viernes, 4 de noviembre de 2016

LAS VERDADES DE PEDRO SÁNCHEZ Y LAS OTRAS


Cientos de estudiosos han destinado su existencia a explicar el cosmos, en definir vocablos, angustias y ciclos vitales; la vida. Verdad, vocablo, constituye uno de esos interrogantes. Ofrece tanta complejidad, tantas perspectivas, que -desde Grecia clásica a nuestros días- predomina la idea de su negación. André Maurois aseguraba: “Solo hay una verdad absoluta: que la verdad es relativa”. Sintetiza con acierto cuantos esfuerzos se han gestado para afirmar dicho término. Al mismo tiempo surgen, inapelables, verdad subjetiva y verificabilidad; prescribiendo la primera el ámbito inmaterial y la segunda el medio físico. Lo expuesto reporta el viejo tópico de que, como mucho, uno expone su verdad pero puede alejarse infinitamente de otras diferentes u opuestas sobre idéntico motivo. Hoy rememoro algunas “verdades” vertidas -con mayor o menor tino- por individuos que alcanzaron algún grado de poder, sin que entendamos el porqué, sus merecimientos.

Así, Pedro Sánchez (extraviado e incompetente exsecretario general del PSOE), en reciente e insólita entrevista, se atrevió a afirmar palabras de hondo calado. Allá van algunas. “España es una nación de naciones”. “Cataluña y País Vasco son naciones dentro de una nación: España”. Algo semejante alumbró su antecesor, “la nación española es un concepto discutido y discutible”, y que el eco actual trae consigo la hecatombe socialista consecuencia inevitable de tan aparatosa carencia programática. Quien traiciona el principio de universalidad no tiene cabida en la izquierda socialdemócrata. Sí en la izquierda radical; aquella que tras defender el derecho de independencia somete, una vez alcanzado el poder, a las diferentes repúblicas. Evoco el recuerdo de Hungría en mil novecientos cincuenta y seis y Praga en mil novecientos sesenta y ocho pese a lo preconizado por Lenin respecto al derecho de autodeterminación. De golpe, ambos políticos aborígenes (discutidos y discutibles) beben -sin que lo sepan seguramente, o sí-la rancia pócima del leninismo trasnochado y terrorífico.

Dijo, pecando de ingenuo o de sincero necio, “me equivoqué al tachar a Podemos de populista”. Su papel, ahora, cimienta el Caballo de Troya. Tal declaración, amén de esta: “El Comité Federal fue una vergüenza” muestra a las claras qué grado de indigencia doctrinal y personal despliega quien lideró el partido modernizador de un país hosco, atrasado, mísero. Carlos IV y Fernando VII, reyes felones, actuaron con Napoleón de similar manera. ¿Hacia dónde nos hubieran conducido sus erráticas ideas y su infinita ambición? Pese al autorretrato, aún tuvo arrestos -quizás osadía- para anunciar intentos de recuperar el PSOE. Sigue confiando en una militancia adiestrada, ilusa, y en fieles lugartenientes obcecados, irreflexivos. Vano intento, pues el PSOE en sus manos sería una confluencia irrisoria, otra más, de Iglesias. Sánchez, emulando a Garzón, firmaría la defunción de este partido centenario y vertebral para España.

“El país necesita unos medios más plurales” fue otra de las sentencias ofrecidas por un personaje ajeno o enajenado. Más allá de confesión inoportuna, lamentable, refleja el poderoso instinto censurador de quien no admite ninguna opinión nociva, tal vez distante del propio credo e incluso denuncia de pruritos abarrotados de incierta superioridad. Toda encarnadura totalitaria teme la libertad y chirría frente a la de prensa. Aparentaba ser dueño de un talante liberal dentro del sectarismo que trascendía sin escrúpulos cuando participaba en mesas de debate político. Parece impulso común e inevitable. Dictadores, aun demócratas, desean acallar como sea aquellas voces discrepantes que se caracterizan por verter críticas razonables al poder. Constituye una nota típica de sistemas e individuos totalitarios; cuanto menos, huérfanos de hábitos liberales.

Pablo Iglesias, raptado por la loa reverencial de su ¿contrincante? devenido en apologeta, se dejó apuntar campanudo: “Pedro Sánchez ha dicho la verdad, pero demasiado tarde”. Tal frase me encaminó al epígrafe y primer párrafo; era preciso aclarar que no existe verdad fuera de uno mismo. Don Pablo, que respira absolutismo incluso por los poros lingüísticos, la elevó a expresión incontestable. Con igual intensidad hubiera defendido su defenestración si le perjudicara o pusiera en duda sus intenciones. Porque eso sí, líder, adláteres, cuadros, simpatizantes, son intachables, virtuosos, lapidarios, casi intangibles. Además, en un no va más místico, Podemos corona su venida siendo partido milagrero al resucitar el contubernio, no judeo-masónico sino mediático-financiero. Muchos lo ignoran pero -allá, por aquel lejano franquismo- dicho vocablo, contubernio, se mantuvo bastantes años en el hit parade político.    

Aparte estas “verdades” formuladas por dos probos representantes de la casta, hay cuantiosas más porque como dijo Gandhi “la verdad es lo que te dice tu voz interior”. A mí me dice la mía que Pedro Sánchez ha pagado su propio funeral; que Iglesias no presidirá nunca un gobierno; que Podemos es una oficina vip de colocación; que Errejón, matizando su discurso, tiene futuro únicamente en el PSOE. Me susurra también que al PP le esperan tiempos difíciles, de zozobra. Por su parte, el PSOE concreta un programa exhaustivo, socialdemócrata, convergente, o desaparece ahogado por un radicalismo quimérico e irracional. Ciudadanos necesita defender con pasión su espacio programático; es decir, debe asumir, exigir, un papel bisagra en las nuevas formas de gestión institucional alejadas de independentismos y partidos laboratorio.

Por cierto, señor Sánchez, no hay nada más reaccionario que “no es no”. Niega toda eventualidad dialéctica y progreso. Opongo esta respuesta a su afirmación, “es más reaccionario que el anterior”, sobre el nuevo gobierno. Tenga por seguro que mi verdad vale tanto, o tan poco, como la suya.

viernes, 28 de octubre de 2016

VAN DEL CORO AL CAÑO O VICEVERSA


 

 

Me ha costado decidirme por este epígrafe, entre trabalenguas y dicho popular con incierta traducción, para plasmar el sinvivir actual de nuestros representantes, quizás verdugos. Más allá del intento por trabucar sonidos (en ocasiones para caer avergonzados con el desliz y sufrir las chanzas consiguientes) la frase se impone cuando queremos indicar a otro cierta desorientación. Políticos e informadores siguen fielmente una trayectoria tornadiza, de so y arre o de pulga expeditiva. Alarmante. Nos marean mientras pretenden justificar lo que jamás deberíamos admitir. Han desnaturalizado la democracia y encima aparece un líder y un partido urdiendo singularidades liberticidas -bajo máscara fecunda- pero que tienen prodigioso asentimiento y aplauso. Para su desgracia, el acné se cura con la edad como proclamara Bernard Shaw.

Aunque la manifestación contra la LOMCE precisa un análisis específico, pospondré para otra ocasión su tratamiento. Hoy adquiere mayor enjundia la investidura de Rajoy junto a sus peculiaridades, que no son pocas. Rechacé escuchar al candidato porque eran evidentes los temas a exponer con la monótona frialdad de los números. El meollo debería provenir de otras intervenciones, amén de las réplicas en donde cada protagonista exhibe sus dotes debido a la inmediatez y urgencia. El primer Hernando, líder ocasional, esbozó un discurso paralítico, átono, penitente. Rajoy se adaptó a él en una réplica suave, medicinal. La expectación y las cámaras mudaron de plano, de asiento. Atraían los signos, porte y reacciones de un Sánchez todavía engullido por el tsunami mediático. Una pregunta tomaba cuerpo. ¿Esta tarde, se abstendrá, se confiará a un no con eco futuro o renunciará a su acta de diputado? En el último momento ha renunciado al acta. Paga las consecuencias de esa solvencia aparente, hecha a golpe de televisión. 

Sin embargo, y como contestación al margen, el señor Hernando -don Antonio- daba manotazos al PP por la educación, sanidad, “ley mordaza”, reglamentación laboral, etc.; definitivamente, por los recortes y aventado retroceso en conquistas sociales. Bastante más lejos quedaba una presunta restricción de libertades ciudadanas sometidas por el Estado. Rajoy -don Mariano- con talante didáctico enumeró demasiados triunfos, poco ajustados a la realidad, mientras callaba sonoros fracasos. Expuso satisfecho, orondo, la notable disminución del paro, del déficit y de la prima de riesgo. Mentirijillas y cocina aparte, el paro disminuye porque también lo hacen los salarios a la vez que aumentan precariedad y temporalidad. Respecto al déficit, es difícil que case con la deuda final. La prima de riesgo supera los esfuerzos nacionales para depender básicamente del Banco Central Europeo. A cambio, oculta un aumento incontrolado de deuda pública (mientras baja la privada) y el resultado negativo de una balanza comercial animada por salarios míseros, junto a otras minucias macro y microeconómicas. Para qué vamos a hablar de aquellas reformas democráticas, antaño banderín contra el PSOE. Alegrías, las justas.

Folklore y circo vinieron, como no podía ser de otra manera (frase fetiche en política), hermanados con Iglesias, don Pablo. Él fue a hablar de su libro. España y los españoles le importan solo cuando sus votos puedan hacerlo presidente. Nada, antes ni después. Lanzó un mitin a esa feligresía que le sigue ciega, ebria, borreguil, (al resto un sonoro escupitajo). Bien es verdad que no más borreguil que otras manadas de diferentes pastores. Narciso, relumbrón, dado al abalorio gestual -aun doctrinal- dibujó un país de mierda pero se abstuvo, tal vez por inepcia, de ofrecer soluciones viables. El populista puso fin a su arenga prendiendo la siguiente mascletá: “Creo que van a oponer quinientos policías a la manifestación rodea al congreso. Hay aquí más delincuentes potenciales que ahí fuera”. Todo un dechado demócrata.

