viernes, 20 de septiembre de 2013

POR FIN UNA BUENA NOTICIA


Llevamos un lustro en que las buenas nuevas -salvando algunas deportivas, excelentes- hay que rastrearlas empleando el mismo ahínco, no exento de desconfianza, con que Diógenes buscaba exhausto al hombre honesto. Probablemente sea sólo una huella, pero parecen el concierto, la connivencia, de todas las adversidades. Cuando medios y tertulias ventilan informaciones remachadas, no se debe a la orfandad de reseñas transgresoras o siniestras; se trata de acompasar la mente a diversos estímulos y percepciones para evitar desengaños definitivos. Agradezcamos de paso esa exquisita sensibilidad que adorna a nuestros manipuladores. Así conjuran una especie de locura general que se viene oteando en rumbos y maneras sociales. Como ocurriera al cínico griego, pasarnos la existencia (que no vida) practicando eternas pesquisas termina por recrear una razón débil y un espíritu indolente. 

Alguien dijo alguna vez -seguramente pensando en los políticos- “el hombre es el peor enemigo del hombre”. El autor de la máxima, sin faltarle acierto, pecó de desenfreno porque él es el único enemigo de los demás hombres, sobre todo de sí mismo. Si acentuamos la típica paradoja que da vigor a nuestra imperfecta naturaleza, somos capaces de sacrificar amistades para alimentar incógnitas. ¿Conocemos algún episodio personal de mayor divorcio? ¿Por qué nos empeñamos siempre en mendigar adversarios allende nuestro propio yo? ¿Será injusto fruto de la hipocresía? Nos libra de grandes maldades el escenario humano con su acotación y menudencia. Constituye la eterna querella entre lo terrenal y lo trascendente.

Manifestaba, con ese realismo equidistante de ambos extremos emocionales, que llevábamos tiempo sin escuchar una noticia alentadora. Los ámbitos económicos, institucionales y sociales son proclives a la perturbación, cuando no al resentimiento. No sé si es peor la encomienda inquietante o la “chorrada” impúdica. Yo prefiero la verdad cruda aunque mortifique. El subterfugio cada vez tiene menos recorrido, resta credibilidad y engendra repugnancia. Maridan empalago y abstención cuando dibujan un escenario atiborrado. Recuerdo con horror aquella malhadada frase: “estamos en la Champions League de las finanzas”, superada -casi- por “la economía española va a dar una sorpresa positiva” del señor Montoro, siempre negativo. Ignoro qué juzga don Cristóbal, por sorpresa. Atenúa la repercusión el hecho de no ser presidente ni tener detrás un nutrido grupo de desternillantes comparsas.

Hoy, de pronto, sin esperar, salta la sorpresa. Cautiva y suaviza ardores forjando un clima emocional compensatorio. Abruma algo, pues se trata de una noticia a largo plazo, más allá del uso comercial. Sin embargo, estamos tan huérfanos de datos generosos (aunque se adscriban al futuro geofísico), que esta aparece como recompensa a la nostalgia. Unos científicos ingleses han asegurado que las condiciones de habitabilidad de La Tierra se mantendrán otros mil setecientos millones de años. ¿Qué les parece? ¿Es alentadora o no? Reconforta pensar que, aprovechando la coyuntura, España -sus gentes- puede tomarse tiempo para dejar atrás los negros nubarrones que siempre fueron una constante en su devenir histórico. Alégrense y piensen que no podemos pedir peras al olmo. En todo caso, les invito a mostrarse menos mezquinos que los políticos. Den la bienvenida a semejante afirmación, amplíen su sonrisa, y lo habrán conseguido.

Ustedes y yo, presumo, teníamos la certeza de una desaparición anterior a la del Planeta. Incluso sospechábamos la extinción de incontables generaciones antes que el hábitat (más o menos limpio) sobrevenga inhabitable o desaparezca. Ahora, la constatación de los científicos ingleses añade cierta dosis de confianza. Gratifica que personas rigurosas confirmen un futuro cada vez menos cierto. De momento, dado que resulta imposible refutar su hipótesis, la voy a dar por buena a expensas de un escepticismo irredento. Desdeñé la Alianza de Civilizaciones y el Cambio Climático. Tocados ambos por la misma irrefutable hipótesis, el autor -debido a sus “méritos”- se encuentra a años luz de mi cobijo intelectual.

Me corroe, no obstante, una zozobra insondable. Es seguro que los sabios ingleses desconocen la capacidad extrema de nuestros políticos. A lo sumo, tendrán lejanas referencias tan nimias que no llegan a calibrar su verdadero poder destructor. Tal marco me lleva al colofón de un pronóstico que desprecia sustanciales variables humanas. Semejante olvido o repudio no invalida el alcance de la noticia, pero origina una zozobra lógica: el temor que acosa al hombre por ver acotada -en esencia- su expectativa vital.

El político español (incompetente donde los haya) es iletrado, ladino, codicioso, manilargo, o lo remeda; sin obviar ese don magnético de arrasar aquello que toca. Últimamente se ha mutado en casta parásita, cuyo afán de pervivencia lo hace inmune a cualquier reversión. El castigado contribuyente (y lo que le espera) se apresta a una batalla con final incierto. Estos truhanes han logrado conducirnos al abismo y están a punto de demoler España. Cobijan un impulso dañino. ¿Afectará su actividad a acortar la vida de La Tierra? A tenor de lo visto, y aunque parezca exagerado, me aventuraría por una respuesta afirmativa. Es la sombra que procura el obstáculo opaco.

 

 

viernes, 13 de septiembre de 2013

LA AUTÉNTICA CORRUPCIÓN


España, su ancha piel de toro, queda aturdida por un penetrante clamor que recorre contumaz los cuatro puntos cardinales. No queda ningún hispano ayuno de noticias que pregonan la podredumbre aguda que campa y asola una gestión política asimismo desastrosa. Achiquemos la vista, corramos un tupido velo, ante presuntas interacciones entre corrupción, prensa y judicatura. Ahora toca focalizar esta lacra antisocial, desde una perspectiva únicamente crematística, en la esfera política. Resultaría insólito que tales miserias fueran exclusivas de la clase gobernante o afectasen sólo a nuestro país. Constatar su universalidad no debiera servir de consuelo ni de merma en su trascendencia. Precisamos una seria intervención -sin miramientos- para establecer responsabilidades, requerir el reintegro de lo distraído y reclamar un castigo justo que recaiga sobre los culpables. 

Corromper, afirma el DRAE en su primera acepción, significa: “Alterar y trocar la forma de algo”. Corrupción, corrobora  dicho diccionario en su acepción tercera, significa: “Vicio o abuso introducido en las cosas no materiales”. Semejante ajuste léxico deja al descubierto un desliz colectivo. Proferimos corrupción cuando queremos decir latrocinio. Llenar la mano de miserable sustancia monetaria extraña a toda quiebra formal. Es un yerro parejo al que comete quien habla de amor y se refiere a sexo. Los que armonizan hechos y vocablos; aquellos que identifican corrupción con sinvergüenzas, ladrones u otros epítetos exactos, lo hacen por inercia, inconscientes, sin cuajar un mínimo proceso intelectivo, censor, que aúne expresión y realidad. No conozco, al menos, a ningún semejante -más o menos próximo- con el ánimo presto a establecer tan complicada diferencia.

Desde mi primer recuerdo político, la corrupción (en sentido procedente) se convirtió en hito definitivo que deslindaba al poder del individuo de a pie; una constante propia de cualquier régimen pese a ímprobos esfuerzos de los intitulados democráticos por demostrar lo contrario, creando un venero corruptor. Elevadas dosis de corrupción suministraban aquellas palabras que pronunció Franco durante la manifestación de la Plaza de Oriente con el fin de acallar las protestas, sobre todo internacionales, por las ejecuciones de septiembre de mil novecientos setenta y cinco: “Todo lo que en España y Europa se ha armado obedece a una conspiración masónico-izquierdista, en contubernio con la subversión comunista-terrorista en lo social, que si a nosotros nos honra, a ellos les envilece”.

Corrupción, y mucha, hubo en la voladura de UCD. Si nos aventuramos a considerar esta última como la madre de todas las corrupciones que han saturado el sistema actual, recorreríamos la senda que traza el seso. Basta recordar una penosa era felipista, síntoma y enfermedad, consumida por la impureza y exaltación del GAL. Aznar constituyó el complemento necesario para que, a través de dos décadas, se acometiera la mayor obra de corrupción conocida hasta entonces: la LOGSE y el adoctrinamiento antiespañol en las aulas catalanas. Aquella intentaba -a medio plazo- barbarie, incuria, laxitud. Este pretendía un manejo identitario fomentando, obscena y falazmente, el odio a España. Unos y otros incentivaron la orfandad crítica. Dejaron hacer; quebrantaron todo juramento o compromiso. Consintieron la desvertebración social como factor básico a la hora de conseguir una partidocracia abusiva y un sentimiento hostil, más que identitario, de Cataluña a España. Configuraron una fobia demasiado afín a la histórica de “las dos Españas” y que tan ricos frutos representaron, representan, para algunos; por suerte cada vez menos.

