viernes, 26 de julio de 2013

ENGAÑIFA Y RUINA


Recuerdo el argumentario reiterado, cansino, del constitucionalista para justificar el Estado Autonómico. Acercar la Administración al contribuyente (ciudadano por aquel entonces), etiqueta que quizás fuera un señuelo perfecto, componía la columna vertebral de su “esfuerzo”. Aquel ardor, aquella pasión de púlpito, sedujo -como no podía ser menos- a un español desprevenido, ansioso por conocer el sustento democrático. Auguraban, tras casi cuarenta años de penosa andadura por un desierto inhóspito, la tierra prometida. Percibiríamos un horizonte gozoso, cercano a esa Jauja paradisiaca y próspera. Gozaríamos de unos padres de la patria atentos y bizarros. Eso sí, nosotros seríamos sus hijos putativos. Lo aireaban -del rey abajo- quienes ofrecían nuevos tiempos, usos y oportunidades.

Llevamos en democracia el mismo tiempo que soportamos la dictadura. Cuatro decenios son suficientes para constatar si las hipótesis iniciales se ajustan a la realidad que nos  perfilaron o si, por el contrario, procede revisar el conjunto a fondo. Lejos de una pareidolia bastante cotidiana, tengo buenas razones para afirmar rotundamente que el Estado Autonómico -tal cual está instituido- no mejora, ni mucho menos enriquece, la gestión que se oferta al ciudadano. Al revés; diluida, codiciosa y agigantada (aunque algunos términos parezcan contradictorios, no lo son) la institución nacional y, en el mismo sentido, las autonómicas sumergen en el caos a un individuo poco acostumbrado a los devaneos administrativos.

Conozco el caso próximo de una señora casi centenaria. Nacida en Cuenca provincia, pasa el año -alternativamente- en Madrid y Valencia, excepto el mes de agosto que lo hace en Cuenca. Sus hijas están hartas de gestionar la cartilla sanitaria, las medicinas y, sobre todo, los pañales. Son tres comunidades aledañas pero divergentes en métodos y procedimientos sanitarios. Un absurdo desasosiego se adueña de la situación. Desconozco si el caso supone, o integra, la famosa excepción que confirma la regla. Me aventuraría a conjeturar multitud de ellos en otras áreas de la administración pública. Lo que aseguro es la veracidad del relato, pues se trata de mi suegra.

Parece evidente, por tanto, que las causas verdaderas, por las que se instauró un sistema autonómico, distan mucho de aquellas que constitucionalistas y gerifaltes en general proclamaron a pleno pulmón. Ese juez inapelable llamado Cronos, ha dictado sentencia y sus votos particulares dejan al descubierto demasiadas mentiras, asimismo felonías. Da igual. El político se ríe de las formas, incluso de las que asientan y fortalecen la democracia. Convierte su crédito liberal en una chistera de la que salen, ora palomas de paz ora ofrendas florales capaces de mistificar a un auditorio proclive.

Hay una discrepancia clara entre la morbidez que presenta una Administración bulímica y su inoperancia. De los tres millones de funcionarios que conforman tan descomunal entidad, más de la mitad provienen del enchufe, la arbitrariedad y la deuda satisfecha. Causa extrañeza que gobernantes de todo signo y estamento necesiten, verbigracia, asesores -algunos indocumentados- cuando disponen de expertos técnicos con oposición. Por esto, el lego más  obtuso en negocios prevé la inviabilidad económica del Estado Autonómico. Su única arma es el sentido común; cuya incuria e indigencia se manifiesta en políticos al uso. Probablemente hagan oídos sordos para no tirar piedras a su tejado; es decir, se resistan a matar la gallina de los huevos de oro.

Veo lógico que cada cual ambicione engordar su cartera, avivar un estadio ventajoso; en definitiva, convertir un presunto servicio a la Comunidad en modo y medio de vida. Aborrezco, sin embargo, el cinismo de quien, contra viento y marea, sostiene un afán de servicio pleno, sin otra consideración. El político, esa especie autoprotegida, en España genera una casta endógena que se retroalimenta sin ofrecer señales de enmienda. Los medios de comunicación junto a señalados periodistas y tertulianos, coparticipan en este proceso que atenta contra la soberanía popular. Unos pretenden eternizar el statu quo; otros, ayudan a su señor.

El Estado Autonómico tiene un origen incierto. Se adujeron razones históricas poco rigurosas para gestar algunas Comunidades. Las restantes surgieron al amparo de esa falsedad, ahora constatada, de acercar Administración y administrado. Nadie puede negar, a estas alturas, que el sistema pervierte e imposibilita la acción de gobierno auspiciada por el interés general. Hemos creado un adefesio ineficaz, caro y decadente. Su innecesaria existencia nos lleva a la ruina. Él o nosotros; no hay alternativa.

 

 

viernes, 19 de julio de 2013

CON BE DE BÁRCENAS


Resulta comprensible, más allá del límite que señala el marco consuetudinario y familiar, no haber oído la expresión: “con be de burro”. Nuestras mentes infantiles, escolares, se nutrían -se nutren- de ese tópico que el educador esgrime con contundencia e incluso contumacia. Las complejidades ortográficas requieren giros cuya carga nemotécnica ayude a su comprensión y recuerdo. Con be de burro se convierte, soslayando el continente pegadizo, en un mensaje casi onomatopéyico al implicar vocablo y naturaleza cerril. Ello no significa necesariamente que se identifiquen atributo y educando provisional, cuya duda gire alrededor de letra tan comprometedora.

Burro, enseña el DRAE en su acepción primera, significa animal solípedo. Reitero que el objetivo inmediato sobrepasa tal calificativo para ceñirse al tópico que adquiere carácter de información genética. Al menos, ese es el recuerdo que -a pesar del tiempo transcurrido- se mantiene lozano. Pudiera ser, en segundo término, que la mención asnal fuera una simple evocación a tan carismática bestia.

Bárcenas (a quien se le atribuye apodo poco honorable), hoy, se ha vuelto un personaje infame, breve, repelido. Se transmuta con presteza al decir de gentes cercanas, bien conocedoras del portento. De contable modélico, asimismo dechado de cuantiosas virtudes a pesar del alias, pasa en pocos meses a ser el paradigma de todos los desatinos que puedan liberarse. Personifica, gustoso, una larga retahíla de “cualidades” que la picaresca desgrana en cada ratero descrito. Es, sin ningún género de dudas, un villano que acapara mayor desprecio por la casta política que ayer lo encumbraba sin pudor.

Desconozco si el otrora “Luis el cabrón”, hogaño hace honor a su apéndice. La probabilidad existe, pero todo parece indicar que la situación se reduce a una certidumbre que aprehende el subconsciente colectivo  y detalla preciso aquel curioso título de Rojas Zorrilla: “entre bobos anda el juego”. El bombardeo diario de dimes y diretes, verdades corregidas, a medias o matizadas, llevan al convencimiento de que aquí hay tomate, en famoso eslogan publicitario.

La prensa se divide cuando ha de juzgar los famosos “papeles”. Mientras algunos defienden -hasta rebasar lo juicioso- la inocencia de Rajoy junto al resto de presuntos acaparadores, otros -atenazados por idénticas terquedades- deslizan una dimisión presidencial inevitable, según ellos, por insolvencia política. El conflicto está servido. Lo bueno o lo malo (depende del prisma) es que ambas apreciaciones gozan de parecidas probabilidades en relación a su certeza e inexactitud. Cualquier desenlace merece asemejarse a la realidad, aunque sólo una determine la justicia. Hasta es posible un abismo discrepante entre pueblo y juez. El veredicto solemne, definitivo, lo sancionará la calle.

Tertulianos -al compás de los medios- despliegan filias y fobias radicales, sin asomos de encuentro. Insisten en airear preferencias que manan a veces de oscuros veneros. Se dejan llevar más por la avidez que por la consistencia argumental. Dejan al descubierto las entrañas de un dogmatismo tan salvaje como el simpático asno que abría estos renglones. Forjan, al tiempo, comportamientos individuales y colectivos divergentes en lugar de acompasar actitudes que puedan conjugar objetivos irreemplazables. Sin embargo, fruto de su irresponsabilidad, damos la espalda al impulso común y nos quedamos sin fuerza moral para fiscalizar los yerros políticos.

El PP sale en tromba, casi agresivo, defendiendo a Rajoy. La teneduría (sin determinar a qué letra del abecedario responde, porque no hace falta) establece que el presidente, y unos cuantos prohombres del partido, cobró sobresueldos cuando ostentaba cargos gubernamentales. Ahí reside la sutileza al trasgredir la Ley de Incompatibilidades. A mí me parece una estrategia burda basar el crédito de dos personas en supuestos recorridos morales. Se dice de Bárcenas que es un “chorizo” pero Rajoy debía saber el nombre del donante y la magnitud de lo conferido. En estos casos, no existen entregas anónimas ni oferentes encapuchados. ¿Quién atesora más ética, el chorizo o el consentidor? Ambos dejan parecidos pelos en la gatera, viene a condensar tan nauseabundo escenario.

