viernes, 27 de junio de 2014

UN CANTO A LA NECEDAD O EL TONTO SOY YO


Recuerdo con cierta inmediatez -a pesar del tiempo transcurrido- el programa de TVE donde Franz Johan y Gustavo Re, dirigidos por Artur Kaps, referían rarezas del momento. Finalizaban invariablemente con la expresión: “el tonto soy yo”. Corrían los albores del decenio revolucionario. De forma desenfadada, jocosa, hiperbólica, ponían en solfa hechos y personajes de actualidad. No me extrañaría que la imaginación configurara una realidad aciaga. Hasta es posible que el dúo diseñase testimonios agridulces con envoltorio para regalo. Eran tiempos de austeridad intelectiva porque importaba atesorar bendiciones institucionales.
Hoy, no sé si con maneras diferentes o trucadas, aquel protagonismo lo acaparan políticos y medios. Remedando aquella habla particular de Johan divulgan mensajes insólitos. Les falta el estilo alegre, zumbón, de los viejos comediantes. Toscos, suelen recurrir al populismo. Avistan en él la piedra filosofal, venero de réditos colosales. Exhiben desparpajo pero les falta algunos dedos para llegar a la “marca” (magnitud que determina atributos sustantivos de asnos y équidos semejantes). Además de las diferencias formales, existen profundas discrepancias -léase divergencias- cuanto a contenidos se refiere. Aquellos, procuraban entretenimiento en la verdad. Estos, tedio en la falacia. Aquellos, nos trataban con deferencia buscando la reacción inteligente. Estos, potencian nuestra indignación al insinuar con su proceder que ostentamos unas “tragaderas” gigantescas.
Sólo con advertir las últimas noticias disponemos de material sobrante para constatar qué opinión les merece a nuestros prebostes la sociedad española. Evidencian una rotunda certidumbre sobre las entendederas de los que contribuimos a su bienestar; asimismo a  sus obtusas especulaciones. Nosotros desempeñamos, a mayor gloria, el papel de meretriz indulgente que encima paga la cama. Ellos se decantan por el travestismo farsante cuyo eficaz logro ha sido transformar, tras cuatro décadas, un país esperanzado en la Casa de tócame Roque. Más por el aspecto feo, desaliñado, sin valores, que por la imagen ruinosa, tampoco desdeñable.
Esta conspiración de necios, rasgo real o consentido, la abre el señor Montoro con sus comentarios sobre la Reforma Fiscal. Exclama: “Bajar los impuestos no implica disminuir la recaudación porque aumentará el número de cotizantes. Además se reavivará la economía”. ¿Por qué los sube, pues, desde el minuto cero? ¿Se recauda mayor cantidad o no, tras anunciar que el ciudadano se embolsará unos tres mil millones de euros? ¿Acaso son ganas de tocar los dídimos? ¿Nos toma, asimismo, por descerebrados? Ante semejante papelón y la evidencia de que -pasadas las elecciones europeas- no se ha enterado de nada, me tomo la libertad de poner en su boca el tópico y famoso latiguillo: “El tonto soy yo”.
Sospecho que el amable lector estará de acuerdo conmigo si volteo el proverbio. Quedaría así: “En mi casa cuecen habas y en todas partes a calderadas”. Empleé como paradigma la expresión curiosa del ministro de Hacienda, sobre todo por el efecto económico y emocional (cabreo infinito) que provocó subiendo los impuestos, para ahora venir con estas. Al mismo ritmo baila también Cándido Méndez cuando afirma ufano que la fiscalía y la Guardia Civil “no son independientes”. Resulta, según él, que las mordidas en los cursos formativos dados por UGT se deben a que fiscalía y Guardia Civil obedecen al gobierno. Además de una acusación insustancial, el señor Méndez exhibe una jeta descomunal. Similar a la de aquella ministra “antes partía que doblá” imputada y que dice dejar la vicepresidencia del Banco Europeo de Inversión (decenas de mil euros mensuales) por el acoso del PP.
El PSOE, para congraciarse con su grey republicana, da un paso atrás a la hora de votar una consensuada Ley de Aforamiento para el rey abdicado y otras personas próximas. Unos cuantos prebostes, entre ellos el señor Montoro  ponen sus ingresos a resguardo de SICAVs (Sociedades de Inversión de Capital Variable, constituidas por cantidades superiores a dos millones cuatrocientos mil euros) para cotizar al fisco el uno por ciento. La medida -evasiva de impuestos- es legal pero poco ejemplar. Irrita, ante todo, que el ministro de Hacienda, tan resolutivo con los demás, adopte una postura laxa y no dimita. Como particular puede hacer lo que le dé la gana. Como ministro, tal actitud es una inmoralidad; mayor aún teniendo en cuenta la crisis que sufre el pueblo español, a años luz de las SICAVs.
Mención aparte merecen los medios de comunicación. Con excepciones, renuncian a su inicial labor correctora, imprescindible en una democracia indivisa, para contribuir (olvidando la génesis deontológica) al estado inicuo que nos atenaza. Es indudable que la ambición o el prurito de un predicamento alquilado insensibilizan los más nobles y leales sentimientos.
Sí, prácticamente todo el arco parlamentario nos toma por torpes. Se perciben u oyen cosas que superan toda lógica. El absurdo se materializa por boca de esta panda que practica una impunidad total en dichos y hechos. Realizan, sin determinar el grado de consciencia, parecidos sketch a los del afamado programa televisivo. Aquellos seguían el guión y clamaban “el tonto soy yo”. Estos, por el contrario, improvisan cual actores olvidadizos y murmuran “los tontos son ellos”. Esperemos que pronto se den cuenta de su error.
 
 

miércoles, 25 de junio de 2014

LOOR A UN BENICALAP UNIDO Y CÍVICO


Vaya por delante mi aversión a la guerra de cifras y a la réplica de epítetos falaces, inmoderados e injustos. Si algunos medios o instituciones caen en esa orfandad documental, a ellos compete dar cuenta de tal frivolidad -quizá dividendo- y pagar su correspondiente peaje.

El tema se pone caliente. Tanto que la asociación de vecinos de Botànic, agotadas las sutilezas terrenales, recurre a una apremiante intervención sobrehumana. En epístola personal al señor arzobispo de Valencia, le exhortan a que imponga su autoridad a los párrocos de Benicalap para cambiar la actitud “inhumana, incívica y anticristiana de la zona” (sic). Sin proponérselo, brindan el mejor argumento para conformar una oposición firme. Nadie mejor que ellos conoce la problemática real. Imaginemos el impacto de un Centro a cuya sombra los servicios actuales en Paseo de la Pechina son una mojiganga. Vierte, además, afirmaciones que pudieran considerarse injuriosas y calumniosas (ambas delito) cuando asevera con rotundidad que “por la fuerza y con coacción física” se cometen actos delictivos e incalificables desde el punto de vista moral, ético o religioso. Pidan a la policía los preceptivos informes de cualquier acto público en que haya intervenido la asociación-plataforma de Benicalap.

Estoy convencido de que Benicalap, ratificando la “talla moral” de ustedes y de cuyo usufructo en los demás dudan, les apoya fraternalmente en la ubicación actual de Casa Caridad. Si persiguen su desubicación definitiva, encima de poner en cuarentena bondades éticas y cristianas tan arraigadas, ignoro el origen de tanta malquerencia con aquella barriada ya bastante deprimida. Si no, ¿por qué tomar vela en entierro ajeno? Señor, que son molinos, no gigantes.

Ayer, unos mil quinientos convecinos recorrieron durante dos horas el barrio. Vi, por ejemplo, un matrimonio entrado en años. El señor empujaba una silla de ruedas que transportaba a una señora con evidentes deficiencias motoras. Bebés, niños, jóvenes, adultos y ancianos caminaban ilusionados, unidos. Un objetivo ocupaba sus mentes: impedir una mayor degradación del entorno. Desde luego, aquellos semblantes no retrataban a “pijos” ni cabía sospechar que, entre ellos, hubiera ninguno perteneciente a la élite financiera, política o sindical. Eran gentes curtidas por el trabajo. Pertenecían a diversas capas de clase media, cada vez más uniforme si no desaparecida.

Pese a informaciones que buscan el descrédito -no sólo de personas, pues todos encarnan al barrio- la actitud y comportamiento fueron de un civismo ejemplar. El momento álgido se esperaba en la confluencia del recorrido con la antigua asociación. Media docena de policías nacionales guardaban su puerta. Al pasar por delante, la manifestación aumentó los decibelios en algunos dígitos. Lejos de oírse frases o vocablos irreproducibles, un estrépito taurino atronó la calle: ¡fuera! ¡fuera! ¡fuera! Fue el desahogo natural, netamente español, como corresponde a nuestra idiosincrasia. Constituyó un grito unánime de rechazo al torero malo que, aparte de cobrar una pasta, deja al personal insatisfecho.

No puedo, ni quiero, terminar sin reconocer la profesionalidad y el denodado esfuerzo que desplegó la policía local y nacional -o viceversa- para que todo se desarrollara sin incidentes, como así ocurrió. Aunque no represento a nadie, gracias.