El once de marzo de dos mil cuatro, ciento noventa y dos víctimas bien utilizadas rubricaron el clímax de la corrupción política. Arrancó, aquí, un periodo de progresión geométrica que amasa un gigantismo imparable. Accedió al poder el gobernante más obtuso e infecundo desde la Prehistoria; todavía suceso inexplicado, prodigioso.  Empezó con la obsesión “democrática” de aniquilar la oposición para, cuadrando el círculo, convertirse el mismo en dualidad política. ¡Qué de brotes verdes renuentes! ¡Qué de patrañas! ¡Qué de necedades! ¡Qué desastre! Rajoy sigue estanco, inmóvil, imperturbable, la misma trayectoria. Desasosiega por esa antagónica velocidad  con que nos lleva a una meta incierta. Don Tancredo es el protagonista sin par de la corrupción taurina. No tenemos solución con estos políticos a los que España les incumbe un bledo.

Expongo a la consideración de ustedes gestos, actitudes y frases nutridas por un talante corruptor. Susana Díaz, tras su servidumbre institucional de luchar denodadamente contra la corrupción, insinúa que el auto de la jueza Alaya sobre Chaves y Griñán es político. Cómo encajar palabras y obras. El PP borra el disco duro del ordenador de Bárcenas tras su entrada en prisión. ¿Delito penal? ¿Corrupción permitida? ¿Impunidad política? Radicales independentistas ante la presencia de miembros del PP gritan: “Puta España” sin advertir, aviesa y manipuladoramente, divergencias entrambos. Analistas, comunicadores y tertulianos saturan -papel y éter-  de ideas, clichés y eslóganes cargados de un claro efecto corruptor. El dinero fabrica esclavos coyunturales; la corrupción mental, el dogmatismo, lo hace de por vida. Es el caldo de cultivo apropiado para nutrir todo poder ilegítimo, despótico. Un Estado Liberal jamás capacita priorizar designios de alta política sobre atribuciones individuales. Si así lo hiciera, se convertiría en un régimen totalitario de hecho o de derecho.

 

 

viernes, 6 de septiembre de 2013

EL DESPELOTE


Despelotarse, enseña el DRAE en su segunda acepción, significa “alborotarse, disparatar, perder el tino o la formalidad”. Aunque no lo indique, le incumbiera precisar que tales acciones son propias, casi privativas, de políticos y afines. A semejante extremo nos lleva el hecho de que estos especímenes concentran un alto porcentaje de protagonismo, bien por impudor bien a consecuencia de erráticos dicterios que escapan al sentido común. En momentos, lindan el éxtasis, la excelsitud, al solaparse fanatismo y solemnidad. Su percepción intelectiva necesariamente ha de levitar, situarse allende los espacios lógicos, para acarrear esa simbiosis integral entre magisterio y necedad. Sin duda, se precisa el concurso de expertos hermeneutas con talento a fin de interpretar procesos y comportamientos que reniegan del normal discurso.

El contribuyente (antes ciudadano) ya no se indigna; ahora se “troncha”. Asemeja payaso y político advenido a falso redentor, aun implacable esteta de la gestión pública. Esta actitud debiera preocupar a la casta parásita. Cuando el individuo siente sus entrañas corroídas por la ira no deja de votar. Lo hace, cual reflujo, a despecho del adversario histórico. Introduce un voto vengativo, impotente, analgésico. Preocupa asimismo, que tal actitud justifique -bajo la máscara democrática- el siniestro sistema partitocrático que sostenemos y expiamos. Sin embargo, si su naturaleza (física y emotiva) se estremece sacudida por la jarana, ir a votar le produce ronchas. Día a día puede observarse desapego, repudio, hacia cualquier personaje público o sigla casi sin excepción. Corren malos tiempos para los mentores de la trapacería.

Susana Díaz, novísima presidenta de Andalucía, se ha hecho acreedora a un lugar de honor en el Club de la Comedia. Las declaraciones sobre su postura -más bien apostura- frente a la corrupción andaluza, ha pillado fuera de juego al personal. Tras dos jornadas, no creo que haya nadie restablecido de los espasmos propiciados por tan increíble, extemporáneo e insólito adorno. El lance escapa a todo supuesto o aprecio que tenga encaje con la pose, el cinismo más abyecto, la afrenta y la desvergüenza en ese contrapunto epicúreo de obviar el sentido al ridículo. Se equivoca quien así piense o prejuzgue. Doña Susana, prófuga la Casta, pretendía sólo un discurso estrambótico para el regocijo ciudadano, incluso más allá de la frontera patria. Si somos agradecidos, hemos de loar las sanas intenciones de una presidenta sin sonrojo por hacernos llevaderos estos días de regreso a todo.

Qué, si no, importa a esta buena señora su alocución. Tras dos décadas en puestos orgánicos del PSA, así como un lustro en el Parlamento y Gobierno andaluz, decir que le asquea la corrupción únicamente puede interpretarse como una sutileza irónica. El interés mostrado por ese proceder arrebatador, dicharachero, de la presidenta nos lleva a la impresión de que la supuesta aspereza con que suele emplearse, es un bulo maledicente. Ignoro qué motivos aconsejan sospechar en ella un carácter radical. No armonizan, de ninguna manera, los ocurrentes principios que sembró al desmenuzar su discurso institucional con un presunto talante “sanguinario”. Tomo, pues, a escarnio el retrato que le publican; tendencioso, casi demoniaco. 

La señora Valenciano, por su parte, dejó al aire una extraña orfandad en discursos. Así, sin concreción. Al asegurar -sin ambages- que la soflama de Susana Díaz es “el primer discurso del siglo XXI que yo he escuchado”, deja constancia indeleble de incuria retórica o de mentira extravagante, puede que piadosa. ¡Vaya usted a saber! Estos políticos pertinaces, ellas y ellos, perviven (se acomodan) gracias a sus buenos oficios. No digo que asumen el papel poco airoso de la Trotaconventos, ni mucho menos, pero no me negarán que algo sí que se parecen. Buscarse los garbanzos constituye una proeza humana, legítima siempre bajo patrocinios más o menos honorables.

Descarten la idea de un acoso unilateral al PSOE. Cierto que hoy mis críticas adolecen de cierta asimetría (cuánta profundidad encierra el vocablo) en el trato. No obstante, y debido al escaso espacio que resta, hago extensivo el despelote al resto de siglas sin ninguna indulgencia. Mención especial merecen por sus lacras PP. CiU e IU. El caso Bárcenas, la alocada deriva del nacionalismo y el sempiterno desfase de Izquierda Unida que no encuentra un lugar bajo el sol, nos dan sobrado alimento social y dialéctico para un despelote masivo, púdico e hilarante.

Termino con un aforismo caricaturesco, deseable pero no aconsejable por la carga de indolencia que conlleva: “Al mal tiempo buena cara”.

 

 

viernes, 30 de agosto de 2013

PERSPECTIVAS DEL NUEVO CURSO


Hasta hace cuatro días, la terminología y mensaje que indica el sugerente epígrafe eran exclusivos de élites académicas. Hoy (bien debido a una aciaga masificación de las mismas, bien por injerencia política que alcanza todos los aspectos sociales) se visten con ropaje democrático y ampuloso. Antaño, las postreras jornadas agosteñas venían acompañadas sin remedio por el horrendo pavor que originaba la vuelta al torbellino laboral. ¡Qué agitaciones! ¡Qué trastornos! Diversos medios audiovisuales publicaban toda suerte de síndromes si el currante era vencido por el abatimiento. Técnicas, consejos, remedios, fórmulas, saturaban el éter con la firme pretensión de minimizar tan amarga vuelta al tajo. Seguramente su eficacia equidistara de los intentos. Ambos eran inútiles desde el comienzo.

Ahora, digo, cualquier individuo se pregunta qué perspectivas encierra el nuevo curso. No le inquieta retornar al trabajo porque lleva cuatro años buscándolo. Acaso, si tiene hijos, implore ayuda familiar o gubernativa para sufragar libros y material variado. Aquí emerge el primer ahogo porque todo es caro, enormemente caro, desde que -en mil novecientos noventa- aquella famosa Ley de Educación socialista notificase la gratuidad hasta los dieciséis años. Una promesa más incumplida por políticos de verborrea fácil e incoherencia supina. Eran conscientes del engaño porque la nefasta LOGSE jamás incluyó el necesario complemento de una rigurosa Ley de Financiación. Ignoro si los prebostes están al corriente (aventuraría que sí), pero un alto porcentaje de ciudadanos desconoce la magnitud astronómica que hay entre lo dicho y lo hecho. Así nos va.

Yo, harto de lucubrar sobre el devenir curso a curso (académico se entiende) pongo mi experiencia al servicio de la comunidad y, en su nombre, analizo las perspectivas que abre el nuevo curso político. Percibo, de antemano, negros nubarrones -ahora que estamos inmersos en una gota fría- sobre la cabeza de Rajoy. Un profundo movimiento dentro del PP apetece, cada vez con más despliegue e insistencia, su cabeza. Son prohombres, asimismo “promujeres” (vocablo menos chirriante que “miembras”), cercanos o alejados del poder. Temen no ya un descalabro electoral indudable, sino el ocaso del partido y el naufragio definitivo de España; eso, al menos, divulgan.

