viernes, 6 de abril de 2018

PAÍS ASISTIDO Y GOBIERNO DESCABEZADO


Rechazo cualquier afirmación rotunda, pues frecuenta poca verdad e inflado populismo. Dado su histórico arranque debería negarme a concretar quien adujo, ahora, tan insensato venteo. Empezaré por decir que los protagonistas de tan sorprendentes conclusiones son políticos o cercanos en ejercicio. Ignoro si sus capacidades intelectivas superan la media o nos hemos topado con un gremio turbulento, atiborrado de lastre. Yo, pobre consignatario de palabras y hechos, entresaco, expongo, tal vez enfoque, los que llaman mi atención; tanto por interesantes cuanto por absurdos. El aprendizaje necesita razones, rudimentos, que sean paradójicos, divergentes, incluso algo desatinados. Solo así aprestaremos las herramientas idóneas para llegar al fondo de las cosas.

Vicent Sanchís, director de TV3, se dejó decir: “Cataluña continúa manteniendo a España fiscalmente. La única alternativa es la independencia”. Semejante verdad a medias y arbitrario colofón, implica que dicha Comunidad, previo al sueño, mantiene con vida económica al resto del país, cual gotero oportuno y vivificador. Olvida que su mayor contribución corresponde al IVA que recaudan empresas con domicilio fiscal en esa Comunidad y que abonan todos los españoles. La experiencia muestra que solo un planteamiento, más o menos quimérico, ha forzado la huida de miles de compañías a otras Comunidades. Este hecho inequívoco disminuirá notablemente su participación fiscal. Si la independencia fuera una realidad, Cataluña -perdón, la república catalana- terminaría siendo un espacio económicamente exiguo y un país rechazado. ¿Atomizar la UE? El endeble globo del aturdimiento explota antes o después.

Un gobierno superado por los acontecimientos, y por una oposición antipatriota e insensata, siente la necesidad imperiosa de oponer mensajes o eslóganes repletos de similar desatino. Así, algún representante oficioso insiste en afirmar que el “procés” está descabezado. Otra media verdad con parecida sustancia a la del párrafo anterior. Hay, sin embargo, una gran diferencia. El señor Sanchís puede expresar lo que le venga en gana expuesto solo a la mofa colectiva. Nuestro gobierno no puede caer en aserciones inconsistentes, falsas, porque daña el crédito español. Semejante detalle constata que los políticos ejercen su personal y mísera representación. Ninguno merece un mínimo de reconocimiento ni lealtad, aunque todavía no se haya envilecido al saborear las mieles del poder. 

Si el director de la, siempre polémica, TV3 cree que Cataluña es el tónico de España, especula que estamos sufriendo una septicemia mortal. Pese a la poca solvencia, no tengo reparos en aceptar cuánta razón lleva al suponerlo indirecta y lamentablemente. Lo que calla de forma ladina es la notable infección aflorada por bacterias catalanas. Podríamos citar otros miles de casos extremos, pero voy a detenerme en alguno significativo, amén de irrelevante. Como ejemplo nada extraño, Pedro Sánchez. Piloto audaz, látigo incansable, de las pensiones públicas, parece tener un plan privado que supera los ochenta y cinco mil euros. Predicar con el ejemplo constituye una merma impresa a fuego en el político de turno.

A estas alturas, la gente, el populacho, se pregunta quién sufraga los costosos dispendios originados por los “exiliados” del “procés”. Hacienda tiene respuesta a la madre del cordero. Asegura que el “govern” controló cuatro mil millones de euros públicos en pleno golpe. Se debieron a la emisión de deuda autonómica comprada por bancos concretos. Tal noticia explica de dónde sacan para tanto como destacan. Aunque pase desapercibida, esta nocturnidad y alevosía, además de los matices probatorios, sugiere una circunstancia agravante que el juez instructor deberá contemplar.

Luego surgen veleidades procedentes de personas frívolas, huecas, necias. Forman la élite que entretiene, divierte y redime a quien brega con denuedo para mantener a aprovechados y sinvergüenzas. Los últimos días son ricos en anécdotas. Una, propia del bombero torero, tiene pinta de convertirse en trascendente. Empezó chorrada y va a terminar como Cagancho en Almagro, según las crónicas taurinas. Se trata del máster de Cifuentes. El Diario punto es publicó las divergencias entre presunta realidad y lo revelado a propósito del máster de la presidenta, años atrás. Prurito y porfía va a terminar con dimisión o cese forzado de doña Cristina porque una pequeñez la han convertido en alimaña sanguinaria. 

Existen también esperpentos, impropiedades, celos, quisicosas. Ocurrió la misa de Pascua entre una princesa, una reina y otra reina abuela que sufrió los insolentes modales de las anteriores. Nadie duda no ya del hecho sino de su alcance. Es un síntoma irrefutable de cierto olor a podrido, de ultraje consuetudinario. España lleva mal camino, al menos una trayectoria incierta. Y no se ven visos de reflexión ni cambio en el horizonte inmediato. Antes bien, vamos lentos pero derechos a parajes ya conocidos y de atroz localización.

El gobierno, a mayor gloria, acrecienta la gravedad actuando de forma irresponsable y siniestra. Tras adosar la crisis a las espaldas de la clase media sigue un maltrato inexplicable y letal. Depauperada, mísera, recibe golpes e injusticias de un gobierno que parece la madrastra de Cenicienta. Mientras nos ahoga con impuestos para mimar a golfos, permite -verbigracia- la preinscripción solo en catalán desoyendo a quien quiere la enseñanza en castellano. ¿Pues no rige el artículo ciento cincuenta y cinco? Permite, sin objeciones, que el señor Torrent acepte el voto delegado de Puigdemont (medio perdonado por un tribunal alemán, que tiene guasa) en el Parlament. Todo ello al inicio de un nuevo periodo fiscal, banderillas de fuego para una sociedad al límite de la paciencia. Encima, surge la noticia de que el gobierno ha de perdonar ciento noventa mil millones de deuda autonómica y municipal. ¿Saben quién la pagará al final? ¿Dónde se encuentra la justicia y sensatez de este gobierno? No me extraña que un abogado catalán termine por sugerir, justo al contrario de EEUU, que Cataluña es una nación sin Estado. Qué pena de gobierno y oposición.

Permítaseme el inciso. Acabo de escuchar un dislate infinito. Monedero, suelta: “La facultad de políticas de la Complutense ha venido a actualizar la política española”. Se necesita un par para semejante osadía, juzgando frescas -con inconmensurable cinismo- ciertas tesis político-sociales y económicas del siglo XIX.




viernes, 30 de marzo de 2018

POLÍTICA, ENIGMA Y PARIPÉ


Permítaseme, aunque sean tiempos de fe y espiritualidad, que -yo, nada religioso- analice el prosaico fluir de una vida material cuajada de penas y glorias. Definir política plantea tantas dificultades como presenta su compleja actividad. Concepto y práctica revelan cierta vehemencia (no siempre obvia) pero ocultan con cinismo una tosca falta de ética. Suele decirse que política es el arte o acción por el que una sociedad libre resuelve los problemas que plantea la convivencia colectiva. Seguramente ese sea el objeto, pero ambos vocablos, política y práctica, quedan cortos, confusos, a lo peor yermos, porque nadie quiere atribuirse apéndices o atributos que pudieran entenderse reseñas rentables e interesadas. Esto les conduce a arrostrar el rigor hipócrita de lo políticamente correcto, quizás incorrecto por aflicción, acomodo o incertidumbre.

Decía Tagore: “No es tarea fácil dirigir a hombres; empujarlos, en cambio, es muy sencillo. Si ya es humillante someter la palabra a los dictados de quien quiere viciarla, asearla para legitimar oscuras maniobras resulta amoral e indecoroso. Los partidos que ostentan el poder desde mil novecientos ochenta y dos, lo vienen haciendo. Son los únicos culpables del atropello iniciado por aquellas fechas. Se sabe que las dinámicas sociales raramente se mueven a la velocidad de estímulos más o menos seductores. Poner la masa en marcha, emplea parecida energía que para luego frenarla. He aquí la razón de un adoctrinamiento sólido, consistente, sin sacrificar tiempos ni tácticas oscurantistas.

Algunos vislumbran supuestos, calificados por el común de oníricas lucubraciones, que los hace víctimas del presente y del futuro. Mantengo la tesis de que el escenario actual se debe al proceder del nacionalismo catalán, permitido desde el gobierno central. Sostenemos una Ley Electoral a medida que permitió, años atrás, cebar poco a poco el engendro que nos desafía hoy. PSOE y PP impulsaban una política ajustada a intereses partidarios -aun personales- para lograr un poder de cuotas, de reparto. Quizás hubiera bastado con modificar la Ley, pero rechazaron tal recurso para no ver mermadas sus expectativas electorales. Ninguno estaba dispuesto a sustituir el modelo favorable. Se conformaron con lo “malo conocido” evitando lo “bueno por conocer”.

Enigma, en su acepción segunda, significa realidad, suceso o comportamiento que no se alcanza a comprender, o que difícilmente puede entenderse o interpretarse. Cataluña ahora se ha convertido en un enigma de consecuencias impredecibles. Conjeturo que el statu quo internacional desaprobará cualquier iniciativa secesionista porque las consecuencias pueden traer desequilibrios indeseados, alarmantes. No obstante, y considerando que “nunca falta un roto para un descosido”, jamás saboreemos un manjar antes de catarlo. Existen pocas dudas respecto al pronunciamiento de la UE, pero otros países, sin adscripción, e instituciones con afectos cruzados, tal vez indefinidos -quién sabe si promiscuos- son capaces de introducir quimeras donde, objetivamente, la realidad es incontrovertible.

El independentismo queda hipnotizado, levita, mientras la ONU acepta a trámite una denuncia que interpone Puigdemont “por vulnerar sus derechos”. Dos cuestiones. No seré yo quien cierre los ojos ante determinadas resoluciones efectuadas por dicha institución internacional, así como el papel desempeñado en diferentes conflictos. Pero, ¿puede considerarse democrática, justa, impoluta, cualquier organización donde cinco países tengan derecho a veto? Asimismo, admitir a trámite una querella no entraña sin remedio fallo favorable; simplemente hay indicios a considerar. En el fondo, solo es un protocolo mecánico.

