viernes, 29 de junio de 2018

EL AURIGA DE SÁNCHEZ


Auriga, en sentido estricto, equivale a conductor de carro ligero romano tirado por dos caballos. Asimismo, otros relatos describen a un esclavo que sostenía la corona de laurel para ceñirla sobre la cabeza del triunfador. Al tiempo, pretendía contener su vanidad mientras le susurraba “recuerda que eres solamente un hombre”. Puesto que vanidad y estética son valores contrapuestos, conviene resistir orgullos postizos y valoraciones alejadas de una realidad cotidiana. Yo me guiaré del relato para significar este epígrafe. Es evidente que al ciudadano español le toca protagonizar el papel de esclavo, de auriga. Sánchez, heterodoxo, consiguió éxito amañando espuriamente la carrera requerida para alcanzar un pellizco de poder. Con este matiz indigno, cuestionado, ha obtenido una ventaja hedionda que le lleva al laurel equívoco, irreal, infame. Más dura será la caída, ilustra un proverbio habitual.

Mi intención primera impedía cualquier análisis implacable del gobierno cuyo ascenso ha causado estupor, por utilizar formas suaves, casi exquisitas. Sin embargo, mi amigo Ángel -lector empedernido y enciclopedia andante- detalló que los cien días de indulgencia constituían una deferencia consuetudinaria para ejecutivos emanados de elecciones generales. Tesis discutible, pero no invalidada cuando se ajuste a la lógica o al sentido común. Inundado de dudas tras semejante criterio (y movido por los pasos endebles, inseguros, esperpénticos, de Sánchez), recapacito si gratifica lanzarme al ruedo aceptando pros y contras. Tampoco el gobierno concede tiempo a sólida reflexión, menos al sosiego en apariencia poco productivo. Receloso de escaso plazo, consciente de vulgar indigencia e ineficacia, muestra presteza por imponer gestos que solo generan aplauso en una progresía postiza, opulenta. 

Tal escenario despeja mis titubeos e impulsa a dejarme de nimiedades tan innecesarias como desajustadas. Observo que el gobierno, en vez de tomar medidas encaminadas a robustecer el estado de bienestar, prefiere la demagogia y el populismo. Todavía no he oído una medida formal, ni tan siquiera prevenida, para mejorar el futuro del español corriente. Sí, de la española bajando el IVA de tampones y compresas. Ignoro si semejante medida debiera entrar en el campo del escarnio caricaturesco o de la vigorosa hechura económica. Hago parecida pregunta cuando averiguo qué gratificación regala el gobierno a artistas multimillonarios bajando un impuesto indirecto que afecta básicamente a ellos. No creo que esta medida ataña positivamente a nadie desconocido en sea cual aspecto cultural o artístico. Ha de mantener satisfecho un colectivo “rebelde, progre e intelectual”. ¿A que queda bien? Sublime, si no fuera falso, éticamente ventajoso y -desde el punto de vista oficial- bien remunerado. El cardenal Cisneros, a falta de razones, oponía la fuerza de sus cañones; estos, tan desprovistos como el cardenal, las compensan con una progresía de saldo.

Dos hechos han venido a difuminar esta, ya tópica, incompetencia del PSOE y de su líder. Uno fue el barco “Aquarius”, repleto de presuntos refugiados cuando ninguno procedía de países en guerra. Con guiño insensato, propagandístico, fructífero, pero disfrazado de solidaridad, cobijo y cuantos valores cimientan el ficticio patrimonio moral de una izquierda insolvente en un marco capitalista, acogió más de seiscientos migrantes. A fuer de sinceros, detalle cicatero en personajes públicos, le atrae a más no poder la foto, el estruendo mediático, la reputación internacional. Tanto eco podría acallar un amplio mutismo inoperante, falto de exigencias anteriores, estéril. Calculador y pragmático, supo aprovechar la coyuntura sin importarle dejar al descubierto cuántas divergencias pudieran atesorar aquellos seiscientos con los mil que llegaron en pateras el mismo fin de semana. Hubo una específica: ni políticos ni televisiones salieron a recibirles. Cuestión de humanidad bien entendida.

El otro fue la puesta en libertad provisional de cinco transgresores sexuales. Una muchedumbre incauta, manipulada, saltó a la calle en un rapto de inoportuna exigencia. Pidieron, si bien una minoría, justicia popular. En otras ocasiones, curiosamente, sugerían poder popular o democracia popular. ¿Les suena ese anhelo? Ningún partido conservador, liberal o socialdemócrata expresaría tal empeño. El apelativo “popular” se prodiga únicamente en sistemas totalitarios. Cierto que la medida ocasionó bastante indignación, tal vez lógica aunque maquinal. Las víctimas merecen justicia, pero la sociedad precisa claridad, cordura e independencia. Lo que no tiene un pase es politizar asuntos que pudieran desatar bajos instintos. Comprendo la gradualidad que revisten ciertos temas; sin embargo, no debemos utilizar distintos raseros a la hora de analizarlos. En justeza, lo que es malo para ti también debe serlo para mí o viceversa. Cualquier falta de correspondencia, la considero corrupción mental: variedad más abundante y perniciosa que la económica.

Aparte ambos devaneos de marcado carácter publicitario, existen otros menos estridentes aunque más selectos. Aludo a las intenciones expuestas por Sánchez de exhumar a Franco y sacarlo del Valle de los Caídos. Parece como si entre esta “necesidad” y vivificar la Ley de Memoria Histórica, no quisiera cerrar una guerra que termino hace casi ochenta años. Sin duda (y se me escapan los motivos), hay intereses oscuros, ocultos, en resucitar las dos Españas o, peor aún, en quebrar la que tiene seis siglos de Historia. Desconozco qué afán puede conducir a algunos de nuestros políticos a destruir un país contra la voluntad de sus habitantes. Es duro denunciarlo, pero lo es más advertirlo. Al compás, pagará deudas contraídas estos días; impondrá un fanatismo desintegrador, diluyente; subirá salarios y pensiones; promoverá impuestos confiscatorios; remozará nuevos nepotismos; seguirá, secundado por otros, con el reclamo corruptor. Si cambia algo será a peor, me consta.

San Agustín proclamaba: “La soberbia no es grandeza sino hinchazón, y lo que está hinchado parece grande pero no está sano”. Sánchez comparece hinchado o así se lo recomienda el experto en imagen, quizás para darle una consistencia que no tiene. Lo cierto y verdad es que La Moncloa ha sido transformada en pasarela Cibeles. Por este motivo, al pueblo le corresponde ese papel compensador del auriga, quien debe recordarle mejor cuanto antes: “No te envanezcas, recuerda que solo eres un hombre”. Espero oírlo pronto sin temblarle la voz.

viernes, 22 de junio de 2018

EL INVIERNO DEL PSOE


Curiosamente cuando apenas faltaban tres semanas para la apertura del verano, empezaba a forjarse el largo invierno del PSOE. Cierto que su secretario general emprendía una primavera personal a caballo entre yemas verdes de vida y hojas secas de languidez. Porque llegar a La Moncloa como lo hizo vivificó un otoño a destiempo, anacrónico. Tal maraña de estaciones conjuga procesos, clarividencias y afectos. El hoy se resiste sin perjuicio de promesas u ofertas. Los hados, tal vez un fatalismo fortuito, recomiendan acometer acciones opuestas a lo presumiblemente presupuestado en la génesis. Así, el mañana quedará sometido a la providencia social. Sánchez tiene un grave problema inútil de eludir: el feroz antagonismo entre aquellos que le ayudaron a vencer y la gente, en su mayor porcentaje, refractaria a los primeros. 

No dudo de que Rajoy -pese a enaltecer su imagen con marco sobrio, sesudo- cometiese y permitiera errores de toda índole. Incluso, veo justo que pierda el gobierno viniendo, dos años antes, de mayoría absoluta. Casan sin duda, coexisten, dos episodios históricos, paralelos, insólitos. Rajoy, primer presidente que no aguanta dos legislaturas, y Sánchez primer candidato que ocupa el puesto libre sin elecciones, sin asiento en la cámara y con minoría irrisoria. Va de récord (no confundir con el parónimo vade retro). Sin embargo, el ruido mediático, vendido a la inquina o al mejor postor, expuso los hechos de forma distinta. Mientras los evacuados lo fueron por corrupción sistémica, quienes ocuparon el poder tenían como objetivo regenerar la democracia. Lo pedían siglas con notorio pedigrí: PDECat y Podemos. Recurro al murmullo para no levantar ronchas sobre el famoso tres por ciento. Hemos aprendido el nuevo método para luchar contra la corrupción: apoyarse en ella.

Cortesía obliga, dice un proverbio para justificar los famosos cien días que se otorgan a cualquier gobierno que inicia su andadura. Persistiré en mantenerme fiel a un uso del que tengo múltiples prevenciones. No obstante, es distinto aventar noticias irrefutables a mantener comentarios más o menos corrosivos en torno al novel gabinete. Hago divergencia expresa entre comentario e información. Huiré del primero y me centraré en la segunda complementada, si acaso, con alguna mínima precisión. Verdad es que, a veces, la frontera entre ambos es demasiado tenue.

Ninguno queda exento de utilizar vericuetos extraños para conseguir el poder como objetivo individual, definitivo. Es una plaga que afecta a partidos viejos y nuevos. Asimismo, quienes gobernaron durante cuarenta años deben compartir la responsabilidad del momento. No hemos llegado hasta aquí por generación espontánea. Tampoco puede atribuirse a la inercia coyuntural causalidad exclusiva. PP y PSOE -en concierto sibilino, si no aireado a bombo y platillo- han construido la España actual. Nosotros también tenemos parte de culpa, mínima quizás, pero la colaboración silenciosa, indolente, es innegable. Nos enfrentamos a problemas económicos, organizativos y sociales graves; en alguno de ellos francamente preocupantes. El tema catalán, sin temor a la hipérbole, está alcanzando cotas insólitas sin que se aprecien visos de actuación minuciosa.  

