viernes, 6 de febrero de 2015

ENCUESTAS, LÍDERES, CORRUPCIÓN E IDELOGÍA



El solar patrio se encuentra en plena efervescencia. La saturación electoral, este año, origina una inestabilidad anímica no solo de los probables candidatos. Se observan curiosos movimientos -amén del que pretende convulsionar el sistema- entre una ciudadanía tópica que engloba a quien se manifiesta como abigarrada recua, cuando no a fieles al púlpito. Mis referencias históricas distan de advertir épocas comparables. Si bien es cierto que las prospecciones sobre particularidades sociales pertenecen a la más inmediata novedad, el resto de vocablos que añaden titular llenan páginas de nuestra Historia. Quizás antaño presentaran una naturaleza menos controvertida o dejaran de comprender extremos donde incompetencia, penuria moral e hipocresía alcanzan cotas relevantes. Lo que parece seguro es el efecto demoledor de tanta mascarada y maniobra.

Todavía está caliente -recién salida del horno- la última encuesta del CIS. Reiterar los datos constituye una labor ineficaz. Se impone el análisis libre de lastre partidario y de lo políticamente correcto. Ignoro si la falsedad arranca del encuestado o del cocinero, pero los apuntes son indigeribles. Doscientos años de devenir, al menos, prueban que España es un pueblo liberal y moderado. Así ocurrió a lo largo de los siglos XIX y XX. Este mucho más conflictivo debido a penosas crisis económicas, sociales e institucionales. (Hago un pequeño inciso para constatar que el antifranquismo contumaz, nutrido y activo, surgió tras la muerte del dictador; copando tan fecundo expediente los adeudos de quienes paladearon sus favores). La encuesta, digo, pertenece a un acomodo quimérico. Durante veinte años, el PSOE de Pablo Iglesias, alejado de la Internacional Comunista, solo obtuvo un diputado; él. Llegó a seis diputados en mil novecientos dieciocho. Para que Felipe González obtuviera mayoría absoluta en mil novecientos ochenta y dos, tuvo que renegar previamente de su carácter marxista. ¿Es lógico que a Podemos, en un año de existencia y con un programa extremista, se le atribuyan decenas de escaños? No y mil veces no, aunque lo dulcifique in extremis.

Nadie discute, yo tampoco, que las sociedades cambian. No obstante, su dinámica es tan lenta que se necesitan siglos de opresión, de miseria, para que triunfe cualquier veleidad revolucionaria. Podemos conforma esa veleidad, pero nuestro país -aun a pesar de encontrarse en una situación lamentable- se halla lejos de poseer las condiciones precisas para demandar cambios extremos ni vertiginosos. Semejante escenario me lleva a la certidumbre de que el PP, a falta de otros méritos, intenta un resultado electoral favorable utilizando estrategias espurias, nada recomendables. A lo sumo, podría argumentar cierta reciprocidad por el Pacto del Tinell. Alimentan, al socaire, una bestia que pudiera resultar insegura para el bienestar de los españoles. Demuestran, una vez más, que el ciudadano les importa un bledo. Lo dejé entrever en un artículo pretérito bajo el epígrafe: “Prensa y sociedad”. Deplorable pero cierto. 

Respecto al liderazgo, hemos iniciado un repliegue -probablemente degeneración- palpable. Antes, el líder era un miembro relevante del partido cuyas cualidades ninguno osaba cuestionar. Hoy sirve cualquier pelanas relumbrón convertido en estrella mediática. Hemos trocado la solvencia por un sórdido mesianismo que transmite el telepredicador de turno. Son personajillos ad hoc; extraordinarios palabreros pero carentes de escrúpulos, de consistencia ética. De aquí mi profunda estupefacción al comprobar la enorme cantidad de individuos, en principio juiciosos, que arrastran estos vendeburras. Sospecho que el dogmatismo comunista y la LOGSE, junto a una candidez paradigmática, son razones irrefutables. Me cuesta trabajo citar algunos casos postreros para no abrir heridas sangrantes. Es la hora de los saltimbanquis, de la vergüenza ajena. Cuánta beligerancia, y daño democrático por otro lado, ofrece tanta televisión tendenciosa.

Los medios pregonan bastante la corrupción y siempre suele enfatizarse el aspecto pecuniario. Sufrimos abundante bombardeo con las “distracciones” presuntamente protagonizadas por Pujol, Bárcenas, los EREs, u otros casos parecidos, que llenan titulares o abren telediarios. Sin embargo, tan detallada muestra constituye la parte noticiable, llamativa. Bajo esa capa se oculta otra sibilina de secuelas mucho más alarmantes porque pervierten la conciencia social. A los ladrones, si no se les blinda con calculada impunidad, se les juzga y somete al correctivo adecuado a su delito. Quienes corrompen mentes y principios de vida -coadyuvan inclusive- jamás son sometidos a ningún proceso judicial ni social. Realizan una corrupción tolerada, exenta de causa. Otra paradoja que añadir al conjunto de estúpidas realidades.

No puedo, ni quiero, terminar sin hacer una valoración sobre la falta de ideología que trasciende a toda actuación política. Podemos, en una cabriola táctica, habla de arriba y abajo. Tan intimista frase -propia de un Kamasutra tosco- supone, desde mi punto de vista, una metamorfosis para hacer digerible el radicalismo indigesto. Entraña, ni más ni menos, la excusa perfecta para tonificar un fósil centenario. El resto viene abandonando, con argumentos ininteligibles, sus respectivas doctrinas fundacionales. De esta forma logra acoplarlas al tótum revolútum imperante.

