viernes, 25 de marzo de 2016

DEMÓCRATAS, OBSERVADORES Y XENÓFOBOS


Los últimos tiempos se caracterizan por una pléyade de sociólogos que deslindan desde un punto de vista formal -es decir bastante lejano de la agitada realidad- comportamientos y dinámicas sociales. Sin embargo, el reconocimiento secular, aquello que constituye una lógica arraigada, define nuestro refranero cuya fiabilidad y buen tino acreditan su prestigio. De la extensa colección, uno apunta: “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”. Se ajusta plenamente al fondo embaucador, falaz, de populismos tan inciertos en el siglo veinte y ahora. Describe también a individuos arrogantes o engreídos que, a la postre, despiertan conmiseración más que rechazo. Pese a ello, frecuentemente, ocasionan extravío y caos. Pensemos en cualquier régimen sustentado sobre una plataforma populista, seductora, pero falsa.

Todos los partidos políticos, sin excepción, exhiben maneras tan atractivas, máxime cuando se aproximan comicios. No obstante, debemos distinguir guiños populistas con fines electorales de aquellos que esconden una carga doctrinal, tiránica. Unos pretenden arañar votos inocentes, sin fundamento, mientras otros ansían implantar sistemas totalitarios, fascistas, liberticidas. Si analizamos testimonios, obras y conductas, estaremos en condiciones de diferenciarlos sin grandes dificultades. A poco, practicando un pulcro examen, seremos capaces de distinguir divergencias irreconciliables. Solo quienes evitan -por desidia o incomodo- la reflexión racional, cometen errores cuyas consecuencias, en este campo, suelen ser escalofriantes.

Podemos, disparidad hecha partido, es el paradigma de lo expuesto. Sus líderes más representativos, en particular Pablo Iglesias, acompañan cualquier alegato o discurso con esta cuña que busca efectos reflejos, viscerales: “nosotros, los demócratas”. Semejante identificación implica imputar al resto una obvia hipoteca dictadora, estirpe de la peor calaña. Tan sibilina trampa, hábil argucia hecha soporte, se da únicamente en los populismos con vocación opresora. Podemos se muestra (por estos signos, y otros menos sofisticados) un partido antidemocrático. Lo constatan no ya sus modos ni actitudes sino su encarnadura, puesta de relieve por sucesivos hechos que resultan irrefutables. La brusca destitución de Sergio Pascual, “por gestión deficiente”, comporta una referencia evidente del proceder personalista, arbitrario, a las bravas. Círculos, asambleas, participación, pasaron a mejor vida; queda un caudillaje incontestable, antítesis del marco democrático. Oculto tras eslóganes impíos, huecos, emerge el ordeno y mando. Todo lo demás es comparsa, relleno, camuflaje. Lenin y Stalin realizaban purgas a los “enemigos del pueblo y contrarrevolucionarios”. Del mismo modo, Hitler acusó a Lubbe (un comunista) de incendiar el Reichstag, para terminar con su control y regulación general por “conspiración contra el Estado alemán”. 

Lejos de mi intención está cargar tintas contra Podemos. Ellos no necesitan sardinas para beber vino, según reza un dardo bastante común por mis tierras natales. Es decir, se bastan y sobran para subrayar flaquezas sin el concurso de catalizadores externos. Con motivo del pacto antiyihadista, ya a mediados de noviembre pasado, Pablo Iglesias -o sea Podemos- dijo, cuando no lo firmó, que hacerlo “supone renunciar a derechos civiles y no es eficaz”. Como si a él le importaran mucho los derechos civiles según se desprende de la indiferencia mostrada, entre otros casos, ante la prisión de Leopoldo López. Eso sí, no quiere dar la espantada total y se apresta a asistir a las reuniones protagonizando el papel de observador que queda muy chic. Efectúa esa estrategia, impoluta asimismo, del “ni sí ni no, sino todo lo contrario”. Estoy convencido de que existen demasiadas debilidades e inconsistencias para tapar desequilibrios estratégicos, quizás ideológicos, con el vocablo “observador”.

Últimamente, ha ido tomando cuerpo una explicación mucho más beligerante, agresiva. A los partidos del pacto les atribuyen una naturaleza xenófoba a la hora de converger resoluciones. Su cinismo (personas de Podemos o adscritas a las confluencias) alcanza cotas inmundas al acusar a rivales de un embarazoso pecado social. No solo huyen, además insultan al que actúa correctamente. Pese a la absurda justificación, todavía habrá alguien que considere fidedigno tamaño disparate. Deben confiar en el éxito de su mensaje. Por este motivo, y aun a sabiendas que el país lo puebla un elevado porcentaje de necios, por no decir imbéciles, me asombra la credibilidad que despiertan estos peligrosos aventureros. Uno, entrado en años y conocedor de la semilla social, reconoce (pese a las apreciaciones poco tranquilizadoras) enorme largueza a la hora de tasar los componentes sociales, que Bourdieu fraccionaba en campos; aquí, intelectualmente estériles.

Ese batiburrillo de estridencias en que se sumerge Podemos, promueve lo afirmado por el portavoz de Aranzadi-Podemos en el Ayuntamiento de Pamplona para abstenerse a la hora de condenar los atentados de Bruselas. Afirman no condenar ningún acto violento ni asesinato porque “condena” es un concepto moral/jurídico con el que no se identifican. Tanta exquisitez la abandonan cuando condenan, con diversas expresiones sin alterar su fondo, la casta y corrupción políticas de los demás. ¿Qué seguridad jurídica ofrece esta caterva que prende con papel de fumar los soportes conceptuales de la Justicia? Algunos menos metafísicos, pero igual de sectarios, ven inequívocas razones en la Guerra de Irak. Pasen y vean, todavía colea. Es inmoral, ruin, utilizar argumentos extravagantes, ad hoc, para justificar el terrorismo, menos el indiscriminado. A veces se oyen voces estentóreas y otras veces susurros inaudibles. He ahí el dogmatismo maniqueo.

Termino con palabras de Ernesto Sábato: “Si nos cruzamos de brazos seremos cómplices de un sistema que ha legitimado la muerte silenciosa”.

 

viernes, 18 de marzo de 2016

RIVERA, ENTRE CUERVOS Y GNOMOS






Desde tiempos ancestrales el cuervo se considera un ave que esconde cierta simbología aciaga. Libros sagrados lo describen como ejemplo de impureza o maldad. Asimismo, la mitología ve en él un signo de mal agüero por su color. Algún antropólogo actual -desde una óptica estructuralista, de vivencias personales- lo imagina mediador entre la vida y la muerte. Más cercano a nuestra raigambre cultural, quizás superstición fatalista, existe ese aforismo clarificador: “Cría cuervos y te sacarán los ojos”. No es, por tanto animal que goce de afectos ni reclamos. Curiosamente, desconozco razón alguna para que el criterio general acepte sin dudas dichos atributos córvidos. Querámoslo o no somos un país de etiquetas.

Gnomo, duende o duendecillo, acapara mayor complejidad conceptual. Solemos referirnos a ellos con visión benefactora. Personajes de cuentos infantiles, les damos forma de seres diminutos, simpáticos y algo ácratas -al menos indisciplinados- que pueblan, señorean, un bosque escaso pero laberíntico. Un bosque en cuyo seno seres inocentes, puros, se extravían y quedan indefensos ante peligrosos ogros, brujas desdentadas (repelentes), amén de otra fauna surtida donde destacan las sanguijuelas. Sienten debilidad por succionar aquello orgánico o pecuniario que se ponga a su alcance. Desgraciadamente, la calidad y cantidad de “chupones” que abarrotan el bosque patrio aventaja al poder protector de tan benefactores duendecillos.

Sin embargo, gnomo tiene un sinónimo que encierra significados mezquinos, moralmente detestables. Enano, desde un punto de vista físico es inmune a cualquier matiz despectivo, salvo el hecho, impuesto por las modas, de ir contra corriente y, al cabo, producir cierta tribulación o desdén ante tal rareza natural. Fenómeno lógico, ajeno a connotaciones inhumanas de índole personal o colectiva. Desde un punto de vista moral, el vocablo sufre una estigmatización extraordinaria, identificándolo con todas las menguas y descuidos cercanos o adyacentes a la indigencia más despreciable. En ocasiones, enano desdibuja el carácter suave del personaje para atribuirle, con mayor tino, el apelativo liliputiense.

Albert Rivera, Ciudadanos, se encuentra en el epicentro del terremoto político producido tras el 20 D. PP y PSOE experimentan intensas jaquecas porque aquel toma votos, no tanto reflexionados cuanto consumidos, con absoluto impudor. Tal zozobra les provoca momentos de acaloramiento fundamentados en su adherencia al centro. El bipartidismo se alimentaba de terrenos ideológicos apropiados para ambas siglas, enlazadas en Europa e irreconciliables en España. Por tradición, los españoles conservamos de forma natural o inducida un ADN agresivo, retador, frentista. Por esta causa, PP y PSOE tienen un suelo constante, devoto, definido. Las mayorías provenían del centro político, sucesivamente desequilibrador. Ahora surge Ciudadanos y ocupa ese espacio quebrando usos, amén de lesionar intereses que se consideraban exclusivos. Podemos es un absceso aparecido a la siniestra; de muy difícil tratamiento sin rasgar los “principios” que ella misma ha alegado.

