viernes, 26 de septiembre de 2014

UN FIASCO INSOSPECHADO


El diccionario revela que fiasco significa fracaso, decepción. Desde un punto de vista empírico, todo vocablo debe someterse al perfil material para su mejor entendimiento. En este caso, quien determina su exacta comprensión es el oficio de político español; prohombre incapaz de reconocer la diferencia -divergencia más bien- entre observancia y desplante. Solo este espécimen patrio es capaz de convertir la palabra en burla. Parece consolidar una actitud, un comportamiento ancestral, sin advertir consideraciones temporales. Se renueva y revitaliza con demasiada frecuencia. Desoye los lamentos que vierte el pueblo ansiando mayor aprecio y desagravio. Ellos (displicentes, inanes, falsos) olvidan promesas, adeudos. Se ocupan en conseguir el patrimonio que les facilite un futuro incierto. La evidente indigencia moral que exhiben viene a ser columna vertebral de su esencia.

Nunca fui partidario de los rituales democráticos, bien sin atributos bien con aquella muletilla “orgánica”, nada baldía en pasados tiempos. Cuantas veces he votado, escasas, lo he hecho por imposición o generosa oportunidad. Creo que la soberanía individual o colectiva no proviene del hecho viciado de introducir una papeleta. Esta práctica electoral, fomenta dar un cheque en blanco al partido que no al político eficaz. Si a esto añadimos mi escepticismo habitual, se comprenderá el carácter abstencionista del que hago gala y arrastro -con mayor o menor dificultad- desde siempre. La experiencia acumulada a lo largo de los tiempos, con dos regímenes teóricamente opuestos, me lleva al corolario de que tal actitud política es, al menos, oportuna. No tanto por fraude del gobernante, que también, cuanto por convicción. 

Librepensador e intelectualmente ácrata, mis análisis pudieran tildarse de rigurosos frente al poder, a todo tipo de poder. Por este motivo suelo centrar la acidez en el gobierno de turno, con especial empeño en su presidente. Zapatero, que antaño recibió críticas nada compasivas por mi parte, es a la sazón un lamentable recuerdo. Sigo pensando que fue el peor gobernante del país sin deslinde temporal. Es todo. Ahora preside el ejecutivo Mariano Rajoy. Él debe sobrellevar cualquier cotejo socio-político por inclemente que sea. Pecaría de incorrecto quien osara juzgar de manera absoluta a otro preboste, incluso con arbitraje en la gobernanza nacional. Resultaría absuelto por la partidocracia que domina la vida política. Menos satisface resucitar observaciones de políticos retirados.   

Rajoy, digo, ha resultado ser un fiasco. Para mí, no tanto. Un observador discreto hubiera presentido con toda lógica semejante situación. El ahora presidente, durante dos legislaturas al frente de la oposición, dio sobradas muestras de su indigencia doctrinal y operativa. Más notable aún teniendo como rival a Zapatero. Exhibía sin desmayo evidencias de vacuidad política, hasta el punto de conseguir mayoría absoluta sin mover un dedo. Lo hizo por demérito del contrario y desesperación del pueblo que puso en él una confianza inmerecida. A caballo entre lo expreso y lo tácito, la sociedad le instó a que diera la vuelta al calcetín mustio que, entonces y ahora, conformaba España. Ah, Arriola no debe constituir ningún escudo protector.

Durante tres años justifica su ineptitud para resolver la coyuntura económica -quizás harto compleja- inculpando a la herencia recibida. Recuerdo, a este efecto, las loas que se entonaron sobre el cambio, para enseguida airear que el déficit real superaba en dos puntos al oficial. Magros argumentos que intentaron  justificar una subida de impuestos necesaria, forzada por la famosa troika. Porque… ¿alguien imagina que idearía disminuir el Estado para hacerlo más económico, sostenible? Fue el primer eslabón de una larga cadena de incumplimientos programáticos. Veamos. Bajada impositiva, independencia judicial, subida de pensiones, ilegalización de las marcas blancas batasunas, creación de empleo, ley sobre el aborto y derecho a la vida, etc. Nada se ha cumplido realmente. Ofrece, a cambio, ficciones y tapaderas.

Cercano el final de la legislatura, sin visos auténticos de cambiar el ciclo, tenemos medio millón más de parados, la deuda aumentó trescientos mil millones, la clase media (depauperada) se eclipsa, la pobreza galopa por las esquinas, etc. Además de estos “logros”, la justicia está condicionada, se proyecta una ley de seguridad ciudadana que pone en solfa el Estado de Derecho, hay deseos de matizar la elección de alcaldes, etc., etc., etc.. Una genuina reforma democratizadora. El calcetín -pese a propagandas, señuelos y cuentos varios- se encuentra en peores condiciones que en dos mil once. Rajoy persiste en dejar por bueno a Zapatero. Nunca hubiese pensado que, a este último, alguien pudiera “mojarle la oreja” (en mi tierra y en mi infancia, retarlo, superarlo).

El PP perderá millones de votos merced a su nefasta gestión y porque no eran suyos. Preocupante es la alternativa que se otea. Cualquier experimento estrambótico, no homologable a los sistemas occidentales, traerá más miseria; asimismo, opresión. La masa revela una ceguera extrema. Sin embargo, como asegura un refrán clarificador, aunque la mona vista de seda, mona se queda. Dicho está y ojo avizor.

 

 

viernes, 19 de septiembre de 2014

CERTIDUMBRE Y JUSTICIA


Existe hoy cierto interés por averiguar qué maridaje prevalece entre realidad, conocimiento y comunicación. Tanto es así que ontología y epistemología vienen preocupando al hombre desde la Grecia clásica. Sin embargo, la filosofía del lenguaje surge en tiempos recientes. El motivo quizás haya sido un sempiterno conflicto de indiferencias y negaciones entrambos. Lo cierto, aparte consideraciones temporales, es el atractivo suscitado por determinar qué trascendencia predecimos al lenguaje en la interacción individuo-hábitat. Parece tomar cuerpo la disyuntiva surgida al socaire del lenguaje connotativo y denotativo. Debe apreciarse también la simbolización; proceso que ratifica el advenimiento del lenguaje artificial.  

