viernes, 27 de marzo de 2015

LA PRUEBA DEL ALGODÓN



Esta España de nuestros amores y pesares, presenta unas virtudes -a lo peor defectos- cuyos arranques se remontan a la tosquedad del hombre cavernario. En algunos atributos, los más entrañables, hemos cambiado poco. Seguimos siendo diferentes, y no solo por el crisol de razas y pueblos que configuraron esta piel de toro indómita y constreñida. Poseemos la idiosincrasia, el talante, que la aspereza del hábitat ha ido formando a través de los siglos. No se hizo Zamora en una hora, más que un refrán cimenta el germen constitutivo de nuestro genio y figura. Somos la síntesis de una especial metamorfosis milenaria. Por este motivo, tiempo atrás, Unamuno auspiciaba con certero augurio la españolización de Europa para evitar las lacras que acompañan a todo progreso. Rechazamos el afrancesamiento, la ilustración y la ciencia. Aborrecimos aquel método cartesiano -extranjero- para abrazar nuestra genuina prueba del algodón.

Con la mencionada reseña, cual artífice artesanal, voy a examinar las pasadas elecciones a la Junta de Andalucía. Desmenuzaré el repaso en dos tramos. Primero expondré unos datos manifiestos, contundentes. A la postre, utilizaré mi criterio personal para argumentar la interacción de los resultados con las posteriores citas electorales. Antes quiero referir un prólogo muy esclarecedor, desde mi punto de vista. Parece evidente que la dinámica social de nuestros compatriotas se alimenta de una inercia inocua, opaca. Cuando se quiebra este motor anodino, aparece el odio como elemento propulsor; agoniza la paz y surge explosiva la violencia. Conforma esa entraña primitiva, hosca, sanguinaria, que nos identifica y -allende las fronteras- causa repugnancia cuando no envidia. Percibo, además, un mayor dogmatismo en la izquierda. No por ello, la derecha queda expedita de tan antisocial menoscabo. Tal marco nutre el bipartidismo inexpugnable. Al dogmático no le hace mella cualquier ausencia doctrinal, tampoco la corrupción ni el trinque directo; menos la impostura.

Andalucía, pese a lo que pueda decirse, está lejos de encarnar un laboratorio electoral escrupuloso, exportable. Casi cuarenta años de gobiernos socialistas han dibujado una comunidad atípica, enclenque, nula para obtener datos válidos, ciertos. Un entramado público e informativo hace difícil la alternancia democrática. Hace horas, han aparecido (presuntamente) pruebas sonoras de diversas componendas. Nadie se explica qué lógica lleva a los andaluces -que lideran solo el porcentaje de paro- a mantenerse firmes sin intentar, al menos, otras propuestas de gobierno. ¿Clientelismo, como se conjetura, o rutina? Hay que hacer notar, para proceder a un análisis riguroso, la discordante afección de las zonas rurales respecto a las urbanas. Tinto y en botella.

Susana Díaz, aun comprendiendo su entusiasmo, no ganó las elecciones. El triunfo en esa comunidad, más allá del candidato, corresponde al PSOE. El señor Moreno Bonilla, a fuer de nuevo, hizo un buen trabajo y nadie puede reputarlo perdedor. Debe achacarse al PP tan adverso saldo. La presidenta en funciones hizo una campaña pobre, incolora, iracunda. Los medios nacionales pregonaron semejante contingencia. Su instrucción, quizás idoneidad, le hurgó otras muestras menos perversas. Rajoy puso enfrente un candidato sin marca que sorprendió en los sucesivos debates. Hizo lo que pudo pero era perdedor ya, desde la salida. Desacertada decisión, conociendo el escollo que representa superar allí al PSOE. Podemos cumplió sin más. Tiene un voto volátil que se concreta a viejos fanáticos, jóvenes ilusos e hipnotizados, anarquistas confusos y antisistema pintorescos. En su mejor caldo de cultivo, el producto ha sido bastante exiguo. Ciudadanos se constituye en el auténtico triunfador porque -además de los diputados obtenidos y al revés del resto- configura su suelo electoral. Padece un peligro latente: el caudillismo; una peculiaridad ajena a cualquier percepción peyorativa pero real, sin matices hoy por hoy. Izquierda Unida ha bebido la pócima de su mal calculado apoyo al PSOE y sus furtivos requiebros a Podemos.