Estimo injusto, burdo, asimismo poco inteligente, el desdén e inquina que el PP aplica a Rivera. Cierto que su estrategia provoca dudas hasta en los propios votantes, pero ninguna sigla posee autoridad moral para denunciar incumplimientos, menos juego sucio. Ante el caos motivado por un resultado electoral confuso, torvo, movido a la vez por un tactismo beligerante, juegan -sin excepción- la baza de explorar posiciones cómodas cara a previsibles nuevas elecciones. Todos son reos y tal escenario ilegitima cualquier intento de procesar a los demás. Rajoy atiborra de obstáculos una salida futura; realiza una maniobra sombría sin apreciar el mal agüero del cuervo que cría y alimenta. 

Pedro Sánchez, otra espiga nacional e internacional, asienta su éxito sobre el pacto PSOE-Ciudadanos. Estos, me consta, son incapaces de incumplirlo, de lanzarlo por la borda. Sánchez, en cambio, espoleado por una ambición desmedida y sin calcular riesgos futuros para España (el PSOE quedaría cadavérico), quiere ser presidente a toda costa. Tantos esfuerzos por pactar con Iglesias -levitando ciego de laurel- e independentistas, le valdrán para lograrlo. Será un presidente disminuido pese a su estatura. De forma inmediata, acreditaría una deslealtad censurable. A corto plazo, es probable que provocara otra mayoría absoluta del PP, sin Rajoy, con el PSOE capitaneando la oposición bastantes legislaturas. La izquierda pura, radical e incluso moderada, jamás puede gobernar en España. Más allá de la socialdemocracia solo existe el abismo. A ver si se enteran que esto es Europa, que estamos en el siglo veintiuno, que nuestra seca piel de toro aborrece a políticos prepotentes y sectarios, que la Guerra Civil terminó hace setenta y cinco años.

Semejante fauna - apartada de cualquier programa para proteger el ecosistema- conforma los cuervos, mezclados demasiadas veces con torpes gusanos. Sin embargo, a Rivera le sonríen los gnomos, esos geniecillos que le abrirán el futuro político. Importan sus pasos firmes, sus afanes de servicio, su integridad. Debe, no obstante, cuidar algún exceso irreflexivo, de tándem, y que enturbia su límpida trayectoria. Servicio y naturalidad son sus mejores armas, aquellas que la sociedad anhela allende los dominios de cuervos y enanos. Cordura y prudencia ante los retos del porvenir.

 
 
 
 

viernes, 11 de marzo de 2016

COLAU, EL EJÉRCITO Y EL ORÁCULO MADRILEÑO


Esta España que sobrellevamos y preocupa, alumbra cada día una chorrada nueva o hecho insólito. Todavía -pese a los habituales procesos que, dosificando solemnes payasadas, intentan vacunarnos contra la parranda- se abren nuestras carnes y tenemos pálpitos por testimonios o actividades de políticos indocumentados. Podemos pensar, yo lo hago, que se empeñan en frenética contienda. Cuando alguno recibe justamente la censura virulenta por irreflexivo, quizás perturbador, enseguida aparece otro que lo supera con destreza. Opinión pública y publicada dejan abierto el registro a la espera de cualquier necedad superior. Sabemos, unos y otros, que no nos defraudará lo venidero porque la costumbre constata semejante evidencia. Sin embargo, seguimos firmes, contumaces, esperando el momento incierto en que tales sombras (o sombrajos) históricas cambien a ilusionante fulgor. 

Veintiún concejales conforman mayoría absoluta en el Ayuntamiento de Barcelona. La actual alcaldesa cuenta con once. Cinco de ERC, cuatro del PSOE y tres de CUP suman dos más, veintitrés. Cualquier deserción le deja en franca minoría. ¡Uy! perdón, quise decir en clara inferioridad. Sí, Ada Colau, por decisión de cuatro partidos, es alcaldesa mínima. Los catalanes -genuino Ayuntamiento- han dispuesto poco, nada. Como siempre, los próceres interpretan el voto según sus intereses. La señora alcaldesa, por tanto, se atribuye un predominio moral que no le corresponde, que no se ajusta al patrón renombre personal/crédito social. Este caso adquiere tintes grotescos por el autobombo, propio de individuos iletrados. Viene al pelo el conocido aforismo “la ignorancia es muy atrevida”. Asimismo, la señora Colau no conforma, menos releva, el Ayuntamiento. Está bien que sea representante máxima aunque, en estos menesteres y a lo que se ve, su gestión quede muy mejorable. Quien estaba en el estand agraviado era el ejército, institución mucho más valorada que la regidora catalana. Algún sabio griego ya anunciaba que “mientras los necios deciden, los inteligentes deliberan”.

La señora alcaldesa, en la inauguración del Salón de la Enseñanza, espetó a dos asombrados oficiales: “preferimos que no haya presencia militar”. Excusa: “hay que separar espacios”. Al parecer, esta providencia fue aprobada por el pleno municipal. La señora Colau, no me extraña, mezcla por desconocimiento enseñanza y sugerencia laboral. El ejército, representado por miembros específicos -imagino expertos- ofrecía en aquel Salón salidas posibles a graduados y bachilleres. La milicia no propone ningún itinerario educativo, tampoco métodos ni técnicas, solo formación militar compatible, más tarde, con la vida civil. Oponer o conjugar educación y armas es pura demagogia, propaganda falaz. Fuera de este lamentable e indecoroso episodio, puede apreciarse el daño que ocasiona la incoherencia, ese intento de conseguir rentas siempre; con algo y con su contrario.  

Le ha ocurrido al PSOE. Los concejales del partido adscritos al Ayuntamiento barcelonés, con su voto, aprueban la resolución municipal que excusa o justifica el papelón de Colau en el mal llamado Salón de la Enseñanza. Solo así pudo salir adelante tal enmienda. A nivel nacional, sus líderes se rasgan las vestiduras por el desaire a la institución militar. Constituye un acto de hipocresía, de jugar con ases bajo la manga, en actitud censurable. Poca gente se ha enterado del juego sucio y quien lo advirtió o no quiere o no puede divulgarlo. Sánchez y adyacentes, loan al ejército sin aprensiones ni límites. Unos abren heridas mientras sus compañeros colocan paños calientes. De esta forma, toda la feligresía (moderados y revolucionarios sutiles) queda satisfecha. No crean ustedes que arrastran un comportamiento coyuntural o alicorto; nos alimentan cada día con parecidos nutrientes buscando la venia cuando no el aplauso.

El País, diario que aprovecha cualquier asunto previsiblemente cercano a la derecha para matizarlo a gusto del lector, publicó un artículo pleno de alabanza y pleitesía al ejército. Fiel a su línea, agregaba: “Nadie duda de todo lo que hicieron los militares en este país durante décadas contra la causa de la libertad”. Recordaría, a la sazón, los ejércitos rojo y blanco en la Rusia de mil novecientos dieciocho. ¿Cuál garantizaba las libertades democráticas? Probablemente ninguno. La Historia, firme, indica que allá, venció el rojo; aquí, el blanco. Lo demás es controvertible. Podemos discernir que al País parece atraerle (presuntamente, igual que a la señora Colau) un ejército colorado en vez de nacional e incoloro. ¿Qué importa más la ley o el derecho natural? Soy consciente de la complejidad que encierra el tema y que se traduciría en miles de páginas u horas de extensos debates.

He hablado de Colau y del ejército. De este, poco porque su exigencia e importancia superan a la palabra. Nos resta el oráculo. Pedro Sánchez, nacido en Madrid, afirmó hace poco rotundamente: “Voy a ser presidente del gobierno y no va a haber elecciones”. Adivinar el futuro corresponde a los oráculos y este nuestro es madrileño. Un pacto PP, Ciudadanos y PSOE (en el papel de opositor, para polemizar con Podemos) se vislumbra imposible. Prefiero entonces que el oráculo sea un bluf, una quimera, un mal sueño, y vayamos de cabeza a nuevos comicios; menos onerosos que el desbarre de noventa mil millones de euros, como mal menor.

 

 

viernes, 4 de marzo de 2016

CADA CUAL, A MAYOR O MENOR GLORIA, INTERPRETÓ SU PAPEL


Una sesión de investidura constituye un espectáculo raro, no por su contenido extraño (que también con frecuencia) sino debido a razones de periodicidad temporal. Suele oler igual que los años bisiestos, a añejo. En este caso, superando ignoro si cierta costumbre impía o malsana intriga, me fui de chuletas y dominó con cuatro compañeros de oficio y sin embargo amigos, como dice el tópico. Sí, desoí la alocución de Pedro Sánchez abriendo tan conocido ritual. No pido, empero, disculpas por establecer unas prioridades ajenas a eso tan manido de lo políticamente correcto. Primero, porque los políticos no deben estimular ni mis sentidos ni mis afectos y a renglón seguido porque me da igual Juana que su hermana. Esta indiferencia sustentada sobre cuarenta años de infidelidades, cuando no felonías, ha ido consumando una costra que a mis años no ablanda paños calientes, emplastos de tomate, ni técnicas innovadoras. Pese a lo dicho, mantuve pacientemente intervenciones al punto y otras a través de diversos medios audiovisuales anexos a algunos diarios de internet. 

Sé que el candidato torturó al Parlamento con noventa y seis minutos de monólogo reiterativo, superfluo, penitente. No me asombraría que la represalia perfilara el sentir casi unánime: decepcionante. Quizás, consciente el candidato de su descalabro final, lo ofreciera en exclusiva a sus conmilitones para enderezar una trayectoria política débil, repelente. Poco antes había ganado confianza al verificar la aceptación que el pacto con Ciudadanos registró entre los afiliados. Imagino que por necesidad táctica quiso aprovechar tan ilustre púlpito para apuntar y apuntalar unas aptitudes veladas. No expuso demasiado, quiso nadar entre el roto y el descosido, pero su caché creció generosamente. Aplacada la contienda con los barones aprensivos, cicateros, los votos le traían al fresco. Solo así se explica un pacto huero, no aditivo, cuyo pláceme por PP y Podemos conocía de antemano. Una jugada perfecta, más aun cuando supo convencer, atraerse, a Ciudadanos, partido y líder caminando en la cuerda floja, con pies de plomo. 