Niego los conocimientos básicos para escrutar semejante problemática. No obstante, el asiduo uso de la palabra escrita me sitúa a un nivel aceptable. Esta premisa permite realizar lucubraciones sobre aspectos domésticos, cotidianos, ajenos a honduras que requieren mayor especialización. Advierto, verbigracia, un intento -ejercido por sectores concretos- de gestar ese lenguaje simbólico (artificial) que les permite instituir una realidad postiza, acorde a sus intereses. De casta, apostillarían algunos. El mundo político y judicial constituye dos sectores capitales a la hora de formalizar tal marco con el objeto de provocar ventajosa confusión. No cabe duda de que realidad, experiencias personales, conocimientos y sensaciones se materializan por medio del lenguaje. Su desnaturalización ofrece un mundo caricaturizado.

Frecuentemente inquiero el porqué un exceso de “garantismo” -a lo mejor querencias esotéricas- requiere difuminar una realidad cierta, evidente. Ignoro si se trata de escrúpulos jurídicos necesarios para acreditar la Justicia o una forma inicua utilizada por juristas a fin de salvaguardar determinadas prerrogativas o privilegios. Resulta sorprendente que pueda resultar delictivo llamar a alguien ladrón, por ejemplo, aunque se haya pillado in fraganti. La norma manda que se anteponga, con carácter atributivo, el epíteto “presunto”. Ante este hecho rutinario, cualquier ciudadano se desorienta. La realidad vinculada a un lenguaje natural queda relegada a convencionalismos incomprendidos e innecesarios. ¿Por qué los jueces han de ejercer como lingüistas versados? ¿Por qué se prima en esta materia el carácter tangencial del lenguaje? Tras una realidad penal palpable, concluyente, debe aplicarse la ley no establecer coyunturas gramaticales.

Cuantiosos casos que plagan la memoria colectiva, han provocado ríos de tinta. Bárcenas, EREs, Fabra y, ahora, la familia Pujol conforman debates y noticieros, amén de programas ajenos al acontecer político. Por cierto, tanta impureza, tanta realidad virtual acomodada, suscita cuantiosa confusión cuando hemos de trazar las líneas divisorias entre lo trascendente y lo trivial. Vivimos asediados por un tótum revolútum. El individuo pierde –probablemente víctima de percepciones planificadas- su trayectoria social, aun personal. Sufre espejismos, flases alienantes, sacudidas emocionales, que lo convierten en un ser insensible, apático. Lento de reacciones, dilata enfrentarse -armado de firmeza y argumentos sólidos- a ese comulgar diario con las ruedas de molino que le facilita simulada y cínicamente un poder multifacético.

Ese ente denominado opinión pública posee la certidumbre de que los arriba mencionados -EREs incluido- metieron las manos donde no debieran. Asimismo, a nadie se le permite aseverarlo con rotundidad. ¿Son chorizos? No, son presuntos. Pero, ¿qué añade o desvanece tal voz? ¿Aclara, determina o concreta algo? Desde mi punto de vista, viene a ser un hall jurídico, el cobijo que protege a quien debería sufrir las iras del pueblo esquilmado, el rigor de una Justicia reparadora. Pese a su aplicación dilatoria (a veces absolutoria) acepto la presunción de inocencia siempre. Pero en políticos y adjuntos con evidentes e incontestables razones para una calificación cierta, no. Sobre manera cuando se trata de apropiaciones indebidas. Primero se les inhabilita para todo cargo representativo y luego se les somete al proceso correspondiente cuidando con exquisitez las garantías procesales. Implicación fundamental consistiría en restituir lo distraído. Si se les juzgara inocentes, la rehabilitación pondría punto final al caso.

Mi calificativo resultaría demasiado grueso. Por esto me resisto a adjetivar los indultos a políticos, banqueros u otros de porte gubernamental. Tampoco la falta de restitución si lo robado son caudales públicos. Ambos casos se producen con excesiva frecuencia. El último, siempre. Si ante la certidumbre, la justicia extiende una figura lingüística valedora (básicamente de prebostes), con el indulto cualquier ejecutivo da la puntilla. No ya al derecho sino a la democracia. La justicia, con ese lenguaje simbólico, madura el desafuero del poder poniendo cerco a la certidumbre. El gobierno aniquila crédito y sistema concediendo indultos incomprensibles, audaces; sembrando impunidad.

Cuando las leyes ponen coto al lenguaje denotativo, el delincuente se frota las manos y la justicia  entra en un laberinto oscuro, insondable, sorprendente. Acaba siendo un sucedáneo.

 

viernes, 12 de septiembre de 2014

ESPAÑA: UN GRAN CHARCO DE RANAS


Allá, por la Manchuela conquense, cuando se quiere sugerir una situación confusa, inquietante, difícil, las gentes utilizan esta expresión: “es un charco de ranas”. Paréceme que el galimatías atribuido a la Torre de Babel debe presentar bastante parecido con el actual marco de convivencia que provoca la crisis general. Desde luego, sospecho que no es acontecimiento actual ni tuvo menor envergadura en otras épocas. Imagino que el devenir histórico está plagado de instantes cruciales al tiempo que espinosos. Siempre lo lejano o ignoto genera escasos conflictos personales, por tanto colectivos. No es posible, ni aun observando nuestros lastres humanos, ponernos en la piel de individuos desaparecidos generaciones atrás. Cada cual vive su momento; cada cual siente una reacción adiposa ante estímulos y percepciones desiguales. Lo mismo ocurre al corazón -fibra  que sedimenta sentimientos y afectos- u otras vísceras toscas pero igualmente necesarias.

Hace décadas, España emprendió una dinámica desnortada, sin guía. Fue víctima de su propio éxito, una fugaz quimera, una ilusión fatua. Empezó a conformar ese gran charco de ranas que ahora croan quebrando el compás, obcecadas y fuera del tempo. Pudiéramos excusar los inicios, la probable génesis debida al vigor de un colectivo ganado por la “libertad sin ira” y el triunfalismo infantil. Seguramente con escenario distinto hubiese ocurrido igual porque la semilla venía agregada, portaba su gen, al momento mismo de iniciarse la Transición. Por fas o por nefas, aquellos prebostes -llamados padres de la Constitución- que redactaron nuestra Ley de leyes, idearon o permitieron, según los casos, el Estado Autonómico. He aquí, sin duda, la eclosión de un proyecto que el nacionalismo intemperante e incisivo coló de rondón aprovechando el despiste (puede que intereses espurios avizorados por sagaces partidarios del tocomocho) de los partidos llamados a protagonizar la gobernación alternante del país de Jauja. De aquellos polvos procede este lodazal, hábitat donde el batracio también se siente cómodo.