Expreso ahora mis opiniones particulares. Pertenecen a un analista imparcial que separa siempre la persona del político que le acompaña. La señora Díaz carece de ascendiente para ser alternativa de un gobierno nacional pese, y por eso mismo, al bajo nivel adquirido por Zapatero y Rajoy. España precisa políticos de Estado con solvencia, flexibles, capaces de aunar voluntades. La vieja escuela atesora fracasos continuos. Requerimos cambios sustanciales, no retóricas huecas, engañosas. Ha llegado la hora del repuesto, de savia lozana. Pedro Sánchez pudiera ser buen gobernante si abandona ciertas poses, ya superadas, y algunos retazos sectarios. El dilema proviene del PP. Ni Cospedal, ni la vicepresidenta, ni aun Esperanza (muy por encima de las anteriores) merecen estimarse figuras para un futuro perentorio. A Núñez Feijóo le sobran diez años, sería el líder anacrónico del cuarteto. Si acaso, Pablo Casado. Vislumbro una época nueva donde los mencionados junto a Albert Rivera, si es capaz de aportar sólida estructura a sus buenas intenciones, y Alberto Garzón, si consigue una Izquierda Unida con mentalidad del siglo XXI, regirán los destinos de España. Avisto un bipartidismo abierto y sensato, enemigo de la trapacería y del arreglo.

Hoy, la información desdibuja mi oráculo. El PP, en Andalucía, votará a favor de la investidura de Susana Díaz a cambio de que gobierne la fuerza más votada durante las próximas elecciones municipales y autonómicas. Malo, malo. Quieren alicortar las siglas emergentes; asimismo, seguir con los embrollos. De rebote, ceban a la bestia. Podemos únicamente triunfaría si PP, PSOE, Ciudadanos e Izquierda Unida fueran incapaces de democratizar la vida pública y satisfacer las ansias ciudadanas. Se autocalifica, aviesamente, de partido democrático pero su esencia es totalitaria. No quiere compartir. Tampoco soporta opiniones divergentes. Oculto tras una apariencia de liberalidad (puro histrionismo escénico), el dirigente manda; el resto obedece. Observen hechos, estilos e Historia de los totalitarismos clásicos y modernos.
Sí, la sociedad española se mueve por inercia. La corrupción se compensa con el tedio y el populismo demagógico con la adhesión irreflexiva, suicida. Mientras, la masa ignora los análisis -con probabilidad interesados- y se olvida burdamente de que el algodón no engaña.

viernes, 13 de marzo de 2015

PODEMOS Y LA CASTA



Pecaría de soberbio si este artículo escondiera la maldad de influir en el voto del ocasional lector. Mi faceta docente a lo largo de cuarenta años, me incita a ofrecer material para una reposada reflexión; nada más Analizando hechos y fenómenos próximos a nosotros, podemos llegar al conocimiento y con él a la discriminación de los diferentes extremos. Nada empaña mi conciencia, por otro lado, de cuanto valiera añadirse sobre hipotéticos o pretendidos objetivos distintos al mencionado. Nunca estuve adscrito a partido ni sindicato alguno; pues el impulso liberal y ecléctico que me caracteriza hace que rechace las ruedas de molino. Las pocas veces que voté, nunca fue por convencimiento u obediencia. Mis razones se acercaron más a la víscera que al juicio. Cuando la sospecha de fiasco dio paso al cotejo, el sentido común alumbró la abstención. Y en estas me encuentro. Dejo para conciudadanos ahítos de fe o de fervor que extraigan el gobierno equivocado, al decir de la oposición. A veces aciertan; pero siempre, frente a los gobiernos de derechas, se “montan” reacciones callejeras que ponen en cuarentena la soberanía popular. Si los políticos no creen en ella, ¿por qué he de hacerlo yo? 

Las circunstancias actuales, el marco angustioso que refleja la crisis general, ha traído -al parecer- una terna lenitiva: Vox, Ciudadanos y Podemos. Al primero, escuálido, casi anémico, le niegan el pan y la sal en los medios. Es, por desgracia para ella, una sigla desgajada, sosias, del PP; por tanto, enmudecida. Como dijo el (in)noble Duguesclín: “ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor”. Luego, sorpresas ulteriores pasan factura a las felonías. Ciudadanos aumenta sus expectativas en progresión geométrica. Cada día, distintos y variados medios ofrecen sus diales a Albert Rivera, divisando en él buen cobijo. Su ascenso es sustancial y sostenible. Podemos disfrutaba de un trato preferencial, reverendo, por aquellos medios que se disputan las esencias progres. Ocupados ahora en un retiro prudente, táctico, terapéutico, quedo confundido al constatar que Intereconomía, Mediaset (Berlusconi) y Atresmedia (Lara) fueran los padres putativos de Podemos. Me produce un sentimiento parecido al que me ocasionaría el nacimiento de un bebé negro cuyos padres fueran una pareja sueca, verbigracia. Muy alejadas de mi temperamento e imaginación quedan cuantas maniobras maquiavélicas hayan intervenido en tan esotérico proceso, y que suelen apuntarse por determinados conductos audiovisuales.