PP y PSOE dejaron por el camino de sus respectivas estrategias la ideología que mantienen grotescamente de boquilla. Los demás, nacionalismos y última ola, por falta de espacio doctrinal o escasez de precisión, nacieron sin ella. Ajustan al momento unos compromisos que luego suelen incumplir. Es lo que hay, justificaría inmisericorde el moderno. Error. Es lo que nosotros tragamos y consentimos. Auguro, analizando la situación emergente, una larga indigencia social.


viernes, 30 de enero de 2015

POLÍTICOS Y CHARLATANES



En ocasiones, remembranzas y vivencias infantiles me llevan a los años cincuenta del pasado siglo. Corría la época del obscurantismo más atroz que nos deparó la posguerra. A poco, las relaciones bilaterales con Estados Unidos tras el Pacto de Madrid (1953) y el llamado Contubernio de Múnich (1962), fueron suavizando la dictadura pese a generar, el último, medidas drásticas. Todavía veo la plaza de mi pueblo. Configuraba un espacio circular de suelo arcilloso. Polvoriento los días inclementes -ventosos- y embarrado cuando llovía o nevaba; una auténtica adobera. Al frente se alzaba el Ayuntamiento, un edificio con dos plantas. La superior albergaba los servicios municipales y la inferior dos escuelas sin váter abiertas a un zaguán. Eran clases segregadas. El edificio estaba franqueado por dos callejones simétricos que entrañaban sendas servidumbres a viviendas particulares. A la izquierda, en un centrado lateral, se izaba una pequeña construcción que guarecía la báscula municipal. Hoy solo queda un rehabilitado Ayuntamiento, que ocupa el edificio al completo, y una fuente en medio del espacio circular cubierto de azulejo.

Vienen a mi memoria reñidos partidos de pelota, al amparo del frontis corporativo roto por cicateros boquetes con pretensión de ventanales, junto a las tiradas de barrón. Destreza y esfuerzo se conjugaban, básicamente los festivos, para mitigar la miseria material (también moral) que reinaba por doquier. La plaza suponía solaz, entretenimiento y diversión casi todo el año para grandes e incluso chicos. Nosotros jugábamos al futbol en las eras. El balón habitual era una piedra envuelta con borra y trapos atados. Las pedreas entre bandas rivales conformaban la alternativa arriesgada. Cualquier joven lector pudiera plantearse que semejante relato se acomoda a una percepción exagerada. Sin embargo, quienes acumulamos algunos años sabemos que se trata de una realidad, aunque se juzgue difícil de asimilar.

Huérfanos de políticos, en sentido democrático del término, aparecían de vez en cuando unos personajes curiosos, variopintos, divertidos: los charlatanes. Procedentes del cercano levante u oriente, venían -cual Reyes Magos- con sus viejas camionetas cargadas de abalorios y mantas. Su llegada constituía una alegre novedad para todos. Unos se apresuraban para adquirir “gangas” y los menudos para extasiarnos ante el torrente palabrero y estafador. Irradiaban un extraño embeleso; tanto, que les resultaba factible vender, en un rizar el rizo, peines a los calvos. Con total seguridad, la escena debía estar sobrevolada por algún duendecillo travieso, jaranero, que ensamblara astucia e infantilismo. Jamás, hasta ahora, he vuelto a ver tan sistemáticas y eficaces puerilidades. Tanta verborrea producía un efecto narcótico, sugerente, que incitaba incluso a los más remisos a solicitar, casi desquiciados, el surtido lote en pugna. Lote al que, por el mismo precio, todo buen charlatán no terminaba de añadir objetos de escaso valor y poca utilidad. Por unas pesetas, el timador timado cargaba como un burro diversos efectos bajo la envidia tonta de quien no disponía para aprovechar tal momio. Luego, vueltos a la calma, a la cordura, comprendían el engaño. Qué necios.

Hoy, el pueblo sigue amarrado a parecida miseria. Quizás bata récords en el aspecto moral porque lo agiganta su nivel cultural, soberbia y desenfreno. La guerra, sus consecuencias, pesaban como una losa en el ánimo. Aquellas personas, llenas de remiendos por fuera, arrastraban un carácter humilde -a lo peor humillado- junto a una curiosidad anodina. Demasiadas presas idóneas para aventureros osados. ¡Cuánto arribista surgió a la sombra de un país en estado de shock! Tras los muertos quedó espacio y futuro solo para “vivos”. Quienes la memoria me impide ponerles cara, eran unos vivales. Aquellas gentes subsistían por algo de fe pero, sobre todo, por esperanza. La paz, aunque fuera tenebrosa, bien valía la pena gozarla. Enmudecer significaba pervivir tranquilo, sin demasiadas turbaciones. 

Ahora no hay charlatanes procedentes del levante mediterráneo. Por doquier, abundan los políticos originarios del rincón más apartado. Se les ve poco en directo. Vienen en coches de alta gama cada cuatro años. Se nutren de televisiones amigas para vender los mismos abalorios que sus predecesores de hace sesenta años. Son los mismos perros con distintos collares. Se diferencian en que los de antes trabajaban sus trampas, eran buenos en su oficio; los mejores. Estos de ahora -ya digo, llamados políticos- reciben el producto del trabajo realizado por conmilitones y son ineptos; los peores. La plaza pública, lugar de concentración, de asamblea, es sustituida por esta ventana viciosa, postiza, que aclaman millones de cerebros desnortados e indigentes. Son las ciencias que han adelantado una barbaridad.

Yo, al igual que antes, alucino. Los charlatanes, antaño, conformaban un espectáculo curioso, particular. Se mostraban cercanos, afines. A veces actuaban como auténticos amigos con personas concretas. Eran pueblo. Un poco su vanguardia. Estos de ahora ocupan tribunas y púlpitos audiovisuales marcando distancias. Subscriben créditos, asimismo currículos, de los que nadie sabe su procedencia. Muestran buenas dotes para sacar conejos de una chistera ajada, en ciertos casos, así como una ambición sin límites. No quiero ni puedo hacer distingos. No ya por filias o fobias sino por imposibilidad metafísica. Ciertos árbitros de la ética, de los tribunales populares, de las sentencias rigurosas, mandan sus propias “puñetas”, su justicia ortodoxa, a hacer puñetas. Acomodan bajo su mano implacable el pelotón que ejecuta conceptos. Pretenden ahuyentar de sí mismos semejantes calificativos. Ya saben, le dijo la sartén al cazo… Lo peor, lo preocupante, es el aplauso del circo.

