viernes, 24 de febrero de 2017

CONVERSACIONES CONMIGO MISMO


A menudo, los entresijos son tan sistémicos, tan rutinarios, que cualquier conversación (más o menos íntima) adquiere rostro particular. Aparentemente, esta sociedad muestra una actitud insensible, de hastío, ante la problemática política que desazona -como mínimo- al mundo industrializado. Sin embargo, el contexto interno sugiere engañosa normalidad. Bajo esa capa camaleónica, adicta al pataleo, casi fatalista, los sentimientos se muestran ahítos, montaraces. Aledañas a uno, se oyen voces iracundas, poco tranquilizadoras. El tedio, la frustración, alcanzan cotas excepcionales, a punto de traspasar esa línea roja que separa mansedumbre y agresividad. Pese a todo, el escenario parece no preocupar a estos portentos que nos toca aguantar. Bien por laxitud bien por análisis inconsistente, están llevando al país al despeñadero, a otro episodio lamentable no ha mucho vivido.

Días atrás mantuve una larga conversación telefónica con el segundo de mis hijos varones. Cumplidos cuarenta y cinco años, ingeniero informático, sensato, reflexivo, enemigo de arrebatos, físicamente una fotocopia mía (de ahí el epígrafe). Furibundo pero sutil, me comentaba que con su salario -bastante estimable- apenas llegaba a final de mes. Con dos hijos, hipoteca y sin trabajo su cónyuge, tal situación es lógica, habitual. Aseguró que, entre colegas del politécnico valenciano, similar panorama acontecía con frecuencia. A título de anécdota recurrente, me manifestó que un compañero, profesor con varios masters, y su pareja, profesora también, carecían de ahorros para comprarse un coche. Era la prueba fidedigna de que su indigencia no podía considerarse excepcional entre trabajadores con amplia formación. Qué decir del conjunto.

Conozco a mi hijo. Piensa y actúa como cualquier joven. Ni entiende ni le interesa la política más allá de aquello que escape a su bienestar económico e influya en la salud y formación de su prole. A la postre, manifiesta intereses idénticos a los de cualquier ciudadano, incluyendo edad y motivaciones. Si le inquieta el tema catalán, las empresas públicas deficitarias, excesos prevaricadores, nepotismos, enchufes varios, falta de ética, etc. etc., se debe a las consiguientes secuelas económicas. A mí, veterano analista político, tampoco me preocupan los vicios expuestos ni otros guardados en el tintero; me exaspera tanta insensibilidad y, sobre todo, que su jeta les haga conducirse como si fuéramos gilipollas. Algunos epítetos que mi hijo desgranaba para revestir desdoros de quienes gobiernan, o lo pretenden, son los mismos que ustedes, amables lectores, o yo pensamos y proclamamos usualmente. Cómo estaría, qué repulsión sentiría por los partidos clásicos, para confesarme el propósito de votar a Podemos la próxima vez. Franquear a Ciudadanos es síntoma alarmante, colectivo, de decepción, de desaliento. Ojo con tensar la cuerda demasiado, cuidado en seguir oprimiendo –descapitalizando- la clase media, trabajadora.

Lo expuesto dibuja a la perfección el marco actual. Cuando una persona de orden, formada, piensa votar a una sigla cuyo segundo líder exhibe -presunta y únicamente- méritos voluptuosos, opera mediante tácticas infectas, socava talantes y actitudes democráticas al mismo tiempo que ofrece propuestas vacías de sustancia, algo serio le ocurre al país. Desde luego no eximo de culpa a esta ciudadanía insípida, despreocupada, inmóvil, pero en palabras del tópico “a más autoridad mayor responsabilidad”. PP y PSOE, PSOE y PP, son los máximos culpables del extremo a que hemos llegado tras cuarenta años de ilusionante perspectiva. He aquí la fuente de tanto infortunio. Décadas de anhelos insatisfechos terminan en tedio temerario. Así se alimentan los populismos triunfantes que suelen abrir puertas a conflictos mundiales. Tengamos escrúpulos, serenidad y firmeza.

Si la democracia -sus responsables políticos- se burla del individuo, este suele tirar por la calle de en medio. Aquel tópico y socorrido mensaje de que las libertades se ganan día a día constituye otra desnaturalización interesada del lenguaje. A un ciudadano, a una sociedad inerme (sin guía), solo le anima el efecto contrario como reacción natural, verisímil, liberadora. Mis hijos, jóvenes, utilizan una frase disyuntiva asaz licenciosa, casi inaudible. Los años no pasan en balde, te pulimentan. Por esto, digo: “o jugamos todos o rompemos la baraja”. No hay alternativa.

Reseñaba que nosotros, la infantería, tenemos pocos recursos -más bien ninguno- para contrarrestar extravíos y perversiones del poder. Alegar soberanía democrática constituye un ardid que pretende lavar manos demasiado sucias. Nuestros partidos carecen de medidas que desarrollen la equidad jurídica y el Estado de Bienestar. “La sentencia acredita que todos somos iguales ante la ley” deja al descubierto, por parte del señor Catalá, un trato inicuo al contribuyente. Aporto como prueba aclaratoria el testimonio personal. Detalla la ley que el delito contra la Hacienda Pública requiere “una acción consciente dirigida a la defraudación al erario público”. Tal acción puede revestir la forma de “cooperación necesaria”, “complicidad” e “inducción”. Cristina de Borbón fue declarada inocente de presunta defraudación por no poder constatar consciencia. A mi esposa, por una cantidad mil veces inferior, le fue atribuido intento consciente de defraudación fiscal. Se le abrió expediente sancionador, multa y -al recurrir administrativamente sin ninguna estimación- tampoco pudo acogerse a reducción. ¿Somos todos iguales ante la ley, don Rafael? Por estos engaños propagandísticos, por inacción, por corrupciones sin límite y, a lo que se ve, sin deseos de eliminarla, por ineptitud, PP y PSOE quedan huérfanos de crédito. Quede claro: el pueblo será permisivo, mas no idiota. Los límites se están rebasando.

 

 

viernes, 17 de febrero de 2017

EL TRIUNFO DE IGLESIAS CONSOLIDA LOS PARTIDOS MODERADOS


Vista Alegre II, congreso que revela la quiebra -quizás definitiva- de Podemos, requiere un escrutinio ininteligible a la aparente confrontación doctrinal. Estoy convencido de que existe una causalidad metodológica, de profunda raíz intelectiva, junto a prosaicos intereses grupales. Desde hace tiempo, Errejón viene aventando gestos, concepciones, contrarios a palabras y actitudes de Pablo Iglesias al que causan neurálgicas derivas. Raptado por la vanidad, ensoberbecido, víctima de perverso egocentrismo (casi enfermizo), rompe cualquier probabilidad de entendimiento futuro. Su radicalismo dobla la etimología con parecida firmeza a que consagra cismas prescindibles. Consigue el efecto tópico de un elefante dentro de cualquier cacharrería. Íñigo lo tiene claro: con esos mimbres jamás lograrán concluir ningún cesto. Iglesias cimienta un partido de oposición permanente, renovada, cada vez más anémico en diputados. Al final, ese será su hito: librar unos cuantos conmilitones de la miseria o del paro, valga la redundancia.

El congreso del pasado fin de semana puso de manifiesto cierto desvarío psicológico, contingente, frente al posibilismo práctico, sustantivo. Los respectivos proyectos, en síntesis, evocaban distintos recorridos filosóficos  a lo largo del tiempo. Todo giró sobre la bipolarización dicotómica entre una metafísica sutil, especulativa, y el empirismo despojado de toda lucubración estratégico-ideológica. Como concepto analógico, nace una inferencia que confirma la nada como percepción opuesta al ser. Arriesgada (pro)posición intelectual o táctica. Empeora tal escenario el hecho inevitable de que su reduccionismo obliga a estimar presupuestos para llegar al conocimiento y proceder. Se opone a semejante visión el positivismo que llevó por vez primera a ver la sociedad y el individuo como objeto de estudio científico. Bertand Russell, siglo XV, aleja definitivamente a la ciencia (sociología) de la metafísica. Busca la experimentación, observación y acopio de datos para explicar las causas que originan los fenómenos. Iglesias versus Errejón.

Como quedó patente, uno y otro se mostraron partidarios de dos esquemas diferentes, antagónicos. Aquel, revestido con los defectos instrumentales que propicia todo empobrecimiento metafísico, viejo y laberíntico. Este, moderno, pragmático, cercano al rigor científico. Pese a la inutilidad/utilidad de ambas propuestas, se sabía de antemano (tal vez firme sospecha) quién iba a resultar vencedor en este país que se deja engatusar por la imagen, aun esperpéntica. No obstante, de forma definitiva perduran más en la memoria colectiva las derrotas épicas que las victorias cómodas. Ocurrió siglos ha, pero la analogía con los comuneros y las tropas imperiales es un hecho innegable. Hoy, a aquellos vencedores se les niega toda reminiscencia; solo queda el recuerdo vivo de los ajusticiados. Así, el lugar se conoce con el nombre de Villalar de los Comuneros. Los pueblos suelen ser justos con sus servidores. Veremos el resultado final del episodio cumplido.

Iglesias, su triunfo, significa la victoria del espectáculo, de la gresca, inclusive del desafío personal. Importa poco, nada, improvisar respuestas, contribuir con proyectos realistas al Estado de Bienestar, entrever la política como servicio a una sociedad mísera, cuando no miserable. Estos hijos de papá, laboralmente yermos, adscritos en su mayoría a parásitos del régimen franquista, pretenden -al parecer- demostrar sus capacidades personales referidas a aspectos esperpénticos por manifiesta incuria de lo admirable. Creen meritorio la puesta en escena, el fondo bravucón, altanero, petulante. Son víctimas del rito, de esa liturgia que tanto dicen censurar. Palabras y acciones divergen sin remedio; tanto que, a poco, descubren un rostro depravado, repelente.