Advierto que la crisis generalizada, en ayuntamiento oportuno con una sagacidad artera, propició -allá por los albores de dos mil catorce- la gestación de Podemos. Pablo Iglesias, en estado mórula tras los primeros días de la conjunción, daba sus primeros pasos en los púlpitos televisivos. Tras él llegaron los blastómeros (Monedero, Errejón, etc.). Más tarde, y rotas las cadencias temporales, aparecieron, valga la expresión, los tíos del saco (amniótico y vitelino). Es decir, Luis Alegre, Carolina Bescansa y adláteres adscritos al club ganador de la asamblea otoñal. Desde entonces, Echenique y Lola Sánchez han cosechado un mutis sorprendente. ¿Depuración? Si así fuera, significaría la prueba indiscutible de habérnoslas con una casta particular, sibilina, extraordinaria. Como contrapartida, las virtudes de ambos dejan de ser dominio público, pero también sus presuntas inclinaciones contra la ética social. No es nada frustrante quedarse a cubierto -aun de forma involuntaria- de la vorágine perversa que se mezcla con la novedad. Subsisten inmunizados para mejor ocasión.

Podemos, hasta ahora, encarnaba las fuerzas de los ídolos precristianos. Su estrategia inicial los llevó a la España del vaso campaniforme, del tótem benefactor. Alejados de las lacras humanas -pese a sus evocaciones, casi invocaciones, democráticas- el actor primigenio (al menos el auriga mediático) atesoró una fama, contrapuesta a su encarnadura ideológica, gracias a ciertas televisiones que congeniaron con el personaje o siguieron un guión perfectamente planificado. Sea como fuere, Pablo Iglesias aprovechó sus dotes para labrarse un liderazgo indiscutible. Tanto que la amenaza de abandono, si sus propuestas eran derrotadas, hizo tambalear los codiciosos cimientos de la heterogénea comparsa. Principios y coherencia fueron humillados por el pragmatismo pecuniario. Han construido el camino directo al caudillaje, a conculcar derechos y entusiasmos individuales e incluso a la tiranía. Cronos demostrará el acierto o error de alimentar tan chocante y atípica hueste.

Basaron su peana, el trampolín del éxito, en etiquetas muy atractivas pero tan vanas y efímeras como pompas de jabón. “Casta”, “puertas giratorias” y “quitar a los ricos para repartir a los pobres” prorrogan el indigente programa. Salarios básicos, nacionalizaciones e impago de la deuda se convirtieron en acompañamiento floral cautivador. Ahora, cristalizados en políticos al uso, abandonado el original carácter apócrifo, asomando la patita por debajo de la puerta (aunque sea fija), exhiben un material similar al de aquellos que tanto vapulearon. Más aun, dejan entrever una conducta fanática, ciega, agresiva, con quienes piensan diferente. Provocan la ruina económica mientras intentan la sumisión del individuo. No pueden negar su pasado y presente universitario, su pertenencia a la casta académica y su actitud belicosa, antidemocrática e intransigente. Quisieran borrar del currículum su proximidad doctrinal y estratégica al marxismo venezolano, así como su pretérito asesoramiento a la arbitrariedad chavista. A fuer de bien remunerados, constituye una terrible e imborrable nota. Pobres. Deben prescindir de su pulcritud para zambullirse en la inmundicia.

Cuando un lobo quiere revestirse de cordero se queda en campo de nadie, a tiro de todos. Podemos baja en las encuestas porque los lobos van perdiendo su rastro, irreconocible debido a los cambios. Los corderos, más numerosos, ahora que lo tienen cercano pueden examinarlo mejor. Aprecian unas fauces poco tranquilizadoras y le huyen. Al final, los revestidos constituirán un grupúsculo que quiso medrar abandonando su hábitat familiar, verdadero. Quedarán reducidos a un instante antojadizo de la Historia que se burla de quienes confunden neciamente ética y altanería, democracia y populismo, prójimo y siervo. La casta, como el poder, no se retroalimenta, ni tiene celebrantes. Existen porque el individuo, la multitud, lo transige; jamás por propia postulación o surgimiento.

viernes, 6 de marzo de 2015

VOX, CIUDADANOS Y PODEMOS ALTERNATIVAS DISTANCIADAS



Una concepción antiestética de la política, degenerada en pragmatismo amoral, ocasiona el famoso desapego que indican todas las encuestas. Sin olvidar el efecto significativo de la crisis, al ciudadano le afecta profundamente esa actitud desdeñosa, lejana, que suelen desplegar nuestros próceres. Cuando el individuo se siente relegado por quienes dicen servirle, en justa correspondencia, él debiera resarcirse siempre con la deserción. Se llega así al marco actual de coexistencia. Los políticos no cuentan con el administrado y este reduce su frustración negándoles validez, amén de notoriedad. Luego, en una competición de maquillaje, aquellos proclaman fatuas enmiendas mientras estos parecen recuperar la fe desparramada. Poco a poco, alimentan cismas irreconciliables. Solo el dogma, cierta incultura y la falta de horizonte, obliga al votante a cerrar los ojos e inclinar el testuz. Como compensación o contrapunto, durante cuatro años aireará toda clase de lindezas. Vano e ineficaz alarde.

