viernes, 27 de octubre de 2017

CON LA SOGA AL CUELLO

Al iniciar este artículo nadie sabe qué va a pasar (sospecho que ni los protagonistas), pues el fiel de la balanza puede preferir o desdeñar cualquier flanco. No sé, pero sensatez y sentido común se muestran ligeros frente al peso muerto que comporta todo suicidio. El momento entraña bastante desazón ante lo que se juzga sin salida satisfactoria. ¿Cómo encajar la no aplicación del artículo ciento cincuenta y cinco después del pulso echado? Malo si se aprueba, peor si se inhabilita. Tras el error cometido por mí cuando pronostiqué (ver el artículo “Atado y bien atado”) que todo apuntaba a pacto previo, no me atrevo a realizar ningún otro augurio. Con individuos irracionales, encaramados a nula mesura, la adivinación constituye un ejercicio aventurado, inútil. Lo constata el proverbio francés: “Nunca permitas que tus pies vayan por delante de tus zapatos”.
Pensaba, pobre, que sería milagroso proyectar tanto desatino sobre esta disputa cuya cota de exaltación, quizás penuria humana, considero insólita. Hubiera sido razonable alcanzar acuerdos, pilotados con extrema prudencia, para compensar excesos de avidez, de insolidaridad, de narcisismo. Ya avisaba Spinoza: “Si deseas que el presente sea diferente del pasado, estudia el pasado”. Estoy convencido de que los prebostes catalanes de Convergencia y el PSC pretendían dos objetivos. Por un lado, enarbolar la bandera de un soberanismo postizo para obtener regalías y competencias. De otro, iniciar un amplio adoctrinamiento identitario que alimentara su cobertura de votos. Ni más ni menos. Sin embargo, sabemos que el hombre propone y Dios, o el destino, dispone.
Cuando retomo el artículo, habiendo disipado horas y horas ante una televisión reiterativa, densa, insoportable, ya se ha consumado la atrocidad. Viene a colación aquella frase de Einstein sobre la infinitud de la estupidez humana. Hasta hoy, suponía que conformaba un exordio profundo, pedagógico. Visto lo visto, confirmo una penetrante habilidad del físico para dibujar generosamente algunos atributos individuales, aun colectivos. Todo lo cual, dicho sin conocer al político patrio. Menudo castigo. Y nosotros con estos pelos.
Sea como fuere, al bodrio se le da apariencia democrática y legal. Termina esta caricatura grotesca con la aprobación de medio Parlament para tramitar su ansiada república independiente de Cataluña. Insertos en lo jocoso, semejante porfía me recuerda a la de aquel que acariciando el disparate quería comprar medio armario. Al otro lado, un Senado justiciero aprobaba la armadura “suave y gradual” del artículo ciento cincuenta y cinco. Mientras, los jueces dejaban para el lunes cualquier medida penal, lícita, carcelaria. La prórroga del horizonte penal, además de generar lucubraciones temerarias, es inoportuna e indecorosa. Imposible explicar semejante regate, pues la justicia lenta, indolente, no puede considerarse justicia. A poco que analicemos los hechos, ambas acciones matizan un sí pero no. Seguimos jugando al ratón y al gato. Sancionar de forma sutil una república independiente a la vez que repeler escrupulosas medidas constitucionales para restaurar el statu quo, supone un costo institucional, social y económico, elevado. Nadie quiere -se atreve- a anotarlos en su debe. Menos, si a algunos puede afectarle personalmente.
Pase lo que pase en los próximos días, el asunto seguirá patente porque supera cualquier ámbito político. Hoy, el tema adquiere una componente exclusivamente social. La manipulación populista acarrea situaciones difíciles, endiabladas. Toda referencia a tópica ideologización de las masas, constituye un eufemismo que ensalza la miseria semántica vinculada a procesos revolucionarios. Al final, la masa se mueve por atesorar conquistas materiales, de acuerdo con su encarnadura pedestre. Por este motivo, solo puede desengañarse analizando errores vividos, nunca descritos. El éxito es alumno ignorante; el fracaso, el yerro, profesor fidedigno.  
Nuestro entorno actual -tanto interno como externo- niega cualquier acceso a la fuerza, pero tampoco conviene limitarse al privilegio e insolidaridad. Se abrirían heridas injustificadas que pudieran arrastrar al país hacia una desvertebración definitiva. Como dije, únicamente se aprende de los fracasos; más si cabe, cuando se fanatiza una conciencia dogmática. Razón por la que un gobierno inteligente permitiría el experimento independentista. Solos, aislados, sin amparo nacional ni internacional. Tengo la certidumbre de que el vigor soberanista quedaría reducido a la nada por convicción. Cuando el paro y la miseria se adueñaran del escenario, cuando su propia experiencia les hiciera vislumbrar falacias y camelos, surgiría una explosión de clarividencia, no precisa en estos casos sino esencial. ¿Existe otra forma duradera de convencer al hijo pródigo?
Distintas medidas -manipulándolas hasta retorcer la realidad; es decir, su quimera- sería darle fundamentos eficaces al torbellino independentista. Nada costaría viciarlas por esta demagogia inapreciable para una sociedad infectada de populismo. Un alimento generoso y gratuito que satisfaría al govern cesado, amén de asociaciones cebadas con subvenciones públicas. El sueño, las pesadillas, terminan cuando se hace la luz. Hasta el método científico se basa en aquel principio irrebatible de prueba y error. Dejemos, con ayuda de Europa y del llamado primer mundo, que se equivoquen, que aprendan.
Seguramente este periodo necesario, desde mi punto de vista, haga daño a catalanes sensatos. Soluciones diferentes, más allá de no enderezar nada, les haría un daño infinito dada la quimera sembrada por adoctrinamiento largo tiempo planificado. Se debe evitar por todos los medios que la fractura social desemboque en enfrentamiento civil. Examinemos una sentencia de Quintiliano: “Lo que no ayuda, estorba”. Ocurre con las llamadas frecuentes al diálogo, al pacto (insustanciales brindis al sol), de aquellas siglas que carecen de programa nacional y coherencia. Cada vez que Podemos expele algún mensaje desabrido, frívolo, atentatorio, asoma en mí una mueca jocosa, tal vez de conmiseración. ¿Cómo se puede ser tan bocazas? ¿No se dan cuenta de que así pierden crédito a chorros? Al hacer lo que sabemos y después airear vocablos como democracia, libertad, convivencia, derechos humanos, etc. me desternillo y asqueo. Se ven, al igual que los políticos catalanes, con la soga al cuello.
 
 

viernes, 20 de octubre de 2017

QUIJOTES Y SANCHOS


En varios lugares de La Mancha, de cuyos nombres temo no acordarme, hemos ido viviendo la paradoja cervantina. El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha es un título contradictorio ya que loco e ingenioso son antagónicos. Con todo, eso es otro tema. Nuestro periplo, llanura eterna con escasos oteros, está protegido por un ejército de colosos astados. Preveíamos besanas e interminables viñedos, pero hemos encontrado también inesperadas plantaciones. Queríamos recorrer la ruta del Quijote conociendo además los pormenores del asunto catalán. A cada paso -con acelerado vaivén- iban sucediéndose informaciones viejas, si no opuestas, al segundo siguiente. La cuestión interesa, preocupa. Una insólita sacudida recorre, quizás vertebra, mesas de redacción y noticiarios audiovisuales. Personalmente, todavía tengo dudas de si Cataluña, y su artificial coyuntura, merecen la histeria político-social engendrada. Si bien es cierto que llevamos juntos siglos, que don Quijote y Sancho unieron centro y periferia con instinto viajero, cada cual puede estrellarse a gusto si su empeño impide soluciones serenas, ilesas o poco lesivas.

Iniciamos viaje (mi señora y yo), junto a otra pareja amiga, el pasado jueves día diecinueve. Jalonábamos castillos, molinos, historia, literatura y buen yantar, con notables deseos de escuchar notas aclaratorias, definitivas, emanadas del sentido común. Vana esperanza. Acompañando el retiro nocturno, tras frugal -casi monacal- cena, confiábamos cuerpos y almas a la información. Nada nuevo ni tranquilizador. Los políticos catalanes, jaleados por una muchedumbre enfebrecida, agresiva, seguían echando un pulso estúpido al Estado, a la sociedad restante. Cerraban, sin resquicio alguno, toda posibilidad de avenencia. El adoctrinamiento educativo-mediático carece de freno.

Belmonte y Mota del Cuervo, dos perlas conquenses, conformaron la primera veta de hidalguía, de buen comer, que fue recurrente a lo largo y ancho de otras jornadas. Bajo estos atributos vertebrales (largueza y soberbio alimento, repito), tras Campo Criptana y sus famosos molinos siguió El Toboso de Dulcinea hasta recalar en Alcázar de San Juan. Exhaustos, pero satisfechos, recibimos la muy grata bienvenida de Beatriz, encanto hecho recepción. Las tierras cervantinas, pragmáticas, llenas de realismo sanchopancista, siguen preñándose de trigo. La viña, con europea subvención, fue arrancada sustituyéndose por el oriental pistacho y olivo mediterráneo. Es la visión del agricultor sagaz que surge del entorno seco, mísero. Quedan, sin embargo, quijotes que completan esa dualidad tan española. La Asociación de Amigos del Museo del Carro, en Tomelloso, aporta excelentes muestras que constatan el esfuerzo desinteresado. Gentes con espíritu recio, solidario, perseverante, llevan décadas para conseguir un sin par museo etnográfico, “bombo” descomunal incluido.

Argamasilla de Alba parece copar el núcleo representativo. En esta villa, los contrastes (canal y aridez) constituyen la esencia, la encarnadura, de un territorio que cabalga -como nuestros protagonistas cervantinos- entre un realismo tosco, rural, casi indigente, y una sensibilidad noble, limpia, generosa. Aquí, donde según cuenta la tradición estuvo preso Cervantes, reside Lorenzo. Orondo de figura pero proceder recto, un Sancho Panza gigantesco, encierra el talante liberal del Quijote sin recovecos, presto. Nos dio bien de comer. Individuos como él, orgullosos de su tierra, engalanan balconadas de hermosas labranzas con banderas nacionales. Todos los pueblos estaban llenos de ellas.  