Menos de veinticuatro horas después de ser detenido Puigdemont, Cataluña se convirtió en territorio rebelde, entregado a desórdenes e ilegalidades. La televisión plasmó los enfrentamientos entre manifestantes y policía autónoma próximos a la Delegación de Gobierno en Barcelona. Era notable, proverbial, la “inofensiva”, “pacífica”, agresividad de supuestos CDR (Comités de Defensa de la República). También cortaron carreteras y vías de especial tránsito. Dichos cortes se sucedieron a lo largo de varias jornadas con enfrentamientos varios y variopintos. El espectáculo era deplorable, clarificador y pernicioso para la imagen de Cataluña. Pregunto qué prioridades defienden estos aguerridos ciudadanos.

Desearía saber el brebaje dado por Puigdemont a los independentistas para absorberles el seso. ¿Cómo un personajillo tan incoloro, inodoro e insípido, puede arrebatar mentes y voluntades del gentío? Son legión quienes tras estos y otros sucesos le siguen aclamando presidente legítimo. ¿Es posible tanta necedad? Ya lo vemos. Hasta el presidente del Parlament asegura: “Ningún juez puede perseguir al presidente de todos los catalanes”. Semejantes manifestaciones tienen porte de morbosa anormalidad. Sin ton ni son, Sair Domínguez (TV3) dijo: “La república no se construye con lacitos y manifiestos sino con sangre y fuego” ¿Acaso estas palabras esquivan el ilícito penal? Mutismo.

Paripé significa fingimiento, simulación o acto hipócrita. Tal definición casa perfectamente con la aplicación del artículo ciento cincuenta y cinco; mejor dicho, con la no aplicación. ¿Qué eficacia se consigue si cesan al presidente, consejeros y a alguno más apartado por el sistema de pinto, pinto, gorgorito? Han dejado intacta la infraestructura gubernamental, los mossos y la televisión catalana. Es decir, un perfecto paripé. Cierto que Rajoy apechuga con una oposición que defiende a capa y espada las tesis contrarias, incluso contra intereses nacionales. Pobre Sánchez y pobre PSOE inmersos siempre en el paripé. ¿No haría mejor dejar que Rajoy se ahogara en su propia salsa? Esta táctica aneja al “no es no”, hará que el PP (Partido Picaresco) aliente una nueva legislatura. 


viernes, 23 de marzo de 2018

DEMOCRACIA AD HOC Y DEMOCRACIA SUI GÉNERIS


A propósito del confuso master de Cristina Cifuentes, he oído a Rafael Mayoral decir algo así: Espero la respuesta de los naranjas de Aznar. El acento era insolente, tramposo. Huérfano de proyectos netos, propuestas, planes de actuación para conseguir el bienestar ciudadano, dicho individuo (a la postre aforado y favorecido con sabrosas subvenciones) pretende desprestigiar al rival. Cierto que los políticos parecen sacados de aquella cosecha clónica imaginada por Huxley en “Un mundo feliz”. Sin embargo, hay cumplidas diferencias; sobre todo de estilo. Jamás escuché a nadie -probablemente pudiera hacerlo con sobrada motivación- mencionar a “los discípulos bermellones de Maduro” o, el apurado, “los epígonos de Stalin”, verbigracia. Menciono tales alusiones porque serían el prólogo ideal, inesperado, del epígrafe. 

Asimismo, el periódico de Ignacio Escolar publica pantallazos que abordan un trato de favor hacia la presidenta de Madrid. Visto lo visto, arrojan pocas dudas sobre extraños manejos, al menos. Actuar así confirma la existencia, incluso esencia, de una prensa libre pese a apreciaciones ruines, sectarias, antipatriotas. Además, debe ser objetiva, ajena a cualquier límite o nutriente maniqueo. Caso contrario, se convierte en medio inmundo, éticamente pobre, manipulador. Estoy convencido de que esta señora no es la única isla en el inmenso océano que constituye tan insólita tropa, según clamó con añadido grosero el conde de Romanones. Don Ignacio -a lo que se ve- opina que dicha turba o revoltijo se agita solo en determinadas aguas ideológicas. Salva, a contrario, otras que merecen su bendición, no sé si urbi et orbe.

“Ad hoc” es una proposición latina, de uso frecuente, que significa estar especialmente diseñado para un fin concreto. “Sui géneris”, también de origen latino, en su primera acepción significa peculiar, que no coincide con lo que designa. A la segunda acepción le acompañan original, estrafalario.

Democracia ad hoc implicaría, por tanto, una consideración positiva, digna, hacia el ciudadano. Sin duda, se refiere a ese sistema genuino dentro de las múltiples formas en que puede revestirse. Tanto que, desde un punto de vista estricto, no hay ni hubo un español capaz de garantizar haber vivido democracia de tales características. España vivió cortos periodos, salvando el actual, en los que el ciudadano tuviera siquiera el protagonismo protocolario. El primer periodo plenamente democrático llegó con el advenimiento de la Segunda República donde se aprobó el voto femenino pese a la negativa del PSOE. Estos cuarenta y tantos años desde la muerte de Franco, conforman el mayor periodo de liturgia democrática, no de democracia porque ella encarna derechos no gestos artificiosos, fraudulentos.

Analizando los siglos XIX y XX, resulta quimérico encontrar un decenio seguido de plenitud liberal. En el XIX acontecieron al menos ocho pronunciamientos, pasados los veinte primeros años. Si excluimos los cinco del reinado de Amadeo de Saboya y los veintiséis borbónicos, calculen cuánto duraron los sistemas democráticos más o menos reales. El siglo XX trajo cinco años, correspondientes a la Segunda República, y cuarenta actuales de los que solo cuatro (Suárez) se asemejaron a una democracia verdadera, aunque vigilada.

Felipe González, supo aprovechar rencillas políticas a la vez que atormentadas avideces sociales y se hizo con el poder absoluto. Creo que este fue el inicio de la “democracia ad hoc”, pero adulterando peyorativamente sus fines. Mataron a Montesquieu, maniataron los medios e impusieron el inmovilismo: “Quien se mueva no sale en la foto”. Del Digo pasaron al Diego y promovieron empresas públicas cuyo objetivo silenciado era intensificar un nepotismo en ciernes. Por necesidades del guion, empezaron a conceder réditos demasiado onerosos a los nacionalistas, enmascarado por entonces su ancestral independentismo. Al fondo, podía apreciarse en ciertas autonomías un afán de consolidar riquezas y transferencias que, al final, facilitarían -así lo percibe su insano juicio-la segregación definitiva. El resto del país asumió el papel de hetaira abonando cama y oficio. He aquí el venero supremacista o preeminente del soberanismo catalán.

En silencio, de forma sigilosa, vino lo que conocemos. Inadvertidamente se consolidó la “democracia sui géneris”, esa que es cualquier cosa menos democracia. El ciudadano pasa a ser contribuyente, siervo fiscal, con apenas derechos (porque son muy caros) más allá del pataleo. Entre tanto, políticos y afines campan casi impunes henchidos de privilegios y adscritos a abusos múltiples. Nada nuevo bajo el sol debido a la pobreza moral e intelectual que despliega tradicionalmente el individuo patrio. Sometidos a un estilo grotesco, resulta inevitable aquel estigma ambiguo considerado tópico tiempo atrás: “España es diferente”. Pudiera apreciarse frase panegírica, pero no; llevaba una carga despectiva con justeza y justicia.

Sin necesidad de escarbar mucho, nos topamos con miles de muestras que plasman lo dicho. En la cocina inmediata encontramos sobrados ingredientes tópicos, privativos. El tema catalán, que antes provocaría vergüenza, se ha convertido en esperpéntico, irrisorio. Pecan políticos descerebrados, necios, paranoicos. Peca un gobierno impertérrito, estéril, cobarde, acompañado de una oposición con escasa legitimidad para albergar tal término. Un país se gestiona por la acción vertebradora, conjunta, de gobierno y oposición. Aquí no, aquí la oposición ejerce de Penélope deshaciendo lo tejido con anterioridad. Damos pasos, gastamos energías, pero no nos movemos.

Ciudadanos y Podemos, esas siglas que -en propia confesión de Podemos- vienen a limpiar la vida pública, empiezan a pringar antes de asar. El patio presenta irregularidades continuadas, extremas. Lo verdaderamente triste, sin restar gravedad a lo expresado, son los atributos del individuo español: inculto, cándido, necio, irreflexivo…. Esperando el autobús, un señor mayor (tras echar pestes contra Rajoy, la derecha y -matizando- la izquierda) defendía aguerrido a aquellos dos partidos inmaculados. Algo ya visto y oído; pasamos de uno a otro extremo sin solución de continuidad. Aprecié, no obstante, cierta querencia por Podemos. Sirva el ejemplo como prueba indiscutible, empírica. Este episodio evidencia que nos hemos ganado con honores esta maldita democracia sui géneris.


viernes, 16 de marzo de 2018

PRECISAMOS ÁRBITROS QUE ORDENEN ESTE CAOS


El hombre, desde que tiene uso de razón, se hace una pregunta de forma consciente o inconsciente. ¿Qué es la vida? Tras milenios de honda reflexión sigue sin encontrar respuestas satisfactorias. Filosofía y literatura intentan acercarse al enigma, pero solo consiguen circundar el interrogante. Abrigan pocas probabilidades de vencerlo dejando su entraña al descubierto. Semejante coyuntura impulsa al individuo a describir diferentes manifestaciones que, siguiendo a Husserl y su fenomenología, es lo único que consigue apreciar. Surgió así el teatro y, más tarde, el cine; veneros de una realidad difuminada. 

Con buena lógica, todo ciudadano ansía resolver como sea aquellos aspectos que le producen sorpresa, inquietud o indignación. Los últimos tiempos vienen repletos de visiones tremendistas, de intenso desasosiego social, aunque (pese a hechos recientes) sean casos que proliferan en América. Me refiero a los secuestros donde -en sus diferentes versiones- surge soberbia la figura del negociador, aliento policial para familiares. Tanto es así, que de mil novecientos noventa y siete a dos mil catorce se han realizado cuatro filmes con dicho título: el negociador. Al crimen, al desorden, se opone el rigor del experto que procura zanjar situaciones anómalas y delicadas. Constituye la gestión definitiva antes de llegar a un lamentable final.

