viernes, 27 de marzo de 2020

RASGAR Y HACER AÑICOS


Objetivo fundamental de mi actividad docente (casi cuatro décadas) era conseguir entre el alumnado que fueran capaces de vislumbrar el presumible trasfondo en proposiciones aparentemente triviales o absurdas dichas por un compañero. Es natural -al igual que en una caída- la hilaridad más o menos contenida ante respuestas, tal vez interrogantes, que consideramos fuera de toda justificación. El hecho, amén de revelar cierta prepotencia, ligereza y crueldad, ridiculiza al protagonista atribuyéndole además (aun sin quererlo) rasgos poco amigables cuando no tendenciosos e inciertos. Porque, lo mismo que se aprende más de los errores que de los aciertos, siempre puede encontrarse, al menos, una pizca de agudeza en las expresiones previsiblemente esperpénticas. Enseñaba y aprendía, como un ejercicio participativo e interdisciplinar, a ser tolerante, comprensivo, con quienes están alejados de nuestros esquemas mentales. 


Fuera de mi ministerio, he intentado llevar a la práctica con toda severidad y honradez dicha pauta social -ese meterte en la piel del otro- que se aprecia flexible, amistosa. Sin embargo, no siempre uno es capaz de arrancarse el poso primitivo, congénito. Según Bobbio, la ley natural prescribe buscar la paz. Eso justo me ha pasado a mí. El sábado veintiuno al extenso mitin de Sánchez lo dejé sin sonido; al del día siguiente, apagué el televisor. Dado mi carácter conciliador, concienzudo, jamás pude imaginar que llegaría a medidas tan contundentes, pero es que el personaje, ante tanta desfachatez y petulancia con la que está cayendo, merece cualquier respuesta por desdeñosa que sea. Estar encerrado ya casi dos semanas mientras uno de los culpables (Sánchez y el virus) monopoliza las televisiones, imitando al rey, para no decir nada salvo echar culpas a todo bicho viviente, me reverdece el poso originario en dos sentidos: hostilidad infinita y rebote iracundo.


Mi escepticismo sempiterno, inquebrantable, aderezado con ingredientes eclécticos, quería plantearse cuáles fueron las razones que llevaron a Sánchez a decretar el Estado de Alarma con tanta dilación. Porque, a su pesar, el veinticuatro de febrero un informe del Departamento de Seguridad Nacional (DSN), manifestaba: “Según las estimaciones del Centro Europeo de Control de Enfermedades (ECDC), el riesgo de que se produzcan brotes similares al que está teniendo lugar en Italia, en otros países de Europa, se considera medio-alto. Si esto ocurriera en España, tenemos mecanismos suficientes de contención que incluyen protocolos clínicos, una red asistencial y de salud pública coordinada y capacidad suficiente para el diagnóstico y tratamiento de los casos”. Con anterioridad, no se tomaba ninguna cautela ni filtro previsor a viajeros chinos e italianos, se permitió (seis, siete y ocho de marzo) jugar la Liga Nacional y la manifestación feminista del día ocho. Todo, en loor de multitudes, para encomio de los jefes.


El último renglón de lo expresado por el DSN -una excelente cuchufleta- me produjo tal carcajada que mi señora acudió inquieta, tensa, donde yo estaba. Quién mentía con tanta chispa, ¿el Departamento, Sánchez o los dos? Desde luego, el presidente seguro a tenor de sus múltiples antecedentes. Un servidor (y supongo que millones de españoles) no necesita prédicas del gobierno; tampoco de subalternos y medios satélites cuyas nóminas dan cobertura a periodistas, tertulianos y esbirros diversos. Desde hace tiempo predigo, adelanto, sus mensajes sin esfuerzo; el resto, siempre que sean ciudadanos no dogmáticos, al menos tienen “la mosca tras la oreja”. Sin duda, el poshumanismo trocó todo cimiento divino de la autoridad hacia una visión del estado civil como cuerpo político. Surgen las Constituciones y regímenes democráticos bajo el predominio burgués, aun perviviendo, que los modela con matices ponzoñosos, desaprensivos. 


Howell mantenía que el estado melancólico lleva irremediablemente a la licantropía; es decir, al momento en que, según Plauto, el hombre se convierte en lobo para el hombre. Nuestro gobierno, espina dorsal del Estado, está melancólico; se ha tornado salvajemente peligroso para los españoles. El análisis nos lleva irremediablemente al Leviatán de Hobbes, quien deja una puerta abierta para que individuos y Estado puedan recobrar la compostura pese a sus divergencias casi irreconciliables. Hobbes, en teoría, resuelve dicha situación planteando la soberanía como hallazgo terapéutico. Hablamos del siglo XVII y todavía padecemos coyunturas similares, transgresiones y abusos por parte de un poder desaforado, degradante. Dicen que la esperanza es lo último que se pierde, pero este gobierno concede pocas expectativas al optimismo. En solo dos años ha dado muestras suficientes para desterrar cualquier aliento.


Superado con creces el margen de espera, abandonada la cuota candorosa, ingenua, que toda sociedad permite al poder, es hora (dejando aparte, suspendidas, las muchas cuentas pendientes que cortejan este instante crucial) de exigir respeto y ascendiente democráticos. Reclamamos verdad o silencio; que se deje la proclama, el panfleto, el eslogan, exclusivamente para los que gusten del estrado electoral, mitinero, donde cada cual dispone de un cheque en blanco. Sin embargo, gobierno, grupos mediáticos perjuros y comunicadores fervientes, ejercen la falacia -a veces medias verdades o mentiras pueriles- desorientando a la sociedad y corrompiendo nuestra soberanía. Precisamente quienes se exceden evocando una democracia plena, son los que pisotean sus fundamentos originarios. Maquiavelo, en el siglo XVI, afirmaba: “La política es el arte de engañar”. Quizás escape al criterio general que cinco siglos después nos encontramos igual o peor, agregando además la complicidad maliciosa de bastantes medios.


Dentro del acuerdo tácito para unir esfuerzos contra la terrible pandemia, hay demasiados hechos sometidos al hermetismo oficial. ¿Escondía Sánchez información sobre el peligro real del coronavirus antes del 8-M? ¿Por qué, al parecer, Interior pretendía ocultar datos referidos a incautación de material sanitario? ¿Es cierto que diputadas socialistas analizan el coronavirus con perspectiva de género? ¿Por qué se advierte que el gobierno central dedica todos sus esfuerzos a culpabilizar en exclusiva al gobierno de Madrid para ocultar responsabilidades e inutilidad propias? ¿Por qué presidente y ministros hablan cual cotorras para no decir nada? Sánchez e Iglesias terminarán sin crédito; uno por irresponsabilidad, por arañar el delito con diferentes visos, y otro por apostasía ética. 


Pete Townshend, era el extraordinario guitarrista de la famosa banda The Who cuyos conciertos gozaban del aplauso mundial. En cierta ocasión, derrochó tanto entusiasmo que le llevó a romper su guitarra ocasionando un efecto fascinante. A partir de ese momento, destrozar la guitarra era el broche de oro en cada gala. Figuradamente, España conforma una guitarra cuyos ejecutores no saben rasgarla, son incapaces de ejecutar ninguna melodía. Hacerla añicos -espectáculo triste, vergonzoso, caro- es lo único que se les ocurre para obtener alguna ovación, para aferrarse al extravagante (a la vez que siniestro) “centelleo” de su exiguo currículum. 

viernes, 20 de marzo de 2020

NECEDAD, EQUILIBRIO Y OBCECACIÓN


Vivimos tiempos extremadamente convulsos, pero tenemos la experiencia histórica de que casi siempre hemos salido de ellos reforzados. Me inquieta, asimismo, el manejo indiscriminado del poder político en perjuicio de una democracia que se ve así adulterada, cuando no prostituida. España presenta gravísimas lagunas en el proceso de aprendizaje. Debido a múltiples y diferentes causas, no aprenden las élites reñidas con el bienestar ciudadano, pero tampoco lo hace el común que prioriza su ensimismamiento, su mundo reducido e inconexo, mientras frena el bienestar general. Algunos reparten por igual flaquezas y negligencias, hasta nulidades. Además de estéril, no es justo que pueda hacerse entre gobernantes y pueblo una comparación suelta, perversa, sin ningún matiz compensatorio a favor del último. El sistema democrático, aquí bastante indigente -quizás figurativo- distribuye cetros y custodias de forma arbitraria, castigando al vulgo que ve reducida su contribución a introducir una papeleta en la urna cuando lo decretan.


Habitualmente, los acontecimientos muestran, de modo manifiesto, una necedad ostentosa, inagotable. Mis amables lectores, ocasionales o consolidados, saben la actitud distante, áspera, que despliego hacia el colectivo político (sin excepciones) desde un cierto nivel hasta la cima. Llevamos semanas en las que diferentes cargos de la plantilla gubernamental, incluido el propio presidente, caminan desorientados entre mentira y mentira atiborrada de magia frustrante. Jamás pude imaginar que predicadores de las virtudes éticas, de la veracidad, pudieran ser presuntos responsables, deliberada o involuntariamente, de cuantiosas muertes y pérdidas milmillonarias. Al ciudadano, incluso provisto de fe contumaz e inconsciencia, le sorprende que el día ocho hubiera pocas incertidumbres sanitarias y veinticuatro horas después aparecieran por el horizonte nubarrones negros, tormentosos. Constituye la prueba mejor, el principio indiscutible e inexorable, de que somos sus siervos, sus cobayas de ingeniería social. 


Tras China e Italia, hay que ser muy necios para despreciar las experiencias acumuladas por ambos países. Es la prueba axiomática, ineludible, de que nosotros solo aportamos credenciales para manipular el poder y su gozo. Conforman el dominio pleno, antojadizo, en una democracia infecta, desahuciada. Algunos alcanzan un grado de cinismo e incoherencia tan prominentes que resultan impenetrables. Destaco a un desertor de la incursión anticasta. Pablo Iglesias, antiguo miembro de la trinchera antisistema, cuya voz era martillo de herejes asentados en las indulgencias del régimen, se ha transformado por magia potagia en santón bendecido por la casta. Hoy ha aparecido (nunca mejor dicho) junto al señor Simón haciendo alarde de una inutilidad contagiosa (el colmo del personaje), pues sus palabras pudo hacerlas cualquier otro miembro del ejecutivo con menos afán de protagonismo, parvo en arrogancia y sin tener que observar ninguna cuarentena. ¿Somos todos iguales? A otro perro con ese hueso.