Rajoy, intuyéndose desahuciado, quiso dejar claro que, si bien en su tarea de gobernante reveló excesivas carencias, como parlamentario no solo carecía de rivales sino que abrazaba la élite congresista intemporal. Su discurso -una pieza exquisita, magnífica- resultó ser paradigma indiscutible de excelsitud oratoria. Divertido, ocurrente, cáustico más que socarrón, desmenuzó un memorándum estructurado, sustantivo, ágil, que (obviando premisas programáticas porque no se examinaba él) ridiculizó sin piedad a Sánchez y a Rivera. Vi una apisonadora inmisericorde que planchaba, reducía, a dos líderes vencidos, ahogados, por aquel tsunami retórico. Mientras, una mayoría de televidentes se desternillaba cómoda y segura en sus sofás. Colosal, minucioso, irrepetible, probablemente excesivo. Materializó la expresión “no dejar títere con cabeza”.

A Pablo Iglesias se le puede adivinar, pues -en palabras del propio Rajoy- es tan previsible como los constipados en noviembre y las alergias en marzo. Este chico (hábil, intuitivo, mediático) ha aventado demasiados errores básicos y conceptuales para atribuirle tan sólido asiento cultural. Conociendo el paño, y considerando su edad, podría asegurar sin aventurarme que debe ser medio analfabeto funcional, amén de leído. Un producto de la LOGSE. Salvando el inciso, al señor Iglesias parece interesarle poco la genuina esencia de sus discursos porque levantaría desasosiego entre los individuos que hagan trabajar el sentido común. No obstante, en ocasiones le resulta imposible domeñar la egolatría enfermiza que despliega haciéndole mostrar su vena natural. Como buen populista, fascista, totalitario (tanto monta) gusta del escenario, de la mascarada, del gesto. Anhela saltarse la corriente para protagonizar el show, lo aparatoso. Superfluo, no dijo nada fresco pues rumia  fábulas vetustas. Repartió menoscabos, escaseces, maldades, a diestra y siniestra. Osado e insolente se equiparó al árbol de la ciencia, del bien y del mal. Estomagante.

Albert Rivera desmenuzó un discurso bien trenzado, explicativo, pragmático. Pienso, asimismo también otros analistas, que estuvo más en candidato que el propio Sánchez. Supo, con buen resultado, exponer los puntos importantes del pacto con el PSOE. Gracias a su esfuerzo conocimos pormenores ocultos voluntaria o involuntariamente. Recibió críticas ácidas, sobre todo del PP, pero el acuerdo sirve para apartar al PSOE de Podemos, eventualidad que también deseaba Sánchez, sus barones y un alto porcentaje de españoles. Ahora, esta coalición tiene ocho diputados más que el PP y tal marco cambia el orden de preferencia. El hecho debe anotarse al haber de Rivera; por esto, personalmente, vería justo que la presidencia, al final, fuera para él ante la imposibilidad de acuerdo PP, PSOE.

Visto el lance, nadie puede acusar de nada a los demás. Rajoy vino a decir que el pacto de Sánchez era un curalotodo con intereses particulares. La totalidad, incluido el presidente lenguaraz, ha actuado por interés personal. Quien más quien menos, olvida promesas anteriores para restituir su popularidad cara a unas nuevas elecciones que se vislumbran próximas. Dentro de algunas horas, la cámara repetirá el no a Sánchez. Después quedan dos meses de incertidumbre, tal vez zozobra, en que habrá acuerdos o no en razón de las prospecciones sociométricas. Asumo el riesgo pues no quedé escaldado de la última ocasión en que lo hice con resultados adversos. Pronostico un gobierno a tres donde PP y Ciudadanos pacten un gobierno con la venia del PSOE en la oposición. Seguramente ocurre lo contrario porque España es el país del absurdo.

Ayer, y hasta entonces, cada cual leyó o interpretó el papel asignado. Hoy, enseguida, lo seguirá haciendo.

 

 

viernes, 26 de febrero de 2016

POLÍTICA VERSUS MARKETING


Elegir encabezamiento me planteó dudas entre identificar o repeler ambos conceptos. Al final, tras honda deliberación, decidí inclinarme por esta salida que más de uno entendería políticamente correcta. Puede achacárseme, sin duda, falta de entereza, de rigor. Desde luego, tiene que ver con un carácter de concordia, de encuentro, frente a cualquier fervor rupturista u hostil. Pese a todo, mi escepticismo me lleva de forma instintiva a fundir sin matices política y marketing. Por este motivo, reconozco que hube de realizar un esfuerzo supremo de contorsionismo intelectual hasta optar definitivamente por el epígrafe que abre este texto. En ocasiones nos deslizamos próximos a la paradoja para esquivar una realidad no solo poco sugestiva sino turbadora.

Desde las elecciones, los partidos políticos han abusado de interrogantes, de inquietudes permanentes, de inusuales ajetreos. Tomar decisiones supone una perpetua vela, además de agrias tribulaciones y desventuras. Así, ninguno se excusa del correteo descabezado, esa especie de juego a la gallina ciega alrededor de objetivos reprobados por el ciudadano. Claro que este tampoco fue demasiado concreto ni transparente. Dejó tal embrollo que ahora las lecturas arrojan divergencias incompatibles, desatinadas. A la vez, todas parecen contar con bastante certidumbre, quizás las revistan de ropajes legitimadores. Asombra cómo unos y otros dicen interpretar fielmente los deseos ciudadanos, sean cualesquiera las razones que aducen para llegar a semejante conjetura. Me admira, aun curado de espanto al igual que todos ustedes, la destreza utilizada para arrimar cada cual el ascua a su sardina. Sutilezas de auténticos timadores.

Una definición clásica indica que política es el arte de lo imposible. He reflexionado largo sobre la sustancia de esos vocablos constitutivos: arte e imposible. Sigo sin comprender qué mensaje quiso transmitir su creador. Probablemente sea una proposición ininteligible o que mi capacidad intelectiva ande harto escasa. Ignoro otra opción. Puede, tal vez, que los acontecimientos actuales expliquen o se avengan a la carga hermenéutica que desprende aquella cita. Si el arte implica creatividad no exenta de atrevimiento, el político que sufrimos -sin importar sigla- atesora ambos aderezos en grado superlativo. Además, para ellos lo imposible carece de alcance; constituye un reto semántico inconsistente, un primoroso acicate en su avidez por apoderarse del poder. Observemos que todos se desgañitan, ocupan esfuerzos, con un único fin: detentar el poder. Nosotros, pueblo llano, conformamos un relleno embaucador, el argumento persuasivo, la excusa edulcorante, hechicera.  

Rajoy reclama un “gobierno estable” necesario para acometer las reformas precisas y continuar con los logros económicos (proverbial caballo de batalla retórico). Se arroga la presidencia del mismo al ser el partido más votado. Necesita del concurso socialista sin menospreciar a Ciudadanos. Sánchez, por su lado, quiere un “gobierno progresista y de cambio” que “rescate” al individuo de la situación lamentable a que le han llevado “leyes y recortes antisociales”. Podemos y Ciudadanos empatan con ellos en fraseología oronda, rimbombante. Tras cuarenta años de vivencias y una desconfianza fundamentada,  temo que tan bellos decires solo sean fatuos eslóganes cuyo empeño persiga encubrir un producto ajado, prehistórico, caduco. Para PP y PSOE, Podemos y Ciudadanos son partidos que, a cambio de su apoyo numérico, vigilarán la pureza de convenios y ajustes específicos. Seguimos con el bipartidismo político, pero con diferentes soportes. Puros estos, de momento, parece interesarles por encima del óbolo las reformas democráticas, bastante dudosas con respecto a Podemos. Hemos trocado los activos financieros, donados a los nacionalismos imprescindibles, por la especulación providencial que exigen los modernos puntales.

Sí, Rajoy y Sánchez hacen política porque pretenden lo imposible exhibiendo sus mejores artes. Aquel, renunciando a una investidura que suponía de hecho pasar por las horcas claudinas. Discriminar si fue error o acierto queda para el campo de las hipótesis. El mal trago y previsto ninguneo era tan predecible como seguro. Este, que no tenía nada que perder, aceptó si no sugirió el encargo real sabiendo que era peor el ajo que el pollo. Ahora, palmeros nada rigurosos alaban, encomian, sin freno el presunto reforzamiento de su liderazgo. Sánchez sabe que no puede, mejor dicho debe, ser presidente porque dejaría todos los pelos en la gatera. Únicamente hace política con espoleta de retardo al igual que un Rajoy silente y taimado, su natural.

En el fondo, política y marketing no son distintos. Serían opuestos si el ciudadano contara algo para la primera. Pero… ¡quia! La política tiene como objeto desplegar un poder pretendidamente democrático, cuando no sin ningún apelativo. Los partidos son empresas que se orientan a la venta de sueños como herramienta para conseguir un beneficio. Por este motivo, el individuo se convierte en cliente, en usuario, y el político -convertido en comercial- le vende un producto seductor. Que entre ellos, política y marketing, hay identidades innegables lo confirma el hecho de que en este las “políticas” de precios, de distribución o de promoción, forman su columna vertebral. Por tanto, el título real, cierto, hubiera sido, verbigracia, “política y marketing, sirva la redundancia”.