A consecuencia de una urgencia familiar, apenas pude escuchar a Rivera, don Albert. A posteriori, acopié algo de lo que centraron sus manifestaciones. Creo que desmenuzó una serie de ofertas -también exigencias- para transformar aspectos formales y normativos a fin de vivificar la acción gubernativa haciéndola menos onerosa. Según esto, y pese a los comentarios desabridos, feos, contra PSOE y Ciudadanos (auténticos naderías del debate al decir de la prensa), Rivera hizo un discurso serio, ajustado, de estadista. Interpreto que la gente, hastiada ya, prefiere el espectáculo más divertido e igual de vano. Las frustraciones conforman el mejor sendero para conquistar actitudes insensibles cuando no diabólicas.

Este sábado (son las doce del mediodía) don Mariano será investido presidente. Su apoyo no será el tridente, ni la Triple Alianza, en giro peyorativo de Iglesias quien arrastra un poso antidemocrático. Al nuevo gobierno, que a mí tampoco me gusta, lo avalan ocho millones de votos bastantes de ellos procedentes de la tercera edad que, según Bescansa, es un enorme hándicap para que Iglesias alcance la presidencia. ¿Acaso es una evocación al voto censitario? ¿Perturba hoy el colectivo mayores como ayer lo hiciera el colectivo mujeres? ¿Son estos los patriotas democráticos? Con semejante caterva sobra el giro “del coro al caño” para vincularnos al “apaga y vámonos”.

 

viernes, 21 de octubre de 2016

LUCUBRACIONES EN TORNO AL PODER Y MODALES DE LOS PARTIDOS


Pese a Weber, Foucault o Freire, el poder no puede supeditarse a una concepción semántica tan artificiosa como carente de sustancia. Pura especulación. Conocemos a fondo -de forma empírica- sus efluvios que vienen determinados por los tiempos y, concretamente, por cada especificidad coyuntural. Descubrimos dos ramas esenciales: una temporal y otra trascendente, solapadas ambas durante siglos. Se trata del absolutismo, con rasgos teocráticos, y del poder religioso. Quedan y aparecen en un fluir sempiterno vestigios muy representativos: fortalezas, palacios, catedrales y mansiones. El primero, al paso de los siglos, ha ido diversificándose, diluyéndose, y, por tanto, perdiendo aliento. El segundo sigue inmóvil, intacto, fresco. Deben ajustarse, en cuanto a durabilidad, a muchos presupuestos originales. Así, lo efímero del poder temporal viene como consecuencia de su aceptación racional, cambiante, perecedera. En contraste, el poder religioso trasciende a Cronos por una asunción firme adscrita a la fe, poderosa fuerza alejada de todo concierto lógico, mutable.

La historia se modela a través de cambios en las sensaciones que encauzan la vida pública. Rendidos al despotismo de reyes y señores feudales, surgen despacio colectivos que necesitan explorar nuevas formas de convivencia. Aparecen banqueros, empresarios y obreros. Estos grupos ansían protagonismo, autonomía, poder, para desarrollar una actividad que resulte vertebral en estas dinámicas sociales, hostiles a controles o reglas arbitrarias. Emergen vigorosas organizaciones que exigen derechos y justas apetencias de emancipación, instrumentos necesarios para tutelar un diálogo fructífero que permita al individuo logros impensables ayer. Se otean los sistemas democráticos y con ellos otras perspectivas del poder. Enseguida aparece la necesidad de interrogarse qué papel juegan estrenadas fuerzas: económica, política, sindical, social, y cuáles las formas de articular procesos seductores, propicios, imperecederos.

Transcurridos dos siglos de aquella declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, todavía triunfa una realidad que denuncia, necia, su incumplimiento general. Más aún, podríamos decir -sin temor a pecar de exagerados o inexactos- que fueron mancillados sin compasión en épocas recientes y lo siguen siendo, básicamente, en ese marco despectivo denominado tercer mundo. Ciñéndonos a nuestro entorno (democracias formales), el poder social no pasa de un eslogan para legitimar al jerarca político ataviado de reyezuelo autoritario, con menos contrapesos y más omnipresencia. Pese a tal convicción, me inquietan aquellos que glosan un “poder popular”. Es la insidia histórica, sutil, difusa, de las dictaduras totalitarias. El poder sindical constituye un apéndice momificado del poder político y que la vanguardia pretendidamente obrera, pero liberada, evoca para hacerse perdonar su presente subvencionado. Quien, en definitiva, goza del poder real, sin apenas renuncias, se encuentra incrustado al capital en sus versiones financiera o empresarial. 

Juzgo los partidos apéndices, ramas, del poder político que adecuan su gestión a intereses particulares -tal vez partidarios- nunca a beneficio de quienes los legitiman. Yo, no; desde luego. Pese a ese hipotético adeudo de respuesta, de gratificación (pues viven -¡y cómo!- a expensas del ciudadano), acarrean conflictos extraordinarios porque sus líderes llenan vastos eriales intelectivos y éticos. Al PP podemos censurarle algunos importantes. Indolencia, corrupción, incumplimientos programáticos que pretenden justificar mediante falacias cocinadas, perturban su legislatura. Desafecto y ausencia de diálogo, junto al paradójico apadrinamiento mediático de un credo populista, son estigmas que le originan costosos peajes electorales. Debe asumir la paternidad putativa de ese monstruoso Frankenstein político denominado Podemos.

Ahora mismo, el PSOE está sufriendo las consecuencias letales de dos secretarios generales, de sus yerros. Uno ocultó la propia ineptitud restaurando las dos Españas, el enconado enfrentamiento de una derecha demonizada y una izquierda con escaso bagaje moral. Tan inoportuna como innecesaria, la Ley de Memoria Histórica fue el detonante definitivo. Sánchez, segundo actor, resume su contribución construyendo una conciencia socialista ciega, radical, opuesta a la moderación que gobernó catorce años. Esta coyuntura, procedente de una equivocada estrategia, tuvo dos efectos perniciosos: Aferrarse, con tenaz negativa, a un sendero sin salida benefactora y consentir una simbiosis, de igual a igual, con Podemos. El resultado lógico fue la pérdida del voto socialista y la ganancia podemita en similar medida.

Ciudadanos, impoluto con matices, no estabiliza su discurso. Al menos, no lo parece y, por tanto, confirma tal impresión. Podemos, sin desertar del carácter totalitario, presenta dos trayectorias. Iglesias, víctima de la soberbia, lleva al partido a un pesebre con mayor o menor aforo pero sin alcanzar el paraíso de la gobernanza. Errejón, atinado, fructífero, sucumbirá al final del pulso y con él la posibilidad de alcanzar ese cielo ansiado por su contrincante, lanzado in extremis al purgatorio impío. Solo el PSOE puede ofrecerle la esperanza de asir un poder integral. Mientras, se avizora mala fortuna para los pobres seguidores de don Íñigo que asciende lento al cadalso. Como dice Remy de Gourmont “Los amos del pueblo serán siempre aquellos que puedan prometerle un paraíso”. 

Expresaba Kundera que “la lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido”. Memoria objetiva, imparcial, clarificadora. Instruirnos, reflexionar, es el punto de partida para que nuestro poder inmovilice a aquel que nos destierra, como daba a entender Montesquieu. Nadie comparte ni regala nada de buen proceder. Debe ganarlo la sociedad pacíficamente, sin prisas pero sin pausas, ilegitimándolo cuando sea preciso, y ahora lo es. Que cada cual aporte cuanto pueda al esfuerzo común. Para ello hace falta espíritu crítico y determinación sin esquemas previos. 

 

 

viernes, 14 de octubre de 2016

HEMOS VIVIDO UNA FIESTA NACIONAL PLAGADA DE ESPANTAJOS


Según la Real Academia Española, espantajo en su acepción segunda significa “cosa que por su representación o figura causa infundado temor”. Deja para la tercera, de modo despectivo, “persona estrafalaria y despreciable”. Cualquiera de ellas describe fielmente a especímenes o contingencias de nuestra Fiesta Nacional. Todo país que se precie celebra un día, adscrito a cierto hecho destacado, como evocación entusiasta y enaltecimiento patrio. Así, Francia lo hace el catorce de julio -desde mil ochocientos ochenta- para conmemorar el asalto a la Bastilla. EEUU viene celebrándolo cada cuatro de julio, desde mil setecientos setenta y seis, para evocar la fecha de su independencia. Nosotros hacemos lo propio, en memoria de aquel descubrimiento que alumbró distintos países con idéntico lenguaje. A principios del siglo postrero se denominaba día de la Raza; a partir de mil novecientos treinta y cinco, día de la Hispanidad. Se designa Fiesta Nacional desde mil novecientos ochenta y siete, pese a necios que la atribuyen al periodo franquista.

A veces pienso que es imposible tanta incultura, tanto disparate, tanta vehemencia por lo estrafalario, sin rédito apreciable. Y no existe, ni con requerimientos sutiles. El individuo radical, inflexible, solo se activa a cambio de alguna gratificación, a priori moral, que termine en canonjías políticas o sociales. ¿Cuándo, si no, ciertos agitadores indigentes ocuparían cargos bien remunerados? Los hay a patadas, iletrados la inmensa mayoría. Prueba inconcusa es que utilizan una vara específica, reversible, para medir la conveniencia o no de manifestarse, de provocar. Importa poco qué gravedad tenga el hecho censurado; sin más, les ocupa su origen. No es comparable una lapidación en Irán a que, tal vez, se zahiera un poquito a alguna correligionaria. El primer caso acaba con silencio cómplice; el segundo merece dos meses de escaramuza. ¡Vaya caterva! Su integridad se asemeja a la de un escarabajo pelotero, verbigracia. Me resisto a dar nombres porque alguien se sentiría despreciado al no aparecer en la lista. Tienen, pobres, exquisita sensibilidad y piel muy quebradiza.