Todo poder sabio, compartido, democrático, vela por el bienestar ciudadano; al menos, debería intentarlo. No obstante, esta piel de toro sufre humillaciones del poderoso desde siglos atrás. Hoy, no creo que cambiaran mucho los juicios expuestos en su momento por Larra, Unamuno u Ortega. España deja de ser diferente para convertirse en sempiterna. Desconocedores de la Historia, quizás caricaturistas de ella, desean prohijarla a su antojo con intentos espurios y delictivos. Quien debe tomar medidas, deja hacer con indolencia, incumplimientos prometidos e incluso complicidad. Seguimos en las mismas, sin saber qué motivos inducen a permitir tal escenario. Podemos conjeturarlos, pero las evidencias siguen ocupando zonas brumosas entre el convenio y la cobardía.

Primavera es un tiempo de explosión, de vida, previo a aquellos que indicarán -a poco- cercanía de ocaso y muerte. Porque las estaciones son protocolos humanos, permanentes ciclos en que reflejarnos. El caos natural ordena mentes y afectos; limita anhelos, sueños, pues todos tienen fecha de caducidad. Sánchez llegó a tiempo de gozar una primavera tardía, fortuita, mal engendrada. Llegó el verano y deberá padecer asperezas congénitas debidas a un arranque enfermizo. La sociedad tolera cada vez menos que políticos de cualquier ideología prometan mientras se ubican en la oposición y hagan lo contrario cuando llegan al gobierno. He aquí el porqué de las frustraciones, del desencuentro, de la desafección. Cada campaña electoral, aumenta el absentismo de manera progresiva pero irrelevante pese a múltiples desencantos.

El presidente carece de proyecto sólido, firme. Los gestos abundan solo en países o gobiernos populistas. La sociedad española necesita soluciones, resultados, sustancia, no sinuosidades ni ditirambos a colectivos concretos por muy de la cuerda que sean. ¿Qué interés tiene para el común el previsto traslado de presos? ¿Habrá mejoras morales y económicas si sacan a Franco del Valle? ¿Significa, acaso, que universalizar la sanidad permitirá al gobierno recuperar las competencias autonómicas en la materia y hacerla nacional e igual para todos? ¿Quizás sea elemento convergente, justo y reparador, perfeccionar, como se amenaza, la Memoria Histórica? Salvo seguir la norma marxista de Gramsci sobre hegemonía, ¿qué objetivo tiene resucitar educación para la ciudadanía o cargarse mediante “decreto-ley” (odiado en la oposición) la plantilla de RTVE?

Por cierto, cuando el Banco Popular fue intervenido (el mayor escándalo de corrupción institucional, tras el caso estraperlo) el PSOE no dijo pío. Ahora, que proclama combatir la corrupción y regenerar la democracia, tampoco. Me recuerda aquella serie: “Los ladrones van a la oficina”.

Advierto, por diferentes detalles, que a Sánchez le queda poco para disfrutar de una primavera metafórica. Si el gobierno llega a dos mil veinte, el PSOE quedaría a la intemperie de un invierno glacial, hipotérmico. Aunque parezca artificio, no es un tropo. Dijo Ortega: “De querer ser a creer que se es ya, va la distancia de lo trágico a lo cómico”. O viceversa, añado yo.


viernes, 15 de junio de 2018

EL OTRO TSUNAMI


Uno -a veces, cuando duerme- se siente angustiado por pesadillas propias de la niñez. Recuerdo, en mis años casi infantiles, al monstruo de dos o cuatro patas que me perseguía impasible sin alcanzarme. Resultaba extraordinario advertir cómo sus movimientos eran proporcionales a los míos en una carrera sin fin. Nos diferenciaba mi sudor frío y su rictus voraz. Ignoro si aquellos episodios significaban la continuidad del niño inquieto, perseverante en la vela. Nunca me ha interesado conocer qué encerraban aquellos sueños al parecer bastante comunes en esas edades. Ahora, las congojas me las producen agentes externos con rostro tranquilizador, pero de parecida monstruosidad. Aquellos, al cabo despierto, sucumbían bajo la tenue luz que atravesaba una ventana interior. Estas, no hay forma humana de vencerlas, de apartarlas de tu vida, porque son reacias a dejarte en paz.

El eudemonismo es una actitud que permite al hombre encontrar su felicidad. Se piensa que el origen filosófico del Estado radica precisamente en conseguir este objetivo. Para ello, es imprescindible entregarse a una autoridad opuesta a cualquier poder que acarree tiranía y penurias. Kant era partidario del deber como concepto fundamental y camino idóneo para alcanzar una felicidad transitoria. Lo malo e insoluble acontece cuando el político gusta de haberes mientras huye de los deberes. Cuarenta años desde que enterramos la dictadura, han servido para comprobar el grado de indigencia moral e intelectual atesorado por nuestros prohombres. Sin ánimo de hacer comparaciones, temo que haya una distancia astronómica entre el estilo del sur -falto de ética y estética- respecto al que se da en los países septentrionales. Al menos, eso indica el tópico.

Iniciamos junio, mes rebelde e irregular, con la derrota de Rajoy en jornada que llevó a Sánchez al gobierno. Expresé inmediatamente -contra elogios excesivos, laudatorios- mis dudas acerca de la dignificación democrática aneja a aquella derrota inesperada. El procedimiento fue legítimo, legal, pero el trasfondo olía a ambiciones o rencores personales y colectivos, no a discrepancias doctrinales. Nadie puede creerse cismas ideológicos, salvo concepción del Estado Autonómico, entre PP, PDeCat y PNV. Asimismo, referente al biombo de la corrupción, los censores cerraron ojos y oídos a la que acopiaban siglas validadoras. ¿A situaciones así llaman frívolamente dignificar las instituciones? ¿Era el eudemonismo materia de análisis? Cada cual juzgue a su criterio razones ocultas y sinrazones ostensibles.

Renuncio a poner nota al nuevo examinando. Me parecería precipitado e injusto corregir tan repentino tareas que viene realizando. Queda tiempo, o no, para abordar el foco de observación, para engrandecer el campo visual. Suponiendo que cayera el gobierno de forma fulminante por su propia deslealtad, la nota iría implícita en dicha contingencia; luego, no parece apremiante someterlo a prueba específica. Algún paso inicial, podemos apreciarlo como síntoma más que como suceso. Litigio de promoción y no de praxis. Sea cual el resultado, Sánchez lo tiene difícil. Si cumple presuntas promesas el PSOE entraría en erupción y si no lo hiciera su aislamiento debiera tener consecuencias definitivas. Cualquier grupo heterogéneo, discordante, produce antes que después efectos corrosivos.

Al epígrafe que abre el artículo, me llevó mi desapego con lo hiperbólico y, de rebote también, cierto rechazo a la ligereza. No obstante, sin caer en excesos, podía haberme referido a tales efectos trágicos en plural. Entre los tsunamis virtuales, presuntos y reales, este ejecutivo tiene visos de batir varias marcas sin despeinarse, en socorrida frase popular. Podríamos sumar al ingénito de la moción unos cuantos más con entidad potencial o confirmada. Lo del efímero ministro de cultura y deporte fue un pequeño maremoto a causa de los vientos renovadores y retóricos (puro voluntarismo hueco) del presidente. Incluso el relevo recibe un plácet que se le negó al primigenio. Vicisitudes, en cuantiosos órdenes de la existencia, deslindadas por esa perspectiva filosófica llamada fenomenología. 

Dos son los tsunamis que acechan al actual gobierno. Uno procede de la cada vez mayor zozobra al desconocer, tras quince días, el proyecto de país que tiene Sánchez y que debió desmenuzar con detalle cuando presentó su moción. A estas alturas, el traído y llevado plasma gana peso comparándolo con los tenaces silencios actuales. Ocurren lances que anteriormente hacían clamar a la oposición y a los medios. Ahora, con mayor pujanza, calla quien antes se desbocaba. Advierto apatía, prudencia cosmética o ineptitud. Tal vez un combinado selecto cara al proceso electoral que se otea próximo dado el número de diputados con que cuenta el PSOE. La astucia del presidente -que no afecta al bienestar ciudadano- le dicta caminar con trayectoria definida por el anterior ejecutivo antes que prodigarse en experimentos, previsiblemente pactados, cuyo efecto electoral sería apocalíptico.

El otro, dudo de su sincero arranque, viene definido por las cargas soberanistas. Se reclama -entre distintas menudencias pecuniarias- acercar presos al País Vasco y Cataluña sin formular matices. Es innegable, de momento, que el presidente catalán y todo su gobierno se salta a la torera leyes y recomendaciones del Tribunal Constitucional. Echa un pulso manifiesto a este gobierno débil que se ha aupado mediante procedimientos antiestéticos e inusuales. Malo si calla, peor si no actúa. Esperar el manido tópico del diálogo es tan estéril como pedir orden en un motín, ya que ellos fían todo a la confrontación. Según qué situaciones o escenarios nos encontremos, se requieren vías de acuerdo u hostilidad.

Quiero terminar, de puntillas, analizando el pequeño tsunami que se cierne sobre el “Acuarius”. Señalar actores que persigan desgracias ajenas, asimismo huérfanos de sentimientos humanitarios, me parece rastrero. Estoy convencido: existen buenos deseos con independencia de ideas o doctrinas. Por este motivo, holgarse ebrios de gloria, hacer gestos fútiles, impostados, sirven para lo que sirven. Advierto un contrasentido entre el proceder oficial sobre los migrantes que llegan en patera, o saltan las vallas de Ceuta y Melilla, respecto a los centenares repudiados por Italia y Malta. Oponer muertos y solidaridad -amén de loar políticas determinadas- me parece ruin, argumentación sectaria y populismo corruptor. El problema es mucho más complejo y no sirven soluciones simplonas, casi maliciosas. Su resolución no corresponde a Naciones aisladas sino al mundo desarrollado, en este caso a Europa.


viernes, 8 de junio de 2018

LOS POLÍTICOS HAN ENTERRADO LA IDEOLOGÍA


Acontecimientos llevados a cabo en fechas recientes, consagran la prueba efectiva, incontestable, de que entre todos han enterrado la ideología. Lejos de ser una novedad, el desahucio, los síntomas letales, vienen de lejos. Pudiéramos aventurar que durante la segunda legislatura de Felipe González se inician los pasos para desembocar en este escenario repleto de pragmatismo desertor. Von Mises había declarado: “Nadie puede escapar a la influencia de una ideología dominante”. Su convencimiento no entrañaba tener abierta ninguna vía de comunicación, ni predecir qué mente debiera desarrollar los fundamentos del extraño siglo XXI. Simplemente su vaticinio chocó con intereses personales (aun partidarios) fraudulentos y con dinámicas sociales enfrentadas a modos o cauces lógicos.