Rajoy no debiera terminar la legislatura al frente del gobierno. Parece juicioso este aserto. Don Mariano -ilícitos presuntos aparte- huye, respira medroso y contraría. ¿Quién iba a pensar hace meses que este señor haría bueno a Zapatero? Urge que deje la presidencia antes de culminar su labor destructora. Nos jugamos mucho en ello. El señor Rodríguez dejó su partido para el arrastre y al país casi. El actual presidente, sosias clónico de Zapatero (uno algo iluso, otro algo evasivo), lleva camino de acabar con la Nación y con el PP. Un conflicto se alza en el horizonte. Surge altivo, escabroso, a consecuencia de la estructura monolítica de los partidos. ¿Qué personaje y qué equipo cuenta con reputación para asumir la gobernanza de España? Algún temerario contestaría que, visto lo visto, cualquiera. Resulta, no obstante, arduo descubrir alguien sin contaminar, inmaculado. ¿Dónde encontrar a quien acometa la catarsis necesaria?

Aclarado y resuelto -si se consiguiera- este paso previo, piedra angular del momento, quedarían aún demasiados obstáculos e interrogantes por el trayecto. Un PSOE enquistado obsesivamente en una estrategia a la contra, de enfrentamiento, borda ese maligno papel entre desleal y traidor. El PP, este u otro, alimenta a su vez tal contradicción con el mismo objeto: obtener réditos electorales. Cabe preguntarse si fue primero la gallina o el huevo. Conforma una prueba de esfuerzo para tasar su respuesta coronaria y ambos quedan exhaustos, sin fuerzas. Nunca conseguirán el bienestar nacional.

IU y UPyD continuarán asomándose al contribuyente (antes ciudadano) cual escaparate navideño. Desplegarán una dialéctica que quiebre éticas, incluso estéticas, puestas en uso por sus hermanos mayores. Sin embargo, el individuo no debe dejarse seducir, como acostumbra, por retóricas de etiqueta. Ha de fijarse en los hechos que resultan más clarificadores. Hablar cotiza alto en sociedades desinformadas e incautas y algunos son expertos vendeburras.

El nacionalismo catalán se disolverá, cual azucarillo, víctima de su propia quimera. Esta Comunidad adoctrinada, intoxicada, por intereses desmedidos, sin cálculo alguno, ha desbordado las metas que pergeñaron CiU y PSC, al menos. Cambiarán enseguida su discurso aleccionados por el rigor económico a que conducirá su envite artero. Cuando uno se mete en laberintos, ha de tener ensayadas estratagemas de salida. Les auguro una penosa soledad. ERC se convierte en crisálida de corta existencia; su radicalismo reaccionario incumbe a patrones superados, más cuando afectan a espacios capitalistas amén de globalizados.

Sindicatos, prensa y CEOE seguirán exigiendo el óbolo gubernamental; vulgarmente chupando del bote. Quedan pocas dudas respecto a sindicatos y CEOE. Algunos medios sucumben al donativo permanente y venden su independencia por un plato de lentejas. Otros quieren cambiar el curso de los acontecimientos por prurito personal no ajeno a intereses particulares o de grupo. Los hilos siempre se mueven desde arriba en este teatro de marionetas. 

Advierto, a modo de epílogo y compendio, que nos espera un nuevo curso político donde modos y vicios seguirán campando a sus anchas. Transigiremos los mismos engaños, igual corrupción y parecida prepotencia. Eso sí, lo veremos repleto de confabulaciones, intrigas e insólitos episodios; todo ello sometido a una crisis moral, institucional y económica en aumento pese a los “brotes” aireados.

 

viernes, 23 de agosto de 2013

GIBRALTAR Y PEDRO JOTA


Agosto, mes tórrido por excelencia, este año ha visto rebasada su temperatura meteorológica. Desde el punto de vista informativo, se superaron todos los registros termométricos. No recuerdo ninguna temporada veraniega cargada con noticias de semejante eco ni conjetura social. El sesteo plácido, reparador, resultó contenido víctima de una vela involuntaria, ineficaz y puñetera. Las causas provienen de hondas aflicciones que asaetean espíritus espoleados por la inquietud. En esta ocasión, los ardores físicos infligieron menos desvelos que aquellos irradiados a través de la noticia, el comentario o el debate, más o menos juicioso. Desconozco la razón, pero el ciudadano ha cedido, bajó la guardia, dejando al relente nocturno una impronta de agotamiento porque no tiene cabida en su línea de defensa.

Ningún individuo corriente baraja una opción real de reformas sustanciales. Nadie concede certidumbre a cualquier ceremonia que suponga un giro definitivo en los hábitos democráticos. Causa extrañeza, por consiguiente, que el conjunto en su mayoría manifieste cierta curiosidad -que no interés- ante las vicisitudes externas (luctuosas en Egipto) e internas (fatuas, hilarantes, cuando no falaces y siempre usureras). Políticos nacionales, con la inestimable -quizás pactada- colaboración de algún foráneo desocupado e inmerso en parecidos laberintos electorales, proyectan alzar el diapasón en temas irresolubles, amañados o de difícil salida. Cuentan con la ayuda perversa de comunicadores inconscientes, orlados muchos por un aura magistral. La experiencia constata que los escenarios de corrupción, escamoteo y arbitrariedad o abuso, ostentan un alto porcentaje de impunidad total.

Gibraltar ejerce especial atractivo entre los diferentes medios. Pareciera que tres siglos de repetidas violaciones del Tratado de Utrecht, incluyendo otras cabriolas contra el derecho internacional, concentrasen su iniquidad a lo largo y ancho de este agosto convulso. Hemos vivido demasiadas ocasiones en las que el conflicto gibraltareño despertó inadecuadas, extemporáneas y suicidas reacciones populares. Tal vez fuera el absurdo resultado de añadirle al enojoso escenario unas gotas de catalizador patriótico. Resulta chocante que la complicación resurja habitualmente en momentos concretos; cuando el horizonte político interno llega al clímax de desconfianza social. No es un prejuicio firme, incuestionable, pero la “mosca está detrás de la oreja”. Acepto que la suspicacia es hija del desconocimiento. Cierra, necesariamente, todo itinerario confuso u oscuro pergeñado por tácticas políticas escasas en tasación y operatividad. Es decir, nace de un oscurantismo impuesto a la brava.

Es muy probable que ningún español (en menor medida los hijos de la Gran Bretaña, como gusta el aparte castizo) tenga o acepte una solución viable. Las hipotéticas buenas relaciones, pretéritas y actuales, entre ambas naciones sufren el escarnio de esa “mosca cojonera” que la pérfida Albión alimenta por boca de los “llanitos”. No siento animadversión por insecto alguno, pero el gobierno inglés pretende eternizar un desfasado derecho de pernada que transgrede los Tratados Internacionales. Utiliza para ello el argumento insípido de que son los propios habitantes del Peñón quienes anhelan ser ingleses. ¡Toma ya! Y se quedan tan frescos. ¿Imaginan su renta per cápita? Por dinero baila el can y por pan si se lo dan, dice un proverbio clásico.

El uso político, que sin duda se viene haciendo desde tiempos inmemoriales, no impide al ciudadano un sentimiento indomable de dignidad, incluso de arrebato. Propongo se adecuen dos medidas. Una de carácter interno que limite -dentro de los convenios bi o multilaterales- la libre circulación de personas, bienes y actividades económicas (más o menos legales) que impliquen beneficios materiales, asimismo de holganza. Su complementaria, de índole internacional, consistiría en demandar un recto arbitraje a Instituciones rigurosas cuyas resoluciones fueran de obligado cumplimiento. Entre Estados modernos, debe primar el derecho  y no la fuerza. Si alguno pretendiera tomar un atajo contrario a los usos, tácitos o explícitos, del procedimiento aceptado por la Comunidad Supranacional, debería ser llamado a capítulo de forma taxativa. Ignoro otra manera de impulsar armonía y paz duraderas.

Pedro Jota (ese periodista con talante dispensador), ensoberbecido por éxitos del pasado escabroso y dueño -presuntamente- de un poder decisivo en el devenir patrio, ha caldeado la información eclipsando a Bárcenas al convertirlo en actor de reparto. Sin él, Bárcenas sería un triste y olvidado paradigma del individuo trincón, antiesteta. Su rotativo dispensó al encarcelado hechura de chivo expiatorio arrepentido y colaborador. Capitaneó una maniobra de acoso y derribo al PP con pruebas comprometidas de ser ciertas. El PSOE, amén de la ciudadanía, creyó a pie juntillas los datos que resaltaba una atribuida contabilidad B. Sin embargo, la autoridad judicial mostraba dudas más que razonables. Tras diez días de desayunar con Bárcenas redivivo, los cacareados sobresueldos y la financiación ilegal, supuesta, del PP, se hizo un misterioso silencio atronador. ¿Arreglo? ¿Cálculo errado? ¿Repliegue?

Medios opuestos a El Mundo, algunos cercanos con matices, intuyen una manipulación previa de los informes presentados por el diario. Quizás se reduzca a poner en peligro los legítimos intereses del medio o arriesgada exposición a sombríos prólogos judiciales. Es evidente un cambio de dirección al tratar el tema. Pedro Jota, al estilo de los viejos filmes de Fu Manchú, consigue una puesta en escena periodística espectacular e imprevisible, súbita. A poco, con frecuencia, el fondo se esfuma lento y termina haciendo mutis por el foro. Cristaliza ese conocido aforismo: “Aún no asamos y ya pringamos”.

Gibraltar y Pedro Jota nos han dado el verano. Al PP también. Veremos los efectos políticos a medio plazo, aunque la memoria colectiva tiene escaso recorrido.

