viernes, 31 de octubre de 2014

IMPARTIR ENSEÑANZA Y ADOCTRINAR


Enseñar consiste en recorrer un camino arduo para conseguir seres libres. Al educador le cabe solo el cometido de escolta, de vigía. Así los educandos podrán sortear cuantos escollos posterguen la meta propuesta. Adoctrinar -por el contrario- implica una planificación minuciosa al objeto de conseguir identificaciones afines a intereses específicos. Hoy, la pureza ideológica sirve únicamente como excusa extraordinaria a la hora de ocultar apetitos rastreros, poco escrupulosos. Lamentable error. Las sociedades se hayan desorientadas, víctimas propiciatorias del relativismo imperante y de la mezquindad; asimismo, de una mansedumbre fatalista. Considero trascendental que pedagogos, e intelectuales y comunicadores íntegros, dediquen sus esfuerzos a deslindar la paja del grano y a descubrir la ingente cantidad de predicadores que pueblan nuestro solar.

Mi amplia experiencia docente, me reporta el corolario de cuán difícil resulta salir indemne. Uno, forma parte de la sociedad y siente parecidos vicios y virtudes. Separar el empleo de ciudadano por la prerrogativa vocacional de maestro -asemejados, a veces idénticos pese al deber de dar ejemplo que exigía el antiguo tópico- acostumbra a ser infructuoso. Por tal motivo, resulta factible cometer la pifia; quebrar una cuasi sagrada misión. Lo que deontológicamente se juzga canallesco es perpetrarlo a conciencia, madurar el efecto malsano, esclavizador. Si la enseñanza, el aprendizaje, dignifica y constituye una fuente innegable de libertad, el adoctrinamiento induce a la opresión e infortunio seguros. 

Intuyo que yo, al cabo humano, habré cometido errores. Digo intuyo porque intenté ser objetivo e imparcial, huyendo de mis propias limitaciones. Las doctrinas, sean religiosas o políticas, tienen demasiadas versiones para tasarlas en un universal, para subordinarlas a cualquier ortodoxia. Este marco induce al epílogo de que toda sugerencia llevaría irremisiblemente a un adoctrinamiento gravoso, abrumador. Es la fórmula perfecta que adoptamos -quiero pensar que de manera inconsciente- para impulsar la desgracia individual. Si con personas adultas es vil, cuando se trata de niños que abren su mente al mundo se me acaban los epítetos. Nadie posee atribución ni crédito que le permita erigirse en dispensador de verdades incuestionables. Son apoderados del dogma y de los dogmáticos.

Quienes protagonizan la “evangelización” social, quienes se atribuyen esa facultad de requisar conciencias, son los políticos. Aparte, aquellos que emplean su vida en afrontar la muerte de otros. Contemplo solo a los primeros porque los segundos muestran buenas intenciones pese a que, desde mi punto de vista, el alegato tenga una estructura mistificada. Nuestros políticos, digo, reúnen material, método e inmoralidad suficientes para seducir. El personal -incauto, bastante necio- compra una mercancía averiada. Ignora que abrevar en sus aguas, donde flota savia de adormidera, implica atiborrarse de atontamiento. Con todo, bebamos plácidos, animosos. Qué otra cosa podemos hacer si nos lo ofrecen los “padres de la patria”. ¡Imbéciles!

Creo que la Historia ha sido remisa en documentar sistemas educativos cuyo fin único fuera conseguir hombres libres. Ahora mismo, sobran dedos de una mano para detallar qué autonomías tienen un reglamento específico que mueva a impartir enseñanza sin más. Desde luego, las bilingües (en conjunto) catequizan a sus alumnos justificando tan burda sanción con el hecho de considerar la lengua vehículo identitario vertebral. Todas integran sustantivamente en sus planes de estudio una torpe exigencia lingüística, cuando debiera constituir contenido transversal y voluntario. Interesa, a nacionalistas o nacionales, cuidar esa llama que vivifica su status. Contra lo mantenido arteramente, un idioma territorial, escaso, no alienta por sí mismo ni el conocimiento ni la cultura. Solo es un método convencional de comunicación; bagaje insuficiente para desoír derechos y censuras.

PSOE y PP -con parecido arbitraje- pese a sus compromisos con el pueblo español, pretenden culpar al adversario de adoctrinador. Sin embargo, ambos deberían ser discretos y esconder la bicha. El nivel cultural ha caído a niveles insólitos. Procuran, asimismo, que se contrarreste con altas dosis de manejo ideológico. Educación para la ciudadanía, junto a leyes que mantienen la nociva LOGSE con suaves matices, abandera un tinglado perverso. Individuos juiciosos, educación y libertad constituyen un tridente maldito que ensarta nepotismos, arbitrariedades y corrupciones. Por este motivo desean desterrarlo del escenario político. Semejante propósito hace ilusoria la catarsis urgente e imprescindible.

Tan peculiar coyuntura atiborra a Podemos. Su táctica consiste en adoctrinar a la contra, poniendo al descubierto vicios ajenos. No brindan, empero, soluciones porque carecen de ellas. Las que bosquejan u ornamentan constituyen ilusas y risibles respuestas infantiles. A falta de constatar virtudes -que a lo mejor no tienen- esparcen, cínicos (sin sustento moral, probatorio), defectos que achacan a los demás como si fueran portadores exclusivos del sacrificio, incluso de la renuncia. Chomsky asegura que la gente sabe poco sobre estructura y función de su sociedad. Al trance lo llama el “problema de Orwell” y lo define: “capacidad de los sistemas totalitarios para inculcar creencias que son firmemente sostenidas y muy difundidas, aunque carecen por completo de fundamento y a menudo contrarían francamente los hechos obvios del mundo circundante”. Configura un poderoso mensaje para desentrañar a Podemos y aledaños; esos que adoctrinan sin ninguna solvencia.

Cultivemos el interrogante, no la presunción. Abramos una hostilidad definitiva entre ceguera y raciocinio.

 

viernes, 24 de octubre de 2014

ABSOLUTISMO, DEMOCRACIA Y TOTALITARISMO


Son vocablos sinónimos sin apenas matices, por mucho que quiera maquillarse su diferencia. No obstante, hay teóricos cuya empresa consiste en buscar profundos contrastes entre ellos. Apelan conscientemente a un maniqueísmo, infractor de toda lógica, cuyos adeptos exhiben enorme orfandad crítica. Es imposible que alguien, algo, pueda cristalizar solo bondad o maldad excluyéndose una a la otra. Tal percepción asidua, indiscutible, debería llevarnos al desistimiento de cualquier argumentación que coopere a sacralizar o demonizar sea cual sea el sistema de convivencia social.

Abundan los santones que acomodan su retórica al encargo de generar una determinada conciencia ciudadana. Logran, persiguiendo objetivos espurios, devociones duraderas al pervertir mentes ingenuas y desprevenidas. Alimentan una personalidad opresiva, manipuladora, algo patriarcal. Se entusiasman con esa intermediación envilecida entre poder e individuo. Son imprescindibles para configurar cualquier régimen. Realizan el trabajo molesto a las élites que luego les compensan con largueza. Serviles hacia los poderosos, manifiestan al humilde una destemplada -a la par que solemne- displicencia. Pululan por los amplios universos mediáticos y, a priori, deberían constituirse en centinelas sociales a fin de airear extralimitaciones y abusos del poder.

Especificaba que las fórmulas del epígrafe presentaban idéntico pelaje. Por tradición, se tiende a discriminarlos ante una orfandad reflexiva. Veamos. El absolutismo imperó durante siglos al cobijo de un marco religioso que mantuvo aquella sociedad oscura. Dios era la fuente del poder. El monarca -su católica majestad- lo usufructuaba, al principio, con la venia del Papa. ¡Ay! de aquel que osara poner en recelo tal escenario. Si el Papa excomulgaba al rey, sus súbditos quedaban desligados de la obediencia debida. He aquí el porqué del poder papal. Cuando el humanismo irrumpió en Europa, aquel absolutismo mohoso, destructivo, aún perduró dos siglos. La revolución burguesa inauguró el sistema democrático, al menos en el orbe católico. Inglaterra inició su democracia parlamentaria en mil seiscientos cuarenta.