De parecido modo, nuestro país vive hoy cautivo por constantes extravíos políticos, económicos, mediáticos e institucionales, cuanto menos. No obstante, por estos lares de histeria político-social, todavía vemos distantes estos personajes interpuestos pese a cabalistas de chistera o apocalipsis. Necesitamos -diría sin prisas, pero sin pausas- alguien (individual o colectivo) capaz de equilibrar, armonizar, tanto guirigay. Me pregunto cómo hemos llegado hasta aquí y obtengo la misma incertidumbre que introdujo la pregunta del primer párrafo. Conocemos las consecuencias y tememos los motivos porque se vienen percibiendo desde siglos atrás. Se dice que hemos cultivado pocos hábitos democráticos. Sin embargo, en esta ocasión cabe preguntarse si es primero el huevo o la gallina. Puede que huevo y gallina, sin que sirva de precedente, vayan a la par. Véase, si no, las sediciones habidas a partir del siglo XIX sin cuajar sistema democrático alguno.

Cierto: realidad y percepción difieren, cuando no divergen. Pese a todo, este país ha llegado a límites inasumibles. Precisa necesariamente, y cuanto antes, algún árbitro (mediador) que armonice no ya ideas, sino tácticas diferentes. Existe una patraña general: todos dicen servir al ciudadano, aunque la experiencia constata lo contrario. Unos más otros menos, cada cual pretende arramblar votos, incluso de manera nada ortodoxa. Populismo, exceso y quimera, son vocablos sinónimos sin matiz diferenciador. Siempre es la oposición quien representa el perverso papel de denuncia, tal vez envolviéndose en hipocresías e impudores indignos. Me parece un juego demasiado sucio que debiera concluir con una mayoritaria deserción popular.

El PP –embriagado, ególatra, tal vez sumiso a un cesarismo inoportuno e indignante- descubre deficiencias notables. Corrupción y deslealtad al ciudadano (también a otras siglas y a distinguidos cuadros) hacen de él un partido bajo sospecha. Se enorgullece de resultados macroeconómicos indiscutibles, pero le falta cintura social. Miente, por el contrario, quien mantenga que favorece a empresas o a la gran banca mientras abandona al ciudadano corriente. Necesita un árbitro, apeado Rajoy, que equilibre los intereses de una élite, hasta ahora favorecida, con aquellos de una clase media depauperada y que ha sufrido como nadie los embates de la crisis. Herido de muerte en su credibilidad, no es fidedigno ni concluyente cualquier escamoteo, aun embestida, de PSOE o Podemos. Menuda alternativa.

Parece claro que, en Europa, los partidos liberales y socialdemócratas se diferencian solo por sus respectivos acrónimos. PP y PSOE sienten en sus carnes tan arraigada conclusión. Ello crea molestos, amén de desproporcionados, trastornos. El PP vive rumiando el complejo de ideología fascista, ladinamente atribuida por la izquierda más o menos ultra. Mientras, el PSOE lo hace con el sacrilegio de ser considerado neocapitalista, cuya caricatura debe a la extrema izquierda. Ambos atributos son tan incisivos como falsos. Peca el PSOE que no asume con naturalidad su ADN capitalista. Me refiero, claro está, al partido actual ganado insensatamente por el extravío. Sin citar novedades concretas, ni este PSOE, ni sus líderes sirven a España. Tampoco en la oposición.

Podemos podría ser el mayor enemigo de los españoles por su vocación camaleónica. Causa agrado que la sociedad vaya descubriendo su verdadero rostro pese a ser un pueblo sin criterio ni sentido crítico. Cualquier populismo, incluso invocando honradez, democracia, ética, feminismo, etc. acaba en el más tiránico totalitarismo, según Korstanje. Y conocía bien el fenómeno. Esta máxima pone al descubierto sus falsedades: “Por sus obras los conoceréis”. Si solo vemos la Sexta o la Cuatro y leemos Público o El Periódico, daremos -presuntamente- un largo paseo por los Cerros de Úbeda. Descubramos la diferencia entre dichos y hechos; nada más, ni nada menos.

Ciudadanos, de momento, exterioriza menos desequilibrios que los otros llamados a gobernar: PP y PSOE. Cierto que muestra elasticidad en determinados temas. ¿Acaso no lo hacen los mencionados en momentos clave? Desde mi punto de vista, presenta una hoja de servicios menos extensa, pero de una pulcritud estimable. Ahora mismo, ese valor cotiza al alza. Esperemos a ver qué nos depara el futuro. Sea como fuere, vislumbro que se lo están poniendo en bandeja. Igual que se lo puso Zapatero a Rajoy en dos mil once y que ha dilapidado neciamente.

Sí, España está desequilibrada pese a tener una economía que va saliendo del túnel. Verdad es que la clase media necesita un rescate urgente, aunque el horizonte micro se muestre remiso. Ahora mismo no se aprecia árbitro que pueda imponer un equilibrio serio, que satisfaga esa miseria injusta acumulada durante siglos. El error surgió con liberales y absolutistas para continuarlo después conservadores y liberales. Con la Segunda República se alcanzó el paroxismo. Quinientos mil muertos supusieron una terrible penitencia. Ignoro el final a que nos vemos abocados por falta de sensibilidad con aquel gran colectivo social. Necesitamos un buen arbitraje, sincero, apacible y eficaz para ganar paz y tranquilidad.


viernes, 9 de marzo de 2018

DIRIGIR Y DOMINAR


Las últimas informaciones y comentarios políticos ofrecen dos hechos contrapuestos cara al ciudadano. Uno trascendente, cual es el abandono de PSOE y Podemos de la Comisión Educativa. Otro, subrogado, hiperbólico y teñido de folklorismo, pese a justas, lícitas (pero desdibujadas), demandas feministas. No seré yo quien mengüe o conmute la miseria económica ni el carácter frustrante de los contratos laborales, de la terrible coyuntura, conociendo el paño en un familiar muy cercano. Tampoco soslayar la deuda escalofriante contraída por esta sociedad con las mujeres en múltiples facetas de la vida. Deuda adquirida desde hace tiempo y jamás reclamada. Es hora, pues, del reconocimiento pleno, junto al propósito de enmienda, puesto que este conflicto supera de largo la reparación institucional.

Sospecho que Antonio Gramsci era más clarividente, tal vez realista, que los líderes del PSOE y Podemos. Prejuzgo, sin temor a equivocarme, que mucho más de lo demostrado por Ana García, veterana secretaria general de los estudiantes. Acaso, fuera un poco más que el colectivo de periodistas indivisas, uniformes, arrastradas probablemente por un prurito de progresía irreflexiva, torpe, contagiosa e impersonal. La muchedumbre acude con la mente lavada; vicio higiénico general cuando se adoptan actitudes maximalistas, beligerantes.

Ambas decisiones -abandono e impostura espectacular- tan legítimas como de ardua justificación, chocan con las tesis de Gramsci sobre el bloque hegemónico. Sus reflexiones referentes a infraestructura/superestructura, como fundamento del poder, merecen considerarse el ABC metodológico de cualquier adiestramiento revolucionario. Sin embargo, él concebía una distinción sustantiva, vertebral, entre poder dirigente y poder dominante. Concluía que este último, a secas, llevaba a un estado dictatorial. Aquí pudiéramos encontrar la raíz del eslogan: “venceréis, pero no convenceréis”, curiosamente patrimonializado por la izquierda más o menos ultra.

Ignoro si ese principio hegemónico ha empujado a PSOE y Podemos a abandonar la mesa del Pacto por la Educación. Aunque divulguen que el móvil se encuentra en la negativa gubernamental de aumentar el presupuesto al cinco por ciento del PIB, la verdadera causa, sin duda alguna, es otra. Creo que la izquierda, siguiendo las tesis de Gramsci, pretende la total hegemonía cultural, amén del sentimiento religioso y de los medios. Podemos, una nota al margen, no cuenta. El PSOE, partido imprescindible ahora y siempre, jamás estará de acuerdo en elaborar un pacto educativo porque no quiere ceder la praxis que le dificulte alcanzar sus objetivos. Nuestra experiencia nos enseña que los sistemas educativos en España, desde la Transición, se aderezaron a voluntad del PSOE. LOCE y LOMCE han sido leyes perfiladas a la sombra del PP. Aquella, murió antes de nacer; esta, es un simple apéndice de la LOGSE. El colectivo “cultural” y los púlpitos audiovisuales se nutren de su mano. Ya conocimos la repercusión que tuvieron tanto “artista” e “intelectual” de la ceja.

Nadie duda, yo no, de las justas reivindicaciones de la mujer en diferentes espacios. Es preciso que la sociedad sea vanguardia para resolver jurídica e institucionalmente ese clamor de siglos. Pero, sin discusión, una cosa es una cosa y otra es otra. Hemos sido testigos de declaraciones y actitudes inmoderadas contra quienes -también mujeres- deseando lo mismo, glosaban formas diferentes. Ansiar un poder dominante, excluyente, quiebra cualquier argumento o espíritu de concordia. No persiguen conseguir metas universales, solo escasos réditos políticos; confunden derechos democráticos con imperio colectivo, cuando no colectivizado. Huelgas y manifestaciones, de esta guisa, se han convertido en un proceso histórico porque casi todo el mundo ha engullido la fullería. Seguir la corriente para no quedarse varadas, les empujó a correr alocadamente tras el señuelo. Cobardía y recelo incluidos, la esencia del triunfo ha sido una excelente estética, pasajera a fuer de impostada.

Llevamos demasiado tiempo consintiendo las inclemencias de una sociedad inculta e incívica junto a una clase política trincona y abusiva. No obstante, el mayor deterioro viene de unos medios livianos que únicamente buscan la cuenta de resultados. Dije antes que ellos conforman la conciencia social y es verdad. Casi todo conocimiento, prácticamente toda información, entra por los oídos. Sin juicio crítico, cualquier sociedad se cimienta con los medios. Así, crean un estado de opinión sujeto a vaivenes políticos o financieros. En definitiva, hoy son el opio del pueblo, el mayor factor de alienación. Constituyen los púlpitos del siglo XXI, mucho más nefastos que aquellos de antaño. Quien maneje radiotelevisión tiene en su mano la mejor herramienta para conseguir el botín hegemónico. Lo vivido el día ocho abona la prueba irrefutable.