Al derrotado le costará la cabeza como a aquellos que capitanearon el espíritu nacional, contra un emperador extraño e impuesto (espectacular coincidencia hegemónica), para mantener viva la esperanza de un país redimido. Sin embargo, es posible que las cañas se vuelvan lanzas y la victoria de Iglesias origine la consolidación definitiva -en estos tiempos desequilibrantes- de los partidos moderados inmersos en penosos procesos de corrupción generalizada. Hasta el presente, PP y PSOE excusan medidas notables contra esa lacra. Tal escenario, aparte de inspirar cierta impunidad, lleva a la conclusión de que lo conocido es la punta del iceberg que todos, recíprocamente, intentan tapar de manera vergonzante. Conforma el problema capital que se cierne sobre las mencionadas siglas cuyo cometido debería ser sacar a España del abismo.

Insisto, Iglesias es el flautista que emite músicas seductoras sin partitura ni libreto; es decir, sin carne ni hueso. Deslumbran, a priori, a colectivos -generalmente irreflexivos- que buscan lo que buscan. Errejón, de momento, queda inoperante en un injusto ostracismo al uso en cualquier partido, más si es de izquierda radical. El marco que se prepara será funesto para Podemos y para los intereses patrios. Debe retornar cuanto antes, con peso efectivo, para convenir propuestas políticas viables. Los tres partidos reformistas, constitucionales, deben purificar su actividad pública si quieren recuperar la fe del votante. Aparte, tienen que abandonar prejuicios inútiles, propagandas y etiquetas con presuntos beneficios electorales, para conjugar políticas de Estado en temas urgentes: educación, sanidad, territorialidad e incluso cordura del Sistema Autonómico. Cierto, Iglesias gana pero Podemos se debilita; mientras, el resto se reafirma que buena falta le hace. Paradojas de la política.

 

 

viernes, 10 de febrero de 2017

DE HAMBRE Y DE ROLLOS

Aprovechando asiduas jornadas de plante al hábitat familiar, algo equivalente a cualquier congreso profesional, compañeros -profesores a la vez que hábiles jugadores de dominó- y yo hemos recalado en Gandía para constatar avances, sensaciones, deleites. Horas de actividad plena me impidieron hilar un solo párrafo. Inserto de nuevo en la quietud de este habitáculo que me sirve de escritorio intento dar vida a palabras atinadas, desaciertos mayúsculos e impresiones gestantes, nonatas. Todo un cúmulo variopinto que constituye el comentario sereno (así lo pretendo) de esa penosa figuración política a caballo entre el esperpento y la tragicomedia. Buscar otra referencia distinta de los afanes dirigentes se convierte en misión imposible.
Decía Einstein que el universo y la estupidez no tenían límites para, en seguida, expresar dudas respecto a la certidumbre del primero. Es decir, concebía la imbecilidad humana un atributo con plenas garantías de existencia. Acertado, certero, justo. Ya por aquel entonces -siempre- barrunto era una forma exquisita de insinuación. Cualquier hambre engendra vacío, levedad, que atraen acción o ensueños vanos. Por tal motivo, lindero con don Albert, pero más añejo, apuntilla el adagio de probable autor indigente: “Quien tiene hambre sueña con rollos”. Esa grata estancia en Gandía, fértil, fructífera, aún dejó tiempo para oír alguna que otra sandez y asombrarse por la insistente necedad de aquellos que, debido a obsesiones traumáticas (tal vez psicóticas), confunden anhelos personales con beneplácito social. Jamás advierten menoscabo, aislamiento o deserción. Es lógico, por otra parte, que cada cual desvíe el curso del cauce social para aportar “agua” al propio molino.
Durante diez días coparon los noticiarios Podemos, Cataluña y PSOE. Podemos por esa guerra feroz, sin armisticio. De ella solo puede salirse vencedor o derrotado. Llevan tiempo gestando una lucha sin cuartel, debido al uso abusivo de purgas, propiciada salvajemente por gente próxima a cada líder. Conforma la clásica “limpieza” de quienes encarnan algún riesgo potencial para el despótico poder del cabecilla. Iglesias y Errejón son marionetas cuyos hilos mueven sendos equipos. Ellos actúan al compás del guion marcado por los respectivos estados mayores para evitar un aislamiento agónico. Deben dispensar, al menos, esperanza. Ambos poseen hambre de poder, de control, por ellos mismos, pero sobre todo por las respectivas facciones; pues solos, sin respaldos, no representan nada. Iglesias gana en arrogancia, en bravuconería. Lo confirman frases, posturas: “Cuando sea presidente no actuaré como Tsipras”, respondió a preguntas sobre el devenir griego. Errejón, más cauto, pragmático, abandona quimeras y radicalismo para examinar con tiento la realidad. Puestos los pies en tierra, gana adeptos; mientras, aquel consigue levantar sonrisas y pasiones absurdas a partes iguales. Al individuo le gusta el escaparate pero se inclina por la sustancia.
Pedro Sánchez, entre tanto, anuncia candidatura a la secretaría general del PSOE. Otro iluso salta al vacío sin arnés que le proteja, ¿Qué necesita este hombre para darse cuenta de que llegar al cargo significa grave riesgo para el partido? Suponiéndole una aceptación notable de militantes irreflexivos, dogmáticos, enfervorizados, le faltaría el plácet de quienes votan sin filiación alguna. Sectario, auto sobrevalorado, radical, llevaría al PSOE a la nada electoral, al desastre definitivo. Si por rebote milagroso fuera elegido, duraba en el cargo un suspiro; existe una disyuntiva, desaparece él o la sigla. Susana Díaz, otra inepta en ciernes, muestra detalles que la hacen interesante, compatible con esta delicada situación. Personas válidas, carismáticas, óptimas, no las hay o pasan desapercibidas. Los medios crean personajes atractivos, huecos, farfolla, dejando velados al individuo rigor y valía. Constituyen los demás rollos que prefiere la cuenta de resultados. Así nos va.
Cataluña aporta la tercera nota informativa. Sus políticos tienen hambre, parece, de independencia y las ensoñaciones de tal necesidad espuria llevan a la ciudadanía al sumidero; ya saben, a esa voz escatológica que pronunciaba airado el admirable Fernán Gómez. Resulta inexplicable cómo se han conjuntado, tal vez conjurado, todas las siglas (a excepción de PP y Ciudadanos) para empeorar tan imponente crisis económica con otra territorial. ¿Es posible tolerar tanta estupidez? Parece que sí tras el acompañamiento que hicieron a quienes son juzgados por la bufonada del 9 N; derroche obsoleto del gobierno catalán cuyas prioridades se alejan día a día del pueblo. “España nos roba” y “no saldremos del Mercado Común” suponen una falacia provechosa, la humareda que oculta vergüenzas propias.
El PP, sin rivales apenas, fantasea también con rollos. Aparece unido, pero mugriento por la corrupción, ante ese congreso que comenzó el viernes. Sin embargo, puñales y dagas diversas aguardan romas mejor oportunidad. Al momento, cualquier divergencia queda calma por efecto del poder, mas tomará cuerpo cuando se pierda. Hoy surgen únicamente pasiones matizadas, colaterales, insípidas. Rajoy significa lo poco convertido en excelente. Menuda guasa despliegan los políticos de España. ¿Será Errejón quien destaque en este erial perturbador? No me extrañaría. Empero, y de momento, será triturado por el ídolo seductor e infecundo que mangonea a Podemos. Ha hecho de su antojo un tótem adorable, nutriente, enriquecedor, pero apartado del poder aglutinante, copioso. Con su estrategia seguirá siendo, la oficina vip de colocación (como indiqué en fechas pretéritas); al igual que muchos, un hambriento que sueña con rollos.
 
 