Sí, España va mal. Sesenta años después, hemos trocado amables charlatanes por políticos onerosos, farsantes y ladrones.

viernes, 23 de enero de 2015

PRENSA Y SOCIEDAD


Los tiempos que vivimos son poco propicios para la prensa escrita, cuya existencia se limita casi exclusivamente a revistas y semanarios de humor. Estos últimos proyectan una curiosa terapia para superar, sin graves lesiones psíquicas, la crisis que nos atenaza. Conforma la famosa sopa boba virtual que no llena estómagos pero entretiene. La prensa escrita, digo, afianza el paralelismo perfecto con esta situación de indigencia generalizada. Sin embargo, los medios audiovisuales -radio y televisión- atraen a aquellos colectivos alejados de la reflexión que suscita una lectura sosegada. Quienes permutan el esfuerzo por la incuria recurren a debates y tertulias intoxicados, que hacen gala de sus preferencias. En principio, nadie puede llamarse a engaño pues diales y sintonizaciones carecen del automatismo preciso para arrebatar voluntades, aun menguadamente definidas.

Yo, producto del momento, acumulo defectos, vicios, comunes a mis congéneres. Quizás pudiera establecer algún matiz vertebral que añade mi vocación lectora. Ocurre  que esta sustancia humana -tosca, defectiva- nos confunde y entremezcla a todos. Ellos, políticos y comunicadores, lo saben; son conscientes de la materia que moldean en una innoble labor (re)creadora. El ciudadano suele ser considerado un elemento informe para quien aspira a auparse al poder de manera presuntamente democrática; es decir, alegando la soberanía del individuo (los demagogos desaprensivos quieren presentarla como soberanismo popular). Así, de esta guisa, se autoproclaman paladines exclusivos en un miserable ejercicio de sinécdoque política.

Hay frases que definen formas, costumbres e incluso hábitos. Se dice que la suerte -u otros imponderables- va por barrios para indicar una ubicación precisa y cierta como consecuencia de procesos ininteligibles. El dogmatismo afecta al individuo más allá de las ideologías; pero, como la suerte, se afianza sobre todo en el sector de la izquierda. Se me ocurre como conjetura el hecho de que la izquierda se basa en postulados que reclaman la fe más que las leyes biológicas formuladas por Darwin. Desde luego, no absuelvo de semejante rémora mental a nadie que milite, de forma activa, en cualquier partido, porque se desconoce entre ellos nexo de existencia común o correspondencia biunívoca.

Establecidos los anteriores puntos, veamos el papel que la prensa tiene asignado en relación al gobierno y el ciudadano. Siempre se ha asegurado que los medios -cuarto poder- desempeñan (o debieran) un cometido fiscalizador del jerarca, un ministerio irrenunciable del propio sistema democrático. Su deontología obliga a informar con verdad y autenticidad. Al periodista corresponde tasar si quiere servir a la persona o ser un puente viciado entre esta y las respectivas siglas. Arthur Miller observaba: “El buen periódico es una nación hablándose a sí misma”. Ocurría en el siglo XX, siglo de oro por excelencia de la información. Si bien es verdad que los albores del XXI marcaron un heroísmo encomiable, la crisis de los medios ha obligado a algunos a buscar los paraísos que ofrece el poder, bien político ya financiero sirva la redundancia. Los  medios tienen gran predicamento, de ahí su influencia en el choque electoral. Cuando la equidad deja paso a conductas subjetivas o arbitrarias, aflora el juego sucio y se quiebra la democracia.    

La televisión se ha transformado en un oasis dentro de la aridez mísera que envuelve a la actividad periodística. Pocos profesionales se atreven a exhibirse íntegros, imparciales, sin arancel. Pagan su incorruptible espíritu con la depuración. Esa coyuntura marginal, honorífica, les impide prestar una ayuda imprescindible para la ciudadanía, sometida al laberinto de intereses que pululan por copiosos espacios nacionales. Debates y tertulias muestran cada día el vergonzante peaje ético que pagan quienes se someten a los trapicheos del poder por comunión ideológica o afición al óbolo corruptor. Luego se permiten atribuir pedestales cuando no arrojar a la hoguera del olvido en renovadas consideraciones inquisitoriales. Constituyen la pléyade de santones con licencia para sacralizar peligrosos mesianismos mientras proyectan una división maniquea entre diferentes ideologías políticas. Alguien estimula sordamente -con sibilinas intenciones- tal marco de enfrentamiento electoral.

Ignoro si, por unas eventualidades u otras, son conscientes del daño que perpetran al sistema y a los españoles. Pergeñan vicios y deficiencias con mayor o menor legitimidad. El problema surge cuando opinan sobre líderes y horizontes capaces de resolver las diferentes crisis que afectan al país: económica, institucional, política o ética. Resulta imposible ocultar los males que aquejan a los españoles en todos los órdenes. Esta circunstancia -lamentable, onerosa- no debiera servir de excusa para que cualquier advenedizo (sin ningún equipaje) pretenda endosarnos, a través de distintos canales, un campo y unas reglas de juego hace años desterrados de la Europa democrática. Estas emisoras son claramente responsables de su entroncamiento. Arrecian las críticas, algo teatrales desde mi punto de vista, sobre la Cuatro y la Sexta pero no debemos olvidar que los primeros pasos se produjeron en Intereconomía. Ahora, Veo 13 acometiendo un aventurado empleo de oráculo, excita el tándem PP-Podemos. Parece propiciar esa terrible disyuntiva “yo o el caos” olvidando otras opciones más reales como PSOE, UPyD, Ciudadanos e incluso Vox. Flaco servicio a la pluralidad democrática. Luego realizan panegíricos teatrales al ocaso del bipartidismo.