 

 

viernes, 19 de febrero de 2016

NO, Y MIL VECES NO






Mis amables lectores, añejos y novicios, conocen mi expresa renuncia a filias o fobias para no rendir en sus brazos un ápice de mi libertad, ni independencia. Ligero de aditamentos emocionales, mantengo vivo el escepticismo que me caracteriza y practico la abstinencia electoral en defensa propia. Dicho esto, reconozco cierto recelo del socialismo por su falta de limpieza genética y vital. Asimismo, rechazo totalmente el populismo de Podemos por la idea totalitaria y tiránica que exhiben en dichos y hechos sus líderes más representativos. Tras estas palabras claras y precisas, pido respeto y exigencia por igual al resto de siglas que excluyo en mis muy tasadas reflexiones. Ciudadanos me parece un partido refrescante que anda un poco extraviado. Reconozco el laberinto que debe transitar en su papel mediador sin darle tiempo a corregir obstáculos. Izquierda Unida tiene en Alberto Garzón un político íntegro que debiera abandonar algo de la ganga que aún le acompaña. Puede ser la esperanza del marxismo democrático, aunque la afirmación parezca una contradictio in terminis. 

El PP pareciera ser el origen de todas las maldades y desgracias que atemorizan a la sociedad. Todos quieren hacer leña del presunto árbol caído cuando, en realidad, su suelo impide que caigamos en manos nocivas, desalmadas, a las que España importa menos que una  higa. No puede negarse que la corrupción le invade por doquier, igual que a cualquier partido que haya tenido competencias de gobierno. Vislumbro, además, actitudes -en este marco- poco tranquilizadoras en siglas que se enorgullecen de su “virginidad”, básicamente porque todavía no han tenido oportunidad de meter mano a la bolsa. Es decir, hacen de la necesidad virtud, pero ya empiezan a pringar. Volvamos al caso. Por fas o por nefas, los medios y la conciencia colectiva inunda de podredumbre al PP y solo lo percibe como un cuerpo corrompido. Por este motivo, es preciso sanear a fondo el partido mediante una operación quirúrgica que elimine toda servidumbre por acción u omisión, caiga quien caiga. El ciudadano vota un partido, no un líder. Rajoy es un lastre, quiérase o no. El PP necesita al frente una persona joven, limpia, depurada; distante de cualquier presunta iniciativa o gestión malsana e indigna. Lo demandan los tiempos, las modas. Hay que eliminar, al menos, las coartadas de uso falaz e innoble. Obcecarse por orgullo o prurito no lleva a ninguna parte. Se realizaría un ventajoso ejercicio de estrategia política y electoral.  

La ambición ilimitada, perturbadora, de un individuo está poniendo a España en un tenso dilema. Quiere ser presidente un señor capaz de excluir a siete millones y medio de españoles. Aumenta su atrevimiento, de forma inusitada, cuando dice pretender un gobierno progresista y reformador. Dejando para el debate lo de progresista, este iluso (no tiene otro calificativo quien pretenda hacer reformas sin contar con el PP, por simple iniquidad numérica), empieza a exhibir un proceder conocido hace años; tanto que puede superar al original. Al menos se muestra tan insustancial como el primero. Se emplea en un paripé permanente. Ahora parece abordar un gobierno quimérico con Ciudadanos y la abstención obligada, generosa, mártir, imposible, de Mariano Rajoy. Al mismo tiempo, como salida de emergencia, sibilinamente, se deja querer por un Pablo Iglesias beodo de poder, ególatra, enajenado de gozo, de éxito; por  una Izquierda Unida -más comparsa que sustantiva- y por un PNV, que pretende ser alcaide de ETA, con la espantada prevista, astuta, de CDC y ERC. Deduzco que el gobierno resultante sería conflictivo y de escasísimo recorrido. Un caro capricho. Decía Confucio que “Solo los sabios más excelentes y los necios más acabados, son incomprensibles”. No creo que Pedro Sánchez se encuentre entre los primeros.

En realidad, solo hay un gobierno deseable. Presenta, no obstante, un escollo definitivo pese a presiones reflejas, augurios optimistas o deseos incontenidos. El pacto PSOE-Ciudadanos es capaz de satisfacer las más exquisitas exigencias nacionales e internacionales. Aparece un muro en tan idílico escenario: se necesita la abstención del PP. Ya en aquel lejano mayo de dos mil quince, Sánchez dejó clara su envergadura de estadista cuando afirmó arrogante que él pactaría con todos menos con PP y Bildu. Ahora, altavoces, santones, analistas (incluso próximos), medios y fauna diversa, presionan para que el PP se abstenga como ofrenda a un supuesto dividendo para España. Afirmo, sin ambages, que el beneficiario inmediato sería un Pedro Sánchez espuriamente legitimado e inepto. Cabría la probabilidad de que España pospusiera su calvario, porque la auténtica enfermedad somos los españoles y Podemos; es decir, los primeros. Rajoy debe dimitir pero el PP (pese a quien pese) ha de decir no, y mil veces no. ¿Por qué no puede presidir el gobierno Albert Rivera con los mismos acuerdos y la abstención del PP? ¿Hay algún impedimento? Ninguno. ¿A que no quiere el PSOE oficial? Es evidente; el PSOE no cuenta, ni España tampoco. Importa Sánchez y su sillón presidencial.

Evidenciada la cuestión del bloqueo electoral, confirmado que el problema es Sánchez, suscribamos su unión con Podemos y pandilla. Tardaría meses en ser un pacto explosivo, desintegrador. Habría elecciones anticipadas, pero el elector conocería el paño y cambiaría la escena política. Es mejor padecer unos meses que tener encima durante tiempo indefinido la espada de Damocles. La negativa, pues, del PP a confirmar un gobierno extraño, inusual, presidido por Sánchez serviría -a medio plazo- para quitar vendas y curarse el español en salud. De rebote, caerían  bastantes barreras conceptuales y algún que otro mito, tan impostor como interesado, sobre ética política y social. El individuo queda satisfecho cuando desenmascara los fantasmas que le han creado un dudoso prestigio y una autoridad moral maniquea e inexistente.

Quizás sea cierto que un Podemos inmaculado, sin la erosión de gobierno, adelantara al PSOE si este no obliga a sus pares a marcar diferencias claras con el populismo, en lugar de darle cobijo. El PSOE necesita, a la vez, una catarsis ideológica para hacerlo homologable a la socialdemocracia europea y concluir para siempre con el enfrentamiento guerracivilista que, en mala hora, innovó Zapatero. Entre tanto, si yo fuera el PP diría sí a España, sí al PSOE, sí a Ciudadanos, pero a Pedro Sánchez no, y mil veces no.

 

 
 
 
 

viernes, 12 de febrero de 2016

CORRUPTELAS, CORRUPPCIÓN Y CAMBALACHES


Desde que la pantalla se ha convertido en cátedra ideológica, en púlpito político, el individuo sufre terribles agresiones semánticas, aun de principios, que le suelen trastornar aviesamente. Cuando el ciudadano no lee, los medios audiovisuales se encargan de ofrecerle conocimientos e iniciativas no siempre irreprochables. Son profesores de escasa deontología, pues se deben a la audiencia, quizás a sus pobres ambiciones doctrinales que exhalan con extrema parcialidad y cobardía. Estamos hartos de contemplar a periodistas de uno u otro signo que actúan como verdaderos políticos pero no tienen la valentía de someterse al veredicto inseguro de las urnas. Prefieren pontificar en el medio que controlan, amparados a la vez por un auditorio afín. Un periodista imparcial, carente de filias y fobias, informa de todos; ese amplio abanico de siglas que porfían la ética. Tanto para lo bueno como para lo malo. No creo preciso mencionar las diferencias entre la TV 1, la cuatro, la cinco, la sexta o veo 13. La parcialidad hace costra en cualquiera de ellas, bien es verdad que hay discrepancias notables.

Aparte noticia y tratamiento, afectan también de manera esencial vocablos que se utilizan, formas y matices. Nada más lejos de mi intención que ser indulgente con la corrupción; pero sí diferenciar una particular, temerosa, venial, cicatera, de aquella otra cínica, excesiva, vulgar (había dinero “pa asar una vaca” decía la progenitora del sindicalista Lanzas). Esta semana viene coleando la corruptela del Ayuntamiento valenciano donde presuntamente se blanqueaba alguna campaña electoral a golpe de cuenta gotas; es decir, de mil en mil euros. Sospecho que estos del PP esgrimen demasiados frenos morales para subscribir una corrupción generalizada e importante. Sé de buena tinta que el político del PP no es mejor ni peor que el del PSOE. Es menos atrevido, más acomplejado, puede que menos cínico. Los separan pequeños toques. Aquí, en la Comunidad Valenciana, les diferencia el afán demoledor en los puestos influyentes, que no de confianza, a cargo del PSOE. Lo he visto con mis propios ojos en la Consejería de Educación, prueba inequívoca de un espíritu maniqueo.

Pese a eslóganes y creencias sin fundamento, la izquierda desde el punto de vista ético no es mejor que la derecha. Sin embargo, en extraño y sumiso masoquismo, esta se deja acusar de un tópico falso que acrecienta por negligencia, por falta de acción defensiva. El hombre es naturalmente imperfecto y el español, además, es pícaro sea cuales fueren sus consideraciones ideológicas que, a veces, constituyen una falta de acomodo. Semejante parecer lo aprovecha la izquierda para denigrar a la derecha sin imponerse límites ni barreras. Este buscarse la vida a través de la ideología es una corruptela aceptada igual que aquella otra que le llevó a Carmen Calvo a certificar que “el dinero público no es de nadie”. Por tanto, corruptelas tienen todos los partidos incluidos aquellos de nueva estampa pero de viejos talantes.