La privación de transparencia contable y el vacío de documentos firmados por quienes recibieron óbolos, no debe considerarse prueba segura de engaño. Tal supuesto supone constatar una disyuntiva plena entre delito y veracidad. Encima, algunos miembros de la cúspide del PP han confesado ser ciertos los apuntes publicados; en concreto los que se aludían a ellos

Zarzuela y costumbre se aglutinan para legitimar ciertos modos. Si las ciencias adelantan que es una barbaridad, también pueden (y deben) avanzar los usos. He aquí el fundamento para cambiar la onomatopeya léxica: hoy toca admirar u odiar el cinismo, la sisa, el disimulo y la desvergüenza que luce la be de Bárcenas.

 

sábado, 6 de julio de 2013

DE LA FARSA, EL PASMO Y LA DESVERGÜENZA


Permítame el gentil lector que, previo al desarrollo del artículo, manifieste cierto apuro a la hora de conceptuar con precisión los espinosos acontecimientos que hoy apunta toda reseña en cualquier medio audiovisual. Aun realizando ímprobos esfuerzos, resulta complicado decidirse por uno u otro vocablo para ajustar la realidad objetiva o para maridar contexto y pálpito. En ocasiones, un sentimiento inducido -más si procede de procesos fraudulentos- provoca  pasmo casi en proporciones equivalentes a aquellos juicios arbitrarios que concitan actitudes paralizantes, desdeñosas; inmutables al vaivén o la opacidad.

Sea cual sea el escenario donde germine, la noticia termina por ubicarse adherida al entorno de un poder multidisciplinar, repelente pero con arrebatadoras propiedades narcóticas. Sólo así puede explicarse el comportamiento parco, irresoluto, absurdo, de una sociedad que fía su suerte no sabe a qué o a quién. Muestra a las claras una parálisis extraña, cimentada -quizás- con fundamentos cuya columna vertebral se compone, casi en exclusiva, de ingredientes inhóspitos. Un muro de incomprensión se levanta poderoso entre electores, gobernantes (casi siempre lejanos) y algún comunicador que rebasa sus líneas naturales para atrincherarse en las cómodas posiciones enemigas. El espíritu del ciudadano/contribuyente naufraga víctima del fuerte oleaje que genera la inconsistencia, el disfraz y la ambición.

No tardamos mucho en sufrir la primera falacia. Tuvo un desarrollo único pero afectó a dos aspectos de la llamada Transición. Si ambos matices del timo causaron pasmo, uno se reduce a consecuencias hipotéticas. El otro lo venimos padeciendo desde entonces y su desenlace se vislumbra engorroso, si no conflictivo. Nos mintieron cuando vertieron sobre Suárez todo tipo de maledicencias sobre su talante y apresto para conducir el cambio de régimen que se le asignó. Este desprestigio malicioso provocó pugnas intestinas, la hecatombe de UCD y el abandono de un político valorado, a posteriori, en su justa medida, a años luz de sus sucesores. No podemos aventurarnos a tasar el efecto Suárez si hubiera continuado algunos años presidiendo el ejecutivo. Su impronta, empero, marcará un hito en la Historia de España.

El Título Octavo de la Constitución, aun presumiendo error, concierto o debilidad, no es negativo en sí mismo. Su desarrollo posterior y una Ley Electoral, que pone al bipartidismo a los pies de mayorías absolutas o de nacionalismos desleales y mercachifles, han impuesto el escenario alarmante en que nos encontramos. Sin embargo, la responsabilidad exclusiva la comparten por igual PP y PSOE. Este oneroso disparate tiene su origen en los años treinta del pasado siglo. Si elucubramos un poco, el PSOE sigue anclado -cuanto menos-  en épocas republicanas. Su estrategia se opone a los intereses nacionales y cree revitalizarse haciendo oposición a un franquismo inexistente. Por su parte, el PP es incapaz de arrojar complejos sin causa. Teme demasiado a etiquetas franquistas y eso les atenaza. Si persisten en tan torpe enfrentamiento extemporáneo, desaparecerán los dos porque Franco es Historia para la mitad de los españoles.

Este primer fraude -a su vez- marca estilo en la política posterior, democrática o no tanto. Resulta de imposible olvido los excesos verbales de un Alfonso Guerra siempre dispuesto a marcar distancias astronómicas entre palabra y obra. Evidenció, además, la mediocridad política cuando la gran masa pasó por el aro que marcara aquel famoso lema: “Quien se mueva no sale en la foto”. A la par, se encontraba un presidente con pátina de estadista y que terminó devorado por una corrupción general. Aznar protagonizó otro colosal fraude al incumplir su promesa de reformar la democracia viciada que le había dejado Felipe González. La mayoría absoluta terminó por endiosar al político cuyo prestigio -liviano- se forjó en el campo económico. De Zapatero y Rajoy mejor corramos un tupido y misericordioso velo.

Hoy, la farsa -tras cuarenta años de padecerlas- ha perdido virulencia en sus efectos sociales pero sigue ocasionando aturdimiento. Ya no importa el señuelo sino la obcecación del político, o comunicador, rendido a la hipocresía más cruda e impúdica. Tertulianos que muestran limitaciones intelectuales, asimismo intolerantes achaques dogmáticos, se empeñan en pergeñar ideas, doctrinas, que atraigan prosélitos a una realidad que anida sólo bajo los aleros de ensueños y quimeras. Despliegan un papel pernicioso y ocupan el vacío crediticio que va dejando el político de turno. Creo que también le viene sobrado ese empleo autoimpuesto de  custodiar la pureza democrática. Yo, en fin, voy de pasmo en pasmo.

Valderas, paradigma de la prédica falsaria, es el canon último, inmediato, inmarcesible, del abismo que suele abrir quien hace de su vida pública profesión definitiva. El respaldo de IU: “Lo hacían miles de ciudadanos” es una declaración ramplona sin soporte ético, preñada de desvergüenza institucional. 

 

viernes, 28 de junio de 2013

ERROR, VOLUNTARIEDAD Y CONVICCIÓN


 

Los últimos tiempos son pródigos en noticias que escapan al límite considerado normal; es decir, ajustaríamos el atributo si las calificamos de prodigiosas. Entre todas, destaca aquella que reseña el informe fiscal, remitido por Hacienda al juez Castro, sobre el patrimonio de la infanta Cristina. Según se desprende del mismo, la señora de Urdangarín  enajenó trece fincas -rústicas y urbanas- por un importe total cercano al millón y medio de euros. Queda oculto el piso, garaje y trastero sitos en Pedralbes. Con gran asombro, no exento de escándalo, la infanta negó que fuera propietaria de esos bienes transferidos, al parecer, únicamente por Montoro. Por el contrario, sí era poseedora del que había vendido en Pedralbes e ignorado por la Agencia Tributaria. 

Tamaña metedura de pata -quizás enjuague lisonjero, tosco y antiestético- comporta un serio atropello a la Ley. Desde obstrucción a la justicia y falsedad en documento público hasta presunta o probable complicidad en evasión fiscal (incluso blanqueo de capitales), los responsables políticos de Hacienda, asimismo, han tomado el pelo a los sufridos contribuyentes. Sin embargo, todo acaba reducido a trece errores; cifra que genera gran recelo popular auspiciado por altas dosis de superstición. Dos yerros  asume esta institución que proclamaba, hace años,  ser de todos y once atribuye  a unos cabezas de turco que merodeaban por allí: notarios y registradores. Hacienda, “nuestra Hacienda”, nos chalanea, exprime, persigue, subestima y maltrata, pero no miente; se equivoca un poco. Bueno, en realidad lo hace Rita. La existencia de “agujeros negros”, inmunes al protocolo asiduo de inspección, son maledicencias de gente suspicaz y desinformada. ¿Captan la ironía?

Ante la alarma social que generan estas noticias -más en el tramo final de la declaración del IRPF- los responsables políticos del ministerio -escondiendo el rostro, perdón quiero decir la cara-  difunden una nota. Expedida con nocturnidad y alevosía (marco tópico de crímenes que conforman el paradigma del relato policiaco), procuró serenar unos ánimos ciertamente revueltos. Su contenido ayudaba poco a conseguir el objetivo. La incidencia, decía, vino de un error  desencadenado por un deneí perverso y con evidente inclinación a repetirse, cual cromo coleccionable, contrariando versiones policiales. Técnicos de este cuerpo, han corroborado la imposibilidad de encontrar dos documentos identificativos con numeración gemela. Doctores tiene la Iglesia. Sea como fuere, la Agencia ha roto no digo ya aguas sino su virginidad. Perdido el juicio que contraviene la pauta que se reconoce como válida (definición de error), según propio testimonio, Hacienda queda deslegitimada para suponer deseo o propósito voluntario los errores de los demás, salvo prueba irrefutable alejada de cualquier estimación subjetiva.