Dirigir es valerse de la superestructura -inteligencia e ideario- para converger diferentes actitudes orientadas a alcanzar el poder abstracto. Ese ente colectivo arrastra directo al estado de bienestar, quizás a la paz que es su feudo querido. Dominar, por el contrario, es utilizar la infraestructura -fuerza de producción- para someter al individuo cuando se alcanza un poder total.

Educación y presupuesto no son, sin remedio, magnitudes directamente proporcionales. Por tanto, el abandono del pacto educativo excusándolo con una falta de presupuesto, indica un desinterés absoluto hacia la enseñanza porque priman otros intereses. Del mismo modo, el éxito numérico de las manifestaciones es el triunfo estéril y olvidadizo de lo estético. Antes, había divergencias irreconciliables entre mujer y feminismo radical. Ahora, el frentismo es evidente. Politizar es antónimo de seducir, al igual que dirigir sitúa en el lado opuesto a dominar. La izquierda, sumergida en el error totalitario, ansía solo dominar.




viernes, 2 de marzo de 2018

PRIETAS LAS FILAS, RECIAS, MARCIALES


Arrancaban los años cincuenta del pasado siglo –cumplidos yo los siete años, o a punto de hacerlo- cuando ocurría el siguiente relato. En mi pueblo conquense, de unos novecientos habitantes, se conformaba (como en otros muchos del territorio nacional) una falange local. Niños y jóvenes, algo más de un centenar, formábamos los domingos en la plaza, columna de tres, para ir a misa. Con las banderas desplegadas, y cantando canciones al uso, ocupábamos el espacio central de la iglesia. Después, volvíamos a la plaza en castrense formación. A poco, mientras el resto bajaba luciendo sus mejores galas, terminadas las arengas, de forma marcial y con tajantes órdenes, rompíamos filas bajo un cariñoso mohín de nuestros familiares. No todos compartían ese espíritu, pero yo entonces no veía miradas esquivas, incluso de ira reprimida, a las diversas autoridades llenas de orgullo un tanto bastardo.

Cantábamos especialmente “Prietas las filas”. Nos dijeron que era el himno del frente de juventudes. Pero había otras en las que, de forma usual, se encomiaba la camaradería y la afinidad de objetivos irrenunciables; también incomprensibles para nuestra tierna edad. Imperio, unidad, fortaleza, destino universal… configuraban la esencia semántica de semejantes proclamas épicas. Al principio de los sesenta, cumplidos los dieciocho años, terminó mi trayectoria en la OJE (Organización Juvenil Española). Asimismo, jamás me afilié a ningún movimiento, sindicato o partido; fue suficiente con aquella participación involuntaria. Tampoco nunca he evocado tan remotos avatares ni los sucesivos. Excuso su naturaleza; simplemente -como consecuencia de mi temperamento parco, reacio y escéptico- no me han atraído las organizaciones de índole laboral, social o política.

Ahora, con la distancia, frialdad y sensatez que dan los años, veo o vislumbro las razones ocultas de aquellas celebraciones cuasi militares. Acababa de surgir un nuevo gobierno personalista, sin base ni estructura doctrinal. Franco, basada su legitimidad en la victoria, creó un sistema cuartelero donde la obediencia jerárquica era el elemento aglutinador. Si acaso potenciado con la anuencia de pequeños sectores dispares pero amalgamados por extraños intereses: terratenientes, burgueses, falangistas, requetés y profesionales liberales. El régimen no gozó del apoyo de ningún partido prebélico: nacionalismos, CEDA, u otros de orientación social-cristiana. Franco necesitaba generar esperanza y aspiraciones a los españoles que, en su conjunto, solo querían paz y seguridad. Huérfanos de ideología, aquellas canciones que no aportaban nada en su mensaje solemne, servían de nutrimento cara a un futuro demasiado diluido. El “generalísimo” sembraba canciones patrióticas e ilusionaba -tal vez no lo lograra totalmente- con aquellas filas, recias, marciales. Había intentos claros de ensalzar la nada al futuro ilusionante sin que nadie osara proferir una palabra más alta que otra. Era un relleno oportuno, inevitable.

Casi ochenta años después, nos encontramos en parecida situación. Seguimos teniendo un régimen sin engarce doctrinal. Presuntamente democrático, gobierna una oligarquía partidaria; en el fondo, un cesarismo recalcitrante. Los cánticos pretéritos, caducos, se han transformado en actitud vehemente, pragmática. Un modo de vida que seduce al silencio vergonzoso, al mimo miserable. Hoy el mensaje sordo, sin notas musicales, se ha convertido en sustancia presente para asegurarse el futuro. Vemos esas filas -apestadas de dogma y mutismo espurio- prietas, recias, marciales. Siguen mostrando la misma, a la vez que distinta, necesidad. Aquella, para nutrir un embrión malformado; esta, para disfrazar de virtud una realidad viciosa, prostituida, viciada.

El partido que gobierna marcha al compás de su jefe, con escasa reciedumbre y menos marcialidad. Eso sí, tan hermanado -al menos tan calmo- como una procesión de viernes santo. Nadie rompe la disciplina, cada cual se ajusta al papel asignado, porque quien se mueve no sale en la foto. Al PP le perjudican los errores de Rajoy y la permisividad, cuando no complacencia, con la corrupción. Cualquier prospección social, cada vez más negativas electoralmente para el partido, deja inalterable su trayectoria amén de descartar cambio alguno. Los prohombres del partido ya ni se alarman. Creen que tiene cintura; asimismo, dominio de tiempos y estrategia cuando yo sospecho que le falta elasticidad. Sin embargo, esperan, armados de un fatalismo estático, su caída política inhibidos y paralizados. Como mucho se apresuran a suavizar los diferentes escenarios, con tan poco tino que empeoran su maltrecho crédito. Vean, si no, las declaraciones de Rafael Hernando en relación a las manifestaciones de jubilados: “La pérdida del poder adquisitivo en este sexenio ha sido una décima”. Las necedades ya no calan, aburren e incomodan.

Este PSOE de Pedro Sánchez un tanto destartalado, mustio, urgió apretar filas. Tal necesidad permite el bloqueo del secretario general frente a los barones que habían propiciado su caída. Seguramente tan supuesta conjunción, ese marchar al compás de los militantes, no ha conseguido el carácter marcial deseable. Las grietas evidentes lo hacen un partido invertebrado, con exiguo futuro. Carecen de música y de letra; a lo peor, también de sintonía. Siguen, no obstante, ansiando presidir un régimen roto por ellos al cincuenta por ciento. Con Franco había, al menos, esperanza; con PP y PSOE solo vemos oscuridad sin penumbra posibilista. Sus líderes, impidiendo savias nuevas, renuevan un futuro átono, inaudito, postrado.

¿Qué decir de Podemos? A priori se trata de la cara infausta (como mínimo) del franquismo, porque este tuvo que arrimarse al fascismo, pero el frente popular -sosias de la izquierda extrema y cuajado de asesores comunistas (estalinistas)- llevaba en sus entrañas el totalitarismo. Esa circunstancia influyó en el curso de la contienda. Cuando el PSOE huyó definitivamente de la Tercera Internacional, los comunistas perdieron la guerra. Francia e Inglaterra reconocieron rápido la España de Franco. Su fracaso vino del hecho inmutable de que España fuera la llave occidental del Mediterráneo.

En esta coyuntura, quieren adueñarse de la calle porque los usos democráticos les niega el poder. Cocinan una propaganda con diversos ingredientes: “poder popular”, “retroceso de la libertad de expresión”, “referéndum sobre la monarquía”, “homenaje a chequistas fusilados”. Perfilan los problemas con extraordinaria destreza, pero jamás proponen soluciones viables. Estos no cantan, piden unas filas prietas, recias, marciales, Ochenta años después, han llegado tarde.
Espero que PP, PSOE y Ciudadanos aprendan la lección y -por fin, tras un pacto de Estado- los españoles podamos vivir en una democracia real, limpia y soberana. Entonemos, como entonces, un prietas las filas, recias, marciales. No con ansias épicas, ni de revancha, sino como ilusionante camino hacia un régimen justo y solidario

viernes, 23 de febrero de 2018

PENSIONES Y MANIPULACIÓN



La llamada Memoria Histórica –algunos pretenden higienizarla llamando “histérica” a aquella cuya visión sea opuesta- permite analizar hechos sin posible contrarréplica. La memoria no se ciñe, como aspiran, a los cuarenta, ochenta o cien años de este país sino a estos y a milenios, aquí y allá. Abrir espacios molesta siempre a quienes los ansía cerrados. Constituyen el colectivo con mirada fija, aviesa, viciada, debido a su fanatismo. Sustituyen la memoria genuina por otra particular, incluyendo un olvido oportuno en el plano ideológico. Consiguen ventaja porque poca gente muestra curiosidad por los hechos pretéritos, además de imponer una ¿ética? adecentada con discurso postizo.

Sí, el tema de las pensiones está ocupando un marco inesperado en medios y calle. Verdades a medias, mentiras y cinismo acunan esta situación verdaderamente dramática. Ignoro cuántos de los nueve millones y medio realizan el milagro de contener su miseria más allá del veinte de cada mes. Deben conformar un porcentaje alto, excesivo. Por tal motivo, su indignación (mi indignación) encaja con la injusticia, con la falta gubernamental de conciencia social. Sospecho que el remedio es complejo, sobre todo cuando ningún responsable político hace verdaderos esfuerzos para aportar soluciones. No necesariamente aumentando de nuevo los impuestos, única propuesta que le cabe a la izquierda más o menos ultra.

Preguntado el profesor Niño Becerra si era factible aumentar las pensiones, afirmó categórico: “Desgraciadamente no”. Luego explicó las razones económicas que sostenían su respuesta. Cierto que los argumentos económicos no tienen por qué ser dogma de fe; ninguno lo es, pero cualquier desequilibrio trae consecuencias preocupantes. Pese a ello, doy más crédito a don Santiago que a la señora Báñez. La ministra realiza manifestaciones que son, desde mi punto de vista, un auténtico escarnio para millones de ciudadanos. Suele asegurar que el pensionista no ha perdido poder adquisitivo con el PP. Como broma, aun pesada, es tolerable; como anuncio político, risible. Además de mucho valor, casi suicida, carece -quizás como compensación- del sentido del ridículo; defecto extendido entre los responsables políticos.