Comenzó Gran Bretaña impelida por un referéndum -que David Cameron, presidente inglés, calculó fatalmente- sobre continuar o salir de la UE. El denominado brexit lo aprobaron, en dos mil dieciséis, grupos políticos y sociales variopintos, transversales, sin ideología concreta. Dicho país abandonó una Europa de la que jamás se sintió parte activa. Sus prioridades se acercaban a naciones atlánticas. Triunfó la praxis, asida a un insensato romanticismo, sobre soberanía e inciertos intereses económicos. Luego, tras los primeros sopores veraniegos, advirtieron que no suelen casar realidades y quimeras, bienestar a cambio de un laberinto confuso e inútil. Viven las consecuencias inmediatas de quebrar principios doctrinales sin asegurarse a qué leyes debiera someterse el sistema suplente. Fueron víctimas del acomodo histórico apadrinado por EEUU.

Alemania vino a corroborar, a la chita callando, lo arcaico que resulta marcar límites entre conservadurismo y socialdemocracia, ambos centenarios. Así, borraron inobservables matices y consensuaron un gobierno capaz de instaurar ilusión en tiempos sombríos. No siempre amalgamar doctrinas diferentes o -viceversa- disociar las próximas, surten efectos opulentos o desastrosos. La estrategia alemana tiene visos de obtener buenos resultados económicos, sociales e institucionales. Incluso pudiera llevar aparejada aquella típica excepción que confirma toda regla, pero la realidad se impone con tino o sin él. Hayek y Keynes tienen en común mucho más de lo que sus acólitos hermeneutas pretenden divergir. Economía de mercado y social las separan tenues hilos, indistintos, porque aquella es social y esta facultativa.

Italia -con sorprendente maridaje, superada la segunda Contienda Mundial y la Guerra Fría- marca una línea de imposible superación. Unir ultraderecha y ultraizquierda, pese al tópico “los extremos se tocan”, tiene más de prodigio que de magnificencia. Falta ver si el experimento saldrá bien o mal. Creo que morirá tierno porque los extremismos ya tuvieron su época de gloria; gloria que ocasionó demasiados millones de muertos. Nadie niega la destreza con que los pueblos mediterráneos hacen virtud de la necesidad, pero dudo razonablemente del éxito en esta ocasión. Debemos ponderar también cuánta experiencia encierra la Historia sobre estos países invasores e invadidos. El mar, durante siglos, ha sido venero de adaptabilidad entre culturas distantes, aun opuestas. Enemigos viscerales tuvieron que asociarse para luchar juntos contra el azar, enemigo común e irreconciliable.

Grecia ha sido siempre el puente euroasiático y ese vínculo entraña un plus de virtuosa fraternidad, incluso con antagonistas tenaces. España, asimismo, mantiene parecido menester como frontera euroafricana. Ello les ha llevado a una idiosincrasia especial. Aquella, hace tiempo, rompió los moldes democráticos para imbricarse con un populismo grotesco. Se le acabó el amor democrático de tanto usarlo. Conforma el cuenco donde beben el hastío provocado por ideologías impostadas e impostoras. Al final será una bebida tóxica, abominada. En España, la crisis significó la desaparición momentánea del bipartidismo que había ocupado todo el poder desde que se iniciara la Transición. Cedieron demasiado a nacionalismos, independentistas revividos, y ahora pagamos los intereses contraídos.  

Nosotros, Portugal, España, Italia y Grecia, hemos sido cautivos no ya de ideas, que también, sino de gentes que hacían ondear sus blasones sobre cabezas cercanas al patíbulo. Las ideologías, entonces, provocaban una muerte bochornosa. Tras mil vicisitudes, aparecieron doctrinas que levantaron esperanzas con escaso fundamento. Se asentaron sobre dictaduras y muerte. Las respectivas sociedades cobijaron ilusiones desmedidas porque, a poco, fueron confundiéndose y el individuo fue introducido en laberintos sin escapatoria. Parece increíble que países con referencias imperiales terminen víctimas de su propio amorfismo. ¿Qué fue de aquel impulso colonizador, didáctico, religioso, en ocasiones incomprendido? ¿Cómo hemos llegado a ser PIGS, ese epíteto ganado a pulso por nuestras débiles finanzas, cuando en tiempos seculares éramos la envidia del mundo?

El ascenso de Pedro Sánchez a la presidencia del gobierno, configura el ejemplo lapidario de la orfandad ideológica. Palabras, promesas, compromisos y principios, se han esfumado por sumideros con ornato dorado. Sí, el oro -real o metafórico- ha sido el adhesivo potente capaz de aunar tan dispares concepciones. Mezcla desigual, divergente, para conjugar en tiempos de reflexión, de firmeza, de coherencia. Ya lo aseveraba Ortega al ocaso de los años veinte del pasado siglo: “La muchedumbre, de pronto, se ha instalado en los lugares preferentes de la sociedad. Antes, si existía, pasaba inadvertida, ocupaba el fondo del escenario social, ahora se ha adelantado a las baterías, es ella el personaje principal. Ya no hay protagonistas: solo hay coro”.

Sánchez ha confeccionado un ejecutivo atractivo, casi excelente en varios ministerios. Dicha ventura permite a comunicadores adversarios (a priori) loar su inteligencia. Dicen que conseguir la secretaría general y posteriormente el gobierno es prueba sobrada. Recuerdo a aquellos que hayan caído en impía adicción, a un Zapatero incluso apoyado por las urnas. Digo, confundir inteligencia con habilidad, engaño, vileza, junto a otros distintivos de parecido jaez, es impropio de ojos clínicos. Las aguas doctrinales vienen sucias, infectas, no aptas para el consumo. Ignoro si el personal timado, bien coautores de su inesperado ascenso bien individuos o colectivos específicos, le obligará a disolver las Cámaras y convocar elecciones anticipadas de forma inminente. A espera de eventualidades, los nombramientos -más que conformar el gobierno deseable- constituye un eslogan electoral oculto tras astuto artificio.


viernes, 1 de junio de 2018

INDIGNIDAD, CALVARIO Y FUNERALES


“Que sepan hoy los indignos farsantes que este pueblo no engaña a quien no lo traiciona”. Desde ayer, esta frase encierra no solo la carga didáctica del precepto sino el símbolo estricto, asimismo protocolo democrático imaginativo, entre sociedad docta y política. Hubo verdadera pugna en denominar éticos, estilos tan postizos como su vana y aparente sobriedad. Reivindicaban al tiempo una dignidad semántica, etérea, sin sustancia. Casi todos la utilizaron sin mirarle la cara para no quedar expuestos a sacudidas innobles. Vimos, estupefactos, derroches de puro histrionismo, de ahí que por momentos viniera a nuestra mente un rosario de afanes espectaculares. Desvelo el autor del pensamiento que da entrada al párrafo. Fue Juan Domingo Perón, dictador populista argentino.

En la moción de censura aleteaban -cual cuervos carroñeros- diversas traiciones cuyo quebranto resultaba inmune a rostros ocultos tras diversas máscaras obscenas. Las siglas, sin apenas excepciones, prodigaron el vocablo dignidad orlado de gran impostura. Se conjuntaron (quizás conjuraron) para llevar a la opinión pública que echar del gobierno a Mariano Rajoy, líder “del partido más corrupto de Europa”, era un ejercicio de dignidad democrática. Esta imputación reniega de memorias tenues; esas que hasta el polígrafo dejaría escapar un mohín de asombro al fingir su primer requerimiento. ¿Cómo aquietarse con graves “distracciones” en Cataluña, Valencia, Andalucía…, aparte diversas sisas inspiradas en los usos consuetudinarios? Participa del desorden la totalidad, pues el trinque es propio de personas y no conozco ningún partido integrado por robots. 

Sí, el PP lo ha hecho mal ética, política e institucionalmente. Ello, sin embargo, no certifica que ya el novel presidente vaya a superar ninguno de los capítulos antedichos. Yo añadiría que lo va a hacer rematadamente peor porque es esclavo de un canon terrible. Nadie sabe a ciencia cierta qué interés debe abonar por tan sabroso préstamo, pero las hipotecas suelen responder de forma enojosa más si el propietario exige participar del trofeo. Iglesias, ha pasado de la “incondicional” ayuda al ingrato apremio para conformar un gobierno estable. Es evidente: Uno se embolsa setenta y cuatro mil euros de por vida y los demás, olvidadizos, desean atrapar las opíparas viandas que constituyen estas bodas de Camacho. Y todos tan contentos. Pero… ¿y el pueblo? A ese, que le den morcilla. 

Hemos oído una sarta de patrañas exculpatorias que encierra la mayor y más nauseabunda indignidad. Ganaron el cinismo, la ingratitud, el delito; en fin, un amasijo de absurdos aderezados para una presentación sugestiva, convincente. Con todo y ello, las viandas conseguidas son indigeribles. Pronto empezarán aquellos ardores propiciados por una ingesta extrema, acaso antihigiénica. Veintidós ingredientes acaban siendo excesivos para conseguir un plato vistoso y rico al paladar; ese que permite popularmente “chuparse los dedos”. Porque, a la postre, persiguen chupar. Dejan en el monte del olvido pequeñas (tal vez no tanto) rencillas y se regodean en calmar su propia sed no sea que, desbordados por el lance, rompan el tarro de las esencias.

Me preocupa la enorme alegría mostrada por partidos dispares y que hace dos días se tiraban los trastos a la cabeza. ¿Gozan por el bien del español? Eso dicen. ¿Cómo pueden converger independentistas y constitucionalistas (presuntos)? Pudiera suponerse que exageran o fingen unos u otros. Seguramente, como afirma el chiste, los dos. ¿Qué oculta argamasa aglutina a partidos democráticos y totalitarios (supuestos)? ¿Su responsabilidad con la gente o avenencias de última hora entre casta y galgo? Perdón, disculpen el error; parece podenco. ¿Había que echar a Rajoy? No, era un mero eslogan porque la corrupción pecuniaria, como previne, ocupa el orbe político. A ella habrá que sumar otra mucho más penosa y cara: intoxicar mentes con métodos furtivos. ¿Adivinan quiénes son auténticos peritos en la materia? Esos mismos.

