sabiendo que esa actitud le da votos, pero mantiene un hilo invisible por si acaso. Dice “Los independentistas catalanes no son de fiar” a la vez que “Cataluña es una cuestión de diálogo y de convivencia”. Es decir, rasgo mientras preparo la aguja. 


El refranero español tan rico e instructivo enseña que “la zorra vieja, vuélvase bermeja”. Parece que unos ocupas se han encaprichado de un piso abandonado y en lamentables condiciones de salubridad. Los dueños del inmueble, pedido con antelación el correspondiente permiso de obras, pretenden reformas que lo hagan habitable. Ada Colau no solo los protege, sino que pretende denunciar al dueño por no realizar labores de mejora. Quién diría que nos hallamos en plena campaña electoral a comienzos del siglo XXI. Estos bermejones, anticapitalistas, desconocen la reflexión de Jappe: “Ninguna categoría que participa en el ciclo del trabajo y del capital está, en tanto que tal, al margen del capital”. Lo dicho, estamos rodeados de supervivientes y de zorros. Peor aún, es que somos incapaces de evitar sus nocivas influencias.