Aunque mereciera juzgarse como descubrimiento científico o social -y no lo es porque resulta ratificado desde los albores- que todo estado de estulticia genera el aplauso o la adscripción de medios (aparte esa “intelectualidad” artística, cómica y cinematográfica) necesario para congeniarse por prurito progre, aun óbolo sustancial, básicamente con el poder de izquierdas. También las derechas exploran parecido sendero subvencionado atraídas por la inercia velada de auténtico pavor al calificativo. Medios y comunicadores específicos, días atrás reiteraban incontinentes, ávidos, asilvestrados, que el coronavirus no pasaría de gripe normal y que en abril nos habríamos olvidado de él. Alguno, divulgativo, quitó importancia al tema afirmando que curaría el noventa y siete por ciento de infectados. Ferreras con rotundidad llegó a afirmar: “El miedo cierra el Mobile World Congress”. Hoy, todos ellos afectos de mayor incontinencia, avidez y fiereza, exhortan a la observancia del confinamiento sin encomendarse a dios ni al diablo. ¡Hipócritas!


Dicen que cuando llega una situación infausta hay que unirse para bregar juntos y vencer la adversidad. Debiera ser lo lógico y establecido, pero para todos. Recuerdo dos escenarios espeluznantes, miserables, con Aznar y uno con Rajoy. Aquel sufrió el chapapote y el 11-M; este la plaga del Ébola. En todos los casos, nuestra izquierda patria (extrema o menos) encabezada por un PSOE oportunista, desleal, hizo virguerías para sacar provecho político de las desgracias ciudadanas. Ahora, con el país en estado de confinamiento reducido a sus sinónimos: cautiverio, prisión, encarcelamiento, cautividad, quieren sacar rédito de su torpeza y negligencia echando culpas a los recortes que realizó el PP por desbarajuste del “ínclito” Zapatero. Madrid se ha convertido en foco disuasorio y de distracción popular. La izquierda, pese a la propaganda, a la pretenciosa hegemonía moral, exhibe una secular ausencia de ética y estética públicas.


Pese a los precedentes, la oposición practica una política que trata de ajustar su papel discrepante con el que recomienda esta brusca situación de zozobra nacional. Dicho trance obliga a PP, Ciudadanos y Vox, a posponer legítimas pugnas contra el gobierno en aras al encaje que exige el momento. Guardándose viejas rencillas, por qué no frágil desquite, Casado se pone al servicio del país auspiciando un equilibrio estable en lugar de desplegar el despecho censor para sacar rédito político. Hasta Vox que ha sufrido el vituperio desmesurado, altivo, (a veces grotesco), ha hecho gala de relego y mesura. Resulta curioso que sea el propio gobierno, responsable del desquiciamiento actual, quien pretenda obtener encima frutos que -a lo sumo- debieran ser amargos. No imaginaba siquiera que iban a aparecer cada día distintos ministros repitiendo naderías sin solución de continuidad. TVE, siguiendo la farsa, dijo ayer. “El coronavirus ha reducido la crisis del cambio climático”. No encuentro adjetivos y lo prefiero porque me dispararía.


Estar encerrado, prisionero -véase la acepción dos en el DRAE- (como todos ustedes) por culpa de unos villanos incompetentes, me produce una indignación -para no desbarrar- especial. Creo recordar que, asistidos por esa enorme caja de resonancia mediática puesta a su servicio, PSOE y Unidas Podemos conformaban el gobierno progresista (percibo que esta caterva da al verbo “progresar” un significado privativo) que iba a sacar a España del retroceso económico y social a que le condujo el nefasto gobierno de Rajoy. Analizando el asiento contable de la época Sánchez, sus respectivos haber y debe, presumo que no quede sitio para ningún jolgorio, ni comparación. Si añadimos el viacrucis del coronavirus, albergando toda caridad, habremos de admitir que su gestión es catastrófica. Constituye la secuela de preferir el personal manejable, doméstico o domesticado, al prestigioso. Sin embargo, siguen obcecados con la proclama, el reclamo, como si fuéramos medio bobos y, a lo peor, tienen razón si tenemos en cuenta los resultados electorales y las expectativas socio-métricas de futuro. 


Obviamente, hoy (séptimo día de prisión) muestran un desinterés ultrajante; paguémosles con la misma moneda. Este pueblo nuestro, jamás aprenderá la lección.

viernes, 13 de marzo de 2020

TEMOR, ODIO Y HARTAZGO


Parece evidente que las sociedades iniciales no fueron constituidas por el hombre ser ontológico, puro, incomunicado, sino por sus sentimientos y emociones; en definitiva, por su intencionalidad e interdependencia. Conforma así grupos cuya constitución, normas y estudio ha sido una constante estricta. Desde esta perspectiva, se cree clave el análisis del comportamiento humano en relación con el otro. Norbert Elias mantiene que la sociología debe centrarse en los procesos de cambio y no en consideraciones estructurales estáticas. Por este motivo, establece una evolución histórica desde Platón (con “hombre aislado”) hasta Weber para quien el hombre es la única realidad y las instituciones son construcciones artificiales. Mantiene, además, que la sociedad no está sometida a ningún poder ajeno o extraño a ella misma. Cuando el hombre se abre al conocimiento objetivo, a la alternativa, al otro, surge en él un instinto gregario.


La sociedad no puede considerarse núcleo, constituye una adición; es decir, el individuo único, intransferible, se une a otros por diversas motivaciones para conformarla. Así visto, el ser prioriza al grupo y no viceversa. El “hombre sociológico”, según Elias, “es una creación de las doctrinas colectivistas que predicen una homogenización entre los hombres que ellas mismas, con burdo holismo (supremacía del todo sobre sus componentes), contribuyen a crear. Las teorías del progreso ven una especie de banda transportadora donde cada producto se dirige automáticamente hacia su destino”. Dos de aquellas motivaciones que “determinan” los atributos y dinámicas sociales son el temor y el odio. Decía Gabriel Kessler: “El sentimiento de seguridad es retrospectivo; se va reconstruyendo”. Igual ocurre, por la misma razón, con el de inseguridad significando ambos un motor primordial en las perturbaciones sociales. A la vez, aventaba André Glucksmann, “el odio se difunde hasta convertirse en una patología colectiva”. 


No obstante, existen otros impulsos -acaso menos universales- que agrietan de forma significativa la estabilidad de cualquier sistema sin considerar su bondad o maldad. El hartazgo, sensación posterior cronológicamente, participa en menor medida a la hora de generar dinámicas consolidadas porque produce efusiones menos vigorosas que las anteriores. Cuenta, asimismo, con una masa jobniana, amorfa, indolente, cuando el escenario le pide esfuerzo y rigor. El hartazgo, al final, supone una sensación desabrida, bronca, pero casi siempre inmóvil, estéril. Algunos sociólogos superponen política con cultura, base (esta) de la sociedad primigenia. Alain Brossat manifestaba: “No precisamos un arte progresista pavimentado con las mejores intenciones políticas y morales del mundo. Al contrario, precisamos un arte de ruptura que proclame el vacío de la situación presente”. Los medios, cómplices en la distorsión del poder, colaboran al hartazgo masivo que causan políticos arrogantes, presumidos e ineptos.


No podemos descartar que la sociología especulativa de los últimos siglos haya reforzado diferentes doctrinas políticas en una interacción efectiva. Eran otros tiempos y otros protagonistas. Hoy -obsoleta, fracasada- la ideología ha sido arrinconada por los partidos políticos cuyos gurús (Pedro Arriola, José Félix Tezanos e Iván Redondo, entre otros), “expertos” en ciencia política y consultores, importunan al ciudadano con técnicas de mercadotecnia. Aparte vicios, trapicheos e injurias, dichos especialistas patrios, que han canalizado la práctica gubernativa los postreros años, vienen mostrando serias carencias por abjurar de sus ilustres maestros. Estos ocupaban vidas enteras en analizar sin interés qué catalizadores aportarían alivio o corregirían los múltiples desperfectos ocasionados por una convivencia no siempre apacible. El objeto central de sus esfuerzos, a caballo entre psicología y sociología, era el individuo visto como elemento privativo, pero con aptitudes que le permiten cohabitar en grupo.  


Estos momentos de agobio, de crisis, son conducidos por manos rudimentarias, inexpertas, casi estúpidas. Unos y otros dan sobradas muestras de cuáles son sus verdaderos objetivos pese a tanta palabrería penetrante, seductora, pero insustancial. Importa poco que el liderazgo lo ejerzan individuos titulados, con mayor o menor sustrato intelectual (tal vez sentido común), si luego se dejan arrastrar -sin exhibir ningún propósito de enmienda- por afectos espurios. Rehúso instalarme en tiempos pretéritos para examinar prácticas similares. Me ciño a tiempos próximos en que prebostes y responsables máximos juguetean a la ruleta rusa en cabezas ciudadanas, aunque sospecho que esta costumbre aterradora viene de lejos. Cómo olvidar a un Rajoy parsimonioso, abandonado, fiel asistente de Zapatero en sus políticas desnortadas, abstractas e inasumibles. Esa sumisión le supuso tres millones seiscientos mil votos y sesenta y tres diputados menos.


La diferencia nuclear entre sociólogos de vocación, dirigidos al conocimiento, y quienes practican una praxis ramplona despliega diferencias vertebrales relativas a valores que conforman realidades contradictorias. Analícese, verbigracia, las evoluciones que según Kessler cuaja el miedo en la sociedad y el mensaje agrio, belicoso, de Iglesias cuando desdeñosamente osó decir: “el miedo va a cambiar de bando”. Malo es que semejantes sujetos representen a millones de individuos con igual o parecida encarnadura, pero es insólito que formen parte de un ejecutivo cuyo mayor trofeo consiste en desgañitarse afirmando trabajar por el bienestar ciudadano. Afirmé tiempo atrás, y me reitero, que Sánchez a lo largo de dos años solo puede presentar como activo reconocible, peculiar, la exhumación de Franco. Las manifestaciones del 8-M y el comportamiento colectivo al demorado estado de alarma constatan que el pueblo español es mucho más responsable que su gobierno.