Puerto Lápice recibe al visitante mostrando su Plaza Mayor. Uno, si bien ya advertido, queda raptado por el encanto, la fascinación. Lo despide esa venta -transformada hogaño en moderno restaurante- ataviada con ropaje antañón. Almagro colma las esencias de la ruta, más allá de palacios y casonas blasonadas, con un trío bastante novedoso: Plaza Mayor, Corral de Comedias y Museo del Teatro. La primera comporta un amplio espacio rectangular con portales laterales para guarecerse del sol, supongo, que no de la lluvia. Sin adjetivos, pese a padecer sobrexplotación turística. Gozamos de una breve representación teatral que compendiaba diferentes piezas del Siglo de Oro. Por cierto, si quieren un consejo, no paren a comer en Moral de Calatrava. De los diez-quince euros habituales y viandas deliciosas, pasamos a los veinticinco de cocina normal. La viña del señor, nunca mejor dicho por estos lugares de buen vino, deja sorpresas ingratas.

Como exponía al principio, estos días conjugamos fantasía e indelicadeza, invención y realismo. Algunos, sin moverse del despacho-camilla de psiquiatra, confunden ambas. En Alcázar de San Juan, viernes noche, nos topamos con un independentista catalán. Su dogmatismo, ese apuntar ciego, me llevó a concluir de golpe un diálogo imposible. Le había inquirido sobre el escenario actual por aquellos lares conflictivos. La respuesta fue suficiente para entrever una argumentación única, pasiva, irreversible. A poco, todas las cadenas informaron que, ante la postura radical del “govern”, el gobierno central pondría en marcha de inmediato el artículo ciento cincuenta y cinco. Cabe algún matiz del PSOE, como mínimo, amén del retroceso no de Puigdemont (arrebatado por la vorágine, tal vez estulticia) sino del PDeCAT económico. Me extrañaría que el auténtico poder burgués permita tanto signo psicótico cuya consecuencia será la ruina autonómica, sin conocer la verdadera razón. ¿Prurito o tapadera?

No obstante, los soberanistas montan a Clavileño picando espuelas hacia una utopía, un delirio, que conduce al suicidio colectivo. Su engendro puede terminar con Europa si esta no pulsa el resorte político y económico que confine a aquellos impidiendo su contagio. Probablemente la fractura social supere cualquier medida interna, pero el boicot internacional debiera ser suficiente para evitar epidemias. Esta locura, sanchopancista más que quijotesca, tendrá consecuencias difíciles de subsanar pues se ha abierto un abismo social que tardará generaciones en cerrarse. De nuevo ha surgido la división, las dos Españas, la de quijotes y la de sanchos. Cataluña, ahora, ha sido el punto de ignición.

 

viernes, 13 de octubre de 2017

NADA, OQUEDAD Y HUNDIMIENTO


Decía Bacon que nada induce al hombre a sospechar mucho como el saber poco. Tal frase ratifica su certidumbre en momentos históricos. Análisis y conjetura se imbrican, a veces funden, a la hora de advertir qué ocurre, por qué tanta expectación. Una plaga de incauto cotilleo se vislumbra en la ciudadanía ahíta de argumentos que le lleven a conciliar sentido común y actos ininteligibles. Vano intento, pues entrevemos complejo acceder al retorcido mundo dirigente. No debido a dificultad objetiva sino porque la dinámica política esconde trayectorias diversas marcadas todas ellas con el sello de la coyuntura, de la paradoja, tal vez del descalabro. Ahora, el analista rebosa espejismo -empapado de sed- pareciéndose al viajero perdido en el desierto.

Semejante extravío, este caminar por el erial informativo, no surge de forma mágica o milagrosa. Hay que atribuirlo a despierta voluntad, a cruel rechazo, de quienes debieran clarificar el itinerario para alcanzar la Tierra Prometida. Todo Estado, su gobernanza, tiene como origen y fundamento salvaguardar derechos e intereses ciudadanos. En este sentido -a lo que se ve- principio rector y tarea ocupan ámbitos antagónicos, divergentes. Cierto es que el escenario está plagado de oportunistas trincones o, en su caso, de necios indocumentados, oportunistas. Tanto monta monta tanto, unos y otros transitan beodos, vacilantes, sin conferir impulso; cuánto menos, esperanza futura. La actual situación arrastra al exégeta a conformar un oráculo atrabiliario, acre; asimismo, expuesto a aturdimiento permanente.

Si bien su andar es sibilino y acarrea confusión, el político se va desenmascarando. Por afinidad con un popular aforismo, podemos asegurar que quien miente tiene las patas muy cortas. Además, mentira y paripé carecen de embalaje sugestivo para vestir un tosco papel de estraza. Muestran tanta necedad que ya ni ocultan un talante agreste, mediocre. La confianza da asco, suele asegurarse, y estos individuos ya no se molestan en guardar las apariencias. Ignoro si es bellaquería, arrogancia o burla, pero su estilo y actitud rozan, más allá de la insolencia, el desprecio. Siento no concretar ninguna excepción porque están confeccionados con el mismo patrón al estilo de aquellas “hornadas” que retrata precursoramente “Un mundo feliz”.

El común, pese a diferencias filosóficas, identifica nada y oquedad vocablos sinónimos; pues, en un espacio no infinito, ambos enuncian lo mismo. Nuestros próceres -ayer, hoy y mañana- adolecen de vacíos profundos, integrales, hasta el punto de constituir su distintivo vertebral. Don Mariano, presidente sin iniciativa, cabalga a lomos de una inactividad proverbial e indecisión arraigada. El séquito silente se esfuerza por convertir semejante carencia en plenitud. Dice, a coro, que está curtido en gestionar los tiempos, pero pasa olímpicamente de Cronos. Pudiera insinuarse (sin temor a errar) que el tiempo, los tiempos, ajustan su quehacer definido siempre por dudas y zozobras. Personifica lo inadvertido, no ya como táctica sutil sino como encarnadura sustantiva. Despliega un muestrario de abalorios con el que encandila a la desolada feligresía ahíta de jovialidad, de optimismo. En los últimos meses hace malabares lanzando al aire la bonanza económica y el artículo ciento cincuenta y cinco.

Pedro Sánchez es un buñuelo de viento. Tras Felipe González, PSOE, desorientación y anemia, trajeron caos, división e inmundicia a la izquierda moderada. Zapatero fue el principal responsable gestando aquella nefasta Ley de Memoria Histórica y el Estatuto Catalán. Hoy, el secretario general -perdidos brújula y sextante- vive sin vivir en él reclamando un Estado Federal invertebrado; es decir, sin sustancia programática. Su proyecto político, su vena de estadista, dejo ayer aquella impronta imperecedera de “no es no”. Actualmente acaricia el éxito su “sí, pero…”. Es perito de lo virtual zambulléndose en todo aquello que pueda significar un voto. Menudo zascandil.

Nadie, sin embargo, se acerca al récord de don Carlas (perdón por mi fonética). El señor Puigdemont, sepulturero de la autonomía catalana, no personifica el vacío político, lo borda. Extraño, a fuer de singular, creador y contestatario de una independencia irrisoria, cómica, este personaje -si pasa a la Historia- vivificará a alguno de “La venganza de don Mendo”, sainete de Muñoz Seca. Acompañado, quizás complementado, por Ada Colau para concluir el sinsentido, se muestran empeñados en despeñar Cataluña de forma cruel y definitiva. Utilizan sin recato la demagogia junto al populismo con ajustadas dosis de tácticas fascistas. Por cierto, esta señora protagonizó una entrevista en la que, tras media hora, ofreció un vacío indecente. Navegaba gris, a la deriva, con proposiciones comunes, triviales, sin aporte alguno. “Bendito ser quien calla cuando no tiene nada que decir” apuntó Ben Jonson, dramaturgo renacentista inglés. Vaya dúo; para enmarcar.

Cataluña se hunde irremisiblemente. Queda poco margen de maniobra, por no decir ninguno. Y lo peor no sobrevendrá por su empobrecimiento, qué va; lo agotador será revertir la fractura social, su belicosa ceguera. El adoctrinamiento educativo y mediático debido a intereses concretos, constituye un caldo de cultivo extraordinario para sucumbir hechizado bajo el populismo oneroso. Estoy convencido de que la autonomía más próspera y moderna pasará momentos terribles por mor de un independentismo fanático, iracundo, irracional. Como dice la Biblia, luego vendrá el llanto y crujir de dientes, mas levantar lo hundido será misión de titanes, casi imposible. Intuyo pocas ganas de razonar pese a signos notables, evidentes, clarificadores. Por el contrario, quedan fuerzas para aventar falacias, para ahondar diferencias. Aún existen individuos con la quimera de que se confunda, incluso fuera de nuestras fronteras, patraña y realidad. Mientras, entre todos la mataron y ella sola se murió. 