 

viernes, 16 de agosto de 2013

ADIÓS EUROPA


Hace años, casi dos décadas, trencé un artículo cuya tesis principal giraba en torno a mi escepticismo sobre la trayectoria del recién estrenado Mercado Común Europeo. Le auspiciaba un colapso inmediato. La codicia de ciertos estados continentales y las inveteradas suspicacias inglesas, acuñaban una vida incierta, breve. Era la naturaleza de los argumentos desplegados. Hoy, confieso mi extrañeza -no exenta de recelo- porque, contra viento y marea, haya llegado a la mayoría de edad. Si bien iba cumpliendo etapas, años, su existencia se ha visto empañada por la peor afección: el descrédito. Le ha tocado en desgracia desplegar más divergencias que acuerdos en cualquier escenario o controversia.

El problema de la vieja Yugoslavia no sólo fue germen de una guerra larga y cruenta (indirectamente sentó las bases para otra nueva, fecunda en bajas) sino venero de la melindrosa exhibición de una UE aparente, desvertebrada y cobarde. Se presentó una ocasión redonda para enarbolar genio, figura, autoridad. Sin embargo, titubeos -más bien deserciones- llenaron los despachos diplomáticos. Otros dieron el primer paso, dejando al descubierto un vergonzoso grado de incuria o, peor aún, de insolvencia. Luego, en  un gesto para salvar pruritos ancestrales, la OTAN vino a resarcir actitudes timoratas. Europa perdió así una ocasión única para apuntalar la preeminencia que le debiera corresponder en el concierto internacional.

La crisis económica, angustiosa en Irlanda y países mediterráneos, nos permite constatar -con escasas probabilidades de error- la inutilidad de una institución cuyo exclusivo objetivo pasaba por acabar con los stocks de producción en naciones muy industrializadas. Dichos sobrantes podrían consumirse en un mercado subvencionado y europeo. Por esto, algunos gobernantes (básicamente franceses y alemanes o viceversa) recibieron el inmerecido crédito de estadistas pre(ocupados) por una falsa federación europea. Todos buscaban beneficiar a sus respectivos países por encima de cualquier interés general. Adenauer, Schumann, Monnet y De Gasperi, son considerados padres de una UE en ciernes. Adenauer -con evidentes tics autocráticos- y Schumann eligieron el Sarre como centro neurálgico del futuro organigrama europeo. Un botón de muestra que resultó fallido gracias a la negativa de sus habitantes.

Estos días, por avenencias electorales -lógicas pero inmorales desde un punto de vista social- la señora Merkel habla del admisible abandono del euro. Pesa en su ánimo la participación alemana en los diferentes rescates de naciones con escaso aval. Le vino mejor la ayuda económica que recibió para conseguir la unificación. También el hecho de convertirse en acreedor único de la Unión Europea; un colonialismo impuesto por la fuerza monetaria, más eficaz que la militar. Todo tiene su costo. Utilizando una sabia terminología castiza “no se puede hacer tortillas sin romper huevos”. El empobrecimiento europeo conlleva necesariamente la penuria alemana.

Gran Bretaña jamás sintió entusiasmo e inclinación por ninguna empresa que vinera del continente. La Historia le recuerda que Europa continental trae problemas, sinsabores e inseguridad. Sus filias se encuentran allende los océanos. Conforma, respecto a UE, un fiel confidente de EEUU, un Caballo de Troya informativo, sin carga belicosa. Para Cameron, para los ingleses, someterse a la normativa europea le supone un esfuerzo parejo al de frau Merkel, aunque por distintas razones. A una le guía un supuesto bienestar económico; al otro pudiera asemejarle traición cierto presunto alejamiento, por fuerza mayor, del paraguas americano. Cada cual busca preservar la sombra que mejor gusta.

¿Y el resto? Francia, dañada su economía por corrupción o avatares diversos, cuenta poco en este monólogo alemán. Hollande, de padre ultraderechista y con su popularidad en caída libre, carece de toda fuerza moral y política para liderar un movimiento que pudiera frenar toda manifestación antieuropea. Italia, sentenciado Berlusconi a pena de cárcel, y España, a caballo entre corrupciones y financiaciones ilegales, ocupan sus desvelos en narcotizar a los respectivos ciudadanos. Ignoro si lo logran, pero centran esfuerzos necesariamente en cuestiones domésticas. Más allá, queda un escenario de lastre; como poco, de perezosa indolencia. Bastante onerosa, por cierto. Cálculos y expectativas se han consumido víctimas de la realidad.

Una voluntad artificiosa nunca puede ser benigna ni eficaz. No hace tanto, media Europa peleaba contra la otra mitad ambicionando imponer condiciones, cuando no exigencias compensatorias. Ahora, los famosos rescates se convierten en auténticas invasiones. La sociedad -cualquiera de ellas, rescatadoras o rescatadas- sienten vértigo. Además, el costo burocrático agrava la pérdida de soberanía nacional. UK Independence Party –inglés- y Alternativa Para Alemania (AfD) -alemán- apuestan con encendidos, asimismo cuantiosos simpatizantes, por la disolución ordenada de la zona euro. Bien, si todo va sobre ruedas, pero aceptamos el desbarajuste, y con desgana, sólo de los nuestros. Adiós Europa.

 

 

viernes, 9 de agosto de 2013

POLÍTICOS, UNA CASTA SUPERVIVIENTE


Mientras mis nietos, matamoscas en ristre, pretenden aniquilar los insoportables insectos (misión ilusoria), yo busco respuestas. No inquiero, ni mucho menos, por qué los veranos -más si son tórridos- se definen por sufrir tan agotadora compañía. Poco importa el calor, la somnolencia plomiza o las corrientes refrescantes pero dañinas. Sólo una reseña se repite invariable en la diversidad estival: las moscas. Constituyen, a nuestro pesar, la esencia del verano. Lejanos recuerdos de estos meses, concluyen por revivir pesadamente aquellos tiempos de miseria, de jóvenes tumbados -al sesteo, con extraños pantalones de pana, pena y remiendos- bajo, o al amparo de, sombras escasas, mínimas, que formaba las baja fachada unifamiliar. Y moscas, muchas moscas.

Los hábitats sufren la acción dinámica del tiempo. Cambian el aspecto físico; también el biológico. Lo que hoy existe, mañana evoluciona incluso desaparece. Tábanos (sin segundas lecturas) que hacían su agosto, nunca mejor dicho, martirizando asnos y mulos, ahora casi se han desvanecido. La maquinaria agrícola les ha llevado,  por poco, a su extinción, al menos en este ecosistema. Sin embargo hay seres y especies inmunes a los cambios, sean estos tranquilos o enquistados en transformaciones sensacionales. Ligado a mis raíces, la configuración del pueblo -pasados setenta años- dio un cambio excepcional. De igual manera, el arado romano trocase en maquinaria de último grito. La agricultura convencional y casi de subsistencia pasó a ser productiva, orgánica, técnica y sostenible.

España ha experimentado una transformación espectacular. Según cuenta la historia, un siglo ha sido suficiente para evolucionar desde aquella sociedad antañona, sometida e injusta, a otra, moderna, cultivada e independiente. La injusticia, la falta de equidad, potenciaba la sangría del proletariado, asimismo la incipiente clase media, sobre todo en la guerra contra Marruecos. Hoy, un ejército profesional salvaguarda la integridad física del pueblo. Del aislamiento y demérito internacional, hemos pasado a formar parte constitutiva de todos los organismos; si bien -en ocasiones- con menor peso específico del que nos correspondiera por magnitud y calidad, aun democrática.

Hay, sin embargo, una especie, una casta superviviente de cualquier tiempo y metamorfosis. Son los políticos, únicos seres que han sabido adaptarse a todos los procesos más por instinto que por valía adicional. Semejante mérito o demérito no puede atribuirse, en especial, a consistencia cínica ni a dones mágicos. El individuo (actual contribuyente) ha conquistado cotas de ventura física, económica; aun cultural. Sigue, en cierto modo, amaestrado. Adolece de defectos, de deficiencias democráticas, que le impiden enfrentarse al poder. Se muestra agarrotado por complejos ancestrales. Le sucede como a las viejas hetairas que, una vez perdido el vigor juvenil, dejan de ser putas para convertirse en madamas de lujo. Que cada cual asuma su alícuota parte de culpabilidad y de vergüenza, si le queda.

Lo expuesto hasta aquí, deja de ser fruto ocurrente de un analista ad hoc; quimeras calenturientas acomodadas a la estación. Como suele admitirse, una serpiente de verano. Ortega y Gasset, al final de la primera década del siglo XX, escribía: “El problema no consiste en que estas o aquellas gentes se hayan revuelto contra la autoridad del Poder Público, sino en que, con tal motivo, hemos descubierto los españoles que el Estado carece de autoridad positiva para hacer frente a las fuerzas disgregadoras”. ¿Escribiría lo mismo, si viviera, tras los desórdenes efectuados por ciudadanos furiosos, independentistas o antisistema en general? Sin sobra ni falta de una coma.

Llamaba “señoritos de la Regencia” a los políticos que surgieron tras la restauración monárquica y que fraguaron el corrupto sistema de la alternancia pacífica del poder. “Piensen los españoles dotados de serenidad y reflexión si no es un crimen dejar en vano deslizarse los minutos, si no es un deber de suprema conciencia social estar prevenidos y juntos -lejos de toda carroña oficial- a fin de encauzar noblemente, humanamente, las iracundias de un pueblo desesperado”. ¿Les suena? Pareciera un loable ejercicio vaticinador exacto e inservible. Tras medio millón de muertos y más de treinta años de dictadura, los señoritos de la Transición (al igual que los de Regencia) han alterado todo para que nada cambie. Cien años de estúpida expectativa. No creo que la estimación de Ortega por los políticos, hoy, fuera distinta a la de mil novecientos diecinueve. Tampoco es que sus inexistentes ideas anarquistas le llevaran a provocar juicios tan severos. Antes bien, su carácter armonizador y sus fundamentos filosóficos le hicieran manifestarse con mesura e indulgencia.