El PSOE, bajo un inédito y aventurado ejercicio de olvido, carga contra el PP por todos los casos de corrupción -viejos y flamantes- reeditados cada día en muchas televisiones que obvian otros sumarios más cuantiosos y graves. Dicen con entusiasmo suicida que no pueden pactar con un partido tan corrupto que debiera reconstruirse de nuevo. El consejo, la idea, no es malo si hubiera intención de aplicárselo ellos también. Ya se sabe: “Quien esté libre de pecado, arroje la primera piedra”. Corrupción de verdad, de aquella que atesora millones, hay que buscarla presuntamente en CDC, los EREs y en gobiernos derrochadores, que permitieron duplicar el costo proyectado sin tomar medidas. Por tanto, hablar de corrupción de los demás es canallesco e incluso barricada hueca. La corrupción en este país es una ciénaga que cubre todo y a todos. Los casos más sonados actualmente se dan en dictaduras izquierdosas. Acusar a alguien de algo no significa necesariamente imbuirse de lo contrario.

Próxima a la corrupción, pero sin ocupar su espacio, es el espectáculo a que nos va acostumbrando el señor Sánchez desde que el rey lo nombró candidato a la investidura. Él y sus fieles subalternos nos quieren convencer que el pacto PSOE, Podemos, IU, PNV con la incomparecencia de la antigua CDC y ERC es el único gobierno reformador,  progresista y de cambio que necesita España. Dicen que los españoles así lo han dicho en las urnas. Resulta que estos señores a estas alturas todavía no saben leer. Los españoles quieren que entre también el PP. Por este motivo, tiene mayoría absoluta en el senado y por tanto no pueden hacerse reformas sin contar con él. Estos cambalaches socialistas con el exclusivo fin de que Sánchez sea presidente, son otra forma de corrupción más onerosa que ninguna de las conocidas hasta ahora. Nos costará muchos miles de millones. Tiempo al tiempo.

Qué airoso, y qué poco efectivo, es decirle la sartén al cazo: “apártate que me tiznas”.

 

 

sábado, 6 de febrero de 2016

EL PSOE ABANDONA SU INSTINTO DE SUPERVIVENCIA


Me encuentro en Mojácar, pueblo colgado -cual nido de águilas- en un abrupto pico de Sierra Cabrera y que estos últimos días desvanece la neblina impertinente del atardecer. Muestra, orgulloso, un inmenso apéndice urbano que se dispersa por la costa. Al sur, hacia Carboneras y su desalinizadora; al norte se acerca a Garrucha, pueblo que alinea inacabable un límpido litoral hasta pisar el atómico término de Palomares, el de la bomba. Ubicado yo a dos pasos del mar, camino cada día por el extraño paseo marítimo roto a trechos con entradas (o salidas) a chalets, apartamentos y negocios, que lo jalonan. Casi tres kilómetros separan el hotel del laberíntico complejo comercial que abre la carretera de ascenso al núcleo primitivo.

Aquí, manso el espíritu por el suave oleaje del entorno, me sorprendió la misión que el rey encomendó a Pedro Sánchez tras la espantada lógica, pero con menguada conveniencia estratégica, de Rajoy y el ofrecimiento ambicioso, reconstituyente, vivificador, que Pedro Sánchez -medio cadáver- propuso a Felipe VI. Era un envite superfluo, intemporal, ni por apremio ni a consecuencia de desasosiegos sociales o patrióticos. Fue una premura anhelante, emocional; una precipitación imperiosa del reo que palpita cuando siente cerca el pelotón de fusilamiento. Nada le mueve más allá de asirse a cualquier resquicio vivificante; posterga el país, los ciudadanos y, por supuesto, su propio partido. Quiere respirar, aunque sea segundos, caiga quien caiga. Deberíamos subrayar esas veleidades personales, asimismo acentuar las diferencias profundas que existen entre envoltura y sustancia, necesidad y virtud. Recelo que, desde hace tiempo, viene haciendo de tripas corazón. Pobre. 

Susana Díaz, oficial de la patrulla que presuntamente terminará fusilándolo (y que le dará el tiro de gracia), se deja vencer por los mismos ardores. Combatir a quien nos  aparte del poder se transforma en consigna obligatoria. Reo y ejecutor están adornados de las mismas pasiones o lacras -incluyendo alguna cualidad furtiva-  ni mayores ni menores de aquellas que pudieran exhibir simétricos en cualquier sigla. Otra cosa es lo que digan ambos desde diferentes púlpitos mediáticos. Los pecados políticos suelen ocultarse, a veces, tras caretas sonrientes pero siempre transgresoras. Personalmente, una y otro, me parecen de escasa altura política (aseguro que este criterio no constituye una justa revancha cuando constatamos la certeza de sus vejatorios prejuicios hacia los ciudadanos). Sospecho que la señora Díaz da un perfil de mayor credibilidad en lo que se refiere a proyecto de Estado y de partido. Mi dictamen lo hago solo en comparación con el señor Sánchez de quien alguien dijo que cotejado con Zapatero, este sería Churchill. Excelente ojo clínico

Encuentro quehacer loable, desesperado, que aquellos personajillos cercanos a Sánchez -más o menos notorios- lancen junto a su patrón fuegos de artificio para sembrar necedades y recoger frutos crediticios, rentables. Aseveraciones inverosímiles como “tenemos un proyecto de país”, “ha pasado el tiempo de vetos”, “iniciaremos una política de soluciones” o “queremos un gobierno progresista y reformador”, amén de ataques indecorosos, sin fuerza moral, contra Rajoy y el PP, es la evidente constatación de la indigencia que exhiben estos señores para gobernar España, para elevar el bienestar de los españoles y para salvaguardar su propio partido. Han perdido el oremus. Si Sánchez cierra los ojos y consiguiera ser presidente (tiene un único camino para ello) pondría en la mano, a corto plazo, otra mayoría absoluta del PP tan inmerecida como la actual. Es más, si UPyD resucitara el PSOE se deterioraría definitivamente. Lo malo es que este país sufriría también las secuelas de tanto impudor, no exento de desatino.

Sí, en el PSOE se han conjuntado el hambre con las ganas de comer. Sánchez y Luena, o viceversa, juegan con la semántica -y con las líneas rojas- a fin de engatusar a los afiliados e imponerse, choteo incluido, a los barones rebeldes. El desapego que adoptan con la vieja guardia escapa a cualquier epíteto. No solo desoyen sus sabios y oportunos consejos sino que además se muestran insolentes, ácidos, con quienes (reconociéndoles desaciertos) auparon el país y dieron al partido años de gloria. Desde Zapatero y su política de enfrentamiento, mejor aislamiento, a unas siglas con parecido pedigrí democrático y podredumbre, el PSOE ha perdido más de setenta diputados y sigue reduciendo su otrora valioso suelo electoral. Aseguro que de esto el PP no es culpable. Pregúntense. Quizás debieran poner pies a tierra y abandonar el odio para corregir errores fatales. Conjeturo una gran dificultad porque, según el proverbio, rectificar es de sabios. 

Aprecio, asimismo, una actitud de oídos sordos, de egolatría, de ambición insana. Con estos fundamentos es imposible construir nada loable ni duradero. Si sumásemos algún catalizador agresivo, radical, el producto sería preocupante, molesto, terrible,  pese a los numerosos mensajes tranquilizadores cuyo objetivo pierde pujanza de forma acelerada. Espero que al final se imponga el sentido común aunque sea efecto del superior instinto de supervivencia. Los primeros pasos entre Podemos y el PSOE parecen seguir ese derrotero, aunque el histrionismo del político supera con creces al del comediante. Pronto saldremos de dudas pero no de preocupaciones. Nos jugamos mucho todos. Seamos autodidactas, aprendamos, si ellos abandonan su instinto. Hagámosles pagar un costoso peaje si nos dejaran los últimos en su orden de prioridades.

 

 

viernes, 29 de enero de 2016

QUIEN MALOS CAMINOS ANDA, MALOS ABROJOS HALLA


Dicen que la sabiduría popular engloba, al menos, una masiva aquiescencia; por tanto (tras su imposible constatación contable) recibe así etiqueta de certidumbre. Los tiempos que vivimos son ingratamente turbadores cuando debiéramos estar curados de espanto. Secundamos el arraigo de un tierno eslogan, “hoy más que ayer pero menos que mañana”. Lo perverso, pese a todo, es esa indeterminación referida tanto al tiempo cuanto a la magnitud. Parece no tomar reposo ni fin. Ya casi no cuesta levantarnos con el ánimo presto a digerir cualquier noticia por extravagante que sea. Cada jornada nos va haciendo permeables e inmunes, paradójicamente, a crudas reseñas que acompañan con excesiva frecuencia el desayuno.  

Ayer -siempre utilizamos ciertos vocablos para referir un pasado inmediato- divulgaron la operación Taula en Valencia. Hoy, esa narcótica y anodina resolución de la Audiencia de Palma que obligará a la infanta Cristina sentarse de nuevo en el banquillo. El primer asunto refuerza los argumentos del PSOE para justificar su negativa a mantener diálogos con el PP. Olvidan que Pedro Sánchez, un mayo lejano, advirtió su repugnancia a pactar con aquel y con Bildu, colocando a ambos en el mismo plano. Luego suavizó rencores a Bildu. Algunos, con tics alarmantes, se refieren al sumario valenciano adjetivándolo de “trama criminal” y demandan jocosamente la disolución del Partido Popular. Produce vergüenza ajena tanto desahogo en una hueste que debe acreditar su presumida virginidad más allá de la excelente mercadotecnia.