El error es humano, inclusive cuando haya indicios claros de equipararlo -sin maldad- a una actitud descarada de camuflaje. La voluntariedad, siendo personal e intransferible, es un dictamen que realiza alguien ajeno y, por tanto, queda al descubierto, supeditado a conducta (tal vez acomodo) del árbitro. Desde hace meses, mi concepto de la Hacienda Pública arrastraba ciertas dudas respecto a su imparcialidad e higiene. Nuestra mente contributiva anida la idea de que el rasero utilizado, cuando ha de calibrar realidad y declaración, debe aproximarse mucho a la varita del mago que suele aturdir mediante un ocultismo peregrino, advenedizo. Los errores del ciudadano, por nimia que sea la cantidad,  acarrean expedientes sancionadores. Conservo alguna experiencia cercana. Algo más de cuatrocientos euros, provocaron la multa de ciento cinco a consecuencia de un error natural. Creo innecesario examinar las diferencias de proceder con unos y otros. Inadmisible. No pongo en cuarentena, proclamo la dejación de estos políticos que se muestran enérgicos con los débiles y pusilánimes ante los poderosos

Convicción, enseña el diccionario, implica seguridad que tiene alguien sobre la verdad o certeza de lo que piensa o siente. Por crédulo y necio que apunte un ciudadano, con las noticias que sirve el desayuno cada día,  ha de cambiar de actitud y opinión referida a aquellas instituciones que le afectan en su vida ordinaria. Sin duda, una de las que más rechazo produce tiene connotaciones dinerarias. Hoy, percibe informaciones que hablan de enredos, misterio, trato diferenciado. Las conjeturas se truecan certidumbres. El crédito se gana o pierde al compás de acciones concretas, algunas repugnantes. Mal está que el individuo sea engatusado por aventureros que tienen por costumbre inveterada incumplir sus promesas y transacciones. Esto, lo acepta aun de mala gana. Tocarle el bolsillo de manera usurera, ladina y desigual, no tiene escapatoria ni perdón.

Quien posea información, incluso ayuno de suspicacia, tiene el convencimiento, asegura -como lo hago yo- que donde pone la mano un político corrompe su naturaleza y comportamiento. Ha ocurrido con la justicia, educación, Cajas de Ahorro, sentimiento nacional y, por lo intuido, Hacienda. En fin, el orbe institucional. Encima, son soberbios seguramente porque es la forma de expresión más refinada que tiene la estupidez. Ante esta convicción, el pueblo debe oponer una dignidad rocosa, innegociable. No queda otra escapatoria; pundonor frente a exceso, latrocinio y miseria.

 

viernes, 21 de junio de 2013

PP Y PSOE LE VEN LAS OREJAS AL LOBO


Cuando alguien intuye un problema cercano, al acecho, el refranero popular -siempre sabio- proclama que le ve las orejas al lobo. Parece probable que la implicación temor y lobo arranque de una España perdida en los tiempos (ahora apenas quedan lobos, aparte algunos bípedos, que causen estragos importantes). De ahí el fundamento empírico del que surge nuestro proverbio. Sin embargo, la actitud del individuo presa de semejante infortunio, encierra un amplio abanico de respuestas. Los más turbados e irreflexivos, dominados por pulsiones poderosas, emprenden una temeraria huida hacia adelante. Resta el pequeño porcentaje que se somete al influjo ávido de la adrenalina y se prepara para una disputa incierta.

El PP masca el fracaso que acopia su política económica. En la oposición proporcionaba soluciones con aire de suficiencia. Hoy, un PSOE indigente, olvidadizo, cínico, recomienda recetas que no quiso o no supo utilizar meses atrás. Cronos muestra tajante, resoluto, la desvergüenza, el fraude continuo, a que nos somete esta caterva de indocumentados (por utilizar un epíteto suave) que se autodefinen políticos. Recuerdo, dominando la ira, cuando “expertos” prohombres -ubicados a la derecha del hemiciclo- impartían doctrina económica al ejecutivo de un Zapatero nefasto, tragicómico, que dejó un país para el arrastre. Pobre.

Don Mariano, Rajoy, ahonda la crisis y deja al descubierto una ineptitud extraordinaria. Todavía pretende sobrevivir del pasado, de un engaño heredado después del “ejemplar” traspaso de poder, allá por la Navidad de dos mil once. Esgrimir a estas alturas legados ruinosos para ocultar torpezas propias, tiene corto recorrido y termina por aparecer el peligroso efecto búmeran. En menos de dos años, la economía se ha deteriorado enormemente. Paro, deuda, déficit y consumo presentan índices descontrolados o, a su vera, una temperatura gélida. Si añadimos otras cifras coyunturales, asimismo bajo un presunto aderezo culinario, constataremos el agravamiento paulatino de la situación global. Sirva como apunte significativo, particular e inmediato, el hecho de que, de mis cuatro hijos, dos (economistas ambos) están parados. Uno lleva varios años; el otro, es incipiente.

Dicho lo expuesto, la situación –dicen- mejora con ese añadido contradictorio, casi explícito, de que tan esperanzadores presupuestos hay que tomarlos con prudencia. Algunos responsables en la materia: Montoro, de Guindos, Báñez, etc. sustituyen aquellos “brotes verdes” de antaño, tan efímeros que morían sin apenas iniciar su ciclo vital, por señales nuevas pero igual de quiméricas. Aunque las siglas sean diferentes (aun opuestas) la inoperancia, las mentiras, los métodos, los abusos, hasta el afán de apurar la caja común, son idénticos, clónicos. Es una demostración inconcusa -a pesar de los ímprobos esfuerzos que realizan determinados comunicadores para demostrar lo contrario- del escaso denuedo con que nuestra clase política, casta para muchos, afronta la ética social.

Tan afrentoso escenario ha abierto los ojos al contribuyente (antes ciudadano) que despliega, día a día, un desafecto definitivo -lo merecen, cuanto menos- hacia los partidos mayoritarios. Todas las prospecciones electorales evidencian caídas inusuales de PP y PSOE. Puede colegirse, con estos resultados, que el bipartidismo pasa a mejor vida. No sería exagerado predecir la desaparición de los dos, a medio plazo, si no emprenden con urgencia su total restablecimiento. Los retoques resultan insuficientes. El señuelo encandila pero, a la larga, agota cualquier prestigio. Para nada, es mejor abstenerse de hacer algo porque este escenario camaleónico pudiera mantener salvas futuras expectativas. 

Confío poco, mejor dicho, recelo totalmente en la inteligencia del político. Cálculo e incentivos son lastres que enturbian el natural discernir y proceder. PP y PSOE le han visto las orejas al lobo. Inquietos, empiezan a tomar medidas para defender sus privilegios (patente de corso, para algunos) y alejar ulteriores competidores a esa carroña en que han convertido el país. El aumento exponencial de IU, UPyD, incluso C’s (Ciudadanos) si diera el salto al ámbito nacional, amén del batacazo que se pronostica a ambos partidos mayoritarios, ha conseguido lo que jamás logró el interés general: alcanzar acuerdos plenos. Deben reconocer la dificultad que entrañará formar gobiernos estables, tranquilos. Uno y otro temen colaboraciones con la exigencia firme de cambios en la Ley Electoral y el consiguiente reparto de la tarta.

Ayer se escenificó el primer acto de esta defensa mutua. La excusa fue el apoyo institucional del PSOE al ejecutivo para fortalecer la posición de España en el próximo “tour de force” europeo. Sospecho que el verdadero fondo tiende a confundir al personal, levantar una cortina de humo que difumine u oculte la realidad. Pretenden, al final, llegar a acuerdos de legislatura, sin levantar sospechas, para que Rajoy y Rubalcaba (totalmente amortizados) sigan, pese a todo, en sus respectivas poltronas protagonizando gobiernos que prodiguen viejas y nuevas concesiones. Tras el hallazgo espectacular de la autarquía democrática, sólo les queda -al estilo del sabio griego- entonar a dúo un armónico y glorificador: ¡Eureka!

Días de vino y rosas, en este entorno dramático para muchos españoles, suelen traer inesperadas tormentas políticas. Ándense con cuidado, ciegos y sordos que viven del erario.

 

sábado, 15 de junio de 2013

PENSIONES Y CRISIS



Desde hace un tiempo, los medios de comunicación centran sus programas serios (incluso los no tanto) en el vano empeño de aclarar qué atributos mostrarán las futuras pensiones. Desconocen si la tormenta venidera afectará o no a las actuales. Todo son dimes y diretes, opiniones fundadas en otras -es decir, infundadas- y análisis rigurosos hechos por expertos que apetecen hacer digerible un sistema indigesto. Nadie parece dispuesto a sustituirlo; evaluar al menos, otras perspectivas del conflicto. Lo lógico es arrinconar aquello que observamos pernicioso, obsoleto, inoperante, para reemplazarlo por algo nuevo previo ajuste facultativo para que el cambio sea ajustado y proporcional. Seguir sujetos al anacronismo es ubicarse permanentemente cerca de la angustia.

Se comenta la naturaleza timadora de este solidario pero complejo y desequilibrado sistema. Pareciera razonable confirmar uno mixto, paliativo e interino, hasta concluir el postrimero totalmente privado. Su eficacia y rentabilidad ofrecen pocas dudas en países donde ya se ha instituido. Restaría para el Estado una función importantísima: garantizar mediante leyes precisas, asimismo arbitrajes, las aportaciones del ciudadano en general, sea o no trabajador “stricto sensu”. Así, entidades financieras y aseguradoras se guardarían muy mucho de expoliar capitales ajenos con apalancamientos perversos u otras aventuras contables.

Me pregunto, quizás impetuoso, si las informaciones manan de forma espontánea o provienen de una fuente interesada, ladina. No excluyo ninguna probabilidad, pues la experiencia aconseja poner en cuarentena hasta las apreciaciones más sensatas a priori, si es que alguna debiera considerarse tal sin rozar el infantilismo. Mientras, siete millones (más o menos) de jubilados dormitan, a lo peor velan, bajo ruidosos compases que acompañan a mensajes alarmantes. Olvidamos, al tiempo, el eco -de igual vigor- que alimenta el paro; pasto tóxico cuyo principio activo afecta lentamente a una sociedad que, a poco, va perdiendo la robustez heredada de sus ancestros.