Pese al esfuerzo, aquella Iglesia acabó perdiendo poco a poco un dominio absoluto apuntalado sobre la fe. Fueron instaurándose las formas de gobierno que nacieron en Grecia dos mil años antes. El poder procedía del individuo -ahora ciudadano- que lo confiaba conscientemente a una élite burguesa. El hombre corriente actuaba como mero transmisor del poder. Era dueño virtual aunque se le reconociera sujeto de soberanía. Respecto al súbdito, el ciudadano cambiaba solamente de nombre. Una concepción naciente con escasa sustancia. Cierto que el individuo es respetado e incluso, a veces, recibe un trato digno, exquisito. El status del súbdito indicaba un cuido ignominioso e inhumano. En contra, el Tercer Estado votó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Muy bonito, pero lejos de suponer un auténtico legado.

Los totalitarismos, originarios del populismo engañoso, han ocasionado millones de muertes. Surgidos en épocas de gran desarrollo cultural, trajeron el periodo más trágico de la Historia. Podemos juzgarlo de coyuntura paradójica pero incuestionable. Nazismo y marxismo fueron terribles para un mundo inmerso en una crisis económica y social. La ausencia de cordura -de convergencia, de raciocinio- provoco movimientos radicales, impíos. Aquellos aprovecharon el supuesto deshonor de un pueblo; estos, los excesos del postrero régimen absolutista en Europa. Ambos, una crisis galopante y desastrosa.

Lenin y Hitler -Hitler y Lenin- basándose en las teorías de Marx, supieron cohesionar dos sociedades extenuadas. Bajo la apariencia de democracias directas, de auténtico poder ciudadano, popular, efectivo, levantaron dos dictaduras tiránicas, intransigentes, asesinas. Cada uno en su país ocuparon un poder personal, ilimitado, incontestable. Cualquier vestigio opositor era eliminado sin miramientos. Únicamente la derrota y la muerte quebraron dos autocracias donde el hombre carecía de valor; no comportaba nada más allá de una pieza necesaria pero prescindible. Dignidad y derechos individuales, asimismo colectivos, eran pura quimera, un apunte legislativo. El poder emanaba de la masa y era detentado, sin trabas ni cesión, por una liberticida e impostora aristocracia intelectual.

Hoy tenemos la tormenta perfecta. Quiero decir unas democracias parlamentarias con sufragio universal. Hemos pasado por diversas alternativas: voto censitario, masculino, femenino, sin calificación, etc. hasta llegar al momento actual. Sin embargo, esa soberanía que recogen todas las Cartas Magnas -en lo que nos toca- queda limitada a su nuevo enunciado. El individuo carece de poder; lo sufre. ¿Creen que si tuviera poder verdadero los corruptos, ladrones y sinvergüenzas estarían libres? Pese a todo, es la forma de dominio menos agresiva. Muy diferente a sus extremos, absolutismo y totalitarismo

Poder es igual a fuerza, capacidad, energía, dominio. Imagino que no me costará trabajo convencerles de que absolutismo, democracia y totalitarismo son conceptos de una misma realidad. El poder es patrimonio de una élite que lo ostenta y lo legitima con estas palabras de parecido significado. El más objetivo puede deslindar algunos matices convencionales. Se equivoca quien vea diferencias. El hombre corriente jamás irradia poder. Cada tiempo, cada circunstancia, tiene sus disfraces para ocultar su verdadero semblante. Cebo y demagogia intentar acreditar el señuelo y la candidez valida tal empeño.

Termino con un asunto colateral. Según confirman los diarios, Pablo Iglesias, en la asamblea fundacional del partido, lanzó dos mensajes: ocupar “la centralidad del tablero político” y la advertencia de que quien pierda “deberá echarse a un lado”. En definitiva fue uno solo  porque el centralismo democrático, en un marxista, significa potenciar la disciplina consciente y el sacrificio voluntario de la libertad de todos para conseguir la eficacia. Como dijo Che Guevara: “El socialismo solo adquirirá sentido y representará la solución a los problemas creados por el capitalismo si logra resolverlos, dando soluciones a los oprimidos. En caso contrario estaría cambiando una forma de dominación por otra”. Más tiránica, añado yo. No es lo que hay, es lo que nos espera.

viernes, 17 de octubre de 2014

UNA EPIDEMIA SILENCIADA


Llevamos un tiempo en que el ébola -aquí prácticamente superado y bajo control-protagoniza tertulias, asimismo telediarios. Ante la cautela de los facultativos, han ido surgiendo “expertos” que divulgan su osadía sin pestañear. Bien es verdad el acongoje (interprete el amable lector otro vocablo menos suave, con rima asonante) de responsables políticos para quienes prudencia se traduce por ocultación. No ya reprochable a ellos sino también a subordinados, sanitarios o no. Este marco, opuesto a la inquietud generada, permite un incremento de noticias a caballo entre la tragedia y el sainete, cuando no al esperpento.

Mañana, tarde y noche nos han hostigado sin piedad, como si quisieran difundir su torpeza o satisfacer nuestra intriga siempre teñida de morbo. Así, hemos ido trasegando una bebida con alto índice adictivo. Tan infeliz tribu ovina se adormece tras pocas ingestiones. Me asombra, además, la destreza que manifiesta un selecto grupo cuando se manifiesta. Daría igual por esto que por lo contrario. Constituye la avanzadilla del progresismo competente; es decir, con motivaciones sibilinas, restringidas, concretas.

Sin embargo, pronto cumpliremos tres años de un gobierno insulso, tibio, penoso. La reforma laboral -verbigracia- lejos de crear empleo, permite sustituir trabajadores caros,  lastrados, para contratar otros más económicos. Si hubiera expansión  económica, cesaría el despido y aumentarían los contratos con independencia de la ley vigente. En cualquier caso, los salarios bajaron alrededor del doce por ciento para facilitar las exportaciones. Pese al esfuerzo, estas decayeron y la balanza comercial ha vuelto a ser deficitaria.

Los compatriotas empleados empiezan a ser pobres. Sigue bajando el consumo interno, la recaudación por IVA y no generamos riqueza ni para sufragar intereses. El déficit no disminuye y la deuda puede superar los cien puntos. Con estos datos -amén de otros similares- el cinismo del ejecutivo es inconmensurable cuando afirma que recuperamos el pulso económico. Tal escenario, terrible e inquietante epidemia, se divulga poco y en dosis imperceptibles. Esta piel de toro actual predispone a jugarse la bolsa o la vida.

Disputas, calculado peloteo, entre Mas y Rajoy conforman un ruedo rebosante de humo. Confusos espectros aparecen, de cuando en cuando, y nos recuerdan que España tiene un conflicto descomunal con Cataluña. La verdad es que España, incluyendo Cataluña, tiene un gigantesco problema con sus políticos sin excepción. Algunos comunicadores o medios reiteran que no son todos iguales. Pues que lo demuestren de forma clara para poder constatar la diferencia.

Creo que, separadamente, los catalanes tienen -además- ciertas desavenencias con sus prebostes y de ellos entre sí. Vislumbro un pacto previo para lavar diversos escamoteos de caudales públicos sin levantar demasiado tumulto. A cambio, Mas destapa una extraña afición a la yenka (ya saben; adelante, atrás) con el deseo de agradar, quizás entretener, a la masa exaltada o a políticos de alma soberanista. Un señuelo que persiguen firmes todos los perros. Pido disculpas por mi insensibilidad a cualquier bicho viviente.

Bárcenas parece asumir de forma exclusiva el ara del sacrificio, denominada hoy cabeza de turco o tonto útil. Junto a los EREs andaluces, constituye la carnaza mediática oportuna para desviar el interés popular. Así, unos y otros tañen la campana precisa a fin de orientar los sentidos -ayunos de crítica- hacia espacios concretos. Es imposible construir este sistema cleptómano, fullero, impune, sin el concurso pleno del conjunto de siglas obviando salvedad alguna; sea por acción u omisión. Ofrecen, a veces, un paripé de media intensidad cuando turnan culpas. Otros callan en defensa propia, por si las moscas. Hay tanta miseria moral, tanto hedor, que les fuerza a conducirse con discreción. Evitan salpicaduras. Rige el código mafioso, la omertá.

Ahora se han puesto de moda las tarjetas “negras” de Caja Madrid y Bankia. Debe haber un interés subterráneo de que alguno quede inhabilitado para menesteres de mayor entidad. ¿No pretenderán matar dos pájaros de un tiro? Los preferentistas, timados y zaheridos, digieren la carnaza oportuna para centrar su odio en culpables de segunda. Entre tanto van quemando jornadas, etapas y campañas electorales. Puro humo, fanfarria y fraude.