No cabe duda que la corrupción, toda ella, ilegitima para regir los destinos del país. Por tal motivo, Rajoy y otros muchos debieran dejar paso a gente impoluta. Ahora mismo son una rémora fundamental. Sin embargo, hemos de tener en cuenta que la corrupción presenta diversas caras. El individuo considera malsana, peor, aquella que afecta al tesoro público, el latrocinio continuado de quienes aseguran servir a la sociedad. Ignoran esa perversión sutil de mentes, de conciencias, que afectan a los usos democráticos hasta deteriorar gravemente sus pilares fundamentales. Desde mi punto de vista, esta corrupción es mucho más infame porque degrada el sistema ahogando las libertades individuales con dogmas maniqueos, totalitarios, y trayendo a menudo miseria perpetua. Asimismo, los corruptos amasan pequeñas fortunas; los dictadores generalmente atesoran inmensas riquezas sobre una explotación económica y carencia de libertades.

Pedro Sánchez, inhábil, se ha cerrado cualquier posibilidad de pervivencia. Desde hace tiempo va preparando su defunción política que llegará a poco. Nada estrategas, sus asesores le llevan de error en error. El principal es crearle un antagonista equivocado. Desconozco quien le genera la idea de lucha desaforada contra el PP cuando solo es rival ideológico; es decir, confortable adversario. El auténtico enemigo, quien le socava votantes, es Podemos. Encima para no romper puentes cara al futuro hipotético, le proporciona pedigrí democrático. El propio Sánchez calcula que revivir el Frente Popular le llevará a la Moncloa. Craso error. Se han topado con una camarilla que les da mil vueltas en lo que, antaño, ellos fueron auténticos peritos: la agitación y propaganda. Un ejemplo reciente es aquella emponzoñada propuesta de gobierno que les hicieron no ha mucho. De pasada eliminaban a PSOE e IU, quedándose únicos representantes de la zurda española. Son perniciosos compañeros de viaje. Sombríos si un día consiguieran el poder.

Nuestra sociedad no es radical. Por este motivo, siempre han ganado las elecciones partidos de centro izquierda o derecha, sin paroxismos. Asqueado de corrupción y crisis, el votante se crispa, se trastorna, lo suficiente para votar a un partido que todavía considera pulcro, lejos del totalitarismo, porque nadie -ni medios ni prohombres- lo ha dicho. Si el PSOE, en vez de cargar silencioso con el apelativo “casta”, hubiera enfatizado el carácter estalinista de Podemos, hoy tendría más diputados que el PP y podría gobernar con el apoyo estricto  de Ciudadanos. Definitivamente la comisión ejecutiva erró el tiro de manera clara. Y no pueden echarle culpas a la vieja guardia preocupada por un futuro incierto para el partido. Falsos e insolentes. 

A Sánchez y su ejecutiva les quedan días. Si pacta con Podemos, desaparece él junto al PSOE. Si hubiera elecciones de nuevo, con toda probabilidad habría otro candidato menos sectario, capaz de armonizar intereses particulares, partidarios y nacionales. Le queda como solución menos negativa, quizás, pasar a la oposición con el pacto PP-Ciudadanos bajo una exigencia rotunda de cambios sustanciales que fortalezcan la democracia, haya verdadera voluntad de contrición -a la par que de penitencia- y eliminen para siempre el peligro de los populismos en sus diferentes siglas y manifestaciones. He ahí el hombre de Estado que esperan socialistas y españoles.

Este PSOE retomaría por fin un camino abandonado que le transportaba a la confluencia con los socialdemócratas europeos y que el necio Zapatero, irresponsablemente, quebró marginando a media nación con etiquetas tan demoledoras como falsas. De aquellos polvos estos lodos para España y para un partido en absoluto declive. Ojalá los abrojos se transformen en hierbabuena capaz de aliviar dolores e irritaciones. Pese a todo, no olvidemos a UPyD, perfecto eslabón si, por unos u otros, se rompiera la cadena.

 

 

viernes, 22 de enero de 2016

VIEJA Y NUEVA POLÍTICA. ADIÓS ESPAÑA


Permítaseme que, con toda modestia y pidiendo disculpas por mi audacia, robe a Ortega el epígrafe del artículo. Pretendo, al mismo tiempo, advertir que llevamos un siglo asentados en el más puro inmovilismo. Decía aquel insigne pensador, allá por mil novecientos catorce, que “la vieja política son fórmulas de uso mostrenco que flotan en el aire público y que se van depositando sobre el haz de nuestra personalidad como una costra de opiniones muertas y sin dinamismo”. Insinuaba que la nueva política se basaba en dos proposiciones: la inutilidad de los programas usados y caducos junto a la urgencia de construir un edificio nuevo de ideas y pasiones políticas pidiendo colaboración no votos; sin prisa porque ella es alimento de los ambiciosos. ¿Encuentra el lector diferencias sustantivas con el contexto actual? Pese a fatales acontecimientos posteriores, y aunque parezca asombroso, conjeturo una respuesta general: no.

Qué poco les importa el país, la sociedad. Ambiciones espurias potencian esa ceguera característica de quien no quiere ver. Las prisas conforman un ingrediente que origina disposiciones arriesgadas cuando no totalmente suicidas. Lo peor es que el efecto lleva aparejadas dramáticas derivaciones colaterales. Nadie recomendaría autolesionarse a ninguna sigla. Menos si el quebranto se extiende a todo un país. Sin embargo, próceres (perdón por el exceso) irresponsables, muy irresponsables, instan a un insensato menesteroso a que, cual zángano himenóptero, prefiera morir tras gozar un tiempo de la Moncloa. Incluso puede llegarle el óbito antes que el orgasmo. Ignoro si la deriva, un tanto psicótica, altanera y atiborrada de felonía hacia el Comité Federal, es cosecha propia o procede de infectas inducciones adyacentes.

Tanto don Pedro como sus secuaces -digo, asesores- más cercanos ventean que los votantes les han reclamado un cambio de talante, a encabezar un gobierno de izquierdas que resuelva el desastre pepero. Aparte entusiasmos etéreos, temo que uno y otros deban repasar las cuatro reglas, en concreto la adición. Todas las izquierdas, el frente popular redivivo, alcanzan ciento setenta y dos diputados. Es decir, el montón no consigue mayoría absoluta y, por tanto, el futuro gobierno tendría la misma estabilidad que un huevo o una castaña para no confundir términos. Ese dilema lo resuelven divulgando que buscan un gobierno progresista. Admitiendo que Podemos encarne  un colectivo progre, que ya es ser ingenuo, no paso por tragarme a los independentistas de ERC o Democracia y Libertad (cara lavada de CDC), menos a Bildu, como paradigmas en quienes mirarse. Saben a la perfección que todo se reduce a vana palabrería, que las ansias de un grupo indigno, bucanero, las vamos a pagar los españoles muy caras.

Cierto es que Rajoy en cuatro años ha dilapidado el capital político que la sociedad le otorgó como última esperanza y no por atractivo o convencimiento. Igual de verídico es que solo el PSOE fue culpable de aquel éxito sin precedentes. Ahora no es creíble aparecer como valedor por aquello de “no puede resolver un problema quien formó parte de él”. A Rajoy se le acusa, con razón, de aumentar impuestos y reducir gastos sociales en vez de institucionales menos gravosos para el conjunto. No obstante los menoscabos laborales y educativos surgieron con el PSOE tras las ETT o la LOGSE, verdaderos lastres en ambos apartados. Ninguna Ley de Educación del PP ha sido válida en nuestro país. La LOMCE, promulgada años atrás, se inició a principios del presente periodo escolar y, teóricamente, de forma parcial. Será operativa, como mucho, este curso; es decir, al parecer tiene los días contados.  Por tanto, menos falacias.

Fechas atrás escuchaba en televisión a Pedro Saura, dirigente del PSOE. Como persona le tengo todo el respeto del mundo, pero en su papel de político me merece el mismo que yo recibo de él. Hablaba sin hacer salvedades. En su discurso -abierto a los españoles digo, sin excepción- me tildaba de imbécil supino. Pues no. Su intervención significó un sinfín de necedades, de patrañas, dichas con exquisito cinismo. El broche de oro fue esa frase estúpida que agregaba “emergencia social”. No me extraña que un economista se lie con la semántica. Señor Saura, emergencia implica instantaneidad, improvisación, y el problema social ya es rancio. Lo mismo que el institucional, político y democrático a los que deberían hincar el diente ustedes, todos, sin demora.

Termino con otras palabras de Ortega. “Es preciso hacer una llamada enérgica a nuestra generación, y si no la llama quien tenga positivos títulos para llamarla, es forzoso que la llame cualquiera”. Hace horas toda España se ha enterado del osado reclamo de un fantasma. ¿Han comprendido señores del PP y del PSOE? Sigan hasta el aburrimiento con la vieja política y otros, de mayor vetustez pero con novel etiqueta, les borrarán del mapa político y hundirán esta nación doliente. Ah, los silencios cómplices inhabilitan para protagonizar futuras e imperiosas catarsis. Nada nuevo hay bajo el sol. Tampoco una moral inmaculada, purificadora.