“La corona no puede vivir segura mientras las instituciones políticas no vuelvan a gozar de normal prestigio”. Actualmente, habría que añadir o interrogarse por el ascendiente de la propia institución real; desacreditada a causa de pretéritas gestas poco edificantes. “No hay en la política española ni organismos ni fórmulas que puedan inspirar a las gentes respeto, ni sean capaces de rodearse del prestigio necesario”. Podemos entender estas palabras como un reproche a la corrupción, a la paranoia oficial y a la falta de legitimidad política. Ante un marco parecido hoy, y después de lo escrito por Ortega, yo sólo puedo decir: amén.

 

viernes, 2 de agosto de 2013

INCONSISTENCIA, MENTIRA Y FE


La aparición de Rajoy en el Senado, aparte de estrenar un agosto constreñido y festivo (hoy celebramos el día mayor en las fiestas de mi pueblo), resultó ser un panegírico al oscurantismo, asimismo al regate. El fiasco, alcanzó -pese a distinguidos hermeneutas- cotas insólitas. Lo tenía difícil, imposible. Indicios y evidencias (contundentes para la masa social) levantaron un muro infranqueable, iconoclasta. Configuró un lastre oneroso, lacerante, mortal. La faena de aliño lo puso a los pies de los caballos. En este momento, resulta ofensivo tanta grandilocuencia, autoenvolverse en España para acabar con esa identificación falaz: partido, persona y país. Erigirse en garante del estado no puede estimarse patrimonio de nadie. Como la corrupción o el extravío, es flaqueza que afecta al conjunto de siglas y personajes. Diógenes tampoco encontró al hombre sin tacha. No creí al presidente. La tan cacareada ocasión se trocó en otro brindis al sol. Rajoy no supo, o no pudo, deslindar su ética -puesta en tela de juicio- de aquella que Bárcenas exhibe con desahogo. Lo vi inconsistente. 

Rubalcaba, preso de un partido partido (aquí la redundancia desempeña el papel de  atributo necesario), curiosamente en “franca” vorágine aniquiladora, aprovechó una oportunidad de oro para “partirse el pecho”. Aunque muestra cierta endeblez física y política, el mentiroso más sincero -Cendoya dixit- vertebró su intervención en las mentiras de Rajoy, un déjà vu. Don Alfredo, experto maquinador, distribuye (a veces arroja) credenciales ominosas para enmascarar sus propias lacras. Un trágico trece de marzo, con ciento noventa y dos muertos que todavía vagan en una reseña plagada  de interrogantes, traspasó la cancela que llenó de iniquidad toda acotación pública. Esa fecha supuso el pistoletazo de salida para que maniobras -falsas pero eficaces- asolaran el ruedo nacional. El PP miente se convirtió en fructífero eslogan que, inundando la mente colectiva, llevó al PSOE a un poder azaroso e inicuo y a España al abismo.

Rubalcaba, digo, desmenuzó -por el infrecuente habitáculo del Senado- una batería de datos, a decir verdad, bastante bien estructurados. Rebatir su naturaleza y carga testimonial resultará misión imposible. Desconozco la respuesta de Rajoy porque entretanto doy vida a estas líneas. Presumo mejor opción correr un tupido velo, si el presidente no quiere seguir cavando su tumba crediticia. Pe punto, como otrora deleitara al jefe opositor, había alimentado un discurso concluyente, obvio, perentorio. Cualquier incursión a la contra corre el riesgo de quedarse desnudo, sin argumentos rigurosos y de patinazo palmario por complejas arenas movedizas capaces de tragarse, incluso, un gobierno entero. Mejor evadir la provocación que protagonizar un suicidio personal, quién sabe si colectivo. Salvo impenetrable necedad, vaticino una respuesta entre olvidadiza y cándida. No obstante, Rubalcaba es el prototipo casi obsceno de la mentira, pero pasa aviesamente el sambenito a los demás. Personifica a la perfección aquel proverbio: “Dijo la sartén al cazo…”

A posteriori supe que Rajoy vertebró su réplica implorando un acto de afirmación asentado en una supuesta solidez ética, a favor del presidente, en comparación con la de Bárcenas, investido de chorizo. Cometió un yerro de antagonismo. Para lo sociedad española, chorizo y político son vocablos sinónimos. Luego recurrió al tópico del tú más. Asumió la prioridad jurídica sobre la política. El mismo traspié le supuso al PSOE peregrinar por un camino penitencial a cuyo término se encuentra el abismo. En ocasiones, el bosque impide focalizar la esencia del análisis en un árbol. He aquí el caso. “Me equivoqué con Bárcenas”, reconoció. Ignoro si como virtud, tal vez excusa, dijo que él siempre ayudaba a sus colaboradores, salvo inculpación reglamentaria. Mentira flagrante. Camps, a quien debe la presidencia del partido y del Gobierno, fue exculpado y abandonado al ostracismo. Curiosa forma de ayuda y agradecimiento al acreedor.

La participación de Durán obtuvo nota cum laude de previsión y empaque. La Comisión de Política Fiscal y Financiera, reunida curiosamente el día treinta y uno, aprobó un quebranto asimétrico a beneficio de Autonomías concretas (Cataluña, una). Montoro, al iniciarse la jornada, pregonaba un déficit único del uno coma tres por ciento, para deponer coraje y coherencia a la hora vespertina. El portavoz de CiU, agradecido, blandió un “vivo sin vivir en mí” regateándole al ejecutivo responsabilidades y premuras. Sin embargo, ellos facilitaban carta de orfandad allá donde su competencia permitía el cumplimiento. Al compás de Rubalcaba, amordazaron su parte alícuota de indigencia moral que debiera frenar repudios y demandas. Fue, sin contemplaciones, una expresión de fe enraizada en el óbolo; por tanto, algo inmunda.

Agosto, vacacional amén de tórrido, inauguró una comparecencia forzosa, remisa y desafortunada. Ahora, tras el paso del huracán político, el contribuyente anda a medio camino entre la suspicacia y el hastío. No sabe a quién creer, pero la amarga experiencia le lleva a maliciarse. Políticos y sociedad divergen. En esta tesitura, más que la verdad, cabe aportar el crédito. Cumplir tal objetivo presenta dificultades notables porque aquí, en España, el político siempre pretende enmendar al ciudadano la plana. Rajoy, Rubalcaba y Durán -artífices por hoy del país- jugaron sus cartas, todas ellas marcadas. Futuro y pueblo decidirán quién se lleva la baza.

 

viernes, 26 de julio de 2013

ENGAÑIFA Y RUINA


Recuerdo el argumentario reiterado, cansino, del constitucionalista para justificar el Estado Autonómico. Acercar la Administración al contribuyente (ciudadano por aquel entonces), etiqueta que quizás fuera un señuelo perfecto, componía la columna vertebral de su “esfuerzo”. Aquel ardor, aquella pasión de púlpito, sedujo -como no podía ser menos- a un español desprevenido, ansioso por conocer el sustento democrático. Auguraban, tras casi cuarenta años de penosa andadura por un desierto inhóspito, la tierra prometida. Percibiríamos un horizonte gozoso, cercano a esa Jauja paradisiaca y próspera. Gozaríamos de unos padres de la patria atentos y bizarros. Eso sí, nosotros seríamos sus hijos putativos. Lo aireaban -del rey abajo- quienes ofrecían nuevos tiempos, usos y oportunidades.

Llevamos en democracia el mismo tiempo que soportamos la dictadura. Cuatro decenios son suficientes para constatar si las hipótesis iniciales se ajustan a la realidad que nos  perfilaron o si, por el contrario, procede revisar el conjunto a fondo. Lejos de una pareidolia bastante cotidiana, tengo buenas razones para afirmar rotundamente que el Estado Autonómico -tal cual está instituido- no mejora, ni mucho menos enriquece, la gestión que se oferta al ciudadano. Al revés; diluida, codiciosa y agigantada (aunque algunos términos parezcan contradictorios, no lo son) la institución nacional y, en el mismo sentido, las autonómicas sumergen en el caos a un individuo poco acostumbrado a los devaneos administrativos.

Conozco el caso próximo de una señora casi centenaria. Nacida en Cuenca provincia, pasa el año -alternativamente- en Madrid y Valencia, excepto el mes de agosto que lo hace en Cuenca. Sus hijas están hartas de gestionar la cartilla sanitaria, las medicinas y, sobre todo, los pañales. Son tres comunidades aledañas pero divergentes en métodos y procedimientos sanitarios. Un absurdo desasosiego se adueña de la situación. Desconozco si el caso supone, o integra, la famosa excepción que confirma la regla. Me aventuraría a conjeturar multitud de ellos en otras áreas de la administración pública. Lo que aseguro es la veracidad del relato, pues se trata de mi suegra.

