viernes, 29 de abril de 2022

SE VIENEN OYENDO PASOS INQUIETANTES

 

“E pur si muove” (y sin embargo, se mueve). La frase, atribuida a Galileo Galilei, expresa que, aunque se niegue la veracidad de un hecho, este hecho es verídico. El movimiento se realiza y transmite —a más de actitudes, talantes y portes— dando pasos metafóricos o reales. Esta característica, ya conceptuada normal, de forma artificial suele saltarse cualquier instrucción y aparecer postiza, malsana. Tal vez, sea más frecuente la inesperada en el tiempo. A nadie le extraña oír pasos a cualquier hora del día, pero nos ponen en guardia los nocturnos y fuera de toda pertinencia. Se impone, en principio, sensación de inseguridad, de percepción dañina, malvada. Lo apropiado sería prepararse para contrarrestar las intenciones receladas, incluso defenderse o agredir al hipotético asaltante. La defensa propia debería considerarse no solo eximente sino meritorio.

Últimamente parecen advertirse pasos políticos, institucionales y sociales que debilitan la salud y vigor democráticos. En realidad, nosotros siempre hemos tenido una democracia atípica, desplazada, esperpéntica. Encima, quienes se dicen valedores, los que se jactan de ella como bandera, llevan tiempo planificando su definitiva destrucción. Olvidarse del papel cómplice de los medios —altavoz ideal e innoble— sería frívolo y cobarde. Razón insuficientemente apreciada por el ciudadano como origen del predominio partidista, sin exclusión, que todos pretenden fuera de cualquier límite decente o monetario. Hasta hace cuatro años, los responsables de la coyuntura nacional (igualados con matices) eran PSOE y PP. Hoy, ya no; ha surgido un nuevo producto nocivo: Podemos, que, sumado a otros grupos inoperantes en el pasado, tanto preocupa al ciudadano español y europeo.

Aunque el eco resuena firme, fresco, puede que no sean los últimos pasos dados por el gobierno, pero sí de los más comprometidos. Me refiero a las declaraciones de la portavoz, señora Rodríguez, respecto a la Ley de Seguridad Nacional. Según sus palabras, incorpora un catálogo de recursos públicos y “privados” para gestionar y dar respuesta a las crisis que pudieran acaecer a futuro. Añadir “y privados” sin puntualizar momentos, circunstancias, aun limitaciones, deja la puerta abierta, no solo al concepto “crisis nacional” sino al asalto probable e irremediable a la Constitución como ya ocurriera con los dos Estados de Alarma promovidos por Sánchez. No puede haber razones ni excusas para atropellar derechos constitucionales de los ciudadanos. Todo intento contra tal axioma, entrañaría claras inquietudes dictatoriales.

Puede argumentarse acertadamente que los derechos individuales quedan garantizados por el Tribunal Constitucional. Dos cuestiones: dicho Tribunal necesita incrementar su crédito y, por añadidura, algunas resoluciones son ineficaces, extemporáneas. Hace tiempo, diría desde siempre, la izquierda gestiona, dirige, lo que llama educación y no es sino adoctrinamiento social cuyos objetivos están alejados del requerimiento esencial: “Desarrollar o perfeccionar las facultades intelectuales y morales del educando”. Hay que ver lo que da de sí cualquier carencia cuando se le suministra terminología irreconocible. Todas las Leyes que, a lo largo de cuarenta años, han constituido el peor y nunca pactado Sistema Educativo, se concentran ahora en el “Plan Nacional de Educación y Patrimonio”. Tras más de cuatro décadas dedicado a la docencia, no sabría con qué concepción epistemológica o método diario enfocar tan altisonante como hueco título.

Hay, no obstante, materias donde los pasos dados son realmente preocupantes por mucho maquillaje democrático utilizado para darles un semblante atractivo y seductor. Son tan viejos y contrarios a los preceptos que, de fondo, se observa algo postizo, perturbador respecto a una democracia asentada o presunta. Constituyen deseos ardientes de controlar las Instituciones del Estado para, bajo una apariencia legitimadora, subvertir los procedimientos y conseguir de hecho plena e impune acción. Dicha contingencia es peor que una dictadura porque esta muestra su cara tiránica, opresiva, explícita, pero con la aplicación totalitaria en un sistema liberal se llega al escamoteo, al súmmum de la inmoralidad política. Empezó Alfonso Guerra poniendo la judicatura al servicio de los partidos. Iniciado el camino, luego todos —en mayor o menor medida—han ido marcando trayectorias parecidas.

El gobierno Frankenstein se obliga a dejar de ser gobierno o a ofrecer pasos contra los propios intereses de España, como Estado de derecho e incluso nación solidaria. Desde tiempo atrás, los independentistas catalanes tratan de promover diálogos bilaterales, de tú a tú, con el ejecutivo español. La llamada “mesa de diálogo” se ha convertido en imprescindible para recabar un apoyo totalmente espurio, fundamentado en una Ley Electoral nefasta, injusta, antidemocrática, y que ninguna sigla ha tratado de modificar. Da vergüenza que un mindundi dé al gobierno cuarenta y ocho horas para purgar Pegasus si quiere aprobar el Plan Nacional de respuesta a la crisis procedente, según él, de Ucrania. Resulta que las amenazas de un mindundi las reciben otros mindundis, presuntamente igual de mangantes, capaces de excusar su absoluta torpeza echando culpas a la guerra.

Desde hace un tiempo, demasiado, en este país los sucesos ocurren, según el discurso, convirtiendo peligrosamente al odiado en proscrito. Sucede con Vox y la izquierda totalitaria, extrema. Todas las críticas, ofensas, burdo odio ideológico, van dirigidos al primero confundiendo con paso propagandístico y falso a una sociedad cargada de razones gratuitas e irreflexivas. Fue la táctica utilizada por nazis y bolcheviques para deshacerse físicamente (hoy solo políticamente) de sus rivales en las contiendas de poder. Quedan potentes vestigios en la izquierda leninista y estalinista. Decía el nazi Julius Streicher en su “Estado de decepción” que: “La propaganda del odio se convierte en incitación al genocidio”. Deduzco que sabía de qué hablaba, igual que, previsiblemente y salvando las distancias, lo saben quienes hacen de la vieja táctica un manual rentable.

Los últimos pasos del análisis me resultan complejos, si no equívocos. Todavía no se ha explicado con suficiente rigurosidad y franqueza el verdadero objeto de la Unión Europea. Nuestra entrada, en principio, sirvió para modernizar el país y ponerlo a niveles económicos exultantes, elitistas. Pese a lo dicho, la Deuda Pública (déficit) desde mil novecientos ochenta y seis (año de la entrada en la UE) es de cincuenta y cuatro mil millones de euros/media/año y el sueldo de un profesor, verbigracia, era setecientos sesenta y dos euros/mes. Siguiendo la misma proporción, aquel profesor debiera cobrar ahora sobre once mil cuatrocientos euros/mes, cantidad milagrosa más que impensable. Parecida paridad debiera afectar a cualquier trabajador. Es obvio que la Unión tiene un destacado substrato o componente económico y muchos mezquinos se han enriquecido. Para qué hablar de otras costuras evidentes: políticas, jurídicas, sociales, militares, etc.

Por doquier, se oyen pasos inclementes, ensordecedores. ¡Quietos!, no pasa nada.

sábado, 23 de abril de 2022

BARRUNTOS Y TALANQUERAS

 

Que no está el horno para bollos lo aprecian tres, sabedores del aspecto que presenta el país, y millones —incapaces de llegar a final de mes— que lo sufren por experiencia. Esos tres saben, además, que en breve el BCE dejará de comprar deuda pública y España, sobre todo, conocerá la miseria absoluta. El rosario de mentiras que estos miserables, con ayuda criminosa e inestimable de los medios, han lanzado a la población debería tener consecuencias económicas y penales. Las infracciones del derecho, de la ética y de la vergüenza, las iré desmenuzando dentro de unos meses cuando Cronos descubra, sin posibilidad de elusión, el daño inmenso que están haciendo a los ciudadanos capaces de soportar carros y carretas sin tomar las medidas que el caso merece. Estos farallones inmundos contaminan más con la bufonada que con su ineptitud manifiesta.  

Barrunto entendemos por prever, conjeturar o presentir algo por alguna señal o indicio. Talanquera es cualquier lugar que sirve de defensa o reparo. Tampoco desentonaría si en vez de lugar utilizáramos el vocablo “propósito”. Esta caterva que se ha hecho con el poder y decide los designios de España —incluso denominándose PSOE, que no lo es— jamás fue homologada con la socialdemocracia europea, casi desaparecida en el continente con la excepción de cuatro países menesterosos y el revivir insólito en Alemania. Como táctica vital, han hecho morder el polvo a las denominaciones originales, otorgándoles nuevas etiquetas esperando que los respectivos señuelos den frutos. Aquí se llama “sanchismo” y en Francia, la parte que corresponde a Macron “En marcha” y la de Mélenchon “Francia insumisa”. Ambos hitos de Hollande. ¡Qué rastro no habrán dejado!

Barrunto, y conmigo decenas de personas que analizan cualquier situación política o económica, que estos torpes listillos nos mienten de forma habitual. Falsean el PIB, la Deuda Pública e incluso el déficit; todo ello tan integrado que un dato ficticio hace indefendible el resto. Y es fácil porque el PIB siempre es nominal y esa circunstancia permite alterarlo discretamente. Casi todo el mundo se pregunta el porqué del caos visto con los veinte céntimos que las gasolineras tenían que descontar a sus clientes con lo fácil que hubiera sido una bajada del IVA. Dos razones: bajando el IVA hubiera bajado el PIB (por tanto, subida del porcentaje de Deuda y déficit sobre PIB) y la bajada no hubiera sido lineal. Con este chanchullo, sube el PIB ahora, las gasolineras deben pedir préstamos que implicarán más gasto (subida de PIB) y luego la Administración pagara, cuando pague, con más subida de PIB. Pese a tanta triquiñuela, Deuda y déficit están por las nubes.

Dos nubarrones, no obstante, se ciernen peligrosamente sobre el gobierno que no quiere dejar el BOE ni por apuesta. Con el IPC disparado, muy superior al oficial, y la firme decisión de cerrar el grifo por parte del BCE, Sánchez quedará ahogado, ya le pasó a Zapatero, y tendrá que convocar elecciones anticipadas con escasas probabilidades de ganarlas. Consecuencia directa será la práctica desaparición de Podemos y la cadavérica figura del sanchismo diluido como un azucarillo. Siempre que un grupo heterogéneo pierde su única cohesión: disponer de forma inagotable un dinero milagroso, cual maná cohesivo, aparecen los escombros a que queda reducido el mezquino edificio. Aparecerá de nuevo el PSOE, con ocurrentes virtudes tras la prolongada hibernación, al que se querrán encaramar los arribistas de siempre cuyo objetivo esencial es obtener la bicoca vital. Lo saben: eso o la miseria gélida del paro.