Sin ninguna duda, hay que sanear modos y personas, erradicar corrupción y corruptores; pero para ello no sirven todos los medios. Solo espero dos epílogos. El primero me lleva a desear que quienes traicionen a la sociedad reciban su desprecio. Pronostico asimismo que aun cuantificando dos millones de lerdos irreflexivos y casi seis de parados, los electores sepan discriminar entre caos y reforma o exceso de fe, quimera y última oportunidad.

 

 

                         

viernes, 9 de enero de 2015

DEMOCRACIA FRENTE A TOTALITARISMO


Mientras filósofos y sociólogos persiguen sin descanso -con ahínco- llegar al conocimiento de la realidad objetiva y humana, el político intenta su rediseño. Aquellos, esgrimen el método cartesiano, argumentan los avances epistemológicos. Estos, manosean a su antojo conceptos vertebrales; fabrican y desvirtúan verdades (o tenidas por tales) para conseguir un poder que, de otra manera, se les escaparía de las manos. Unos proporcionan mentes lúcidas. Otros reclaman una disposición personal del ciudadano a acatar presuntos desvelos cuyo peaje es siempre la pérdida de libertad. De los primeros cabe leer su labor desprendida, casi misional. La desconfianza debiera ser pauta social en el análisis a que nos lleva el enmascaramiento incesante de los segundos. Altruismo y rédito confirman la contradicción que las tesis marxistas preconizan como ingrediente dinamizador de numerosas convulsiones que transforman la sociedad.

Días atrás, la casualidad puso a mi alcance un artículo de Pablo Iglesias titulado “La democracia frente al miedo”. Gramsci y su frase: “El Estado es apenas una trinchera avanzada tras la que se asienta la robusta cadena de fortalezas de la sociedad civil” constituía el arranque y basamento de su tesis. El complemento argumental lo integraban las élites transnacionales impuestas por la globalización y la Unión Europea, de la que él es parte adicional y benefactora como eurodiputado (aquí ladrar y cabalgar conciernen al mismo empleo). Sobre ellas descansa el presunto control en detrimento de la soberanía popular a la que tan ardientemente evoca e invoca. Acude al gastado procedimiento de ocultar deficiencias mediante un empaste retórico. Termina loando justicia social y soberanía popular como las bases de la evidente democracia -en su ampulosa visión- que sabrá imponerse al miedo. Perdón, pero vista la Historia, y otras referencias cercanas, prefiero un sistema liberal con rostro humano.

Varias acotaciones a tan onírico, a la vez que falaz, texto. Empezaré, por complaciente paralelismo, asimismo con Gramsci. También él sentenció: “El entusiasmo no es más que una externa adoración de fetiches. El único entusiasmo justificable es el acompañado por una voluntad inteligente, por un trabajo perspicaz y una riqueza inventiva de iniciativas concretas que modifiquen la realidad existente”, no que la disfracen, añado yo. En parecidos términos se manifestaba Maximiliano Korstanje al concluir: “El populismo permite una mayor participación política a costa de un proceso de desinversión. Como consecuencia aparece la dictadura como mecanismo político empleado para que las élites mantengan su legitimidad”. El señor Iglesias atribuye -cual marxista convencido- a las élites económicas todos los abusos y excrecencias del mundo. Olvida que el político (aun estricto, revolucionario, novedoso) conforma una estirpe con pareja encarnadura a las que él acostumbra estigmatizar.

Si el individuo -gobernante o gobernado- procede de idéntico aglutinante, ¿por qué ha de manifestar diferentes propiedades? ¿Por qué hemos de confiar en quienes carecen de singularidades y crédito empíricos? Solicitan un proceso de fe cuando se declaran ateos abiertamente. Protagonizan, exhiben, una absoluta incoherencia entre palabras y hechos. La popular moraleja: “haz lo que yo digo pero no lo que yo hago” desprende desamor, desprecio; más a quien se dirige. Implica un reconocimiento a la informalidad, a la ausencia de ética, de honradez personal. Invita de forma tácita a huir de semejantes salvadores. El romo e inhábil sujeto sigue fiel -necio- las prédicas arteras, demagógicas, de tan onerosos mesías.

La teoría política merece considerarse una especie de piedra filosofal, una alquimia dialéctica, un venero argumental, que puede utilizarse -como señala el tópico popular- lo mismo para un roto que para un descosido. El líder de Podemos invita a imponerse al miedo para construir la democracia. Sin embargo, parece que es el temor la pulsión que lleva al hombre a constituirse en República; es decir, en democracia según la versión clásica. Hobbes mantuvo que el poder más efectivo no es la espada sino el poder de la religión. Indicaba que: “si el gobernante puede infligir la muerte física, el clero blande la amenaza de la muerte eterna al mismo tiempo que nos hace ver anticipadamente una eternidad en el paraíso. Esta mezcla de promesa y amedrentamiento es más eficaz que el instrumental desencantado con el que el poder lego intenta controlar las conductas”. Por este motivo, Marx sentenció que “la religión es el opio del pueblo”, pero además  cualquier dictador se ocupa, con prioridad, de desterrar del hombre las prácticas religiosas en espacioso sentido.

Es hora de exigir una reforma del actual sistema. No debe seducirnos ese embrollo decimonónico de democracia popular. Queremos una democracia limpia, sin epítetos. Una democracia donde puedan convivir financieros, empresarios, profesionales, trabajadores, hombres y mujeres bajo el imperio de una ley independiente, igual para todos en la praxis, no en los postulados teoréticos. Separación real de poderes ya. Traigo a colación la siguiente frase de Lenin: “Mientras exista propiedad privada nuestro Estado, aunque sea una república democrática, no es otra cosa que una máquina en manos de capitalistas destinada a aplastar a los obreros, y cuanto más libre sea el Estado, con tanto mayor claridad se manifiesta este hecho”. Sin propiedad privada ni existe Estado ni Ley. China comunista es el paraíso de la explotación obrera.