Carmena, probable decana de los regidores patrios, junto a otros prebostes atrincherados tras ramplonas coartadas, rehusó asistir a los actos nacionales por un anodino congreso de líderes locales en Bogotá. Previamente dejó colgada del balcón munícipe una enseña tan indescifrable como la piedra Rosetta. Ambigua y de insólita estética, desestimo llamar espantajo para mimar susceptibilidades de personas cuya afinidad o virtuosismo esotérico vean en ella un símbolo afectivo. A todo hay quien gane, indica un viejo refrán popular. Cierto; y en grado superlativo, añadiría yo. El señor Téllez, tercer teniente alcalde en Badalona, ante una resolución judicial que impedía la proclamada apertura del ayuntamiento, se dejó decir: “La resolución judicial es un golpe de Estado contra la soberanía municipal”. Insatisfecho aún de tamaño disparate, hizo trizas el documento y abrió las oficinas municipales. Más allá de quehacer oficial alguno, el buen señor contravino esa cadena vertebradora del imperio institucional dando un ejemplo perfecto para arribar a la ley de la selva y al caos social. Tipos así sobran cuando resolvemos cimentar democracias maduras.

El populismo demagógico, embozo histórico del sucio atropello explotador y liberticida, también ofreció su particular visión. Iglesias tuvo la desfachatez inmensa de definir patriota. Dijo: “Los patriotas de verdad se preocupan de su gente”. Parece claro, pues, que los impostores vienen fijados en la RAE -ese cobijo de obtusos e iletrados- por Pérez Reverte y demás académicos. Sermoneó, asimismo, a quienes se envuelven fingidamente en las banderas cuando su propio patriotismo suele desplegarlo al lado de una bandera rusa o venezolana. Extraño pundonor el de este individuo ascendido, ignoro cómo, al podio de la notoriedad. Vale; objetivamente no merece tanta reseña.

Algunos presidentes autonómicos, en su esperpéntica incomparecencia, ofrecieron (además de patrañas propagandísticas, superfluas y bobaliconas) una incoherencia supina. Prometen o juran su cargo ante la Constitución como marco de actividad política para, a continuación, olvidar toscamente tales compromisos. Unos son nacionalistas, otros independentistas y el resto del PSOE envuelto en un “ni sí ni no sino todo lo contrario”. Es decir, un partido desnortado, confuso y difuso. Desconozco si, afectado por la venia o por la venalidad, queda todavía el lastre oneroso, irracional e insensato -fruto de los dogmas aireados por Zapatero y Sánchez- que exige implacable votar NO en la investidura de Rajoy. Curiosamente tampoco quiere terceras elecciones. ¿Dónde arrinconó su sentido común? Cabe preguntarse si alguna vez lo tuvo.   

Reconozco que el PP, bien por antecedentes bien debido a actitudes juveniles, merece negativas y rechazos sin par. No obstante, puede percibirse una coyuntura compleja, difícil, alarmante. Encima, el PSOE cree que la pérdida de votos le viene por falta de radicalidad cuando ocurre todo lo contrario. Sus vaivenes nacionalistas, el abandono de los rudimentos socialdemócratas y la efervescencia de los últimos años, le ha causado paradójicamente un abandono creciente. Primero hacia el PP y cuando este ofreció un gobierno indigente hacia Podemos y Ciudadanos. Más a aquel porque hoy los medios juegan un papel importantísimo en (de)formar la conciencia social. Aparte, los populismos arrastran si los medios ventean sus propuestas quiméricas y la masa, maltratada, exhausta, se agarra a cualquier clavo ardiendo aunque, en el fondo, pudiera tratarse de un espantajo.

 

 

 

 

viernes, 7 de octubre de 2016

NECIOS, ARROGANTES Y OPORTUNISTAS


Decía Einstein: “Hay dos cosas infinitas, el Universo y la estupidez humana, y del Universo no estoy seguro”. No seré yo quien lleve la contraria a tan insigne científico, ni mucho menos. Semejante antecedente lleva al convencimiento de que los epítetos vertebradores del título están hilvanados por una semilla común. Aparte percepciones subjetivas, parece evidente que, en relación a la coyuntura política actual, dichos atributos emergen de presupuestos -quizás conductas- estúpidos. Como cualquier axioma, tal inferencia no necesita demostración            que verifique su certeza. La experiencia acopiada sobre el comportamiento ciudadano completa, de forma innecesaria, las incontestables realidades que nos abruman. Generosidad, corrección e incuria, realizan un contubernio para mitigar el encarnizado enfrentamiento que debiera aportar tanta insensatez.

El PSOE, hoy, se encuentra doliente, enfermo, casi moribundo. Se cree que Zapatero promovió los primeros síntomas para avivarse en tiempos de Rubalcaba y explotar, como hemos visto, con Sánchez. Cometieron sendos errores que alcanzaron el clímax cuando este último se hizo cargo de la secretaría general. El PSOE, en palabras del clásico, perdió la color y a poco se hizo irreconocible. Cuando algo se transforma pierde esencia, atractivo, difuminando su sustancia y haciéndolo imperceptible, etéreo. Felipe González, gran estadista, lo condujo a su máximo esplendor relegando todo rasgo marxista mientras le proyectaba marchamo de moderación y universalidad. Europeizó a España sacándola del ostracismo histórico. Zapatero, por el contrario, empezó a extraviar conceptos, abrir heridas cerradas o casi, renacer confrontaciones identitarias e inaugurar una política económica desastrosa. Rubalcaba se acopló a la inercia anterior, para diluirse después ante la mayoría absoluta del PP regalada por el señor Rodríguez.

Sánchez, individuo anónimo, fue recibido con excesivo entusiasmo. Ignoro qué fundamentos percibieron sus panegiristas, salvo vana fachada mediática. Enseguida mostró un talante autoritario, huérfano de todo caudal conciliador, prepotente, incluso sectario. Quiso rodearse de gente ávida, farsante, huera, pero experta en nadar y guardar la ropa. Procedieron a divergir palabras y acciones quebrando el statu quo del partido en un afán antojadizo de dominio elitista. Esta pauta les llevó a enemistarse con diversos secretarios autonómicos y a recrear un partido a su imagen y semejanza. No obstante, la mayor torpeza fue pactar con Podemos -carne de chirigota y delirio- adoptando absoluta querencia al radicalismo populista. Cosecharon, así, una continua pérdida de votos y escaños hasta el punto de hacer saltar todas las alarmas. Séneca ya advirtió que “no sirven de nada las desgracias a aquel que no aprende nada”. Bienvenido, si llega, ese cambio de rumbo esencial para los españoles.

Debido a continuas derrotas sin autocrítica ni asunción de responsabilidades, a asiduas obcecaciones torpes e intransigentes, fue defenestrado mediante una traumática rebelión del Comité Federal para salir del marasmo y en defensa propia. Pablo Iglesias, que tocaba con los dedos ser vicepresidente (algo imposible desde mi punto de vista), viéndose arrojado al averno político y a la indigencia social, amenazó con romper los pactos autonómicos. Vano alarde, pues todo el mundo interpreta fielmente cuál es la procedencia del poder municipal que despliega. Podemos perdería, en justa reciprocidad, Madrid, Barcelona, Valencia, Zaragoza, Cádiz, Coruña, amén de otros municipios menos estratégicos. Soltar la ubre, nunca. Ha conseguido, al contrario, que Baldoví y Maestre reprendan molestos a Iglesias por ajustar su arrebatada advertencia al dictado de arrogante infantilismo. Errejón -más cauto, lógico, incluso sólido intelectualmente- señala claras diferencias entre políticas municipales, autonómicas y nacionales. Ambos son vasos comunicantes y se aprecia cómo uno pierde carisma al tiempo que otro lo recupera en la misma proporción. Procede un divorcio nada amistoso. 

Podemos delimitar la hecatombe socialista como coto a tanta sandez o como encubierta lucha por un poder cada vez más exiguo. Aparte conjeturas, Rajoy no puede asfixiar al partido complemento del PP. Los dos son, respecto a un gobierno viable, materia y sombra alternante o nada. Ya ha hecho bastante daño dando sustento mediático a una ideología poco homologable en Europa. ¿Apetecería el PP que se diera gran cobertura a un partido ubicado a su derecha? ¿Sería bueno para España? ¿Por qué ha de serlo quien mora a la izquierda del PSOE? Partiendo de esta reflexión, la gestora quiere suprimir todo vínculo con Podemos, clarificar las diferencias abismales, y el PP debe apoyarlo en lugar de adosarle dificultades pecando de oportunista. Al final, descubriremos qué afán de servicio despliega el PP con los españoles, hoy por hoy en razonable cuarentena.  

Probablemente unas hipotéticas tercera elecciones favorecieran al PP, o no; pero si vaticinaran el derrumbe del PSOE, sería catastrófico para España. Tanto, que yo, abstencionista declarado, quebrantaría mi compromiso personal para inclinarme por un PSOE que, en circunstancias normales, nunca votaría. ¿Por qué no han de pensar igual cientos de miles, tal vez millones, de ciudadanos?  Necesitamos urgentemente un cambio trascendental. Es preciso que los partidos sirvan al interés común y actúen bajo exquisitas exigencias éticas a partir del respeto a las leyes. Tres son los pilares capaces de llevar a cabo esta transformación: PP, PSOE y Ciudadanos. Como dijo Cherteston: “La fatalidad no pasa sobre el hombre cada vez que hace algo; pero pasa sobre él, a menos que haga algo”. Empecemos.