Asentada la hipótesis de un adelanto electoral tras la canícula, térmica y monetaria, deberemos aquilatar las condiciones en que cada partido (o banda) llega a la línea de salida. Es el momento de las talanqueras, de que cada cual ponga los reparos oportunos y ordene su defensa protectora del arbitrio y continuo saqueo. Tres deben recoger el voto visceral —cualidad común al elector nacional, nacionalista e independentista, asimismo el icónico de la España vaciada— siempre incompatibles entre ellos. He aquí la dificultad implícita en atreverse a aventurar un resultado u otro. Las horquillas, emanadas de rigurosas exploraciones sociométricas, suelen ampliarse para evitar fiascos.

¿Qué puede traer el sanchismo para revolucionar la contienda electoral? Lo mismo: propaganda, imagen, escaparate, mentiras que evidencian continuos choques (diría oposición torpe) entre dichos y hechos. No cabe duda de que el máximo exponente, esa etiqueta de calidad insuperable, le corresponde cum laude —aquí y ahora sin enjuagues ni desdoros— y con honores nauseabundos a Sánchez. Muchos desean formar parte de la fanfarria y lo han conseguido, pero con nota baja y atiplados. Excuso poner ejemplos porque superaría, añadiendo solo apellidos para delimitar los protagonistas, las páginas habituales. Haré una única referencia a alguien de cuya efervescencia no tenía constancia por exceso de prototipos o atiborro personal. Se llama Héctor Gómez y presuntamente es el portavoz sanchista, aunque su venero retórico parece proceder de otro planeta.

¿Ofrece Feijóo, al cambio, un as escondido en la manga o mostrándolo orgulloso sujeto a la solapa del terno recién estrenado? Creo que amenaza con una apariencia serena, poco creíble porque deja garabateando sensaciones con soportes contradictorios. Sospecho que teme más a Vox que a la alianza Frankenstein; al menos, así se desprende de sus agravios neciamente excusados. Quiere jugar ajustando las reglas de forma heterogénea a nivel autonómico y nacional, según proyecto sui géneris, para calmar a cada barón. El embrollo no tiene porqué terminar como el rosario de la aurora, pese a su probabilidad. Sin embargo, debería saber que, aun ganando las elecciones, podría ser presidente únicamente con el apoyo de Vox, partido al que desprecia cada día. Gobernar gracias a la abstención de Sánchez resultaría peligroso además de exhibir nulo instinto político.   

Vox ocupa un espacio inexplorado, de momento, No obstante, la izquierda (extrema o casi) lo pone, con un par, cual hoja de perejil. Hay que tener cuajo y jeta para que ellos precisamente, garantes de la democracia, del progreso y de la ética social, sean los primeros en defecar sobre todos y cada uno de dichos preceptos. Contextualizar a millones de votantes con el franquismo o la extrema derecha inexistente, fruto solo de mentes esquizofrénicas, es propio de individuos totalitarios (nazis redivivos) o fascinados por métodos execrables. Hacer virtud de la necesidad jamás constituyó mérito en el ara sacrificial y, por tanto, necesito tiempo para constatar si Vox merece enaltecimientos o censuras. Hasta ese momento, pongo en cuarentena —por ausencia real de datos— toda valoración ya que me parece injusto cualquier apriorismo infundado.

viernes, 15 de abril de 2022

CUANDO LAS BARBAS DE TU VECINO VEAS PELAR…

 

Hay sentencias populares mudas, sin referencias ni instrucciones útiles porque su mensaje, más o menos explícito, desconcierta al individuo persona y sujeto político. Sin embargo, ésta del titular a medio completar, me satisface totalmente dado el epílogo que puede suponer a medio plazo para el futuro de los españoles. Queramos o desdeñemos la sutileza globalizadora —impuesta sin un quorum mínimo de quien ha de celebrarla o padecerla: los ciudadanos— administra y tiraniza, desde ya, los destinos del hombre de forma desmayada, tal vez con laxa voluntad. Nos suele convencer cualquier argumento que brote generoso de esa dialéctica exuberante, también falsa, que ofrece cualquier político a su representado, retraído en ocasiones por insanas teorías conspiranoicas tan en boga. Puede que un término medio se acerque más a una realidad intrincada y terca.

Parece —dicho con toda cautela y moderación— que la Europa del bienestar confía poco en la socialdemocracia, salvo el caso sorprendente de Alemania. Quedan exentos también, con gobiernos socialistas, comunistas, aun compartidos, países a los que algunos llaman, ignoro si malévolamente, pigs (Portugal, Italia, Grecia y Spain), cuyo acrónimo significa cerdos. Suponiendo que la culpa de la situación económica de estos pueblos proceda de sus respectivos gobiernos, alejados de la moderación y talante democrático, quizás menos denigrante y popularmente más aceptado y aceptable fuera denominar a sus respectivas sociedades “asshole” (gilipollas, aunque se alejen del acrónimo). Sí, porque alguien puede equivocarse una vez; el resto caería en el ámbito de lo inadjetivable porque uno siempre se quedaría corto al denominar una actitud ajustada, indulgente, a tanto yerro.

La primera vuelta de las elecciones francesas el pasado domingo, constataron una evidencia: Emmanuel Macron y Marine le Pen se enfrentarán para desentrañar quién de ambos sería presidente. Además, de modo natural y sin levantar ningún rechazo, vinieron acompañadas, por añadidura, de una luctuosa y esperanzadora noticia: el centro derecha francés y la socialdemocracia, como tales, habían quedado en partidos prácticamente desaparecidos. Objetivamente, cuando un país se somete al sentido común ocurren cosas que escapan a los analistas del “suelo” y del “techo”. Al individuo indignado, humilde, no le sirven sueños ni humos, tampoco promesas estériles. Incluso diría que ciertas palabras ahondan divergencias y siembran críticas groseras al querer granjearse elogios.

Resulta que para la izquierda española más o menos extrema (hoy toda), la “superioridad moral”, que nadie le reconoce, consiste en hacer suya la democracia: “Gobiernan ellos o hay peligro evidente de fascismización del país”. Cierto es que al gobierno social-comunista se le ha acusado de pactar con Podemos (hermanitas de la caridad), independentistas (garantes de una convivencia pacífica y unida), Bildu (personalización exquisita del amparo de los derechos humanos), etc. etc. Con tal dechado de virtudes, el sanchismo se regodea, se chotea y hace caso omiso (y otras cosas). No obstante, cuando el pueblo elige al PP y Vox, la democracia salta hecha pedazos. Veamos las palabras de Tudanca, secretario general del sanchismo en Castilla y León, en la toma de posesión de Mañueco: “El interés general por España se esfumó en un PP contagiado por la extrema derecha … tenemos que ponernos en pie y ser muy conscientes de los riesgos que afronta el país”. Esos riesgos son: “Ley de concordia, Ley de violencia intrafamiliar y propuesta de inmigración ordenada”. Sarcasmo grotesco y burdo, señor Tudanca.

Me interesan los resultados de las elecciones francesas por la práctica desaparición de los partidos que aquí han conformado el bipartidismo nefasto durante cuarenta años: la derecha conservadora y el socialismo resultón. Puedo comprender las diferencias abismales entre ambas sociedades y las leyes electorales que rigen en cada país. Interpreto, asimismo, que la “aldea global” derriba casi todos los ídolos creando, en algunos casos, un interregno político indeciso y esperanzador. Francia tiene un mix liderado por Macron (En Marcha, un partido de centro) y una derecha que responde a cuestiones sociales (Agrupación Nacional) liderada por Marine le Pen. El enorme paraguas de Macron junto a las perspicacias que levanta Le Pen, le harán ganar probablemente a aquel; sin que el caos se adueñe, otra vez, del orbe si fuera lo contrario.

Puestos a lucubrar, me gustaría que en España hubiera un partido liberal con inclinaciones sociales, que propusiera la desaparición del Título octavo de la Constitución, por ser inviable económicamente e insolidario, proponiendo una descentralización avanzada y una Europa total, fuerte, atlantista. Su líder ideal sería Isabel Díaz Ayuso. Precisamos, como complemento, a Vox. Tal cual, si acaso limpiándolo de algún elemento con más ambiciones personales que sentido del Estado. Lo demás son chalaneos, ganas de rizar el rizo, retóricas sin ningún objetivo; pasatiempos. Sobra ya retrotraer el franquismo (con sus luces y sus sombras) tratado irreflexivamente, a la ligera, por una mayoría y con maldad siniestra por quienes consuetudinariamente quieren transmitir un odio inútil. Desde luego nada que huela a sanchismo, PP o PSOE, puede sacarnos del estancamiento.

La desaparición de los viejos partidos de centro derecha y socialdemócratas, cuyo cotejo ha traído la primera vuelta electoral francesa, viene ocurriendo desde tiempo atrás. Se han quedado sin ideología, amén de sustancia e ideas estratégicas para solventar los rigores económicos de tan profundas crisis. Han aparecido partidos menos estatistas, con ningún invitado a la mesa del poder, salvo los estrictamente imprescindibles. Sus disposiciones oficiales pretenden ordenar el atropello anterior y consiguen éxitos. La respuesta de la farfolla es calificarlos de fascistas, extrema derecha, cuando alguno de ellos (Polonia o Hungría) padecieron persecuciones totalitarias. ¿Quién persuade a un polaco, sufridor   de la bota nazi-comunista, a que ahora lo gobierna la extrema derecha? Lo mismo pasa en Hungría, Austria, Italia, Francia e, incluso, España sometida a esta caterva de tiranos.

Desde luego, pragmático cien por cien, creo en una Europa Unida y Fuerte. Pese a ello, la actitud del Parlamento Europeo, respecto al tema del párrafo anterior, me deja un tanto perplejo. Partidos anticapitalistas, comunistas, etc. que llevan un ADN antieuropeista congénito, son aceptados sin remilgos. A otros, con pareceres dispares a la opinión oficial, protocolaria, les colocan etiquetas invasivas desde el punto de vista dialéctico, al menos. Quien pretenda persuadir amparándose en el argumento de la mayoría, tienen el fracaso asegurado. Polonia y Hungría, verbigracia, ni son antieuropeos ni sus gobiernos representan ningún peligro para la convivencia pacífica.