Concluyo con una máxima de Blas Pascal: “La pluralidad que no es reducida a la unidad es confusión; la unidad que no depende de la pluralidad es tiranía”.

 

viernes, 26 de diciembre de 2014

DE NUEVO: FELIZ AÑO, IDIOTAS



Permítanme un breve prólogo. Epígrafe y escrito se publicaron en el umbral de 2008. Hoy, siete años después, solo cambiaría nombres, fechas y siglas. Las elecciones generales se deben celebrar el próximo noviembre y los partidos que a partir de ahora adquirirán un protagonismo igual de destructivo que entonces, o más, serán PP, PSOE y Podemos. Lo que contaba en el haber desastroso de Zapatero, sin quitar una coma, puede facturársele actualmente a Rajoy. Hasta la ciudadanía sigue inamovible en su inercial ceguera. Tras este primer párrafo -con las salvedades citadas y alguna otra que me dejo en el tintero de forma escrupulosa- repito el artículo exacto, tal cual se publicó. Los lectores ocasionales juzgarán qué ha cambiado, excluyendo el advenimiento de algunas siglas que no terminan de cuajar y la irrupción de un partido que quiere enterrar casi cuarenta años de paz y libertad.

La frase no es el fruto de un deseo paradójico; tampoco es la cita cargada, a partes iguales, de sarcasmo ácido y de ingenio a lo Groucho Marx; ni tan siquiera puede considerarse un exabrupto impetuoso e insultón. Es, básicamente, el alegato del comportamiento humano para unos congéneres que van a cavar la fosa de su propia desgracia con la alegría del que no sabe, o no quiere saber, las consecuencias de su ingenuidad, de su ligereza o, peor aún, de su mesianismo.

Sí, pronostico, conjeturo, adivino, que en las próximas elecciones del 9 M una gran parte de la sociedad española, quizás a regañadientes, votarán al PSOE a pesar de todo. Empeñan su fidelidad de forma misteriosa, para mí irracional, por un prurito ideológico que en el fondo repudian; son consecuentes dentro de su inconsciencia. A estas alturas parece imposible la existencia de ciudadanos que comulguen con esa inmensa rueda de molino que el gobierno -y sus interesados adláteres- hace rodar permanentemente con el mayor descaro, sin contenciones, a lo largo y ancho del solar patrio. 
Diferente es que la ciudadanía, culpable y sufridora al mismo tiempo de la situación, acepte de buen grado esa bola fabulosa, esa falacia mayúscula inherente al socialismo español.

Veamos. Los socialistas son partidarios del Estado federal cuando la experiencia histórica, maestra irrebatible, enseña que la federación conduce al cantonalismo radical e insolidario. No sé si basándose en este germen federal o por iniciativa particular y exclusiva del Sr. Zapatero, se elaboraron ciertos estatutos de autonomía que potencian el desgajo, la independencia de esas comunidades y, por ende, propician la parcelación del país en claro desacato a la norma constitucional. Sin embargo este es el gobierno que se autocalifica, aún obviedad evidente, como  gobierno de España. El mismo por cuya iniciativa se aprobó una ley de la memoria histórica que vuelve a abrir heridas cicatrizadas y a, lo más preocupante, resucitar de nuevo el enfrentamiento que ha de helar el alma, en palabras sabias del poeta. ¿En serio, es este un gobierno de España?

Se miente en economía cuando se airea su aspecto saludable en relación a los países del resto de Europa. Se dicen baladronadas a costa de un hipotético crecimiento del PIB, del superávit en las cuentas públicas, de emprender mejoras laborales a lo largo de la legislatura, etc.; se oculta el déficit comercial, la deuda exterior consiguiente, el declive en la construcción (motor único y sin alternativas de la producción propia), la pérdida preocupante del poder adquisitivo y por tanto de la inminente disminución del consumo interno, motor virtual. Veremos las consecuencias del paro, descontrolado, en la población indígena -altamente hipotecada- y en la población foránea sin ese colchón protector de la familia. Es ingenuo pensar que, en un marco capitalista, un gobierno de izquierdas -real o revestido-  pueda sortear la crisis económica, visible en el horizonte inmediato, con posibilidades de éxito.

Se miente sobre política antiterrorista cuando el gobierno se deshace en cucamonas con ETA, para de inmediato alardear de ser quien más etarras ha detenido. El señor Zapatero, su ejecutivo, es el menos inflexible para ETA durante toda la época democrática. Sigue pensando puerilmente que es factible la rendición de la banda. A  conseguir tal objetivo fantasioso tenderán las conversaciones que se reanudarán en breve.

 Se embauca en política exterior, en política educativa, en política de infraestructuras; en fin, el espacio mediático constituye una gigantesca patraña porque al PSOE, cara poco agraciada del capitalismo, únicamente le queda la manipulación para engatusar al ciudadano acrítico y candoroso. Ha hecho de la falacia y de la calumnia el hilo argumental, un exquisito puchero envenenado de su dilatada campaña, incluidas ofertas electorales; ¿por qué no rebajas ahora que estamos en ello?

En mi pueblo hay una sentencia popular muy repetida: sólo los idiotas tiran cantos a su tejado.  Menudo año o años nos esperan. Con el mayor respeto y con todo mi afecto, renuevo mi feliz año,  idiotas.    

viernes, 19 de diciembre de 2014

LA DEMOCRACIA DEBE PROTEGERSE DE LOS INTRIGANTES


Un sistema físico se encuentra en equilibrio, es imperecedero, cuando las fuerzas concurrentes a las que se ve sometido originan una resultante de magnitud cero. Carecen de sentimientos y cualidades. A la sazón, los sistemas humanos vienen determinados (aparte leyes comunes, planetarias) por ímpetus subjetivos, morales, inconmensurables. Este marco origina una complejidad desestimada. Los primeros sugieren un orden caótico, inmutable. Aquellos que atañen a las sociedades, sea cualquiera su naturaleza, sufren afectos o aversiones según qué intereses rijan. Un sistema justo debe mantener equidistancias entre beneficios y quebrantos; no debiera priorizar ni distinguir a unos individuos sobre otros. Así se establecería cierta escrupulosidad, no exenta de alarma, para intrigantes con voluntad de quebrantar el statu quo.