La desideologización motiva el nacimiento de bloques que luchan enconadamente por hacerse con el poder, a veces de forma ignominiosa, indescifrable, poco democrática. Estos intrigantes oportunistas, autodenominados políticos, repudian la eminencia, lo meticuloso, para arrojarse en brazos del fraude, del populismo y el eslogan tóxico. Temor y odio en los siglos XIX y XX eran pulsiones dinámicas, causas ordinarias -quizás subrepticias- de las agitaciones sociales. Hoy, con tanta ingeniería social, se han corrompido las acciones legítimas convirtiéndose en propulsor despreciable. Estos gurús actuales, que cargan con errores gigantescos, confían en el odio como aldabón crediticio y lo potencian desdeñando cualquier aproximación social. Semejante desprecio a la inteligencia y al sentido común del ciudadano causa disgusto, hartazgo, y consecuentemente desafección, caos electoral. Aunque el estado mayor no es consciente, diríjanse a Ciudadanos para cualquier pregunta; en menor grado, a Podemos y PSOE. Como en la banalidad del mal, atiborrar de miedo continuamente ya no produce efecto.


viernes, 6 de marzo de 2020

TENER HAMBRE Y SOÑAR CON BOLLOS


Nadie, que yo sepa, renuncia a sus raíces ni al rasgo cardinal acumulado con siglos de vivencias, en ocasiones perfectibles. Tal coyuntura, me lleva a reseñar frases que acuñan el sello vaporoso distintivo de cada pueblo o zona, algo así como una etiqueta que proclama su peculiaridad. Mis recuerdos juveniles, plantean genialidades hoy errantes si no prescritas. Una de tantas era: “tiene hambre y sueña con bollos”. Todavía ignoro si el mensaje pretendía asentar los pies en tierra a quienes quimeras y apetencias transportaban al mundo irreal ingeniado para compensar una realidad espantosa. Tal vez fuera la forma desdichada e inútil de sobrellevar la miseria material que mortificaba los cuerpos y que ahora moralmente atenaza las almas. Pudiera, además, contener aspectos de pura animadversión -en aquellos tiempos brumosos- hacia individuos que presentaban claras expectativas de futuro. 


Tener hambre física es un díscolo efecto instintivo que impulsa a nutrirse. Si se manifiesta de forma insistente constituye una enfermedad rara, una patología que produce en la lactancia hipotonía (falta de tono muscular) y dificultad para succionar. Ocasiona anormal funcionamiento del hipotálamo, responsable del equilibrio y de la producción de hormonas. Es decir, el hambriento pertinaz se convierte necesariamente en un ser famélico, desequilibrado y pobre glandular. Semejante tipología fisiológica coadyuva a provocar sociedades complejas, discordes, plurales en ámbitos inespecíficos. Dice Jovellanos: ”Los pueblos tienen el gobierno que merecen”. Objeto tal aseveración porque este siempre lleva en su fundamento -configurando su ADN- la corrupción artificiosa, impúdica, de la sociedad. Jamás puede lograrse nada bueno cuando el origen viene determinado por un impulso corrupto. 


Sí, el prodigioso (por mediocre, cismático y hostil) gobierno de ¿coalición? social-comunista, proporciona ministros con hambre de siglos. Algunos, incluso, muestran voracidad por distinguirse del tropel ya que su ego exige un plus de distinción, de especificidad. Desprecian ser número, quieren cualificación aunque se conformen con una realidad menguada. Esta paradoja inoportuna, de momento si no a plazo inacabable, introduce un malestar permanente, existencial. He aquí la razón que les lleva, advirtiendo el raquitismo de Sánchez, a encarecer su apoyo. Pese a los intentos que hace el círculo íntimo del presidente -probablemente bajo su auspicio- por restar lucimiento a Podemos, Iglesias se rebela contradictorio y saca la lengua a pasear procurando avenir incoherencias notables con estratagemas arcaicas. Debemos reconocer con qué pericia realiza maridaje tan poco afín. Si fuera es peligroso, dentro del gobierno es letal.


Iglesias tiene hambre insaciable desde hace tiempo, pero no se ajusta a las pautas del hambriento recalcitrante. Exhibe, sustituyendo la presunta hipotonía, una formidable (a la vez que preocupante) musculatura política mientras, lejos de aquella dificultad para poder succionar, se agita inquieto, vivaracho, conformando ese género humano que alguien adscribió a la especie “chupóptero”.  En él, hambre y evocación son magnitudes inversamente proporcionales, pues ayer era “martillo de herejes” mientras hoy apostata de su fe primigenia convirtiéndose en mercenario ateo. Sospecho que siempre ofició por interés sin sufrir trueque ni merma; tampoco involución más allá de una apariencia a todas luces falsa. Personifica, o mejor materializa, el talante hediondo, infecto, con que la Historia retrata a los líderes comunistas más dañinos. Sorprende cómo después de descubrir su jugada, algunos ya lo advertimos tiempo atrás, sigue atesorando un suelo electoral relevante por inmerecido. “Vendeobreros” es epíteto irrefutable, pero suave. 


Pulsiones democráticas y salvaguardar la libertad de expresión, pruritos que galantea con obsesión, las pierde (a buen juicio, nunca formaron parte de su patrimonio personal ni político) al momento en que alguien le contraríe. Suele ver la paja en ojo ajeno, pero no la viga en el propio. Muestra tics perturbadores aun sin poseer ese poder que hambrea y exuda desahogado por cualquier poro. Mendigando influencia, ilusorio el codiciado caudillaje tiránico, manifiesta intensos deseos de encarcelar a periodistas incompatibles que airean sus contradicciones e inconsistencias. Asimismo, de forma sibilina también manifiesta el mismo empeño con Casado. Estos profundos anhelos me recuerdan el terror “antiséptico” utilizado sin remisión, cruelmente, por Stalin. Sus propios compañeros de ejecutivo han saboreado sonoras salidas de tono: “En las excusas técnicas creo que hay mucho machista frustrado”, dijo a propósito del retraso sobre la ley del “solo sí es sí”. Se enseñorea hambriento y cínico, dos características despreciables en cualquier político. 


Sánchez debe preguntarse con infinitos signos de interrogación cómo ha llegado a La Moncloa. Ambición le sobra, pero es el paradigma de aquellos voraces antañones (hoy redivivos) a quienes, dada su indigencia, tenían que asentarles los pies en la tierra para reducir su exacerbado onirismo. Pese al acontecer deportivo que notifica, observamos cierta hipotonía (tal vez forzada) que afecta a su musculatura política, aunque no le hace mermar la actividad succionadora. Realiza un sinfín de contorsiones para complacer a independentistas y constitucionalistas sin encender ningún fuego purificador. Exterioriza ser un jugador ventajista ya que aprovecha los tiempos dulces, benéficos, para llenar espacios informativos y telediarios. Sin embargo, cuando vienen mal dados esconde la cabeza bajo tierra -cual avestruz temeroso- imitando una huida vergonzante. Prefiere protagonizar lucimientos, sin compartirlos con nadie, a la vez que capea fracasos exponiendo peones al reproche ciudadano entre evidentes rasgos de aprensión e irresponsabilidad.


Ciertos medios caben, del mismo modo, en el epígrafe y procuran reparar su hambre activando programas burdos, triviales, o adoctrinando machaconamente al personal. Todo esfuerzo es poco para rentabilizar la cadena. Defienden a ultranza una libertad de expresión sui géneris, particular, y utilizan hasta el desprecio un maniqueísmo selectivo. No hace mucho, la portavoz popular -Cayetana Álvarez de Toledo- levantó enorme polvareda, incluso en sus propias huestes, con la frase: “La Sexta está haciendo negocio con la erosión de los valores constitucionales”. Dos puntos se han esclarecido una vez disipados exégesis y desahogos. El primero cuestiona qué grado de implicación mantiene Ferreras con la libertad de expresión ajena; pues se permite masacrar al PP, pero no admite su respuesta. El segundo descubre la inopia de Núñez Feijóo y Moreno Bonilla al ignorar que Álvarez de Toledo, aparte razones o sinrazones, pretende cortar el cordón umbilical que une al PP con infinitos complejos y apocamientos. La defensa de Casado debe aportar cambios reales en actuaciones futuras, aunque vacilo si fue por propia firmeza o incitado por Vox.


viernes, 28 de febrero de 2020

MEDITACIONES EN TORNO A VOX


Confieso que tengo predilección por ver en la Sexta (al rojo vivo) los debates políticos. Al mismo tiempo, manifiesto que no comulgo con el presentador ni con los tertulianos habituales porque, para ser presuntamente marxistas, la “dialéctica” brilla por su ausencia. Desde luego, niego ser masoquista y pretendo únicamente constatar que ellos, sin otro incentivo, sin propósito de enmienda, abrazan una marcada trinchera absurda, un maniqueísmo necio y contrahecho. Observando cada día el talante del presentador, asimismo polemistas de igual o similar sesgo, podríamos asociarlos a una frase que escuchamos en la película Alacrán enamorado: “No le gustas, pero no te odia. Esa es una diferencia que un nazi como tú no entiende”. Así es, solo nazis, totalitarios, alimentan odios hacia personas ajenas a sus convicciones o afectos. El resto asume con delicadeza discrepancias, inquinas, sin obligarse por ello a triturar la concordia social.


Sin embargo, en este mundo caótico siempre encontramos un porqué; nada sucede porque sí, aferrado al acaso transitorio, contingente. La política, como otros sistemas dinámicos deterministas, tiene como comportamiento rígido, perenne, el ciclo causa-consecuencia por lo que un lance actual determina definitivamente el futuro. La plataforma televisiva mencionada, arremete (retiro embiste, mi primera intención, para ofrecer un vocablo generoso) sin tapujos, mientras utiliza vergonzosas estrategias, contra Vox, PP y Ciudadanos. Vox, sin contar adversidad ni estrella, siempre queda bautizado de extrema derecha con atributos tendenciosos, repelentes. Cuanto menos antidemocráticos, si no le auguran invariablemente cara al ciudadano un futuro aterrador, sangriento, inhumano. Con PP el diapasón baja varios tonos porque sería poco creíble que se le acusase de antidemócrata, u otros epítetos ominosos, cuando su devenir gubernamental ha coronado con suficiencia, sin ostentaciones, el examen preceptivo. Otros, ni por apuesta. 


Ciudadanos, según (con)venga, recibe el aplauso más lisonjero o la andanada menos justificable que socaba su ya hundida imagen. A veces interesa aglutinarlo con la derecha y la “extrema derecha” para envenenar el aura de centralidad que exhibió en su génesis y que sustrajo votos al PSOE, consiguiendo un éxito notable. Coyunturalmente, con el mismo impulso, prodigan, encarecen, sus esencias moderadas para ver si confundiendo envoltura y sustancia abomina de Vox. Si la izquierda consigue ese triunfo se eternizará en el poder porque habrá abierto una fisura de imposible conciliación en la derecha. Mantuve meses atrás, y me sigo manteniendo, que la crisis de Ciudadanos (como airean medios cuyo pie tullido conoce el común) no se produjo por su negativa a apoyar al PSOE, no; fue por asumir un comportamiento displicente con Vox y poner en jaque a gobiernos autonómicos, como lo prueba el aumento de votos conseguido el 10-N por dicho partido.