El gobierno (digo) voluntarioso, populista, a lo mejor contrito, ha reunido un “comité de expertos” con el objetivo de enmendar, enderezar, el ocaso de la norma que se prevé cercano. Hay coincidencia en que la explosión demográfica de los años setenta, la involución posterior y el aumento progresivo de la esperanza de vida, sumadas al paro coyuntural (que deviene estructural por largo tiempo), hace inviable el actual sistema. Sin embargo, obcecados como pocos, seguimos amarrados al mismo remo y, a través de un confuso Factor de Revalorización Anual, dicen los sabios que podemos hallar un milagroso “factor de sostenibilidad”. Aparte, el ejecutivo -en un alarde semántico- se inventa la “desindexación” para definir un IPC descafeinado y aplicable sólo a los intereses del cocinero jefe. Llegados a este punto, recuerdo la censura que expresó Eugenio d’Ors a un camarero que le derramó parte de una botella de cava, al intentar abrirla de forma espectacular: “Los experimentos con gaseosa, joven”.

La crisis se conlleva gracias a los pensionistas junto a una tupida red de economía sumergida. Esta, en principio, sufre la suave presión de un gobierno que considera negativo tensar seriamente la cuerda. Por este motivo aplica advertencias retóricas sin pasar a la acción. Realiza una táctica injusta pero necesaria para mantener una paz social bastante precaria. El statu quo es suficiente razón de Estado. Su quiebra, en estos momentos críticos, supondría la mayor irresponsabilidad que gobernante alguno pudiera asumir.

Es conocido el papel que vienen desempeñando las clases pasivas desde hace años. Quién no conoce casos en que la pensión, complementada a veces por los ahorros atesorados a lo largo de toda una vida laboral, sirvió a hijos y nietos para aguantar los embates de una crisis dramática. Incluso, como último e ingrato remedio, algunos abuelos tuvieron que abandonar costosas residencias a fin de subsistir familias enteras. Hoy, el escenario empeora porque apenas quedan ahorros; las pensiones no alcanzar a atender tanto familiar y, encima, hay una merma continua del poder adquisitivo, aparte los probables ajustes que se vislumbran en el horizonte.

 La ambiciosa ceguera de unos políticos indigentes que no quieren limitar sus prebendas, está consiguiendo reducir el colchón que modera los efectos lesivos de una crisis profunda y larga. Al tiempo, tan desmedida asfixia fiscal junto al devaneo con el mundo financiero, extermina la clase media y destruye el tejido industrial, auténticos pilares del Estado que (emulando a Luis XIV) “son ellos”. ¿Serán capaces de matar la gallina de los huevos de oro? ¿Ustedes qué creen?

 

 
 

 

viernes, 7 de junio de 2013

BROTES VERDES VERSUS MOTIVOS PARA LA ESPERANZA


Me gustaría tener plena certidumbre de que no somos los menos afortunados o los más cerriles del orbe. Tal anhelo se debe a la casta política que padecemos y que excluye signos claros de reducir tanto desprecio por quien sufraga sus dispendios. Asimismo, todavía hay especímenes cuyo calificativo se hace tremendamente espinoso. Mantienen con ceguera impúdica (atesorada a base de misericordia, quizás arriendo), la parvedad retributiva que perciben nuestros prohombres. Observando el aprecio al cargo y la sumisión con que se ganan su puesto de salida, evidencian dos conclusiones: Casi todos rebasan sus virtudes (considerando los pobres méritos suscritos por el granel de segundones) o, quienes revestidos con hipotéticas capacidades, advierten magníficos extras. El amable lector coincidirá conmigo en que, al igual que camelo y franqueza, la “vocación” del político y el servicio del misionero son antitéticos.

Tan justa introducción no tiene por objeto descubrir a quien toma la política como medio de vida confortable (un altísimo porcentaje), sino la penosa constatación de que el español (en semejante porcentaje) exhibe unas tragaderas insólitas. Sólo así, el político de turno -da igual la sigla que lo identifique- se atreve a decir las mayores necedades sin perder por ello el crédito postizo que adquieren al compás del cargo. Parece importarles poco tal esquema. Deben pensar que apenas les queda rédito por perder. Su penuria intelectual, ética y estética, pasará a los anales de la insignificancia. Es casi imposible encontrar un país donde cleptocracia  y corrupción hayan llegado a tan alto grado de concierto. Aun así, rechazo la ventura de someter a los políticos al veredicto virtual de tribunales populares, a menudo  arbitrarios y sañudos. Levanto, por el contrario, cimientos informativos que ratifiquen, las próximas elecciones, una severa justicia democrática en las urnas, porque la justicia ordinaria genera abundantes dudas en cuanto a su empeño y equidad.  

Llevamos meses en que la falta de buenas noticias, debido a un gobierno inoperante (probablemente inepto), se contrarresta anunciando reformas cuyas ediciones iniciales tienen fecha aledaña; es decir, los proyectos terminan por ser objetivos sin plazo de caducidad. Son como esas pilas que duran, duran y duran. Por supuesto, ni siquiera se emprenden porque no suelen salvar el análisis previo y “exigible”. Esta estrategia remolona la conoce el vulgo como “marear la perdiz”, sin que para ello se precise ser dueño de una agudeza excepcional. Basta con desplegar cierto desparpajo, dejando traslucir el atrevimiento tópico del ignorante al que aplauden sólo los necios.

Ayer una noticia sospechosamente vaticinada (¿presagio?, ¿filtración?, ¿cocina exquisita?) marcó el hito tras un año largo de sequía; sin ilusión que echarse a la boca. Casi cien mil compatriotas habían abandonado la larga lista del INEM para empezar un trabajo corto -a juzgar por el informe estadístico- y, con mucha probabilidad, magro en retribución. Enseguida, los voceros del ejecutivo lanzaron sus encomios con alboroto. Alguien afirmó, ayuno de pereza y discreción: “Es el mejor dato de la serie histórica”. Otro, menos barroco por tanto más eficaz, dice: “El gobierno no se conforma y está comprometido con la salida de la crisis”. La señora Báñez, contenida, expresó: “Hay motivos para la esperanza”. A renglón seguido, dejó caer que siguen trabajando con firmeza por España y los españoles. Los mensajes me sonaban intemporales, reiterativos; asquerosamente falsos.

PSOE y PP eligen vocablos diferentes para un empeño común: hacer comulgar a los contribuyentes con ruedas de molino, según el léxico popular. En efecto, el gabinete socialista veía brotes verdes cada vez que los datos indicaban una situación económica dramática. Por su parte, y machaconamente, la señora de la Vega nos “aliviaba” con el aviso de un gobierno, sin descanso en la vela, a beneficio de España. Tanta superchería motivó, sospecho, la aspiración de que todo él se tomara un año sabático para ver si esta tesitura favorable suscitaba algún signo positivo. A veces, la esperanza reclama que el azar enmiende lo que la estulticia enmaraña. 

No soy economista, pero tengo información y sentido común. Hoy estamos igual o peor que hace meses. Diferentes indicadores así lo confirman. Un ejecutivo incapaz, olvidadizo, aun cobarde, pretende engañarnos y ya llueve sobre mojado. La balanza comercial (único trofeo que exponer) se equilibra porque el consumo ha bajado afectando a las importaciones. Además, sueldos de miseria permiten manufacturas competitivas y el aumento consiguiente de las exportaciones. Sin embargo, esta síntesis (eficiente en apariencia) junto a la falta de motor económico (exigua creación de riqueza), una deuda escandalosa y un déficit incontrolado, conforman la débil base sobre la que se asienta el negro futuro de España. Mal si abandonamos el euro. Peor si nos quedamos. Prefiero ser pobre y libre en mi casa, que esclavo deudor en la casa conjunta.

Ni ayer había brotes verdes, ni ahora motivos para la esperanza. Ayer íbamos rectos al precipicio. Hoy nadie puede asegurar con verdad que no hayamos caído en él, que se vislumbre en el horizonte salida alguna.  La corrupción sin freno y la burla permanente a la ley y al Estado de Derecho (además de la terrorífica situación económica), así lo confirman. Optimista por naturaleza, tras el latrocinio y la impunidad generalizados, más allá de la descomposición plena que padecemos y el hartazgo social a punto de reventar, nos encontramos a las puertas de un ¡sálvese quien pueda! Entonces el pueblo despierto, diligente,  cogerá las riendas y emergeremos arrolladores. Históricamente, la decadencia del gobierno avizora el instinto ciudadano. Napoleón, si viviera, reputaría -en todos sus extremos- lo expuesto.

 

viernes, 31 de mayo de 2013

ESCUELA, EDUCACIÓN Y SOCIEDAD


Soy católico no practicante. Desde el punto de vista intelectual, rehúyo la Iglesia Institución -más bien no creo en ella- aunque la respeto profundamente, junto a su historia llena de luces y sombras. Siento, incluso, cierto magnetismo por quien hace profesión, asimismo profusión, de fe contra viento y marea. No me duelen prendas, por último, manifestar simpatía al conjunto de fieles que conforman el cuerpo místico; asiento verdadero hoy, en este mundo convulso, de amparo y solidaridad. Llegados a tal extremo, puede concebirse un claro paralelismo doctrinal entre política y religión pese a quien, para marcar diferencias irreconciliables, suele subirse al púlpito social reiterando eslóganes tan embaucadores como el típico: “La religión es el opio del pueblo”. Con este dogma (he dicho bien, dogma), y a la contra, legitiman -o lo pretenden- el celo político.