Como sinopsis, en Francia puede ganar Le Pen. El socialismo e izquierda extrema ha tenido que adaptarse a los nuevos tiempos: Macron (¡En marcha!), Mélenchon (Francia Insumisa). A poco, la extrema izquierda desaparecerá también en España y el socialismo tendrá que rebautizarse. Seguramente el centro derecha se recordará con morbo indiferente ante un partido liberal-social mayoritario y Vox será sustantivo, puntero. Francia y Europa lo pronostican. “Cuando las barbas de tu vecino veas pelar…”

viernes, 8 de abril de 2022

TRAYECTORIA E IDONEIDAD

 

Antes de nada, preciso un apunte al margen, más por gentileza y hábito generoso que por requisito estético. Mis críticas, ácidas o menos, siempre van dirigidas al hombre público, nunca al soporte individual. Asentado tal principio, riguroso desde el primer artículo cuya fecha de inicio he olvidado por completo, paso a analizar el PP de Feijóo, renovado o reconstruido a gusto del consumidor. El porcentaje de votos favorables le acerca peligrosamente a aquellos congresos autócratas que se denominaban —con evidente, a la vez que penetrante, reproche antidemocrático— “a la búlgara”. Desde ya, y antes, confieso honradamente que el recién nombrado presidente del PP no me fascina en absoluto. Fuera de fobias o filias, tengo argumentos razonados (que iré exponiendo a renglón seguido) tan sólidos, o no, como los que defiendan tesis diferentes u opuestas.

Permítaseme un pequeño inciso. Creo que Casado pudo ser buen presidente (ignoro si tanto como estratega), pero tuvo un pésimo secretario general. Por el contrario, advierto a Feijóo un mal presidente con una aceptable secretaria general. Si en el primer caso García Egea desempeñó un papel decisivo en la defenestración de Casado, absuelvo a la señora Gamarra del probable revolcón electoral de Feijóo. Aquel, motu proprio o inducido, erró al elegir a sus enemigos: (Abascal y Ayuso); este, me temo, se equivocará al determinarse por el amigo: (Sánchez). En política, presentir los acompañantes óptimos para recorrer el camino y salvar las dificultades que entraña lograr la satisfacción ciudadana, constituye casi un ejercicio de prestidigitación. Sánchez debe tener con su gobierno y apoyos un sabor agridulce, tal vez amargo, que seguramente le desazona.

Gran parte de las adhesiones y apriorismos que aclamaron la candidatura exclusiva de Feijóo, para presidir el PP, tienen un cimiento poco sólido. Sus cuatro legislaturas consecutivas no avalan con rigor capacidad de gestión ni ninguna otra virtud política. Sin ir más lejos, Chaves ha presidido la Junta de Andalucía diecinueve años (excluyo los cuatro de Griñán y los seis de Susana Díaz); Bono presidió Castilla la Mancha veintiuno; Extremadura fue presidida por Rodríguez Ibarra durante veinticuatro. Aparte el retraso actual de tales Comunidades Autónomas, dudo que alguien entregue el aprobado a ninguno de ellos. Rechazo, pues, que permanecer algunas legislaturas presidiendo Galicia implique necesariamente ningún plus extra. Gloria Lago, fundadora de Galicia Bilingüe, podría explicar con pelos y señales vida, palabra y obra de Feijóo.

Cierto que el candidato, hoy presidente, fue proclamado con el noventa y ocho, punto, treinta y cinco por ciento de los tres mil compromisarios y casi cuarenta mil afiliados del amplio total que presuntamente tiene el PP. Sin embargo, entre los múltiples titulares que dejó el fin de semana destaca “necesitamos mayorías indiscutibles para no depender de Vox”. Incluso prometió recuperar la mayoría absoluta. Desde “ganar el cielo por asalto” no había advertido ninguna otra alucinación, fuera de las continuas que atenazan a Sánchez. Supongo, y a las pruebas me remito, que los políticos hacen común lo improcedente incluyendo a aquellos con reputación de sobrios y ecuánimes. Aunque sea pertinente advertencias amenazantes tipo “vengo a ganar para luego gobernar”, se crean esperanzas infundadas que luego propician frustraciones profundas.

 A mí, personalmente, me parece que cualquier nacionalista autonómico queda inhabilitado para presidir un partido nacional. Feijóo es un nacionalista gallego con presuntos tics anticonstitucionales, desde mi punto de vista. Me explico. El artículo tres, uno, de la Constitución dice: ”El castellano es la lengua española oficial del Estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla”. Los Estatutos de Autonomía tratan el tema lingüístico de forma especial. Por ejemplo, el Estatuto Gallego en su artículo cinco, dos, expresa: “Los idiomas gallego y castellano son oficiales en Galicia y todos tienen el derecho de conocerlos y usarlos”. Es decir, solo se habla de derechos. “Deber” comporta obligación en tanto que “derecho” conlleva exención, franquicia, privilegio. Distinto es que ningún partido presente recurso de inconstitucionalidad o que el propio Tribunal trampee con la obligatoriedad de dar en castellano el veinticinco por ciento del tiempo lectivo, y que algunos pretenden incumplir.

Feijóo, o su gobierno, en unas oposiciones públicas exigió una prueba en gallego de carácter eliminatorio. Inconstitucional de cabo a rabo, según el artículo catorce. Presidiendo ya el PP, sigue obstinado cuando afirma salvaguardar un “bilingüismo cordial”. Llevo en la Comunidad Valenciana desde mil novecientos ochenta y dos “gozando” de ese bilingüismo como docente, padre y abuelo. Aclaro que las posturas, con diferentes ejecutivos, no son comparables al radicalismo sufrido en otras Comunidades que todos identificamos. A raíz de lo expuesto, la unidad que reclama un nacionalista alberga objetivos materiales, pecuniarios, no convicciones programáticas.

Sumo a estos considerandos otros dos contra la certera elección de Feijóo al frente del PP. He observado que, en ciertos medios y debates, tertulianos vasallos del sanchismo encomian a don Alberto (Núñez Feijóo) mientras descalifican a doña Isabel (Díaz Ayuso). Desde luego, el repertorio de alabanzas alcanza el clímax cuando se le compara con Vox, al que denigran “colocándole carteles” a la vieja usanza del oeste. Que Ayuso y Vox sean los verdaderos rivales de la izquierda, que motiven todos los apelativos parapeto, defensa, del auténtico populismo, es para preocupar. El novato presidente del PP, en su discurso inicial enarboló satisfecho la ventura fraguada por el Estado Autonómico. Sintetiza una dispersión nefanda: ruina económica, descentralización y nepotismo; un caldo complejo.

Vislumbro —pese al aplauso generoso y probablemente infiel de gente que se aparea con la bicoca gubernamental— un fracaso matizado del PP en las próximas elecciones generales, que vienen de camino. Desde luego no lo hago como votante, dado mi abstencionismo irredento, sino por pulsiones lógicas. Si la lógica, tan escasa como el sentido común, se ejerciera a todos los niveles, Sánchez sacaría alrededor de cincuenta diputados toda vez que PP, Vox y Ciudadanos (redivivo) deberían repartirse doscientos cincuenta, dejando el resto para independentistas, nacionalistas afines, comunistas, bildu y “unitarios” de la España vaciada; máximo, “trinitarios”. Como estamos aquí, Sánchez, PP y Vox, con orden variable, rondarán cien cada uno. El resto será para los citados en segundo lugar con Ciudadanos ausente. Feijóo tendrá dos opciones: pactar con Vox o con un PSOE serio, sin Sánchez ni su tropa. Si relanza el bipartidismo huérfano de sustancia, es probable que las próximas elecciones (entre el dos mil veintiséis o veintisiete) las gane Vox por mayoría absoluta. ¿De dónde sacó Rajoy once millones de votos?

Por cierto, la única forma de servir a España es “estorbando” (¿ayuda o estorba?, preguntaba Sánchez, hoy miércoles, al PP en el Parlamento) al gobierno social-comunista.


viernes, 1 de abril de 2022

ULTRAS

 

Ultra significa “más allá de”, “al otro lado de”. En política, “extremista”, que practica el extremismo. Imagino que su uso políticamente continuado, extensivo, y por congracia también social, tiene por objeto dañar la imagen del contrario toda vez que la nuestra carece de remedio posible, mágico, aun excepcional para evitar el vocablo milagroso tan denostado y detestado por aquellos sectores que luego quieren hacernos comulgar con ruedas de molino. ¿Quién no conoce la facundia intachablemente autoritaria de algún gerifalte, ella o él, que no para en mientes y luego potencie un amaño con las mayores bendiciones ético-sociales? Sabemos de individuos y colectivos que han construido su modus vivendi sobre la práctica injusta, pero fructífera, de conformar entidades que ni en el preámbulo ni en los hechos posteriores justifican ninguna aclamación pública.

En el realismo ingenuo, ordenando las cosas según su colocación, último es quien se encuentra en un extremo, más allá. Ultra designa más allá; por tanto, último es ultra. Este silogismo que no parece implicar falacia ni peligro de paralogismo, suele terminar en la papelera del mayor documentado, no digamos el nulo rastro, incluso boquete, que deja en la mente del iletrado. Vamos, si uno u otro por azar, inspiración o, simplemente por guasa inconcebible, tomara vez preguntando “quién es el ultra” el incidente terminaría de malas maneras y, desde luego, en los noticieros. No sería para menos. Sin embargo, prescindiríamos de velas y otras artes que emplacen a la contribución ultramundana (aunque parezca testarudez solo es consejo semántico) al objeto de retraer una paz que nunca estuvo a las puertas del discernimiento, como adivinarán mis amables lectores.

Diseccionemos con cierta agudeza mordaz esa vieja sentencia que menciona dicho, hecho y trecho, desestimando toda mesura lexicológica. Una vez expuesto el dicho, el hecho comúnmente incuestionable, pasamos directamente al trecho. Por cierto, me he topado con una acepción desconocida que puede clarificar —imagino de forma anecdótica— el busilis “ultra”. Trecho, vocablo excitable, “provocación” que atajaría cualquier silogismo incómodo, significa “desbrozar”, es decir limpiar de hojarasca polemista, ininteligible, el término ultra para entintarlo de forma diabólica, selectiva; un atributo añadido al albur por quienes toman sin solvencia ni legitimidad la prescripción de bautizar a cualquiera aun sin consentimiento del neófito. Tal “desbrozamiento” lleva la expresión ultra (último) a su sinónimo ponzoñoso “facha”. Se imaginan a alguien preguntando en una cola, ¿quién es el facha? Cuestión de gestar concepciones postizas con gametos disonantes.

La principal sorpresa que existe hoy, su clave, es que nada sorprenda. Creo haberla alcanzado, desconozco si por edad o debido a mi carácter escéptico, próximo a los arrabales del nihilismo político. Para ser sincero, políticamente hablando, nihilista total, pero no por generación espontánea sino por convicción inculcada. Gente cercana, de mi propia familia, afirman con apasionamiento dogmático, infundado, que todos los políticos no son iguales. Creo recordar a estos efectos que alguien años ha, para refutar argumentos perturbadores, a medida, dentro del propio Parlamento, estableció la imposibilidad de que hubiera diferencias añadiendo que podría advertirse, si así fuera, la existencia de señoras medio embarazadas. Es decir, por lógica, todas agestadas o todas gestantes, pero no medio embarazadas, o embarazo psicológico, para cimentar razonablemente cualquier tesis que beneficie a conmilitones o líderes con crédito imaginario, postizo.