Parece evidente, por tanto, que las causas verdaderas, por las que se instauró un sistema autonómico, distan mucho de aquellas que constitucionalistas y gerifaltes en general proclamaron a pleno pulmón. Ese juez inapelable llamado Cronos, ha dictado sentencia y sus votos particulares dejan al descubierto demasiadas mentiras, asimismo felonías. Da igual. El político se ríe de las formas, incluso de las que asientan y fortalecen la democracia. Convierte su crédito liberal en una chistera de la que salen, ora palomas de paz ora ofrendas florales capaces de mistificar a un auditorio proclive.

Hay una discrepancia clara entre la morbidez que presenta una Administración bulímica y su inoperancia. De los tres millones de funcionarios que conforman tan descomunal entidad, más de la mitad provienen del enchufe, la arbitrariedad y la deuda satisfecha. Causa extrañeza que gobernantes de todo signo y estamento necesiten, verbigracia, asesores -algunos indocumentados- cuando disponen de expertos técnicos con oposición. Por esto, el lego más  obtuso en negocios prevé la inviabilidad económica del Estado Autonómico. Su única arma es el sentido común; cuya incuria e indigencia se manifiesta en políticos al uso. Probablemente hagan oídos sordos para no tirar piedras a su tejado; es decir, se resistan a matar la gallina de los huevos de oro.

Veo lógico que cada cual ambicione engordar su cartera, avivar un estadio ventajoso; en definitiva, convertir un presunto servicio a la Comunidad en modo y medio de vida. Aborrezco, sin embargo, el cinismo de quien, contra viento y marea, sostiene un afán de servicio pleno, sin otra consideración. El político, esa especie autoprotegida, en España genera una casta endógena que se retroalimenta sin ofrecer señales de enmienda. Los medios de comunicación junto a señalados periodistas y tertulianos, coparticipan en este proceso que atenta contra la soberanía popular. Unos pretenden eternizar el statu quo; otros, ayudan a su señor.

El Estado Autonómico tiene un origen incierto. Se adujeron razones históricas poco rigurosas para gestar algunas Comunidades. Las restantes surgieron al amparo de esa falsedad, ahora constatada, de acercar Administración y administrado. Nadie puede negar, a estas alturas, que el sistema pervierte e imposibilita la acción de gobierno auspiciada por el interés general. Hemos creado un adefesio ineficaz, caro y decadente. Su innecesaria existencia nos lleva a la ruina. Él o nosotros; no hay alternativa.

 

 

viernes, 19 de julio de 2013

CON BE DE BÁRCENAS


Resulta comprensible, más allá del límite que señala el marco consuetudinario y familiar, no haber oído la expresión: “con be de burro”. Nuestras mentes infantiles, escolares, se nutrían -se nutren- de ese tópico que el educador esgrime con contundencia e incluso contumacia. Las complejidades ortográficas requieren giros cuya carga nemotécnica ayude a su comprensión y recuerdo. Con be de burro se convierte, soslayando el continente pegadizo, en un mensaje casi onomatopéyico al implicar vocablo y naturaleza cerril. Ello no significa necesariamente que se identifiquen atributo y educando provisional, cuya duda gire alrededor de letra tan comprometedora.

Burro, enseña el DRAE en su acepción primera, significa animal solípedo. Reitero que el objetivo inmediato sobrepasa tal calificativo para ceñirse al tópico que adquiere carácter de información genética. Al menos, ese es el recuerdo que -a pesar del tiempo transcurrido- se mantiene lozano. Pudiera ser, en segundo término, que la mención asnal fuera una simple evocación a tan carismática bestia.

Bárcenas (a quien se le atribuye apodo poco honorable), hoy, se ha vuelto un personaje infame, breve, repelido. Se transmuta con presteza al decir de gentes cercanas, bien conocedoras del portento. De contable modélico, asimismo dechado de cuantiosas virtudes a pesar del alias, pasa en pocos meses a ser el paradigma de todos los desatinos que puedan liberarse. Personifica, gustoso, una larga retahíla de “cualidades” que la picaresca desgrana en cada ratero descrito. Es, sin ningún género de dudas, un villano que acapara mayor desprecio por la casta política que ayer lo encumbraba sin pudor.

Desconozco si el otrora “Luis el cabrón”, hogaño hace honor a su apéndice. La probabilidad existe, pero todo parece indicar que la situación se reduce a una certidumbre que aprehende el subconsciente colectivo  y detalla preciso aquel curioso título de Rojas Zorrilla: “entre bobos anda el juego”. El bombardeo diario de dimes y diretes, verdades corregidas, a medias o matizadas, llevan al convencimiento de que aquí hay tomate, en famoso eslogan publicitario.

La prensa se divide cuando ha de juzgar los famosos “papeles”. Mientras algunos defienden -hasta rebasar lo juicioso- la inocencia de Rajoy junto al resto de presuntos acaparadores, otros -atenazados por idénticas terquedades- deslizan una dimisión presidencial inevitable, según ellos, por insolvencia política. El conflicto está servido. Lo bueno o lo malo (depende del prisma) es que ambas apreciaciones gozan de parecidas probabilidades en relación a su certeza e inexactitud. Cualquier desenlace merece asemejarse a la realidad, aunque sólo una determine la justicia. Hasta es posible un abismo discrepante entre pueblo y juez. El veredicto solemne, definitivo, lo sancionará la calle.

Tertulianos -al compás de los medios- despliegan filias y fobias radicales, sin asomos de encuentro. Insisten en airear preferencias que manan a veces de oscuros veneros. Se dejan llevar más por la avidez que por la consistencia argumental. Dejan al descubierto las entrañas de un dogmatismo tan salvaje como el simpático asno que abría estos renglones. Forjan, al tiempo, comportamientos individuales y colectivos divergentes en lugar de acompasar actitudes que puedan conjugar objetivos irreemplazables. Sin embargo, fruto de su irresponsabilidad, damos la espalda al impulso común y nos quedamos sin fuerza moral para fiscalizar los yerros políticos.

El PP sale en tromba, casi agresivo, defendiendo a Rajoy. La teneduría (sin determinar a qué letra del abecedario responde, porque no hace falta) establece que el presidente, y unos cuantos prohombres del partido, cobró sobresueldos cuando ostentaba cargos gubernamentales. Ahí reside la sutileza al trasgredir la Ley de Incompatibilidades. A mí me parece una estrategia burda basar el crédito de dos personas en supuestos recorridos morales. Se dice de Bárcenas que es un “chorizo” pero Rajoy debía saber el nombre del donante y la magnitud de lo conferido. En estos casos, no existen entregas anónimas ni oferentes encapuchados. ¿Quién atesora más ética, el chorizo o el consentidor? Ambos dejan parecidos pelos en la gatera, viene a condensar tan nauseabundo escenario.

La privación de transparencia contable y el vacío de documentos firmados por quienes recibieron óbolos, no debe considerarse prueba segura de engaño. Tal supuesto supone constatar una disyuntiva plena entre delito y veracidad. Encima, algunos miembros de la cúspide del PP han confesado ser ciertos los apuntes publicados; en concreto los que se aludían a ellos

Zarzuela y costumbre se aglutinan para legitimar ciertos modos. Si las ciencias adelantan que es una barbaridad, también pueden (y deben) avanzar los usos. He aquí el fundamento para cambiar la onomatopeya léxica: hoy toca admirar u odiar el cinismo, la sisa, el disimulo y la desvergüenza que luce la be de Bárcenas.

 

sábado, 6 de julio de 2013

DE LA FARSA, EL PASMO Y LA DESVERGÜENZA


Permítame el gentil lector que, previo al desarrollo del artículo, manifieste cierto apuro a la hora de conceptuar con precisión los espinosos acontecimientos que hoy apunta toda reseña en cualquier medio audiovisual. Aun realizando ímprobos esfuerzos, resulta complicado decidirse por uno u otro vocablo para ajustar la realidad objetiva o para maridar contexto y pálpito. En ocasiones, un sentimiento inducido -más si procede de procesos fraudulentos- provoca  pasmo casi en proporciones equivalentes a aquellos juicios arbitrarios que concitan actitudes paralizantes, desdeñosas; inmutables al vaivén o la opacidad.

Sea cual sea el escenario donde germine, la noticia termina por ubicarse adherida al entorno de un poder multidisciplinar, repelente pero con arrebatadoras propiedades narcóticas. Sólo así puede explicarse el comportamiento parco, irresoluto, absurdo, de una sociedad que fía su suerte no sabe a qué o a quién. Muestra a las claras una parálisis extraña, cimentada -quizás- con fundamentos cuya columna vertebral se compone, casi en exclusiva, de ingredientes inhóspitos. Un muro de incomprensión se levanta poderoso entre electores, gobernantes (casi siempre lejanos) y algún comunicador que rebasa sus líneas naturales para atrincherarse en las cómodas posiciones enemigas. El espíritu del ciudadano/contribuyente naufraga víctima del fuerte oleaje que genera la inconsistencia, el disfraz y la ambición.

No tardamos mucho en sufrir la primera falacia. Tuvo un desarrollo único pero afectó a dos aspectos de la llamada Transición. Si ambos matices del timo causaron pasmo, uno se reduce a consecuencias hipotéticas. El otro lo venimos padeciendo desde entonces y su desenlace se vislumbra engorroso, si no conflictivo. Nos mintieron cuando vertieron sobre Suárez todo tipo de maledicencias sobre su talante y apresto para conducir el cambio de régimen que se le asignó. Este desprestigio malicioso provocó pugnas intestinas, la hecatombe de UCD y el abandono de un político valorado, a posteriori, en su justa medida, a años luz de sus sucesores. No podemos aventurarnos a tasar el efecto Suárez si hubiera continuado algunos años presidiendo el ejecutivo. Su impronta, empero, marcará un hito en la Historia de España.