Que en los últimos años -pese a la propaganda tenaz del gobierno- ha bajado el poder adquisitivo del pensionista, es un hecho incontrovertible. Llevamos cinco años con una subida fija del cero veinticinco por ciento. En tres de ellos, presuntamente, el IPC era negativo (una afirmación más que dudosa, desde un punto de vista real no oficial). Sin embargo, llevamos dos años en que el IPC oficial ronda el punto y medio haciendo al pensionista cada vez más pobre. Como dirían los poetas, en estos días la paz social ha estallado. Hubo preparación previa en el WhatsApp. El escenario sugiere un interés extraordinario en mover la calle con los jubilados para continuarla a posteriori con la juventud. Advierto demasiada querencia a precisar que la revuelta, asimismo, tiene como objeto dignificar las futuras pensiones. Así lo ventean líderes diferenciados.

Existen razones de peso -gestadas unas por idiocia y otras por indecoroso rédito político- para que los nueve millones y medio de pensionistas estemos hartos. Sucede, no obstante, que no es la primera vez, ni será la última. En mayo de dos mil diez, Zapatero congeló las pensiones y a principios de dos mil once aprobó una ley para elevar la edad de jubilación. Aparte, se pasó de quince a veinte años de vida laboral para calcular los nuevos importes. Semejantes maniobras, según publicaron importantes medios, hicieron disminuir la cuantía entre un quince y un veinte por ciento. Ahora la mengua se calcula, desde que gobierna el PP, en un diez por ciento. Zapatero perdió las elecciones sin que nadie excitara la calle. Seguramente Rajoy perderá las próximas generales, pero su fracaso no lo capitalizarán los incendiarios. El ciudadano cada día es más inteligente y discrimina mejor.

Es evidente, insisto, que la izquierda (más o menos ultra) aprovecha cualquier coyuntura para conseguir votos. La derecha (más o menos centrada) también. Eso sí, con diferente estilo porque el populismo y la calle le pillan lejanos. Narro un caso estridente. El ayuntamiento de Castellón, mediante nota personalizada, insta a los nuevos padres a “valencianizar” nombre y apellidos de los nacidos. Ante la crítica del PP, les responden que se preocupen de los ciudadanos antes de intentar réditos políticos. Parece notorio que dicho ayuntamiento, socialista para más señas, con tal nota quisiera lograr el bienestar de los castellonenses. Así pían unos y otros, pues al revés hubiera ocurrido exactamente igual.

El jueves salieron a la calle menos del cinco por ciento de los pensionistas. Magro éxito. A su frente se colocaron una oscura Coordinadora, CCOO y UGT. Diputados de Podemos y PSOE, a las puertas del Congreso, salieron del mismo para hacerse la foto y expresar lo mal que hace el PP, olvidando etapas anteriores. Cierto que Podemos está limpio (de polvo y paja como dicen en mi pueblo manchego), cada vez menos, pero el PSOE debiera ser algo más consecuente. Politizar el hartazgo no creo que sirva para obtener lucro alguno, al menos para los rentistas.

Una desaforada trompetería mediática se avino a la manipulación, hasta el punto de convertirse esta en sustancia. Sin los medios, nadie hubiera visto el tumulto a la puerta de los leones para recibir apoyos políticos. Ahí residía la noticia. El resto era materia conocida con anterioridad. Es necesario ahora echar mano de la Memoria Histórica. Con ella, no sería preciso leer este artículo para evocar que las pensiones se redujeron un quince por ciento en tiempos de Zapatero. Con ella, no sería obligado recordar que jamás ningún régimen comunista fue capaz de sacar de la miseria, ni de la tiranía, a quienes vivieron y viven en ellos. Pensemos, URSS, Cuba, Corea del Norte, China, Venezuela…. Apelemos a la Memoria Histórica, a toda, para evitar la más vil de las manipulaciones.

Yo, como pensionista y como ciudadano, también estoy indignado con este gobierno. Pero tomaré mis medidas de forma silenciosa, sin caer en procesos ideados por salvadores de la libertad y de la democracia. No todos son totalmente malos, ni totalmente buenos. Acudamos a la Historia. 

viernes, 16 de febrero de 2018

DERECHO, LEY Y JUSTICIA


Sé que el tema presenta controversias dispares, si no desatinadas. Visto con criterio, creo razonables las diferentes líneas divisorias. Ocurre, sin embargo, que apelar aquí al sentido común implica un esfuerzo suplementario, ímprobo, casi imposible. Más, sumergidos en las inclementes aguas de un subjetivismo enfermizo, maniqueo, lesivo. Ni la sociedad ni el individuo muestran actitudes limpias, serenas o justas. No ya de justicia sino de justeza, adecuando hechos y exposiciones. Al contrario que Dios, solemos escribir torcidos con renglones rectos. Rectitud ofrecida por mentes distanciadas, equidistantes al menos, de la inmoralidad y el privilegio. Fuera de estos anacronismos no cabe benevolencia ni remordimiento. La vileza extiende su entraña sombría por el espacio vital. Contamina entendimientos y voluntades, dejando yerma, infecunda, su área de influencia. Sin duda es peaje excesivo, pero todo desequilibrio ensucia, obstruye o elimina. El pueblo, desgraciadamente, no tiene poder para impedirlo y, a poco, la alimaña resucita.

Para definir derecho precisaremos dos enfoques. Desde un punto de vista subjetivo, es la facultad que tiene todo sujeto para ejecutar un acto o para exigir a cualquiera el cumplimiento de su deber. Como acotación objetiva, lo conforma un conjunto de reglas que rigen la convivencia de los hombres en sociedad. El primero nace de la persona y por ello suele denominarse natural. Al segundo le asignan el epíteto positivo porque depende del acomodo que le otorgue un poder ajeno al individuo. Incluso, en ocasiones, llega al más espantoso de los designios; cuanto menos, a la más repulsiva arbitrariedad. Suele exigirse, o ser invocado, por quienes lo eclipsan u omiten durante la mayor parte de su vida. Peor todavía es que los responsables de hacerlo efectivo casi siempre resuelven de forma anormal, injustificable.

Estaremos de acuerdo si determinamos que ley constituye norma jurídica, dictada por legisladores, que manda o prohíbe algo. Debiera conciliarse -tal vez reconciliarse a veces- con la justicia. Tal precepto formal delimita el libre albedrío del individuo dentro de la sociedad. Es herramienta y motor del derecho objetivo, aunque en ocasiones haya conculcado y conculque el subjetivo. Verbigracia, las leyes esclavistas. Sin llegar a estos extremos de indignidad legal, el error, la idiocia, incluso evidentes tics tiránicos, han forjado leyes vergonzosas para una democracia consolidada. No solo penales sino adscritas al amplio abanico legislativo e institucional. Quizás la verdadera maldad provenga de su exégesis, ilícita tolerancia o, por el contrario, inflexibilidad. ¿Podemos incluir, bajo alguna de semejantes anomalías, desobediencias impunes sobre el castellano y la aplicación del ciento cincuenta y cinco en Cataluña? 

Justicia es un vocablo cuya concepción se presta a múltiples consideraciones y enmiendas. De forma precisa, constituye una virtud que inclina a dar a cada uno lo suyo. Debe ser siempre bilateral. Pero entre dicho y hecho hay demasiado trecho, como suele advertirse en la vida corriente. Asimismo, lo que conviniera ser virtud social, sin atajos ni peajes, muchas veces padece vaivenes apartados de la recta moral. También procesos oscuros y desmanes atribuibles a actores innobles, rígidos, formados en pesebres dogmáticos. John Rawls define justicia como equidad y por tanto se quiebra cada vez que olvidamos el principio de diferencia. 

Determinar con exactitud alcances y fronteras de los términos morales que conforman el epígrafe, es arduo por no decir ilusorio. Están tan imbricados que el aislamiento constituiría un obstáculo infranqueable para inferir la teoría del Estado. Esta conclusión inexorable, cierta, junto a las anotaciones expuestas, permite adentrarnos sin sorpresa ni alarma en algunas audacias judiciales que nutren lucubraciones articuladas en torno al sentido común. Ese que los versados supeditan a la intransigencia teorética obviando circunstancias sustanciales y dando al traste con el perspectivismo de Ortega. Quienes reniegan de la filosofía, son apologetas del desatino.

En pocas fechas hemos asistido, con sentimientos encontrados, a dos determinaciones judiciales, no ya divergentes sino contradictorias. Me refiero al Tribunal de Estrasburgo. Denunciado el Estado Español por torturas, presuntamente cometidas por las fuerzas de seguridad, en la detención de dos terroristas de la T 4, el TEDH dicta sentencia y condena a España. Por un delito de malos tratos hemos de pagar cincuenta mil euros a quienes asesinaron a dos personas en el aeropuerto de Barajas. He aquí la contradicción: considerar moralmente humanos a dos terroristas y reconocerles unos derechos que ellos habían pisoteado en mayor grado. ¿Dónde está la equidad? Dicha sentencia, atenta contra el derecho natural y la justicia. Probablemente también contra la verdad. Al menos, es una bofetada jurídica a España cuando tiene más peso la palabra de unos delincuentes que la de un país democrático. De vergüenza.

El otro caso es la resolución del juez Pablo Llarena cuando deja en libertad a Mireia Boya, cómplice de un acto de rebeldía real según propia confesión. Encima haciendo gala de una actitud retadora en dicho momento y, en declaraciones previas, cuando afirmó que si la condenaban a prisión no saldría hasta que Cataluña fuera república. La contradicción se aprecia entre el espíritu legal y la decisión judicial; si bien, el juez la justifica por inhibición del fiscal. Temo que, ante el empeño de inmolarse, la resolución pretenda evitar una mártir, prevaleciendo aquí las circunstancias. Puede concebirse que sea una salida conveniente, pero injusta (en relación a otros presos) y ayuna de ley.