Sánchez ha conseguido superar, ignoro si demonios personales o pruritos adquiridos. Creo que él se ha cubierto de gloria, ha aprehendido el éxito, a costa de sepultar al resto. Pobre Susana. Y eso lo ha logrado porque en este país todavía quedan pavesas del pasado remoto. Aquí sigue habiendo señores feudales porque aún hay siervos. Perviven gracias a que han trocado el primigenio estadio atributivo por un circuito mental; kit cobarde o políticamente correcto. No le arriendo la ganancia. Intuyo que se ha metido en un avispero sofocante y maldito. Iglesias, mucho más hábil y estratega, le hará la vida imposible si no satisface aquella deuda implícita en su famosa ayuda “incondicional”. El delator de la cal se reviste ahora de cobrador del frac. Y tú, Pedro, ¿no lo especulabas? Menuda ligereza, qué ingenuidad.

José Luis Ábalos hizo unas declaraciones, recién ganada la votación, que alentaron mi desasosiego ante la aventura iniciada por el PSOE. Adujo varias necesidades perentorias para el futuro ejecutivo, entre las que destacó la importancia del feminismo en leyes distintivas. Dicha especificidad, aparte tinos, implica cierta e injusta disposición a colectivos cercanos en perjuicio de aquellos menos próximos. Tal prerrogativa elitista hace sospechar los derroteros del gobierno en ciernes. Y no me extraña, ya que don Pedro (me temo) es un meritorio sucesor de Zapatero. De esta guisa, acrecentada la coyuntura por los irrisorios ochenta y cuatro diputados, la legislatura debe terminar como Cagancho en Almagro  Preparen, pues, las preceptivas honras fúnebres para dentro de unos meses.

Vaticiné -y lo mantengo- que el próximo presidente, concluido el apunte Sánchez, será Albert Rivera. Mi duda consiste en si vencerá por mayoría simple o absoluta. Hundido el PP e indigente el PSOE (Podemos ya dije que era un apéndice inservible), Ciudadanos cosechará un triunfo fácil. Por cierto, medios y periodistas cuyo hábitat preferido se encuentra adyacente al poder, van venteando que es la primera moción de censura que genera nuevo presidente. Nada que objetar, pero han de informar además que es el único presidente (sin escaño) ungido fuera de un proceso electoral. Yo, ni quito ni pongo rey y además no tengo señor.


jueves, 31 de mayo de 2018

TROPIEZO DE SÁNCHEZ O BATACAZO DEL PSOE


“Sólo en el peor de los desastres conoce uno la auténtica valía de los hombres”. Este proverbial aforismo, en palabras de Posteguillo (escritor valenciano y entusiasta afecto a los clásicos), parece apostar por el repudio del político patrio. Diría, más bien, que aquella coyuntura ofrece la innegable verificación de la indigencia moral e intelectual común a nuestros prohombres. España, a la vez y sin que haya otros dones reparadores, lidera un escenario tan espinoso como tragicómico.

Espantados por una crisis con apariencia estructural, padeciendo continuos efectos de un hipnotismo colectivo e inquietos ante la quiebra social que padece Cataluña, improvisan una moción de censura para apuntillar al noble -asimismo estólido- pueblo español. Sin embargo, todos dicen hacerlo en favor del ciudadano. ¿No les parece, amigos lectores, que no queda ninguna línea roja por traspasar? Somos insensibles, pues nutrimos con cada proceso electoral el sistema que nos devora como Saturno a sus hijos.

Venimos sobrellevando durante años el desprecio absoluto que siente Rajoy por los españoles. Podría asegurar que el cartel sustituto no ofrece ninguna garantía de mejora, de regeneración. Tal escenario, no impide -de ningún modo- la crítica sincera, leal y sosegada. El presidente ha dilapidado su credibilidad desde el minuto uno, cuando la sociedad, ahíta de Zapatero, puso en sus manos los destinos del país.

Había prometido, durante el crudo desamparo de la oposición, metas imposibles, quiméricas. Luego acusó al gobierno saliente de felón para exculpar sus propios yerros. Se ha ido sosteniendo en difícil equilibrio apuntalándose sobre un arsenal de mentiras infames. Bajada de tributos, reducción del paro, salida de la crisis, faro económico de Europa, etc., etc., constituyen un rosario de ficciones. El hecho verdadero, innegable, fue subir impuestos nada más ocupar La Moncloa. Lo demás, pura cocina.

Rajoy, si fuera patriota, si le importara el bienestar del ciudadano, dimitiría. Tal y como se está poniendo el patio, añado que es la mejor salida. Su obstinación, complementada con otras razones espurias, solo ayuda a prolongar una muerte anunciada. La corrupción, sucias campañas mediáticas y más o menos culpa en diversos conciertos, han borrado de forma definitiva el poco crédito que le restaba. Se intuye un proceso irreversible, sin escapatoria encubierta. El PP precisa una catarsis urgente.

Debiera, para evitar nuevas tentaciones, organizar un congreso extraordinario y permitir que políticos menos calcinados tomen las riendas del partido. Lograría atajar un estertor largo y estéril. Evita, al tiempo, excusas aventadas por aquellos que pretenden utilizarlo como cabeza de turco en sus ambiciones desmedidas. Además de salvar el caos nacional, le permite a esta sociedad -asaz indolente- realizar una instantánea fidedigna de cada sigla poniendo al descubierto su auténtico rostro. ¿Qué mejor servicio a los españoles?   

Sánchez, ese político que vive sin vivir en él, está a punto de realizar un triple salto mortal sin red. Forzado por su codicia irrefrenable, va camino del suicidio personal o colectivo. También a él, la corrupción -pretendido venero del golpe de mano- no le es ajena a ningún nivel. Encima pretende el voto favorable del renacido grupo PDECat que el propio PSC, rigiendo el tripartito (de oscuro peregrinar por las instituciones catalanas), denominó tres por ciento. Semejante apoyo y amuleto contamina cualquier sigla con pretensiones de gobierno.

Más todavía, le falta certificar a las puertas de la votación si cuenta o no con el favor del PNV. Incluso Podemos, cuya coherencia se opone al recorrido que dista desde lo “incondicional” a la exigencia sutil de entrar en el futuro gobierno, pudiera aportar alguna sorpresa. Cuenta, eso sí, con el plácet riguroso de ERC y ese ingrediente folklórico-festivo que añaden sus portavoces congresuales Joan Tardá y Gabriel Rufián. Por cierto, hace días -hablando con gente de Alcaudete (Jaén)- obtuve diversa información de la familia Rufián. Callo los adjetivos utilizados sobre dicha parentela.

Mañana pueden ocurrir dos cosas. Que la moción no triunfe y Sánchez quede de nuevo con un palmo de narices. Tras los continuos fracasos e indigencia estratégica, debiera hacer mutis por el foro que no lo hará. Aumentará su porcentaje de invalidez política (para alegría de Podemos), pero seguirá, erre que erre, sin sentido del ridículo, en sus vanas tentativas de alcanzar La Moncloa. Puede triunfar la moción con una amalgama heterogénea, divergente, patética, y dos años después el PSOE entrará en coma profundo. Previo a esa situación, España experimentaría una sepsis severa de consecuencias funestas.

Espero que, a última hora, subidos al cadalso y con el hacha rozando el pescuezo, a no sé quién le entre un gramo de cordura y retraiga a la vía correcta tanto desenfreno. Constituye la prueba definitiva de la caterva que dirige este país. Sin echar fuera balones propios, considero que no es posible tanta escasez intelectual, ética y estética, así como de principios, que adorna a nuestros a políticos. Sin embargo, tengo que rendirme ante la realidad actual e histórica. Ignoro si azares, hados o un fatalismo made in spain, enrarece el hábitat y toca vivir en permanente ay.

Insisto, si al final Rajoy aguantara el embate ha de replantearse en qué situación quedaría. La inestabilidad de un gobierno aislado y con graves casos de responsabilidad jurídica, originaría un periodo de retroceso económico, social e institucional de ardua reversión. España precisa en estos momentos, donde nos jugamos el futuro, que cada cual deje fines particulares, arrime el hombro y concierte una política de Estado, para conseguir el bienestar ciudadano al que dicen servir. Es una servidumbre de la que ninguno debiera evadirse, incluido el individuo con su voto o abstención.

Tengo esperanza que, plagiando a Europa, bien por estar en un marco capitalista bien por seguidismo socialdemócrata de la izquierda radical, haya un resurgir imparable de las ideas liberales. Tampoco los conservadores aúnan demasiadas esperanzas de sobrevivir a tan elevado inmovilismo y agotamiento. A nivel nacional, lo expresa la intervención vieja e inacabable de denuncia en vez de ofrecer soluciones. Rajoy quema sus postreros cartuchos en gemela respuesta. Así, Rivera será futuro presidente por mayoría simple, probablemente absoluta.




viernes, 25 de mayo de 2018

EL PISITO


Aquel lejano eslogan “España es diferente” pudiera entenderse, como argumento a pari, “el español es diferente”. Tengo plena certidumbre del insondable mensaje que encierra semejante expresión atemporal, pese a que tuvo épocas de mayor esplendor. Diseña básicamente al individuo patrio y los contrastes con aquellos otros del hábitat europeo. Si bien el perspectivismo orteguiano tuvo antecedentes en Leibniz y Nietzsche, el filósofo español lo moldeó con cincel particular. La dualidad apariencia-profundidad, símil del bosque (lo que no se ve es profundidad, lo visto perspectiva), fue desarrollada en su obra Meditaciones del Quijote. Revela completa identificación entre su filosofía y el carácter netamente español.

El año mil novecientos cincuenta y nueve, aún fresca la miseria de postguerra, se estrenó “El Pisito”. Rafael Azcona y Marco Ferreri elaboraron un guion horrendo. Una pareja lleva doce años de relaciones. El chico vive realquilado casa de una señora a punto de morir, circunstancia que el casero espera ansioso a fin de desalojar la vivienda y derribar el edificio. Algunos amigos le aconsejan que se case con la anciana para heredar el alquiler. Advierto en este negro relato cierto maridaje con el perspectivismo de Ortega. Un escenario que hace de la vivienda foco existencial del individuo español, de su realidad intrínseca.