 

 

viernes, 30 de septiembre de 2016

POLÍTICOS, ANALISTAS Y EL MUNDO DE YUPI


Los últimos días han traído el desgarro total de un PSOE imprescindible para la convivencia pacífica de esta España batida por embravecido oleaje de pasiones enfrentadas. Zapatero fue artífice de aquella nefasta Ley de Memoria Histórica. Ladino e inepto, presentaba escaso capital político que aportar a las inmediatas elecciones tras cuatro años lamentables de legislatura. Aparecía, además, por el lejano horizonte una crisis mundial que él ocultaba con necia y pomposa locuacidad. Sin duda, fue paradigma del político infausto, disparatado. Nuestra banca, rescatada pocos años más tarde, estaba en la “champions league”. Tal marco descorazonador le hizo aprobar, allá por diciembre de dos mil siete (los comicios fueron en marzo de dos mil ocho), dicha ley que ocasionó una fractura social hoy insuperada. Así, utilizando ignominiosos ardides, pudo ganar una segunda legislatura que escribió páginas muy negras de la historia reciente.

El PSOE de Zapatero empezó a desfigurar sus objetivos. Sin ideas, sin doctrina, sin consistencia, trocaron intereses ciudadanos, generales, por un “agitprop” seductor pero hueco, inútil, infructuoso. Radicalizaron su verbo, vistieron de demonio al PP, para esconder una excepcional inoperancia y vinieron los reveses electorales. Rubalcaba significó un paréntesis, no sé si necesario u oportuno, para encumbrar a alguien a los altares. Una poderosa federación andaluza aún dejaba ver viejas salpicaduras de corrupción. Su novel y joven presidenta tenía las costuras recientes, faltándole -al mismo tiempo- madurez y carisma. Tan irregular momento llevó a la secretaria general a Pedro Sánchez, un desconocido que granjeaba loas entusiastas debido a su calculada interinidad. Tremendo desengaño. Yo lo había visto en varias ocasiones como tertuliano y me dejó perplejo al comprobar cómo un individuo tan bisoño pudiera desplegar el sectarismo que destilaban sus intervenciones, no exentas de innegables tics maniqueos. Demasiados vicios para presidir un gobierno nacional.

Sánchez heredó un partido bastante deteriorado, cierto. Precisaba analizar causas, probablemente ideológicas amén de procedimiento, para llevarlo de nuevo a antañones esplendores. Su indigencia, empero, le hizo rodearse de individuos deslucidos, faltos de ideas. Lejos de homologarse con las socialdemocracias europeas, en vez de construir un centro izquierda del siglo veintiuno (inserto en un marco capitalista sensible, aderezado con matices generosos), se deslizó hacia un radicalismo denostado, caduco, que solo interesa a cuatro nostálgicos y al romanticismo veleta de la vanguardia juvenil. Tal coyuntura se agrava con el natalicio de Podemos. He aquí el fundamento de la estrategia equivocada, letal. Sánchez, junto a su anodino equipo, debiera haber marcado claras diferencias entre un PSOE actual, realista, europeo, y un Podemos de dudoso talante democrático, quimérico, que atesora miseria y tiranía como constata la historia de los populismos. Sin embargo, en trayectoria opuesta, hace pactos con él y legitima su concierto en la democracia española allende de regalarle ayuntamientos principales. ¿Se puede ser más obtuso? Sánchez, por otro lado, hace guiños para un acuerdo de gobierno. La consecuencia inmediata es perder votos y escaños llevando al partido a un estadio casi testimonial. Por suerte, la fe todavía hace milagros.

Antiguos miembros muy destacados y barones que ven disminuir su poder territorial observan preocupados la demoledora dinámica a que les lleva una dirección inepta e incapaz. Bien es verdad que, en esta ocasión, hay una pugna personal por conseguir el poder utilizando las estratagemas más impúdicas a que puedan agarrarse. Los medios, por su parte, toman también partido de forma descarada por uno u otro contendiente. Casi todos informan adjuntando determinados sesgos que hacen incomprensible la situación. Es triste y vergonzante ver en los platós, reproducido entre los propios invitados, el enfrentamiento político. Pasamos de héroes a villanos sin solución de continuidad, sin dar tiempo a digerir cada punto debatido. El absurdo ha tomado cuerpo en profesionales y adjuntos porque no es posible maldad absoluta ni bondad infinita, insensatez total o cordura plena. Escudriñando debates se observa con qué alegría, quizás desconocimiento, se barajan motivos tan pintorescos como ilusos. Algunos, incluso, se atreven a predecir un futuro en que echaremos de menos a Sánchez. Curioso, diabólico e impenetrable vaticinio. El meollo no se centra en votar NO o abstención a Rajoy, como afirman analistas ingenuos. Preocupa, desde mi punto de vista, el poder general y particular; nada fuera de esto.

He escrito en varias ocasiones que desde aquella afirmación: “Pactaré con todos a excepción de Bildu y PP”, dicho al menos dos años atrás, Sánchez quedaba ilegitimado para presidir el gobierno de todos los españoles. Cronos me ha dado la razón. Se diga cuanto quiera, él es culpable primario del atolladero actual. Su sectarismo, contagiado a adeptos y algún votante, le obliga a un NO necio, nocivo, sin paliativos, que perjudica al ciudadano y al PSOE de forma insultante. Ese radicalismo, no otra causa, fuerza la desbandada de votos a Podemos, partido que ofrece el oro y el moro ante la nula probabilidad de gobernar. Son, y deberían saberlo, votos de ida y vuelta; pues, de igual a igual me quedo a priori con el malo por conocer. Solo la muchachada, desvalidos necios y algún que otro verso suelto, son capaces de contravenir las enseñanzas del refranero. De esto también tienen buena parte de culpa sus íntimos colaboradores, que… ¡vaya tropa! al decir de Romanones. Espero que le sustituya, si así fuera, alguien con sentido de Estado.

PP y PSOE son dos caras de la misma moneda. En el mundo accidental, civilizado (en cualquier país libre), no existe otra moneda. La historia nos lo enseña. No hay un poder bueno y otro malo; existe el poder que detentan unos pocos y sus efectos que sufrimos muchos. Lo único que lograremos conseguir, solo en una democracia real, es que dicho poder se muestre clemente, controlado para evitar excesos y arbitrariedades dentro de lo posible. El resto, cualquier ofrecimiento o promesa, cae de lleno en el mundo de Yupi; ese ámbito ficticio, irreal, inventado por gentes que apetecen un poder total, sin contrapesos, tiránico. Algunos, con signos y gestos sugerentes, magnéticos, dejan mucho que desear; enseñan la patita a poco que se les examine. Estemos ojo avizor y no nos dejemos cautivar por cánticos de sirena, por Yupi.

 

 

 

viernes, 23 de septiembre de 2016

LA SONRISA DEL DIABLO


El diablo es un figurante rebelde, con gran margen de maniobra, que sirve indistintamente para un roto o para un descosido. Cuando queremos sugerir torpeza, apatía o indigencia, usamos ese aforismo tan recurrente de: “Cuando el diablo se aburre mata moscas con el rabo”. Proclama cierto grado de dejadez si no de disgusto. Políticamente correcto en la forma, implica un mensaje sin apenas ribetes fecundos. Es un toma y daca afectado, suave, audible. Desde hace años, una vez abierta, detallada, esta crisis, pequeños y medianos ayuntamientos sufren la inercia inoperante, escasa, de fondos irrisorios. Tal vez la situación sea menos calamitosa en grandes urbes por el aumento desenfrenado de impuestos. Las suculentas viandas económicas que suponían aquellas obras de antaño, permitía a los regidores alegres derroches y alguna que otra abultada comisión. Hemos pasado del exceso, del abuso, a la miseria inactiva. Constituye una consecuencia lógica, inevitable, de tener vacías las arcas municipales. Sufro la experiencia valenciana y de mi pueblo conquense, sumergidos ambos en un sesteo ajeno a la tópica canícula veraniega.

Pese a la lamentable situación local que se agrava bajo las dentelladas de Cronos, ese dios inmisericorde, la coyuntura nacional viene preñada de negros nubarrones. Día a día brinda una realidad semejante a aquella que dibuja “La sonrisa del diablo” novela que presenta a Deborah -personificación de la crisis- joven bien parecida cuyo gesto visible deja un penoso rastro de efectos destructivos, fulminantes. Todas las desgracias se adosan a ella de forma aleatoria e inevitable; es un imán aterrador. Sin ser preciso argumentar, me quedo con el primero que hasta resulta entretenido. Este es perverso, letal, pues personifica el espanto, aquello que produce en el individuo inquietud, base de toda angustia vital. Semejante escenario se aprecia e intensifica cada jornada. No vislumbro, y a veces me corroen pensamientos dramáticos, la meta a que nos llevan nuestros políticos auxiliados por la actitud irresponsable de nosotros, del pueblo.

Siendo malo el marco político conformado, me parece peor la actitud personal adoptada por todos los líderes salvo, pese a las aparentes contradicciones, Albert Rivera quien demuestra ser una excepción gratificante. Podría considerarse el único oasis del desierto estéril en que ha convertido el país la caterva de impresentables raptados por ambiciones ilegítimas o tornadizos pruritos personales. Cierto que el ciudadano es cómplice necesario pero su responsabilidad queda minimizada por su falta de poder y convocatoria; en suma, por inhabilitación manifiesta. ¿Podríamos hacer algo, tomar alguna medida? Con nuestro individualismo anárquico poco, nada. Percibo solo una solución: abstención o voto en blanco de aquí en adelante. Sé que necesitamos de una heroicidad similar a la de aquellos ratones que no encontraban la forma de poner el cascabel al gato.