Fuera de toda complejidad y desconocimiento que, como lego, tiene el ciudadano de a pie, sentido común y juicio crítico le hacen dudar de la concordancia que debieran tener derecho, ley y justicia. Ciertamente, el hombre, sus limitaciones, hacen comprensible estas frecuentes divergencias. Lo curioso es que la justicia casi siempre queda ultrajada e insatisfecha. Sin ella, desaparece la dignidad del juzgador y del juzgado; en definitiva, del hombre.




viernes, 9 de febrero de 2018

PECADOS CASI VENIALES


No es nada sorprendente que regrese compasivo tras diez días de grato relax. Escoltado por amigos y familiares, Gandía nos acogió con afabilidad. Un sentimiento que cada vez se prodiga menos de forma gratuita. Caminatas por el paseo marítimo e intensas partidas de dominó ocuparon nuestro tiempo diurno. Las noches transcurrieron entre bailes y futbol televisado. Es comprensible, pues, que mi espíritu venga henchido de buenas vibraciones y el examen político, en esta ocasión, huya del tono negro característico de una España que Goya representó a garrotazos.

La política en nuestra querida piel de toro, se plasma con trazo grueso enfureciendo siempre a rivales y ciudadanía. Si diseccionáramos la Historia, sería difícil encontrar concordia entre hispanos salvo en contadas oportunidades. Unos y otros, nobleza y pueblo llano, conservadores y liberales, derechas e izquierdas, han cometido demasiados pecados mortales. No como índole sino como resultado final. Aquí la sangre fue y es penitencia distintiva. El perdón aparece mustio, estéril, aun dentro del anhelo. Provocación, violencia, conforman el mejor soporte de una egolatría sempiterna, del siniestro extravío secular.

Por todo lo dicho, y a pesar de tan penoso momento, intentaré centrar mi análisis en dichos y hechos que conlleven virtudes o vicios con poca sustancia. Si acaso alguien pesimista se permitiera evaluarlos, tendría que admitir -a lo sumo- la calificación de pecados casi veniales. El optimista se regodearía en verlos próximos al equívoco cuya finalidad busca una tenue sonrisa dentro de su triste añoranza. Se impone, una vez más, la paradoja. Hemos descubierto que la vida no es sueño, al decir de Calderón, sino una extravagancia que abre y cierra percepciones, quereres, sin turnos de réplica.

No encuentro ningún líder político libre de caer en tentaciones pecaminosas, si bien algunos se muestran postrados casi siempre. El orden de aparición excluye filias o fobias; azar e infortunio fundamenta cualquier interrogante. Empezaré con alguien que, según propia confesión, campa por el universo anticapitalista y consecuentemente enemiga acérrima de veleidades discrecionales y loas burguesas.

Teresa Rodríguez, líder andaluza de Podemos, contestaba así a Álvaro Ibarra Pacheco, periodista de ABC: “Le agradecería que no me tuteara, yo no le he tuteado y a diferencia de usted soy una representante electa y por tanto una autoridad”. Además de tener sutil atadura con el franquista “usted no sabe con quién habla”, si la cita es literal, la señora Rodríguez -más allá de un estilo mejorable- comete un leísmo evidente en yo no “le” he tuteado. Acéfalos y clasistas. ¡A la rica semilla! Pregonan un mensaje huero, tramposo. Pobres de nosotros si cayéramos en sus manos.

Un dechado de lealtad, coherencia doctrinal y buenas formas protagoniza el siguiente testimonio. El señor Verstrynge, en declaraciones a la Sexta, aseveró: “El golpe de Estado que lleva a cabo Rajoy contra la Generalitat de Cataluña” para añadir, a renglón seguido, “quiere como presidente de la Generalitat a la persona que considere oportuna y los votos se los pasa por el forro de los cojones”. Auténtica retórica universitaria, cual cabe a un profesor con argumentos de peso y refinada exposición.  

Rafael Hernando, portavoz del PP en el Congreso, sentenció: “En España no hay inmunidad ni impunidad”. Se olvida con excelente ligereza de los casi diez mil aforados y del caso omiso que el gobierno catalán ha venido haciendo a resoluciones, de diversas instancias judiciales, sobre el uso del castellano en Cataluña. Me temo que el señor Hernando, aquí, comete un pecado de soberbia ribeteado de burdo cinismo. La mentira, amén de pecado venial, quiebra definitivamente el crédito personal y -a la postre- conlleva inhabilitación formal para tan importante quehacer.

Rajoy es quien acumula mayor cantidad de pecados casi veniales. Pareciera consolidar un récord difícil ante la abrumadora cantidad de postulantes. Menos hábiles que él, no se despeina para conseguir semejante galardón. Si bien reñido, nadie lo iguala en pulcritud maliciosa. Veamos. Un entrevistador avispado le pregunta si deben percibir, por el mismo trabajo, igual salario hombres y mujeres. Sin descomponerse un ápice, responde: “No nos metamos en eso, demos pasos en la buena dirección que es como se resuelven mejor las cosas”. Dejó en el aire respuesta y “buena dirección”.

Evito mencionar transgresiones de pecadores tan populares: Sánchez, Iglesias, Colau, Puigdemont, Rufián y otros que, por espacio, no quiero concretar. Probablemente algunos desearan ocupar un puesto avanzado de salida, pero yo -con alevosía o desgana- esquivo significarlos. Quizás sea falta de objetividad o maldad insuperada para agregarlos a este apartado especial de pecadores obstinados e irritantes, pese (o debido, tal vez) a sus abrumadoras capacidades.

Concluyo con dos aportaciones al “pecaminario” y una reflexión papal. Sadat Maraña, exlíder de Ciudadanos en León, manifestó: “No hay mujeres feas, hay copas de menos”. Pecado venial seguido de descarada insolencia. Asimismo, Irene Montero, propone llamar “portavoza” a las mujeres portavoces. Pecado venial con absurdo lingüístico y soporte irreflexivo cum laude de Podemos. Por otro lado, el Papa Francisco asegura: “El pecador puede llegar a ser santo, el corrupto no”. ¡Vaya por Dios! De estos, ninguno figurará en el santoral.




viernes, 26 de enero de 2018

DOS MARISABIDILLAS, UN ESTALINISTA Y UN PÍCARO


Más allá del epígrafe, he de colocar en adelante ese formulismo que libera a quienes no participamos del gremio político: presuntos. El ciudadano de a pie tiene encorsetada, sin atajos posibles, su libertad de expresión. Los probos representantes públicos hacen uso de infinitos e insólitos recovecos exculpatorios. Yo aprecio diferencia entre comentario crítico y atribución, pero es ilusorio cerciorarme de que un determinado juez comulgue con mi criterio. He aquí la clave de curarme en salud para evitar procesos irritantes o severos acosos reprensibles. No nos engañemos, ese eslogan de que todos somos iguales ante la ley supone un abalorio estético.

Miles de aforados conforman la muestra definitiva, esa que el tópico suele enmarcarla castizamente como prueba del algodón. Va siendo hora de discriminar censura a un político, cuya credencial debe al ciudadano, e improperio. Jamás se me ocurriría tildar a nadie de pícaro (incluso estalinista u otros epítetos perversos) si no fuera preboste, pues la crítica política -con mayor o menor clemencia- más que un derecho constituye una obligación. Al fin y a la postre somos sus acreedores, aunque piensen lo contrario.

Nuestro país, hoy, atraviesa momentos especialmente enrevesados. Todavía sufrimos los coletazos terribles de la larga crisis que ha dejado exhausta una clase media convertida en sobrio motor democrático. Quizás semejante indigencia moral y material sea nutriente básico para preservar el sistema cleptocrático que sufrimos. Cataluña viene a acrecentar aún más el ruinoso escenario. Pocas veces en la Historia se han conjurado tantos elementos corruptores, contraproducentes.

Para aumentar las desazones se sitúan en puestos clave cuatro personajes sin atractivo. Abandonada la estética, acumulan además vicios o defectos que mueven a desesperanza, desasosiego. Son protagonistas del momento convulso en que nos encontramos. Como dirían por mi tierra conquense, “se junta el hambre con las ganas de comer”. Ignoro qué habremos hecho para tener enfrente a los hados. Pareciera que ellos, al igual que las leyes, protegen solo a los miserables. ¿Podremos salir indemnes del abandono? No sin cambios inteligentes, sensatos, precisos.

Lo digo sin tapujos. Cuando cualquier Estado emprende un camino complejo debido a génesis externas o internas, el individuo duerme tranquilo si a su frente se encuentran personas ilustres y de ética probada. Caso contrario, queda fustigado por una vigilia contumaz, latosa. Los españoles, ahora mismo, pasamos sueño y vivimos amodorrados. Deambulamos de forma autómata, sin pies ni cabeza. Coyuntura perfecta para aquellos políticos enemigos de análisis, de exponer sus actos a examen ciudadano.

Siempre que veo algunos de estos personajes en televisión soy víctima de instintos raros, adversos. Empezaré por la vicepresidenta, Sáenz de Santamaría. Me recuerda a aquellas alumnas vivarachas, algo artificiosas, redichas. Sin ser insolentes, ofrecían remolinos de burbujas. Lejos de realidades, sus esencias tomaban cuerpo en el empaque, en la pose de marisabidillas. Las conozco (tiempo atrás conocía) muy bien. Despertaban desagrado, quizás repugnancia, y sus entrañas palpitaban entre complejos.

Prepotencia e imprevisión fingida era norma general. A lo obvio añaden expresiones aventuradas que caen sobre sí mismas como losas. La señora Santamaría, con el natural dominio, se dejó decir que en España la democracia está muy viva. ¿Era necesario airearlo? Acaso siembre dudas la afirmación un tanto impostada. Su broche de oro, pese a todo, fue: “Rajoy ha conseguido que JxCat y ERC no tengan líderes porque están descabezados”. Imposible encontrar mejor argumento para quienes sostienen que en España hay presos políticos.