Pese a Rousseau, el hombre carece de bondad. Es un animal que pelea, sin restricciones, impelido por su instinto vital. El carácter racional le permite asumir algunos límites, quizás debido al prejuicio y no a la convicción. Sin embargo, pervivencia y fatalidad son caras del mismo azar. El ser ha de aceptar lo arbitrario de cualquier desenlace. Más si se ajusta al código natural; aquel que se adhiere a la persona de forma indeleble y expedita de coyunturas temporales e ideológicas. Conforma un destino hecho de riesgo y grandes dosis de entereza. Porque ser incorrupto consiste en saber discriminar el bien del mal con rectitud, huyendo de privilegios, verificando recompensas y condenas. Quien pretende canonjías pierde todo atributo noble para atiborrarse de oprobio y mezquindad.

Decía Tocqueville: “Habría amado la libertad, creo yo, en cualquier época, pero en los tiempos en que vivimos me siento inclinado a adorarla”. Presiento que, ahora mismo, muchos conciudadanos comulgan con tan rotunda frase. La democracia favorece el individualismo, por tanto salvaguarda los derechos y libertades del hombre. En puridad, solo el liberalismo -sus bases doctrinales- pueden garantizarlos. Por tanto democracia implica liberalismo y viceversa. Engrandece al individuo hasta permitirle recelar de su validez como sistema eficaz de convivencia social, sin declararle enemigo o traidor a la causa. Otras doctrinas populistas, donde el sujeto queda supeditado al clan, fomentan -al menos- el rechazo o la prisión de aquellos que osan discrepar del pensamiento único. Gentes protegidas por la inmunidad del sistema hostigan con violencia a nuestra democracia (desnaturalizada, putrefacta, sucia). Perciben que su felonía no penará, que será tasada con indulgencia. Si la victoria favoreciera a los radicales, sus censores sufrirían, cuanto menos, desprecio y acoso. El resto ahogo.

Quien participa del juego político, quien aventura su apoyo a determinadas siglas que agreden -presunta e históricamente- la convivencia pacífica, debieran asumir los efectos de su yerro. Aquí y ahora nos encontramos en un instante clave. PSOE, PP, IU, UPyD, Ciudadanos y Vox concurren como siglas democráticas. Su crédito, en algunas, viene avalado por años de ejecutoria. Podemos, aparte embozo y máscara, dispensa muchos tics incontestables, demasiados. Sus líderes más representativos, frente a continuas alusiones, exteriorizan gestos, palabras y hechos que la Historia catalogaría de tiránicos. Empresarios, jueces, comunicadores y personajes (personajillos) populares empiezan a sembrar méritos para ocupar un lugar de salida ventajoso, en la hipotética probabilidad de que alcanzaran el poder. Me pregunto qué recompensa espera a quienes reivindican una reforma quirúrgica frente a la ruptura. De momento, pocos medios se alinean con UPyD, Ciudadanos o Vox. Esta realidad orienta el voto, sin escapatoria, al bipartidismo o a Podemos en peligroso reclamo a la estampida por acotación excesiva del panorama. 

“El cielo no se toma por consenso sino por asalto” alberga un método más que una imagen, señala una actitud más que un eslogan, entraña un arrebato agresivo más que la explosión ilusa de un deseo. Adjunta una amenaza encubierta, el aviso iracundo del que salva dificultades u obstáculos sin tasar medios para conseguir los fines propuestos. Sabemos que el sistema democrático, aun putrefacto, indulta a quien lo traiciona o desampara. Por este motivo, debido a tan clamorosa impunidad, resulta fructífera y nada lesiva la cooperación al cambio de régimen. Ponen en tremendo riesgo las libertades individuales, el sosiego, asimismo la paz, a cambio de recibir prebendas del nuevo sistema que ellos perciben desde su miserable sexto sentido. Además de inmoral, es injusto, punible.

Cierto que padecemos un régimen carcomido, corrupto, enmarañado. Es indiscutible que estamos alejados de una democracia auténtica; que urge un cambio de líderes, una limpieza a fondo de la casta, una operación quirúrgica que taje el tejido enfermo, que se aprecia abundante. Hay que renovar personas y modos en el PSOE, PP e IU. Contener el nacionalismo radical -excluyente e independentista- y racionalizar la Administración autonómica supone la segunda prioridad. Lo que no debemos consentir bajo ningún concepto es la desaparición de un sistema que ha traído el mayor periodo de paz y ha transformado España de forma inequívoca. Quienes arremetan contra él, aquellos que codicien su erradicación, conjuran un golpe de Estado.

Reitero, las personas que aceptan el juego político deben asumir altas responsabilidades. No puede ponerse en peligro una sociedad impunemente, de balde. Decía Hilaire Belloc que “el efecto de la doctrina socialista sobre la sociedad capitalista consiste en producir una tercera cosa diferente a cualquiera de sus dos progenitores: el Estado de siervos”. Resultaría equitativo, por tanto, que quien lo propugne y favorezca reciba la repulsa -el castigo- de una sociedad libre. Un sistema democrático riguroso, con principios, debe pronunciarse en relación tanto a seguidores cuanto a disidentes.

Mientras, y a la espera de acontecimientos, meditemos con atención las palabras que Hayek dejó escritas en su Camino de Servidumbre: “Solo si reconocemos a tiempo el peligro podemos tener la esperanza de conjurarlo”.