Llevo a mis espaldas, además, cuarenta años de experiencia docente. Diversos ámbitos, épocas y edades, coadyuvaron a forjar un tesoro empírico del que me enorgullezco con humildad. Quiero, aprovechando este bagaje, precisar algunas apreciaciones sobre la enseñanza que quedaron incompletas, quizás confusas, en el artículo anterior porque el contexto impedía focalizarlas eficazmente. Desde luego, relego cualquier atisbo subjetivo, o supuesto por otros, de sentar cátedra en tema tan complejo, multifacético e interpretable. Sin embargo, el tratamiento, presentir su naturaleza y método, es vital para el desarrollo futuro de un país. España ahora mismo se encuentra en una grave encrucijada -no sólo económica- debida a la visión miope de unos políticos que anteponen pruritos y apetencias personales al interés general.

Hoy, la escuela debería regirse por una legislación única, con un currículo universal; ambos consensuados bajo los auspicios de una política de Estado. Desde mi punto de vista, ningún credo religioso ha de acomodarse al proyecto educativo de los centros públicos ni concertados; es decir, la escuela debiera ser laica porque la formación doctrinal -una y otra- es competencia exclusiva de los padres, hasta que el educando sea capaz de elegir sin ninguna injerencia. Sí debe recoger la Historia de las Religiones como un área más del tronco humanístico. De esta forma, quedarían sin argumentos quienes desean contaminar, politizando la cátedra, mentes infantiles y adolescentes con asuntos tan improcedentes como falaces y cicateros. Tenemos la obligación moral y social de salvaguardar sus mentes de ortodoxias, cuanto menos inquietantes si no quiméricas.

La escuela, digo, tiene una función instructiva y socializadora; aspectos básicos, con suficiente entidad, para que su quehacer conquiste el reconocimiento ciudadano. Toda desviación, facilitada por objetivos falseados y ajenos a su impulso, le lleva sin remedio al desastre permanente. Dejo aparte discrepancias epistemológicas y el advenimiento de la escuela comprensiva (obsoleta desde hace tiempo en países de nuestro entorno) verdadera columna vertebral de la mediocridad y el fracaso escolar. Cuando el gobierno (los gobiernos), más allá de la adscripción ideológica, incluye en el currículo la adquisición de pautas o valores que afectan y competen a familias y a una sociedad viva, crítica, dinámica, el sistema educativo se politiza, pierde su esencia y, el adoctrinamiento partidario, termina por engendrar clones al uso del “mundo feliz” que dibujara Aldous Huxley. Los regímenes tiránicos siempre se han alimentado, curiosamente, de calurosos elogios a la libertad.

Wert y su ley no atentan, en principio, a la tan cacareada calidad educativa. Intuyo que nadie en su sano juicio, o efectuando rigurosos cotejos, pueda aportar pruebas, aun evidencias, que terminen por enconar a tan amplio colectivo contrariado. LOE y LOMCE están hechas a imagen y semejanza. Ninguna aplica novedades estructurales o metodológicas. Tampoco aportan innovaciones de fondo. A lo sumo, la Ley Wert, tiene afán de unificar criterios y romper una lanza frente a la exclusión lingüística. Este es su capítulo fuerte y ¡qué paradoja! su tendón de Aquiles. Fuera de esto, reina la nada hecha proclama. No obstante atrae hacia sí el resquemor diabólico de que se dota la inepta casta política, autodenominada progre, y gregarios. Parodiando a Clinton, se podría clamar a medio tono (la realidad no da para más): ¡Es la economía, imbéciles!

Educación y escuela, por tradición, son conceptos que el común identifica iguales. Tal escenario conlleva un error difícil de subsanar. Educar consiste en convertir al individuo en ciudadano cívico, capaz de exigir sus derechos y respetar los del otro. Tan compleja empresa, exige el concurso de escuela, familia y sociedad; incluyendo en ella la ingente responsabilidad de los medios audiovisuales. No debemos exonerar el doble papel jurídico-policial a la hora de corregir desvaríos violentos. Si la instrucción afecta al futuro laboral y económico del país, la educación es piedra angular para una pacífica convivencia. 

La sociedad culta y educada lleva a una nación a conquistar puestos de privilegio en el ámbito internacional. Ocurre, asimismo, que países con escasa raigambre democrática, donde el poder diverge del individuo y este muestra su impotencia secular, eternizan el reconocimiento y asunción de la soberanía popular. Por este motivo, el gobierno prioriza, busca, la desvertebración a través de la incultura, el desarraigo nacional y el incivismo como factores necesarios para imponer, tácitamente, la ley de la selva. Es el caldo de cultivo apropiado para el atropello y la corrupción. ¡Ah! El poder carece de ideología y no repele ninguna sigla.

Termino con una reflexión de Nicolás Salmerón, nada sospechoso en defender intereses espurios: “Es de rigurosa justicia emancipar la Enseñanza (así, con mayúscula) de todo extraño poder y convertirla en una función social, sin otra ley que la libre indagación y profesión de la verdad”.

viernes, 24 de mayo de 2013

JUSTICIA, EQUIDAD E IGUALDAD


No hace mucho apareció -en determinado medio escrito- un interesante artículo de Guadalupe Jover sobre la retrógrada (desde su punto de vista) Ley Wert. Centra su comentario en los aspectos epistemológico, social y político alternando tópicos, que considera incontestables, dando al escrito un carácter maniqueo, probable fuente del único desatino.
Aplica a Norberto Bobbio, se escuda en él: “La izquierda tiende a subrayar lo que de semejantes tenemos para comprometerse en la eliminación de las desigualdades sociales. La derecha, por el contrario, parte de la convicción de que la mayor parte de las desigualdades son naturales y que, por tanto, no pueden eliminarse”. Constituye una sinrazón restringir las bondades o maldades de una ley sometiéndola a juicios de valor que prejuzgan aspiraciones e intereses. Se pierde perspectiva, objetividad y, con ellas, argumentos rigurosos. Luego se deshace en loas al construccionismo y a la escuela comprensiva como enfoques sin tara ni lastre. Sin embargo la LOGSE (paradigma de ambos), a la que respalda tácitamente,  atrae sobre sí los magros resultados de los sucesivos informes PISA.

La Ley Wert (obsérvese la diferencia entre LOCE y LOMCE) no suma novedad alguna, salvo esa M de mejora. Se parece demasiado a aquella promovida en las postrimerías del gobierno Aznar y que hizo desaparecer -sin ensayo- el resentimiento de Zapatero. Añade una carga político-lingüística impropia con la pretensión de recoger el agua rebasada, por la inoperancia de PSOE y PP, desde los años ochenta. Desde luego, no pasará a los anales de la Historia como una ley sobria a fin de enmendar la enseñanza; menos, afianzar objetivos que consigan salvar, a priori, el marasmo económico, social e institucional en que nos encontramos.

Para el progresismo, alega la señora Jover, es prioritario (en frase de Cofrancesco) “liberar a sus semejantes de las cadenas que les han sido impuestas por los privilegios de raza, casta, etc. A la palabra tradición se opone emancipación”. Los principios son todos estimables, valiosos, pero cuando salen del “laboratorio” chocan con la realidad y se desvanecen. Asimismo, el pensamiento “las palabras convencen, los ejemplos arrastran” ponen a cada uno en el lugar que le corresponde. Al final, debieran considerarse magnitudes receptoras, mensurables, únicamente las acciones; nunca la retórica.

Debemos abandonar toda esperanza de que el progresismo, concepto tan etéreo como insolvente, pueda armonizar los grupos sociales en un gobierno efectivo. Si esto fuera posible, el anarquismo abandonaría su entraña utópica para convertirse en columna de convivencia. Sin embargo, toda sociedad se constituye en Estado. Sólo a él corresponde, y se considera necesario, el uso legal de la fuerza con objeto de salvaguardar derechos e intereses justos. A tal escenario nos lleva la experiencia, esa que el construccionismo asegura ser la idónea para alcanzar el conocimiento.
Más allá de estilos o talantes, el individuo es sujeto de justicia. La justicia es la idea que cada civilización tiene acerca de las normas jurídicas, con fundamento cultural o formal. No obstante, a veces, leyes y justicia divergen de manera clara sin sobrevenir regímenes dictatoriales o ayunos de legalidad. Cuando la norma presenta textura demasiado general, la justicia queda encorsetada a menudo. El juez personifica entonces cualquier acción que termina por alumbrar, un poco a sus expensas, tan huidiza probidad. Los legisladores han de preocuparse, con extraordinaria pulcritud, para que la justicia no penda de una sutileza azarosa, aun subjetiva.

Equidad es sinónimo de justicia. Disienten en que esta tiene un fundamento jurídico positivo mientras aquella se basa en el derecho natural. La equidad propende a dejarse llevar por la conciencia o el deber más que por la jurisprudencia. Podemos entenderla como disposición de ánimo que mueve a dar a cada uno lo que merece. En este sentido enlaza con el precepto jurídico de Ulpiano que obliga “a dar cada uno lo suyo”.