viernes, 27 de enero de 2017

DELIRIO VERSUS PRAGMATISMO

Escuchamos frecuentemente -con falta de rigor, a la ligera- que acechan tiempos nuevos, horizontes inciertos, misteriosos, pero ilusionantes. Nada hay nada tan traumático como sembrar vanas esperanzas. Algunos, malintencionados, codiciosos, desparraman sobre el barbecho social semillas nulas de fruto, concebidas para evocar odios medio enterrados. No es tiempo de esparcir potingues reparadores, sugerentes, cuando existen recetas ordinarias aunque sean laboriosas. Las gravísimas crisis del pasado siglo trajeron consigo nazismo y totalitarismo, caras terribles de la misma moneda. Aquellos tiempos sí eran nuevos; estos, anuncian un revival necio, probable, pues ni conocemos ni interesa la historia. El milagro prometido entonces, costó millones de muertos y decenios de miseria. Pagaron un alto peaje por dar oídos a aventureros cuyas promesas, inverosímiles en circunstancias normales, hechizaron a cuantiosos sectores de la sociedad. Seguimos sin aprender.
El desastre económico de Lehman Brothers, en dos mil ocho, añadió aquí al gobierno Zapatero. Superado por los acontecimientos, don José Luis tuvo que adelantar las elecciones. Sin comerlo ni beberlo, probablemente espantado, Rajoy recibió una mayoría absoluta tan inmerecida como inútil. Desde mi punto de vista, hizo bueno a Zapatero si tasamos las facultades -presuntas- de uno y otro. La suma de estos tres ingredientes onerosos, insoportables, concibió dos partidos dispares pero lógicos. Hastiada la ciudadanía de un bipartidismo inoperante, sordo, suicida, abrió desesperadamente los brazos europeos (en mayo de dos mil catorce) a Podemos y, con menor entusiasmo, a Ciudadanos. Unos chicos hijos de papá, leídos, desenvueltos, arrogantes, sin oficio ni beneficio, descubrieron la gallina de los huevos de oro. Sediento el individuo, con hambre de arbitraje, asqueado de indignidades, (a)prestaba oídos escasos de reflexión, armado de necia torpeza, casi apático. Hubo, aquí sí, una conjunción planetaria debida al ahogo laboral, cinismo populista e ingenuidad colectiva. ¿Quién podría creerlo? Trocaron paro o marco mileurista por seguro y suculento salario.
Lejos, a años luz, del llamado Jueves Negro que convulsionó aquella sociedad e hizo posible la Segunda Guerra Mundial, esta crisis ha movido los cimientos políticos del llamado mundo civilizado. De ella se han alimentado populismos arcaicos, junto a otros de nuevo cuño, cuyos efectos -que se presumen próximos- generan inquietud cuando no terror. Trump instaura el ejemplo proverbial. Nos esperan días de expectación, de zozobra. Nuestra piel de toro ve aparecer a Ciudadanos y a Podemos. Ambos surgen por inacción acrisolada de quienes copaban los diferentes gobiernos democráticos. El personal pasó de A a Z sin solución de continuidad. Ahora solamente el PP mantiene esa atadura engañosa que facilita el poder; los demás lamen heridas de escisión
PSOE y Podemos abren sus carnes a la dinámica interna para consolidar proyectos, tal vez doctrina, que hagan creíble al segundo mientras trata de recuperar prestigio el primero. Ciudadanos pugna animoso buscando el espacio ideológico que no existe porque un PP hábil acapara el amplio abanico que va desde la derecha liberal hasta los confines de una izquierda socialdemócrata. Ha elaborado un monstruo para asfixiar a rivales al tiempo que trampea a votantes. Ciudadanos debe esperar a que la exasperación, el fuego, complete su efecto devastador -ya cercano- y aproveche aquella quimera mitológica, cien por cien inverosímil, de que otro PP renazca como el Fénix. Entonces tendrá un peso renovador, transcendental. El PSOE acaricia claras oportunidades de futuro abandonando rutinarios tics decimonónicos, caducos y estériles. Ojo a Pedro Sánchez, individuo nocivo para el partido, que acaba de anunciar su candidatura a la secretaría general. Si encuentra su camino, jamás podrá ser absorbido por cualquier aventura que se realice a su izquierda. Los españoles y europeos (ahora hay que contar también con ellos) son enemigos de experimentos en general, menos a la carta.
Podemos apuesta por albergar todos los vicios: machista, arrogante, fatuo, oligarca, oscuro. Le fascina hacerse notar, ofrecer esta carta de presentación mediante el mañoso recurso de envolverse en la dialéctica contraria, aunque involuntariamente enseña la patita. Abarco al partido porque cualquier populismo está hecho a imagen y semejanza de su líder incontestable, carismático; insalubre siempre. Por tal razón, Podemos exhibe una naturaleza acorde a las muchas manifestaciones, tal vez gestos y afanes, realizadas por sus dirigentes más destacados. A poco, va divulgando distintas facetas que dejan conocer su verdadera identidad. Hay enormes divergencias entre dichos y hechos. Se les está cayendo el velo que difuminaba un rostro, quizás jeta, auténtico, definido, repulsivo. Empieza un confuso itinerario que le llevará a ninguna parte. 
Vista Alegre II destapará, con toda crudeza, el enfrentamiento encarnizado, no entre Iglesias y Errejón -que también- sino entre dos grupos que no caben en la misma sigla. Su ADN, un hechizo a las purgas, les ha llevado demasiado lejos. Eclipsado Monedero, ese verso asonante con la rima primigenia, quedó una imagen y un proyecto (probablemente dicotómicos, disyuntivos) que, bajo el aparente acuerdo instruido por la voz cantante, originaron dos clanes inconexos, antagonistas. Mitad debate estratégico, mitad lucha por acumular poder, Podemos se desangra. Bescansa y anticapitalistas conforman una comparsa transitoria pese a algunos medios empecinados en proclamar una realidad ad hoc.
Pablo Iglesias personifica un escaparate muy logrado, estético, sugerente, pero anodino. A su soberbia e inconsciencia, Errejón proporciona cotejado con él peor imagen. Sin embargo, su pragmatismo o agudeza le lleva a entrever que oponerse de manera radical al statu quo europeo solo permite asaltar el limbo. Tan realistas como él, sus seguidores aumentan (conquista voluntades) porque saben que no hay otra forma de alcanzar el poder, la regalía, el acomodo. Después del vano cónclave, decía Miguel Urbán -pobre- que el objetivo de Podemos es desbancar a PP, PSOE y Ciudadanos para asumir ellos el gobierno. Así, solos, contra los tres. Pero… ¿de dónde han salido estos señores? Pablo Iglesias y sus sosias anuncian, prepotentes, candorosos, el ocaso de Podemos. Al tiempo.
 
 

viernes, 20 de enero de 2017

CONSTRUIMOS UNA DEMOCRACIA CON PIES DE BARRO

Las primeras acotaciones al gigante, coloso o ídolo, con pies de barro aparecieron en el libro de Daniel. Relata un sueño de Nabucodonosor (rey de Babilonia) que descifró dicho profeta. Nabucodonosor veía en sueños una estatua gigantesca cuya cabeza era de oro, pecho y brazos de plata, vientre y caderas de bronce, piernas de hierro y pies hechos de hierro y arcilla sin mezclar. Por efecto de una piedra sobre tan anómalos pies, desaparecían estos y, a poco, se desintegraba toda la figura. Daniel interpreta que después de Nabucodonosor (el oro) vendrían reinos cada vez más débiles (plata, bronce, hierro, respectivamente) hasta llegar a lo inconsistente (hierro y arcilla) que provocaría su ocaso. Nuestra democracia, con enorme parecido al dato babilónico respecto a su decrepitud, se encuentra en fase terminal, antesala del desastre definitivo en cuanto una piedra precisa fragmente la débil base. Ahora contemplamos un horizonte colmado de ellas: problema catalán, corrupción generalizada, disfunción ideológica, excesivos líderes megalómanos, divergencias irreconciliables, desvanecimiento social amén de descrédito político.
Tras décadas de dictadura autárquica, los españoles perseguíamos un sistema democrático que prejuzgábamos cuasi ilusorio. Sin embargo, la dificultad del cambio -de por sí extraordinario- recayó sobre el método que obstaculizó los inicios, la andadura. Recuerdo aquella disyuntiva beligerante entre partidarios de la ruptura y los de la reforma. Al final se impuso el camino reformista por juzgarlo más seguro al pilotarlo un sólido carácter armonizador, cooperativo. Asimismo, surgirían contrapesos que desterraran cualquier enfrentamiento supuestamente adscrito a la ruptura. Esta nueva restauración monárquica trajo como condición sine qua non una democracia consensuada por todos los partidos políticos. Exigencia y consentimiento fueron aires, rumbos, que gestaron el Título Octavo de la Constitución. Igualmente, Carta Magna y Monarquía resultaron piezas inseparables del nuevo régimen. 
Una izquierda temerosa, sin arraigo, escarnecida -junto a la derecha sin crédito, dudosa, inane- desplegó comportamientos generosos a fuer de necesarios. Había sembrado su situación de renuncia a medio camino entre el castigo adeudado y la asechanza abusiva. Aquella derecha antañona -comandada por Gil Robles- no se decantó por el franquismo, pese a una tenaz propaganda todavía viva. Mientras, el socialismo de Largo Caballero se aferró al estalinismo totalitario en un intento suicida de ganar la guerra. Digo suicida porque la socialdemocracia europea y anarquistas temían a la Tercera Internacional más que al propio fascismo. Así se deduce de las actitudes gubernamentales de Francia e Inglaterra, democráticas, respecto al franquismo; de la purga Esquerra-Comunista al POUM e incluso de la batalla de Madrid entre casadistas y cenetistas contra comunistas estalinistas. A la muerte de Franco, todos limaron (a medias) malos entendidos, acercaron posturas y contribuyeron al nacimiento de nuestra democracia; débil, deforme, pero muy deseada.
Hubo errores de bulto originados quizás por desazones autocensurables, apremio o inexperiencia. Probablemente aquellos tiempos advirtieran otras secuelas durmientes, extemporáneas. El empecinamiento de aunar democracia y monarquía permite poner en tela de juicio la legitimidad monárquica que es la parte indefensa del constitucional artículo uno. Si se hubiese votado por separado no cabría duda alguna sobre el formato del sistema. Ciertamente fue el yerro menos nocivo. Lo que inspiró un régimen inviable fue la dilapidación del Estado Autonómico. Hubiera sido diferente descentralizar administrativamente, pero instituir diecisiete gobiernos, doblar competencias u obstaculizarse unas a otras aumentando el gasto público -mientras se diluye la eficacia legislativa- resulta indigesto e inoperante. De aquí surgió este escenario ruinoso e inaceptable.
Visto con amplia perspectiva, el triunfo socialista en mil novecientos ochenta y dos obtuvo éxitos fabulosos y fracasos groseros, de conciencia laxa. Los socialistas conformaron un diseño paradójico, avieso, ambiguo. De aquel: ”Otan de entrada no”, pasaron al referéndum mercadotécnico para entrar en ella. Aceleraciones postergadas y retrocesos inexplicables condujeron fatigosamente a modernizar un país con siglos de atraso. No obstante, pese a abandonar aquellos caducos dogmas marxistas (Congreso XXVIII), quedaron sueltos algunos tics antidemocráticos que quebraron la separación de Poderes. “Montesquieu ha muerto” oficializaba el control del poder judicial. Después vino Aznar, Zapatero y Rajoy sin que cambiara nada. Hoy, truecan justicia por impunidad ante distintas corrupciones, abusos de poder y desobediencia de altas instancias a la ley. Es un hecho cotidiano, notorio e intolerable. El pueblo, sitiado, nutre tan mísero escenario en una virtualidad tutelada por algunos medios de difusión. 
Mientras, la sociedad deserta. Abandona una defensa numantina de la democracia a cambio de dudoso bienestar. Se afirma sin reflexión, a la correprisa, que vivimos mejor que nunca. Nos hemos ubicado en el concierto europeo, cierto, pero estamos pagando un peaje excesivo. Vivimos, y no todos ni mucho menos, con cierto desahogo más allá de toda previsión futura. Ignoro quién se hará cargo de la deuda que pesa como una losa letal e inevitable. Espera un amargo despertar. Millones de compatriotas e inmigrantes ya están sufriendo las primeras secuelas de esta estructura horrenda que permite necias  alegrías.
Sí, llevamos cuarenta años de democracia; la más vieja del lugar aunque adolezca de serias ausencias e incluso magulladuras. Entre todos, políticos, medios y ciudadanos, levantamos un ídolo anhelado, esperanzador, mas -unos por otros- nos hemos pasado de prepotencia, puede que autoengaño debido a grosera satisfacción. Con estos antecedentes, hemos realizado una efigie con pies de barro. ¡Lástima!
 