El Título Octavo de la Constitución, aun presumiendo error, concierto o debilidad, no es negativo en sí mismo. Su desarrollo posterior y una Ley Electoral, que pone al bipartidismo a los pies de mayorías absolutas o de nacionalismos desleales y mercachifles, han impuesto el escenario alarmante en que nos encontramos. Sin embargo, la responsabilidad exclusiva la comparten por igual PP y PSOE. Este oneroso disparate tiene su origen en los años treinta del pasado siglo. Si elucubramos un poco, el PSOE sigue anclado -cuanto menos-  en épocas republicanas. Su estrategia se opone a los intereses nacionales y cree revitalizarse haciendo oposición a un franquismo inexistente. Por su parte, el PP es incapaz de arrojar complejos sin causa. Teme demasiado a etiquetas franquistas y eso les atenaza. Si persisten en tan torpe enfrentamiento extemporáneo, desaparecerán los dos porque Franco es Historia para la mitad de los españoles.

Este primer fraude -a su vez- marca estilo en la política posterior, democrática o no tanto. Resulta de imposible olvido los excesos verbales de un Alfonso Guerra siempre dispuesto a marcar distancias astronómicas entre palabra y obra. Evidenció, además, la mediocridad política cuando la gran masa pasó por el aro que marcara aquel famoso lema: “Quien se mueva no sale en la foto”. A la par, se encontraba un presidente con pátina de estadista y que terminó devorado por una corrupción general. Aznar protagonizó otro colosal fraude al incumplir su promesa de reformar la democracia viciada que le había dejado Felipe González. La mayoría absoluta terminó por endiosar al político cuyo prestigio -liviano- se forjó en el campo económico. De Zapatero y Rajoy mejor corramos un tupido y misericordioso velo.

Hoy, la farsa -tras cuarenta años de padecerlas- ha perdido virulencia en sus efectos sociales pero sigue ocasionando aturdimiento. Ya no importa el señuelo sino la obcecación del político, o comunicador, rendido a la hipocresía más cruda e impúdica. Tertulianos que muestran limitaciones intelectuales, asimismo intolerantes achaques dogmáticos, se empeñan en pergeñar ideas, doctrinas, que atraigan prosélitos a una realidad que anida sólo bajo los aleros de ensueños y quimeras. Despliegan un papel pernicioso y ocupan el vacío crediticio que va dejando el político de turno. Creo que también le viene sobrado ese empleo autoimpuesto de  custodiar la pureza democrática. Yo, en fin, voy de pasmo en pasmo.

Valderas, paradigma de la prédica falsaria, es el canon último, inmediato, inmarcesible, del abismo que suele abrir quien hace de su vida pública profesión definitiva. El respaldo de IU: “Lo hacían miles de ciudadanos” es una declaración ramplona sin soporte ético, preñada de desvergüenza institucional. 

 

viernes, 28 de junio de 2013

ERROR, VOLUNTARIEDAD Y CONVICCIÓN


 

Los últimos tiempos son pródigos en noticias que escapan al límite considerado normal; es decir, ajustaríamos el atributo si las calificamos de prodigiosas. Entre todas, destaca aquella que reseña el informe fiscal, remitido por Hacienda al juez Castro, sobre el patrimonio de la infanta Cristina. Según se desprende del mismo, la señora de Urdangarín  enajenó trece fincas -rústicas y urbanas- por un importe total cercano al millón y medio de euros. Queda oculto el piso, garaje y trastero sitos en Pedralbes. Con gran asombro, no exento de escándalo, la infanta negó que fuera propietaria de esos bienes transferidos, al parecer, únicamente por Montoro. Por el contrario, sí era poseedora del que había vendido en Pedralbes e ignorado por la Agencia Tributaria. 

Tamaña metedura de pata -quizás enjuague lisonjero, tosco y antiestético- comporta un serio atropello a la Ley. Desde obstrucción a la justicia y falsedad en documento público hasta presunta o probable complicidad en evasión fiscal (incluso blanqueo de capitales), los responsables políticos de Hacienda, asimismo, han tomado el pelo a los sufridos contribuyentes. Sin embargo, todo acaba reducido a trece errores; cifra que genera gran recelo popular auspiciado por altas dosis de superstición. Dos yerros  asume esta institución que proclamaba, hace años,  ser de todos y once atribuye  a unos cabezas de turco que merodeaban por allí: notarios y registradores. Hacienda, “nuestra Hacienda”, nos chalanea, exprime, persigue, subestima y maltrata, pero no miente; se equivoca un poco. Bueno, en realidad lo hace Rita. La existencia de “agujeros negros”, inmunes al protocolo asiduo de inspección, son maledicencias de gente suspicaz y desinformada. ¿Captan la ironía?

Ante la alarma social que generan estas noticias -más en el tramo final de la declaración del IRPF- los responsables políticos del ministerio -escondiendo el rostro, perdón quiero decir la cara-  difunden una nota. Expedida con nocturnidad y alevosía (marco tópico de crímenes que conforman el paradigma del relato policiaco), procuró serenar unos ánimos ciertamente revueltos. Su contenido ayudaba poco a conseguir el objetivo. La incidencia, decía, vino de un error  desencadenado por un deneí perverso y con evidente inclinación a repetirse, cual cromo coleccionable, contrariando versiones policiales. Técnicos de este cuerpo, han corroborado la imposibilidad de encontrar dos documentos identificativos con numeración gemela. Doctores tiene la Iglesia. Sea como fuere, la Agencia ha roto no digo ya aguas sino su virginidad. Perdido el juicio que contraviene la pauta que se reconoce como válida (definición de error), según propio testimonio, Hacienda queda deslegitimada para suponer deseo o propósito voluntario los errores de los demás, salvo prueba irrefutable alejada de cualquier estimación subjetiva.

El error es humano, inclusive cuando haya indicios claros de equipararlo -sin maldad- a una actitud descarada de camuflaje. La voluntariedad, siendo personal e intransferible, es un dictamen que realiza alguien ajeno y, por tanto, queda al descubierto, supeditado a conducta (tal vez acomodo) del árbitro. Desde hace meses, mi concepto de la Hacienda Pública arrastraba ciertas dudas respecto a su imparcialidad e higiene. Nuestra mente contributiva anida la idea de que el rasero utilizado, cuando ha de calibrar realidad y declaración, debe aproximarse mucho a la varita del mago que suele aturdir mediante un ocultismo peregrino, advenedizo. Los errores del ciudadano, por nimia que sea la cantidad,  acarrean expedientes sancionadores. Conservo alguna experiencia cercana. Algo más de cuatrocientos euros, provocaron la multa de ciento cinco a consecuencia de un error natural. Creo innecesario examinar las diferencias de proceder con unos y otros. Inadmisible. No pongo en cuarentena, proclamo la dejación de estos políticos que se muestran enérgicos con los débiles y pusilánimes ante los poderosos

Convicción, enseña el diccionario, implica seguridad que tiene alguien sobre la verdad o certeza de lo que piensa o siente. Por crédulo y necio que apunte un ciudadano, con las noticias que sirve el desayuno cada día,  ha de cambiar de actitud y opinión referida a aquellas instituciones que le afectan en su vida ordinaria. Sin duda, una de las que más rechazo produce tiene connotaciones dinerarias. Hoy, percibe informaciones que hablan de enredos, misterio, trato diferenciado. Las conjeturas se truecan certidumbres. El crédito se gana o pierde al compás de acciones concretas, algunas repugnantes. Mal está que el individuo sea engatusado por aventureros que tienen por costumbre inveterada incumplir sus promesas y transacciones. Esto, lo acepta aun de mala gana. Tocarle el bolsillo de manera usurera, ladina y desigual, no tiene escapatoria ni perdón.

Quien posea información, incluso ayuno de suspicacia, tiene el convencimiento, asegura -como lo hago yo- que donde pone la mano un político corrompe su naturaleza y comportamiento. Ha ocurrido con la justicia, educación, Cajas de Ahorro, sentimiento nacional y, por lo intuido, Hacienda. En fin, el orbe institucional. Encima, son soberbios seguramente porque es la forma de expresión más refinada que tiene la estupidez. Ante esta convicción, el pueblo debe oponer una dignidad rocosa, innegociable. No queda otra escapatoria; pundonor frente a exceso, latrocinio y miseria.

 

viernes, 21 de junio de 2013

PP Y PSOE LE VEN LAS OREJAS AL LOBO


Cuando alguien intuye un problema cercano, al acecho, el refranero popular -siempre sabio- proclama que le ve las orejas al lobo. Parece probable que la implicación temor y lobo arranque de una España perdida en los tiempos (ahora apenas quedan lobos, aparte algunos bípedos, que causen estragos importantes). De ahí el fundamento empírico del que surge nuestro proverbio. Sin embargo, la actitud del individuo presa de semejante infortunio, encierra un amplio abanico de respuestas. Los más turbados e irreflexivos, dominados por pulsiones poderosas, emprenden una temeraria huida hacia adelante. Resta el pequeño porcentaje que se somete al influjo ávido de la adrenalina y se prepara para una disputa incierta.