Rajoy me deja perplejo, maltrata mi sosiego. Ignoro a estas alturas si es adalid o villano. Me inclino por lo segundo a consecuencia de ciertos pasos y pleitos. Ha dejado un partido silente, vinculado a su persona, subyugado. Sin contraste no puede llegarse a la verdad. Desparecido el método de prueba y error, tenemos la necia visita del yerro y, por ende, del desastre. Cuatro años de legislatura han bastado para constatarlo. Encima, don Mariano, miente. Apenas deja salir una verdad pese al aspecto bonachón, fiable. En un país papista, sus colaboradores cercanos lo superan. Me divierte y asquea oír a Hernando, Maroto o la señorita Levy. Rechazo que me supongan imbécil aquellos a quienes costeo una vida edulcorada. Abuso que deberían satisfacer antes o después. El PP tiene parte de culpa en la problemática institucional, territorial, social y económica a la que hemos desembocado. El PSOE es su partenaire necesario. Basta de restregarse la corrupción y otros defectos como excusa idónea para acallar conciencias y engañar al potencial elector.

Pedro Sánchez, el terco y espiritoso señor no, convierte a Zapatero estadista español y europeo de gran talla pese a aquella trayectoria que sirvió de mofa y escarnio a medio mundo civilizado. Su conducta retrógrada, novecentista, lleva a España al desastre, sin recambio o, peor aún, con uno radicalizado, macabro. Desde luego, destaca como político inepto, indigente, nocivo. Pese a mi negativo concepto general, jamás pude imaginar que pudiéramos sufrir uno tan especialmente gravoso. Ya, en su época de tertuliano, dejaba ver un sectarismo ilimitado y nada fructífero. El intento final de formar gobierno con Podemos e independentistas lo sitúa fuera de la realidad, a un paso rotundo de hundir el país y el PSOE. Rubalcaba lo denominó “gobierno Frankenstein”, no sabemos si por lo que supone de ciencia ficción, fantástico o monstruoso. Le acompaña un grupo que insólitamente muestra una jibarización pasmosa. Pónganle coto a tanta necedad o perderemos un partido esencial para la convivencia pacífica. Sánchez terminará siendo el señor killer.

Podemos y Pablo Iglesias necesitan pesas especiales para equilibrar la balanza de la ambición espuria. Aseguro que pueda haber políticos en Francia, Italia o Grecia tan pecadores como nuestro macho alfa. Pero, como dicen en mi pueblo, los males de otros no agravian ni intranquilizan. Me preocupa nuestro populista adscrito a un sentido totalitario del poder. Ni imaginar quiero qué ocurriría si Podemos alcanzara el poder. Adiós libertades individuales, adiós democracia. Mal venida la soviética democracia popular. ¡Qué farsa! Siempre lo advierto: Cuidado con los santones.

Me quedo helado. Veo cada vez más cerca la tormenta. Nos pilla desarmados, ávidos de esperanza, oprimidos por una conciencia social acomodaticia, cobarde. Restan, debemos esperar, tiempos de infortunio; aquellos en que se hace patente la sonrisa del diablo.

 

 

 

 

viernes, 16 de septiembre de 2016

LA LÍBIDO Y EL PODER


Todos conocemos, en mayor o menor grado, la relación estrecha entre poder y magnetismo sexual (El pobre es un donjuán de secano, hubiera dicho Gómez de la Serna). Esta interacción no viene determinada por ninguna atracción genuina al resto de seres orgánicos. Forma parte del botín, de la sumisión ante los vencedores, señores de vida y haciendas. Ellos toman cuanto desean y permiten a la tropa transgresiones, excesos, que recompensen la victoria; tal vez la fidelidad ciega. Ocurre así desde que apareció el bípedo, supuesto racional, denominado hombre. Otras especies se dan al instinto solo para procrear. El homínido busca y encuentra, básicamente, satisfacer deseos primarios cuya concepción de naturales no minimiza la carga licenciosa que arrastran. Detesto esa inclinación moralista que pudiera entendérseme al socaire de lo anteriormente expresado. Quiero divulgar vicisitudes históricas equiparándolas, en lo común o en lo diverso, con las actuales. No entro ni salgo a concluir juicios de valor; expongo hechos incuestionables del ayer y del hoy.

Nuestros monarcas medievales, aun quienes ostentaban el remoquete de “católicas majestades”, retozaban alegres, febriles, con mozas de diverso linaje que el Marqués de Santillana entronizaba en la vaquera de la Finojosa. “Moza tan fermosa, non vi en la frontera…” rimaban sus “Serranillas”. Cualquier hembra servía para apagar los arrebatos de la batalla o las avideces del ocio que, siendo distintos en su encarnadura, debieran exhibir parecidos síntomas y necesitar parejos mimos paliativos. Desde damas cortesanas a obsequiosas campesinas u hogareñas dejaban su impronta entre sábanas de fino encaje o modestos heniles. De estos encuentros nacieron hidalgos célebres o eclesiásticos deleitables. Más tarde, los Austria –atemperados en parte por sus principios morales- siguieron cultivando hábitos casquivanos pero mitigando euforias de siglos anteriores. Era la España del oscurantismo religioso y de las guerras contra el infiel protestante o turco. Sin embargo, los Borbones franceses de la época dejaron muy alto el pendón, nunca mejor dicho. Luis XIV batió todos los registros.

El siglo XVIII instauró la monarquía Borbónica en España. Los primeros reyes fueron, atendiendo al aspecto que nos ocupa, una mala copia de sus antecedentes franceses. Pero llegó el siglo XIX y las reinas, María Luisa, María Cristina e Isabel, rompieron hábitos ancestrales y dieron un revolcón al sexo estrella hasta ese momento. Ahora floreaban ellas, principiaban el dominio del antojo mujeril. La primera, presuntamente, tuvo amores con Godoy -un guardia de corps- al que concedió títulos (Príncipe de la Paz, entre otros), honores y riquezas sin fin por boca o mano de su marido el rey Carlos IV. La segunda, viuda ya, se enamoró de Agustín Fernando Muñoz, sargento de la guardia real, con quien casó, tuvo ocho hijos y dio títulos como duque de Riánsares, nombre del río que pasa por su pueblo natal, Tarancón. Isabel coleccionó innumerables amantes desde temprana edad. Existen dibujos subidos de tono respecto a sus conocidas efusiones sexuales. Todos consiguieron honras y prerrogativas de tan real lujuriosa. Semejante pago por los servicios prestados se da exclusivamente en las mencionadas reinas, cónyuges o regentes. En esto, también España es diferente.

El siglo XX, cuna del fascismo, nazismo y totalitarismo, atesoró dictaduras más tiránicas, aun sangrientas, que los anteriores regímenes absolutistas. Sus líderes, Mussolini, Hitler, Lenin y Stalin tuvieron amantes. Lenin y Stalin las recolectaban cual trofeos, dada su particular visión del poder absoluto. Supongo que las emociones, tanto de ellas como de ellos, estarían reducidas a anhelos sado-masoquistas que a reales desvaríos propiciados por mutua seducción. Creo incompatibles sentimientos afectivos con personalidades raptadas por la ambición ciega y el poder desmedido. La abundante cantidad de cadáveres adosados a sus espaldas, constatan tal sentir. De ahí que el sexo signifique una forma original de dominio, de supremacía placentera, gozosa, severa. Así surge el tópico macho alfa. Aparece, pues, en la izquierda totalitaria esa contradicción de loar a la mujer como sujeto de derechos iguales y luego cosificarla, sojuzgarla, cual objeto de propiedad, a veces (peor todavía) de trueque dorado.

Los tiempos modernos, el siglo XXI, el despertar de extraños horizontes políticos en una Europa plácida, sin lastres bélicos ni irredentas reivindicaciones sociales, ha dejado insólitos comportamientos. A decir verdad, tienen connotaciones con los sistemas personalistas -más o menos tiránicos- aunque dotados de peculiares características propias. Ahora, con las democracias, la participación política es abierta, posibilita el empleo público a cualquier hijo de vecino, sea o no apto para tal ocupación. No obstante, en este hábitat político, surgen también grupos que desvanecen su naturaleza totalitaria con nuevos y aparentes gestos. Son camaleones de siglos atrás, por ventura superados, que se niegan a un final definitivo fundiéndose con la innovación. Dejan el hedor característico de su omnipresencia adjudicando importantes dignidades a sus parejas o exparejas. Es decir, gestan un nuevo eslogan: “La líbido al poder”, tan utópico como aquellos otros del mayo francés. Recuerdo con extasiado fervor aquella quimérica vicepresidencia para Irene Montero siendo presidente Pablo Iglesias. ¿Otean cierta analogía con las reinas del siglo XIX? De nuevo otro vuelco genital. Posibilidad virtual arriesgada, pero vuelco.

Pido disculpas a mis ocasionales lectores por esta muestra de frivolidad con la que está cayendo. Mi propósito es banalizar un tema que, bien mirado, actualiza modos constantes del poder a lo largo de la historia. Parece claro que afectaban solo a monarcas absolutistas o tiranos totalitarios de cualquier adscripción doctrinal. Hoy, los demócratas conceden regalías a amigos. Por el contrario, los talantes dictadores siguen atesorando honores para sus conquistas amorosas. Surge la pregunta que da título a una película de Gómez Pereira: “¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo”? Así estamos.

 

 

viernes, 9 de septiembre de 2016

DEMOCRACIA ES UN NOMRE DE FANTASÍA


 

Me viene al pelo para el epígrafe una novela de Almudena Grandes, cuyo título: “Malena es un  nombre de tango” diverge sobre manera del marco retratado. Tanto que un huevo y una castaña despliegan mayor afinidad. Bajo esa presentación figurativa, la autora desmenuza sentimientos, frustraciones, complejos; en suma, vivencias sociales traídas a colación por una familia burguesa que busca respuesta existencial. Al igual, cualquier individuo debiera advertir, si se lo propone, el paralelismo entre titular y mensaje a extraer del presente artículo. Deseo mostrar las enormes diferencias que, a veces, existen alrededor del vocablo democracia visto en su estricto significado. Como anticipo, expongo ya el inmenso interés que exhiben partidos y próceres en contaminar el término imponiendo, con la inestimable colaboración de los medios, acepciones fuera de toda ortodoxia semántica. Inquiramos nosotros por qué esta voz ha sido traicionada tanto a través de la historia.