No hay día en que la izquierda gubernamental, pedrista concluyente o extrema, junto a sus acólitos independentistas (catalanes y vascos), reprima su virulencia dialéctica contra Vox. Decía Tennessee William: “Creo que el odio es un sentimiento que solo puede existir en ausencia de toda inteligencia”. La frase merece hacerse extensiva a cualquier intento de vituperar, deslucir, al rival; incluso ubicándose más allá del presunto eje de simetría, como sucede con Podemos. Al final, ese dardo certero se complementa por la efectividad que producen los complejos de PP y Ciudadanos cuando se les mienta alguna iniciativa de maniobra con Vox. Deduzco que todos, sin exclusión, sienten un temor indomable a que seduzca al electorado, menos afín inclusive, por coherencia; esa cualidad tan extraña, desde hace algún decenio, en el quehacer político. PSOE, PP y Podemos al último segundo, quieren pescar sin mojarse posaderas ni chapotear la ética pública. Tal proceder, y el hartazgo del individuo, traen consecuencias.  


El eslogan tóxico por excelencia, proveniente del PSOE, insiste en que PP y Ciudadanos pierden “su virginidad” cuando pactan con Vox. Sin embargo, Sánchez acepta a Podemos “como animal de compañía” para que no se lleve el juego monclovita. Además, suscribe la comitiva formada por independentistas y Bildu que desempeñan un papel vertebral dentro del escenario gubernativo. Todo esto y más, sin pestañear, haciendo gala de cinismo y palabrería sin límites. Dentro de unos meses cumplirá dos años al frente de la Moncloa y, en puridad, lo único que ha hecho es desenterrar a Franco. EREs, indicios o presentimientos de nepotismo, derroche, bloqueo de diversas comisiones, abusos, oscurantismo, etcétera, etcétera, llegan a calificarse de pequeños escollos propios de cualquier democracia. Incierto. Tal vez lo fueran si confrontáramos lo expuesto con la probable quiebra de la unidad nacional, arrinconar una solidaridad autonómica aventada, acuerdo para romper la caja común de la Seguridad Social y, sobre todo, el abierto intento de controlar las distintas ramas del poder judicial en cualquier actuación o esfera.


Sí, Vox surgió por la indigencia de un PP apático, desideologizado y débil. No es un partido ultra, extremo, ni populista; auspicia una ideología conservadora con el objetivo de oponerse con rigor y firmeza a una izquierda, más o menos socialdemócrata, que ha fracasado en Europa. Encima, a día de hoy, mantiene impoluta la inocencia ética y estética negada para el resto de siglas. Probablemente ahí estribe la razón que les asiste para enlodar su temprana existencia. El aparente aprecio mostrado por Marine Le Pen, presidenta de Agrupación Nacional, y Mateo Salvini, secretario federal de la Liga Norte, felicitando a Santiago Abascal por su éxito electoral, no implica necesariamente ninguna afinidad previa o posterior. Cierto es que medios concretos advierten aproximaciones irrefutables cuando niegan, con mayor vehemencia, acciones de mutua devoción entre siglas oriundas y regímenes iberoamericanos dictatoriales. C´est la vie.


Vox no está contra las agresiones a mujeres, impugna la terminología oficial y los chiringuitos que patrocina, porque hay diferencias astronómicas entre dichos y hechos. Tampoco es verdad que tenga actitudes xenófobas o racistas cuando propone con preferencia una migración razonable, sensata y legal. El mal llamado pin parental es la defensa matizada del derecho a las libertades individuales y familiares, mientras se opone a la dominación y manipulación que intenta llevar a cabo la izquierda materializada aquí por un gobierno social-comunista, totalitario. Tutela y justifica, con entraña democrática, una Constitución que ha traído cuarenta años de paz. Respecto a su pugna contra el Estado Autonómico, le auguro millones de apoyos (al menos tiene el mío) y la prueba taxativa es que ningún partido político se atreve a proponer un referéndum para aprobar o no su supervivencia. Desde mi punto de vista, Vox ni es fascista ni extremado; es un partido que defiende con ardor principios estimados y que algunos desprecian, combaten, porque interesa destruirlos. Esto, y una ambición desmedida, lleva a los autores -en un tótum revolútum- a calificar postiza e indignamente a toda la derecha como el trifachito, que no derecha “trifálica”. Por cierto, ¿qué proceso intelectivo o emocional le llevaría a usar semejante vocablo? me pregunto.

viernes, 21 de febrero de 2020

BIPARTIDISMO Y TRICEFALIA


No existe mejor razón ni enmienda que la propia realidad, a veces tozuda pero siempre clarificadora. Ocho quinquenios de sistema democrático, o su placebo, avalan cierta autoridad para analizar dicho tiempo de convivencia escasamente fructífero y equilibrado. Cierto que pudo ser peor, pero solo el fanatismo sectario ve logros donde hubo, asimismo, notables frustraciones. Muchas, demasiadas; tangibles y -sobre todo- de índole inmaterial. Postergaron e incumplieron aquellos augurios prometidos, cual maná renovador, y que terminarían por llevarnos a una tierra ilusionante, libre. Sin embargo, tardaron poco en perfilar un rumbo tramposo, endeble, corrompido. Desde el primer momento, algunos (aleccionados por la Historia) vimos bruscos movimientos maliciosos, adivinatorios. A costa de infinitas ansias emancipadoras, nos colaron de rondón apartados constitucionales que debieron profundizarse con tiempo y sin ventajas adscritas a supuestos peajes consignatarios.


Mi escepticismo irredento me permite preguntar: ¿puede admitirse que algunos tengan libertad para hablar sin límite de cambios constitucionales mientras a otros se les califique, conculcando la suya, por sugerir algún tema delicado a fuer de atentatorio, según los primeros? La izquierda, extrema o no tanto, refuta, mostrando aparentes fundamentos, cuestiones vertebrales de unidad nacional y monarquía. No obstante, insultantes, corrosivos, escupidores (aquí, todos menos Vox), etiquetan a quienes alegan la inviabilidad económica del Estado Autonómico. Aquello perturba únicamente a espíritus sensibles, patriotas -o patrioteros, al decir de personajes adictos al púlpito- y a una familia con ¿derechos? ancestrales. El marco autonómico, tortura a quienes pretenden refugiarse en el presupuesto público sin importarles a qué costo social. Soy partidario de la descentralización administrativa, pero reniego del atropello y derroche que encierra el autonomismo. Defender la unidad nacional e institución monárquica encaja para conformar un debate de praxis histórica.


“Finalmente aceptamos la realidad acaso porque intuimos que nada es real”, sentenciaba Jorge Luis Borges en algún momento de circunspección y desconfianza. Sospecho que España está plagada de individuos cuyo talante se asemeja, hasta confundirlo, con el del célebre escritor argentino. Nuestro aborigen pudiera, además, encontrarse inmerso en anguloso fatalismo, tal vez acomodada indolencia. Estos polvos habilitaron el fraude consentido cuando nos han dado gato por liebre. Pedimos democracia y la farsa ha dejado una cleptocracia efectiva, incluso carísima, asfixiante. Prefiero evitar nombres porque la lista sería interminable y porque el común es consciente de quienes firman su contribución, especialmente. Como maliciaba en anterior reflexión, no hubo solución de continuidad entre carroñeros extinguidos por un régimen y aquellos que afloraban con el venidero. Cambian los modos, pero penamos parecidos sinvergüenzas.


Suárez, pese a su cimiento ideológico, dio una lección de liberalidad democrática a especímenes que posteriormente exhibieron ascendencias antifascistas -etiqueta entonces y ahora legitimadora- como si democracia y antifascismo no fueran con demasiada frecuencia divergentes. La gente comulga cada vez menos con ruedas de molino y empieza a advertir que fascismo (nazismo) y antifascismo son caras de la misma moneda ideologizada. Él trajo contra viento y marea el pluralismo político preciso para construir una verdadera democracia. Pese a todo, el tiempo degradó su obra y, a poco, aparecieron dos partidos autonómicos de derechas (CiU y PNV) junto al tópico tándem partidario (PP y PSOE) que falazmente representaba a vencedores y vencidos en la Guerra Civil. Ambos concedieron excesivas prebendas a CiU y PNV al tiempo que iban radicalizando sus posturas soberanistas. Por cierto, las izquierdas subsumidas en un bloque de intereses, siguen adscribiéndose al bando perdedor cada día renacido y renovado.


PSOE y PP, PP y PSOE velaron únicamente por sus intereses personales o gregarios olvidando de forma humillante a quienes decían servir. Nos llevaron a la situación actual permitiendo el adoctrinamiento identitario y lingüístico, trasfondo necesario del grave problema separatista que nos acucia. Además de conferir importantes traspasos correspondientes al gobierno central, educación y sanidad marcaron una línea que jamás se debió franquear. Ahora, sobre todo por parte del PP, utilizan un histrionismo inmoderado en vez de confesar su culpa alícuota y acometer un propósito de enmienda riguroso. En su lugar, tienden a lavar iniquidades de todo tipo sin corregir actitudes ni efectos. A lo largo de casi cuarenta años, sin excusa ni pretexto, se han cebado en emponzoñar -con nuestra aclamación estúpida- aquel venero de libertad forjado no sin dificultades, pero ahítos de ilusión.


Este contexto lamentable puso fin al bipartidismo y a la necedad colectiva. Los españoles, no por agudeza sino por desconcierto y desesperación, buscan cual -enfermo desahuciado- soluciones alternativas a las rutinarias, incluyendo aquellas que exaltan medidas desacordes con eso inconcreto que llaman corrección política. Algunos, conocidos a través de la Historia, son temibles porque pretenden tiranizar la sociedad camuflando sus verdaderas intenciones. Cuando escucho a políticos o comunicadores (si son comunistas acérrimos) glosar con arrobo el sistema democrático y sus adyacencias, me entra una amarga hilaridad irrefrenable. Así, en esta coyuntura perpleja, nacieron Ciudadanos, Podemos y Vox. Seguramente, al final, el ciudadano se vinculó a Paul Auster cuando dijo: “La realidad no existe si no hay imaginación para verla”. Personalmente, pese a lo expuesto, desconfío de la imaginación nacional, pero los indicios de engañifa, de latrocinio, eran tan evidentes que pareciera milagroso consignarlos como desapercibidos. 