Desde luego, ultra tiene dicción tan embarazosa (nunca mejor dicho) que ya no la utiliza, originaria siempre del lado siniestro, político alguno de postín. Ahora se decantan por “facha” o, si disponen de tiempo y les queda alguna neurona con flecos históricos, “fascista”. Ultra solo sugiere expresión acogedora en el deporte, básicamente futbol, porque quiebra la crema político-social limando cualquier diferencia. Todos se revisten de asilvestrados incívicos, extremistas, violentando formas y distingos en defensa inicua de determinados símbolos o colores. Hincha parece suavizar, tal vez sin conseguirlo, el apelativo ultra al reactivar una muchedumbre variopinta, pero meticulosa, en turba inquietante. La hinchada oscurece de incógnito al caballero, presunto a veces, y al villano.

Facha como sustantivo significa mamarracho, adefesio. Seguramente tal precedencia o particularidad se ajuste a nuestros políticos mucho mejor que el adjetivo que implica practicar una ideología política reaccionaria, fascista. En puridad, hoy el fascismo no existe porque fue doctrina coyuntural, irrepetible, dentro de Italia con Mussolini, por tanto, queda como único aparejo de facha el aspecto reaccionario, opuesto a cualquier innovación. Dicha fórmula conlleva, contra viento y marea, que independentistas, Podemos y el sanchismo fraudulento —presuntamente mangante— son reaccionarios persuadidos, sin ningún tipo de reparos, por consiguiente (expresión fetiche de Felipe González) fachas. De pura insolencia, se atreverán a rechazar tan contundente axioma.

El momento político actual, revuelto, fariseo, ha convertido facha en argumento retorcido, fluctuante e inverosímil que la izquierda auténtica (extrema, ruinosa, totalitaria) o farsante (sanchista, cara, ni chicha ni limoná) a las que se suman los líderes/jetas del independentismo vacuo, escupen —acto poco dialéctico— a quienes defienden posturas diferentes, más si son contrarias. Al tiempo, muestran piel fina, exquisitez sensible, cuando se osa definirlos con evidencias incontestables. Ocurrió el miércoles, treinta de mayo del presente dos mil veintidós, cuando Santiago Abascal llamó autócrata a Sánchez por decidir él solo el cambio de posición española sobre el Sahara. Sánchez mosca, puntilloso, lo consideró un insulto y exigió que se quitara del diario de sesiones.

Ocasionalmente, al igual que el internauta abre ventanas de forma convulsa, uno tropieza con ideas excéntricas por casualidad, quiero decir sin escudriñar más que lo preciso. Todavía no sé si llamarlo digresión o aparte, pero advierto que encuentro auténticas dificultades para constatar si es más lesivo perder la dignidad o el sentido del ridículo. Creo a pie juntillas que perder este último es peor porque la dignidad (pese a su dificultad) puede recuperarse, aunque sea en parte, pero es imposible redimir el del ridículo. Tal reflexión viene a cuento recordando las palabras dichas jornadas atrás por Isabel Rodríguez, a la sazón ministra de Política Territorial y portavoz del gobierno, con ocasión de la huelga de la Plataforma Nacional por la Defensa del Transporte: “Son una minoría violenta y de ultraderecha”. ¡Es la economía, estúpida!

viernes, 25 de marzo de 2022

IDEOLOGÍA Y PODER

 

Días atrás, Milagros Marcos (Diputada Nacional del PP) expresó: “El campo pide respeto y futuro a un gobierno que solo hace mucha ideología”. Me sorprendió el final porque, desde mi punto de vista, cometió un exceso o, peor aún, una frivolidad. Hablar de ideología hoy es un atrevimiento inconmensurable, pues su falta origina una sombra muy alargada, de décadas. Bien por temor bien por realidad. esa argamasa social que unió, incluso con sangre heroica a muchos españoles. se ha convertido ahora en desdeñada narrativa épica. Fue Podemos quien desgarró la inocencia acumulada siglos atrás y que ya venía trasluciendo maneras, hábitos, chocantes si no recelosos. Ellos pusieron las cosas en su sitio, obscenamente diáfanas, cuando entreveraron medias verdades diciendo: “nosotros no somos de izquierdas ni de derechas, somos un movimiento transversal”.

Aquellos jóvenes alimentados en la élite universitaria tenían tics comunistas, totalitarios, dominantes, pero mostraban gran habilidad como mayor (diría única) contribución social. PSOE y PP se encargaron, paso previo a sus desmanes, de difuminar las propias doctrinas nocivas para no menoscabar ni a la socialdemocracia ni al conservador-liberalismo del continente europeo. Aquellos universitarios no podían presentarse como comunistas, doctrina recelosa, trasnochada, tóxica, desde años atrás. Si querían tener éxito debieran aparentar algo nuevo que atrajera espíritus ahítos de frustraciones. “Transversalidad” y “casta” fueron talismanes que obraron el portento. Hoy gobiernan, si se quiere viven opíparamente adheridos al poder. Pero las dos Españas engañadas por la desideologización han vuelto al escenario con esa pancarta en la huelga de camioneros y agricultores: “No somos ultras, somos los de abajo y vamos a por los de arriba”.

Ideología es el conjunto de ideas fundamentales que caracterizan el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político. Quizás se le haya asignado un matiz despectivo en tiempos algo revueltos y no sin motivos fundamentados. Hay una gran diferencia entre idealista e ideólogo. El primero ofrece siempre sentimientos puros, altruistas, siendo inadvertido, indiferente (cuanto menos) si no desprestigiado. El segundo lleva aparejadas avideces e inclinaciones soterradas y que suelen abonar fingidas bonanzas. Desde el origen del hombre las mayores salvajadas se han cometido en nombre de la religión, de la justicia y de la igualdad, hijas todas de una ideología intachable. Ahora quieren imponernos la democracia asentada en el cambio climático, la igualdad de género y la memoria democrática. Propaganda dosificada, en inyectables para espíritus suspicaces.

Haciendo un repaso a los acontecimientos del pasado, más o menos remoto, nos encontramos con episodios terribles propios o impropios —seguramente ambos— duplos y desconcertantes hijos depurados de la ideología, aunque de opuestas inclinaciones. Refrescar memorias sería apasionante, pero vano porque el lector avisado sabe de sobras las barbaridades cometidas por unos y otros al socaire de lo que llamaban una causa justa. No tengo claro si es la coyuntura o una racha adversa (la tragedia quedó inherente, hibernada, como rémora sangrienta) ha convertido la ideología actual en sainete cómico-burlesco. Algunos ministros/ministras, a quienes falta el frac y la chistera para acompañar con gran boato al sepelio del cadáver/España fétido, ya a las puertas del tanatorio, realmente realizan un decadente intrusismo a aquellas llamativas, célebres, folklóricas entusiastas del franquismo y hoy del facundo candidato a autócrata; Sánchez.

Hay, sin embargo, otra ideología que despierta sacrificios ingentes, básicos, sin mandato ni recompensa. No por casualidad, sus protagonistas lejos de representar clases ilustradas se encuentran en el pueblo llano, ese que responde ampliamente enriqueciendo su propia pobreza. Niego conocer ejemplos de quienes se engallan ofreciendo un esfuerzo particular y colectivo por personas en exclusión social o económica.  Con otros patrimonios difunden medias componendas mientras oscurecen los propios y no es por alivio ni tregua procedente de habitual humildad normativa. Esos militantes de Podemos saciados de luchar por la “gente”, sanchistas bienhechores que masacran —aquellos y estos, de forma inmisericorde— a los “furtivos amigos (PP y Vox) del capital sangriento”, todavía no les conozco un amparo a nadie ni en ningún momento. Será error u olvido mío.

Poder, dentro de su complejidad inherente, se define de forma fácil si bien abarca incalculables áreas de farragoso sumario. Elías Canetti mantenía que el poder da potestad a decidir sobre la vida y la muerte. Este atropello es un derecho en los sistemas totalitarios y le conceden al dictador apariencia de divinidad. Siendo cierta tal afirmación, y parece haber razones para constatarlo, también lo es —en algunos casos— que tales gobernantes padecen paranoia. Preservar el poder es una agonía permanente, pero también una amenaza. Demasiados autores, filósofos y sociólogos, coinciden en una raíz imprecisa, siempre transgresora, restrictiva, enloquecida. Solo Foucault asegura que se asienta sobre la ignorancia de sus agentes. El objetivo, por el contrario, deja de ser enigmático para convertirse en algo acuñado, endémico, sempiterno: agresión y expolio social.

Coligiendo parcialmente a Lavoisier en su ley sobre la materia, el poder se crea, pero no se destruye; solo se transforma. A mayor abundamiento, puede cambiar de terminología, de nomenclatura, pero jamás cambiará de encarnadura. El progreso, si acaso, ha suavizado sus excesos al menos en apariencia. Analizando ciertas democracias, esta nuestra, sobre todo, encontramos hábitos —no precisamente cartujos— nada convergentes ni concebibles con los mínimos estándares al caso. Es muy probable que nos topemos con un tipo poco común, en anormal y peyorativa catadura, que asimismo exhibe registros notorios de autócrata. Soberbia, egolatría, divismo, constituyen síntomas etiológicos obvios del déspota. Los españoles, según especula el devenir, hemos perdido toda esperanza de que tal presidente y cómplices sean juzgados y paguen sus culpas.

Cercano intelectualmente al anarquismo que preconiza la libertad, esencia sustantiva del individuo, me llevo mal con el poder, persistentemente coercitivo, en cualquiera de sus variedades y manifestaciones. Sin embargo, uno me produce indignación especial, diferenciada. Sí, me refiero a medios y periodistas; los llamados ilusamente “el cuarto poder”. Mientras la sociedad esperaba de ellos neutralizar el poder (así, en su concepción global), mientras en sus primeros pasos se peleaba contra gigantes sanguinarios, mientras hoy siguen muriendo periodistas con honor, indomables, una gran mayoría se vincula y busca abrigo con los poderosos. Tanta indignidad no puede retribuirse con un cantero de pan ni con el obtuso prurito de modernidad, progresía o valimiento. Hoy, genéricamente considerado. el cuarto poder viste de luto riguroso, al menos en España.