 

viernes, 13 de enero de 2017

BELLACOS Y CANTAMAÑANAS


Acudiremos al DRAE para precisar ambos vocablos sin que ello agote cualquier matiz popular enriquecedor, concluyente. Bellaco significa malo, pícaro, ruin. A su vez, cantamañanas -desde un punto de vista coloquial- se refiere a persona informal, fantasiosa, irresponsable, que mueve a desdoro. Ninguno deja entrever propósito insultante ni vejatorio sino guía de atributos más o menos certeros y ajustados. Bien es cierto que a este país le enloquecen las etiquetas, mejor cuando se cuelgan sobre personas que destacan no exactamente por su esfuerzo personal.

El éxito ajeno e injustificado engendra rechazo, bien por modesta compensación bien por sentimiento impreciso pero natural. ¿Por qué fulano y no yo? inquirimos sin tener en cuenta alguna virtud, aun vicio, que el tal exhibe como la tinta invisible (solo apreciada aplicando dispositivos diversos). Qué sabemos de sus facultades organizativas o de su peculiar carácter dúctil, tal vez pelota, volatinero, vasallo. Las cosas no acontecen porque sí; siempre, a poco que escarbemos, encontraremos el motivo que explique un determinado proceder pese al aspecto ininteligible u oscuro.

Tales estereotipos -bastante comunes en la fauna humana- son propios, o impropios, de cualquier colectivo más allá de escalas sociales. Podemos localizarlos entre harapos pero también se adosan a entornos dorados, rutilantes, escasos de lustre. Pensamos, razonablemente, que las clases humildes generan bellacos perversos mientras la exquisitez nutre desenvueltos cantamañanas. Craso error, estos distintivos admiten cualquier suelo, fertilizante y clima. Sin embargo, consiguen mayor notoriedad cuando sus protagonistas, quizás huéspedes parasitarios, pertenecen u ostentan algún poder. Voy a olvidarme de sindicalistas, financieros, empresarios y cargos eclesiásticos para centrar mis análisis en políticos sin excepción, fuera de adscripciones ideológicas, provistos además de particularidades específicas.

Evitaré citar nombres concretos para que el amable lector, con plena autoridad, ponga cuantos desee donde crea oportuno. Seguro que coincido con él de forma total e incluso es probable que su relación gane en riqueza y justicia a la que yo pudiera brindarle. Olvidaría, ante tanto exceso, episodios importantes, fundamentales. Deja de preocuparme el efecto pernicioso de tales ausencias porque, reitero, los amables lectores completarán con éxito descuidos e incorrecciones. Pretendo examinar solo el quehacer político porque la extraña relación representante/representado conforma el papel habitual de nuestra cadavérica democracia.

Advierto, antes de deslindar los atributos expuestos en el epígrafe, que no son antagónicos ni excluyentes. Puede que, por el contrario, concurran con frecuencia en prebostes ambiciosos o se destapen precarios de otros rasgos. Dentro del PP abundan los bellacos. Sin ser especialmente malignos en sentido moral, adquieren cotas notables cuando el sinónimo es inepto o inútil. Encuentran su grado de maldad cuando intentan seducir al ciudadano con argumentos inciertos, adulterados. Sobre todo a la hora de ensalzar logros económicos tan falsos como aquellos que callan por discreción o temor a ser descubiertos. Veamos. ¿Hay algo sobre la reforma del Estado Autonómico (irrefutable desaguadero económico), de la consolidación democrática, del avance en derechos y libertades, de la separación de poderes, de la moralidad pública? ¿Qué se ha hecho, pues? ¿Cambiar ciclo, regulación y modelo económicos? Tampoco. Nos mantenemos gracias a la inseguridad del Mediterráneo afro-asiático. El resto, pompas de jabón.

Pocas o ninguna esperanza ofrece el PSOE cara al futuro. Aquí, la proporción de unos y otros (bellacos y cantamañanas) se va nivelando día a día. En algún caso personal están por mitad. Un refrán, atinado, certero, detalla: “Favorecer a un bellaco, es echar agua en un saco”. ¿Qué más puede decirse? Pues todavía quedan muchos empeñados en utilizar cubo y saco. Dejan apartados, en entredicho, títulos y crédito para hacer de la bellaquería su tarjeta de presentación. A veces es difícil -casi imposible- casar temores y certidumbre. Uno, pese a los años, al escepticismo ejerciente, se asombra de tanta ruindad moral e intelectiva. Recalco, demasiados sujetos bellacos y cantamañanas, a la par, embisten esta sigla centenaria e imprescindible en España.

Ciudadanos, de momento, depara virginidad y frescura supeditadas a algún desliz contradictorio. Hasta el presente, su catálogo de lacras muestra pecados nimios y pasos confusos, casi ebrios. Una insignificancia comparada con los tics inquietantes, extraordinarios del resto. Podemos se lleva la palma, el récord, de cantamañanas hasta el punto de sufrir tal notoriedad prácticamente toda su casta dirigente. Ser bellacos forma parte de su esencia y, por consiguiente, deja de ser atributo azaroso para convertirse en sustrato doctrinal. La historia constata de forma rotunda e inexorable su evidencia. Diferente es que aún alguien ansíe falsear vicisitudes representando papeles simplones, seductores, quiméricos, así como personal que los admita.

Sé que el objetivismo es una rémora. Con todo y con ello, mi voluntad aspira a la crítica política, jamás personal, y a exigirme imparcialidad plena. A este detalle debo mi última admonición. Me resulta arduo calificar a la sociedad española de bellaca y cantamañanas, pero franqueza obliga. Sí, nosotros, los españoles tenemos altas dosis de aquello que imputamos a quienes nos gobiernan pues de otra forma sería imposible llegar al extremo donde nos encontramos. Nuestra pereza lleva al escenario ruinoso que nos rodea. Cuánta ingenuidad desplegada, cuánta energía perdida por la boca y cuánta propuesta de bar pierde fuelle a la salida. Nadie vea en estas, aun aquellas, lucubraciones desesperanza, insidia o triunfalismo. Expongo casos, dichos y hechos, que nuestros próceres avientan o exhiben personalmente. Nosotros, con el proceder habitual, somos cómplices necesarios por omisión. Ni más, ni menos.

 

 