Semejante escenario, junto al absurdo proceder de líderes mediocres, ha traído la política de bloques y el acoplamiento de gobiernos imposibles. Me recuerda aquella ley física de fuerzas concurrentes cuya resultante era cero. En efecto, hemos conseguido un gobierno tricéfalo; es decir, acéfalo. PSOE, Podemos y ERC totalizan una mezcla heterogénea a expensas de intereses partidarios si no electorales. Los dos últimos jamás debieron llegar al poder. El primero -salvo sus líderes opacos, ya acastados-por esa vocación antisistema y el segundo por repudio a lo español. Cuando alguien manifiesta la unidad del mismo, constata a gritos su divergencia. No llevan dos meses y ya muestran grietas alarmantes. Discrepan en la reforma penal, política migratoria y despenalización de piquetes huelguistas. Lo mismo ocurre con el problema agrario; mientras unos intentan soluciones, otros ofrecen la sensata reflexión: “seguid apretando, lleváis razón”. Curiosamente, mientras se falsea una voz rigurosa en esta unidad quebradiza, hay ministerios que son la casa de “tócame Roque”. Sin ánimo peyorativo, el gabinete tricéfalo constituye otro esperpento nacional.

viernes, 14 de febrero de 2020

ROMA NO PAGA A TRAIDORES


Hace algo más de veintitrés siglos, Roma se veía incapaz de conquistar España por procedimientos ordinarios. Tenía que pelearse con multitud de tribus aborígenes que le infligían derrota tras derrota, desgastando sus imponentes legiones. Esta circunstancia le obligó a plantearse otras estrategias rentables e incluso definitivas. De entre todas esas tribus destacaba Lusitania que ocupaba el oeste de la península y el centro-norte portugués. Su caudillo, Viriato, representaba un auténtico obstáculo para conseguir los objetivos propuestos por pretores y cónsules. Idearon comprar con riquezas y honores a tres lugartenientes del adalid lusitano para que lo asesinaran alevosamente. Audax, Ditalco y Minuro, que así se llamaban los conjurados, mataron a Viriato una noche perversa mientras dormía. Cuando fueron a recoger lo convenido, Quinto Sevilio Cepión (cónsul de Hispania) los despidió con la frase: “Roma no paga a traidores”.


Hoy, pasados dos mil doscientos años, España sigue siendo agredida por individuos con ocultas (cada vez menos) intenciones. Roma equivale al poder cuyo icono máximo es La Moncloa. Ahora las tribus se han agrupado en ciudadanos votantes -y más aún contribuyentes- que diluyen sus emboscadas votando a partidos dispares cuya finalidad estriba en que ninguno sea capaz de auparse a ese palacio por propio impulso, sin necesitar la contribución imprescindible de judas dispuestos a conseguir las treinta monedas de plata. Cierto es que rebeldía e indolencia forman un tándem disparatado, insensato, entre estas huestes subversivas. Las hostilidades, ahora, son planificadas desde medios audiovisuales, sin ninguna solidez deontológica, encargados de conducir ante la urna a enfrentadas partidas combatientes. Cronos cambia, pero los procedimientos, esas fórmulas capaces de generar esperanza, ideal lejano (tal vez quimérico), siguen inmutables.


Aquellos rebeldes mal instruidos y peor pertrechados (ahora pueblo español) se habían conciliado a duras penas con el cónsul Rajoy, pese a numerosas voces calculadoras sobre su falta de integridad y de firmeza. Por este motivo, debía vérselas con varias tribus levantiscas. Sánchez, pretor que destacaba por embustero y fatuo, tenía experiencia constatada en el arte del fingimiento, del fraude. Aprovechó aquel principio jurídico romano de equidad y la traición de legiones peneuvistas, antes copartícipes de los presupuestos consulares, para prosperar en una moción de censura insólita e imposible a priori. Subido a lo más alto de la gobernanza, el ahora cónsul Sánchez, obligado por unos presupuestos rancios, inútiles, tuvo que iniciar nuevas confrontaciones con tribus menos peleonas que en anteriores contiendas. Tras adjudicarse una victoria pírrica, mal aconsejado e impertinente, arguyó la estrategia desconcertante de culpar a otras legiones la porfía combativa que proyectaba en segunda fase.


Así se emprendieron nuevos lances generalizados en los que las legiones de Ciudadanos quedaron casi exterminadas y las del PSOE y Podemos sufrieron bajas importantes. Esto contribuyó a la alianza “siniestra” del conglomerado en liza, a excepción de PP, Vox y Ciudadanos que conformaron el armazón de la “diestra”. Sánchez, cónsul explícitamente preferido ahora sí, tuvo que tragarse aquella arenga despreciativa aireada poco antes para estafar, una vez más, a legiones fieles o no tanto. Dicho escenario propició diversas acusaciones de presunta ilegitimidad debida a falacias innegables y sustantivas, aventadas por rivales con gran predicamento y nutridos partidarios. Sin embargo, la mayoría heterogénea cuyo único aglutinante es posicionarse junto al poder para conseguir prebendas, impide cualquier intento clarificador en las diferentes comisiones creadas aparentemente con ese fin. El porvenir se vislumbra bastante oscuro.


Las actuales legiones amalgamadas de ideología marxista (más o menos extrema) se han quedado sin cimientos consistentes una vez analizado con objetividad el acontecer histórico. Donde han sido hegemónicas solo han cosechado tiranía y miseria, razones de peso para denigrar su doctrina. Semejante sendero les ha encaminado a cambiar los principios originales y difundir otros ad hoc. El primero y trascendental es un odio acerbo, pero encubierto, velado, a las libertades individuales que defiende toda convicción liberal. Viene después, y sin solución de continuidad, la abstracción ribeteada con divergencias punzantes, agresivas, miserables. Cambio climático, feminismo ultra y memoria histórica, forman ese pedestal trípode que se precisa para armar un marxismo atractivo en la España del siglo XXI. Sumaremos, descorazonadamente, todo intento de socavar lo que signifique armazón social.


Aquella moción contra el cónsul Rajoy, apuntalada también por legiones de derechas catalanas y vascas para luego, expresa o tácitamente, apoyar la investidura del maltrecho Sánchez, traerá consecuencias inesperadas para ambas. Podemos advertir a simple vista cómo el cónsul que habita La Moncloa utiliza ambas derechas independentistas solo cuando le conviene. Caso contrario, las somete a una reserva anónima e intrascendente. Se reúne con Torra, gobernador rebelde, porque lo exige la legión ERC para aprobarle el proyecto económico nacional. Algo parecido ocurre con la legión vasca PNV, necesaria para tal fin. El cónsul de la carruca-falcon, no obstante, muestra falta de sintonía al haberse aferrado obsesivamente a dirigir legiones radicalizadas envileciendo la trayectoria discreta, constitucional, de la antañona legión socialista. Esta impronta tóxica es uno de los peajes que debe enjugar por ser un cónsul débil, a la vez que jactancioso.


Poca gente duda ya de las intenciones proyectadas por legiones que se ladean al sistema republicano de izquierdas. Cerrado ya a nivel nacional, con una eficacia y avenencia impensables hace un mes, la coalición se divisa sólida, vigorosa, sorprendente a propios y extraños. Solo cabe un interés crematístico, grosero, para concebir tal grado de concierto. Tan lucrativo acuerdo piensan llevarlo a Cataluña y País Vasco en forma de tripartitos. Legiones PSC, ERC y ECP (podemitas catalanes) desahuciarán a JxCat que, junto a PP, Vox y Ciudadanos, tiritarán largo tiempo en la oposición. Al igual, legiones PSA, Bildu y Podemos arrinconarán a PNV arrojándolo a las tinieblas. La estúpida derecha, nacional y autonómica, no ha sabido calibrar esa estrategia de odio y bloques, hecha política por la izquierda afarolada con un independentismo postizo. Cuando JxCat y PNV pidan al cónsul Sánchez su parte del pillaje, recibirán como aquel entonces la misma respuesta: “Roma no paga a traidores”.

viernes, 7 de febrero de 2020

LOS EXTREMEÑOS SE TOCAN


El epígrafe no viene a humo de pajas. Sabido es que -en este país tan querido, y a la vez tan desdeñado- nuestra idiosincrasia potencia éxitos literarios de gran notoriedad. Prestigio y desprestigio se consolidaron con el Quijote y la novela picaresca. Ya en el siglo XX, Valle Inclán introdujo el término “esperpento” para darle una vena cómica a la tragedia humana (angustia vital) cimentada por el existencialismo. Winston Churchill afirmaba: “Cada pueblo tiene el gobierno que se merece” y máxima tan inevitable constata que los políticos conforman la fisonomía de una sociedad. A veces, incluso, superan en maldad cualquier apriorismo que pudiéramos formular. Semejante escenario, cuando estas analogías son inobjetables al presente, debiera constituir un acicate impetuoso para cambiar dinámica tan alarmante. Pese a ello, seguimos asidos a un fatalismo destructivo, apático, nada áspero.


Efectivamente, entre aquel diciembre de mil novecientos veintiséis (cuando se estrenó “los extremeños se tocan”) y este de dos mil diecinueve, hay numerosos puntos de encuentro. El autor se llamaba Pedro e imaginó una opereta sin música. En diciembre último, otro Pedro empezó a consolidar un presidente de opereta; esta vez, con fanfarria, con estridencia, sin aseo. Ambos consiguieron popularidad no exenta de crítica más o menos atinada y justa. Aquel encontró crédito como dramaturgo caricaturista, intentando siempre bastardear una realidad cruda, casi ominosa; este objetiva sus desvelos en permanecer ligado a La Moncloa trufando dichos y hechos de fraudes sin fin. Aquel murió por intolerancia y ruindad; este sacia su engreimiento a costa de la estúpida tozudez que atesora el ciudadano español. Nuestros aborígenes, necios rotundos, superan con creces esa marca imperceptible que utilizaban en mi niñez -como magnitud reglamentaria, prescrita- los vendedores de mulos y asnos.


Sánchez necesita engañar a sus apoyos o, peor aún, mínimo romper la solidaridad autonómica en perjuicio de quienes cumplen la ley a rajatabla.  Carece de otras alternativas posibles que se adecuen a la Constitución. Si fuera preciso, hasta sería capaz de buscar salidas que la bordean cuando no prefiriera burlarla. Malicio que, una vez aprobados los presupuestos, el independentismo dejará de marcarle los tiempos. Hoy, todavía desconocemos número y filiación de víctimas que dejará su venganza implacable. Por lógica, él también será víctima de sus propios excesos. Si cometiera un desliz imperdonable, camino lleva, la sociedad (y en su nombre el poder judicial) debiera exigirle responsabilidades monetarias -poniendo al frente su propio patrimonio- y penales si las hubiere. Arruinar un país para después gozar una vida de abundancia, es injusto e insultante además de degradar el sistema democrático, acontecimiento notorio, habitual, en todas las experiencias exploradas hasta ahora. 