Más allá de cualquier teoría sobre verdad y realidad, se impone la razón vital inherente a la propia vida. Queda en entredicho el principio cartesiano: “Pienso, luego existo”. El hombre, primero vive y acomoda después sus circunstancias. Según parece, el español encierra una estrecha concomitancia entre vivienda propia y razón vital. Eso se desprende, al menos, del filme “El Pisito” y la pulsión inexorable, desleal, de Pablo Iglesias. Aquel estoico enamorado, menesteroso, con dramática escapatoria, tuvo que luchar entre dos alternativas: abandonar a su amada o perder la vivienda. Terrible aprieto, difícil perspectiva.

Iglesias (refractario y desubicado demócrata), en un acceso de patriotismo insólito, se ha comprado el complejo residencial que le exige tal marchamo. Ocurre, no obstante, que la inversión supera lo permitido a un español medio. Este, compra una casa -doscientos mil euros máximo- con enorme esfuerzo. Don Pablo, el líder que agrede a la casta, compra dicha mansión como parte de un “proyecto familiar”. Semejante aseveración es un insulto mordaz, vil diría yo, sobre quienes viven a caballo entre padres y suegros. Casi setecientos mil euros, junto a otros desembolsos nada despreciables, dejan al descubierto obscenas diferencias en dichos y hechos.

Quitarse la máscara constituye el peaje costoso, inmoral, a que le apremia su ego inconmensurable. Pese a la claridad irradiada, a que ahora se ofrece ligero de aderezos, sigue mostrándose presuntuoso, bravucón, ridículo. Ayer, temerario, aseguró: “Hay que echar al PP porque es un peligro para la democracia”. ¿Cínico? ¿Soñador? Mucho más vulgar, padece cierta psicopatía que le lleva a confundir deseo y realidad.

¿Creen mis amigos lectores que la incoherencia manifiesta hace mella en los acólitos cercanos? Error. Por convicción o para evitar purgas tangibles, la mayor parte aplaude, peor todavía, excusa, la ostentación. Veamos algunos testimonios bochornosos. Monedero afirma sin rubor: “Iglesias se compra un chalet de seiscientos mil euros porque Inda publicó una ecografía”. Qué no dirá un iletrado. Echenique, miembro del CSIC, sentenció: “Las críticas son reaccionarias, caricaturas que intentan frenar el cambio político”. Sor Sonrisa hubiera tarareado: “Echenique, nique nique/ pobremente por ahí/ va él cantando amor”. Lo que nos queda por ver y oír.

Hubo críticas también al gesto de nuevo rico, de casta, que pretendía superar con la anterior y fachendosa humildad vallecana. Víctima de retórica, quiere acallar las voces levantiscas con otro señuelo. “Lo que tiene que hacer un político decente cuando se cuestiona su credibilidad es someterse al criterio de las bases. Espero que si alguna vez su credibilidad es puesta en cuestión tengan la misma actitud que nosotros”. Esta consulta plebiscitaria lleva aparejada un pucherazo indudable. No lo digo yo (son las palabras eximentes, crediticias, preferidas de Iglesias), lo dice Openkratio -auditora de Podemos- que dejó de supervisar las elecciones internas del partido tras Vistalegre II por el descontrol del escrutinio. Lo confirma un arrobado Mayoral cuando asegura: “Iglesias y Montero son de las mentes más brillantes de este país”. Amén.

El señor Iglesias padece, fuera de otras enfermedades, egolatría. Tal veneración al yo, le exige que “la participación baja en la consulta sería un fracaso y me obligaría a dimitir”. Sin embargo, todas las tretas que va desgranando no le impiden comportarse como líder incontestado de Podemos. No le pasa por la mente la más mínima probabilidad de dimitir en ningún cargo ni función, está todo atado y bien atado. Seguro de ello, manifiesta el apoyo incondicional al PSOE en la ya presentada moción de censura (pobre PSOE). Sospecho que, antes o después, pondrá alguna reserva. Asimismo, le cuesta comprender la negativa de Ciudadanos a apoyar cualquier propuesta de gobierno si entra Podemos. Menos, incluso, con los ataques a Rivera al que denomina joseantoniano. Supone la salida airada de quien considera el mayor hándicap para tocar verdadero poder.

Por cierto, si tuviera que elegir entre Podemos y Vox, optaría por Vox. Ellos, al menos, aceptan el contraste de ideas sin agravios ni insultos. Necesitaríamos un democratómetro para comprobar quien amenaza más a la democracia. Podemos alega que Vox es el peligro evidente en la nuestra, pero… quítate allá que me tiznas.




jueves, 17 de mayo de 2018

RAJOY Y EL NUDO GORDIANO


 

El marido de una popular presentadora de televisión, notorio independentista, dejó escrita la siguiente perla: “Un pueblo que pisa a otros pueblos para seguir sintiéndose vivo está en la antesala de su defunción. Eso lo sabemos los pueblos que luchamos por algo más que por una bandera, un himno, un rey, un ejército o una unidad ficticia forjada a cañonazos o encarcelando a buenas personas”. ¿Perdone? Semejante cinismo le lleva, presuntamente, a exaltar la estelada; cantará, sospecho, els segadors; se sentirá, conjeturo, adscrito al afecto de un presidente pseudorepublicano; aprobaría, creo, la creación de un ejército para garantizar la seguridad patria y se sentirá, por último, ciudadano de una nación ilusoria, disgregada por los subversivos araneses y tabarnios. Por otro lado, personas antidemócratas -buenas, menos y diabólicas- se jactan de desobedecer las leyes. Señor, cuánta chorrada hija del dogmatismo irracional. 

Nuestro país está socavado por las raíces de tres nacionalismos cuyo vínculo común es el vocablo que los define. El nacionalismo catalán cultiva como única fuerza de cohesión la pasta, no precisamente de limpieza bucal. “España nos roba” fue durante cuarenta años concentrado identitario, grosero pero eficaz. Este tipo de aglutinante actúa con rapidez, de forma persuasiva, porque estimula los instintos primarios, viscerales. No inspira emociones de exquisita sensibilidad ni atrae lucubraciones sesudas, irritantes, sin rédito aparente. Ganó terreno un pragmatismo corruptor, disolvente a medio plazo. Si Cataluña lograra la independencia su economía, de forma inmediata, entraría en recesión con grave riesgo de levantamiento o enfrentamiento civil. Es la consecuencia de convertir los sentimientos en mero instrumento pecuniario.

El nacionalismo vasco porta vena romántica, sensual, casi libidinosa. Tarda más en cuajar, en tomar encarnadura visible; pero al final consigue robustecer, confluir, pulsiones diversas. Como consecuencia del concierto y de una ley electoral nociva para los intereses del común, las autonomías vasca y navarra viven tiempos de prosperidad, de vino y rosas. Pese a ello, en circunstancias específicas, enarbolan sin demasiado ardor la bandera del independentismo. Pretenden una soberanía sin desgarros, armonizadora, disfrutando el mismo ecosistema político con matices diferenciadores. Es decir, aplacando odios para avenir diferencias aunque haya sectores propicios a desplegar métodos belicosos. Quieren resucitar tácticas del pasado ante la mayoría que anhela paz y conciliación.

Vemos al nacionalismo gallego, en ciernes, nutrirse indisimuladamente de una izquierda que pugna contra el sempiterno caciquismo regional. Parece la materialización de un enfrentamiento clasista, pues es difícil visibilizar los elementos genuinos del nacionalismo puro. Creo que denominar comunidad histórica a Galicia, supone un exceso semántico, cuanto ni más político o social. Otra cosa es comprobar cómo ciertas élites aprovechan malos entendidos, tal vez apetencias minoritarias, para obtener dividendos valiosos. Sabemos que el egoísmo carece de razones. Tampoco exhibe principios morales porque la ética es un freno indeseado. Al igual que el vasco, el nacionalismo gallego carece de entidad porque descarta entelequias seductoras.

Rajoy, un presidente indeciso y a veces contradictorio, aborrece atajar el peligro que implica cualquier independentismo, máxime si se cimienta en bajas pasiones. Quiérase o no, PSOE y PP son gestores -si no cómplices- de la situación actual. Durante demasiados años cerraron ojos y oídos al escenario que se divisaba tras cada campaña electoral. Consintieron infinitos excesos, asimismo menoscabos al marco legislativo, traicionando compromisos y juramentos. Tanto fraude permitió políticas que fundamentaron adoctrinamientos y abusos. Hoy, tras meses aplicando el artículo ciento cincuenta y cinco, tenemos la sensación de que unos y otros nos han tomado el pelo más o menos conscientemente. Es de dominio público la nula eficacia del controvertido artículo. Un proverbio castellano enseña que: “Vale más vergüenza en cara que dolor de corazón”. Parece evidente que don Mariano presta escasa atención al refranero. Puede que haga algo parecido con distintos menesteres.

Nuestro presidente se protege, y en eso es experto, tras las espaldas de Sánchez, un político sin sentido de Estado. A nadie se le oculta que dejar mossos y radio-televisión catalana intactos ha favorecido una situación peor que la precedente. Personajes y discursos radicalizan el marco actual, ya perturbador. Sin embargo, don Mariano goza de mayoría absoluta en el Senado, institución capacitada para marcar con qué firmeza puede aplicarse dicho artículo. Cuando él habla de prudencia, los políticos catalanes -junto a la gran mayoría de la sociedad española- intuyen cobardía. Tal marco empuja a aquellos a mostrarse irracionalmente inflexibles mientras estos lo sustituyen por Ciudadanos. Me recuerda el marasmo electoral tras la última legislatura de Zapatero. Luego vendrá el llanto y crujir de dientes.

Cataluña configura el nudo gordiano, rompecabezas mitológico, que Alejandro Magno supo resolver tajándolo con su espada. El inconveniente surge cuando se constata que Rajoy no es personaje mítico ni sabe blandir ninguna espada metafórica. En consecuencia, seguiremos padeciendo las incertidumbres que genera el “nudo”, junto a tan indecoroso proceder. Ahora me encuentro en Roquetas, con ciudadanos de diferentes Comunidades, disfrutando un viaje del Imserso. Intercambiando impresiones, casi todos acusan al gobierno de pacato. Al mismo tiempo, distinguen una oposición desorientada, ramplona y en permanente titubeo. Menos mal que, de suyo, Cataluña nunca será independiente. No debido a acciones contundentes, firmes, de un ejecutivo romo sino por imposibilidad metafísica. Su añorada república pasaría a ser un sistema ad hoc, aparte de ruinoso. Los penosos gruñidos supremacistas son estúpidos biombos de última hora debidos a quimeras o, peor aún, a trastornos paranoicos de mentes calenturientas, quizás enfermas, a lo peor absurdas.