Se sospecha que las siglas tradicionales, PP, PSOE, IU, PNV, CiU, etc. han perdido pujanza. Un epíteto colectivo, maldito (casta), los deteriora tanto como sus propias lagunas. Presuntos protagonistas de la corrupción y rapiña que descorazona el país, ofrecen -aparte su entraña antisocial, delictuosa- una base débil, erosiva: pies de barro. Han canjeado el revestimiento sobrio, decente, inestimable, por perifollos cautivadores que repugnan cuando se descubre el fraude. Llevan fechas escarbando su suelo electoral. Todos registran una vocación subterránea; la cota cero ya empieza a serles objetivo inalcanzable. Sin embargo, alimentan ligeras esperanzas mientras las encuestas no confirmen una extinción más que merecida. Si acaso, se salvan IU y PNV. ¿Qué hados tornadizos, enredadores, pilluelos, permitieron semejante conjunción de líderes indigentes? ¿España, sus gentes, merece tales políticos? Ustedes dirán. Desde mi punto de vista, esta caterva grotesca, no.

Proclamo el trascendental papel jugado por Suárez, Felipe González, Fraga o Carrillo. Menos evidente fue el de Aznar, pese a los logros económicos, cuyo epílogo produjo a medio plazo un endeudamiento salvaje y una burbuja de terroríficos alcances. Zapatero e incluso Rajoy, por distintos motivos, conforman la etapa más lamentable de nuestra Historia reciente. Me quedo corto; a lo largo de dos siglos, al menos. Políticos nacionalistas propiciaron mayorías gubernativas estables de manera encubridora, usurera, indecente. Quienes pecaron por aquellos acuerdos leoninos, no obstante, fueron PSOE y PP. Al final, hemos descubierto que algunos se fundieron con símbolos patrios para perpetrar impunemente abundantes bajezas. Los demás han ido acumulando delitos y propiedades a la chita callando. Es asombroso que un país, pese a su sistema judicial un tanto “plegable”, supere los mil y un altos cargos -políticos o gubernativos- imputados. La reforma, no la sustitución revolucionaria, se hace imprescindible.

Cuatro décadas de manipulación, inclusive mediática, ha configurado una conciencia social deformada. Su génesis, en buena parte, procede de los herederos del franquismo. Escrúpulos o ambiciones irredentas les obligaron a abjurar de su doctrina primigenia. Tiempo atrás, todo el mundo comulgaba con la derecha oficial, impuesta. Era fruto de aquella inercia remisa, sedante, después de los percances sufridos en la Guerra Civil. Unos pocos románticos izquierdosos -ajenos a actividades cruentas- sufrían el desprecio absurdo y purificador; quizás algo cobarde. Hoy han cambiado las tornas. Se tiene ojeriza a la derecha mientras la izquierda goza de reputación e indulgencia. Esta tiene bula social para colocarse donde le dé la gana, incluso próxima al extremo por radical que sea. Va siendo hora de aplicar el aforismo: “Ni tanto ni tan calvo”, de desatender maliciosos influjos para concurrir a una meta común. Sin ser conscientes, cabalgamos a lomos de un extravío funesto. Quizás cuando recuperemos el sentido sea demasiado tarde. Para entonces, de nada nos servirán las lamentaciones. El hombre, aun conociendo la Historia, tropieza dos veces en la misma piedra. ¡Cuidado!

Es prioritario resolver el problema político, asimismo doctrinal. Puedo aceptar que PP y PSOE constituyen un lastre definitivo. Restan Vox, Ciudadanos UPyD, IU, Podemos y otros partidos con nula entidad. Vox sufre el embate del infundio y la malquerencia. De naturaleza liberal-conservadora, podría ser hija casta del PP y su heredera. Ciudadanos, solo o en compañía de UPyD, gestaría una socialdemocracia precursora y moderna en España. IU debe escapar de las garras de Podemos. Es una sigla democrática e indispensable. Podemos constituye una aventura populista, oportuna. Descubierto su verdadero rostro, tenderá a desvanecerse en una nación moderada inserta en un ámbito supranacional moderado. Europa no alberga experimentos pueriles.