Centrándonos -digo- en la actualidad, una enorme colección de ranas se ha adueñado del telediario y del debate. Sintiéndolo en el alma, no puedo continuar sin traer a mi mente al ínclito Zapatero. Detesto hacer leña del árbol caído pero el rigor me obliga a recordar, refrescar en la memoria social, la desastrosa gestión que realizó; sobre todo a lo largo de su segunda legislatura. Desde ese buñuelo que bautizó “Alianza de las Civilizaciones” y el brindis al sol del “cambio climático” (ambos etéreos, inmateriales y de larguísimo recorrido), pasó de la “champions league” económica al inclemente plan de austeridad anunciado el doce de mayo de dos mil diez. Significó la corrección impuesta al aventurero falaz, prepotente, iluso. Necio. Porque solo un necio puede alimentar dos veces el ridículo en tan breve espacio de tiempo. Eso sí, regateando la frontera del disparate poético: “La tierra no pertenece a nadie, salvo al viento”. La madre de todas las ranas.

Una vez abierta la veda, España constituye ahora mismo una enorme charca abarrotada de ranas. Resulta infructuoso describir tanto croar desunido, molesto, anómalo. Cualquier ideología o sigla se refracta en sus dorsos desnudos, sin estampa, ayunos de cincel. Las reconocemos por ciertas alteraciones dogmáticas que afectan a su timbre. Una amplia caterva la inician aquellos sapos (entiéndase ranas, batracios, u otros sinónimos que acostumbro utilizar para evitar repeticiones) de carácter tranquilo, equilibrado, de croar suave, seductor. Queda completada con especímenes fogosos, airados, provocadores, armados de agresividad retadora, guerrera. Algunas son novedosas, se han incorporado a última hora, pero muestran un tono e intensidad notables. Tenemos botones para cada muestra.

Políticos, sindicalistas, financieros, comunicadores, jueces -estimados en conjunto, en concierto- conforman casi la totalidad del charco. Aparece, no obstante, de vez en cuando algún solista que merece justas loas. Son versos sueltos que tienen su aquel. Provocan, ya lo sé, rechifla más que furor. Dejaré que el amable lector dé plena satisfacción al ingenio y voluntad para casar cada batracio con su particular croa, para elaborar un prontuario donde recoja las diferentes sensibilidades.

Sin embargo, otra concepción diferente se hace también eco de la frase: “El mundo es un charco de ranas”; por ende, y a la vez, España. Dice el sociólogo que las sociedades avanzadas son similares a una rana en agua caliente. Los cambios bruscos, los nota y huye de ellos. Cuando se aclimata a las condiciones cambiantes muy lentamente, no se dará cuenta de los cambios y perecerá. Nuestros políticos calientan con progresión el agua de la gran charca; nos van caldeando sin tener conciencia exacta de semejante amenaza.

Continúa el filósofo. En nuestra sociedad la vigilancia es cada vez mayor. Esto  no es bueno. Alguien que se sienta observado se comporta de manera diferente a quien no se siente. Ellos no hacen uso de sus libertades civiles de manera que alguien se sienta anónimo. Esto, por ejemplo, restringe su libertad de expresión. Con el fin de ser discreto, más y más personas tratan de ajustarse a la normalidad. En una sociedad así, los no conformistas y disidentes lentamente se extinguirían. Esta sociedad uniforme no sería capaz de crecer mental y socialmente. La falta de respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás aumentaría y su capacidad de innovación se atrofia. Por este motivo debemos dar una mirada al termómetro para saber lo caliente que está el agua en nuestro entorno.

España padece ambos estadios. El primero es leve, folklórico. El segundo es temible. Venimos padeciéndolo y vamos camino a la ebullición sin tener conciencia plena de ello. Si nadie lo remedia, los españoles, a poco, iremos notando cierto hedor a rana chamuscada.

 

viernes, 5 de septiembre de 2014

INCULTURA Y DÉFICIT DEMOCRÁTICO


Que somos un país inculto lo viene cuantificando, desde hace años, cada nuevo informe Pisa. El déficit democrático que percibimos confirma la cualidad de nuestra incultura. Esta carencia se nota apenas rascamos el tejido social que protagoniza hoy la vida política. Mis cuarenta años de labor docente me permiten afirmar que semejante escenario se ha ido conformando tras la implantación de la LOGSE. Una ley educativa onerosa y adversa. Más aun, estoy convencido de que su existencia es  el producto de un plan perfectamente concebido por expertos psicólogos y sociólogos para conseguir una comunidad borreguil e indolente. ¿Cómo si no se ha podido trincar tanto y con absoluta impunidad? ¿Cómo si no se ha llegado a esta podredumbre general del sistema? Sin duda, podemos establecer un hilo conductor entre herencia LOGSE y clímax de corrupción.

Esta incultura permite a comunicadores y políticos, básicamente, alimentar fobias porque -como he dicho en bastantes ocasiones- el español siempre actúa de forma visceral. El odio es su única Razón de Estado y la incultura lo potencia al conseguir un seguidismo fanático e irracional. Sería sensato que desapareciesen clanes y banderías, pero tal situación solo puede darse con una sociedad crítica e inteligente. Perdonamos a los nuestros mientras sometemos al rival a juicios severísimos y calumniosos. Los medios utilizan su inmenso poder (des)informativo en ignorar objetivos comunes. A nadie parece interesarle la adición, probablemente por aquello de que unión y fuerza conforman el antecedente y consiguiente. Es seguro que a la caterva de vividores no le interesa una sociedad fuerte, vertebrada.