 

viernes, 11 de mayo de 2018

PONGAMOS QUE HABLO DE MADRID


Nada más lejos de mi intención que plagiar, no ya una letra amuleto -fatua superstición- sino título tan sutil, equiparable a cualquier encarnadura melódica. Madrid, desde hace siglos, simboliza el corazón vivificante, eje neurálgico del paisaje nacional. Niego toda suposición ofensiva contra la dispensa autonómica, aunque considere oneroso, desde un punto de vista económico, el Estado de las Autonomías. Reconozco el prestigio de Barcelona, Valencia u otras ciudades que salpican solemnes los rincones patrios. Ciudades llenas de espíritu, de hervor, de sentimiento; pero, como en las percepciones, cada cual adiestra su umbral para priorizar estímulos y pasiones. La Historia ha decidido que su umbral se optimice cuando afloran sentimientos auténticos, entrañables, reales, hacia una ciudad presidida por el oso y el madroño. 

No todo fueron lisonjas entusiastas. Hubo tiempos infortunados a fuer de violentos. Federico Bravo Morata, historiador marxista, hace una semblanza completa, cabal, sobre Madrid a lo largo del siglo XX. Se detiene ampliamente en la Segunda República y elige paciente una atalaya específica para abarcar la Guerra Civil. Un volumen que conforma esta Historia, lo titula “La batalla de Madrid”. Repasa, con todo detalle, desde el otoño del treinta y seis hasta el enfrentamiento entre casadistas y comunistas -en marzo del treinta y nueve- a cuyo fin contribuyó Cipriano Mera y su cuerpo de ejército. Existía la creencia arraigada de que quien dominara Madrid ganaría España. Creo innecesario mencionar diferentes papeles protagonizados por los madrileños en la Guerra de la Independencia, así como otros en conflictos, más o menos medulares, mientras ocurrían asiduas alternancias políticas durante el reinado de Alfonso XIII.

Hoy, al igual que antaño, Madrid se pliega a ser sede de experimentación, tal vez preocupación, política. Cataluña, ahora mismo, opone un marco infecto, sin apenas colofón inmediato. Diría más, cualquier salida parece venir acompañada de negros nubarrones que nadie desea evitar. Eso se otea, al menos. El desastre catalán, generado por una evidente indigencia de los políticos independentistas con la anuencia cómplice del resto (básicamente PSOE y PP), se diluye entre lo muy difícil y lo imposible. Por esta razón, el campo de batalla -la actual- se ha consolidado de nuevo en la capital del reino. Ignoro qué argumentos acumulan las siglas preeminentes para asirse al dogma de afianzar la gloria quien venza en Madrid. Muchas veces, probablemente demasiadas, la estrategia o el empirismo no son los garantes definitivos de una realidad azarosa, extravagante. Es innegable la terrible lucha -incluso entre amigos- para rendir tan codiciada plaza. Luego pudieran aparecer emboscadas funestas para los vencedores. Realidad e impresión encadenada a la espuela del individuo constituyen una paradoja ontológica.

Madrid se ha convertido en talismán con la pasión de quien quema afectos sin madurar consecuencias. Las víctimas ya se alinean en campos opuestos. Un máster postizo y una arrogancia zaherida por un video ¿inoportuno? hicieron que Cristina Cifuentes entrara en espiral luctuosa. Considero que su desaparición política fue pertinente, pero no justa. En este juego letal, un bolo importante, notable, ha sido derribado de forma inmisericorde. Pero como no hay cara sin cruz, tampoco hay mal sin bien. Desaparecida doña Cristina, aparece en el horizonte, se especula, Pablo Casado que recogería un testigo, veremos si envenenado. Se convierte, de golpe y porrazo, en la esperanza del PP. Tocado con hálito triunfador, y por ello mismo, algunas incógnitas pudieran pasarle factura ingrata, penosa, fatal.

Podemos tiene su propio victimario. La difunta -o difuntos, quién sabe- a priori es Carolina Bescansa, cofundadora del partido; es decir pieza importante. Aquí se dio un fusilamiento al amanecer; político, evidentemente. Existe tal razón, que es imposible enviciar la purga a la que le sometió el gran jefe. Primero fue Tania, luego Errejón y ahora esta gallega, cuyo nutrimento doctrinal difiere del que dicta el déspota. Un partido con ínfulas democráticas apela raudo, felón, al ordeno y mando. Se hace necesario conocer en su verdadera salsa a siglas e ideólogos (menuda tontada acabo de afirmar, ¡ideólogos!). Pese a la bilis que le debe amargar a algún -quizás alguna- “camarada”, Errejón irá de número uno y Tania de dos. No hay mejor candidato. Todo sea por una derrota pírrica.

El PSOE dispone de un buen cabeza de lista, pero le falta pegada. Para el ayuntamiento surgen dudas mínimas porque lo tiene perdido. Su plan, a dúo con Podemos, lo arroja Ciudadanos a la papelera. Menudo rebote entonado a dos voces y llorado a coro. ¿Pero qué esperaban? Pedir el suicidio de Ciudadanos a estas alturas, además de propósito nada fraterno, constituye petición indigesta. ¡Pobres míos! Cuánta inocencia, mezclada con mala uva. Como decía aquel: “Y el tonto soy yo”.

Ciudadanos tiene el combate casi ganado de forma mecánica. Cuantos flecos le resulten inquietantes, quedarán resueltos en el año que falta. Lo demás conforma el rival más débil. Estoy convencido de que gana sin bajarse del autobús, al decir popular. Si encima lograra el plácet de Vargas Llosa -bulo tan fabuloso como seductor- sería la bomba. Villacís y él se llevarían ayuntamiento y autonomía de calle; no tengo ninguna duda. Incluso Ignacio Aguado, falto de gancho, podría ser buen candidato para llevarse la victoria al parlamento regional. Compete, no obstante, al partido apostar por el mejor situado en el puesto de salida. Equivocarse es casi imposible porque los demás ya lo han hecho en grado superlativo. La sociedad española no perdona traiciones, purgas ni tejemanejes.

Verdad es. Madrid será el escenario de la primera batalla importante, siempre lo fue. Sin embargo, un año después vendrá la madre de todas las guerras electorales y el escenario puede cambiar. Pese a todo, Madrid es un baluarte atractivo para cualquier estratega, aunque fuera considerada plaza virtual. Con acierto o no, los partidos sin excepción creen que vencer (locales y autonómicas) allí supone recibir la llave maestra que les permitirá entrar a saco en las generales. Advertimos crueles prolegómenos y, a año vista, reviviremos una “batalla de Madrid” previsiblemente pacífica.

 

 

viernes, 4 de mayo de 2018

DEMOCRACIA, PARTIDOS POLÍTICOS Y SOCIEDAD


Democracia es el menos malo de los sistemas políticos, al decir de Winston Churchill. Pudiera ser que, aparte renunciar a la búsqueda -como método inapelable- implicara cierta heterodoxia intelectual. Churchill no supo ver a qué meta puede llevarnos la estulticia o el caos por ella generado. Cierto que una democracia, más o menos tangible, puede conllevarse porque el poder, cualquiera que sea su fuente, tiende a la tiranía, a oponerse al reparto equitativo o generoso de mercedes. No sé los demás, pero yo tengo el convencimiento absoluto de que difícilmente podemos encontrarla en estado puro, con entraña etimológica. Suele mostrarse disfrazada de atributos embaucadores que envilecen su esencia. Nosotros la conocemos “representativa”, justificando necesariamente los partidos como elementos básicos, imprescindibles. Surge la partidocracia, un apéndice maligno a lo que se ve y aprecia.

Inmersos en esta democracia con divergencias sustanciales del carácter original, vemos incrédulos como nos sisan poco a poco un supuesto ya bastante viciado. Pasamos casi inadvertidamente de un sistema de reparto a otro donde una élite acapara cuanto puede hasta el abuso. Eso sí, inundando el sistema, ofrecen, regalan, fórmulas ilusionantes que acaban causando frustraciones. Sin embargo, como el ave fénix cada tiempo, el señuelo renace de sus cenizas y el individuo retoña a la farsa en un rito cíclico e ininterrumpido. El poder, según Robert Michells, lo monopolizan élites concretas que quieren perpetuarlo retroalimentándolo a costa de sociedades apáticas o impotentes. Conforman un régimen de hegemonía e iniquidad admitida.

Se afirma, con mayor o menor acierto, que cada país tiene los políticos que merece. Una vez más, el ciudadano es reo de culpa mientras quien debiera cargar con la indignidad queda exonerado. Padecemos una servidumbre heredada de siglos sin que las últimas teorías sobre el poder, y sus relaciones con los individuos, hayan acotado abusos y miserias morales, aun materiales. Tal vez sean precisas revoluciones cuya metodología haya que ajustar para obtener objetivos ventajosos. Quizás fuera conveniente inhibir nuestro papel de coartada, de justificación, porque -en demasiadas democracias- las sociedades dejan de ser fundamento para convertirse en reliquia de usar y tirar. Probablemente rompiendo el nexo soberanía social-democracia, tuviéramos una acción efectiva mucho más fructífera. Para ello sería preciso usar la estrategia de tierra quemada. Es decir, rechazar toda concurrencia a esos paripés vivificadores denominados elecciones.

El miércoles amaneció un día de profundas sensaciones, duras realidades y experiencias provechosas. Sobre las nueve, empezando la jornada, recibí una llamada aflictiva, plena de dudas e inquietudes. Era mi hijo pequeño (cuarenta y cinco años) que había tenido un accidente de coche en Alacuás, un pueblo cercano a Valencia. Las primeras impresiones fueron duras; otro vehículo invadió su carril y el choque fronto-lateral fue inevitable. Intervino policía local, guardia civil y, al menos, una ambulancia que llevó a mi hijo a la Nueva Fe, un hospital inmenso. Por la cantidad de gente que observé durante las muchas horas que estuve en urgencias, me pareció poco operativo -en consultas externas- dentro de su grandiosidad.