viernes, 6 de enero de 2017

ACUERDOS, DISENSIONES Y DIVORCIOS

Niños, maduros y longevos, atraídos por renovadas ilusiones que fomentan estas mágicas fechas, escriben o piden (tanto monta) a sus majestades -trío esperanzador, excitante- que les otorguen sus sueños lúdicos o compensadores. Unos y otros, guiados por candor infantil, tal vez por madura inhabilidad, por empirismo infecundo, necesiten el recurso misterioso de la dádiva fantástica. Luego, el arraigo de la ortodoxia ingrata rompe todo hechizo; más en el infante, sometido al embrujo de las mil y una noches. Los mayores porfiamos sin inocencia, pero también sin fe, porque la vida borra cualquier pretensión alentada solo por emociones. Se impone una realidad fea, deforme, abominable. Tal escenario motiva a creyentes, a individuos juiciosos, de pasiones fraternas, a clamar para que nuestros gobernantes encuentren caminos cuyas metas sea la prosperidad ciudadana. Desde luego, referente a nuestro país, Melchor, Gaspar y Baltasar, deben exhibir mucho denuedo para que los políticos que sufrimos hallen el derrotero correcto.
Los medios, la intelectualidad, el ciudadano de a pie, reclaman acuerdos al conjunto de partidos para llevar a buen puerto legislatura y unidad territorial. Estos convenios entre dos o más partes (así los define la Academia), suelen centrarse en los Reyes de Oriente -potentados desde que apareció petróleo- o en el azar. Curiosamente, pocos los atribuyen a quienes debieran hacer algún esfuerzo, al sentido común y menos a un intenso patriotismo. Pese a todo, fuera de cualquier influencia sacra, Rajoy echa un cable al PSOE de forma exquisita, cuidándolo, sin forzar la máquina, mientras prioriza contactos con el PNV. De rebote, desajusta sibilinamente los pactos con Ciudadanos sin que se note demasiado porque no le interesa una ruptura definitiva. Por vez primera, y única, lo descubro estadista. Me gustaría presentirlo menos prudente con el independentismo catalán, pero no pidamos peras al olmo. Advierte que el PSOE es imprescindible a la hora de mantener el statu quo y equilibrio nacional. Esta razón le lleva, con la probable contribución del nacionalismo vasco, a no sacrificarlo en el ara. Debe, además, tener diligente al partido bisagra, Ciudadanos.
Rehuyendo el acercamiento que propicia todo espíritu navideño, y de la virtuosa armonía exigible al quehacer humano, tiempo atrás aparecieron señales claras de disensión política contra cualquier querencia natural. La Real Academia, en su acepción primera, indica que disensión significa “oposición de varias personas en los pareceres o en los propósitos”. Otra, la cuarta, añade: “contienda, riña, altercado”. Sin llegar a los últimos excesos, tal actitud se viene dando desde siempre. Sin embargo, el finiquitado dos mil dieciséis alcanzó una amplitud difícil de superar; constituyo la madre de todas las disensiones. Primero entre PP y PSOE, para ser exactos entre PP y Pedro Sánchez. Luego, menos notables, se observaron divergencias PP-Ciudadanos para terminar con la traca protagonizada por un PSOE vacilante y un Podemos desmedido. Añadan ustedes, y no les será laborioso, cuantas discordias consideren para completar esta síntesis quizás demasiado parca.
Acotado el apunte de desavenencias, la exageración se adueñó pronto del entorno político afectando a diferentes siglas y personajes notables. Mediáticamente la bomba cayó en el PP cuya marejada llegó a conjeturar la tragedia de Rita Barberá. Meses antes empezaron a tejerse diferencias nocivas, destructoras, entre la ejecutiva socialista y el comité federal. A poco, y rota cualquier posibilidad de arreglo, Sánchez fue descabalgado tomando una gestora al efecto decisiones sobre estrategias futuras, según ellos, para salvar a España y al partido. Superadas abundantes insidias, creo que su labor puede tasarse de encomiable. Ciudadanos navega en aguas procelosas al cesar de su ejecutiva, y ser crítica despiadada, Carolina Punset que apunta un cambio de valores por eslóganes y frases huecas. El apogeo lo despliega Podemos con el enfrentamiento Iglesias-Errejón y sendas corrientes. Ignoro qué ocurrirá tras el despliegue plebiscitario de Vista Alegre II, pero Monedero y su frase “Si cae Iglesias, cae Podemos (y tú te jodes)” deja al descubierto lo que aseguré hace tiempo: Podemos es una oficina vip de colocación. El personal le sirve como motor para alimentar un staff elitista e insaciable.
El mismo DRAE enseña, en su acepción segunda, que divorcio es “separar, apartar personas que vivían en estrecha relación o cosas que estaban o debían estar juntas”. Sin más, ahora mismo tenemos dos divorcios ya consumados y un tercero que se otea en el horizonte inmediato. Rajoy se ha divorciado de Aznar aunque la prole queda a cubierto de cualquier fiasco o malquerencia. Sánchez ha roto con Susana legando graves secuelas para una descendencia huérfana, dividida, desorientada. Algunos hijos pródigos reclaman toda herencia ideológica aunque se haya impuesto, vía jurídica, la legitimidad estatutaria. Puede terminar en ruptura traumática. Podemos, que alguien pretende verlo como su alter ego, lleva parecida trayectoria. Enseguida comprobaremos si se corroboran ambos presupuestos o terminan siendo el parto de los montes.
Sea cual fuere la conclusión, tras el largo periodo de gobierno en funciones -roto por todos hace cuatro días en legítima defensa- los Reyes Magos han dejado una España expectante, ensombrecida, en un ¡ay! Contrasta con esa otra que ministros y prebostes del partido dibujan desmadejadamente, debilitados, sin crédito. Confiemos que, bajo tanta negrura carbonífera, emerja una realidad distinta, alegre, transformadora. Esperemos.
 
 

viernes, 30 de diciembre de 2016

LOS OTROS INOCENTES

Estas fechas, a medio camino entre el sentimentalismo y la gula, celebramos desde tiempos milenarios los Santos Inocentes. Al igual que otros días señalados, se caracterizan por ser jornadas contingentes, hermanando religión y festejos paganos -o viceversa- sin converger necesariamente realidad y cronología. Biblia y acontecimiento se divorcian, entre otras razones, porque el libro sagrado deja inconcretas festividades y agendas. Cada veintiocho de diciembre, conmemoramos una tradición pródiga en monigotes adosados a la espalda, bromas e informaciones chocantes. Dorsos amigos, dineros afines u oyentes heterodoxos, padecen chanzas hilarantes, contagiosas. Desde un punto de vista religioso, poco o nada presente, se inmortaliza a los niños que Herodes mandó matar para que no pudiera cumplirse aquella profecía terrible por la que uno de ellos se convertiría en rey. Ya entonces, detentar el poder llevaba consigo los peores excesos, incluido el crimen. Dos mil años después la crueldad sigue gobernando nuestras vidas.
Sin embargo, más allá del aniversario, del pintoresco tributo a los dioses (paganos o cristiano), hoy quedan individuos alejados de cualquier detalle santo, pero inocentes. No solo aquellos capaces de cargar embelecos, de creer lógicas, sensatas, noticias refinadamente absurdas, sino a otros que destapan sus esencias fuera del día señalado, legítimo. Periodistas y medios han afilado tradicionalmente informaciones de soporte falso cuya respuesta, por parte del personal, se acercaba a la aceptación masiva. En ocasiones surgía un retazo de incredulidad, más por automatismo que por discrepancia intelectual. Constituye una constante periódica, universal y eficiente, pues confunde a jóvenes y mayores año tras año. Todavía no tengo claro si este escenario es consecuencia del candor humano o de la maestría exhibida por el bromista. Quizás sea razonable estimar una mitad de cada.
Allende el instante oficial, encomiado, candoroso, a lo largo de los meses abundan inocentes excelsos, contumaces. Se les distingue por su empeño, por ese arrobamiento ante el personaje que engendra su torpeza e inacción sin exigencia alguna. Ni siquiera se corresponde con un acto de fe; simplemente de preferencia emotiva, nula de todo trasfondo racional. He ahí la cobertura sin peajes que atesoran estos políticos españoles aunque su labor y, sobre todo, su actitud rebase los límites máximos que debiera marcar el ciudadano para un gobernante al uso. Pese a todo, muchos parecen tener bula incluso por parte mediática. Estamos llegando a niveles inquietantes, donde corrupciones, negligencias y fantasmadas, se suceden sin contrición ni penitencia. A tragaderas no hay quien nos gane. Constato los frutos derivados de dos aspectos negativos: inocencia y frivolidad. La primera potencia una impunidad política insólita. La segunda alimenta con desahogo a personajes insustanciales y a periodistas (tal vez adheridos) adscritos a revistas o programas nada edificantes.
Con ciudadanos inocentes el PP puede airear sin temor sus ficciones económicas, laborales, territoriales e institucionales. Datos y cocina forman un complejo intrigante, cabalístico. España no va bien, no genera riqueza para pagar deudas, menos para sanear programas educativos, sanitarios o sociales. Se escuchan o leen noticias contradictorias como que la deuda aumenta, por término medio, unos cien mil millones al año mientras el déficit lo hace en un cuatro con dos. Hay quien sostiene que la deuda real no es del cien por cien del PIB sino del cuatrocientos. Lo considero exagerado, pero… Respecto al descenso del paro ocurre algo parecido, pues se ocultan consideraciones fundamentales propias del mundo laboral y otras que afectan a la seguridad social. Si la inocencia forma parte de nuestra sociedad, los partidos alimentan cuentos, intrigas, fraudes. Expiamos dos coyunturas explosivas
El PSOE reclama bienestar ciudadano cuando únicamente sobresale una lucha personal por el poder. No hay nada más, ni proyecto, ni programa, ni intenciones de conseguirlos. Cualquier poder -encarnado por un propósito seductor, ambicioso- se consigue venciendo, desarbolando, al rival; no ofreciendo favores que recorten su omnipotencia. Es sinónimo de dominio, arbitrio, exención. Quien pretenda recortarlo -bien individuo, bien grupo- padecerá en sus carnes tamaña osadía. Ciudadanos, con su iniciativa de expulsión a opositores del credo oficial, es la muestra palpable de cuanto antecede. ¿Olvido alguna sigla? No, para mí existen tres partidos y una aventura muy nociva en un terreno plagado de irresponsabilidad, de inocencia.
Uno puede ser liberal, socialdemócrata o comunista. No importa, siempre que estas doctrinas respeten los derechos y las libertades individuales. Justicia Social y Estado de Bienestar no necesariamente tienen que estar reñidos con ambos. Aquella dictadura del proletariado imprescindible para alcanzar una sociedad justa, sin explotadores, sin clases, constituyó un eslogan caduco, vano y cautivador. Cien años son clarificadores para que, incluso ahítos de inocencia, volvamos a comulgar de nuevo con aquellas piedras de molino. Verdad es que PP, PSOE, Ciudadanos y nacionalistas, más o menos radicales, como ocurriera en tiempos pretéritos están dinamitando el sistema democrático. Pero, ojo, los otros vienen a pescar en río revuelto. Abandonemos nuestros buenos instintos, nuestra ingenuidad -valga la redundancia- y demos rienda suelta a la abstención o busquemos en Ciudadanos, pese a todo, salidas dignas, airosas. Lo demás ya lo veis: guerras internas,  purgas, revanchas, tiranía; en definitiva, malos modos aderezados de buenas palabras mientras acechan al inocente.
 