La igualdad no procede del campo legislativo sino del elemento humano. Es este principio, y no al revés, quien empieza articulando cualquier Carta Magna nacional o basamento normativo. A su pesar, en multitud de ocasiones, tal extremo queda burlado o, quizás peor, se ahueca su espíritu quedando, al final, un grato despliegue teórico sin intención de llevarlo a la práctica. Se asemeja a aquellas propuestas que quedan deslavazadas fuera del signo o del sonido; un eslogan cuya apetencia es ganar adeptos a cualquier precio.
Lejos de mí descabalgar del ámbito educativo -aunque no lo considere adecuado en sentido estricto- la conquista de valores sociales o proscribir el discernimiento de aquellos que nos vienen dados como humanos, especialmente los que intitulan estos renglones. No comparto el uso de tópicos subjetivos, discutibles, para argumentar presuntos vicios (sin duda los tiene) de una Ley educativa que todavía puede soportar cambios significativos o matizados. Detesto, a la par, maniqueísmos perturbadores e inquisitoriales. Creo que realizan un flaco papel a la sociedad y a la democracia.

 

 

viernes, 17 de mayo de 2013

HACIENDA PÚBLICA


Cuando los españoles depositan su voto (tras un periodo de añagazas denominado campaña electoral, y el pertinente aparte reflexivo), los políticos acostumbran a calificar este laxo acontecimiento fiesta de la democracia. Constituye el paradigma bochornoso del maquiavelismo rancio. Sin embargo, creo que tal epíteto forma parte inseparable de un marketing con que se vende toda mercancía, aun improductiva y caduca. Desconozco las razones que impiden relacionar, en justa correspondencia, el periodo hábil del impuesto con alguna referencia ingrata, onerosa, aterradora. Podrían bautizarlo, verbigracia, “el averno temporal del IRPF” por su equiparación con el llanto y crujir de dientes que recogen los evangelios. Al fin y a la postre, este último destino encuadra mejor la realidad del individuo -(des)preciado contribuyente- que aquella que lo concibe ciudadano modesto.

Ignoro quién fue el preboste que tuvo la ocurrencia de apellidar “pública” a la Hacienda. Preferir tal apellido a “nacional” debió sustentarse en poderosas razones que se nos escapan al común. Hoy, casi seguro, el español medio la inscribiría con igual apellido pero por razones distintas. Como bien sabemos, pública significa que pertenece al Estado pero también, en este género, mujer de vida alegre, prostituta, mantenida. A un Estado Social y de Derecho real, no de iure, corresponde una Hacienda Pública, tomada en su primer sentido. España, ahora mismo, encarna la corrupción, el nepotismo, la arbitrariedad, el fraude. Por tanto, el Estado navega sin rumbo en tan procelosas aguas y su Hacienda Pública goza del predicamento moral y de la decencia que pregona su segunda acepción.

Quizás algún lector, henchido de indulgencia, opine que mis palabras implican haberme pasado algunos pueblos en el paralelismo. Veamos. “A tal puta, tal rufián” asevera una sentencia popular. Toda prostituta que se precie tuvo, tiene y tendrá su chulo. Hoy Hacienda está plagada de chulos a tenor de la enorme cantidad, según los medios, de evasores, defraudadores y otros que evitan pasar por caja con tácticas que bordean la ilegalidad. Las clases medias (sus distintos estratos, cada vez más proletarios) enjoyan, enriquecen, esa Hacienda pinga que gozan -casi con exclusividad- financieros, políticos y comparsas abundantes que conforman el amplio colectivo macarra.

Multitud de gentes, adscritas a esta subespecie trincona, se encaman con tan libidinosa hembra, quien busca la compañía del poderoso mientras desprecia amores (en ocasiones platónicos) y renuncias humildes. Es curioso cómo millones de euros pasan la criba del capricho mientras decenas -a lo peor centenas- inculpadas por error o por inercia, quedan sujetos al tupido cedazo de la discriminación ignominiosa. Conozco el caso cercano de un familiar que hubo de pagar casi quinientos euros por el yerro que evidenció la declaración paralela. Fue un desliz lógico, sin otro deseo. Se debió al producto inconsciente de una rutina. Meses después, consideran los responsables -motu proprio, sin otro basamento- que hubo intencionalidad y le multan, por falta leve, con ciento cinco euros. ¿Hay cautela o podemos atribuirlo a una ligereza de buscona? Aunque acometo una alegoría, pido disculpas por el hipotético carácter de la ramera.

No me importaría, como a la mayor parte de compatriotas, cumplir mis obligaciones fiscales si la dama fuera casta. No me enfurece contribuir a la redistribución justa de la riqueza, ni al equipamiento social, si ello dominase los esfuerzos personales e institucionales de quien tiene responsabilidades gubernativas. Me temo, por el contrario, que la práctica diaria se opone a estos objetivos; que las prioridades se alejan de todo proceder ético.

“Corte, puta y puerto, hacen al hombre experto”, introduce un proverbio anónimo y redondo. Consecuente con él, al individuo crítico e informado le cuesta horrores (tanto económicos como administrativos) terminar a gusto la primavera. Tarda en hincar el diente al hecho ingrato de presentar la declaración de la renta. A mí me pesa, tanto que lo hago en las últimas horas, apartando cuanto puedo el doble y vano disgusto; dar ese paso donde la estafa, el latrocinio (ambos tolerados), adquieren categoría evidente. Reitero. Me perturba que entre SICAVs, amnistías fiscales, prescripciones y otras maniobras que la élite permite o aprovecha, los poderosos evadan miles de millones. Luego se recuperan con recortes y subida de impuestos. Abonarán los de siempre. A su pesar, el doble castigo a que someten a la masa no sirve para abrir los ojos cegados, de estatua, que exhibe una sociedad roma, crédula y paciente. Cuando estos pormenores (o pormayores) que dibujan la descomposición del Estado, junto a seis millones de parados, no  provocan el estallido social, tenemos bien ganado el suplicio presente y la negación despectiva del mañana.

Verdad es que Hacienda (en sentido amplio, general) muestra el estilo antojadizo, veleta, de una meretriz cualquiera que goza con quien quiere; siempre sujetos adinerados. Al parecer, incluso, la prostitución sirve como método de blanqueo y evasión de capitales. No me sorprende.

Albert Camus dio en el clavo cuando pronosticó que: “La tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios, sino sobre las faltas de los demócratas”.

 

viernes, 10 de mayo de 2013

ELECCIÓN, DEMOCRACIA Y FÁBULAS


Encuestas recientes delatan no ya la espectacular bajada en las expectativas electorales de PP y PSOE, sino el efecto taquicárdico que afecta, sobre todo, al primero. Los socialistas, acostumbrados a ubicarse cerca del precipicio, despliegan un ánimo calmo y contemplan su futuro con cierta renuncia fatalista. Les inquieta constatar si el apremio será o no definitivo. Temen que esta atmósfera viciada pueda dañar de forma irreversible su estructura, naturaleza y vitalismo. Les queda, a consecuencia de impulsos exógenos (sin minimizar los endógenos, cada día más espinosos), un último hálito antes de pasar a mejor vida o a la nada testimonial.

Que el PP adolece de arritmia y taquicardia causa poca extrañeza. Hasta ahora, ningún partido se había desfondado en tan poco tiempo. Le han visto las orejas al lobo. Por este motivo, cabezas pensantes (ríanse ustedes del sentido literal) han programado un vídeo para corregir el curso de los acontecimientos. Técnicamente notable, enumera con rapidez lo que al individuo le viene impuesto. Encomia aquello otro que el ciudadano puede elegir para, de algún modo, satisfacer su ego. Asimismo, más allá de una imagen, de un calco oscuro, tal elección -representativa a la vez de idiosincrasia e ideal - informa el régimen que “disfrutamos” y que yo perfilo a caballo entre lo utópico y lo palpable. Concluye con la visión exaltada de grupos antisistema, violentos, revolucionarios sin metas, mientras una voz en off se pregunta: ¿nos representan? para concluir en fugaz sucesión de beatíficas imágines vinculadas a diferentes siglas (incluso movimiento 15M) bajo el mensaje -un tanto artero- “si tú no eliges, otros lo  harán por ti”. Interesadamente elevan a categoría lo que no pasa de circunstancia.

Poner en duda la alarma que atenaza a los populares refutaría elementales principios de objetividad perceptiva y de sentido común. Asimismo, aseverar la incuria argumental del mensaje postrero (quizás conclusión dogmática) no sólo atesora un esfuerzo de pudor intelectivo sino que cristaliza en obligación ética, social y democrática. Estas dos peculiaridades, insisto, constituyen todo soporte en que se apoya el minuto y medio de contenido audiovisual con pretensiones terapéuticas. Atesora la misma insensatez que mostraría un neumólogo, verbigracia, si aplicara un parche poroso al enfermo con grave afección pulmonar.

Los sistemas democráticos surgen de la participación ciudadana pero se fortalecen con la acción política. El voto de unos legitima el sistema; la coherencia de otros lo vigoriza. Cuando el político hace oídos sordos olvidando adeudos y promesas (veja a quien le otorga el poder), siembra la decepción y el desafecto. No es verdad, reitero,  que el acto de elegir pueda considerarse piedra angular de la democracia. Hoy, el español para el poder, sea cualquiera, no pasa de mero contribuyente. Se le concede arbitrariamente, eso sí, minucias y sucedáneos democráticos que realizan un papel de espita para estabilizar la presión social.