Sánchez, digo, actúa como un presidente de opereta por decisión personal, sin que los españoles le reclamen iniciativas específicas. Sigue ejecutando una trayectoria imprecisa, llena de vaivenes, incoherencias y falsedades; manteniéndose en un equilibrio inverosímil, inestable. Temo que sea el presidente cuya falacia no tenga parangón en la política española de los últimos tiempos pese a aquel rentable eslogan salido de las entrañas socialistas: “España no merece un gobierno que mienta”. Ya saben aquello de “en todas partes cuecen habas y en mi casa a calderadas”. Lo bueno o malo, según se mire, es que Cronos desenmascara con el tiempo cualquier farsa. Lo malo o bueno, según se juzgue, consiste en que la sociedad es permeable a toda actividad política por ignominiosa que sea. Este marco permite a algunos vivir como potentados suscribiendo contra los auténticos potentados una diatriba atroz, pero solo de boquilla.  


Hemos visto como Pedro, el político, traspasa no solo las líneas rojas de ámbito nacional sino también las del espacio europeo. Delcy Rodríguez, vicepresidenta venezolana, tiene prohibida la entrada en suelo europeo comunitario. Sin embargo, a finales de enero se le permitió bajar del avión en que viajaba. Sobre el tema se contaron mil y una versiones, incluso que habló con Sánchez por teléfono, extremo que desmintió el interesado de forma rotunda. La sombra más absoluta rige dicho incidente. Conjeturas y sospechas siguen sucediéndose hasta que sea la justicia quien determine qué pasó exactamente. Entre tanto, Zapatero -otro Rodríguez- y Ábalos, casi en única comandita, siguen cosechando presuntas responsabilidades según interpreta la oposición. Al menos, aparecen como actores notables. En cualquier caso, fraude y alarde fueron la única nota cierta. Dijo el presidente: “Ábalos hizo todo lo que pudo para evitar una crisis diplomática y lo logró”. Ábalos, por su parte, se pavoneó: “Vine para quedarme y no me echa nadie”. 


El colmo llegó el viernes día siete. Retorciendo las leyes del parlamento catalán, algo habitual en el independentismo, Torra sigue siendo presidente de Cataluña. Pese a ello, y por presunta imposición de ERC, Sánchez se avino a entrevistarse con el político inhabilitado blanqueando una legitimidad postiza. No obstante, el encuentro deja traslucir una falta de dignidad, insólita en un presidente de España, a la que ya nos tiene acostumbrados. No hay límites éticos ni estéticos con tal de permanecer habitando La Moncloa. Le embriaga representar esa sublime majestuosidad del águila imperial (incluso con exceso) aunque, paradójicamente, tenga que arrastrar su anatomía por el lodo fétido. Esa doble personalidad, esa contradicción vital, permite mostrarse impávido ante cualquiera de ambas facetas. De ahí su cinismo y gesto impenetrable, velado siempre por ceños de complejo análisis.


Calderón expresaba con fina originalidad: “Toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”. Cierto, impugno todo aserto en su contra. Aunque resulta difícil cumplir las ansias íntimas, los hados (tal vez un azar juguetón, inmerecido e incomprensible, casi milagroso), se ceban con cualquier mentecato y le colman de alborozos. Algunos, asimismo, confunden un destino venturoso creyéndose eje central del universo cuando, en realidad, su estrella les dibuja un pavo real. La parodia, el remedo, historias rocambolescas, ayudan a unos y otros a descubrir que los extremeños se tocan.


viernes, 31 de enero de 2020

CUANDO LAS BARBAS DE TU VECINO VEAS PELAR…


Con frecuencia, las sentencias populares son auténticas herramientas de conducta individual y colectiva. Sin embargo, el personal se muestra opaco cuando conviene tomar medidas precisas para evitar el efecto pernicioso de aquello que la práctica lleva a una certidumbre plena. Desde hace casi dos décadas, la política transcurre por cauces heterodoxos, genuinamente desazonadores. Si al principio la democracia tuvo inicios complejos, e incluso de difícil engarce, el sistema se encuentra ahora mismo en una encrucijada -tras cuarenta años- próxima a su desaparición práctica. Ignoro si es decadencia inherente, fin de ciclo o el precio que debe pagar una sociedad hastiada cuando no insensible, ociosa. Lo cierto y verdad es que se avecinan tiempos de inquietud ante lo aborrecible. Todo parece indicar que se prepara un cambio drástico, en formas y modos, protagonizado por una izquierda errante; hoy, nada universal.

Nuestro presidente, tipo poco recomendable, hace gala (aparte un desprecio inmenso) de una falacia pertinaz que le ha llevado a escalar sucesivamente diferentes puestos hegemónicos gracias al uso de maniobras -siempre impostadas- para engatusar a individuos crédulos; bien próximos, desde el punto de vista ideológico, bien opuestos a su credo. Secretario general del PSOE -en segunda opción- desde junio de dos mil diecisiete, se rodeó de fieles servidores, tal vez siervos, haciendo una purga severa que se llevó por delante válidos socialistas jóvenes amén de viejas glorias. La experiencia negativa que él mismo propició por su tozuda negativa a abstenerse para que pudiera gobernar Rajoy y su consecuencia, le llevó crear un “héroe” falso, un David de pega, que pugnaba contra una poderosa ejecutiva hostil y unos barones omnipresentes. Así consiguió el apoyo incondicional, irreflexivo, de militantes olvidados cuando su concurso no le fue necesario.

A poco, raptado por una ambición irrefrenable, inició el asalto a La Moncloa acopiando la ayuda singular del grupo Prisa y Atresmedia, vigorizados presuntamente con amplia financiación por la vicepresidenta Sáenz de Santamaría. Se empezó acusando de forma ignominiosa al PP de corrupción generalizada (el partido más corrupto de Europa, decían), mientras ocultaban EREs y otras bagatelas socialistas repartidas por todo el territorio nacional. El veinticuatro de mayo de dos mil dieciocho, el PP fue considerado en la trama Gürtel “partícipe a título lucrativo”. Resolución suficiente para promover la moción de censura y arrebatar a Rajoy la presidencia. Hasta el PNV, derecha burguesa vasca que días antes había conseguido un “cupo” ventajoso por apoyar los presupuestos, votó a favor de Sánchez. Este, traicionando su promesa de convocar elecciones de forma inmediata, se mantuvo en el poder hasta que ERC, con su negativa a aprobar los presupuestos socialistas, le obligó a convocarlas casi un año después.

Terminada la jornada del 28-A, el resultado sirvió una vez más para conocer al personaje si quedaba todavía alguna duda. Sus ciento veintitrés diputados sumados a los cincuenta y siete de Ciudadanos le concedían una mayoría absoluta. No obstante, su ego significó un obstáculo imposible de salvar. Pudo, asimismo, proponer a Unidas Podemos un gobierno de coalición apoyado por ERC junto a otros partidos (incluido PNV) que se mostraban abiertos al pacto. No quiso, las sucesivas encuestas de Tezanos junto a su carácter fraudulento e impostor, negaron el pan y la sal a sus antiguos socios de moción. Bloqueó cualquier intento que permitiera constituir un gobierno verosímil y fue culpable único de nuevas elecciones, eso sí acusando al mundo entero de tan estrepitoso fracaso. El engaño, esa estratagema espuria que le había dado frutos impensables, esta vez le pasó factura a España, a los españoles.

El 10-N terminó por mostrarle una debilidad absoluta, su desnuda realidad, que le obligó a abrazarse a su peor enemigo: Pablo Iglesias. Pese a la repulsa mutua, puesta de manifiesto por versiones compensadas en diferentes ocasiones, Sánchez disimula la aversión personal que le produce compartir su dominio. Tiene deudas también con ERC y debe soportar insolencias varias de algunos personajes groseros con los que, sin duda, ajustará cuentas en cuanto pueda. Hoy, ignoro si debido solo al escenario dibujado, tiene que someterse a las exigencias de unos y otros si quiere conservar su dote más estimada. Cronos constatará si hay algún plan impuesto por alientos exógenos o, aunque resulte increíble tal grado de eminencia, viene con marchamo originario.

Vislumbro, porque constituye un murmullo permanente, el intento de unificar -a todos los niveles- diferentes partidos, que compartan alguna base ideológica común, aunque sea diminuta, para eternizarse en el poder con la venia “del pueblo soberano”. Lo mismo que cualquier ciudadano vota multitud de veces tapándose la nariz, el político (menos escrupuloso) lo hace a pleno pulmón. Con náusea presunta e incluida, el gobierno nacional se mantiene gracias a un tripartito de izquierdas que, al parecer, quieren hacer extensivo. El primer centro experimental será Cataluña donde las elecciones están próximas, según todos los indicios. Allí, ERC, ECP (partido de Colau) y PSC, formarán gobierno dejando en los arrabales a JxCat; es decir, a la burguesía catalana porque el independentismo es un camelo para entretener al personal. Poco a poco, se irá remansando todo soberanismo y las aguas volverán al cauce izquierdista del tripartito.

Y aquí viene la sutileza del epígrafe. Vivimos tiempos convulsos en los que dominan bloques artificiales creados por evidentes deficiencias ideológicas. Un largo proceso de ingeniería social, ha convertido al individuo en el perro de Paulov que reacciona solo a estímulos previamente dirigidos. Nos hallamos sometidos a nuestro propio umbral de percepción moldeado en años de manipulación burda, inadvertida. Ahora, difuntas las ideologías, nos mueve el tañido de una campana inmunda que toca a rebato contra un adversario socialmente ficticio. Presuntas izquierdas emplazan al cisma frente a presuntas derechas. JxCat está a punto de ser devorada por la izquierda catalana. Curiosamente, esta derecha indígena, exclusiva, que baila el agua a la izquierda acude alegre y necia a su propio funeral. Termino con un previo de futuro al PNV: “Cuando las barbas de tu vecino veas pelar…”.

viernes, 24 de enero de 2020

ABALORIOS Y MOHINES TOTALITARIOS


Vaya por delante algunas premisas que ningún racionalista ecléctico debe obviar. Que comunistas -y si me apuran socialistas españoles de nuevo cuño- provean lecciones de democracia, constituye un sarcasmo. Cuando Sánchez afirma que al PSOE nadie da lecciones de constitucionalismo, escarnece la inteligencia nacional. Quienes entablan una disputa épica por resultar campeones en ocuparse del ciudadano, necesitan humillar su irreverencia. Atribuir a Vox etiquetas de ultra ultra o extrema derecha mientras se extractan dos siniestras (una socialdemócrata farisea y otra a su izquierda), deja cierto hedor a podrido en el espacio político. La radicalización social se debe a estrategias electorales cuyos autores ocupan el recelo del común. El centro, ladeado a un lado u otro (PP y PSOE), ha muerto en su propia inoperancia. Sin embargo, quedan importantes reminiscencias bipartidistas, Podemos (interesado solo en “coger cacho”), cada vez más menesteroso pese a la “pedrea” obtenida por debilidad conjunta y Vox que puede dar grandes sorpresas. Ciudadanos sigue atesorando errores letales.