El personal -sin fe, desarbolado- en un impulso suicida busca la alternativa en peligrosas ofertas. Y es lógico. PSOE, PP, CiU y PNV han cometido desmedidos errores. Siguen empecinados y no se observa en su horizonte inmediato ningún signo de cambio. Ellos proceden como imbéciles por asfixiar la gallina de los huevos de oro. Nuestros conciudadanos exhiben una necedad enfermiza si todavía confían en su discurso. Alcanzarían el apogeo de la sandez  si se dejaran representar por aventureros, disfrazados de ética y pulcritud, que solo han demostrado bellas palabras orladas con rasgos totalitarios. Pablo Iglesias ya ha anunciado que si su proyecto no triunfa en la asamblea de este fin de semana, abandona Podemos. Analicen su actitud “claramente democrática”. Amenaza porque pretende el poder único, omnímodo.

Debemos reflexionar. El ébola vino bien a la fauna todopoderosa (sirva tal expresión) para tomarse un descanso. Durante las dos semanas que llevamos, prebostes y medios desviaron su atención de la auténtica epidemia: paro, pobreza, trapicheo, inmoralidad ética, etc. Pero esta epidemia múltiple, terrible, suele estar amordazada y estos días casi en total mutismo.

 Para terminar, una admonición. Los yerros se pagan caros y, a veces, resulta dramática su corrección. ¡Cuidado!

 

viernes, 10 de octubre de 2014

PABLO IGLESIAS VERSUS JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA


A muchos lectores pudiera extrañar la conexión que encuentro entre las personas del epígrafe. Plutarco, en sus Vidas Paralelas, examinaba encuentros y divergencias entre individuos aparentemente opuestos. Siguiendo la analogía, intento (con humildad y rigor) plantear situaciones, modos, aun objetivos, de dos seres distanciados en parte por el azar y por la época. Mi tesis consiste en minimizar antagonismos referidos a detalles triviales, vacuos, como ascendientes, conductas y sentimientos aledaños. Ajustaré lo vertebral a aspectos doctrinales, aproximados aunque con matices éticos y altruistas. Mientras uno ha de ganarse el crédito -superando la autoafirmación- a su par lo juzga la Historia, en ocasiones sometida a lecturas o fallos más o menos interesados. 

Empecemos por orden cronológico. José Antonio pertenecía a la élite de poder. Su horizonte vital estaba expedito; podía gozar de cuanto quisiera sin trabas ni límites. Abogado, escritor, inteligente, refinado, extraño a lo prosaico los honorarios no eran aliciente de su empleo. La oposición de viejos políticos e intelectuales al dictador fue el acicate para intervenir en política y -desde esa tribuna- defender la memoria de su padre, bastante vilipendiada. De verbo vehemente, espléndido, utilizaba una lirica casi ininteligible. Por tal motivo, sus juiciosas propuestas chocaron con aquella sociedad inculta, mísera y miserable. Probablemente el caciquismo configurara ese carácter incrédulo, revanchista, vengativo, de la masa. Pudo malograrse la oportunidad para regenerar una España que caminaba ciega al abismo.

Pablo Iglesias proviene de la clase media. Abogado y doctor en Ciencias Políticas, era profesor interino en la Complutense cobrando -según propio testimonio-novecientos euros. Ahora ejerce de eurodiputado con emolumentos de “casta”, pese a declaraciones de conferir parte a desconocidos, pero muy afines, qué o quiénes. Hace un año, vislumbraba parecidas dificultades que millones de jóvenes, más allá de su formación académica. Bien pertrechado para el debate político (donde juega con ventaja sobre periodistas y otros tertulianos legos en teoría social) supera a sus oponentes utilizando sin pudor técnicas heterodoxas. Tiene dotes indiscutibles para la retórica que condimenta con elevadas dosis de demagogia. Utiliza un mensaje simple, atractivo, seductor, arranque de las recientes cosechas electorales. Analizando diferentes vídeos, puede afirmarse que detesta el idealismo. El púlpito que explota tiene base material, terriblemente prosaica. Sobre su personalidad, me quedo con esta enigmática frase: “se trata de una persona oscura”.

España en el primer cuarto del siglo XX sufría parecidos políticos a los que soportamos ahora. Ortega y Gasset, alrededor de mil novecientos diecinueve, describió un paisaje afín al que describiría hoy si viviera. La alternancia pacífica entre conservadores (PP) y liberales (PSOE) encauzaba el gobierno del país. Desastre colonial a finales del XIX con duras secuelas, vanos intentos reformistas, penosos conflictos sociales, corrupción e indigencia ética, alimentaban hastíos y desorientación. La actualidad camina entre una crisis económica cuyo final se barrunta lejano, pauperación social y beligerancia institucional. Aquellos y estos escenarios son idóneos para aventuras salvadoras que individuos idealistas, o con ansias de poder, ofrecen al pueblo desprevenido y exhausto.

José Antonio quiso continuar los logros de la dictadura dándole un pavonado ideológico del que careció. Enemigo por igual del liberalismo y del marxismo, ambos dañinos para la auténtica libertad individual, se acercó al fascismo italiano cuyos éxitos económicos y sociales eran indiscutibles. Lejos de ser un maridaje avenido, tuvo momentos de cierta repulsa -cuando no divorcio- hacia algunos métodos. Parte de su pensamiento puede entenderse en las siguientes frases: “La libertad no puede vivir sin el amparo de un principio fuerte, permanente. Cuando los principios cambian con los vaivenes de la opinión, solo hay libertad para los acordes con la mayoría”. “Lo que buscamos nosotros es la conquista plena y definitiva del Estado, no para unos años sino para siempre”. “Patria, pan y justicia”. “Lo social es una aspiración interesante aun para mentalidades elementales”. “El fascismo es una revolución regeneradora, populista y ultranacionalista, base y cimiento de una comunidad nacional ordenada y entusiasta”. Tras treinta años de oprobio gubernamental, formulaba un sistema de control para subsanar extravagancias, corrupción y atropellos.

Pablo Iglesias, siguiendo una estrategia meditada, hostiga al liberalismo en sus intermediarios: La “casta” política, el BCE, la Troika, la CEOE, etc. Partidario del marxismo moderno -pero sin perder la terrible encarnadura que le dieron Lenin y Stalin- pretende en una quimera insólita acabar con las democracias europeas (la española). Él las define dictaduras regidas por la casta cuya cuantificación no supera el quince por ciento de la sociedad. Persigue sustituirlas por democracias que legitiman, son sus palabras, el ochenta y cinco por ciento de ciudadanos. Resucita la democracia popular. ¿Les suena? Expongo algunas frases textuales y rotundas que ha ido desgranando en diferentes intervenciones audiovisuales: “El poder no está en las identidades (los partidos) sino en la conciencia de pueblo”. “El mundo se mueve por cosas sencillas: la paz, el pan y la dignidad”. “Hemos nacido para ganar, no para ser comparsas”. “El poder social ha de mantener el control democrático”. “Si el PSOE no quiere que Rajoy sea presidente me tendrá que votar a mí como tal”. Mismos mensajes con vocablos ajustados a los tiempos. Son suficientes para comprender qué supone si gobernara.

Con evidentes perfiles dictatoriales ambos, las similitudes ideológicas son claras porque los extremos se tocan. Expresé en los primeros párrafos varios contrastes coyunturales, circunstanciales, entrambos. Sin embargo hay una profunda divergencia de estilo. José Antonio era un idealista que puso en juego su propia vida. Pablo Iglesias presenta, o se le vislumbra, un fondo ambicioso, arribista, y pone en juego la vida de los demás.

 

viernes, 3 de octubre de 2014

CATALUÑA PASO A PASO


Podemos asegurar -no sin agobio- que Cataluña, hoy, constituye una incertidumbre capital. Surge a poco un soterrado choque social propiciado por quienes se cubren de falso patriotismo para ocultar extravagancias y chanchullos. Las encuestas otorgan al paro y la crisis el liderazgo de preocupación ciudadana. A nuestro prójimo le aflige sobre todo el aspecto pecuniario, lo crematístico, las cosas de comer. Conforman su prioridad. Sin embargo, rascando apenas esa cutícula grosera aparece -hasta en el más mezquino- cierta zozobra cuando evalúa el cercano camino sin retorno que empieza a percibirse. La conformación del país, puesta a debate por algunos nacionalismos exaltados, empieza a presentarse cual jeroglífico inquietante. Quizás se deba no tanto al deterioro económico cuanto a la quiebra de siglos de convivencia. En ocasiones, los pueblos románticos, pasionales, sienten más un divorcio social que las probables torturas financieras.