 

 

lunes, 23 de junio de 2014

BENICALAP: LAS COSAS CLARAS


Ocultismos pretéritos y obstinaciones presentes suelen alimentar los rumores. El proyecto de Centro Asistencial que se quiere ubicar en Benicalap, suscita fundadas sospechas. No ya entre los vecinos -incidencia directa- sino entre la población valenciana, desencantada con una Administración arbitraria.
Por los mentideros sociales toma cuerpo la idea de que, al amparo de tan generoso objetivo asistencial, emerge una espuria especulación económica. Según estos ecos, Casa Caridad (incrementando tareas más allá de la función primigenia) se traslada a un solar público de Benicalap; la obra cuestionada. En su asiento actual del Paseo de la Pechina se piensa construir un complejo hotelero. Es decir, gracias al trueque, el hotel se alzaría en suelo público. De llevarse a cabo, Casa Caridad será cómplice necesario del tejemaneje y el justo crédito adquirido en un siglo lo dilapidaría con celeridad.
Estoy convencido de que nadie se opone al proyecto total. Bastaría con que los intereses pudieran conciliarse sin menospreciar a un barrio bastante maltratado ya. No parece justo ni solidario -esa conducta que para algunos tiene un solo sentido- desnudar a un santo para vestir a otro, al decir del proverbio popular.
En beneficio del pueblo valenciano, pido a la Administración que vele por las personas y sea capaz de acoplar unos intereses con otros sin corroer el hábitat humano. Cronos pedirá responsabilidades

viernes, 20 de junio de 2014

DOS ANOTACIONES Y UNA PATRAÑA


El epígrafe, ribeteado, presenta cierto paralelismo con aquel memorable filme de Don Siegel “Dos mulas y una mujer”. No deseo ofrecer al amable lector insidia, retranca o doble lectura. Las mulas, por mi procedencia rural, me provocan debilidad y la mujer consideración, aun agradecimiento. Simplemente observo entrambos una consonancia digna de destacar. A lo que iba. Días pasados todos los medios pugnaban por ofrecer dos noticias y otra tercera que abandonaba tal concepto para convertirse en patraña inmunda. Voy a referir el curso de los hechos.

Permítaseme un inciso para reconocer, sin vanagloria, que mi interés por el futbol supera por poco una pizca de motivación patriótica. Nada más. En ocasiones, añado varias cucharadas de filias o fobias que mantienen un escaso atractivo; extraño al deleite forofo. La flema constituye el termómetro prolijo que indica mi nula fiebre futbolera. A lo sumo, conforma el pasatiempo preferido por su entraña ahorrativa y polémica. Este rasgo postrero induce a forzar el ingenio para rebatir argumentos enfrentados. Tal empeño mental vale la pena porque, inadvertidamente, nos enfrentamos al señor Alzheimer. Los años son una carga para otros duelos más placenteros.  

Por orden cronológico, la primera noticia se ceba inmisericorde con el espantoso partido que ofreció una selección nacional aciaga, rota. Si el pasado viernes, día trece, dio un espectáculo lamentable, calificar lo último con rigor pudiera resultar lesivo para oídos inocentes. Intuyo que mis modestos saberes sobre tácticas de juego, asimismo dotado de un estilo calmo y tolerante, prohíben que pueda protagonizar manifestaciones atrevidas, probablemente injustas. Sufrí, pese a lo dicho, un desengaño enorme porque tenía la íntima convicción (quizás vana esperanza) de que España levantaría el vuelo. Se impuso la cruda realidad cuando, a poco, vimos descoordinación, impotencia y agotamiento.

Minutos después Felipe VI ocupaba el trono. Algunos agoreros quisieron ver señales inequívocas del oráculo. Sabido es que superstición y fatalismo hacen mella en sociedades incultas. Sin embargo, los hados no son bifrontes ni ubicuos. Aquellos que pululaban por el estadio de Maracaná, vestidos de luto riguroso, no pudieron levantar acta notarial en el Parlamento español. Ignoro si se debe a peculiaridades autóctonas o son extravagancias aisladas, pero acostumbramos a confundir el culo con las témporas. Me preocupa este yerro porque llevamos siglos cometiéndolo. Nada hace sospechar que los nuevos reyes sufran aojamiento o hayan sido tocados por la bicha. El futuro aportará luz suficiente para comprobar si su reinado viene presidido por la ventura o el infortunio. Los inicios dan pie a un optimismo renovado y prudente. Delirante cualquier otro discurso, mi afirmación la emito en defensa propia; para acallar fiascos. Ahora escasean argumentos válidos a los que aferrarse para manifestar euforia.

 Me ocurre con la Corona lo contrario que con la Iglesia. La Historia constata que esta institución adolece de hoscos momentos que aún afloran. Como corporación, y debido a ello, le tengo nulo aprecio. Puedo, incluso, ser drástico en los apelativos; siempre sin menoscabo ni agresividad. Curas, frailes y monjas, salvo excepciones, estimulan mi complacencia porque acometen funciones sociales consagrando su  vida a tal ministerio. Con la institución monárquica acontece lo contrario. Los monarcas, sin distingos, y su entorno me producen indiferencia. No así la Corona que garantiza estabilidad y confianza. Precisa ser parlamentaria y transparente. Hemos visto con qué orden y sosiego termina un reinado para iniciar otro nuevo sin solución de continuidad.  ¿Hubiese ocurrido algo semejante en caso de una presidencia republicana? ¿Estaríamos tan calmosos? Aseguro que no. Una disyuntiva monarquía-república en este momento carece de sentido.

El insólito naufragio de nuestra selección y la investidura de un rey esperado, completan los dos apuntes. ¿Dónde está pues la fábula? Alternando con las informaciones anteriores -a la par- despuntaba esta otra: “El gobierno anunciará el viernes una bajada de impuestos”. Incluía la mención de tres mil millones de ahorro para el contribuyente en dos años. Planean bajar los tramos del IRPF, aumentar los mínimos personales y familiares junto a una bajada importante del Impuesto de Sociedades. Obviamente esta novedad es el reclamo electoral que se formula al imbécil de turno. Hace días, como preludio al anuncio formal -llevamos seis meses de cantinela- el gobernador del Banco de España pidió al gobierno una subida de impuestos porque se recaudaba poco. ¿Saben qué significa esto? Pues, aparte de un escarnio impertinente, incremento del déficit y de la deuda. En el fondo, tanto ruido sólo constituye una rebaja de lo elevado previamente. Preparémonos para el dos mil diecisiete, si todavía respiramos.

Esta caterva no aprende nada. Nada de nada; ni de lo inmediato. Veamos. Tras esas declaraciones cínicas: “tomamos nota” posteriores al veinticinco M, el PSOE corrobora la venda y el PP desempolva mentiras e insolencias. Recordemos que subidos los impuestos -hasta el ahogo- contra su aireado compromiso cuando eran oposición, se desgañitaron en afirmar que una legislatura duraba cuatro años. Ahora dicen cumplir la promesa bajando una parte de lo que previamente habían aumentado. Estos señores tan pertrechados y campanudos están dejando por bueno al mismísimo Zapatero. No vislumbro solución pues, a pesar de los tiempos nuevos que mencionaba el rey, seguimos caminando entre la farsa y la idiocia.

 

miércoles, 18 de junio de 2014

INQUIETUD Y CLAMOR EN BENICALAP


El pueblo español es suspicaz. Sin embargo, tal pulsión dista de ser connatural ni gratuita. Tampoco putativa. Se gesta y alimenta por siglos de oscurantismo, promesas incumplidas e infamia. Casi todo, en este país postrado, corresponde a un poder desleal, inmaduro, con vocación tiránica. A lo largo del devenir histórico (cuatro milenios) el individuo fue dueño de su destino -incluyendo clausuras- en contadas ocasiones, escasamente unas décadas. Democracia aquí tiene un significado diferente al que traducen naciones de nuestro entorno. Creo llegada la hora en que debamos exigir un trato respetuoso; propio de quien, según refrenda nuestra Constitución, es soberano.

Benicalap, barriada obrera casi enclaustrada, viene sufriendo tradicionalmente olvidos y marginaciones de una Administración local laxa. Huérfana, sin afectos, calla porque es humilde. Un breve repaso nos indica la inexistencia de dotaciones públicas que permitan cierta calidad de vida. La irrisoria red de transporte urbano la hace cerrada, sin horizontes, asfixiante. Tal escenario le marca un carácter endógeno, tribal, opuesto al aperturismo que demandan los nuevos tiempos.

Ahora (de tapadillo, con nocturnidad y alevosía) proyectan construir por mediación de Casa Caridad un complejo asistencial. Mentiras, verdades a medias y, sobre todo, ocultismo conforman el prólogo. Envuelto en una atmósfera vaga hemos de interpretar frases, gestos y contradicciones. Sabemos, más allá de conjeturas, que pretenden incorporar al Centro ex-convictos, así como -muy probablemente- toxicómanos en proceso de desintoxicación y rehabilitación. Estas noticias, conexas a tanto misterio y por tanto difíciles de rebatir, son la causa de tanta inquietud y la razón del clamor que se agiganta conforme el vecindario va advirtiendo los alcances. Voces gubernativas, insensibles o interesadas -entre tanto- confunden solidaridad y suspicacia.