Tal es la avidez de desvirtuar el lenguaje que días atrás, José García Molina, diputado de Podemos por Castilla-La Mancha, presentó una Proposición de Ley sobre Memoria Democrática para “garantizar” el derecho a conocer la “verdad” de los hechos históricos de la región. ¿Cabe mayor necedad etimológica? ¿Permite presentar un recurso contra la manipulación y el absurdo? Pese a ser profesor universitario, ¿de dónde ha salido tanto aventurero ignaro, farsante? Tal vez no sea extraña semejante andanada teniendo en cuenta que Podemos necesita, como el aire que respira, aparecer virginalmente demócrata. De aquí todo su desmedido afán en loar con artificio cualquier acto o momento público, a lo mejor mediático. El resto, con mayor pedigrí democrático pero igualmente exiguo de otras virtudes socio-políticas, retuercen símbolos y significados antes de enseñar la patita por algún resquicio al efecto. Llevamos siglos consintiendo fraudes, trueques, en los mensajes. La realidad no se vela, se oculta plenamente con locuciones que calan en la conciencia colectiva aniquilando u obstruyendo cualquier posibilidad clarificadora.

Sé que todos los países del llamado primer mundo tienen democracias con diferentes grados de aceptación. No obstante, si nos miramos en el espejo europeo habremos de constatar, con cierto abatimiento, que nuestro sistema de libertades es uno de los más imperfectos. Debido, quizás, a nuestra idiosincrasia, al individualismo disgregador, aparece magnificado este carácter insolidario que nos define. Asimismo, Machado puso de manifiesto la ruptura entre las dos Españas que habrían de helar el corazón al español. Semejante dualidad histórica viene bien a determinados políticos que, para arrancar un puñado de votos, renuevan de forma irresponsable y trágica el enfrentamiento. Ha venido ocurriendo en los siglos postreros e incluso brilla en estos tiempos de miseria total. Vivimos, impelidos por una genética monstruosa, a caballo entre el abatimiento inútil y una terrible espiral de violencia sanguinaria. Lo marcan tercos procesos fatalistas, solo arrinconados cuando seamos capaces de abandonar tan estúpido lastre. Reconozco que nuestro primitivismo hace tal revisión poco probable.

Dicen que España es un país democrático. Los hechos niegan esa versión tan elogiada como rentable. ¡Cuántos viven de ella! Democracia significa gobierno del pueblo. Es evidente, y cualquier ciudadano de a pie puede constatarlo, que aquí no gobierna el pueblo -en sentido estricto- ni mucho menos, como implica por necesidad el vocablo. Por tanto estamos frente a un formulismo al que se le aplica un giro equivocado consciente o inconscientemente. Si me apremian, aseguraré que el yerro es provocado, estafador. Las democracias, más o menos reales, visten uniforme; es decir, igualdad. Empiezan porque los partidos, tasados como imprescindibles, deben observar una gestión del mismo calibre. ¿Alguno de ustedes es capaz de pronunciarse sobre la democratización auténtica (otra cosa son las apariencias y el reclamo) de cualquier sigla que pulule en esta poética y seca piel de toro? Continuaríamos con la independencia absoluta de los tres poderes constitutivos, la igualdad ante la ley, ausencia de privilegios políticos, etcétera, etcétera. Rotunda quimera. 

Puesto que el poder lo ostenta el pueblo, los partidos -instrumento preciso- debieran someter toda su acción al beneficio ciudadano por imperio legítimo. Pecar de ingenuos a estas alturas no solo desvela simpleza supina sino probable embriaguez dogmática. Llevamos nueve meses (un embarazo psicológico, en este caso) de vivencias personales. El bienestar ciudadano les importa poco menos que una higa. El gobierno en funciones, que no funcionario, es la prueba de que a esta caterva no le importa ni siquiera el ritual democrático. ¿Cuánto les importa la esencia? Nada. Si alguna vez desplegaron buenas tentativas, fueron desalojadas, abatidas al instante, por perturbadoras ambiciones y espurios intereses. Lo dice el proverbio: “Por dinero baile el perro…”. Nadie extraiga doble lectura del mismo, se apartaría de mi talante. Pese a lo expuesto, digo como Cassen aquel cómico que tituló alguno de sus gags o terminaba relatos desternillantes con la famosa coletilla “es broma”.

Ignoro qué grado de purismo democrático tienen en Inglaterra, Dinamarca o Suecia, por citar algunos países de nuestro próximo entorno. Sospecho que excelente, aunque pueda mejorarse. Aseguro, no obstante, que aquí, en España, democracia es un nombre de fantasía.

 

 

viernes, 2 de septiembre de 2016

COMO VELEROS SIN APAREJO


Decía Ortega que los errores y abusos políticos, los defectos de las formas de gobierno, el fanatismo religioso y la llamada incultura, significan poco en la patología nacional. Eran extraños fenómenos disgregadores quienes encarnaban el porqué del histórico conflicto español. Sin restar un ápice a aquellas lucubraciones de tan insigne pensador, los fenómenos disgregadores no afloran por generación espontánea ni proceden de un azar casuístico, irracional. Al igual que otras manifestaciones vertebradoras -tal vez  cismáticas- su hacedor único es el individuo que conforma una sociedad armónica, quizás discordante. Constituye ese ser unipersonal, intransferible, quien elige (soporta casi siempre) a los gobernantes, cree o niega con violento fanatismo e incluso afirma, en demasiadas ocasiones, su propia incultura. Culpable es, pues, el aporte no la secuela.

Ahora -anteayer, ayer y hoy- nos inquieta una coyuntura insólita, casi absurda. Absurdo es aquello que va contra toda lógica; verbigracia, la cuadratura del círculo. Que nos encontremos con una realidad digna de cualquier epíteto, por tremendo que parezca, no implica que el momento histórico y político supere los límites normales para caer en el campo de lo quimérico, aunque sí del desatino. Las leyes del azar, esa ciencia llamada probabilidad, denominaría esta situación -de aspecto concluyente- como posible aunque muy poco probable. Sin embargo, ya ven: se ha conseguido, hemos puesto en evidencia hasta el cálculo matemático. Estos políticos nuestros baten todos los récords de la norma, de aquello que viene establecido por usos y costumbres. Su silencio es tan estruendoso como el efecto causado por un elefante en una cacharrería. Personifican la sinrazón, acometen diligencias huérfanas de maridaje con lo ponderado. Gracias a estos costosos mimbres hemos cimentado dos investiduras frustradas.

Pese a que soy de tierra adentro, sé que un velero sin aparejo deviene en ingenio inestable  que ha de arrinconarse cuanto antes. Tal reflexión debiera hacerse extensiva a la vida pública. Según esa fundamentada teoría común del Estado Democrático, se necesitan los partidos políticos como asiento de la representación ciudadana. Cierto, sin partidos no hay verdadera democracia pero con ellos, a menudo, se consigue una democracia escamoteada, turbia, aviesa. Es nuestro caso. Llevamos tres trimestres largos en que los partidos reflejan una  actividad equiparable a la de esos cascarones viejos, huérfanos de toda posibilidad funcional, carentes del velamen que permita aprovechar ese empuje vehemente que el pueblo, vendaval fiel, alienta cada jornada electoral. Al menos yo, asisto incrédulo a este festín de siglas desarboladas por egoísmos extemporáneos, amén de incompetencias tácticas o soberbia traumática. Al compás de aquel razonamiento, hemos de examinar y decidir qué hacemos con los armatostes inservibles; es decir, Rajoy,  Sánchez y (por extensión) sus partidos, que impiden la navegación -urgente ya- del bergantín español.

No excluyo a  ningún velero político, asimismo tampoco a los armadores o capitanes. Me centraré en estos últimos como responsables precisos dada la estructura monolítica de los partidos-veleros, cuya plena identificación entre preboste y sustancia es incuestionable. Rajoy, lo he dicho en innumerables ocasiones, ha derrochado de forma sorprendente un enorme capital político en tan solo una legislatura. ¿Qué habrá hecho? Más allá de sus falaces pretensiones económicas, no sirve la onerosa herencia para justificar ineptitudes relevantes. Su falta de compromiso y de tacto ha traído una justicia allegada, la agudización del problema territorial, el incremento del relativismo moral a nivel personal y familiar, cierto abandono de colectivos a los que previamente había sisado un rédito político, etc. En fin, los logros económicos no pasan de burda cocina con datos obtenidos a salto de mata. Por encima de cualquier eslogan optimista y de la confiscatoria subida de impuestos, la deuda pública aumentó una media de cien mil millones por año. Si sumamos los letales recortes y la depauperación de las clases medias (por cierto sostén del Estado), ¿ha rendido Rajoy una buena gestión económica? No, Rajoy es un velero sin aparejo, un ejemplar incapaz de aprovechar la energía otorgada por una mayoría absoluta; constituye un peso superfluo, prescindible.

Sánchez es el paradigma del velero aciago, insensato, sin rumbo fijo; a muy poco del  sálvese quien pueda. Está abriendo una terrible vía de agua al viejo cascarón socialista y que su antecesor, Zapatero (no sé cual más necio), empezó a taladrar. Hace años que sostiene un enfrentamiento encarnizado con otro cascarón de parecido componente y aspecto. Su inquina al PP y a Rajoy presenta una procedencia sectaria. La corrupción y talante populares que se mencionan como fuente son meras coartadas de alimento gregario. En vez de intercambiar experiencias para pulir ambos antes de aparejarlos, el líder socialista pretende -supongo por soberbia e ineptitud- hundir el suyo de forma irrecuperable. Siguiendo el viejo dicho: “donde hay patrón no manda marinero”, percibo la quilla en el fondo pese a las advertencias de viejos capitanes y el silencioso terror de una tripulación equidistante. Aparejar el mástil con Podemos y enarbolarlo con velas independentistas, significaría navegar sin rumbo y, a la postre, en un mar picado se iría a pique irremediablemente.