Mis conciudadanos deben saber que la revolución, ahora, es un cruce seguro hacia la miseria y el antojo. Podemos no ha demostrado nada maligno, pero tampoco benigno, exitoso. La Historia, no obstante, enseña -sin excepción- qué consecuencias trajeron todos los populismos en China, Rusia, Italia, Alemania, Argentina, Cuba, Camboya, Venezuela, etc. Expone también los frutos obtenidos en países democráticos al estilo de Inglaterra, Francia, Suecia, Dinamarca… Hay que arrojar lo que no sirve, lo que estorba; pero arramblar con lo hecho es tan absurdo como hundir un edificio porque alguna pared tenga humedad. Necesitamos correcciones, no anacronismos. Podemos, desde luego, obstruye el camino hacia el bienestar. El resto de siglas puede y debe dejarlo expedito.

viernes, 27 de febrero de 2015

PERFILES DEL ESTADO DE LA NACIÓN O EL PATÉTICO



Debo admitir, como primera consideración, que no he seguido el debate en directo. Tras bastantes años de sacrificio, de fervor, creo haber cosechado las indulgencias precisas para merecer cierto alejamiento sin condiciones ni reparos. ¿Por qué hemos de aguantar tanta cantinela para concluir inquiriendo de qué pasta estamos hechos ellos y nosotros? Los intervinientes, políticos en su acepción más aciaga, tienen una entraña impermeable. Son máquinas retóricas, persuasivas, insensibles, sin alma. Personifican a un tiempo la falacia, el escarnio, la iniquidad e incluso la felonía. Huyen del rigor para cabalgar a lomos de la proclama. Convierten el análisis frío en pura propaganda electoral. Desdeñan acometer deliberaciones integrales, efectivas; quiebran el discurso parejo y beben del refrán: “cada loco con su tema”. ¡Ah!, nosotros somos la cuadrilla de zotes ingenuos que complementa y completa el ritual.

Hace dos días, a excepción de las siglas nacionalistas, empezó una prolongada campaña electoral. Diez meses de promesas parecen insuficientes para cambiar la estética -no ya el espíritu - de este país sometido a las atroces crueldades de una crisis que nadie asume. Gobierno y oposición siguen empeñados en tirar de florete mientras el individuo emerge a duras penas de la miseria material a la vez que lo envuelve una corrupción indecente. Pese al eco, educación, sanidad y salarios sufren recortes. Mientras, ellos se pelean por amasar un crédito tan ilusorio como sus promesas. El Parlamento, estas jornadas, se transforma en una especie de caleidoscopio tornadizo que agiganta y deja entrever su falta de virtud. Cada político se mira el ombligo en ese espejo que genera una realidad distorsionada, fantasmagórica. El conjunto compone todo un camuflaje erradamente atractivo. 

Insisto, abandoné el debate pero -tras lo visto y oído las fechas ulteriores por diferentes medios- puedo hacerme una idea aproximada. Lo de costumbre. Un presidente eufórico abruma al hemiciclo cuando disecciona el estado de la nación. Inmejorable, aunque luego se aprueben propuestas de mejora. Según él, cualquier sector nacional rezuma lozanía dentro del sugerente aspecto general. España constituye una máquina perfecta, armoniosa. El horizonte, asimismo, se ve límpido, sin brumas ni preocupaciones. Todo está bajo control. A lo sumo, puede advertirse algo de corrupción en partidos cuya información genética les lleva imperiosamente a ella. Aun pasando sobre ascuas, el gobierno quiere compensar esa lacra con retoques al código penal, pues correcciones vadean incumplimientos. Desaparecido lo robado  y casi exentos de cárcel, el ejecutivo “anda” ojo avizor para que el ciudadano (hogaño contribuyente) sienta, refrende, una justicia equitativa, igualitaria. Al ocaso de la jornada -mermadas las facultades,  iniciado un absentismo improcedente- aparece el efecto soporífero, narcótico, y los aplausos de la exhausta bancada suenan mecánicos e inconsistentes. “Al que no está hecho a bragas, las costuras le hacen llagas”, dice con acierto el refrán.

Después, ya dibujada Jauja sin miramiento, con desvergüenza, se inicia el interminable periplo de la oposición. Si el presidente despliega un discurso delirante, atiborrado de falsos éxitos, la oposición -en tradicional simetría- pregona una cadena de fracasos. Nadie se muestra compasivo con el gobierno; es costumbre tácita tirarle al degüello. Supuestas verdades y mentiras relevantes conforman el flagelo que utilizan los grupos minoritarios de forma inmisericorde. Quizás sea la penitencia que deba expiar un prócer tras las falsedades que desgrana sin inmutarse. Constituye el paradigma del cinismo más atroz. Entre tanto, ¿es el pueblo sujeto de interés en la controversia? Respondan ustedes a tan jugoso interrogante.