Nadie niega que el litigio -real o potenciado por políticos irresponsables, cuando no desaprensivos- viene de lejos. La malquerencia pudo iniciarse en mil seiscientos cuarenta a resultas de los desmanes cometidos, al atravesar Cataluña, por el ejército real en su lucha contra Francia durante la Guerra de los Treinta Años. Los catalanes se sublevaron bajo el amparo del rey francés. Fue un acto de asonada soberanista. Felipe IV toleró la independencia de Portugal, pero sometió a Cataluña. Medio siglo más tarde, con motivo de la Guerra de Sucesión, eligieron el bando del Archiduque Carlos. Curiosamente, fueron vencidos por Felipe V, primer rey Borbón (si consiguieran la independencia, completando el azar, lo harían en tiempos de Felipe VI. Prodigioso, ¿no?). Sin embargo, los nacionalistas actuales pretenden legitimar su inexistente identidad nacional en una falsa guerra de la independencia y de un patriota al que homenajean cuando él probablemente no hubiera aceptado semejante servidumbre. 

Hasta septiembre de mil novecientos treinta y dos, fecha de la proclamación del Estatuto de Nuria, los catalanes vivían un espíritu nacionalista lúdico, comprensivo, sereno. Con el reconocimiento oficial (otorgado por la Segunda República) de región autónoma, sin concesiones que superaran la barrera integradora, Cataluña empezó una deriva irracional. Tanto que en mil novecientos treinta y cuatro el gobierno republicano ordenó la toma militar de una Generalidad que había promulgado el Estado Catalán. Companys y todo su ejecutivo fue detenido por el general Batet, catalán para más señas. Así terminó la aventura independentista, incluso declarándose estado de la República Federal española.

Reconocido el Estado Autonómico en la Constitución de mil novecientos setenta y ocho, Cataluña ha ido dando pasos progresivos hasta llegar a esta realidad inquietante. Si todas las autonomías superaron la equilibrada acotación competencial poniendo en grave riesgo el concierto nacional, algunas -llamadas históricas- acometen especiales desafíos a la unidad. Ante un autonomismo costoso, desequilibrador, insolidario, independentista, inviable, ninguna sigla (pese al pronunciamiento popular) se atreve a restituir excesos ni derramas económicas. Los políticos priorizan nepotismos, enchufes y sinecuras sobre el expolio fiscal del ciudadano que ha de sufragar tanto dispendio. Se comete así un verdadero fraude, un escamoteo vergonzoso, un desprecio al individuo.

Creo no equivocarme si afirmo, visto el marco que caracteriza a la política española, que nos encontramos en un momento delicado, inadmisible. El nacionalismo excluyente, disgregador, ha vencido con la cooperación reiterada de PSOE y PP. A lo largo de tres décadas, cualquier gobierno central ha ido concediendo -cediendo mejor dicho- competencias inapropiadas. Verbigracia, educación y sanidad. Unos y otros, como consecuencia de una ley electoral desigual, injusta y endeble, fueron necesitando alternativamente del apoyo nacionalista. Se pagaron onerosos peajes que ahora exhiben su rostro dramático. González y Aznar, básicamente, se opusieron al retoque de una ley que privilegia a los nacionalismos sobre los partidos nacionales. Proporcionaba un bipartidismo impune y sin lastres. Cada cual dirimía la situación según sus intereses particulares.

 A lo largo de tres décadas, digo, han alimentado un monstruo voraz, insatisfecho siempre. Millones de niños y jóvenes son, fueron, adoctrinados para odiar a España. El objetivo primigenio (ante la orfandad doctrinal del nacionalismo o su armonización en caso de divergencia ideológica) era mantener activos los graneros identitarios, comunes a liberales y marxistas. Un error de cálculo ha obligado a Convergencia y Unión, opuestos al independentismo, a liderar la manifestación arrollados por una muchedumbre ahíta de dogma. Asistimos perplejos a ciertas maniobras arriesgas porque la ponderación que interesaría al señor Mas parece inalcanzable. Al final será víctima de la marabunta y él lo sabe. En el fondo, se despliega una atmósfera de quimera extensiva a todos los colectivos: trabajadores, burgueses, empresarios y financieros.

Cataluña, no sé si por mayoría, pretende disgregarse de España. Nunca lo tuvo tan claro porque jamás la educación fue elemento tan manipulador de la conciencia social. España padecería un retroceso económico porque la división siempre debilita. No obstante, Cataluña sufriría efectos devastadores fuera de las organizaciones internacionales. Ninguna nación acogería un país con ocho millones si tuviera que abandonar otro con casi cuarenta. “La pela es la pela”. Excluyo las empresas, aborígenes y foráneas, que abandonarían la zona como domicilio social; por lo tanto IVA y puestos de trabajo los receptarían otras comunidades.

Sí, Cataluña camina paso a paso a la independencia; es decir, al caos.

 

viernes, 26 de septiembre de 2014

UN FIASCO INSOSPECHADO


El diccionario revela que fiasco significa fracaso, decepción. Desde un punto de vista empírico, todo vocablo debe someterse al perfil material para su mejor entendimiento. En este caso, quien determina su exacta comprensión es el oficio de político español; prohombre incapaz de reconocer la diferencia -divergencia más bien- entre observancia y desplante. Solo este espécimen patrio es capaz de convertir la palabra en burla. Parece consolidar una actitud, un comportamiento ancestral, sin advertir consideraciones temporales. Se renueva y revitaliza con demasiada frecuencia. Desoye los lamentos que vierte el pueblo ansiando mayor aprecio y desagravio. Ellos (displicentes, inanes, falsos) olvidan promesas, adeudos. Se ocupan en conseguir el patrimonio que les facilite un futuro incierto. La evidente indigencia moral que exhiben viene a ser columna vertebral de su esencia.

Nunca fui partidario de los rituales democráticos, bien sin atributos bien con aquella muletilla “orgánica”, nada baldía en pasados tiempos. Cuantas veces he votado, escasas, lo he hecho por imposición o generosa oportunidad. Creo que la soberanía individual o colectiva no proviene del hecho viciado de introducir una papeleta. Esta práctica electoral, fomenta dar un cheque en blanco al partido que no al político eficaz. Si a esto añadimos mi escepticismo habitual, se comprenderá el carácter abstencionista del que hago gala y arrastro -con mayor o menor dificultad- desde siempre. La experiencia acumulada a lo largo de los tiempos, con dos regímenes teóricamente opuestos, me lleva al corolario de que tal actitud política es, al menos, oportuna. No tanto por fraude del gobernante, que también, cuanto por convicción. 

Librepensador e intelectualmente ácrata, mis análisis pudieran tildarse de rigurosos frente al poder, a todo tipo de poder. Por este motivo suelo centrar la acidez en el gobierno de turno, con especial empeño en su presidente. Zapatero, que antaño recibió críticas nada compasivas por mi parte, es a la sazón un lamentable recuerdo. Sigo pensando que fue el peor gobernante del país sin deslinde temporal. Es todo. Ahora preside el ejecutivo Mariano Rajoy. Él debe sobrellevar cualquier cotejo socio-político por inclemente que sea. Pecaría de incorrecto quien osara juzgar de manera absoluta a otro preboste, incluso con arbitraje en la gobernanza nacional. Resultaría absuelto por la partidocracia que domina la vida política. Menos satisface resucitar observaciones de políticos retirados.   

Rajoy, digo, ha resultado ser un fiasco. Para mí, no tanto. Un observador discreto hubiera presentido con toda lógica semejante situación. El ahora presidente, durante dos legislaturas al frente de la oposición, dio sobradas muestras de su indigencia doctrinal y operativa. Más notable aún teniendo como rival a Zapatero. Exhibía sin desmayo evidencias de vacuidad política, hasta el punto de conseguir mayoría absoluta sin mover un dedo. Lo hizo por demérito del contrario y desesperación del pueblo que puso en él una confianza inmerecida. A caballo entre lo expreso y lo tácito, la sociedad le instó a que diera la vuelta al calcetín mustio que, entonces y ahora, conformaba España. Ah, Arriola no debe constituir ningún escudo protector.

Durante tres años justifica su ineptitud para resolver la coyuntura económica -quizás harto compleja- inculpando a la herencia recibida. Recuerdo, a este efecto, las loas que se entonaron sobre el cambio, para enseguida airear que el déficit real superaba en dos puntos al oficial. Magros argumentos que intentaron  justificar una subida de impuestos necesaria, forzada por la famosa troika. Porque… ¿alguien imagina que idearía disminuir el Estado para hacerlo más económico, sostenible? Fue el primer eslabón de una larga cadena de incumplimientos programáticos. Veamos. Bajada impositiva, independencia judicial, subida de pensiones, ilegalización de las marcas blancas batasunas, creación de empleo, ley sobre el aborto y derecho a la vida, etc. Nada se ha cumplido realmente. Ofrece, a cambio, ficciones y tapaderas.