 

viernes, 6 de octubre de 2017

LLEGA LA HORA DE LOS LILIPUTIENSES

Quizás este epígrafe no se ajuste a la concreción que pudiera colegirse de la inmediatez ofrecida por el verbo. Llevamos siglos de indigencia. En cualquier caso, prefiero ser magnánimo antes que riguroso. Tras advertir contradictorios sentimientos por las imágenes que contemplamos en televisión, me siento aturdido ante el absurdo. Viene a mi mente una frase precisa: “La vida es tan buena maestra que si no aprendes la lección te la repite”. El día seis de octubre de mil novecientos treinta y cuatro, Cataluña y su presidente Lluís Companys recibieron una lección.
Ochenta años después, por olvidar aquellas enseñanzas, está a punto de repetirse la Historia. Por aquel entonces, con un gobierno radical de Lerroux y la CEDA, Companys proclamó la república catalana con una arenga que empezaba: “¡Catalanes! Las fuerzas monárquicas y fascistas que de un tiempo a esta parte pretenden traicionar a la República han logrado su objetivo y han asaltado el poder”. Puigdemont probablemente no cambiara una coma -salvo mención al sistema republicano- si se atreviera a declarar la independencia de forma unilateral. Cuarenta y seis personas abrieron una gigantesca, estúpida, lista luctuosa.
Como digo, ochenta años después hemos cincelado un escenario similar. ¿Hay responsables? Sí, y muy diminutos; indocumentados e ineptos. Primero, los políticos catalanes junto a su escandalosa corrupción. Luego PSOE y PP, que permitieron todo tipo de abusos (incluyendo el adoctrinamiento infantil) mientras eran apoyados en aquel toma y daca ignominioso. Por último, un pueblo que perdona sus trascendentales faltas votando sin exigir ninguna penitencia ni propósito de enmienda.
Hablemos claro. Suárez, Felipe González y Aznar, no supieron -o no quisieron- limitar cuantas concesiones exigían los nacionalismos, básicamente CiU, para gobernar sin trabas. Constituía una deslealtad a la sociedad española fácilmente remediable. Solo con cambiar la Ley Electoral se hubieran librado del tributo que menoscababa al resto. Esta Ley que permite cincuenta y dos circunscripciones electorales es culpable, en buena parte, del problema. PP y PSOE no quisieron cambiarla y ahora tenemos una España hecha a la eventualidad y desiderata del nacionalismo catalán con el patrocinio cómplice de cierto político delirante, por utilizar un epíteto caritativo y piadoso.
Hoy, todos se vuelven garantes de la unidad nacional sin reconocer que su inacción ha sido génesis de tanta inquietud. ¿Por qué la judicatura, las fuerzas de orden o la sociedad, deben resolver finalmente los conflictos alumbrados por políticos cobardes e incapaces? ¿Por qué el rey tiene que quedar desamparado, a la intemperie? ¿Qué les impidió concebir una única circunscripción electoral para el Parlamento y cincuenta y dos para el Senado? ¿Qué particularidad obliga a aguantar en el Congreso, cámara nacional, a gentes que se definen con recochineo no españoles? ¿Qué democracia, en fin, estamos tolerando?
Los partidos mínimos -algunos prescritos- y nacionalistas habían perdido peso político y capacidad de gobierno en un país que tenía dudas de su fe y compromiso. ¿Cómo puede formar parte de una institución española quien se siente extraño a España? Pues sucedió sin alarma ni controversia. Si no vuelve a ocurrir es porque la aparición de siglas ¿nacionales? en el ruedo ibérico tiene “acongojados” a los grandes. Tanto absurdo, tanta desfachatez, nos ha llevado a un clímax, más que insólito caricaturesco.
No cabe duda, hemos perdido la brújula. Gobierno y oposición dejaron de utilizarla tiempo atrás. Al presente, jueces, policía y guardia civil se ven envueltos en una vorágine que les ha sido impuesta por holganza de los primeros. Es bueno que arrecien voces exigiendo al “ejecutivo” que haga cumplir las leyes o, si se presiente incapaz, permitir el adelanto electoral. La ciudadanía se está hartando de tanta tibieza, languidez y vanagloria. No actuar degrada día a día nuestra realidad. Cualquier interacción entre gobierno e independentismo sigue las leyes físicas: si uno se achica el otro se agiganta en la misma medida.
Nadie puede considerarse exento de culpa, ni siquiera Ciudadanos aunque aparente tener ideas claras; al menos, más claras que el resto. Desde mi punto de vista, bate cualquier récord el nuevo PDeCat matrimoniado con una desequilibrante CUP que le hace confundir discernimiento y esquizofrenia. Jamás podré entender qué amalgama a ambas siglas tan divergentes. Pienso que uno y otra solo tienen en común el error; ese que, por diferentes razones, aproxima al precipicio a Cataluña. Aquel, para ocultar una corrupción amoral, escandalosa. Esta, intenta dar un paso inmenso si viene acompañado de caos revolucionario, devastador. Izquierda Republicana, remozada la lección histórica, teme que su huida hacia adelante le prive saborear un crédito que se le escapa. Vigilen, para evitarlo, a los señores Tardá y Rufián. Por cierto, si yo fuera este último exploraría, contra cuchufletas, un nombre artístico; en este caso, de guerra. 
Aparte Puigdemont, revestido de necio peligroso, el PSOE consigue -cum laude- el galardón a la incoherencia. Tras una trayectoria quebrada, ora apoyando ora zahiriendo, “le moja la oreja” (por mi tierra, antiguo dicho infantil ante un dominio incontestable) a cualquier sigla nacional o autonómica. Podemos sigue fuera del análisis porque su derrota hacia una izquierda radical, neurasténica, le impide presentarse a examen democrático. Utilizan parejas fórmulas para discrepar, tal vez convenir, al mismo tiempo. No convence un partido que rompe y pega sin solución de continuidad: agreden y defienden, al unísono, descaradamente, a la guardia civil.
Vemos, asimismo, inocente culpabilidad en quienes debieran hacer tenaz y sincero acto de introspección. Nadie se libra del papel que le correspondió representar a cada uno en esta farsa, pronta a reventar. Dar la espalda a los acontecimientos, dejar que se pudran, corromper diferentes pautas de convivencia, resulta repugnante. El rey, junto a jueces y fuerzas de orden, han cumplido de forma notable su negociado. Los demás intentan ocultar un patente enanismo transfiriendo a otros su cobardía e ineptitud. Como expresaba el clásico: “Grande es aquel que para brillar no necesita apagar la luz de los demás”. Ha llegado la hora de los liliputienses.
 

viernes, 29 de septiembre de 2017

ATADO Y BIEN ATADO


Nos acercamos a una respuesta definitiva, a desentrañar cuánta inconsciencia existe entre quienes ponen en riesgo la placidez ciudadana. Mientras llega Cronos y desvela si hay motivos para tanta inquietud, el común atiende ansioso, debates, telediarios, hasta empaparse de información. Observa que aparecen sobre el horizonte patrio negros nubarrones de fanatismo. El espanto mortifica a individuos poco acostumbrados a leer, menos entre líneas. Un ¡ay! generalizado ocupa el espacio que unos y otros se encargan de emponzoñar imprudentemente. Tal vez sea este el único cabo suelto, el elemento incontrolable en la operación de laboratorio que están llevando a término. Integrar un catalizador social resulta explosivo porque es imposible precaver el comportamiento humano sometido a presiones extremas.

Venimos reparando de qué manera nuestros prohombres atizan el fuego. Manifestantes “espontáneos”, “pacíficos”, rodean a la Guardia Civil, queman sus coches y los vejan de forma inmisericorde; tal vez, por ser hombres de paz. El campo contrario se siembra de loas, de adioses épicos, de arengas, que superan cualquier prurito compensador. Y todo se manosea en las pantallas hasta tonificar sentimientos divergentes e irreductibles. El escenario queda dividido; una división programada, necia, para forzar comportamientos inciertos a la hora de mantener el orden y la convivencia. He aquí la rueda de molino con la que nos quieren hacer comulgar y van aliñando durante años. Huyen, haciendo guiños liberales, del “ordeno y mando”; precisan una sociedad de relleno, de excusa democrática. A la par, velan arbitrariedades, excesos, abusos, apropiaciones e ineptitudes sin fin. Quienes empiezan a vivir de la bicoca en que se ha convertido la política nacional, aprestan lengua, dientes y manos. Son artificios imprescindibles, necesarios.

Sí, amigos. El1-O cada cual cumplirá sus compromisos de forma sui géneris. El gobierno porfiará presionando para que la gente no vote. La horda independentista votará jugando al ratón y al gato, pero votará. Los medios ampliarán los esfuerzos de ambos ejecutivos para que el personal vea la realidad virtual acordada. Al final, la votación quedará en agua de borrajas, no habrá vencedores ni vencidos y se tomará la decisión de iniciar conversaciones “para evitar males mayores”. De repente, políticos “irreflexivos”, “irresponsables”, entrarán en lucidez -amén de inspiración sacra- propiciando conciertos imposibles hoy. Cuán liviana es a veces la voluntad y con qué sacrificio retorna a fin de conseguir convivencia y paz sociales. Constituye su excelsa contribución de gobernantes juiciosos, dicen. Cínicos.

Que… ¿cuáles son mis argumentos? Los procedentes de un sentido común “trabajado”. Weber opinaba que poder y dominación eran sinónimos. Robert Michels aseguraba que todo poder queda supeditado al control de grupos reducidos, políticos o financieros. Demasiado condescendiente con los políticos, sabía que el poder sustantivo, imperecedero, es patrimonio del mundo capitalista. Este dominio solo puede mantenerse mediante farsa o violencia. Al político le corresponde el indigno papel de encarnar la farsa. Pueden soslayarse así, dentro de lo posible, reparaciones violentas. No obstante, debiéramos recelar de quien se confiesa pacífico y persona de orden. Así lo constataba Diderot: “Cuidado con el hombre que habla de poner las cosas en orden. Poner las cosas en orden siempre significa poner las cosas bajo su control”.

Un presidente, por torpe que parezca, está sometido a designios, a planes, que escapan al contribuyente. Especulamos que Puigdemont, verbigracia, es medio simple si cree que Cataluña seguirá en la CEE y que el PIB catalán, junto a la renta per cápita, aumentará notablemente con la independencia. Sabe que no es cierto, y en el supuesto improbable de que no lo supiera se lo harían saber. La independencia trae como obligada compañera de viaje la ruina del Barcelona Club de Fútbol, el empobrecimiento de cientos o miles de empresas cuyos propietarios no lanzarán cantos a su tejado, la indigencia política de tanto abrazafarolas y la miseria de una sociedad que tardaría meses en gestar graves revueltas.. ¿A quién le interesa, pues, una Cataluña independiente? A nadie. Miento; le interesa a cualquier español harto de la insolidaridad y egoísmo catalán, fruto del adoctrinamiento mezquino reiterado en anteriores artículos. Realizan ejercicios de distracción porque ese éxtasis identitario, fabricado durante cuarenta años de evangelio educativo, ha sobrepasado las líneas trazadas generosamente por el conjunto político-judicial.

“Del fanatismo a la barbarie no hay más que un paso” mantenía un enciclopedista francés. Políticos y financieros, todos, se han asustado de su propio monstruo, creado al objeto de ocultar corrupciones excesivas; reviviendo, al paso, entusiasmos interesados. Aquella avalancha social que hace tres años, en la Diada, superó a la vanguardia política que servía de freno, les metió el miedo en el cuerpo. ¿Qué hacer? ¿Retroceder? Sí, pero de modo que pareciera avanzar. Luego vendrán sugerencias de todo tipo para componer el dislate. De momento, el plan les saldrá redondo mientras la sociedad castellana, extremeña, valenciana, etc. continúen alimentando una indolencia onerosa y delatora. ¿Saben cuánto nos va a costar Cataluña? Aparte daños morales, miles de millones en el acatamiento e incontables más para “convencerlos” de que España los quiere. Somos, sin ningún género de duda, su gallina de los huevos de oro.