Poco a poco madura la idea del terrible impacto que tan improvisado proyecto ocasionará en el hábitat humano. Convecinos y familiares, sin alardes, con sensatez, guardando escrupulosamente la ley -enfundados en ella- piensan luchar hasta el agotamiento para que hijos y nietos crezcan, se desarrollen, en un medio de paz y seguridad. Les impulsa su derecho; asimismo lo exige su obligación.

Por los mentideros se afirma la maniobra del equipo de gobierno municipal para trasladar Casa Caridad de su vieja ubicación en el Paseo de la Pechina. Tas el biombo de reforzar la imagen turística de Valencia parecen ocultarse opacos favores privativos poco dignos. Salvando ese escollo de priorizar oscuras intrigas sobre derechos individuales, no podría oponerse ningún objeción si, a renglón seguido, existiera un firme propósito de conciliar con justeza y justicia cargas e intereses sin acreedores ni deudores.

Sé que las asociaciones vecinales se financian mediante subsidios orgánicos. El círculo vicioso lo inicia la falta de alistamiento y aquellos, que les obligan a secundar la voz del amo, junto a gestiones arbitrarias, precipitan su defunción real. Son fósiles administrativos. Sólo así se explican vergonzosas pleitesías al estatus, mitigadas por acciones teatrales, anteriores o posteriores, que lavan una cara bastante sucia. No extrañe que el ciudadano, harto de tanta impostura, se organice en movimientos asamblearios, extraños a los modos clásicos; es decir, a las milongas.

Esperamos, y no es mayestático, que el PP municipal sepa corregir a tiempo el camino emprendido. No se puede degradar más un barrio deprimido e infradotado. Sobre su conciencia, y la de sus cómplices, caerá el peso de la inmoralidad amén de los acontecimientos lamentables que pudieran ocurrir a futuro.

No es un consuelo, pero Cronos descubrirá quién llevaba razón.

 

 

 

 

viernes, 13 de junio de 2014

QUÉ HACER


Con este título, en mil novecientos dos, Lenin divulgaba un ensayo para sintetizar las experiencias de los activistas rusos. Importaba el modelo del Partido Socialdemócrata Alemán a fin de conseguir la movilización obrera evitando el marco represivo del absolutismo zarista. Otros, como los partidarios del economicismo y Kautsky, defendían mejorar las condiciones de vida por medios pacíficos dentro del sistema capitalista. Eran los prolegómenos de la Revolución Rusa. Ansiaban consumar, aprovechando la situación, las teorías de Marx. A la postre, los instrumentos (dictadura del proletariado) se constituyeron en fines privativos.

Guerras y miseria modelaron un espíritu revolucionario que consiguió, antes de finalizar el primer conflicto mundial, derrocar al régimen zarista. Sacrificio y muerte reemplazaron un absolutismo medieval por una dictadura totalitaria. Millones de víctimas, represaliadas o hambrientas, y terror sin límite sirvieron para poco. Ocho décadas después todo se derrumbó como un castillo de naipes. Quedaba una Rusia mohosa, quebrada, casi indigente; errante tras aquella revolución vana. Los frutos de resultar elegida la estrategia de Kautsky forman parte de lo hipotético.

Tengo bastantes dudas sobre las revoluciones (que acrecento ahora) y detesto a ciertos revolucionarios. La Historia constata lo acertado de mi recelo. Acepto, admiro, la fe del individuo religioso. Sin embargo, personal y socialmente, estimo maligna la que incita al dogmatismo ciego. Ser libre eleva al hombre a un estadio superior. Para ello, hemos de ver con los ojos del raciocinio, de la lógica. Evitaremos así la locura del dogma que nos lleva irremisiblemente a la servidumbre intelectiva y al imperio tiránico.

Las revueltas distorsionan sistemas políticos pero no los modifican. Francia aniquila una monarquía absoluta para instaurar la democracia burguesa. Caminando por cualquier ciudad, se observa que los edificios de la nobleza, procedentes de épocas pretéritas, están ocupados por entidades financieras o instituciones públicas. ¿Es este el Tercer Estado? ¿Dónde reside el verdadero cambio? Algo semejante podría decirse de la Revolución Rusa; más sangrienta, más corta, más inmovilista y, sobre todo, menos rentable para la sociedad.

Días atrás, por puro azar, me topé con un curioso vídeo. Era una charla de Pablo Iglesias dirigida a la Asamblea Ciudadana de Valladolid. Detallaba en sesenta y cinco minutos la situación del país. Ajeno al populismo demagógico, yo hubiera suavizado las formas para coincidir con el contenido. No obstante, las circunstancias, sutilezas y conclusiones propuestas turban cualquier mente que se rija por la cordura. Inquietantes eran, excusadas tras una máscara de aspecto virtuoso y democrático, las resonancias totalitarias que emanaban sus palabras. Aconsejo verlo porque la información nos lleva al conocimiento y al cotejo.

Inmerso en una atmósfera entusiasta, subyugado el auditorio, esparciendo frases, vicios sociales (antropológicos) y conceptos sui géneris, se despachó a gusto con la especie política nativa y foránea. Adherido a la loa personal, exhibía aureola de demócrata empedernido, insaciable, casi justiciero. Un público libre de prejuicios hubiera expuesto la incoherencia del personaje pero mostró unas tragaderas sorprendentes, infinitas. Sus iniciativas económicas se sustentaban en tres pilares: renta básica universal, subida proporcional de impuestos y nacionalizaciones. Semejante marco nos llevaría enseguida a codearnos con las naciones más deprimidas del tercer mundo.

Con todo, donde se agudiza el cataclismo es en los objetivos políticos, sus remedios. Propone la Unidad Popular para alcanzar el Poder de la gente; es decir, la dictadura del proletariado. Afirma que la victoria no tiene nada que ver con identidades, demostrando una alarmante dieta doctrinal. Afirma, sin ambages, que la política no es tener razón sino éxito. Confiesa que no quiere ganar tres a dos; pretende imponerse a todos para no tener enemigos. Así califica a los antagonistas. La muestra, junto a la amortización institucional que predica, despide un tufo totalitario evidente.

Mi imaginación, oyendo aquel mensaje trasnochado pleno de borrachera revolucionaria, me llevó a los discursos del burgués Lenin. Este prometía paz y pan, ansiados por el pueblo ruso. Luego trajo horror. Iglesias brinda una renta básica, que persigue el pueblo español. Ignoro qué depararía el futuro si ocupara el gobierno, en este caso. Hitler, por su parte, impulsó el honor alemán -algo ajado tras el Tratado de Versalles- para hacerse con el poder democráticamente. No creo preciso concretar la crueldad del dogmatismo nazi, idéntico al marxista. Me incomodan quienes, a cada momento, utilizan la expresión “los que somos demócratas” como columna vertebral de su discurso. Llego al clímax si, a renglón seguido, dicen que democracia es sinónimo de fraude.

El escenario actual tranquiliza, me aporta confianza. Estamos en el siglo XXI, formamos parte de una Comunidad Europea y el mundo funciona globalizado. Conjeturo improbable el triunfo de  cualquier aventura que quiera fraguar un túnel del tiempo. La pregunta, asimismo, deviene actual. ¿Qué hacer? Desde mi punto de vista, no conviene embarcarse en empresas salvadoras de resultados infaustos más que confusos. Desde luego, resultaría oneroso soportar indefinidamente a estos políticos que han traído la corrupción, cimentado un sistema sin valores (sin justicia libre e independiente) y donde las leyes se incumplen con impunidad por la élite poderosa. Mi consejo recomienda la abstención para deslegitimar tanta indigencia e impostura pervertidoras del sistema. Queremos políticos eficaces -estadistas- cuyos desvelos busquen el bien común; no que vivan encelados en luchas fratricidas o arrebatados por intereses espurios. Demos un sí a las Instituciones y rechacemos a quienes las ocupan de momento.

 

 

viernes, 6 de junio de 2014

MONARQUÍA, REPÚBLICA Y DEMOCRACIA


El imprevisto anuncio sobre la abdicación real, ha levantado una gran polémica instigada por partidos radicales de izquierda. Pese al terco fomento, sólo a un exiguo porcentaje parece preocuparle qué forma de Estado se den los españoles. Eso confirman,  al menos, las postreras prospecciones del CIS. Cualquier país sensato, maduro, con lustre democrático, en las actuales circunstancias haría  supremos esfuerzos por mitigar los efectos de la crisis. Ninguna sociedad puede alcanzar cotas de bienestar si la mitad de su población joven está desempleada. Tal marco impide que se puedan constituir nuevos núcleos familiares cuyo arranque afecta al índice de natalidad, excesivamente bajo. Las secuelas se acentuarán en un futuro inmediato. La irrupción de estos estadistas produce un cisma social y frena probables concurrencias contra el marco financiero que sobrellevamos. Oportunidad para ellos no es sinónimo de virtud. Puede que tampoco lo sea mesura. ¿A quién dicen servir semejantes redentores? Discriminen entre decires, procederes y proyectos viables, no delirantes aunque suenen bien al oído.