 

viernes, 18 de marzo de 2022

REVOLUCIÓN, DEMOCRACIA LIBERAL Y MANIPULACIÓN SEMÁNTICA

 


Según el punto dos del DRAE, revolución significa cambio profundo, generalmente violento, en las estructuras políticas y socio económicas de una Comunidad Nacional. Algunos lo identificarían con Golpe de Estado, pero no pues este implica toma del poder político de modo repentino, de forma ilegal, violenta o a la fuerza. Como se observa hay matices relevantes en cuanto a su diferencia. Interesa conocer las revoluciones que han derivado o repercutido de suyo en las vidas de los pueblos. El primer ensayo liberador (restringiendo primero el absolutismo real, para deshacerse de él institucionalizando monarquías parlamentarias) lo realizó Gran Bretaña, mediado el siglo XVII, concluidas tres guerras civiles y un corto periplo republicano comandado por Oliver Cromwell.

Vino después, cronológicamente hablando, la independencia de EEUU —en mil setecientos ochenta y tres— concibiendo a poco una Constitución basada en criterios de igualdad y libertad vinculados a principios del liberalismo político con notable impacto en la opinión europea. No obstante, en paralelo, a finales del siglo XVIII, la Asamblea Nacional Francesa declaró los Derechos del Hombre y del Ciudadano que encarnaron un grito de libertad. Su artículo primero, base política contra toda tiranía, proclama: “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos. Las distinciones sociales solo pueden fundarse en la utilidad común”. Europa, paradoja occidental, salvo las mencionadas Gran Bretaña y Francia a las que se unen (a mediados del siglo XIX) Países Bajos y Suiza, estaba gobernada por monarquías absolutas e Imperios.

Parece evidente que la burguesía —élite económica— aniquiló el absolutismo implantando las democracias liberales. Italia consiguió despegarse del imperio austriaco y posesiones franco-españolas, logrando su independencia al ocaso del XIX. Cavour y Garibaldi fueron los artífices, estableciendo con Víctor Manuel II una monarquía parlamentaria. Queda claro que la clase burguesa (colonias incluidas), imponiéndose a monarquías absolutas, reportaron las libertades a sus respectivos países.

Marx fue un investigador cuyas teorías versaron sobre sociedad, economía y política. Sostuvo que las sociedades avanzaban a través de la “dialéctica” y de la “lucha de clases” con enfoque materialista; es decir, contrario al idealismo hegeliano. Lenin, perteneciente a la intelectualidad rusa, interpretó la dialéctica marxista como la lucha entre opuestos: burguesía y proletariado. Una vez masacrado el campesinado ruso (mencheviques) quiso erigir —ayudado por bolcheviques— el comunismo (eliminación del Estado) pero terminó imponiéndose (pese a la “Declaración de los derechos de los pueblos de Rusia”) una élite burocrática que remató a los soviets (poder obrero) forzando un sistema totalitario y, con Stalin, sangriento.

Lo expuesto constata que las revoluciones burguesas traen democracias liberales, bien repúblicas bien monarquías parlamentarias. Si intervienen minorías intelectuales (nunca triunfa ninguna revolución eminentemente popular) terminan siendo dictaduras tiránicas que abrazan miseria material y moral mientras sus líderes acumulan riquezas gigantescas. Stalin acabó su vida, según el registro que clasifica las mayores fortunas históricas, con un patrimonio personal, al cambio, de cuatrocientos mil millones de dólares. Hoy día, al parecer, Putin ha amasado un patrimonio de unos doscientos mil millones de dólares.

Fascismo y Nazismo fueron autocracias depravadas, criminales, con opaca base ideológica, que surgieron en una época histórica concreta y, aunque algunos se empecinen en negarlo, desaparecidos definitivamente poco tiempo después. Añadiendo el final del comunismo en España y Centroeuropa aparecieron las democracias que constituyen en su casi totalidad la Unión Europea. Los regímenes liberales, con mayor o menor linaje y aspecto, se disfrutan fuera de los gobiernos comunistas. Tanto, que el comunismo es antitético de cualquier democracia por imperfecta que sea. Derrotado el comunismo se gesta el nacimiento de una democracia. Analícese, desde un historicismo preciso, fiel, la exactitud de semejante aserto.

Si liberalismo —cimiento incuestionable de cualquier democracia real, inconfundible con otra postiza, placebo— es movimiento político que defiende la libertad individual, la igualdad ante la ley y la separación de los poderes del Estado, discurramos seriamente qué tipo de democracia tenemos. Particularmente, creo que estamos lejos, muy lejos, de ella. Oscurantismo, falta de transparencia, ocupación del poder judicial, abuso político y ciudadano, discrecionalidad, derroche de los caudales públicos, etc. etc. no parecen prácticas compatibles con una democracia escrupulosa, ni tan siquiera laxa.

Cualquier gobierno adverso al autoritarismo daría cuenta —por sí o a través de medios oficiales veraces, insobornables— a sus ciudadanos de planes y proyectos (suponiendo que los hubiera) con sobriedad y cautela. Ampulosidad, propaganda e invención queda en exclusiva para gabinetes, como el nuestro, que hacen de la mentira su medio de vida. Extraña la quietud de aquellos que vociferaban años atrás contra un gobierno que tenía luz, gas y combustibles un quinientos por cien más barato que ahora. Hasta el deslenguado del presidente afirma, con cínico atrevimiento, que Putin “gusta las protestas de camioneros, agricultores y ganaderos”.

Sin embargo, lo inconcebible es la superioridad moral de que hacen gala la izquierda política y mediática patrias (sin atreverme a significar cuál de ellas lo hace con más acritud e indecencia) y su viejo vocabulario ad hoc. El debate queda convertido en escupidera cuando los “progres” —ridícula especie que se retroalimenta de su propia hiel— se someten a esa fe dogmática, auténtica razón de la sinrazón, que determina toda respuesta global. Fascista, facha, ultra …, son vocablos expedidos o expelidos no como atributo sino como escarnio y réplica.

Para cuantificar el PIB, ahora hay un nuevo factor económico: “economía de la felicidad”, algo ininteligible que lo desfigurará a favor del gobierno. Este mismo, en los suburbios de lo esperpéntico, dice que los camineros son de “ultraderecha”. Dos filigranas cofundadores de Podemos aseguran que “las armas españolas están yendo a nazis ucranianos”. Comunismo clásico, radical, con crónica terrible, canallesca; independentismo insaciable, disgregador; vestigios terroristas; conforman ideologías legales, legítimas, constitucionales, hasta casi sacrosantas. Las ideas diferentes, en mayor o menor grado, merecen epítetos vejatorios, acoso, cerco social e ilegalización, cuando constituyen los únicos partidos que pueden sacarnos de la miseria, del caos.

Es evidente que ningún integrante del santoral, en su aspecto sosia, se inscribe en partido alguno, pero analicemos la Historia, los últimos decenios de la política española (si tenemos recortada la memoria) y después actuemos con raciocinio. Distingan palabras y obras, discriminen patraña de autenticidad.

viernes, 11 de marzo de 2022

LIMPIOS DE CORAZÓN

 

Rendido al titular, cuesta trabajo si decidirme por darle el mismo enfoque que se concedía en mi pueblo (con la trascendencia o costumbre de la época, iniciados los años cuarenta y posteriores) a quienes mostraban una ingenuidad casi ofensiva. Tal vez se ajuste más a tiempos en que sobrellevamos la reacción antitética: “tener mente sucia, obstruida”. Porque ese corazón “visceral” acoge sentimientos, emociones, impulsos. La cabeza, en cambio, es templo —no siempre— de ideas, juicios, resoluciones. Pudiera, asimismo, que limpios de corazón no nos remitiera a individuos con dicho músculo puro sino vacío, seco. Creo que cualesquiera de ambas alternativas reflejan nítidamente cuantos ánimos lesivos sacuden a los que ostentan poder incluso legítimamente. Lo perverso, pese a todo, es la sangre derramada por órdenes cobardes, repugnantes, impunes.

Aunque paz o guerra constituyan elementos sustantivos a la hora de tasar menor o mayor inhumanidad en la limpieza coronaria, semejantes aspectos debieran explicitarse considerando algunos matices notables. Es evidente que guerra introduce una carga peyorativa de difícil evasión creando sentimientos rencorosos, virulentos, de existencia imposible en zonas pacificas aun con deterioros sociales, económicos e institucionales. Condenaría la falsa creencia de que mis palabras pudieran entenderse como un elogio canallesco a la guerra. No ya solo por lo visto durante los últimos días con el genocidio de Ucrania sino por constituir uno (guerra) de los dos (hambre) aleatorios y terribles jinetes del Apocalipsis. Los otros dos (poder) y (muerte) son inmanentes e ineludibles, pudiendo paliar sus indeseables alcances con resignado acatamiento.

Los acontecimientos han hecho proverbial un pensamiento de Erich Hartman, no por cotidiano menos sustancioso: “La guerra es un lugar donde jóvenes que no se conocen y no se odian se matan entre sí por la decisión de viejos que se conocen y se odian, pero no se matan”. Conforman la cara ejemplar de la dualidad coronaria, los jóvenes limpios en su concepción más auténtica y los viejos intérpretes de una aridez ruin. Cierto que a río revuelto hay ganancia para ciertos “pescadores”. No obstante, a la vista de informaciones mayoritarias, debemos admitir que el común no halla reparos para ayudar obviando intereses y seguridad personales. Siempre las circunstancias extremas sacan a relucir lo mejor y lo peor del género humano. Resulta una incongruencia que solamente periodos espeluznantes tengan la clave para abrir las emociones más dispares del individuo.

La guerra, peor las invasiones con alegatos de “legítima salvaguarda”, nos descubre a personajes “limpios” de corazón, yermos, alimañas. Estos especímenes característicos, particulares, tal vez psicóticos, vienen ensamblados desde su nacimiento a toda anormalidad, a cualquier barbarie. En paralelo, pero desde una óptica opuesta, reactiva, se encuentran los “limpios” de mente; es decir, gobernantes cortos de magín (el vocablo “cortos” prueba mi generosa clemencia y bonhomía). Descubriría poco si sostuviera que la necedad que anida en casi todos los prebostes mundiales carece de límites. Pareciera plaga nociva más que espectacular atributo riguroso imputable a aquella élite cleptómana. Desde luego, nuestro país seguramente aventaja en cantidad y calidad a cualquier otro de nuestro entorno por tradición, atraso e idiosincrasia; idiocia, si se quiere.

Ignoro si la frase, cada pueblo tiene los políticos que se merece, resulta una frivolidad jugosa o, por el contrario, instituye un axioma nítido. Creo que el pueblo español exhibe limpieza de corazón en espléndida pureza literal. Le acompaña también grandes dosis de fatalismo, asimismo desidia, ignorancia e ingenuidad. Encontrar ejemplos que demuestren lo acertado de la aseveración inicial del párrafo es quehacer facilísimo; sin embargo, parece difícil seleccionar los más estridentes. Como tanteo preclaro podemos citar a Sánchez y Colau, dos políticos que se asientan exclusivamente sobre su habilidad. El primero utiliza de forma primorosa la farsa, una y otra vez sin que, aparentemente, nadie advierta ninguna trapacería. La segunda —utilizando como trampolín la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), entusiasta también del subterfugio y demagogia— alcanza altas cotas de poder sin que ética ni estética pueda descabalgarla.