Si el fondo resulta intercambiable de un año para otro, las formas se convierten por derecho propio en la única y atractiva novedad. Ellas, al parecer, han supuesto el mayor aliciente para los especialistas que cubren la crónica parlamentaria. Un sinfín ha situado el foco de la noticia en los gruesos calificativos que cruzaron sus señorías (atributo sustantivo ayuno de carga expresiva en esta ocasión). Quien más, quien menos, ha pronunciado palabras de grueso calibre. Tales dentelladas morales, bien merecen un aumento sustancial del salario que percibe el señor presidente, diana receptora de tan ignominiosos dardos. Como pudiera decir el clásico, insultos y doblones han de unificar razones.

El señor Rajoy, raptado por una rabia incontenida, llamó al jefe de la oposición legal patético. No me extraña su cabreo. Ninguno tuvo la delicadeza de silenciar exabruptos o reprender sin estridencias el gozoso relato que abrió este enconado debate. Sigo peguntándome qué le incitó a emitir un vocablo tan desabrido y tan cercano. Patético, expresa el Diccionario de la Real Academia, significa que es capaz de mover y agitar el ánimo infundiéndole efectos vehementes, y con particularidad dolor, tristeza o melancolía. Mis ansias de atacar al presidente o defender a Pedro Sánchez son nulas. La argumentación común establece que para conocernos, el prójimo es un espejo indispensable. Así se corrobora el carácter social del hombre. No cabe duda de que Rajoy se vio reflejado en Sánchez, su espejo circunstancial. Sobrevolaba por la inquieta escena política un aliento inclemente, enigmático; casi belicoso. Patético no fue una ofensa. Denotó el signo palpable del deterioro bipartidista.

Fuera del artículo, dentro de un post scríptum confidente, traigo a colación otra salida extemporánea, insólita. El señor Iglesias, don Pablo, agitado por el engreimiento y la prepotencia privativos de insensatos, chulos o bravucones, emplazó a su feligresía en una cámara bis para autoproclamarse único opositor a Rajoy. Él, y nadie más, sabrá qué legitimidad valida tan arrogante testimonio. Desde entonces, el disparate presenta magnitudes inconmensurables. Otórguenlo a cada uno según sus merecimientos. Solo un juicio crítico discrimina integridad e impostura, patetismo y placidez.

viernes, 20 de febrero de 2015

DEL DICHO Y DEL HECHO


Los poderes públicos, incluso con testimonios favorables al caso, se ocupan poco de revitalizar nuestro idioma en España. Ese organismo purificador -llamado a bombo y platillo Instituto Cervantes- parece ocuparse más de nuestro idioma allende la península que en su interior. Las autonomías no solo han puesto de rodillas la economía sino el español. Es curioso, además de paradójico, que los países iberoamericanos sientan un cuidado y aprecio por la lengua que no se advierte entre nosotros. Cada cual es libre de abandonar elementos esenciales de su constitución, pero debe asumir las aciagas consecuencias. Algunos políticos actúan inconscientemente, como si todo valiera, como si el plato de lentejas comportara un peaje mínimo comparado con los réditos que pueden obtenerse por su mediación.

Constato, a través de diferentes reseñas, que en educación -por decisión política o por un falso ingrediente de pragmatismo moderno- se introduce el inglés sin prisas pero sin pausas. Mientras, se acortan los espacios para el propio idioma. Asimismo, las comunidades bilingües priorizan sus respectivas lenguas locales en detrimento de la nacional. Recelo de las tesis que sostienen la bondad epistemológica basada en el conocimiento de dos o más idiomas. Saber idiomas facilita la relación humana y amplía probabilidades de lectura, pero no necesariamente es un venero estricto de cultura. La enseñanza suele computar demasiados “pedagogos” pero pocos maestros. Aquellos diseñan teorías de laboratorio que suelen fusionar al contacto con la realidad. Estos ensayan cada día recursos y metodología adquiridos de forma empírica. Sea como fuere, nuestro rico idioma cada vez es más desconocido si no odiado. Semejante coyuntura es aprovechada por prebostes de todo signo para hechizar con palabras esperadas, pero que resultan hueras, al personal.

El verbo decir tiene al menos, seis acepciones afines, paralelas. Una de ellas descubre que dicho significa ocurrencia chistosa y oportuna. Seguramente puede aplicarse con rigor a palabra de político en lugar de voz que enfatiza una sentencia. Al mandatario le complace dejarse oír lo que el auditorio quiere escuchar. Por este motivo luego hay una divergencia notable entre lo prometido y lo que el ciudadano encuentra de resultas. A su manera, el verbo hacer sigue en similitud la variedad semántica de aquel que completa el epígrafe. Producir, causar, componer, ejecutar, hasta suponer, son algunas de las veintiséis acepciones que se enumeran. Juzgara imposible hallar tanta disposición a abrir un debate interminable en el que la exuberancia lingüística quiebre la posibilidad de entendimiento.