Este conflicto, agigantado por la ausencia de motor económico que cree riqueza para intensificar el consumo interno y satisfacer la inmensa deuda, sintetiza o debiera los quebrantos de nuestro pueblo. Sin embargo, políticos dogmáticos con modesta influencia buscan una escisión egoísta. Precisan sembrar en la mente colectiva semillas de divergencia -de disputa- abonadas con el culto al paladín (distintivo de la izquierda rancia) e irrigadas por copiosos fraudes. Argumentos tan atractivos como falsarios contienen propuestas extemporáneas. Suelen envolverlas, buscando una difusión eficaz, con eslóganes pegadizos. Sugieren a bote pronto, por ejemplo,  monarquía o democracia como disyuntiva pertinente. Atribuyen una implicación tácita entre esta y república; similar a la que entrañan velocidad y tocino. Asimismo, implica otra repugnante maña manipuladora usual en pretéritos regímenes nazis. Lógico.  

Atreverse a asemejar república y democracia tiene un recorrido fugaz. Aludiendo a nuestro entorno europeo, Alemania y Francia son grandes países que ostentan sistemas republicanos. Inglaterra, Suecia y Dinamarca defienden sistemas monárquicos. ¿Acaso estos últimos están menos desarrollados o evidencian algún déficit democrático respecto a los primeros? La mentira, afirma un proverbio popular, tiene las patas cortas. Me sorprende que individuos presuntamente válidos, cabales, desarrollen tan bajas intenciones. Su vena ladina les permite cosechar éxitos inmediatos que a poco -una vez descubiertos señuelo y hojarasca- trasmutan en tremendo desafecto. Sufren el canon que pagan por tanta indecencia. Incluso en este país rústico, impasible pero contumaz, purga el yerro quien utilice la treta como soporte político.   

Decía Ortega y Gasset hace un siglo: “El problema no consiste en que estas o aquellas gentes se hayan revuelto contra la autoridad del Poder Público, sino en que, con tal motivo, hemos descubierto los españoles que el Estado carece de entidad positiva para hacer frente a las fuerzas disgregadoras”. Estas palabras constatan que llevamos cien años estancados. Cerca de cuarenta fueron insuficientes para desarrollar el artículo cincuenta y siete punto cinco de nuestra Constitución. Ahora, con urgencia y celeridad innecesarias, precipitadamente, se quiere reparar la negligencia. Partidos de izquierda (más o menos radicales) incluyendo sectores concretos del PSOE que no quieren abandonar la estrategia gestual, aprovechan tan oportuna ocasión para reabrir de forma corrosiva el debate monarquía-república. Tal contingencia pudo evitarse si este Poder astroso, materializado en un bipartidismo litigante, no hubiera consentido que el asunto se pudriera.

Dos incógnitas capitales hacen de España un territorio de ardua gestión y difícil equilibrio. La izquierda marxista (para diferenciarla del PSOE socialdemócrata con matices muy particulares) dicta aspectos y pautas democráticos como si fuera el venero exclusivo, su único padre. Historia y vivencia advierten de todo lo contrario. La derecha liberal, demócrata con pedigrí, ha perdido -quizás se haya dejado sustraer- crédito por un complejo absurdo. Resulta curioso, asimismo lamentable, que el abandono de posiciones propias sirva al contrincante de justificación y arraigo. ¿Desde cuándo la izquierda, menos de porte radical, es demócrata? ¿No hablan sus preceptos rectores de dictadura del proletariado para superar al capitalismo? Obsérvese qué alcance tienen las declaraciones de sus líderes españoles, en referencia tanto a sus objetivos políticos cuanto económicos. ¿Alguien cree que así saldremos del marasmo institucional o de la crisis? Hace un siglo que Alemania se sacudió la Liga Espartaquista de acomodo totalitario. En mil novecientos noventa y uno desapareció el Partido Comunista Italiano. El resto de partidos comunistas que perviven en la UE atesora una presencia testimonial tras haberse acoplado a las exigencias democráticas, al menos de palabra.

Los últimos días se distinguen por las constantes demandas de referéndum para elegir entre monarquía y república. Sin mencionarlo, un sector definido relaciona la primera con derecha ultra y la segunda con izquierda democrática. Pero  ¿con qué autoridad adjudica atributos tan privativos e influyentes?  Es prueba incontestable de lo que les importa la ética política y el bienestar general. Confirma esta sospecha la sinceridad y vigor que desprenden sus prédicas. Insisto, se atreven a proponer la alternativa monarquía o democracia pues… ¿quién desconoce desde hace cuatro décadas que son vocablos “antitéticos, divergentes”? Estos grupúsculos -igual que sus mayores, pese a tanta palabrería- conjeturan que somos idiotas. ¿Qué cambios suscriben? Hacen de falacia y medias verdades su Caballo de Troya. ¡Ah!, soy monárquico de cabeza y republicano de entraña. Termino con otro pensamiento de Ortega, útil consejo: “Piensen los españoles dotados de serenidad y reflexión si no es un crimen dejar en vano deslizarse los minutos, si no es un deber de suprema conciencia social estar prevenidos y juntos -lejos de toda carroña oficial- a fin de encauzar noblemente, humanamente, las iracundias de un pueblo desesperado”.

 

 

viernes, 30 de mayo de 2014

TIEMPOS DE ZOZOBRA


Vivimos tiempos de penuria novedosos para muchos, ya casi olvidados para los más. El tsunami provocado en la Unión Europea por unas elecciones de resultado cuanto menos sorprendente, está ocasionando nuevos dilemas. Ateniéndonos a un orden cronológico, se inician con la elección de cargos que deben completar el organigrama del Consejo. Sin embargo, tal trance -antaño ordinario- da paso a conflictos suscitados por un Parlamento heterogéneo en exceso. El aumento imparable de euroescépticos, junto a radicales de izquierda y derecha, indica la escasa confianza que ofrecen los políticos clásicos al ciudadano comunitario. Con todo, lo peor no es el escenario perfilado tras estos comicios. Según parece, triviales bagatelas siguen irrumpiendo los “desvelos” que atenazan a nuestros prebostes. Creen asir por gracia divina el viejo cetro imperial. Han perdido, todo lo confirma, capacidad adaptativa y ponen en grave riesgo su propia conveniencia.

Ahora nuestra seca y querida piel de toro necesita, como nunca, encontrar el derrotero atinado. Llevamos un decenio dando tumbos. Inseguros, beodos de dogma, saturados de barreras emotivas y mentales, caminamos medio a ciegas; ceguera inducida pero que aceptamos sin asperezas. A la intemperie, nos arrebujamos en una oquedad labrada a golpes de presunción, dejadez e ignorancia. Es injusto, pero proverbial, descargar la propia conciencia profiriendo reproches a diestra y siniestra. Configura otro vicio del español. Por este motivo pretendemos cambiar de regidor cuando quizás conviniera reformar el regido. Nunca hay un único culpable; lo acertado sería compartir responsabilidades. Políticos y pueblo, o viceversa, deben asumir la parte alícuota que les incumba y expiar por ella. 

Elaborar un relato gradual de hechos, vicisitudes y dirigentes que han traído el momento actual resultaría prolijo. Desde luego, no quiero absolver -tampoco minimizar- el protagonismo atribuible a la sociedad. Quien lea mis textos conoce perfectamente qué opinión me merece el contribuyente (antes ciudadano). Escrutaré la coyuntura inmediata sin obviar referencias pretéritas, cuyos efectos nos alcanzan hoy, ya que el devenir histórico niega la generación espontánea. Uno, para bien o para mal, deja su impronta. El hombre centra la mirada en lo próximo. Su ancestral apatía, probablemente desinterés extraño, le impide dilatar el foco de atención. Craso error individual y colectivo.

Diversas declaraciones tras la debacle europea, muestran que los señores del PP no han aprendido nada. Repiten mensajes equivalentes a consignas estratégicas. Dicen tomar nota pero los hechos niegan tal disposición. Se obcecan con la herencia ruinosa, con el marco económico -según ellos- en evidentes vías de enmienda. Se advierte el efecto hipnótico difundido por una cocina de alta calidad. A su pesar, paro, empobrecimiento y hartazgo anidan en la clase media. Olvidan, asimismo, que al pueblo español le importan (más allá de los gestos) la independencia judicial, el final de la corrupción y el cesarismo antidemocrático. Este tutelaje acarrea tan insólita realidad socialista; mañana le ocurrirá algo semejante al PP.  Qué papelón el de los clones Zapatero y Rajoy.

España sin un PSOE cohesionado -fiel a los principios genuinos de la socialdemocracia europea, libre de lastres decimonónicos- precipitaría su descomposición integral. Ello no implica que el marco actual nos aleje demasiado de ella. El partido se encuentra en una encrucijada espinosa. Sin cabeza perceptible y con pocas expectativas electorales, debe encontrar un secretario general capaz de conseguir el necesario pacto de estado para reparar los diversos frentes abiertos. Presumo que la cainita lucha abierta y los patrones que se ofrecen dejan sugerir exiguas perspectivas. Una consecuencia más imputable al césar Zapatero. No sólo arruinó a España sino a su partido. ¡Qué tropa, joder, qué tropa! en frase célebre del conde de Romanones.