Margarita Robles, otra marisabidilla, ostenta un significativo papel opositor a la hora de construir (levantar más bien) el edificio nacional. Con talante indómito, de marcado carácter estricto, martillo de herejes, deja sus palabras con arrogante eco de sabiduría. Termina dibujando un tácito “he dicho” consistente, antológico. Su necedad política no luce ropaje de excepción. Lo último “Sánchez siempre ha estado en su sitio” respondiendo a Javier Fernández -expresidente de la Gestora socialista- al comentar acuerdo del PSOE y PP sobre financiación autónoma. No, señora Robles, Sánchez ha cambiado de opinión o de estrategia en varias ocasiones. Sin embargo, sigue sin ofrecer proyecto claro para España.

Iglesias -presunto estalinista- que evoca a la democracia no menos de diez veces en cada entrevista amiga, es modelo del popular: “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”. Para él, gente y libertad conforman el cántico que debe llevar a Ulises (España) y a sus gentes al naufragio náutico-democrático. Menos mal que los ciudadanos hacen oídos sordos, poco predispuestos a melodías seductoras que ocasionaron demasiadas muertes, y aguantan impávidos su atracción. Tan difunto como Perténope, sirena que pagó con su vida el fracaso, pretende un minuto de vida invitando al PSOE, algo tardíamente, a sacar a Rajoy del gobierno. Debiera purgar el falso dolor de corazón por votar contra la investidura de Sánchez.

Poco podemos añadir del pícaro. Puigdemont atesora una bajeza pueril, ignominiosa, irrisoria. Dogmático, tirano, paranoico, es un personaje cuya encarnadura enmarca el relato literario. Desde Cervantes o Lope hasta Valle Inclán subsiste el individuo cuyo retrato múltiple, acaso grosera caricatura, ocupa las mejores páginas. Desconozco si lo rocambolesco es añadidura necesaria al gesto pícaro o, peor aún, a una sobrecarga esperpéntica. Y todavía el independentismo quiere hacerlo presidente. ¿Cabe mayor afrenta para Cataluña? Qué más da.

No hablo de siglas ni de ideologías; me refiero a responsables de primera fila. Ni España ni Cataluña pueden encontrar salida airosa con estos personajes. Necesitan ambas que se realicen cambios importantes, decisivos. Rajoy, Sánchez, Iglesias, Puigdemont y sus más cercanos colaboradores, queden inhabilitados para sacarnos de la crisis económica, moral e institucional que afronta el país.

Como epílogo, adjunto el epitafio de una marisabidilla. Pertenece a las epigramatarias de Rafael José de Crespo: “Clori, muchacha locuaz, / Aquí descansa muy bien; / Y si ella reposa en paz, / Nuestras orejas también”.


viernes, 19 de enero de 2018

ACCIÓN VERSUS REACCIÓN


Días atrás leí un artículo de Juan Luis Cebrián en el que planteaba varias tesis. Destacaban dos: “Nuestro modelo de convivencia se ve amenazado por un nuevo centralismo” y “Es preciso robustecer el Estado Autonómico reconociéndole un carácter federal”. Cortejando cierto abuso, identificaba democracia y progreso nacionales con el sistema autonómico. Mi análisis difiere punto por punto del suyo, salvo en el hecho de que España haya tomado una deriva alarmante.

Propone, como ingrediente necesario, robustecer el Estado de las autonomías reconociéndole naturaleza federal para “conseguir solidaridad y eficacia en la acción”. Atribuye categoría de postulado a lo que solo resulta ser producto de una fe no innata sino adquirida. Acaso vea un maná donde únicamente existe voluntarismo jaleado por la moda. No se debiera añadir incertidumbre a la incertidumbre misma. ¿Por qué no se reclama desde los medios un referéndum para que el pueblo arbitre sobre dicha materia? Por el contrario, desde hace tiempo se oye un clamor sobre la inviabilidad material, el dispendio, del sistema autonómico.

Me interesan solo las leyes naturales porque son inexorables. Existe una, la tercera de Newton, llamada de acción y reacción. Asegura que cuando en un cuerpo se ejerce una fuerza, este opone otra de igual magnitud y opuesto sentido. Es evidente pues que el presunto centralismo social, no político, responde a una respuesta-alegato compensatoria y ponderada a la primigenia convivencia que algunos quieren quebrar. Toda acción desequilibrante del statu quo merece una réplica para no encallar -quizás encanallar- situaciones de desigualdad. En esas estamos.

Nuestro presidente del Consejo de Estado, señor Romay Beccaría, defiende que una reforma territorial “no puede desapoderar más al Estado”. Quizás esta reflexión se ajuste mejor que la del señor Cebrián al sentir general. Parece que el auténtico problema de España surge del sistema autonómico. A lo largo de cuarenta años, PSOE y PP han ido enajenando competencias hasta dejar un Estado enclenque, vacío, sin medios para acometer sus objetivos originarios. Añadamos el uso espurio, delictivo, que se viene practicando de los recursos públicos. Invertir la senda recorrida hasta ahora puede reportar soluciones tangibles.

Querría saber con seguridad si el nacionalismo burgués -independentista de última hora- intenta, con esta sacudida revolucionaria, camuflar la corrupción cuyos signos externos, visibles, son la punta del iceberg. Tal vez hayan notado su nula influencia a nivel nacional con la aparición de Ciudadanos y Podemos. Puede que, innecesarios, entren en conflicto, abandonen el buen juicio (o simplemente el juicio) y se deslicen hacia el abismo encaramados a un globo próximo a estallar. Si me limito con rigor a los acontecimientos, les debe importar poco Cataluña; menos los individuos que en ella viven. Son víctimas de una delirante utopía arteramente propagada.

Las primeras reacciones no se han hecho esperar. El artículo ciento cincuenta y cinco constituye -por mucho que se exagere- una mansa recriminación política, un histrionismo escénico. Con mayor hastío y coraje reaccionaron la sociedad (Tabarnia), el mundo empresarial, resto del país e incluso Europa. Nota aparte merece la implicación del ámbito judicial que, contrariando oscuros intereses, aplicó la ley obviada por un independentismo supremacista y con vocación de impunidad. El futuro conforma un cosmos previsible, pero desconocido. No obstante, ese amasijo fanático ya empieza a sentir miedo y respeto.

El flamante parlamento catalán parece alentar óptimas actitudes, pese a la obcecada cantinela de considerar a Puigdemont restituido presidente. Siguen cabalgando corceles enloquecidos, fantasiosos, delictivos. Han trocado aspiración por una pesadilla necia y frustrante. Su mente colectiva sufre el efecto nebuloso, sombrío, de fatuos mensajes insustanciales además de falsos. Los aspectos negativos se les amontonan por doquier. Algunos de índole interna, siendo notables, ocultan la terrible maldad de aquellos otros con encarnadura exterior. Tal vez lo peor sea su falta de inteligencia, de juicio, y mantener una estrategia deplorable.

Primero, desde hace tiempo, rompieron el marco legal -poco exigente- cuando CiU tapaba sus tejemanejes efectuando “una política de Estado”. Luego, sembraron odio visceral contra quien no comulgaba con sus ruedas de molino. Ahora, se hace visible la fractura social en Cataluña y contra el resto de España. Empresarios y financieros vieron mermadas las posibilidades, presentes y futuras, dentro de la aldea. Para aminorar secuelas, ubican fuera domicilios sociales, fiscales y, en algunos casos, instalaciones. Semejante deterioro económico-laboral dejará profundas huellas en el bienestar social.

Constato que el escenario internacional tiene todavía mayor calado que el interno. La dinámica globalizadora choca con las ansias disolventes de la quimérica República Catalana. Curiosamente, las dos Coreas -donde el odio a muerte sigue siendo moneda de cambio- han decidido competir en la próxima olimpiada bajo una misma bandera. Pese a lo dicho, estos señores independentistas rizan el rizo enfrentándose a una Unión Europea que, dicho sea de paso, representa el progreso y fuera de ella la miseria. Varias naciones tienen territorios con lejanas reivindicaciones centrífugas. Europa no lo va a permitir porque se juega su estabilidad y persistencia. Esta es la verdad. Cualquier otro argumento (además de falso, tramposo) lleva a Cataluña al desastre, a la insolvencia.

Un definitivo apunte para la reflexión, si aún le queda cordura al independentismo. La ley de atracción-repulsión es directamente proporcional a las masas. Ténganlo presente.




viernes, 12 de enero de 2018

LA GRAN TORMENTA


Creo advertir un nuevo renacer de sentimientos solidarios -escasos con esta vorágine- que brotan vigorosos alentados por la lectura del epígrafe. Espíritus cuya elongación se inicia en candidez y termina avizorando simpleza, trasladan su retentiva al inclemente episodio de la AP-6. Algunos, muchos años atrás, soportábamos rigores naturales hoy bastante aminorados. Hace días, miles de personas se toparon con la imprevisión y holganza de un gobierno jactancioso e inepto.

El director general de tráfico hizo jaque mate cuando, con saña y cinismo, culpabilizó al ciudadano, amén de justificar puerilmente su estancia en Sevilla. Cualquier sigla hubiera respondido con similar escarnio. El personal, triste protagonista o emotivamente cercano, al ver las terribles escenas y las no menos estúpidas especulaciones, quedó estupefacto. Ciertos relatos (palabra muy apropiada por su sinonimia con cuentos, esos de Calleja), aumentaron pasiones y deseos nada caritativos hacia prebostes afectos de arrogante inutilidad.

Durante los tiempos del franquismo, ya olvidados si no desconocidos, soportábamos temporales que proclamaban con largueza su nombre. Estos actuales encarnan un piadoso reverso. Sin adelantos técnicos, tocaba luchar contra ellos equipados de imaginación, esfuerzo y paciencia. Podríamos asegurar que Europa, excluyendo incidencias concretas, se encuentra exenta de fenómenos atmosféricos espeluznantes.

Cierto es que exhibimos excesivas deficiencias con escasa voluntad de mejora. Frecuentemente, las diversas imágenes que proporciona este país -bastante vergonzosas- deberían impulsar medidas reparadoras, serias, inflexibles. Sin embargo, solo sirven para que la oposición, alternativamente, refiera (contra viento y marea) fallos de un ejecutivo romo, sin proyectos para salvaguardar los intereses ciudadanos.