Nos pusimos en marcha otro de mis hijos, mi señora y yo. Desde el primer momento, di con personas extraordinarias, atentas y muy amables. Contacte primero con el ciento doce. De forma rápida y cortés, no exenta de afabilidad, me dieron el teléfono de la policía local de Alacuás cuya atención, a lo largo de dos o tres llamadas que hice, resultó exquisita con las diferentes personas que comuniqué. Terminó el apartado policial con la patrulla que estaba señalando el accidente y cuyo cometido, previo atestado, concluyó cuando la grúa se llevó el coche. Me dio tiempo a darle las gracias personalmente, con el ruego de que las hiciese extensivas a toda la plantilla. En una palabra, insuperables.

Entretanto, una persona instalada en recepción de urgencias de la Fe había comunicado con mi nuera para indicarle el lugar donde estaba mi hijo. Pusimos dirección al hospital y al llegar tuvimos las primeras noticias tranquilizadoras. Poco después fueron llegando el resto de la familia, incluida nieta. El trato amable se convirtió en tónica general dentro del personal adscrito inequívocamente a la sanidad: médicos, enfermeras, celadores. Hago especial reconocimiento de una señora, siento desconocer su nombre, que se tomó como asunto personal mantener a mi esposa, su interlocutora, al tanto de las informaciones que ella conseguía. Así desde la diez de la mañana hasta las seis de la tarde. Extraordinario proceder.

El jueves nos acercamos a Silla, lugar donde la grúa dejó el vehículo. Recogimos la silla de mi nieta y resto de objetos personales. Observamos el deplorable estado en que quedó el coche, un todoterreno que minimizó los posibles daños físicos. Las personas de las grúas, una chica de la oficina y tres señores del taller, entre ellos Carlos, tuvieron un comportamiento ejemplar.

En definitiva, desde el miércoles vengo advirtiendo -por propia experiencia- que el pueblo español, mayoritariamente, tiene políticos más execrables de lo que nos merecemos. Yo no encontré, estos días, ningún ciudadano que fundamente proposición tan impropia e insultante. Ellos sabrán qué les ha hecho convertirse en seres extraños, sin cuna, asociales. Como dijo Goethe: “Los pecados escriben la Historia, el bien es silencioso”.


viernes, 27 de abril de 2018

VERDAD JURÍDICA Y CERTIDUMBRE SOCIAL



Presunción de inocencia es un formulismo jurídico que termina cuando los hechos muestran culpabilidad sin ningún resquicio de duda. El término no disuelve culpa alguna, simplemente le falta cotejo oficial, garantía. Por este motivo, el presunto -visto de forma estricta, rigurosa- recibe a menudo resolución condenatoria por parte de una sociedad que impide escapismos groseros. Hay momentos, circunstancias, en los que la suma de detalles indiciarios justifica ciertos criterios allende el protocolo. Tal vez aniden aquí las reflexiones para una sociedad dispuesta a alejarse de principios jurídicos que ofrecen seguridad, pero también posibilidades de transgresión gratuita. Pecando de ingenuidad solemne, querría ver a nuestros políticos juzgados con normativa similar a aquella que sirve de base a la Ley contra la Violencia de Género. De esta guisa, el ciudadano (como justiciable débil) quedaría asistido incluso restituyéndole codicias delictivas. 

Como digo, la presunción no es -por necesidad- fuente objetiva de inocencia. Significa solo un paréntesis ritual. El individuo, bien a título personal bien miembro pleno de una sociedad vertebrada y democrática, tiene el derecho a expresar su parecer. En suma, más allá de cualquier proceso judicial, debe usar su soberanía irrecurrible. Estoy convencido de que semejante planteamiento intimida a cualquier sigla sin excepción. Es prueba redundante de que temen menos a las resoluciones judiciales que a los modos sociales. Quizás a los dos por igual: nada. ¿Tiene este escenario ocultas especulaciones? ¿Demuestra o previene parcialidad, amiguismo, trato exquisito, entre jueces y políticos? Ni afirmo ni niego, pero no se me ocurrirá poner la mano en el fuego.

Decía Theodor Heuss: “Quien siempre dice la verdad, puede permitirse tener mala memoria”. Ignoro si la frase es un digno elogio al virtuoso o una caricatura fiel de los políticos patrios, extraños a retentivas y evangelios, pero hartos de patriotismo putativo. Me inclino por el segundo supuesto. Tenemos motivos de sobra para juzgar a nuestros prohombres no solo de farsantes, sino (encima) cortos de memoria. Y eso que hubo uno con ínfulas suficientes, suicidas, para recrear la memoria histórica; olvidada, arisca y algo sinuosa. Los actuales tiempos son exuberantes en sandios de tomo y lomo. Es necesario ceñirse a los “actuales” porque de los “primeros” no somos testigos presenciales y hay mentes que únicamente disciernen la Historia al amparo de vivencias personales. “Creo aquello que veo” es vicio bíblico y alegato laico, arrogante, al crédito de quienes se han molestado -con esfuerzo- transmitir lo que escapa a la divulgación oral.

Axioma es proposición que no necesita trámite ni apoyatura para su veracidad; es la verdad en esencia. Equivale a confirmar que cualquier político, ante supuestos ilícitos, se rearma invocando sentencia firme. No le sirve la ortodoxia pública o publicada, se deja llevar únicamente por fallo oficial. El juez para ellos, más allá de garantizar justeza y justicia, es su tabla de salvación, su último refugio. Primero porque, a veces, los veredictos son tan lentos que cuando se realizan han prescrito incluso para una sociedad olvidadiza, tal vez melindre. Pudiera ocurrir, en segundo lugar, que la certidumbre social ocupara el extremo opuesto de una lógica jurídica garantista, a lo peor amaestrada. Los políticos, con grave error crediticio, abrazan casi siempre la bondad de las sentencias judiciales. Advierten el callado rigor del examen popular. Rebasado este, aquel constituye pellizco de monja por oneroso que resulte.

Disponemos de ejemplos para todos los gustos. Si salvamos el delirio catalán, melodramático, desgarrador (al carecer de asiento y leyes normales), los demás casos fijan el enfrentamiento, al menos cronológico, entre juicio público y respuesta jurídica. Lo habitual es que la sociedad, además de responder rápido, acopie recelos viscerales a poco que tenga vestigios. La justicia, con el aura de serenidad que representa esa balanza equilibrada y equilibradora, se gana al político temeroso. Quizás la venda, en estos tiempos turbios, resulte una prenda inútil, incómoda, casi insultante. Podemos es la sigla tratada con mayor benevolencia o menor rigor por jueces y medios. Como reparación, recibe un rechazo social insuperable. La gente tiene plena certidumbre de lo que sería España, sus gentes, con ellos en el poder.

Ayer, escuché a un representante socialista que Ciudadanos debiera apoyar una hipotética investidura de Ángel Gabilondo para restaurar un gobierno “decente” en la Comunidad madrileña. Aparte un desenfreno ético, ofrece, en toda su desnudez, la tesis que vengo abonando desde el epígrafe. La verdad jurídica, apriorísticamente, notifica la corrupción sistémica del PP y el aliño del PSOE. Sin que la certidumbre social, en este trámite, difiera demasiado de aquella verdad jurídica, no parece que el PSOE salga ileso. Lo predicen las encuestas con intención de voto, pese al deterioro infligido al PP por la señora Cifuentes y que le sigue infligiendo el señor Rajoy.

Porque, vamos a ver, ¿aplica don Mariano de manera correcta el artículo ciento cincuenta y cinco? ¿Quién organiza el caos que exhibe un ejecutivo sin control? ¿Por qué se acepta el voto delegado de diputados huidos? ¿Qué hay tras los pactos con el PNV para aprobar los presupuestos, además de la subida impuesta de las pensiones? ¿El PNV peleando por los españoles? Estos interrogantes, y otros al alcance de cualquier ciudadano observador, escapan a la verdad jurídica pero no a la certeza general. Sospecho que los expertos en dinámicas sociales tengan las respuestas que esta caterva de timadores no saben, o no quieren, apreciar. Más aún; y entresaco uno entre mil. Sobre el latrocinio del Banco Popular, no hay verdad jurídica; no obstante, es unánime la certidumbre social.


viernes, 20 de abril de 2018

CÓMPLICES O CRETINOS TEMERARIOS


Tenía ya colocada en la rampa de salida “Verdad jurídica y certidumbre social” para diseccionar másteres, licenciaturas, doctorados y otros honores logrados con deshonor. Pero, hete aquí que llega Montoro y la lía parda. Sin ton ni son, suelta una bomba cuyos efectos es pronto todavía para cuantificar. Va el buen señor y dice: “El 1-O no se gastaron fondos públicos”. Tal mensaje lleva aparejada una gravedad especial porque surge enmascaramiento oficial de la verdad. Si semejante imprudencia tuviera como vocero otro ministro, quedaría margen para el retoque, tal vez apostilla más o menos admisible, quizás desautorización firme. Sin embargo, don Cristóbal se cargó maniobra y crédito de un ejecutivo bastante objetado. Asimismo, dificulta la extradición ridiculizada del reo Puigdemont

Antes de entrar en materia, me gustaría lucubrar sobre ciertas cuestiones veladas u oscuras absolutamente. El 1-O es la fecha clave, pero antes y después se exigen infraestructuras, colectivos con necesidades, procedimientos, herramientas e intendencia compleja. Aun suponiendo ayudas personales impregnadas de altruismo solidario, servicial, patriótico, se necesita dinero. Este pequeño obstáculo diluye todo romanticismo dadivoso al fluir, contaminante, el prosaico y áspero horizonte terrenal. Llegados a este punto negro, irrenunciable, el referéndum delictivo supuso un dispendio de millón novecientos mil euros, según la policía judicial. ¿Salió de algún bolsillo benefactor? Parece poco probable. ¿Entonces? Que cada cual responda a su gusto.

Ignoro cuáles son los derroteros de este gobierno, qué política de altos vuelos o proyectos rompedores auspician mentes preclaras, amén de cuántos objetivos rigen sus pasos y velas nocturnas. Más allá, encontramos la ocurrencia; esa estrategia incomprendida del señor Rajoy que, con toda seguridad, ni siquiera su almohada conoce a ciencia cierta. Pero no maneja los tiempos, como se dice; apuesta, confiado, por la eventualidad irracional del azar. Luego viene el acierto acompañado de alborozos masivos, agasajadores, o el error envuelto en silencios inquietantes, desestabilizadores, vergonzosos. Es el hombre de la callada por respuesta, adalid de la evasión. Domina como nadie el engaño, ese trasteo artístico que le permite transferir -o eso cree- la inmundicia a chiquero ajeno. Lleva tres años, quizás cuatro, embaucándonos con la conducción de la crisis catalana. Solo él ha sido capaz de subsumir el poder ejecutivo en una judicatura (Constitucional, sobre todo, y ordinaria) a la que inopinadamente revistió de ineficaces competencias ejecutorias.