No hay nada nuevo bajo el sol, anuncia el Eclesiastés con tres milenios de existencia. Ciertamente, todo fenece y se renueva sin que surjan novedades dignas de mención. Tres mil años constituye un periodo suficiente para constatar la inexistencia de algo inédito. Tal marco me lleva a afirmar que solo  hay dos tipos de revoluciones: la burguesa liberal y el populismo marxista. Ambas acontecen en épocas de crisis, ya económica ya político-social. Una tiene como protagonista la burguesía -financiera o intelectual- ayuna de poder. Su consecuencia es la democracia, más o menos corrompida, que garantiza (al menos en teoría) las libertades y derechos individuales. La otra, dirigida por una élite intransigente, se excusa en el proletariado, en la desesperanza, para conseguir un poder omnímodo. Enmascara regímenes totalitarios, de terror. Aprendamos Historia. Evitaremos así manejos perversos cuando no dañinos.

Una sociedad inculta y aletargada genera sistemas putrefactos, cleptocráticos, que se retroalimentan de su propia colectividad convertida, a la vez, en víctima y ariete. Cierto que la globalización impide maniobrar con rapidez y eficacia ante las eventuales crisis capitalistas. Cierto que a una ciudadanía menesterosa se opone una clase política (casta o no tanto) que supera con creces cualquier defecto, vicio o discapacidad humanas. Semejante intendencia, avistada a grandes rasgos, nos lleva -desde hace tiempo- a otear un horizonte angustioso. Empezamos por sentir el lógico y justo desafecto hacia el gobernante incapaz de interpretar unos votos preñados de ansia de cambio. Qué decepción ante tanta insensibilidad o desfachatez, quizás ignominia.

Diferentes datos sobre prospecciones electorales pregonan una subida asombrosa de Podemos. Incluso algunos aprecian un empate técnico con el PSOE. Pablo Iglesias resulta ser el político mejor valorado. Tal estudio implica la orfandad de criterio cuando el ciudadano responde. ¿Cómo puede valorarse a un político que es musa y no teatro, al decir de Lope? Empiezo a sospechar de la levedad inercial del mito junto al lastre que atesoran los iletrados. En todo caso, extraña una dinámica tan apresurada respecto al lerdo comportamiento usual de la muchedumbre. No resulta fácil excitar a la masa -ni aun desvertebrada, heterogénea- para conseguir una réplica extraordinariamente radical. O las prospecciones son incorrectas, exageradas, o nos hemos vuelto locos.

Insisto, las revoluciones burguesas trajeron los sistemas democráticos que garantizan las libertades individuales. España tiene un régimen homologable al resto del mundo industrializado. Verdad es que las carencias lo ahogan. La sociedad tiene, por obligación, que sanarlo. Ha de propiciar la separación real de los tres poderes. Debe exigir transparencia y fianza en la gestión de los caudales públicos. Necesita comprometerse con el discurso de un Estado viable por funcionalidad y economía. Tiene que adoptar una oposición firme a cualquier tentativa de enfrentamiento o beligerancia entre españoles que predisponen a la divergencia en perjuicio de un objetivo común. Esto o abstención total.

No hay alternativa libre. Los populismos no resuelven las crisis económicas y someten al individuo no a los intereses comunes sino al albur de un líder atemorizado y cruel. Se les conoce como democracias populares, cuando la auténtica no necesita de epítetos. Temo que estos datos expuestos, entre otros, por El Mundo y La Razón sean consecuencia del carácter irreflexivo, ingenuo e insensato de una sociedad desorientada, confundida, harta de tanta miseria moral que destilan nuestros prohombres. También de una incultura total.

Veremos qué nos depara un futuro azaroso, sin timón. Los signos, si hubiera oráculos, no sugieren tiempos tranquilizadores.

 

 

 

viernes, 29 de agosto de 2014

PERSONAJES Y PERSONAJILLOS


Al ocaso del siglo XV, Leonardo da Vinci -con su hombre de Vitruvio- dejó claro que el individuo es un ser simétrico. Se dice, asimismo, que una figura tiene simetría cuando, al rotarla sobre  un eje, mantiene su forma o es congruente con la figura inicial. Observe el lector que aparece congruente, vocablo imbricado a la simetría que no deja de ser cuestión decisiva como veremos más adelante.

Por otro lado, morfología y sentimientos tienen algún punto en común. Siempre se ha referido que el diminutivo presentaba una especial carga afectuosa, familiar, fraterna. Hay casos, sin embargo, donde el diminutivo viene atravesado, dibuja o deja entrever un poso de desprecio; pone al descubierto un guiño esquivo, peyorativo. El epígrafe que da título al escrito presente, constituye la mejor evidencia del apunte. Personaje, voz ordinaria, implica exaltación de un individuo libre de raquitismos semánticos. Quienes acreditan el apelativo disminuido, en este caso, pertenecen a la mayoría repudiada.

Se considera personaje al ser juicioso, simétrico, con virtudes y defectos. Un afán de excelsitud, de altura moral, le dispone a rotar para -enfrentados vicios y probidades- corregir aquellos bajo el imperio generoso, consecuente, de las últimas. El anonimato les hace aparecer magnitud menguada, casi ridícula. La realidad constata lo discreto de un colectivo del que, a grandes rasgos, escasea solo la excelencia. El personajillo ve transformado en frontera lo que debiera ser eje de bilateralidad. Es un hombre recortado, medio, cacho. Presenta y tiene un único lado; generalmente corrupto, pecaminoso. Alejados de la dialéctica y del eclecticismo, son diestros o siniestros, dogmáticos, sectarios, ineptos e inútiles.  Les atrae la tiranía y los regímenes totalitarios.

Estos individuos hemilaterales, personajillos, detentan hoy el poder; toda expresión de poder. Lastrados por la inexistencia del contrapunto moral o intelectual, sin frenos, sin congruencia posible, se dejan arrastrar encantados por todo aquello que pueda sintetizarse en dos conceptos: degradación y atropello. Huérfanos de principios personales y sociales, negocian su desvergüenza al mejor postor, sin importar doctrina ni arraigo. Viven la invalidez alegórica sin complejos porque, aparte su laxitud operante, se miran en el falso espejo de una sociedad que los mima cuando no actúa como venero necesario y  necio.