Aparte el retorcimiento semántico -que origina desconcierto y confusión- como eje central en procesos abiertos de ingeniería social, existen dos realidades antagónicas e irreconciliables: la objetiva y la formal. Aquella es propia de investigadores, sabios, científicos, adscribiéndose también a ella individuos dotados de capacidad crítica y sentido común. Esta viene atesorada exclusivamente por políticos bastardos que renuncian a la ética sin exhibir otra alternativa que servirse del erario público. Suelen estar bien acompañados por comunicadores expertos en acompasar la farsa a los ritmos marcados desde determinados centros de poder. Me causa perplejidad, verbigracia, que se utilice, para contrarrestar ese afán irredento de la izquierda por manipular mentes colegiales, el argumento redundante de que dicho escenario era común en tiempos de Franco. Sí, pero formalmente el franquismo era una dictadura y el sanchismo (valga la expresión) formalmente es una democracia. Mediten, al efecto, la disparidad entre entorno objetivo y formal.


Abalorio, según el DRAE, es objeto de adorno vistoso y generalmente de poco valor. Sánchez, escoltado por un grupo numeroso y silente, sacia al personal enseñándole aderezos coloristas con ánimo de dejarlos indefinidamente dentro del escaparate. Se comporta, sin ninguna duda, como un estadista virtual cuyos proyectos, ingentes, colosales, faraónicos, son puro abalorio. Al final, hará hincapié solo en el cambio climático; hipótesis que necesita siglos para constatar su crédito o desacierto. Ninguna otra medida “cumbre”. De momento, y a tenor de globos sonda lanzados sobre retoques en el código penal para adaptarlo a Europa, se prepara un indulto encubierto a los responsables sediciosos. Siempre, las evidencias superan cualquier intento de difuminar temas espinosos. El adoctrinamiento en Cataluña y País Vasco ha hecho desaparecer a la derecha del panorama autonómico, pero PSC y PSE dejarán en esas mismas gateras muchos pelos del PSOE a nivel estatal. No se puede estar en misa y repicando. Los independentistas y sus aliados tienen mal encajamiento en el resto.


Signos generales de última hora presagian serias dificultades económicas en nuestro país. Sin embargo, el gobierno raptado, ebrio, realizará un exceso notable del gasto público. Ello le llevará a engrosar el PIB, pero también déficit y deuda. Está aprobada una subida en pensiones del cero nueve por ciento complementada, asimismo, este martes con el dos por ciento de mejora a funcionarios. Tal marco, propiciará desequilibrio financiero pese a que la ministra Montero ya ha anunciado que “hay margen para nuevos impuestos”. ¡Echémonos la mano al bolsillo! porque estos figurantes subirán los impuestos a trabajadores y pensionistas. Aumento de pensiones o sueldos y fiscalidad se alzarán en parecido porcentaje, perdiendo poder adquisitivo, mientras sufrimos el timo del tocomocho. Veremos en qué queda la tan cacareada subida del salario mínimo interprofesional (SMI) y la aventada derogación o reforma de la presente Ley Laboral.


Creo que Sánchez podría representar al prototipo divulgado por Hannah Arendt sobre la banalidad del mal. Tomando como modelo a Eichmann (asesino de judíos), su tesis asegura que la maldad extrema -materializada en el nazismo- no implica que haya monstruos ni afectos a una crueldad ilimitada, sino burócratas que banalizan sus actos bajo una orden suprema de origen jerárquico o psicológico. Nuestro presidente, en su andadura política, incluso antes de romper aguas gubernamentales, ya empezó banalizando el mal haciendo pactos con quien infringe la ley y quiere fragmentar el país. Ignoro si gobernar en coalición con comunistas (izquierda extrema), acordar pactos con independentistas y chanchullarse con Bildu, son la consecuencia directa de una torpeza supina, efecto lesivo por perfidia de filiación voraz o si, por el contrario, se ajusta a un caso límite de banalidad del mal que detallaba la señora Arendt.


Con todo, lo peor no es que se vaya a modificar el Código Penal como pago de favores personales, ni que se gire la puerta para colocar a la señora Delgado fiscal general, tampoco que miembros del gobierno den su aquiescencia a dictaduras criminales y menos que se digan chorradas, lo definitivo es que los políticos catalanes se obcecan en la independencia y exigen ese final para iniciar cualquier diálogo. Se evidencia también un afán “anormal” de controlar todas las Instituciones del Estado; anormal, en quien dice respetar y defender el sistema democrático. Estas dos anomalías son alarmantes. “Tendremos de enemigos a togados con ideología reaccionaria, pero los pararemos con la energía de la ley”, Pablo Iglesias dixit. Por lo que se aprecia, cualquier togado amigo es bien acogido en la casa del padre. Bravucona amenaza de un miembro destacado del gobierno hacia el poder judicial y hacia la democracia. ¿Es normal este desplante en un individuo que se autodefine demócrata? No, el hábito no hace monjes.


Casi cuarenta y un años de docencia real en colegios públicos me concede autoridad moral para hablar de educación. Primero, no existe escuela pública en tanto no haya pacto por la enseñanza acordado por todas las fuerzas políticas. Mientras, habrá escuela de partido y, por tanto, oportunista y adoctrinadora. Segundo, un alto porcentaje de los que hablan de escuela pública con encomio (casi siempre progres, que conocí en mis buenos tiempos) suelen llevar a sus hijos a centros concertados o privados. Tercero, el currículum básico del ministerio no puede recoger talleres o actividades diversas impartidas por personal ajeno al cuerpo de profesores. Cuarto, el adoctrinamiento ideológico es frecuente en los sistemas educativos implantados por la izquierda, siguiendo los consejos ideológicos de Gramsci. Dos notas al margen. La izquierda emplea una epistemología constructivista en las área troncales y cognitivista en las relativas a formación moral (de incumbencia familiar), como ocurre con la embarazosa educación para la igualdad. De esa y otras incoherencias surge el mal llamado “pin parental”. Un consejo para la señora Celaá. Si quiere saber a quién pertenecen los hijos lea el articulado sobre derechos humanos o compendios social-filosóficos a excepción de alguno marxista-leninista-stalinista.


viernes, 17 de enero de 2020

DECIR A Y HACER ZETA O CULPABLES LOS DEMÁS


Falaz es quien miente de vez en cuando, pero no afecta a su índole natural; el figurante transmuta su vida, lejos de vivirla, en constante farsa. Capital, sindicalistas y políticos, se recrean colocándose máscaras que ocultan, no solo huellas evidentes de suaves (o no tanto) taras éticas o intelectuales sino rostros roqueños, inalterables. Diría que resulta improbable encontrar otros colectivos con parecidos ahíncos. La terna, de por sí protagonista, se deja arrastrar por los políticos, sin ocultar cierta sumisión por parte del dúo con perfiles económicos. Así debiera ser, pero los imponderables -que siempre costea el pueblo llano- dificultan el punto de equilibrio, allegando desencuentros, sin que ninguna contingencia venga a socorrernos. Semejante coyuntura vehemente, permite a cualquiera de ellos salir indemne imputando a los demás sus propios errores. ¡Encima de impostores, cínicos! 


Estamos inmersos en un mundo donde la comunicación audiovisual, sobre todo, constituye el Templo de Delfos cuyo oráculo, compuesto por informadores sectarios, marca lo reciente mediato y el futuro. Ambos sufren enfoques sistemáticos desde estas esferas con objetivos perfectamente delimitados. Hoy, para ser alguien relevante en cualquiera de aquellas categorías (capital, sindicalistas y políticos) precisa tener a su disposición cadenas de radio y televisión que le permitan hollar el reposo familiar. Los tiempos presentes incorporan técnicas de conocimiento bastante discutibles a tenor de los resultados. Inclusive, no existe distinción clara sobre qué sistema didáctico recae tanto fracaso, tanta mediocridad. Ciñéndonos al área del conocimiento político, el actual se nutre exclusivamente de planteamientos y contenidos audiovisuales. Surge así el interés de la izquierda por controlar estos medios. 


Alguien empieza a maliciar -y yo no opongo reparo alguno- gestos totalitarios en el inicio del gobierno Sánchez. Adolf Hitler (clónico de Stalin) manifestaba: “Las grandes masas sucumbirán más fácilmente a una gran mentira que a una pequeña”. Pedro, el presidente, ajusta su estrategia a tal máxima desde “las primeras castañas”. Empezando por “un gobierno de desbloqueo”, cuando él fue único y definitivo bloqueador, hasta “gobierno progresista” mientras atesora el mayor inmovilismo registrado en cuatro décadas, pueden ir descubriendo mis amables lectores cuántas argucias ignominiosas, adoctrinadoras, sean capaces de anotar. Por mi parte, aunque procuro estar al corriente, he perdido la cuenta. No crean ustedes que dicha realidad proviene del descuido o de la indolencia, en absoluto; es consecuencia de un trámite irrealizable. Llamaría misión casi imposible cuantificar las falacias vertidas por tan insólito personaje; es algo incomprensible en Europa, menos su justificación.


Miembros del gabinete próximos a él, su Sanedrín personal, siguen satisfechos la farsa propagandística superando, no ya solo líneas rojas sino la lógica más razonable. Ábalos, ese maestro con apenas escuela, o sin ella, dice con osadía: “El PP está solo en compañía de la extrema derecha”. Mensajes de este tenor (mientras blanquea la extrema izquierda, esa que ha vituperado y seguirá haciéndolo) debilitan todavía más nuestra caricaturesca democracia. He elegido dicha frase como botón de muestra, pero hay decenas de personajillos -léase, verbigracia, el señor Simancas- cuya contribución a la sociedad no pasa de dar titulares insolentes, estrafalarios, mitológicos. Cualquier partido enemigo (los vocablos rivales, antagonistas o adversarios, yacen bajo tierra desde hace unos años) se impone devolver una a una todas las insidias, bien como reintegro bien como márquetin.