Es indiscutible que el problema catalán tiene veneros lejanos, consentidos. Ahora PP y PSOE, con mayor o menor vehemencia, parecen celosos constitucionalistas. En el fondo, jamás lo fueron. Toda terapia exige celeridad para abordar cualquier lesión detectada. Es curiosos que el ejecutivo, a cuyas órdenes existe incluso un CNI, no supiera ver ciertas anomalías de dominio público. Adoctrinamiento beligerante, ignominioso; exigencias descabelladas, atentatorias a la soberanía nacional; desafueros económicos admitidos; arrogantes aspiraciones de bilateralidad, etc. etc. no merecieron ninguna censura firme, aclaratoria. Incluso se permitieron el lujo de organizar una consejería de exteriores. Entre tanto, don Mariano y el FLA (Fondo de Liquidez Autonómica) permitiendo gestos y gastos.

Llevamos años comprobando cómo el Tribunal Constitucional dicta sentencias contra las ilegalidades catalanas que el “govern” desoye, incumple, y el ejecutivo -entusiasta- hace la ola. Sobre educación y derechos paternos lleva decenios haciéndose el antojo de la respectiva consejería sin que nadie, verbigracia el ministro de Hacienda, haga nada. Victimismo intrigante y complejos gubernamentales han alimentado el engendro que hoy es imposible domeñar. Fuera de aspavientos artificiosos, histriónicos, solo caben dos salidas: independencia o enfrentamiento civil. Se ha llegado a un extremo sin retorno. Probablemente veamos el choque que significaría la peor opción. Cualquier salida juiciosa es imposible porque su plazo ya ha pasado.

Estas reflexiones no las hago al albur. Analizo la aplicación del artículo ciento cincuenta y cinco y el escenario no puede ser más desazonador. Se permite todo: emolumentos a los diputados fugitivos; un parlamento rebelde, patético; unas consejerías sin alterar sus respectivas gestiones; una TV visceralmente independentista, manipuladora, etc. Solo han cambiado los prebostes, encarcelados o prófugos, por obra y gracia de los jueces bajo cuyas riendas, solo las suyas, se intenta mantener una España unida. Vista la farfolla, el gobierno ni está ni se le espera. ¿Del PSOE qué? Como dijera la canción, del PSOE na.

Deberíamos rechazar aquella respuesta tan vejatoria que dio el tribunal de Schleswig-Holstein a la euroorden del juez Llarena. Con todo, tras esa negativa insólita, don Mariano alabó el comportamiento “virtuoso” del gobierno alemán (hasta Felipe González expreso la “impertinencia arrogante” de la ministra Katarina Barley). Encima piden información complementaria, en extraña providencia, para estudiar la extradición solo por malversación. En esta coyuntura apareció el lenguaraz Montoro corrigiendo las tesis del juez. ¿Cómo puede ser tan inoportuno? Por su lado, Zoido coloca a dos independentistas para dirigir la escuela de Mossos. Estúpido es quien comete estupideces.

Por fas o por nefas, el gobierno central se empeña en exteriorizar cierta seducción, complacencia, tal vez complicidad, con el tema catalán. Parecerá increíble, pero los ciudadanos lo advierten y los hechos constatan los peores presagios. ¿Implicará alta escuela política? ¿Será, como en otras ocasiones, empezar un fuego para apagar otros? Quizás constituyan estrategias de largo alcance y difícil visionado. Vete a saber. De momento, me mantengo en mis trece: son cómplices del independentismo o cretinos temerarios.


viernes, 13 de abril de 2018

LOS BUENOS MOMENTOS


Hace años que vengo tomando nota, mental o física, de lo acontecido durante la semana. Constituye mi germen para el análisis. Son escasas las veces en que aparece alguna noticia capaz de despertar esperanza, ilusión. Generosidad, paz, sensatez, decoro -entre otros- son vocablos en desuso, casi desaparecidos. Hoy, la vida acuña diariamente deslealtad, egoísmo, capricho, injusticia, sinrazón. No movemos en bucle infernal, vicioso, tal vez miserable. Luego, a nivel más o menos íntimo, nadie estamos satisfechos, querríamos que todo diera un giro radical, compensatorio. Aparece entonces esa impotencia desapercibida por esquivar lo obvio. He aquí la razón que exhiben quienes abandonan toda inquietud político-social. Cierran los ojos ante lo que les disgusta y apelan a la huida como solución más ventajosa o menos nociva.

Es fácil encontrar familiares o amigos que confiesan sin reparo el tedio que les produce ahora la política, ora hecho cotidiano, ora debate mediático. Este, solo cuando las emisoras respectivas pudieran considerarse refractarias, ya que el espectro se encuentra nítidamente perfilado. Incluso se niegan a ver determinadas cadenas; es decir, les incomoda determinadas defensas o críticas. Nos topamos, encima, con el dogmatismo que brota bravío en cualquier espacio doctrinal. Dicho entorno no resta, suma argumentos a las actitudes perversas, irracionales. Si escondemos la cabeza, es imposible responder a cualquier agresión porque desconoceremos su procedencia. Yo continúo justificando la abstención como exclusivo medio para exteriorizar nuestra soberanía y su legitimación representativa, nada convincente.

Es verdad que ni nosotros, quienes estamos a pie de obra, ofrecemos solución a conflictos analizados y expuestos en todo su rigor. Personalmente, imagino el grado de frustración a que pueda llegar cualquier ciudadano lego en la complejidad política y precedentes históricos. Conocer una anatomía, aun en grado superficial, evita sorpresas cuando vemos desarrollo y pautas futuras. Incluso asumiendo la realidad, creo que a todos nos queda cierto resabio de ultraje, de asco. En ocasiones, el conocimiento empírico, las mochilas vitales, deben servir para erosionar los ejércitos de terracota. Asimismo, aunque la sangre por estos lares hierve a temperatura ambiente, curémonos de insensibilidad, pero no de espanto.

Cada semana me obligo a pormenorizar, a entresacar, las noticias que llaman mi atención para luego basar en ellas el análisis pertinente. Sobresalen -si no son únicas- las que causan inquietudes o sobresaltos con difícil, cuando no nula, salida. Este trasiego indefinido, menesteroso, genera elevadas dosis de desesperanza, hartazgo e inseguridad sociales. Si al profano le aburre tanta indigencia política, es imaginable qué sentimientos aflorarán en quienes llevamos tiempo divulgando semejantes coyunturas. Sin embargo, nosotros desconocemos el verbo desfallecer; una fuerza oculta -prurito o servidumbre, entre otras veladas- exige airear permanentemente las impresiones de nuestro examen.

El pasado lunes, Pedro Sánchez a propósito del enredo Cifuentes dijo. “El señor Rivera tendrá que demostrar si su partido nació para regenerar la democracia o para encubrir las mentiras del PP”. Cualquier analista sabe que ese estallido verbal tiene la misma energía que una bombita de bebé en fallas. No obstante, al inexperto le retuercen los intestinos (para ser correcto) si fuere simpatizante de Ciudadanos. Estos ataques -provenientes de todas las siglas y divulgados por medios audiovisuales afines- crean un clima de rechazo total en los ubicados al otro extremo. La gente no distingue los brindis al sol ni el tono, más bien desentono, electoral cargado de propaganda con elevadas dosis de agitación.

De parecido jaez son las infinitas maniobras que hacen muchos políticos para crearse un currículum falso. Aquí se toleran salidas de bombero, con perdón, pero las mentiras pueden enterrar carreras políticas notables. Son conocidas “realizó estudios de” que, sin mentir, excitan la imaginación dispensando licenciaturas o doctorados postizos. Sabemos el caso de doña Cristina que le costará la presidencia madrileña. Pero… ¿y el caso de José Manuel Franco? Permitió durante ocho años que apareciera en su CV una licenciatura ficticia. La explicación posterior le dio la puntilla: “Donde no había ninguna irregularidad es que yo he sido profesor de matemáticas”. Si, hijo, sí. Una cosa es dar clases de matemáticas a amigos, vecinos, conocidos y otra, muy distinta, “ser profesor” que implica estar en posesión del título preceptivo. Cifuentes, desde un ámbito político, ha mentido con orgullo mal entendido y usted con jeta. Objetivamente, deben irse los dos a casa, pero usted aguantará porque se nutre con ética de quincalla.

Podría relatar cientos de mentecateces como la querella presentada por el Parlament contra el juez Llanera por “golpismo togado”, las “lagunas” de Griñán, las inacabables fechorías de unos y otros, las virtuosas lecciones éticas de presuntos -y no tanto- delincuentes. Quiero centrarme en algo realmente grave que viene ocurriendo con demasiada frecuencia sin que por ello nadie ilumine la escena. Me refiero a diferentes manifestaciones sin calibrar el alcance real. “Presos políticos”, “Estado totalitario”, etc. Hoy, las palabras del diputado Campuzano: “El Gobierno solo contribuye a crear un peor clima social en Cataluña”, sugiriendo la falta de independencia judicial. Quiérase o no, además de nutrir más allá de nuestras fronteras ciertas opiniones extrañas, oscurantistas, esta afirmación incita (una vez más) a la revuelta social. El aforamiento no puede constituir impunidad total.  

Tengo siete nietos, desde una chica (María), con casi diecinueve años, a otra (Daniela) que cumplió hace cuatro días los dieciséis meses. Por circunstancias, no gocé plenamente como padre y no quiero que me pase igual como abuelo. Ahora bebo los vientos por la pequeñaja hasta el punto de abandonar el miércoles pasado la partida de dominó -sagrada- por verla. No menciono lo dicho a humo de pajas. Yo también me cabreo con estos estafadores, pero menos porque conozco el paño. Lo verdaderamente útil, con palabras populares de mi tierra conquense, es mandarlos a hacer “chorras”, olvidarse de ellos y dedicar a familia y amigos los buenos momentos. Que estos sinvergüenzas no nos roben, al menos, ni alegrías ni tiempo. Hoy por hoy, no se lo merecen.