Como dije, ocuparnos en seleccionar algún personaje es misión imposible. El anonimato viene a considerarse su mejor y más aclamado valor. En realidad, aquello que ignoramos no existe. Hay, no obstante, legión de personajillos que pueblan con testarudez los medios audiovisuales. Y cuanto mayor sea su indigencia, más reiterativa es la aparición. Desconozco si generan ya escarnio u ojeriza. Incluso morbo por explorar quien se deja decir la mayor estupidez; porque han llegado a convertirse en poderosos, ricos, estúpidos. Eso de exhibir medio lado, ser casi filiformes, estilizados, atesora cuantiosos dividendos. Qué pena.

Pese a su naturaleza poco objetivable, conforman una fauna cuantiosa, insólita. En mi pueblo de la Manchuela conquense se utiliza una expresión muy plástica cuando se quiere magnificar determinada existencia: “das una patada a un gasón y aparecen cincuenta mil”. La cantidad puede ajustarse en razón del talante exagerado que muestre quien habla. Superando el inciso, cuesta nada entresacar un nutrido grupo de personas (aprecien mi carácter bondadoso a la hora del sustantivo) cuyo perfil se acomoda perfectamente a la caterva de personajillos que nos ocupa. Haberlos, haylos entre políticos, sindicalistas, comunicadores, financieros, empresarios, jueces, artistas o cómicos. También, pero menos dañinos, entre el común de a pie.

Los últimos tiempos me traen a la mente uno que, arrimado a la izquierda, presenta matices extraños con salidas un tanto folklóricas. A mí, al menos, me lo parece. Pertrechado -salvo error- exclusivamente de vivencias (base del construccionismo epistemológico) individuales en la esfera del cine y del teatro, imparte una doctrina cuyo púlpito es un irracional e inaceptable maniqueísmo. Pudiera ser el paradigma del hombre asimétrico, unilateral. No juzgo su profesión, ni siquiera su ideología. Afirmo con rotundidad que nada ni  nadie le concede autoridad cuasi sagrada, irrecusable, dogmática,  para descargar, ayer con exiguas excepciones, filias o fobias indiscriminadas. Se apellida Toledo y, pese a propias declaraciones, su cuna y trayectoria son bastante comunes. Nada que le permita sentir orgullo de estirpe, contradictorio por los hechos y por su conciencia de clase. ¿O es puro histrionismo?

¿Por qué encarno en él la jungla de personajillos que se enseñorea y mantenemos en el solar patrio? Quizás me haya dejado arrastrar por una prensa insípida, burda, basta; poco exigente. Uno -que se encasilla, se sitúa, cercano al eje sin discriminar lateral- comete en ocasiones parecidas simplezas de quienes se ubican del lado que ambiciona luces y cámaras. Puede que todos pequemos algo de personajes y mucho de personajillos.

Disculpe el señor Toledo porque él no compendia lo peor, ni mucho menos. Disculpen ustedes que no me exigiera mayor desarrollo en la enumeración de la especie, pero soy consciente de que les resultará fácil suplirme con éxito en este menester. Probablemente en otros muchos.

 

viernes, 22 de agosto de 2014

LUCUBRACIONES POLÍTICO-SOCIALES II


En mi último artículo mantenía la tesis de que cuando los pueblos están inmersos en crisis sociales y/o económicas siempre se dejan seducir por los populismos. A su sombra suele agigantarse la demagogia. Ambos alimentan espíritus negligentes y poco amigos del racionalismo; por consiguiente, dogmáticos. Sin embargo, pese al porte, acompañan necesariamente a regímenes totalitarios, bien vinculados a la esfera comunista ya inscritos en el solar nazi. Maximiliano Korstanje aseguraba que “el populismo permite una mayor participación política a costa de un proceso de desinversión. Como consecuencia aparece la dictadura como mecanismo político empleado para que las élites mantengan su legitimidad”. Amén.
Los populismos, digo, se acompañan de actitudes demagógicas. Son siameses. Unos dicen aportar respuestas a los sistemas representativos cuando entran en putrefacción. Las otras visten ropajes de moralina para ocupar un poder que únicamente con señuelo consiguen legitimar. Si utilizamos el sentido común deja de ser improbable descubrir la tramoya demagógica. Veamos algunos puntos en que hemos de concentrar nuestra atención. El demagogo ofrece como evidente la premisa que debe probar. Verbigracia, se atribuyen el atributo demócrata cuando son la antítesis del mismo. Ofrecen argumentos que afirman o niegan por boca de alguien con crédito o, por el contrario, gente común, indigente. Utilizan la omisión o informaciones incompletas, así como estadísticas fuera de contexto o demoniciones del adversario. Además de estas típicas, utilizan otras herramientas igualmente confusas y fraudulentas.
Muchedumbre (masa amorfa) y sociedad española son términos antagónicos. La muchedumbre carece de objetivos, presenta rasgos confusos, inconexos y el temor alumbra su primera particularidad genética. Conforma el alimento regular del populismo. Nuestra sociedad es la suma fraguada de individualidades fuertes, sometidas al crisol de pueblos y culturas. El español se ha vigorizado a través de siglos, de invasiones y de luchas desiguales. Se crece ante el quebranto porque ha sido horneado en él a lo largo de milenios. Si nos atenemos a las tesis de Corey Robin sobre miedos y adoctrinamiento, cualquier idea o estrategia que utilicen el populismo y la demagogia para escalar el poder, aquí es improductiva. Supera la línea roja que el hispano se impone en su indolencia.
Paul Krugman proclamaba: “es necesario un contragolpe populista para reinvertir el aumento de la desigualdad social”. Esta frase -que le da protagonismo al trabajo en la plusvalía- anula toda estridencia del populismo cuya meta es el poder totalitario y tiránico. Krugman interacciona política y economía pero prioriza esta última. Aquí surge la divergencia vital entre populismo económico y otro con connotaciones políticas, incluyendo el peronismo. Este, era y es un movimiento tan atípico que Roger Cohen lo califica de: “filosofía política propia, mezcla de nacionalismo, romanticismo, fascismo, socialismo, pasado, futuro, militarismo, erotismo, fantasía, lloriqueo, irresponsabilidad y represión”. Una extensa variedad de emociones incapaces de practicar la verdadera justicia social.
Los demagogos también exhiben un pelaje fácilmente reconocible. El simple análisis con los ojos del sentido común descubre su debilidad argumental. Apelan a prejuicios emocionales, miedos y esperanzas del pueblo para ganar apoyos a través de la retórica y el reclamo. Ya Aristóteles definió demagogia como forma corrupta de la República “que lleva a la institución de un gobierno tiránico de las clases inferiores; de muchos o unos que gobiernan en  nombre de la colectividad”. En otras palabras, los demagogos se arrogan el derecho de interpretar los intereses de la masa como intereses de toda la nación. Confiscan todo el poder y la representación del pueblo e instauran una dictadura personal. Más claro, agua. Luego, que nadie se llame a engaño. Su alimento natural son los medios de comunicación -hoy internet- falta de educación y la mercadotecnia. Por este motivo resulta fundamental desenmascarar a los oportunistas.
Lo antedicho constituye la columna argumental que me lleva a negar la probabilidad de que Podemos alcance el poder. Naturalmente es una hipótesis teórica que toma, asimismo, consistencia con el statu quo europeo y mundial. A mí me parece que como experimento académico resulta interesante aunque de logros dudosos. Como intento de generar una democracia popular (totalitarismo) supranacional, lo considero una quimera que roza el desvarío. Aconsejo, no obstante, a mis conciudadanos no bajar la guardia e informarse de analogías o diferencias atribuibles a los sóviets rusos y a los círculos de Podemos; ambos supuestamente libres y asamblearios. La metodología, y algo entiendo de esto, es parecida entrambos.
Para terminar, al anhelo de “mano dura” metódica de su líder quiero oponer una auténtica “mano dura” democrática contra Podemos y el resto de la casta política que está consumando este injusto, oneroso y terrible calvario: abstención. Es el procedimiento más eficaz y menos traumático.