 

viernes, 15 de enero de 2016

DESPROPÓSITOS O ACUERDOS SOTERRADOS


España ha llegado al punto de la lucubración, del azar. Se equivocan los expertos en sociometría, patinamos los analistas y disparatan los políticos. Cuando la muestra estadística es esquiva o suspicaz resulta imposible predecir el comportamiento social. Si cualquier analista se rinde al sentido común en lugar de hacerlo a su instinto (que tampoco asegura el acierto), está alimentando un fallo rotundo. La encarnadura política, a su vez, está constituida a base de errores u olvidos. Creo, sin embargo, que gran parte de la anomalía emana del ciudadano, poco dado a examinar hechos y tasar ofertas. El resto concierne a los medios de comunicación que han usurpado un púlpito espurio pero rentable. Hoy, la doctrina política se imparte sobre todo en televisión. Han conseguido crear mentes desideologizadas y sectarias; una conciencia social dogmática, por tanto maniquea.

Semejante marco intelectivo (nada que ver con aspectos o reflejos culturales), agravado por una crisis pertinaz, ha permitido el asombroso ascenso de Podemos. Pese a tales considerandos, y a otros maleados por los medios, España es el único país que ofrece un Parlamento donde el marxismo radical, olvidada su depravación, brinda cuantiosa muestra. Ni Grecia ni Portugal. Lideramos el insólito  honor de acelerar el vehículo que nos lleva al desastre económico e institucional. La izquierda griega o portuguesa no tiene nada que ver con el marxismo aborigen cuyas propuestas, por suerte superadas, quedaron ancladas a principios del siglo XX en toda Europa, salvo Francia e Italia que se extinguieron al ocaso. Actualmente partidos comunistas democráticos, con entidad, solo existen en Grecia, Portugal y España. Podemos es punto y aparte, pese a la influencia que ejerce sobre Izquierda Unida. Sus referentes cercanos son Venezuela y otros países sudamericanos sumidos en la miseria. 

Nuestro PSOE no puede homologarse con la socialdemocracia europea, aun formando parte del mismo grupo. Abandonó el marxismo en el XXVIII congreso, pero Zapatero ayer y hoy Sánchez confunden al personal con gestos muy preocupantes que pueden impedirle ganar confianza entre inversores foráneos y electores patrios adornados de compostura, al menos. Lamentablemente se constata que la apetencia ilimitada obnubila mentes y voluntades. Bien es cierto que el señor Sánchez no necesita sardinas para beber vino, al decir del refrán. Su asiento al frente del PSOE pende de un hilo, pero lo grave no pasa por su situación personal sino por la suerte de España, de su partido y del Mercado  Común Europeo. Sopesando pros y contras, el Comité Federal debiera tomar medidas urgentes para sanar unas siglas agonizantes e incluso en auténtico peligro de desintegración.

La Europa del euro, del Estado de bienestar, rechaza los populismos totalitarios, fascistas, sean de izquierdas o de derechas, ya en solitario ya en comandita con partidos ahítos de pedigrí democrático y que equivocadamente les afeitan los apéndices tiránicos. Nadie duda del papel necesario, protagonista, gestor de populismos, ejercitado por el liberalismo y la socialdemocracia cuando abanderaron la corrupción durante prolongados periodos. Euroescépticos ingleses, Frente Nacional francés, movimiento V-Day de Beppo Grillo italiano y Syriza griego son arrebatos de respuesta ciudadana. No obstante pasar de una A purulenta a la Z intransigente, asimismo presunta milagrera, es temerario. Sospecho que faltan conocimientos matemáticos y sobra candidez. Quien mejor puede ofrecer argumentos de peso, incontestables, es la Historia, esa guía relegada, a cuyo olvido y menosprecio dedicamos los mayores esfuerzos.

Vivimos una época difícil, compleja. Economía, sociedad e instituciones autonómicas están afectadas por gérmenes cuya eliminación precisa  unidad y comedimiento. No vale todo, ni siquiera cualquier cosa. A pesar de la notable culpa que cargan PP y PSOE, Ciudadanos puede ser el estimulante preciso para restaurar el edificio nacional. Consiste en limpiar la vida pública, restituir lo distraído y remozar la democracia junto a sus instituciones. Además, deben blindar (raro concepto) las libertades individuales. A Pedro Sánchez le entra el juicio de una vez o, los llamados barones, deben propiciar cuanto antes su caída. España y el PSOE lo agradecerán en poco tiempo. Hago votos para que el mismo vendaval se lleve también a Rajoy.

Es muy probable que a estas alturas esté todo el pescado vendido. Lo contrario significaría la puntilla para este país. Solo el resurgimiento extraño de UPyD y la honda meditación de Izquierda Unida pudieran ser el antídoto que necesitaríamos para mitigar un ascenso injustificado, expuesto, de Podemos. Si así fuera, aunque mi reflexión -a fuer de sentida- llegara tarde no quito ni una coma de lo expuesto y de lo mucho que callo, en forma y contenido, porque prefiero el estilo amigable amén de la concordia cuando todavía no está todo perdido. Pero… cuidado con  decepcionar más. Podemos os lo recompensará y nosotros os lo demandaremos.

 

 

DESPROPÓSITOS O ACUERDOS SOTERRADOS


 

España ha llegado al punto de la lucubración, del azar. Se equivocan los expertos en sociometría, patinamos los analistas y disparatan los políticos. Cuando la muestra estadística es esquiva o suspicaz resulta imposible predecir el comportamiento social. Si cualquier analista se rinde al sentido común en lugar de hacerlo a su instinto (que tampoco asegura el acierto), está alimentando un fallo rotundo. La encarnadura política, a su vez, está constituida a base de errores u olvidos. Creo, sin embargo, que gran parte de la anomalía emana del ciudadano, poco dado a examinar hechos y tasar ofertas. El resto concierne a los medios de comunicación que han usurpado un púlpito espurio pero rentable. Hoy, la doctrina política se imparte sobre todo en televisión. Han conseguido crear mentes desideologizadas y sectarias; una conciencia social dogmática, por tanto maniquea.

Semejante marco intelectivo (nada que ver con aspectos o reflejos culturales), agravado por una crisis pertinaz, ha permitido el asombroso ascenso de Podemos. Pese a tales considerandos, y a otros maleados por los medios, España es el único país que ofrece un Parlamento donde el marxismo radical, olvidada su depravación, brinda cuantiosa muestra. Ni Grecia ni Portugal. Lideramos el insólito  honor de acelerar el vehículo que nos lleva al desastre económico e institucional. La izquierda griega o portuguesa no tiene nada que ver con el marxismo aborigen cuyas propuestas, por suerte superadas, quedaron ancladas a principios del siglo XX en toda Europa, salvo Francia e Italia que se extinguieron al ocaso. Actualmente partidos comunistas democráticos, con entidad, solo existen en Grecia, Portugal y España. Podemos es punto y aparte, pese a la influencia que ejerce sobre Izquierda Unida. Sus referentes cercanos son Venezuela y otros países sudamericanos sumidos en la miseria. 

Nuestro PSOE no puede homologarse con la socialdemocracia europea, aun formando parte del mismo grupo. Abandonó el marxismo en el XXVIII congreso, pero Zapatero ayer y hoy Sánchez confunden al personal con gestos muy preocupantes que pueden impedirle ganar confianza entre inversores foráneos y electores patrios adornados de compostura, al menos. Lamentablemente se constata que la apetencia ilimitada obnubila mentes y voluntades. Bien es cierto que el señor Sánchez no necesita sardinas para beber vino, al decir del refrán. Su asiento al frente del PSOE pende de un hilo, pero lo grave no pasa por su situación personal sino por la suerte de España, de su partido y del Mercado  Común Europeo. Sopesando pros y contras, el Comité Federal debiera tomar medidas urgentes para sanar unas siglas agonizantes e incluso en auténtico peligro de desintegración.

La Europa del euro, del Estado de bienestar, rechaza los populismos totalitarios, fascistas, sean de izquierdas o de derechas, ya en solitario ya en comandita con partidos ahítos de pedigrí democrático y que equivocadamente les afeitan los apéndices tiránicos. Nadie duda del papel necesario, protagonista, gestor de populismos, ejercitado por el liberalismo y la socialdemocracia cuando abanderaron la corrupción durante prolongados periodos. Euroescépticos ingleses, Frente Nacional francés, movimiento V-Day de Beppo Grillo italiano y Syriza griego son arrebatos de respuesta ciudadana. No obstante pasar de una A purulenta a la Z intransigente, asimismo presunta milagrera, es temerario. Sospecho que faltan conocimientos matemáticos y sobra candidez. Quien mejor puede ofrecer argumentos de peso, incontestables, es la Historia, esa guía relegada, a cuyo olvido y menosprecio dedicamos los mayores esfuerzos.

Vivimos una época difícil, compleja. Economía, sociedad e instituciones autonómicas están afectadas por gérmenes cuya eliminación precisa  unidad y comedimiento. No vale todo, ni siquiera cualquier cosa. A pesar de la notable culpa que cargan PP y PSOE, Ciudadanos puede ser el estimulante preciso para restaurar el edificio nacional. Consiste en limpiar la vida pública, restituir lo distraído y remozar la democracia junto a sus instituciones. Además, deben blindar (raro concepto) las libertades individuales. A Pedro Sánchez le entra el juicio de una vez o, los llamados barones, deben propiciar cuanto antes su caída. España y el PSOE lo agradecerán en poco tiempo. Hago votos para que el mismo vendaval se lleve también a Rajoy.