 

viernes, 12 de diciembre de 2014

APRENDICES Y MAESTROS


Las ciencias, su avance, originan un precipitado opresivo superior al esfuerzo que puede o quiere desplegar el individuo moderno. Aquellos que se encargan de especular sobre estilos, caracteres y comportamientos humanos -sociólogos y psicólogos- en ocasiones pugnan, más allá de los límites descritos, con el incisivo trasfondo que esconden ciertos vocablos. Cualquier operación comunicativa la preside un principio guía: que emisario y receptor sintonicen sin ninguna fractura semántica. Solo así puede haber interacción entre lo que se transmite y la réplica buscada. Desde un punto de vista político, este simple esquema determina el éxito o el fracaso.

Diferentes sondeos, incluidos barómetros (voz horrorosa, desubicada) electorales, desprenden aberraciones tácticas. ¿Cómo interpretamos el que un partido novel, sin oferta razonable, sin estructura, carente de experiencia, se codee con dos veteranos protagonistas que han realizado cambios sustanciales en la España de nuestros anhelos? Pero… ¿adónde vamos a llegar? Podemos hace de la crítica destructiva su modus vivendi. PSOE y PP enmudecen pero necesitan reflexionar con celeridad. Diversas vicisitudes y una atractiva elocuencia populista consentirán que les roben la cartera. ¿Quiénes son aprendices y cuáles maestros?

Mientras aprendiz es persona -por lo general joven- en el primer grado de un oficio, denominamos maestro a quien atesora gran experiencia profesional. Ambas palabras se completan con otras acepciones más o menos oportunas. Sin embargo, estas me son válidas para acomodar mi tesis. Según lo expuesto, a Podemos se le debe acusar de aprendiz por doble motivación: la juventud casi insultante de sus cabecillas y el carácter bisoño aplicado al partido en su totalidad. PSOE o PP acumulan años de gobierno, veteranía y destreza, aunque echamos en falta el talento que debiera suponérseles. Es decir, no siempre empirismo y pericia andan a la par, unidos.

Aquellos que dispusieron  un bipartidismo sólido, impenetrable, erraron; deja entrever una eficiencia cicatera. Puede afirmarse, sin reparos, que ambos muestran -pese a todo- cierta torpeza en su jurisdicción. El aprendizaje, adquirido tras cuatro decenios, refleja exiguos frutos u ofrecen penuria de entendimiento y voluntad. Hay, no obstante, otra actividad donde despliegan aptitudes innegables. Son avezados maestros para concebir un sistema en el que la sordidez constituye su armazón raquídeo. A esto se llega no por azar sino tras un artificioso y complejo proyecto de ingeniería social. Los instigadores, empero, deben profesar habilidades poco comunes, extraordinarias, muy superiores a la media.

Se deduce, apreciando tal escenario, que aprendiz y maestro tienen -pese a la exclusión semántica- competencia multifacética. Un mismo individuo, quizás grupo, despliega pocos méritos al atender aspectos puntuales mientras destaca de forma inigualable en otros distintos. Cualquier persona, desempeñando el oficio o labor que le sea asignada, muestra atajos extraños. Indigente e inepto para algunos menesteres, en otros desarrolla capacidades atípicas que, a veces, jamás deja traslucir. Personalidad y ética propias conforman una parte de tal escenario. Dogma, maniqueísmo, subjetividad, excusan la certeza de modo ciego, turbado; voluntariamente inadvertida.

Entre el aprendiz y el maestro se establece un vínculo progresivo, adyacente. Además intervienen cuantiosos factores incluyendo lo heterogéneo de la sofisticada porfía. Actitud, esfuerzo, dedicación, idoneidad, son dominios esenciales para conseguir un avance que impulse cambios en el estadio inicial. Constituiría un grave desliz considerar banal e innecesaria la ejecutoria de semejantes valores que, junto a desequilibradoras dosis de ambición, catalizan mentes en incurable vigilia. No debemos minimizar ningún peligro aunque coyunturas novedosas nos hagan vislumbrar barreras insuperables. Yo también opino que el actual mundo globalizado obstaculiza definitivamente la toma del poder por cualquier partido montaraz. Hay quienes escasos de currículum, bajo la máscara que pretende proyectar un rostro íntegro, enseñan -sin proponérselo- una patita totalitaria.

Podemos es un hábil aprendiz. Como la materia, pasa a maestro sin fase intermedia. Completan un proceso de sublimación con total inmediatez. Dominan la técnica audio-visual, el arte del embeleso y  despliegan amplias facultades seductoras. Desde el punto de vista político muestra clara desgana por conocer -menos practicar- las virtudes democráticas. Ofrece un genotipo totalitario que no puede fingir. Exige la desaparición, la anulación, de toda discrepancia. ¡Qué no pedirá para la oposición! Detesta a los adversarios. Del sistema -curioso, debido a sus vehementes improperios- siente debilidad, auténtico fervor, por percibir los privilegios de la casta. Al paso que llevan, pronto camparán en tan ubérrimas praderas. Donde han alcanzado el doctorado cum laude, la extrema maestría, es en inventivas manipuladoras. Suelen sintetizarse con dos vocablos: agitación y propaganda. Les añadiría, asimismo, infrecuentes cuotas de atrevimiento porque, al fondo, dejan traslucir carencias atribuibles a la LOGSE. Ya conocen el aforismo: “La ignorancia es muy atrevida”. Fascinante pero postiza quimera.

Sí, el pueblo español -no exento de onerosa inconsciencia- convive, se deja arrastrar por aprendices de ruda virtud y por acreditados maestros del toco-mocho y la farsa. Ahora llegan estos (maestros del disfraz, discípulos del aggiornamento y aprendices de la nada) con el ansia de imponernos una casta nueva. Nos pillan indigentes, exhaustos, desorientados. Por ahora ganan pero, poco a poco, descubriremos su levedad argumental que les conducirá irremisiblemente a una permanente etapa de riguroso aprendizaje. Afinando la vista, ya se otean algunos signos en este sentido. 