Repudio arremeter (criticar sería vocablo demasiado adulador) contra mindundis alzados al poder porque, a veces, el azar puede apellidarse caótico en sentido muy restrictivo. Si el ejecutivo, salvo algún ministro capaz, lo conforman inútiles de tomo y lomo —a cuya cabeza sobresale su presidente— entregar veinte mil trescientos diecinueve millones de euros para que los ¿gestione? Irene Montero, mientras la gente no llega a final de mes, parece una broma siniestra. No es suficiente con que sea la ministra más incapaz del gobierno, encima exterioriza un sectarismo osado, estúpido. (Pido disculpas por quebrar mi tono, pero el acaso me lo ha puesto a huevo y no he podido contenerme). Reconozco las oportunidades que ofrece el epígrafe para sacudir, quizás enlodar certera y justamente, a dirigentes y opositores igualmente olvidadizos del pueblo al que dicen representar.

Alguien, estos días, me mandó un WhatsApp que revivía la frase de Shakespeare: “es el mal de estos tiempos, los locos guían a los ciegos”. Probablemente debamos deslizar algún matiz definitorio, pero no puede negársele estricta actualidad. Dudo si la psiquiatría aportaría un diagnóstico claro sobre Sánchez, hipotético paciente. Nadie pone en cuestión su egolatría exacerbada y la trayectoria —emprendida por él— que nos lleva fatalmente a la miseria general. Hace dos semanas, de nuevo, estábamos “en la champions league” de Zapatero y ahora confiesa una economía escuálida “por culpa de la guerra de Ucrania”. Estoy convencido que, si fuera preciso, Viriato sería autor. Por cierto, Podemos nunca va a romper el gobierno de coalición, aunque Sánchez incumpla los acuerdos. Dejar moqueta, boato, sueldos y nepotismo al por mayor, para desaparecer, no seduce.

Esta oposición, reajuste incluido, tampoco contiene el corazón limpio ni la mente abierta para llevarnos a buen puerto. Ciñéndome al adelantado nuevo presidente y factible secretario general, González Pons, especulo que las primeras manifestaciones de ambos priorizan alianzas con el sanchismo antes que con Vox. Quiero suponer que a nivel nacional pasará lo mismo que ahora en Castilla y León donde, al parecer, han pactado un gobierno de coalición. Lo contrario llevaría al PP a una situación especialmente complicada, tanto que los viejos complejos e indigencia estratégica y moral supondría llevarle a la irrelevancia. Recrear el bipartidismo nefasto —tal como lo hemos vivido, con parecidas arbitrariedades, abusos y derroche saqueador— engendraría hartazgo, furor, amén de movimiento (puede que estallido) social incontrolable.

viernes, 4 de marzo de 2022

INTERROGANTES Y CERTIDUMBRES

 

He oído con frecuencia que la felicidad elige solo a quien nunca se pregunta nada; en otras palabras, a quien muestra indicios de simpleza. Sin embargo, simple concuerda con infeliz creándose así un bucle de difícil discernimiento y final. Puesto que conozco algo el recorrido conceptual de nuestro idioma, vislumbro aquí una paradoja y no una discrepancia.  Individuos torpes —con poca, casi inverosímil, sensibilidad emocional— tienen un umbral perceptivo muy reducido. Ello les lleva a entorpecer su presencia incluso oliéndola cercana, inmediata. Aunque felicidad y escenario nacional, asimismo exterior, presenten puntos cuya intersección puede sugerirse, considero extemporáneo centrarse en ese bien moral tan espinoso como esquivo. Los tiempos de zozobra imponen interrogantes aun con tensiones empalagosas, descarnadas.

En el mundo irreflexivo e insolidario que nos rodea, el mayor interrogante ahora mismo persigue, como única respuesta, cuándo terminará la pandemia del Covid. Secuelas psíquicas, físicas, económicas o actitudinales, ocupan obsesiones posteriores; lo primero es precisar temporalmente el terror del que no nos ha inmunizado estas vacunas prematura y pomposamente ponderadas por Sánchez y sus folletinescos e imaginarios grupos de “expertos”. Llevamos dos años desde que la improvisación y el predominio del feminismo ideológico sobre la praxis sanitaria —inobservando iniciales protocolos— ha cercenado proyectos vitales y, sobre todo, derechos y libertades individuales. Hemos pasado de aquel machacón setenta por ciento para conseguir la inmunidad de “rebaño” (nunca mejor dicho) al noventa y tantos por ciento sin alcanzarla. Todo un engaño.

Definir interrogante es asunto necesario, inteligible, inequívoco. Acudimos a él cuando nos mortifica un problema no aclarado o una cuestión dudosa. El existencialismo, la vida misma, se reduce a ese enigma aborrecible, especie de mosca cojonera que molesta mientras persigue, redimiendo al mismo tiempo, nuestra pereza. Pese a lo enmarañado de la coyuntura y tal vez en defensa propia, para salvaguardar el trance mental, decidamos ir del botellón inconsecuente a “es lo que hay” justificador. Deduzco que dicho esfuerzo no es suficiente ni adecuado para pasar el trago actual, pero la alternativa —igualmente poco funcional, a priori— llevaría a turbulentas frustraciones muñidoras del inmovilismo confortable, desesperanzador. Reconozco el laberinto diabólico que abruma al individuo, a los diferentes grupos sociales, sin armamento apropiado para protegerse.

Ignoro qué alcance pueda tener una mayor o menor confianza (desdeño ceguera) del individuo, pero la sociedad —toda ella— sufre el desencanto de sus políticos. Antes lo sufría de sus señores, sirva la redundancia. No cambia el poder sino la nomenclatura. Desde hace tiempo, al feudalismo se le confunde con ese albor autocrático circunscrito a fórmulas de pureza liberal. ¿Qué fue si no Hitler, el Frente Popular español o Chávez posgolpista?, verbigracia. Ayer, como quien dice, manifesté que debemos juzgar los hechos en lugar de la fisonomía de las cosas. No obstante, obcecados por una conciencia social aleccionada, ahíta de publicidad y dogmas, convertimos el ejercicio mental en algo obsoleto, perezoso, insípido si no arrogante. Tal atenuación de esta realidad que nos oprime, tal vez modele, fuerza la necesidad o esparcimiento de los interrogantes con el mismo grado de satisfacción que si lanzáramos encendidos brindis al sol.

Un dicho popular asegura que dinero es la respuesta al casi cien por cien de preguntas (quizás se debiera redondear descartando el casi). Ciertamente, don dinero presenta facetas enigmáticas, con claro-oscuro retorcido, confuso. Dos informaciones, ordenadas por Cronos, me han servido hoy para realizar una rueda de preguntas dejando abiertos los interrogantes al dictamen de ustedes. El primer comentario/dato, oído en la Sexta, provenía de al menos dos intervinientes. Se relataba que las dificultades avistadas ya (económicas entre otras de menor enjundia), la vislumbrada fractura del gobierno y un PP desgarrado, aconsejaba el adelanto electoral augurando otro triunfo de Sánchez. Alguien diferente aventuraba su negativa loando de antemano el máximo sacrificio del que antepone deber de Estado, patriotismo, a intereses personales. ¿Qué les parece, amigos lectores? Decidan su respuesta íntima ahora y cuando toque den la electoral.

Mi segundo dato provino de uno, entre varios diarios digitales que ojeo cada mañana. En él se publicaba que el Parlamento Europeo aprobaba la resolución que concede a Ucrania el estatus de candidato a ser socio europeo. Se contaron seiscientos treinta y siete votos a favor, trece en contra (entre ellos Miguel Urbán de Izquierda Anticapitalista) y treinta y seis abstenciones (dos de Izquierda Unida y una de Bildu). Me pregunto sin ensañamiento ni “acritud” alguna, ¿qué significa ser anticapitalista? Me suena a paradoja insulsa; parecido a manifestarse antisólido, antilíquido o antigaseoso. Veamos, la civilización se nutre de un proceso donde intervienen: materia prima, mano de obra y “capital”. Marx lo utilizó para analizar el devenir histórico iniciando el método falsario, constatada su generalización, de terminar con el capitalismo malévolo cuando solo consiguió añadirle “de Estado”. Intenten averiguar vida y patrimonio de cada líder marxista en el mundo.

Certidumbre se relaciona con subjetivismo excitable, dogma, fe, infalibilidad, cohesión intelectual; nada que ver con conocimiento seguro y claro de algo propio, certeza. Es decir, certidumbre constituye únicamente afinidad intelectual con algo o alguien sin explorar realidades indiscutibles. Vislumbro diversas certidumbres basadas en la lógica. Sánchez debe adelantar elecciones obligado por las medidas que Europa le va a imponer como ocurrió con Zapatero en mayo de dos mil diez. Podemos desaparecerá a medio plazo y surgirá una nueva izquierda (¿Frente Amplio?) vestida de boda —no descarriada ni folklórica, presuntamente democrática— bajo el liderato de Yolanda Díaz. Ciudadanos recobrará vida si no comete los errores habituales.

El PP da sus noveles primeros pasos y no me han gustado. Siguen ingrávidos lejos del planeta realizando un intrusismo aeroespacial. González Pons, presunto Secretario General, y el presidenciable han calificado a Vox (único peligro hoy para el presidente) “extrema derecha”. ¿Han oído alguna vez a Sánchez denominar a Podemos “extrema izquierda”? Diferencia sustantiva. Me mojo: Feijóo nunca presidirá el gobierno. Sánchez seguirá algún tiempo, no sé si completando la siguiente legislatura. Le sustituirá Abascal con mayoría muy mayoritaria —salvo concierto PSOE-PP— si no absoluta.

Mis certidumbres disfrutan de argumentos sólidos. Que vaticinan tiempos angustiosos es cierto y me intranquiliza, pero conociendo el percal del pueblo y de nuestros políticos tengo pocas dudas al respecto. Queda una solución y lo saben todos; sin embargo, no interesa a ninguno: Ayuso. ¿Harán un pacto para cargársela políticamente, también a Vox, al nuevo partido de la izquierda y remozarán el bipartidismo? No lo descarto.

viernes, 25 de febrero de 2022

DISEÑO SUICIDA

 

 

Renuncio a reproducir informaciones que ya han sido suficientemente expuestas (incluso magnificadas) con profusión, en ocasiones con desmedida inquina. Llega el momento de inferir, también lucubrar, qué puede traernos el destino siempre irritado y aturdido por la estupidez humana. El tema muestra una casuística espinosa, recóndita, hasta retorcida, para analizarlo sin precedentes sustantivos. La conjunción planetaria —aquella de la que hablaba Leire Pajín, iletrada ministra de Zapatero hoy asesor de gobiernos exquisitamente democráticos— que las caóticas leyes astrales negaron por entonces, ahora se ha realizado trayendo confusión y zozobra. Partidos o grupos concretos invierten su tiempo laborable, a cargo del erario público, en buscar pruebas incriminatorias para aniquilar rivales políticos incómodos. Constituye una forma, al menos poco estética, de corrupción. 