El marco descrito permite, en primer lugar, una dialéctica viciada y evasiva, un uso fraudulento del mensaje. Como dice un refrán popular: “a mucho viento poca vela”. Capta a la perfección lo expresado en el segundo párrafo. Tenemos un idioma rico, casi en exceso, pero no lo conocemos. Ignoramos su uso y nos cuesta interpretarlo fielmente. Me temo que alguien mece la cuna con fines fáciles de deducir. La orfandad racionalista conduce al dogmatismo y este a la desidia por falta de adiestramiento crítico. Cuando el individuo huye del examen sereno, cuando rechaza discriminar entre palabra y obra, regala su alma al diablo, encarnado de político. Deja de ser Fausto para convertirse en morralla ciudadana.

Aparte ambivalencias, lecturas e interpretaciones, encarnadura común y recurrente de la farsa, los políticos incumplen con vileza sus promesas  y programas. Nuestros gobernantes, en acto o en potencia, son verdaderos expertos a la hora del  cambiazo. El español olvida que “contra los hechos no caben argumentos”. Sin embargo, muerde una vez y otra las excusas que encubren la traición. Desconozco si la culpa proviene del burdo molde o de un buenismo trasnochado, iluso y contraproducente. Políticos que ocupan y ocuparon el poder merecen el repudio definitivo. Quienes vienen anunciando (subidos a la grupa del señuelo quimérico, irreal) una democracia -en la que no creen- y la exuberancia económica sin lógica ni base firme, debieran ser arrojados al abismo del descrédito, apartados de la consideración social  Basta de mercachifles prepotentes, casta casposa que persigue resurgir de pretéritas cenizas liberticidas.

PP Y PSOE -muy a su pesar, también a los esfuerzos por enmascararlos- completan un abultado índice de incumplimientos. Aquel, no ha realizado ninguna promesa electoral aunque Rajoy, junto a fieles e infieles, se desgañite afirmando lo contrario. El PSOE, adscrito al bandazo permanente, utiliza la frondosidad enunciativa del verbo imputar para darse una vuelta por los Cerros de Úbeda en los casos Chaves y Griñán. Iglesias, don Pablo, una vez que ha exonerado a su amigo -presunto financiador intermediario de Podemos- descubre Finlandia como modelo a imitar. No obstante, bebe los vientos por Venezuela y su sistema bolivariano (a lo peor, los bebía). Deben ser regüeldos mentales debidos a la crisis petrolera. Todos estos, y algunos innominados, tienen la fea costumbre de mandar al cadalso a los mensajeros que no sirven a ningún señor.

Sí, el ciudadano español ahora mismo tiene por delante una gran exigencia. Las próximas jornadas electorales marcarán un punto de inflexión en el futuro del país. Es la hora de castigar a quienes durante casi cuarenta años trocaron sueños e ilusiones por miseria y angustia. Pero lo que es necesario y urgente no debe abrigar la tentación de caer en opciones que seducen con cánticos de sirena. Para llegar a buen puerto, cerremos los oídos igual que Ulises. Además de PP, PSOE y Podemos hay otras siglas dignas de análisis y aprecio. A la postre queda, y es mi favorita, la abstención. Como proclama una sentencia: “Sobran las palabras cuando se necesitan hechos”.

 

 

 

viernes, 13 de febrero de 2015

TRIBUNOS Y POETAS


Roma, según parece, asentaba su imperio -a partes iguales- sobre la prodigalidad y la esclavitud. Patricios y plebeyos se repartíeron el protagonismo necesario, pues era inverosímil la existencia de uno sin el otro. Una tela invariada, impoluta, no define pintura alguna. Basta con que el color la manche de forma original para que quede convertida en obra de arte. Parecido argumento podríamos utilizar a la hora de conformar una sociedad dinámica, viva. El marxismo, aparte raíces y credo discutibles, tiende al fracaso en la misma medida y presteza con que busca una uniformidad completamente estéril. Los intentos, más o menos sanguinarios, de lograr la sociedad perfecta, sin clases, han terminando arruinando economías y libertades individuales. China, ahora mismo, se ha convertido en el paradigma del expolio laboral, muy superior a aquel que suscitó la revolución industrial al ocaso del siglo XVIII. 

Las sociedades vanguardistas, paradigmáticas, precisan necesariamente de contrapesos que impidan desequilibrios irremediables. Solo una rigurosa alianza puede armonizar los distintos sectores, afinidades e intereses, en aras a conseguir un objetivo común. Cuando alguno de ellos aspira a colocarse en un plano de dominio, de privilegio, siempre se quiebra el engranaje que debiera mantener la maquinaria operativa. Filósofos y sabios latinos, junto a estadistas, fueron conscientes de tal premisa irrenunciable. Por ello crearon la figura del tribuno, adjetivado con un apéndice clarificador: de la plebe. Procedentes de una clase ajena al poder político y económico, poseían -sin embargo- el crédito necesario para desempeñar tan elevado ministerio. Sintetizaban su enorme ascendente devengando incluso la posibilidad de veto a las decisiones del Senado, amén del indulto a sentencias firmes. Satisfacía el honorable y justo proceder del imperio ciudadano. Real, no enunciado vacuamente en constituciones u otras reglas del ordenamiento jurídico.