Renuncio a analizar el aparejo, o su falta, de Ciudadanos y Podemos. Aquel, retocando el casco y aprestando la arboladura, debe tener el viento a su favor en futuras travesías por los océanos políticos. Podemos, no obstante relatos seductores e insolentes audacias, perderá el velamen enseguida, navegará a la deriva, y solo les quedará una aventura para contar cuando algún remolcador oportuno lo lleve a puerto. España (galeón que ha surcado majestuoso aguas bravas por el mundo) se encuentra ahora mismo en una difícil encrucijada. Los dos principales navíos que podrían permitirnos un desafío victorioso al traicionero oleaje económico, se encuentran sin aparejo y sus respectivas tripulaciones a la greña. El momento abona la ebullición de los fascismos populistas que presentan una nave estética, atractiva, pero contaminada con el virus de la miseria, la esclavitud y la tragedia. Una vez más hemos de enarbolar nuestra nave nacional con individuos incapaces. Tengamos el valor de apartarlos, de quitárnoslos de encima como veleros inservibles, sin aparejo.

 

viernes, 26 de agosto de 2016

SOLILOQUIOS, DESCONFIANZA Y CANCIONES INFANTILES


Tras ocho meses de gobierno interino, de arraigado cerrilismo alimentado por intereses bastardos, se otean hoy parecidos talantes y sinrazones. Cualquier sigla, todo líder que se precie, nutre los noticieros con un latiguillo tópico, falaz, irritante: “estamos trabajando para los ciudadanos”. Mientras, alargan sine die el pleito que debe desembocar en un gobierno real, permanente, operativo. Dicen, y no les falta razón, que la interinidad actual daña la débil economía que sobrellevamos. Sin embargo, no se advierte ningún esfuerzo para sacarnos de esta situación putrefacta. Quieren lavar la cara al personal sin mancharse las manos, al modo de quien pretende hacer una tortilla sin romper huevos. Si no fuera inquietante, tal momento debiera venir orlado por cierto tipismo hispano no exento de ribetes esperpénticos. Algo así como el espectáculo del bombero torero político.

Abundan por estos parajes, y con tal ocasión, los soliloquios. Cuando negamos algo de forma obcecada, insistente, genuina, hilvanamos un discurso interno, inválido, sin fuerza. Se convierte en repique interior, eco enjaulado; constituye, en definitiva, un soliloquio, un mensaje nonato, oculto, del que solo conocemos sus efectos perversos. Ignoramos qué tesis quiere airear ni cuáles son sus argumentos raquídeos. Queda un susurro retórico tan hueco como inocuo e ineficaz. Ahora nos encontramos inmersos en tal escenario. A veces, no hay nada más allá de un silencio culpable o penitente. Esto, al menos, caracteriza a Rajoy, Sánchez y Rivera. Lo de Iglesias puede confundirse con un ascetismo aparentemente transformador, catártico. Pura apariencia como se desprende del pulso con las Mareas gallegas que, a la postre, le partieron el brazo.

Conocemos los encuentros -más bien desencuentros- entre PP y Ciudadanos para firmar unos acuerdos que permita a estos últimos un voto afirmativo en la investidura de Rajoy. Notamos desgana, aplicable al grupo pepero, y desconfianza lógica, que anotan los de Rivera. Cuatro años de rodillo malcrían a cualquiera y lo convierten en persona insoportable, engreída, prepotente. El PP olvida cerrado, poseído de no se sabe qué derechos o legitimidad, que necesita aliados, compañeros de camino. Sospecha, eso conjeturo, que Ciudadanos persigue conseguir determinado capital político a costa de embestirlo. Razón suficiente para interpretar los graves altibajos en las negociaciones. Poco les importa descubrir, al menos aparentemente, que ninguno desea sanear la vida pública, quizás menos el PP por los innumerables procesos que otea cercanos. A última hora, in extremis, se ha cerrado un acuerdo sietemesino. La urgencia del parto necesitó medios extraordinarios cuyas secuelas anatomo-fisiológicas no son apreciables, de momento. Ha concluido la primera etapa con resultado satisfactorio, si nos atenemos a revelaciones bastante optimistas. Veremos.

Sí, el PP es la Penélope que a ratos deshace lo que en otros, llevada por esa virtud llamada necesidad, construye o propone con total desencanto. Quiere que Ciudadanos y PSOE apoyen, de forma afirmativa o absteniéndose, una investidura poco trabajada y menos atractiva. Amenaza con celebrar la jornada electoral -tercera farsa- el mismísimo día de Navidad. Le falta tramitar propuestas serias, con enjundia, rigurosas, y le sobran artimañas. Resulta comprensible que anhele colaboraciones poco exigentes, pues sus rivales quedaron empequeñecidos por el 26J. No obstante, tensar la cuerda demasiado suele originar el efecto contrario, siempre perverso. Parece lógico que cada sigla pretenda un espacio notable, firme, consolidado, dentro del nuevo marco político. Este fondo obliga a rehusar cualquier acercamiento a un PP sucio, corrompido. Quizás menos que otras siglas merecedoras de un rechazo social más evidente pero salvas por la opinión pública. Este es el crisol de la desconfianza, venero de indecisiones, cebo del momento ambiguo, padre putativo de toda contestación. Prevalece, pese a su fama, un PP sin rival manifiesto hoy por hoy. Ciudadanos exige sin ambages el papel de bisagra. Por su parte, el PSOE ansía formar parte esencial del bipartidismo pero teme dar un paso en falso y ser engullido por Podemos. De ahí su ceguera cicatera, su ausencia, ya que Podemos le causa demasiado terror y por ello, dada la indigencia estratégica que revela, ofrece tan menesterosa capacidad de reacción. 

La actual tesitura lleva a algunos a entonar repudiadas canciones, no sé si infantiles o infantiloides. Ciudadanos abrió el melón al proponer un personaje independiente, de consenso, para investirlo jefe del gobierno. La idea les pareció al resto absurda, poco democrática, un calentón primaveral debido a aquel bloqueo empecinado a que llegaron los partidos. Ahora, ahogados de nuevo por análogo inmovilismo, sin salida visible, el secretario general de los socialistas catalanes -reacio en ocasión anterior- lo propone no sabemos si como salida exótica o como ocurrencia ingeniosa, mordaz, algo extemporánea. Sea cual fuere su intención, enseguida consiguió un abigarrado coro de seguidores incondicionales. Así lo manifestaron al unísono PSOE y Unidos-Podemos; una identificación más que resulta inadmisible, acongojonadora, para socialistas juiciosos.

Vamos abocados a unas terceras elecciones porque nadie quiere mancharse sosteniendo a un PP corrompido sin límites y sin exclusión, por activa o por pasiva. Resulta ilusorio que se apoye la investidura de Rajoy sin pringarse. Uno puede ser patriota, responsable, pero no suicida. Cierto que las siglas tradicionales, todas, cuentan con episodios de dispendios calculados; es decir, sujetos a diferentes comisiones. Pese a tal sospecha, solo al PP le imputan profundas y extensas raíces delictivas. Sin ser falso el dato, no debe despreciarse el acorralamiento visceral, impúdico, a que son sometidos el señor Rajoy y su partido. Vale más caer en gracia que ser gracioso, dice cargado de razón un proverbio popular.

Quiero resaltar, en última instancia, con qué fuerza un joven periodista -tocayo mío- definió a Podemos partido democrático. Nulo de argumentos que le llevaran a lucubrar semejante conclusión, estoy convencido de que con la misma trabazón lógica (insisto, desconocida), precisaría, verbigracia, que el partido Nazi era fascista, antidemocrático y totalitario. Que yo sepa, a Corea del Norte se le denomina República Popular Democrática y ya ven. ¿Sería ese país su paradigma democrático?

 

 

viernes, 19 de agosto de 2016

LA CHISTERA DE RAJOY O EL EPÍLOGO DEL CÉSAR


Rememoro con socarronería una anécdota tan disparatada que invita a encontrarla falsa. Se refiere al opositor cuya estrategia consiste en prepararse parte del temario y dejar al azar aquel que su indigencia intelectual o volitiva le impide vencer. La bola, adversa, traicionera, obliga a escribir sobre los Reyes Católicos. Con poca información sobre ellos, le sobran conocimientos relativos a Colón. Por este motivo, ni corto ni perezoso, realiza un breve prólogo: “durante el reinado de los Reyes Católicos, Cristóbal Colón descubrió América”. Después, y abierto el camino, dedicó páginas enteras al navegante. Constituye la salida estéril, rocambolesca, pero estética de quien rebosa mala suerte, indolencia, quizás abatimiento. “Dios aprieta pero no ahoga”, debe considerarse base raquídea, ley absoluta, que surge providencial de veneros metafísicos. Cualquier debate cuyo punto de encuentro o desencuentro esté relacionado con el suceso expuesto, ofrece una justificación torpe pero recurrente.