 

viernes, 5 de diciembre de 2014

LA MALQUERIDA


Salvando el epígrafe, no hay ningún nexo entre la obra del genial autor (Jacinto Benavente) y este texto que desarrollo a renglón seguido, nunca mejor dicho. Si bien es cierto que ambos dibujan escenarios dramáticos, una fabula la vida mientras otro la palpa. En efecto, don Jacinto plantea una supuesta porfía de sentimientos que parecen divergir; aunque el destino, la propia periferia, su condición humana, lo impidan. El relato queda postergado por la realidad presente. Sojuzga, incluso, al esfuerzo masivo pero indigente del individuo de a pie. Cual sueño de Nabucodonosor, somos gigantes con pies de barro. Pese a la soberanía que ladinamente se nos atribuye, constituimos una excusa perfecta. En esencia es el timo del toco-mocho.

Estos días nos incitan al homenaje. Llevan treinta y seis años haciéndolo; pero ahora parece notarse -debiera al menos- cierto hedor e impostura cuando no una abierta infamia. Siempre hay prohombres que mantienen los pies dentro del tiesto. Supone el peaje normal, un garbanzo negro más que se cuela en cualquier cocido. Hasta resultaba ameno preverlo con anterioridad y juzgarlo posteriormente. Constituye un ejercicio de esparcimiento familiar, asimismo social. Me refiero a la Constitución española; esa joven de enigmática naturaleza que ha traído consigo largo periodo de paz y prosperidad, junto a etapas en que surgieron alarmantes zozobras. Desde su deseado nacimiento, cada cual realizó loas o menosprecio a aquel cuerpo diseñado bajo la égida del consenso; al presente desacreditado, puesto en solfa.

A lo largo de casi cuatro decenios, aguanta oscuros vaivenes provocados por individuos con vocación maquiavélica  o sectores inquietos e inquietantes. Cómo olvidar el aprieto, la zancadilla, que le puso un PSOE montaraz, todavía desperezándose de su radicalismo belicoso pese al escamoteo marxista en septiembre de 1979. La expropiación de Rumasa objetó el reglamento constitucional. Trajo, además de la disfunción del Alto Tribunal, la descarnadura efectiva de nuestro soporte legal. Cierto que concurrieron unas circunstancias especiales, pero la verdad consumó un atraco político-financiero. Cómo ignorar aquella frase atribuida a Alfonso Guerra: “Montesquieu ha muerto”. Configura la sibilina metáfora que menoscababa aún más una Constitución que, poco a poco, abandonaba la color, en sutil lirismo clásico. Consumida por presuntas razones de Estado, se ha visto vejada de tiempo en tiempo por diferentes poderes, instituciones y siglas. Algunos airean su desamor fingiendo balbucir un vade retro apenas audible. Son oportunistas que comienzan su falso “evangelio” con frases que llevan incrustada la coletilla: “los demócratas” para obtener carta de naturaleza, cubrir el ego insidioso y disfrazar su herejía. 

Esta joven denostada conforma un pedestal amplio, generoso, sobre el que legitiman su asiento la caterva de estafadores que dicen servirnos. Vanos sirvientes e indignos señores. Por este motivo le rinden una tímida -quizás zalamera- ofrenda que, cual fariseos, extienden al pueblo para que goce virtualmente las mieles de su soberanía. Qué vergüenza, si la tuvieran, y qué indignidad. No solo a la sociedad, también al máximo ordenamiento. ¿Cómo puede ofrecerse impoluta al ciudadano una Constitución permanentemente obviada, maltratada? Solo un cínico ejemplar, paradigmático, puede plantearse tal atrevimiento.

La Constitución no gusta, cada vez menos. Es un sentimiento común de quienes se apoltronan. Visten su repulsa de vetustez, de incapacidad. A la derecha le parece demasiado rígida con los fuertes y flexible en exceso con los débiles. El PSOE pretende que defina un Estado putativo para ahijar diferentes naciones con conductas lascivas, confesas de asimetría libidinosa. Los nacionalismos independentistas no la quieren de ninguna manera, ni siquiera tras diversas sesiones de cirugía plástica. Claman un desaire lunático e insano. UPyD, Ciudadanos, Vox, junto a otras siglas con poca prestancia, la estiman y respetan; ignoro si por atractivo o por pleitesía a las canas. Sea cual sea el motivo, me atrae la segunda opción. Podemos está lejos del matiz y de la reforma profunda. Anhela su extinción porque ella es el mejor signo de la democracia;  una barrera jurídica, un obstáculo para asaltar ese cielo alucinante, para conseguir “su solución última”.

Transcurren fechas de cumpleaños. Las Cámaras -Parlamento y Senado- se abren al pueblo en un paripé relamido e ineludible, una invitación mecánica, una especie de penitencia condonante. Al fin, una impostura a que obliga la concepción democrática para acallar conciencias desalmadas. Consideran privilegio extraordinario lo que debiera ser práctica permanente; ensalzan los gestos simbólicos para omitir la esencia constitutiva. Usurpan un patrimonio sin derecho; un bien del ciudadano, su legítimo dueño y administrador. Por esto no debemos consentir reformas estructurales y profundas. Exijamos, en todo caso, un cumplimiento exquisito de su articulado, punto que ninguna institución cumplió a pesar del juramento o promesa en tal sentido. Demasiado parásito lampedusiano puebla nuestro solar patrio.

Sospecho que nosotros -la sociedad, quienes sufragan el Estado- seguimos prefiriéndola como al principio, incluso ajada y con arrugas. Nacimos con ella a la democracia y nos hemos acostumbrado a sus males. Dudamos, mejor dicho conocemos a los políticos que quieren cambiarla. No nos satisfacen. Ellos sí han de renovarse porque son máximos responsables de la crisis que padecemos en todos los órdenes. Retocar la Constitución es el último remedo para dejar una misma realidad. Evitémoslo. Ellos acarrean los conflictos, no la malquerida.