Cercano el final de la legislatura, sin visos auténticos de cambiar el ciclo, tenemos medio millón más de parados, la deuda aumentó trescientos mil millones, la clase media (depauperada) se eclipsa, la pobreza galopa por las esquinas, etc. Además de estos “logros”, la justicia está condicionada, se proyecta una ley de seguridad ciudadana que pone en solfa el Estado de Derecho, hay deseos de matizar la elección de alcaldes, etc., etc., etc.. Una genuina reforma democratizadora. El calcetín -pese a propagandas, señuelos y cuentos varios- se encuentra en peores condiciones que en dos mil once. Rajoy persiste en dejar por bueno a Zapatero. Nunca hubiese pensado que, a este último, alguien pudiera “mojarle la oreja” (en mi tierra y en mi infancia, retarlo, superarlo).

El PP perderá millones de votos merced a su nefasta gestión y porque no eran suyos. Preocupante es la alternativa que se otea. Cualquier experimento estrambótico, no homologable a los sistemas occidentales, traerá más miseria; asimismo, opresión. La masa revela una ceguera extrema. Sin embargo, como asegura un refrán clarificador, aunque la mona vista de seda, mona se queda. Dicho está y ojo avizor.

 

 

viernes, 19 de septiembre de 2014

CERTIDUMBRE Y JUSTICIA


Existe hoy cierto interés por averiguar qué maridaje prevalece entre realidad, conocimiento y comunicación. Tanto es así que ontología y epistemología vienen preocupando al hombre desde la Grecia clásica. Sin embargo, la filosofía del lenguaje surge en tiempos recientes. El motivo quizás haya sido un sempiterno conflicto de indiferencias y negaciones entrambos. Lo cierto, aparte consideraciones temporales, es el atractivo suscitado por determinar qué trascendencia predecimos al lenguaje en la interacción individuo-hábitat. Parece tomar cuerpo la disyuntiva surgida al socaire del lenguaje connotativo y denotativo. Debe apreciarse también la simbolización; proceso que ratifica el advenimiento del lenguaje artificial.  

Niego los conocimientos básicos para escrutar semejante problemática. No obstante, el asiduo uso de la palabra escrita me sitúa a un nivel aceptable. Esta premisa permite realizar lucubraciones sobre aspectos domésticos, cotidianos, ajenos a honduras que requieren mayor especialización. Advierto, verbigracia, un intento -ejercido por sectores concretos- de gestar ese lenguaje simbólico (artificial) que les permite instituir una realidad postiza, acorde a sus intereses. De casta, apostillarían algunos. El mundo político y judicial constituye dos sectores capitales a la hora de formalizar tal marco con el objeto de provocar ventajosa confusión. No cabe duda de que realidad, experiencias personales, conocimientos y sensaciones se materializan por medio del lenguaje. Su desnaturalización ofrece un mundo caricaturizado.

Frecuentemente inquiero el porqué un exceso de “garantismo” -a lo mejor querencias esotéricas- requiere difuminar una realidad cierta, evidente. Ignoro si se trata de escrúpulos jurídicos necesarios para acreditar la Justicia o una forma inicua utilizada por juristas a fin de salvaguardar determinadas prerrogativas o privilegios. Resulta sorprendente que pueda resultar delictivo llamar a alguien ladrón, por ejemplo, aunque se haya pillado in fraganti. La norma manda que se anteponga, con carácter atributivo, el epíteto “presunto”. Ante este hecho rutinario, cualquier ciudadano se desorienta. La realidad vinculada a un lenguaje natural queda relegada a convencionalismos incomprendidos e innecesarios. ¿Por qué los jueces han de ejercer como lingüistas versados? ¿Por qué se prima en esta materia el carácter tangencial del lenguaje? Tras una realidad penal palpable, concluyente, debe aplicarse la ley no establecer coyunturas gramaticales.

Cuantiosos casos que plagan la memoria colectiva, han provocado ríos de tinta. Bárcenas, EREs, Fabra y, ahora, la familia Pujol conforman debates y noticieros, amén de programas ajenos al acontecer político. Por cierto, tanta impureza, tanta realidad virtual acomodada, suscita cuantiosa confusión cuando hemos de trazar las líneas divisorias entre lo trascendente y lo trivial. Vivimos asediados por un tótum revolútum. El individuo pierde –probablemente víctima de percepciones planificadas- su trayectoria social, aun personal. Sufre espejismos, flases alienantes, sacudidas emocionales, que lo convierten en un ser insensible, apático. Lento de reacciones, dilata enfrentarse -armado de firmeza y argumentos sólidos- a ese comulgar diario con las ruedas de molino que le facilita simulada y cínicamente un poder multifacético.

Ese ente denominado opinión pública posee la certidumbre de que los arriba mencionados -EREs incluido- metieron las manos donde no debieran. Asimismo, a nadie se le permite aseverarlo con rotundidad. ¿Son chorizos? No, son presuntos. Pero, ¿qué añade o desvanece tal voz? ¿Aclara, determina o concreta algo? Desde mi punto de vista, viene a ser un hall jurídico, el cobijo que protege a quien debería sufrir las iras del pueblo esquilmado, el rigor de una Justicia reparadora. Pese a su aplicación dilatoria (a veces absolutoria) acepto la presunción de inocencia siempre. Pero en políticos y adjuntos con evidentes e incontestables razones para una calificación cierta, no. Sobre manera cuando se trata de apropiaciones indebidas. Primero se les inhabilita para todo cargo representativo y luego se les somete al proceso correspondiente cuidando con exquisitez las garantías procesales. Implicación fundamental consistiría en restituir lo distraído. Si se les juzgara inocentes, la rehabilitación pondría punto final al caso.

Mi calificativo resultaría demasiado grueso. Por esto me resisto a adjetivar los indultos a políticos, banqueros u otros de porte gubernamental. Tampoco la falta de restitución si lo robado son caudales públicos. Ambos casos se producen con excesiva frecuencia. El último, siempre. Si ante la certidumbre, la justicia extiende una figura lingüística valedora (básicamente de prebostes), con el indulto cualquier ejecutivo da la puntilla. No ya al derecho sino a la democracia. La justicia, con ese lenguaje simbólico, madura el desafuero del poder poniendo cerco a la certidumbre. El gobierno aniquila crédito y sistema concediendo indultos incomprensibles, audaces; sembrando impunidad.

Cuando las leyes ponen coto al lenguaje denotativo, el delincuente se frota las manos y la justicia  entra en un laberinto oscuro, insondable, sorprendente. Acaba siendo un sucedáneo.

 

viernes, 12 de septiembre de 2014

ESPAÑA: UN GRAN CHARCO DE RANAS


Allá, por la Manchuela conquense, cuando se quiere sugerir una situación confusa, inquietante, difícil, las gentes utilizan esta expresión: “es un charco de ranas”. Paréceme que el galimatías atribuido a la Torre de Babel debe presentar bastante parecido con el actual marco de convivencia que provoca la crisis general. Desde luego, sospecho que no es acontecimiento actual ni tuvo menor envergadura en otras épocas. Imagino que el devenir histórico está plagado de instantes cruciales al tiempo que espinosos. Siempre lo lejano o ignoto genera escasos conflictos personales, por tanto colectivos. No es posible, ni aun observando nuestros lastres humanos, ponernos en la piel de individuos desaparecidos generaciones atrás. Cada cual vive su momento; cada cual siente una reacción adiposa ante estímulos y percepciones desiguales. Lo mismo ocurre al corazón -fibra  que sedimenta sentimientos y afectos- u otras vísceras toscas pero igualmente necesarias.