Entre tanto CUP y Podemos bajo todas sus siglas, de forma vergonzante, quieren obtener buena pesca de este río revuelto al que los medios agitan las aguas, de por sí bravas. Lo malo, asimismo, no es que ambicionen pescar, lo hediondo es que intenten convencernos de que su caña, a fuer de democrática y honrada, es la mejor. Como siempre ocurre, se impone la quimera de los vencidos, sin sentir que todos somos derrotados; de los que quieren demoler lo imposible y se niegan a levantar lo deseable. Cabe mi tesis o todos nos hemos vuelto locos.

Una vez más -permítanme el inciso porque viene a cuento- rememoro que lo ocurrido al Banco Popular fue un robo con nocturnidad y alevosía. Los intentos del Banco de Santander, único privilegiado y cómplice necesario, no permiten ninguna solución aceptable. Yo no quiero bonos de fidelización, quiero mis acciones dentro del circuito de valores. Caso contrario, prefiero mantener viva la evidencia del requiso que haré expreso de vez en cuando. Espero manifestarme en nombre de miles y miles de accionistas burlados.

 

viernes, 22 de septiembre de 2017

DE ALBERTO GARZÓN A KARMELE MARCHANTE

He de reconocer con afligida humildad que, pese a mi vocación analítica y escepticismo sempiterno, me han decepcionado dos políticos. Quizás fuera más apropiado hablar de engaño, de ser un ingenuo damnificado. Zapatero y Alberto Garzón ganaron, inoportuna e infundadamente, mi confianza. Y ambos lo hicieron por la cara. Zapatero camuflaba un caradura tras la careta, tal vez máscara, de necio supino aderezado de generosa bobería. Con esa expresión, ¿quién no le compraría un coche de segunda mano? Luego resultó, en vez de galgo, podenco; o salchicha, que corre menos. Don Alberto, exhibe rostro intuitivo, vivaz, clarividente, espejo de equilibrio y sosiego. A poco, se impone la realidad con un cortejo hueco, sin fecundar, indigente. Dejo escapar un ¡oh! efímero, desencantado, yermo. Al momento, desaparece el político llamado a representar un papel cardinal en la izquierda marxista y emerge, por ensalmo, un remedo populista, onírico, extraterrestre; un placebo.
Vislumbro estupefacto al amable lector por el epígrafe que encabeza este artículo. No me extrañaría una pregunta imperiosa, razonable: ¿Qué tienen en común ambos personajes? Solo se me ocurre aventurar similitud en su hipotética inteligencia. Es conocida la opinión generalizada sobre el cimiento intelectivo del diputado Garzón. Al mismo tiempo, las excentricidades de la pintoresca periodista se suponen debidas a un alto grado de coeficiente mental. Cierto es que los excesos o defectos extremos suelen capitalizarlos quienes superan por mucho, o no llegan, esa línea -ridícula pero cruel- que conforma la normalidad. En este caso, ambos se acercan, supuestamente, al límite superior. Este, y no otro perceptible, es el yugo que los enlaza.
Sin embargo, y pese a lo dicho, el mejor escribano echa un borrón. O dos. Alberto Garzón, entrevistado en un programa nocturno de una cadena televisiva, se dejó decir algunas frases que paso a examinar. “España necesita una Constitución que faculte el Estado Federal”. Si el federalismo fuera simétrico, solidario, los políticos y gran parte de la sociedad catalana no lo aceptarían. Si fuera asimétrico, no sería federalismo en sentido estricto. A más a más, que dirían los catalanes, un Estado único es incompatible con un sistema de estas características por definición; sí, cantonalismo federal como ya se hiciera en la Primera República y cuyos alcances fueron caóticos. Cierto que pueden alegarse múltiples argumentos para constituir uno u otro Estado federal adscritos a diferentes postulados. Por eso, todo el mundo habla de él pero nadie lo perfila. 
Insiste, pobre, en un referéndum pactado. Olvida que la Constitución proclama y defiende la unidad de España y su soberanía nacional. Por tanto, primero hay que modificarla mediante Cortes Constituyentes y posterior referéndum nacional. Cualquier apelación a una consulta pactada, implica un fastuoso brindis al sol; vano y estúpido voluntarismo con esperado rédito electoral. Menciona como ejemplo que debiera derribar barreras el referéndum escocés, sin especificar características, condiciones y leyes que lo ratificaron. Estoy convencido de que Cameron cumplió la ley. Si Rajoy lo permitiera aquí, en estas circunstancias, tomaría las normas y los derechos ciudadanos por el pito del sereno. Los que vociferan e invocan el derecho a la autodeterminación de las naciones (que ya expuso Lenin a principios del siglo XX, advirtiendo diferencias notables respecto al que se pretende aquí), si gobernaran, responderían exactamente igual que la URSS con Hungría, en mil novecientos cincuenta y seis, o Checoslovaquia, en mil novecientos sesenta y ocho.
Los excesos, que por cierto no tienen linde ni finiquito, atesoran consecuencias aflictivas; de mayor enjundia si son acometidos por un responsable político. Garzón manifestó que en Cataluña se aplica la ley “de forma radical y espantosa”. Parece demencial que alguien afirme semejante barbaridad refiriéndose a un país democrático; más si cabe, cuando lo hace un personaje público. ¿Qué confianza y respeto puede sugerir un político que se expresa de tal guisa cuando debiera cumplir y hacer respetar las leyes? Don Alberto persevera y afirma rotundo que se están conculcando los derechos fundamentales. Caricaturiza nuestro poder judicial y trasluce el devenir de cualquier nación donde la democracia brilla por su ausencia; verbigracia, Venezuela. Él llamó a la oposición venezolana, terroristas. Pasión y razón no casan, son antitéticas, divergentes.
Descargando furia y responsabilidad únicas al PP, afirmó impávido que Unidos Podemos respalda a los independentistas porque están -yo diría viven- contra Rajoy. Excelente y sutil motivo; riguroso, convincente. Desgrana, tipo papagayo, la relación habitual de sitios comunes: “Estamos en un Estado de excepción”, “el conflicto catalán es político y precisa soluciones políticas”, “aplicar la ley ahora puede agravar el asunto”, “para resolver la situación es necesario gente responsable”, “la Constitución hay que cambiarla, no reformarla”, etcétera, etcétera. ¿Caeremos algún día en manos de estos indocumentados? No creo que la sociedad ni el ensamblaje internacional lo permitan.
Adivino que ustedes, amables lectores, van cayendo en la cuenta del porqué de este epígrafe. Karmele dijo en un rapto de estulta progresía: “Yo quiero quemar el Tribunal Constitucional y la Conferencia Episcopal”. ¿Solo? Qué modesta se insinúa esta señora cuyo sentido del ridículo desapareció hace tiempo. Pues bien, ambos personajes -tenidos por inteligentes- vienen constatando lo incierto de tal opinión. Comprobamos que la dádiva social supera los atributos intelectivos de Alberto y Karmele. Personalmente, esta última me es indiferente respecto a su naturaleza, hechos y dichos. Garzón no; Garzón, en quien confié tiempo atrás, ha terminado ofreciendo hechuras endebles, cerriles. Me ha defraudado. Por todo lo expuesto, hubiera podido titular el artículo: “Del populismo erosivo al esperpento”.
Por cierto, hablando de esperpento no me resisto a recordar las palabras de Joan Tardá en la Universidad de Barcelona: “Nosotros y vosotros tenemos el compromiso de parir la República, pero quien la ha de capitanear sois vosotros. Y si no lo hacéis, habéis cometido un delito de traición a las generaciones que no se han rendido, y cometeréis un delito, una traición a la tierra”. Pregunto, ¿habla de esa misma tierra que pertenece al viento? Dios los cría y ellos se juntan.