Rajoy lleva tiempo actuando como el opositor de referencia, superado, perplejo, errante. Sin ir más lejos, el miércoles diecisiete -tras una vana semana de largas- anuncia que el Comité Federal, órgano talismán de cualquier césar, solo le “había autorizado” a iniciar conversaciones con Ciudadanos. Consciente de su desprestigio, reaccionó de forma parecida al opositor ingenioso. Impelido por la necesidad, siempre virtuosa, cambió a la corre prisa una respuesta que estimaba táctica. En el acto, tuvo que recomponer el mensaje. Contra toda advertencia, sin ganas, opuesto a cualquier afecto mariano, tuvo que aceptar las condiciones impuestas por Rivera. Desconcertado, indocto, sin alegato a lo que la bola le solicitaba, ofreció una salida estética pero nada asimilada. Calculó al centímetro su evidente salida de tono según íntimos presupuestos. Se sabe objetado, suspenso, pero le mantiene el efecto milagrero del placebo. Acertó en la corrección aliviando todo despecho displicente y culpable.

El salto retórico que brindó inesperadamente al país el jueves, cuando esperábamos una espantada memorable e incomprensiva, dejó descolocados a muchos, yo entre ellos. Tenía previsto un titular muy plástico: “Rajoy o el lastre evitable del PP”. Sin alterar la idea central, esa decisión postrera -de última hora- quebró el encanto y los estros, inquietos, sorprendidos no menos que yo, decidieron tomarse un corto jubileo. Me quedé en blanco cuando el presidente en funciones decidió actuar con sensatez, invalidando mi artículo ya pergeñado. Tuve que preparar, con la cocina todavía caliente, un nuevo menú argumental, una tesis matizada, sin inutilizar el anterior esqueleto. Rajoy ya no protagonizaba el mayor yerro de un prócer en la actual coyuntura política. Antepuso acuerdos inciertos, aparentes, para ofrecer el menú aderezado una semana antes. Su fuego de artificio tenía la pólvora mojada y estuvo tentado de prender la mecha de manera irreversible, necia.

Pese a todo, a cálculos infinitesimales, a presiones diversas, aun a amenazas caóticas, Rajoy es un político amortizado. Conmilitones muy cercanos, adosados, adheridos a las regalías, defienden la inobjetable presencia de don Mariano al frente del próximo gobierno. Aducen que el votante ha puesto su confianza en él. Falso. Este país vota a la contra o con los ojos cerrados. Zapatero encarna un paradigma certero, sustantivo, desgraciado. Declinar sobre el líder todo crédito electoral, no solo es aventurado sino inconsistente. Rajoy resplandece, destaca, porque alguien lo ha izado a la peana, no necesariamente porque sea el candidato propuesto e ideal. He escrito en numerosas ocasiones que los partidos presidencialistas, cuando se apaga la luz, tienen difícil hallar el recambio cabal, un saneamiento imposible, en beneficio de la sigla y del ciudadano, priorizando aquella sobre este. Tal detalle ilumina su interés de servicio al pueblo.

Aunque la genuina oposición (PSOE) y medios afines responsabilizan al PP de todos los desarreglos, exageración y quimera revolotean inquebrantables sobre tanta animosidad o desconocimiento. Cierto es que nadie hace todo acertado o calamitoso. Sin embargo, poco puede oponerse a realidades tozudas. Cuando Rajoy tomó el gobierno, a finales de dos mil once, la deuda pública ascendía a setecientos treinta y cuatro mil novecientos sesenta y un millones de euros. Suponía el sesenta y nueve por ciento del PIB. Hoy, la deuda supera el billón cien mil millones (ciento uno por ciento del PIB) después de subir impuestos y recortar servicios básicos. Si a estos números sumamos la situación infausta de la justicia, el desastre autonómico y territorial, amén de incumplimientos referidos al terrorismo y al marco católico, junto a otros pormenores acabados en el olvido, hemos de convenir la dudosa gestión de Rajoy en cuatro años. Para más inri, los españoles le concedieron una insólita mayoría absoluta. ¡Cuántas razones asisten a quienes critican al gobierno!

He hablado (escrito en este caso) de las numerosas lagunas y deficiencias que exhibe Pedro Sánchez. Con toda seguridad volveré a hacerlo. De momento, un sectarismo insensato, oportunista, postizo, se deja sentir sobre todo en el partido. Distan mucho de ser modernos, razonables, aquellos que enmarañan intereses propios y pureza doctrinal. El señor Sánchez viste chistera arcaica, tosca, inoperante. La del señor Rajoy, confeccionada con medias verdades y mentiras meridianas, se ha quedado sin conejos, sin atractivo, átona, superflua. Vendrá, por su natural, un recambio huérfano de crédito. ¿Qué solvencia ofrece a la ineludible catarsis quien se ha mantenido mudo por tiempo indefinido? Los césares implantan desconfianza en sus delfines una vez desaparecidos. Es su herencia formal, rigurosa, imperativa. Abrumador epílogo.

 

 

viernes, 12 de agosto de 2016

SOMOS UN PAÍS DE IMBÉCILES


 

Acierta quien vea cierto paralelismo entre el epígrafe y aquella reputada película de los hermanos Coen “No es país para viejos”. El filme presentaba una temática psicológica centrada en la circunstancia del  hombre; culpable, a su vez, de toda actuación posterior. Con afanes más humildes, solo deseo expresar una idiosincrasia específica del individuo español, general, quizás provocada, que guía la conducta política y ciudadana. No creo que suframos el efecto perverso de un atributo reciente, concebido por la sociedad actual. Hemos de aceptar los múltiples errores, aun vicios, que ha ido formando, a través de los siglos, nuestro currículo. Digo. Algunos, inducidos; la mayoría, por propia iniciativa. Un carácter indolente, acomodaticio, tribal, permite al poder crear individuos heterogéneos, insolidarios, bastante brutos. Consecuente con ello, se conforma una sociedad atomizada, rota; ideal para su manejo gratuito, sin ningún peaje.

Permítanme, antes de entrar en materia, que narre un caso paradigmático de entre los muchos que cualquiera atesora en su rutina diaria y vital. Ubicado en mi pueblo de la Manchuela conquense a fin de mitigar la canícula veraniega, jornadas atrás fuimos a Motilla del Palancar al objeto de aprovisionarnos de viandas. Cargado el coche sin dejar resquicio alguno (deben nutrirse cuatro hijos y seis nietos pantagruélicos), me dispuse a una vuelta rápida para evitar el deterioro de productos congelados. A medio salir del aparcamiento, aparece un tío -pido perdón- conduciendo un enorme todoterreno con demasiada premura. No puede aparcar y queda en medio impidiendo el paso, a la vez que cualquier maniobra. Retrocedo para paliar el embrollo, cuando otro tío  -suplico de nuevo excusas- aparcado enfrente da marcha atrás sin mirar y, tras pitidos y voces clamorosas, frena a escasos dos centímetros justo donde mi aterrada esposa se palpa incrédula de estar ilesa. ¿Creen que fue la conjunción fortuita de dos imbéciles? No, solo un incidente inevitable, repetido -dada la fauna hispana- que, en esta oportunidad, me sucedió a mí.

Concluido el relato, ejemplo y prólogo, sacuden mi mente varias reflexiones que alimento de forma incesante. Cada vez me asombra más constatar la respuesta invariable de mis conciudadanos y compatriotas. Es corriente escuchar diatribas contra toda sigla, incluso políticos, sin concretar ideología. Es sentir colectivo el hecho incuestionable de que nuestros prohombres -sin exclusión señalada, aparte vicios y excesos abundantes- ansían bienes espurios. Sin embargo, pese a tal certidumbre, cuando retorna el rito electoral siguen votando anhelantes. No subrayan programas  -qué disparate- importa únicamente que el rival ideológico pierda el poder sometiéndolo a las tinieblas del olvido. Resulta curioso cómo en esos momentos resucitan su maniqueísmo, arrinconado días antes. Semejante desvarío solo tiene encaje en países indigentes, abarrotados de imbéciles. ¿Exageración? ¿Derrotismo? Simple y llanamente apostura contrastada, inconcusa.

Me sorprende que Rajoy obtuviera ciento veintitrés diputados al primer intento. Vista la eficiencia de su legislatura, tal número -aun considerando importante, sintomática, la reducción de sesenta y tres- implica claro desfase entre la idoneidad de un político y la sentencia ciudadana. Pareciera que el votante introduce su voluntad en la urna de forma atrabiliaria, mecánica, casi simplona. Ignoro qué umbral perceptivo puede atribuirse al individuo español, pero considerando sus actuaciones deduzco que bastante escaso, proporcional a la semblanza que revela el segundo párrafo. Las elecciones del 26J, el saldo, añade un plus argumental. Hoy, consentimos silenciosos que las urgencias sugeridas caigan en saco roto. ¿Cuántas veces hemos oído, por boca del señor Rajoy, la exigencia imperiosa, urgente, de investir al nuevo gobierno? ¿Tantas como para posponer una semana la respuesta a Albert Rivera? Indignante. 

El señor Sánchez -negación hecha conflicto que abre varios frentes- pospone sine die la diligencia preceptiva, vital, pese a los buenos oficios de socialistas prototípicos cuyas sugerencias parecen acabar en los desagües de Ferraz. Temo que aquí la imbecilidad sea compartida aunque los padres integren portavocías o responsabilidades organizativas. Don Pedro, sus tres noes parecidos a los tópicos tres etcéteras de don Simón, conquista el sobresaliente cum laude de la  incoherencia. ¿Cómo maridar sus negativas a la investidura con el hecho divulgado de rechazar terceras elecciones? A mayor gloria, él y su terca contradicción metafísica se permiten andanzas de chiringuito soslayando la complejidad del patio. Genio y figura.

Sé que mi tesis es políticamente incorrecta, pero en absoluto postiza. Por este motivo, termino con  una breve referencia. Imbécil significa falto de inteligencia, torpe, molesto, inoportuno. Es vocablo que no mora en el campo del insulto; su hábitat natural se encuentra en el área del concepto, de la definición. Leales a la sinceridad, el acontecer diario e histórico nos lleva de manera definitiva al lance inevitable de que somos un país de imbéciles. Queda, como antídoto y aliento, el esfuerzo animoso, inquebrantable, de trastocar la situación.