viernes, 15 de agosto de 2014

LUCUBRACIONES POLÍTICO-SOCIALES



Las modas actúan cual torrenteras salvajes y arrastran a los medios que se ceban en sus torbellinos noticiables. EREs, ébola y Pujol se alternan con cierta fascinación, tanta que  incluso produce tedio. Siguiendo estas pautas, iba a escribir sobre el expresidente catalán; sobre la pregonada denuncia contra el banco donde trabaja “garganta profunda”, tópico diseñado en el caso Watergate. Sin embargo, esa historia debe desenredarse a través de un sumario judicial, no periodístico.

En este país se otea un futuro tan inquietante que el pretérito, aunque esté anegado de corrupción, debe importarnos lo justo. Sin despreciar cualquier medida quirúrgica que cauterice los desmanes atesorados en cuatro décadas, hemos de dirigir nuestro interés y esfuerzo hacia aquello que nos espera. Por tal motivo, viene a colación aquella pregunta prerrevolucionaria que se hizo Lenin a principio del siglo XX: ¿Qué hacer? Aventurar una respuesta satisfactoria y probable resulta bastante complejo, no solo por el objeto sino, y sobre todo, por quien debe llevarlo a buen término: el pueblo.

La plebe rusa por aquellas fechas padecía, esencialmente, una crisis social. El sistema zarista -anclado en épocas remotas- abrió abismos irreconciliables en la estructura nacional. Mientras una élite aristocrática vivía rodeada de lujos, la gran mayoría penaba una miseria atroz. Lenin apeló al populismo cuyos primeros balbuceos había formulado Marx y que años después proporcionarían cuerpo doctrinal Habermas y otros sociólogos contemporáneos.

Bajo el auspicio de un modelo teórico, Lenin supo inculcar al individuo la absoluta necesidad de practicar un centralismo democrático. Combinando centralismo y democracia se potencia la disciplina consciente, se admite el sacrificio de la libertad para conseguir la máxima eficacia. Sus rasgos vertebrales son: libertad de crítica y autocrítica dentro del partido; subordinación de las minorías a la mayoría y las decisiones de los órganos superiores son vinculantes a los inferiores. La realidad termina por imponer un totalitarismo tiránico. Ya ocurrió con el leninismo, peronismo, castrismo y chavismo, entre otros.

Habermas, no obstante, basándose en la “razón instrumental” de Adorno -como contrapunto a los abusos de la “razón dominadora”- dedujo la “acción comunicativa” del hombre. Esta senda de intercambio le llevó a enunciar su “democracia deliberativa”, convertida en un instrumento complementario de nuestra democracia representativa. Aquella adopta un proceso colectivo para tomar decisiones políticas. Esta utiliza una razón economicista; es decir, un empeño de bienestar personal. Por diversas razones, Habermas prefiere una concepción republicana en lugar de un proyecto liberal. ¿En qué instante de ellas se inicia la divergencia? ¿Dónde la convergencia?

España, esa seca y malquerida piel de toro, se encuentra en un momento crucial. Sometida a una profunda crisis general, necesita con urgencia un tratamiento de choque. La putrefacción del sistema agrava en mayor medida la enfermedad multiorgánica e institucional. Al escollo de los síntomas, se añade el proceder insolidario, dogmático, lamentable, del ciudadano español. Analfabetismo político, dejadez e intolerancia constituyen un eje en torno al cual gira todo impedimento. Fundamentamos culpas en políticos y medios, pero pretendemos ignorar a quienes conformamos la porción de corresponsables por apatía e inoperancia.

Entre los defectos que arrastramos, destaca el individualismo, la falta de conciencia social. Alejamiento y beligerancia eternizan la división insensata e insuperable de amplios, a la vez que representativos, sectores sociales. Tal constancia dificulta, si no reprime, restaurar la auténtica soberanía popular. Nos dejamos arrastrar por filias o fobias generalmente irreflexivas. Observamos con desagrado, asimismo, que al español de a pie le mueven las palabras en perjuicio de los hechos. Pocos países de nuestro entorno incurren en el mismo error, producto del dogmatismo e incultura. Toleramos sin ninguna objeción los desafueros achacables a nuestros elegidos pero castigamos con rigor aquellos fallos que perpetra el adversario.

Tamaño absurdo lleva al individuo a decidir su voto por despecho. Poco o nada importan programas, compromisos ni ofrecimientos. Al fin, caben únicamente sentimientos preconcebidos sin que se dedique un segundo al análisis y subsiguiente coherencia. Pese a las prospecciones electorales y efectos que ofrecen sucesivas encuestas del CIS, no oteo ninguna fractura en el bipartidismo. El suelo electoral del PP y PSOE se muestra propicio para lograr un bipartidismo alternante, con matices. Se revitalizaría el sistema de alternancia pacífica que concluyó infaustamente en la Segunda República.