viernes, 15 de septiembre de 2017

NI FE NI RACIONALISMO, INTRANSIGENCIA

Cuando se habla de doctrina, sobre todo religiosa, surge raudo, necesario, un interrogante: ¿es la fe irracional? Algún malévolo advertiría en tal indagación un matiz peyorativo muy alejado del auténtico objetivo. Se inquiere con rigor si fe y raciocinio son términos opuestos; si fe corrobora lo que no tiene respuesta lógica, inteligible. Una especie de luz meta-intelectiva capaz de iluminar regiones oscuras del conocimiento. Desde luego, admitir como certidumbre aquello que niega la razón es propio de personas especiales. Tanto que, en ocasiones, se aproximan a un fundamentalismo intolerante hace años proscrito por la Iglesia. Verdad es que se trata de porcentajes mínimos, pero hacen un daño terrible a la institución eclesial. 
Sé que el debate fe-racionalismo tiene mucho recorrido y argumentos varios, amén de variopintos, para sostener posturas antagónicas, incompatibles. Desde el enfoque clásico (más o menos sofista) hasta uno actual, tienen cabida las conjunciones más sorprendentes y divergencias menos previstas. Cada época descubre querencia, métodos y principios por los que se perfila un sistema filosófico; en definitiva, proyectos de vida y de muerte. Porque, a la postre, el hombre reflexiona, se mueve, para hallar respuestas válidas. Debe convencerse de su papel en el mundo y lo que le espera -o no- más allá de él. Las ciencias sociales se encaminan a descubrir, conocer detalladamente, el objeto primero y último de nuestra existencia.  
Siglos de lucubraciones filosóficas, de escepticismo liberador, sobre estas cuestiones y su reflejo social, han servido para poco. Nos seguimos preguntando igual que hace milenios. Apenas hemos progresado en la búsqueda de resultandos que produzcan felicidad. Continuamos viviendo en esa incógnita que se hace más patente cuando nos acercamos a la hora final. Fe es lo único que le aproxima, le predispone a ver, le trasciende. Si Friedrich Nietzsche proclamaba: “Tener fe significa no querer saber la verdad”, Kierkegaard mantenía que para vivir la mejor religión era el protestantismo y el catolicismo para morir. Por tanto, el individuo es consumidor forzoso de doctrina sin tener necesariamente conciencia de ello. Haciendo paralelismo de una famosa reflexión: vivo, muero, luego doctrino.
Lejos de pretender polémicas inútiles sobre una materia que al cabo de los siglos sigue viva e indeterminada, voy a describir unos hechos merecedores de sosegado estudio. Tengo una nieta pequeña que fue bautizada el pasado día diez del corriente mes. Mi hija, madrina del acontecimiento, ya había expresado alguna prevención sobre el sacerdote. Bien pertrechado -al parecer- de estudios humanísticos, mostraba desmedidas rigideces cuando se precisaba concretar algún fleco poco importante para cualquiera. Él, exagerando la ortodoxia ritual o dogmática, tendía a excesos nada propicios para limar asperezas. Según referencias, de ordinario le distingue un talante casi preconciliar extemporáneo y estéril.
Joven y algo atropellado, nos brindó una extraordinaria homilía. Exhibió sobradas facultades retóricas que completaban presuntamente buena formación. Después supe de sus pretensiones por alcanzar puestos relevantes, al menos obispo. Concluida la misa, destapó una sorprendente caja de atronadores fuegos artificiales. Según deduje, la tarde anterior hubo procesión. Acompañada de banda local, su repertorio consistía en pasodobles y otras piezas de parecida índole, siguiendo la tradición secular. Quienes eran portadores, movían la imagen al mismo ritmo en un baile heterodoxo. Esta circunstancia, desde su punto de vista, implicaba falta de respeto; hecho que motivó algunas discrepancias y advertencias de abandonar la procesión si no se cambiaba de actitud. A medio recorrido, terminó abandonándola. Alguno de los intervinientes directos me hizo observar, en los previos al ágape, pequeñas inexactitudes entre lo ocurrido la tarde anterior y lo expuesto.
El epílogo de aquella reseña admonitora consistió en amenazar a los presentes que el próximo año -si no se tenían en cuenta sus indicaciones y previo compromiso- la imagen no saldría de la iglesia. Aunque el escenario expuesto no me afectaba, porque no era mi pueblo ni soy cristiano practicante, lo felicité por la homilía al tiempo que le trasladé mi desacuerdo con su proceder. Pretendí que discriminara fe, dogma, ritual y costumbre. Prefirió, una vez más, tomar el camino de la intransigencia y de forma altiva, petulante, me espetó: “Soy licenciado en filosofía”. Qué bien, ¿y? ¿Acaso para ser ducho en tauromaquia se precisa ser torero?
Al buen hombre le queda un largo trecho para ser obispo. Seguramente conseguirá buen soporte teológico; pero, salvo cambios sustanciales, desplegará graves déficits en empatía. Sí, sé que política e institución religiosa -pese a su similitud- traslucen diferente complexión. Un político no puede tener éxito sin el pueblo, un obispo o cardenal (homólogos del político), sí. La Iglesia, pese a ese supuesto ministerio espiritual, siempre ha transitado por caminos distintos a aquellos de los fieles. Ignoro si a esto le ha llevado su naturaleza exegética. Lo cierto es que el desapego del individuo (cuando es básica para ayudar al tránsito definitivo, como admitiera Kierkegaard) no le viene por divergencias racionalistas, o de fe, sino por una impronta preceptiva e intransigente.
Nunca fuimos cuerpo místico y lo expuesto es un botón de muestra.
 
 

viernes, 8 de septiembre de 2017

RAZONES Y SINRAZONES


El tema catalán, que no problema, ha estallado en todo su histrionismo melancólico. Nos hallamos ante las postrimerías de un trance anunciado. Hasta el propio gobierno ha tenido que saborear su particular incredulidad. Nadie, en su sano juicio, vislumbró que los acontecimientos se dispararían hasta este estadio, a medio camino entre ceguera y desatino. Se tensa la cuerda excesivamente; tanto que, siendo irrompible, todos quedarán exhaustos. Sospecho que algunos políticos saldrán descalabrados, pero con los bolsillos llenos. Será una derrota victoriosa porque, como sentenció Quevedo con acierto: “Poderoso caballero es don dinero”.  La sociedad, qué duda cabe, quedará para el arrastre.

Los prebostes catalanes, en las antípodas del pueblo, llevan cinco siglos inventando vanas razones, asimismo inoperantes. Levantan (con la complicidad involuntaria, o no tanto, de una sociedad porosa e incluso de políticos livianos) convulsiones estratégicas para enmendar algún camino torcido. Se rodean de banderas, de pueblo, para -generalmente- ensuciar ambos. Pretenden, como objetivo básico, teñir errores, ineptitudes o trinques. De rebote, es probable que la sociedad catalana perciba algún mejunje apartado del festín principal. Semejante escenario deja traslucir una sociedad menos diestra, más insípida, de lo que pudiera juzgarse tradicionalmente. Siempre se la ha tenido por vivaz, incisiva, laboriosa, pero los hechos indican lo contrario.

El Diccionario de la Real Academia, en su acepción cuarta, dice: “Razones son argumentos o demostraciones que se aducen en apoyo de algo”. El mismo diccionario, dice en su primera acepción: “Sinrazones son acciones hechas contra justicia y fuera de lo razonable o debido”. El mal llamado “problema catalán”, en realidad no ha existido nunca. Desde el siglo XVII, cuatro políticos -previo adoctrinamiento popular- han utilizado a los catalanes para alcanzar mayores dosis de poder; tal vez, tapar graves casos de ineptitud o corrupción. Al final, razones antiestéticas, políticamente rechazables, se han convertido (mejor las han convertido) en sinrazones injustas, onerosas, trapaceras y folklóricas. Les encanta utilizar el señuelo del independentismo, que preparan durante años, para alimentar una expectativa irracional; aglutinante, pero perturbadora.

La Historia muestra que los políticos catalanes, apoyados por una sociedad maniquea, de púlpito, llegan al clímax de las reivindicaciones siempre con gobiernos fuertes; cuando conjeturan casi imposible alcanzar sus objetivos. Veamos. En mil seiscientos cuarenta, justo cuando el rey Felipe IV poseía un ejército poderoso, se inició la primera revuelta catalana. La segunda, en mil setecientos catorce, cercana la victoria de Felipe V tras la Guerra de Sucesión. La tercera, corría el año mil ochocientos cuarenta y dos, se produjo siendo regente el audaz general Espartero. Durante la Segunda República, mil novecientos treinta y cuatro, esperaron a que hubiera un gobierno de derechas, menos proclive a permitir la independencia. Ahora, igual; tras cuarenta años de Transición y una vez perdida su influencia en la gobernanza del país.

Hecho el repaso histórico, da la impresión de que los políticos catalanes esperan el peor momento para airear la bandera del independentismo. Encuentro dos razones. Por un lado, una vez conseguida la independencia, los partidos independentistas perderían su razón de ser. Además, doy por seguro que ellos sí saben que, de forma inmediata, sería la ruina del naciente estado y el comienzo de peligrosas revueltas sociales. Por lógica, solo pretenden mantenerse en el poder, impunes y ricos. Hace tiempo que, al partido de cara lavada, PDeCAT y a ERC, se les ha terminado el crédito. Les resta una peligrosa huida hacia adelante, bajo el amparo de PP, Ciudadanos y un PSOE que anda rumiando su estrategia partidaria. Podemos, como de costumbre, navega en un “ni sí ni no, sino todo lo contrario”. Quizás cambie de discurso y se aferre a un “sí y no, pero también todo lo contrario”. CUP, resulta el fertilizante necesario para nutrir dicha componenda. A la larga, y a la corta, resultará una crónica de simetrías o asimetrías. He aquí la madre de todos los acuerdos políticos tan auspiciados por algunos.

¿Por qué González, Aznar, Zapatero y Rajoy, permitieron atropellos lingüísticos y adoctrinamiento en Cataluña? ¿Por qué PSOE y PP se apoyaron en partidos nacionalistas a cambio de generosas concesiones? ¿Por qué Rajoy ha renunciado al poder ejecutivo articulándolo ilegítimamente en el Tribunal Constitucional? ¿Por qué no se ataja de manera rotunda el incumplimiento, e incluso burla, de las resoluciones constitucionales? Creo que existe un pacto tácito, incapaz de consolidar la convivencia, y cuyos efectos, a poco, pudieran ser lamentables. Jugar con fuego resulta peligroso, más cuando alguien se empeña en apagarlo arrojando gasolina. O descubren pronto el pastel o este camino lleva indefectiblemente al enfrentamiento.

Arrimadas -bien a título personal, bien a resultas del presunto pacto- solicitando elecciones anticipadas ha ofrecido un freno a tanta sinrazón. Constituye, quiérase o no,  una salida inteligente, ideal. ¿Qué mejor referéndum que unas elecciones? Los independentistas ya han cargado las pilas de su campaña; incluso con exceso. Los partidos no independentistas parten, de esta guisa, en aparente inferioridad. Se impone la sensatez y el azar; cabe, como última esperanza, esta solución de compromiso. Lo demás acarrearía un final lamentable, dramático. Luego, allá cada cual con su conciencia, en el supuesto de que estos individuos la tengan. Puertas falsas y huidas suelen acompañarse de consecuencias abominables.

España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político. Así lo expresa el artículo uno de la Constitución.  A este fin, el gobierno debe rehuir cualquier pretexto para beneficiar, una vez más, a los políticos catalanes en detrimento de otras Comunidades que ahondan hasta el subsuelo sus miserias. Léase las Castillas, Extremadura, Andalucía, o Galicia, verbigracia. Significaría atropellar esa Ley Suprema, a la que dice defender, a la vez que conducirse, sin solución de continuidad y en su amplia concepción, de las razones a las sinrazones.