Es muy probable que a estas alturas esté todo el pescado vendido. Lo contrario significaría la puntilla para este país. Solo el resurgimiento extraño de UPyD y la honda meditación de Izquierda Unida pudieran ser el antídoto que necesitaríamos para mitigar un ascenso injustificado, expuesto, de Podemos. Si así fuera, aunque mi reflexión -a fuer de sentida- llegara tarde no quito ni una coma de lo expuesto y de lo mucho que callo, en forma y contenido, porque prefiero el estilo amigable amén de la concordia cuando todavía no está todo perdido. Pero… cuidado con  decepcionar más. Podemos os lo recompensará y nosotros os lo demandaremos.

 

 

viernes, 8 de enero de 2016

AL PSOE LO CONDENAN SUS HERMENEUTAS


Hermeneuta es la persona que interpreta textos, frases o hechos; verbigracia, el alcance electoral del 20 D. Los partidos, sin ninguna salvedad, tras cualquier confrontación -y avanzado el escrutinio- exhiben a sus líderes para anunciar (urbi et orbi) los excelentes resultados debidos a la ciudadanía. Curiosamente, contraviniendo toda ley estadística, generalizan logros óptimos. Nadie pierde. Se consideran estúpidos quienes realicen autocríticas cabales. Son momentos para dar rienda suelta al fanatismo, para exaltar ánimos noqueados por una realidad tozuda. Constato, en cada oportunidad, un ritual absurdo, bochornoso, donde la sensatez cabalga a lomos del engendro.

Pedro Sánchez, hermeneuta jefe (al menos oficialmente), destacó inundado de grandeza el triunfo y quehacer históricos que las urnas acababan de dispensar a su partido: liderar un cambio progresista. Hay que tener un cuajo especial, junto a un cinismo superlativo, para revestir de éxito el fracaso evidente. Acababan de perder veinte diputados, de batir todos los récords, y visten al náufrago de etiqueta para justificar perpetuaciones humillantes. Aquí, en España, no se dimite ni por error a pesar de que, según dicen, los políticos están mal pagados. Mentira; algunos no merecen ni el salario mínimo interprofesional. El espíritu de servicio, biombo rutinario, correspondía al franquismo. Ahora, invocar o aludir esa virtud es una broma pesada. ¿Acaso solo hemos cambiado al santo de pedestal? Respóndanse ustedes.

Antonio Hernando, portavoz socialista en la anterior legislatura, y César Luena, secretario de organización, constituyen el bastión orgánico que sustenta a Pedro Sánchez. Exhaustos por el empeño, sacan fuerzas de flaqueza e interpretan la voz del pueblo a su manera; es decir, arrimando el ascua a su sardina. Proclaman, ocurrentes, que la sociedad pide cambios. Cuentan, sagaces, que si el pueblo hubiera querido otra cosa un repelido PP tendría superioridad manifiesta, cómoda, en vez de tan exiguo número de diputados. Hacen una lectura necia, envenenada. ¿Qué dice el votante cuando a ellos les birla veinte y los deja con noventa? ¿Quiere verlos en el poder o en la oposición? El hambre y la sed producen espejismos, quimeras, delirios psicóticos. Esa construcción de una realidad ad hoc nos deja a los pies de los caballos, cautivos de aventuras arriesgadas y de aventureros siniestros.

El señor Sánchez, desde el minuto uno, cerró la puerta no solo a pactos o acuerdos sino al diálogo. Ese enfrentamiento visceral con el PP le lleva irremediablemente a dos escenarios igual de infaustos: a un explosivo gobierno multipartidista o a repetir las elecciones generales. Ambos ocasionarán la desintegración del PSOE. Ese gobierno de progreso que dice conseguir es letal o imposible, mejor lo segundo. Veamos. Suponiendo que el progreso sea patrimonio de la izquierda (en sus diversas facetas), que ya es atribuir, los diputados del PSOE (teórica socialdemocracia) con Podemos (travestido de socialdemócrata advenedizo), Unidad Popular (un Alberto Garzón perdido y otro), ERC y Bildu, suman ciento setenta y dos. Semejante bomba necesita la alianza de siglas tan progres como Democracia y Llibertat (sobrenombre ético, incorrupto, de CDC) o PNV, como sabe todo el mundo partidos nacionales que representan al obrero textil catalán o metalúrgico vasco. Adiós PSOE.

Si los vaticinadores aciertan y Colau gana las nuevas elecciones catalanas, las generales serían un toma y daca entre PP y Podemos. Ciudadanos y un PSOE raquítico, testimonial, tendrían probablemente la llave de un gobierno conjugado con las democracias liberales o, por desgracia, tomaría el relevo otro anticapitalista.  Ante esa irresponsabilidad y falta de visión política, saldríamos de Europa, del euro, y caeríamos de nuevo en la autarquía que conduce irremisiblemente al Estado fascista, totalitario. Resulta curioso que quienes se llenan la boca de luchadores por la democracia y las libertades nos condujeran, con la complicidad activa o pasiva de otros partidos espectadores, a una dictadura alejada de cualquier país civilizado.

Acepto que tal horizonte se vislumbre dificultoso, casi de pesadilla onírica. Sé que las circunstancias, aunque espeluznantes, distan mucho de aquellas que llevaron, mediado el siglo XX, a terribles consecuencias sociales. Sin embargo, el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Por este motivo -y corroborando la estulticia de nuestros prohombres, con aditamentos menos disculpables- prescindamos de descargar culpas únicamente en ellos. Si hubiera nuevos comicios catalanes y nacionales, tenemos una segunda oportunidad de hablar claro para que luego los políticos no actúen cual hermeneutas arbitrarios, inconscientes. Sea.

 

 

viernes, 1 de enero de 2016

EL CLAN DE LOS MALDITOS


Maldito no lleva aparejada necesariamente ninguna disposición infamante, o de hostilidad, porque su concepto está huérfano de todo subjetivismo. En la cuarta acepción significa malo, adverso; es decir, se refiere al suceso o situación desgraciada, con mala fortuna. A la vez, clan significa grupo o secta según se desprende de su segundo sentido. Por ello, un hipotético paralelismo de Podemos con el sobrenombre del clan de los malditos no implicaría desprecio ni exceso. Además, conforma un acto de justicia, de reciprocidad, por tanta insolencia con “casta”; el epíteto lacerante, impío, dedicado a los partidos que en cuatro décadas han gestado un país inédito, envidiable.

Sí, Podemos constituye un clan elitista, una estirpe universitaria transformada en secta cuasi religiosa. Vienen repartiendo, a veces sin tapujo, credenciales de diversa índole y lustre. Deben creerse con autoridad moral para otorgar certificaciones de demócratas, progres y una larga lista laudatoria o, por el contrario, reprochable. Sus encomios e incluso censuras son incontestables, palabra de Dios; quizás de cualquier deidad politeísta. Pese a su degradación cultural por ser cosecha de la LOGSE, muestran unas facultades notables para el entrampamiento y seducción retórica. Claro es que los auditorios tampoco tienen dotes socráticas ni secundan a Pirrón. Maestros del enjuague, suelen enturbiar las palabras para torcer el mensaje. A considerable distancia aparecen los otros, quienes utilizan la demagogia en dosis normales, exiguas, ajustadas.

Puede que Podemos se gestara por revancha al no encontrar acomodo alguno de sus líderes en Izquierda Unida. Contribuyó, verdaderamente, la aventurada estrategia del PP cuando quiso debilitar la izquierda procurando el lucimiento mediático de un Pablo Iglesias astuto, aunque desconocido. Pronto sus dotes retóricas, aderezadas con un populismo hipnotizador, le permitieron ganar hegemonía televisiva y prosélitos para su causa. Los cinco eurodiputados constataron un ascenso inusitado, inexplicable. Superaba el voto antisistema o ácrata. Pero las alarmas, pese al auge, no saltaron ni en el PP ni -y era más grave- en el PSOE. De un ego insultante, osados al máximo, utilizaron la cámara europea para internacionalizar sigla e ideología. Iniciaban un camino ideal para “asaltar el cielo”; es decir, el Palacio de Invierno, el poder.

Empezaron utilizando viejas tácticas del leninismo revolucionario. Los círculos se asemejaban demasiado a aquellos soviets que conformaron una argamasa potente, sustantiva, unificadora. Sin embargo, esa supuesta autonomía y heterogeneidad enseguida fue sometida a las decisiones de un equipo concienzudamente seleccionado. Hoy los círculos forman parte de su anecdotario particular. A poco, Iglesias se configuró como líder indiscutible pese a algunas frustraciones que la moqueta ha ido difuminando.

Sin prisas, pero sin pausas, van ganando adeptos poniéndose el disfraz que la coyuntura exige. Tampoco es que necesiten un camuflaje exquisito. Crisis general y ordinariez social les permite un estilismo basto, burdo. Resulta muy complicado -amén de poco creíble- manifestarse socialdemócrata al tiempo que excusan y responden con tibieza a maneras liberticidas, tiránicas; cuando no presuntamente conniventes con el terrorismo. Venezuela es el ejemplo acusador. Ahora hablan de unidad plurinacional (cuyo primer promotor fue Stalin) y de referéndum revocatorio, formulaciones impensables en cualquier país de nuestro entorno. Son pequeñas evidencias de la carga totalitaria que impregnan sus ideas, que no doctrinas, propuestas y objetivos.

Desde presupuestos históricos y analizando tics, pronunciamientos e imprudencias, Podemos, resultado turbador del sistemático marketing mediático, me parece inconexo, falaz, quimérico, aun totalitario, que traería la miseria y el caos a España. Tras dos siglos bastante malditos pienso que los españoles, con todos los defectos e indigencia, merecemos -de una vez por todas- políticos sensatos, capaces, íntegros. Que el año venidero nos sea pródigo, básicamente en salud que escapa a sus atribuciones.