Los últimos tiempos son indulgentes con vocablos de implícita carga peyorativa: corrupción, fascista, populista, etc. Todos ellos son definibles, no definidos; es decir, están abiertos a capacidad o posibilidad de matizar conceptos en oposición a algo afianzado. Bebible y bebido, verbigracia, pueden aclarar dichos matices. Nadie, salvo ingenuos pertinaces, creen que haya partidos —asimismo escasos individuos—provistos de fuerza moral para acusar de corrupción a antagonistas. Tal vez los haya porque los escrúpulos (mejor dicho, su falta) engendran cierta sensación de impunidad. Viene a colación el viejo proverbio “ver la paja en ojo ajeno y no ver la viga en el propio”. Declino eximir a nadie de responsabilidades o culpas cometidas durante su gestión político-social, pero me parecen poco equitativas, desiguales e injustas, las inflamatorias (a la vez que chabacanas) imputaciones de corrupción vertidas básicamente sobre el PP.

A tales personajes, ubicados entre la intriga y lo delincuencial, se suman ensoberbecidos medios audiovisuales casi todos comprados por Sánchez u otros sosias. Donde la cultura escasea, el conocimiento se adquiere cómodamente a través de las pantallas sin tiempo a discernir su autenticidad o podredumbre. Millones de ciudadanos llevan anteojeras en su camino consolidando el itinerario prescrito, “conveniente”. Resulta incomprensible, además, que individuos investidos de toda pureza e integridad ética sean incapaces de respetar la presunción de inocencia que exigen para sí y adláteres. “Comunismo o libertad se convierte en comunismo o comisiones”, Fernando Berlín dixit. Se ha tragado de golpe “presuntas”, ese vocablo que dilata la transgresión moral, social y jurídica. Hay algunos más amparados bajo una prerrogativa exclusiva que no alcanza al común.

Fuera de cualquier ambición tangible, o no, Isabel Díaz Ayuso es considerada enemiga peligrosa, letal, a batir, por Sánchez y Casado al alimón. Tal animosidad tiene una fecha rotunda: cuatro de mayo de dos mil veintiunos. Para el necio presidente supuso no solo un golpe fulminante en su egocentrismo sino la aparición precisa de quien le ganaba cualquier lance oponiendo humildad a altivez. Supuso para él la estocada indigesta a su soberbia dominante, ahora cruelmente mancillada. Casado, contradictorio e inseguro, concibió una fantasmagoría terrible: que su protegida lo traicionaría raptada por un deseo irrefrenable de poder. Puede que la génesis de esa pesadilla fuera impulsada por el afín, pero quien admitió como real aquel espejismo es culpable directo de las derivaciones posteriores. Tal escenario nos lleva a una probable conjura entrambos.

Ni todas las mentiras ni propaganda de Sánchez son capaces de ocultar la situación económica real de nuestro país, prácticamente en bancarrota; es decir, arruinados, sujetos a una deuda impagable y asfixiados por un gran descrédito internacional. Si no se dopara (palabro utilizado por Podemos con Rajoy) el empleo público, estaríamos ya en estanflación. He aquí el verdadero enemigo de Sánchez que lo llevará a la desaparición política y social. Algunos pensamos que Casado se ha dejado engañar confiándose a un presidente presuntamente informador, directo o indirecto, de datos tóxicos, ilegales, para aplacar a Ayuso, incluso deshacerse de ella. Su propia estratagema se le ha vuelto letal.

Como español y analista político me desconciertan dos hechos. Uno esconde actitudes doctrinarias, fanáticas, corruptas. Me pregunto cómo puede ser que varios contratos, presuntamente viciados hechos por la Comunidad de Madrid en los primeros meses de la pandemia, cuyo importe total no llega a dos millones, interesen semanas de programación en la Sexta. Mientras, millones de contratos, subvenciones y nepotismos muy sabrosos (en fechas perecidas) por un monto de miles de millones merezcan un silencio ¿cómplice? y la abstención ominosa de la fiscalía cuya obligación hubiera sido intervenir de oficio. Más Madrid, PSOE y Podemos, han salido en tromba endosando a Ayuso las peores lacras. Ángeles y demonios se conocen por los hechos, nunca por su fisonomía.

En mil novecientos noventa y seis apareció un libro escrito por José Díaz Herrera e Isabel Durán bajo el título “Pacto de silencio” y subtítulo: “La herencia socialista que Aznar oculta”. Se vislumbraba el acuerdo tácito entre los partidos políticos para tapar abusos diversos. Si lo que está ocurriendo ahora implicara quebrar las líneas rojas del supuesto proceder —sueño estéril— los españoles nos enteraríamos de la corrupción real, no de la continuamente aireada. La “casta”, toda ella, nunca desnuda sus vergüenzas.

El segundo hecho es quién va a coger las riendas del PP para deshacernos de Sánchez, político increíblemente destructivo. Hay analistas que sugieren la existencia de diversas sensibilidades dentro del centro-derecha y que los acontecimientos recientes significarían un golpe dado por una de ellas, en alusión al equipo de Ayuso. Salvo sorpresas de última hora, todo apunta a Alberto Núñez Feijóo como sustituto de Casado. Creo en la necesidad de dejar al margen cualquier sensibilidad porque, al fin, siempre habrá una con mayores probabilidades de triunfar en beneficio del país, del sistema y de los españoles.

Quien perciba animadversión al hipotético sucesor de Casado, se equivoca. Sin embargo, no lo juzgo candidato idóneo para enfrentarse no solo a Sánchez sino a su personal nacionalismo gallego. Gloria Lago, portavoz de la desaparecida “Galicia Bilingüe”, a la que utilizó y luego desdeñó, dice de él: “La palabra de Feijóo no vale nada”. Recordemos asimismo que hace escasas fechas, puso una prueba eliminatoria en gallego para opositar a la función pública. Estos y otros acaeceres hacen que Feijóo carezca de prestigio ni carisma para conjuntar afectos ni satisfacer repetitivas esperanzas siempre frustradas.

Si el PP no aprende en esta pugna de trincheras y devuelve cada golpe, si renuncia a la hegemonía educativa, cultural y mediática (no adoctrinadoras), si sigue preso de sus complejos y no deja de suscribir etiquetas grotescas, podría jugar solo en competiciones veraces que son las menos. Políticamente andaría errante, vacío, inservible. Si el próximo presidente del PP no comprende las normas de juego, seguirá diseñando un guion suicida porque el deterioro, la desafección, no los engendra la desconfianza sino la desilusión.

viernes, 18 de febrero de 2022

SI LA DERECHA DESAPRUEBA, MALO; SI LA IZQUIERDA APLAUDE, PEOR

 

 

Hay ocasiones en que se hace imprescindible acudir a las esencias para encontrar respuestas que despejen equívocos vertebrales del acontecer social. A poco de elecciones autonómicas en Castilla León, previsible ensayo de las andaluzas e incluso nacionales al finalizar el año, irrumpen sucesos cuyo tratamiento merece especial cautela siempre, más cuando la coyuntura aconseja un tacto exquisito. El azar ha querido cebarse con dos jóvenes, uno de quince años, muertos por la insensata acción de bandas juveniles adscritas a una rivalidad aparentemente insustancial. Los lances ocurrieron en Madrid y ello llevó a Ayuso a solicitar mayor presencia policial para paliar, al menos, el aumento eventual de inseguridad. Lo ocurrido después recuerda el debate grosero, cretino, de dos conejos a los que perseguían galgos, según uno, y podencos al parecer del otro.

El episodio que nos ocupa tuvo dos protagonistas rigurosas, indómitas, opuestas al carácter tranquilo, apacible, de aquellos simpáticos animales. Resultó que Rocío Monasterio, portavoz de Vox en la Asamblea madrileña, atribuyó a la inmigración ilegal relevancia notable, si no única, en esas bandas denominadas clásicamente “latinas”. Ayuso respondió argumentando que sus miembros nada tenían que ver con un origen determinado, añadiendo: “algunos pertenecen a la segunda generación y son tan españoles como Abascal, usted o yo”. Semejante respuesta mereció el aplauso general de toda la izquierda; esa que no desaprovecha ocasión para despellejar (básicamente sin motivo como se comprueba a posteriori) a la presidenta. Cualquier roce entre PP y Vox significa el goce eterno, espurio, de Sánchez en La Moncloa. He aquí la razón de tanto regocijo.

Convendría que esas fricciones fueran desapareciendo con inteligencia, contemplando el menosprecio hacia aquellas etiquetas engañosas a una sociedad que día a día advierte el abismo entre patraña y realidad. Haríamos bien en aprovechar lecciones juiciosas que ofrecen las fábulas de Iriarte y Samaniego. Viene al caso: “Guarde para su regalo esta sentencia de autor, si el sabio no aprueba, ¡malo!; si el necio aplaude, ¡peor!”. Durante una semana, al menos, todos los medios —con delirio el de referencia, La Sexta— se dedicaron a ensalzar de manera inaudita, estentórea, asimismo interesada, la elocuencia de Ayuso. Que esta enemiga tenaz del sanchismo (una Juana de Arco rediviva) merezca aclamaciones por parte de quien pretende su descrédito absoluto, es cuanto menos extraño si no evidencia júbilo libidinoso ante presuntas fricciones PP-Vox.

Se percibe, no obstante, cierta empatía entre ambas políticas llamadas a ocupar puestos estelares en sus respectivas formaciones. Carecen de complejos, engendro que aprovecha nuestra izquierda (generalmente radical, totalitaria), incluyendo el sanchismo, para señalar extrema derecha a Vox y aledaños. Ignoro qué brebaje suele tomar el Comité Ejecutivo del PP cuando todo un conjunto se “acongoja” (léase otro vocablo popular) porque le cuelguen sea cual etiqueta. Comprendería que individuos pusilánimes sufrieran angustia cobarde, pero referido a grupos hipotéticamente solventes es inconcebible. El sanchismo, una banda poco democrática de charlatanes y vividores, potencia cualquier receptividad política y social para mantener el poder a poco que las urnas hablen indefinidas. Ahora mismo, Vox es descrito incluso a nivel ciudadano como una ideología tiránica, agresora, perversa. Comunicadores varios llaman a Podemos izquierda y a Vox extrema derecha. ¿Conocen la Historia o están vendidos? Respondan ustedes.