Hay un tópico que provoca gran crédito: “Cada pueblo se merece los políticos que tiene”. Configura otra patraña sembrada en la mente colectiva. El pueblo es incapaz de trocar indigencia y latrocinio por excelsitud e integridad. Quien lo ha intentado abrazó una quimera bañada en sangre. Conocida es la aversión que muestra el Parlamento hacia cualquier acción legislativa popular que pretenda limitar sus privilegios judiciales y económicos. Si bien el escenario concreta un botón de muestra, su simbología rebasa con creces todo intento de justificación. Los españoles tenemos peores gobernantes de lo que nos correspondería por nuestros graves defectos. Además, numerosos comunicadores (aferrados al dogma o la dádiva) mancillan sus tácitos juramentos deontológicos. Se engaña, incluso, cuando voces -supuestamente autorizadas- pontifican que la democracia se conquista cada día. Permutan así, del político al ciudadano, la supuesta responsabilidad de su deterioro.

La situación ha pillado fuera de juego al PP propiciando un marasmo de declaraciones previas a la rectificación. Ya no es un partido esperanzador; constituye la mezcolanza heterogénea de diferentes intereses y sensibilidades faltos de cohesión programática.

Termino estas reflexiones con el bochornoso espectáculo ofrecido por Rajoy el pasado miércoles, día ocho, en su idílica visión de una España quebrada. Entresaco algunas afirmaciones etéreas. “La subida de impuestos fue necesaria para afirmar la fiabilidad de España. La prioridad era reducir el déficit”. El amable lector conoce a buen seguro algún método menos gravoso para el individuo, llamado de a pie. “No volveremos a estar tan mal como en dos mil doce. Ahora no tenemos las manos vacías y no generamos deudas”. Terminó esta expresión dando las gracias a los españoles por su esfuerzo (loas al pagano de siempre). “Quienes generen alarma pinchan en una nube”. Otro que tal. ¿Por qué les da a los ineptos por mencionar las nubes? ¿Acaso viven en ellas? “Todo se debe al esfuerzo y sacrificio de los españoles”. ¿De todos? Terminó con una promesa que no se la cree ni el Papa (el hombre de mayor fe). “Recorreremos con firmeza el camino que nos falta”. Fin de la fábula.

viernes, 3 de mayo de 2013

ATASCO VERGONZOSO Y LA MARCA ESPAÑA


Empecé mayo con un viaje relámpago (ida y vuelta) de Valencia a Madrid por motivos familiares. Salimos temprano. Durante los primeros kilómetros disfrutamos de una conducción despejada, ágil. En realidad, desde Buñol a Madrid fuimos solos; la carretera se mostraba limpia, desnuda, provocativa. Hacia Valencia apreciábamos tráfico denso; más allá de Honrubia, congestionado. A partir de Villares empezaron las retenciones frecuentes, continuas, hasta la capital a pesar del tercer carril abierto en Tarancón. Nosotros, francos de obstáculos, radiantes, vislumbrábamos rostros pacientes, castigados en el lento -cuando no inmóvil - caminar. Una solidaria sensibilidad recorría nuestro pecho ante aquel desastre circulatorio. Al tiempo, como un presagio intuitivo, especulábamos qué restricciones nos encontraríamos a la vuelta.

Salimos de Madrid a las cuatro y media. Hasta Tarancón, las únicas barreras que limitaban la marcha provenían de la Ley, si bien soportábamos una circulación intensa. Desde aquí, hasta Cervera -aproximadamente sesenta kilómetros- tardamos casi dos horas. Una vergüenza que debe repetirse cada puente en todas las autovías cuyo punto de encuentro sea Madrid. A lo largo del malhumor no advertí agente de tráfico (en estas condiciones, sería importuno multar por defecto de velocidad) ni señal luminosa que aconsejara medidas (las hay) para paliar el bochornoso espectáculo. Sin embargo, cuando el vendaval, verbigracia, azota nuestro coche, suele aparecer en todos los paneles informativos el innecesario: “¡cuidado, rachas de viento!” tomándonos por tarugos aletargados. Pese a todo, me resultó misterioso que, de pronto, empezáramos a acelerar sin trabas y de forma continuada. El trance, en apariencia absurdo, pudo durar al menos doce horas.

Los atascos (si nos armamos de paciencia, aunque sea difícil con la que está cayendo) sirven para lucubrar y observar al viajero, más bien familia, que el azar coloca a mano. Algunos desaprensivos -psicológicamente poco estables- jetas o listillos, aprovechan cualquier circunstancia para adelantar, embutidos en artimañas ridículas, cuatro coches. Cual políticos, o viceversa, evidencian su inanidad ética y estética. ¡Pobres imbéciles! Como digo, estos tragos se llevan mejor meditando. Mis cálculos transitaban, es un decir, distinguiendo la diferencia entre lo que aporto al fisco en impuestos y aquello que recibo vía servicios o bienestar social. A mí, igual que a muchos conciudadanos, me incomodan -en este tema- dos cuestiones: la facilidad con que se evaden quienes debieran pagar por su status y el hecho archiconocido del trinque variado, asimismo variopinto, de los dineros públicos. Otra vergüenza más.

Políticos de distinto pelaje suelen referirse a la Marca España siempre que desean diluir responsabilidades por algo ya oneroso, incluso por proyectos cuya ejecución se presuma poco o nada lucrativo. A veces, utilizan la frase cual arma arrojadiza contra rivales, quizás ciudadanos, para conseguir a contrapelo anuencias y beneplácitos difíciles de otorgar salvo esta amenaza encubierta que demanda altas dosis de fe patriotera. Estos prohombres, amantes del eslogan, se conforman con la virtualidad del mensaje. Pareciera que el simple anuncio materializara, sin otra circunstancia, su contenido semántico (real o simbólico), como si la Marca España se alimentara, se engrandeciera, con su propia fonética.

Un caballero se avergüenza de que sus palabras sean mejores que sus actos, detallaba el genial Cervantes. Locuaces y falsarios, los políticos tienen de caballeros lo que yo de astronauta; es decir, nada. Su preocupación por la Marca España es un sinsentido, un brindis insolente a la ciudadanía, al mundo. Hay que tener mucho descaro para ofertar algo que se desmorona, que aburre. Quien saliera de Madrid el día uno, por cierto fiesta del trabajo (paradoja que ensombrece el entorno), además de sufrir numerosos tramos intransitables, cotejaría cuánto sarcasmo acompaña al “bienhadado” eslogan. Algún extranjero que compruebe los raudos y entretenidos viajes vinculados a los puentes, junto a la presunta respuesta administrativa, estará al cabo de la calle respecto a lo acertado del concepto Marca España, en una nimia pero trascendente faceta.

El gobierno expresa que la Marca España es una política de Estado cuya eficacia reside en el largo plazo. Sospecho que muy largo, añado. Respecto a su visión, agrega sin remilgos: “España es un país para visitar. Su historia, su patrimonio, sus entornos naturales, sus playas… todo invita a perderse y a descubrir”. Desconozco si al foráneo que padeciera semejante experiencia como la descrita, le quedarían ánimos para perderse por los senderos españoles. Me temo lo peor. Sin embargo, se cumplen a rajatabla las palabras de Bernard Shaw: “El estúpido dice que cumple con su deber cuando hace algo que debiera avergonzarle”.

Un comentario general afirma que los refranes hablan, y debe ser verdad. Hoy ocurre lo que apunta uno tremendamente popular: “Cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto”. Con todo, a los que mandan tal escenario parece traerles al fresco. Si no somos idiotas (ahí reside el quid) oiremos llantos y crujir de dientes en algunos meses. De lo contrario, seguiremos atascados políticamente; ahora sin remedio probable.

sábado, 27 de abril de 2013

UTOPÍA Y FRUSTRACIÓN


Aunque Platón en La República (siglo IV a C) deja subyacer el término utopía, no es hasta el siglo XVI d C cuando Tomás Moro lo concibe al escribir Utopía. Etimológicamente puede entenderse como lo que no tiene ubicación, carece de lugar; aquello que no existe. La RAE define el vocablo: “Plan, proyecto, doctrina o sistema optimista que aparece irrealizable en el momento de su formulación”. Asimismo, utópico califica a quien pertenece o tiene consonancia con la utopía. Sin embargo, su materialización, ese vano objetivo de dotarle asiento vertebral, va más allá de la literatura, de lo semántico.

El individuo recorre su existencia a lomos de la utopía. Cualquier empeño vital es un constante caminar a ninguna parte, una eterna cruzada para conseguir algo sin posibilidad de éxito. No impera el azar, somos esclavos del destino flemático, indeterminado e inaccesible. Desconozco si tal conclusión emana de la experiencia personal, propiciada por los años, o es inmanente a quienes gozamos (quizás penamos) reminiscencias de una cultura grecorromana teñida por influjos cristianos. Desde luego, somos un pueblo mitómano y, al final, nos asimilamos a las aves cuando fuerzan su aparición rompiendo la cáscara de forma mecánica, natural, ingénita.