 

viernes, 23 de diciembre de 2016

DOCTRINA Y LOTERÍA

Ortega aseveraba con solidez “yo soy yo y mis circunstancias”. Siempre defendí la certidumbre del sabio, de sus lucubraciones, porque era consecuencia del esfuerzo sereno, del afán por sintetizar el mundo, su percepción, para hacerlo inteligible al resto. Mi confianza quedó certificada cuando llegó a mis oídos una anécdota ocurrida años ha por tierras de La Manchuela. Ocurrió que a un señor de Madrigueras (pueblo importante de Albacete), comunista para más señas, le tocaron veinticinco millones de pesetas en la lotería de Navidad y en el acto abjuró del marxismo. Fuera del suceso, probablemente cierto, es evidente que uno es, o se siente, esclavo de su propia particularidad personal, mudable tanto como las adscripciones ideológicas. Ley natural de vida o recreada por la índole quebradiza, voluptuosa, del individuo.
Antes, el sorteo -junto al ritual que conlleva- y el epílogo jubiloso, casi siempre impostado por exigencias del guion, abría mi Navidad. El veintidós conllevaba mañana de televisión y jornada de solidaridad entusiasta. Conseguí, a lo sumo, algún reintegro o “pedrea” consoladora, lenitiva. Ahora, Cronos y Montoro me han ahuyentado de la práctica, del atractivo y del sentimiento. Hoy, Navidad empieza con la cena familiar y esa Misa del Gallo que retomo, incluso lejos de la praxis católica, como costumbre añeja, casi olvidada. Sigo, con cierto arrobo inconsciente, las escenas que airean diferentes programas sobre el azar y su trasfondo humano. También cuando, cada vez menos, los villancicos se adueñan del ruido callejero, solo superado por sirenas u otras estridencias que anteceden a malaventuras. Ignoro qué interpretación esotérica pueda esconder pero, entrados en años, evocamos episodios pretéritos refrescando tiernas emociones y afectos.  
No obstante, cada Navidad apunta perfiles que la hacen diferente, señalada, genuina. En ocasiones somos nosotros quienes imponemos el sello característico, pero suelen ser aspectos atípicos o prebostes insensatos los que protagonizan cambios curiosos cuando no rocambolescos. Carmena y su corte municipal, verbigracia, el pasado año sacudieron viejas raíces dando a la Cabalgata de Reyes un giro copernicano, entre modernista y provocador, que originó el desconcierto en el pueblo madrileño hecho a la costumbre, enemigo de experimentos llamativos, nebulosos, incomprensibles, que afrentan nuestra iconografía secular. Estas navidades, a falta de otros episodios, anuncia un belén en la Gran Vía. Está visto y comprobado que a la señora alcaldesa estas fechas le causan muchos quebraderos de cabeza. Pobre, pero si parece la Virgen de la Buena Leche. Confirma que la esperanza se hace efímera y largo el propósito de enmienda.
Pese a todo, ocurre algo espectacular, melodramático. La noticia surge de unos décimos malditos que aparecieron en la sede socialista de Ferraz y que resultaron premiados con el gordo. Al parecer eran cinco (dos millones brutos) pero solo se repartieron dos. Los otros andan de boca en boca -quiero decir de mano en mano- creando desasosiego, desconfianza y desencuentro. Algún destacado miembro de los trabajadores que atienden la sede central, pretende erigirse en administrador único del premio. Desde el primer instante, semejante escenario monopoliza la crónica por divergencias, querellas y falta de ejemplaridad manifiesta. Predicar se hace fácil, dar trigo no tanto; deplorable siempre, más cuando a personajes públicos los suponemos orlados de virtudes que resultan inexactas o falsas. Estos aconteceres serían menos sorprendentes si los protagonistas guardaran prudencia y discreción en lugar de exhibir bondades que se alejan de la realidad al ser pura filfa propagandística. Dos millones han bastado para desenmascarar qué ética adorna a determinados socialistas. No han resistido la prueba del algodón ni es asombroso. Confucio ya dijo: “El mejor indicio de la sabiduría es la concordancia entre las palabras y las obras”. El premio, además, era una guinda; llevaba aparejado a partes iguales liberación y castigo.  
En Pinos Puente, Granada, el PCE ha repartido cincuenta y seis millones del segundo premio. El eco me lleva a aquella anécdota del principio. La noticia económica, excelente, puede convertirse en nociva desde el punto de vista ideológico. Estoy convencido de que el aumento de individuos ricos entre militantes traerá consigo, en parecida proporción, la fuga de comunistas. El azar, a veces, termina por elevar a categoría lo que no pasa de ser en puridad un simple accidente. La esencia no es el premio sino el colectivo y las presuntas consecuencias doctrinales. Declino valorar ni examinar cualquier decisión que tomen los comunistas agraciados debido a mi estilo personal que trasciende a la humana incompetencia. Nadie, ni el más exquisito analista, tiene fuerza moral para juzgar comportamientos o decisiones privativas. Plasmar un hecho no implica hacer juicios de valor sobre el mismo. Desde luego, yo no me siento legitimado.
Hobbes afirmaba: “Esa norma privada para definir al bien no solo es doctrina vana, sino que también resulta perniciosa para el Estado”. Por esto, distante de la crítica maniquea contigua a la aclaración del bien o de su opuesto, no paso de considerar cuán débiles son nuestras concepciones sometidas al elemento diluyente, desvertebrador, que supone el desajuste personal. Memoria, entendimiento y voluntad, son juncos -o robles- sometidos al vendaval, ciclón, a que nos encadenan las coyunturas. Nadie se libra de ellas y hemos de advertir este hecho inevitable sin necesidad de discernimiento previo o posterior. Ya hay suficiente hipocresía, no la aumentemos.
Feliz Navidad aunque, para algunos, sea solo un poso consuetudinario; tal vez, ni eso.
 

viernes, 16 de diciembre de 2016

DIÁLOGO, SEDICIÓN E INDECENCIA


Pese a gigantescos esfuerzos de augures políticos y mediáticos, percibimos tiempos revueltos, alarmantes. Pudiera pensarse que soy cautivo de un pesimismo atroz, proceloso, maligno. ¡Quiá!, simplemente expongo hechos y escenario exactos, inobjetables. Ya me gustaría otear otros horizontes más halagüeños; pero esconder la cabeza, ponerse cristales aparentes o rendir el espíritu a un placentero caleidoscopio, lleva a eternizar los conflictos y a alimentar frustraciones estériles. Al toro hay que cogerlo por los cuernos, dice un popular dicho en declive debido al afán poco claro de colectivos ¿animalistas? No humanitarios ni respetuosos con libertades, derechos o raíces, que aseguran salvaguardar. Su coherencia les lleva a exigir aborto libre y a rentar argumentos ad hoc que contrastan al extremo con principios vertebrales de su ideario. Parecido “animalismo” social forma parte exigua del bosque político.

Diálogo se define como conversación entre dos o más individuos con el propósito de conseguir acuerdos. Así lo enmarca la Real Academia. Colegimos, por tanto, que no puede entenderse tal si interviniese un solo individuo (grupo) o se rehuyera lograr algún acuerdo. Semejante supuesto conduciría a un diálogo de besugos; es decir, a realizar la escena del sofá sin otro objetivo que procurar percepciones huecas, engañosas. Nuestro gobierno plasma, acerca, el diálogo con los políticos catalanes poniendo despacho en Barcelona a doña Soraya. Por el contrario, aquellos se desternillan con la pueril esperanza que despliega Rajoy, a cuya estrella dormita plácido. El diálogo lo marco yo, parecen decir sin asomo de compostura ni signos de rectificación. Aceptáis las reglas propuestas u os dejamos con la palabra en la boca. Prepotente irracionalidad aderezada con algún maquiavélico interrogante: ¿vais a sacar los tanques a la calle? En situación análoga, contenidamente similar, Batet fue preciso. Quien incumple las leyes, se entrega a sus consecuencias.

Es imposible dialogar con aquel que repugna cualquier contingencia opuesta a su credo delirante, virtual. Marco Levrero daba a entender que con los árboles siempre hay un diálogo. ¿En qué especie viva encontrarían acomodo personajillos cuyos nombres advierte cualquier español medianamente informado? ¿Constituirán, acaso, parte de algún reino desconocido? Alguien dijo que el feto de vientre femenino es un ser vivo pero no humano. ¿Qué sois, pues, vosotros? No os moleste la pregunta cuasi científica porque, al menos yo, ignoro dónde integraros. Vivos, quizás vivales, sí; pero aparecéis lejos de la casuística humana por un argumento a fortiori, según Levrero. Ni vegetales, ni animales (con perdón), os queda el éter como probable adscripción en vuestro periplo vital.

El espectáculo cómico-circense, plagado de figurantes, a cuyo frente marchaban corifeos con cargo público, era de vergüenza ajena. Conformaba el sublime acto de coacción al poder judicial. La señora Forcadell debía declarar esta mañana ante el Tribunal Superior de Cataluña por presuntos delitos de desobediencia y prevaricación. Una multitud aguerrida, insólita, subversiva, cortaba la vía pública bajo la silueta de una democracia oclusiva hecha con cartón-piedra. Gerifaltes del novel Partido Demócrata y de Esquerra Republicana, reiteran una pedorreta a la Constitución, al Gobierno y a la justicia mientras sostienen desaforadamente que el próximo año harán un referéndum para después proclamar la independencia. Tras semejantes bravatas, el único diálogo posible lo determina el marco constitucional. Reclaman, en su absurda huida hacia adelante, libertad de expresión; esa que no consienten a emprendedores insurgentes, que rotulan sus negocios en castellano. Avistan una situación descontrolada, aviesa, con la complicidad necesaria de individuos que tutelan el dogma o están sometidos al acomodo colectivo. Se da la paradoja de que, para los políticos catalanes, libertad de expresión significa incumplimiento de cualquier ley nacional, pero la norma catalana es incontestable. O sea, libertad de expresión -desde su punto de vista- configura un aura de quita y pon. Ya lo dijo Jiménez Ure: “No es libertad de expresión la que debe tener límites sino el fundacionismo de la barbarie frente a ella”.