Insisto, si Casado no se deshace de Teodoro García Egea jamás presidirá ningún gobierno. Si, al final, lo envía a casa probablemente tampoco. Le falta consistencia, valentía y provisión. La respuesta dada (en aquella moción presentada por Vox) directamente a Abascal, exhibió tantas carencias que quedó inhabilitado a futuro. Dicho cúmulo de deficiencias le empequeñece ante Ayuso —inclemente con el rival infame— llevándole a cometer error tras error. Creo, además, que emplea o permite trucos desleales con sus barones pensando siempre en beneficio propio. Cuando alguien manifiesta espanto a perder un crédito que no demuestra en forma y manera, es que lo tiene ya perdido. Cualquier acción cuyo objetivo sea retrasar tal evidencia, acarrea un mal irreversible al país y al propio partido.

Convengamos primero algunos cotejos históricos incuestionables. Fascista y antifascismo fueron conceptos acuñadas por comunistas, españoles e internacionales, en la Guerra Civil y postguerra. Coincidiremos en que “nazismo” y “comunismo” sintetizan cualquier visión extrema de la política en aquella época. Pues bien, como premisa, Mussolini y Hitler (padres de aquellos excesos) surgieron del socialismo italiano y alemán. ¡Qué decir de Stalin! Hay un hecho todavía más ilustrativo: el veintitrés de agosto de mil novecientos treinta y nueve —días antes de empezar la Segunda Guerra Mundial— se firmó el pacto Ribbentrop-Mólotov entre Alemania y Rusia. ¿Fue un pacto fascista o antifascista? Tales virajes constituyen componendas de la extrema izquierda ante sociedades iletradas. Así consiguen un poder inscrito al miedo, cincelado a golpe de retórica bastarda, elemento motriz del acontecer humano.

Me sorprende que personas con sentido común, sensatas, den oídos al sambenito colgado a Vox de partido abominable, satánico, capaz de las mayores crueldades imaginables. Millones de españoles conciben absurdamente sus presuntas lacras. Hasta donde yo sé, fascismo y nazismo fueron sismos genuinos de un pasado irrepetible que algunos aprovechan de forma tremendista y miserable. Excluyo un partido de extrema derecha en sentido diabólico. Sí como posición ideológica respecto a otra anterior; es decir localizada en un espacio ordenado. Sin embargo, han existido y existen partidos de extrema izquierda con terrible proceder moral y social. Desde luego, constriñen la libertad metafísica del individuo porque impulsan una ideología opresora.

Hemos llegado a un punto donde el lenguaje sufre oscuras transformaciones debido a artimañas admitidas maquinalmente. Doctrinas totalitarias cuyo asiento natural es la dictadura, pasan a ser garantes tediosas de exquisitez democrática. Por el contrario, idearios liberales, defensores de la dignidad e igualdad del individuo, son considerados perversos, contraproducentes, para una convivencia pacífica. Se llega así a la fase álgida en que los farsantes realizan su siembra nociva, nefasta. Al ciudadano le queda como opción lucrativa defenderse de forma titánica con análisis censores, políticamente (in)correctos, mientras saca a relucir una rebeldía justa, imperativa, acusadora.

Mientras la derecha, situada en cualquier tramo del espacio propio, gasta energías en conflictos de pedigrí genético, la izquierda dictatorial (incluido el sanchismo) abriga notables probabilidades de repetir legislaturas eternamente porque acepta cualquier apoyo sin exigir certificado previo de buena conducta. ¡Ojo al dato!, que diría aquel. Sánchez exige al PP romper con Vox en toda España si quiere la abstención del sanchismo —que no PSOE— en Castilla y León. ¿Broma o estupidez? Me inclino por lo segundo.

viernes, 11 de febrero de 2022

FRANQUEZA VERSUS ESTAFA

 

Franqueza es sinónimo de sinceridad y significa sencillez, veracidad, modo de expresarse o comportarse libre de fingimiento. Pareciera que esos valores, a poco, desaparecen del quehacer nacional de forma perturbadora. Ignoro cuál es la degradación que sufren los países adyacentes al respecto, aunque, según el dicho, “en todas partes se cuecen habas”. Pienso, dada nuestra idiosincrasia optimizada además por una ingeniería social con planificación sutil desde las altas esferas del poder, que batir la marca nativa lo hemos puesto realmente difícil. No discuto la existencia de territorios con caracteres similares (podríamos nombrar algunos que aflorarían de manera natural) cuyas miserias casi alcanzan los niveles propios. Desde luego, “España es diferente” excluye frescura pues su preeminencia la ha desarrollado en torno a una larga y turbulenta vida.

No sabría argumentar las razones, pero atisbo pequeños espacios donde malicia y rectitud conviven turnándose momentos, etapas, peculiares. Quizás fuera acertado denominarlos rescoldos de un pasado que va desapareciendo sin que nada análogo llene el dominio vacante. Conozco todavía gentes que cuando estrechaban la mano subscribían un documento notarial. Incluso contemporáneos infantes entonces—pese a invasiones tóxicas ex profeso, desprotegidos si no faltos de reputación— hoy mantienen en boga aquellas pautas dignas de todo encomio. Jóvenes, asimismo menos jóvenes, han ido sustituyendo tales entrañas extendidas, modestas y honorables, a cambio de un ardor progre. Ese delirio de escaparate, erróneo, lo juzgaría incompatible con cualquier derivada anexa a la tan traída y llevada lucha generacional. Tiene sus propios cimientos.

A título personal, sin subrogarme representación alguna, voy a ejercer de franco (así, con minúscula para evitar sobresaltos emocionales) o, como se diría ahora en el ruedo ibérico, de políticamente incorrecto. La sociedad debe cargar pesadas losas en actitudes y réplicas respecto a muchos desatinos políticos, así como menguar las tragaderas convertidas en grave problema democrático. Bien por jóvenes con la placidez del imberbe, ya ataviados de cauta veteranía, la calle se encuentra tranquila, sin amago de cambio inminente. Yo —rebelde con causa, pero de arrebato reducido por los años— digo que tenemos el gobierno (léase sobre todo presidente) más postizo y tortuoso desde hace ocho décadas, al menos. Algunos comunicadores, aparceros o revertidos, dicen que Sánchez es un lince que al ser ibérico su taxonomía lo designa lynx pardinus; es decir, “apardinado”.

El lunes pasado, día siete, por fin apareció un rayo de franqueza en el firmamento hispano. A expensas del gobierno social-comunista, se invitó al profesor Joan Ramón Laporte Roselló —experto en fármaco-vigilancia— para dar una conferencia sobre vacunas y Plan de Vacunación en la Comisión de Investigación del Congreso. Dicho experto, tras una exposición argumentada y con datos incontestables, puso en duda la eficacia de las vacunas contra el Covid-19 (incluso negó que lo fueran según la terminología de la RAE). Se manifestó además partidario de las vacunas contrastadas y contra el negacionismo. Este señor ha aclarado muchas dudas importantes mientras dejaba traslucir la ingente cantidad de patrañas que nuestro gobierno ha ido atesorando en meses. Ignoro si la gratitud del pueblo compensará los problemas venideros por ser contestatario al individuo que ejerce de señor feudal.

Sí, salvo el derecho de pernada probablemente inexistente o inadvertido, vivimos bajo las extravagancias de un tirano que hace lo que le apetece sin control ni límite. Coyuntura penosa, agudizada porque el escenario teórico es una democracia que resulta incorpórea, pura inscripción de frontispicio. Una sociedad adormecida, fiscalía domesticada, insólita ganga sindicalista-patronal y el aliento lelo de Alberto Casero —diputado del PP desafecto a Guillermo Tell— allanan la legislatura a un Sánchez con chistera muy raída ya. Quiero suponer que los españoles (solos, sin ayuda de una Europa desnortada, débil, medrosa) seamos capaces de poner donde corresponde a este caradura intrigante. Como persona me importa un bledo y, por tanto, carezco de epítetos meritorios o censurables; mi estimación del político es notablemente negativa, mugrienta. Justo y oportuno.

Estafa —palabra gruesa, aposentada en esta tierra pícara— es toda acción de delitos que se caracterizan por el lucro como fin y el engaño o abuso de confianza como medio. Niego mayorazgo exclusivista incluso dentro del entorno democrático que nos rodea, aunque ostentemos cierta autoridad. Quien más, quien menos, aprovecha las ocasiones al máximo por si tiempo y azar las malbarata o mengua. Aquí, la competencia se hace asfixiante dado el desmedido número que pretende exigir su particular agasajo. Tal vez esta perversión acontezca en cualquier capa social, pero prefiero fijarla por equidad sobre la clase política que algunos (situados dentro de ella) la consideran “casta”. No me atreveré yo a corregir tamaño distintivo aplicado por alguien que conoce a fondo el percal independientemente de posteriores ejecutorias. Otros debieran hacerlo y tampoco lo hacen.

“Todo esto tiene que parecer verdadero. Es una estafa de altos vuelos”, manifiesta Richard Morgan en Carbono Alterado. La frase del escritor británico a priori pudiera entenderse frívola hipérbole, pero siendo rigurosos resulta principio promocional de primer orden, muy solvente. El estafador, como buen ladrón, oculta no solo intenciones sino cualquier signo que comporte proceder endémico, cíclico e interesado. Suele utilizar una táctica ineludible, garantizada, de efectos contundentes: desarrollar la susceptibilidad del estafado. Sin embargo, los políticos esgrimen estrategias toscas, belicosas, basadas en el abandono ajeno y en su propia impunidad. Considero que el estafador necesita nutrir, experimentar, permanentemente dicha actividad —a modo de práctica— para mantenerse apto. Es curioso que seamos nosotros quienes sufraguen tan lucrativo aleccionamiento.

A la postre, y siguiendo el argumento del señor Morgan, franqueza y estafa —más allá de la confrontación— tienen un hilo común, si bien contrahecho, llamado precepto. En su acepción segunda, precepto significa “cada una de las instrucciones o reglas que se dan o establecen para el conocimiento o manejo de un arte o facultad”. Por tanto, realizar una estafa conlleva cumplir instrucciones o reglas con envoltura verisímil. Son distintas, moralmente en las antípodas, pero la indecencia que desprende estafa constituye el envés del decoro que envuelve la franqueza.

Termino con una certidumbre: el papel desempeñado por la gran mayoría de medios para encuadrar ambos vocablos en la masa social y política. Creo que esos medios mayoritarios se muestran contundentes acosando informaciones veraces para hacer decente la estafa con las palabras de Adelardo López de Ayala: “Cuando la estafa es enorme ya toma un nombre decente; se llama buen negocio”. La estafa nacional es el mejor negocio político conocido, pero —discrepando de López de Ayala— es rotundamente indecente.