A veces, el bochorno deja de ser consecuencia para convertirse en parapeto. Si no resultaran elocuentes las declaraciones inhóspitas y los tuits impúdicos del señor Serrano, tendría éxito su amigo ministro al enfatizar una inédita faceta de gran trabajador. Habla como si tal aspecto fuere sustantivo con su quehacer, manteniéndolo en el cargo. Entre tanto, Rajoy persevera un silencio cómplice, discreto para devotos convencionales -quizás calculadores- del presidente. Nuestros políticos (enfoquemos a quienes ostentan poder) distan mucho de acopiar el prestigio y talante que debiera exigírseles. Al menos, tendrían que aprender de los errores para no frustrar esperanzas capaces de impulsar viejas ilusiones con apenas arraigo.

Llevo años analizando el devenir político-social de esta tierra, no más compleja ni contradictoria que cualquier otra de nuestro entorno. Nos separa de él algún matiz que localiza su origen en la profundidad de los tiempos. Constituimos una sociedad poco dada a la reflexión. Solemos movernos a empellones propiciados por pasiones típicas de una idiosincrasia particularmente horneada con fatalismos, desequilibrios quijotescos, generosidad y afecto hacia el menesteroso. Semejante mezcolanza motivó las mayorías absolutas de González y Rajoy. Ninguno desplegó virtudes para conseguirlas; fueron fruto del despecho que aquel supo suministrar y este sustituir por uno propio, aprensivo, efímero.

Observo síntomas claros, significativos, del hartazgo que ocasiona la displicencia social de PP y PSOE. Ambos priorizan artificios, promociones, calumnias recíprocas, olvidando políticas de Estado que compensen al sufrido contribuyente. Podemos supone un inciso vano, anodino, en el ruedo nacional. Resta una abstención rencorosa o Ciudadanos como último refugio. Yo, más asqueado que nunca por la requisa del Banco Popular (veremos qué oportunidad se me da para recuperar toda o parte de mi inversión), seguiré practicando mi tradicional abstención en legítima defensa.

Aforamientos, sueldos inmotivados, indulgencia fiscal, junto a sabrosos privilegios, marcan distancias enormes entre ciudadanos y políticos. Mientras unos abonan el cuarenta por ciento de su trabajo para apuntalar esta cleptocracia, otros derrochan todo menos talento. En épocas exuberantes, tal realidad clama al cielo; cuando llega la crisis, acaba siendo delito de lesa patria. Han convertido esta ansiada democracia en un estercolero. Incluso quienes denuncian excesos de ciertas doctrinas -aplicando diferentes extremos y maneras- cultivan una particular impostura política. Urge accionar respuestas que pongan fin al montaje ignominioso.

Cataluña, con una situación alarmante en sí misma, día a día pone de manifiesto la tormenta que se cierne sobre esta piel de toro. Las elecciones de diciembre dejaron un escenario más que preocupante. Casi media población desea saltarse el marco legal, incluso sortear una situación ruinosa, para conseguir la ilusoria república independiente. Al mismo tiempo, aparece un PP desarbolado, testimonial. Por su parte, ningún partido (constitucionalista o no tanto) salvo Ciudadanos recoge los restos del naufragio pepero. Cataluña anticipa la gran tormenta política que aparece sobre un horizonte de tibieza, engaños, negligencias y corrupciones. Enfrente, vislumbramos al PSOE desorientado, acéfalo, y a Podemos pachucho, mustio, con respiración asistida.

Colectivos catalanes responden con sagacidad a la tormenta independentista. Algo tardíamente, el resto de España -pastueña por vocación- empieza a mostrarse activo porque confirma lo inútil que resulta esperar soluciones fuera de sus propios esfuerzos. Empieza percibiendo el farragoso atasco político ocasionado por la fusión de ineptitud y codicia excesiva. El despertar catalán, infecundo en primera instancia, sirve de cuita al soberanismo y de potente reclamo al resto del pueblo español. No vale quedarse quieto, rumiando la impotencia proverbial. Esta sociedad indolente, confiada, empieza a desperezarse lentamente; puede y debe cambiar su futuro.

Precisamos cautela, voluntad y ánimos, para arrojar lastres seculares. Nadie es totalmente bueno ni malo; sirve quien demuestre decencia. Desconfiemos solo de los populismos tiránicos, pero hay que desenmascararlos porque, sibilinos, captan y dibujan a capricho cualquier entorno. Asimismo, siempre tienen a mano, como aconseja neciamente don Gregorio, un kit de salvación social. Estoy convencido de que el futuro inmediato ofrecerá la oportunidad definitiva. Si acaso sufriéramos el efecto malsano de esa gran tormenta, al menos habremos tomado conciencia de ella.

viernes, 5 de enero de 2018

CÓCTEL PELIAGUDO




Peliagudo es un vocablo de uso coloquial utilizado cuando deseamos destacar las dificultades de resolución o entendimiento. El aspecto coloquial viene definido por esta llaneza con que se comenta la incógnita catalana. Los medios, por encima de otra coyuntura, han hecho hincapié para que fuera tema de tertulia en todo el país. De aquí su carácter cercano, casi familiar. Ignoro qué razones proveen esta importancia tan generalizada. Seguramente alguien me rectificará invocando la soberanía nacional, cuando (en el fondo) resulta un dogal al presumible desmadre autonómico. Si no existiera el Estado Autonómico no precisaríamos esa soberanía restauradora de aquella unidad puesta en entredicho por él.

“Dignos” padres de la patria, gestores de nuestra conflictiva Constitución, sembraron el germen divergente. A poco, se consolidó la quiebra educativa manteniendo común un débil Diseño Curricular Nacional de “obligado incumplimiento”. Con estos polvos, el adoctrinamiento constituyó alimento imprescindible para nacionalismos ultramontanos. Ley electoral e inobservancia continuada al Tribunal Constitucional han traído los ingredientes que ahora se mueven convulsos en la coctelera española. Si a tanto desafuero añadimos el brebaje de la sanidad pública, hospitalaria y farmacéutica, obtendremos el absurdo institucionalizado. Todos, políticos y ciudadanía, conocemos al gato; pero… ¿Quién ha de ponerle el cascabel? Aquel felino enano es ahora una pantera.   

Llevamos años soportando engorrosas licencias provenientes de ámbitos distintos y distantes. Gobierno, con adhesión de palmeros, fechan los inicios cinco años atrás. El relato que propagan es falaz aparte de indigno. Pura invención. PSOE y PP dieron cobertura oficial, al menos, a un adoctrinamiento que emergió hace décadas. Todavía nadie ha interpretado aquella famosa frase de Pujol: “Si cae el árbol también caerán las ramas”. El fondo tiene poco de acertijo y mucho de amenaza. Los respectivos silencios auguran presuntas complicidades, no siempre honorables ni patrióticas. Aquellas extravagancias tipo: “Cataluña contribuye al gobierno de España” ocultaban sutilezas que lavaban usos y abusos cuya frontera rozaba el delito, tal vez lo superaba. Luego una tenue luz ha dejado ver la gigantesca estafa efectuada bajo capa de un catalanismo rutilante, modélico, adictivo.

Sucesivos rituales, escondidos en momentos de convergencia aparente, coadyuvaron a elaborar el cóctel actual. 1-O, fecha del referéndum ilegal; 27-O, día de la DUI y aprobación por el Senado de la aplicación del artículo ciento cincuenta y cinco, certificaron el callejón sin salida a que llevaron las elecciones del 21-D. Tras lo expuesto, estamos en el punto de partida. Peor. Antes faltaban datos sustanciales: efectos económicos de una independencia latente, minoritaria y transgresora, alcances legales, respuesta internacional; asimismo, quiebra social. En el momento electoral se disponía de toda reseña y el resultado ha sido similar. El independentismo sigue ostentando mayoría absoluta en escaños.

Ahora nadie debe disculparse en el error. Los constitucionalistas, incluyendo al dudoso Comú, han obtenido cincuenta y dos coma cinco por ciento de votos, pero el independentismo suma setenta diputados (mayoría absoluta). ¿Qué podemos desentrañar analizando estos resultados? Ante todo, total convicción de haberse realizado una votación visceral. Eso sí, tan democrática como si hubiese sido reflexiva, prudente. Resulta insólito, no obstante, que quienes pueden presidir el gobierno catalán están prófugos o en prisión. Dicho escenario plantea un peliagudo rompecabezas político-judicial.

¿Qué ha de prevalecer, representatividad democrática o ley? Desde mi punto de vista, siempre ley al poseer ventaja numérica en la equidad. Veamos. Cualquier merma en alguno de los tres poderes conlleva un deterioro democrático. Toda la sociedad no participa, en puridad, del poder legislativo ni ejecutivo, pero sí en el judicial donde se universaliza la igualdad. Aquí reside la supremacía del poder judicial cuando entra en conflicto con cualquiera de los otros. El sentido común avala su fuerza argumental; por supuesto, discutible.

Lo antedicho plantea un importante dilema. ¿Qué ocurrirá previo o posterior a la conformación de un nuevo gobierno en Cataluña? Sin sentencia firme quedan intactos los derechos del individuo. Por consiguiente, tanto Puigdemont como Junqueras (junto a otros procesados o en vías de ello), pueden encumbrarse al govern. Diferente sería si se diesen resoluciones judiciales antes de terminarse la legislatura. Incluso podría inhabilitarse medio gobierno o parlamento catalanes. No hablemos ya de prisión, muy probable. Uno, cuando incumple la ley, sabe a qué consecuencia se expone. Desde luego, no puede guarecerse en desconocimiento o presunto mandato ciudadano. Las reivindicaciones se ultiman dentro del marco legal. Tal sugerencia sirve para cualquier individuo.

Ese dos y medio por ciento acaso justifique el nacimiento de Tabarnia que utiliza las mismas sutilezas -quizás menos farisaicas- que articulan los independentistas para segregarse. Son análogas en calificación y peso. Con parecidos argumentos podemos considerarlas igualmente válidas o no, ajustadas o infantiles. Las disonancias son interesadas, objetivamente insostenibles. Los dos desarrollos parecen una broma, sin que la edad de ambos añada o reste juicios extemporáneos o caricaturescos. Sin embargo, y más allá de apreciaciones mías -aun foráneas- al gobierno central le crea un cóctel peliagudo. Estoy convencido de que navegará entre el desprestigio u otra concesión a la galería. ¡Cuidado!, Ciudadanos viene dando caña.