Hace décadas, España emprendió una dinámica desnortada, sin guía. Fue víctima de su propio éxito, una fugaz quimera, una ilusión fatua. Empezó a conformar ese gran charco de ranas que ahora croan quebrando el compás, obcecadas y fuera del tempo. Pudiéramos excusar los inicios, la probable génesis debida al vigor de un colectivo ganado por la “libertad sin ira” y el triunfalismo infantil. Seguramente con escenario distinto hubiese ocurrido igual porque la semilla venía agregada, portaba su gen, al momento mismo de iniciarse la Transición. Por fas o por nefas, aquellos prebostes -llamados padres de la Constitución- que redactaron nuestra Ley de leyes, idearon o permitieron, según los casos, el Estado Autonómico. He aquí, sin duda, la eclosión de un proyecto que el nacionalismo intemperante e incisivo coló de rondón aprovechando el despiste (puede que intereses espurios avizorados por sagaces partidarios del tocomocho) de los partidos llamados a protagonizar la gobernación alternante del país de Jauja. De aquellos polvos procede este lodazal, hábitat donde el batracio también se siente cómodo.

Centrándonos -digo- en la actualidad, una enorme colección de ranas se ha adueñado del telediario y del debate. Sintiéndolo en el alma, no puedo continuar sin traer a mi mente al ínclito Zapatero. Detesto hacer leña del árbol caído pero el rigor me obliga a recordar, refrescar en la memoria social, la desastrosa gestión que realizó; sobre todo a lo largo de su segunda legislatura. Desde ese buñuelo que bautizó “Alianza de las Civilizaciones” y el brindis al sol del “cambio climático” (ambos etéreos, inmateriales y de larguísimo recorrido), pasó de la “champions league” económica al inclemente plan de austeridad anunciado el doce de mayo de dos mil diez. Significó la corrección impuesta al aventurero falaz, prepotente, iluso. Necio. Porque solo un necio puede alimentar dos veces el ridículo en tan breve espacio de tiempo. Eso sí, regateando la frontera del disparate poético: “La tierra no pertenece a nadie, salvo al viento”. La madre de todas las ranas.

Una vez abierta la veda, España constituye ahora mismo una enorme charca abarrotada de ranas. Resulta infructuoso describir tanto croar desunido, molesto, anómalo. Cualquier ideología o sigla se refracta en sus dorsos desnudos, sin estampa, ayunos de cincel. Las reconocemos por ciertas alteraciones dogmáticas que afectan a su timbre. Una amplia caterva la inician aquellos sapos (entiéndase ranas, batracios, u otros sinónimos que acostumbro utilizar para evitar repeticiones) de carácter tranquilo, equilibrado, de croar suave, seductor. Queda completada con especímenes fogosos, airados, provocadores, armados de agresividad retadora, guerrera. Algunas son novedosas, se han incorporado a última hora, pero muestran un tono e intensidad notables. Tenemos botones para cada muestra.

Políticos, sindicalistas, financieros, comunicadores, jueces -estimados en conjunto, en concierto- conforman casi la totalidad del charco. Aparece, no obstante, de vez en cuando algún solista que merece justas loas. Son versos sueltos que tienen su aquel. Provocan, ya lo sé, rechifla más que furor. Dejaré que el amable lector dé plena satisfacción al ingenio y voluntad para casar cada batracio con su particular croa, para elaborar un prontuario donde recoja las diferentes sensibilidades.

Sin embargo, otra concepción diferente se hace también eco de la frase: “El mundo es un charco de ranas”; por ende, y a la vez, España. Dice el sociólogo que las sociedades avanzadas son similares a una rana en agua caliente. Los cambios bruscos, los nota y huye de ellos. Cuando se aclimata a las condiciones cambiantes muy lentamente, no se dará cuenta de los cambios y perecerá. Nuestros políticos calientan con progresión el agua de la gran charca; nos van caldeando sin tener conciencia exacta de semejante amenaza.

Continúa el filósofo. En nuestra sociedad la vigilancia es cada vez mayor. Esto  no es bueno. Alguien que se sienta observado se comporta de manera diferente a quien no se siente. Ellos no hacen uso de sus libertades civiles de manera que alguien se sienta anónimo. Esto, por ejemplo, restringe su libertad de expresión. Con el fin de ser discreto, más y más personas tratan de ajustarse a la normalidad. En una sociedad así, los no conformistas y disidentes lentamente se extinguirían. Esta sociedad uniforme no sería capaz de crecer mental y socialmente. La falta de respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás aumentaría y su capacidad de innovación se atrofia. Por este motivo debemos dar una mirada al termómetro para saber lo caliente que está el agua en nuestro entorno.

España padece ambos estadios. El primero es leve, folklórico. El segundo es temible. Venimos padeciéndolo y vamos camino a la ebullición sin tener conciencia plena de ello. Si nadie lo remedia, los españoles, a poco, iremos notando cierto hedor a rana chamuscada.

 

viernes, 5 de septiembre de 2014

INCULTURA Y DÉFICIT DEMOCRÁTICO


Que somos un país inculto lo viene cuantificando, desde hace años, cada nuevo informe Pisa. El déficit democrático que percibimos confirma la cualidad de nuestra incultura. Esta carencia se nota apenas rascamos el tejido social que protagoniza hoy la vida política. Mis cuarenta años de labor docente me permiten afirmar que semejante escenario se ha ido conformando tras la implantación de la LOGSE. Una ley educativa onerosa y adversa. Más aun, estoy convencido de que su existencia es  el producto de un plan perfectamente concebido por expertos psicólogos y sociólogos para conseguir una comunidad borreguil e indolente. ¿Cómo si no se ha podido trincar tanto y con absoluta impunidad? ¿Cómo si no se ha llegado a esta podredumbre general del sistema? Sin duda, podemos establecer un hilo conductor entre herencia LOGSE y clímax de corrupción.

Esta incultura permite a comunicadores y políticos, básicamente, alimentar fobias porque -como he dicho en bastantes ocasiones- el español siempre actúa de forma visceral. El odio es su única Razón de Estado y la incultura lo potencia al conseguir un seguidismo fanático e irracional. Sería sensato que desapareciesen clanes y banderías, pero tal situación solo puede darse con una sociedad crítica e inteligente. Perdonamos a los nuestros mientras sometemos al rival a juicios severísimos y calumniosos. Los medios utilizan su inmenso poder (des)informativo en ignorar objetivos comunes. A nadie parece interesarle la adición, probablemente por aquello de que unión y fuerza conforman el antecedente y consiguiente. Es seguro que a la caterva de vividores no le interesa una sociedad fuerte, vertebrada.

No hay nada nuevo bajo el sol, anuncia el Eclesiastés con tres milenios de existencia. Ciertamente, todo fenece y se renueva sin que surjan novedades dignas de mención. Tres mil años constituye un periodo suficiente para constatar la inexistencia de algo inédito. Tal marco me lleva a afirmar que solo  hay dos tipos de revoluciones: la burguesa liberal y el populismo marxista. Ambas acontecen en épocas de crisis, ya económica ya político-social. Una tiene como protagonista la burguesía -financiera o intelectual- ayuna de poder. Su consecuencia es la democracia, más o menos corrompida, que garantiza (al menos en teoría) las libertades y derechos individuales. La otra, dirigida por una élite intransigente, se excusa en el proletariado, en la desesperanza, para conseguir un poder omnímodo. Enmascara regímenes totalitarios, de terror. Aprendamos Historia. Evitaremos así manejos perversos cuando no dañinos.

Una sociedad inculta y aletargada genera sistemas putrefactos, cleptocráticos, que se retroalimentan de su propia colectividad convertida, a la vez, en víctima y ariete. Cierto que la globalización impide maniobrar con rapidez y eficacia ante las eventuales crisis capitalistas. Cierto que a una ciudadanía menesterosa se opone una clase política (casta o no tanto) que supera con creces cualquier defecto, vicio o discapacidad humanas. Semejante intendencia, avistada a grandes rasgos, nos lleva -desde hace tiempo- a otear un horizonte angustioso. Empezamos por sentir el lógico y justo desafecto hacia el gobernante incapaz de interpretar unos votos preñados de ansia de cambio. Qué decepción ante tanta insensibilidad o desfachatez, quizás ignominia.

Diferentes datos sobre prospecciones electorales pregonan una subida asombrosa de Podemos. Incluso algunos aprecian un empate técnico con el PSOE. Pablo Iglesias resulta ser el político mejor valorado. Tal estudio implica la orfandad de criterio cuando el ciudadano responde. ¿Cómo puede valorarse a un político que es musa y no teatro, al decir de Lope? Empiezo a sospechar de la levedad inercial del mito junto al lastre que atesoran los iletrados. En todo caso, extraña una dinámica tan apresurada respecto al lerdo comportamiento usual de la muchedumbre. No resulta fácil excitar a la masa -ni aun desvertebrada, heterogénea- para conseguir una réplica extraordinariamente radical. O las prospecciones son incorrectas, exageradas, o nos hemos vuelto locos.