Sir Laurence Olivier inquiría con sentido común: ¿Qué es en el fondo actuar, sino mentir? ¿Y qué es actuar bien, sino mentir convenciendo? Sánchez, o sea el gabinete, aplica con soberbia la moraleja que puede extraerse de los interrogantes del célebre actor inglés. Anuncia, fuera del incremento a pensionistas y funcionarios, que va a restituir las conquistas sociales perdidas con Rajoy y sus famosos recortes (inicia la falsedad repartiendo estopa). Para sufragar ese adeudo, piensa subir los impuestos “a ricos y grandes empresas”, (sic). Según todos los cálculos económicos, la recaudación supondría el once por ciento a cuyo resto deben responder trabajadores y pymes. Es decir, el grueso lo pagarán los de siempre. El contribuyente, cada día menos ciudadano, sospecha y teme lo peor, pero calla.  ¿Escrúpulo, indolencia, convencimiento? Sospecho que indolencia y tragaderas, estas con seguridad cuando se vota al PSOE tras las amargas experiencias financieras de González y Zapatero. A no tardar, veremos de nuevo otro desastre. 


Lo que no es moderación es barbarie. “Aún no asamos y ya pringamos”, reza un dicho popular. En efecto, la toma de posesión del nuevo ejecutivo (miembros y miembras) alumbró una estupidez mayúscula al prometer dos de ellas guardar en secreto las deliberaciones del consejo de “ministras”. Sin embargo, lo demencial viene de la directora del Instituto de la Mujer cuando propone sodomizar al hombre para hacerlo igual a la mujer. ¿Podemos esperar algo mínimamente razonable con estos mimbres? Eso antes de andar; cuando empiecen a coger callo, durezas mentales, viviremos en continuo e interminable disparate. Lo inmediato trae dos noticias alarmantes. La última, el “sabroso” comentario de Celaá: “No podemos pensar de ninguna de las maneras que los hijos pertenecen a los padres”. ¿Quiere decirme esta “experta” educadora a quién pertenecen hasta su mayoría de edad? ¡No me lo diga!, al Estado; y después, también. Puro marxismo-leninismo aderezado con dosis de “hegemonía” gramsciana.


Algo más lejana, la crítica indocumentada, capciosa, de Iglesias al Tribunal Supremo. Por cierto, el artículo siete del Acta, para elegir eurodiputados, de veinte de septiembre de mil novecientos setenta y seis dice: “Hasta la entrada en vigor de un procedimiento electoral uniforme, y sin perjuicio de las demás disposiciones de la presente Acta, el procedimiento electoral se regirá, en cada Estado miembro, por las disposiciones nacionales”. Por su parte, el Reglamento Interno del Parlamento Europeo de diciembre de dos mil diecinueve, en su Capítulo uno, Artículo uno, uno, insiste: “El Parlamento Europeo es la asamblea elegida de conformidad con los Tratados, con el Acta de veinte de septiembre de mil novecientos setenta y seis relativa a la elección de los diputados al Parlamento europeo por sufragio universal directo, y con la legislación nacional adoptada en aplicación de los Tratados”. Me extraña que el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, en clara judicialización de la política con todos los elogios del gobierno español, se pronuncie sin aparente basamento legislativo, sobre la inmunidad de Junqueras, Puigdemont y Comín, no declarados europarlamentarios por las Instituciones españolas correspondientes, según ley. Lo de Iglesias y el “varapalo” al Tribunal Supremo, carece de calificativos normales, contenidos. Culpables indiscutibles PP, Ciudadanos y Vox.

viernes, 10 de enero de 2020

CERTEZA Y PRESAGIO


Certeza, según el DRAE, es conocimiento seguro y claro de algo. Presagio consiste en adivinar la verdad a futuro por medio de señales que se han visto o de intuiciones y sensaciones. Podríamos decir, sin temor ni exceso, que el presagio es una certeza en estadio embrionario. Llevamos, por distintas razones y desencuentros, demasiado tiempo repudiando la cordura para asirnos al desatino con auténtico deleite. A su vez, todos ellos enmascaran (o no, ¿quién sabe?) el juicio, buscan desesperadamente crear bloques porque consideran camino fácil, eficaz, para encontrar sabrosos dividendos. Olvidan, tal vez voluntariamente, que las divergencias desmedidas, beligerantes, suelen derivar en odios irreconciliables. Lo expresó lleno de fondo, sin factibles correcciones, Antonio Trabucchi cuando afirmaba: “Las personas llenas de certezas, son gente terrible”. Dibujan -aparentando lo contrario con campañas insidiosas, corruptoras- el totalitarismo.


El año nuevo, aparte parabienes y deseos que conforman una arcaica tradición, llegó cargado de enigmas fraguados con urgencia infantil, como se ha visto después. Sin embargo, premura e inquietud redujeron embriaguez o repulsión en los preliminares de la investidura, rematada con plena normalidad. Sorprendía, es verdad, que sus señorías apenas tuviesen tiempo para familiarizarse con las cabalgatas reales, ni muchos pudieran dormir a pierna suelta. Cierto que la retórica hiriente de unos y otros no presagiaba ninguna transacción (acordada a priori) tranquila y, menos, segura. Presiones hubo, tantas y tan diversas que nadie -desde mi punto de vista- pudo sentirse víctima en puridad porque desconocíamos beneficios o quebrantos puestos a juego. Igual, frase preferida por uno de mis nietos, fuera injusto si calificara el Parlamento lonja del pescado político o taberna donde se citan los “valentones” de barrio.


No cabe duda del retorcimiento semántico hasta convertir un vocablo en su reverso, sin apenas notarse, o intenten “depurarlo” a través de un cedazo estúpido. Por ejemplo, llamar “democracia” a lo que se despliega dictadura; “progre” a lo más reaccionario; “feminismo” a una ejecutoria machista y ramplona. Viene al pelo un botón de muestra. Días atrás, un señor anciano se manifestaba con bandera, pancarta y alguna aclamación legal, a la puerta de Ferraz. De improviso, alguien ordenó que dos policías conculcaran sus derechos reteniéndolo, de forma mejorable, unas horas. ¿Esto sucede en cualquier democracia consolidada? No, solo donde la arbitrariedad se justifica con argumentos inválidos e ignominiosos. Culpo sobre todo a medios de comunicación audiovisuales que han trocado un débito social por alguna sinecura económica o, más grave si cabe, a cambio de estatus indebido, ancho, gratuito.


Los mensajes que el Parlamento venteó a partir del día cuatro, trasladaron al común intranquilidad. Advertimos cómo el presidente Sánchez llenaba la Cámara de vacuidades y propuestas, aun compromisos, sencillamente imposibles. Mentir, en él, deja de ser aditamento coyuntural para convertirse en sustancia metafísica. Después, cuando el constitucionalismo serio le zarandeara por sus espinosas huellas marcadas al pisar tanto lodazal, se exhibía roqueño, cínico, casi insolente, y a renglón seguido (aprovechando su turno de réplicas y contrarréplicas) la demagogia, diseñada en pomposo laboratorio social, se adueñaba del Hemiciclo al compás de aplausos serviles y protestas airosas. Cada cual bordó su papel; unos, pertrechados de lógica, abrazaron la excelencia. Otro, sin escape donoso, siguió su trayectoria habitual desempolvando, una vez más, el intento osado de hacer comulgar a afines y distantes con ruedas de molino.


Hubo, asimismo, actitudes y manifestaciones que debilitaron el ego del ahora confirmado presidente. Rufián, adoptando arrogancia tabernaria, retó con insistencia (quizás recochineo) al candidato: “Si no hay mesa no hay legislatura” constituyó el estribillo que restregaba a la cara de un Sánchez frío. Embebido por un protagonismo antinatural, añadió como puntilla: “Dijimos que sentaríamos al gobierno de España en una mesa de diálogo y es lo que hemos hecho”. El gobierno era él, Sánchez. Pobre Rufián, no sabe con quién se la juega.  Sabíamos que a ERC España le importa un comino, pero tuvo que venir Montserrat Bassa para constatarlo. Y no hablaba en nombre personal, qué va, lo hacía representando al partido. Aquel: “Me importa un comino la gobernabilidad de España” certificó también las indignidades (en plural) de promesas incumplidas. Bildu, aparte sus lecciones sobre “derechos humanos”, amenazó: “Sin nuestros votos, y sin atender las demandas de nuestras naciones, no hay ni habrá gobiernos de progreso”. ¿Estamos o no vendidos, pese a negar ciertos pactos? 


El pueblo español atesora desde hace años indicios que llevan directamente a presagiar la rastrera realidad de un Sánchez con parecidos escrúpulos a los aireados por ERC. España le importa un bledo (así evito el sustantivo escatológico). Tanto apremio en la investidura a fin de “parir”, aunque fuere con cesárea, ese gobierno cuya urgencia se viene implorando desde el 29-A; ahora, incomprensiblemente, se retrasa una semana. ¿Constatación de un incumplimiento más o correctivo simbólico? Desde luego comedimiento prudente, no; mínimo, anomalía. Sabemos con certeza que este gobierno -pese a las argucias de su presidente- se encuentra maniatado, a expensas de varios acreedores que le exigirán nuevos y más onerosos peajes si quiere perdurar. Además, es un monstruo con dos cabezas asistidas por egocentrismos dispares cuando no directamente homicidas. Más allá del insomnio nacional y correligionario, trasciende un presagio general: Iglesias se zampará a Sánchez entre farsas, traiciones y desquites. 


Escribía Xavier Velasco, escritor mejicano, con atinada precisión: “Una vez más, la nada parecía destino hospitalario para un demoledor de sus propias certezas. La nada era una prórroga, una tregua, una hipoteca”. Parece una premonición sobre quien no hace tanto clamaba sobre la casta. Estos días, Pablo Iglesias se pronunció en estos términos: “A los togados que pongan por delante su ideología reaccionaria, respecto al derecho, el gobierno de coalición defenderá la democracia con la Ley”. Anuncia su nada judicial invocando una judicatura que deberá someterse forzosamente a los principios “progres”, tal vez velando aportaciones totalitarias, cuya titularidad viene legitimada por la tiranía. Ahora es un presagio, mañana probablemente sea una certeza irreversible.