El PP masca el fracaso que acopia su política económica. En la oposición proporcionaba soluciones con aire de suficiencia. Hoy, un PSOE indigente, olvidadizo, cínico, recomienda recetas que no quiso o no supo utilizar meses atrás. Cronos muestra tajante, resoluto, la desvergüenza, el fraude continuo, a que nos somete esta caterva de indocumentados (por utilizar un epíteto suave) que se autodefinen políticos. Recuerdo, dominando la ira, cuando “expertos” prohombres -ubicados a la derecha del hemiciclo- impartían doctrina económica al ejecutivo de un Zapatero nefasto, tragicómico, que dejó un país para el arrastre. Pobre.

Don Mariano, Rajoy, ahonda la crisis y deja al descubierto una ineptitud extraordinaria. Todavía pretende sobrevivir del pasado, de un engaño heredado después del “ejemplar” traspaso de poder, allá por la Navidad de dos mil once. Esgrimir a estas alturas legados ruinosos para ocultar torpezas propias, tiene corto recorrido y termina por aparecer el peligroso efecto búmeran. En menos de dos años, la economía se ha deteriorado enormemente. Paro, deuda, déficit y consumo presentan índices descontrolados o, a su vera, una temperatura gélida. Si añadimos otras cifras coyunturales, asimismo bajo un presunto aderezo culinario, constataremos el agravamiento paulatino de la situación global. Sirva como apunte significativo, particular e inmediato, el hecho de que, de mis cuatro hijos, dos (economistas ambos) están parados. Uno lleva varios años; el otro, es incipiente.

Dicho lo expuesto, la situación –dicen- mejora con ese añadido contradictorio, casi explícito, de que tan esperanzadores presupuestos hay que tomarlos con prudencia. Algunos responsables en la materia: Montoro, de Guindos, Báñez, etc. sustituyen aquellos “brotes verdes” de antaño, tan efímeros que morían sin apenas iniciar su ciclo vital, por señales nuevas pero igual de quiméricas. Aunque las siglas sean diferentes (aun opuestas) la inoperancia, las mentiras, los métodos, los abusos, hasta el afán de apurar la caja común, son idénticos, clónicos. Es una demostración inconcusa -a pesar de los ímprobos esfuerzos que realizan determinados comunicadores para demostrar lo contrario- del escaso denuedo con que nuestra clase política, casta para muchos, afronta la ética social.

Tan afrentoso escenario ha abierto los ojos al contribuyente (antes ciudadano) que despliega, día a día, un desafecto definitivo -lo merecen, cuanto menos- hacia los partidos mayoritarios. Todas las prospecciones electorales evidencian caídas inusuales de PP y PSOE. Puede colegirse, con estos resultados, que el bipartidismo pasa a mejor vida. No sería exagerado predecir la desaparición de los dos, a medio plazo, si no emprenden con urgencia su total restablecimiento. Los retoques resultan insuficientes. El señuelo encandila pero, a la larga, agota cualquier prestigio. Para nada, es mejor abstenerse de hacer algo porque este escenario camaleónico pudiera mantener salvas futuras expectativas. 

Confío poco, mejor dicho, recelo totalmente en la inteligencia del político. Cálculo e incentivos son lastres que enturbian el natural discernir y proceder. PP y PSOE le han visto las orejas al lobo. Inquietos, empiezan a tomar medidas para defender sus privilegios (patente de corso, para algunos) y alejar ulteriores competidores a esa carroña en que han convertido el país. El aumento exponencial de IU, UPyD, incluso C’s (Ciudadanos) si diera el salto al ámbito nacional, amén del batacazo que se pronostica a ambos partidos mayoritarios, ha conseguido lo que jamás logró el interés general: alcanzar acuerdos plenos. Deben reconocer la dificultad que entrañará formar gobiernos estables, tranquilos. Uno y otro temen colaboraciones con la exigencia firme de cambios en la Ley Electoral y el consiguiente reparto de la tarta.

Ayer se escenificó el primer acto de esta defensa mutua. La excusa fue el apoyo institucional del PSOE al ejecutivo para fortalecer la posición de España en el próximo “tour de force” europeo. Sospecho que el verdadero fondo tiende a confundir al personal, levantar una cortina de humo que difumine u oculte la realidad. Pretenden, al final, llegar a acuerdos de legislatura, sin levantar sospechas, para que Rajoy y Rubalcaba (totalmente amortizados) sigan, pese a todo, en sus respectivas poltronas protagonizando gobiernos que prodiguen viejas y nuevas concesiones. Tras el hallazgo espectacular de la autarquía democrática, sólo les queda -al estilo del sabio griego- entonar a dúo un armónico y glorificador: ¡Eureka!

Días de vino y rosas, en este entorno dramático para muchos españoles, suelen traer inesperadas tormentas políticas. Ándense con cuidado, ciegos y sordos que viven del erario.

 

sábado, 15 de junio de 2013

PENSIONES Y CRISIS



Desde hace un tiempo, los medios de comunicación centran sus programas serios (incluso los no tanto) en el vano empeño de aclarar qué atributos mostrarán las futuras pensiones. Desconocen si la tormenta venidera afectará o no a las actuales. Todo son dimes y diretes, opiniones fundadas en otras -es decir, infundadas- y análisis rigurosos hechos por expertos que apetecen hacer digerible un sistema indigesto. Nadie parece dispuesto a sustituirlo; evaluar al menos, otras perspectivas del conflicto. Lo lógico es arrinconar aquello que observamos pernicioso, obsoleto, inoperante, para reemplazarlo por algo nuevo previo ajuste facultativo para que el cambio sea ajustado y proporcional. Seguir sujetos al anacronismo es ubicarse permanentemente cerca de la angustia.

Se comenta la naturaleza timadora de este solidario pero complejo y desequilibrado sistema. Pareciera razonable confirmar uno mixto, paliativo e interino, hasta concluir el postrimero totalmente privado. Su eficacia y rentabilidad ofrecen pocas dudas en países donde ya se ha instituido. Restaría para el Estado una función importantísima: garantizar mediante leyes precisas, asimismo arbitrajes, las aportaciones del ciudadano en general, sea o no trabajador “stricto sensu”. Así, entidades financieras y aseguradoras se guardarían muy mucho de expoliar capitales ajenos con apalancamientos perversos u otras aventuras contables.

Me pregunto, quizás impetuoso, si las informaciones manan de forma espontánea o provienen de una fuente interesada, ladina. No excluyo ninguna probabilidad, pues la experiencia aconseja poner en cuarentena hasta las apreciaciones más sensatas a priori, si es que alguna debiera considerarse tal sin rozar el infantilismo. Mientras, siete millones (más o menos) de jubilados dormitan, a lo peor velan, bajo ruidosos compases que acompañan a mensajes alarmantes. Olvidamos, al tiempo, el eco -de igual vigor- que alimenta el paro; pasto tóxico cuyo principio activo afecta lentamente a una sociedad que, a poco, va perdiendo la robustez heredada de sus ancestros.

El gobierno (digo) voluntarioso, populista, a lo mejor contrito, ha reunido un “comité de expertos” con el objetivo de enmendar, enderezar, el ocaso de la norma que se prevé cercano. Hay coincidencia en que la explosión demográfica de los años setenta, la involución posterior y el aumento progresivo de la esperanza de vida, sumadas al paro coyuntural (que deviene estructural por largo tiempo), hace inviable el actual sistema. Sin embargo, obcecados como pocos, seguimos amarrados al mismo remo y, a través de un confuso Factor de Revalorización Anual, dicen los sabios que podemos hallar un milagroso “factor de sostenibilidad”. Aparte, el ejecutivo -en un alarde semántico- se inventa la “desindexación” para definir un IPC descafeinado y aplicable sólo a los intereses del cocinero jefe. Llegados a este punto, recuerdo la censura que expresó Eugenio d’Ors a un camarero que le derramó parte de una botella de cava, al intentar abrirla de forma espectacular: “Los experimentos con gaseosa, joven”.

La crisis se conlleva gracias a los pensionistas junto a una tupida red de economía sumergida. Esta, en principio, sufre la suave presión de un gobierno que considera negativo tensar seriamente la cuerda. Por este motivo aplica advertencias retóricas sin pasar a la acción. Realiza una táctica injusta pero necesaria para mantener una paz social bastante precaria. El statu quo es suficiente razón de Estado. Su quiebra, en estos momentos críticos, supondría la mayor irresponsabilidad que gobernante alguno pudiera asumir.

Es conocido el papel que vienen desempeñando las clases pasivas desde hace años. Quién no conoce casos en que la pensión, complementada a veces por los ahorros atesorados a lo largo de toda una vida laboral, sirvió a hijos y nietos para aguantar los embates de una crisis dramática. Incluso, como último e ingrato remedio, algunos abuelos tuvieron que abandonar costosas residencias a fin de subsistir familias enteras. Hoy, el escenario empeora porque apenas quedan ahorros; las pensiones no alcanzar a atender tanto familiar y, encima, hay una merma continua del poder adquisitivo, aparte los probables ajustes que se vislumbran en el horizonte.

 La ambiciosa ceguera de unos políticos indigentes que no quieren limitar sus prebendas, está consiguiendo reducir el colchón que modera los efectos lesivos de una crisis profunda y larga. Al tiempo, tan desmedida asfixia fiscal junto al devaneo con el mundo financiero, extermina la clase media y destruye el tejido industrial, auténticos pilares del Estado que (emulando a Luis XIV) “son ellos”. ¿Serán capaces de matar la gallina de los huevos de oro? ¿Ustedes qué creen?