Desconozco qué calificación jurídica tiene la actuación incívica, ilegal, del establishment catalán. ¿Sedición, rebeldía? Da igual, ambas formas conllevan penas de cárcel e inhabilitación de diez años, al menos. También son delitos penales, por mucho que los socialice la CUP, las injurias al rey con ánimo de menoscabar su persona o prestigio de la Corona. Distinto es que un juez determinado aprecie irresponsabilidad cuando enjuicia los hechos con exquisita laxitud. Lo expresa claro el artículo 491 del Código Penal. Quien pretenda someter a la ley, blandiendo argumentos arteramente democráticos, está sembrando la semilla totalitaria. He ahí la convergencia de siglas que hermanan y complementan, sin ninguna duda, sus objetivos políticos. Pergeñan aquel talante absolutista que encerraba “el Estado soy yo”. Tal vez un poso autócrata al camuflar, desdibujado, “yo o el caos” en distinta esfera pero análoga propensión.

Existen infinitos casos de indecencia política y personal. No obstante, opto por uno vejatorio a fuer de folklórico, chabacano, hiriente. Me refiero a la cena que se dieron periodistas y políticos antes de Navidad; por supuesto, previa a los Santos Inocentes. Aparte el extravío que infringen al personal por sus devaneos emotivos, sentiría pecar de mal pensado pero sospecho quien sufragó tan improcedente cena empresarial. Unos y otros trabajan -es un decir- en el Parlamento, por tanto es lógico pensar que tal patrón corriera con los gastos. No sé cuál fue la asistencia ni el monto total, pero estoy seguro que cualquiera de ellos, todos, puede pagarse el ágape. Así, risas, fraternidades incomprensibles (dado el marco aparente de relaciones personales) y demás explosiones, más o menos afectivas, servirían al tiempo para que, con el mismo desembolso, algunos ciudadanos experimentaran algo de atención, desvelo y solidaridad, por quienes los reclaman solo en ocasiones concretas. ¿Demagogia? Ellos manejan el término con auténtica pericia; pero no, sería un gesto, una salvedad, un instante de crudo realismo.

 

viernes, 9 de diciembre de 2016

SEGUIMOS EN EL CHARCO Y CHAPOTEANDO


 
 
Todavía continúa siendo ilusión renovada de cada niño, chapotear en cualquier charco que dejan estas jornadas una lluvia pertinaz, cansina. Destaco, no obstante, enormes diferencias entre aquella lejana niñez mía y la percibida por infantes actuales. Entonces llevábamos zapatos de goma (quien los llevaba) todo el año, con escaso complemento para abrigar crudos e interminables, inviernos. En nuestros días van pertrechados con botas de agua, amén de diferentes prendas que aguantan cualquier rigor temporal. Antes, éramos  niños pobres; ahora, también indigentes pero satisfechos una minoría al menos. Bien es cierto que la práctica tiende a restringir diferencias a edades tempranas al aparecer pasatiempos divertidos, sugestivos, didácticos. Curiosamente, cosa de los tiempos, quien suele divertirse en un chapoteo generalizado, vehemente, eficaz, son nuestros prohombres que no pierden ocasión de demostrar sus insensatas habilidades. Escandalosa realidad.
Seguimos en el charco; un charco genérico, seco, que abarca todas las facetas sociales, incluyendo novísimos descubrimientos, tan increíbles como esenciales para la moderna teoría política. Se empeñan en decir A cuando saben de antemano que harán Z. ¿Chapotean al tiempo de avivar semejante fuego, tal vez juego, de artificio? Sin duda, pues todos resultamos salpicados por esa actividad cuyo origen no alcanzo a discernir, pero que se ha convertido en hábito ignominioso, arbitrario, antidemocrático, letal. Que el marco aparecido no acabe generando inhibiciones ilegitimadoras de cualquier proceso o facilite la voladura del sistema, resulta cuanto menos enigmático. Somos la paradoja hecha individuo. O aguantamos carros y carretas o calcinamos sin reparos esta desconcertante piel de toro. Como decía el clásico, “nosotros somos así, señora”. Perseveramos plácidos, pese  tener los pies mojados, en una permanente y ridícula cohorte permisiva, inconexa.
Rajoy chapotea a mayor velocidad, muy ejercitado por las húmedas y umbrosas tierras gallegas. Parece haber entrado en cavitación a caballo de un turbador paroxismo pueril. Lo hace con pies que calzan aquellas “siete leguas” de Montoro y los principesco-domésticos de Cenicienta que ajusta Soraya, la virreina catalana. El primero, embustero enfermizo, sube impuestos a todo el mundo en un “vivo sin vivir en mí”. Obviando los que están al caer para evitar frágiles litigios, pero que están al caer, de momento acrecienta el impuesto de sociedades (repercutirá en el comprador, nosotros), los especiales del alcohol y tabaco (solo afectará a todos), el IBI (quedarán exentos quienes aniden bajo un puente o similar) y alguna otra menudencia. Es decir, el statu quo político intocable; el económico-social al garete. Lo mollar, no obstante, viene gestionado por una “lincesa”. Porque acallar el ruido independentista, lograr apoyos parlamentarios específicos y convencer a los catalanistas de que España los quiere y no les roba, sin que se note -o se sepa- lo que cuesta el “milagro”,  es de ser “lincesa”. Como mínimo, casi. Menudo charco pisamos en ambos casos. Lo peor, a la postre, es que estamos acondicionando el terreno para originar múltiples charcos.
Pedro Sánchez, junto a conmilitones insensatos, ilusos, endebles, promueve un charco de renacuajos, sin realizar el trascendente protocolo de la metamorfosis. En mi pueblo conquense, cuando algo va mal o no se le ve salida satisfactoria, se emplea la expresión “esto es un charco de ranas”. Imagínense el futuro de don Pedro, que importa un rábano si no fuera por tanta erosión ocasionada al partido y a España. Precisamos un PSOE sólido, con un líder claro, capaz de aunar voluntades, de ensamblar criterios. Por sentido común y por patriotismo, este grupo debería dejar de chapotear porque su juego infantil, candoroso, impide una catarsis sosegada, pronta. Urge un proyecto inteligente, visible, exclusivo, para reconquistar un terreno que jamás debió perder. España lo necesita cuanto antes y así evitar avernos con apariencia de charco divertido, sucedáneo, potencialmente malsano. Mucho cuidado en rearmar el bipartidismo sin corregir un ápice las formas, reglas y vicios del anterior. Llevaría consigo el riesgo real de impulsar los extremismos. No hay mejor llamada que dejar la puerta abierta.
Ciudadanos empieza a mostrar pies de barro. Podemos no nos sorprende porque es una marca conocida desde hace más de un siglo. Miremos la Historia, reflexionemos y concluyamos. Un calco, una fotocopia del pasado. Nada nuevo. Ciudadanos sí tiene fresco, novedoso, casi virginal, su ADN. Extraña que se deje cautivar por provocaciones que le llevan al pecado, contra sus propios presupuestos. Se diluye inconsciente en principios y actuaciones distintas de sus objetivos genéticos. Transporta, desde mi punto de vista, excesivos complejos y esto condiciona cualquier interacción con otras siglas básicas para alcanzar el Estado de Bienestar. Debe afirmar o negar con la fuerza no que representa en el Parlamento sino con la de su programa. Así, será respetado por todos, incluyendo de forma esencial, al ciudadano. Como dice su presidente con insistencia y fortuna, primero ideas, proyectos, después personas. No lo olvide él mismo, Arrimadas, Carolina Punset, u otras personas.
Entre tanto, inundan los noticieros de humareda, señuelos seductores, cuyo fin es adormecer mentes y voluntades para emborronar los asuntos que preocupan.  Hoy aparecen, al efecto, futbolistas -supuestos defraudadores- perseguidos por su popularidad y consiguiente eco. Mañana, el nuevo informe PISA que suaviza el efecto tremendista de recortes, no demasiado condicionantes, y que niegan u ocultan factores enjundiosos. Desde el punto de vista local, la semipeatonalización de la Gran Vía madrileña, difumina cuestiones alarmantes para Madrid y España entera. Pese a todo, seguimos en el charco con los pies mojados y pocas opciones de dejar atrás la miseria que algunos optimistas, cuasi farsantes, consideran superada.
 
 
 
 