No nos gustan las viejas fórmulas políticas. Nos consume la corrupción, el desenfreno y la injusticia. Nos harta la impunidad prepotente, casi lasciva. No obstante, nos inquieta lo nuevo, lo desconocido, que provoca inseguridad a nuestro débil individualismo. Dudo que Podemos sea alternativa real. Por lo dicho y por otros motivos que iré desmenuzando la próxima semana.       
       

viernes, 8 de agosto de 2014

LA CAÍDA DEL MITO


La mitología constituyó una parte nuclear de la narrativa griega, romana, escandinava… Dioses, titanes, héroes, reyes -junto a otros personajes de ficción- sentaron las bases religiosas y políticas del mundo occidental. Instituyó también la figura del oráculo, especie de dignatario heurístico cuyo concurso era imprescindible. Cubría un papel semejante al que ejercen hoy significados comunicadores. Al fin y al cabo, aquellos y estos (con mayor o menor acierto) anunciaban bienandanzas o infortunios según dispusiera el antojo del mito correspondiente. Política y religión fueron conformándose a golpe de sutileza, de apostillas gestadas en el Olimpo.

España pertenece a las naciones que contraen extrañas prácticas ante el mito. Los mima y renueva de continuo, pues componen una parte trascendental de su idiosincrasia. Toros y piras, cual marchamo característico, etiquetan a sangre y fuego -de manera indeleble- nuestra genética; forman parte de la esencia nacional. Ronroneamos asimismo, como felinos satisfechos, al individuo público siempre que se coloca a nuestro alcance. No se les exige demasiados méritos profesionales. Ni siquiera abundancia de valores humanos, reducidos al recuerdo a consecuencia del relativismo imperante. Conocemos a algunos cuya única aportación al sumario general consiste en haber aventado vicisitudes íntimas y personales. Incluso, a manera de inventario, sincerando -es un decir- los encuentros sexuales por tacada. Es de suponer que estos formarían parte de los Titanes y “Titanas” (para la señorita Aído) por el colosal esfuerzo empleado en llevar a cabo tan gratos ardores. Otro mito, antes jugoso, pero decadente. Seamos serios.

Los mitos o supersticiones carecen de identidad propia. Surgen cuando el hombre desentraña, o lo pretende, misterios de la vida. Actualmente, también de forma misteriosa, suele encarnarlos en personajes -quizás personajillos- plenos de indigencia, ayunos de justificantes. Es lo que viene aconteciendo al pasar de la quimera al mundo real. Mientras, el ciudadano común necesita, sigue necesitando, guarecer sus limitaciones bajo la protección consuetudinaria de aquellos mitos clásicos; hoy convertidos en protagonistas de noticiario. Es la consecuencia irremediable que acompaña a los tiempos presentes, las modernas razones y los avances técnicos. Sin embargo, y al fin, no cabe el hombre nuevo.

Cuarenta años de democracia, de permanente e inquieto espejismo, permitieron un fluir inacabable de ídolos. Antesala del mito al uso, presentan una flojedad estructural genética. Son deidades de barro. Nacen lastradas. Conviven entre humanos porque, en el fondo, son humanos. Esta  esencia palpable los hace temporales, caducos si no rancios. Aquellos, quienes habitaban el Olimpo, jamás poseyeron aspecto corpóreo aunque tuvieran, incluso se les diera, representación antropomórfica o afín. Tal alejamiento de la materia permitió que fueran invulnerables a los efectos gravosos, destructivos, del vicio y sus letales consecuencias. Agamenón, Aquiles y Odiseo, verbigracia, sucumbieron a su perfil humano.

Imparable la irrupción actual de ídolos inconsistentes, animan para nuestra desdicha el escenario gubernativo y mediático. Desde comunicadores izados de forma espuria a los cenáculos sagrados hasta espíritus fatuos entronados por el monolitismo político, estos tiempos vienen cargados de mitos sospechosos. Forman legión los prohombres que la costumbre, el afán de confundirse con el entorno y la falta de crítica social -junto al dogma ciego- les ha permitido mantenerse, sin caer con inmediatez, en  un pedestal fraudulento. Luego aparecen las sorpresas y los episodios de contrición algo tardíos. No obstante, lo peor no es omitir el hecho sino indultar, de una forma u otra, al ídolo caído. 

Conforman un número indigno la pléyade de políticos, sin excluir siglas, que obtuvieron del ciudadano el asentimiento inmerecido, la confianza defraudada. Jueces, sindicalistas, jerarcas de la comunicación y financieros gozan de loas reverenciales, de idolatría inútil. Se haría agotador concluir el artículo si enumerásemos una pequeña parte de aquellos que por méritos propios forman el cuerpo de estafadores y desaprensivos. Consiguieron -y aún lo hacen, pese a su talante- sustraer una confianza sin asentamiento, un anhelo quimérico, mítico. Quiero pensar que tales perspectivas y situaciones creadas van a concluir, a poco, con la vela imperturbable de un redivivo individuo circunspecto.

Jordi Pujol, según personal manifestación, estuvo embaucando al pueblo catalán y español durante treinta y cuatro años. Quien monopolizó tres décadas de seducción institucional, quien fue considerado un político intachable -paradigmático- resultó ser, como mínimo, un defraudador impenitente. El ídolo de Convergencia, el político que vistió de realidad un imaginario cuerpo nacionalista, trituró las esperanzas que los catalanes habían depositado en el prohombre elevado al rango de mito. Ahora, en evidente contradicción con el dios Cronos que tragaba a sus hijos para mantener el poder, Pujol (hediondo de ignominia) se auto inculpó para blindar una prole, desenfrenada y desinformada, que debe ubicarse en los arrabales del Olimpo; cerca de su padre proscrito.