Poeta, enseña el diccionario, es persona que escribe obras poéticas. Surgen cuando empieza a difundirse un sistema de escritura complejo. Desde entonces se ha distinguido como un escritor que compone literatura ordenada mediante la métrica. Busca, por encima de cualquier consideración, la estética, esa pulsión cercana, adyacente, a la ética. Un poeta alimenta la sensibilidad social educando los sentidos hacia lo inmaterial, lo bello. A grandes rasgos, capacita al individuo para percibir gozos en un hábitat colmado de sombras. Decía Victoriano Cremer que el poeta debe ser una voz de alerta en la sociedad. Sospecho que al vocablo alerta le concedía un contenido amplio, inagotable. Quizás sometido solo a los confines de la mente individual. Cada cual se alerta por escenarios muy particulares, desde los puramente crematísticos hasta la virtualidad que puede recrear un espíritu libre, sin lastres.

Hoy, envueltos en la vorágine clasista-interclasista, los políticos que nos han gobernado, gobiernan y -si no les obligamos a cambiar- nos gobernarán, lograron un irracional abismo entre los diferentes niveles sociales. Corrupción, saqueo inmenso e injusticia, hacen inviable la conjunción de voluntades y esfuerzos. La divergencia es total. Como consecuencia, ofrece grandes escollos encontrar puntos de intersección que hagan otear empeños comunes. El poder burgués sufre sobrepeso a costa de una clase media anoréxica, depauperada. Años atrás, algunos individuos extraños, especiales, abrazaban la marginación de forma voluntaria. Era un sector casi folklórico. Ahora, los indigentes (marginados forzosos) pueblan nuestros núcleos urbanos. Son legión. Al paso que llevamos, me sorprende que el Estado tenga aún capacidad de financiación. Potentados y menesterosos no contribuyen al fisco. La cintura de las clases medias -palabra milagro y únicas depositarias- no supera el tamaño de un puño. ¿Quién puede costear el Estado en este marco? Vivimos en la extenuación, caldo de cultivo para experimentos inquietantes.

Unos espontáneos sin currículo se acaban de lanzar al ruedo ibérico. Cuentan cosas. Extrañas unas; sin verificar, las más. Resulta que no son de izquierdas, ni de derechas. Aseguran ser de arriba y de abajo en un original baile semántico. Esa ubicación les puede ocasionar inconvenientes con las caídas. El ropaje que exhiben es tan impostado como sus sugerencias. Pretender torear disimulando como única herramienta taurina un engaño muy sui géneris. Nada de espada, ni de banderillas. La táctica pingüe invita a su prohibición. Por no haber, no hay ni toro. De escuela teorizante, se recrean en la faena con un simulador que ellos mismos componen para contentar a una afición ahíta de espectáculo. Estos, al igual que los partidos clásicos, tampoco incluyen en su ligero equipaje, pese a la propaganda, ni tribunos ni poetas. Menos, soluciones admisibles.

España, los españoles, no necesita mesías ni entusiastas del púlpito. Tampoco fariseos con apostura moral. Necesita políticos reformadores que antepongan los intereses ciudadanos a sus propias mezquindades. El sistema aguanta, es muy recomendable. Quienes suspenden, los que deben reciclarse son los prebostes que se comprometieron a conseguir un país moderno, floreciente y justo. No hay que desechar la parte programática, institucional. Sí el componente humano envilecido por una ambición espuria, pecaminosa.

Debemos exigir que aparezcan en el horizonte político tribunos incorruptibles que consigan imbricar al individuo en un Estado, hoy por hoy, olvidadizo y oneroso. De poetas estamos bien servidos, aunque podríamos requerir mayor cantidad. Al igual que la esperanza, nunca se disponen en demasía. Les  hacemos poco caso porque nuestro burdo umbral de percepción nos hace inmunes a ellos, pero haberlos -como las brujas- ahílos. Qué lejos veo el cambio con estos políticos iletrados, prepotentes, vanidosos y botarates. La Historia me induce al pesimismo, también por la sociedad construida a su imagen y semejanza. A pesar de todo, espero y deseo un giro satisfactorio a tal coyuntura porque el presente invita a la desesperanza, si no a la preocupación. Por otro lado, opino que es imposible alcanzar semejantes cotas de irracionalidad. Aun sin tribunos, y con poetas incomprendidos, esta conjetura reconforta.

Hoy, más que nunca, viva el amor.