Los nacionalismos vasco y catalán elevan la tensión cuando convendría encauzar esfuerzos en la lucha contra el paro. Nuestro gobierno, amén del país,  yace apagado pero se encuentra peor una sociedad exhausta que les pasará factura por tanto desprecio. Izquierda Unida y los partidos emergentes (excluyo a Podemos, exabrupto de la idiosincrasia española) acarician un papel destacado en el futuro inmediato. Dejando aparte personalismos onerosos, han de conducirse como atentos vigías de un bipartidismo quebradizo, incluso de un gobierno conjurado.

Analistas expertos, con pedigrí, señalan que los resultados electorales no son extrapolables. ¿Y las preferencias? Llevamos ya dos confrontaciones, al menos, en las que se observa un paulatino descenso de PP y PSOE. Entre tanto, aumentan los porcentajes de IU, UPyD y Ciudadanos. Siguiendo esta dinámica, únicamente aquellos partidos mayoritarios pueden gobernar con un pacto a dos. Se necesita, si no hubiese acuerdo, la unión de tres o cuatro siglas -nacionalistas o no- para logar una mayoría estable. Entraríamos en la italianización de España. Peor aún si ensayaran revivir el Frente Popular. Las consecuencias serían calamitosas para el país y para los partidos coaligados. Saquen conclusiones del tripartito catalán o del ansia de Zapatero por aislar al PP. El socialismo ahora se encuentra en un momento clave para el futuro. Es, debe ser, el partido -no otro- que motive nuestras zozobras. Quisiera permanecer optimista; no obstante, mi cabeza contiene los alientos de mi corazón.

lunes, 26 de mayo de 2014

MESIANISMO E IGNORANCIA


Los resultados de las elecciones europeas revelan, sin discusión posible, el desconcierto que encontramos en políticos y sociedad. Me parece alarmante el avance de euroescépticos junto a radicales de izquierda y derecha. Significa que liberales y socialdemócratas parecen incapaces de dar respuesta satisfactoria a los problemas que se ciernen sobre Europa. Inglaterra, Francia e Italia marcan la pauta hasta el punto de que Marina Le Pen -ganadora en el país galo-  ha pedido al presidente Hollande que disuelva la Asamblea Nacional y convoque elecciones anticipadas. Poco puede satisfacer, además, el índice de participación con una horquilla desde el diecisiete por ciento de Eslovaquia al noventa de Bélgica y Luxemburgo, países de voto obligatorio. La media supera apenas el cuarenta y tres por ciento. Pese a la gravísima coyuntura detectada, me reconforta comprobar que allende nuestras fronteras también encontramos gentes incultas capaces de vender su alma al primer salvapatrias.

¿Alguien concibe que la abstención carezca de lectura democrática? Desde un punto de vista estricto, si superara el cincuenta por ciento (Eslovaquia entre otros muchos) cualquier resultado quedaría ilegitimado. Jamás estas consultas alcanzaron un porcentaje legitimador. Por consiguiente, sus efectos debieran ser nulos, incluyendo las actas de eurodiputado. Me temo que nadie, ni tan siquiera purista, haya renunciado nunca. Tampoco espero que lo haga en esta ocasión. Solemos exigir talante democrático al rival. Para nosotros rigen otras normas menos severas. Semejante proceder potencia asimismo la adopción de posturas radicales. El político, empero, siempre encuentra salida aunque sea confusa. Se impone, por el contrario, generar una conciencia europea positiva, gratificante, fructífera. El Parlamento debe acercarse al ciudadano y hacer autocrítica. Ahora percibimos una institución onerosa, lejana, agria; un dragón voraz al que decapitar. Esperamos claridad en lugar de oscurantismo.

Ciñéndonos a España, las primeras declaraciones constatan una divergencia insalvable entre prebostes y sociedad. Unos por no asimilar el curso de los acontecimientos, otros por pavoneo (aun prepotencia), deduzco que el día de ayer fue un trámite caro amén de superfluo. Sin embargo, mantuvimos cierto nivel de normalidad a pesar del millón doscientos cincuenta mil votantes que dieron su confianza a Podemos; partido que empieza y termina con un líder populista sin ningún bagaje. Se ha configurado como reformista utópico de fácil verbo y escaso realismo, aparte gestos embriagadores. Personifica el mesías adecuado para dogmáticos recalcitrantes. Pese al desencanto y a su inmensa habilidad mediática, lo considero flor de un día; sin futuro. Mejor inclinarse por la abstención que suscribir incursiones florales.

Tertulianos de diferente pelaje y visceralidad siguen anclados en terminologías inexactas y caducas. ¿Puede alguien indicarme dónde se encuentra la extrema derecha, connatural al fascismo, o la extrema izquierda identificada con el totalitarismo? ¿Acaso ignoran que ambos “ismos” fueron exclusivos de una época y circunstancias, en la práctica, irrepetibles? ¿Qué les impele a vivificar connotaciones que incitan al rencor, cuando no a la beligerancia? Observo la inercia y ligereza con que aplican estos vocablos sin evaluar su efecto en el ánimo social. A algunos se les adivina una rotunda pretensión de choque cuando más necesitamos el concierto.

Hoy, insisto, existen doctrinas radicales -a ambos lados del centro- que se alimentan de esta crisis angustiosa y cuya salida escapa a PP y PSOE. Uno y otro, imbricados a lo largo de treinta años, dilapidaron crédito y confianza. Con Felipe González, el socialismo llegó a doscientos dos diputados. Ahora conserva sólo ciento diez. Ayer perdieron dos millones y medio de votos y nueve eurodiputados. ¿Casualidad? No. Consecuencia. El PP pierde más votos pero únicamente ocho representantes. Pese al fracaso, se siente satisfecho porque malogra un europarlamentario menos. ¿Podemos hacer con estos mimbres muchos cestos? ¿Creen capaces a estos señores de liderar el cambio imperativo? Yo, no.

Analizar tan calamitosos resultados patrios de ayer resulta fácil si aplicamos un ápice de sentido común. Los votos negados al PSOE, en su mayor parte, saciaron a IU, UPyD y Podemos (un partido catalizado por la vorágine del momento). Salvo quinientos mil trasvasados a Vox y Cs, el PP tuvo un electorado fiel y decidió abstenerse. Vox fue tildada de ultraderechista por bastantes tertulianos de orientación pepera. Tan injusto apelativo y el apagón mediático favorecieron los adversos resultados. Veremos qué ocurre en próximos compromisos autonómicos y nacionales. Temo un desastre para el PP porque sus dirigentes se muestran bastante romos. Óiganlos tras la debacle electoral. Podemos e IU no tienen cabida en un marco capitalista. Esta se mantendrá por romanticismo histórico, pero aquel sucumbirá por un decisivo episodio cardio-respiratorio. La demagogia estridente suele encerrar poca salud. Si alguna sigla de las llamadas parlamentarias pactara con ellos, padecería idéntico final. Cuidado. Las alegrías no acostumbran a ser buenas consejeras.

El pueblo (inerme, desesperado, inculto) busca salvadores, mesías. Diluir el voto sirve de poco. Lo conveniente es abstenerse para concienciar a los políticos prudentes o quebrar el sistema si se empecinan en ubicarse de espaldas a la sociedad. Un PSOE medio descompuesto, indispensable, debe buscar el recto camino. Se juega su subsistencia y la paz de los españoles. Le caben dos posibilidades: recrear el Frente Popular o pactar con el PP un cambio sustancial para fortalecer la democracia, la independencia judicial y arrostrar el final de aventureros y corruptos. Es decir, promover el bien social sobre cualquier otro particular o partidario. Julio y suerte.

 

viernes, 23 de mayo de 2014

UNA CAMPAÑA DE ANDAR POR CASA


Ignoro si ustedes tienen el mismo concepto, pero la expresión “de andar por casa” significa apatía, desaseo (personal y moral), propio de personas indolentes, ineptas y torpes. Quizás ladinos zascandiles enemigos de la estética, incluso de la ética. Deben conocer a fondo la materia prima que trabajan. Tras casi cuarenta años, han forjado una sociedad a su imagen y semejanza. El individuo, mantenía Rousseau, es bueno por naturaleza. Los políticos se computan, sin duda, por vías incompatibles con lo humano. Comúnmente se dice que cada pueblo tiene los gobernantes merecidos. No obstante, vislumbro que una comunidad exhibe los atributos que aquellos quieran configurarle; siempre doblegados a su voraz ambición. Es víctima incauta de un miserable estilo. Así han conseguido esta sociedad nuestra que se mueve a la contra, emponzoñada de rencor.

La campaña electoral, por suerte en sus postreros coletazos, evidencia un ínfimo nivel. PP y PSOE han debido convenir el acuerdo tácito de insultar cada día al auditorio mediático. Quienes acuden a los mítines aguardan -sin duda- triviales argumentos, aun sospechando que pervertirán su mente. Asimismo, cualquier interviniente sabe qué mensaje quiere escuchar la muchedumbre sometida al dogma. Se inspira el delirio mediante una transacción recíproca, palpándose cierto efectismo histriónico. Aquellos que sufrimos extracto de telediario o sugerencia de tertulia a corazón abierto, somos sacrificados en el ara para enjugar tanta necedad. Asemeja un virus maldito e inevitable.