 

 

 

viernes, 1 de agosto de 2014

UN VIAJE ASOMBROSO


Por una vez, y sin que sirva de precedente, abandono la temática habitual. Como bien saben mis amables lectores, suelo escudriñar con cierto rigor, no exento de mesura, el quehacer de la fauna política. Quizás la reseña tome un sabor más ácido cuando evalúo al gobierno. Ignoro las razones, pero el poder -sin atender entrañas ni tiempos- me “enerva” (vocablo fetiche de mi cuñada Ana). Seguramente sea la ventura que arrastro por un inevitable carácter anarquista. Soy consciente de su linaje utópico, pero no mayor que el del comunismo científico o el de la democracia liberal. Consecuente con esta actitud, enfatizo la libertad como elemento constitutivo, esencial, del hombre.

Hace escasas jornadas regresé de un periplo por el pirineo leridano. Cincuenta años atrás realizaba parecido itinerario por aquellos lugares verticales, flotantes, inagotables, que dejan siempre un grado de insatisfacción. Ahora quise enseñar a mi esposa, además de a un matrimonio amigo, la abrupta belleza que ensoberbece al paisaje. Superados los feraces campos de Tárrega y sur de la provincia, fuimos acercándonos -entre pantanos, riscos e incursiones por tierras oscenses- a El Pont de Suert. Montamos el cuartel general al cobijo de la delgada, simpatiquísima y cercana señora Nati. Dueña del hostal, conservaba aún evidentes signos de un pasado hermoso. Nos impactó a todos.

A lo largo de dos días recorrimos Bohí, alrededores y valles. Practicamos un primer acercamiento, un saludo afable, la tarde en que llegamos. Recibimos completa información de cualquier pormenor, tanto referente a taxis todoterreno cuanto al conjunto arquitectónico de la zona. El nuevo día, diligente, fresco, húmedo, lo principió un taxi con cuatro parejas que nos condujo a un punto elevado del valle. Luego, caminata de hora y media -entre gozosa y dolorosa- hasta el refugio.

Casi un kilómetro de camino pétreo, penitente, nos llevó al lago Llong; una belleza a dos mil metros. El área -majestuosa, soberbia, relajante- bien valió la fatiga del ascenso, el calabobos intermitente y las cuatro horas del trayecto. Ida y vuelta. La tarde nos compensó con las visitas a Tahull, Caldas de Bohí y Erill la Vall. Iglesias románicas, casas de alta montaña (piedra y pizarra en descenso increíble) se turnaban con las aguas termales de Caldas, nombre estricto, justo y sustantivo.

El día siguiente nos condujo a Viella. Sometida a la hondonada, se levanta bizarra hacia Francia o el Puerto de la Bonaigua. Este, interminable, desnudo, vigila orgulloso los remontes que en el tórrido verano exhiben su inmóvil esqueleto al sol. Pero volvamos a Viella. Sin perder su fisonomía lugareña, cautiva a los espíritus sosegados y, a la vez, mundanos. Limpia, entrañable, incondicional, viene a ser parada obligatoria para viajeros que convergen en esta encrucijada de caminos. Olvidada -orográficamente rota- su fortuna ha sido crear esta entidad apasionante. Por puro azar conocimos a una cántabra deportista, extrovertida, campechana. Espléndida. Era la mujer del alcalde y diputado convergente. Cierro el párrafo con elogios a Arties y Salardú, dos magníficos pueblos gemelos con vitola de alta montaña. 

Bajamos serpenteando Bonaigua al tiempo que un grupo muy diseminado de ciclistas, algunas chicas poderosas entre ellos, subían purgando aquellos erizados repechos. Los esforzados, según supe después, iban de Tossa de Mar a San Sebastián. Acomodaban, asimismo, dos jornadas al Tour. Kilómetros más abajo, superamos Esterri D’Aneu y, a la altura del Pantano de la Torrassa, iniciamos la subida a Espot. Nos hospedó un hotel cuyos propietarios, Josep y Ana exudaban afabilidad. Una química especial entre ellos y nosotros se estableció al punto. Años atrás, los actuales reyes habían utilizado aquellas instalaciones. Sobre la repisa de recepción destacaba un testimonio gráfico que daba cuenta explícita del acontecimiento.

Entrada la mañana siguiente, con las manos expertas de Ricard coronamos, en Land Rover, el lago Grand d’Amitges (casi tres mil metros). Muy ufano, nos comentó que la bajada hasta el lago San Mauricio -quinientos metros de desnivel- era coser y cantar. Una vez reinstalado cada órgano en su sitio -la subida pedregosa fue una auténtica batidora- emprendimos la bajada por un sendero, medio metro de anchura, que recorrimos casi despeñados. El paisaje era espectacular. Nuestros ojos iban de arriba abajo. Franqueamos miradores, cascadas y variada orografía -siempre uno tras otro- hasta llegar al lago San Mauricio. Todo un remanso de paz. Extraordinaria experiencia. Desde allí a Espot nos bajó María, una valiente conductora.

De regreso a Valencia, pasamos Sort, Artesa de Segre, Tremp, Cervera, Igualada (aquí hicimos noche) y Montserrat, cuna del nacionalismo. Comimos en Monistrol, base del aéreo, y con las primeras sombras del quinto día pusimos final a nuestro peregrinaje que supuso una vivencia inolvidable.

Durante el viaje nos enteramos de los acontecimientos que afectan a la familia Pujol; un padrinazgo de película. No me causó ningún asombro porque, conociendo un poco la Historia de España, de sus gobiernos y de sus gentes, puedo esperar cualquier cosa de unos políticos que han conformado en cuarenta años un monumento a la rapiña y a la corrupción sin límites. Pareciera que les faltara tiempo para generar su particular agosto, para atesorar un futuro bochornoso. Todo con el plácet, si no complicidad, de un pueblo indulgente que excusa la devolución de lo robado y alivia la cárcel para sus autores. Esto se desprende, al menos, de las reacciones ciudadanas.

Sí, a lo largo del periplo me he asombrado. Me han asombrado los paisajes soberbios, inigualables. Me han asombrado, sobre todo, las gentes que hemos conocido. Amables hasta extremos insospechados. Fácil la sonrisa. Siempre de oreja a oreja. He visto esteladas, sí. Pocas, pero algunas. Sin embargo no me encontrado con nadie que hiciera del nacionalismo, incluso moderado, bandera y menos bandidaje. Sin duda, pese a Pujol y no por él, ha sido un viaje asombroso.