Invertimos nuestras vidas en una búsqueda sempiterna e infructuosa. A nivel particular, buscamos la felicidad, ese estadio apetecido y juguetón. Conjuntamente, el hombre persigue un sistema de convivencia que aporte paz y armonía; anhelo complejo, huidizo, acreedor. Nada nos viene dado por casualidad, tampoco de forma antojadiza, menos aún gratuita. Salvo que nuestro prójimo acaricie o registre santidad, su auxilio hay que pagarlo a la manera de una transacción comercial. Tal vez sea esta la razón (sinrazón) que silencian políticos y adláteres para trincar a manos llenas, mientras consideran tal esquilme un reintegro extraoficial si bien atípico. Por si faltara algo, comunicadores y contertulios -a su servicio, sin duda- se desgañitan afirmando que los políticos ganan poco. Hago una pregunta. Si damos por cierta su remuneración, ¿les lleva a semejante sacrificio un espíritu de servicio, son majaderos integrales o el estipendio supera sus méritos? Responda el amable lector.

Cuando, en contadas ocasiones, me manifiesto intelectualmente ácrata (como único medio de sintetizar compromiso, convicción y libertad) se me tilda de ingenuo. Consideran, supongo, algún aspecto del dogma: socialismo científico y socialismo utópico.  Es evidente que el anarquismo es utópico, pero no más que cualquier otro sistema liberal. También aquel que Winston Churchill adjetivaba como el menos malo de los posibles. Se refería a la democracia, tan quimérica como la supresión del poder. Treinta años de experiencia democrática muestran en demasía la extraordinaria patraña organizada. Soberanía popular y subterfugio son alocuciones sinónimas, imbricadas; catalizadores -al unísono- que aprovechan los políticos para perpetuarse en el poder y vivir a lo grande.

De lo dicho, se desprende que sólo existen dictaduras; dominio del poder en sus diversas manifestaciones porque no consiente ninguna franquicia, aunque lo parezca. Imposibilita su desaparición al tiempo que elude compartir el provecho negando todo usufructo. Nazismo y totalitarismo protagonizan la expresión más execrable e inhumana del poder. Cercanas a ellos se encuentran las teocracias fundamentalistas, vestigio extemporáneo de un Medievo superado. Los regímenes autárquicos, bien personales ya elitistas, suelen generarse cuando una convivencia aceptable presenta rasgos que entran en conflicto, si no enfrentamiento suscitado por razones étnicas o clasistas inducidas. Las democracias liberales concilian asimétricamente (término muy ingenioso) derechos ciudadanos con ambiciones del poder. El sistema deja respirar al individuo mientras sea contribuyente pues le obsesiona mantener viva la gallina de los huevos de oro.

Si yo hubiese vivido bajo el régimen feudal o absolutista, mi situación -respecto a la garantía de derechos y libertades- hubiera sido mejor que en un estado nazi, totalitario e incluso teocrático. Parecida, si salvamos los avances naturales, a sistemas dictatoriales   y democracia. Veamos. Todos los “ismos” actuales deben dejarse aparte, cual apestados crueles e implacables. Feudalismo, absolutismo y dictadura se asientan en poderes regios, sobrenaturales o elitistas, que admiten la persecución del refractario, la arbitrariedad y el proselitismo. Las democracias pecan de los mismos excesos. Cambian los tomadores del poder. Ahora se apellidan globalización, agentes sociales y partidos políticos. Entes, en fin, impersonales, confusos, difíciles de controlar. Cambian con facilidad, al igual que los virus, su secuencia.

Conjugados (¿por qué no conjurados?) partidos, financieros, sindicatos y judicatura, consuman un escenario que disgusta a quienes, nacidos en dictadura, buscábamos mejorar en democracia. Desconcierta a aquellos que ignoran otros regímenes, pero este les postra y les destruye. A poco se dan cuenta que (más allá de las palabras, de los cánticos de sirena) la vida no se regala; por el contrario es una lucha eterna, sin final. El hombre busca justicia, paz, felicidad; definitivamente, persigue la utopía y se topa sin remedio con la frustración. Para evitarla, en el próximo proceso electoral piensen, analicen y actúen. 

sábado, 20 de abril de 2013

LAS CARAS DEL TOTALITARISMO


Por suerte, los españoles jamás padecimos, en conjunto, la terrorífica opresión que impone el totalitarismo. Si bien es cierto que grupos concretos sintieron los efectos de la vesania durante la Guerra Civil, tal escenario no puede considerarse rúbrica general e inequívoca de un régimen totalitario. Judíos, mencheviques, bolcheviques caídos en desgracia y otras etnias hostigadas, padecieron el horror y la muerte que llevan adosados nazismo y comunismo. Sus métodos, aun sus objetivos, tienden a confundirse porque, desde presupuestos diferentes, buscan el control de la sociedad al precio que sea. Quiméricos sus fines (extraídos del santuario doctrinal) los medios adquieren un protagonismo absoluto. La deshumanización, la incertidumbre y el exterminio adquieren carta de naturaleza, están ligados a su esencia. El fascismo italiano supuso una erupción juvenil, un acné, de los anteriores.

España es diferente, viene a constituir la reseña tópica no ya del país sino de sus moradores. Algunos comportamientos y estilos de vida constatan lo acertado del eslogan. Dos partidos mayoritarios hoy, y sus respectivas eminencias, han tomado la errónea costumbre de alimentarse unos con las viandas del complejo, mientras otros (amparados por tan llamativo fallo) explotan una hipotética autoridad moral ayuna de sustento, falsa. Así, sin impedimento, estos cuelgan a aquellos el consabido chorreo de etiquetas obsesivas: fascistas, fachas, ultras, nacionalcatólicos, antisociales, etc. Utilizan estrategias, cien por cien nazis, para desprestigiar al rival. Suelen conseguirlo y crean además una percepción ciudadana que admite el maniqueísmo como efluvio lógico, fuente inagotable de medida y justicia.

Últimamente se suelen culminar las palabras con la acción; indignos personajes consiguen coronar la retórica subvirtiendo el valor del escarnio y del acoso entre las gradaciones antidemocráticas. Cuando disminuye el número de ciudadanos seducidos por epítetos que los años hacen perder entidad histórica, ciertos estrategas enmiendan la táctica. Poco les preocupa restar crédito político o social al adversario para conseguir el poder, al socaire de las formas democráticas. Ahora no importa pisotear el ritual; los tiempos requieren tomarlo de inmediato. Por ello fomentan escaramuzas, desenfrenos; en definitiva, toman la calle. El personal, cansado de burlas, de olvidos, acepta un papel sumiso, derrotado; a veces -contra todo pronóstico- se envuelve de rebelde con causa y realiza una cruzada que extinga la aridez del campo político.

Venimos arrastrando, sin conciencia clara, ciertas carencias democráticas en quienes, curiosamente, se declaran defensores a ultranza de las mismas. Amantes confesos de aquellas normas que permiten una convivencia solidaria, justa y pacífica, acatan la Ley (por el contrario) sólo cuando les beneficia. Cada paso que nos separa del respeto a sentencias firmes, cada licencia que se perpetre sin correctivo, cada manifestación agria, inclemente, nos acerca al mundo totalitario. Muchos dicen detestarlo, pero sus venialidades descubren un talante opuesto, reprensible. Cuidémonos de ellos.

El gobierno catalán lleva décadas incumpliendo sentencias de diferentes estamentos judiciales. Resulta difícil entender que, quienes contraen obligación de acatar y hacer cumplir la Ley, son los primeros en escarnecerla. Una sentencia del TSJC que obliga a garantizar la enseñanza en castellano, ha sido el último motivo de burla por parte de la señora Rigau, consejera del departamento. Sin embargo, más grave que triturar el Estado de Derecho es esa recalcitrante actitud consentidora del ejecutivo hasta hoy, pues aparece en el horizonte una mínima e insólita posibilidad de su inhabilitación por parte de la fiscalía. Yo, no me lo creo. Veremos.

En España tenemos malos políticos, asimismo peores consejeros. Somos, no obstante, expertos - delicados, quizás- evasores (qué duda cabe) de vocablos directos, agresivos o diáfanos. Escrache, no es un término; es una filigrana y su importador un genio. Casi homófono de escabeche, líquido para teñir las canas en su tercera acepción, la palabra colorea de mesura auténticas hordas, infamias y agresiones; porque, como ya sabemos, del dicho al hecho hay un trecho. Sería inútil rebatir la miseria que embarga el entorno. Innecesario jurar la existencia de gente que no puede pagar su hipoteca. Indignante desconocer la multitud que puede quedarse sin techo. Del mismo modo, es injusto aunar culpables y tiempos. ¿Acaso alguien pretende dividendos a la ida y a la vuelta?

Acérrimo seguidor de coloquios y debates políticos, observo con inquietud el aumento exponencial de estilos turbulentos, muestra palpable de necedad, dogmatismo e intolerancia. Complementan, seguro, estos vicios altas dosis de soberbia. Creo innecesario concretar programas o personas, pues quienes ocupamos parte de nuestro tiempo en acopiar puntos para posterior análisis y reflexión, conocemos detalles, maneras, argumentos e individuos. Sí, reitero. Nosotros no sentimos los totalitarismos, su locura; pero, al igual que una vacuna, nos están inoculando rasgos rebajados del terror, apogeo de la verdadera manifestación.