 

 

viernes, 1 de septiembre de 2017

DOPADOS


Creía, pobre de mí, que doparse era ingerir fármacos o sustancias estimulantes para potenciar artificialmente el rendimiento del organismo. Así lo confirma el DRAE. Hasta ayer, era ámbito o acción propios de deportistas, poco trasparentes, en la competición. Al menos, se consideraba así a través de numerosas informaciones aireadas por prensa, radio y televisión. Incluso publicaban duros comentarios para evaluar tan grave vileza, al sentir de la masa. Aparte controversias, el tema ha tenido épocas implacables, inclementes, porque se llegó a una persecución insólita sin motivos aparentes. Terminó por juzgarse, de forma inmisericorde, la ética deportiva en ciertos deportes; verbigracia, el ciclismo. Pasados los años, quizás vano el interés personal, parece haberse alcanzado la calma, aunque se deba únicamente a mi propia visión; errónea, tal vez, por despiste o desgana.

Sea como fuere, el caso es que vino a quebrar mi letargo veraniego una política, tal vez inteligente, pero con obvia incultura. Me refiero a Irene Montero, portavoz del grupo parlamentario de Podemos. Ayer, tras el pleno extraordinario sobre Gürtel, fue entrevistada por un medio televisivo que practica virtud de la parcialidad. En pocos minutos, la mencionada portavoz, hizo profesión de fe -no menos de diez veces- pues a cada pregunta del entrevistador iniciaba su respuesta con un “creo”. Aparte un soniquete particular, probablemente estudiado, calcado, la señorita Montero se dejó decir dos perlas auténticas. “El PP va dopado a las elecciones”, soltó impertérrita, marmórea. Poco después, descerrajó la segunda: “Ustedes van dopados a las elecciones”.

La profusa fe que desplegó doña Irene en la breve entrevista, carece de sustancia, de entidad, para que pueda adjuntarla al epígrafe que antecede. Sin embargo, ambas menciones al dopaje dejaron en mí una extraña mezcla de espanto y conmiseración. Decía Salman Rushdie que “La literatura es la empresa de encontrar nuevos ángulos para contar la realidad”. Vislumbrar o intuir que la señorita Montero utilizó la metáfora, aunque algo distorsionada, como elemento literario para pintar, sui géneris, al Partido Popular es demencial. Primero porque, con mucha probabilidad, ni ha oído hablar del literato y, en segundo lugar, porque un político esgrime la manipulación, la doble lectura, puede que incluso la retórica generosa, pero carece de sensibilidad para usar metáforas. Utilizó un lenguaje sinuoso, pervertido, casi hermenéutico, para acusar al PP de financiación ilegal en la primera perla.

Pero donde el estupor me dejó patidifuso fue en la segunda. Aquel: “ustedes van dopados a las elecciones” supuso un quiebro, una ruptura, del mensaje. Sospecho que abrió la puerta irreflexiva del bochorno. Ayuna de sigilo, acallaba su furia contra el partido del gobierno para utilizarla contra el pueblo que le era hostil. Ustedes, apelaba a la sociedad discrepante, al grupo que les da la espalda, que no comulga con ruedas de molino. Cuando embestía al partido lo hacía en singular, razón por la que, aun dentro de la vaguedad, encontramos clara evidencia de quién es su referido. Todos los dogmáticos, a fuer de sectarios, tienden al mismo defecto. Alaban a sus correligionarios, hasta alcanzar un éxtasis casi místico, mientras azotan inmisericordes a quienes renuncian o abominan de su doctrina. No sienten ningún afecto por la libertad de expresión ni por la tolerancia, por mucho que se rasguen las vestiduras defendiéndolas.

La señorita Montero, digo, cada vez más transfigurada, más sosia retórico de su pareja coletuda, quiso hacer un Rajoy. Si a este le cuesta pronunciar el vocablo Gürtel por “no nombrar la soga en casa del ahorcado”, a aquella le cuesta horrores -por semejante complejo- utilizar manipulación, adoctrinamiento, u otro sinónimo, en lugar de dopados, vocablo jugoso y contrahecho. Porque ella (confusa, torpemente), daba a entender que el votante sensato, aquel que reniega del color morado, iba medio gilipollas a la urna. Como se deduce, la joven portavoz respeta la libertad de expresión, al tiempo que exhibe un exquisito talante transigente con quien no comparta su fe. Ustedes, y me refiero a mis amables lectores, ya conocen aquel aforismo que asegura: “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”.

Fiel transmisora de esencias indemostradas, de presuntos afanes, voz de su amo, se empeña en emponzoñar, no ya las formas consuetudinarias sino la propia democracia. Arrebatar a otro su crédito, aunque sea intento infructuoso, constituye la forma más indigna de corrupción. Extienden, con tozuda insistencia, que solo se corrompe quien acapara ilegalmente dinero público en propio beneficio. Adoctrinar, tiene por objeto conseguir respaldo público y satisfacer deseos desmesurados de alcanzar el poder. Cualquier sigla tiende al mismo anhelo, utilizando procedimientos, aun ingenios, que potencien tal finalidad. Los políticos forman un coro entrenado, monótono, que entona sin vergüenza, con acendrado cinismo, el cansino libreto: “Dijo la sartén al cazo: apártate que me tiznas”.

Mientras, la dicharachera Irene -sin proponérselo- pone el dedo en la llaga, certifica con sabrosa y deportiva expresión, en qué condiciones llega a la urna el español de a pie. También es “gente”, apelativo utilizado por su camarilla para dar a entender que le preocupa el pueblo. Luego viene el lenguaje majestuoso, huero, casi metafísico, y deja al descubierto la verdadera encarnadura de semejante revoltijo. Puede que el ciudadano vote con poco sentido, hasta podría decirse huérfano de convicción, sin duda, porque de forma irreflexiva, nada inteligente, nos implicamos en su batalla política. No solo esta afición, meterse en camisa de once varas, escapa al buen juicio, sino que encima acogemos a nuestro verdugo. En cualquier caso, y sin que falte algo de razón a la señorita Montero, Podemos debiera hacerse un análisis que determinara con claridad, más allá de una ingesta dopante, su pedigrí democrático que gran parte de la ciudadanía -empezando por mí y terminando por Olga Jiménez (expresidenta purgada de la Comisión de Garantías de Podemos)- cuestiona. Se lo debe a la “gente”.

 

viernes, 25 de agosto de 2017

PROPAGANDA, LIBERTAD DE EXPRESIÓN Y EXCUSA


Hay quienes afirman, con argumentos vigorosos, que los regímenes totalitarios (nazismo y marxismo) se han fundamentado y sostenido por la propaganda. Si se quieren obtener réditos cuantiosos, debe venir acompañada de forma imprescindible, por la acción de agitadores, activistas, que aticen el descontento. Lenin, con su vasta cultura, fue un propagandista de primer orden poniendo su adiestramiento al servicio de la revolución proletaria. Lástima que las élites priorizaran la dictadura del proletariado -paso intermedio- sobre el objetivo final: “conseguir la sociedad libre una vez derrocado el capitalismo esclavizador”. La Revolución Rusa llegó con un siglo de retraso. Hitler suplía su indigencia cultural con un apasionado discurso sobre el orgullo de raza. Exento de ideología política, encontró en el Tratado de Versalles, en una inferida vergüenza nacional, el motor idóneo para perturbar al pueblo que rozaba la miseria. Los judíos fueron excusa perfecta; asimismo, víctimas.

Puede que esa labor penetrante surgiera al compás de la aparición humana. Sin embargo, el punto álgido se alcanza siempre en épocas de crisis, cuando las emociones afloran menesterosas y se satisfacen al calor de retóricas huecas, embaucadoras. Eso indica, al menos, el acontecer de una Historia no siempre valorada en su justa medida. Comportamiento humano, y leyes físicas, comparten el mismo trayecto cíclico. Por este motivo, los hechos se repiten con cierta frecuencia, conforman un calco de otros pasados. De ahí la expresión: “Quien no conoce la Historia está condenado a repetirla”. Y no constituye una mera expresión infantiloide, insustancial, sino algo constatado a lo largo de los siglos. Semejante escenario nos lleva a confirmar cuan dramática es la ignorancia; más, si se complementa con la irracionalidad de un espíritu dogmático.

Admito que, por desvarío, comodidad o desinterés, se hayan utilizado mensajes apriorísticos para desarbolar, en ocasiones, rectos procederes. Ese escribir torcido con renglones que debieran ser rectos, proviene probablemente del poder o de sus cómplices adyacentes. Quizás caigamos en presupuestos inexactos y sea la misma masa quien se desentienda voluntariamente, encontrándose lejos de “conocer de la misa, la media”. Desde luego, sé que -por unas razones u otras- la sociedad camina dando bandazos bajo la mirada inquisitorial, rancia, de unos políticos acostumbrados a hacer de su capa un sayo. Los frutos, carnosos y dulces, pasan desapercibidos, como de incógnito, para el común que se mantiene cautivo al clásico programa romano “panem et circenses”; hoy, salario básico, futbol y botellón.

Libertad de expresión es una frase de glosa esotérica, para algunos, en la práctica. Constituye un señuelo que esgrimen solo juristas y medios. El resto acostumbra a considerarla gris perspectiva sin connotaciones manipuladoras ni lesivas. Lo digo porque, sobre todo en los medios de comunicación, se utiliza de forma caprichosa y reversible según el momento o la implicación. Supongo que ustedes, atentos lectores, son capaces de citar innumerables casos de tertulianos notorios que han defendido, o desactivado, esa libertad de expresión para hacerla compatible con la defensa, asimismo, ataque del contiguo o divergente. Aparte del cinismo e hipocresía que conllevan tales actitudes, me parece una falta de respeto al televidente que exige informaciones verdaderas y rigurosas. Desoyen por completo el consejo de Noam Chomsky: ”Si crees en la libertad de expresión entonces crees en la libertad de expresión para puntos de vista que te disgusten”.

Sí, estos señores cristalizados en el sectarismo maniqueo, utilizan un ocular censor, verdugo. Tienen bueno, salvo excepciones de sobrio histrionismo (sirva el contrasentido), que se les ve venir. Merodean por tertulias y debates agarrándose, cual lapas retóricas, a diferentes ideologías conservando parecido método y poder incisivo. El mismo comentario, igual apostilla, hoy es libertad de expresión, digna de salvaguarda, y mañana calumnia, ultraje, inadmisible y con encarnadura jurídica. Sirven, cual caballeros de la Tabla Redonda, al respectivo rey Arturo, aunque algunos pretendan encubrir su elitismo tras el biombo de etiquetas perversas. Falsean una identidad privilegiada acusando al contrincante de “casta”, mientras esconden prebendas notables apelando a la “gente”. Tienen el mismo peligro que una piraña en un bidé, según frase popular y muy plástica.