Insisto, las revoluciones burguesas trajeron los sistemas democráticos que garantizan las libertades individuales. España tiene un régimen homologable al resto del mundo industrializado. Verdad es que las carencias lo ahogan. La sociedad tiene, por obligación, que sanarlo. Ha de propiciar la separación real de los tres poderes. Debe exigir transparencia y fianza en la gestión de los caudales públicos. Necesita comprometerse con el discurso de un Estado viable por funcionalidad y economía. Tiene que adoptar una oposición firme a cualquier tentativa de enfrentamiento o beligerancia entre españoles que predisponen a la divergencia en perjuicio de un objetivo común. Esto o abstención total.

No hay alternativa libre. Los populismos no resuelven las crisis económicas y someten al individuo no a los intereses comunes sino al albur de un líder atemorizado y cruel. Se les conoce como democracias populares, cuando la auténtica no necesita de epítetos. Temo que estos datos expuestos, entre otros, por El Mundo y La Razón sean consecuencia del carácter irreflexivo, ingenuo e insensato de una sociedad desorientada, confundida, harta de tanta miseria moral que destilan nuestros prohombres. También de una incultura total.

Veremos qué nos depara un futuro azaroso, sin timón. Los signos, si hubiera oráculos, no sugieren tiempos tranquilizadores.

 

 

 

viernes, 29 de agosto de 2014

PERSONAJES Y PERSONAJILLOS


Al ocaso del siglo XV, Leonardo da Vinci -con su hombre de Vitruvio- dejó claro que el individuo es un ser simétrico. Se dice, asimismo, que una figura tiene simetría cuando, al rotarla sobre  un eje, mantiene su forma o es congruente con la figura inicial. Observe el lector que aparece congruente, vocablo imbricado a la simetría que no deja de ser cuestión decisiva como veremos más adelante.

Por otro lado, morfología y sentimientos tienen algún punto en común. Siempre se ha referido que el diminutivo presentaba una especial carga afectuosa, familiar, fraterna. Hay casos, sin embargo, donde el diminutivo viene atravesado, dibuja o deja entrever un poso de desprecio; pone al descubierto un guiño esquivo, peyorativo. El epígrafe que da título al escrito presente, constituye la mejor evidencia del apunte. Personaje, voz ordinaria, implica exaltación de un individuo libre de raquitismos semánticos. Quienes acreditan el apelativo disminuido, en este caso, pertenecen a la mayoría repudiada.

Se considera personaje al ser juicioso, simétrico, con virtudes y defectos. Un afán de excelsitud, de altura moral, le dispone a rotar para -enfrentados vicios y probidades- corregir aquellos bajo el imperio generoso, consecuente, de las últimas. El anonimato les hace aparecer magnitud menguada, casi ridícula. La realidad constata lo discreto de un colectivo del que, a grandes rasgos, escasea solo la excelencia. El personajillo ve transformado en frontera lo que debiera ser eje de bilateralidad. Es un hombre recortado, medio, cacho. Presenta y tiene un único lado; generalmente corrupto, pecaminoso. Alejados de la dialéctica y del eclecticismo, son diestros o siniestros, dogmáticos, sectarios, ineptos e inútiles.  Les atrae la tiranía y los regímenes totalitarios.

Estos individuos hemilaterales, personajillos, detentan hoy el poder; toda expresión de poder. Lastrados por la inexistencia del contrapunto moral o intelectual, sin frenos, sin congruencia posible, se dejan arrastrar encantados por todo aquello que pueda sintetizarse en dos conceptos: degradación y atropello. Huérfanos de principios personales y sociales, negocian su desvergüenza al mejor postor, sin importar doctrina ni arraigo. Viven la invalidez alegórica sin complejos porque, aparte su laxitud operante, se miran en el falso espejo de una sociedad que los mima cuando no actúa como venero necesario y  necio.

Como dije, ocuparnos en seleccionar algún personaje es misión imposible. El anonimato viene a considerarse su mejor y más aclamado valor. En realidad, aquello que ignoramos no existe. Hay, no obstante, legión de personajillos que pueblan con testarudez los medios audiovisuales. Y cuanto mayor sea su indigencia, más reiterativa es la aparición. Desconozco si generan ya escarnio u ojeriza. Incluso morbo por explorar quien se deja decir la mayor estupidez; porque han llegado a convertirse en poderosos, ricos, estúpidos. Eso de exhibir medio lado, ser casi filiformes, estilizados, atesora cuantiosos dividendos. Qué pena.

Pese a su naturaleza poco objetivable, conforman una fauna cuantiosa, insólita. En mi pueblo de la Manchuela conquense se utiliza una expresión muy plástica cuando se quiere magnificar determinada existencia: “das una patada a un gasón y aparecen cincuenta mil”. La cantidad puede ajustarse en razón del talante exagerado que muestre quien habla. Superando el inciso, cuesta nada entresacar un nutrido grupo de personas (aprecien mi carácter bondadoso a la hora del sustantivo) cuyo perfil se acomoda perfectamente a la caterva de personajillos que nos ocupa. Haberlos, haylos entre políticos, sindicalistas, comunicadores, financieros, empresarios, jueces, artistas o cómicos. También, pero menos dañinos, entre el común de a pie.

Los últimos tiempos me traen a la mente uno que, arrimado a la izquierda, presenta matices extraños con salidas un tanto folklóricas. A mí, al menos, me lo parece. Pertrechado -salvo error- exclusivamente de vivencias (base del construccionismo epistemológico) individuales en la esfera del cine y del teatro, imparte una doctrina cuyo púlpito es un irracional e inaceptable maniqueísmo. Pudiera ser el paradigma del hombre asimétrico, unilateral. No juzgo su profesión, ni siquiera su ideología. Afirmo con rotundidad que nada ni  nadie le concede autoridad cuasi sagrada, irrecusable, dogmática,  para descargar, ayer con exiguas excepciones, filias o fobias indiscriminadas. Se apellida Toledo y, pese a propias declaraciones, su cuna y trayectoria son bastante comunes. Nada que le permita sentir orgullo de estirpe, contradictorio por los hechos y por su conciencia de clase. ¿O es puro histrionismo?

¿Por qué encarno en él la jungla de personajillos que se enseñorea y mantenemos en el solar patrio? Quizás me haya dejado arrastrar por una prensa insípida, burda, basta; poco exigente. Uno -que se encasilla, se sitúa, cercano al eje sin discriminar lateral- comete en ocasiones parecidas simplezas de quienes se ubican del lado que ambiciona luces y cámaras. Puede que todos pequemos algo de personajes y mucho de personajillos.

Disculpe el señor Toledo porque él no compendia lo peor, ni mucho menos. Disculpen ustedes que no me exigiera mayor desarrollo en la enumeración de la especie, pero soy consciente de que les resultará fácil suplirme con éxito en este menester. Probablemente en otros muchos.

 