El carácter ecléctico me impide asistir a mítines. Además, mi inveterado escepticismo y la experiencia acumulada estos años me fuerzan a desestimar todo programa electoral. Tramoyas e incumplimientos bastan para fortalecer el camino elegido. Alguien, seguramente interesado, tachará tal percepción de iconoclasta y excesiva. ¿Acaso el ciudadano (ahora contribuyente) ha de comulgar siempre con ruedas de molino? ¿Desde cuándo las etiquetas reemplazan -o lo intentan- al individuo? ¿Qué sucede con prebostes que distribuyen soflamas mientras arrasan los caudales públicos en nombre del bien general? Un silencio cómplice, si no una aquiescencia inmoral, se adueña de la casta. Entre tanto, esta sociedad inmadura, infecta, dormita –seguramente vela- al cobijo calamitoso de su idiocia.

Cualquier campaña electoral, y espero que coincidan conmigo, muestra la misma obcecación. Unos y otros se resisten a conferirle un mínimo de cordura. Deberían darle un matiz preciso, concreto, según se trate del Parlamento nacional, autonómico o europeo. Pero no; ellos únicamente especulan con el lastre dogmático del elector. Olvidan, a propósito, la minoría censora, informada, que tasan exigua. Esta “inteligencia” (dicho sin encomio) esquiva todo debate político para entonar con el resto. A la sombra de esa inmensidad anodina levanta el político su fortuna ruin, pero escarnece gravemente el sistema.

PP, PSOE e IU, sobre todo, pelean por atribuir etiquetas desmedidas, falsas, al rival de turno. Convierten la campaña en una competición de excesos. Apetecen acicalar sus vitrinas con el trofeo otorgado a la frase inaudita, ocurrente, eficaz, aunque esté huérfana de crédito y oportunidad. Observamos cómo quien más, quien menos, persigue sumergirse en el absurdo si ello le va a propiciar réditos electorales. Sacrifican lógica y estilo para conseguir un escaño. Nada importa el invocado bien común, pues se considera delirio exclusivo de idealistas irredentos. Estos cavernarios políticos nuestros se afanan por usura personal, amén de cultivar el nepotismo con notoria indecencia.

Incluyendo la precampaña, ha faltado escuchar -en las siglas mayoritarias, al menos- una sola propuesta referida a Europa. Machismo contra logros económicos fueron los ingredientes utilizados para acompasar superchería e inconsciencia. Rebasan el ultraje. Proceden como si fuéramos imbéciles y, a lo peor, les sobran motivaciones. A pesar de hallarnos ante un mal general, estoy convencido de que España es diferente; nos llevamos la palma. Los países de nuestro entorno objetarían tanta desfachatez. Autobús y bocadillo conllevan el desprecio a la agudeza. Consiguen una congregación lanar predispuesta a dejarse seducir por hábiles cantamañanas. Cada vez que observo el corte televisivo evoco un teatro de títeres con plena coincidencia entre estos y la platea. 

Al ocaso de esta indignidad denominada campaña electoral, espero que el domingo las urnas tengan una cantidad de papeletas proporcional a los méritos desplegados. No ya cual castigo por tan graves culpas, sino convencidos de que sólo así lograremos demoler tan oneroso escenario. Precisamos demostrar que la política debe excluir a aventureros, estafadores e inútiles. Menos puede considerarse un medio de vida para desaprensivos y arribistas. Exijámosles, en esencia, que sirvan únicamente al pueblo soberano. Buena forma de empezar sería realizando una campaña rigurosa, seria, exacta, los próximos comicios autonómicos y municipales. A que no.

 

viernes, 16 de mayo de 2014

EL PATIO DE MONIPODIO


Según parece, España es el único país del mundo donde afloró un tipo de novela que retrataba con especial realismo las costumbres y usos de sectores marginales. Cervantes, entre otros, mostró este cosmos complejo del hampa. Nombrado Comisario General de Abastos, vivió largos periodos en Sevilla cuyo puerto servía de atraque a los barcos procedentes de América. Recibía, pues, las ingentes riquezas procedentes del Nuevo Continente. Sin embargo, sólo una élite disfrutaba de gran opulencia. Al resto, la inmensa mayoría, le abrumaba una miseria impuesta.

El famoso manco nos relata la vida y milagros de personajes variopintos que se reunían al cobijo de Monipodio, un truhan entrado en años. Rateros imberbes, timadores, prostitutas, junto a otros rufianes estrictos cumplidores de una ética ad hoc, conforman un gremio curioso bajo la protección del viejo “maestro”. Allí, buscando la discreción del patio -ese lugar fronterizo- pululaba el lumpen que genera toda riqueza inhumana, pervertida por envilecimiento. Sospecho, estoy convencido, que pícaros hay o se dan por todo el orbe. Quizás la idiosincrasia sea su verdadero germen, razón y causa del relato picaresco. Gustamos, más allá del hecho, aventar defectos al tiempo que silenciamos virtudes. Otros venden justo lo contrario. Tal escenario, empero, no nos hace peores que los demás. Somos, simplemente, unos pillos torpes. ¡Qué atroz paradoja!

Han pasado cuatro siglos y ese patio simbólico sigue intacto; aguanta inmarcesible el correr del tiempo. Si hoy viviera don Miguel tendría un entorno idéntico para describir las mismas historias e idénticos personajes. Dejarían de llamarse Monipodio, Cariharta, Gananciosa, Chiquiznaque, Maniferro, etc. para adoptar sobrenombres con resonancias políticas, sindicales, financieras y empresariales. Si me obligan, hasta judiciales. Cambiaría el biotipo a favor de la ejecutoria -a veces usurpada- con menos pedigrí pillo pero de superior bajeza. Cuando a uno le asignan el papel de pobre es legítimo (aun cristiano) buscarse la vida incluso robando. Cualquier otro cometido de los expuestos en esta encomienda, queda ilegitimado para el trinque en sus diferentes modos, la prepotencia, el abuso y la corrupción. Al menos, debiera. Eso queremos y pedimos los contribuyentes, antes ciudadanos. Nos da igual. Todo son oídos sordos y agua de borrajas. Así está el patio. Aquel de Monipodio era una bagatela.

Sí, España ha pasado a ser una enorme platea por donde bullen sinvergüenzas, chorizos, estafadores, rameras, macarras. Aventureros sin medida ni límite, corruptores de mentes y voluntades, desaprensivos ayunos de principios morales, llevan treinta años subvirtiendo el sistema. Han trocado la espera en frustración. El pueblo acepta inconsciente el innoble papel de un Monipodio consentidor, cabrón; una suerte de mamporrero por amor al arte. Un imbécil definitivo. Constituye la puta lisonjera que encima pone la cama. Exhibe un excelente oficio sin requerir estipendio alguno. Concentra, sintetiza, al pícaro campanudo, satisfecho, pero majadero. Inimaginable tiempo atrás. El patrón se desvanece mientras la cofradía alienta las artes del fraude hasta alcanzar lo preocupante. Su insaciable voracidad está a punto de engullir la gallina dorada.

Nada les detiene ni tampoco nadie, a juzgar por su rendimiento. La sociedad, este Monipodio de pega, empieza a advertir -ya era hora- el hambre infinita de tanto golfo. A mayor abundamiento, no sabe cómo ponerles coto. Ha perdido el control poco a poco, a la chita callando. No obstante, se aprecian débiles signos de hartazgo. Ignoro si quedan ganas y tiempo para encarrilar de nuevo la situación. Tengo demasiadas dudas al respecto. El amo protector del patio peca de flojera. La cohorte -crecida, dueña del momento- se siente impune. Queda como único aliento que se haga realidad ese proverbio de: “más vale vergüenza en cara que dolor de corazón”.

Con bastante optimismo, podemos apreciar un pequeño cambio. Inferior al que propaga este gobierno que trasiega la quimera. Percepción y abuso han abierto una ruta expectante; todavía ambigua. El desafecto al marco ignominioso que soportamos va transformando las conductas. Aparecen siglas ilusionantes y el cobijo cambia de protagonista. Partidos, limpios por ahora, diversifican y captan apoyos significativos. Quienes ocupaban el patio, casi en exclusiva, ven peligrar su bienestar espurio. Felipe González -inteligente, hábil, pragmático- formuló hace unos días el itinerario que deben recorrer PP y PSOE si no quieren perder la montura. Excusó los verdaderos fines con esa argucia recurrente, infalible, del sacrificio doctrinal (ese dejar pelos en la gatera) para beneficio de España y de los españoles. Vendrá a posteriori el ahogo financiero de quienes pretendan disputarles un ápice de poder. Se repetirá la historia del pasado siglo. Viviremos otra inoperancia regeneracionista imputable a políticos e intelectuales con el beneplácito popular. La sociedad ocupa un lugar preeminente en el advenedizo honor de ser columna vertebral que sustenta los desastres por irreflexiva, crédula, dogmática y terca.

A principios de abril, en un artículo intitulado “Signos, interpretación y ausencia”, vaticinaba lo que mes y medio después propone sin aspavientos un González previsor. Preocupa, cómo no, que individuos ajenos al entramado -espontáneos unos, adláteres quisquillosos otros- terminen por “birlarles” una parte notable del suculento pastel. Quizás importe en mayor medida que les descubran su infecta glotonería. Del Rinconete y Cortadillo hemos pasado a la Democracia Podrida, título aún sin editar pero clarividente y real. Ambos tendrían en común (con matices cronológicos) el patio de Monipodio.