Me resulta curioso, relevante, observar con qué intensidad actúan periodistas jóvenes, progres (es lo que se lleva), hasta “expertos peritos”, en dar lecciones de principios y técnica periodísticos. Advierto con cuan sacrificio y pleno comedimiento aguantan comunicadores, encallecidos por décadas de profesión, las necedades premiosas con que se desperezan esos mozalbetes crecidos al hilo de los tiempos. Ellos, educados a la sombra del constructivismo, paradójicamente niegan a los demás el valor intrínseco de sus vivencias personales. Adoran al becerro que les ofrece una serie de manuales de cartón- piedra obtenidos en laboratorios ad hoc, sin refrendo social.

A menudo, y eso parece un peaje insalvable, la libertad de expresión nos recuerda un intento refinado de coartada, de pretexto. No es que proporcione ningún ingrediente útil para el común; como tampoco lo hace la libertad de expresión. El ciudadano no suele ocuparse de blandir semejante herramienta en ambas viabilidades. Su uso es exclusivo del político y, sobre todo, del comunicador. Cuando entre ellos hay divergencias evidentes nace esa dicotomía tan aguerrida. Al final, deslinda la polémica el juez. No obstante, unos y otros pese a sus diferencias -que en el fondo son las de votantes y lectores- procuran mantener un equilibrio, incluso inestable. Según vemos, la batalla (hoy por hoy) se perfila del lado de los medios porque ellos, básicamente audiovisuales, forman el púlpito idóneo a la hora de instruir al votante. Aquí conviven, en perfecta armonía, libertad de expresión y excusa.

 

viernes, 18 de agosto de 2017

LUCUBRACIONES EN TORNO AL DISPARATE


Todavía ignoro si mi querencia por la información política, en sentido amplio del vocablo, se debe a exclusivos y viejos impulsos analíticos. Tal vez surja en mí un desconocido afán compilatorio de dichos y hechos esperpénticos o disparatados. Mi ideal primigenio fue desgranar opiniones objetivas, equilibradoras, de actos y frases prodigados por políticos relevantes. Hoy, sin embargo, aparecen segundones que generan hilaridad; tanta que uno, hastiado de cinismo y doblez, empieza a replantearse si no cambiar el rigor por la flema. Asimismo, parece trascendente reubicar cinismo, ineptitud y felonía para asentarlos a medio camino entre tragicomedia y sainete. ¿Por qué no tomarse con humor tan desmedido afán de entrar a bombo y platillo en el libro Guinness del despropósito? Acontece con exceso que estos siniestros personajes de la rivalidad, anudan su fe al sectarismo más artificioso y petulante.

Britney Spears -famosa estadounidense en múltiples facetas y declarada indocta - dijo: “Nunca he querido ir al Japón, sencillamente porque no como pescado. Y sé que el pescado es muy popular por África”. De parecido extracto, pero regado de rédito u oportunismo raquítico, escuché días atrás en la televisión castellano-manchega: “El PP ha perdido todo crédito democrático”. Solo un fiel puede declarar infiel a su prójimo. En este caso, si la memoria no me falla, la autora fue la portavoz de Podemos en las cortes castellano-manchegas. A lo sumo, era diputada autonómica. Dicha señora -perteneciente a un partido comunista, según confesión de su propio líder- exhibe tanta indigencia cultural como la cantante americana o su cinismo no tiene parangón. Pero … ¿qué sabrá ella de miga democrática? La Historia, fustigado destello empírico, testimonia de sobras el pedigrí democrático del comunismo real. Apaga y vámonos.

El PSOE, últimamente, está que lo tira. Don Pedro se empeña en darle la vuelta a un partido que, con mayor o menor fortuna, siempre sostuvo políticas de Estado. Ya empezó Zapatero esa ansiedad (o capricho absurdo) de gobernar contra medio país. Sánchez insiste. Acrecienta el disparate con tres novedades. El deseo de echar a Rajoy jugándose la vida a la ruleta rusa con el revólver que pone Pablo Iglesias en sus manos. La estrategia de dificultar el proyecto del gobierno (si es que lo tiene) con respecto al independentismo catalán, en un ni sí ni no sino todo lo contrario. Creer que la solución catalana pasa por ofrecerles un Estado federal cuyo apéndice “asimétrico” quiebra su principio sustantivo. En suma, son tres disparates de tal envergadura que la aplicación de uno solo daría con los huesos del PSOE en la cárcel del olvido social por largo tiempo.

Escapa a mi información quien empieza a cometer un disparate mayúsculo, vertebral para el futuro de España. Si el PSOE abandona la moderación que le caracterizara antaño, se haría imprescindible la aparición de un partido con parecida encarnadura a aquel de mil novecientos ochenta y dos. Sé que nuestro país necesita una derecha moderada, una izquierda también comedida y un partido liberal que actúe de bisagra. Cierto que todos deben velar porque surja un a ética capaz de desterrar nepotismos, tejemanejes, derroches o “distracciones” de dinero público, entre otras virtudes que compendian la moralidad política. La lamentable conjunción de indolencia social y desgana de algunos poderes fácticos, son los verdaderos culpables de que UPyD, por ejemplo, deje por recoger el testigo de aquella continencia abandonada voluntariamente por un PSOE desnortado, deplorable, oneroso y olvidadizo.

Ciudadanos diluye reputación y confianza electorales porque aparece sin proyecto firme, arraigado. Al menos, eso deja entrever. Peca, al igual que PP y PSOE, de postular un catalanismo no independentista pero diferencial. Cualquier partido que se diga nacional, no puede ser catalanista, castellanista o andalucista. No. Debe ser españolista; es decir, defender por igual el bienestar de los españoles, vivan donde vivan e independientemente de sus balanzas fiscales. El IVA lo paga cada empresa según donde tenga el domicilio social. Por eso, no es oro todo lo que reluce ni ingresos propios todo lo que se aporta. Aburre ya la martingala permanente sembrada de argumentos vanos y falaces. Como añade un compañero gallego: “A llorar a Cangas de Morrazo”. Hace mención al rito plañidero cuando se refiere a lamentos injustificados, emotivos, a los que tanto cariño le han cogido estos políticos catalanes.

El PP, aunque lo haya dejado para los postres, tiene su cuota de excelentes disparates. Diría que bate cualquier marca porque, al estar en el gobierno, debe excusar errores, ineptitudes, sinecuras, de imposible justificación. Sus líderes más mediáticos, sin despreciar alguno autonómico, compiten denodadamente por conseguir la corona de laurel que antiguamente se ofrecía al campeón. Sintetizo en Rajoy el continuo disparate de afirmar obcecadamente lo bien que va la economía española con disminución del paro incluido. Dos factores, entre otros alardeados, que falsean la cruda realidad. Asimismo, parece olvidar (yo, no) la escandalosa venta del Banco Popular con miles de accionistas “requisados” de forma ilícita, repugnante y torpe.

Pero donde el disparate, quizás propuesta punible, alcanza su máxima expresión es en los acuerdos del ejecutivo de Castilla la Mancha. Dice así: “El gobierno de Castilla la Mancha ha solicitado a los grupos políticos PSOE y Podemos que retiren la enmienda que habían presentado al proyecto de ley en Materia de Gestión y Organización de la Administración y otras medidas administrativas para garantizar el derecho a la carrera profesional de los empleados públicos que accedan a puesto de alto cargo. (…La razón es que los altos cargos no pierdan el tren de su carrera profesional)” Interpreto que a estos señores pretenden regalarles una oposición que muchos españoles de a pie serán incapaces de obtener en la vida. Si eran funcionarios antes de entrar en política, lo serán después sin merma de sus derechos. Si no lo eran, que preparen una oposición como cualquier hijo de vecino. Pensemos que quienes lo proponen dicen servir al ciudadano y trabajar por él; pero, en realidad, están pidiendo privilegios injustos, ilegales, disparatados. Constituye una de las primeras propuestas del pacto PSOE-Podemos en esta Comunidad.

Termino uniéndome a los catalanes. Jamás a sus políticos.

 

viernes, 11 de agosto de 2017

RAZONES Y SINRAZONES


Para discernir o argumentar con propiedad cualquier asunto, es necesario precisar o consensuar los significados. Si cada uno aplica como le viene en gana la -a veces- imprecisa polisemia de nuestro idioma, difícilmente puede llegarse a resultados satisfactorios. Por este motivo, es imprescindible establecer los términos de extensos debates multitudinarios y escasas lucubraciones personales. La España del sesteo, del despertar somnoliento, confuso y perezoso, representa un velero. Desarbolado el velamen y roto el timón, navega sin rumbo sometida a los embates que políticos de tres al cuarto y medios habilidosos, pero felones, acrecientan sin ninguna consideración. Ambos constituyen la sustancia, el aderezo principal, cuando se trata de adoctrinar, de corromper, la mente social.

Llamamos razones al conjunto de argumentos o demostraciones que se aducen en apoyo de algo. Buen ejemplo, entre otros muchos, es el pleno concierto del pueblo llano ante esta palpable inviabilidad económica del Estado Autonómico. Como bien sabemos, su origen tuvo poco que ver con el objetivo de acercar la Administración al ciudadano. Esa fue la excusa que ocultaba el verdadero empeño. Los padres de la Constitución quisieron agradar a los nacionalismos sin prever el verdadero alcance de esta decisión. Cierto es que en Cataluña, País Vasco y Galicia (en menor medida), existían nacionalismos históricos que era preciso albergar en el nuevo marco. Así, al menos, pensaban quienes elaboraron el Título Octavo. Años después se ha demostrado el error que introdujo su voluntarismo un tanto ingenuo, irreflexivo.