viernes, 22 de agosto de 2014

LUCUBRACIONES POLÍTICO-SOCIALES II


En mi último artículo mantenía la tesis de que cuando los pueblos están inmersos en crisis sociales y/o económicas siempre se dejan seducir por los populismos. A su sombra suele agigantarse la demagogia. Ambos alimentan espíritus negligentes y poco amigos del racionalismo; por consiguiente, dogmáticos. Sin embargo, pese al porte, acompañan necesariamente a regímenes totalitarios, bien vinculados a la esfera comunista ya inscritos en el solar nazi. Maximiliano Korstanje aseguraba que “el populismo permite una mayor participación política a costa de un proceso de desinversión. Como consecuencia aparece la dictadura como mecanismo político empleado para que las élites mantengan su legitimidad”. Amén.
Los populismos, digo, se acompañan de actitudes demagógicas. Son siameses. Unos dicen aportar respuestas a los sistemas representativos cuando entran en putrefacción. Las otras visten ropajes de moralina para ocupar un poder que únicamente con señuelo consiguen legitimar. Si utilizamos el sentido común deja de ser improbable descubrir la tramoya demagógica. Veamos algunos puntos en que hemos de concentrar nuestra atención. El demagogo ofrece como evidente la premisa que debe probar. Verbigracia, se atribuyen el atributo demócrata cuando son la antítesis del mismo. Ofrecen argumentos que afirman o niegan por boca de alguien con crédito o, por el contrario, gente común, indigente. Utilizan la omisión o informaciones incompletas, así como estadísticas fuera de contexto o demoniciones del adversario. Además de estas típicas, utilizan otras herramientas igualmente confusas y fraudulentas.
Muchedumbre (masa amorfa) y sociedad española son términos antagónicos. La muchedumbre carece de objetivos, presenta rasgos confusos, inconexos y el temor alumbra su primera particularidad genética. Conforma el alimento regular del populismo. Nuestra sociedad es la suma fraguada de individualidades fuertes, sometidas al crisol de pueblos y culturas. El español se ha vigorizado a través de siglos, de invasiones y de luchas desiguales. Se crece ante el quebranto porque ha sido horneado en él a lo largo de milenios. Si nos atenemos a las tesis de Corey Robin sobre miedos y adoctrinamiento, cualquier idea o estrategia que utilicen el populismo y la demagogia para escalar el poder, aquí es improductiva. Supera la línea roja que el hispano se impone en su indolencia.
Paul Krugman proclamaba: “es necesario un contragolpe populista para reinvertir el aumento de la desigualdad social”. Esta frase -que le da protagonismo al trabajo en la plusvalía- anula toda estridencia del populismo cuya meta es el poder totalitario y tiránico. Krugman interacciona política y economía pero prioriza esta última. Aquí surge la divergencia vital entre populismo económico y otro con connotaciones políticas, incluyendo el peronismo. Este, era y es un movimiento tan atípico que Roger Cohen lo califica de: “filosofía política propia, mezcla de nacionalismo, romanticismo, fascismo, socialismo, pasado, futuro, militarismo, erotismo, fantasía, lloriqueo, irresponsabilidad y represión”. Una extensa variedad de emociones incapaces de practicar la verdadera justicia social.
Los demagogos también exhiben un pelaje fácilmente reconocible. El simple análisis con los ojos del sentido común descubre su debilidad argumental. Apelan a prejuicios emocionales, miedos y esperanzas del pueblo para ganar apoyos a través de la retórica y el reclamo. Ya Aristóteles definió demagogia como forma corrupta de la República “que lleva a la institución de un gobierno tiránico de las clases inferiores; de muchos o unos que gobiernan en  nombre de la colectividad”. En otras palabras, los demagogos se arrogan el derecho de interpretar los intereses de la masa como intereses de toda la nación. Confiscan todo el poder y la representación del pueblo e instauran una dictadura personal. Más claro, agua. Luego, que nadie se llame a engaño. Su alimento natural son los medios de comunicación -hoy internet- falta de educación y la mercadotecnia. Por este motivo resulta fundamental desenmascarar a los oportunistas.
Lo antedicho constituye la columna argumental que me lleva a negar la probabilidad de que Podemos alcance el poder. Naturalmente es una hipótesis teórica que toma, asimismo, consistencia con el statu quo europeo y mundial. A mí me parece que como experimento académico resulta interesante aunque de logros dudosos. Como intento de generar una democracia popular (totalitarismo) supranacional, lo considero una quimera que roza el desvarío. Aconsejo, no obstante, a mis conciudadanos no bajar la guardia e informarse de analogías o diferencias atribuibles a los sóviets rusos y a los círculos de Podemos; ambos supuestamente libres y asamblearios. La metodología, y algo entiendo de esto, es parecida entrambos.
Para terminar, al anhelo de “mano dura” metódica de su líder quiero oponer una auténtica “mano dura” democrática contra Podemos y el resto de la casta política que está consumando este injusto, oneroso y terrible calvario: abstención. Es el procedimiento más eficaz y menos traumático.

viernes, 15 de agosto de 2014

LUCUBRACIONES POLÍTICO-SOCIALES



Las modas actúan cual torrenteras salvajes y arrastran a los medios que se ceban en sus torbellinos noticiables. EREs, ébola y Pujol se alternan con cierta fascinación, tanta que  incluso produce tedio. Siguiendo estas pautas, iba a escribir sobre el expresidente catalán; sobre la pregonada denuncia contra el banco donde trabaja “garganta profunda”, tópico diseñado en el caso Watergate. Sin embargo, esa historia debe desenredarse a través de un sumario judicial, no periodístico.

En este país se otea un futuro tan inquietante que el pretérito, aunque esté anegado de corrupción, debe importarnos lo justo. Sin despreciar cualquier medida quirúrgica que cauterice los desmanes atesorados en cuatro décadas, hemos de dirigir nuestro interés y esfuerzo hacia aquello que nos espera. Por tal motivo, viene a colación aquella pregunta prerrevolucionaria que se hizo Lenin a principio del siglo XX: ¿Qué hacer? Aventurar una respuesta satisfactoria y probable resulta bastante complejo, no solo por el objeto sino, y sobre todo, por quien debe llevarlo a buen término: el pueblo.

La plebe rusa por aquellas fechas padecía, esencialmente, una crisis social. El sistema zarista -anclado en épocas remotas- abrió abismos irreconciliables en la estructura nacional. Mientras una élite aristocrática vivía rodeada de lujos, la gran mayoría penaba una miseria atroz. Lenin apeló al populismo cuyos primeros balbuceos había formulado Marx y que años después proporcionarían cuerpo doctrinal Habermas y otros sociólogos contemporáneos.

Bajo el auspicio de un modelo teórico, Lenin supo inculcar al individuo la absoluta necesidad de practicar un centralismo democrático. Combinando centralismo y democracia se potencia la disciplina consciente, se admite el sacrificio de la libertad para conseguir la máxima eficacia. Sus rasgos vertebrales son: libertad de crítica y autocrítica dentro del partido; subordinación de las minorías a la mayoría y las decisiones de los órganos superiores son vinculantes a los inferiores. La realidad termina por imponer un totalitarismo tiránico. Ya ocurrió con el leninismo, peronismo, castrismo y chavismo, entre otros.

Habermas, no obstante, basándose en la “razón instrumental” de Adorno -como contrapunto a los abusos de la “razón dominadora”- dedujo la “acción comunicativa” del hombre. Esta senda de intercambio le llevó a enunciar su “democracia deliberativa”, convertida en un instrumento complementario de nuestra democracia representativa. Aquella adopta un proceso colectivo para tomar decisiones políticas. Esta utiliza una razón economicista; es decir, un empeño de bienestar personal. Por diversas razones, Habermas prefiere una concepción republicana en lugar de un proyecto liberal. ¿En qué instante de ellas se inicia la divergencia? ¿Dónde la convergencia?

España, esa seca y malquerida piel de toro, se encuentra en un momento crucial. Sometida a una profunda crisis general, necesita con urgencia un tratamiento de choque. La putrefacción del sistema agrava en mayor medida la enfermedad multiorgánica e institucional. Al escollo de los síntomas, se añade el proceder insolidario, dogmático, lamentable, del ciudadano español. Analfabetismo político, dejadez e intolerancia constituyen un eje en torno al cual gira todo impedimento. Fundamentamos culpas en políticos y medios, pero pretendemos ignorar a quienes conformamos la porción de corresponsables por apatía e inoperancia.

Entre los defectos que arrastramos, destaca el individualismo, la falta de conciencia social. Alejamiento y beligerancia eternizan la división insensata e insuperable de amplios, a la vez que representativos, sectores sociales. Tal constancia dificulta, si no reprime, restaurar la auténtica soberanía popular. Nos dejamos arrastrar por filias o fobias generalmente irreflexivas. Observamos con desagrado, asimismo, que al español de a pie le mueven las palabras en perjuicio de los hechos. Pocos países de nuestro entorno incurren en el mismo error, producto del dogmatismo e incultura. Toleramos sin ninguna objeción los desafueros achacables a nuestros elegidos pero castigamos con rigor aquellos fallos que perpetra el adversario.

Tamaño absurdo lleva al individuo a decidir su voto por despecho. Poco o nada importan programas, compromisos ni ofrecimientos. Al fin, caben únicamente sentimientos preconcebidos sin que se dedique un segundo al análisis y subsiguiente coherencia. Pese a las prospecciones electorales y efectos que ofrecen sucesivas encuestas del CIS, no oteo ninguna fractura en el bipartidismo. El suelo electoral del PP y PSOE se muestra propicio para lograr un bipartidismo alternante, con matices. Se revitalizaría el sistema de alternancia pacífica que concluyó infaustamente en la Segunda República.

No nos gustan las viejas fórmulas políticas. Nos consume la corrupción, el desenfreno y la injusticia. Nos harta la impunidad prepotente, casi lasciva. No obstante, nos inquieta lo nuevo, lo desconocido, que provoca inseguridad a nuestro débil individualismo. Dudo que Podemos sea alternativa real. Por lo dicho y por otros motivos que iré desmenuzando la próxima semana.