 

viernes, 2 de mayo de 2014

GÓMEZ DE LIAÑO VERSUS ELPIDIO SILVA


Alguien prodigaría, en esta España inculta y maniquea, la enorme diferencia entre los dos. Cada individuo tiene sus “lares” y “penates” que suelen chocar estrepitosamente con aquellos del vecino. No voy a negar el derecho a la discrepancia, e incluso oposición, pero anhelaría algo de sensatez, de imparcialidad (quizás coherencia), en las varas de medida. Acopiando información, advierto las diferentes pasiones que despiertan uno y otro caso. Me desconcierta comprobar cómo, con parecidas premisas, pueden recorrerse veredas antagónicas. Se conceden loas o censuras absurdas, sin fundamento, por obra y gracia del sectarismo; ese antojo tornadizo, segregador e insolidario. Anteponemos la discordia al entendimiento. Hemos afirmado con rigidez una llamada al desaire; a veces, a la provocación arbitraria, irracional. 

Enemigo por igual del panegírico y de la diatriba, para pergeñar estos renglones me mueve sólo la ponderación. Esta sintonía, además de reprimir oscilaciones denigratorias e injustificables, suele producirme gran satisfacción moral. No descarto en mis consideraciones, ni mucho menos, el error fatal. Tampoco cierta querencia hacia un determinado personaje sin que tal distingo afecte, de manera consciente, al prestigio merecido. Hago, al menos, ímprobos esfuerzos para evitar que ambas coyunturas conformen un laberinto de criterios desafortunados y parciales. Confieso los inconvenientes que entraña despreciar atajos mentales, sinecuras (es costumbre) y apegos. Sin embargo, de darse semejantes sumisiones, el talante personal lucha contra ellas y casi siempre vence. Conseguir la objetividad cuesta esfuerzo. Luego reconforta.

Las crónicas judiciales, en poco tiempo, han señalado dos casos parecidos, clónicos. Años atrás, Gómez de Liaño -juez de la Audiencia Nacional- era condenado, tras un juicio oscuro, a inhabilitación perpetua por prevaricador. Posteriormente fue indultado por Aznar. El proceso judicial contra Polanco y el Consejo de Prisa, por un presunto caso de apropiación indebida, fue el detonante. Se hicieron realidad citas como “las cañas se vuelven lanzas” o “los pájaros tiran a las escopetas” (nadie conjeture doble sentido a cuenta de ningún vocablo). Hoy, todavía en fase probatoria, se juzga a Elpidio Silva por prevaricación en el expediente Blesa. Acusado este de créditos irregulares, delitos societarios, falsedad documental y posible apropiación indebida -similar al caso Sogecable- el juez lo mandó por dos veces a la cárcel. El tema se resolverá de forma idéntica al primero, pero sin indulto.

Ambos sumarios presentan similitudes en fondo y forma, aunque observo matices respecto al tratamiento. Obliga resaltar la notoriedad de los protagonistas. Polanco, junto a Cebrián, encarnaba un poder editorial e informativo por encima de cualquier sigla que ocupase el gobierno. A través de El País, diario con envoltura progre, dirigía a la sociedad inquieta, sensibilizada, dogmática. Sus tentáculos alcanzaban (también incomodaban) a sectores depurados, institucionales. Era, en definitiva, un bocado indigesto. Blesa, titán de luchas fratricidas, superviviente de ríos revueltos, se presenta solo; con el único apoyo de la amistad, socorro inseguro y precario. Provisto de menor vigor que su adjunto, debe conocer graves flaquezas en aquellos personajes cuya voz sea decisiva para procesar a un juez, aparentemente riguroso.

Liaño se enfrentó sin plena conciencia, además de al enorme poder mediático, a sus propios compañeros convertidos en rivales cuando no enemigos encarnizados. El azar tiene respuestas caprichosas. Diversas contingencias unieron sus impulsos para que resultara una horrible tela de araña donde quedaron presos derechos, tiempo y porvenir. Estrasburgo, algo tarde, volvió a tejer de día lo que “Penélopes” ingratas destejieron con nocturnidad, quizás alevosía. Inventados contubernios para arrojar a las tinieblas una prensa hostil, quedaron convertidos en persecución impía contra un juez que, como mucho, no supo precaver el error humano. Constatar dolo, aspecto básico para prevaricar, es tan complejo como determinar el sexo de los ángeles. Dichosos aquellos con tanta capacidad.

Silva inició la ceremonia utilizando a Blesa de cordero pascual. Señaló qué penitencia espera a quienes hayan introducido sus manos en los fondos públicos. Ciertamente, el intento valía la pena pero calculó mal los daños colaterales. Gran parte de la sociedad agradecerá tan irreflexivo arrojo. Existe mucha corrupción y demasiada impunidad. Nadie devuelve lo sustraído ni paga con la prisión. Pero ningún político admite incontrolados en el sistema, menos si ha de impartir justicia. Por este motivo, y al contrario que con Liaño, la indolencia de los jueces viene superada por las maledicencias de innumerables  voceros del poder. Mientras la secta política y adláteres inmediatos callan, con balbuceos de tímida defensa hacia el juez, toda la prensa sin excepción -incluyendo tertulianos- ayuna de piedad y lindero, hostiga al personaje. Hasta se duda de su equilibrio mental. Me parece un escenario hiperbólico e inclemente. En una democracia existe un único órgano con capacidad de sentencia. Los aportes constituyen un lamentable juego de necios.

Reconozco que las personalidades de Liaño y Silva son opuestas. Una, encaja con lo que acostumbramos a calificar de normal. La otra, si quieren, resulta algo peculiar, atípica. Al juez, le exijo conocimiento de las leyes e independencia no pautas sociales o individuales. Los demás efectos y alternativas quedan en manos del CGPJ. Aparte estos detalles, me asombra la simetría. Quienes ayer refutaban a Liaño con saña hoy respaldan a Silva armados de la misma contundencia, y viceversa. ¿Hay causa o doblez? El amable lector decidirá la sentencia.

 

viernes, 11 de abril de 2014

INICIEMOS EL CAMINO


Soy un profesor jubilado cónyuge de una profesora asimismo jubilada. Tenemos cuatro hijos universitarios. El más pequeño cumplirá en breve cuarenta y un años. Dos de ellos están en paro; uno, separado -con dos hijos y sin recursos- vive en casa. Explico lo antedicho para describir una situación familiar que me faculta a opinar con conocimiento de causa y autoridad moral. Si hablamos estrictamente de mi esposa y yo, sería justo sostener que formamos parte del reducido grupo social que cualquiera calificaría de privilegiado. Sin embargo, aparte esa difícil coyuntura filial, no me gusta el sistema; no ya por propio desafecto, que también, sino por quienes han de seguirnos. Deudos o ajenos. La situación económica actual, y las expectativas de futuro, permiten asegurar (contra vaticinios fantasiosos, ayunos de fundamento, embaucadores) que, sin cambios rotundos, semejante contexto nos deparará un amargo final.

A lo largo de mi existencia, ya bastante dilatada, he conocido dos regímenes: una dictadura formal cuya realidad, mediados los cincuenta del pasado siglo en adelante, puede cuestionarse y una democracia -también formal- cuya materialización, desde los albores de aquellos convulsos ochenta del pasado siglo, resulta altamente discutible por su devenir hasta el momento actual. Un alto porcentaje de la población española ignora los intríngulis de dicha década, crucial para la Transición, para la Democracia, y que Pilar Urbano en su obra “La gran desmemoria” describe con bastante acierto, desde mi punto de vista y superados pasajes novelados con probable sensacionalismo. 

Hagamos un breve compendio de los acontecimientos que gestaron el embrollo de hoy. El príncipe Juan Carlos fue nombrado rey el veintidós de noviembre de mil novecientos setenta y cinco. Mantuvo como presidente del gobierno a Carlos Arias Navarro que lo venía siendo desde diciembre de mil novecientos setenta y tres. Probado que este personaje era incapaz de realizar el apetecido cambio de la dictadura a la democracia, el rey lo cesó y nombró presidente del gobierno a Adolfo Suárez en julio de mil novecientos setenta y seis. Político casi desconocido y procedente del franquismo, Suárez desplegó coraje e hidalguía. Ambicionaba, ligero de codicia y bienes materiales, lo mejor para su país. No tuvo reparos en desafiar a los poderes fácticos de siempre: iglesia, ejército, capital, luchando por las libertades ciudadanas. Sufrió por ello enredos, ofensas y deseos de revancha. Pudo cometer algunos errores, básicamente políticos con esa sinrazón que fue UCD. Tuvo, además, la desgracia de batirse con prebostes ladinos a excepción de Santiago Carrillo que acreditó lealtad al pueblo, a la democracia y al propio Suárez.   