viernes, 2 de diciembre de 2016

ESPAÑA, PLAYA Y ALPUJARRA

 
No sé si es hartazgo, esterilidad o simplemente ausencia. El asunto me produce cierta inquietud; pues, en corto periodo, esa nota característica de escribir sobre política queda relegada a segundo plano. Tal vez, de forma instintiva, llegue a la conclusión de que (pese a los síntomas graves) nuestros políticos sigan disputándose lentejuelas mientras desatienden al ciudadano. Luego se sorprenden por tanta desafección y abstinencia. Ignoro si yo también devuelvo el mismo desaire, aunque -si así lo hiciera- desconozco la causa exacta. Puede deberse a mi estancia en Almuñécar, alejado de telediarios, prensa y con Cronos congestionado. Inmerso en este escenario, borracho de placidez y apatía, sin tiempo para un intelecto raptado por sentimientos excelsos, surge poderoso el lirismo que ahoga cualquier tentación materialista, prosaica. Sí, con esta son dos veces en que me inclino por huir del mundanal ruido, al decir de Fray Luís de León.
Disfruto, digo, unos días en Almuñécar a la vela de Zaida, simpática, dulce, dispuesta y entrañable recepcionista del hotel donde nos alojamos. Ahora, más allá del verano cosmopolita, soberbio, pleno, el turismo lo representamos gente jubilada, variopinta, multiautonómica. El paseo marítimo, desde Cotobro a Velilla, se entrega solícito, sugestivo, a individuos inactivos, gastados por la vida, pero que aún tienen fuerzas (quizás de flaqueza) para gozar libres de cualquier servidumbre si exceptuamos sus barreras corporales. Se respira paz, cordialidad, bonhomía. Un acuerdo tácito de inquina a los problemas impregna cualquier rincón de este fastuoso enclave tomado hoy por vanguardias de la tercera edad. No hay heridos ni prisioneros. Sin embargo, no representamos lo añejo de este pueblo mil milenario. Quedan restos anteriores -no a nosotros, pobres- a muchas generaciones que, con toda seguridad, se desvivieron para hacer bella la zona.
España, toda, queda representada en esta tierra andaluza y mora. Tesón, sacrificio, esperanza, junto a otras palpitaciones, mueven al español. Las crisis despiertan valores, virtudes o vicios, dormidos; luchar por la vida se convierte en necesidad, deja de ser un eslogan tópico a fuer de estéril. No caben excentricidades ni exquisiteces semánticas, el momento lo excluye. Puede parecer un alegato huero, injustificado, pero los contrastes vividos aquí me llevan de golpe a una identificación plena con el estado y devenir actual de España. Quisiera evitar cualquier remoquete que pusiera a prueba, mejor dudara, lo riguroso del análisis, sobre todo de su culminación. Admito el error proveniente de un enfoque subjetivo, subyugado quizás por las rarezas admirables que atesoran estos lugares. Garantizo fidelidad plena entre mis sensaciones y palabras.
Centrándome en la costa, distingo dos planos bien diferenciados: Almuñécar y Málaga. Aquella, ya descrita, salva el derrumbe hotelero con una tercera edad que ocupa durante la época baja, fuera del verano, los hoteles a precios insólitos. Constituye un proverbial sostén turístico compensando el retraimiento invernal. Málaga, abarrotada de turismo internacional, dinámico, efectivo, tiene en él un sólido motor económico. Observé mucho chino y japonés que contrastaba con el europeo imperceptible, salvo por ese requisito gregario de todo grupo. Me pregunté si habrían descubierto España o era al revés. Llevaban la respuesta adscrita a la naturalidad con que recorrían calles y callejuelas. Constituían conjuntos informados, no muchedumbre desorientada. Aprecié contrastes tan injustos como la vida misma. Cerca de la catedral estaba aparcado un Mercedes S 500 del cuerpo consular y próximo a él un taxi bici, biplaza, que pedaleaba un alemán, como después supe, al estilo indochino. Costaba treinta y cinco euros noventa minutos de recorrido. Constatamos que varias parejas utilizaron este transporte atípico, limpio y relajante. Pudiéramos considerarlo todo un emprendedor. Me resultó curioso el reclamo callejero, casi libidinoso, en bares, tascas y freidurías concentradas a lo largo de las calles adyacentes a la famosa Larios.
Sensacional, casi mágico, fue el viaje que Paco, conductor, y Ángel, guía hecho crónica, nos proporcionaron por La Alpujarra. Una carretera, escalera de Jacob, nos llevó al cielo de Trevélez, a casi mil quinientos metros del remanso playero. Abajo quedaban Pampaneira, Bubón y Capileira colgadas de la misma vertiente a distintas alturas que superaban los mil metros. Solo manos que se confunden con el volante, junto a mentes especiales, pueden serpentear la ruta empinada, imposible. Daba pánico ver por donde deberíamos subir, sin quitamiedos físicos ni espirituales. Chimeneas y suelos se yerguen de forma inverosímil en líneas que dibuja un paisaje vertical, rompe cuellos. Sueño imbricado en pesadilla, envuelto en jarapas multicolores, artesanales como su entorno físico. A la vista ni magos ni psiquiatras, únicamente pared salpicada de nidos color blanco cal, nubes y, más arriba, cielo.
Estas tierras, sin duda, reflejan la España actual. Playas cuidadas, poblaciones plácidas, vida relajada, halagüeña, cómoda. Las restricciones van por barrios, unos con mayores apreturas, otros mejor pertrechados aunque sin grandes alharacas ni dispendios. La costa vive, se acompasa, a las modernas vicisitudes provenientes de modas y adelantos técnicos. La Alpujarra luce antaña, medieval, sometida a una agricultura de subsistencia, a un turismo ágil, alpinista, paisajístico. Proporciona poco. Compensa el espíritu ascético del alpujarreño. Prefiere paz a pan; su indigencia material queda satisfecha con creces por esa idiosincrasia construida con tiempo, sacrificios y valor. Igual que esta España seccionada por una crisis aguda, reciente e intempestiva.
 
 
 

viernes, 18 de noviembre de 2016

ME PREOCUPA EL BAJO SUELDO DE LOS POLÍTICOS


Los años sabáticos implican ausencia de congojas, al menos laborales. Abundando en esto, me van a permitir que por una vez tome con despreocupación, a chirigota, el acontecer político y sus servidumbres durante unas horas; un lapso sabático. Ignoro si me lleva el hartazgo de ver y oír hechos que superan mi capacidad de asombro, ciertamente cuantiosa e incluso providente. Cambiar de actitud, tomarse a zumba algunos temas, no por sospechados menos folklóricos, supone una cura casi ineludible. Aunque la política en sí exhibe cierta carga caricaturesca, hay momentos o episodios que precisan una prevención, un tratamiento, inusual. Ahora mismo somos espectadores de un espectáculo grotesco que inquieta a nivel mundial; cuanto menos, al mundo industrializado. Opino que, cuando la excrecencia, el insulto, la chirigota, tienen aceptación y se encaraman al poder, vivimos hechizados por grupos sin escrúpulos y circunscritos a una sociedad enferma. Quienes mantenemos todavía alguna cordura, urgimos en defensa propia recurrir a la evasión cómica, al recurso irónico, templado, cachondo, que salve mente y contingencias de frustraciones lesivas. Solo así lograremos mantener un equilibrio difícil, heroico.

Desde hace tiempo, comunicadores hieráticos, hueros, tiralevitas, vienen manteniendo sin recato que los políticos españoles ganan poco. Para mis adentros, respondo a tales aseveraciones -con poco o ningún fundamento- que muchos de esos damnificados cobran mucho más de lo merecido en razón de idoneidad y trabajo. ¿Cuántos de ellos estarían parados o con sueldos inferiores a mil euros? Con toda certeza, quedándome corto, muchos. Si un congresista, asesor, quizás asimilado, percibe entre cincuenta y setenta mil euros anuales (seis mil al mes), díganme qué trabajador normal o cualificado obtiene treinta mil al año. Pongamos cuarenta mil en un arranque de hiperbólica munificencia.  ¡Pobres! Trabajan con denuedo, sirven al ciudadano, velan por su bienestar, y encima ni tan siquiera reconocemos tanto sacrificio. ¡Desagradecidos!

Tertulias y debates -divergentes pero terapéuticos, ilustrativos- hacen causa común del raquítico sueldo que perciben los políticos españoles. Esta severa indigencia, dicen, provoca la negativa a ocupar cargos públicos de aquellos cuyo currículum refleja un crédito indiscutible. Por contra, tal realidad atrae a personajes de dudosa talla intelectual y moral. Semejante supuesto me lleva a la certidumbre de que además del salario oficial, existen comisiones, corretajes, regalos, sinecuras, simplemente sisas, que agigantan haberes personales y colectivos. Hay que sumar (amén de estas irregularidades, como poco) otras minucias vinculadas a servidumbres representativas y ágapes de trabajo donde falta ese aditamento popular llamado “sobaquillo”. Entre copichuelas y grata compañía, que desvelan las visas oro, el monto total adquiere niveles vergonzosos siempre, en periodos de crisis intolerables. Generan el caldo de cultivo para gloria de populismos no menos corruptos, oscuros y, desde luego, antidemocráticos, peligrosos.

Al solar patrio le cupo el infamante honor de emprender la farsa. Podemos abrió camino, encomienda. Sin ningún apremio ni exigencia, propusieron cobrar tres veces el salario mínimo interprofesional, unos mil ochocientos euros. El resto, muy cuantioso, lo donarían a diversas instituciones sociales. Durante un tiempo -bajo un trasfondo mitad burla, mitad estrategia mezquina- así lo hicieron. Dejaban el sobrante al partido, empresas sociales propias (puede que de titularidad unipersonal) y fundaciones. Hoy, el trágala se ha desvanecido en la incertidumbre u ocultación que conlleva una larga lista de diputados nacionales o europeos, senadores y alcaldes. En definitiva, una nueva casta, un nuevo lastre, carente de etiquetas según ellos. No obstante, este clan -manada por su proceder gregario- presenta un rostro impertérrito, inasequible, jeta. Forman un contingente en el que nadie causa baja por nada del mundo, firmes a tan difundido “tres veces el salario mínimo interprofesional”. ¿Dimitir para engrosar el paro? ¡Pero qué broma es esa!

Trump, populachero, demagogo y sin embargo rico, les ha dado una lección de humildad, de desprendimiento. Él cobrará un dólar al año. ¿Alguien da más? Nuestros aborígenes quedan a la altura del betún, con las vergüenzas hechas unos zorros. Trump proporciona a la renuncia calidad, señorío; lo demás son ganas de ponderar el escaparate. Se asemejan en que, supuestamente, el futuro presidente toreó al fisco americano unos años y los líderes podemitas, españoles al fin, en diferentes episodios similares lo capotearon, banderillearon, le dieron pases de pecho y lo apuntillaron sin compasión. Presuntamente, claro. Utilizando el lenguaje popular (no populista) que nos caracteriza, Trump les ha robado la merienda. Espero, como epílogo del párrafo, que mis amables lectores hayan interpretado el tono irónico, con doble lectura, del mismo. Aseguro que ni unos ni otro están dispuestos a cumplir tales pasos, digo, salidas de tono.

Colau, esa alcaldesa de rebote, de colecta, ha planteado un magnífico proyecto, al decir de la prensa. Quiere emitir dinero local para, textual, “luchar contra el neoliberalismo”. Lo que ya no soportaría, aquello que me dejaría de piedra, patidifuso, es que podemitas y Trump quisieran recibir esos “tres veces el salario mínimo interprofesional” y dólar en moneda “adática”. ¡Jesús, qué caterva!