Se denomina sinrazones a aquellas actividades hechas contra justicia y fuera de lo razonable o debido. Como locución adverbial sería sinónimo de injustamente. Conforma la cara maldita, el adoso lamentable, de todo lo que significa y conlleva el vocablo razones. Al igual que cara y cruz, acción y reacción, luz y sombra, nacen a la vez haciendo imposible su existencia si desgajamos las unas de las otras. Este escenario nos lleva a la certeza de que adyacente a una buena razón siempre podremos encontrar una incómoda sinrazón, a poco que nos lo propongamos. He aquí la desnudez de cualquier político si el ciudadano se empeñara en prodigarla. El hombre público sabe o rumia (verbo inocuo, extraído al azar) las debilidades de una masa descerebrada, condimento preciso para cocinar cualquier plato con o sin receta culinaria. Es la terrible contingencia de toda fatalidad cuando nutre una desidia onerosa, perversa.

En ocasiones se manifiestan juicios que son ciertos en todos sus términos. No obstante, y a la vez, se ocultan malintencionadamente otros con la misma o más enjundia que los expresados y también verídicos. Días atrás, Miguel Urbán (izquierda capitalista) aireaba con todo detalle la corrupción del PP. Casi alcanzaba el éxtasis desgranando casos de todo orden: Gürtel, Bárcenas, Lezo, Púnica, Bankia, para terminar con las ruinosas autopistas radiales que costarán cinco mil millones. Cualquier oyente objetivo debería estar de acuerdo con él, pero el deseo reiterado de servicio a la ciudadanía quedó indigente. Ni se le ocurrió mencionar la carga insoportable del Estado Autonómico, menos pedir su disolución. De eso nada, que también afecta a Podemos. Asistir al ciudadano dando patadas al resto de partidos, siempre. Si tal servicio implicara un dilema potencial que llegara a hacernos daño, jamás. Conclusión: casta y no casta (pero que es casta igual o peor) no se atreven a terminar con las autonomías; ni siquiera dejarlas más baratas. Viva el derroche de ese dinero que no es de nadie, al decir de la ministra. ¿Servir al ciudadano…? Menuda jeta.

Tras estas medias razones, hemos de introducir alguna sinrazón. La más actual -tal vez la más absurda- ha sido instigada sin freno por las juventudes de la CUP, el grupo Arran. Con poco sentido y menor oportunidad, este verano han iniciado por toda Cataluña asaltos feroces e indiscriminados contra el turismo. Tal actitud se conoce como turismofobia. Tan estúpida estrategia, aceptada cuando no potenciada por la ultraizquierda, resta capacidad económica a esta comunidad tan falta. Origina una alarma innecesaria entre turistas y empresas. Destroza, al tiempo, la imagen de una España acogedora, segura. Pone en peligro cientos de miles de puestos de trabajo por necios pruritos ideológicos, de cuya rentabilidad negativa no existen dudas. Esto, señores, es corrupción cándida, de guante blanco.

El pacto PSOE-Podemos en Castilla la Mancha, incluidos los fulminantes desacuerdos surgidos en cada formación, es un caso más de sinrazón. Actúan con tanta ceguera que no les sirve el ejemplo francés u holandés, donde socialistas radicales consiguieron desencantar a sus electorados y quedar reducidos a partidos testimoniales. Aquí, Pedro Sánchez, con la cómplice anuencia de sumisos colaboradores, (pese a las encuestas) les puede conducir a parecida mengua. Abandonar la praxis socialdemócrata en beneficio del frentepopulismo, nos arrastra a épocas que nuestra sociedad quiere desterrar de forma definitiva. Una sinrazón vana pues vislumbran -unos y otros, más allá de legítimas ambiciones- su incompatibilidad manifiesta.

Hay razones que, al paso de los meses, se transforman en auténticas sinrazones. El PP, por boca de sus líderes destacados, siempre ha confirmado que jamás consentiría el referéndum catalán. Ahora, la señorita Levy, afirma que nunca se celebrará un referéndum legal. Interpreto, lo conjeturaba desde el primer momento, que se va a celebrar, pero sin aquiescencia legal del Estado; por tanto, será ilegal. Para este viaje, para hacerse trampas en el solitario, no se necesitan alforjas. Cada día se levanta esa neblina publicista que todo lo difumina. Constituye la sinrazón política. Sin embargo, nada comparado con el broche final. Partidos que tienen un concepto insólito de la democracia, no solo aplauden la ocupación de viviendas, sino que la potencian y amparan. En el colmo, ofrecen pautas, información precisa para hacerlo. Decía Da Vinci: “Quien de verdad sabe de qué habla, no encuentra razones para levantar la voz”. Estos la levantan, y mucho. Entre tanto, las leyes, la justicia, hacen coro; conforman un aldabonazo, una llamada colorista. Buen broche de oro para condensar la madre de todas las sinrazones.

 

 

viernes, 4 de agosto de 2017

TODOS SOSPECHOSOS O REVOLUCIÓN PENDIENTE


Desde hace años vengo observando que, sobre nuestro país, se extiende un velo de sospecha antirrevolucionaria. Atípica y trasnochada, envuelve todas las capas sociales. Curiosamente, desde un punto de vista estricto, la mayor renta se aprecia entre poder político (pura apariencia) y una ciudadanía confusa, espantada. Los choques, al menos dialécticos, hay que buscarlos solo entre convecinos, individuos próximos; es decir, entre ciudadanos-contribuyentes. Este escenario pobre, absurdo, conforma la calle. El estrado dirigente lo invaden distintos comediantes, cuando no folklóricos. Presupongo pocas divergencias que afecten a la clase política fuera de cámara. Parecen enemigos, pero son solo rivales pragmáticos abducidos por un prurito de poder. Luego, para conservarlo eternamente, lo reparten con espíritu conciliador.

El individuo de a pie, manejable hasta le médula, presta con entusiasmo vista y oídos a esa representatividad fantasiosa abriendo diferencias insalvables. La televisión, eficaz y fascinante púlpito civil, donde abundan divos de share o cuota, airea de manera hiperbólica inexistentes diferencias ideológicas marcando de revoltijo vicios y virtudes. Amagan convicciones antagónicas, pero a la postre ansían el mismo fruto: poder. Debiéramos conocer los mil y un ardides que utilizan para alcanzar ese vellocino que permite vivir a necios como si fueran eruditos. Creo de dominio público que la política produce el milagro de convertir en auténticos peritos a mediocres de tomo y lomo. A poco, notamos que constituye una ilusión onerosa. Ya lo constataba Nietzsche al afirmar: “Todo idealismo frente a la necesidad es un engaño”.

Estamos adscritos a la sospecha. El conjunto malicia del resto sin que medie razón poderosa u obligada. Aparte el etiquetaje del competidor o adyacente, la sospecha se ha convertido en deporte nacional. A menudo se suple por una certidumbre sin base, una especie de obra etérea. Hemos pasado de adorar un ídolo a considerarlo reo inmisericorde. La presunción de inocencia es hoy garantía de culpabilidad. Políticos y medios son acusados casi por inercia, porque ambos son autores y víctimas de un compadraje insípido. Algunos viven de una actividad propia de otros. Aquellos propician el venero noticioso mientras estos lo manosean, dándole forma de elogio o reproche, casi siempre esperando el importe tácitamente pactado. Los medios quedan convertidos en un eficaz submundo político. A cambio, la política nutre el comercio mediático. Juntos ahogan, sin entraña, cualquier intento revolucionario.

Ubicado en mi pueblo conquense, alejado de la tórrida canícula valenciana, persiguiendo el alba y el ocaso, observo que la gente consume su ocio en tertulias variopintas. Verdad es que el dogmatismo, orlado de incultura, no demuestra ser el mejor acicate para intervenir en ellas. Asimismo, los temas centrales suelen ser agrarios, especialidad temática que me aburre. No obstante, suele surgir al azar alguna conversación, ayuna de turbulencias, digna de análisis. Estos pueblos pequeños, solidarios, con inquietudes que les permite vivir al compás de los tiempos, asombran frecuentemente por las ideas de sus convecinos. Rudeza, juicio y suspicacia, forman parte del acervo ancestral, modernizado al amparo de internet.

Se sospecha del poder legislativo por elaborar leyes para reforzar el Estado de Bienestar, pero sin acompañamiento económico-financiero. Un vecino se quejaba días atrás de la gratuidad educativa cuando su hijo -estudiante de tercero de ESO; por tanto, escolarización gratuita- pagaba el transporte al IES cercano (doce kilómetros). Se sospecha del poder judicial porque es lento, no cuida los secretos sumariales y resuelve resoluciones extrañas para el lego e incompatibles con un concepto escrupuloso del derecho natural. ¿Por qué, verbigracia, encarcelan a un delincuente común con delitos ridículos y no a un sinvergüenza de guante blanco que ha robado miles de millones? Para tales reflexiones solo se necesita sentido común y los agricultores lo tienen sobrante.

Hay, sin embargo, acuerdo total, pleno, a la hora del examen político. Todos son sospechosos entre ellos mismos y más cuando se trata de la valoración que hace el ciudadano. Aquí reina consenso. Nepotismo y corrupción forman parte esencial de su encarnadura. No existe corro ni circunstancia donde el tema prioritario sea distinto a la acotación negativa, acusadora, de los partidos mayoritarios. PP y PSOE, hasta el momento, son los mayores responsables del caos actual. A ambos se atribuye una gestión lamentable. Pero cuando pregunto qué puede hacerse jamás obtengo respuesta. Aparecen tajantes, fecundos, impotencia y desencanto.

No hay respuesta porque existe una controversia nada eficaz entre poder e inconsciencia. Esta nos lleva a sospechar unos de otros, derechas de izquierdas y viceversa. El poder de conjunto se muestra inexistente, incomprensivo, desconfiado. Más que invertebrada, nuestra sociedad está rota, sin objetivos comunes fuera del voluntarismo inconsecuente. Siendo menos, divergentes incluso (puede que en apariencia), se unen para gozar de un poder que nosotros, necios, les damos de manera incondicional. Prueba de ello es que, aunque hagan las mayores barbaridades, siguen contando con el voto obcecado de la insensatez. Políticos y personas de a pie, ahora mismo, constituyen una gangrena que está infectando el cuerpo social.

Decía Orwell: “En una época de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario”. En efecto, la verdad solo irrita a quien pretende seguir viviendo de la mentira. Digamos la verdad y seamos consecuentes. El poder nunca cede nada a la masa salvo cuando necesita su contribución democrática. Entonces escuchamos potentes los cánticos de sirena que nublan la razón impidiendo una respuesta revolucionaria, esperanzadora.