Iniciado el año mil novecientos ochenta y uno, el terrorismo de ETA, la inquietud militar, las prisas de un PSOE ávido de poder, los miedos de un rey presuntamente escaso de aceptación pero habilidoso en la defensa de su corona, sin olvidar intrigas múltiples de correligionarios, forzaron la renuncia de Suárez. Aún ofreció al mundo entero una prueba de recio carácter, junto a Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo que, curiosamente, jamás le traicionaron. Sucedió el veintitrés de febrero. Guardias Civiles asaltaron el Congreso en un oscuro, curioso e inexplicado, golpe que se reduce a simples sospechas. Lo único evidente a su término fue el vigoroso impulso de la monarquía. ¿Pacto? ¿Acaso? Qué más da.

Pudo ser una contingencia, pero la derrota golpista -anómala en comparación con las asonadas ocurridas en el siglo XIX- además del reforzamiento real, anticipó la victoria del PSOE y el inicio de la debacle democrática. En las Elecciones Generales de mil novecientos setenta y siete, el resultado fue: UCD (ciento sesenta y cinco diputados); PSOE (ciento dieciocho); PCE (veinte); AP (dieciséis). En mil novecientos ochenta y dos, los resultados fueron: PSOE (doscientos dos); AP (ciento siete); UCD (once); PCE (cuatro). Es evidente. El golpe sepultó a Suárez y a Carrillo, ensalzó a un PSOE que iba a dejar a España que “no la conocería ni la madre que la parió” y creó una derecha yerma, cómplice de gobiernos bipartitos que se relevarían en el poder con un porcentaje de sesenta y nueve por ciento a favor del PSOE.

Semejante escenario de desequilibrio ha permitido al PSOE incautarse de la justicia, educación, asociaciones vecinales, sindicatos, medios, etc., con el acatamiento de un PP cobarde y acomplejado. Estoy convencido, además, de que en estos años se planifica un miserable proyecto de ingeniería social. ¿Cómo, si no, hemos llegado al disparate presente? Sólo es posible a través de una sociedad inculta y acrítica. Aznar casi logró ser un verso suelto, pero no. Supo conseguir buenos resultados económicos a costa de una dramática burbuja. Zapatero y Rajoy han llevado al país a un estado de descomposición nacional y social. Sin ser padres naturales, estructuraron una corrupción imposible de superar. El paro crece al compás del enriquecimiento de la casta política. A la vez, tienen la responsabilidad de haber dejado una clase media esquilmada, exhausta. ¿Alguien es capaz de discutir tales asertos?

Políticos y resto de afanadores, parásitos del régimen, no creo que superen el quince por ciento del pueblo. ¿Qué podemos hacer nosotros, inmensa mayoría, para cambiarlo? Fácil, proveer una táctica pacífica; conseguir un ochenta y cinco por ciento de abstención. Tenemos en mayo una excelente oportunidad. Así deslegitimaremos el sistema y a los vividores que campan en él. Pese a pronunciamientos interesados, tal medida cabe en los cauces democráticos. Olvidemos afinidades y dogmas. Protestas y violencia suponen un itinerario erróneo, ineficaz. Temen la abstención porque les hace daño, pues descubre su insolvencia. Es el camino correcto. Todo rechazo a recorrerlo traerá el llanto y crujir de dientes. Al tiempo.

 

viernes, 4 de abril de 2014

SIGNOS, INTERPRETACIÓN Y AUSENCIA


Decía Pitigrilli (Dino Segré) “Si das con una buena mujer serás feliz; y si no te volverás filósofo, lo que siempre es útil para el hombre”.  Este profundo razonamiento -que pone en tela de juicio la felicidad familiar del estudioso- enciende el inextinguible infortunio entre ciudadanos y políticos. Basta con imaginar el paralelismo mujer-político en la reflexión del mentado texto. Las mujeres buenas, aparte versiones maliciosas que atraen ocurrencias vulgares, abundan; ello no obstante la existencia de otras contrarias al embeleso. Ocurre igual con el hombre porque bondad o maldad, atractivo o náusea, superan al sexo. Distinta respuesta despiertan los políticos españoles, ellas y ellos. De ordinario, su estima permite pocas reducciones. Se dice, con arriesgada contundencia, que generalizar es injusto. Sin matices, aun tratándose de prebostes hispanos, pudiera tal credo tener visos de pronunciamiento razonable. Sin embargo, la vivencia demuestra que, desde un determinado escalón hacia arriba, todos son iguales. Infaustos, bribones y bellacos. 

Si damos por irrefutable el último aserto, España está ayuna de buenos políticos con facultad de mando. Por este motivo, el ciudadano (ahora contribuyente) no es feliz; cultiva una filosofía popular cual Sancho Panza redivivo. Le fuerzan a ejercitar el ascetismo fisiológico; no como medio para alcanzar la perfección espiritual, el nirvana, sino como carencia vital, pedestre. Hay un recelo sistémico que propicia el desapego hacia el bipartidismo, hasta ahora ritual consuetudinario hecho de siglos. Roto este hechizo, el individuo se viene decantando por la abstención o el castigo a fondo de las siglas mayoritarias. IU, UPyD, VOX, CDs, et., incrementan sus expectativas en las encuestas. Salvo el primero que enseña la patita coaligado con el PSOE en Andalucía, los demás ofrecen la pureza de no haberse manchado jamás con el poder. Su discurso, inclusive, no presenta discordancia entre dichos y hechos; sobre todo porque, alejados de tomar decisiones, perdieron posibilidades para confirmarlo.

PP y PSOE muestran sin alharacas, con sordina, cierta inquietud. Lo que intuyen por las encuestas; el malestar social diluido por el vandalismo certero de una minoría con patrocinio y objetivos oscuros; las polémicas palabras de Rouco Varela y las revelaciones de Pilar Urbano en su libro “La gran desmemoria”, conforman un avispero para ambos. Deben temer, y esto les alarma, que la masa social tenga bastante proximidad intelectual con Rouco y con Pilar Urbano. Por ello, sendos voceros -en insólita conjunción- aúnan consignas para desacreditar a quien descalifique cruelmente (según ellos) la situación actual y divulgue los más que dudosos comportamientos democráticos de personajes ilustres. Advierten una irrefrenable pérdida de entusiasmo a pesar del dogmatismo que desean insuflar reviviendo falsamente enfrentamientos ideológicos. Han abusado del humo y sus respectivos gregarios dan la espalda a cualquier táctica incendiaria. Terminaron aquellas épocas del convencimiento fácil, de la beligerancia permanente, cuando las masas se enconaban ante la mera exposición del demérito rival. Ya no existen adversarios, ahora surge con precisión un culpable definitivo: el político desideologizado, vividor e inepto. Todo lo demás son cuentos infantiles.

El individuo está harto de insensateces, chalaneo y corrupción; anda desencantado del sistema. Apetece aires frescos, políticos virginales, cuya incompetencia sea sólo una sospecha. Los que sufrimos ahora reflejaron ya demasiados vicios. Su habilidad, empero, constata que si no cambian de estrategia perderán a poco tan jugosa posición. PP y PSOE conocen su incapacidad para sacarnos de la crisis. Aparte datos cocinados y espejismos aventados por expertos y medios ad hoc (nacionales y extranjeros), saben que deuda y crecimiento, extinto el ladrillo, son incompatibles dentro del marco comunitario. Sin embargo, saldremos de la UE pobres, cuando nos expulsen debido al lastre de un poder adquisitivo tercermundista y les sea más oneroso mantenernos dentro, pese a la quita que soportarían. Estamos pagando y pagarán ellos una entrada apremiante, inoportuna, política, leonina. Es imposible soportar tanto desequilibrio industrial y tanta veda agropecuaria. Parafraseando una sentencia moralizante, no sólo de turismo vive el hombre. Son signos claros, perceptibles; ocultos exclusivamente a los ciegos que no quieren ver.

Casi ningún dato económico es real, sospecho. Disparatados paro, deuda y déficit; desaparecida la clase media; quebrado el tejido empresarial; sin consumo interno; abocados a impuestos casi confiscatorios pese al anuncio artero y astuto; que alguien me explique dónde se encuentra la realidad. Atisbo maniobras de entendimiento PP-PSOE. Medios y comunicadores, antaño incisivos, rabiosos, empiezan a moderar -asimismo modelar- su sectarismo maniqueo. Me asombra ver giros copernicanos en protagonistas, no ha mucho, de encendida virulencia en fondo y formas. Algunos, incluso, parecen haber adoptado vestimentas reversibles. Me empieza a desazonar tanta hermandad y tantos cambios legislativos, consensuados sin apenas estridencias, porque es la admisión de un horizonte irremediable.

Llegados a este punto sin retorno, interpreto que los dos grandes partidos conocen los hechos. También saben, como decía Clemenceau, que “el hombre absurdo es el que no cambia nunca”, pero temen el caos del hombre inestable. Por este motivo, les aterra la dispersión del voto hasta llegar a la italianización del país. Semejante escenario no les interesa para nada porque su bienestar dependería del capricho individualista de los partidos bisagra. Esta conclusión les obliga a enterrar pretéritos prejuicios artificiales y otorgarse el pacto en defensa de sus intereses, aunque perjuren importarles el bienestar ciudadano. Conseguirán el apoyo de la monarquía, sindicatos, judicatura, banca, medios y grandes empresarios, porque todos ellos comparten mesa y manteles. Adiós al bipartidismo, a IU, UPyD, VOX y CDs. Por supuesto, adiós también a la democracia.